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Conozco gente que es gran admiradora de la sociedad japonesa y de sus conceptos de armonía. Yo mismo encuentro adorable su estética, sus formas, siempre he sido un apasionado de su cocina, su cultura, su elegancia. Empero, detrás de ese marco formal, existe frecuentemente un sacrificio de la individualidad. El índice de suicidios, como último marcador del fallo de un sistema humano, es extraordinariamente alto y la multiplicidad de tarados que buscan una compensación a un sistema cuadriculado de relaciones sociales y satisfacción personal es apabullante e increíble. Bares donde puedes alquilar un gato durante una hora, filias sexuales extraordinarias y coloristas, una patológica búsqueda de un espacio para todo tipo de manías fruto de una identidad aplastada, que conlleva la urgencia de un sentido de pertenencia, o de un frenesí como eclosión y estallido de un entorno asfixiante. De fondo la fascinación del japonés por el robot lo dice todo…
Tenemos que entender que este sistema no surgió de la nada, sino de condicionantes geográficos, históricos y ambientales muy particulares; todo es a la postre, producto del medio. Unos niveles de población altísimos, la falta de espacio, el aislacionismo al que estuvo sometida su sociedad durante siglos, estableció la necesidad de un orden jerárquico y social intenso. ¡No es lo mismo pasar una hora encerrado en un ascensor con gente, que una hora a campo abierto! Sobrevivir como grupo en esas condiciones marca formas y carácter. Un modelo que sin duda comporta ventajas, es un pueblo ordenado, superproductivo, capaz de aquilatar los detalles de su hacer como ninguno, a partir de una especialización sin duda neurótica, pero con resultados de excelencia.
La alienación que genera este sistema, la sumisión al mismo, la falta de cuestionamiento, producen personas con inmensos problemas de identidad que se justifican en su hacer, antes que en su ser.
El gran logro de occidente, su máxima aportación a la humanidad, ha sido el concepto de individuo, algo en general ajeno a las culturas orientales, donde la individualidad es un lujo que solamente se permitían, hasta cierto punto, quienes en lo alto de la pirámide social, administraban el cotarro.
Los modelos conciénciales que produce cada tipo de cultura se regulan en normativas muchas veces no escritas, pero auto asumidas, y que en algún momento cuajan en forma de principios morales. La moral es así un constructo social y en ultima instancia un sistema al que acogerse para no tener que pensar.
Si la moral funcionara para cambiar a las personas, en las culturas monoteístas seríamos todos santos y viviríamos en el paraíso terrenal. Pero la moral o la etiqueta, no cambian a las personas, sólo las encorsetan para ahormar su socialización, convirtiéndose mas pronto que tarde, (¡los fanáticos se apuntan a todo!) en un sistema de manipulación.
Lo mismo pasa con las leyes. La sociedad civil moderna no difiere mucho de las religiones en su propósito crear de paraíso un terrenal, ésta vez laico, a través del legislar y lo hacen hasta la saciedad y con lubricidad. Pero, ponerse una faja no hace que adelgaces, hace que parezcas delgado.
Fuera de la utilidad de poner orden en el caos para normalizar la convivencia, ni las leyes, ni la moral, cambian a nadie. Realmente ¿Alguna vez cambiamos? Estructuralmente los seres humanos solo cambiamos con el devenir del tiempo. El que nace con los ojos azules, los tendrá así toda la vida, el que rubio, se quedará calvo o cano, pero nunca será moreno. Funcionalmente el tiempo hace sus cosas y con cada fase de la vida nos adaptamos desde lo que nuestra naturaleza e individualidad nos empujan a cambiar. Nuestra esencia, empero, se va ahormando a partir de lo que es, a través de lo que hace, y de cómo vive las experiencias que le van lentamente, día a día, determinando.


Más allá de las formas. Más allá de las formas.

El destino ya existe de forma estructural predefiniendo nuestro continente, nuestro cuerpo, naturaleza, querencias… y funcionalmente, prefijando nuestro entorno, familia, país etc… La libertad es un estrecho pasillo limitado por esas dos esferas, un pasillo que sin embargo, marca una gran diferencia.
Ante un destino bígamo y paradójico, el ser humano decide a cada momento y en su devenir cambiar su destino. La libertad se establece así como la condición sine que non para los procesos evolutivos, de ahí que los corsés, los moldes, las etiquetas, o la moral, no sean sino un equivoco, un inconveniente en el proceso de experimentación y crecimiento personal.
La verdad es que no cambiamos, antes bien nos modulamos a partir de lo que somos y éste proceso puede ser consciente, o inconsciente. Cuando nos entregamos a las fuerzas evolutivas, necesitamos de la consciencia, cuando no, estaremos aplastados por la inercia de lo material, los instintivo y animal, por lo que la vida para muchos, se resume en nacer, comer, cagar, reproducirse y morir.
Sólo en un marco de libre albedrio podremos evolucionar, elevando nuestro tono vibratorio, no de forma espuria y afectada, sino de forma verdadera y firme. De ahí que las normas, morales, o etiquetas, lejos de ser una solución, pueden incluso convertirse en un problema. Podemos pasarnos media vida intentando quitarnos las camisas de fuerza que nos imponen, sesiones de psicoterapia, ayaguascas, etc… dolor y desatino para simplemente poder aflojarnos el cinturón y tirarnos ese pedo atravesado que desde la niñez aflige nuestro corazón.
De fondo en este planteamiento, hay siempre una pregunta que resuena: ¿Cambiar para que, porque? La moral, las leyes y etiqueta educativas, poseen un propósito social, pero no resuelven nada en lo individual.
La pregunta que nos hacemos es realmente muy profunda ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Existe tal cosa?
Siendo yo un jovencito, cierto día de verano en el rio Alberche, sentados encima de una piedra, como dios nos trajo al mundo, mi profesor Sánchez Bárrio me dió la respuesta.
-“¿El propósito de la vida?” – dijo Sánche Barrio.
-“¡Mira la naturaleza! ¡Ella es el gran Maestro que nunca se equivoca! ¿Cuál es el propósito de un manzano?”
-- “Dar manzanas” - respondí. -
-“¿Cierto? El propósito de Tucci, será pues, ¡el hacer tuchinadas!”
La vida es un proceso de sacar lo que llevamos dentro, de intercambiar (en el mejor de los casos…) energía por sabiduría, de soltar lastre, mientras los vientos de la vida indefectiblemente liman tus asperezas, eliminan lo sobrante, recortan lo que en ti esté en exceso, dejando lo esencial.
Venimos a experimentar, resolver, reajustar, vivenciar transformaciones, a cumplir, donar, compartir y hasta agasajar lo que nos rodea, si somos capaces.
Todo proceso de evolución sigue pautas universales, a saber: Hacia adelante, hacia arriba, hacia adentro y finalmente hacia el todo. No hay faja, ceñidor, ni sostén, que vayan a cambiar lo que eres; el miedo al castigo de la ley, tampoco te hará mejor, ni te cambiará interiormente, sólo el proceso de darse cuenta abre las puertas a los procesos evolutivos; trascender requiere de la participación de la voluntad y la consciencia unidas.
Adjuren pues quienes practican el “buenismo” el idealismo universal de las formas, pues terminarán queriendo imponer a los demás su propia visión; no funciona y no funcionará nunca.
Respetar la libertad ajena no puede reducirse a un simple “postureo”, debe ser algo llevado a sus ultimas consecuencias. Sólo podemos acompañar a otros en ese proceso; enseñar es sobre todo educar con el ejemplo, recordando siempre, que lo que puede valer para mi, no necesariamente valdrá para los demás y que la evolución, sólo puede ser el fruto de una querencia interna.
¡No existe un paraíso en la tierra! Los que lo intentan imponer, siempre acaban creando infiernos.




Enrique de Vicente entrevista a
Enrique de Vicente entrevista a
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón


El arte de la simplicidad: por qué el Wing Chun es hoy más actual que nunca.
Por Sifu Markus Schinhammer, alumno maestro de Wing Chun del gran maestro Samuel Kwok
En un mundo cada vez más rápido, ruidoso y complejo, muchas personas buscan formas de recuperar la paz interior. Anhelan claridad, concentración y una sensación de fuerza interior. Eso es precisamente la esencia del Wing Chun, un arte marcial que a primera vista parece sencillo, pero que en realidad es uno de los sistemas de autodefensa y desarrollo personal más profundos que se han creado jamás. Yo mismo practico Wing Chun desde hace muchas décadas y, aunque he aprendido, transmitido y profundizado en innumerables técnicas, la conclusión central sigue siendo la misma: la verdadera fuerza reside en la simplicidad. Cuanto más tiempo entreno y enseño, más claro tengo que los principios en los que se basa el Wing Chun son hoy más actuales que nunca. En una época de sobreestimulación, presión de tiempo y distracciones permanentes, muchas personas anhelan un camino claro, reducido y honesto. Un camino que no genere más complejidad, sino que ayude a penetrarla. El Wing Chun es precisamente ese camino: directo, claro, sin florituras.


Un sistema que se centra en la esencia en lugar de en la abundancia.
El Wing Chun no es un arte marcial de espectáculo o pompa. Es todo lo contrario. Mientras que muchos sistemas de combate se basan en secuencias de movimientos complejos, patadas espectaculares o elementos acrobáticos, el Wing Chun lo reduce todo a lo esencial: trayectorias cortas, líneas directas, máxima eficiencia. Cada movimiento tiene un sentido, cada paso una función, cada contacto una información. No hay movimientos superfluos, ni fines en sí mismos.
Esta simplicidad no es casual. Es el resultado de siglos de observación, prueba y reducción. Una y otra vez se preguntaba: ¿qué funciona realmente bajo presión? ¿Qué queda cuando se elimina todo lo decorativo, todo lo lúdico? Lo que queda es un sistema diseñado para funcionar bajo estrés, miedo y caos. Por lo tanto, el Wing Chun no es solo un método de defensa personal, sino también un principio de pensamiento. Quien aprende a simplificar lo complejo, aprende a ver con más claridad, tanto en el entrenamiento como en la vida cotidiana.
Muchos principiantes, y también algunos artistas marciales de otros estilos, confunden la palabra «simple» con «fácil». Pero el Wing Chun es todo menos fácil. Es implacablemente honesto. No perdona ninguna imprecisión en la estructura, ninguna distracción en el contacto, ninguna exhibición del ego. La simplicidad en el Wing Chun no significa hacer menos, sino no hacer nada superfluo. Y eso es precisamente lo que lo hace tan exigente.
Se aprende a acortar, refinar y precisar cada vez más los propios movimientos. Se aprende a soltar: la tensión innecesaria, la fuerza bruta, los viejos patrones. Se aprende a realinear el cuerpo, a centrarse y a permanecer allí, incluso cuando hay presión externa. Es un proceso que lleva años y que nunca termina realmente. Recuerdo bien las muchas horas de entrenamiento con mi sifu, el gran maestro Samuel Kwok. A menudo estaba convencido de haber comprendido por fin una técnica. Entonces él sonreía y decía con calma: «Cuando crees que lo has comprendido, es cuando empieza la comprensión». Esa frase se me ha quedado grabada profundamente. Describe a la perfección de qué se trata el Wing Chun: no se trata de aprender muchas técnicas, sino de comprender cada vez más profundamente lo que hay detrás de ellas.


Vivimos en una época en la que la complejidad se ha convertido en la norma. Las personas hacen malabarismos con citas, información y expectativas. La cabeza está llena, el cuerpo cansado, la atención dispersa. Muchos desean más concentración, más claridad, más paz interior. Ahí radica precisamente una de las grandes fortalezas del Wing Chun.
En el entrenamiento aprendemos a aquietar la mente por un momento y a entrar en la percepción. Nos concentramos en la postura, la respiración, el contacto, en nuestro propio centro. En el Chi Sao, el entrenamiento de brazos pegajosos, practicamos no solo ver los estímulos, sino también sentirlos. Entrenamos para recibir, desviar y absorber la presión, en lugar de resistirnos a todo. Lo que en un primer momento parece una pelea es, en realidad, un entrenamiento de la presencia. Muchos de mis alumnos acuden al entrenamiento con problemas similares: estrés en el trabajo, inquietud interior, problemas de sueño, dificultades de concentración. No solo quieren ponerse en forma físicamente, sino también encontrar un equilibrio en su vida cotidiana. El Wing Chun les ofrece ambas cosas. A través de la clara estructura de las formas, la repetición de los movimientos básicos y el trabajo en pareja en Chi Sao, experimentan algo que a menudo falta en la vida cotidiana: el estado de existencia completa en el aquí y ahora.
Uno de los conceptos más importantes en Wing Chun es el centro, y esto en varios niveles. Físicamente, significa la línea central del cuerpo, el eje protector a través del cual atacamos y defendemos. Quien pierde su centro queda expuesto, vulnerable e inestable. Por eso, desde el principio aprendemos a alinear nuestra estructura de manera que podamos proteger el centro y, al mismo tiempo, aprovecharlo.
Pero el centro no es solo un concepto anatómico. También es un principio interno. El gran maestro Samuel Kwok me dijo una vez: «Si pierdes tu centro, te pierdes a ti mismo, tanto en la lucha como en la vida». Esta frase me acompaña hasta hoy. Me recuerda que en el Wing Chun siempre se trata de mantener el equilibrio: entre la tensión y la relajación, entre la vigilancia y la serenidad, entre la acción y la reacción.
Quien aprende en el entrenamiento a mantenerse en el centro, descubrirá que esto se traslada a otros ámbitos de la vida. Las personas que practican Wing Chun con seriedad suelen decir que reaccionan con más calma, toman decisiones más claras y se dejan desviar menos por las circunstancias externas. Trabajar el centro físico se convierte así en trabajar el centro interior.
El papel de la sensibilidad: sentir en lugar de especular
Una parte fundamental del entrenamiento de Wing Chun es el Chi Sao, el entrenamiento de «brazos pegajosos». No se trata de realizar una secuencia fija de técnicas, sino de sentir. El contacto entre los brazos debe ser vivo, sensible y consciente. En lugar de pensar constantemente en lo que el compañero podría hacer a continuación, aprendemos a sentirlo en su cuerpo.


En una época en la que muchas cosas se hacen a través de pantallas, teorías y abstracciones, esto tiene un valor enorme. Chi Sao es una respuesta inmediata. Si soy demasiado duro, pierdo el equilibrio. Si soy demasiado blando, me aplastan. Si soy demasiado lento, noto el hueco. El cuerpo no miente. Se aplica el principio del ying yang. No solo hay duro o blando. Esta experiencia no solo entrena la capacidad de reacción, sino también la honestidad con uno mismo. De alumno privado a alumno maestro
Mi propio camino en el Wing Chun comenzó como el de muchos: con curiosidad y respeto. Me impresionó la claridad de los movimientos, la eficacia de las técnicas y la paz interior. Con el tiempo, las primeras técnicas se convirtieron en estructuras fijas, las clases individuales en una rutina de vida y la afición en una vocación.
La oportunidad de aprender intensivamente con el gran maestro Samuel Kwok y, finalmente, ser reconocido por él como su alumno privado fue un punto de inflexión para mí. Bajo su tutela, aprendí no solo a imitar el Wing Chun, sino a comprenderlo. Daba mucha importancia a la precisión: en la postura, en la distancia, en el ángulo, en la energía. Al mismo tiempo, siempre fue modesto, tranquilo y claro. No necesitaba grandes palabras, su presencia y su habilidad hablaban por sí solas.
Como alumno maestro, tengo una doble responsabilidad: por un lado, mi propio aprendizaje continuo y, por otro, transmitir esta enseñanza a mis alumnos. Me considero un nexo entre la tradición que he recibido de mi Sifu y la realidad moderna del entrenamiento en mis escuelas con niños, jóvenes y adultos.

precisamente aquí donde se manifiesta la verdadera fuerza del sistema. El Wing Chun es estructurado, claro y lógico, cualidades que ayudan a los niños a desarrollar seguridad y orientación.
El entrenamiento infantil no consiste en formar pequeños luchadores, sino personalidades fuertes. Los niños aprenden a concentrarse, a seguir instrucciones, a tratar a sus compañeros con respeto y, al mismo tiempo, a percibir y proteger sus propios límites. Aprenden que la fuerza no tiene nada que ver con el volumen de la voz o la agresividad, sino con la paz interior, la claridad y la firmeza.
Wing Chun en el entrenamiento de niños
Hoy en día, gran parte de mi trabajo consiste en enseñar Wing Chun a niños y jóvenes. A primera vista, puede sorprender asociar un arte marcial aparentemente «duro» con los jóvenes. Pero es
También en el entrenamiento para adultos, el Wing Chun es mucho más que un simple programa de defensa personal. Muchos de mis alumnos adultos no solo vienen para ponerse a prueba físicamente, sino también para encontrar un equilibrio con la vida cotidiana, reducir el estrés y despejar la mente.
Aprecian que el Wing Chun no sea un sistema competitivo en el que hay que medirse constantemente, sino un camino en el que se puede evolucionar a su propio ritmo.



En mis escuelas, doy mucha importancia a preservar la estructura tradicional del Wing Chun: las formas, el Chi Sao, el Lat Sao, el entrenamiento con muñecos de madera y las partes de las armas. Estos elementos son la columna vertebral del sistema. Al mismo tiempo, estoy convencido de que las artes marciales deben mantenerse vivas. Esto significa que debemos adaptar el lenguaje en el que los transmitimos a las personas de hoy en día, sin diluir su esencia.
Por eso, especialmente con niños y adolescentes, trabajo con programas claros, niveles bien estructurados e imágenes comprensibles. Explico los principios de manera que sean comprensibles en la vida cotidiana: el equilibrio no solo como centro físico, sino también emocional; el respeto no solo como una regla en el entrenamiento, sino como una actitud básica en la vida. De este modo, el puente entre las artes marciales tradicionales y el mundo moderno se mantiene estable.
El Wing Chun como vía para el desarrollo personal
Cuanto más tiempo enseño Wing Chun, menos lo veo solo como un sistema de defensa personal. Sí, las técnicas funcionan, sí, pueden proteger en caso de emergencia. Pero para mí, el significado más profundo reside en el desarrollo de la persona.
Un alumno que entrena durante años cambia. Se vuelve más recto, no solo físicamente, sino también interiormente. Aprende a caer y a levantarse, a aceptar la resistencia sin endurecerse y a asumir la responsabilidad de sus propios actos. Desarrolla resistencia, aprende a lidiar con la frustración, a apreciar los pequeños progresos y a pensar a largo plazo.
En una sociedad en la que muchas cosas están orientadas a obtener resultados rápidos, el Wing Chun representa lo contrario: el camino largo, el crecimiento lento, el valor de la paciencia y la perseverancia. Eso hace que este arte sea exigente y, precisamente por eso, tan valioso.
Por qué el Wing Chun es hoy más actual que nunca Cuando me preguntan por qué el Wing Chun sigue siendo «moderno» en nuestros días, suelo responder: precisamente porque nuestra época es tan agitada, necesitamos algo tranquilo. Precisamente porque muchas cosas son ruidosas y espectaculares, necesitamos algo sencillo y auténtico. Precisamente porque muchas personas se pierden en el exterior, necesitamos un camino que nos lleve de vuelta a nosotros mismos.

El Wing Chun ofrece precisamente eso: un camino claro y directo en el que podemos conocernos mejor a nosotros mismos, física, mental y emocionalmente. Nos enseña a no responder a su complejidad con más complejidad, sino con claridad. Nos recuerda que la verdadera fuerza no tiene nada que ver con la dureza, sino con la estabilidad interior. Y nos muestra que la simplicidad no es una carencia, sino un signo de madurez. Como discípulo privado del gran maestro Samuel Kwok, considero un gran privilegio y, al mismo tiempo, una responsabilidad transmitir este arte en toda su profundidad. Cada clase, cada hora con mis alumnos es para mí también un recordatorio de que yo mismo debo seguir siendo un alumno: abierto, dispuesto a aprender y despierto. El Wing Chun no es un capítulo que se cierre en algún momento. Es un camino que se recorre.
En este sentido, entiendo el arte de la simplicidad no como algo que se alcanza una vez y luego se posee, sino como una actitud que se adopta una y otra vez. En el entrenamiento, en las clases, en la vida cotidiana. Y precisamente por eso estoy convencido: el Wing Chun nunca ha sido solo un arte marcial, y hoy en día es más actual que nunca.
Sobre el autor:
Sifu Markus Schinhammer es alumno privado del gran maestro Samuel Kwok, campeón de Hong Kong (2017) y reconocido profesor de la Ving Tsun Athletic Association de Hong Kong. Dirige varias escuelas de Wing Chun en Múnich con más de 1000 alumnos y combina las artes marciales tradicionales con la pedagogía moderna y una auténtica filosofía de vida.








El camino occidental hacia el desarrollo del yo
Empecé de niño, como muchos maestros actuales, en los años sesenta con el judo. Además de la lucha japonesa, aprendía, con cierto orgullo, a pronunciar los números en japonés, los nombres de las técnicas y la forma de puntuar. El idioma, la vestimenta y las formas de saludar durante la práctica eran los del Lejano Oriente. Los japoneses habían acertado: tras la derrota sufrida durante la Segunda Guerra Mundial, intentaron recuperarse, no solo ante los ojos de los súbditos del Emperador, sino también ante el mundo entero. La redención se produjo a través de la difusión de sus disciplinas marciales, que abrieron el camino a la cultura nipona, seguida de la competitividad en el plano económico. El judo sirvió de «puente», le siguió el karate, luego el aikido y las innumerables disciplinas pertenecientes al budo: desde el kendo al iaido, desde el ju jitsu al kyudo. Pero no se trataba solo de una visión panorámica de las artes de combate, el conocimiento, aunque superficial, se extendía a la vida y al código del samurái (ejemplo de guerrero excelente), al zen, al budismo, al sintoísmo y al taoísmo. Tampoco se descuidaban las prácticas corporales, se leía y, si se podía, se recibían tratamientos de Shiatsu, Kuatsu y acupuntura. La palabra KI estaba en boca de muchos, la energía que lo impregna todo y cuyo dominio confiere poderes extraordinarios. A continuación, la influencia japonesa llegó incluso a la mesa. En Italia, patria de una cocina variada y excelente, se abrieron restaurantes en los que se podía degustar pescado crudo, sushi y sashimi. A continuación, El libro de los cinco anillos, del espadachín japonés del siglo XVII, junto con el código Hagakure, estimuló la mente de muchos formadores, llevando la estrategia del Sol Naciente a las empresas como ejemplo de liderazgo o negociación perfectos. Japón fue el primero, seguido de cerca por un gigante llamado CHINA con su kung fu, dividido en una miríada de estilos. Occidente conoció los míticos monasterios de Shaolin y Wu Dang, el primero budista y el segundo taoísta. Desde el Lejano Oriente también llegó la gimnasia de movimientos lentos llamada Tai Chi, que la gran mayoría de los practicantes occidentales descubrieron más tarde que era un arte marcial. Se conocieron los puntos vitales, que parecían dar un poder extraordinario al experto que sabía localizarlos y golpearlos. También se tradujeron textos de filosofía estratégica china, como el TAO TE CHING, las 36 estratagemas y El arte de la guerra de Sun ZU, que encontraron su lugar en las bibliotecas de muchos practicantes de disciplinas orientales. Los más atrevidos comenzaron a estudiar el idioma, los usos y costumbres, como la ceremonia del té, la reparación de vasijas y otras cosas.
Al crecer, se formó en mí, como en muchos de mis amigos practicantes de disciplinas orientales, aunque diferentes entre sí, la idea de que desde Oriente llegaba una oleada de habilidades corporales, estrategias bélicas, filosofías fascinantes, artes sublimes que convertían hábitos sencillos como beber té u observar las flores de melocotonero en actividades de meditación sublime.
¡Qué mala suerte haber nacido en Occidente!
Aquí solo tenemos tecnología y aburridas nociones escolares, pensaba.
Nada de artes marciales.
Nada de profundas filosofías de vida.
Ninguna práctica para la mejora del yo interior.
Hace unos 44 años me di cuenta de que estaba equivocado y, como yo, muchos amigos que practicaban y profesaban artes y disciplinas orientales.
Occidente tiene su propia y maravillosa actividad marcial, una filosofía práctica sublime, un desarrollo artístico sin igual.
Lo teníamos ante nuestros ojos, pero no lo veíamos.
Se dice que para ocultar algo hay que ponerlo en evidencia.

A pocos kilómetros de donde nací se encuentra la ciudad de Crotone, en el norte de Calabria, una región del sur de Italia. En la época en que estas zonas se denominaban Magna Grecia, en esa ciudad nació una de las escuelas más importantes de la humanidad: la escuela pitagórica.
Sí, precisamente ese personaje del que no sabemos nada, salvo la obligación escolar de demostrar su famoso teorema.
La mayor parte de las veces, el resto de su vida se descuida o se subestima, e incluso se menosprecia a sabiendas. No es así para los iniciados. Aquellos que mantienen viva la llama de la tradición y que han sabido conservar el conocimiento antiguo resistiendo las presiones seculares de los poderes políticos y religiosos dominantes. Poderes que veían en la tradición iniciática una amenaza real para su predominio político, ya que afectaba profundamente a las creencias filosóficas y culturales. La campaña difamatoria fue constante, dura y sangrienta, pero, afortunadamente, el antiguo saber fue ocultado y protegido a costa de la vida. Bastaba con la acusación de herejía para acabar en la hoguera; el ejemplo de Giordano Bruno creo que es suficiente para comprender el clima de la época. La caza de brujas, además de las conocidas implicaciones políticas, era un medio para eliminar la «competencia» sin demasiados problemas.

Volvamos a Pitágoras. ¿Qué hace Pitágoras en una revista que habla de artes marciales y cultura oriental?
Si se han hecho esta pregunta es porque desconocen lo que era realmente la escuela pitagórica, sus objetivos y sus prácticas.
Empecemos diciendo que Pitágoras era boxeador y también un prestigioso entrenador de excelentes boxeadores. Añadamos que su yerno era nada menos que el mítico MILONE, el luchador invicto, ganador de numerosas ediciones olímpicas, que se retiró con el título de campeón.
¿Por qué sorprenderse?
¿No se nos ha enseñado siempre que los griegos (estamos en la Magna Grecia) tenían en igual estima la actividad física y la actividad intelectual?
Por lo tanto, es fácil deducir que muchos de los filósofos que hemos estudiado, o de los que hemos oído hablar, fueron excelentes atletas e incluso expertos en armas y en el combate cuerpo a cuerpo. Debemos darnos cuenta de que somos víctimas de una creencia generalizada que hoy en día considera normal que el atleta sea deficiente en el plano intelectual y el intelectual, discapacitado motor.
Nunca ha sido así.
Se han escrito muchos libros sobre Pitágoras dirigidos principalmente a un círculo restringido de investigadores, la información sobre las civilizaciones antiguas no siempre es cierta y a veces es contradictoria, sin embargo, refiriéndonos a un pitagórico de los tiempos modernos podemos saber mucho sobre la escuela iniciática de Pitágoras, me refiero a Vincenzo Capperelli.
El erudito nació en 1878 en Cosenza, se trasladó a Catanzaro para cursar la enseñanza secundaria y luego se fue a Roma para licenciarse en medicina. Fue médico oficial durante las grandes guerras y luego, tras regresar definitivamente a Roma, se especializó en odontología, ciudad en la que falleció en 1958. Durante toda su vida, estudió a Pitágoras desde primera hora de la mañana, profundizando en los secretos de su escuela, que ahora no solo vamos a examinar, sino también a comparar con las conocidas escuelas orientales de las que hemos hablado anteriormente.

El «dojo» pitagórico nació, como hemos dicho, en Crotone, en el sur de Italia. No era fácil entrar en esta escuela, que se parecía más a un monasterio. La admisión se consideraba un asunto muy serio al que muy pocos, entre los muchos que solicitaban plaza, podían acceder. En primer lugar, la selección era muy dura y la información que se recababa sobre la persona abarcaba todos los aspectos de su vida privada, se investigaba:
Familia, inclinación por el estudio, comportamientos, hábitos, discursos, gestión de las emociones. También se observaba la constitución física, la gestualidad, la forma del rostro (anticipándose a la fisiognómica). Si se superaba esta primera selección, se admitía a la escuela y, durante tres años, se estaba a prueba. En estos tres años, el novicio era casi despreciado, sometido, si no a insultos, al menos a la indiferencia total por parte de todos los demás. De este modo se ponía a prueba su determinación, su desapego de los honores y los reconocimientos. Tras los tres años, si era aceptado, pasaba a la ecemutia, una fase que podía durar entre dos y cinco años. Se trataba de un periodo de silencio en el que debía escuchar las lecciones sin poder hacer ninguna pregunta. El maestro hablaba desde detrás de una cortina que lo ocultaba al auditorio (quizás una reminiscencia de los misterios eleusinos, una práctica religiosa secreta ateniense). Los bienes materiales se ponían en común y los adeptos eran sometidos a pruebas físicas que rayaban en la crueldad. El novicio que terminaba la echemuthia (2 o 5 años) subía de nivel. Al salir del noviciado, ya no se era exotérico o externo, sino que se pasaba a formar parte de los esotéricos o internos. El primer grado del nuevo nivel era el de los matemáticos, sector en el que se estudiaban disciplinas afines como la aritmética, la música, la geometría y la astronomía. Luego estaba la física, en la que se estudiaban los fenómenos de la naturaleza, y también el más arcano de los sectores pitagóricos: la aritmología. También se estudiaba fisiología, medicina y psicología, hasta tal punto que se pensaba que todo pitagórico era también médico. El objetivo de los pitagóricos era formar un PANOURGO, es decir, una persona capaz de afrontar todo en la vida. Justo lo contrario de lo que hacemos hoy en día con la superespecialización. Para Pitágoras, todas las facultades humanas debían desarrollarse al máximo.
«El «dojo» pitagórico nació, como hemos dicho, en Crotone, en el sur de Italia. No era fácil entrar en esta escuela, que se parecía más a un monasterio. La admisión se consideraba un asunto muy serio al que muy pocos, entre los muchos que solicitaban plaza, podían acceder».


Nada más levantarse de la cama, el adepto debía recordar todo lo que había aprendido el día anterior. A menudo se le ayudaba a despertarse con el canto y el sonido de la lira. También por la noche debían hacer lo que ellos llamaban «examen de conciencia», revisando los acontecimientos del día, y también en este caso se tocaba música adecuada, capaz de influir en la mente según una ciencia ya perdida. Por la mañana se realizaban ejercicios físicos precedidos de masajes con aceites. Correr, luchar, boxear y lanzar peso eran actividades cotidianas. También lo era la danza, a la que daban gran importancia. Esta confería gracia, elasticidad y euritmia al cuerpo, además de contribuir a vigorizarlo. Al final se tomaba una primera comida ligera. La tarde se dedicaba a la política y al desarrollo de las facultades de gestión, como diríamos hoy. Por la noche se paseaba en pequeños grupos con la intención de repetir lo aprendido, reforzado por el intercambio con los demás alumnos.
Se tomaba un baño con agua fría y luego seguía la comida de la noche. La cena se consumía siempre antes del atardecer y siempre en una mesa común sin superar nunca el número diez (todo tenía un significado profundo y oculto). Después de la cena seguían las lecturas instructivas. El desarrollo de la memoria se tenía muy en cuenta. Se perseguía el «media res», el término medio: nunca excesos, ni en ninguna actividad física ni mental. La mujer era muy apreciada y recibía la misma educación que los hombres.
Se pretendía construir lo que el filósofo Nietzsche más tarde llamaría el superhombre, figura que en la escuela de Crotona se conocía con el nombre de hombre pitagórico.
Los pitagóricos se reconocían entre sí con un apretón de manos (como hacen hoy los afiliados a las logias masónicas). Su signo característico era la pentalfa (también llamada pentagrama), es decir, la estrella de cinco puntas dibujada con un solo trazo.
«Se tomaba un baño con agua fría y luego se cenaba. La cena se consumía siempre antes del atardecer y siempre en una mesa común, sin superar nunca el número diez».

“Correr, luchar, boxear y lanzar peso eran actividades cotidianas. También lo era la danza, a la que daban gran importancia. Esta confería gracia, elasticidad y euritmia al cuerpo, además de contribuir a vigorizarlo.”

Al igual que en las culturas orientales a las que nos referimos cuando hablamos de samuráis u organizaciones sociales chinas, los pitagóricos también eran fuertemente antidemocráticos porque creían que solo las personas preparadas e instruidas podían gobernar. Esta absoluta intransigencia generó malestar entre la gente, ya que, poco a poco, el gobierno se fue desplazando hacia la dictadura. El pueblo, que no tenía la formación psicofísica de los adeptos, no soportaba ni comprendía las restricciones a las que les sometían estos miembros del gobierno.
Los adversarios políticos, avivando el fuego del descontento, acabaron liderando una revuelta que derrocó al gobierno de los iluminados.
En conclusión, Pitágoras fue el eje de la cultura occidental, pero no se puede negar que su escuela estaba influenciada por la oriental. De hecho, una vez más, esta obsesión de los intelectuales por dividir a la humanidad en categorías no siempre coincide con la costumbre humana, y sobre todo de los investigadores, pero también de los guerreros, de recorrer el mundo y aprender y enseñar mezclando un conocimiento que ya no es fácilmente clasificable.
Parece que Pitágoras tuvo la oportunidad de aprender de todos, llegando a una síntesis que culminó y se cristalizó en su escuela de Crotona, sentando las bases para el desarrollo del hombre, precisamente en Italia. Los pitagóricos estaban convencidos de que había que trabajar sin descanso sobre uno mismo. No se excluía ningún conocimiento, solo así se podía evolucionar desde el principio, incluso en la vida terrenal.
Las similitudes con las escuelas de perfeccionamiento del hombre en el Lejano Oriente son impresionantes. El hombre moderno, que ve desde su cómodo sofá las películas sobre los monjes guerreros orientales, ignora que muy cerca de él existían escuelas similares a las de Oriente. La escuela pitagórica era de una completitud impresionante, se ocupaban del desarrollo de la mente y el cuerpo. El adepto pitagórico era guerrero, médico, científico, político, administrador e incluso un excelente maestro capaz de guiar a otros en la ejecución de ejercicios destinados al conocimiento de sí mismos.
Quizás ha llegado el momento de revelar lo que durante siglos se nos ha ocultado.

«La escuela pitagórica era de una completitud impresionante, se ocupaban del desarrollo de la mente y del cuerpo. El adepto pitagórico era guerrero, médico, científico, político, administrador e incluso un excelente maestro capaz de guiar a los demás en la ejecución de ejercicios destinados al conocimiento de sí mismos».



El verdadero Jutsu
Las artes marciales y la integridad parecen estar desapareciendo a medida que la sociedad se adentra en la era digital. Una nueva generación cree que la autodefensa se puede aprender como una aplicación, mientras que los verdaderos maestros son cada vez menos cada año. En su lugar, aparecen instructores autoproclamados, respaldados por organizaciones y federaciones con fines lucrativos dispuestas a otorgar rangos, títulos y certificados a cualquiera que pueda pagarlos. En las artes marciales israelíes, como el Kapap y el Krav Maga, este problema se ha agravado especialmente. Todos los días recibo mensajes de personas que quieren comprar rangos que no se han ganado, o que se otorgan a sí mismas esos rangos sin vergüenza alguna. Nadie pregunta quiénes fueron sus maestros o de qué linaje provienen. Estamos perdiendo el verdadero Jutsu, no solo en las artes marciales, sino en todos los ámbitos de la vida.




En mis 64 años, mis padres y mi generación me enseñaron la honestidad y la integridad. Ellos cometieron errores, y yo también, pero aprendí que la verdad a menudo está oculta y debe descubrirse a través de las dificultades. Aun así, decidí seguir mi propio camino. Este es el Do de las artes marciales, el mismo espíritu que se encuentra en el judo y el karate-do, y es una de las razones por las que dejé de enseñar artes marciales israelíes.
A lo largo de los años, me he alojado con todo tipo de personas adineradas: multimillonarios con coches que valen más que los presupuestos gubernamentales, casas con más habitaciones que residentes, yates y piscinas que cambian de color, e incluso perros con niñeras a tiempo completo. Tumbado en sábanas que cuestan más que mi coche, me di cuenta de algo: todos ellos comparten un secreto. Ninguno de ellos lo dice en voz alta. No está escrito en los libros ni se enseña en las universidades. Pero todos ellos viven según él. Si dijeras este secreto en la calle, la gente pensaría que estás loco. Pero si lo oyeras de un multimillonario sentado en su balcón, bebiendo agua desalinizada a una temperatura «espiritual» cuidadosamente elegida, de repente tendría todo el sentido del mundo.
Este secreto es la verdad sobre la vida, una verdad que los ricos conocen pero nunca comparten. No la escriben, no la susurran ni la predican. Sin embargo, alimenta silenciosamente su éxito. Esta es la verdad, el verdadero jutsu de la vida:
Cuando el precio es cero, el respeto es cero.

La gente no valora lo que es gratis. Todo lo que se regala sin coste alguno se vuelve invisible. Si das tu tiempo, tu atención y tu energía libremente a todo el mundo, la gente tratará tu presencia como ruido de fondo. Olvidan todo lo que no les ha supuesto ningún esfuerzo. La gente rara vez entiende el valor, entiende el precio. El respeto comienza en el momento en que dejas de regalarte.
La espiritualidad es fácil, hasta que haces cola en ciertos países.
Los maestros orientales dicen que la paciencia conduce a la paz. En algunos países, la paciencia solo conduce a que alguien se te cuele y te diga: «Acabo de preguntar algo». Un monje puede sentarse doce horas escuchando una cascada, pero cualquiera que espere doce horas a un fontanero que no deja de decir «ya voy» alcanza un nivel más alto de iluminación espiritual. El universo lo llama «iluminación». Nosotros lo llamamos «romperse en silencio por dentro».



El dinero no compra la felicidad, solo un lugar más cómodo para ser infeliz.
Es cierto que el dinero no puede comprar la felicidad. Pero puede comprar un billete de avión a Grecia, donde puedes discutir tus problemas en una playa turquesa en lugar de en un autobús abarrotado. Puede comprar espacio, paz y una cama que no se derrumba cuando te das la vuelta. La felicidad no se vende en las tiendas, pero la miseria tampoco tiene por qué viajar en autobús. El dinero no puede resolverlo todo, pero amortigua casi todo.
Gente «sencilla», con carros llenos de toda la tienda.
Las personas que dicen ser «sencillas» suelen salir de IKEA con una factura que parece el presupuesto nacional. Les encanta la «vida sencilla», siempre que incluya un café de 50 euros y una lista de reproducción seleccionada por un artista vegano atormentado. De alguna manera, su minimalismo siempre cuesta más de lo que esperan. Dicen que necesitan muy poco, excepto todo lo que hay en la tienda.
El mundo no recompensa la honestidad, sino la estrategia. El mundo no es un templo, es un campo de batalla. A menudo se utiliza a las personas honestas, en lugar de respetarlas. Se disculpan por existir, mientras que otros toman lo que quieren sin dudarlo. El mundo sabe exactamente quién no va a defenderse y no muestra piedad. La verdad es un cuchillo sin mango: si no sabes cómo sujetarlo, serás tú quien sangre. La honestidad es un lujo que solo los fuertes pueden permitirse.
Algunas personas visten con sencillez, pero su «sencillo» vestuario cuesta tres meses de sueldo. Afirman que no se dan caprichos, pero de alguna manera acaban en un spa de tres horas utilizando cremas supuestamente elaboradas con lágrimas de unicornio. Creen sinceramente que son sencillos, y esa es la ilusión más extravagante de todas.



La riqueza lo revela todo.
El dinero no cambia a las personas, las desenmascara. La pobreza oculta los defectos bajo la necesidad y la humildad. Cuando aparecen los recursos, surge la verdadera persona. El que está vacío se convierte en un rey ruidoso e inseguro. El que tiene fuerza y carácter adquiere la capacidad de liderar sin quebrarse. La riqueza magnifica lo que ya hay dentro. No corrompe, expone.
El verdadero Jutsu no se trata de técnicas de lucha. Se trata de claridad. Se trata de reconocer el valor, establecer límites, ver a través de las ilusiones y comprender cómo funciona realmente el mundo. Las artes marciales solían enseñar esto de forma natural: disciplina, honestidad, linaje y responsabilidad. Hoy en día, con la proliferación de falsos maestros y certificados fáciles de obtener, recordar la lección más profunda es más importante que nunca: el poder proviene de la verdad, pero solo si sabes cómo ejercerlo.
Cuando era joven, nunca entendí el Kyokushin.
Kyokushin significa «verdad última» o «el camino de la verdad última». El nombre proviene de las palabras japonesas «Kyoku» (extremo) y «Shin» (verdad).
La frase japonesa para «verdad última» es 究極の真実 (kyūkyoku no shinjitsu). También se puede expresar como 極真 (kyokushin), el nombre de un arte marcial que literalmente significa «verdad última».
En artes marciales como el boxeo tailandés, el kickboxing, el judo, el BJJ y el sambo, la verdad se puede ver en el tatami. Pero en muchas artes marciales sin combate ni contacto, las personas pueden demostrar técnicas «mágicas» que solo funcionan cuando nadie se resiste. Sin resistencia, todo el mundo parece capaz de luchar.




Sobre la alegría y la tristeza Por Kahlil Gibran
Tu alegría es tu tristeza sin máscara.
Y el mismo pozo del que brota tu risa a menudo se llenaba con tus lágrimas. ¿Y cómo podría ser de otra manera?
Cuanto más profundo es el dolor que se graba en tu ser, más alegría puedes contener.
¿Acaso la copa que contiene tu vino no es la misma copa que se quemó en el horno del alfarero?
¿Y acaso el laúd que calma tu espíritu no es la misma madera que fue ahuecada con cuchillos? Cuando estés alegre, mira profundamente en tu corazón y descubrirás que solo aquello que te ha dado dolor es lo que te da alegría. Cuando estés triste, vuelve a mirar en tu corazón y verás que, en realidad, estás llorando por aquello que ha sido tu deleite.
Algunos de vosotros decís: «La alegría es mayor que la tristeza», y otros decís: «No, la tristeza es mayor».
Pero yo os digo que son inseparables. Vienen juntos, y cuando uno se sienta solo contigo a tu mesa, recuerda que el otro duerme en tu cama.
En verdad, estás suspendido como una balanza entre tu dolor y tu alegría. Solo cuando estás vacío estás en reposo y en equilibrio.
Cuando el guardián del tesoro te levanta para pesar su oro y su plata, es necesario que tu alegría o tu dolor suban o bajen.

Parte I: La naturaleza entrelazada de la alegría y la tristeza
Los seres humanos se sienten atraídos naturalmente por el placer y repelidos por el dolor. Desde la infancia, tanto por naturaleza como por condicionamiento, aprendemos a perseguir lo que nos hace sentir bien y a evitar lo que nos hace sentir dolor. Perseguimos los logros, el reconocimiento, la comodidad y los momentos fugaces de euforia de la vida, mientras que rehuimos las dificultades, los fracasos, las pérdidas y las incomodidades. Sin embargo, este comportamiento instintivo pasa por alto una de las verdades más profundas de la vida: la alegría y la tristeza están íntimamente conectadas, como las dos caras de una misma moneda. Como afirma elocuentemente Gibran, «el mismo pozo del que brota la risa a menudo se llenaba de lágrimas». La risa y las lágrimas comparten la misma fuente: son expresiones diferentes de la misma profundidad humana.
Este principio es fundamental en la filosofía de Hwa Rang Do®. Las artes marciales se enseñan a menudo como un camino hacia el dominio físico —golpear, patear, lanzar o bloquear—, pero en esencia, Hwa Rang Do entrena al ser humano en su totalidad: cuerpo, mente y corazón. Todas las emociones, todas las experiencias, están interconectadas. El dominio no se alcanza evitando el dolor o negándose a afrontar las dificultades, sino reconociendo y aceptando la interacción entre la alegría y la tristeza. Un practicante que rehúye las dificultades no puede cultivar una verdadera resiliencia, al igual que una persona que evita la tristeza no puede experimentar plenamente la riqueza de la felicidad.


La metáfora del horno del alfarero ilustra esto maravillosamente. Una copa de vino no sale completa sin haber soportado el fuego, sin haber sido moldeada, endurecida y probada. Del mismo modo, un laúd, el instrumento que crea melodía y armonía, debe su voz al cuidadoso tallado de la madera, un proceso que implica eliminar, dar forma, cortar, cincelar, perforar y vulnerabilidad. En ambos casos, la belleza y la utilidad surgen no a pesar del proceso de modelado, sino gracias a él. Del mismo modo, la alegría humana surge en el espacio creado por los retos, las pérdidas y la tristeza.
En la vida de un artista marcial, este principio se hace tangible. Cada moretón, cada técnica fallida, cada corrección de un maestro, cada reprimenda y cada momento de frustración representan dolor. No se trata de meras molestias, sino de experiencias formativas que tallan el recipiente de la habilidad y el carácter del guerrero. Cuando el cuerpo finalmente ejecuta un movimiento a la perfección, cuando una técnica fluye con naturalidad y cuando el espíritu se eleva con el logro, la alegría que llena al practicante es profunda precisamente porque se ha ganado a través de la lucha. Esa alegría es más rica, más profunda y más duradera que cualquier placer fugaz, porque es inseparable de la experiencia que la precedió.
Además, esta comprensión cultiva la humildad y la paciencia. El guerrero reconoce que el dominio no es instantáneo. La alegría no aparece sin esfuerzo, y el éxito no está exento de sacrificio. Cada desafío, cada momento de dificultad, contribuye al refinamiento de la habilidad y el carácter. Aceptar el dolor no es invitar al sufrimiento por el simple hecho de sufrir, sino reconocer su papel formativo en la configuración del alma y el cuerpo.
Esta interacción también fomenta la empatía y la sabiduría. Un guerrero que ha sentido dolor, que se ha enfrentado al fracaso, ha soportado el sufrimiento o ha superado dificultades personales, está preparado para comprender los retos de los demás. Esta capacidad de compasión es tan importante como la habilidad física, ya que transforma a un luchador en un guía, un maestro y un líder. El dominio del Hwa Rang Do es, por lo tanto, no solo técnico, sino profundamente humano: es la capacidad de armonizar la experiencia, transformar la adversidad en crecimiento y cultivar un corazón capaz tanto de resiliencia como de alegría.
En última instancia, este principio enseña que la alegría nunca es gratuita y que el dolor nunca carece de sentido. Cada momento de felicidad es el fruto del esfuerzo, la resistencia y la reflexión previos. Cada dificultad es una invitación a ampliar la capacidad, perfeccionar la habilidad y profundizar la conciencia. El camino marcial es, por lo tanto, un espejo de la vida misma: cuanto más aprende el guerrero a honrar e integrar tanto la alegría como el dolor, mayor es su dominio, no solo de la técnica, sino de sí mismo.
Muchos estudiantes experimentan la alegría como una fugaz oleada de euforia sin detenerse a examinar su origen o significado. En las artes marciales, esto suele ocurrir cuando un principiante, un cinturón blanco, finalmente ejecuta una técnica correctamente o gana un combate. El momento es electrizante, una repentina oleada de orgullo y emoción, pero sin una reflexión consciente, esta alegría puede sembrar sutilmente el ego. El estudiante puede empezar a medirse por sus logros en lugar de por su crecimiento, vincular su autoestima a la validación externa o desarrollar un miedo al fracaso, todo lo cual socava el desarrollo a largo plazo.
Un guerrero maduro reconoce que la alegría rara vez es espontánea; nace de la lucha, el esfuerzo y la persistencia. Cada técnica dominada refleja innumerables repeticiones, intentos fallidos, esfuerzo físico, correcciones de los instructores y la silenciosa resistencia a la duda. La alegría no es un punto final, sino el subproducto de un proceso, un reflejo del esfuerzo invertido y las lecciones aprendidas. En este sentido, la celebración del éxito sin reconocer sus raíces es incompleta y potencialmente engañosa.
En Hwa Rang Do, el progreso se simboliza con cinturones y rangos, pero estos marcadores no son meras recompensas, sino señales que recuerdan al practicante que el dominio es continuo. El cinturón blanco que hoy domina una técnica debe comprender que la lección de ese logro no es que haya «llegado», sino que ha construido una nueva base desde la que seguir creciendo. El techo de ayer se con-


vierte en el suelo de hoy, y el proceso de aprendizaje, corrección y perfeccionamiento es continuo. La alegría surge plenamente solo cuando reconocemos y honramos este contexto.
La reflexión transforma la alegría en sabiduría. Cuando los alumnos relacionan sus victorias con sus esfuerzos, fracasos, orientación y apoyo, la alegría se arraiga profundamente. Cultiva la gratitud hacia los mentores que les desafiaron, los compañeros que les empujaron e incluso los rivales que les obligaron a mejorar. Fomenta la humildad, recordando al practicante que ningún logro existe de forma aislada. Esta conciencia fortalece el carácter tanto como el cuerpo y la mente, creando una alegría que es sostenible en lugar de efímera.
Por el contrario, la alegría no examinada conlleva riesgos. El orgullo inflama el ego, fomentando la arrogancia y la complacencia. El apego vincula la identidad de uno con los resultados, de modo que los fracasos futuros se perciben como catastróficos. La falta de reflexión ciega al estudiante ante las lecciones ocultas en la lucha y las contribuciones de los demás, dejándolo aislado en su percepción del logro. Con el tiempo, estos hábitos pueden frenar el crecimiento y distorsionar la comprensión.
Al cultivar la alegría examinada, el estudiante aprende a celebrar sin apego, a apreciar los logros sin arrogancia y a utilizar el placer como combustible para un mayor desarrollo. Esta práctica transforma la alegría de una emoción temporal en una herramienta para el crecimiento, fortaleciendo no solo la técnica y el rendimiento, sino también el carácter y la perspectiva. La verdadera maestría, por lo tanto, es inseparable de la conciencia: es la capacidad de abrazar la dulzura del éxito sin perder la humildad, la gratitud y una comprensión clara del camino que condujo hasta allí.
Parte III: Afrontar el dolor
Mientras que la alegría se celebra y a menudo se busca, el dolor suele temerse o evitarse. Muchos estudiantes se alejan instintivamente de las dificultades, los fracasos o el dolor, viéndolos como amenazas en lugar de oportunidades. En el contexto de las artes marciales, esto puede manifestarse en que un estudiante evite las técnicas difíciles, rehúya el combate o se desanime tras cometer errores repetidos. Sin embargo, la tristeza no es un signo de debilidad, sino uno de los mejores maestros que un guerrero puede tener. Forja la resiliencia, alimenta la compasión e ilumina insights que el consuelo y el placer por sí solos no pueden proporcionar.
La tristeza es inevitable en la vida. Las lesiones físicas, las pérdidas, los reveses y las decepciones llegarán a todos los practicantes, al igual que llegan a todos los seres humanos. El mismo principio se aplica en la sala de entrenamiento: cada técnica fallida, cada corrección, cada derrota en el combate conlleva el dolor de la decepción. Pero es precisamente a través de estos momentos que el estudiante tiene la oportunidad de desarrollar fuerza, conciencia y perseverancia. Evitar el dolor o enmascararlo con victorias superficiales solo retrasa el crecimiento; deja al practicante emocionalmente subdesarrollado, incapaz de responder plenamente a los inevitables desafíos de la vida.
Una verdad más profunda es que la tristeza a menudo conlleva una alegría oculta. Consideremos el dolor inicial del fracaso: un estudiante puede sentir vergüenza, frustración, tristeza y/o decepción. Pero bajo esta superficie hay un significado. La tristeza refleja el valor de lo que se intentó: el amor por el aprendizaje, el deseo de sobresalir, el aprecio por la guía del maestro o la importancia de las relaciones y experiencias que crearon ese momento. La tristeza es la sombra del amor; marca lo que apreciamos. Sin la tristeza, la alegría sería superficial y fugaz, ya que es el contraste lo que da profundidad al placer. El guerrero maduro se hace una pregunta crucial: «¿Qué me enseña esta tristeza?». No solo a soportar, sino a observar, integrar y crecer. Cada revés se convierte en un espejo que refleja dónde hay que perfeccionar la habilidad, la paciencia o la comprensión. El dominio emocional no se desarrolla suprimiendo el dolor, sino enfrentán-

dolo directamente con valentía, conciencia y reflexión. En el dojang, esto podría traducirse en aceptar una derrota en un combate sin ponerse a la defensiva, analizar los errores cometidos, ajustar las estrategias y volver a practicar con renovada determinación. Con el tiempo, estas experiencias enseñan adaptabilidad, autodisciplina y humildad, cualidades mucho más duraderas que cualquier trofeo o medalla.
Un corazón que evita el dolor se vuelve insensible, rígido e incapaz de sentir verdadera empatía. Por el contrario, un corazón que abraza el dolor, reconociendo el sufrimiento, comprendiendo sus orígenes y aprendiendo de él, desarrolla fuerza, humildad y compasión. Estas cualidades van mucho más allá de la práctica marcial: dan forma a la forma en que una persona interactúa con su familia, amigos, colegas e incluso desconocidos. Solo aquellos que se han enfrentado a su propio sufrimiento pueden empatizar verdaderamente con las luchas de los demás, liderar con integridad o guiar a los estudiantes de manera que resuene tanto a nivel técnico como humano.
El dolor, por lo tanto, no es el enemigo del guerrero; es un compañero esencial en el camino hacia la maestría. Agudiza la mente, fortalece el corazón y profundiza la comprensión. Cuando se integra conscientemente, el dolor se convierte en una fuente de sabiduría, un maestro cuyas lecciones perduran mucho después de que el dolor haya pasado. Desde esta perspectiva, cada fracaso, cada revés y cada desafío no son simplemente un obstáculo que hay que soportar, sino un peldaño hacia un yo más completo, capaz y compasivo.
Los seres humanos tenemos una tendencia natural a categorizar las experiencias. Desde la primera infancia, dividimos instintivamente la vida en dualidades: lo bueno frente a lo malo, el placer frente al dolor, el éxito frente al fracaso, la alegría frente a la tristeza. Estas distinciones nos ayudan a navegar por la vida cotidiana, pero son incompletas y pueden llevar a engaños. Al privilegiar un lado —buscando solo el placer, evitando solo el dolor— corremos el riesgo de crear un desequilibrio en nuestra percepción y respuesta. No logramos comprender la verdad más profunda de que la vida es un continuo entrelazado, en el que las experiencias contrastantes no son fuerzas opuestas, sino hilos complementarios de un mismo tejido.
Gibran nos recuerda que la alegría y la tristeza son inseparables. No existen como experiencias independientes, sino como reflejos de la misma profundidad humana. Un guerrero que solo busca la alegría —aferrándose al éxito, los elogios o la satisfacción efímera— se vuelve frágil. Cuando llegan los inevitables reveses, cuando el fracaso golpea o el mundo pone a prueba su determinación, no está preparado y se vuelve vulnerable. Por el contrario, un guerrero que se identifica exclusivamente con la tristeza —centrándose en la pérdida, las dificultades o la lucha— se endurece con el tiempo, perdiendo la capacidad de experimentar plenamente la felicidad, la gratitud y el amor. En ambos casos, un compromiso incompleto con la vida disminuye el crecimiento.
La filosofía del Hwa Rang Do enfatiza la integración y la aceptación: la alegría surge no a pesar de la tristeza, sino gracias a ella. Al igual que una copa se forma en el fuego antes de poder contener vino, la tristeza da forma al recipiente del corazón, preparándolo para recibir la profundidad y la riqueza de la alegría. La victoria y la derrota, el amor y la pérdida, los elogios y las críticas, no son entidades separadas, sino elementos interconectados del mismo ritmo. El practicante maduro reconoce que para abrazar plenamente uno, también hay que aceptar el otro. La libertad emocional surge cuando el guerrero ya no persigue solo la alegría ni huye de la tristeza, sino que se mueve con fluidez dentro de la totalidad de la experiencia humana. Aquí es donde se complica... Este principio se refleja directamente en el entrenamiento marcial. En el dojang, los ataques son inseparables de las defensas. Un golpe solo tiene sentido cuando se combina con la conciencia de contrarrestar las amenazas; la ofensiva se define por la presencia de resistencia. La fuerza es inseparable de la flexibilidad; la rigidez puede parecer poderosa, pero solo la adaptabilidad garantiza la supervivencia y la eficacia. La técnica física es inseparable de la conciencia mental; sin atención plena, un movimiento perfectamente ejecutado puede fallar bajo presión. La misma lección se aplica a la vida misma: la alegría no puede existir sin la tristeza, y el crecimiento surge cuando ambas se integran.
En términos prácticos, esto significa abordar el entrenamiento, y la vida, con una mentalidad de aceptación y equilibrio. Cuando un alumno fracasa en un combate, no se limita a soportar la derrota, sino que reflexiona sobre su significado, reconoce lo que le enseña y aplica esa visión en el futuro. Cuando un alumno logra una victoria, no inflama su ego, sino que reconoce la lucha y la orientación que la hicieron posible. Cada experiencia, agradable o dolorosa, se convierte en parte de un proceso de aprendizaje continuo.


Al aceptar la inseparabilidad de la alegría y la tristeza, el practicante de Hwa Rang Do cultiva la resiliencia, la inteligencia emocional y la ecuanimidad. La vida se convierte menos en una serie de dualidades que hay que combatir o temer, y más en un continuo fluido que hay que navegar con conciencia, habilidad y gracia. El guerrero maduro, tanto en el dojang como en la vida, se mueve con confianza dentro de este continuo, integrando todas las experiencias como maestros y respondiendo no con reactividad, sino con acciones conscientes y mesuradas.
Parte V: La balanza de la vida
La metáfora de la balanza de Gibran captura la esencia del dominio emocional: «En verdad, estás suspendido como una balanza entre tu tristeza y tu alegría. Solo cuando estás vacío te encuentras en equilibrio y en reposo».
El mundo nos pondrá a prueba. Los elogios, las críticas, los éxitos y los fracasos elevan y bajan los platillos de nuestra balanza interna. El novato reacciona, el intermedio se resiste, pero el maestro se mantiene en el punto de equilibrio. La capacidad de permanecer centrado en medio de las mareas cambiantes de la vida es el sello distintivo del guerrero plenamente realizado.
El equilibrio no es la ausencia de movimiento, sino el equilibrio en medio del movimiento. El practicante de Hwa Rang Do aprende que cada desafío, cada momento de éxito o derrota, es una oportunidad para cultivar este equilibrio. Al observar tanto la alegría como la tristeza sin apego, el guerrero se libera de los extremos emocionales y alcanza la claridad y la determinación.
Parte VI: Vacío y
El vacío a menudo se malinterpreta. Para muchos, puede sonar como un vacío, una falta de sentimiento o incluso un distanciamiento de la vida misma. Pero en el contexto del Hwa Rang Do y el camino del guerrero, el vacío es el núcleo del equilibrio, el estado esencial que permite a una persona comprometerse plenamente con la vida sin perder el centro. No es entumecimiento, ni evasión de los sentimientos. Más bien, es la capacidad de recibir la vida tal y como viene — alegría, tristeza, triunfo y pérdida— sin ser controlado, definido o desestabilizado por estas experiencias.
Un corazón y una mente vacíos son como una taza lista para recibir agua. La taza tiene espacio; no está obstruida ni rígida. Del mismo modo, la mente que ha cultivado el vacío es abierta, perceptiva y adaptable. Puede responder con fluidez a las circunstancias, discerniendo el curso de acción adecuado sin la obstrucción del ego, el miedo o el apego. Este estado permite al guerrero actuar con decisión en momentos de crisis, responder en lugar de reaccionar y mantener la claridad cuando las emociones y los acontecimientos amenazan con abrumarlo.
En el combate, este concepto se plasma en el principio de mushim (무심 / 無心), que a menudo se traduce como «sin mente». El practicante de mushim no se detiene a calcular, a dudar o a vacilar. Responde de forma instantánea y precisa al flujo del encuentro, con su cuerpo y su mente funcionando como un instrumento integrado. Las técnicas se ejecutan con precisión, el timing es instintivo y las reacciones surgen de forma natural del entrenamiento, en lugar de la deliberación consciente o la interferencia emocional. La mente no está en blanco en el sentido de ser inerte, sino que está plenamente presente, plenamente consciente y completamente libre para actuar.

En la vida, el vacío se manifiesta como claridad emocional y espiritual. La alegría y la tristeza, los elogios y las críticas, las ganancias y las pérdidas: todo surge y pasa, pero el centro del practicante permanece imperturbable. Siente profundamente, pero no se deja llevar por las emociones. Se involucra plenamente con las personas y las experiencias, pero conserva la libertad de observar, reflexionar y actuar con discernimiento. Este equilibrio entre compromiso y desapego, sentimiento y claridad, es lo que permite al guerrero maduro navegar con elegancia por las complejidades de la vida. El verdadero vacío no se da, se gana. Solo surge después de experimentar plenamente la vida en todas sus dimensiones: enfrentándose al dolor sin huir, celebrando la alegría sin aferrarse, enfrentándose al miedo sin derrumbarse y soportando los retos sin rendirse. Cada experiencia moldea la mente y el corazón, creando espacio para la presencia, la conciencia y el equilibrio. Por eso la calma del guerrero maduro es distinta, no se puede imitar. Es la calma de alguien que ha vivido intensamente, sufrido plenamente, amado profundamente y crecido a través de todo ello. Es una calma forjada en el fuego, templada por la experiencia y pulida por la reflexión.
En Hwa Rang Do, cultivar el vacío es una práctica tanto práctica como espiritual. En el campo de entrenamiento, se logra a través de la repetición, la meditación, la observación consciente y la reflexión disciplinada. En la vida, requiere un compromiso consciente con las experiencias, la autoindagación y el valor para enfrentar los desafíos internos y externos. La mente y el corazón vacíos no son pasivos, sino que están vivos, son receptivos y capaces de una perspicacia y una acción extraordinarias.
En última instancia, el vacío es la base de la maestría. Sin él, la habilidad se vuelve mecánica, la emoción se vuelve errática y el juicio se nubla. Con él, un guerrero se mueve por el mundo con claridad, equilibrio y una presencia profunda e inquebrantable. La alegría se experimenta plenamente porque la tristeza se ha integrado; la tristeza se soporta con elegancia porque el corazón está firme. El vacío permite que la vida misma fluya a través del practicante, y en ese flujo se alcanza la verdadera libertad y maestría.
Hasta este punto, el camino del guerrero ha seguido una progresión clara. Entrenamos, refinamos, luchamos, sufrimos, nos levantamos, caemos, aprendemos y crecemos. A través de la disciplina y la experiencia, esculpimos profundidad dentro de nosotros mismos. Nos volvemos capaces de contener la alegría y la tristeza sin ser destruidos por ninguna de las dos. Esta es la madurez ganada a través del sudor, el fracaso, el desamor y la perseverancia. Muchos creen que este es el final del viaje, que una vez que alcanzamos el equilibrio interior, la claridad emocional y el vacío de un corazón estable, hemos llegado a la cima.
Pero Gibran no se detiene ahí.
Justo cuando nos ha llevado a la cima del dominio personal, de repente introduce una fuerza más allá del guerrero: el guardián del tesoro. Y con esa sola imagen, el tono cambia. Gibran nos recuerda que incluso el guerrero más fuerte, el monje más sabio o el buscador más disciplinado se enfrentan a una balanza que no controlan.
Este es el punto en el que muchos artistas marciales, tras décadas de entrenamiento, se encuentran con la mayor revelación de todas: el dominio de uno mismo no es el destino final. Es solo la preparación para ver claramente nuestros límites.

El guerrero se vuelve vacío, equilibrado, reflexivo y fuerte, solo para descubrir que el vacío no es el final, sino la puerta de entrada a algo más grande. Cuando miramos atrás y vemos nuestros esfuerzos, comenzamos a comprender que todo nuestro esfuerzo, refinamiento y crecimiento nos han estado preparando para una verdad que nunca podríamos haber visto al principio:
La fuerza por sí sola no es suficiente.
La sabiduría por sí sola no es suficiente.
El equilibrio por sí solo no es suficiente.
A pesar de todo nuestro dominio, seguimos sin poder controlar la balanza de la vida.
Y así, el poema pasa de los logros humanos al juicio divino, del trabajo del guerrero al misterio de Dios. Aquí es donde comienza la parte VII: con el humilde reconocimiento de que todo lo que hemos construido, aprendido y llegado a ser debe, en última instancia, presentarse ante Aquel que pesa todas las cosas.
La imagen final de Gibran —el guardián del tesoro levantando la balanza— a menudo pasa desapercibida para quienes leen el poema de forma superficial. Pero para cualquiera que haya vivido lo suficiente, luchado lo suficiente o intentado con todas sus fuerzas dominarse a sí mismo, esta imagen nos detiene. No susurra, sino que nos confronta.
Aquí, el poema da un giro. Hasta este momento, Gibran ha hablado de la relación entre la alegría y la tristeza, entre el recipiente y su contenido, entre el dolor y la capacidad de ser feliz. Pero cuando entra el guardián del tesoro, todo el significado se profundiza. De repente, nos vemos obligados a preguntarnos:
¿Quién sostiene la balanza de nuestras vidas?
¿Quién sopesa nuestros esfuerzos, nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestros logros, nuestros fracasos?
No somos nosotros.
La mayoría de los artistas marciales comienzan su viaje creyendo lo contrario. Entrenamos duro porque creemos que la combinación adecuada de fuerza interior, disciplina, técnica y sabiduría nos permitirá tomar el control de nuestras vidas, no dejarnos afectar por las circunstancias, no dejarnos abatir por la desgracia, vencer el dolor. Y, en muchos sentidos, esta creencia es necesaria al principio. Alimenta el esfuerzo. Impulsa la práctica. Crea el deseo de crecer.
Pero, al final, la vida lleva a todos los guerreros a la misma conclusión: el autodominio, aunque noble y esencial, no es definitivo. No puede protegernos contra lo incontrolable.
Podemos acondicionar nuestros cuerpos, desarrollar mentes agudas, disciplinar nuestras emociones, acumular habilidades y experiencia, volvernos sabios, tranquilos y formidables, pero seguimos siendo humanos. Seguimos estando sujetos a los acontecimientos de la vida. Seguimos siendo vulnerables a lo inesperado, y siempre lo hemos sido.
Gibran es brutalmente honesto sobre esta verdad. Dice: «Tu entrenamiento puede refinarte, pero no puede convertirte en Dios». Solo el guardián del tesoro —Dios, el Juez Divino, la Autoridad Suprema— tiene el derecho y el poder de levantar la balanza. Y cuando llega ese momento, todo nuestro oro y nuestra plata —nuestra fuerza, nuestra sabiduría, nuestra resiliencia, nuestros logros— se colocan en la balanza.
Aquí es donde el poema se vuelve incómodo, porque significa que nunca tuvimos el control. Nunca fuimos dueños de la balanza.
Esa es una dura verdad para los guerreros, porque estamos hechos para luchar, para avanzar, para asumir responsabilidades, para levantarnos y decir: «No seré derrotado. ¡Nunca me rendiré!». Pero la realidad más profunda es que ningún esfuerzo garantiza la victoria en la vida. Nadie escapa al dolor. Nadie escapa a la pérdida o al sufrimiento. Nadie ha alcanzado el dominio suficiente como para eximirse de ser humano.
Muchas filosofías tratan de resolver este problema diciéndonos: «Deja ir para no sufrir. Conviértete en emocionalmente neutral. Trasciende los sentimientos».
Pero Gibran dice lo contrario.
Insiste: sentiremos la alegría plenamente, sentiremos el dolor plenamente, y eso no es debilidad, es la condición humana. Adormecer el dolor es adormecer la alegría.
Silenciar el dolor es disminuir el amor.
Buscar la neutralidad es cambiar la humanidad por la anestesia.
La salida no es el control emocional. Es la rendición espiritual.
Este es el punto de inflexión al que se resisten la mayoría de las personas disciplinadas. Queremos creer que si entrenamos lo suficiente, meditamos lo suficiente, pensamos con suficiente claridad y analizamos con suficiente precisión, podremos manejar la vida con fuerza interior.
Pero, al final, la vida nos presenta algo que no cede ante la habilidad: un ser querido muere, un sueño se derrumba, una rela-

ción termina, se produce una traición o el cuerpo comienza a fallar. En esos momentos, todas las técnicas, todas las ideas, toda la disciplina que hemos cultivado demuestran ser valiosas, pero limitadas. Y es precisamente en ese lugar donde el guerrero se ve obligado a afrontar la verdad: no somos los amos de la existencia. Solo somos participantes en ella.
Aquí es donde entra la humildad, no la falsa humildad de fingir ser pequeño, sino la humildad de reconocer: no nos creamos a nosotros mismos; no diseñamos el universo; no establecimos las leyes de la vida; no sostenemos la balanza. Lo hace el guardián del tesoro.
Y esta comprensión no invalida el camino, lo completa. Porque el verdadero propósito del autodominio no es eliminar la necesidad de Dios. Es revelar la necesidad de Dios. Gibran dice: El dominio nos muestra hasta dónde puede llegar el esfuerzo humano; la vida nos muestra dónde termina el esfuerzo; y más allá de esa frontera, Dios espera. Este es el verdadero significado del vacío.
El vacío no es: la mente sin pensamientos, el corazón sin emociones, el alma separada de la vida. El verdadero vacío es el profundo reconocimiento: «No puedo llevar esto solo».
Y con esa comprensión, el corazón se abre, no a la resignación, sino a la confianza, a la rendición. Entonces: la paz no depende de la ausencia de dolor; la alegría no requiere protección contra la pérdida; el equilibrio no proviene del control perfecto.
La paz surge del conocimiento: «Estoy sostenido».
Esta es la paz que no puede ser sacudida, incluso cuando la balanza sube o baja drásticamente. Porque ahora la paz ya no es: un logro emocional, una postura filosófica o la recompensa del entrenamiento.
La paz se convierte en: una relación con Aquel que sostiene la balanza.
La última enseñanza de Gibran no es una invitación a trascender la humanidad,

sino a convertirse plenamente en humano: a sentir profundamente, a esforzarse con honor, a crecer con sinceridad y, luego, habiendo hecho todo lo posible, a rendirse a Dios.
Porque el guerrero que ha luchado, entrenado y se ha esforzado hasta el límite, finalmente descubre una verdad sagrada:
La fuerza conduce a la rendición, no porque fracasemos, sino porque finalmente comprendemos.
Al final del dominio, Dios espera.
Al final del esfuerzo, comienza la gracia.
Al final de la autosuficiencia, la paz se hace realidad.
Este es el mensaje del guardián del tesoro.
Este es el significado de la balanza.
Esta es la verdad más allá del dominio.
Conclusión: Más allá del dominio, la rendición del guerrero
La mayoría de la gente cree que el camino termina cuando se dominan a sí mismos, cuando las emociones son estables, la técnica es precisa, la mente disciplinada y el corazón claro. Y, de hecho, este es un hito que merece ser honrado. No se le concede a los indecisos. Se forja con sudor, moretones, esfuerzo, humillación, decepción y triunfo. Cualquiera que alcance esta etapa ya ha pasado por pruebas que quebrantarían a una persona normal.
Pero Gibran no se dirige a la persona normal, y tampoco lo hace la tradición guerrera Hwarang.
Toma al estudiante que ha escalado la montaña del dominio de sí mismo y le dice: «Todavía hay una montaña más alta».
Porque incluso aquel que ha dominado la mente, el cuerpo, las emociones, la concentración, la estrategia, la respiración, la conciencia y el equilibrio, sigue enfrentándose a una verdad que ningún entrenamiento puede cambiar: no somos nosotros quienes sostenemos la balanza.
«¿Acaso todas vuestras preocupaciones pueden añadir un solo momento a vuestra vida?».
Mateo 6:27
La vida no se mide por nuestra voluntad.
El universo no se organiza en torno a nuestros deseos.
Los resultados de la existencia no están bajo nuestro control.
El guardián del tesoro, Dios, es quien sostiene la balanza, no nosotros.
Para algunos, darse cuenta de esto es aterrador. Para otros, decepcionante. Pero para el guerrero que ha vivido profundamente, es liberador.
Porque cuando una persona ha saboreado verdaderamente la vida, no como una filosofía, sino a través de la experiencia, acaba descubriendo que por muy fuertes que nos volvamos, por muy disciplinada que sea nuestra práctica, por muy refinadas que sean nuestras técnicas, no podemos controlar la alegría ni la tristeza.
No podemos programar las bendiciones y, desde luego, no podemos evitar el desamor.
Mientras creamos que el dominio garantiza resultados favorables, seguiremos encadenados a las expectativas, la ansiedad y la decepción. Por eso muchos buscadores, tras años de entrenamiento, siguen sintiéndose incom-

pletos: porque intentan lograr con disciplina lo que solo se puede recibir mediante la rendición.
El dominio de uno mismo es esencial, pero no es suficiente. Prepara el recipiente, pero no lo llena.
La enseñanza de Gibran no es un rechazo del entrenamiento, sino la revelación de su propósito: la verdadera sabiduría solo comienza cuando el dominio revela sus límites.
El guerrero más fuerte acaba aprendiendo que la autosuficiencia es una ilusión, que el control humano es temporal, que la vida es más grande que los logros personales y que el corazón no puede descansar sobre una base que debe mantener por la fuerza.
Esto no niega el viaje, lo completa.
Un principiante busca el control. Un intermedio intenta equilibrar el control. Un maestro comprende: El control nunca fue el objetivo.
Si intentamos neutralizar el dolor para protegernos, también neutralizamos la alegría.
Si aplanamos nuestras emociones para que la vida no pueda hacernos daño, la vida tampoco puede conmovernos. Si intentamos estar solos, acabaremos colapsados bajo el peso de la existencia.
Por lo tanto, Gibran señala la verdad superior: El camino no termina con el dominio de uno mismo, sino con la rendición. No la rendición como derrota, sino la rendición como reconocimiento: Dios es el centro, no el yo; la paz se recibe, no se fabrica; el corazón se estabiliza no por el control personal, sino por la seguridad divina. Esta es la única manera de experimentar la vida plenamente sin que nos rompa.
Con la rendición: la alegría sigue siendo alegría, pura, brillante, sin defensas; la tristeza sigue siendo tristeza, real, profunda, significativa; pero ninguna de las dos nos domina ya. Somos capaces de sentir profundamente sin ser destruidos, porque finalmente comprendemos: nunca estuvimos destinados a llevar la vida por nosotros mismos.
Aquí es donde el camino del guerrero se convierte en el camino del ser humano: esforzarnos con todas nuestras fuerzas, cultivar nuestras habilidades y nuestro carácter, aprender la sabiduría a través de la experiencia y luego arrodillarnos, no por derrota, sino por verdad.
Solo entonces puede entrar la gracia.
Solo entonces puede profundizarse la paz.
Solo entonces puede descansar el corazón del guerrero. En esta etapa: la acción surge sin arrogancia, la resistencia sin amargura, el éxito sin orgullo, la pérdida sin desesperación, porque el guerrero ya no es el centro de su mundo, sino el Creador. Por lo tanto: el entrenamiento da forma al recipiente; la experiencia lo profundiza; la reflexión lo pule, pero solo Dios lo llena.
Este es el mensaje final que corona a todos los demás: el autodominio es el camino; la rendición es el destino. Un guerrero se completa no cuando se vuelve invulnerable, sino cuando finalmente descubre la humildad para decir: «Soy fuerte, pero Dios es más grande».
Esta es la libertad definitiva.
Esta es la paz definitiva.
Este es el verdadero significado de las alegrías y las penas de la vida.
Y esto, por fin, es la comprensión final del guerrero: No «He conquistado la vida», sino: «Camino con Aquel que sostiene la balanza».
En esa verdad reside la esencia del Hwa Rang Do, la esencia de Gibran y la esencia del viaje humano hacia la sabiduría, la plenitud y la verdadera libertad.


El combate demoledor de Pai Lum Tao

La historia del pugilismo en China es, como mínimo, amplia y diversa. El desarrollo de las técnicas y estilos de lucha ha sido obra de generaciones de guerreros expertos que se basaron en sus experiencias personales en el combate. Las teorías y fórmulas generadas por dicha actividad eran empleadas en combate por los guerreros, que creían que su técnica y estilo serían superiores en el campo de batalla. Los guerreros entrenaban con diligencia y minuciosidad para dominar cada técnica. El guerrero no podía permitirse el fracaso; el precio del fracaso solía ser la muerte. El entrenamiento del guerrero sentaba las bases de un estilo de lucha único, cuyo valor se ponía a prueba en última instancia en el campo de batalla.


«Rayo / Triturador de huesos»
Uno de los subproductos de este desarrollo constante fue el sistema Dragón Blanco / Pai Lum Tao y su serie altamente eficaz de puñetazos y patadas «Rayo / Triturador de huesos». Estas teorías de combate, muy bien guardadas y eficaces, constituyen el núcleo central del Gong Yuen Chuan Fa Pai Lum Tao. La serie de cortes golpea al objetivo con movimientos verticales, horizontales y circulares. Lo que distingue a la serie de cortes de otras teorías y fórmulas es su composición única de golpes lineales y circulares, que se utilizan en la ejecución de cada movimiento.
Aunque la técnica está dotada de potencia y explosividad, es la penetración del puñetazo o patada «Rayo / Triturador de huesos» lo que destaca su importancia. La técnica se lanza contra el objetivo, pero no se detiene en él, sino que lo atraviesa. Esta penetración y difusión devastadoras hacen que estas técnicas se encuentren entre las más eficaces y letales del repertorio de las artes marciales.
Esta serie de golpes se desarrolló a partir de una evolución de los estilos de lucha. Tomando prestadas las fortalezas del kung-fu del norte y del sur, el puñeta-

zo cortante surgió como una poderosa combinación de fuerza generada por el movimiento y combate explosivo a corta distancia. La potencia y la penetración son insuperables en teoría y en la ejecución.
Los estilos de kung-fu del norte son conocidos por sus posturas móviles y sus golpes de largo alcance. El estilo del sur envolvía la creencia en la explosividad a corta distancia sobre un objetivo. El estilo del norte desarrolló la fuerza y el poder de los tendones a través del movimiento. El estilo del sur practicaba la explosión poderosa en el área objetivo. A partir de una mezcla de movimiento y explosión, el puñetazo cortante emuló las venerables cualidades de ambos estilos con énfasis en la penetración.
Los puñetazos «rayo/aplastamiento de huesos» emplean las teorías y aplicaciones gong (duro) y yuen (blando) de las artes marciales Pai Lum Tao y las artes marciales en general. Utilizan un movimiento básico de látigo con el hombro o un patrón en forma de ocho en el que se realizan una serie continua de golpes. Los golpes cortantes y las patadas se lanzan rápidamente, a menudo muchas veces por segundo en un tipo de entrega rápida, para abrumar al oponente. Esta entrega rápida interrumpirá el proceso de pensamiento y reacción del oponente.


La potencia y el impulso del golpe «rayo/aplastamiento de huesos» se basa en un trabajo de postura fuerte y sólido. Desde los dedos de los pies, la energía se traslada a la pantorrilla, sube por el muslo, se refuerza en la cadera, surge a través de la cintura, se dispara por la espalda, viaja hacia el hombro, el codo y la muñeca, y culmina en el puño. La técnica de la mano golpea y atraviesa el objetivo. Durante el movimiento, el aire debe viajar desde el cuerpo a través de la boca, coincidiendo directamente con el movimiento físico de la técnica.

Mientras se ejecuta esta serie, el cuerpo debe estar relajado, pero firme: se deben evitar los músculos o las articulaciones tensas, ya que esto restringe el flujo de energía e interfiere con el movimiento de los tendones y/o músculos, vital para la correcta ejecución de esta técnica. La relajación es necesaria para permitir que el cuerpo exprese el movimiento de latigazo necesario para guiar la trayectoria del puñetazo o la patada. Los movimientos rígidos y tensos contradicen la fluidez y la adaptabilidad que exige esta técnica.

Un componente clave de la serie de golpes cortantes es que utiliza movimientos lineales y circulares combinados en un movimiento continuo, fluido y penetrante. Se pueden utilizar diferentes partes de la mano para transformar esta energía en golpes únicos y efectivos. El Pin chuan (puñetazo plano, como en un puñetazo de cabeza de carnero) corta con los nudillos delanteros, impulsándose directamente hacia el objetivo y luego atravesándolo. Básicamente, el puñetazo penetra unos centímetros en el objetivo con un movimiento lineal y luego lo atraviesa con un movimiento circular continuo, lo que da como resultado que la mano se coloque en el cuerpo o continúe en la dirección opuesta (como en una serie de puñetazos cortantes).



Otras posiciones de la mano incluyen:
Li chuan (puño vertical, como en un puño de sol);
Fan sou chuan (golpe con la mano invertida);
Bon chuan (puño trasero);
Pie chuan (bofetada con la palma);
Wye hen sou (codo/antebrazo);
Sou den (golpe con el codo)
Hen chie (ala cortante).
El sistema de técnicas de corte también incluye una serie de patadas relámpago. Estas se pueden distinguir en una subcategoría de patadas saltadas. El uso de movimientos relajados y fluidos centrados en la penetración también se aplica a las patadas. Entre las patadas se encuentran:
Ti twe (dedo del pie delantero)
Teng twe (golpe con el talón)
Shi ding (golpe con la rodilla)
Wye bie (barrido/media luna)
Nei bie (barrido/media luna)
Tse tie (lateral)

Las dos patadas saltadas principales son tiao teng twe, que golpea con el talón, y tiao hou teng twe, una patada giratoria trasera/saltada.
Algunas de estas técnicas pueden ser reconocibles por su nombre, ya que se practican en otras artes marciales: la diferencia es que estas técnicas se ejecutan de una manera única. Los puñetazos y patadas cortantes penetran y atraviesan el objetivo en una sola ejecución. Este arsenal de ataque puede repetirse con una serie de golpes y explosiones.
En el Gong Yuen Chuan Fa Pai Lum Tao «Rayo / Triturador de huesos» no hay ajuste de la mano o el cuerpo en reacción al objetivo. Hay un objetivo designado, pero si ese objetivo se mueve, la técnica está diseñada para aplastar y destruir todo lo que se encuentre en su camino. Esta fórmula garantiza los máximos resultados.
Se requiere un acondicionamiento estricto y continuo del cuerpo y un entrenamiento de la mente antes de poder dominar adecuadamente estas técnicas. También es necesario haber consolidado una postura sólida y unos métodos de respiración chi kung adecuados antes de comenzar el entrenamiento completo de las técnicas de corte.
Antes de enseñar la primera técnica «Rayo/Aplastamiento de huesos», el alumno debe concentrarse en aprender a respirar correctamente y adquirir una comprensión de las técnicas. A continuación, las técnicas se practican contra el saco pesado, donde se establece la penetración y el corte a través del objetivo. Por último, las técnicas se practican en parejas, con protecciones corporales que sirven para absorber el impacto del puñetazo. Estas parejas perfeccionan la técnica de corte y enseñan al alumno a recibir correctamente el puñetazo o la patada cortante. Este entrenamiento es supervisado por instructores cualificados para garantizar que las lesiones se reduzcan al mínimo.
A pesar de la extrema letalidad de estas técnicas, muy pocos artistas marciales fuera de las zonas rurales de China han recibido este entrenamiento y conocimientos. Para tener una comprensión sólida de los conceptos o teorías del «rayo/aplastamiento de huesos», es necesario entrenar con un instructor autorizado, ya que de lo contrario se producirán lesiones. Aunque antes solo se practicaban a puerta cerrada, las series de puñetazos y patadas cortantes están disponibles a través de unos pocos instructores cualificados de las artes marciales Pai Lum Tao y las escuelas tradicionales del sistema del templo Shaolin de Honan.
Si un alumno es producto de su maestro, entonces el arte de un maestro es realmente un reflejo de su vida. El gran maestro Dr. Daniel Kalimaahaae Kane Pa'i dedicó su vida no solo a dominar el arte del Pai Lum Tao / Pai Lung Tao (conocido frecuentemente como el camino del bosque blanco / sistema del dragón), sino también a demostrar y educar al mundo sobre su eficacia.

El Pai Lum Tao es un arte conocido por su arsenal diversificado, siendo uno de sus atributos más efectivos sus derribos brutales. Durante su apogeo, muchos practicantes se vieron a merced del gran maestro Pai cuando el poderoso chino/hawaiano dejaba a su oponente indefenso con la ejecución de estos derribos brutales. Estos derribos fueron el resultado de un proceso natural de evolución de las artes enseñadas en su familia y de las influencias de su tutela china, hawaiana y okinawense. El preciado entrenamiento de Shorinji Kempo, Judo, Ju Jitsu, Shuai chiao y lucha libre se mezcló en el corazón mismo de su abrumador estilo de lucha.
Estos derribos se reflejaron en todas sus enseñanzas y se inculcaron en muchos de los que decidieron entrenarse en su sistema de artes marciales. Los afortunados que tuvieron la oportunidad de recibir los impecables derribos del gran maestro no solo comprendieron el rigor que suponía ser llamados «dragones blancos», sino que pronto descubrieron de qué están hechas las leyendas. Solo después de muchas horas de intenso entrenamiento se les permitía a los dragones lamerse las heridas y, un día, darse cuenta de lo que el maestro intentaba enseñarles: un arte que «debe funcionar, no jugar».
El Dr. Pai se aseguraba de que todos los aspectos del sistema Pai Lum Tao funcionaran cuando llegara el momento de que el practicante recurriera a la técnica. A menudo decía: «Si no funciona, no sirve para nada y no es Pai Lum Martial Arts». Esta afirmación no solo se refiere a los brutales derribos de Pai, sino a todos los aspectos que se enseñan en este sistema.
El sistema del dragón blanco es realmente el resultado de una dedicación y un amor por las artes marciales que duraron toda una vida. El Dr. Pai atribuye la eficacia y la aplicabilidad de su arte a su temprano entrenamiento en judo y kempo en Hawái, así como al vasto arsenal de Shuai chiao y chin na que se encuentra en los diversos estilos familiares dentro del sistema del dragón blanco.
El Shuai chiao, considerado la madre de todas las artes de lucha cuerpo a cuerpo, ayuda al practicante a perfeccionar las técnicas de inmovilización y llaves articulares, desarrolladas sobre el principio de que derribar al oponente al suelo es una forma rápida y eficaz de poner fin a un enfrentamiento.
Estas técnicas se complementan con un sistema de manipulación nerviosa de gran precisión conocido como chin na, un arte que se centra en los más de 200 puntos de presión que se encuentran en todo el cuerpo.
La fusión de estos diversos estilos encajó bien con la filosofía del Pai Lum Tao de utilizar puñetazos y patadas potentes para inmovilizar al atacante y obtener el control total del enfrentamiento con un derribo salvaje. Una vez que el atacante queda indefenso en el suelo, independientemente de la combinación utilizada, el practicante tiene tiempo suficiente para escapar, detenerlo o tomar otras medidas según sea necesario.


La combinación única de movimientos dentro del sistema Pai Lum Tao garantiza que no haya técnicas ofensivas o defensivas establecidas. Una vez iniciado el ataque, el practicante de Pai Lum Tao reaccionaría con una velocidad vertiginosa utilizando cada bloqueo como un golpe y cada golpe como un bloqueo, con la fórmula «sigue la fuente y encontrarás el objetivo».
Esto permite al practicante reaccionar de forma sensata al ataque, teniendo en cuenta que se debe aliviar el problema por completo. La combinación de bloqueo, puñetazos, patadas y derribos, y luego volver a golpear, demuestra ser una fórmula exitosa para la autodefensa.



Junto con la impresionante velocidad y precisión de las técnicas, la utilización del máximo impulso de la cintura permite al practicante de Pai lum Tao derribar sin esfuerzo y tejer un patrón de movimientos mágicos. Este movimiento se desata con una ráfaga de técnicas circulares, rectas o de atrapes que explotan tan rápidamente que el oponente queda fijado permanentemente al suelo por un derribo brutal antes de darse cuenta de lo que ha sucedido. La combinación de empujes, atrapes, llaves, puntos de presión y lanzamientos proporciona al practicante un arsenal completo para lograr los máximos resultados con el mínimo esfuerzo.



Dado que la mayoría de los luchadores se sienten más cómodos arraigados al suelo, lo que puede convertirlos en una fuerza inamovible, el practicante del dragón blanco se forma en el arte de los derribos para asegurarse el dominio incluso de los atacantes más poderosos y agresivos. Sin embargo, la eficacia de los derribos no requiere grandes hazañas de fuerza, sino que se basa en principios médicos y científicos del movimiento que se aplican a los músculos, las articulaciones o los puntos de presión del atacante. El movimiento iniciado por el atacante es redirigido por el practicante de Pai lum Tao, lo que produce un doble efecto: el atacante pierde su equilibrio y recibe inmediatamente un impacto.
El impacto contra el suelo puede causar lesiones de leves a graves y puede provocar desmayos, parálisis o incluso la muerte. Con un arsenal completo de más de 900 técnicas que se combinan con movimientos duros o suaves, que pueden ser ofensivos o defensivos, el estudiante de Pai Lum Tao se siente seguro en cualquier situación, sabiendo que sus enseñanzas han cubierto todas las posibilidades.
Esto incorpora no solo los aspectos físicos, sino también los mentales del sistema; el Pai Lum Tao es un arte de pensamiento y produce artistas marciales inteligentes. Esto garantiza que, cuando llegue el momento de que el practicante de Pai Lum Tao recurra a sus habilidades, reaccionará sin dudar. Se trata de una cualidad invaluable, como lo corroborará cualquiera que haya tenido que poner a prueba sus habilidades.
La mayoría de los enfrentamientos se deciden en los primeros segundos, y para aquellas personas desafortunadas que deciden enfrentarse cara a cara con un «dragón blanco», el enfrentamiento se decidirá aún más rápido, a manos y pies del practicante de Gong Yuen
Chuan Fa Pai Lum Tao instruido en la utilización de derribos brutales.





El Muay en los niveles más altos se puede comparar con un juego de ajedrez: los peleadores usan su cuerpo y mente para superarse mutuamente. El cuerpo y la mente deben funcionar al unísono si quieres desarrollar todo tu potencial como luchador. Cada Nak Muay (peleador de Muay) es una entidad única, es imposible encontrar dos que compartan exactamente las mismas características. Uno de los errores comunes de los instructores con poca experiencia es capacitar a todos los estudiantes de la misma manera. Muchas veces esos entrenadores usan el mismo programa estándar para entrenar a los luchadores que tienen muy poco en común en términos de atributos físicos y psicológicos. Un luchador con una marcada tendencia a esquivar y contraatacar no puede ser entrenado como otro que persigue instintivamente a sus oponentes y busca confrontación. Del mismo modo, algunos boxeadores tailandeses son pateadores naturales (es decir, instintivamente prefieren patadas) mientras que otros se sienten cómodos en el campo del combate cuerpo a cuerpo: Cierto sistema de entrenamiento puede ser positivo para el primero y perjudicial para el segundo. Un buen Khru Muay (maestro de Muay) debería ser capaz de identificar las fortalezas y debilidades de sus alumnos y entrenarlos para mejorar sus atributos tanto como sea posible. Además, una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil: de la misma manera, las debilidades de un luchador deben destacarse, analizarse y corregirse de alguna manera. Trabajar con material humano es extremadamente difícil porque todo es fluido, nada permanece igual durante mucho tiempo. Entrenar peleadores es un trabajo en constante evolución: solo una vasta experiencia de primera mano puede enseñarle a un entrenador de Muay Thai a enfrentar los infinitos matices del proceso de transformar a un aspirante a boxeador tailandés en un verdadero campeón. Un buen punto de partida es verificar las características de un nuevo estudiante basado en 5 categorías principales de "estilistas" de Muay Thai: cada boxeador tiene una tendencia natural hacia uno de estos 5 tipos. Sin embargo, el trabajo de un entrenador es combinar la actitud principal de un luchador con algunas habilidades adicionales tomadas de una o más de las otras categorías. Por ejemplo, un fuerte boxeador natural necesitará algunas habilidades adicionales tomadas de la experiencia técnica del pateador para ser realmente competitivo. La mayoría de los maestros de Muay Thai aceptan las siguientes 5 categorías: el boxeador (Nak Muay Mahd), el pateador (Nak Muay Thao), el luchador (Nak Muay Kao), el zapador (Nak Muay Sok), el versátil (Fi Meu). Veamos las características de cada categoría.

El Nak Muay Mahd.
Atributos físicos. Un boxeador poderoso generalmente tiene hombros y brazos fuertes.
• Distancia preferida. Un boxeador es un peleador de media distancia. Cuando está demasiado cerca o demasiado lejos de su oponente, sus armas (puños) pierden gran parte de su potencial. Por lo tanto, para dejar caer sus bombas, se ve obligado a maniobrar todo el tiempo para estar a la única distancia útil para él. Está claro que sus oponentes harán todo lo posible para mantenerlo alejado con patadas o lo agarrarán al llevarlo a un combate cuerpo a cuerpo, evitando así que ejecute puños poderosos.
• Técnicas complementarias. Por lo general, el boxeador completará su arsenal con algunas técnicas de patada. La mayoría de los boxeadores también son terriblemente buenos en patadas bajas: las patadas circulares a los muslos se usan para dañar, confundir y desequilibrar y allanar el camino para puños poderosos en la cabeza o el cuerpo que a menudo pueden causar un fuera de combate dramático.

Atributos físicos. Físicamente, los mejores pateadores son altos, con piernas largas.
• Distancia preferida. Este tipo de atleta es el típico peleador de larga distancia. El largo recorrido es la distancia con la que se siente más cómodo porque las patadas directas y circulares son sus armas favoritas. Las patadas circulares de tibia al hígado, al cuello, a la sien o en la nuca se clasifican entre los golpes más letales que puede lanzar un ser humano. Si una de estas patadas te golpea con la potencia adecuada, tus posibilidades de mantenerte de pie son casi nulas. Sin embargo, si el oponente logra cerrar la distancia y permanecer cerca, privará al pateador de toda su fuerza y probablemente lo derrotará.

• Técnicas complementarias. Para llenar completamente los vacíos en su estrategia de combate, un pateador debe enriquecer su arsenal con un arma de corto o mediano alcance. Los pateadores famosos, como Pud Pad Noi, también fueron temidos por sus golpes de codo. Cuando el oponente ha logrado cerrar la distancia y está comenzando a trabajar, el pateador "completo" entra rápidamente en las defensas del oponente con un temible codo afilado. El resultado esperado es a menudo una grave laceración o un dramático nocaut.

Atributos físicos. Los buenos luchadores (o grapplers) tienen fuertes músculos del cuello y de la espalda. Los grapplers de Muay Thai prefieren el agarre de cuello en lugar de los agarres de cuerpo. Por lo tanto, los mejores luchadores de Muay Thai son altos con brazos largos, físicamente diferentes de ellos de greco-romana o de lucha libre.
• Distancia preferida. La actitud del luchador es perseguir al oponente, cerrando la distancia con pasos rápidos hacia adelante o saltando para reducir la distancia lo más rápido posible. Un luchador suele ser un luchador agresivo: cuando está lejos del oponente o cuando está a una distancia media, puede ser derrotado por un buen pateador o un boxeador poderoso, respectivamente.
• Técnicas complementarias. Para cerrar la distancia en seguridad, la mayoría de las veces se usa un ataque preventivo. El golpe puede ser un puño en la cabeza o en el cuerpo o una patada circular mediana. A veces, una de estas técnicas complementaria se convierte en un segundo punto fuerte: este es el caso de Samson Isarn, un ejemplo típico de luchador de Muay Thai también equipado con un puño poderoso que, después de su carrera como thai boxer, le permitió convertirse en campeón mundial de boxeo internacional.


El Nak MuaySok.
Atributos físicos. Los zapadores pueden tener todos los tamaños y formas. No se necesita ningún atributo físico específico para ejecutar ataques efectivos de codo. La habilidad técnica es todo lo que se necesita para convertirse en un experto en este estilo.
• Distancia preferida. Este estilista es el típico peleador de corto alcance. Sin embargo, dado que el codo es un arma de engaño, antes de usarlo, un boxeador tailandés debe "pelear normalmente" sin mostrar sus intenciones. Cuando el oponente queda atrapado en la red del zapador (es decir, deja de centrar su atención en el ataque de codo esperado), el especialista en codazos hará su truco de magia. El oponente se encontrará gravemente herido (cortado) o acostado en el piso sin siquiera comprender lo que sucedió.
• Técnicas complementarias. El error típico de un principiante es intentar lanzar codazos desde la distancia de patadas o de puños. Antes de golpear con el codo, un peleador debe estar a la distancia correcta (corta) y para llegar allí debe ser lo suficientemente hábil para patear y golpear con puños. Cuando la situación (es decir, la distancia) es correcta, en lugar de agarrar y entrar en cuerpo a cuerpo, debe aprovechar el momento y golpear antes de perder la posición óptima.
Atributos físicos. Al igual que los zapatores, los versátiles pueden tener todos los tamaños y formas. No se necesita ningún atributo físico específico para desarrollar un estilo completo. Sin embargo, los verdaderos peleadores completos son muy raros y la mayoría de ellos están destinados a convertirse en grandes campeones.
• Distancia preferida. Cuando un peleador es bueno pateando, tiene fuertes técnicas de puño, puede controlar y posiblemente vencer a un luchador en cuerpo a cuerpo y conoce el arte sutil de los codos, no se le impide ninguna distancia. A veces, un peleador versátil también tiene un duro golpe: un luchador así es un verdadero fuera de clase y es raro como un diamante. Intentar detener a un peleador que tiene la habilidad técnica que le permite luchar a todas las distancias y tiene ataques de poder devastadores en su arsenal, es un objetivo casi imposible de lograr.
• Técnicas complementarias. Un versátil es un luchador completo: sin embargo, todos tienen un arma corporal favorita que tenderán a usar para finalizar una pelea. El arma principal será apoyada por otras armas / tácticas con el objetivo final de colocar al oponente en el lugar correcto en el momento correcto y noquearlo.

Para información sobre IMBA:
Sitio web oficial de IMBA: www.muaythai.it
Europa: Dani Warnicki (IMBA Finlandia)
América del Sur: Juan Carlos Duran (IMBA Colombia)
Oceanía: Maria Quaglia (IMBA Australia)
Secretaría General: Marika Vallone (IMBA Italia)
“Un buen Khru Muay (maestro de Muay) debería ser capaz de identificar las fortalezas y debilidades de sus alumnos y entrenarlos para mejorar sus atributos tanto como sea posible”





Lucidez en medio de las Artes Marciales
«Vivimos tiempos líquidos. Nada es para siempre».
Zygmunt Bauman
«Los buenos y malos resultados de nuestras palabras y obras se distribuyen, supuestamente de manera bastante uniforme y equilibrada, por todos los días del futuro, incluidos aquellos, interminables, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para felicitarnos o para pedir perdón; de hecho, hay quien dice que esto es la inmortalidad de la que tanto se habla».
José Saramago
«No esperes a una crisis para descubrir lo que es importante en tu vida».
Platón


He aquí que, en detrimento de la realidad proyectada sobre el «yo», el «ego», cuyas vías de acceso recreamos una y otra vez, surge en forma de sueño la proyección derivada de lo que profesamos desde tierna edad a través de nuestros deseos. ¿Quién, al ver una película de artes marciales, no ha soñado con estar en el lugar del artista?
Pues bien, se sabría que aquel que soñó que, al alcanzar su sueño, y en él la experiencia cíclica (ampliamente enseñada por los verdaderos maestros), se sumergiría en la experiencia del mundo (vivida en primera persona), perdiendo, por consiguiente, el atractivo de su propia persona. Puede ser sencillo si pensamos que esto ocurre porque, cuando alcanzamos algo, ese algo pasa a existir de otra forma. Saramago tenía razón cuando dijo: «Para los temperamentos nostálgicos, en general frágiles y poco flexibles, vivir solo es un castigo muy duro».
En plena era de la futilidad y la obsolescencia de los maestros de artes marciales, del enorme número de recursos online para aprender artes que llevan años, décadas, de un sinfín de maestros formados en «Youtube» sin haber pisado nunca un «Dojo» o una escuela, vemos surgir (en el sentido de emergencia) la reflexión: ¿somos dinosaurios los que tenemos más de cincuenta años? ¿Tener ética, honor, es malo? ¿Está mal? «Hoy en día, el miedo a la exposición ha sido sofocado por la alegría de ser notado», dijo Zygmunt Bauman.
Si miramos un poco atrás, y esto no es un ejercicio de nostalgia, en nuestra época (y ya han pasado muchas décadas), cuando decidíamos inscribirnos en una escuela de artes marciales (no había muchas), era necesario adaptarnos a las realidades locales, los protocolos, las costumbres, etc. Al alumno no le quedaba más remedio que ser alumno. Es curioso pensar que el momento actual confiere una decadencia total o parcial a los maestros más antiguos. ¿Será así? ¿Y cuál sería el motivo?
Hoy encontramos dos estados en un mismo escenario: uno, aparente, superficial, transitorio, que todos ven y sobre cuya base la mayoría juzga; y otro, real, profundo, dado por el eterno desarrollo de las cosas.
El primer estado es de destrucción, miseria, mentira, odio, en resumen, un estado bestial, involucionado. El otro, con escenarios mejores y personas que han conquistado los valores más elevados de la vida, que no son los materiales.
Siempre que cuento a los demás en mis conferencias cómo era mi relación con los antiguos maestros, veo miradas que fulminan a estos personajes, hoy en día considerados como un extraordinario y innecesario recrudecimiento de la relación entre el que sabe, y por eso enseña, y el que solo escucha.
Con el paso de los años, la llegada de Internet, que da voz a todos, el mundo conoció el panorama que encubre una realidad bestial; el lobo de ahora, moderno, no importa la forma social bajo la que se presente, se alía con otro lobo, solo porque la unión hace la fuerza, y así es más fácil depredar o vencer. De este modo, se constituyen aquellas asociaciones de intereses que mantienen unidas, en unidades compactas, a algunas clases de individuos, sin importar la categoría social o el tipo biológico al que pertenezcan, ni los objetivos aparentes expuestos, ni el punto de la tierra donde todo esto ocurra. Con la globalización, ¡las fronteras han caído! «Todos estamos solos y en multitud al mismo tiempo» - Zygmunt Bauman

«Hace tiempo que comprendí que el conocimiento surge del contraste. En los verdaderos caminos marciales, en las verdaderas escuelas, el fenómeno de la comprensión no se presenta en la superficie, sino en un estado opuesto, de preparación subterránea, de quietud y maduración».

Por otro lado, las reacciones habituales a los fenómenos sociales modernos del siglo XXI y a las experiencias que tenemos, cuyas idiosincrasias más aparentes provienen de la ignorancia o la ausencia de presencia, ofrecen un tipo de comprensión que enmarca la existencia común, desplazándola de la «falsa verdad relativa» a una «triste verdad relativa»: ¡todo es fútil! ¡Efémero! ¡Pasajero! ¿Cuántos se interesan por comprender la fuente de nuestra experiencia como historia personal, ya sea individual o colectiva? ¿O incluso quién desea profundizar y darse cuenta de que la razón por la que se practica esto o aquello, en su origen, tiene un motivo muy diferente?
La llegada de los siglos XX y XXI trajo al mundo estas diversas formas de apariencias de un mismo problema sustancial vinculado a lo que conocemos como lucha, ataque y defensa, arte marcial (más virtual que real), en medio de tantos grupos de discusión, insultos, cuyas técnicas utilizadas para vencer son fácilmente alcanzables si se ejecutan en grupo. Lao Tse ya decía que «todo lo que facilita por un lado, dificulta por otro».
Por lo tanto, en el momento histórico actual hay dos estados: uno, aparente, superficial, transitorio, que todos ven y sobre cuya base la mayoría juzga, y otro, real, profundo, dado por el eterno desarrollo de las cosas.
El primer estado es de destrucción, miseria, mentira, odio, en resumen, un estado bestial, involucionado. Los mejores, los más evolucionados, han conquistado los valores más elevados de la vida, que no son los materiales. ¿Alguna vez te has parado a mirar a los famosos de nuestra época? ¿Los que salían en las grandes revistas? Los que están vivos son casi irreconocibles. Y todos pasaremos por eso; ¡el tiempo no perdona!
Hace tiempo que comprendí que el conocimiento surge del contraste. En los verdaderos caminos marciales, en las verdaderas escuelas, el fenómeno de la comprensión no se presenta en la superficie, sino en un estado opuesto, de preparación subterránea, de quietud y maduración. En este proceso, es del ser y solo de él su viaje, tan individual e intransferible.
Para llegar a este punto, hay que experimentar lo doloroso que es sentir la falta del suelo y no tener dónde agarrarse. Es en este punto donde surge la ternura en lo bruto, cuando todo se tambalea y nada funciona; es ahí donde, si es posible, nos damos cuenta de que estamos al borde de algo. Es un lugar muy vulnerable y delicado, y esa delicadeza nos presenta dos posibilidades: podemos cerrarnos y sentir resentimiento, o tocar esa esencia profunda con ojos para ver, oídos para oír y corazón para sentir, para luego reinventarnos. Sin duda, hay una cualidad delicada y vibrante cuando experimentamos no tener ninguna base para, solo después, encontrar el equilibrio tan necesario. En el camino de la sabiduría, perder significa ganar. Me explico:

«En nuestro siglo de movimiento y velocidad, asistimos a un continuo derrumbe de barreras. Las paredes divisorias, erigidas por la ignorancia humana, por mucho que resistan, van siendo demolidas poco a poco».

Cuando todo se desmorona y nos encontramos al borde de quién sabe qué, el reto que se nos presenta a cada uno de nosotros es permanecer en ese umbral, sin buscar ninguna acción concreta. El camino marcial, al menos el que conocíamos entonces, no tiene nada que ver con el paraíso, con llegar finalmente a la meta. En realidad, todo forma parte de una experiencia que resultará ser un ciclo inútil mientras creamos que las cosas permanecen, que no se desintegran y que podemos contar con ellas para satisfacer nuestro ansia de seguridad.
En nuestro siglo de movimiento y velocidad, asistimos a un continuo derrumbe de barreras. Los muros divisorios, erigidos por la ignorancia humana, por mucho que resistan, van siendo demolidos poco a poco. En el campo marcial, la idea de superioridad, de vínculos con la violencia, resulta absurda y ofensiva para los excluidos, al igual que la de una superioridad absoluta irreal.
El mundo siempre tiene prisa, porque está encerrado en el tiempo. Los verdaderos maestros son tranquilos, porque el tiempo aparente ya no les importa. Lo que buscan está oculto en su interior, donde su corazón se silencia y espera para madurar en la raíz de las cosas. Las vías de afirmación son opuestas a las externas y producen efectos mucho mayores. La verdad aparente escribe en la superficie, mientras que la verdad real esculpe en las profundidades, de donde todo nace. Así, los buenos no aparecen, porque no hacen ruido. El bien se mueve más lentamente, pero produce transformaciones más sustanciales y, por lo tanto, más duraderas. El buen maestro se propaga pacíficamente, casi invisible, se ramifica, se infiltra en el interior sin aparecer, porque obedece a los tenaces y profundos impulsos de la vida que lo quiere.
Había una vez un simple picapedrero que estaba insatisfecho consigo mismo y con su posición en la vida.
Un día pasó frente a la rica casa de un comerciante. A través de la puerta abierta, vio muchos objetos valiosos y lujosos e importantes personajes que frecuentaban la mansión.
«¡Qué poderoso es este comerciante!», pensó el picapedrero.
Se sintió muy envidioso y deseó poder ser como el comerciante.
Para su gran sorpresa, de repente se convirtió en el comerciante, disfrutando de más lujos y poder de los que jamás había imaginado, aunque era envidiado y odiado por todos aquellos menos poderosos y ricos que él.

«El mundo siempre tiene prisa, porque está encerrado en el tiempo. Los verdaderos maestros están tranquilos, porque el tiempo aparente ya no les importa».

Un día, un alto funcionario del gobierno pasó frente a él por la calle, llevado en una litera de seda, acompañado por sumisos sirvientes y escoltado por soldados, que tocaban gongs para ahuyentar a la plebe. Todos, sin importar cuán ricos fueran, tenían que inclinarse a su paso.
«¡Qué poderoso es este funcionario!», pensó. «¡Ojalá pudiera ser un alto funcionario!».
Entonces se convirtió en el alto funcionario, transportado en su litera de seda a cualquier lugar al que fuera, temido y odiado por las personas que lo rodeaban. Era un caluroso día de verano y el funcionario se sentía muy incómodo en la sudorosa litera de seda. Miró al sol. Este brillaba orgulloso en el cielo, indiferente a su insignificante presencia abajo.
«¡Qué poderoso es el sol!», pensó. «¡Me gustaría ser el sol!».
Entonces se convirtió en el sol. Brillando ferozmente, lanzando sus rayos a la tierra sobre todo y todos, quemando los campos, maldito por los granjeros y los trabajadores. Pero un día una gigantesca nube negra se interpuso entre él y la tierra, y su calor ya no pudo alcanzar el suelo y todo lo que había sobre él.
«¡Qué poderosa es la nube de tormenta!», pensó. «¡Me gustaría ser una nube!».
Entonces se convirtió en la nube, inundando con lluvia campos y pueblos, causando temor a todos. Pero de repente se dio cuenta de que estaba siendo empujado lejos con una fuerza descomunal, y supo que era el viento el que lo hacía.
«¡Qué poderoso es el viento!», pensó. «¡Ojalá fuera el viento!».
Entonces se convirtió en un huracán, arrancando las tejas de los tejados de las casas, arrancando árboles de raíz, temido y odiado por todas las criaturas de la tierra.
Pero en un momento dado encontró algo que no fue capaz de mover ni un milímetro, por mucho que soplara a su alrededor, lanzándole ráfagas de aire. Vio que el objeto era una roca grande y alta.
«¡Qué poderosa es la roca!», pensó. «¡Me gustaría ser una roca!».
Entonces se convirtió en la roca. Más poderosa que cualquier otra cosa en la tierra, eterna, inamovible. Pero mientras estaba allí, orgulloso de su fuerza, oyó el sonido de un martillo golpeando un cincel sobre una superficie dura y sintió que lo destrozaban.
«¿Qué podría ser más poderoso que una roca?», pensó sorprendido.
Miró hacia abajo y vio la figura de un picapedrero.



Mejor instructor: Progresión en Gracie Jiu-Jitsu
En Gracie Concepts, nuestro plan de enseñanza consta de 54 lecciones que sirven de base para desarrollar habilidades de defensa personal eficaces y aplicables al mundo real. Este plan no solo organiza el entrenamiento de los alumnos, sino que también crea una comprensión profunda de las técnicas más importantes utilizadas en Gracie Jiu-Jitsu. Estas técnicas se basan en el auténtico método de Hélio Gracie, que fue transmitido a mi maestro, Pedro Hemetério, y que todavía utilizamos tanto yo como nuestros entrenadores en todo el mundo.



Con demasiada frecuencia, en las artes marciales y los sistemas de defensa personal se hace hincapié en la acumulación de técnicas. Los alumnos saltan de un movimiento a otro, de un estilo a otro y de un sistema a otro, persiguiendo el siguiente movimiento espectacular en lugar de la maestría. Este tipo de entrenamiento puede hacerte sentir productivo, pero rara vez da como resultado habilidades reales bajo presión real. Hay que entender que las técnicas son solo la superficie. Son importantes, por supuesto, ya que hay que empezar por algún sitio, pero en el jiu-jitsu se va mucho más allá. El objetivo es el progreso real, no acumular más técnicas. Se trata más bien de revisar las técnicas básicas desde todas las perspectivas posibles, aumentando los niveles de resistencia, contexto, sincronización, estrés y adaptabilidad.
Los deportistas de más alto nivel en cualquier campo, incluidos los deportes, las artes marciales y la defensa personal, tienen éxito porque saben más. Tienen éxito porque tienen una comprensión más profunda de lo que saben y hacen. Estar un paso por delante es una de las claves. Esto significa perfeccionar los fundamentos básicos para que funcionen bajo presión, fatiga, confusión y caos. Este principio garantiza que tu entrenamiento sea profundo y amplio. Este tipo de entrenamiento eficiente se basa en un enfoque estructurado que ofrece a los alumnos un camino claro para progresar mediante el dominio de lo más importante, no mediante la memorización de más información.
Cuando empecé a reconstruir el plan de 54 lecciones para nuestra academia con la ayuda del gran maestro Hemetério, también utilicé nuestra metodología de entrenamiento, modificando nuestro enfoque y, por supuesto, añadiendo nuevos conocimientos. Cada nivel se basa en el anterior, lo que conduce a un desarrollo de habilidades más profundo e integrado. Utilizando este marco, pudimos proporcionar a los alumnos las respuestas que buscaban en el entrenamiento a corto y largo plazo.
En mi opinión, nuestro plan de estudios Gracie Concepts tiene especial éxito cuando se trabaja con clientes y alumnos de alto nivel que desean aprender defensa personal realista. El plan de 54 lecciones se divide en cuatro bloques. El primer bloque consta de 23 lecciones y se conoce como Fundamentos del Gracie Jiu-Jitsu. El segundo bloque es el nivel intermedio, y hay dos niveles avanzados adicionales. Cuando trabajo con instructores que ya tienen experiencia en la enseñanza del programa, también hago hincapié en nuestras «Alternativas», que proporcionan a los instructores detalles adicionales e importantes sobre cómo utilizar la progresión.
En la mayoría de las artes marciales, es habitual empezar a enseñar simplemente porque se ha dedicado tiempo al entrenamiento. Aunque estoy de acuerdo en que el «tiempo en el tatami» es importante, no convierte automáticamente a alguien en un buen instructor. En Gracie Jiu-Jitsu, la enseñanza es una disciplina en sí misma. Los instructores no solo estudian las técnicas, sino también cómo enseñarlas, cómo comunicarse, cómo estructurar el aprendizaje y cómo adaptarse a diferentes alumnos. Nuestro Programa de Certificación de Instructores (ICP) tiene como objetivo formar entrenadores e instructores de defensa personal completos, competentes y adaptables. Alcanzar nuestros altos estándares no se consigue con el tiempo pasivo
dedicado al sistema. Se consigue persiguiendo activamente el arte de la educación. Un gran instructor no solo es un practicante experto, sino también un comunicador, entrenador, modelo a seguir y guía experto.
La progresión es una de las herramientas que ayuda a salvar la brecha entre ser un técnico y ser un gran instructor. Para ofrecer una enseñanza y unos servicios de alto nivel, invertimos mucho tiempo y dinero en traer a los mejores expertos en Gracie Jiu-Jitsu, como el gran maestro Joe Moreira (cinturón rojo, 9.º grado bajo la tutela del gran maestro Francisco Mansur), el maestro Royce Gracie (hijo del gran maestro Hélio Gracie) y el maestro Sylvio Behring, posiblemente uno de los profesores más exitosos del mundo.
Creemos que las artes marciales han evolucionado con el tiempo, como lo demuestran nuestras conversaciones con practicantes y profesores de artes marciales. Personalmente, creo que la mayor parte de lo que se enseña hoy en día es lo mismo que hace 10, 30 o 50 años. La principal diferencia hoy en día, en comparación con cuando empecé a practicar artes marciales hace casi 50 años, es que disponemos de herramientas de marketing mucho más sofisticadas, como profesores, propietarios de dojos, etc. ¡Pero la «mierda» sigue siendo la misma! Hoy en día, alguien con pocos conocimientos de artes marciales, pero que sabe cómo manipular a la gente y utilizar los nuevos medios de comunicación, puede ganarse la vida fácilmente.
Si quieres aprender más sobre la historia del jiu-jitsu, invierte en libros europeos que describan cómo se enseñaba el jiu-jitsu/jujutsu en Europa. A principios del siglo XX, Europa recibía frecuentes visitas de maestros japoneses. La clase alta de Francia, Italia, España, Suecia e Inglaterra hizo un enorme esfuerzo para traer a maestros de artes marciales japoneses y chinos. Personas como el profesor Moshe Feldenkrais trabajaron en el jiu-jitsu (judo) e incluso crearon el famoso sistema de «cinturones de colores» para motivar a los jóvenes practicantes. El jiu-jitsu ya se utilizaba en los departamentos de policía y más tarde fue introducido por oficiales y entrenadores europeos en Nueva York, Río de Janeiro y muchas otras ciudades del mundo. Los europeos deberían estar muy orgullosos de estas profundas raíces.
Te guste o no, el jiu-jitsu brasileño (Gracie) comenzó en Europa con mi hermano Demetrio y conmigo. En 1989, creamos el primer grupo de entrenamiento de BJJ y, en 1995, fundamos la primera academia oficial de Gracie jiu-jitsu en Zúrich. Muchas personas no lo admiten porque gastamos miles de francos suizos y dólares estadounidenses viajando a California y Brasil desde el primer día. Otros simplemente utilizaron lo que consideraban «BJJ» tomando técnicas del judo, el sambo y otras artes de grappling. Muchos de ellos también tenían el problema de empezar de nuevo desde el nivel de cinturón blanco. Muchos buscaban atajos, algo muy común en las artes marciales.
No tuvieron que esperar mucho; pronto aparecieron jóvenes entrenadores de BJJ con cinturones negros recientes para proporcionarles lo que necesitaban para empezar a vender el BJJ al público. Todo lo que había que hacer era organizar uno o dos seminarios de BJJ en tu escuela y, ¡voilá!, también obtenías el cinturón azul. Si organizabas otro seminario un año después, te ascendían al cinturón morado, y así sucesivamente. Si no lo obte-
nías del mismo experto brasileño que el primer año, podías llamar a otro profesor y eso funcionaba seguro. Así que, sí, amigos míos, probablemente la mayoría de vosotros estáis entrenando con alguien que ha tardado entre cuatro y cinco años en conseguir su cinturón negro en jiu-jitsu brasileño (BJJ).

La evolución del jiu-jitsu, desde sus inicios como «arte de combate» hasta su aplicación actual, demuestra que este arte único permite a sus practicantes utilizarlo siempre que sea necesario. El jiu-jitsu fue creado por hombres no como un deporte, sino basándose en una comprensión atemporal
de las actitudes y la psicología humanas para la autoprotección, utilizando principios contra diferentes atacantes, armados o desarmados. Estas técnicas y tácticas defensivas han sobrevivido durante cientos de años en muchos países diferentes. Debemos recordar que el objetivo princi-

pal del jiu-jitsu era proporcionar a los practicantes un sistema práctico de artes marciales. El uso de cinturones de colores, categorías de peso, divisiones y reglas es producto de su evolución hacia un deporte de combate desde su origen como arte marcial guerrero. El jiu-jitsu se practicaba

«Los ataques armados suelen acabar mal y son muy peligrosos. Lidiar con varios atacantes o sobrevivir a una situación de secuestro requiere mucho entrenamiento y experiencia reales».
junto con el uso de palos, cuchillos, espadas y otras armas. Esta combinación requiere más tiempo para aprender, lo que probablemente sea una de las razones por las que los maestros de jiu-jitsu comenzaron a enseñar técnicas de manos vacías antes de combinarlas con el entrenamiento armado para el combate real.
El entrenamiento en un dojo te permite aprender las técnicas adecuadas; sin embargo, practicar en diferentes entornos aumenta tu adaptabilidad, es decir, tu capacidad para utilizar técnicas y principios en diferentes condiciones. Hoy, como en el pasado, también debemos tener en cuenta que la mente desempeña un papel importante. El cuerpo y la mente deben ser uno para responder adecuadamente a un ataque. El jiujitsu no se practica memorizando técnicas o secuencias. En situaciones realmente peligrosas, no tendrás tiempo para pensar. Tu cuerpo debe actuar de forma adecuada, rápida y fluida, con gran sincronización y confianza. Tus habilidades de lucha son el resultado de las muchas horas que pasas entrenando bajo diferentes niveles de estrés. Por eso el jiu-jitsu hace hincapié en diferentes entrenamientos de combate para darte la mayor experiencia posible en el tatami. Pierdes, fracasas, te levantas y lo intentas de nuevo. Cuanto más fracasas, más aprendes. Es parte del juego.
La mayoría de los profesores de artes marciales nunca han estado en una pelea callejera real. Pueden afirmar lo contrario, pero se trata más bien de convencerte a ti, el alumno, de que te están enseñando técnicas que funcionan en la calle. Los ataques armados suelen acabar mal y son muy peligrosos. Lidiar con varios atacantes o sobrevivir a una situación de rehenes requiere mucho entrenamiento y experiencia reales.
Intentar dar una patada o un puñetazo a un agresor como se muestra en las películas de kung fu o karate no es fácil. Si estás en el suelo con alguien en una llave de brazo, ten en cuenta que el agresor no «se rendirá» y que tendrás que romperle el brazo para detener la pelea. El combate en tu dojo te permitirá practicar técnicas, ¡pero necesitarás el «instinto asesino» para terminar el trabajo!
Tu primer objetivo es salir de allí con vida y de una pieza. Por supuesto, tu primer objetivo es escapar de la situación y huir del peligro. Sin embargo, eso puede no ser siempre posible, y es posible que tengas que luchar contra los agresores. Las tácticas suelen confundirse con las técnicas. Las técnicas son los movimientos físicos que implementan tu plan táctico.
Una pelea callejera puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar. Una pelea callejera puede estallar en cualquier momento por varias razones diferentes. Las peleas



«Una pelea callejera puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar. Una pelea callejera puede estallar en cualquier momento por varias razones diferentes. Las peleas callejeras no discriminan por edad, sexo, color, nacionalidad, religión o estatus social».
callejeras no discriminan por edad, sexo, color, nacionalidad, religión o estatus social. No hay reglas en las peleas callejeras. Los participantes utilizarán cualquier medio necesario para ganar y actuarán de forma desleal. Las peleas callejeras van directas al grano. Los luchadores callejeros peligrosos están bien entrenados, tienen mucha experiencia y no deben subestimarse. Estas personas son cinturones negros callejeros que no respetan a los demás y no muestran piedad con sus oponentes. Puede que no tengan grandes técnicas, pero tienen mucho ego y coraje. Gracie Jiu-Jitsu proporciona un conjunto de herramientas con respuestas a preguntas peligrosas de la vida. Sin embargo, el Jiu-Jitsu se basa en conocimientos de hace varios siglos que debemos adaptar a las necesidades y leyes actuales. Además, algunos expertos en defensa personal olvidan que Europa tiene leyes diferentes a las de otros países como Estados Unidos o Japón. En Suiza, la defensa personal siempre debe estar justificada; de lo contrario, usted, como defensor/víctima, puede enfrentarse a consecuencias legales si su respuesta fue excesiva e injustificada.

Si tú o tus seres queridos sois atacados, tu respuesta debe ser clara y directa. No importa si practicas jiu-jitsu, kárate o cualquier otro arte marcial o técnica de defensa personal. La respuesta es «fuerza justificada» y, por lo tanto, «apalancamiento justificado». Tú no pediste un combate de boxeo en la calle. Te han atacado, por lo que debes responder de inmediato, sin cuestionar los motivos del agresor. El depredador ha tomado su decisión, así que tú debes tomar la tuya y actuar.
Aprender Gracie Jiu-Jitsu no será fácil. Quizás no fue fácil al principio, pero te das cuenta de lo bien que te sientes después de cada clase. Sin embargo, algún día te darás cuenta de lo intensas que son algunas lecciones y de que no siempre son fáciles. El jiu-jitsu siempre tendrá una lección sorpresa extra preparada para ti. Esto te ayudará a estar preparado también en la calle. Aprende a aceptar cualquier desafío. Dale una oportunidad para que te ayude.

Para mí, abandonar el entrenamiento es como no luchar por mi vida. Puede que tú no seas así, pero para mí abandonar no es una opción.
Si te has acercado al Gracie Jiu-Jitsu y has estado entrenando seriamente con la comprensión de que el jiu-jitsu es mucho más que un deporte o un ejercicio físico, hay varias cosas que puedes añadir a tu rutina de entrenamiento. Por ejemplo, puedes asistir a seminarios abiertos para conocer a otros practicantes de jiu-jitsu, asistir a talleres que traten temas específicos y leer libros y artículos sobre la historia

real escritos por personas con conocimientos. Evita perder el tiempo escuchando podcasts producidos por los llamados influencers y autoproclamados expertos o viendo vídeos de YouTube que nunca funcionan en las peleas callejeras reales.
A veces, la gente deja de entrenar porque su motivo inicial no estaba claro. Puede que empiecen porque un amigo está en el mismo grupo de entrenamiento o porque vieron una película y les inspiraron las escenas de lucha. A veces, son perezosos o tienen expectativas poco realistas.

«Aprender Gracie Jiu-Jitsu no será fácil. Quizás no fue fácil al principio, pero te das cuenta de lo bien que te sientes después de cada clase. Sin embargo, algún día te darás cuenta de lo intensas que son algunas lecciones y de que no siempre son fáciles. El jiujitsu siempre tendrá una lección sorpresa extra preparada para ti».

El profesor está ahí para guiarte y ayudarte. Está ahí para mostrarte el camino. Sin embargo, tú debes recorrer ese camino y estar contento con cada pequeño paso que das en tu camino hacia la cima. Practicar jiu-jitsu significa invertir tiempo en tu educación. El jiu-jitsu va más allá de enseñarte técnicas de defensa personal.
La gente siempre encuentra buenas razones para dejarlo. Como profesor, nunca le he preguntado a nadie por qué deja de entrenar. Algunos gurús del marketing y los negocios escolares te dirán que es importante saberlo, pero yo no estoy de acuerdo. En lugar de invertir mi tiempo en eso, prefiero dedicarlo a aquellos que siguen comprometidos. Lo que realmente me enfada es perder el tiempo con alguien que abandona, cuando podría haberlo dedicado a alguien que sigue entrenando.
Aprendemos de todos los problemas. El jiu-jitsu puede ayudarte a encontrarte a ti mismo, pero no te salvará de encontrar tus propias soluciones. Siempre oigo decir: «El jiu-jitsu me salvó la vida», ¡pero eso no es cierto! El jiu-jitsu

no puede salvar ninguna vida. El jiu-jitsu puede hacerte fuerte, pero eres tú quien debe actuar. Si ya estás pensando en dejarlo, lo más probable es que abandones el jiu-jitsu muy pronto.
También debo señalar que no está mal vivir el jiu-jitsu al final, pero haz felices a tu profesor y a tus compañeros. Hazlo con dignidad y hazlo ahora, no desperdicies el resto de tu tiempo por tu culpa. Si decides dejarlo y dedicarte al jiu-jitsu, aunque tu decisión sea percibida como errónea por los demás, hazlo con respeto y honor dirigiéndote a tu profesor y a tus compañeros por última vez. Así es como una persona demuestra su verdadero carácter.
Me gustaría concluir este artículo dando un gran abrazo a nuestro maestro Sylvio Behring y agradeciéndole que haya compartido con nosotros su «Jiu-Jitsu en progresión». También me gustaría compartir con nuestros lectores algunas fotos tomadas en los seminarios de Zúrich y Berlín. Esperamos volver a verte pronto, Mestre. Te deseamos todo lo mejor.
«Evita perder el tiempo escuchando podcasts producidos por los llamados influencers y autoproclamados expertos o viendo vídeos de YouTube que nunca funcionan en las peleas callejeras reales».


«El mayor enemigo es siempre el propio cerebro».
Salvatore OLIVA
El dilema del entrenamiento es un problema que afecta a los particulares y a la mayoría de las fuerzas del orden. Es totalmente normal que cada agente de policía, funcionario judicial, responsable de seguridad o guardaespaldas utilice técnicas y tácticas ligeramente diferentes a las de los demás cuando está de servicio. La diversidad de los delincuentes, así como el grado de agresividad y, sobre todo, la situación y el lugar, también son factores decisivos.
A pesar de esta idea, o precisamente por ella, mi programa de entrenamiento tiene (y debe tener) ciertas directrices. Esto no significa determinar los medios que se deben utilizar en una intervención, ya que esto nunca puede darse en una pelea callejera realista, sino más bien proporcionar una guía para la eficacia.
Algunos ejemplos de dilemas de entrenamiento son el uso de esposas (ataduras) o la defensa sin armas a gran y pequeña distancia. Cada uno pondrá el énfasis en aspectos diferentes, no solo porque los considere adecuados, sino también porque son los que mejor se adaptan a él.
Durante la formación, intento resolver el dilema del entrenamiento explicando por qué se utiliza la técnica de una manera y no de otra. ¿Cuál es la diferencia y cuáles son los efectos secundarios negativos o positivos? Por ejemplo, cuando explico la técnica y la táctica de las esposas o las ataduras: un agente se coloca detrás de la persona que va a ser detenida y la registra. Intento explicar por qué el agente no debe colocarse exactamente detrás de la persona o con un pie o una pierna entre las piernas de la otra persona durante este procedimiento. Este último podría reaccionar y colocarse fácilmente en una posición que ponga en peligro al agente.
El capítulo mencionado no pretende ser una crítica a los particulares ni a la formación de las fuerzas del orden. Mi intención es proporcionar una herramienta útil mediante el sistema que he desarrollado. Espero haber podido ofrecer una visión general con este breve capítulo.
«Si se reconoce un problema y no se contribuye a su solución, seguramente se es parte del problema».

El dilema del entrenamiento El dilema del entrenamiento



La táctica es una palabra que la mayoría de la gente y los lectores conocen. Por el contrario, la inteligencia es una palabra con la que la mayoría todavía tiene dificultades. Hay diferentes formas de inteligencia. Lo importante es utilizar la fórmula de inteligencia adecuada en el momento adecuado. El uso correcto de la inteligencia en la lucha ya significa ganar la lucha. Por ejemplo, el luchador más inteligente cambia sus tácticas para poder derrotar al oponente en función de su estilo de lucha y sus técnicas. Nunca luchará contra el oponente con la misma técnica y los mismos movimientos, sino que cambiará su estrategia en cada combate, basándose en el análisis inicial de la situación, la preparación correspondiente y la ejecución final. Esa es la filosofía y el concepto del Jeet Kune Do. A diferencia del luchador normal, que siempre lucha siguiendo el mismo patrón.
La táctica es la capacidad de ir un paso por delante del oponente en el pensamiento. Al mismo tiempo, se necesita una buena capacidad de evaluación, la capacidad de reconocer las aberturas, la capacidad de anticipación y el espíritu de lucha adecuado. Pero, por supuesto, para ejecutar la estrategia hay que disponer de las habilidades mecánicas necesarias, que por sí solas no garantizan el éxito. Para tener éxito, también hay que utilizar la inteligencia. Solo entonces se gana la pelea.
La diferencia entre un luchador normal y un luchador inteligente es que el luchador normal confía en su fuerza, quizás también en su agresividad, y al mismo tiempo descuida el ritmo de la pelea, la sensación de distancia, etc. Es decir, los componentes importantes del combate. Por el contrario, el luchador inteligente confía en sus cualidades desarrolladas, como el timing, el ritmo de combate, la coordinación, la velocidad, el uso correcto del arma corporal, la alerta, etc. Es decir, primero sus cualidades, luego sus habilidades, su inteligencia y su táctica, de modo que en el momento decisivo pueda dar el golpe adecuado o realizar el movimiento correcto para que el combate termine lo más rápido posible.
«El primer paso hacia la inteligencia en la lucha nunca es aplicar el movimiento complicado o incluso elegirlo para alcanzar el objetivo. La segunda fórmula es buscar y encontrar la forma inteligente y directa de terminar la lucha».
Salvatore OLIVA

“Cuando no dominamos algo, buscamos el conocimiento para dominarlo. Cuando lo
dominamos,
tenemos que entrenar hasta que se adapte perfectamente a nosotros, hasta que pase de ser un mero dominio a ser parte de nosotros mismos».
El método de entrenamiento
El método de entrenamiento es parte integrante del sistema OLIVA Combat y de mis clases particulares. El método de entrenamiento es también un excelente programa para desarrollar cualidades. Sin embargo, hay que encontrar el método de entrenamiento adecuado para poder desarrollar al máximo las cualidades. Es la forma más corta, rápida y eficaz de alcanzar la sensibilidad, la sincronización, la maniobra de engaño, la familiarización con la línea, la rapidez, la coordinación, el juego de piernas, la interceptación de un ataque, los movimientos fluidos, etc. Debido a la constitución divergente de cada practicante, es muy importante buscar el método adecuado para estar preparado en cada situación, cada uno según su naturaleza.


El dilema del entrenamiento El dilema del entrenamiento


Como Sifu, opino que cada lector debe ser completamente libre para, a través del método de entrenamiento que menciono a lo largo de esta página, absorber lo que le parezca importante y necesario y, según su propio criterio, dejar de lado todo lo superfluo, es decir, técnicas y conceptos. Cada uno debe proceder según sus propias creencias y expectativas al leer estas páginas.
Las siguientes páginas son solo un extracto. Le acercarán al ámbito de los métodos de entrenamiento. A lo largo de los años, he visto a menudo que alumnos o instructores practican o entrenan muchas artes marciales o tipos de lucha diferentes porque piensan que esa arte marcial es más fuerte y mejor que cualquier otra. Se fijan en esa técnica, es decir, en esa arte marcial, porque están convencidos de que solo esa es realmente peligrosa, eficaz y viable. Lamentablemente, tendré que decepcionarlos, porque esto es un error.
En mi opinión, es correcto entrenar diferentes artes marciales. Esto abre nuestra mente y nos abre nuevas posibilidades. Pero no sirve de nada entrenar jiu-jitsu el lunes, descansar el martes, practicar haikido el miércoles, entrenar boxeo tailandés el jueves y hacer karate el viernes. Eso no te hace más fuerte ni más eficaz, solo te da una mejor visión general de las artes marciales y, al mismo tiempo, un conocimiento más amplio. No solo es importante el arte o la técnica. Lo más importante es el método de entrenamiento. Este es lo que lo hace efectivo en la aplicación. Aprender cientos de técnicas no significa que se pueda luchar de forma efectiva. «¡Menos es más!» Así que hay que asimilar ciertas técnicas, teorías, conceptos y filosofía, y combinarlos correctamente en la aplicación. Solo así se es extremadamente eficaz.


A través de mi trayectoria y mis experiencias en diferentes artes marciales y, sobre todo, a través del concepto y la filosofía del Jeet Kune Do, me he dado cuenta de que solo se necesitan ciertas dosis de técnicas y teorías, conceptos y filosofía para encontrar el método de entrenamiento adecuado para cada situación y ser extremadamente eficaz y eficiente. En mi método de entrenamiento se encuentra una parte de teoría, en otra parte solo conceptos y filosofía y en la última parte están las técnicas. Durante mis clases con mis alumnos, siempre intento explicar por qué el método de entrenamiento es tan importante y, al mismo tiempo, intento transmitir el conjunto.
Esta es mi interpretación y mi idea para encontrar el método de entrenamiento adecuado y poder transmitirlo, con el fin de lograr el resultado más eficaz y efectivo.
«Lo que transmites es menos importante que cómo lo transmites y para qué».
Salvatore OLIVA

«La simplicidad y la eficiencia son los conceptos que cada día de nuevo determinan nuestra búsqueda y nuestro método de entrenamiento ! No olvides
nunca que la autodefensa debe ser eficaz, natural y concreta !».

El dilema del entrenamiento El dilema del entrenamiento




El movimiento “aéreo” Giratorio en Taijiquan
Aunque me hubiera gustado escribir originalmente sobre lo que llamo "El Dao del Movimiento", considero que probablemente sea un tema demasiado amplio para revistas orientadas al combate. Este artículo, por otro lado, puede considerarse una extensión y, al mismo tiempo, una técnica específica.
Mi fuente para la implementación única del movimiento aéreo giratorio en Taijiquan se basa, entre otras, en las rutinas 1 y 2 de la familia Chen. Estas rutinas (formas, series) están bellamente ilustradas en el libro del difunto maestro Jou Tsung-Hwa, "El Dao del Taijiquan". Los dibujos que contiene se realizaron a partir de las fotografías originales de Chen Fa Kur y su hijo Chen Chai Kuei.
Durante mi trabajo sobre la autoexpresión pura a través del movimiento improvisado sin forma, se me ocurrió que no podía ignorar el aspecto del movimiento aéreo. No podía considerar completa mi adquisición de "El Dao del Movimiento" si nada de esto estaba en el aire.
Fue durante esta época que me concentré en los saltos y brincos de Taiji de la familia Chen, especialmente en "Paso Volador y Codo" (movimiento n.° 18, de la segunda rutina de Chen), "Agitar el Pie Dos Veces" y "La Bella Dama Trabaja en las Lanzaderas" (movimientos n.° 53 y 54, de la primera rutina de Chen). En "Paso volador y codo" (de la segunda rutina), se realiza un giro completo en el aire mientras el cuerpo (en posición de izquierda adelante) salta con el pie izquierdo hacia la izquierda en un puñetazo con la mano derecha (con el puño izquierdo a la altura de la cintura izquierda), gira hacia la izquierda y da un codazo al aterrizar, mirando al frente original.
"Agitar el pie dos veces" y "la bella dama trabaja en las lanzaderas" (de la primera rutina) saltan hacia la derecha con las manos abiertas desde una posición de una sola pierna (sobre el pie izquierdo), saltan con el pie derecho girando hacia la derecha y giran completamente para encarar al frente original y aterrizan en la postura de "atando el abrigo". Esto resulta en la mano izquierda sobre o cerca de la cadera, el cuerpo mirando al frente, la pierna derecha fuertemente flexionada, la pierna izquierda estirada y la palma derecha extendida casi por completo hacia la derecha.



En efecto, estos son dos saltos opuestos, con la excepción de que los pies aterrizan de lado a lado y el cuerpo mire hacia adelante.
Este es el método estándar para la ejecución de estos movimientos en el segundo conjunto.
Una idea que se me ocurrió (de camino a la práctica) y que no he visto en artes marciales, danza, patinaje artístico ni coreografías, fue pararme mirando al frente, con los pies separados a la anchura de los hombros, ¡y saltar directamente hacia atrás! Los artistas marciales en las películas lo hacen al retirarse, y casi nadie lo hace en general. Si los bailarines lo realizan, no suelen terminar en una postura que tenga sentido.
Sin embargo, en "Paso volador y codo" no solo hay un salto directo hacia atrás, sino que se inicia con un puñetazo. También está el hecho de que, con el aterrizaje final del pie izquierdo, también se da un golpe con el codo derecho. "Flying Step" salta con el pie izquierdo, y "Shake Foot" y "Fair Lady" saltan con el pie derecho.
Aunque debo disculparme si es un poco difícil de seguir, estoy tratando de poner todo esto por escrito. Me gustaría agradecer a Larry Banks no solo por enseñarme Taijiquan, sino también por introducirme en Maestro Jou, Tsung-Hwa, con quien también estudié. Quisiera agradecer también a los maravillosos alumnos del maestro Jou por su ayuda y enseñanza (Marsha, Bob Arietta, entre otros). Ofrezco también mis más sinceras condolencias a la familia, amigos, alumnos y compañeros de clase del difunto Abdul Musawwir.
















