




Perlas del Guerrero
Perlas del Guerrero
“Cada crítica esconde una confesión”
Huan Ta Chung “Cada crítica esconde una confesión”
Huan Ta Chung

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Perlas del Guerrero
“Cada crítica esconde una confesión”
Huan Ta Chung “Cada crítica esconde una confesión”
Huan Ta Chung

“Cuando tu educación limita tu imaginación, se llama adoctrinamiento”
Nikola Tesla
“Mas aprende el listo del tonto, que el tonto del listo” refrán
Dicen que para aprender algo de verdad, uno tiene que poder explicarlo. Y ¡Sí! ¡Hay que digerir las cosas antes de excretarlas!
En el proceso de digestión sea esta física o mental, dividimos los componentes de lo ingerido para poder asimilarlo, y al hacerlo, lo incorporamos a nuestro ser, enseñoreándolo en nuestra patente unicidad, con lo que indefectiblemente sufrirá al salir, transformaciones propias, especiales y trufadas de nuestra personalidad. Por mas que la matemática sea una en sus conclusiones, los caminos para llegar a ellas son tan diferentes y difieren entre si de tal manera, que resultan impensables entre culturas y personas distintas. Quiero decir con ello, que parece imposible y tal vez ni siquiera sea deseable, tratar de encontrar un método único de transmitir las cosas. Gracias a esta diferencia hay profesores que te hacen amar las matemáticas y los hay que consiguen que las odies de por vida.
Todo profesor, empero, debe esforzarse por evitar transmitir sus personales taras en el contexto de sus clases. Saber de matemáticas, no implica que los alumnos tengan que recibirlas envueltas en una moral, ideología o cualquier otra manía personal del profesor; este debe aprender a abstenerse de catequizar a sus alumnos, que ya tienen bastante con intentar deslindar la pátina personal del susodicho, para encima aguantar sus deficiencias psíquicas o personales.
El profesor que cree que la letra, con la sangre entra, ¡pues que se aplique los cilicios en sus carnes! El que considera que es obligación del alumno sacrificarse, ¡Que se inmole en sus altares él mismo! El que demanda pleitesía y sumisión, ¡Que genuflexe sobre si mismo, a ver si llega a besarse su propio culo! El que en su atalaya se sienta a la derecha de dios, ¡Que con su pan se coma su constelación esquizofrénica!
Un alumno, como un hijo, no es una cloaca en la que depositar nuestros desperdicios, compensar nuestras deficiencias, o esparcir nuestras taras. Todo esto de la “enducancia”, (“educación” según decían los antiguos), se trata realmente de que ellos puedan, merced a nuestra experiencia, gestionarse lo de ser mejores que nosotros. Toda la idea de la comunicación verbal y luego escrita, ha sido desde que el hombre es hombre, que el acumulo de informaciones nos mejorara como especie, como grupo, y que la memoria no se perdiera; que los esfuerzos de tantas vidas y sus experiencias, fueran así la plataforma para que sus sucesores pudieran ir mas allá de lo que lo hicieron sus ancestros. Quien traiciona este principio y anula el valor de esta sagrada tarea, realiza pues ¡un crimen de lesa humanidad!


Darlas bases para que ellos vayan mas allá, no es anclarlos en un pasado idílico y ensoñado del cualquier pasado fue mejor, antes bien, darles condiciones y herramientas para que puedan aprender a pensar por si mismos y superar a sus padres y abuelos. Sin la necesaria renovación las cosas suben, decaen y terminan indefectiblemente.
Una de las tareas mas difíciles de un jardinero es la tala; saber cortar lo indeseable, lo sobrante, para que el árbol pueda expresar su naturaleza en la mejor de las condiciones. Una tala mal hecha, puede incluso secar una fértil promesa de árbol. De ahí que la dosificación y acierto en la aplicación de esta acción, debe ser exquisita y cuidadosamente considerada por un profesor, de otra forma él mismo puede acabar rodeado de un bosque yermo, en un desierto funcional y en la mayor de las soledades.
Prescribir las talas es tal vez el mas importante cuidado de un profesor, ha de saber escoger el momento adecuado y usarlo solo cuando estemos seguros de que esta medicina es necesaria. Para talar siempre hay tiempo, pero una vez hecha la tala, no hay vuelta atrás. Regar, por otro lado, es sin embargo siempre necesario, pero si te pasas de agua encharcas el árbol y muere empantanado en los excesos. Dar en el momento justo, acompañar los ciclos, las transiciones de cada quien, es un arte que pocos saben practicar y requiere del profesor el saber tomar distancia de si mismo.
La idea del enseñar no está enfocada en el conocimiento en si, sino en la persona que lo ha de portar, usar y después, eventualmente, volver a transmitir. No hay que acomodar a la persona al conocimiento, sino el conocimiento a la persona. Hacer clones, pasar a un camello por el embroque de una aguja, es pretencioso, dañino (para ambos, profesor y alumno) y lo que es peor, inútil pedagógicamente, pero harto eficaz para fabricar tarados. En palabras del torero Rafael Guerra: “Lo que no pue’ ser no pue’ ser y además es imposible”.

“Prescribir las talas es tal vez el mas importante cuidado de un profesor, ha de saber escoger el momento adecuado y usarlo solo cuando estemos seguros de que esta medicina es necesaria. Para talar siempre hay tiempo, pero una vez hecha la tala, no hay vuelta atrás.”
“Prescribir las talas es tal vez el mas importante cuidado de un profesor, ha de saber escoger el momento adecuado y usarlo solo cuando estemos seguros de que esta medicina es necesaria. Para talar siempre hay tiempo, pero una vez hecha la tala, no hay vuelta atrás.”




Enrique de Vicente entrevista a
Enrique de Vicente entrevista a
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón

Dmitry Skogorev
Director de la escuela rusa de combate «Siberian Eel» desde 1988. Presidente del Centro Internacional de Artes Marciales Rusas (Centro Mundial de Artes Marciales Rusas) desde 2005. Educación superior, profesor de Bellas Artes (NSPU) y entrenador-profesor de Educación Física y Deportes (SIPPPiSR).
Autor de varios libros sobre combate cuerpo a cuerpo. Manual para instructores de combate cuerpo a cuerpo de la escuela «Siberian Eel», un libro (educativo y metodológico) para unidades operativas de combate de la policía fiscal (Novosibirsk, 1997), otros títulos fueron «Interacción con la fuerza», «Combate cuerpo a cuerpo ruso» etc…
Autor de numerosos videos y seminarios sobre combate cuerpo a cuerpo, sobre psicofísica y escritor en numerosas publicaciones en revistas.
Oficial instructor de la unidad de fuerzas especiales (Servicio de Protección Física) del Servicio Federal de Policía Fiscal de Rusia para la región de Novosibirsk entre 1995 y 2001. Así mismo es un artista, dedicado músico y compositor.

“Un hombre notable, un maestro honesto; alguien en el que la profundidad, lejos de contraponerse con la eficacia, las une con elegancia de forma natural”
Alfredo Tucci

¿Cuándo comenzó tu trayectoria en las artes marciales?
Mi trayectoria en las artes marciales comenzó en 1980, cuando tenía 14 años. El interés en sí mismo surgió un poco antes. De niño no era sano, ni fuerte. En los inviernos, enfermaba con bastante frecuencia y no practicaba deportes. Pasábamos el tiempo al aire libre, corriendo por el barrio, jugando en las obras. Saltábamos, trepábamos por lugares peligrosos. Incluso nos subíamos a los vagones de los trenes que pasaban. A menudo se detenían y luego seguían adelante. Elegíamos el momento y nos subíamos al vagón, y luego saltábamos a cierta velocidad. Al parecer, tuvimos suerte de que todo acabara bien. Pero hubo otros casos...
A veces, como todos los niños, luchábamos entre nosotros. A menudo luchaba con mi compañero de clase en su casa. Él por aquel entonces ya se dedicaba a la lucha libre así que yo no tenía ninguna oportunidad de ganarle. Esto continuó durante mucho tiempo. No sabia cómo derrotarlo y pensaba que simplemente yo no tenía la suficiente fuerza.

¿Cómo
y dónde comenzó su relación con las artes marciales?
Una vez, mi padre me trajo un libro titulado «Sambo». Era un libro para adolescentes. Tenía ilustraciones claras y explicaciones breves. Me gustó mucho. El libro era de otra persona y había que devolverlo. Como yo dibujaba, volví a dibujar algunas de las imágenes y añadí las explicaciones necesarias. Por supuesto, no lo entendía todo completamente, pero algunos elementos me quedaron claros incluso sin entrenar. Ese fue mi primer contacto con las artes marciales.
Mi primera pelea fue a los 6 años. Cuando mi padre me enseñó a dar un golpe directo con el puño. Simplemente me dijo que, cuando te amenacen, tienes que golpear a tu oponente directamente en la nariz y cuando un niño me propuso «jugar al boxeo», le respondí que si sin pensarlo dos veces. Le rompí la nariz… se lo comunicaron a mis padres y me castigaron. Fue en el jardín de infancia.
¿Mi primer contacto con las artes marciales dio resultados? Sí, realmente me fue muy útil. Ni siquiera esperaba que pudiera ayudarme de alguna manera ni desde luego conducirme a una nueva comprensión.


Llegó la primavera y todos empezamos a pasar más tiempo fuera, en el patio de la casa. Ya había crecido la hierba verde y las tardes se estaban volviendo cálidas, así que mi compañero de clase y yo decidimos luchar como de costumbre.
Después de una breve lucha, logré agarrarlo y apretarle el cuello, presionándolo contra el suelo. Él no esperaba semejante movimiento pues como se dedicaba a la lucha libre habitual, no sabía que existía tal llave.
La técnica y el conocimiento ganaron. Intentó liberarse durante mucho tiempo ni quería rendirse. Todo el proceso duró entre 30 y 40 minutos, pero al final se rindió y se enfadó mucho. No volví a pelear con él.
Gané confianza en mí mismo y mostré interés en estudiar este tipo de lucha o defensa personal sin armas, el «SAMBO».


¿Empezaste a practicar «SAMBO» conscientemente?
Sí, fue una elección. En ese momento, ya existía el karate y también me gustaba. Intenté estirar mis articulaciones, ¡casi logre la apertura completa!. Levanté las piernas muy alto. Era interesante golpear con las manos, pero la lucha libre en ese momento, era más natural.
En otoño, como de costumbre, se organizaban los nuevos grupos. Mis compañeros de clase y yo fuimos al complejo deportivo Dynamo. Allí había una sección de sambo. Tuvimos mala suerte, todos los grupos ya estaban completos y simplemente no nos aceptaron. Sin embargo fuimos persistentes, acudimos a todas las sesiones de entrenamiento y observamos desde fuera cómo se desarrollaba el entrenamiento. Un mes más tarde, el entrenador nos aceptó en las plazas vacantes. El entrenador se llamaba S. Altukhov, era maestro de deportes en sambo y médico de ambulancia. Así comenzó nuestro entrenamiento.
El entrenamiento era agotador. Mucho entrenamiento físico. Técnicas de lanzamiento y sparring constante en lucha libre. Todo esto era difícil para mí, un adolescente poco atlético y enfermizo, por ello pasado poco tiempo, estuve dispuesto a dejarlo todo, sin embargo en cierto momento, el cuerpo aceptó ese ritmo y esa presión.
Fue un tiempo muy emocionante y con él aparecieron nuevos amigos con ideas afines.


¿Qué metas y objetivos te fijaste?
No me fijé ningún objetivo deportivo especial. Desarrollé el interés por conocerme a mí mismo y a los demás. Fue en ese momento cuando conocí a un chico durante el entrenamiento que ya había entrenado karate y podía compartir información al respecto.
El karate era para mí un mundo interesante y desconocido, junto con la cultura de Japón. Me causó asombro y la sensación de estar tocando algún secreto. Evgeny Titkov lo explicaba muy bien, nos enseñó algunos elementos de puñetazos y patadas. Posturas, bloqueos. Todo esto se entrelazaba con la filosofía y la historia propias. Se nos abría un nuevo mundo. Empecé a llevar un nuevo cuaderno con dibujos y cálculos teóricos sobre el karate. Ese era mi libro de texto. También se reeditó los libros de Sensei Nakayama. Tenían buenas fotografías de todas las técnicas básicas de karate, y los movimientos se analizaban paso a paso y estaban en inglés.
En primavera, Evgeny se convirtió en nuestro líder y nosotros, seis en total, nos convertimos en sus alumnos. Empezamos a entrenar en el sótano de una de las casas cercanas a donde vivíamos. Estudiábamos todo meticulosamente, paso a paso. Él era estricto. Estudiamos todos los nombres japoneses de los puñetazos, las posturas y los bloqueos. Incluso aprendimos a escribir en alfabeto japonés. Nuestro objetivo era aprender y enseñar a nuestro cuerpo todo lo posible. Golpear con mucha rapidez y precisión. Vencernos a nosotros mismos, superar las dificultades y las privaciones. Nos impulsaba la motivación del conocimiento, y una fuerte disciplina que podía con todo.


En otoño, nuestro entrenador nos anunció que habría una competición para de kárate. Estábamos entusiasmados. Nos sentíamos preparados para las pruebas y que ya sabíamos algo. La competición a la que queríamos entrar era una de las mejores de la ciudad. En aquella época, el kárate estaba empezando a desarrollarse, antes de eso estaba prohibido en la URSS. Por lo tanto, para nosotros era algo nuevo e incomprensible. Esto nos abrió nuevos horizontes de conocimiento.
La competición fue muy reñida: de unas 300 personas, sólo 20 fueron aceptadas. Las pruebas eran variadas: fuerza, reacción, flexibilidad, etc. Pasamos las pruebas fácilmente y simplemente estábamos radiantes y listos para entrenar día y noche. Nuestro entrenamiento no terminaba con las clases principales. Seguimos entrenando y perfeccionando nuestras habilidades en cualquier tiempo libre, y en aquella época teníamos mucho. Estudié con perseverancia la teoría y practiqué técnicas de golpeo.
El entrenador principal era S. Danilov, profesor del Instituto de Ingeniería Eléctrica, donde se impartían las clases principales. Él mismo tenía una buena técnica de kárate e intentaba ampliar nuestros conocimientos de artes marciales, de él aprendimos también Aikido. Un arte que también despertó mi interés. Recuerdo cómo intentábamos las primeras técnica de absorber la fuerza y devolverla. Muchas cosas no estaban claras... pero esto me abrió el camino de la búsqueda y sobre todo la comprensión de que el conocimiento no tiene límites.


¿Hubo factores que obstaculizaron sus estudios de artes marciales?
Así fue. Cuando estaba en el instituto (1985), el karate corría el riesgo de volver a ser prohibido. Nuestros temores no fueron en vano. El karate fue prohibido por segunda vez en el país. Pero continuamos entrenando de forma independiente. En el otoño de 1886 a 1988, fui reclutado por el ejército soviético. Allí continué entrenando y ya una mezcla de combate cuerpo a cuerpo y con ello apareció una nueva dirección en el movimiento del conocimiento.

¿Quiénes eran para usted, en aquella época, los líderes entre las personalidades famosas de las artes marciales?
¿A quién admirabas?
Naturalmente, había algunos iconos que admiraba, pero en aquella época eran pocos. Todo el mundo conocía a Bruce Lee y admiraba su técnica y su vida. También había programas de televisión en los que se mostraba al fundador del aikido, Morihei Ueshiba, en documentales. Naturalmente, el fundador del judo, Kano Jigoro. Los maestros de karate G. Funakoshi y M. Nakayama. Esto es lo que sabíamos sobre las artes marciales japonesas. De los nacionales, I. Lebedev, V. Spiridonov, V. Oshchepkov, N. Oznobishin, V. Volkov, A. Kharlampiev, A. Ushakov. Todas estas personas hicieron una contribución inestimable al desarrollo y la popularización de las artes marciales, en particular el «Sambo». Y también compartieron conocimientos reales. Estudiamos a partir de sus libros y ya entonces decidí mi camino. Yo también quería aportar mi granito de arena a esta enorme labor, o más bien, dedicar mi vida a ella.
¿Cuál de tus entrenadores tuvo mayor influencia en tu trayectoria en las artes marciales?
No destacaría a nadie en particular. Todas las personas que he conocido y conozco han tenido y siguen teniendo su influencia a su manera, y siempre dan en el blanco. Es como un mosaico de sus experiencias están entretejidas

en mi campo de conocimiento personal. Mi visión del mundo de las artes marciales consta de muchas direcciones, y en ese momento todas eran diferentes entre sí. Resolvían problemas diferentes.
¿En qué etapa creaste tu escuela? ¿Por qué el arte marcial ruso?
Después de mi servicio en el ejército, comenzamos a reunirnos entre amigos que estabamos interesados en el combate cuerpo a cuerpo y entrenábamos por puro interés. No teníamos objetivos deportivos. En ese momento, surgió el concepto de la universalidad de los movimientos y la similitud de estos movimientos en todas las artes marciales. Fue una revolución de la conciencia.
Más tarde, nos enteramos de la existencia de A. Kadochnikov, que trabaja como continuación del desarrollo del arte marcial acuático nacional. Solo había algunas notas en periódicos y revistas, y se publicó el primer librito sobre el seminario, que fue impartido por A. Retyunskikh, uno de sus alumnos.
Esta fue la primera materia que continuó más allá de mis estudios de «SAMBO». Luego hubo un encuentro y un seminario con G. Bazlov, que era historiador y se dedicaba al trabajo etnográfico. Él nos confirmó la corrección del enfoque del arte marcial. Nos explicó que todas las naciones tienen un arte marcial basado en su cultura. Desde 1988, hemos determinado que existimos y nos desarrollamos en esta dirección. Comenzamos a investigar, a profundizar con esta idea. De hecho, hay personas que pueden transmitir esta experiencia una forma diferente a la de las técnicas japonesas. Para nosotros, es más comprensible y sencillo.



Me resulta difícil llamarlos maestros, pero aparentemente así es. Ya he dicho que todas las personas con la más mínima experiencia y a todos mis primeros entrenadores que sentaron las bases les estoy inmensamente agradecido. Más tarde conocí a personas como el príncipe B. Golitsyn. Un hombre con una enorme experiencia en combate y grandes conocimientos. A. Kadochnikov tampoco fue mi maestro, pero lo vi dos veces, y mantuvimos buenas conversaciones. Compartió algunas cuestiones técnicas conmigo.
Con A. Lavrov, en general, desarrollamos una excelente relación e incluso impartimos dos seminarios juntos. Seguimos siendo amigos. También me comuniqué con M. Ryabko, recuerdo cómo me mostró su golpe y literalmente controló el proceso con mi mano. La experiencia fue positiva.
¿Tu
escuela es la experiencia de tus mentores o tu trabajo personal?
En primer lugar, la escuela surgió de forma completamente natural. Se acumularon diversas experiencias. Aparecieron los alumnos. Se elaboraron los métodos de enseñanza. Este es el proceso de sistematización y estudio de la tradición cultural del ejército ruso. Todo esto, en general, dio sus frutos. En los años 90, la situación ya era difícil en Rusia, la URSS ya no existía. Había una vida incomprensible y desenfrenada. Bandolerismo y anarquía. La gente intentaba sobrevivir. Por lo tanto, no se necesitaban deportes, sino un sistema de supervivencia. Un sistema de vida y eso incluía muchos aspectos. Comenzamos a estudiar los fundamentos de la bioenergética, la psicología y la biomecánica.
Más tarde, escribí el libro «Interacción con la fuerza». El segundo libro fue «Combate cuerpo a cuerpo ruso». En estos libros, traté de reflejar los aspectos principales del arte marcial ruso. Por supuesto, la experiencia de mis mentores, pocos en número, me resultó muy útil. Para mí, fueron, muy probablemente, una confirmación de que lo ya se había hecho y hacia donde íbamos era en la dirección correcta.
Posteriormente, creamos un método de enseñanza que ninguna otra escuela similar tenía. Se desarrolló un programa de formación de 4 y 6 años. Un programa para la formación de instructores y su certificación. En general, como debe ser para el desarrollo de una escuela y un tipo de arte marcial.
Por el momento, no tenemos un gran número de escuelas en todo el mundo. Pero las escuelas que operan en otros países son de alta calidad. México, Italia, España, Alemania, Francia, Suecia. La escuela vive gracias a los alumnos y mentores, como líder solo soy un conductor de este conocimiento, nada más.


¿Has conocido a maestros reales en tu camino?
De hecho, todos los maestros son reales, ya que todos tienen una gran experiencia en sus conocimientos. Todos han recorrido un largo camino y también han conocido a un cierto número de maestros. Esta experiencia se multiplica y se transmite. Esta es la tradición cuando no adoramos las cenizas, sino que transmitimos el fuego de la vida, hecha de experiencia de conocimiento e interacción.
Las artes marciales son un reflejo de nuestra vida. Solo aquí podemos simular situaciones y vivirlas, comprendiendo lo correcto que actuamos. Estamos constantemente en contacto con la fuerza que nos afecta y nosotros mismos la utilizamos. Es muy importante comprender esto y trabajar con ello. No todos los tipos de artes marciales son así por lo tanto, es necesario separar las tareas del deporte y las competiciones, de las tareas de supervivencia y superación.


En las artes marciales, es importante tener en cuenta el aspecto psicológico. El aspecto de la reacción de una persona a una acción concreta ya que el oponente actúa según la reacción y estas reacciones pueden ser rastreadas o lanzadas, y luego utilizadas. Una persona siempre reacciona no a la acción en sí, sino a un cambio de ritmo y el ritmo es nuestra actitud ante la vida. Para algunos, la vida es un torbellino, y para otros, el crujir de la nieve. Uno no ve nada a su alrededor… otro se fija en las pequeñas cosas. Esta es nuestra vida. Dónde estás ahora, de dónde vienes y hacia dónde vas. ¿Podemos dar respuestas inequívocas a estas preguntas? Creo que no. Las artes marciales y, muy a menudo, la comunicación del mundo de las artes marciales nos dan muchas pautas para el trabajo de la mente.
Lo importante no escuchar la verdad, sino acercarse a ella por uno mismo. Con tu propia conciencia y comprensión. Eso es verdadero conocimiento. Puedo decir que crecer cerca de un maestro y convertirse en maestro es sencillo, aunque se necesita esfuerzo y trabajo pero convertirse en un maestro reconocido, sin tener un mentor, es un muy difícil pues hay que reunir todo en un sistema único, armonioso y lógico además, comprensible para los demás.
¿Has tenido muchos ayudantes?
Por supuesto, no lo niego. En primer lugar, durante los 36 años que lleva existiendo la escuela, mi esposa Natalia Skogoreva ha participado en este negocio. Siempre apoya y ayuda a organizar ciertos aspectos del trabajo de la escuela. También se encarga de la filmación de vídeos. Ha filmado un gran número de seminarios. Por supuesto, también se encarga de todo el trabajo administrativo. La escuela tampoco podría funcionar sin este trabajo.
Ahora nuestra hija Alena nos ayuda y trabaja con nosotros activamente. También se encarga del trabajo administrativo y trabaja con las redes sociales. Todos nuestros instructores contribuyen al desarrollo de la escuela. En los años 90, la Fundación A. Karelin y el propio Aleksandr Karelin nos ayudaron a organizar las clases. (Tres veces ganador olímpico (1988, 1992, 1996; en la categoría de hasta 130 kg), nueve veces campeón del mundo (1989-1991, 1993-1995, 1997-1999), 12 veces campeón de Europa (1987-1991, 1993-1996, 1998-2000)). Asistimos a sesiones de entrenamiento con su entrenador V. Kuznetsov.
Todos nuestros representantes en diferentes países también contribuyen al desarrollo de la escuela, y de forma considerable. México. Alfonso Castellanos, se convirtió en nuestro representante en 2008, en 2012 celebramos allí el primer seminario y formamos a muchos instructores. Alfonso es maestro de aikido, taekwondo y otras disciplinas. Para él, yo soy un maestro de artes marciales, y él es para mí, en cierta medida, un maestro. Es una posición mutua.
España. Ramón Mane, una persona profunda y significativa, ante todo. Tiene la actitud correcta hacia las artes marciales y las percibe como comprensión de la verdad e interacción. Un excelente instructor en constante búsqueda y desarrollo.
Quiero decir sobre Alfredo Tucci, con quien somos amigos desde 2011, que al principio la comunicación era puramente desde el plano de la publicación de su revista. Pero en 2018, cuando nos conocimos por primera vez en Valencia, A. Tucci se me reveló como un maestro de la tradición de las artes marciales japonesas. Como artista y escultor. Como filósofo y autor de libros sobre artes marciales. Siempre es interesante e informativo comunicarse con él. También puedo considerarlo mi maestro en cierto aspecto.
Todas las personas, y especialmente aquellas con mucha experiencia, son de gran ayuda para superar tu camino y si este camino le resulta interesante a alguien más, estupendo. Así es como nacen las escuelas. La nuestra no es una excepción.
¿Cómo
Su vida fluye, sí, se producen algunos cambios, y eso es bueno. Ahora nuestra escuela cuenta con una amplia gama de alumnos. Los más jóvenes tienen entre 3 y 5 años. Clases regulares y seminarios, incluyendo diversos eventos competitivos para niños y adolescentes. Para los adultos: ¡el Camino de la Vida!

El camino del maestro (N. Skogoreva)
Tú eres el maestro, tú eres el guerrero ¡Que difícil es! el enseñar y contar con cuidado, también lo es dar dirección al alma, sin romper los sentimientos de los demás. Tu experiencia se acumula a lo largo de los años.
Y lo que sucede es como un río, un río de inspiración, en las orillas del tiempo.
Un libro abierto a lo largo de los siglos y transmitido en un momento, o tal vez a través de un poema… Versos cortos… eso es lo importante. para tener tiempo de desplegarlo todo, en un instante.




El mejor amigo del hombre… poco mas puedo decir tras leer la historia de amor puro y verdadero del Maestro Taejoon Lee con su amigo Kilbo. Siempre hay un perro en nuestras vidas, pero sólo si somos capaces de merecerlo… abren las puertas del corazón del guerrero como nadie, porque mas allá del sentimentalismo, existe una relación que trasciende la vida y sus múltiples circunstancias, siempre hay un perro detrás de ese abrir de las puertas del corazón… para mi fue mi perra Eleuteria; para mi hermano Taejoon fue Kilbo. Quien no ha estado ahí, en la perdida, en la celebración de una vida, en la hermandad del amor incondicional, no puede entenderlo, nunca podrá…
Tardé muchos años después de que se fuera Eleuteria para abrir de nuevo mi corazón y lo logró una pequeña, Almendrita, que también se fue…
He aprendido que todo es pasajero, pero que el amor incondicional es eterno y puede manifestarse a través de todos los seres, porque el amor trasciende todo, pero se personaliza de forma única y ahí reside su misterio, su poder, su grandeza.
Estoy con mi hermano en su dolor, pero sobre todo estoy con él en la grandeza de lo que ha descubierto. Los perros nos hacen grandes, porque a sus ojos lo somos, sus maestros, sus mentores… A cambio de lo que nos sobra nos dan todo… ¿Quién puede competir con eso?
Quien es capaz de amar a un perro como Taejoon, demuestra su grandeza espiritual, porque nada que ya no esté dentro, puede salir. ¡Bravo hermano! El dolor pasará muy muy lentamente, pero el amor siempre prevalecerá y quedará, ¡Bendita experiencia! ¡Bendito amor! que siempre vuelve, a pesar de tanto dolor en las perdidas… aprendemos a morirnos con su ejemplo… aprendemos a vivir con su ejemplo… ¿Quien da mas?
Alfreado Tucci
«Oda al Caballero Kilbo»
Lecciones que he aprendido de mi Ángel de la Guarda
Por el Gran Maestro Taejoon Lee Fotografías de Claire Davey y Lisbeth Ganer
La forma estilizada más antigua de poesía en la historia de Corea se desarrolló durante el reino de Silla (57 a. C. - 935 d. C.) y se conocía como Hyangga (향가, 鄕歌), que literalmente significa «canciones nativas» o «canciones de nuestra tierra». Hyangga era una forma poética distintivamente coreana, compuesta utilizando el sistema de escritura hyangchal, una adaptación de los caracteres chinos para representar los sonidos y la gramática coreanos. Estos poemas, que florecieron entre los siglos VI y X, adquirieron importancia y popularidad gracias a los caballeros Hwarang (화랑, 花郞), la orden juvenil de élite de Silla, famosa por su dedicación tanto al entrenamiento marcial como al cultivo moral.



La poesía hyangga era profundamente expresiva y servía como medio para la devoción religiosa, la reflexión filosófica y la apreciación estética de la naturaleza. También encarnaba los ideales éticos de los Hwarang —lealtad, patriotismo, deber, honor y un inquebrantable espíritu guerrero— mezclando la virtud confuciana, la fe budista y la sensibilidad nativa coreana en una forma de arte espiritual única. Entre los ejemplos que se conservan, uno de los más notables es «La oda al caballero Kilbo» (길보가 / 吉寶歌). Este poema es especialmente notable porque era inusual que un Hyangga estuviera dedicado a un individuo específico. Compuesto por el monje budista Wolmyongsa en memoria de su hermano caído, un guerrero Hwarang llamado Kilbo, el poema destaca por su profundidad emocional y su profunda síntesis de dolor, anhelo espiritual y admiración moral. A través de esta obra, el poeta inmortalizó no solo el valor de su hermano, sino también los ideales perdurables de los Hwarang y la esencia espiritual de la cultura Silla.
«Oda al caballero Kilbo»
La luna que se abre paso
A través de la espesura de las nubes, ¿No está persiguiendo Las nubes blancas?
El caballero Kilbo se paró una vez junto al agua, Reflejando su rostro en el azul.
De ahora en adelante buscaré y reuniré
En guijarros la profundidad de su mente. Caballero, tú eres el pino imponente, Que desprecia la escarcha, ignora la nieve.
En 2015, soporté uno de los capítulos más traumáticos y devastadores de mi vida. A mediados de mis cuarenta años, ya había dedicado cada respiro, cada latido de mi corazón, al Hwa Rang Do®. Nací en él, no era simplemente mi camino, era mi herencia, mi destino. Como hijo primogénito de mi padre, el fundador, las responsabilidades que recaían sobre mí eran enormes. Llevaba la carga de las expectativas: continuar su legado, liderar, enseñar, preservar algo mucho más grande que yo mismo. Entrené sin descanso. Viajé por todo el mundo enseñando, difundiendo el camino del Hwarang. Formé a miles de alumnos, moldeé líderes y construí escuelas que se convirtieron en el trabajo de mi vida. Y, sin embargo, a pesar de todo lo que había logrado, me sentía vacío. Debería haberme sentido realizado, pero por dentro estaba vacío, sufriendo en silencio, perdido en una tormenta que no podía nombrar. Crecí rápido, demasiado rápido. La infancia fue algo que nunca llegué a conocer. A los trece años ya estaba enseñando. A los dieciséis, obtuve el título de maestro. Tuve que luchar por cada gramo de respeto, demostrando constantemente que era digno de la legendaria sombra de mi padre, un hombre más grande que la vida, cuyos zapatos nadie podía llenar. Sacrifié el sueño, la comida y la propia juventud en pos de la perfección. Mi objetivo siempre era más: entrenar más duro, moverme más rápido, elevarme más alto, lograr lo imposible. Y así lo hice... pero la grandeza siempre exige un precio.
Aunque logré mucho para Hwa Rang Do, mi vida personal estaba en ruinas. A mediados de los cuarenta, seguía solo, a la deriva en relaciones inestables, sin llegar a sentar cabeza. Desde mi adolescencia, había soñado con el matrimonio, con una gran familia, con el amor. Pero, en realidad, siempre anteponía el Hwa Rang Do. Siempre. Era igual que mi padre, mi sangre, mi propósito, y todo lo demás quedaba en segundo plano.
Entonces, en un momento de debilidad interior y estabilidad exterior, ella apareció. Una mujer que lo cambiaría todo. Lo que comenzó como una esperanza, una promesa de amor y curación, se convirtió en una tormenta. Era ese tipo de amor loco y apasionado que parece el destino, pero que esconde la destrucción en su belleza. Yo era vulnerable y lo di todo. Por primera vez en mi vida, antepuse el amor al deber, a Hwa Rang Do, a mi familia, a todo.
Cegado por el deseo, renuncié a todo lo que había construido. Regalé mi escuela, veinte años de sangre, sudor y lágrimas, a una estudiante que lo perdió todo en un año. Corté los lazos con mis amigos, me distancié de mi familia y, aun así, ella nunca estaba satisfecha. Tras cinco largos años de una relación caótica y agotadora, todo se derrumbó, justo después de que ella aceptara mi propuesta de matrimonio, ni siquiera el matrimonio era suficiente.


Cuando terminó, me derrumbé. El amor que había adorado se convirtió en mi ídolo, y su destrucción me hizo caer de rodillas, no ante ella, sino ante Dios.
Era como si Dios me hubiera dado todo lo que creía que quería en una mujer —belleza, inteligencia, riqueza, pasión— solo para revelarme la dolorosa verdad que se esconde tras el viejo dicho: «Ten cuidado con lo que deseas». Por primera vez, comprendí verdaderamente el mandamiento: «No tendrás otros dioses delante de mí».
Lo que había estado buscando toda mi vida —esa sensación de plenitud, de completitud— nunca fue algo que otra persona pudiera darme. El vacío dentro de mí no podía ser llenado por el amor humano, por el éxito o por ningún tesoro de este mundo. Solo podía ser llenado por el amor de Dios.
Y, sin embargo, la única forma en que pude llegar a esa conclusión fue perdiéndolo todo, obteniendo todo lo que deseaba, agotando cada gramo de mi voluntad, cada esfuerzo, cada sueño, hasta que no quedó nada de mí salvo la verdad.
Tuve que romperme. Y romperme por completo.
Durante toda mi vida, me enseñaron a ser un guerrero, a no rendirme nunca, a no ceder nunca, a luchar contra todo el dolor y todos los obstáculos. Pero esta era una batalla que no podía ganar. Esta era la única lucha en la que la victoria requería rendirse. Y solo Dios podía llevarme a ese lugar, porque yo nunca me habría inclinado ante ningún hombre.
Fue a través de esa rendición que finalmente vi la Verdad. Y en su misericordia, Dios me envió un ángel, un guardián que caminara a mi lado, que me guiara a través de la oscuridad, que limpiara y purificara mi corazón, y que me preparara para renacer, no como un guerrero del mundo, sino como un hijo de Cristo.
El dolor era insoportable. No veía ninguna luz, ninguna razón para vivir. Me alejé de todos: mi familia, mis amigos, mis alumnos. Me escondí del mundo como un monje ermitaño en una cueva, ahogándome en el dolor y el silencio. Intenté todo para adormecer el dolor, pero nada funcionó. Mi corazón estaba destrozado, mi mente inquieta, mi espíritu roto.
Desesperado, me volví hacia mi interior. Comencé a meditar: cinco minutos se convirtieron en treinta, treinta se convirtieron en horas. En la quietud, encontré momentos de calma, pero el vacío permaneció. Aprendí a aquietar mi mente, a caminar por el camino del medio, sin alegría ni tristeza, sin euforia ni desesperación. Pensé que me había curado, pero en lo más profundo de mi ser seguía sintiéndome vacío.
Entonces, un día, por casualidad, o tal vez por voluntad divina, encendí la televisión y encontré El encantador de perros, con César Millán. Me sorprendió su capacidad para transformar perros agresivos y destrozados con nada más que energía, una energía tranquila y firme. Me di cuenta de que eso era lo que necesitaba: un espejo viviente que reflejara mi estado interior, un compañero que pudiera sentir la verdad que se escondía bajo mi quietud.
Así que empecé a investigar sobre razas, viendo vídeos de la A a la Z, hasta que encontré el dogo argentino, un majestuoso mastín completamente blanco criado en Argentina para cazar jabalíes y pumas. Fuerte, intrépido, leal... y, sin embargo, gentil con sus seres queridos. Me enamoré a primera vista.
Encontré un criador en el sur de California que acababa de recibir una camada. Mientras esperaba a mi cachorro, ocurrió algo milagroso. Dios me abrió por completo y me rendí. Acepté a Jesucristo como mi Señor y Salvador. Compartiré mi viaje de fe en otra ocasión, pero lo que puedo decir ahora es esto: ese cachorro no fue una casualidad. Me fue enviado, un ángel de la guarda en forma de perro.
Cuando finalmente lo tuve en mis brazos, supe al instante cómo se llamaría: Kilbo, en honor al caballero Hwarang del antiguo Hyangga, «La oda al caballero Kilbo». Era mi homenaje al noble guerrero que encarnaba la lealtad, el coraje y el sacrificio. Y fiel a su nombre, Kilbo se convirtió en todas esas cosas para mí: mi protector, mi maestro, mi mejor amigo.
Kilbo me curó. Me enseñó la paciencia, la humildad y el amor incondicional. A través de él, aprendí el lenguaje de la presencia, de la confianza, de la gracia. Me acompañó en cada paso de mi curación, en mi renacimiento en la fe.
Diez años después, murió en mis brazos.
Han pasado varios meses desde su fallecimiento y mi corazón aún sufre. Pero ahora, a través de las lágrimas, veo lo que vino a enseñarme. La vida de Kilbo fue un regalo divino, un reflejo de todo lo que necesitaba aprender: devoción, compasión, rendición y la fuerza para amar sin miedo.
Escribo estas palabras en su memoria. Este es mi homenaje a mi amado Kilbo, mi ángel de la guarda, el compañero que me salvó la vida y me enseñó lo que realmente significa vivir.
«La luna que se abre paso A través de la espesura de las nubes, ¿No está persiguiendo Las nubes blancas?».
En el antiguo Hyangga, la luna simboliza a Wolmyongsa, el hermano mayor —el poeta— que busca el alma de su difunto hermano, el caballero Kilbo, representado por las nubes blancas. La lucha de la luna a través de la espesura de las nubes habla de la persistencia en el dolor y el amor, el tipo de amor que no descansará hasta encontrar el reencuentro más allá del velo de la vida y la muerte.
Las nubes son ese velo, la barrera entre los mundos, y la luna, radiante e inquieta, es el alma que se niega a abandonar la búsqueda. Es el eterno anhelo de los vivos de volver a tocar el espíritu de los difuntos. La luz de la luna se convierte en iluminación que rompe la ilusión, la verdad que atraviesa el dolor.
Yo también lloro y busco a mi Kilbo. Su recuerdo está grabado en cada fibra de mi ser, en los pliegues de mi alma y en el ritmo de mis días. Lo compartíamos todo: lo material y lo espiritual, lo visible y lo invisible. No había ningún rincón de mi vida que no estuviera marcado por su presencia.


Antes de Kilbo, a menudo me despertaba sin ningún propósito. Había días en los que me preguntaba por qué debía levantarme. Pero una vez que él entró en mi vida, nunca más me lo pregunté. Por muy cansada que me sintiera, sabía que Kilbo me necesitaba. Tenía que levantarme, sacarlo a pasear, cuidarlo. Lloviera, nevara o hiciera sol, caminábamos juntos. Y en esos paseos, el mundo volvía a cobrar vida. A través de él, Dios me enseñó a ver la belleza silenciosa en todas las cosas, la perfección en cada momento de su creación. Kilbo dio sentido a mis mañanas y ritmo a mis días. Era mi ancla en la fe, mi barómetro de paz, mi espejo del alma.
Cuando vivía en Los Ángeles, durante lo que yo llamo mis «años de cueva», volví a conectar con una antigua pasión de mi infancia: el skateboarding. Empecé a diseñar y construir mis propias tablas, y pronto Kilbo y yo nos deslizábamos juntos por las calles: él con su arnés y yo agarrándome con todas mis fuerzas. Exploramos el Westside, corriendo bajo los callejones iluminados por la luna y a través de las brillantes calles de J-town. Esas noches eran pura libertad: un hombre, su perro y la carretera abierta bajo las estrellas. Y fue gracias a Kilbo que pude recuperar, aunque solo fuera por unos instantes, la infancia que había perdido, para volver a sentir la maravilla, la alegría y la inocencia que creía haber perdido hacía tiempo.
Cuando más tarde me mudé al otro lado del océano, a Luxemburgo, Kilbo vino conmigo. No podía volar conmigo en aviones comerciales porque era demasiado grande y tenía que viajar en un avión de carga. Nunca olvidaré la angustia que sentí al meterlo en la jaula para su largo vuelo. Yo volé primero y él me siguió, solo en la oscuridad durante veintiocho largas horas, trasladado de un avión a otro, esperando en hangares enormes y vacíos. Cuando finalmente lo encontré, estaba callado y temblando, cubierto por su propio miedo y agotamiento. Al principio, ni siquiera me reconoció. Pero una vez que lo llevé afuera, lo limpié y le dejé sentir la hierba bajo sus patas, algo cambió. Me miró, sus ojos se iluminaron y empezó a saltar y ladrar de alegría. Ese momento borró toda mi preocupación, toda mi culpa. En su perdón, sentí la gracia.
Cuando llegué a Luxemburgo, solo tenía dos maletas y a Kilbo. Sin familia, sin amigos, sin distracciones. Solo unos pocos estudiantes... y él. Y en ese aislamiento, Dios me estaba santificando. La santidad significa ser apartado, y eso es exactamente lo que Él hizo. A través de la soledad y la compañía, a través de la devoción y el deber, Dios purificó mi corazón. Kilbo fue mi guía a través de esa sagrada soledad, mi maestro en paciencia, lealtad y amor incondicional.
Siempre estaba a mi lado. Íbamos juntos a todas partes: de compras, a cafeterías, a restaurantes, a largos viajes por carretera, incluso a hacer snowboard en los Alpes austriacos. Mis alumnos lo sabían: cuando me invitaban, también invitaban a Kilbo. Su presencia era innegociable y su lealtad era absoluta.
Pero la separación siempre lo destrozaba. Cada vez que tenía que dejarlo en una residencia, por muy cómodo que fuera el lugar, él sufría. Perdía peso, le salía urticaria, se ponía inquieto, como si le faltara una parte de sí mismo. Y, en realidad, así era, porque yo no estaba.
Una vez, lo dejé al cuidado de mis padres en su espaciosa casa. Lo tenía todo: un jardín, una piscina, amor y atención constante. Sin embargo, poco después de mi partida, le volvió a salir urticaria. Mi madre, de más de setenta años, llevó a ese enorme perro al veterinario una y otra vez, decidida a cuidarlo. Los médicos se sorprendieron de lo dócil y obediente que era, incluso bajo estrés. Sin embargo, el veterinario no tenía ni idea de cuál era la causa y ningún remedio podía curarlo. Y entonces, como por arte de magia, pocos días antes de mi regreso, se curó. Cuando le pregunté a mi madre por qué no me lo había dicho, sonrió suavemente y dijo: « No quería preocuparte». Y Kilbo debió de sentir que yo iba a volver a casa y, como tampoco quería preocuparme, se recuperó.


Cuando llegué a casa, Kilbo se puso muy contento: saltaba, lloraba y movía la cola con entusiasmo. En su abrazo, sentí un tipo de amor que ningún ser humano me había dado nunca: puro, indulgente, inquebrantable.
Compartíamos la misma cama, la misma habitación, la misma vida. Habría dado todo lo que tenía para mantenerlo aquí un poco más.
Ahora se ha ido, mi ángel blanco y majestuoso, y lo lloro con el mismo anhelo eterno que Wolmyongsa sentía por su hermano. Como la luna, lo buscaré para siempre a través de las densas nubes, en sueños, en espíritu y, algún día, en el cielo.
Hasta ese día, vivo con la fe de que Kilbo descansa en las manos misericordiosas de Dios. Y cuando llegue mi hora, lo buscaré de nuevo, como la luna persigue a las nubes, sin cesar, sin cansarme, hasta que nos reunamos en la luz eterna.
«El caballero Kilbo se paró una vez junto al agua, reflejando su rostro en el azul».
Esta imagen evoca un momento de quietud: el poeta contemplando a Kilbo mirando fijamente el agua tranquila, su reflejo fundiéndose con el cielo. Es una visión de pureza e introspección, un alma reflejada en la creación. En el simbolismo del Hyangga, el agua no es solo un espejo del yo, sino también un umbral, la tranquila frontera entre la vida y la muerte, entre lo visible y lo invisible.

«El azul» evoca paz y fugacidad, la forma en que los reflejos brillan y se desvanecen con la más leve ondulación. Habla de la impermanencia de la vida, de la fragilidad de la memoria y del anhelo de preservar lo que el tiempo acabará por llevarse.
Así también yo observaba a mi propio Kilbo contemplar la quietud, con sus ojos tranquilos, curiosos, puros. Y en esa mirada, me veía a mí mismo. Es un misterio cómo un humano y un perro pueden comunicarse tan profundamente sin pronunciar una sola palabra, y sin embargo comprender todo lo que hay que saber. Sin más lenguaje que el amor, todo se comunica: la intención, la emoción, la verdad.
A veces me preguntaba qué pensaba Kilbo cuando me miraba a los ojos, pero en lo más profundo de mi ser ya lo sabía. Sus pensamientos eran sencillos y completos, sin mancha de duda, sin mancha de engaño. En sus ojos habitaban la alegría, la confianza y una pureza de devoción que las palabras nunca podrían expresar. Cuando me miraba fijamente, me sentía visto, no por lo que hacía, sino por lo que era. Cuando estaba triste, enfadado o perdido, él se convertía en mi pilar silencioso. A veces me consolaba con su tranquila presencia, otras veces con implacables lametones de compasión. Sabía cuándo estar cerca y cuándo darme espacio, pero nunca retiraba su amor vigilante.


La naturaleza de un perro es proteger y servir. Dentro de la manada, el más fuerte debe liderar, no a través del dominio, sino a través de la fuerza que da paz. Si el líder vacila, la manada no puede descansar. El perro pone a prueba esta verdad una y otra vez, buscando la seguridad de que es seguro rendirse. Solo cuando conoce la fuerza de su amo puede finalmente descansar en paz.
Kilbo estaba en paz porque sabía que yo lo protegería con mi vida, al igual que yo confiaba en que él haría lo mismo por mí. A través de esto, llegué a comprender algo profundo: la verdadera libertad y la paz se encuentran en la rendición. El mandamiento más frecuente de la Biblia es: «No temáis». Cuando nos rendimos al Señor, a su fuerza, a su voluntad, encontramos descanso para nuestras almas. Kilbo, con su rendición y su confianza, me enseñó lo que significa confiar en mi propio Amo, mi Señor. Así como él descansaba en mí, yo aprendí a descansar en Cristo.
Aunque poderoso y noble, un perro es totalmente dependiente, como un niño que nunca supera la infancia. No puede sobrevivir sin cuidados, protección y amor. A lo largo de los años que pasé cuidando a Kilbo —alimentándolo, paseándolo, bañándolo, limpiándolo— llegué a comprender lo que significa servir y amar incondicionalmente. A veces me preguntaba si, después de todo, él no era el amo y yo el sirviente. No me daba nada material a cambio, pero con su mera existencia me daba todo lo que importa: alegría, compañía y un propósito.
A pesar de no hacer nada para «ganarse» el amor, era amado sin medida, y me di cuenta de que así es como Dios nos ama. No hacemos nada para merecer Su gracia, pero Él nos la prodiga libremente. Como dice la Escritura en 1 Juan 4:19: «Nosotros amamos porque Él nos amó primero».
El amor de Kilbo nunca vaciló. Ya fuera yo amable o severo, estuviera cerca o lejos, su devoción nunca flaqueó. Nunca me reprochó mis fracasos, nunca dudó de quién era yo. A pesar de ser un poderoso dogo argentino, criado para ser fuerte y valiente, era gentil con todas las criaturas. Aunque estaba hecho para cazar, nunca hizo daño. Ladraba solo para proteger, nunca para hacer daño. No vivía para dominar, sino para amar.
En Kilbo, fui testigo de la parábola viviente del amor divino. A través de su fidelidad, vislumbré cómo debemos amar a Dios: con total confianza, sin orgullo ni condiciones. Él amaba perfectamente y, al hacerlo, revelaba mis propias imperfecciones.

Kilbo me enseñó lo que significa amar con el corazón de Cristo: paciente, firme, indulgente. A través de él, aprendí a servir con humildad, a liderar con fuerza y a descansar en la gracia.
Era más que mi compañero. Era un reflejo, un espejo en el agua de mi propia alma. Y aunque su reflejo se ha desvanecido de este mundo, su imagen permanece grabada en la eternidad, en «el azul», donde la memoria y el espíritu se entrelazan. Cuando pienso en la frase «El caballero Kilbo se paró una vez junto al agua, reflejando su rostro en el azul», todavía lo veo, tranquilo, noble, eterno, parado en el límite entre los mundos, con su espíritu claro como el agua y su corazón unido al cielo.
Y cuando ahora miro al agua, no solo veo su reflejo, sino también el mío, unidos por el amor, por la fe, por el vínculo divino que ni la muerte ni el tiempo pueden romper.
«De ahora en adelante buscaré y reuniré en guijarros las profundidades de su mente».



El poeta se arrodilla junto al arroyo, cribando pequeñas piedras, cada una de ellas un fragmento de memoria, un rastro del alma de su amada.
Al recoger piedras, no busca posesión, sino comunión. Cada piedra contiene un susurro de lo que una vez fue, suavizado por el tiempo, moldeado por la corriente, pero perdurable.
Lo mismo ocurre con el dolor: no desaparece, se transforma. Los bordes afilados de la pérdida, con el tiempo, se suavizan con el recuerdo y el amor.
Cuando pienso en Kilbo, yo también me encuentro recogiendo guijarros, fragmentos de momentos que aún brillan en mi memoria: el sonido de sus patas contra la tierra, el peso de su cabeza descansando en mi regazo, el ritmo de su respiración a mi lado durante innumerables noches.
Cada momento es pequeño, pero sagrado, cada uno es una piedra en el lecho del río de mi alma. He aprendido que el dolor, cuando se purifica con amor, se convierte en devoción.
Y la devoción, cuando se ofrece a Dios, se convierte en paz.
Como el poeta de antaño, busco en las profundidades del agua no para encontrar lo que se ha perdido, sino para comprender lo que queda: el reflejo de su espíritu, el eco del diseño divino que habla a través de todos los seres vivos. Porque la mente de Kilbo, aunque sin palabras, era profundamente inconmensurable.
En su silencio había sabiduría; en su mirada, verdad.
Ahora, cuando camino por los ríos y los senderos, veo guijarros brillando bajo la corriente y recuerdo:
cada uno es una oración, un testimonio de un amor que una vez tomó forma y ahora ha vuelto a lo eterno.
En el Evangelio, Cristo dice: «Si ellos callan, las piedras clamarán» (Lucas 19:40).
Así también, las piedras que recojo claman, no con tristeza, sino con alabanza.
Me recuerdan que nada de lo que se ama se pierde verdaderamente. Cada acto de amor, cada momento de devoción, está escrito en el tejido de la creación, tan eterno como el río que da forma a las piedras.
La mente de Kilbo, pura, leal y libre de engaños, reflejaba la naturaleza divina con más fidelidad que la mayoría de los corazones humanos. Al buscar las profundidades de su mente, en realidad estaba buscando la mente de Dios, la tranquila perfección del amor expresada a través de Sus criaturas.
Y así, sigo recogiendo guijarros.
Cada recuerdo, cada lección, cada destello de gracia se convierte en uno.
Los deposito a los pies de mi Señor y, a través de ellos, vuelvo a ver el reflejo de mi más querido compañero: el caballero que caminó a mi lado, que me enseñó la fe sin palabras y el amor sin condiciones.
«Caballero, eres el pino imponente, que desprecia la escarcha e ignora la nieve».
El pino, antiguo centinela de Oriente, permanece siempre verde a pesar de los inviernos más duros. Se dobla, pero nunca se rompe. Es un símbolo de lealtad, valentía y resistencia, inquebrantable ante las tempestades de la vida. En estas últimas líneas de La oda al caballero Kilbo, el poeta no lamenta lo que se ha perdido, sino que santifica lo que perdura: el espíritu de un guerrero que trasciende la decadencia, que se mantiene erguido frente al frío.
Para mí, esas palabras no pertenecen a una época lejana de caballeros y reinos. Pertenecen a mi Kilbo, mi compañero, mi guardián, mi ángel con forma de perro. Era, en todos los sentidos, un pino imponente.
Recuerdo el verano en que comenzó su calvario, cuando tenía apenas cinco años. Una mañana, noté una pequeña zona de piel en carne viva en su costado, nada grave, pensé. Sin embargo, en pocos días, la herida se extendió. Su espeso pelaje blanco, antes inmaculado y orgulloso, comenzó a caerse a mechones. Su piel se agrietó y sangró como si hubiera sido quemada por ácido. La visión me llenó de horror. Lo llevé rápidamente al veterinario, quien lo descartó como un «punto caliente». Me dio pomadas, antibióticos, pero nada funcionó.
Pronto, la infección devoró su espalda, su cola y sus costados. El olor a podredumbre impregnaba el aire. Aun así, Kilbo aguantó en silencio. Nunca gritó. Solo me miraba, con ojos profundos, pacientes y confiados, como si dijera: «Sé que me ayudarás».
La desesperación me llevó a un especialista. Las pruebas no revelaron nada concluyente. «Báñalo a diario con este champú medicado», me dijo. «Es lo único que podemos hacer».


«¿Durante cuánto tiempo?», le pregunté. Ella respondió: «Durante el resto de su vida».
Y así lo hice. No tenía otra opción: era una inmigrante en un país extranjero, no hablaba el idioma y no quería ser una carga para los demás.
Todos los días, en el estrecho cuarto de baño de aquel apartamento, levantaba su cuerpo de más de 50 kilos y lo metía en una pequeña bañera. Las paredes goteaban vapor y agua; los azulejos resonaban con nuestro esfuerzo. Él se quedaba allí, inmóvil, dejándome frotar cada herida. La solución picante le quemaba la piel, pero nunca se resistía, hasta que un día gimió. Solo una vez. Un sonido suave y desgarrador que me destrozó. Lo miré a los ojos y vi lo que no quería ver: dolor. Dolor puro e insoportable.
Esa noche me arrodillé y recé. Le rogué a Dios que tuviera piedad. Que me guiara. Que me diera esperanza.
Entonces recordé que un alumno me había hablado una vez de un veterinario poco ortodoxo en Alemania, un sanador holístico. No tenía nada que perder.
El viaje fue largo: horas en la carretera, bajo la lluvia de verano, con mi leal estudiante acompañándome. Kilbo yacía en el asiento trasero, descansando en silencio, con la respiración profunda y constante. Le hablé suavemente mientras conducíamos, prometiéndole que no me rendiría.
La clínica del médico estaba aislada en una remota zona agrícola, tranquila, llena de una extraña paz. Examinó a Kilbo no solo con máquinas, sino con el tacto, con las manos firmes y los ojos cerrados, sintiendo la energía de su cuerpo. Realizó una terapia de luz, habló de energía y equilibrio, y le recetó un régimen de suplementos naturales.
Le pregunté qué le pasaba.
«Es bueno que salgan las toxinas», dijo. «Si se quedaran dentro, lo destruirían. Esto no es una enfermedad, es una purga. La causa es la misma que envenena a los humanos: los alimentos procesados. Debes cambiarlo todo: lo que come, lo que respira, lo que le rodea. Entonces se curará».
Prometió la recuperación en dos meses. Quería creerle, pero la fe en el hombre nunca está exenta de dudas. Aún escéptica, pero sin otras opciones, seguí sus instrucciones al pie de la letra, día tras día.


Y entonces ocurrió el milagro.
Poco a poco, la piel de Kilbo comenzó a curarse. Las heridas se cerraron, el enrojecimiento desapareció y volvió a crecer un pelaje blanco y fino, suave como la nieve. En dos meses, se recuperó por completo. Fuerte. Radiante. Vivo. Lloré de gratitud, dando gracias a Dios por concederme esta gracia.
A partir de ese día, solo le di de comer alimentos puros y naturales, solo lo que me recomendó este veterinario holístico. Prosperó. Su espíritu parecía aún más brillante que antes, sus ojos llenos de vida y sabiduría. A menudo pensaba en el pino, verde incluso en pleno invierno, y sabía que él lo encarnaba.
Pasaron los años y el tiempo, como siempre, comenzó a cobrar su precio. En una revisión rutinaria el año pasado, el veterinario encontró un pequeño tumor cerca de su estómago. «Es demasiado mayor para una biopsia o una cirugía», dijo con delicadeza. «No hay nada que podamos hacer».
Entonces tenía nueve años, su cuerpo estaba adelgazando, pero seguía siendo fuerte y resistente, solo un poco más relajado y tranquilo. Su alegría nunca se desvaneció. Seguía saludándome con un entusiasmo ilimitado, moviendo la cola y con los ojos brillantes de devoción.
En los últimos meses, sus fuerzas disminuyeron. Perdió peso, sus pasos se ralentizaron, pero nunca se quejó. Aunque su cuerpo se debilitaba, su corazón seguía siendo firme, leal hasta el final.
Luego llegó la última semana. Su salud se deterioró rápidamente. Diarrea, agotamiento, dificultad para respirar. Le cociné pollo hervido y arroz, y le di de comer con la mano. Seguía comiendo, seguía moviendo la cola, seguía mirándome con un amor que trascendía el dolor.
El sábado por la mañana, antes de ir a dar clase, llevé a Kilbo al veterinario una vez más. La ecografía mostró que el tumor había crecido enormemente. También había una hemorragia interna que le hacía parecer hinchado.
Le pregunté a la doctora en voz baja: «¿Cuánto tiempo le queda?». Ella dudó y luego dijo: «Quizás un mes». Pero noté que miraba a mi alumno y, en su lengua materna, el luxemburgués, susurró: «Una semana como mucho... quizás ni siquiera llegue al fin de semana». Me quedé allí en silencio, con el corazón encogido. Luego le pregunté qué debía darle de comer y con qué frecuencia. La veterinaria respondió suavemente: «Dale lo que quiera, todo lo que quiera». Me reí débilmente delante de ella, fingiendo no comprender el peso de esas palabras, pero por dentro estaba destrozada. Eran palabras de despedida, el permiso para una última comida. El reconocimiento de que la muerte estaba cerca.


No podía aceptarlo. No podía imaginar la vida sin él. La idea de su ausencia era insoportable. Mi mente se llenó de todas las cosas que aún tenía que compartir con él: terminar el jardín donde pudiera correr libremente, sin correa y orgulloso; nuestro próximo viaje de snowboard por primera vez a los Alpes italianos; la visita a Roma que habíamos planeado para el año que viene, en su vigésimo quinto aniversario. Todos esos sueños se disolvieron en la fría certeza de que nuestro tiempo juntos estaba llegando a su fin.
Pero tenía que seguir adelante. Tenía clases que impartir. Tenía que mantener la compostura, aunque solo fuera por unas horas más. Dejé a Kilbo y a mi alumna en su casa y luego conduje hasta la escuela. Lloré durante todo el trayecto. Cada curva de la carretera se difuminaba tras las lágrimas.
Durante la clase, me obligué a concentrarme, a estar de pie, a hablar, a enseñar, aunque mi espíritu estaba en otra parte. Enseñaba con el corazón roto, con el peso de la pérdida presionando cada palabra.
En el camino de vuelta, ya no pude contenerme más. Me derrumbé por completo, sollozando mientras conducía por las calles ámbar al atardecer. Cuando llegué, mi alumna y Kilbo me esperaban fuera. En cuanto salí del coche, Kilbo corrió hacia mí con las pocas fuerzas que le quedaban.
Caí de rodillas y lo abracé, sosteniéndolo cerca de mí, con lágrimas inundando mi rostro. Lloré incontrolablemente, todo el dolor, todo el miedo, todo el amor impotente brotando de mí.

Y entonces, por primera y única vez, Kilbo gruñó. Un gruñido bajo y agudo, no de ira, sino de mando. Se apartó y me miró, con ojos firmes e inflexibles.
En ese instante, lo comprendí. Mi debilidad le estaba haciendo daño. Me estaba diciendo que fuera fuerte. Que dejara de llorar antes de que llegara su hora. Que no sintiera lástima por él, sino que lo honrara, como el guerrero que era.
Incluso en sus últimos días, me estaba enseñando.
Me sequé las lágrimas, le acaricié la cabeza con la mano y le dije en voz baja: «Está bien, mi niño. Lo siento».
Me levanté, enderecé la espalda y le prometí que no volvería a llorar delante de él.
Al día siguiente, domingo, me desperté temprano. La casa estaba en silencio, pero mi corazón estaba apesadumbrado por lo que sabía que tenía que suceder. Kilbo yacía tranquilamente junto a mi cama, con una respiración superficial pero constante. Cuando lo miré a los ojos, lo vi: él lo sabía. Siempre lo supo.
Esa mañana, recé mucho y con intensidad. Le pedí a Dios misericordia, fuerza y comprensión, no para mí, sino para Kilbo. Recé para que no dejara sufrir a mi querido compañero, para que se lo llevara con delicadeza cuando llegara el momento y para que yo tuviera el valor de dejarlo marchar.
Más tarde ese mismo día, fui al mercado. Quería darle a Kilbo un festín, su última comida, aunque me costaba mucho pensar en ello de esa manera. Compré el filete más grueso y jugoso que pude encontrar, uno que nunca le habría dado antes ni que

habría comprado para mí, lo cociné a la perfección y se lo serví en una bandeja de plata, como en un banquete real.
Me senté frente a él con el plato y sus ojos se iluminaron por primera vez en días. Movió ligeramente la cola y le di de comer con la mano, trozo a trozo, y él comió con tal alegría, saboreando cada bocado como si supiera que era el último regalo que le daba. Verlo comer me llenó de paz y tristeza: paz por poder darle este último consuelo y tristeza por saber que significaba que el final estaba cerca.
Luego le di el hueso y, por un breve y fugaz instante, volvió a ser él mismo: el Kilbo orgulloso, fuerte y juguetón que siempre había conocido. Sus ojos se iluminaron, movió ligeramente la cola y, en ese instante, me permití creer. En algún lugar recóndito de mi mente, una frágil esperanza susurró: «Quizás esté bien. Quizás se pondrá bien».
Pero esa ilusión se rompió tan rápido como llegó. Momentos después de quitarle el hueso, empezó a tener arcadas, unas arcadas secas y agudas que rompieron el silencio, y luego vino la sangre. Oscura, espesa, definitiva. Verla me golpeó como

una puñalada en el pecho. Mi corazón se hundió al darme cuenta de la verdad que había estado luchando por negar: mi guerrero, mi compañero incondicional, se estaba apagando.
Después, nos sentamos juntos en la quietud de la tarde. La casa estaba en penumbra, el aire en calma. Él apoyó su gran cabeza en mi regazo y yo le acaricié el pelaje lentamente, sintiendo su calor, memorizando el ritmo de su respiración. Cada momento se sentía sagrado, como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo se hubiera desvanecido, dejando solo a nosotros dos.
A última hora de la noche, su respiración se volvió superficial. Apenas podía moverse, pero seguía mirándome con esos mismos ojos llenos de lealtad, fuerza y amor, la misma mirada que una vez se cruzó con la mía en cada paseo matutino, en cada sendero de montaña, en cada largo viaje por carretera.
Le susurré suavemente: «No pasa nada, chico. Ya has hecho suficiente. Ahora puedes descansar».
Pero Kilbo aguantó. Estaba esperando, esperando a que yo le dejara ir. Esperando el permiso para marcharse. Era como si su espíritu se negara a partir hasta saber que yo podía soportarlo.
Hacia las dos y media de la madrugada, ya no pude soportar más verlo sufrir. La habitación estaba envuelta en un silencio sepulcral, solo roto por sus respiraciones superficiales. Entonces, sin previo aviso, tomó una larga y temblorosa bocanada de aire y se giró suavemente sobre su espalda. En ese instante, lo supe. Había llegado el momento.
Aun así, Kilbo reunió fuerzas para levantarse solo y caminar hasta el coche sin mi ayuda. Incluso en sus últimos momentos, se comportó con una serena dignidad: orgulloso, firme e inquebrantable hasta el final.
Condujimos a través de la silenciosa noche lo más rápido que pudimos hacia la única clínica de urgencias abierta las 24 horas. Incluso allí, Kilbo encontró la fuerza para salir del coche por sí mismo. Aunque nunca había estado en ese lugar, intuí que comprendía por qué habíamos venido. Con una calma resuelta, caminó delante de mí hacia la puerta principal, firme, silencioso y seguro, como si estuviera preparado para afrontar lo que le esperaba.
En la clínica, el médico confirmó lo que yo ya sabía: no había nada más que hacer. Lo asentí en silencio. Mi cuerpo temblaba, pero lo abracé con fuerza, sintiendo el latido de su corazón contra el mío.
Incluso entonces, Kilbo estaba tranquilo. Su cuerpo era frágil, pero su espíritu permanecía inquebrantable. Me miró por última vez, con los ojos aún brillando con esa misma fe inquebrantable. Entonces, al empezar a hacer efecto la medicina, se relajó. Su mirada se suavizó y apoyó la cabeza en mi brazo.
En ese último instante, me dio un último regalo: la paz.
Su respiración se hizo más lenta. Cerró los ojos. Y con un suave suspiro, se durmió, no con miedo, no con dolor, sino en perfecto silencio.
Me quedé allí, abrazándolo, mucho después de que se hubiera ido. La habitación estaba en silencio, salvo por mis
sollozos que resonaban suavemente contra las paredes. Mi alumno lloraba a mi lado.
Incluso muerto, Kilbo parecía fuerte, como el pino imponente que desafía las heladas e ignora la nieve. El mismo espíritu que me había sostenido en mis años más oscuros ahora era libre.
Susurré entre lágrimas: «Fuiste mi guerrero, mi maestro, mi guardián, mi amigo. Fuiste mi Kilbo».
Y en ese momento, comprendí el significado final del poema:
«Caballero, tú eres el pino imponente, “Que desafía las heladas e ignora la nieve”».
Había soportado todas las adversidades, todas las tormentas, sin quejarse. Vivió y murió con dignidad, con amor y con fe.
Kilboera más que mi perro. Era mi ángel, mi recordatorio de la misericordia y la gracia de Dios. A través de su vida, aprendí a amar incondicionalmente, a servir desinteresadamente, a perseverar sin miedo y a entregarme sin vergüenza.
Era la encarnación del espíritu Hwarang: leal, valiente, de corazón puro, y el reflejo del amor divino mismo.
He vivido más de diez años: diez años de lealtad, alegría y amor incondicional. Aquel verano, como guiado por la voluntad divina, vio por última vez a todos los que lo amaban. Mis padres, mi familia, mis alumnos: todos se habían reunido para nuestro evento anual. Kilbo los saludó con serena dignidad, moviendo la cola débilmente pero con orgullo. Se mantuvo firme hasta cumplir con su deber, hasta que su círculo se completó.
Incluso una semana antes de su muerte, cuando mi alumno de más de cuarenta años vino a visitarme desde Alemania, Kilbo caminó a nuestro lado, despacio pero con determinación, sin importarle la helada. y la nieve dentro de su propio cuerpo.
Él era el pino imponente.
A través de él, aprendí el significado del amor puro, de la fe inquebrantable ante el sufrimiento, de la fuerza que sirve sin orgullo. Me enseñó a rendirme, no en la derrota, sino en la devoción. Me mostró que el amor, en su forma más pura, es servicio.
Él fue mi ángel guardián en carne y hueso, enviado por Dios para guiarme, para enseñarme compasión, paciencia y humildad. Y cuando su misión se cumplió, regresó a casa.
Le agradezco a Dios por habermelo prestado a él. Por permitirme caminar junto a un alma tan noble. Mi corazón está roto, pero sé que el pino no se marchita; solo muda sus agujas para renacer.
Ahora, mientras camino solo, aún siento su presencia a mi lado, en cada brisa que roza mi mano, en cada luna que se abre paso entre las nubes y cuando llegue mi propio invierno, más allá de esta vida, lo buscaré y lo encontraré de nuevo: mi blanco y majestuoso ángel, sé que me estará esperando, erguido bajo la eternidad. Pinos del Cielo.
Descansa en paz, mi amado Caballero Kilbo. Hasta que nos volvamos a encontrar.
¡Hwarang por siempre!



El Arte de la Guerra consiste en evitarla, pero a la mayoría de los seres humanos no les interesa el Arte

Es difícil vivir en este país y muy fácil morir en él, una frase que se repite en muchas zonas de conflicto. ¿Es posible vivir según el concepto de *Amor Fati* —«amor al destino»— aceptando todo lo que nos depara la vida, tanto lo bueno como lo malo?


Consideremos una historia: unos soldados entraron en un pueblo y agredieron a las mujeres. Una mujer se resistió, mató a un soldado y salió con su cabeza en las manos. En lugar de celebrar su valentía, las otras mujeres la condenaron.
Temían que sus maridos les preguntaran por qué no se habían resistido. La asesinaron. Mataron el honor para que la vergüenza pudiera vivir. Esto refleja la corrupción actual, donde se silencian las voces honestas para preservar un statu quo corrupto.
El mundo se prepara para la guerra para ocultar su corrupción. Los presupuestos de defensa aumentan; el arma colgada en la pared está condenada a disparar. A medida que desaparece el diálogo, la fuerza sustituye al discurso. Las naciones desvían fondos de la tecnología, el desarrollo y el bienestar hacia las armas. Mientras muchos anhelan evitar el conflicto, la maquinaria de la guerra crece.
La generación más joven, criada lejos de la guerra, crece en un mundo liberal e impulsado por el consumo. Sin embargo, manos poderosas los manipulan con los mismos tres desencadenantes: el odio, el miedo y el consumo. «El desierto nos enseña más sobre el agua que el océano».

Cuando algo es abundante, lo damos por sentado. La escasez despierta la atención, la gratitud y la comprensión. La paz se subestima hasta que se pierde. El amor se siente más fuerte en su ausencia. El silencio enseña más que el ruido. Pero perder la paz nos deja en un desierto. El comportamiento humano muestra lo fácil que es que las personas se vuelvan crueles. Hace sesenta y dos años, los experimentos de obediencia del Dr. Stanley Milgram revelaron que la mayoría de los participantes estaban dispuestos a infligir descargas eléctricas potencialmente mortales a otras personas simplemente porque una autoridad les ordenaba hacerlo. Inspirado por la defensa de Eichmann de «solo obedecer órdenes», Milgram demostró que las personas comunes, bajo presión, cometen actos inmorales. Dos tercios de los participantes llegaron al nivel más alto de «descargas eléctricas» a pesar de los gritos y las súplicas.
Este escalofriante resultado condujo a reformas globales en la ética de la investigación.

Aproximadamente una década más tarde, el Experimento de la Prisión de Stanford de Philip Zimbardo obtuvo resultados similares. Estudiantes comunes, asignados como «guardias», rápidamente mostraron un comportamiento sádico hacia los «prisioneros». Ambos experimentos muestran lo delgada que es la línea entre una persona normal y una capaz de cometer actos crueles bajo la autoridad o la presión social. Nos recuerdan la importancia de la responsabilidad moral, la democracia y la educación.

La clase estalló en frustración. La profesora preguntó: «¿Había brujas de verdad en Salem o la gente simplemente creía lo que le decían?».
La lección: el miedo por sí solo divide a las comunidades. Las etiquetas cambian —liberal, conservador, a favor de esto, en contra de aquello—, pero las tácticas siguen siendo las mismas. Hacer que la gente tenga miedo. Haz que sospechen. Divídelos. El peligro no es la «bruja», sino el rumor, la sospecha, la mentira sembrada. Rechaza los
Otra historia ilustra cómo el miedo divide: una profesora dijo a su clase que iban a jugar a un juego. A cada niño se le dijo en secreto que era una «bruja» o una «persona normal». El objetivo: formar el grupo más grande sin brujas. La sospecha se extendió al instante. Se formaron grupos, se dividieron y excluyeron a cualquiera que fuera dudoso. Al final, nadie levantó la mano como bruja, porque no había ninguna.

rumores. No entres en el juego. En el momento en que empezamos a cazar «brujas», ya hemos perdido.
Mi viaje a EE. UU.: Sensei en la Gran Manzana
Al regresar de Estados Unidos, me di cuenta de algo interesante: América y «EE. UU.» no siempre son lo mismo. La idea de América con la que crecemos, llena de sueños, libertad y energía, a veces parece diferente de la vida cotidiana que realmente viven allí las personas. Sin embargo, durante mi estancia, tuve la oportunidad de vivir como un estadounidense, rodeado de amigos, humor y nuevas experiencias que me recordaron lo mucho que puede cambiar la vida para todos nosotros. Una frase que escuché a menudo me hizo sonreír: «Le faltan unas patatas fritas para completar su Happy Meal». Es una expresión divertida, ligeramente burlona, que se utiliza para describir a alguien que quizá no piensa con claridad o que parece un poco excéntrico. Pertenece a una familia de expresiones similares, como:
- «Le faltan algunas cartas para completar la baraja».
- «No es el más listo del grupo».
- «Le falta un bocadillo para completar el picnic».
Estas expresiones desenfadadas muestran cómo los estadounidenses suelen utilizar el humor para lidiar con la

imperfección. La imagen del Happy Meal es especialmente divertida: si faltan las patatas fritas, está incompleto, al igual que alguien que está «un poco fuera de lugar». Esta frase, y muchas otras similares, me enseñaron cómo el humor puede conectar a las personas, incluso cuando provienen de entornos diferentes.
Mi viaje esta vez combinó la enseñanza y el aprendizaje. Comenzó con un curso de vigilancia y contravigilancia, que reunió a artistas marciales, profesionales de la seguridad y estudiantes de muchos ámbitos diferentes. Algunos participantes trabajaban en el campo de la seguridad, mientras que otros procedían del mundo de las artes marciales, pero todos compartíamos la misma pasión por la disciplina, la conciencia y el crecimiento personal.
Me acompañaron viejos amigos y alumnos que me apoyaron durante el curso. Un antiguo alumno, ahora instructor en la Academia de Policía de Rochester, aportó valiosas ideas sobre la ley, la responsabilidad y los límites legales que rodean la vigilancia. Fue muy enriquecedor debatir cómo aplicar estas habilidades de forma eficaz sin traspasar los límites éticos o legales. El curso combinaba la enseñanza en el aula con ejercicios prácticos en entornos reales: en las calles, en los mercados y en los centros comerciales. Fue magistralmente organizado por Chris Cotter, un experto en ciberseguridad y seguridad física que ha pasado más de 15
años perfeccionando su oficio. Chris también se entrena con el profesor John Machado en jiu-jitsu brasileño (BJJ), al tiempo que mantiene una formación diversa que incluye silat, judo y krav magá.



El siguiente taller tuvo lugar en Lynchburg, Virginia, con los instructores invitados Shihan David Melker y su hijo Sensei Regev Melker. Shihan Melker, que también es un talentoso chef, nos obsequió con un inolvidable almuerzo israelí que reunió a todos alrededor de una mesa. Las sesiones de entrenamiento se centraron en la integración de la defensa contra cuchillos y armas de fuego, el jiu-jitsu y el Krav Maga, combinando la precisión técnica con el espíritu de cooperación.
Uno de los momentos de mayor orgullo para mí fue entregar un cinturón negro de jiu-jitsu brasileño a Sensei Bruce Rubenberg en nombre del profesor John Machado, quien se unió a nosotros en directo a través de Zoom para dar su bendición. Bruce es un respetado artista marcial y propietario de un próspero dojo con un fuerte sentido de comunidad. Sus alumnos se trataban como una familia, reflejando lo mejor de la cultura de las artes marciales: respeto, humildad y crecimiento mutuo. Ver la armonía entre los instructores, cada uno con su propia experiencia y estilo de enseñanza, fue como escuchar una sinfonía en la que cada instrumento añadía su propio tono.
Uno de los momentos más destacados del viaje fue impartir otro gran curso de vigilancia y contravigilancia, esta vez para más de 40 alumnos, incluidos participantes internacionales de Grecia que se unieron a nosotros a través de Zoom. Fue una experiencia increíble ver tanto entusiasmo y curiosidad por un tema que combina la conciencia mental y física.
Gracias a la experta coordinación de Chris Cotter, los ejercicios se desarrollaron sin problemas, tanto a pie como en vehículos. Ver a los alumnos desarrollar habilidades de observación más agudas y trabajo en equipo en tiempo real me recordó por qué enseñar es tan gratificante: no se trata solo de técnicas, sino de despertar la conciencia.


Otra parada significativa fue la visita al Shoshin Dojo, dirigido por Shihan Chris Shabaz y Kaicho Jose Rivera. Actualmente estamos trabajando juntos en un nuevo artículo sobre el Shoshin Dojo y mi larga colaboración con ellos. Reencontrarme con estos profesores fue como volver a conectar con mi familia; años de amistad y respeto mutuo han creado fuertes lazos entre nosotros.
El último taller de mi viaje tuvo lugar en la Gracie BJJ School de Victor, Nueva York, bajo la dirección del profesor John Ingalina. Compartimos el tatami con el profesor Paul Colon, mezclando Machado y Gracie Jiu-Jitsu, Krav Maga e Integrated Jiu-Jitsu en un intercambio que se asemejaba casi al jazz: cada instructor se turnaba para dirigir, improvisar y complementar a los demás.
Para mí fue un reencuentro muy alegre. Hace años, el profesor Ingalina y yo éramos vecinos, nuestros dojos estaban a solo 50 metros de distancia: él enseñaba karate y yo enseñaba BJJ. Tanto él como Paul Colon habían comenzado su viaje en el jiu-jitsu conmigo, y ver lo lejos que han llegado como profesores y mentores me llenó de orgullo. Su éxito es un recordatorio de lo que realmente son las artes marciales: compartir conocimientos y ver cómo crecen en los demás.
Reflexiones
Este viaje fue más que una serie de seminarios; fue un reencuentro con viejos amigos, un intercambio de culturas y un recordatorio de cómo las artes marciales pueden acortar distancias. Desde Nueva York hasta Virginia, desde las aulas hasta los ejercicios en la calle, cada momento me enseñó lecciones sobre la humildad, la concentración y la conexión.

Mientras espero con ilusión publicar nuevos artículos sobre Shoshin Dojo y el profesor John Ingalina, me llevo conmigo no solo los recuerdos de un gran entrenamiento, sino también las risas, la amistad y la inspiración que hicieron que este viaje fuera especial. Puede que Estados Unidos esté lleno de contrastes, pero una verdad sigue siendo clara: dondequiera que los artistas marciales se reúnan con el corazón abierto, ya estamos en casa.





Los extremos de Japón. Okinawa y el Karate, Hokkaido y los Hagumo, las sombras foráneas del Japón misterioso.
Japón y su cultura se extienden y definen entre dos mundos geográficamente y culturalmente sitos en los extremos. Por un lado en el norte la isla de Hokkaido y por otro lado en el lejano sur, la isla de Okinawa. Ambos extremos comenzaron a formar parte de Japón en su expansión. Toda nación necesariamente encontrada su identidad tiende a convertirse en imperio siempre que posea las fuerzas expansivas suficientes. La cultura central de Japón se vertebra a partir de los Yamato. Esta etnia actualmente supone la mayor parte del componente genético de los japoneses, fue entrando en diferentes oleadas desde el sudeste asiático, trayendo consigo importantes logros como el cultivo del arroz. Las tribus originarias de Japón poseían características muy variadas resultado de anteriores inmigraciones de tiempos prehistóricos y se organizaron en grupos muy desarrollados como los Emishi. Muchas de estas tribus ante la presión de los Yamato se dirigieron al norte, mezclándose con los naturales habitantes de la zona, la mayoría de ellos con una preeminencia genética caucásica, caracterizada por el pelo largo, abundantes barbas, gran tamaño, etc… tribus y culturas como los Ainu y otras, con un componente genético unido a los mongoles, y a tribus de las estepas rusas y siberianas.

En la época del shogunato aparecen ya informaciones que hablan de estas culturas a través de jesuitas como De Angelis, que visitan el norte de Japón y hablan de tribus de hombres cazadores, fuertes nómadas no apegados a las propiedades, de espíritu libre y que eventualmente comerciaban con los japoneses, quedando empero fuera del alcance de su control, no siendo consideradas entonces esas zonas como parte de Japón.
En ese contexto se concolidan culturas como la de los Hagumo, conocidos por los japoneses como los Shizen, “los naturales”, una cultura que surge en el siglo XII entorno a cuatro aldeas Tayo, Yama, Kawa, y Yabu, con un idioma y cultura propias que han llegado increíblemente vivas y en secreto hasta nuestros días. Las aldeas y su isla fueron finalmente conquistadas militarmente, pero la cultura y sus componentes supieron permanecer incolumes pese a mezclarse con los japoneses, siendo un punto de influencia silencioso esencial en el devenir de Japón actual. Especialmente, su conocimiento de lo invisible (el e-bunto, llamdo Ochikara por los japoneses), influyó inmensamente en la cultura japonesa, siendo hasta hoy en día una tradición secreta que pasa de Maestro a alumno.
Sus artes de combate feroces y pragmáticas conocidas como Uchiu Shizen, incluyen técnicas de combate con piedras en la mano, contra guerreros con armadura, técnicas de ataduras con sogas o rompimiento de extremidades y huesos y que en España y Europa sólo son enseñadas por el Shidoshi Jordan Augusto en Valencia, <Shidoshijordan@gmail.com> un tesoro vivo de estas tradiciones. En su posterior mezcla con los japoneses perfeccionaron sus formas de combate hasta la excelencia, haciendo de esta escuela (Kaze no Ryu, “la escuela del viento”) una de las escuelas antiguas mas potentes de nuestros días y que incluye técnicas de Ju jutsu, Aiki ju jutsu, Naginata Jutsu, Yari, Shuriken, etc etc… Los Yamato nunca han brillado por su creatividad, son magníficos copiadores y excelentes y minuciosos perfeccionadores de técnicas, siendo capaces de apropiarse y hacer suyo lo ajeno, como han demostrado con la cultura occidental al ser derrotados tras las segunda guerra mundial. El milagro económico japonés es una prueba de estas habilidades. En Okinawa, la Andalucía de Japón, unas islas septentrionales de clima cálido, se formó una cultura muy distinta a la japonesa. Aun hoy en día, sus gentes son mucho mas relajadas, y poseen una salud extraordinaria, produciendo algunos de los humanos mas longevos del mundo. Okinawa y Hokkaido: Okinawa

Shidoshi Jordan Augusto “Yamori Kawazuki” Heredero de la tradición marcial y espiritual (e-bunto) de Kawazuki en Hokkaido

La cultura de Okinawa se conforma por su cercanía a través de una gran influencia de China. Los Okinawenses eran agricultores robustos, y aguerrido acostumbrados a una naturaleza selvática. Por ello tras la invasión de los Yamato y la caída del reino de Okinawa, se restringió allí por ley el uso de armas, ¡limitando incluso el uso de los cuchillos de cocina! Feliz acontecimiento que a la postre permitió el nacimiento del kobudo, entrenamiento con aperos de labranza como el Nunchaku, usado para batir el trigo en la trilla y separar la espiga de la paja, o el Eku el remo, el Bo, un simple palo, el Timbei, un escudo hecho con caparazón de tortuga, y por supuesto el perfeccionamiento de la lucha sin armas, que existía entonces con el nombre de To-te o To-de, y que está en la génesis misma del Karate moderno.
Gichin Funakoshi fue el sistematizador de esta forma de combate con golpeos y pateos que hoy en dia se ha popularizado por todo el planeta, pero para hacerlo tuvo que “japonizar” la tradición Okinawense, incluso renombrar su arte con kanjis japoneses, jugando con un sentido ambiguo, que le llevó a llamarlo Karate, entendido como “mano vacía” (el vacío del kanji es frecuentemente interpretado como una posición espiritual, si bien expresa en primera instancia el hecho de que no hay armas).
La influencia del Karate es pues muy China y dichas bases se hacen patentes en tratados como el Bubishi, en el que se enseñan los puntos vitales del cuerpo humano a partir del conocimiento anatómico propio de los chinos (meridianos de energía, etc). Sus formas mas antiguas poseen concomitancias con formas de animales de Sur de China y muchos de sus kata, están inspirados en movimientos de animales, algo propio del Kung Fu. Sus ejercicios respiratorios en las formas de estilos como el Goju Ryu, hacen patente esta influencia en formas como Ten Sho, San Chin o Suparimpei.


Funakoshi, al ser maestro de escuela, es decir al saber escribir el japonés (de hecho el era conocido como “Shoto” nombre con el que firmaba sus poemas! De ahí el nombre de Shoto-kan, -kan es casa- osea, ¡la casa de SHOTO!) supo hacer esa transición. Muchos de los maestros de la época eran iletrados, y si tal vez pudieran ser mas competentes a nivel de combate, no pudieron superar el muro de sus limitaciones al lidiar con la cultura dominante en esa época, la japonesa.
La vedadera eclosión del Karate deviene en el momento en que Japón estalla como potencia mundial, y con él todo lo japonés adquiere gran relevancia cultural, si bien muchos maestros antes de este momento ya habían enviado representantes a todas parte del mundo. El karate, empero, adquiere su puesto en la escena mundial por sus propios valores, encantando a los occidentales, por su sistematización y pedagogía capaz de ayudar a sus estudiantes a ganar no solo confianza y salud, sino también foco concentración, respeto y altura de miras, llevando la idea del entrenamiento como un camino de perfeccionamiento del carácter, que ya en su génesis Funakoshi estableció con gran criterio en sus famosos dictados (dojo kun). Hoy en día todo ello parece lejano, pero aquel que quiera profundizar en la esencia de lo japonés y del Karate, necesita comprender que todo ello influyó en el alma del Japón actual tan admirado.
Desde el norte los Hagumo influyeron en la cultura y la espiritualidad japonesa, afectando en ella a través de múltiples puntos, no siendo extraño tampoco en las artes marciales japonesas; el propio fundador del Aikido Ueshiba Morihei, a través de la secta Omoto Kyo, tuvo cierta conexión con algunos de los conocimientos, como el uso del concepto de Tengu, propio de los Hagumo, conocidos como el pueblo de Tengu, siendo este un término con concomitancias con las culturas mongoles (sus divinidades eran conocidas como Tengri).



Los cultos a Karassu Tengu extendidos por todo Japón son también resultado de la herencia Hagumo, si bien mal entendidas en general y de forma supersticiosa por los japoneses, adquieren luz y definición clara en la cultura del e-bunto.
Tanto Okinawa como Hokkaido a través de Karate y del Kobudo o de la espiritualidad Shizen, sostienen e influyen en la forma de ser del Japón moderno mas allá de lo que los legos en la materia podrían imaginar; conocerlas es profundizar en el alma oscura de Japón, en sus antiguas costumbres que dieron lugar a la realidad amalgamada y poliédrica del misterio del Japón moderno que ha conquistado el mundo.

Graficos japoneses representando a los Tengu, la herencia de los Hagumo penetró profundamente la tradicion de Japón.




«Tus fuerzas naturales, las que están dentro de ti, serán las que curarán tus enfermedades».
Hipócrates
«Los hombres deberían saber que es del cerebro, y de ningún otro lugar, de donde provienen las alegrías, los placeres, las risas y las diversiones, así como las tristezas, los desánimos y los lamentos».
Hipócrates
«Los enfermos deben tener dos hábitos: ayudar o, al menos, no causar daño».
Hipócrates
Dada la creciente demanda de los beneficios de la medicina oriental, se ha hablado mucho al respecto. Cuando lancé mi primer libro sobre medicina oriental a principios de la década de 2000, Shogo - Os Caminhos do Corpo (Shogo - Los caminos del cuerpo), en la Universidad de Medicina del Estado de Goiás, pude percibir una terrible desinformación sobre el tema y, lo que es peor, leyendas absurdas que terminan desacreditando dicho estudio. Creo que el problema comenzó con la constante temática: traducción y versión.


Actualmente, muchos médicos se han interesado por la práctica de la medicina oriental, especialmente por la acupuntura. En la escuela de mi profesor, Ogawa Sensei, estudiamos durante ocho años hasta poder ejercer con seguridad dichos conocimientos. Lamentablemente, también se constata que el mundo está repleto de cursos de fin de semana que animan a profesionales inseguros a trabajar en este campo.
Cuando me pidieron que escribiera Shogo, me di cuenta de que mi contribución principal sería desmitificar muchas cosas que existen por ahí. A continuación, explicaré de forma sencilla algunos principios interesantes.
La medicina tradicional china y la acupuntura tienen más de 5000 años. Sus principios de actuación no se confunden con la medicina occidental. El tratamiento mediante acupuntura es vibracional y psicosomático, y está destinado a la totalidad del individuo. Actúa junto con la causa del problema vigente, empleando para ello diversos modos de acción.
La acupuntura se introdujo en Occidente en los siglos XIX y XX. Sin embargo, los conocimientos difundidos al respecto a través de los medios de comunicación o de diversas publicaciones son, en ocasiones, tan incorrectos que llegan a comprometer la imagen de esta especialidad médica, además de interferir en el buen tratamiento. A continuación se presentan algunos ejemplos de estas ideas FALSAS.
· La acupuntura cura el SIDA.
· La acupuntura corrige los senos.
· La acupuntura mata el hambre y sustituye una buena comida.
· Un determinado punto de acupuntura aumenta el rendimiento en el aprendizaje de las matemáticas
· Las agujas utilizadas en el tratamiento no requieren esterilización posterior porque tienen «energía propia».
· La acupuntura cura un cáncer generalizado.
· La acupuntura se está utilizando en África para curar el «Ébola»
Al final, nos vemos obligados a convivir con absurdos de esta naturaleza.
En pocas palabras, podemos decir que el ser humano forma parte de la naturaleza, es una pequeña unidad del universo y su estado de salud está íntimamente relacionado con el medio ambiente. Este es el principio básico de la acupuntura practicada por los chinos desde hace 5000 años. Se trata de una ciencia experimental cuyo objetivo es curar enfermedades y equilibrar el organismo. Inicialmente se practicaba presionando algunas regiones del cuerpo mediante instrumentos contundentes como astillas de piedra, espinas de pescado, etc. Fue alrededor del siglo VII a. C. cuando se introdujeron metales como el oro, la plata, el latón y el hierro, anteriores a las actuales agujas de acero inoxidable.
Del siglo IV a. C. se conocen los primeros registros de la sistematización de la filosofía de vida en la Antigüedad china, que tiene en cuenta la observación de los fenómenos naturales en la orientación de la conducta humana, resumiéndose en dualidad/día-noche, calor/frío, expansión/contracción.
Estos conceptos filosóficos se incorporaron a la medicina de la acupuntura, explicando así las causas de las enfermedades y el mecanismo de curación. Los primeros libros que se tienen en cuenta sobre el tema son los dos volúmenes de «Huan Di Nei Ching». Basándose en el sustento técnico que recibió de estos libros, la acupuntura evolucionó notablemente, perfeccionándose cada vez más.


Más tarde, en el siglo V, la acupuntura se llevó a Corea y, dos siglos después, a Japón. En el siglo XVII, el concepto de la medicina se tradujo y se llevó a Alemania y Francia, donde influyó fuertemente en las especialidades de la homeopatía y la medicina con hierbas que, al igual que la acupuntura, tienen supuestos muy arraigados en la cultura popular. Ejemplos: «La migraña es causada por problemas en el hígado» o «El malestar implica una disfunción de la vesícula» o «El mareo se debe al calor de la sangre en la cabeza».
Las observaciones de los antiguos chinos sobre la alternancia entre el día y la noche, el olor y el vacío, la luz y la oscuridad, etc., llevaron a la concepción de la teoría de los opuestos Yin y Yang, dos fuerzas complementarias. Yin corresponde al frío, la humedad y la inmovilidad, y Yang al calor, la movilidad y el aspecto «seco». En el organismo, Yin es el cuerpo físico y Yang es la mente. Para alcanzar la salud en armonía, el Yin y el Yang deben estar en equilibrio, es decir, el cuerpo y la mente deben estar sanos. Por el contrario, cuando el Yin y el Yang están en desequilibrio, el ser humano estará enfermo.
Según esta teoría, en invierno o en la época de lluvias, el frío (Yin) obstruye la circulación sanguínea, aumentando los dolores. Una de las técnicas utilizadas por la acupuntura es la moxibustión o quema de moxa, un tipo de fibras que se forman tras el secado de la planta artemisia. Al producir calor (Yang) local, neutraliza el frío (Yin) y restablece el equilibrio.
Una diferencia singular entre la forma de pensar china, cuando se compara con la occidental, se refiere a su carácter sintético, mientras que sabemos que la nuestra se articuló, en términos generales, con un carácter analítico. Mientras que en Occidente las primeras manifestaciones filosóficas se mostraron vinculadas a la definición o intelección de lo que es el Ser (lo que dio lugar, incluso, a aquellas aprensiones en torno a la idea de Estática e Inmovilidad), el pensamiento chino se ocupó, sobre todo, de la percepción y la comprensión de las manifestaciones de la Naturaleza, tratando de extraer enseñanzas de ella. En este sentido, la idea de Mutación, expresada por el ideograma «I» en el nombre del libro «I Ching», constituye uno de los pilares de la forma china de conjeturar y filosofar, observable en todos los ámbitos de sus creaciones intelectuales. En esta forma de entender, «el ser humano, en particular, no vive separado del resto del universo, sino en armonía con él. Desde el macrocosmos hasta el microcosmos, las mismas leyes rigen la vida y la muerte y expresan el principio universal: el Tao».

«La curación está ligada al tiempo y, a veces, también a las circunstancias».
Hipócrates
Si hablamos de energía KI, porque en el tipo de medicina que estudiamos también hablamos de tensión, esta, como se observa, puede entenderse en dos niveles: representa, por un lado, el «Uno», el caos original concebido como Soplo sin organización ni dirección, de donde se originará la doble articulación de Yin y Yang, los principios polares y complementarios que le proporcionarán el primer impulso de manifestación. El Yin y el Yang, por otro lado, producen los tres Sopros o energías fundamentales: lo puro, lo impuro y la mezcla de ambos que, al amalgamarse, constituirán el Cielo, la Tierra y el Hombre.
Como advierte J. Schatz, «para los antiguos, la envoltura del cielo y la tierra, el cielo y la tierra, el intervalo cielo/tierra y todos los seres que allí tuvieron una morada efímera forman solo un montón de soplos, sin interior, sin límites, salvo los precarios y relativos».
El cuerpo, en el sentido taoísta, refleja en su interior la misma topología aprehendida del exterior: montañas, valles, ríos, lagos, llanuras y estuarios, conformando no solo los accidentes del medio ambiente resultantes de las manifestaciones del Ki, ya sea en sus aspectos Yin o Yang, sino, en la misma medida, en el organismo humano, que surgirá configurado con una topología similar. Razón por la cual los puntos de acupuntura se nombrarán de acuerdo con esta paridad, por lo que representan en cuanto a ubicación e influencia, ya sea en la superficie o en el interior de las estructuras corporales.
Para conocer al hombre, por lo tanto, a partir de estas concepciones cosmológicas, hay que estar atento a su propia naturaleza y a la naturaleza circundante, el medio ambiente que nos sustenta y nos alberga; ya que el microcosmos (el hombre) es una representación diminuta de todo el Universo (macrocosmos), regido por las mismas leyes y sometido a la influencia de los mismos fenómenos.
Para comprenderlo, lo mejor sería sumergirnos en el pensamiento de su creador, Lao Tse. El problema es que sabemos muy poco sobre quién fue Lao-Tsé (o Lao-Tzu). El registro más antiguo que aún existe sobre el Viejo Sabio data del año 100 a. C., es decir, más de 300 años después de la muerte de Lao-Tse (aunque poseemos varios fragmentos con versos del Tao Te King aún más antiguos que los textos que tratan sobre la vida del Viejo Sabio). Según un antiguo libro chino




llamado «Apuntes históricos» (Shi Chi), escrito por un historiador imperial de la época de la dinastía Han, el nombre real de Lao Tse sería Erh Dan Li. Habría nacido en los confines del sur de China, en un estado considerado atrasado en aquella época, llamado Ch'u, alrededor del año 604 a. C.
De una forma u otra, podemos decir que el taoísmo se presenta como un enfoque místico (en el sentido real del término, y no en el sentido vulgar en que lo vemos empleado con frecuencia en los medios de comunicación), que busca recuperar el contacto entre el hombre y el entorno natural y trascendente que lo rodea, retomando el conocimiento intuitivo y profundo que se encuentra en el alma misma del hombre y que a menudo se ve ofuscado por la fragmentación del conocimiento racional convencional, cada vez más «fragmentador» y cada vez más fragmentario.
Reconociendo que la técnica de la racionalidad, aunque válida en ciertos aspectos, es limitante y ansiogénica —por exponer siempre más y más cuestiones que llevan a otras cuestiones, en un proceso de corte y fragmentación cada vez mayor que nos lleva a perder la visión del conjunto—, el taoísmo es un camino que busca equilibrar las dos alas del hombre: el conocimiento intelectual y el intuitivo, la razón y la emoción.
Los taoístas lograron tener una profunda percepción dinámica de la naturaleza, muy similar a la que los físicos modernos han ido formulando, y extraordinariamente similar a los preceptos formulados por el filósofo griego Heráclito casi en la misma época que Lao Tse, es decir, que la transformación y el cambio son las únicas constantes reales de la naturaleza que nos rodea, al menos en el universo que conocemos:
En la transformación y el crecimiento de todas las cosas, cada brote y cada característica presenta su propia forma. En ella observamos su maduración y decadencia graduales, el flujo constante de transformación y cambio.
Para los taoístas, cualquier par de opuestos (que para nosotros representan contrarios) constituye aspectos de una misma unidad. Esta percepción se logra cuando estamos en un estado mental que percibe naturalmente las cosas más allá de sus opuestos:
Lo que a veces nos presenta la luz y otras veces nos muestra la oscuridad no es más que el Tao.
En este sentido, la filosofía taoísta no considera la vida y la muerte más que como aspectos complementarios del ser, que, en sí mismo, parece ser eterno, del mismo modo que un día se compone de la alternancia del día y la noche... «Esto» es también «aquello». «Aquello» es también «esto». Que «aquello» y «esto» dejen de ser opuestos, he ahí la esencia misma del Tao. Solo esta esencia, como si fuera un eje, constituye el centro del círculo que responde a los cambios incesantes.
Pero, al fin y al cabo, ¿qué es el Tao? En términos occidentales, se podría decir que el Tao representa a Dios, pero esta es una idea, o mejor dicho, una palabra que generalmente conduce a un gran número de ideas y proyecciones antropomórficas o de carácter religioso, donde el principio «Dios» está vinculado a la imagen de una deidad personal. De hecho, la propia palabra «DIOS» es una etiqueta o una metáfora de algo que está más allá de las palabras. Tao también significa sentido o camino, y eso es todo, junto con la idea de que el principio divino está en todo, exactamente lo que significa el Tao, como nos dice Lao Tse en el primer poema del Tao Te King:
El Tao que puede expresarse no es el Tao Absoluto. El nombre que puede ser revelado no es el Nombre Absoluto.
Sin nombre es el principio del Cielo y de la Tierra; Con nombre es la madre de todas las cosas
Así
Quien permanece sin deseos contempla los límites de las apariencias
Ambos son idénticos en su Origen
Y distintos se vuelven sus nombres al manifestarse Este misterio se llama Profundidad Infinita Profundidad aún no revelada por el hombre
Y que es la Puerta de todas las Maravillas del Universo (Tao Te King)
Después de esta pequeña introducción, mi querido amigo, el maestro Luís Eduardo Miele Jr. —un maestro con mayúsculas que habla con seriedad y profundidad sobre el tema— y yo intentaremos explicar un poco más sobre la función de los elementos en la medicina oriental.


«Dentro del YUGOE, medicina estudiada por los HAGUMO –Hokaido – Japón, los seis elementos tienen la misma importancia dentro del contexto estructural y funcional. Lo que nos lleva a pensar que las realidades proyectadas dentro del ámbito de la superficie y la profundidad hacen surgir la idea de «YU» (unidad) y «MU» (vacío)».
Desde los albores de la humanidad, los seres humanos han dependido y utilizado los elementos de la naturaleza como aliados fundamentales para sus vidas y su supervivencia. Los elementos mostraban claramente que el hombre necesitaba (¡y necesita!) conocerlos para armonizarse con la naturaleza y, en consecuencia, optimizar su potencial.
Las civilizaciones orientales prestaron mucha atención, investigaron y estudiaron para que pudiéramos, por ejemplo, utilizarlos en el proceso de curación. La medicina tradicional de los países orientales enumera el Metal, el Agua, la Madera, el Fuego, la Tierra y el Aire* como los principales elementos de la naturaleza.
Los elementos se asociaron desde su forma original hasta los órganos y vísceras, las emociones, los colores, las estaciones, los sabores, los sonidos, los órganos de los sentidos, los planetas, los números, los climas, las direcciones, entre otras muchas cosas que abarcan la vida humana y todo lo que la rodea.
Los pueblos nativos de otros continentes también utilizaron los elementos como símbolos primordiales y, en Occidente, la tradición también cita el Fuego, la Tierra, el Agua y el Aire para abordar los elementos.
A pesar de ser un país oriental, la bandera de Corea del Sur muestra en sus trigramas los cuatro elementos de la tradición occidental, además del símbolo del Yin Yang, tema que abordamos en el capítulo anterior.
En la medicina tradicional china, la teoría de los 5 elementos contiene características culturales de Oriente, remitiendo a filosofías, religiones y artes marciales, por ejemplo, temas con los que el lector está más familiarizado.
A título informativo para quienes no estén familiarizados con la medicina tradicional china, vale la pena abordar brevemente la interacción de los elementos, en la que no hay un órgano más importante que otro. Cuando describimos Fuego, Tierra, Metal, Agua y Madera, el primero en el orden podría ser cualquiera de ellos, siempre que la secuencia siguiera el mismo orden en que se mencionaron a partir del Fuego. Por ejemplo, si se empieza a escribir «Metal», a continuación vendrán: Agua, Madera, Fuego y Tierra, y así sucesivamente, en el gráfico utilizado en la MTC siempre estará en esta disposición. Lo que importa es el orden de los mismos, y esta secuencia que sirve de referencia se denomina ciclo de generación, donde la Madera genera el Fuego (fricción), el Fuego genera la Tierra (cenizas), la Tierra genera el Metal (minerales), el Metal genera el Agua (en la idea de la Medicina China, el agua como rocío o lluvia se condensa en superficies metálicas, o por el proceso en el que el agua fluye de manantiales de montañas, donde se forman los minerales (metal), y el Agua genera la Madera (irrigación).
Existen otros ciclos, siempre con la interacción de todos los órganos, donde el aspecto más importante es la salud y la búsqueda del equilibrio del ser humano.
Dentro del YUGOE, medicina estudiada por los HAGUMO – Hokaido –Japón, los seis elementos tienen la misma importancia dentro del contexto estructural y funcional. Lo que nos lleva a pensar que las realidades proyectadas dentro del ámbito de la superficie y la profundidad hacen surgir la idea de «YU» (unidad) y «MU» (vacío).
Por otro lado, en el contexto del YUGOE, la energía y la tensión difieren, siendo la energía transformadora y la tensión complementaria (no se transforman). Los elementos desempeñan papeles distintos en los diagnósticos y tratamientos, en las resoluciones. Hablaremos de ello en los próximos artículos.




Jiu-Jitsu eficaz: métodos que funcionan
Hoy se publica otro artículo de mi alumna Maryam Kegel. Al igual que la última vez, ha plasmado algunos puntos importantes en papel. Quiero darle las gracias una vez más por ello, porque me gusta mucho su estilo de escritura y siempre me alegra compartir sus textos con los lectores de Budo –Black Belt International. Espero que disfrutéis leyéndolo...

Nos saludamos en el tatami con un claro y potente OSS (OUS), una señal de respeto, atención y disposición compartida. Solo entonces comienza el calentamiento. A continuación, se presenta la técnica del día: un derribo, una sumisión, el control de la posición o quizás una escapada. Practicamos, cambiamos de pareja, repetimos, hasta que se añade una nueva técnica o la defensa contra la anterior.
Por último, hacemos randori: una oportunidad para poner a prueba la técnica, el timing y la fuerza. Jadeando y empapados en sudor, volvemos al OSS final, un ritual silencioso que termina el entrenamiento tal y como comenzó.
Pero lo que se obtiene de una hora y media de BJJ no solo depende del esfuerzo propio, sino también del tipo de entrenamiento.
En este artículo, analizo más detenidamente los tipos de entrenamiento que he experimentado yo mismo y lo que han desencadenado en mí. El factor decisivo para mí fue que el tiempo en el tatami me pareció, en última instancia, realmente valioso y eficaz.

Con o sin: Gi vs. Nogi. Dos variantes, un objetivo: Jiu-Jitsu eficaz.
Llevar el Gi en el jiu-jitsu brasileño es más que una simple prenda de vestir: es parte de un ritual. Desde atarse el cinturón hasta decir «OSS» al principio y al final de cada sesión, el entrenamiento con Gi transmite valores como la disciplina, el respeto y el orden. Aporta estructura, control y una variedad de técnicas de agarre. Obliga a la precisión y fomenta un enfoque metódico.
El entrenamiento con Gi es especialmente beneficioso para los niños desde el punto de vista educativo: ralentiza el ritmo, agudiza la precisión y hace tangibles principios como el equilibrio y el apalancamiento. Personalmente, nunca he visto a niños entrenando BJJ sin un Gi.
El Nogi, por otro lado, parece más libre, más rápido, a menudo más caótico, ya que requiere más reacción que planificación, más conciencia corporal que control del agarre. Quienes entrenan en Nogi desarrollan automáticamente más capacidad atlética, agilidad y sincronización, ya que hay menos apoyo disponible. Conozco a algunos que entrenan exclusivamente en Nogi, y lo hacen con convicción.
El Nogi, es decir, el entrenamiento sin Gi, es una variante moderna que se centra principalmente en situaciones de la vida real. Nadie lleva un kimono en la calle. La ropa suele ser suave, escurridiza y no está estandarizada. Esto es precisamente para lo que se desarrolló el Nogi: para poder utilizar técnicas incluso cuando no se dispone del agarre clásico.
Algunas sumisiones, como muchas técnicas de estrangulamiento, son más difíciles de ejecutar en Nogi y requieren enfoques modificados. Hay que volver a practicar y adaptar muchas cosas. El enfoque pasa del control del agarre al control del cuerpo cercano.
En cierto modo, el Nogi se acerca más a la defensa personal cotidiana, mientras que el entrenamiento con Gi cultiva más intensamente las raíces, los principios y la filosofía del BJJ.
En nuestro Panda Gym (Berlín), el programa de entrenamiento incluye tres sesiones de Gi y dos sesiones de Nogi a la semana. El Nogi también se enseña con frecuencia en los campamentos de entrenamiento con Franco Vacirca, simplemente por razones prácticas: cuando se viaja, el Gi suele ser incómodo o no se incluye en el equipaje.
Ambos tienen su lugar en el tatami. Para muchos, esto no da lugar a una situación de «o una cosa o la otra», sino más bien a una situación de «ambas cosas». La tradición y la realidad no tienen por qué ser mutuamente excluyentes, sino que se complementan entre sí.
Entrenamiento con los ojos vendados: confianza ciega, sentidos agudos
Experimenté el entrenamiento con los ojos vendados por primera vez en febrero de 2025 durante un campamento de BJJ con Franco Vacirca en Fuerteventura, una experiencia particularmente impresionante.
Cada participante recibió una venda para los ojos del entrenador. Después de ponérnosla, se nos pidió que nos moviéramos por la sala, de modo que poco a poco fuimos perdiendo la orientación. A la señal, todos cogieron al azar a un compañero de entrenamiento y comenzó el combate libre.
Luchar sin orientación visual, con un compañero desconocido, requiere una conciencia corporal radicalmente diferente. Rápidamente te das cuenta de lo mucho que sueles depender de la vista, ya sea para evaluar, reaccionar o tácticas. Sin la vista, la atención se centra en los estímulos táctiles, el equilibrio, la distribución de la presión y la tensión corporal.
Uno de los aspectos más fascinantes de este método es que se lucha sin prejuicios. Al principio, no sabes si te enfrentas a un cintu-

rón blanco o a un cinturón negro, lo que hace que tu enfoque sea más abierto y puro. Las peleas son más lentas, más conscientes, pero a menudo sorprendentemente precisas en términos de técnica.
Tuve la oportunidad de repetir esta experiencia algún tiempo después, esta vez durante un seminario con Franco en nuestro Panda Gym de Berlín, y esta vez con Gi.
Se introdujo una variación adicional: durante el entrenamiento técnico, solo una persona llevaba una venda en los ojos a la vez. Por lo tanto, se trataba de una situación de entrenamiento semicontrolada.
Esta forma de trabajo en pareja requiere mucho más sincronización y precisión, pero, a diferencia de la forma de entrenamiento completamente libre y con los ojos vendados, aquí la espontaneidad y la libertad natural de movimiento están casi completamente ausentes.
Considero que esta forma de entrenamiento es extremadamente eficaz y sorprendentemente realista.

Los conflictos callejeros suelen tener lugar en la oscuridad y en lugares con poca visibilidad, y normalmente con completos desconocidos.
Irónicamente, esta lucha a ciegas me recuerda a veces a una escena de la serie Juego de Tronos: Arya Stark, que aprende a luchar en completa oscuridad y, con ello, alcanza un nuevo nivel de conciencia corporal y capacidad de respuesta. Por supuesto, esta forma de entrenamiento también tiene sus limitaciones. Precisamente porque falta la orientación visual, el riesgo de lesiones aumenta, por ejemplo, en caso de movimientos bruscos, falta de control de la distancia o reacciones imprevistas.
Por lo tanto, este tipo de entrenamiento solo debe realizarse bajo la supervisión de un experto y en un entorno controlado. Si se utiliza correctamente, este método entrena el control del cuerpo, el instinto y la compostura, habilidades que son muy valiosas tanto en el jiu-jitsu como en la vida.
Entrenamiento sin brazos: descubriendo una nueva inteligencia corporal
Otra forma creativa de entrenamiento que pude experimentar en el campamento con Franco Vacirca en Fuerteventura fue luchar sin usar los brazos. Lo que inicialmente parece imposible resulta ser una experiencia fascinante e instructiva en la práctica. Aunque repetidamente te encuentras instintivamente queriendo usar los brazos, es precisamente esta omisión consciente la que agudiza tu conciencia de otros recursos.
En el entrenamiento Nogi, nos colocamos una toalla sobre el estómago y la sujetamos con ambas manos para eliminar los brazos de la ecuación. En el entrenamiento Gi, por otro lado, nuestros brazos estaban sujetos bajo nuestros cinturones. Esto significaba que no podíamos agarrar ni empujar, pero ese era precisamente el objetivo del ejercicio.
El ejercicio promueve una comprensión profunda de la transferencia de fuerza a través de las caderas y los hombros. El uso específico del peso corporal como medio de presión también se vuelve mucho más consciente. Se eliminan muchas sumisiones, especialmente las basadas en técnicas de agarre. Quedan técnicas como el estrangulamiento triangular, que se puede realizar con las piernas.
La limitación también es evidente en el control de la posición: las posiciones de sujeción clásicas, como el control de montada, son casi imposibles de mantener sin brazos. Es precisamente esta reducción a lo esencial lo que hace que el ejercicio sea tan valioso. Se descubren nuevos patrones de movimiento y se activan sentidos que a menudo permanecen ocultos en el entrenamiento habitual. Es una experiencia ingeniosa que cambia para siempre tu enfoque del grappling. Lo que en un principio pare-

ce una limitación, resulta ser una invitación a una nueva conciencia corporal.
Los jueves por la tarde, Dietmar Mende dirige el entrenamiento en el Panda Gym. Esa tarde se lleva a cabo un randori libre según una regla especial: empezamos en posición de rodillas o espalda con espalda en el suelo. A la orden del entrenador, comienza la lucha, pero sin sumisión. El único objetivo es ganar o mantener el control.
El último minuto de un total de tres a cinco minutos es decisivo. Tan pronto como Dietmar lo anuncia, debemos trabajar para alcanzar una posición dominante, como la montada, la montada lateral o la montada trasera, o, si
ya la tenemos, defenderla con éxito. Quien se encuentre en la posición inferior al final del minuto hace diez flexiones. Si ninguno de los compañeros de entrenamiento puede mantener la posición superior, ambos deben hacer flexiones.
El objetivo es recordar el valor de la posición superior. En una pelea real, la posición superior es crucial, mientras que la inferior es una clara desventaja. Las flexiones simbolizan los golpes que recibirías en una pelea si estuvieras abajo, una experiencia amarga que aquí se sustituye por un ejercicio deportivo.
Simular una pelea bajo presión es una experiencia valiosa. Pero este formato también presenta retos. Por un lado, aumenta el riesgo de lesiones, especialmente cuando los participantes tienen diferentes capacidades físicas. Por otro lado, puede ser frustrante cuando ciertos participantes terminan en la lona casi en cada asalto, ya sea por tener menos

masa corporal o menos fuerza, y por lo tanto son «castigados» regularmente. Esto puede reducir la confianza en uno mismo, especialmente entre aquellos que también serían físicamente inferiores en una situación real en la calle.
Cuando dos oponentes tienen un nivel técnico similar, el físico se convierte en el factor decisivo. En estos casos, encuentro esta forma de entrenamiento especialmente útil cuando se lleva a cabo en un entorno justo, es decir, donde se castiga por errores técnicos y no por las limitaciones físicas.
Para mí, esta forma de randori se siente como una pelea real, con la única diferencia de que no trato a mi compañero de entrenamiento con malicia, sino que quiero dominarlo de forma justa. Esto es precisamente lo que es crucial en una pelea callejera: proteger tanto a mí mismo como a mi oponente de lesiones graves hasta que llegue la policía. En última instancia, esto también me protege a mí.

En julio de 2025, tuve el placer de participar en una sesión de entrenamiento con Jeremy Bittermann en Shirokuma Berlin e.V. Esa tarde, descubrí por primera vez que los participantes se dividen en diferentes grupos en función de su experiencia previa y se les anima con ejercicios individuales.
Jeremy eligió este método porque solo hay un número limitado de sesiones de entrenamiento durante la semana (los lunes y miércoles) y el grupo es muy diverso, tanto en cuanto a colores de cinturón como a edad. De esta manera, todos pueden sentir que se les anima sin sentirse abrumados o descuidados, y todos pueden llevarse a casa una nueva experiencia.
Además, todos los colores de cinturón pueden pasar por las clases designadas. Por otro lado, el entrenamiento (cuasi) aislado reduce la interacción potencial entre principiantes y estudiantes avanzados.
El randori también es específico y controlado: para cada ronda de tres minutos, el entrenador determina los compañeros de entrenamiento y la posición de salida en función de los puntos fuertes y débiles de los participantes. Esto también sirve como indicador para destacar las debilidades individuales y trabajar en ellas de forma específica.
Me impresionó ver cómo esta estructura clara mantenía a todos los participantes motivados y concentrados y, sobre todo, cómo surgía la creatividad precisamente debido a las restricciones.
Conclusión: siempre hay algo nuevo
¡Y sigue! Cada vez que participo en un campamento de entrenamiento o seminario con diferentes entrenadores, experimento nuevas técnicas, nuevos métodos y nuevas formas de entrenamiento. Es fascinante ver lo creativos que pueden ser los entrenadores, incluso con los ejercicios de calentamiento, o cómo intentan aumentar la eficacia. Se podría hablar de estas diferencias durante horas.
Después de cada nueva experiencia, me pregunto: ¿qué más puede venir?
Me dejo sorprender.
Sin embargo, hay algo que tengo claro: sea cual sea la técnica o el método, sin disciplina y respeto, sigue siendo ineficaz. Eso es precisamente lo que hace que el BJJ me resulte tan emocionante: sigue siendo un viaje sin fin.





Las raíces técnicas del Muay Boran.
Todas las habilidades de las artes marciales se basan en grupos específicos de técnicas y principios de combate: estos elementos básicos generalmente se denominan "los fundamentos". El Muay es un sistema de combate completo: algunos lo consideran un arte basado exclusivamente en los golpes, pero todos los expertos saben que el estilo sin armas original de Siam también es rico en técnicas de lucha cuerpo a cuerpo. Todas las excelentes habilidades de combate del Muay son enseñadas por los maestros expertos siguiendo un enfoque gradual bien establecido; un edificio no se puede construir desde el techo. Del mismo modo, a un estudiante de artes marciales no se le pueden mostrar técnicas avanzadas demasiado pronto, es decir, antes de haber aprendido los conceptos básicos de su arte. Aprender no significa solo ver, significa absorber completamente y profundamente. De hecho, las bases del Muay deben ser digeridas y formar parte del organismo de todos los alumnos que deseen convertirse en expertos o maestros de este arte. Y una vez que un estudiante ha alcanzado un buen nivel para convertirse en maestro (Khru Muay), no debe descuidar el estudio de los fundamentos, incluso si comienza a aprender técnicas muy avanzadas. Si los descuida, su progresión técnica comenzará a frenar, sus acciones comenzarán a empañarse y tarde o temprano perderá sus habilidades. Estudiar un arte marcial es como hervir agua: si el fuego (la energía puesta en aprender y entrenar los fundamentos) se apaga, el agua se enfría rápidamente (el nivel técnico empeora en poco tiempo).

Los boxeadores tailandeses lo saben bien y por esta razón continúan ensayando una y otra vez solo algunas técnicas básicas siempre y cuando quieran subir a un ring y luchar contra oponentes duros: ningún campeón de Muay Thai descartará las técnicas fundamentales como "demasiado simples". Por el contrario, hará todo lo posible para refinar la ejecución de cada paso, esquiva, golpe hasta lograr la perfección. Desafortunadamente, este no es siempre el caso con los exponentes de Muay tradicional: su interés en el aprendizaje continuo de nuevas técnicas a expensas de las bases, es la razón de una falta generalizada de excelencia técnica.


Las largas horas dedicadas a ensayar cada técnica, repitiendo la misma acción cientos de veces, pueden parecer aburridas: sin embargo, en el aprendizaje de las artes marciales no hay atajos ni la posibilidad de hacer trampa. Solo a través de la práctica seria de las técnicas básicas, podremos dominar completamente el Arte que hemos elegido. El secreto es nunca estar satisfecho con su nivel: si cree ser rápido, trabaje duro para ser más rápido. Si tu puño es poderoso, no te sientas satisfecho y entrénate para golpear cada vez más fuerte.
Tradicionalmente, las técnicas fundamentales del Muay se enseñan en un orden específico que generalmente es el mismo en todas las escuelas.
1. Las posiciones de guardia
2. Los desplazamientos básicos
3. El uso elemental de las 9 armas naturales (puños, pies y espinillas, codos, rodillas y cabeza) para atacar.
4. Las defensas fundamentales
Combinando estos 4 elementos según esquemas establecidos, conseguirás las técnicas de contraataque para hacer frente a los tipos de ataques más frecuentes que se realizan con las 9 armas naturales. Una vez asimilados los principios relacionados con el uso de los elementos mencionados, se comenzará a instruir al alumno en las técnicas de combate cuerpo a cuerpo: agarres, desequilibrios, llaves articulares, proyecciones. Este patrón ha sido utilizado por innumerables maestros siameses a lo largo de los siglos y todavía demuestra ser un método excelente para instruir a los alumnos de Muay en todo el mundo.


Algunos puntos importantes sobre el aprendizaje de los fundamentos del Muay son los siguientes.
•Cuando se trata de Mai Muay (técnicas de Muay), básico no es sinónimo de fácil. Por el contrario, significa muy importante.
Este es un error común. Algunos alumnos (y profesores) confunden el término "básico" con fácil y, en consecuencia, descartan la práctica regular de los fundamentos como innecesaria.
Este es un gran error ya que cada técnica básica de Muay Thai esconde una cantidad de conceptos de lucha que llevan tiempo y miles de repeticiones para ser completamente entendidos.
Todos los matices de una "simple" técnica de paso y puño, por ejemplo, con todas sus posibles variaciones, solo se pueden apreciar con el tiempo, después de muchas rondas de ensayo con un buen maestro y muchos compañeros de entrenamiento de diferentes tamaños.
•Sin raíces fuertes, un gran árbol no puede crecer sano y está destinado a morir.
El maestro Chaisawat Tienviboon, fundador del Muay Chaisawat, compara el Muay con un gran árbol: las raíces son los fundamentos o componentes básicos de su Arte. Cuanto más fuertes son las raíces, más grande y saludable es el árbol. Del mismo modo, trabajar continuamente en los fundamentos del Muay aporta nutrición a las raíces de nuestro árbol, que es el Muay Boran IMBA y lo mantiene creciendo fuerte y saludable.


•Si quieres ser un buen artista marcial, compórtate como un rumiante.
De hecho, la rumia es el proceso por el cual la vaca regurgita los alimentos que comió anteriormente y los mastica por segunda vez. Del mismo modo, un buen estudiante de artes marciales debe primero "tragar" el conocimiento que le han enseñado (es decir, absorber sin hacer demasiadas preguntas) y luego regurgitarlo (meditar en lo que ha aprendido), masticarlo nuevamente (ensayar una y otra vez cada técnica) hasta que realmente lo digiera (la técnica se convierte en parte de él).
•El aprendizaje es un proceso en espiral, no lineal.
En lugar de buscar continuamente "nuevas técnicas" para aprender, un buen artista marcial debería centrarse en el perfeccionamento de las habilidades ya adquiridas, es decir, en particular en los fundamentos. Un proceso de aprendizaje correcto se puede comparar con un taladro que penetra más y más en una superficie. Cuanto más profundices (más entrenas), mejor comprenderás los principios de tu arte. Los nuevos elementos surgirán como consecuencia de una mejor comprensión de los componentes fundamentales. La mentalidad que nos lleva a decir " ya sé eso" es autodestructiva para un alumno y, más aún, para un maestro de Muay Boran.

•La práctica de los fundamentos está relacionada con el concepto de humildad.
Muchas veces los instructores de artes marciales trabajan duro para lograr un buen nivel de competencia técnica y cuando, según su criterio personal, se ha logrado este objetivo, simplemente se paran. Ya no tienen más hambre (por conocimiento o reconocimiento por parte de sus pares), el esfuerzo realizado en la capacitación simplemente se desvanece: los fundamentos comienzan a ser considerados como "cosas de alumnos". Sin embargo, este tipo de actitud refleja una presunción injustificada que, a la larga, solo puede crear una falsa sensación de logro. Un practicante humilde, por el contrario, se da cuenta de que está incompleto en sus habilidades y, por lo tanto, continúa esforzándose por ser un mejor artista marcial. Una vez más, la humildad gana al orgullo.
Un último consejo: si tienes dudas, siempre vuelva a los fundamentos.
Para más información sobre los fundamentos del Muay Boran:
•Discoverimba Web App http://discoverimba.muaythai.it/
Para más información sobre IMBA:
•Sitio web oficial de IMBA: www.muaythai.it
•Europa: Dani Warnicki (IMBA Finlandia)
•América del Sur: Juan Carlos Duran (IMBA Colombia)
•Oceanía: Maria Quaglia (IMBA Australia)
•Secretaría General: Marika Vallone (IMBA Italia)




El Tai Chi como camino hacia la paz y la concordia
Entrevista con el Grandmaster Doc-Fai Wong y el Tai Sifu Jason Wong
https://plumblossom.net/Plumblossom/spain.html
El Tai Chi Chuan (Taijiquan), que surgió en China entre los siglos XVII y XVIII y se consolidó en la tradición de la familia Yang en el siglo XIX, se ha convertido en una de las prácticas marciales más extendidas en todo el mundo. Su naturaleza dual —a la vez arte marcial y disciplina terapéutica y meditativa— le ha permitido atravesar fronteras culturales y lingüísticas. Sus fundamentos filosóficos, enraizados en el Dao, el yin-yang y el wu-wei, lo unen a una tradición que entiende la armonía como principio rector de la vida.
En esta transmisión global, la figura del Grandmaster Doc-Fai Wong (黃德輝, 1948, Hong Kong) ocupa un lugar central. Fue discípulo de Hu Yuen Chou, quien había entrenado directamente con Yang Cheng-Fu, el gran codificador del estilo Yang moderno de Tai Chi, y que también fue alumno de Chan Yiu-Chi, nieto del fundador del Choy Li Fut, Chan Heung. Esta doble filiación sitúa al GM Doc-Fai Wong en la encrucijada de las dos grandes tradiciones que han marcado su vida: el Tai Chi estilo Yang y el Choy Li Fut Kung Fu.
El GM Doc-Fai Wong ha sido uno de los principales transmisores de estas artes en Occidente. En 1986 fundó la Plum Blossom International Federation, que hoy agrupa a cientos de escuelas en cerca de cuarenta países. Además de la docencia y de dirigir equipos hacia el éxito internacional, ha escrito más de doscientos artículos en revistas especializadas como Inside Kung Fu y Black Belt, y ha trabajado para preservar manuscritos y lugares históricos de la tradición. Su hijo y sucesor, Tai Sifu Jason Wong, ha continuado este legado con éxitos en competiciones internacionales de formas, armas y tuishou (push-hands), así como con un estilo de enseñanza adaptado a los contextos contemporáneos. Juntos representan una transmisión intergeneracional en la que el Tai Chi no es solo técnica marcial, sino también un camino hacia la paz y la concordia.
GM Wong, mucha gente conoce el Tai Chi como una forma suave de ejercicio. ¿Cuál es, para usted, su verdadera esencia?
GM Doc-Fai Wong: “El Tai Chi es, por encima de todo, un arte marcial completo. Cuando se desarrolló, nunca se concibió como calistenia a cámara lenta, sino como un sistema de combate refinado: controlar el equilibrio, redirigir la fuerza, neutralizar al adversario. Como pone el énfasis en la relajación y la respiración, también aporta beneficios extraordinarios para la salud.
Si lo reducimos solo a terapia, le quitamos las raíces. Su esencia es marcial, pero también filosófica: enseña a armonizar el yin y el yang, la quietud y la acción. En definitiva, el Tai Chi es una disciplina para vivir con serenidad y eficacia — y eso apunta directamente a su significado más profundo: el cultivo de la paz como fundamento de la concordia.”
Usted se formó con discípulos directos de la familia Yang. ¿Cuál considera la lección más valiosa que recibió de este linaje?
GM Doc-Fai Wong: “Del maestro Hu Yuen Chou aprendí dos cosas esenciales. Primero, que cada movimiento tiene una aplicación real —nada es decorativo. Segundo, que la verdadera fuerza del Tai Chi no proviene de la tensión muscular, sino de la integración de la postura, la respiración y la intención. Cuando estos tres elementos se alinean, emerge una energía que no es violenta, sino estable y fluida. Esa energía te permite ganar sin romper, neutralizar sin destruir. Es conocimiento marcial, pero también filosofía de paz.”
Muchos alumnos occidentales se acercan al Tai Chi con expectativas muy diferentes. ¿Qué errores comunes ve en su proceso de aprendizaje?
GM Doc-Fai Wong: “El primer error es la impaciencia —querer dominar la forma en pocas semanas. El Tai Chi es un camino de décadas. El segundo es tratarlo como una coreografía: memorizar movimientos sin entender su intención marcial. El tercero es suponer que, como es lento, debe ser fácil. En realidad, es extremadamente exigente: requiere calma constante y atención sostenida.
Cuando los estudiantes lo entienden, descubren que el Tai Chi no es evasión, sino educación en la paciencia. Y la paciencia, en sí misma, es un camino hacia la armonía.”


Su maestro Hu Yuen Chou le pidió que creara la Wind Chasing Form. ¿Qué pretendía con ese encargo y en qué sentido esa forma demuestra que se trata de auténtico Tai Chi, con sus principios propios?
GM Doc-Fai Wong: “La Wind Chasing Form fue un examen de maestría. Mi maestro quería comprobar si yo podía expresar los principios del Tai Chi sin limitarme a repetir las formas que había aprendido. Lo que define al Tai Chi no es su apariencia externa, sino sus fundamentos internos: el enraizamiento, la coordinación entre respiración y movimiento, la circulación del qi y la capacidad de transformar la fuerza. Todo eso quise plasmar en la forma. Crear dentro de la tradición es demostrar que la has entendido en profundidad.”
Muchas armas tradicionales del Tai Chi —como la espada, el sable o la lanza— ya formaban parte del repertorio clásico. Pero usted ha introducido nuevas formas, como el bastón (staff), la flauta, el Plum Blossom Bagua Cane, o las armas dobles. ¿En qué sentido esas aportaciones siguen siendo Tai Chi y no simples adaptaciones suaves de Choy Li Fut?
GM Doc-Fai Wong: “El Tai Chi tiene principios propios que lo diferencian de cualquier otro estilo: el movimiento surge del eje corporal, se transmite a través de la respiración y mantiene un equilibrio constante entre yin y yang. Cuando creé nuevas formas de armas, como el bastón, la flauta o las dobles, respeté esos principios con el máximo rigor. El resultado es que, aunque el instrumento sea diferente, el arte sigue siendo Tai Chi auténtico. No son adaptaciones suaves de Choy Li Fut, sino formas que amplían el patrimonio del Tai Chi manteniendo intacta su esencia.”
Tai Sifu Jason Wong, usted ha competido internacionalmente en formas y tuishou. ¿Qué aporta la competición al Tai Chi tradicional?
Tai sifu Jason Wong: “La competición me enseñó que el Tai Chi no es solo teoría. En el pushhands tienes que sentir una presión real y responder con flexibilidad. Te da humildad y conciencia de tu nivel. Pero siempre recuerdo a mis alumnos que las medallas no son el objetivo. Lo que importa es el crecimiento personal.
Cuando un joven entiende que el Tai Chi es más que ganar o perder, descubre su verdadero valor: aporta calma en medio de la tensión. Y esa calma ya es un paso hacia la armonía.”
El concepto de wu-de (virtud marcial) es central en las artes marciales chinas. ¿Cómo lo trabajan dentro del Tai Chi?
GM Doc-Fai Wong: “El wu-de es el alma de la práctica. Respeto, humildad, disciplina, compasión. Cuando entrenamos, hacemos énfasis en las formas externas —hacer la reverencia, ayudar a los compañeros— porque modelan el espíritu. Sin virtud, el Tai Chi se convierte en gimnasia vacía. Con virtud, se vuelve un camino hacia la paz interior y hacia relaciones humanas más armoniosas.”
El Tai Chi es un arte marcial. Sin embargo, usted habla a menudo de serenidad y armonía. ¿Cómo puede su práctica contribuir a la paz y la concordia, tanto personal como colectiva?
GM Doc-Fai Wong: “Muchos asocian ‘arte marcial’ con violencia. Pero en la tradición china, el verdadero propósito de aprender a defenderse es evitar el combate. El Tai Chi enseña a neutralizar la fuerza con suavidad, a transformar el conflicto en equilibrio. Cuando practicamos en el kwoon, en una sala o incluso en un parque, no solo entrenamos el cuerpo: aprendemos a calmar la mente, a controlar las emociones, a responder con inteligencia en lugar de reaccionar con ira. Eso genera paz interior.
Cuando muchos individuos cultivan esa paz interior, el resultado es también armonía social. El Tai Chi no es una práctica solitaria —crea comunidad. Los alumnos practican juntos, se respetan, aprenden a escuchar. Por eso digo a menudo que, paradójicamente, un arte de combate puede ser uno de los caminos más profundos hacia la concordia. Lo que aprendemos en el entrenamiento se convierte en una lección para la vida.”
https://plumblossom.net/Plumblossom/spain.html

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Muchos definen el Tai Chi como “meditación en movimiento”. ¿Qué significa eso para usted?
GM Doc-Fai Wong: “Practicar la forma con plena atención calma la mente, hace fluir la respiración y permite que el cuerpo se mueva sin esfuerzo. Es un estado meditativo —pero activo. Meditación en movimiento significa entrenarse para vivir con serenidad en medio del mundo, no apartado de él. Eso conecta con lo que decía antes: el Tai Chi enseña a transformar la tensión en equilibrio, y ese equilibrio es el fundamento de la paz.”
Tai sifu Jason Wong: “Para mí, significa aprender a escuchar el cuerpo y el entorno. El Tai Chi me ha dado calma para no reaccionar de manera impulsiva y fuerza para actuar cuando es necesario. Te hace más pacífico, pero también más firme. Así es como la meditación en movimiento se convierte en armonía aplicada.”
GM Wong, ¿qué papel tienen la divulgación y la escritura en la transmisión del Tai Chi?
GM Doc-Fai Wong: “Cuando empecé a escribir en Inside Kung Fu, quería abrir puertas a personas que no podían aprender directamente de un maestro chino. Escribir es enseñar, y enseñar es compartir. Las palabras pueden llegar donde yo no puedo llegar en persona.
Hoy, en la era digital, eso es aún más evidente. Pero el principio no cambia: transmitir el Tai Chi significa sembrar paz y armonía a través del conocimiento.”
Tai Sifu Jason Wong, ¿cómo afronta el reto de transmitir el Tai Chi en un mundo digital y acelerado?
Tai Sifu Jason Wong: “La tecnología es útil para difundir interés, pero no puede sustituir la práctica directa. El Tai Chi se vive entrenando con compañeros, corrigiendo detalles, sintiendo la energía de otra persona. Yo utilizo plataformas en línea para despertar curiosidad, pero siempre recuerdo a los alumnos que la profundidad solo llega con paciencia y contacto humano directo. El Tai Chi es, en sí mismo, una escuela de lentitud y constancia —dos virtudes que nos ayudan a vivir en paz.”
Finalmente, GM ¿qué mensaje querrían transmitir a las nuevas generaciones que comienzan hoy en el Tai Chi?
GM Doc-Fai Wong: “Nuestro mensaje es sencillo: practicad con constancia, sin prisa y con humildad. El Tai Chi no es solo salud, ni solo combate —es un camino completo. Si lo cultiváis con paciencia, os dará serenidad y fuerza interior. Y, sobre todo, os enseñará que la verdadera victoria no es derrotar a otro, sino vivir en paz con vosotros mismos y en armonía con el mundo.”
Esta conversación con el Grandmaster Doc-Fai Wong y el Tai Sifu Jason Wong muestra que el Tai Chi es un arte vivo que va mucho más allá de los estereotipos. No es solo ejercicio, ni simplemente técnica de combate, sino una disciplina para la paz. Practicado con virtud y constancia, transforma la violencia en equilibrio, la tensión en serenidad, la individualidad en comunidad.
En tiempos de incertidumbre y fragmentación, el Tai Chi aparece como un camino hacia la paz interior y la concordia colectiva. El legado de la familia Wong nos recuerda que un arte marcial puede ser también, en su nivel más profundo, una escuela de armonía.
Entrevista realizada por Sifu Manuel Joseph Olivé, presidente del Club Esportiu de Lluita Suau i Amable https://taitxitxuan.cat



Gestión de la agresividad y la defensa: entrenamiento preventivo para casos de emergencia
Introducción
En un mundo en constante cambio, comprender y gestionar la agresividad es una parte esencial de la seguridad personal. La agresividad es un comportamiento humano natural que se manifiesta de diversas formas y en diferentes situaciones. La capacidad de reconocer estas situaciones, reaccionar ante ellas y calmarlas es muy valiosa tanto para los agentes de seguridad como para los particulares.
¿Qué es la agresividad?
La agresividad puede manifestarse de diferentes formas, desde amenazas verbales hasta violencia física. A menudo es el resultado de la frustración, el miedo u otras emociones fuertes. Un ejemplo clásico de la vida cotidiana de un agente de seguridad: un pasajero enfadado en el aeropuerto, cuyo vuelo ha sido cancelado, comienza a protestar en voz alta y amenaza al personal. En este caso, la capacidad de mantener la calma y la firmeza es fundamental para calmar la situación.

La formación preventiva es la clave para evitar que las situaciones se agraven. Esta formación incluye diversas técnicas:
Conciencia situacional: reconocer de antemano los peligros potenciales y los comportamientos agresivos. Un ejemplo: un policía observa a una persona que merodea nerviosa cerca de un edificio. A menudo, al dirigirse a esta persona se puede evitar que la situación se agrave.
Comunicación: una comunicación clara y firme puede hacer maravillas. Una voz tranquila pero firme puede ayudar a reducir la agresividad. Por ejemplo, un portero de discoteca que recuerde de forma educada pero firme que se deben respetar las normas puede evitar muchos conflictos.
Lenguaje corporal: el uso de la comunicación no verbal, como una postura abierta y relajada, puede ayudar a calmar los ánimos. Imaginemos a un agente de seguridad que se acerca a un cliente enfadado con los brazos cruzados y una expresión severa en el rostro: esto podría agravar la situación. Por el contrario, una postura abierta indica disposición a cooperar.



Los agentes de seguridad y los guardianes del orden se enfrentan a menudo a situaciones agresivas. A continuación se presentan algunos ejemplos reales y cómo se gestionaron:
Seguridad en la estación de tren: un pasajero agresivo sin billete válido comienza a insultar al personal ferroviario y amenaza con agredirles. Gracias a un comportamiento adecuado, como mantener una distancia de seguridad y dirigirse a la persona con calma y con instrucciones claras, se logró calmar la situación. Finalmente, el pasajero fue expulsado de la estación sin necesidad de recurrir a la fuerza.
Eventos públicos: en un gran concierto, un grupo de asistentes ebrios comienza a molestar a otros invitados. El personal de seguridad presente en el lugar trabaja en equipo para aislar al grupo de forma rápida y eficaz y expulsarlo del recinto. Gracias a una actuación coordinada y una comunicación clara, se garantiza la seguridad del resto de invitados.
Control de tráfico: un conductor que es detenido por exceso de velocidad reacciona de forma agresiva y amenaza verbalmente al agente de policía. Gracias a su formación en comunicación para la desescalada y a su insistencia en mantener una conducta profesional, el agente consigue calmar al conductor y controlar la situación.


La gestión de la agresividad y la implementación de medidas preventivas son componentes esenciales del trabajo de seguridad. Mediante una formación específica y el uso de técnicas de desescalada, se pueden evitar o, al menos, controlar muchas situaciones peligrosas. Todo el mundo, desde los profesionales de la seguridad hasta los ciudadanos de a pie, puede beneficiarse de estas habilidades para actuar con seguridad y confianza en situaciones estresantes y potencialmente peligrosas.
Las seis características del combate
El combate, ya sea en el deporte, en la autodefensa o, en sentido figurado, en la vida, requiere algo más que fuerza bruta. Para sobrevivir, se necesita una combinación de diferentes habilidades. Estas se pueden resumir en las «seis S del combate»: fuerza, velocidad, resistencia, destreza, estrategia y espíritu.
La fuerza es la base de toda acción. Determina la eficacia de un golpe, un lanzamiento o una defensa. Sin embargo, la fuerza muscular por sí sola no es suficiente si no se utiliza de forma inteligente.
La velocidad complementa la fuerza y le da dinamismo. Quien es capaz de reaccionar y actuar con rapidez obtiene una ventaja decisiva; a menudo, no es el más fuerte, sino el más rápido quien lleva la ventaja.
La resistencia garantiza que la fuerza y la velocidad estén disponibles durante más tiempo. Una pelea rara vez se decide en pocos segundos; quien tiene la capacidad de aguantar puede esperar el momento decisivo y aprovecharlo.
La destreza significa agilidad, coordinación y precisión. Es la capacidad de ejecutar técnicas con precisión, reconocer oportunidades y mantener la flexibilidad incluso en situaciones imprevistas.
La estrategia eleva la lucha a un nivel superior. Es el arte de distribuir las fuerzas, leer al oponente, utilizar engaños y aprovechar las propias fortalezas de forma selectiva. La estrategia convierte la técnica y el entrenamiento en una acción bien pensada.
Por último, el espíritu es la actitud interior. Abarca la fuerza de voluntad, el autocontrol, el coraje y la concentración. Una mente clara permanece tranquila incluso cuando la situación se vuelve confusa o amenazante. La mente da al luchador firmeza y le permite reflexionar y crecer después del combate.
Juntas, estas seis cualidades forman un todo. Dejan claro que la lucha es más que un enfrentamiento físico: es la conexión entre el cuerpo, la técnica y la fuerza mental.




Tendiendo puentes entre mundos a través del Budo: entrevista con Jean-Michel Mollier
Budo International: Jean-Michel Mollier, usted lleva más de cuatro décadas viviendo en Japón y ha trabajado como consultor internacional durante la mayor parte de ese tiempo. ¿Qué le inspiró a crear Budo Bridge?
Jean-Michel Mollier: Después de 42 años en Japón y 35 años asesorando a empresas internacionales, sentí que era el momento de centrarme en lo que más me había marcado: la práctica y la filosofía de las artes marciales tradicionales japonesas. Budo Bridge es mi forma de devolver lo que he recibido, conectando a practicantes apasionados de todo el mundo con auténticos dōjō japoneses que aún conservan el verdadero espíritu del bujutsu. A menudo, es difícil acceder a estos lugares sin tener fluidez cultural o conocimientos internos. Ahí es donde entramos nosotros.
Budo International: ¿Qué ofrece exactamente Budo Bridge?
Jean-Michel Mollier:
Ofrecemos servicios de consultoría y conexión a medida tanto para artistas marciales extranjeros como para dōjō japoneses. A los practicantes internacionales les ayudamos a identificar los profesores y entornos de entrenamiento adecuados en Japón, en función de su nivel de habilidad, intereses y mentalidad. A los dōjō japoneses les ofrecemos estrategias para conectar con la comunidad global sin dejar de respetar la tradición.
Nuestros servicios incluyen seminarios de inmersión, coaching cultural, apoyo logístico y presentaciones personalizadas. No se trata de turismo de masas, sino de encuentros significativos y transformadores basados en el respeto.
Budo International: Hay quien dice que las artes marciales tradicionales están desapareciendo. ¿Budo Bridge es su forma de preservarlas?
Jean-Michel Mollier: Por supuesto. Muchos dōjō tradicionales en Japón están pasando apuros, enfrentándose a una disminución del número de alumnos y a cambios culturales. Mientras tanto, en el extranjero, crece el interés por la autenticidad. Mi objetivo es tender un puente entre estas dos realidades. Quiero demostrar que todavía es posible conectar con la fuente, con el verdadero espíritu koryū, con su ética, su filosofía y su profundidad humana.
Budo International: Ha practicado una amplia gama de artes marciales, desde karate y judo hasta iaidō, shōrinji-kenpō e incluso krav maga. ¿Cómo ha influido esa experiencia en su visión actual?
Jean-Michel Mollier: Cada disciplina me enseñó algo único. Pero todo cobró sentido cuando descubrí el Waden-ryū Shurikendō y el Yamai-ryū Jūjutsu Kenpō, y conocí al maestro Katsuhiko KIZAKI. No se trata de deportes, sino de caminos de vida, llenos de significado y alegría. El dōjō no es un gimnasio, es un espacio sagrado donde la técnica y la humanidad evolucionan juntas. Ese es el modelo que Budo Bridge busca proteger y promover.
Budo International: También tienes una profunda formación en budismo esotérico japonés. ¿Cómo se relaciona eso con tu trayectoria marcial?
Jean-Michel Mollier: Para mí, el bujutsu y el Mikkyō —el budismo esotérico— comparten el mismo ADN. Ambos tienen como objetivo la transformación. Ambos enseñan que las apariencias engañan y que el dominio requiere quietud interior. La espada que corta también da vida. Tengo un doctorado sobre Kūkai y he traducido textos Shingon. Veo el dōjō como un keikoba moderno, un lugar donde las enseñanzas antiguas se encarnan a través de la acción y la presencia.
Budo International: ¿Cuál es el vínculo entre su compromiso con la preservación de las artes marciales tradicionales japonesas y las traducciones que ha realizado?
Jean-Michel Mollier: Traducir es una tarea exigente y, a menudo, ingrata. Cuando traduje mi primer libro sobre el budismo esotérico japonés, fue en respuesta a una petición de mi maestro, que lamentablemente falleció hace unos meses. En Japón, se considera que la relación con un maestro budista continúa más allá de la muerte. Es un vínculo sutil y duradero. Rechazar su petición de traducir su obra fundamental al francés simplemente no era una opción. El proyecto me llevó ocho años, ya que solo podía trabajar en él por las tardes, los fines de semana y los días festivos, mientras gestionaba mis responsabilidades profesionales. Después de eso, juré no volver a traducir nunca más. Pero el deseo de compartir esta profunda enseñanza persistió y, finalmente, traduje otro libro, esta vez en dos años, gracias a la experiencia y a un texto más sencillo.


Sintiendo que había hecho lo suficiente para acercar el budismo esotérico japonés a los lectores occidentales, dejé mi pluma de traductor, hasta que descubrí el Waden-ryū Shurikendō. Rápidamente quedó claro que esta enseñanza debía compartirse con el público occidental. A pesar de mi reticencia inicial, emprendí la traducción del japonés al inglés.
Hoy, me enorgullece anunciar el lanzamiento de la edición electrónica en inglés de una obra extraordinaria dedicada a una de las disciplinas más incomprendidas y fascinantes de las artes marciales japonesas: el Shurikendō. Este arte marcial comienza donde la mayoría de los combates terminan, con nada más que un arma pequeña y oculta y todas las probabilidades en tu contra. Sin embargo, de esta posición aparentemente desesperada surge un arte sutil y poderoso, que encarna una filosofía de inversión, supervivencia y transformación.
Este libro desvela los principios ocultos que se esconden tras el uso del shuriken, principios que trascienden la técnica. Abordan la esencia del timing, la concentración y el movimiento, y

ofrecen ideas valiosas no solo para los artistas marciales, sino también para los atletas y artistas que buscan la máxima precisión bajo presión. Invita a los lectores a adentrarse en un mundo en el que el más mínimo gesto puede cambiar el resultado final, donde la claridad, la intención y el coraje convierten la debilidad en victoria.

Budo International: ¿Quién espera que se interese por Budo Bridge?
Jean-Michel Mollier: Aquellos que estén preparados. No turistas ni coleccionistas de sellos de dōjō, sino buscadores. Artistas marciales dispuestos a escuchar, desaprender y aceptar la incomodidad para crecer. La edad, la nacionalidad o el rango no importan. Lo que importa es la sinceridad. Ya hemos empezado a poner en contacto a practicantes europeos con dōjō japoneses, y la transformación es mutua.
Budo International: Hablas de transformación mutua. ¿Es esta también una forma de apoyar a los dōjō japoneses?
Jean-Michel Mollier:
Sí. Muchos dōjō tradicionales se enfrentan a retos reales: pérdida de alumnos, dificultades económicas, aislamiento. Pero a través del diálogo cultural, el intercambio respetuoso y la orientación adecuada, los estudiantes internacionales pueden ayudar a revitalizar estas instituciones. Es una vía de doble sentido. Los practicantes extranjeros acceden a una tradición viva. Los dōjō japoneses encuentran nueva energía, relevancia y, a menudo, esperanza.

Budo International: Por último, ¿cómo pueden participar nuestros lectores?
Jean-Michel Mollier:
Si esto te interesa, visita [budobridge.com] (próximamente) o ponte en contacto conmigo directamente. Creo que el bujutsu es más que una técnica, es una forma de vida. Un legado para vivir, no para consumir. En Budo Bridge no vendemos experiencias. Creamos encuentros: con Japón, con la tradición y con uno mismo.

