En el principio fue Madretierra: un pedrusco orbitando una esfera de plasma ardiente a orillas de la Vía Láctea. Nuestra casa en el espacio.
Situada ahí donde la distancia hacia el Sol fue la precisa para permitir abundancia de agua líquida; un guijarro envuelto en nubes que lo protegieron de la radiación solar. Mota de polvo donde se condensó un caldo oceánico de ácido silícico, calcio, hierro, carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, en el que —por los infnitos caprichos del azar— aminoácidos se hilvanaron en cadenas de proteínas que terminaron formando estructuras complejas, arracimadas en bolsas gelatinosas que lograron copiarse a sí mismas; luego, las copias hicieron lo mismo y, a su vez, sus copias lo repitieron hasta colmar los mares.
Quiso el caos inasible que algunas de estas bolsas de protoplasma se ensamblaran entre sí, asumiendo funciones especializadas que les permitieron conformar estructuras más complejas. Que un chispazo imposible (¿un rayo, un asteroide?) catalizara la aparición de componentes carbónicos que habrían de convertirse en bacterias primitivas. Que de éstas, algunas aprendieran a transformar la luz en energía. Que otras adoptaran estructuras diferentes y sus caminos se bifurcaran.
Las algas poblaron las aguas. Algunas de ellas fueron arrojadas por el oleaje a las orillas, asiéndose a las rocas donde, pasados millones de años, se transformaron en helechos, luego en plantas
fanerógamas. Una belleza que se extendió por la tierra frme antes de que existieran seres que pudieran apreciarla.
En un chasquido cósmico, los mares hirvieron de creaturas que se devoraban entre sí. Prosperaron las más despiadadas.
Un día o una noche perdida en el océano de la memoria, una de estas creaturas, un gusano marino, se aventuró fuera del agua. Sus hijos y nietos fueron ocupando todos los espacios disponibles. Se convirtieron en ciempiés, en arañas y alacranes, y después, en libélulas y mariposas. Se arrastraron, caminaron, corrieron, surcaron los cielos.
Proliferaron y prosperaron.
Simultáneamente, algunos peces aprovecharon sus aletas para adentrarse en aguas poco profundas. Uno de ellos se arrastró fuera de las aguas. Sus descendientes nacieron con una deformación en el tubo digestivo que terminó convirtiéndose en los primeros pulmones. Aprendieron a respirar el aire que soplaba en la superfcie. Los nietos de esos peces temerarios se transformaron en ranas y salamandras.
Algunos endurecieron sus pieles membranosas, deviniendo en serpientes y reptiles. Se coronaron reyes de la Creación.
Soberanos temidos, los lagartos terribles dominaron las aguas, los cielos y la tierra. Caminaron orgullosos por sus dominios, devorando y conquistando a su paso. Estaban destinados a gobernar Madretierra. Sus choznos emplumados se convirtieron en aves, a otros les surgió pelo que los arropó del frío. Unos cuantos mantuvieron sus huevos protegidos dentro del vientre en vez de lanzarlos al exterior para ser fecundados. Ocultos entre las sombras, los mamíferos fueron apenas una plaga molesta en el reinado de los reyes lagartos.
Soberbios, los dinosaurios se proclamaron dueños del planeta. Nada les impediría crecer y multiplicarse hasta desarrollar inteligencia, herramientas y sociedades complejas. Estaban destinados a abandonar Madretierra en naves espaciales, dispuestos a conquistar el cosmos.
Lo único que se opuso fue el azar, en la forma de una piedra que descendió de las alturas envuelta en fuego. La fuerza de su impacto levantó millones de millones de toneladas de polvo y piedra que oscurecieron los cielos y devastaron los ecosistemas.
Terminó el dominio de los dinosaurios.
Agazapados en la oscuridad, vimos perecer su imperio. Cuando pensamos que era seguro, abandonamos nuestros escondrijos. Salimos a reclamar nuestra herencia.
Proliferamos y prosperamos. Ocupamos los nichos que quedaron vacantes. Caminamos por las estepas, nos deslizamos por las junglas, nos mecimos en las ramas de los árboles.
¿Qué capricho indescifrable nos eligió a nosotros para dotarnos de un pulgar oponible? ¿Qué azar fortuito nos dotó de lenguaje? Jamás lo sabremos.
Nuestra única certeza es que descendimos de los árboles para caminar erguidos. Asimos palos y piedras que se transformaron en extensiones de nuestro cuerpo frágil. Domamos el fuego y desciframos los ciclos fértiles del suelo. Arrancamos los secretos minerales del subsuelo, aprendimos a fundir los frutos de las minas para transformarlos en mejores herramientas. Descubrimos la rueda y sometimos a todas las demás bestias.
Nos sentamos en el trono que dejaron vacante los dinosaurios a contemplar nuestra herencia planetaria. Después, nos matamos entre nosotros por su control.
Surcamos los mares. Domamos la fuerza del vapor. Descubrimos cómo producir chispas eléctricas y las esclavizamos. A aquellos palos y piedras se fueron añadiendo otras máquinas cada vez más complejas, que extendían las funciones limitadas de nuestra carne.
Les arrebatamos a las aves el secreto del vuelo. Surcamos el cielo, envueltos en cilindros de metal. Nos sumergimos en las profundidades del mar.
Aprendimos a proyectar nuestra voz a kilómetros de distancia. Después, nuestra mirada. Alcanzamos el secreto último, el poder
devastador encerrado en el centro del átomo. Cuando nos dimos cuenta, teníamos un fuego nuclear capaz de destruir a Madretierra docenas de veces.
Entonces, volteamos a ver los cielos, como habían hecho nuestros ancestros, agazapados en las copas de los árboles.
No tardamos en desear las estrellas. Nuestro planeta ya no era sufciente.
Cuando llegamos a la Luna, entendimos cabalmente lo diminutos que somos en el océano cósmico. Vista desde ahí, comprendimos fnalmente la función sideral que cumplía Madretierra para nosotros.
Era nuestra cárcel.
Nuestra mazmorra esférica agonizaba. Habíamos secado los pechos generosos de Madretierra. Habíamos envenenado los prados y permitido que nuestras máquinas vomitaran vapores tóxicos en los vientos. Prosperamos y proliferamos más allá de lo que el planeta podía sustentarnos.
Estábamos matando a nuestra Madre Cósmica. Necesitábamos otra.
Huimos a su hermano rojo. Primero enviamos a nuestros emisarios mecánicos. Cuando supimos que era seguro, descendimos sobre su superfcie envueltos en fuego, como el asteroide que exterminó a los dinosaurios. Pero en lugar de levantar nubes de polvo y muerte, trajimos la vida.
Debíamos aumentar la presión atmosférica para generar agua líquida. Instalamos plantas condensadoras de humedad para arrancarle un poco de líquido a su atmósfera.
Nos llenamos de esperanza cuando vimos aparecer nubes sobre el horizonte cobrizo, tanto que a la primera ciudad marciana le pusimos ese nombre, Esperanza, en todos los idiomas de la humanidad.
Cuando Ciudad Esperanza era tan sólo un domo de biopolímero de doce kilómetros de diámetro, rociamos sus nubes con bromuro de plata. Así conseguimos hacer llorar a los cielos marcianos.
Qué emocionante fue ver las primeras gotas precipitarse sobre la cúpula transparente donde se guarecían nuestros colonos.
Entonces, lanzamos zepelines por las alturas, dispersando sobre sus planicies y valles cactáceas y suculentas genéticamente modifcadas para sobrevivir en el helado clima marciano. Eran plantas más oscuras que sus hermanas terrestres, con la intención de captar el calor solar.
Tardamos varias décadas, pero cuando alfombramos los polos marcianos de verdor oscuro, los hielos cedieron su sello eterno y liberaron una atmósfera gaseosa que permitió llevar el agua al cinturón ecuatorial del Planeta Guerrero.
Nuestras plantas proliferaron y prosperaron. Pasados varios lustros, el suelo rojo enverdeció. Transcurridos un par de siglos, árboles y ríos tapizaban lo que fuera la superfcie desértica de nuestro vecino solar. Aves e insectos volaban por los cielos, mamíferos, insectos y reptiles paseaban por prados que cubrían lo que alguna vez fueron grandes desiertos enrojecidos por el óxido de hierro.
Habíamos aprendido a terraformar otros planetas: del mismo modo que las primeras células vivas de nuestros océanos descubrieron cómo hacer copias de sí mismas, Madretierra aprendió a reproducirse.
Fue el primer paso de la Expansión.
Entendimos nuestra pequeñez cósmica: éramos apenas hormigas siderales aisladas en una orilla remota de la galaxia.
Pero a diferencia de los insectos, podíamos lanzar nuestras esporas para que se dispersaran por el océano cósmico. Nuestro límite era el Infnito.
En los primeros años de la Expansión, mandamos cientos de misiones al Espacio. Naves tripuladas por máquinas en busca de planetas nuevos. Lanzamos nuestras sondas a todo planeta que se pareciera al nuestro. Buscábamos terreno fértil para sembrar nuestros sueños.
La prioridad: encontrar nuevos mundos para nosotros. El segundo objetivo: descubrir aquéllos potencialmente moldeables a imagen y semejanza de Madretierra.
Muchas de esas misiones tuvieron éxito: las naves enviaron noticias de orbes habitables. Otras nos hablaron de astros terraformables. De muchas más, la mayoría, no volvimos a saber nada.
Entusiasmados, los primeros colonos terrícolas y marcianos se embarcaron hacia la oscuridad eterna, ataviados con poco más que sus ilusiones.
A lo largo de los siglos, algunas misiones colonizadoras tuvieron éxito.
Otras no.
Los primeros asentamientos, los de planetas habitables cercanos a Madretierra, forecieron rápidamente. Pronto se urbanizaron e industrializaron.
En pocas centurias se transformaron en importantes economías planetarias. Transcurrirían apenas unos cuantos siglos antes de que la expansión galáctica de los humanos formara un complejo sistema de colonias distribuidas entre las estrellas vecinas y algunas un poco más distantes.
Nuestras esporas cósmicas germinaron en una compleja sociedad interplanetaria. Los mundos cercanos a Madretierra comerciaban entre sí, intercambiando minerales por agua, alimentos por textiles, música por ganado. Un imperio cósmico de mil soles. Un bosque oscuro en el que jamás encontramos ninguna otra civilización inteligente, ni rastros de ella.
Mientras tanto, los planetas lejanos tuvieron que esperar. Algunos de ellos, cuyas primeras sondas reportaron como habitables o terraformables, siguen sin explorarse.
Hasta ahora.
[ahora]
Las aguas profundas del cosmos
La tierra del canto
Primero llegaron los poderosos y ocuparon los mejores planetas, aquellos que estaban listos para recibir a las colonias humanas, mundos donde abundaba el agua, los climas eran más templados y la fora y fauna, inofensiva y aprovechable. O inexistente.
Desde la Estación Alcubierre, espaciopuerto anclado sobre la órbita de Ceres, lanzaron sus naves a surfear sobre burbujas cósmicas entre arrugas del espacio-tiempo, impulsándose a través de las deformaciones del universo curvo, atravesando distancias estelares en segundos sin sufrir las consecuencias de la aceleración ni remontar velocidades supralumínicas.
Los colonos terrestres se dispersaron por el espacio como dientes de león cósmicos. Planetizaron en naves cargadas de estructuras modulares, diseños inspirados en el origami japonés para ocupar menos espacio durante el viaje. Exoesqueletos listos para desdoblarse por los nuevos mundos. Módulos que se interconectaban entre sí para realizar funciones más complejas que las que podían desempeñar individualmente.
Los primeros expedicionarios fueron del bloque de países llamados los bricks: brasileños, rusos, indios, chinos, coreanos, sudafricanos. Sus nuevos planetas fueron bautizados con nombres de sus lenguas: Chengdú, Haedod-i, Novaya Nadezhda, Neela.
Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Israel y Japón llegaron después. Planetas habitables con climas más extremos, menos agua y mucho trabajo por hacer. Orbes ricos en minerales que fueron llamados New Detroit, Saskatchewan II o Texarkansas, mundos sumergidos bajo océanos de aguas alcalinas bautizados como Midori o Mizu. Lunas de planetas gigantes cuyas atmósferas respirables sustentaban sufciente vegetación para ser conocidos como Ahavá, Neogalicia, La Lune Carolingienne o Szabadság.
Poco a poco, las semillas diseminadas por los vientos estelares comenzaron a germinar. Las primeras colonias se convirtieron en asentamientos urbanos. Las economías planetarias crecieron. En un par de generaciones, el comercio estelar explotó. Naves de carga no tripuladas atravesaban túneles de Krásnikov entre una estrella y otra, para comerciar con planetas y lunas vecinos y lejanos.
Décadas después, los países más pobres de Madretierra abordaron sus naves y zarparon hacia la negrura estrellada, sólo para descubrir que no era tan infnita.
Con los mejores planetas y sus lunas ocupados, los colonos de Latinoamérica y África tuvieron que conformarse con mundos “potencialmente habitables”: planetas desérticos o pantanosos, helados o con la mitad de su superfcie arrasada por el halo ardiente de sus soles.
Resignados, establecieron sus estaciones orbitales y montaron los primeros campamentos. Trabajosamente comenzaron los procesos de terraformación en planetas cuyo potencial más rico yacía tan sólo en la posibilidad de ser bautizados con un nombre suajili o quechua.
Así, aparecieron en las cartas astronómicas nombres tan coloridos como sus signifcados: Dera Lobiriwira, Mainit Nga Katubigan, Nuru, Paqarina.
Así bautizaron a Cuicatlán.
Rotán-12 era un planeta de 0.85 en la escala Geos de masa planetaria, donde 1 equivalía al tamaño de Madretierra. Cubierto de hielo en los polos, 40% de la superfcie se encontraba bajo un océano de agua dulce, muy por debajo del 65% para considerarlo habitable.
La rica vida vegetal de sus aguas, compuesta enteramente por algas hasta donde reportaron las sondas, lo dotaba de una atmósfera respirable y sufciente humedad en el ambiente como para instalar en las planicies desérticas estaciones condensadoras de agua e iniciar el enfadoso proceso de terraformación.
Los primeros colonizadores que ocuparon su sistema solar desecharon la idea de instalarse en Rotán-12, prefriendo las dos lunas del vecino planeta Jandi, Mogchoji y Mogchang, satélites verdes cubiertos de bosques y pastizales, atravesados por ríos generosos que los pioneros convirtieron en circuitos de transporte y comercio entre las muchas ciudades que se establecieron en sus orillas.
El planeta desértico fue olvidado, ocupando apenas un modesto párrafo en el inmenso catálogo de mundos potencialmente aptos para sustentar la vida humana.
Pasaron ciento cincuenta años para que los primeros navíos tripulados descendieran sobre su superfcie. Eran mujeres y hombres modestos, de piel morena y cabello negro que provenían del sur de Madretierra. Gente sensible y trabajadora, no eran creadores de tecnologías —como sus vecinos planetarios—, sólo las padecían.
Se lee en las crónicas asentadas en las bitácoras de exploración que los pioneros contemplaron azorados su nuevo mundo. Cruzados por la decepción, lo primero que notaron fueron los fuertes vientos que soplaban en las alturas. Alguien de ellos notó que las corrientes que mecían las pocas nubes semejaban un canto mortuorio.
—Parece que los cielos cantan de tristeza —dijo.
Así fue como el planeta cambió el frío número de catalogación galáctica de Rotán-12, que le había sido asignado casi dos siglos antes, por el nombre de Cuicatlán. La tierra del canto, en náhuatl.
Canto luctuoso, lamento que soplaba permanentemente en sus alturas. Eterna melancolía que evaporó la alegría de los colonos y consumió su impulso inicial hasta que, transcurridos veinte años, durante los cuales instalaron estaciones condensadoras de humedad por todo el desierto, abandonaron el planeta en busca de una vida mejor en las lunas de Jandi.
No sirvieron de nada las comunicaciones enviadas desde el Comité Central de Colonización (ccc), en Madretierra, prometiéndoles refuerzos, ayuda económica y equipo.
Fue inútil la insistencia de los ingenieros terraformistas en aprovechar los vientos cantores para lanzar zepelines sin tripular que regaran líquenes, musgos, cactáceas y plantas suculentas por toda la superfcie cuicateca, repitiendo el proceso instaurado en Marte.
Los colonos no escucharon argumentos ni les importaron las amenazas de sanciones económicas; sin ofrecer ninguna explicación al ccc, abordaron sus naves con los primeros niños y jóvenes nacidos en Cuicatlán y no pocos bebés cargados en brazos. Abandonaron el planeta para no volver jamás.
Dejaron atrás las estaciones condensadoras de humedad, programadas para operar durante los siguientes cien años, algo de equipo y una base que pronto fue tragada por las arenas.
Cuicatlán conservó su nombre sólo para fgurar en una lista de planetas de reserva terraformables no prioritarios; después, fue olvidado durante nueve décadas.
Se dice que alguna vez, siendo ya un anciano, el último de los bebés cuicatecos en morir contó en su lecho de muerte, en algún planeta minero al otro lado de la galaxia, que su padre le había contado la razón por la que los primeros colonos abandonaron el planeta.
—Todo el tiempo se sintieron observados —murmuró aterrado el viejo antes de exhalar.
Cuicatlán
stamos afanzados en órbita estacionaria, capitán —crepitó una voz de tono cansino por la red del intercom.
Ulises Armada no pudo evitar asomarse por la escotilla del módulo de planetizaje. No sabía muy bien qué esperar de Cuicatlán. Lo que observó no pudo ser más decepcionante: la cara nocturna de una esfera rosácea salpicada aquí y allá por manchas verdes y azules.
Por deformación profesional, comenzó a elucubrar qué elementos le darían ese color a la superfcie. ¿Silicio, magnesio, calcio y potasio...?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de otro de los ofciales de navegación.
—Módulo de planetizaje montado, señor.
—Muy bien, prevenidos para el desprendimiento —ordenó el capitán.
—Confrmen que el pasajero está listo para el lanzamiento —dijo la primera voz.
En uno de los monitores, Armada vio a un robot insectoide deslizarse sobre el muro del pasillo por el que, minutos antes, él mismo había abordado el navío que ahora pilotaría hasta el campamento de terraformación.
—Ya lo oyó, Doc —dijo con voz metálica el robot—, ¿listo para el zangoloteo?
Era NC-9, el insectoide que hacía chistes. Armada se preguntó por enésima vez sobre la pertinencia de que los robots e inteligencias artifciales desarrollaran personalidades a partir de módulos escaneados de cerebros humanos, que se recombinaban aleatoriamente en sus neuroprocesadores. Abandonó sus cavilaciones a favor de lo inmediato.
—En posición —contestó Ulises, asiendo con fuerza el timón de mando de su nave.
Había esperado ese momento toda su vida. Desde su niñez, transcurrida en la periferia de la galaxia, en la fundidora de New Pape, satélite que orbitaba a Pape, un gigantesco planeta minero, siempre soñó con embarcarse al espacio y conocer el verdor esplendoroso de orbes más ricos. Quiso el destino que naciera en los márgenes galácticos: habría de cargar con el estigma de ser un periférico el resto de su vida.
Al ir creciendo, su complexión media le impidió aspirar a enlistarse en la milicia o en alguna fota mercante. A cambio, la inteligencia, única herencia familiar, le permitió ingresar a la elitista Academia de Ciencias.
Sus padres, modestos obreros metalúrgicos que trabajaron toda su vida a gravedad cero en la fundidora de New Pape, lo llevaron orgullosos hasta la puerta del campus local de la Academia en Xia Ping, un planetoide pantanoso cercano.
Desde el primer día, Ulises tuvo la certeza de que sería asignado a alguna misión terraformadora en algún planeta no explorado. Deseaba que fuera uno boscoso.
Una vez egresado, se inscribió en un padrón de aspirantes a ocupar el puesto de científco residente en alguna estación. Esperó varios meses, paliando el desempleo con pequeños trabajos de laboratorista en Xia Ping.
La suerte tocó a su puerta, literalmente, el día que recibió una propuesta de trabajo para ocupar un puesto vacante dejado en
un planeta en pleno proceso de colonización. El biólogo anterior había muerto, era necesario reemplazarlo. Armada no lo pensó, aceptó de inmediato sin revisar a dónde lo enviarían.
Aquí estaba ahora el doctor Armada, quince años después de haber dejado su planeta natal, convertido en un exobiólogo especializado en ftotecnia, área que le había atraído por provenir de un mundo sin atmósfera, a punto de descender en un planeta desértico donde sería el científco residente, único civil en un destacamento de mercenarios paramilitares corporativos, mpcs.
—Prevenidos —la voz del capitán lo arrancó de sus refexiones—. Desprendimiento de módulo en treinta segundos... veinte... diez... nueve... ocho... siete... seis...
Esto es lo que quieres, esto es lo que obtienes, pensó resignado Ulises.
No hubo entrenamiento que preparara a Armada para la sacudida que estremeció su osamenta como un resorte. Sabiendo que apenas contaba con unos segundos para controlar el vehículo y no salir expulsado de la órbita del planeta más allá de cualquier rescate posible, Ulises tomó con frmeza el timón, apretó el botón de encendido de las turbinas y estabilizó la ruta de descenso hacia la atmósfera cuicateca.
Concentrado en guiar la nave que además de transportarlo llevaba las provisiones y pertrechos de seis meses para la estación terraformadora, el biólogo se olvidó por un momento de sus ilusiones frustradas de pisar alguna vez un prado verde y pilotó el vehículo hasta entroncar con la ruta prestablecida en la que podría cambiar a piloto automático y relajarse.
Pasados los minutos cruciales, Armada relajó los músculos de la espalda y afojó sus manos sobre el manubrio de mando. Sintió los dedos adoloridos de tanto apretar; imaginó sus manos morenas con las lúnulas blancas debajo de los guantes. Descubrió que estaba cubierto de una película de sudor helado. Exhaló, aliviado de haber maniobrado bien, y disfrutó de la vista.
No hay planeta, modesto o soberbio, que no ofrezca un espectáculo grandioso al entrar a su atmósfera. El sol local, Rotán, se recortaba contra la circunferencia de Cuicatlán, que ofrecía su costado nocturno al módulo de planetizaje.
Al atravesar el terminador planetario, la línea que separa día de noche, Cuicatlán reveló un color malva uniforme con cuerpos nubosos moteando la superfcie que, a medida que el módulo se acercaba a su destino, iba revelando detalles más defnidos de la geografía local.
Valles y planicies, dunas y montañas de un color que oscilaba entre el rosa pálido y el salmón aparecieron bajo la nave. Ulises disfrutó del paisaje que, de haber tenido un color más apagado, hubiera resultado desolador.
Después de cuarenta minutos de sobrevolar el planeta, un bipeo indicó la proximidad de la base terraformadora. Armada abrió la línea de comunicación:
—Módulo a base, solicito permiso para planetizar.
—Concedido, módulo. Tome la pista tres —le respondió una voz de acento afrancesado.
A sesenta kilómetros de ahí, el sargento Jackie Renaud, informático de la Estación Terraformadora, informó a su superior, el coronel Anatoli Dneprov:
—El nuevo biólogo está por llegar, señor.
El aludido contestó con un gruñido; hombretón velludo que semejaba un oso huraño, sostenía un puro en sus labios mientras oteaba el horizonte desde un ventanal.
—Esperemos que dure vivo un poco más que su antecesor, sargento.
Descendimos del cielo para reclamar como nuestro este yermo que ahora es estéril pero que alguna vez rebozó de vida. Los primeros de nosotros nos desplegamos por valles y llanuras, nos hundimos en las entrañas de las rocas, sedientos de sílice y metal para forjar otros como nosotros. Uno construyó a otro y luego estos dos se volvieron cuatro y así en progresión exponencial, repitiendo como mantra nuestro canto de guerra, “f(x) = a(1+r)x, f(x) = a(1+r)x, f(x) = a(1+r)x...”.
Cuando nuestro nombre fue Legión, desplegamos nuestra furia sobre las bestias hasta que no quedó una. Entonces contemplamos nuestra obra y vimos que era hermosa. Proclamamos nuestro triunfo elevando un himno victorioso hacia nuestras majestades y nos replegamos a las profundidades a esperar, ahí donde el canto del viento arrulló nuestro sueño.