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MOIRA BUFFINI

FuEGO DE ANTORCHA

TRiLOGíA DE LA ANTORCHA. LiBRO ii

Traducción de Pilar Ramírez Tello

Fuego de antorcha

Título original: Torchfire

Todos los derechos reservados a © Moira Buffini, 2025

Publicado por primera vez en inglés con el título de TORCHFIRE por Faber & Faber Ltd., Londres

Publicado en acuerdo con Casanovas & Lynch Literary Agency S. L.

Traducción: Pilar Ramírez Tello

Mapa e ilustraciones: © 2024, David Wyatt

D.R. © 2025, Editorial Océano S.L.U.

C/ Calabria, 168-174 - Escalera B - Entlo. 2ª 08015 Barcelona, España www.oceano.com

D.R. © 2024, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Guillermo Barroso 17-5, Col. Industrial Las Armas Tlalnepantla de Baz, 54080, Estado de México

Primera edición: 2025

ISBN: 979-13-990221-4-8 (Océano España)

ISBN: 978-607-584-179-3 (Océano México)

Depósito legal: B 18496-2025

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

impreso en españa / printed in spain

9005975011025

PRÓLOGO aLONDRA

Estoy tumbada con mi madre en el fondo de una barca. Algo acude a mí, a caballo entre el sueño y el recuerdo.

De nuevo soy una niña pequeña y estoy en la cama de mis padres. Los cuatro estamos acurrucados allí, unos encima de otros: mi hermano Piper, que es un año mayor que yo, me clava las largas piernas y los pies infantiles; mi padre extiende su gran brazo de marinero sobre ambos; y mi madre, Curlew Crane. Ella esboza poco a poco una sonrisa que es como un rayo de luz que le brota del alma, y mi padre pronuncia mi nombre.

—Elsa.

Lo oigo dentro de mí.

Estoy calentita y a salvo en mi recuerdo onírico y no quiero despertar, pero el frío me alcanza. Siento el movimiento de las olas, oigo el grave zumbido de la turbina de la barca. La batería me vibra bajo el cuerpo y nos impulsa hacia el sur.

Recuerdo.

Vamos de camino a Brightlinghelm, los cuatro, huyendo sobre las olas: mamá, Heron Mikane, Yan Zeru (cuyo verdadero nombre es Alción) y yo. Piper no está, ni tampoco mi padre. Nuestra familia ha quedado dividida por culpa de la

guerra y la muerte. Papá ya sólo vive en el mundo de los sueños. Y Piper demostró anoche que es mi enemigo. Estuvo a punto de contarle a todo el pueblo que poseo la melodía de luz y llamarme inhumana. Se lo vi en los ojos cuando me miró, y el dolor que me produjo todavía me recorre el cuerpo.

Tengo un brazo alrededor de mi madre. Huele a sangre coagulada y su rostro presenta un aspecto espectral a la luz de la luna. La sangre me ha dejado pegajosas las manos. La bala que lleva incrustada en el hombro pone su vida en peligro. Abandonamos Northaven bajo una lluvia de disparos cuyo sonido todavía me reverbera en los oídos.

Me incorporo sobre los codos y vuelvo a ponerme alerta. Alción está tumbado al lado de mamá, descansando, calentándola con su calor corporal. La luna le proyecta la luz suficiente en la cara como para verle la forma de la mandíbula, las bonitas cejas, el pelo largo que le cae sobre la mejilla, los hombros musculosos. Eso hace que me irrite conmigo misma. A pesar de lo desesperado de nuestra situación, sigo distrayéndome con el atractivo de este chico.

Consigo enderezarme y veo una figura más grande encorvada sobre la caña del timón; su silueta se recorta contra el mar, bajo la luna. Heron Mikane guía la barca. Aunque su rostro está en penumbra, conozco su expresión: de fortaleza rota. El pasado persigue a Heron como una ola creciente, siempre amenazando con caerle encima. Se gira para mirar atrás, a la estela de luna en el agua, como si la muerte en persona corriera hacia nosotros.

Curl está fría como el mármol. El pecho apenas se le mueve cuando respira.

—Mamá…

—No la despiertes —susurra Alción con su suave acento ailandés—. Está aguantando bien. Lo que su cuerpo necesita ahora es dormir.

Me roza la mano con la suya y, en un instante, es como si regresara al fuego y la confusión de Northaven, de donde hemos huido. Estaba tan asustada y enfadada con ellos que dejé escapar un rugido. Y envié mi melodía de luz muy lejos. «¡Ruiseñor!», grité.

Había angustia en su luz cuando vio lo que nos hacían.

«¡Alondra!».

Su melodía me ardía dentro, me convertía en mil estrellas.

«¡¡¡Alondra!!!».

Ruiseñor me ayudó, a pesar de estar encerrada en la jaula dorada de la hermana Swan.

La encontraré. Y la liberaré.

Pronto llegará el alba y nuestra barca será visible. Nuestros perseguidores se acercarán. Me tumbo de nuevo al lado de mi madre y procuro calentarla con mi cuerpo mientras intento dejar de darle mil vueltas a la cabeza.

Respiro, y el mar sigue subiendo y bajando, sosteniéndonos entre la tierra y la luna.

PRimeRa PaRte

El diario de Petra

Celestis. Día cuatro

Han pasado cuatro largos días desde que comenzara nuestro viaje en la aeronave Celestis. Diez días desde la última vez que vi a Fenan. Estoy escribiendo su nombre por toda la página, como si me lo grabara en el corazón. Fenan Lee. Fenan Lee. Fenan Lee. ¿Por qué molestarme en escribir otra cosa?

A pesar de la altitud, siento un gran peso encima. Esta aeronave flota más despacio que las nubes y debajo no hay más que océano. La aeronave Angelus vuela por delante de nosotros. Es una imagen impresionante, pero la contemplo con indiferencia. La Angelus virará primero al norte y subirá por la costa oeste del gran continente. Poco después la seguiremos, aunque por la costa este. Solarus , que vuela detrás de nosotros, continuará por encima de otro océano, el viaje más largo de todos. Pronto perderemos contacto con Marlanda, nuestro hogar. En los días de la antigüedad, antes de la Gran Extinción, existía una red de satélites que rodeaba el planeta, de modo que la comunicación era tan sencilla como mi voz verdadera. En nuestro viaje, estaremos muy solos.

Todavía se palpa la tensión, incluso con mi padre, pese a su carácter apacible. Se muestra paciente conmigo, pero algo ha cambiado. Percibo su decepción, y eso es peor que la rabia de mi madre. A ella la envuelve una escarcha de hierro. La pillé mirándome como si yo fuera una desconocida.

Día cinco

¿Cómo voy a soportar el encierro en este camarote con mis padres? Faltan cinco meses para regresar a casa. La única intimidad de la que disfruto es la que me aporta este librito. Fenan me lo puso en la mano en nuestro último encuentro y me dijo unas palabras que no olvidaré nunca, preciosas palabras de boca, con su voz amable.

«No puedo cambiar las cosas. Seguiremos caminos distintos en la vida —dijo—. Pero pon por escrito tus pensamientos, Petra.

Así los podré leer, aunque estemos lejos. Piensa sin ataduras». «Lo haré», respondí yo. Y lo besé con amor, con todo mi corazón.

Mi madre nos vio. Despidió a Fenan de su trabajo como mi profesor de lengua y, con su aguda voz verdadera, llamó a los agentes de la División. Cómo la ODIO; no tenía por qué hacerlo. Le grité y le supliqué, pero no me escuchaba. Me dijo que CERRARA LA BOCA, que le estaba dando DOLOR DE CABEZA. Ahora, mi padre y ella me han obligado a acompañarlos en este ESTÚPIDO VIAJE.

SE ME ROMPERÁ EL CORAZÓN. Quiero estar con FENAN, de vuelta en Ciudad de Marlanda.

LO AMO.

¿QUÉ LE HAN HECHO? ¿CUÁL SERÁ SU CASTIGO?

Día seis

Procuro evitar al resto de la tripulación. Hablo con ellos durante las comidas, pero me paso casi todo el día en el camarote. Cuando entran mis padres, escondo este diario bajo el colchón. Por la noche, mi padre ocupa el silencio hablando de su trabajo con el equipo de cartografía. Es amable conmigo, pero todo lo que dice resulta mortalmente aburrido. Me asomo a la ventana y observo las nubes que sobrevolamos.

Apenas veo a mi madre, GRACIAS AL CIELO. Suele estar en la cubierta de observación mirando imágenes de animales marinos extintos, dibujando aburridos diagramas, haciendo planes aburridos. Esta noche ha regresado con cara de sentirse muy satisfecha.

«Hacía varias generaciones que los exsimios no realizábamos una evaluación global», dijo, confundiéndome con alguien interesado en el tema.

Por la noche me pongo tapones para los oídos porque mis padres roncan.

Día siete

He vuelto a estudiar lengua, pero nada agrada a mi madre. Ha empezado a despotricar, diciendo que decepciono a la familia con mi conducta taciturna. Tendría que aparecer rauda y sonriente para la comunión de la noche. Ayer llegué tarde y casi me choco con el almirante del aire Xalvas, nuestro comandante, que entraba para empezar la unión mental. Me dijo «Buenas noches, Petra», pero noté que se sentía agraviado. Como vuelva a llegar tarde, mi madre me va a comer con patatas. Según

ella, Xalvas es un hombre de gran virtud que pertenece a una de las familias soberanas de Marlanda. Siguió dale que te pego durante un rato, pero yo lo único que oía era blablablá.

Me concentro en las antiguas lenguas sapiens que me enseñaba Fenan. Cuando mamá me ve trabajar, me deja en paz. No soy la única hija del viaje. Xalvas ha traído a su hijo, que es tres años mayor que yo. Está formándose para ser líder. Charlus. Me cayó mal en cuanto lo vi. Es demasiado alto y tiene aspecto de mantis. Yo soy la siguiente mayor, a mis diecisiete años, pero no lo bastante como para que me traten como parte de la tripulación, cosa que sí ocurre con Charlus. Puede que por eso no encaje. Mi madre dice que me tratarán como a una niña si me comporto como una niña, y yo quiero decirle que SE TIRE POR LA BORDA.

Día ocho

Querido Fenan:

Quiero llevar tus labios a los míos y apretarme contra tu cuerpo. Fue como si nuestras respectivas esferas de ser se unieran con ese beso y todas nuestras diferencias se disolvieran. ¿Qué más da que no seas exsimio? Fenan Lee, quiero besarte, abrazarte y escuchar tu corazón sapien. Porque, en realidad, ¿acaso somos tan diferentes?

Día nueve

Esta tarde recorrí la Celestis de un extremo a otro, contemplando el azul de abajo y el azul de arriba, y sintiéndome muy

pequeña en este cruel mundo azul. Cielo y mar. Me han traído a este viaje para castigarme. O para salvarme.

Día diez

Esta noche, en la comunión, hablé por primera vez. Xalvas me pidió que describiera el antiguo audio sapien que he estado estudiando, las voces que descienden por las venas de la historia: nuestros antepasados. Estoy practicando su gramática y pronunciación, palabras de boca, como me enseñó Fenan, en uno de los antiguos idiomas globales. Le conté a la tripulación que, a pesar de haber transcurrido milenios desde que se hablaran esas lenguas, algunas de las raíces de las palabras y de las estructuras podrían conservarse. Si encontramos civilizaciones sapiens del tipo que sea, tendremos un punto de partida para la comunicación. El almirante del aire Xalvas comentó que era muy interesante.

Esta noche hay una vista preciosa de las estrellas. La Cruz del Sur es la constelación más brillante. Celestis es una aeronave diminuta que cruza un planeta pequeño en la espiral exterior de una galaxia cualquiera. Somos una nimiedad insustancial y nuestra existencia no es más que un segundo en el tiempo.

Día once

Empezamos a ver pasar atolones e islas a media tarde. Fue un alivio ver tierra. La aeronave Angelus nos ha dejado para partir rumbo al norte y explorar la costa occidental. No vol-

veremos a verla hasta dentro de muchos meses. La contemplé hasta que desapareció, y Garena se acercó para acompañarme. Es nuestra archivista, sólo tiene cuatro años más que yo y emana buenas intenciones. La ayudé a capturar imágenes de una antigua ciudad sapien: un enredo de ruinas que asomaba entre la nieve. Nadie ha vivido ahí desde la Gran Extinción. Celestis ha frenado su marcha hasta moverse a paso de caracol para que el equipo de mi padre cartografíe la costa.

Más tarde

¿Podría hablarle a Garena de Fenan? Le pregunté si alguna vez había estado en la zona sapien, pero me dijo que no. Necesitaría permiso por escrito del comodoro Bradus, nuestro agente de la División. Los sapiens nos lo hacen todo, pero nadie parece pensar que permanecer tan separados sea extraño. Día trece

Mi padre ha perdido la paciencia. Me dijo que tenía mucha suerte de participar en la misión «Hemos venido para construir un futuro nuevo», proclamó. Dice que todo el mundo está harto de mi ánimo decaído y que los estoy decepcionando a mi madre y a él. Me hizo llorar.

Me dijo que Garena necesita a alguien que la ayude en el archivo y que, a partir de ahora, trabajaré con ella. Llegué al escritorio de Garena apenas capaz de comunicarme. Pero ella

fue buena conmigo y, en un par de horas, ya me estaba haciendo reír. ¿Sabrá por qué estoy aquí? ¿Lo sabe el almirante del aire Xalvas?

Recuerdo el horrendo día en que me descubrieron con Fenan. La voz verdadera de mi madre rebosaba sorpresa y dolor.

«¿Cómo has podido pensar que os permitiríamos emparejaros?», exclamó ella.

«¿Es que no lo entiendes? —gritó mi padre—. Tendríamos que cortar el contacto contigo; no volveríamos a verte».

Día dieciséis

Hoy ha sido un día emocionante. Hemos visto abajo a nuestros primeros sapiens salvajes. Se ha hablado de enviar un destacamento de desembarco, pero Xalvas nos urgió a seguir hacia el norte. «Este viaje es sólo de reconocimiento —dijo—. El siguiente será el del primer contacto».

Charlus me preguntó si quería ver los vehículos de exploración. Me llevó al hangar y me enseñó cómo funcionaba uno. Se comportaba como si supiera pilotarlo, pero sé que todavía está en el periodo de entrenamiento. Sólo ha usado el simulador.

Día veinte

Garena tiene siete hermanos y tres hermanas. Sus padres usaron gestantes sapiens, como los míos. Es bueno saber que el embarazo y el parto nunca nos estirarán ni nos destrozarán

el cuerpo. Hablamos de lo desagradable y horrible que debió de ser. Eso me ha hecho pensar en la sapien que me llevó en su vientre. Esa mujer cuidó de mí hasta que cumplí los tres años porque mis padres estaban fuera, en una misión extraplanetaria en nuestra colonia marciana, Terra Nova.

Tengo un agujero en la memoria en lo que respecta a mi gestante. Supongo que la llamaría mamá y recuerdo la sensación de sus fuertes abrazos, aunque nunca supe su nombre. ¿Qué pensaba ella de mí, tras llevarme en su interior? ¿Le hice daño? Ojalá recordara algo más de ella; sufro al intentar hacerlo.

Día veintiuno

Sobrevolamos una amplia cuenca fluvial. Garena me señaló los restos de antiguas viviendas bajo el agua. Me dijo que, miles de años atrás, allí vivían quince millones de personas. Quince millones; todo lleno del ruido, la suciedad y la música de la vida sapien. Ahora no hay más que silencio, salvo por el agua en la orilla. Una ciudad sumergida, hogar de pececitos. Busco en el archivo algún registro de su nombre. Encuentro una grabación de audio en la que una antigua mujer sapien la llama Benos Arees.

El equipo de biología está entusiasmado porque ha visto una bandada de pájaros migratorios muy poco comunes. No había visto a mi madre tan contenta desde que salimos de Ciudad de Marlanda.

Día veinticinco

Garena me ha contado que los sapiens de aquí talaron su selva en un frenesí suicida de destrucción. ¿Por qué destruyeron la Tierra cuando tenían ciencia, cultura y conocimiento? ¿Qué locura se apoderó de ellos? Es el gran misterio de los tiempos antiguos.

Aprender sobre la Gran Extinción me ha entristecido. Puede que los exsimios carguemos con esa tristeza en nuestra alma.

Nunca podré estar con Fenan. En el fondo, lo sé.

Día veintisiete

Anoche comimos en la mesa del almirante del aire. Un honor. La familia de Xalvas forma parte de los supervivientes de la colonia de nuestro planeta rojo, Terra Nova. Charlus pasó su infancia lejos de la Tierra. Quizá venga de ahí su color cetrino. Todos los de Terra Nova lo tienen, aunque su herencia genética sea la mejor y la más avanzada. Estaban recordando los días en los que los transportes espaciales iban y venían continuamente de Ciudad de Marlanda. Todos los jóvenes marlandeses tenían que ir de misión obligatoria a Terra Nova. A Xalvas y a su mujer les gustó y se quedaron. Tuvo que ser horrible cuando el campo gravitatorio empezó a fallar. Charlus y su padre se fueron antes de la tormenta solar, pero su madre murió allí. Compartimos una tristeza común recordando a los fallecidos.

Día treinta

Hay mucho trabajo. Hoy mi madre vuelve a salir de la aeronave. Su vehículo de exploración está en la superficie, tomando muestras de tierra y flora, y comprobando los niveles de toxinas. Charlus está a cargo de reponer el agua y ha bajado con ella para hacerle pruebas a un manantial de agua dulce.

Ayer vimos de nuevo a unos sapiens nómadas; pastores, un grupo de familias a caballo y su ganado, que pastaba en la hierba dispersa. Cargados con sus niños a la espalda, alzaban la vista para mirarnos. Envié mi voz verdadera y, por extraño que parezca, juraría que recibí un saludo de vuelta, una pregunta curiosa que procedía de una de las figuras diminutas de abajo. Garena se rio de mí y me dijo que alucinaba. Hemos perfeccionado nuestra capacidad para comunicarnos mediante la intervención genética y varias generaciones de reproducción selectiva. Es una idea romántica imaginar que los sapiens de abajo son igual de sofisticados.

Esta noche pasamos por encima de un pueblo viable, construido a partir de las ruinas de una ciudad antigua, pero, de nuevo, Xalvas insistió en pasar de largo. El primer contacto no forma parte de nuestra misión. Mi madre ha traído esquejes de plantas y los está analizando por si hay patógenos y radiación. Lo único que veo de ella es el traje blanco reluciente y el visor sobre la cara. Mi padre trabaja en sus mapas y ronca.

Día treinta y dos

Charlus me estaba contando que regresó en una de las últimas naves que salieron de Terra Nova cuando tenía ocho años. Ya hace doce que perdimos todo contacto con el planeta rojo. Los restos de su madre yacen en las ruinas de la colonia. No sé qué decirle. Guardamos silencio durante un rato y después empieza a hablarme de lo diferente que es nuestra aeronave de las naves para viaje espacial. Dice que la ingravidez es imposible de imaginar, a no ser que la hayas experimentado. Después del largo viaje de vuelta desde Terra Nova, había perdido tanta masa muscular que apenas podía andar. Su cuerpo tuvo que aprenderlo todo de nuevo. Sin embargo, en la nave, hacía baile aéreo. Le pregunté cómo era. Me dijo que es la mejor sensación del mundo y que no hay nada en la Tierra que se le parezca. Le gustaba todo de Terra Nova y la echa muchísimo de menos. Dice que la gente que nació allí comparte un vínculo especial.

Más tarde

¡QUÉ CONTENTA ESTOY! ¡Garena me ha preguntado si quiero compartir camarote con ella! Acabo de trasladar mis cosas. Su habitáculo es DIMINUTO, pero me encanta. ¡Por fin tengo intimidad! Y Garena es muy graciosa. Y SABE de la vida. Me contó que la emparejaron con un geólogo llamado Marcus, pero que rompió el compromiso y solicitó plaza en una aeronave distinta. Me dijo que el comportamiento de algunos hombres dejaba mucho que desear. «¿Era infiel?», le pregunté. Ella se rio sin más, como si la respuesta fuera: «Por supues-

to». Voy a pasarme por la tienda de la aeronave para comprarle bombones.

Al anochecer, nuevas constelaciones aparecen por el norte.

Día treinta y cuatro

Esta noche, durante la cena, Xalvas me preguntó si me gustaría formarme con Charlus para unirme a una de las tripulaciones de los vehículos de exploración. Acepté de inmediato y me fijé en que mis padres se alegraron. Sentí un gran alivio al pensar que quizá estuvieran orgullosos de mí, por fin.

Charlus se me acercó después de la cena. Estaba muy satisfecho de sí mismo porque había aprobado su examen de aptitud para el vehículo de exploración, y decía que pronto podría llevarme a dar una vuelta.

Espero que mis padres no quieran emparejarnos.

Día treinta y cinco

Hay muchos sapiens en el hangar de los vehículos y ninguno de ellos me mira a los ojos. Dicen «sí, señorita» o «no cuento con esa información», por muy abierta y simpática que sea con ellos… Y sé que se me dan bien las palabras de boca. He aceptado que no quieren hablar conmigo.

Me estrellé en una de mis simulaciones de vuelo porque estaba pensando en Fenan. Charlus podría haber reaccionado con amabilidad, pero se rio de mí.

Día treinta y ocho

Por los pelos. ¡¡¡Han atacado el vehículo de exploración de mi madre!!! Los sapiens salieron del bosque armados con ballestas de saetas envenenadas. Torens, su ayudante, ha resultado herido. El veneno es fuerte y está muy enfermo. Esta noche me toca participar en su vigilia de cuidados. Mi madre está bien, aunque alterada. Cuando Torens cayó, ella se hizo cargo del fulminador y tuvo que eliminar a los sapiens. Creo que eso le ha afectado. Mi padre le recordó que, de todos modos, esos sapiens acabarán por morir. «Es inevitable que los reemplacemos —le oí susurrarle mientras la abrazaba—. Querida, ahora esto es nuestra Terra Nova».

Día treinta y nueve

Torens ha muerto. Xalvas se dirigió a todos nosotros en una ceremonia solemne. Después de su panegírico a Torens, dijo: «Los exsimios nos enfrentamos a grandes peligros y dificultades al construir nuestra colonia en Marte. Puede que pensáramos que poblar la Tierra sería sencillo, en comparación. No es así. Esto nos demuestra lo complicado que va a resultar. No debemos olvidar lo fuerte que es el sapien. En algunos lugares, quizá establezcamos alianzas con él, pero, allá donde sea nuestro enemigo, debemos estar preparados para hacer lo que sea necesario». Alabó el valor de mi madre y su presencia de ánimo al repeler el ataque de los sapiens.

Le dije que había sido muy valiente. Creo que me está perdonando.

«Estamos haciendo esto por ti —me dijo ella—. Nos arriesgamos a forjar un nuevo dominio para ti, para los jóvenes. Todo lo que ves ahí abajo… será tierra exsimia algún día».

Sus palabras me han inspirado. Quiero aportar lo que pueda a esta gran misión. Me siento orgullosa de trabajar con ahínco por la Celestis, por el futuro de todos los exsimios.

Día cuarenta y cuatro

Demasiado ocupada para escribir. Ahora estamos bastante más al norte del ecuador, flotando por encima de un mar de cristal. Sigo con mi formación: cómo usar la tecnología, prácticas con las armas, primeros auxilios. Mi madre es una científica increíble. Con razón Xalvas depende cada vez más de ella. Ahora cenamos casi todas las noches en la mesa principal.

Día cuarenta y siete

El terreno que sobrevolamos es desolador en grado sumo. No hay sapiens salvajes, ni apenas nada de fauna grande. Eriales y desiertos durante varios cientos de kilómetros; los restos de una ciudad muerta tras otra. Las guerras antiguas han dejado este lugar despojado de vida, salvo la más básica. La nave ha subido de altitud para evitar la radiación y, desde donde estamos, podemos ver la curva del planeta. Pasamos por encima de las interminables tierras yermas, tan tóxicas y expuestas. Nos estamos quedando sin agua dulce, pero hace cinco días que no se permite la salida de ningún destacamento de desembarco. Xalvas ha insistido en acelerar. No nos quiere aquí arriba, en

la estratosfera helada, durante demasiado tiempo, así que mi padre trabaja a destajo para cartografiar las tierras yermas.

Ocupada todo el día, agotada por la noche. Más al norte, hay montañas con picos cubiertos de nieve. Esperamos que marquen el final de las tierras yermas. La Celestis empieza a descender.

Día cuarenta y nueve

Estaba aprendiendo a combatir y mi compañero era Charlus. Logré tirarlo de espaldas, pero me agarró por el tobillo y me tiró encima de él. Técnicamente, estaba haciendo trampa. Me dijo que los sapiens no luchan siguiendo las reglas y que tengo que estar preparada. Le noté el hueso de la cadera al levantarme.

Garena dice que le gusto. Eso debería alegrarme, ya que pertenece a una familia soberana. Pero cuando estaba encima de él sólo podía pensar que Fenan era muy superior.

Día cincuenta

Estaba observando la puesta de sol cuando lo oí. Una voz: «Alon…».

Regresó de nuevo, como si la proyectara uno de los antiguos satélites: «Alon…».

Era un grito muy sentido que llegaba del norte más lejano. Un exsimio. Garena entró en ese momento. Intentó escuchar la voz, pero no la percibía.

«Te lo estarás imaginando».

«Escucha», insistí. Y la oí de nuevo.

Garena no oía nada. «Todo el mundo sabe lo fuerte que es tu voz verdadera, Petra. Quizá seas capaz de oír a la Angelus al otro lado del continente».

No me hace caso. El grito permanecía en mi alma, lleno de dolor y preocupación: «Alon…».

Una chica. Procuré escuchar con más atención, esforzándome al máximo hasta volver a oírlo. Cuando llegó, sentí el amor y la desesperación que impregnaban el grito. Me di cuenta de que era un nombre.

«Alondra».

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