

Robert J. Coplan El GOZO de la SOLEDAD

EL GOZO DE LA SOLEDAD
Cómo reconectar contigo mismo en un mundo hiperconectado
Título original: THE JOY OF SOLITUDE. How to Reconnect with Yourself in an Overconnected World
© 2025, Robert Coplan
Publicado según acuerdo con The Foreign Office Agencia Literaria, S.L. y The Weis Agency Ltd.
Traducción: Amira Plascencia Vela
Diseño de portada: Math Monahan
Siluetas: JakeOlimb/iStock
D.R. © 2026, Editorial Océano, S.L.U.
C/Calabria, 168-174 - Escalera B - Entlo. 2ª 08015 Barcelona, España www.oceano.com
D. R. © 2026, Editorial Océano de México, S.A. de C.V.
Guillermo Barroso 17-5, Col. Industrial Las Armas
Tlalnepantla de Baz, 54080, Estado de México info@oceano.com.mx
Primera edición: 2026
ISBN: 978-607-584-188-5
Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. La infracción de los derechos mencionados puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. El autor y la editorial no se responsabilizan del uso indebido de su contenido.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) o a CeMPro (Centro Mexicano de Protección y Fomento de los derechos de autor, www.cempro.org.mx) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Impreso en México / Printed in Mexico
Índice
Capítulo 1. Estoy solo: introducción a la soledad, 9
Capítulo 2. Creo que ahora estoy solo: lo que es la soledad (y lo que no es), 21
Capítulo 3. ¿Por qué la soledad tiene tan mala fama?
Tengo una teoría, 39
Capítulo 4. No sólo los solitarios: confrontar lo peor de la soledad, 57
Capítulo 5. ¿Te basta con estar a solas? Tengo una teoría, 79
Capítulo 6. La “medida justa”: la falta de soledad y el Principio de Ricitos de Oro, 103
Capítulo 7. Solitarios, hogareños e introvertidos… ¡qué le vamos a hacer! Los memes y la realidad de preferir la soledad, 123
Capítulo 8. Aprender a pasar el tiempo a solas: ¿cómo convivir mejor con la soledad?, 147
Capítulo 9. Conquistar el tiempo a solas: cómo puede ayudarnos la soledad a explorar nuestro lado creativo, 167
Capítulo 10. La IA y yo: cómo estar a solas cuando tienes el teléfono cerca, 187
Capítulo 11. La crianza y la soledad: cómo fomentar una soledad saludable en los niños, 209
Capítulo 12. Estar soltero o compartir la soledad: cómo navegar la soledad en las relaciones interpersonales, 233
Capítulo 13. La vida a solas: algunas consideraciones finales sobre la soledad, 255
Agradecimientos, 267
Bibliografía, 271
Índice analítico, 287
Capítulo 1
Estoy solo
Introducción a la soledad
Resulta que todo lo que necesitaba saber acerca de la soledad lo pude haber aprendido en el jardín de infantes.
Cuando era estudiante del posgrado en psicología del desarrollo, centré la investigación de mi tesis en las maneras en que los niños jugaban en la escuela. Por consiguiente, pasé incontables horas observando las actividades que diariamente se llevaban a cabo en centros preescolares y jardines de infancia. Llegaba cada mañana armado con mi portapapeles y mi cronómetro, y, tratando de no molestar, me pasaba el día sentado en una sillita en la esquina del salón de clases. En ocasiones, los niños se acercaban y me preguntaban qué hacía ahí o me invitaban a jugar. Sin embargo, después de un rato se acostumbraban a mi presencia y, en cierta forma, yo me volvía parte de la decoración de fondo.
Se puede aprender mucho sobre los niños con tan sólo observarlos. La mayoría de las investigaciones previas sobre el comportamiento social infantil se enfocaron en la manera en que los niños aprendían a relacionarse entre ellos, lo cual es una tarea primordial del crecimiento. Desde luego, llevarse bien con los demás continúa siendo una tarea importante durante la vida adulta. Históricamente, los psicólogos del desarrollo también se han preocupado mucho por estudiar las consecuencias de que los niños no se lleven bien
unos con otros. Por lo tanto, cuando se sentaban a observar a los niños pequeños en las escuelas, ponían mucha atención a los episodios de conflicto y agresión, lo que no es sorprendente porque estas eventualidades causan ruido y alteran el orden general en el aula. Incluso, en caso de que surjan agresiones, alguien puede salir lastimado. Por ello le prestamos tanta atención a este tipo de situaciones entre la gente adulta.
Sin embargo, a mí me interesaba algo distinto. Yo deseaba aprender más sobre la manera en que los niños se relacionaban con ellos mismos. Me resultaba fascinante observar a los pequeños que se entretenían solos, a pesar de estar rodeados de otros posibles compañeros de juego. Así que observé; y observé todavía más. Por supuesto, todos los niños son distintos. Aun así, empezaron a surgir ciertos patrones y noté que podía clasificar en tipologías específicas a los que tendían a pasar mucho tiempo solos en la escuela.
Algunos de ellos parecían muy contentos al jugar sin compañía y sin hacer ruido; construían con bloques, dibujaban o llevaban a cabo otras actividades individuales. Por lo general, respondían que sí cuando otros niños se acercaban a invitarlos a jugar. Sin embargo, cuando el juego terminaba, regresaban alegremente a sus actividades en solitario.
Los niños que parecían estar incómodos cuando se encontraban solos pertenecían a otra tipología. Ellos pasaban mucho tiempo observando a sus compañeros, pero no se unían al juego. Parecían estar muy interesados en lo que los otros hacían y gravitaban hacia las oportunidades que les permitieran relacionarse, pero cuanto más se acercaban a la acción, más los frenaba su creciente incomodidad. Ellos sobrevolaban las fronteras de los círculos sociales que les rodeaban, pero rara vez cruzaban la periferia.
Había otros que se entretenían solos, pero eran muy ruidosos. Interactuaban de manera torpe y, como resultado, sus esfuerzos por juntarse a jugar con otros eran frecuentemente rechazados. Esos
niños parecían frustrarse cuando tenían que entretenerse sin compañía. No querían estar solos, su cara lo decía todo.
También tomé nota sobre los niños más extrovertidos, quienes revoloteaban por todo el salón; ellos buscaban estimulación social e interacción constantemente. En los pocos momentos en que se encontraban solos, se notaba que no les gustaba la soledad, por lo que rápidamente buscaban otra ocasión para relacionarse.
Cuando realizaba esta investigación, pensé que ya sabía todo lo relacionado con la soledad. Sin embargo, al mirar atrás, comprendo que no lo sabía todo; al contrario, no tenía idea de lo mucho que ignoraba. Aunque todo estaba ahí, enfrente de mí. El salón del jardín de infancia fue el microcosmos perfecto para entender las complejidades ocultas que rodean a la soledad. Los niños modelaron muchas de las diferentes relaciones que formamos a través de ella. Es posible que si me hubiera esforzado más al observar, si me hubiera abierto más a descifrar lo que los niños podían estar pensando (“Deseo que alguien juegue conmigo” en lugar de “¿De qué color pinto este árbol?”) y sintiendo (triste en lugar de contento), habría comprendido que las diferentes experiencias que tenían los niños al estar solos eran fundamentales para interpretar los complejos, e incluso paradójicos, vínculos entre la soledad y el bienestar. Supongo que esta historia habría sido mejor si, durante una de las sesiones de observación, hubiera experimentado una revelación inesperada sobre el funcionamiento interno de la soledad. Desafortunadamente, eso no sucedió. No obstante, todas las horas que pasé observando a los niños jugar despertaron mi interés en la idea de que la soledad es más complicada de lo que pensamos. Mi gran revelación científica llegó treinta años después, pero ésa es otra historia.
Estamos solos
La soledad forma parte de la experiencia humana. Según la Encuesta Estadounidense de Uso del Tiempo (atus, por sus siglas en inglés), a la edad de quince años los estadounidenses pasan un promedio de más de tres horas por día a solas. Durante las décadas de los veinte y treinta años, el tiempo que se pasa en soledad aumenta aproximadamente a cuatro horas y media diarias. A medida que envejecemos, cada año que transcurre estamos más tiempo en soledad. Hacia los setenta años pasamos, en promedio, más de siete horas a solas. La soledad es una experiencia con la que estamos muy familiarizados. Es un aspecto fundamental de nuestra vida diaria. En consecuencia, resulta sorprendente que sepamos tan poco de ella. Por esa razón, persisten tantos conceptos erróneos, mitos y falacias rotundas sobre la soledad.
La soledad tiende a evocar una amplia cadena de reacciones personales. En parte, esto sucede porque todos la experimentamos de forma distinta. Como resultado, cada uno de nosotros tiene una relación única con la soledad. Es difícil predecir y entender las relaciones porque contienen lo que solemos llamar propiedades emergentes. Esto significa que la naturaleza total de una relación es más que la suma de sus partes, o las características individuales de las personas involucradas en dicha relación. ¿Alguna vez has intentado hacer de casamentero y unir a dos de tus amigos? Es posible que conozcas muy bien a ambas personas y tengas la seguridad de que se van a llevar muy bien. No obstante, la cita es un desastre. Lo que es más, los dos te preguntan cómo pudiste creer que formarían una buena pareja. No hay por qué sentirse mal. Las relaciones tienen propiedades únicas y a menudo son impredecibles, incluso si conoces muy bien a las personas involucradas.
De manera similar, hay propiedades emergentes en juego cuando se trata de la relación que tenemos con nuestra propia compañía.
Para algunas personas, esta relación es alentadora e íntima, la soledad les hace sentir bien. Para otras, es una relación frustrante y agotadora, la soledad las hace sentirse enojadas. Para otras más, puede ser una relación inquietante y ambivalente; con frecuencia, la soledad las hace sentirse ansiosas, y así sucesivamente. Tal como pasa en otras relaciones, la que tengamos con la soledad puede traer consigo aspectos positivos y negativos. Por lo tanto, si realmente deseamos que nuestra relación con la soledad sea sana, necesitamos estar dispuestos a trabajarla.
Uno de los problemas más generalizados de la soledad es que forma parte de nuestro día a día, por lo que no le ponemos mucha atención y, como resultado, descuidamos la importancia que tiene para nuestro bienestar. Un amigo mío me contó una anécdota sobre una interesante conversación que tuvo con una persona que se sentó junto a él en una boda. (Nunca sabes quién se sentará a tu lado en una boda.) Su compañero de mesa era un fisioterapeuta que se especializaba en el área pélvica y le apasionaba su trabajo. Mencionó que, aunque con el tiempo los problemas serios de esa área se resuelven, la mayoría de las personas tiene algún tipo de disfunción menor que las afecta sin darse cuenta. Continuó diciendo que era probable que eso sucediera porque, aunque la pelvis es una parte fundamental de nuestro cuerpo en términos de salud y bienestar, puede ser un tabú hablar de ella. La mayoría de la gente no menciona abiertamente los términos pipí, popó y sexo. Su mayor queja era que si las personas le pusieran un poco más de atención a su pelvis y llevaran a cabo ajustes menores, podrían mejorar sus vidas de forma considerable.
La anécdota me interesó porque creo que es una buena metáfora sobre lo que sucede con la soledad, que es también el punto crucial de este libro. Es posible que la mayoría de la gente no piense tanto en la soledad. A veces leemos algo en las noticias, o nos topamos con el tema al escrolear por las redes sociales, pero los ejemplos
El gozo de la soledad casi siempre resultan extremos. Se trata de historias que ponen de relieve los peligros del aumento del aislamiento epidémico, o de los desafíos de un aventurero solitario que pasó meses sin compañía en un territorio inexplorado. Sin embargo, he aprendido que debemos poner más atención a la soledad, a nuestra relación con ella y al impacto que ésta tiene sobre nuestra salud y bienestar. Porque, tal como ocurre con nuestra área pélvica, probablemente muchos de nosotros tengamos algún tipo de disfunción menor con respecto a nuestra relación con la soledad, pero con cambios menores podemos obtener mejoras significativas. En pocas palabras, necesitamos hablar más sobre la soledad.
Blaise Pascal, matemático, inventor y filósofo francés del siglo xvii, escribió una frase clásica y profética: “Todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación”. ¿Qué tal si lo probamos? Busca un lugar tranquilo y siéntate ahí por quince minutos sin más compañía que la de tus pensamientos. Sin dormirte, sin tecnología, sin distracciones. Sólo tú y lo que tengas en la mente. Pon una alarma para que te alerte cuando hayan pasado los quince minutos, pero no estés revisando cuánto tiempo queda. Deja de leer ahora y ve a hacer lo que te digo. Después vuelve a retomar la lectura donde la dejaste.
Quince minutos después
¿Qué tal te fue? Con sinceridad. ¿Hiciste trampa? ¿Toleraste los quince minutos? ¿Revisaste tu teléfono? ¿Te dormiste? A algunas personas les parece una experiencia placentera y relajante, incluso les sorprende lo rápido que pasa el tiempo y se sienten renovadas cuando suena la alarma. Para otras la experiencia es aceptable, pero muy aburrida. Para otras más, el hecho de sentarse en silencio, sin
ninguna otra ocupación, les causa ansiedad y les resulta muy difícil dejar ir sus pensamientos. A muchas personas, este ejercicio les resulta intolerable y muy estresante; cuentan los segundos que les faltan para ser liberados, si es que logran llegar a los quince minutos. En conclusión, es posible que los lectores de este libro hayan realizado el ejercicio de sentarse en silencio, pero también es muy posible que cada uno haya vivido una experiencia personal única con la soledad.
Lo que acabas de hacer constituye la base de uno de mis estudios de investigación favoritos sobre la soledad. En 2014, el profesor Timothy Wilson, de la Universidad de Virginia, y otros investigadores de psicología dirigieron una serie de experimentos en los que les pidieron a unos estudiantes universitarios que se sentaran en una silla en una habitación pequeña a puertas cerradas, y que estuvieran solos con sus pensamientos durante quince minutos. Posteriormente, los estudiantes contestaron un conjunto de preguntas sobre cómo se habían sentido. El experimento presentaba variaciones estructurales y de contexto. Por ejemplo, en algunos casos, los estudiantes completaban su tiempo en solitario en una sala de laboratorio de la universidad; en otros casos, lo hacían en casa.
Cuando le pedí a Wilson que me contara más sobre este estudio, me dijo que las opiniones se habían dividido entre lo que sus colegas y estudiantes habían pensado que sucedería. El mismo Wilson, quien tenía afinidad por la soledad, había creído que los participantes iban a disfrutar la experiencia. Admitió que los resultados lo habían sorprendido. En general, en todos los estudios y escenarios de investigación, los estudiantes reportaron sentirse disgustados. También dijeron que se habían sentido muy aburridos. Entre los estudiantes que habían participado desde su casa, aproximadamente un tercio confesó haber hecho trampa y no haber completado los quince minutos en su totalidad (entonces, no te sientas mal si no pasaste el ejercicio).
El gozo de la soledad
En una variante del experimento, todos los estudiantes participantes tuvieron la oportunidad de probar, antes del ejercicio, qué se siente al recibir una descarga eléctrica dolorosa.* Posteriormente, habían recibido la instrucción de ir a sentarse a solas a la sala del laboratorio durante quince minutos. No obstante, a estos participantes también se les dijo que podían recibir una descarga eléctrica otra vez si apretaban un botón rojo que se encontraba en la sala. Sorprendentemente, para la mayoría de los participantes de este ejercicio, la experiencia de sentarse solos sin hacer nada fue tan intensa que prefirieron pasar el tiempo administrándose descargas eléctricas. Reflexiona esto por un minuto: la mayoría de la gente prefirió infligirse dolor a quedarse sentada sin compañía y sin nada más que hacer que pensar durante quince minutos.
Por cierto, la mayoría de los participantes se administraron una o dos descargas eléctricas cada uno, pero un participante varón aparentemente se administró ciento noventa (!) descargas eléctricas en un periodo de quince minutos. No voy a especular aquí por qué lo hizo…**
Por supuesto, este experimento no era únicamente sobre la soledad en sí misma, también se trataba de estar en soledad con los pensamientos propios. En cierta forma, puede argüirse que este experimento nos dice más sobre cómo los estudiantes universitarios sobrellevan (o no) el estar aburridos y lejos de sus teléfonos inteligentes que sobre las experiencias típicas de la soledad. Sin embargo, unos años después, en 2018, los resultados fueron los mismos, a pesar de que se trataba de un grupo de estudio mucho más diverso con miles de participantes de once países distintos. Por lo tanto, creo
* Se realizó de esta manera para que no se administrara una descarga eléctrica sólo por curiosidad.
** Aunque sí me hizo pensar en la breve aparición que tuvo Bill Murray en la película La tiendita del horror, en la escena del dentista… por decir algo.
que podemos concluir que, en general, a las personas no les gusta sentarse a solas con sus pensamientos. Tal como lo discutiremos más delante, la soledad tiene una reputación muy mala y la investigación consolida esta idea. Los hallazgos de los estudios científicos constituyen un reto mayor al tratar de “vender” los beneficios potenciales de la soledad. Algunas personas reaccionan de inmediato con negatividad si se les plantea que estén solas; ni siquiera pueden imaginarse cómo la soledad podría resultarles de ayuda. Para este tipo de personas, cualquier tipo de soledad resulta excesiva. Aun así, hay personas que ansían la soledad, y con frecuencia sienten que les falta tiempo consigo mismas. Con esta idea en mente, date un tiempo para responder lo siguiente.
En general, la cantidad de tiempo que paso a solas cada semana:
(a) En definitiva, no es suficiente
(b) Es ligeramente menos de lo que me gustaría
(c) Es lo justo
(d) Es ligeramente más de lo que me gustaría
(e) En definitiva, es demasiado
¿Escogiste “lo justo”? Si es así, considérate parte de una minoría con suerte. A través de los años, le he hecho esta pregunta a miles de personas y menos de una de cada tres seleccionan esta respuesta. Los resultados de las otras respuestas se distribuyen relativamente de igual forma entre todas las opciones, con un leve incremento de personas que escogen “ligeramente más de lo que me gustaría” o “en definitiva, es demasiado” que “ligeramente menos de lo que me gustaría” o “en definitiva, no es suficiente”. Lo anterior significa que más de dos terceras partes de las personas entrevistadas se sienten poco satisfechas con la cantidad de tiempo que pasan a solas, ya sea que lo hagan porque desean evadir emociones relacionadas con la
El gozo de la soledad
soledad y el aislamiento (demasiada soledad) o porque ansían más tiempo para ellas (poca soledad).
Por supuesto, la cantidad de tiempo que puedes pasar solo es uno de los componentes de tu relación con la soledad. Hay otras preguntas, como: ¿cómo te sientes cuando estás solo? (¿aburrido?, ¿ansioso?, ¿en calma?, ¿enfocado?); o, ¿qué haces cuando estás solo? (¿meditas?, ¿practicas algún pasatiempo?, ¿terminas tus pendientes?, ¿ves las redes sociales?). También están las razones por las que estás a solas (¿estás tratando de evadir situaciones sociales estresantes?, ¿deseas recargar tu batería después de un día ocupado y lleno de gente en el trabajo?). No importa cómo lo definas o evalúes, la mayoría se siente insatisfecha con respecto a su relación con la soledad. La buena noticia es que podemos hacer algo.
La(s) promesa(s) de (este libro sobre) la soledad
Nunca ha sido más importante entender los costos y beneficios de la soledad. Otro hallazgo de la Encuesta Estadounidense del Uso del Tiempo fue que la cantidad promedio de tiempo que se pasa en soledad durante la edad adulta en Estados Unidos incrementó gradualmente de 2003 a 2019. Esto sucedió antes de la pandemia del COVID-19, durante la cual el tiempo en soledad aumentó drásticamente alrededor del mundo. Hace más de cuatrocientos años, el filósofo Francis Bacon escribió esta frase célebre: “El conocimiento es poder”. En este libro, haré uso de lo que he estudiado sobre la soledad durante más de treinta años para que te fortalezcas y cultives una relación sana con la soledad. Sin importar si pasas mucho tiempo a solas, si no pasas el tiempo suficiente, o si pasas el tiempo justo, este libro te va a explicar cómo puedes aprovechar más la soledad y por qué. Me baso en la investigación más reciente en las áreas de psicología, neurociencia, antropología cultural y biología evolutiva,
aunque también presento experiencias del mundo real y las tendencias en las redes sociales. Mi objetivo es ayudarte a descubrir el potencial que tiene pasar tiempo en soledad y que lo consideres como un factor favorable para tu salud mental y bienestar.
En la primera parte de este libro ahondaremos en la ciencia y la psicología de la soledad. Aprenderemos sobre la dualidad de la soledad: cómo y cuándo puede ser perjudicial o provechosa para nuestra salud y bienestar. Sobre la marcha contestaremos todo tipo de preguntas, como: “¿Estoy en soledad si me acompaña mi mascota? ¿Por qué no ponerse al día con otras personas se siente como un dolor físico? ¿Por qué caminar a solas en el bosque me hace sentir en calma?”.
En la segunda parte, aplicaremos el conocimiento recién adquirido sobre las complejidades de la soledad para ayudarte a optimizar tu experiencia al estar a solas en los diferentes ámbitos de tu vida. Esta sección es una especie de guía práctica. También responderemos algunas preguntas, como: “¿Por qué la soledad despierta mi creatividad? ¿Es realmente más feliz la gente que está casada que la que está soltera? ¿Cómo puedo encontrar el equilibrio entre el tiempo que paso en soledad y el que comparto con otras personas?”.
Sigue leyendo y exploremos juntos cuándo, por qué, cómo y para quiénes la soledad resulta una ayuda o una aflicción. Y porque, en ocasiones, puede ser importante que nos dejen a solas.
