Freya
Noviembre de 1879
¡Ya está aquí! el grito de Dani casi perfora el tímpano de Freya.
Se estremece cuando Angelica lanza a su hermana pequeña una mirada tan penetrante como la vocecita misma. Esta tarde están en el salón de té de su casa en Londres, disfrutando de un raro rayo de sol que con timidez se asoma entre las nubes invernales y se cuela por la ventana. Y ahora Dani entra corriendo a la habitación a toda velocidad, agitando algo en su mano.
—¿De qué estás hablando, Dani? —pregunta Marigold, sin levantar la vista de su cuaderno, donde está garabateando notas sobre algún tipo de invento o algo así.
Dani se detiene frente a ellas y se lanza al extremo de la tumbona de Freya con tanto dramatismo que casi vuelca el mueble.
—Ten cuidado, querida —le advierte Freya con gentileza, tomando su taza de té antes de que se derrame sobre su vestido. Mamá no pararía de regañarla por algo así. Y Dani nunca es la culpable porque es la pequeña.
—¡Ya está aquí! —Dani sostiene un libro delgado, encuadernado en lino rosado y repujado con un derroche de doradas hojas de hiedra. Cuando Dani inclina el libro hacia Freya, ella alcanza a ver el título: Los secretos de seda.
¿Qué es? —pregunta Freya—. ¿Una novela? —parece un poco delgado para tratarse de eso.
—Un libro de poesía —responde Dani.
—Poesía escandalosa —añade Marigold con una sonrisa irónica—. Al menos, según todos los que intentaron prohibirlo en Gran Bretaña.
¿No leíste el editorial del primer ministro al respecto en el periódico del mes pasado? —la interroga Dani.
—Sabes que prefiero los libros a las noticias —contesta Freya, pero su interés se ha despertado—. ¿Qué tienen de peligroso unas palabras en un papel?
—Te juro que el primer ministro parece estar tan en contra de la poesía como de que las mujeres monten en bicicleta —murmura Dani.
—Creo que dijo, y cito textualmente, porque lo recuerdo por lo absurdo que es: “Las mujeres sin decoro se verán inspiradas a retozar juntas por las calles si se considera que poesía tal tiene mérito literario” —dice Marigold poniendo los ojos en blanco—. No sé a él, pero a mí eso me suena bastante divertido.
Freya baja la cabeza para ocultar su sonrisa, pero la esposa de Marigold, Ros, no se molesta en hacerlo. Ella suelta una carcajada.
—Me sentiría contrariada si salieras a retozar sin mí, mi amor.
Marigold toma la mano de su esposa y la besa.
—Nunca haría algo así, cariño —dice Marigold—. Te prometo que sólo retozaré contigo a mi lado.
—Vosotras dos —comenta Angelica con un afectuoso pero reprobatorio movimiento de cabeza. Nunca ha aprobado las muestras de afecto entre parejas, ni siquiera entre la familia. Pero a Freya le parece tierno lo cómoda que se siente Ros entre las hermanas. Ros es tan formal con el resto de la familia, aunque Freya no puede culparla. Su padre, lord Tallon, es un formidable hombre de tradiciones que intimidaría hasta al más fuerte de los pretendientes. Su imponente presencia haría que cualquiera que se casara con un miembro de su unida familia se comportara de la mejor manera posible.
Angelica le arrebata el libro a Dani y lo examina con creciente preocupación.
¡Dani! ¿En verdad compraste algo así? ¿Y con la mesada que te da papá? —Angelica parece estar a dos segundos de golpear el suelo con el pie en señal de desaprobación.
—Papá siempre nos ha dicho que podemos usar nuestro dinero para lo que queramos —afirma Dani con obstinación, recuperando su libro.
—Sabes que él no aprobaría algo como esto —la regaña Angelica, intentando volver a arrebatarle el libro. Dani se lo lanza a Freya, quien lo atrapa con calma y lo guarda bajo el brazo con la esperanza de evitar la inminente pelea. Angelica es de las que dan tirones de cabello y esta noche deben asistir a un baile.
—Vamos, Angelica —intercede Marigold—. La poesía es un mapa del alma y el corazón. Sin duda, eso no puede ser perjudicial.
—Sólo lo dices porque tú también quieres leerlo —dice Angelica.
—Se ha escrito mucho sobre la autora —admite Marigold—. La señorita Ivy Yada-Lovell ha adquirido bastante fama en ciertos círculos.
—Y con cierto comportamiento —añade Dani con una sonrisa burlona—. ¡Dicen que ella es la razón por la que la señorita Astoria Parker canceló su boda el año pasado!
¿Fue ella? —pregunta Freya con repentino interés. Mira el libro de poesía. El escándalo de la boda de la señorita Astoria Parker fue tan grande que los rumores llegaron a Inglaterra desde Nueva York.
—Ojalá una poeta famosa viniese a rescatarme a mí de mi anciano novio—suspira Dani—. Qué romántico.
Freya mira el libro y recorre con el dedo las hojas de hiedra.
¿Así que los poemas tratan sobre su gran historia de amor? —eso le parece más romántico que interrumpir una boda. Alguien que escribe verso tras verso sobre el amor que siente… eso es lo que constituye un gran romance.
—Verás, justo eso es lo más escandaloso —dice Dani—. Según mis amigas que ya lo han leído, es evidente que los poemas de Ivy tratan sobre muchas mujeres diferentes. ¡Montones de mujeres! Se dice que cada poema versa sobre una distinta.
—¿Cuántos poemas hay aquí? —pregunta Freya.
¡Y hay rumores de que la señorita Parker se casó en secreto con otro hombre tan sólo unas semanas después de haber huido de su propia boda! —continúa Dani, ajena a la pregunta de Freya—. Tal parece que Ivy Yada-Lovell es una libertina y no le importa que se entere todo el mundo —Dani suspira con envidia—. ¡Qué mundo debe ser Manhattan! ¿Por qué yo nací en Inglaterra? ¡Somos siempre tan aburridos!
—Estás diciendo tonterías, Dani, las mujeres no pueden ser libertinas —argumenta Angelica.
—Es obvio que nunca has estado en The Bridge —añade Dani con una risita.
—Bueno, por supuesto que no —dice Angelica—. Ése no es mi sitio y tampoco es mi comunidad. Ése es tu sitio y el de Marigold.
—Todo el mundo es bienvenido en The Bridge —explica Marigold, mientras Ros y Dani asienten—. Pero estoy de acuerdo con Dani. Las mujeres pueden ser tan displicentes con los sentimientos de otras mujeres como los hombres.
—Muy cierto —afirma Ros.
¿Creemos que Ivy le hizo daño a la señorita Astoria Parker? —pregunta Freya, abriendo el libro de poesía, curiosa a pesar de sí misma. La fina vitela habla de lujo, la dedicatoria es sencilla: Para ella.
Pero ¿quién es “ella” si los poemas tratan sobre varias mujeres? Dani dijo “muchas”. ¿Cuántas exactamente?
—Supongo que tendremos que leerlo para averiguarlo —dice Dani mientras su madre las llama desde la otra habitación.
La hermana pequeña de Freya le arrebata el libro de las manos y sale corriendo. Freya suspira, recoge su mantón y sus agujas de coser, y se levanta para seguirla.
Cuando la nieve del invierno comience a desaparecer, en los próximos meses se dirigirán a Berkshire, su mansión rural, para dar comienzo a la temporada social. Tras dos temporadas fallidas, esta tercera ronda será crucial para Freya. Es difícil no sentir la presión de tomar una decisión, algo por lo que ella intenta no preocuparse. Le aterran los sofocantes salones de baile y prefiere pensar en nadar en el lago y jugar al rounders en el jardín.
Pronto, piensa, estaré en casa.
Para cuando Freya vuelve a encontrar el libro de poesía de color rosa pálido, han pasado varios meses desde aquel día en Londres. El gris del otoño y las vacaciones llegaron y se fueron, y ella se encuentra vagando un sábado lluvioso en la biblioteca de la Mansión Tallon. Ese tonto libro, Los secretos de seda, atrae su mirada, escondido al azar entre los sonetos de Shakespeare.
Sacude la cabeza y sonríe. Sólo a Dani se le ocurriría dejar abandonado su libro de poesía amorosa ilícita en la biblioteca familiar. Angelica nunca la perdonaría si descubriese semejante volumen durante sus frecuentes visitas a la mansión. Al principio, Freya tan sólo lo toma para llevárselo a su hermana… y tal vez reñirla un poco. Sin embargo, al sacarlo de la estantería, recuerda la discusión que sostuvieron Angelica y Dani meses atrás.
¿Puede una mujer ser libertina?
Acomodándose en el sillón más cercano a la chimenea, abre el libro con curiosidad y comienza a leer el primer verso del primer poema.
Tu piel contra la mía, caricias secretas…
Freya cierra el libro de golpe.
—Santo cielo —dice. Si su padre supiese que Dani está leyendo tales cosas, estaría más que disgustado. Tales cosas no son propias de una dama soltera.
Sabiendo que su madre la llamará para cenar en cualquier momento, esconde el delgado volumen de poesía detrás de una gruesa colección de las obras completas de Shakespeare y sale apresuradamente de la biblioteca. Al reunirse con su familia en la mesa, Freya se deja envolver en el ritmo de la conversación y el tintineo de la plata sobre la fina porcelana.
—¿… no lo crees, Freya querida?
—Lo siento, ¿qué dijiste, papá? —pregunta ella.
—Que Jonathan es un buen nombre para un niño —repite papá.
Freya sonríe a Angelica, que acaba de descubrir que ella y su marido están esperando su segundo hijo y está entusiasmada con la elección del nombre.
—Vamos, papá, ¡sabes que si Angelica tiene un niño le pondrá tu nombre! —afirma Freya.
—¡Exacto! —coincide Angelica—. No hay duda, papá.
—Sois muy dulces, chicas —dice papá.
—Creo que deberías ponerle mi nombre al bebé —sugiere Dani con grandilocuencia, y Freya ríe tan fuerte que tiene que ocultar su rostro detrás de una servilleta.
—¿Qué? —protesta la hermana pequeña—. ¡Es un nombre que sirve para niño o para niña!
—Tienes toda la razón —dice papá.
—Por eso lo elegimos en su momento —dice mamá, y ambos intercambian una mirada agridulce y nostálgica.
¿Vais a visitar la aldea después de la iglesia, chicas? —pregunta papá, con la clara intención de cambiar de tema.
—Yo sí —dice Freya—. El reverendo quiere que vaya a ver a los Holling. Y tengo caramelos para los niños.
—No puedes atestarlos de azúcar, Freya —advierte papá—.
Necesitan comida sustanciosa para que tengan energía a fin de trabajar en la granja.
—Los niños merecen divertirse un poco, papá —insiste Freya con delicadeza—. Sobre todo, después de un invierno tan duro. Al fin y al cabo, no todos trabajan en las granjas.
Algunos van a la escuela.
—Tienes un corazón bondadoso, querida —le dice mamá.
—Sólo intento seguir tu ejemplo —responde Freya.
Su madre es una de las mujeres más hermosas y benévolas que ella conoce. Todos la admiran. Freya sólo puede aspirar a convertirse algún día en alguien tan respetable como su madre.
—Te complaceré, querida —dice papá—. Pero ellos deben recordar cuál es su lugar y tú el tuyo. No quiero que te distraigas de tus obligaciones sociales.
—Por supuesto —contesta Freya—. Como tú digas, papá.