Conéctate, febrero de 2026: Relevancia de las prioridades

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EL MAYOR MANDAMIENTO

Amar a Dios y al prójimo

¿A qué dedicas el tiempo?

Hoy, no mañana

Centrarse en la esperanza viva

La dimensión eterna

Año 27 • Número 2

Año 27, número 2

A NUESTROS AMIGOS

determinar las prioridades divinas

Una promesa bíblica que suelo citar a modo de oración cuando necesito organizarme para la jornada es Proverbios 16:3, que dice: «Encomienda al Señor tus acciones, y tus pensamientos serán afirmados» (RVC). El problema es que muchas veces se me confunden palabras y la oración me sale al revés: Te encomiendo mis pensamientos, Señor, para que afirmes mis acciones. Al final llegué a la conclusión de que las dos opciones son válidas: nuestras obras se inician a partir de pensamientos, ideas y tareas que requieren planificación. Luego es preciso ejecutar lo planificado. El Señor me indicó que debo poner el foco en la actitud de mi corazón. ¿Busco acaso Su guía y orientación? ¿Me comprometo a seguir los preceptos de Su Palabra? No sé cómo explicarlo exactamente, pero puedo decir que cuando oro y le pido al Señor que guíe mis pensamientos, los sucesos del día parecen discurrir con menos complicaciones. Me siento más preparada para enfrentar las pruebas y dificultades que surjan inesperadamente. Es más, un imprevisto puede llegar a ser la nota más destacada de mi jornada.

El principio de establecer prioridades es el tema de este número de Conéctate correspondiente al mes de febrero. La mayoría llevamos una vida bastante estructurada, y los que somos más organizados llevamos una agenda y la consultamos fielmente para no faltar a nuestras obligaciones. Así y todo, puede que a veces el Señor quiera que nos salgamos de lo acostumbrado y de los asuntos de trámite para ser parte de una aventura no programada. A lo mejor nos tiene reservada una misión, o quizá simplemente quiera pasar un rato verdaderamente provechoso con nosotros.

El escritor y misionero Norman Grubb propuso una novedosa oración para iniciar la jornada: ¡Buenos días, Señor! ¡Te amo! ¿Qué te dispones a hacer hoy? Quiero ser parte de ello. Gracias. Amén. ¡Es maravilloso poner el día en manos de Dios! ¡Sabe Dios qué aventura trae bajo la manga si le permitimos que nos lleve de la mano!

Cada día puede empezar con expectación. ¿Qué me deparará el Señor hoy? Dios quiere tomar parte activa en nuestra vida, trátese de lo más prosaico o de los episodios más vibrantes. Así pues, como me lo enseña el versículo que señalé anteriormente, cuando le entrego a Él mis planes y pensamientos puedo confiar en que me dirigirá y me encaminará. «Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas» (Proverbios 3:6).

¡Que el Señor te guíe a medida que fijas tus prioridades para este mes y para todo el año!

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¿ A QUÉ DEDICAS EL TIEMPO?

Hace poco me acordé de una canción que acostumbraba a cantar cuando niña. Se titulaba No dejes para mañana. Relata muy bien la historia de un hombre que tenía las mejores intenciones. Empieza así: Se había propuesto ser un triunfador… mañana, el más caritativo, el más bueno, el mejor… mañana.

La historia continúa refiriendo todos los actos de bondad y heroicidad que planeaba hacer… mañana: Visitar a un amigo en el hospital, las cartas que iba a escribir, las frases que diría, la gente en peligro a la que rescataría; pero siempre con el pretexto de que lo haría… mañana.

Si tan solo tuviera más tiempo —pensó—, a mucha más gente ayudaría yo. Contribuiría a aliviar su dolor… mañana.

Finalmente, tras desperdiciar el tiempo, murió, como nos ocurre a todos los mortales, y lo único que le quedó fue una montaña de cosas que tenía pensado hacer… mañana. El hombre pudo haber tenido cierta trascendencia, pudo haber influido positivamente en algo de haber tenido la inclinación de hacer siquiera unas pocas de todas las cosas que se había propuesto hacer… mañana.

La letra de la canción prosigue:

El mañana realmente es una ilusión

Cuando llega… ya se ha convertido en el hoy.

Qué verdad tan grande. Los que nos quedamos esperando hasta que surja una mejor oportunidad o una ocasión más clara o tengamos un momento en que estemos menos ocupados para ayudar a alguien quizá no lleguemos a realizar nunca los actos notables que tenemos intención de hacer.

La canción tiene un hermoso final:

No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, pues hay mucha gente a tu alrededor en busca de una mano hermana.

Dásela hoy, no mañana.

Por Dios, ¡Haz algo hoy!… no mañana.1

Si solo valoramos las cosas del momento es posible que nunca nos tomemos el tiempo para invertir en las del porvenir, el más allá. Desgraciadamente las cosas que poseen un valor eterno suelen ser las que relegamos para mañana en nuestra lista de prioridades. La vida tiene tantos apremios y urgencias; el trabajo, la sociedad, la familia y nuestras múltiples obligaciones nos embotan los sentidos y nos mantienen atareados con acciones que no perdurarán.

En cambio, la lectura de la Biblia y estrechar nuestra relación con Jesús nos da un mucho mejor dominio de cuáles son nuestras prioridades celestiales. Una vez que las descubrimos, depende de nosotros invertir tiempo en hacerlas realidad… ¡hoy, no mañana!

Amy Joy Mizrany se dedica de lleno a labores misioneras en Sudáfrica con la organización Helping Hand. En su tiempo libre enseña el violín. ■

Amy Joy Mizrany

EL MAYOR MANDAMIENTO: EL AMOR

En los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas leemos sobre el encuentro que tuvo Jesús con un judío experto en la Ley, que le planteó la pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» Jesús le respondió diciendo: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:35–40 nvi).

El mandamiento que nos insta a amar a Dios con todo el corazón, alma y pensamiento y que Jesús cita aquí se encuentra en Deuteronomio 6:5. En él se resume el concepto de la total devoción a Dios. El relato de este episodio en los Evangelios de Marcos y Lucas abarca otra dimensión: amar al Señor con todas tus fuerzas. El Evangelio de Marcos concluye expresando que «no hay otro mandamiento mayor que estos dos» (Marcos 12:30,31).

Por el relato de estos dos mandamientos —los más grandes de todos, el amor a Dios y nuestros semejantes— vemos que están concebidos para orientar nuestra vida, nuestras prioridades, relaciones, decisiones y actos. Una mirada más atenta a cada uno de ellos puede brindarnos un conocimiento más amplio de estas piedras angulares de nuestra fe.

Amor a Dios

Nuestra vocación, como cristianos, es amar a Dios con todo nuestro ser —corazón, alma, mente y fuerzas— y a buscar «primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33). Somos privilegiados, pues se nos convoca a entablar una estrecha relación con Dios, cuya naturaleza misma es relacional. La Biblia dice que «Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Es decir, se nos llama a responder con un amor que entrañe todo nuestro corazón y todo nuestro ser.

A lo largo de la Biblia, desde el primer capítulo del Génesis hasta el último del Apocalipsis, se evidencia el deseo de Dios de entablar relación con Sus creaciones humanas. En el Génesis aprendemos que la hermosa relación que tenía Dios con Adán y Eva en el Huerto de Edén se truncó luego que optaran por desobedecerle y pecar, lo que derivó en la caída del primer hombre (Génesis 3:1–19). Dios es santo; así que después que el pecado entró al mundo no pudo ya gozar de la misma relación que tenía con los seres humanos.

Gracias al gran amor que abrigaba por la humanidad, Dios disponía de un plan para reparar la relación quebrada a causa del pecado y restaurar el vínculo que había tenido con nosotros. Tan grande era el amor que abrigaba por cada persona que había creado que envió a Su único Hijo, Jesús, con la misión de sacrificarse mediante Su muerte en la cruz y así tender un puente entre Él y la humanidad ( Juan 3:16).

Para expresar Su profundo amor por nosotros Dios empleó en la Biblia un lenguaje y un conjunto de imágenes que nos caracterizan como unidos en matrimonio a Él. Manifestó: «Tu marido es tu Hacedor; el Señor de los Ejércitos es su nombre» (Isaías 54:5) y «como el novio se regocija por su novia, así se regocijará tu Dios por ti» (Isaías 62:5). Estas metáforas conyugales describen la unión de corazón, mente y espíritu que Él desea tener con cada uno de nosotros. Al mismo tiempo se nos invoca a nosotros a amarlo con todo nuestro ser y a ponerlo en el centro de nuestra vida.

El amor que profesamos por Dios y la gratitud que abrigamos por el sacrificio que Jesús hizo por nuestra salvación eterna debiera motivarnos a acercarnos a Él (Santiago 4:8) y a concentrarnos en fortalecer nuestra relación con Él. Hay diversos medios de lograr ese acercamiento. Por ejemplo: dedicando

tiempo para comunicarnos con Él a través de la oración, la alabanza y la adoración; leyendo y estudiando diligentemente Su Palabra, y esmerándonos por modelar nuestra vida según Su voluntad y los principios de Su Palabra. Los cristianos aspiramos a incrementar el amor que tenemos por Él, con nuestro corazón, alma, mente y fuerzas.

Amor al prójimo

El mandamiento de amar a tu prójimo como a ti mismo tiene su origen en el Antiguo Testamento, concretamente en Levítico 19:18. En el Evangelio de Lucas leemos que después de oír a Jesús proclamar que el amor al prójimo era uno de los más grandes mandamientos, un abogado lo cuestionó: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús prosiguió entonces a narrar la parábola del buen samaritano, ilustrando enfáticamente que el prójimo al que se nos exhorta a amar abarca mucho más que nuestro círculo de amigos o la gente de nuestro vecindario o localidad; incluye a extraños y forasteros e implica demostrar compasión y preocupación por los necesitados (Lucas 10:25–35).

Para nosotros los cristianos el principio de amar al prójimo se fundamenta en la noción de que cada persona es preciada a los ojos de Dios, tenga la edad que tenga o sea cual sea la etnia de que provenga, independientemente de su sexo, nacionalidad, situación económica, creencia religiosa, afiliación política o cualquier otro rasgo distintivo. Dios ama a todos por igual. Es clemente y compasivo, alberga un amor inagotable y es bueno para con todos (Salmo 145:8,9)

En lo que concierne a nosotros, se nos llama a ver desde la óptica divina del amor a cada persona que Él ha creado, lo que significa mirar a los demás sin sesgos o parcialidades, prejuicios, críticas, opiniones preconcebidas o estereotipos. El amor incondicional de Dios no discrimina según la categoría, raza o credo de la persona. Ese mismo amor debiera ser el que determine la actitud que tenemos hacia los demás. Como seguidores Suyos nuestro cometido es demostrar a otros el mismo amor que Jesús nos demostró a nosotros.

Jesús puso aún más alta la vara para amar a los demás cuando en el Sermón del Monte instruyó a Sus seguidores a amar a sus enemigos (Mateo 5:43–45). Prosiguió diciendo: «Si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo» (Lucas 6:33). Jesús indicó claramente que si nuestro amor solo nos mueve a hacer el bien a los que nos pueden hacer el bien a cambio, en nada se diferencia del amor que manifiestan la mayoría de las personas.

Jesús nos llama a amar con expresiones que superen el amor y la bondad que la gente tiene naturalmente por sus semejantes. Nos invita a manifestar un amor más grande y extraordinario. El amor que Jesús proclamó y demostró es el que debemos vivir nosotros, a quienes se nos han perdonado nuestros pecados, un amor benévolo, generoso, abnegado, clemente y misericordioso. Así lo expresó el apóstol Pablo: «Dios demuestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

Nadie queda excluido del precepto divino que nos ordena amar al prójimo, no importa la etapa por la que la persona esté pasando o lo lejos que esté de Dios. No es preciso que nos guste el sistema de creencias, estilo de vida, inclinaciones o preferencias de cada persona, ni que estemos de acuerdo con ello. Hay personas que quizá viven en desacato a los patrones morales de Dios o llevan una vida de pecado grave; no obstante, independientemente del estado en que se encuentren, Dios las ama y también debemos amarlas nosotros. La Escritura enseña que todo ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, que el amor es de Dios y Dios es amor (1 Juan 4:7,8).

Los mandamientos que nos exhortan a amar a Dios y a nuestros semejantes constituyen piedras fundamentales de nuestro discipulado. A los cristianos se nos insta primeramente a amar a Dios con todo nuestro ser y darle un lugar preeminente en nuestra vida, decisiones y actos. El estudio de Su Palabra nos orienta en las decisiones que tomamos y en la interacción que tenemos con el Señor y nos ayuda a crecer en la fe. El amor que abrigamos por Cristo —que entregó Su vida por nosotros— nos impulsa a amar y adorarlo fervientemente y de todo corazón y a cultivar una estrecha relación con Él.

A los seguidores de Jesús se nos invita a imitar el ejemplo que Él nos dejó de amor, compasión y misericordia por los demás, lo que al mismo tiempo resulta vital cuando damos testimonio a personas que todavía no tienen un conocimiento de Su poder salvífico. Hagámonos el compromiso de amar al prójimo y dar ejemplo vivo del amor de Dios por la gente que Él pone en nuestro camino, todos los días y por todas las vertientes posibles.

Que el amor de Cristo nos apremie en todo lo que hagamos, «porque estamos convencidos de que […] él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado» (2 Corintios 5:14,15 nvi).

Peter Amsterdam dirige juntamente con su esposa, María Fontaine, el movimiento cristiano La Familia Internacional. Esta es una adaptación del artículo original. ■

RAÍCES

Como jardinero entusiasta que soy, sé lo importantes que son las raíces para las plantas. Cuando saco un esqueje de una planta y lo pongo directamente en la tierra, rara vez brota; suele marchitarse rápidamente. En cambio, si lo pongo en agua, en pocos días el tallo echa raíces y cuando lo planto en la tierra, se arraiga y crece. Las raíces marcan la diferencia entre la vida y la muerte. La Biblia emplea varias analogías con raíces. Después de aceptar a Jesús como Salvador debemos permanecer arraigados y sobreedificados en Él y establecidos en la fe (Colosenses 2:6,7). Permanecer arraigados en Jesús significa morar en Su Palabra, pues Jesús es la Palabra ( Juan 1:1). La persona que se deleita en la Palabra de Dios se asemeja a un árbol que crece cerca de corrientes de agua, cuyas raíces están en tierra fértil, y da fruto a su tiempo (Salmo 1:2,3). Dar buen fruto significa manifestar un carácter que agrada a Dios (Gálatas 5:22,23) y acercar a otros a Jesús (Proverbios 11:30).

En la parábola del sembrador Jesús habla de unas semillas que cayeron en terreno pedregoso y brotaron rápidamente porque la tierra era poco profunda. Mas cuando salió el sol se quemaron y se secaron porque no tenían raíz. La tierra poco profunda simboliza los corazones de aquellos que no permiten que la Palabra de Dios eche raíces en su vida y en consecuencia quedan a la vera del

camino en tiempos de prueba. La buena tierra simboliza los corazones de los creyentes que reciben la Palabra de Dios y dejan que eche raíces en su vida. Producen fruto abundante para la gloria de Dios (Mateo 13:3–8, 18–23).

La mejor manera de retirar completamente una planta de la tierra es arrancarla de raíz. En la parábola de la cizaña Jesús habla de un agricultor que sembró buena semilla en su campo. Pero vino un enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Más tarde, cuando las plantas crecieron, también apareció la cizaña. Cuando brotan, el trigo y la cizaña se parecen mucho. Por eso el agricultor decidió dejar que ambos crecieran hasta la cosecha; entonces sería fácil separarlos.

Jesús explica la parábola diciendo que Él planta a Sus hijos en el campo del mundo y el diablo también planta entre ellos a los suyos. En el momento de la cosecha —el regreso de Jesús al final de los tiempos— Él ordenará a Sus ángeles que desarraiguen del mundo a todos los malhechores. Entonces los hijos de Dios resplandecerán en el reino de su Padre (Mateo 13:24–30, 37–43).

Que cada uno de nosotros dé fruto en la parcela del mundo donde Dios nos plantó.

Uday Paul es escritor independiente, profesor y voluntario. Reside en Uganda. ■

Uday Paul

MADURAR EN NUESTRA RELACI Ó N CON DIOS

Los dos últimos meses intenté poner a Dios en primer lugar cada mañana. Y eso ha influido increíblemente en mí. Pasar tiempo con Dios a primera hora de la mañana es importante y una experiencia enriquecedora. El tiempo que dedicamos a Él nos prepara para afrontar cualquier cosa que se nos presente ese día, sea buena o mala.

Descubrí que tratar de hacer frente a la jornada sin encomendarla primero al Señor en oración es como tratar de conducir un auto sin suspensión. Los expertos en automotores nos dicen que no es una buena idea. Además de que el viaje será accidentado, el vehículo carece de estabilidad y resulta difícil de conducir.

Comenzar el día con el Señor nos da una perspectiva fresca y llena de gratitud para toda la jornada. No solo nos cambia el día, sino que a la larga la vida entera. Nos ayuda a confiar en Jesús en todo lo que se nos presenta.

Recuerda también que Dios no es un ser sobrenatural distante que nos transmite consejos desde un lugar remoto. Él quiere una relación personal e íntima con cada uno de nosotros. De hecho, nos prometió que si nos acercamos a Él, Él se acercará a nosotros (Santiago 4:8).

Admito que eso no es siempre fácil. La vida nos acosa con montones de distracciones y tareas pendientes. Son tantas las actividades que fácilmente pueden ocupar todo nuestro tiempo: los hijos, el trabajo, las obligaciones que nos impone la vida, la internet y las redes sociales, hasta las mismas actividades de la iglesia. A veces parece que darse un tiempo para comulgar con Dios es lo último que se nos pasa por la cabeza.

Cuando ponemos primero a Dios todas las demás cosas ocupan el lugar que les corresponde o desaparecen de nuestra vida. Nuestro amor por el Señor administra los reclamos de nuestro afecto, las demandas de nuestro tiempo, los intereses que perseguimos y el orden de nuestras prioridades. Ezra Taft Benson

Cuando venimos a Cristo dejamos de ser la persona más importante del mundo para nosotros; pasa a ser Él. En lugar de vivir solo para nosotros mismos, tenemos un objetivo más elevado: vivir para Jesús. Billy Graham

Tenemos que asegurarnos de que nuestras actividades y nuestras actitudes se enfilen en primer lugar con lo que agrada a Dios. Aquello en lo que más centramos la atención asume el papel de fuerza motriz de nuestra vida. Lysa TerKeurst

Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo rezando la siguiente oración: Jesús, creo firmemente que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que a través de Tu sacrificio pueda vivir para siempre contigo en el Cielo. Te ruego que perdones mis pecados. Te abro la puerta de mi corazón. Por favor, lléname de Tu Espíritu Santo y ayúdame a llevar una vida que Te glorifique. Guíame y ayúdame a seguirte. Te lo pido en Tu nombre. Amén.

Quizá sea hora de reordenar nuestras prioridades. Descuidar el tiempo que pasamos con Dios equivale a dar un paseo en auto sin la ventaja de la suspensión. Terminamos menos preparados para afrontar los baches y sacudidas de la vida. De modo que cueste lo que cueste, dediquemos tiempo a estar a solas con Dios.

Conviene contar con algunas ideas para empezar. En lugar de partir con mis pedidos de oración, empiezo alabando a Dios. Leer la Biblia o un artículo breve de un devocionario y cantar una canción de alabanza es una buena forma de principiar. Después escribo en mi diario de gratitud al menos cinco cosas del día anterior por las que estoy agradecida.

Últimamente caí en cuenta de que, como sucede en cualquier otra relación, la comunicación tiene que ser recíproca. No puedo limitarme a decir lo que quiero sin escuchar también a la otra persona. Lo mismo ocurre con el Señor. A menudo Él también tiene algo que decirnos si le prestamos atención. Así pues, muchas veces, si me quedo en silencio, me viene a la memoria un versículo de la Biblia o algunas palabras de consuelo y aliento. Puede que se trate de una sola frase o de dos o tres. Con eso basta. Es hermoso y reconfortante y me da la perspectiva que necesito para la jornada que tengo por delante o la guía para algo específico que me preocupa.

Recuerda, Dios desea que comulguemos con Él. Ha hecho todo lo posible para que así sea. Perdonó nuestros pecados a costa de Su propio Hijo. Nos dio Su Palabra, así como el privilegio inestimable de pasar tiempo con Él. Así que, ¡démosle prioridad! Pongamos a Dios en primer lugar.

G.L. Ellens es misionera, profesora jubilada y escritora independiente. Desde hace casi tres décadas vive en el Sureste Asiático. ■

Respuestas a tus interrogantes

¿LA MEDIANA EDAD ES EL CÉNIT DE LA VIDA?

P: Pensaba que cuando mis hijos crecieran y se fueran de casa por fin tendría tiempo para hacer algunas cosas que siempre quise hacer; pero ahora descubro que al final de la jornada me siento agotada y cuando llega el fin de semana me falta energía. ¿A partir de ahora, es todo cuesta abajo?

R: Después de los 40 hay que hacer algunos ajustes; pero no significa que sea todo cuesta abajo.

La disminución de la resistencia física es natural. Dios puede utilizar esos y otros factores de la mediana edad para frenarnos y ayudarnos a hacer balance de nuestra vida y nuestras prioridades. En ese proceso desea que acudamos a Él para brindarnos la ayuda que siempre está presto a ofrecernos (Salmo 46:1).

Como en cualquier otra etapa de la vida, Dios te ayudará y te dotará de los medios necesarios para afrontar esos nuevos retos. Él promete que «da fuerzas al cansado y aumenta el poder al que no tiene vigor» (Isaías 40:29). La fuerza que Él proporciona en la mediana edad suele manifestarse en forma de madurez y sabiduría adquiridas con la experiencia. Él quiere que continúes desarrollando esa fortaleza de espíritu y de carácter, y eso se hace dándole más lugar en tus pensamientos y actividades diarias. En cuanto a los objetivos y prioridades, Él también te ayudará a barajarlos y establecerlos. Si le pides orientación, te la dará (Proverbios 3:5,6; Santiago 1:5). Hasta puede ayudarte a encontrar la manera de hacer algunas de esas cosas que siempre has querido hacer y darte las fuerzas necesarias.

Si no tienes el hábito de encomendar a Dios tus problemas y preocupaciones en oración para recibir Su fortaleza y guía, puede que todo esto te desconcierte y no sepas por dónde empezar. He aquí algunos pasos sencillos: Dile a Dios que le estás haciendo un lugar y Él saldrá a tu encuentro (Santiago 4:8). Habla con Él como lo harías con un amigo. Dedica tiempo al estudio de la Biblia y piensa en cómo aplicar los principios de Su Palabra. Dedica tiempo cada día a la oración, a la comunión con Dios y al estudio de Su Palabra, y descubrirás que tu relación con Él se irá estrechando. La mediana edad vivida de esa manera puede ser la etapa más feliz y gratificante de la vida que hayas experimentado.

Una promesa bíblica fundamental que constituye un maravilloso punto de referencia durante la mediana edad se encuentra en Romanos 8:28: «Para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien». Si amas a Dios y sabes cuánto te ama, puedes estar seguro de que Él tiene en cuenta tus intereses y quiere valerse hasta de las demandas de la mediana edad para ayudarte a crecer en tu fe. Así podrás ver tu vida a través de los ojos de la fe, mirando no a las dificultades, sino las nuevas posibilidades que sabes que Él te ofrecerá. Maria Fontaine ■

CENTRARSE

EN LA ESPERANZA VIVA

Marie Alvero

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su grande misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una herencia incorruptible, incontaminable e inmarchitable reservada en los cielos para ustedes» (1 Pedro 1:3,4).

Pedro sí que podía hablar con entusiasmo de su esperanza viva. Todo este capítulo es un gran estímulo para dirigir la mirada hacia lo celestial. Cuando leo este y muchos otros pasajes me detengo a pensar si esa misma alegría bulle en mi corazón cuando hablo del Cielo. Hay tantas distracciones, tantas pequeñas victorias y derrotas aquí en la Tierra que acaparan mi atención, que a veces lo olvido.

Este capítulo nos ayuda a dimensionarlo todo.

¿Sufres? Dios está perfeccionando tu fe.

¿Estás preocupado? Echa tus afanes sobre Dios.

¿Tienes la tentación de vivir como el mundo? No lo hagas, porque Dios te ha bendecido y te ha llamado.

Aunque esta vida pasa, eres redimido para Dios por la eternidad.

Cuando pierdo de vista mi esperanza viva, vuelvo a este capítulo. Es difícil perderse la alegría, la urgencia

y el valor que Pedro atribuyó a la perspectiva eterna. La recompensa y el éxito de los que habla están firmemente arraigados en vivir para Jesús en esta vida y estar plenamente con Él en la venidera.

Pedro supo y vio cosas que yo no he visto. La verdad es que él caminó en compañía de Jesús, lo que quizá le facilitaba mantenerse enfocado. No lo sé, tal vez fue tan difícil para él como lo es para mí. Lo bueno es que en esta epístola el concepto está vertido para nosotros. Este es un capítulo al que siempre vuelvo cuando pierdo un poco el rumbo, cuando mis prioridades entran en conflicto. Pedro amaba a Jesús de tal manera que lo valoraba por encima de todo lo demás. Yo también quiero ser así.

«A él lo aman sin haberlo visto. En él creen y, aunque no lo vean ahora, creyendo en él se alegran con gozo inefable y glorioso, obteniendo así el fin de su fe: la salvación de su vida» (1 Pedro 1:8,9).

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■

REORDENAR PRIORIDADES

En los Evangelios Jesús hace algunas afirmaciones contundentes sobre el dinero (Mateo 6:24), no porque predicara contra él, sino porque el amor al dinero tiene una poderosa influencia y puede llevarnos por mal camino.

Hay un episodio bíblico que muestra la arrolladora atracción que a menudo sienten las personas por las riquezas. Sucedió cuando los hijos de Israel empezaban a conquistar la Tierra Prometida. Dios los había ayudado a ganar una batalla milagrosa sobre la ciudad de Jericó. Les había ordenado que nadie se quedara con el oro, la plata o los bienes valiosos que encontraran en la ciudad.

Sin embargo, un hombre llamado Acán no pudo controlar su deseo, y cuando encontró una cuña de oro, algunas monedas de plata y artículos costosos, los escondió. Al principio todo parecía ir bien, pero cuando emprendieron su siguiente batalla contra una ciudad mucho más pequeña que Jericó, sufrieron una derrota en la que murieron 36 de sus soldados. Josué preguntó a Dios por qué había sucedido esto y Él le dijo que se debía a la desobediencia y avaricia de alguien.

Al final Acán reconoció lo que había hecho, pero como sus acciones —impulsadas por la codicia y el amor al dinero— habían causado la muerte de 36 personas y la derrota de Israel, fue ejecutado. (V. Josué capítulo 7.)

Este ejemplo parece extremo hoy en día, en contraste con el materialismo que predomina en la cultura y el afán de bienes materiales, que suele considerarse una virtud. No obstante, Hebreos 13:5 dice: «Sean sus costumbres sin amor al dinero, contentos con lo que tienen ahora porque él mismo ha dicho: “Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé”». Dado que Dios proveerá lo que necesitamos no debemos dejarnos atrapar por la codicia.

Este relato nos muestra que, pese a que la riqueza y los bienes materiales pueden aportarnos bienestar y estabilidad, si se adquieren por malas artes nos llevan a la tristeza y al sufrimiento. Si nos dejamos atrapar por la disponibilidad de bienes materiales y nos obsesionamos con ellos, eso puede llevarnos a la infelicidad, el endeudamiento y la ruina económica.

Una cosa que me ayuda cuando deseo algo material es darme tiempo, en lugar de ser impulsivo. Muchas veces el deseo se desvanece, mis prioridades se aclaran y me doy cuenta de que no lo necesito o no puedo permitírmelo, o entretanto encuentro algo mejor. Aunque no siempre es pecado actuar conforme a un deseo, debemos esforzarnos por no caer en la fuerte influencia que las cosas pueden ejercer sobre nosotros.

Simon Bishop realiza obras misioneras y humanitarias a plena dedicación en las Filipinas.  ■

Simon Bishop

POSESIONES MATERIALES

Siempre he tenido una cosa con las cosas. Yo diría que algunos tenemos demasiadas; por ejemplo, a los que ya no les cabe un alfiler en el garaje o el armario y arriendan un local donde guardar lo que les sobra. Hace poco me cambié de casa y tuve que decidir qué hacer con tantos trastos como había acumulado desde la última mudanza. ¡Qué barbaridad! Me di cuenta de que me había convertido en uno de tantos coleccionistas de cosas. Creo que en gran parte se debe al consumismo que impera hoy en día. Cada vez que uno ve la televisión, escucha la radio o lee una revista sufre un bombardeo de anuncios de lo último o lo más fabuloso que hay que adquirir para no quedarse atrás. Y esa publicidad

es efectiva. Hablemos, por ejemplo, de artefactos electrónicos. Tan pronto sale a la venta un televisor, una computadora portátil o un teléfono móvil extraplano, todos lo quieren. Sus predecesores más voluminosos, aunque estén en perfectas condiciones, terminan entonces en el cuarto de los trastos o en un armario. Esta excesiva atención que damos a las cosas tiene otras desventajas. Por un lado, cuando se tienen demasiadas es fácil dejar de apreciar debidamente su valor.

Jesús nos hizo tomar conciencia de la relatividad de las cosas materiales cuando dijo: «Guárdense de toda codicia, porque la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12:15).

Por otra parte, mientras algunos tienen un exceso de cosas materiales, otros carecen hasta de lo más elemental. Cosa lamentable.

Si observas en ti síntomas de acumulitis, como me pasó a mí, no te preocupes. Tiene cura, por lo menos a escala individual. Haz un duro análisis de tus pertenencias y determina qué utilizas y qué necesitas de verdad. El resto se puede donar a obras benéficas o regalar a un vecino o amigo que lo necesite. Jesús le dijo al joven rico: «Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Lucas 18:22).

Quedarás complacido con los resultados. De repente tu casa te parecerá más espaciosa, todo estará más organizado y tu vida se simplificará.

Ten presentes estas palabras de Jesús: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35). Regalando generosamente lo que nos sobra acumulamos bendiciones de Dios, tanto en esta vida como de cara a la eternidad.

Martin McTeg trabajó de misionero. Se jubiló y vive en los Estados Unidos. ■

Martin McTeg

Si bien Jesús dijo: «No se preocupen por el mañana» (Mateo 6:34 nvi), al leerse en contexto con el resto del capítulo se ve que hablaba de no otorgarle valor a las cosas de este mundo y en cambio tener fe en Dios.

En el mismo capítulo, Jesús dice: «No acumulen para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, y donde los ladrones se meten y roban. Más bien, acumulen para ustedes tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corrompen, y donde los ladrones no se meten ni roban. Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón» (Mateo 6:19–21).

Es ese tesoro en el Cielo el que perdurará más que todas las cosas por las que trabajamos tan arduamente aquí en la Tierra.

TESORO REAL Y DURADERO

Vivimos en un mundo que presume de resultados instantáneos en casi todos los ámbitos de la vida; sin embargo, a menudo esas cosas pasan igual de rápido. Con la tecnología al alcance de la mano, compramos al instante. La gente hace y dice cosas —muchas veces ridículas y superficiales— en las redes sociales para tener un momento de fama instantáneo y fugaz. Las relaciones se han convertido en algo casi desechable; con solo deslizar el dedo puedes encontrar a alguien nuevo. La gente parece haber adoptado una actitud de vivir el momento sin pensar en el futuro, menos aún en la vida venidera.

¿Cómo acumulamos tesoros en el Cielo? Invirtiendo en el reino de Dios.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22:37).

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39).

«Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen; de modo que sean hijos de su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:44,45).

El amor es parte clave de nuestro tesoro en el Cielo porque, como dice la Biblia en 1 Juan 4:7–11: «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Y todo aquel que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él […]. Amados, ya que Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros».

Con el amor de Dios en tu corazón, encontrarás un tesoro real y duradero, no solo en el Cielo, sino en tu vida cotidiana.

Marie Knight es voluntaria. Se dedica de lleno a labores misioneras en los Estados Unidos. ■

ASÍ ES EL AMOR DE DIOS

El ejemplo que los padres y abuelos damos a nuestros hijos los acompaña toda la vida.

Mis padres siempre ayudaban a quien podían y lo hacían con corazón alegre. Nos inculcaron la importancia de la familia. Ayudaban y cuidaban de sus padres y hermanos cuando era necesario, pero hubo una ocasión en la que su buen corazón me impresionó profundamente.

En la calle de nuestra casa vivía una familia numerosa. Los hijos mayores habían ido a los mismos colegios que mis hermanas mayores. En un momento dado la hija mayor, que ya era independiente y vivía fuera de casa, quedó embarazada. Era soltera. Su padre ya estaba mayor y cuidaba de su madre, que estaba enferma. Así que mis hermanas le preguntaron a mi madre si esa mujer podía quedarse con nosotras uno o dos meses después que naciera el bebé. Y mi madre, como buena persona que era, aceptó enseguida.

Pocos días después aquella muchacha y su niña llegaron del hospital. Todos nosotros la cuidamos como a una hija y una hermana. Llegó a formar parte de nuestra familia durante los meses que estuvo con nosotros. Yo, que era la más pequeña de la familia, nunca había visto a

un bebé tan chiquito y los cuidados que se le prodigaban. Todo aquello me encantó.

Pronto la madre se recuperó y volvió a su trabajo de diseñadora. Unos años más tarde compró un apartamento frente a la casa de mi madre y cada vez que yo iba a visitarla, veía a su hija pequeña. La vi crecer y convertirse en una jovencita estupenda y luego en una joven mujer.

Aquello era el Evangelio hecho realidad ante mis ojos: dar una mano a un necesitado. Vi el amor y la consideración reflejados en la actitud de mis padres y el brillo en los ojos de mi madre porque podía ayudar a aquella querida joven.

¿No se asemeja eso a lo que hizo Jesús por nosotros, solo que a una escala mucho mayor? Él vio nuestra necesidad y bajó a la Tierra para enseñarnos cómo vivir; luego murió por nosotros en la cruz para que pudiéramos ser libres del pecado y formar parte de Su gloriosa familia para siempre. Así es el amor de Dios.

Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y productora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter. ■

Rosane Cordoba

De Jesús, con cariño

El mayor de estos es el amor

El amor es el mayor de todos los mandamientos y constituye parte integral de Mi naturaleza divina (1 Juan 4:8). Cuando Mi Espíritu mora en ti te empiezas a transformar a Mi imagen (2 Corintios 3:18). El amor es el fruto de la presencia de Mi Espíritu en tu vida (Gálatas 5:22,23), fruto que se manifiesta cada vez con mayor fuerza cuando pones de tu parte para cultivarlo y ponerlo en acción en tu cotidianidad. Eso se consigue paso a paso, partiendo por dar prioridad a la relación que tienes conmigo y buscando primeramente Mi reino (Mateo 6:33).

Llevas a la práctica el mandamiento de amar al prójimo cuando realizas actos de amor y bondad durante el día. Amar a otros significa buscar deliberadamente oportunidades de transmitir Mi esperanza y amor a otros, tanto de palabra como de hecho (Colosenses 3:16,17). Cada vez que demuestras genuino interés por los demás y traduces ese interés en acciones cordiales, reflejas Mi amor y acercas a otros a Mí.

Todo lo que hagas para invertir en Mi reino, amando a la gente y velando por ella, ya sea con una muestra testimonial o con tus oraciones y actos de amor y compasión, llevará fruto. Prometí que en la medida en que te muestras dadivoso conmigo y con los demás recibirás a cambio abundantes bendiciones, medida buena, apretada, sacudida y rebosante (Lucas 6:38). Continúa, pues, repartiendo libremente el amor que libremente has recibido de Mí (Mateo 10:8).

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