Florent Brayard
AUSCHWITZ: Investigación sobre un complot nazi Traducción de Javier García Soberón
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
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CAPÍTULO 1 Goebbels y la persecución de los judíos (1939-1942)
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CAPÍTULO II Goebbels y el asesinato de los judíos (1942-1945)
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CAPÍTULO III El Diario de Goebbels como fuente histórica
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Recapitulación I
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CAPÍTULO IV El concepto de «exterminio» en la esfera pública
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CAPÍTULO V Comprender el «exterminio del judío»
198
Recapitulación II
244
CAPÍTULO VI El silencio después de Wannsee
247
CAPÍTULO VII Una relectura de Wannsee
279
Recapitulación III
316
CAPÍTULO Viii A la luz de Asuntos Exteriores
323
Recapitulación Iv
386
CAPÍTULO IX La «solución final» como complot
392
CAPÍTULO X Una prueba del complot por su revelación
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EPÍLOGO «Exterminar», futuro del pasado
453
Notas
485
índice de lugares
568
índice de nombres
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Introducción Tengo cuarenta y un años. Dentro de uno o dos, el tiempo de escribir este libro, ya no me quedará otra que constatarlo: habré pasado más de la mitad de mi vida estudiando directa o indirectamente la política nazi de persecución y de exterminio de los judíos. Extraña y amarga constatación, en verdad. No será difícil de comprender (es decir, se sentirá de forma confusa sin querer entrar en detalles): no siempre es fácil trabajar un tema como este. Una compañera utilizó una vez una expresión magnífica para describir la influencia de estas investigaciones sobre quien las lleva a cabo: todo sucede como si «el objeto contaminase al historiador, haciendo de él un ser lúgubre que vive en el mal y en la muerte, impedido para disfrutar los placeres de la vida, tanto los grandes como los pequeños»1. Sin duda algunos de nosotros son la excepción, pero me parece que es la regla o, si se prefiere, el precio que hay que pagar. Uno se dice que es demasiado alto, que el día menos pensado cambiará de tema. Y, a pesar de todo, seguimos. Pero, a lo largo de esta carrera de fondo (en la que no obstante se encuentran satisfacciones de diversa índole), a menudo uno consigue reacomodar la perspectiva. Recurres a la astucia o, sin darte cuenta, te engañas a ti mismo. Yo trabajaba en un «ensayo sobre el testimonio de los verdugos». Mi proyecto era proponer al mismo tiempo un método
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de análisis de esas fuentes demasiado importantes como para que sigamos usándolas como solemos —sin cuidado— y volver sobre algunos temas históricos o epistemológicos que me interesan y que considero, con razón o sin ella, centrales. Pero la siguiente cuestión se repetía de forma acuciante: ¿por qué Eichmann, durante una misión en Minsk en marzo de 19422, se acercó a la fosa en la que unas unidades de policía estaban asesinando judíos por millares, y se acercó tanto que su abrigo de cuero se manchó de sangre y de fragmentos de cerebro? ¿Por qué relató ese episodio que lo incriminaba si ningún testigo lo había comentado, si no figuraba en ningún archivo? ¿Por qué contar esa historia, que lo situaba en el corazón del acto del asesinato, cuando, preguntado sobre el resto de campos de exterminio que había inspeccionado, siempre respondía que se había mantenido tan lejos como había podido del lugar en el que sucedían los hechos? El campo de Belzec estaba desierto cuando él lo visitó; en Chelmno se había negado a mirar por una mirilla al interior del camión de gas; había visto las instalaciones de Auschwitz desde el exterior, cuando aún no estaban en funcionamiento3. ¿Qué quería decir Eichmann o qué estaba diciendo sin querer al contar aquella masacre con tanta insistencia? A menudo tratamos sin mucho miramento la complejidad de una cuestión como esta y el desafío que supondría alcanzar una respuesta contrastada, o al menos aceptable, en un universo documental irremediablemente marcado por la pérdida, por las lagunas. En su última autobiografía, Mi verdad, Eichmann, casi transfigurado en salvador de la estirpe judía, decía: «Fue en esa misma época, hacia enero de 1942 [sic], cuando recibí la orden [por parte de Müller, mi superior] de redactar un informe sobre la manera en que todo aquello estaba pasando en la ciudad [Minsk]. Hacía mucho frío y yo llevaba un abrigo de cuero largo, llevaba conmigo una reserva de alcohol, porque, sin eso, sin estar en un estado de ensoñación permanente [sic], yo no podía acatar esa orden. Pero el alcohol produce cierta insensibilidad. Está claro que la gradación nunca se debe dejar ir hasta la ebriedad, porque viajaba en
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uniforme, con chófer, en un coche de policía. Pero es realmente sorprendente la cantidad de alcohol que necesita un hombre para mantenerse más o menos en su sitio cuando tiene los nervios excitados. Claro está que el aguardiente habría sido mejor que el vino, pero yo solo bebo aguardiente cuando no tengo vino a mi alcance. Llegué un día por la tarde. Y al día siguiente me puse en marcha con retraso. Hacía mucho que había pasado la hora que me habían indicado, por lo que llegué al lugar cuando ya iban a fusilar al último grupo. Cuando llegué, los tiradores disparaban una ráfaga continua e ininterrumpida a una fosa del tamaño de varias habitaciones grandes. Disparaban con pistolas automáticas. Al llegar, vi a una mujer judía con un niño en brazos abajo, en la fosa. Quería quitarle al niño, pero entonces una bala hizo trizas la cabeza del pequeño. Mi chófer limpió los pequeños trozos de cerebro de mi abrigo. Subí al coche. “A Berlín”, le dije a mi chófer. Pero seguía bebiendo aguardiente como si fuera agua. Tenía que beber. Tenía que anestesiarme. Y pensaba en mis hijos, tenía dos por aquel entonces. Y pensaba en el sinsentido de la vida»4. Intentar responder a esas preguntas, y de una manera distinta de como Eichmann lo habría hecho, suponía, en cierta manera, bajar con él a la fosa, patalear con él en la sangre, sondear su espíritu, el de un hombre a la vez mediocre, eficaz y fanático, cuya única preocupación durante muchos años fue llevar a cabo el exterminio del mayor número de judíos posible. Y a veces uno duda, da un paso atrás ante tanta sangre, ante un número tan grande de asesinatos y también de mentiras. Al mismo tiempo, se dio la casualidad de que me pidieron una introducción al primer volumen en francés del diario de Joseph Goebbels, que versaba sobre el periodo 1939-19425. Así tenía la oportunidad de volcarme de nuevo en esa fuente de importancia mayor que ya había utilizado con frecuencia en mis anteriores trabajos sin llegar, no obstante, a estudiarla de forma sistemática. Al final de mi escrutinio, disponía por primera vez del conjunto de pasajes en los que el ministro de Propaganda del Reich y Gauleiter de Berlín había hablado de los judíos durante la guerra6.
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En concreto, quería volver sobre un conocido pasaje que ya había comentado por extenso7 y que planteaba problemas. El 28 de marzo de 1942, Goebbels transcribió que acababa de ser informado sobre el asesinato de los judíos en el Gobierno General, el territorio polaco bajo yugo alemán pero no integrado en el Reich. Pero una de las frases era ambigua. No se podía decidir, solo con leer el texto, si los judíos alemanes deportados a ese territorio y confinados en guetos tenían que conocer o no el mismo destino que los judíos locales, deportados y exterminados en el campo de Belzec. A diferencia de mis predecesores, respondí implícitamente con la negativa. Mi criterio, sin embargo, se basaba únicamente en diversos elementos contextuales relativos al estado de avance, por aquel entonces, de la concepción y de la ejecución de la «solución final de la cuestión judía». Me faltaba una confirmación interna extraída del propio Diario: la encontré finalmente gracias a esta investigación sistemática. Goebbels no dejaba entender que los judíos alemanes deportados a los territorios polacos también fueran a ser exterminados, porque tres meses más tarde, como veremos, supuso que aún estaban vivos. Los seguía considerando una amenaza real cuyo confinamiento en los guetos permitía subyugar de manera solo provisional. La cuestión, desde entonces, fue la siguiente: ¿en qué momento supo Goebbels que los judíos alemanes deportados al Este estaban corriendo la misma suerte que sus congéneres locales, que los estaban asesinando en cámaras de gas como los otros habían sido gaseados o asesinados por los Einsatzgruppen? La investigación me condujo a un resultado muy alejado del que me esperaba: habían hecho falta bastantes meses para que Goebbels supiera o, en el peor de los casos, fuera informado, de que la deportación era sinónimo de asesinato inmediato e indiscriminado. De acuerdo con mi reconstrucción, hasta octubre de 1943, con ocasión del discurso pronunciado por Himmler en Posen ante los más altos responsables del partido, Goebbels no fue informado ni comprendió que la «solución final», por aquel entonces ya prácticamente terminada, era de hecho un asesinato sistemático
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que se aplicaba sin distinción a todos los judíos europeos bajo dominación alemana. Una cosa llevó a la otra y me pregunté después si el resultado de mi investigación, que se oponía a la historiografía sobre la difusión de la información sobre el genocidio en Alemania8, constituía una excepción explicable de muchas maneras o bien si, por el contrario, no urgía revisar todo el asunto. De hecho, desde el proceso de Núremberg, se ha adquirido la costumbre de suponer que se informó rápidamente a las más altas instancias del régimen del asesinato planificado de judíos. Se suponía que las administraciones competentes, policiales o civiles, habían participado con total conocimiento de causa en la ejecución de esa política criminal que sin embargo permanecía oculta para la población. Por estar tan ampliamente admitidos —y desde hace tanto tiempo—, esos esquemas de análisis heredados de una tradición judicial quizás estaban mostrando sus limitaciones, en la medida en que, siendo incapaces de integrarla de forma armónica, solo podían descalificar el caso de Goebbels planteándolo como una excepción. El presente libro pretende ser la revisión de esas categorías de análisis, y por tanto una historia de este fenómeno único que ha sido el secreto en torno a la «solución final de la cuestión judía». De entrada, es fácil entender que seamos algo precavidos ante este nuevo proyecto. Al situar la investigación a otro nivel de observación de la realidad, menos traumático, supero a Eichmann. Por un año o dos, todo lo más, el tiempo de escribir este libro, no bajaré con él a la fosa.
Con estas pocas reflexiones me parece haber derogado ya, y pido disculpas por ello, los aseptizados cánones de la escritura histórica que hacen del redactor un elemento presupuesto y a la vez ausente en la narración. La desaparición del autor que Michel Foucault celebrara en su momento como un avance de la lite-
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ratura contemporánea9 y que, en historia, no es sino un reflejo, algo inconcebible, puede explicarse de diversas maneras. En parte, podría ser resultado de la lejanía temporal entre los actores y el observador, que, por ser muy grande, provocaría que las dos generaciones no pudieran mezclarse en un mismo discurso. Sin embargo, también podríamos decir que, al ausentarse de su propia escritura, el historiador del mundo contemporáneo desea demostrar de forma clara esa objetividad sacrosanta que tiene por meta y que le es dada como una virtud insuperable de la disciplina cuando esta reflexiona sobre sí misma. Ya lo decía Marc Bloch: «Hasta en la acción juzgamos demasiado. Es cómodo gritar: “¡Al paredón!”. Nunca comprenderemos lo suficiente». O también: «Robespierristas, antirrobespierristas, por piedad, dígannos simplemente quién fue Robespierre»10. Algo que Lucien Febvre repetiría para ridiculizar a «los jueces suplentes del valle de Josafat»11. Puedo comprender sus razones. Pero Robespierre no es Eichmann. La caída de la Alemania nazi marcó una revolución que fue, en primer lugar, ética, y que vuelve inimaginable, lejos del marco judicial, la defensa de Eichmann. Si la palabra «comprender», por seguir aún con Bloch, está «cargada de amistad», está claro que esta no puede aplicarse a los asesinos del Tercer Reich. Claro que intentamos «comprender», pero no podemos hacer otra cosa que condenar, porque esta reprobación de principio constituye el propio fundamento de la civilización occidental de posguerra. Esperar comprender al verdugo hasta el punto de entrar en su mente es un proyecto novelesco, casi romántico. Desde una perspectiva intelectual, se trata de una aporía. El deseo de experimentar tal cosa por parte del escritor (en el que la sed de conocimiento debe desempeñar también un papel) entra en una contradicción tan violenta con su repulsa que se pierde: cree que el verdugo no dijo nada. Pero sí que dijo, solo que el oyente ya no puede comprender lo que dijo. Intentar reconstruir las razones por las que los protagonistas actuaron como actuaron sin tener la certeza de alcanzar una verdad última, es
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decir, preguntándose con estupefacción si estas eran de verdad suficientes para pasar a la acción, es una vía más segura para la intelección del pasado. Si se va más lejos, resulta evidente que, en líneas generales, la práctica histórica consiste asimismo en pronunciarse, en proceder a un arbitraje: entre dos versiones posibles del mismo hecho, dos interpretaciones distintas de un documento, todas igual de probables, hay que escoger. Sin embargo, habría que ser arrogante o ingenuo para pretender que estas elecciones y estos arbitrajes tienen lugar en un universo estéril en el que la objetividad es la reina. No, en el movimiento de escribir la historia, el historiador está mucho más presente de lo que desearía hacer creer su estilo impersonal. Cuando decide, tiene sus razones, y algunas sin duda tienen más que ver consigo mismo, sus creencias y presupuestos, que con los hechos en bruto. No cabe, por un lado, indignarse, y por el otro, esconderse. Más bien todo lo contrario: la historia es una práctica sublunar y, como tal, ignora la perfección. Tener esto en mente es lo mejor que podría pasarnos. Si, rompiendo por un instante el orden de este discurso, he querido incidir sobre la dimensión personal de la escritura histórica, es a la vez por advertir al autor y al lector contra mí mismo y porque me parece que los estudios históricos que buscan establecer el «quién sabía qué»12 del exterminio de los judíos se sostienen en gran medida sobre presupuestos, sean historiográficos, políticos o morales. Así como el genocidio nos repugna, preferimos no creer que las élites del Reich, los alemanes y en definitiva todos los demás pueblos europeos no sabían lo que era «la solución final de la cuestión judía» tal y como la conocemos hoy, es decir, como un asesinato sistemático a escala europea. Este postulado, del que intentaré explicar los fundamentos psicológicos más tarde, es un producto de la época, y tiene su propia historicidad aunque su existencia sea dura. Explica probablemente por qué no se han extraído todas las consecuencias de la increíble evolución reciente de la historiografía de la «solución final». Porque, después de quince años, en definitiva, todo
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ha cambiado: la masa de conocimientos ha crecido a un nivel formidable; las viejas oposiciones de intencionalistas contra funcionalistas parecen hoy demasiado simples; la cronología de la evolución de la «solución final» ha sido revisada con seriedad, etc. Pero algunos esquemas —sobre el secreto, por ejemplo— siguen tan anclados que ni nos damos cuenta de que también son constructos intelectuales que podemos y debemos cuestionar de nuevo.
Se trata de una investigación, y no de un estudio propiamente dicho. Por ello, no he emprendido una campaña archivística de gran alcance ni he aportado documentos inéditos o pocos. Me parecía, de hecho, que las fuentes archivísticas no publicadas que podría llegar a consultar ya habían sido ampliamente exploradas y explotadas por mis predecesores y que su intención había sido extraer de ellas los elementos más característicos. Por ello aposté a que sus libros podrían darme a conocer todos los documentos pertinentes sobre la difusión de información sobre la política sistemática de exterminio de los judíos en el aparato del Estado, en la población alemana y, más allá, entre los gobernantes extranjeros, los pueblos europeos y los otros beligerantes. Es probable que un método como este no hubiera sido posible en un campo de estudios trabajado de forma menos continuada y profunda que el mío. La bibliografía, como es sabido, es inmensa, y ha adoptado formas varias: monografías nacionales o regionales, biografías, historias de las instituciones, estudios de conjunto, recopilaciones de documentos, etc. En parte debido a esta inversión masiva, estas obras publicadas alcanzan tales niveles de detalle que hacen que estos documentos sean equivalentes a archivos. Esta opción descriptiva tiene sus virtudes, en particular la de integrar en el relato incluso los elementos que pueden ser interpretados como anomalías que van en contra de la tesis defendida por el autor. Una parte de mi trabajo consistió, por tanto, en localizar estas anomalías para proceder después, si
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fuera el caso, a examinar los documentos. Este recurso restringido y orientado a los archivos no es tanto el resultado de un desinterés de principio, sino más bien de una elección: he preferido extender la investigación tanto como fuera posible. Y supuse que esta tarea, que consistía en ordenar esta documentación, de por sí enorme, someterla a un repertorio renovado de preguntas y de proponer con ello nuevos esquemas de análisis, tal vez fuera, en definitiva, suficiente por sí sola. Se trata por tanto de una propuesta que he intentado demostrar con tanto desarrollo como ha sido necesario y con tanta síntesis como ha sido posible. Si, llegado el caso, pareciera satisfactoria a ojos del lector, no dejaría de ser una propuesta. No será difícil entender mis reservas: demostrar la ignorancia es, por naturaleza, más difícil que lo contrario. Un testigo de la época podía decir o escribir, llegado el caso: «Sé que las cámaras de gas existen». Pero ningún testigo ha podido escribir nunca en tiempo presente «no sé si las cámaras de gas existen», por la simple razón de que la proposición carece de sentido: lo que se ignora, se ignora, y no podríamos hablar de ello. Como veremos, en algunos casos he podido superar la aporía estableciendo que la ignorancia no está hecha de vacío, sino que, por el contrario, está repleta de diferentes representaciones, de otros imaginarios. Sin embargo, la argumentación sigue siendo frágil, en particular porque las más de las veces es imposible sacar conclusiones sólidamente asentadas, hacer afirmaciones de otra manera que no sea reconduciendo las ideas preconcebidas, de forma sistemática. Es más, y esto es una objeción de otra naturaleza: reconozco igualmente que no lo he leído todo, lo que me desolaba por un instante para recordar al momento siguiente que leer todo lo escrito sobre la política de persecución y exterminio de los judíos se ha convertido en algo materialmente imposible y que muchos autores, entre los cuales figuran los más importantes, no han procedido de maneras distintas a la mía. En definitiva, es posible, si no probable, que como reacción a esta propuesta otros historiadores se informen o descubran otras fuentes que lleven a corre-
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girla. Y está bien que así sea. La historia progresa de forma dialéctica, por aproximación progresiva: se corrige a varias manos. Pero no solo se trata de una cuestión de fuentes. Una investigación (al igual que un estudio) es también una manera de organizar los datos propios, de construir un relato propio. La experiencia de la microhistoria ha mostrado las virtudes heurísticas del género de la investigación, que, poniendo de una u otra manera al lector en el lugar privilegiado de John H. Watson, detrás de Sherlock Holmes, lo invita a asistir a la vez al cuestionamiento y a la elaboración de las respuestas. Claro está que se trata de una imagen y no de una identificación heroica, faltaría más: a diferencia de Holmes, yo estoy convencido de no tener razón en todos los puntos, y sobre todo no para siempre. Pero esta imagen basta para ilustrar la diferencia intrínseca entre la investigación y el estudio. Lo que está en juego es la posibilidad que se le ofrece al lector-acompañante de probar, mientras recorre el camino, la validez de las respuestas que se proponen, de aportar la contradicción, de constatar los eventuales errores de razonamiento o los puntos ciegos, de aprobar o, según el caso, de rechazar las conclusiones13. Mi relato seguirá por tanto su propio recorrido, lo que podríamos llamar el hilo de la investigación. Se hará uso a menudo de un número de herramientas que también he tomado prestadas de la microhistoria. Lo haremos en particular en lo referente a lo que llamaré aquí el paradigma Settis-Ginzburg, extraído de la Pesquisa sobre Piero della Francesca de Carlo Ginzburg. Este había traído a colación, con la intención de respetarlas, las dos reglas promulgadas por el historiador del arte Salvatore Settis para escoger entre las diferentes interpretaciones de un mismo cuadro: «a) Todas las piezas del rompecabezas deben tener su lugar; b) las piezas deben componer un dibujo coherente». Después, Ginzburg continuó: «Yo añadiría una tercera: c) en condiciones idénticas, la interpretación que conlleve menos hipótesis debe considerarse, por regla general, como la más probable (pero la verdad, no lo olvidemos, es a veces improbable)»14. Lo
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que designo como paradigma comprende, de esta manera, tres reglas —exhaustividad, coherencia y principio de moderación— y por mi parte, es decir, a mi nivel y en mi campo, intentaré cumplirlas y declinarlas. El lector que bien quiera acompañarme en mi procedimiento puede empezar desde ya a plantear su primera objeción: ¡esto servirá para La flagelación de Urbino o para La tempestad de Giorgione15, pero la historia solo es un cuadro en sentido metafórico! Y su objeción será pertinente. No desestimo, en primer lugar, el peligro que supone importar a la práctica histórica las herramientas creadas para el análisis iconológico: el «cuadro histórico» es una convención del lenguaje, una simplificación. La historia sobre la que trabaja el historiador se puede asimilar, de forma más prosaica, a un conjunto de datos, articulados entre sí y susceptibles de componer un relato histórico. Por tanto nunca habrá que esperar disponer de todas las piezas, ni mucho menos, como en un cuadro en el que todo está presente. Esta diferencia de naturaleza es aún más marcada en mi tema. Los verdugos, a partir de un momento concreto, mataron en lugares apartados. Destruyeron a los judíos y también sus cuerpos. No contentos con quemar sus cadáveres, arrojaron los archivos al fuego con una ambición sistemática. Lo veremos constantemente: la investigación consiste en unir pedazos dispersos de documentación que la suerte nos ha legado, piezas salvadas. Apenas en el caso del Diario de Goebbels tenemos la certeza de estar ante la totalidad del corpus, salvo por las últimas semanas. Los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán son otro yacimiento importante que, por un azar inexplicable, parecen haber escapado por poco a la destrucción. Respecto al resto, se trabaja con lo poco que se tiene, y las lagunas en la documentación se presentan como una razón de más para no desdeñar ninguno de esos pedazos. La exhaustividad es la regla, aunque se ejerza sobre un conjunto plagado de lagunas. Al mismo tiempo —y esta es otra diferencia respecto al análisis iconológico—, no cabe integrar en el relato, salvo para aumen-
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tar su longitud, la totalidad de la información disponible. ¿Citar todos los discursos de Hitler, Himmler, Goebbels, los miembros del partido y los responsables locales? ¿Recuperar todos los artículos de prensa? ¿Mencionar todos los diarios íntimos o cada una de las correspondencias administrativas? Eso no es posible, ni tampoco deseable. Para interpretar o, si se quiere, para recoger un «dibujo coherente», como decía Settis, todas las piezas no poseen el mismo valor. Algunas, en función de su pertinencia, son indispensables. Otras no lo son porque su eventual inclusión no alteraría en nada el dibujo. Pero, después de todo, se trata de un arbitraje, de una selección que es la base de la práctica cotidiana de cualquier historiador. Colocar las piezas en su sitio equivale a establecer sin lugar a error la datación de este o aquel documento y no omitir una sola de las características que le dan todo el sentido. Los discursos, los informes y las cartas son, en la mayoría de los casos, demasiado largos para citarlos íntegramente: algunos pasajes son irrelevantes y se pueden pasar por alto, mientras que otros determinan si podemos colocar la pieza aquí o allá. El método adoptado a veces dará como resultado un relato sinuoso: es porque hay que integrar, y cuelo una vez más la metáfora, todas las piezas pertinentes del rompecabezas y, lo que es más, hacerlo de forma armoniosa y sin demasiado artificio. Es decir, que será conveniente prestarle atención a la cuestión de las anomalías, intentando encontrarles una explicación simple o demostrando que justamente no son anomalías. En el caso que nos ocupa, la anomalía de partida, el caso16, es el Diario de Joseph Goebbels.
Como decía, se trata de una propuesta. La siguiente: la «solución final de la cuestión judía», ese asesinato sistemático del conjunto de judíos europeos, fue concebida en el más absoluto de los secretos, o al menos en el mayor secreto posible.
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Quizás esta afirmación pueda parecer trivial en la medida en que cada uno es susceptible de retocarla a su manera. No obstante, es más que probable que ningún historiador se ponga de acuerdo en el momento de delimitar el círculo en el que esta política ya no era un secreto o, si se quiere, constituía un secreto autorizado, un secreto compartido. Por razones que explicaré más adelante, la historiografía siempre ha supuesto, desde el proceso de Núremberg, que el aparato del Estado, en sus instancias más elevadas, había sido informado de que la «solución final» conllevaría el asesinato inmediato y sistemático de los judíos: ¿no se había dado una conferencia en Wannsee sobre el tema? Desde la posguerra, esta reunión interministerial se sigue considerando, salvo raras excepciones, como un giro radical en la política antijudía alemana: en Wannsee como muy tarde se tomó la decisión de matar a todos los judíos; la misma política de asesinato sistemático que había presentado Heydrich el 20 de enero de 1942. Me parece que las cosas fueron mucho más complejas en realidad, como ya intenté demostrar hace unos años en mi libro La «solution finale de la question juive»17. Lo que intentaré demostrar aquí es que, más allá de Wannsee, el círculo de conocedores del secreto era mucho más restringido de lo que se suele pensar. Y veremos que hubo, en ese secreto más estricto, muchas razones que los principales actores, Himmler o Hitler, nunca ocultaron. Pero hablar de secreto equivale a trazar el esbozo de una política de comunicación que intentaré localizar en el seno del aparato del Estado. Y es necesario constatar que en un momento dado, en octubre de 1943, esta política de comunicación experimentó una inflexión fundamental: en Posen, ante las más altas autoridades políticas, de seguridad y militares, Himmler explicó por primera vez lo que había sido la «solución final». Goebbels, ante aquellas crudas palabras, supo a la fuerza que los judíos alemanes deportados al Este también habían sido gaseados. Pero el Reichsführer había dicho otra cosa: esta «solución final» estaba terminada o casi.
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Este estado de cosas —una revelación que interviene al final del proceso— permite, en mi opinión, hablar de «complot» respecto a ese periodo de tiempo concreto. La palabra, no lo niego, es insatisfactoria. Ya de por sí sospechosa en las ciencias humanas, esta palabra se aplica en este libro, además, a una configuración probablemente inédita en la que el jefe del Estado formaba parte del complot. De hecho, Himmler y Hitler escogieron perpetrar el asesinato rápido e indiscriminado de los judíos de Europa a través del aparato policial, unido por el secreto; y ellos, en el mismo movimiento, decidieron no informar al resto del aparato del Estado, salvo excepciones, de todas las vertientes de esta política transgresora, aunque algunas se conocían por otros medios. Creadores y directores a la vez, estos dos hombres compartían una aguda conciencia de lo radical de su proyecto. Claramente existía una justificación política para este asesinato, lo bastante potente como para permitir el paso a la acción. Y tanto Hitler como Himmler, cada uno a su manera, no dejaron de exponerla en sus discursos públicos o privados, en órdenes o en correspondencias. Pero, por fundado que fuera desde el punto de vista ideológico, dar muerte a los judíos de forma sistemática podía causar la impresión de ir a la contra de lo que quedaba de moral judeocristiana en la Alemania nazificada, por decirlo en pocas palabras y mal, sin duda. Los más altos responsables de la política antijudía podían enfurecerse contra este remanente desplazado de «sentimentalismo»: pero debían tenerlo en cuenta. El simple traslado de los judíos al Este, el proyecto político original del nazismo en materia de «cuestión judía», se había vuelto una ficción. El complot consistió por tanto, para los responsables y los ejecutores de la «solución final» entendida como un asesinato, en dejar que el resto del aparato del Estado creyera que no pasaba nada.
Pero hay que aclarar, no obstante, las palabras y el contenido del complot. Antes de nada, alejemos la idea de que nadie sabía nada:
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simplemente no tiene sentido. La cuestión del conocimiento es, para mi propósito, a la vez accesoria e instrumental. Lo que me interesa es, en primer lugar, lo que se comunicó oficialmente a este o a aquel protagonista administrativo o político nazi. Medir el conocimiento de estos puede resultar indispensable para determinar lo que comunicó la instancia agente: de hecho, ¿cómo imaginar que, puesto al corriente de la muerte sistemática de los judíos deportados, es decir, a pesar de conocer esa información, un responsable hubiera podido actuar exactamente igual que lo habría hecho si no supiese nada? Por decirlo de otro modo, si el historiador consiguiera mostrar de manera fiable que ese actor aún creía, en un momento dado, que los judíos deportados solo estaban siendo trasladados, también estaría aportando la prueba de que hasta entonces esa persona no había recibido información del asesinato por medios oficiales. Mi segunda reserva tiene que ver con la duración —limitada— de la vida del complot. Los dos discursos que Himmler pronunció en Posen en octubre de 1943 ante los más altos responsables de la SS, además de los más altos dignatarios del partido, constituyeron el inicio de una serie de alocuciones similares por las que el Reichsführer —o Hitler en su caso— informó a las autoridades políticas y militares de la política criminal que hasta ese momento se había llevado a cabo contra los judíos. Desde entonces se recae, aunque con un retraso de dieciocho meses, en la configuración clásica de la política secreta, en el sentido en que la historiografía lo entendía respecto a la «solución final». El programa de asesinato era secreto; las élites nazis, debidamente informadas, compartían la responsabilidad por entero, porque estaban directamente implicadas o, como mínimo, porque consentían la masacre y contribuían, al no denunciarla, a llevarla a cabo. No obstante, Himmler, al anunciar el fin próximo de la «solución final», hablaba explícitamente del Reich y de los territorios ocupados por Alemania, cuyas fronteras, hasta el final de la guerra, no dejaron de ampliarse, con la ocupación de Hungría y Eslovaquia. Centenares de miles de judíos todavía iban a ser asesinados antes del final de la guerra.
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En definitiva, y esta es la limitación más importante, el complot solo afectó a un aspecto de la «solución final», pero a un aspecto crucial: el asesinato de los judíos alemanes y de los países aliados de Alemania, lo que en sí era, por naturaleza, más transgresor y diferente que matar a los Ostjuden. La masacre de millones de judíos del Este, soviéticos o polacos, se había perpetrado a través de diferentes modalidades, había obedecido a un calendario pospuesto, y era a la vez concebida y comprendida a través de categorías específicas. Los Ostjuden eran los que más contrastaban con los arios, por su apariencia, su modo de vida y el poder de los fantasmas que se proyectaban sobre ellos: eran la encarnación de las peores concepciones racistas nazis. Además, al vivir en territorios conquistados, a veces justo detrás de las fronteras, los judíos del Este eran percibidos a través de esquemas de seguridad, como partisanos en potencia, si no como los más peligrosos enemigos del Reich hitleriano. Su muerte no solo era conocida por las élites, sino también por buena parte del pueblo alemán, y sin duda tampoco adelantaríamos muchas cosas diciendo que además era muy ampliamente aceptada. En cambio, el asesinato de los judíos alemanes, y más concretamente de los que vivían en el oeste, el sur y el norte de Europa, tenía una carga transgresora mucho mayor, por el propio hecho de su proximidad con los miembros de las sociedades en las que vivían. Esta diferencia sustancial, que era vivida como una evidencia por los contemporáneos pero que, subyugados por nociones como la «Shoah» o el «Holocausto», ya no alcanzamos a comprender, se puede sentir a muchos niveles, como podremos observar. El asesinato de los judíos occidentales se decidió más tarde y fue objeto de procedimientos específicos, y justamente para ocultarlo se llevó a cabo un secreto reforzado, superlativo, que asimilo por ello a un complot.
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La propia estructura de mi propuesta conllevará, por la fuerza de las cosas, una focalización en torno a ese asesinato, del que podríamos destacar, con toda la razón, que solo atañe a una minoría de los casi seis millones de víctimas del genocidio, de los cuales dos tercios eran Ostjuden. Aunque sin duda debamos lamentarlo en términos absolutos, la historia no está graduada como una regla. En este ámbito, como en otros, no todas las víctimas, como es sabido, tienen el mismo valor, es decir que no les prestamos la misma atención. Aquí deben tenerse en cuenta dos elementos complementarios. El lugar relativamente menos importante que ocupó durante largo tiempo el asesinato de los judíos del Este en las memorias nacionales y en la visión de conjunto del genocidio se explica de diversas maneras. En primer lugar, el carácter sistemático de la masacre, no planificado sino efectivamente ejecutado en esas regiones, ha privado de posteridad, en el sentido biológico del término, a las víctimas polacas, rusas, ucranianas o lituanas. Nadie o casi nadie sobrevivió, lo que quiere decir que la memoria del asesinato cometido contra ellos no pudo ser conservada por una comunidad comparable a la que existía en Francia o Bélgica. Además, el reparto geopolítico de posguerra conllevó políticas de memoria específicas: el «bloque» soviético y aliado administró su pasado siguiendo modos e imperativos distintos de los que prevalecieron en Europa Occidental. En definitiva, y esto es sin duda lo más penoso de decir, esta percepción diferenciada de los Ostjuden no estaba reservada únicamente a los nazis, ni mucho menos. Constituía una categoría compartida de entendimiento que podía verse, por aquel entonces, incluso entre los intelectuales judíos en Francia y en el extranjero. También para ellos, por razones evidentemente diferentes, los judíos del Este eran «los otros». Creo que durante largo tiempo, sin ser realmente conscientes, hemos sido herederos de estos prejuicios. El segundo factor explicativo es más fundamental. La particularidad de la «solución final de la cuestión judía», el punto cardinal que ocupa en la conciencia occidental, se debe en gran
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parte al carácter sistemático —y, en este sentido, completamente novedoso— del proyecto criminal nazi. Todos los judíos, fuera cual fuera su edad, sexo o condición, o su país europeo de origen, debían morir. Algo en este radicalismo desafía al sentido común. Y el pavor que nos hace sentir tiene un peso acrecentado por la enormidad del balance, en una guerra de una brutalidad inusitada en la que no faltaron muertos de todo tipo. Esta manera de pensar, que, en suma, nos hace conceder más importancia al carácter sistemático de la empresa criminal que a su balance variable en función de la región, también tiene su propia historicidad, es decir que, después de todo, habría podido suceder de otra manera. Desde los juicios de Núremberg, como veremos, se viene suponiendo que Hitler decidió matar a todos los judíos demasiado pronto. Por consiguiente, el carácter total de la masacre se mostraba desde ese momento como un elemento estructural y central, y dominaba más aún el conjunto de sus componentes. Así, el asesinato de los judíos soviéticos no habría sido más que una declinación de ese objetivo afirmado desde hacía mucho, al igual que el más tardío asesinato de los judíos polacos, alemanes, eslovacos o franceses. Hace treinta años que esta visión simplificada no tiene cabida en la historiografía. Todos los investigadores conceden desde entonces que las primeras masacres de judíos en territorio soviético ocupado se perpetraron antes, o incluso antes de que surgiera un proyecto de asesinato generalizado. Solo a partir del momento en que, durante el primer semestre de 1942, la «solución final» da el paso al exterminio indiscriminado, estas masacres se pudieron percibir a posteriori como una primera etapa, la primera etapa de un proyecto de escala europea que aún no tenía esa forma en el momento en que se cometieron. Si esta cronología se hubiera percibido con claridad desde el final de la guerra, habría podido suceder que el carácter sistemático apareciese no tanto como el atributo constitutivo de la «solución final», sino en cierta medida como un factor agravante, que vendría a sumarse a su monstruoso balance. Sin embargo, este no fue el
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caso y, en la construcción historiográfica y memorialística, aún hoy el carácter sistemático del asesinato es lo que determina su terrible singularidad. En la presente obra, el lugar comparativamente reducido que se le concede al asesinato de los judíos del Este no es tanto la consecuencia lejana de esas lógicas memorialísticas como el resultado mecánico de la atención concedida a las categorías de actores. El asesinato de los Ostjuden, repitámoslo, era objeto de un flujo de información en el seno del aparato del Estado, era ampliamente conocido entre el resto de la población y en todas partes era ampliamente aceptado. Sin embargo, lo que me ocupa aquí es el secreto. El lector deberá conservar esta perspectiva en la memoria a lo largo de estas páginas.
La disociación de orden analítico entre el asesinato de los judíos del Este y el de los otros judíos se revela fundamental en la presente investigación. Se encuentra combinada con una revisión de la conferencia de Wannsee. El 20 de enero de 1942, Reinhard Heydrich fue claro: llegado el momento, todos los judíos debían morir. ¿Explicó igual de bien que había que matarlos a todos? El dispositivo descrito por el jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) era, según los informes de que disponemos, más heterogéneo: los judíos alemanes y occidentales, que constituían el objeto de la reunión, serían deportados al Este o morirían de maneras sofisticadas, entre las que estarían la deportación a tierras inhóspitas o los trabajos forzados. Como complemento a esa «disminución natural»18 que se extendería durante un periodo indeterminado, Heydrich indicaba que los que sobrevivieran serían tratados «de manera apropiada»; y yo también creo que se refería a matarlos, algo cuya importancia era sin embargo marginal en la economía general del proyecto. No obstante, ver en esta descripción, como suele hacerse, una especie de anunciación de las cámaras de gas de Auschwitz es una
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simplificación, o peor: un anacronismo. Porque la construcción de los cuatro complejos de gasificación y de cremación que dieron al campo su dimensión industrial se decidió medio año más tarde. Pero un semestre es un periodo más que largo en el corto tiempo de la guerra, y aún más en esa ventana tan pequeña en la que se inscribe el paso al asesinato, para el que la unidad de tiempo utilizada son los meses o los días. Pero aún hay más. La interpretación tradicional, en mi opinión, no cuadra con los datos disponibles, que permiten observar el problema desde todos los ángulos. De hecho, el proyecto descrito por Heydrich, según los informes, no puede ser asimilado a un proyecto de asesinato inmediato; es probable que en Wannsee, en el curso de las conversaciones, se mencionase la perspectiva de una supervivencia a medio plazo de los judíos deportados; los participantes de la conferencia siguieron pensando, durante el año 1942, en esa deportación al Este como en un simple traslado. En definitiva, y puede que sobre todo, los nuevos documentos lo muestran sin lugar a equívocos: en la época de la conferencia interministerial, la Oficina Central de Seguridad del Reich preveía aún, en el ámbito interno, que los judíos alemanes deportados fueran trasladados de nuevo al final del verano más «al este»: por tanto no se tomaba en consideración matarlos inmediatamente. La reordenación que propongo aquí —poco ambiciosa en verdad— se inscribe en la recta línea de mis trabajos precedentes. Consiste en tomarse en serio este dispositivo de múltiples disparadores que, si bien estuvo presente en Wannsee, se ejecutó de forma efectiva en los meses que siguieron: un estado de cosas que constituye una última objeción a la lectura consagrada de Wannsee. En otras palabras, es conveniente, creo, retrasar unos meses respecto al relato tradicional el paso definitivo al asesinato indiscriminado y sin esperas. De hecho, entre abril y junio de 1942, el esquema original de desaparición a corto o medio plazo de todos los judíos dio lugar a una deportación rápida a las cámaras de gas de Auschwitz, de Sobibor o de Treblinka. De un
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proyecto político de extinción, como el que se expuso en Wannsee, se pasó entonces a una política de exterminio. Auschwitz se ha erigido en símbolo de esa política genocida en la conciencia colectiva. Y con razón, porque Auschwitz fue efectivamente el lugar en el que se concretó el carácter sistemático del asesinato. Desde sus inicios, la vocación del campo era plenamente europea. Los convoyes tenían que llegar de todo el continente para «tratar» a un número tan enorme de víctimas que se planificaron y construyeron instalaciones de gasificación y de cremación de dimensiones industriales. Auschwitz era la herramienta de la «solución final». Su balance —más de un millón de muertos— superó por poco al de Treblinka. Pero Treblinka era un campo regional y se cerró porque ya no tenía razón de ser: todos los judíos polacos habían sido asesinados. La tarea de Auschwitz, por el contrario, y por suerte, no se terminó nunca: cientos y cientos de miles de judíos franceses, búlgaros, rumanos y húngaros deberían haber sido deportados y asesinados allí de acuerdo con los planes nazis, pero eso no sucedió. Por ello, Auschwitz no es necesariamente un buen símbolo en la medida en que, siendo un lugar asociado a la muerte de los judíos occidentales, no da cuenta de la masacre de los Ostjuden, porque no da la medida completa. En cierto sentido, cuando se habla del genocidio de los judíos, siempre habría que decir Babi Yar y Auschwitz, o incluso Babi Yar, Treblinka y Auschwitz. Pero dejemos ahora lo simbólico para pasar a la enumeración. El sentido que yo le otorgo a Auschwitz en el presente libro es aún más restringido: no pretendo designar con este nombre el conjunto del genocidio, sino la última configuración de la política antijudía, por la que todos los judíos, y ya no solo los judíos del Este, debían ser asesinados. Auschwitz remite por tanto a la vez a un dispositivo y a una temporalidad que son indisociables. Porque el campo fue transformado progresivamente en un sitio industrial de exterminio a partir de la primavera de 1942, en el momento en que la política nazi dio el paso al asesinato total y se volcó en su ejecución.
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No obstante, es este paso el que me retiene, porque no se hizo público, desde mi punto de vista, en el seno del aparato del Estado. Esta retención, este silencio paradójico, en un primer momento no resulta llamativa en absoluto: la divulgación, al menos inicialmente, no era ni necesaria ni deseable. Podría incluso haber sido contraproducente hablar de Auschwitz, o hablar de ello demasiado pronto. La ausencia de comunicación oficial interna sobre esta política criminal sistemática constituye sin duda el punto central de mi demostración. Por la misma razón, no agota ni mucho menos la cuestión de quién sabía qué. Porque si bien los miembros de los ministerios de Asuntos Exteriores, de Interior o de Propaganda, los altos responsables del partido, los jefes de gobierno extranjeros o el propio papa; si bien los pueblos europeos no habían sido oficialmente informados de este paso al asesinato, esto no impide que, por otras vías, todos se hubieran encontrado en un momento u otro, y posteriormente de una manera más o menos regular, con información que hablaba de una política de masacre a gran escala de los judíos deportados. La cuestión que se les planteaba a estas personas que he mencionado, cada una a su nivel, era la siguiente: ¿había que dar crédito a esas informaciones procedentes, para algunos de ellos, de la propaganda enemiga, la propaganda judía? ¿O había que descalificarlas como rumores y aferrarse a la línea oficial de que en realidad no era nada más que una ficción? Podemos imaginar que se trató de una ardua cuestión, y que, a falta de documentos que lo prueben, deja a menudo al historiador en la incertidumbre. Sin embargo, en cierto número de casos será posible determinar de qué manera los miembros del aparato del Estado bloquearon esa información. Proyecto de extinción o política de exterminio, la «solución final de la cuestión judía» coincidió, en un momento dado, con la desaparición física de los judíos de Europa. Se podría considerar indiferente la distinción entre esas dos posibles vías de ejecución de un objetivo único y monstruoso. Pero sería una equivocación. Hoy, como ayer, para ellos y para nosotros, la diferencia entre
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dejar morir y asesinar es radical y constituye una especie de invariante antropológica que ni siquiera las teorías raciales nazis consiguieron borrar por completo. Puesta a prueba en diversas ocasiones en el curso de la investigación, esta distinción permite reconstituir de una manera más satisfactoria las categorías mentales movilizadas por los actores y completa, por ello, una comprensión más profunda y precisa de sus elecciones en lo referente a las modalidades de ejecución del asesinato. Mi propuesta de reconstitución podrá parecer, en un primer momento, compleja, o incluso inútilmente compleja, pero creo que responde a lo que se le requiere a un historiador, sea cual sea su época de trabajo: dilucidar mejor cómo sucedieron los hechos. En el caso que nos ocupa, reconstruir «cómo ocurrió» es otra manera de preguntarse, con una inquietud tan viva como el primer día, a pesar de las décadas transcurridas: «¿Cómo fue aquello posible?». La investigación histórica que procedemos a leer autoriza probablemente una doble constatación profundamente equívoca: la permanencia relativamente tardía del asesinato como límite transgresor en la sociedad alemana nazificada, al menos en lo que respecta a algunas categorías de víctimas como los judíos alemanes; el consenso casi unánime de esa misma sociedad en torno a un objetivo confeso de extinguir al pueblo judío sin distinción de ningún tipo.
Se podrá insistir sobre uno u otro de los dos términos de esta afirmación. Por mi parte, me parece del todo irrefutable. Sin embargo, quizá sea chocante. Se podrá creer que, modificando los esquemas explicativos de Núremberg, mi investigación es susceptible de fragilizar las bases de nuestra condena moral del fenómeno nazi. Yo no lo creo. En primer lugar, porque esa condena moral es un hecho de civilización que, totalmente aceptado o casi, no podría dar lugar a ningún tipo de discusión. Por otra parte, porque el carácter limitado de mi investigación, que solo
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pretende describir las modalidades de ejecución de una parte de la política de asesinato de los judíos, no autoriza ningún tipo de revisión. Para la mayor parte de las víctimas, es decir, los judíos del Este, su asesinato era fácticamente conocido y aceptado, aprobado. Por tanto, el proyecto de extinción había alcanzado rápidamente a los judíos occidentales, un proyecto cuya caracterización moral tampoco podría ser objeto de debate. Pero aún hay más, y con esto termino. Si el asesinato no se hubiera considerado como transgresor, no se habría ocultado con tanto celo. Y si no hubiera habido consenso en torno a un proyecto de exterminio ampliamente definido, el asesinato habría sido simplemente inimaginable, pues ya no era posible ocultarlo. Se percibe con claridad que las cosas se encuentran indisociablemente vinculadas. La turbación que algunos podrán experimentar al leerme, de manera espero que pasajera, hay que alejarla, e intentar comprender los mecanismos. Razonamos lo relacionado con el nazismo siguiendo dos modalidades que compiten y se contradicen. Somos capaces de identificarlas con nitidez, pero no necesariamente de articularlas de forma consciente. Un antiguo debate historiográfico que tuvo una repercusión considerable en Alemania y en el extranjero —el relativo al batallón 101 de policía y su participación en el asesinato de los judíos— tuvo la virtud de polarizar la oposición entre esos dos modos de intelección. ¿Quiénes eran los verdugos nazis? ¿«Hombres corrientes», como decía Christopher Browning en 1992, o «alemanes corrientes», según la expresión acuñada cuatro años después por Daniel Goldhagen19? Los dos autores habían dedicado la totalidad o buena parte de su obra a una misma unidad de seguridad, responsable de numerosas masacres en Polonia a partir del verano de 1942, con la diferencia de que habían extraído conclusiones distintas de una misma documentación. Uno de los méritos de la obra de Browning, unánimemente reconocida y celebrada, era desde mi punto de vista poner el acento en dos elementos. En primer lugar, que matar no era fácil, y seguía siendo, al menos al principio, un acto transgresor. En ese
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paso a la acción, además, se observaban otras motivaciones aparte del deseo de matar judíos, unas aún más decisivas: existían mecanismos de grupo, solidaridades y coacciones que llevaban a los agentes a ejecutar una tarea de la que algunos habrían preferido a veces dispersarse. En reacción a esta interpretación que minimizaba, para algunas categorías de ejecutores sobre el terreno, la importancia del impulso antisemita, Goldhagen consideraba en cambio que esos mismos subalternos del exterminio habían matado judíos porque lo habían querido, y que el paso a la acción apenas había planteado dificultades. En el relato de uno, por tanto, el asesinato podría haber conllevado cierta repulsión, mientras que, según el otro, había sido una fuente de profunda satisfacción. Una dicotomía como esta no se aplica solo a los verdugos sobre el terreno, como los estudiados por Browning y Goldhagen. Es igualmente válida para los más altos responsables del régimen, como muestran en mi opinión los debates historiográficos amortiguados en torno al comportamiento de Himmler durante la ejecución de un centenar de partisanos y de judíos en los alrededores de Minsk el 15 de agosto de 1941. Según algunos testimonios, Himmler resultó profundamente turbado por esa ejecución, quizá porque había dos mujeres entre las víctimas. Uno de ellos contaba: «Himmler estaba extremadamente nervioso, no estuvo tranquilo ni un solo instante, y estaba blanco como la leche»20. Otras personas presentes dieron una versión diferente de la ejecución y aseguraron que Himmler no se encontró mal. En cualquier caso, la historiografía ha considerado durante largo tiempo el 15 de agosto de 1941 como el momento en que, debido a las dificultades que experimentaban los verdugos durante los fusilamientos de ese tipo, se hizo meridiana la necesidad de otro método de ejecución: entonces hablaríamos de camiones, y después de cámaras de gas21. Según los historiadores, el relato escogido es el primero o el segundo22. No cabe ninguna duda de que, en esta elección, entra en juego de forma más o menos articulada la cuestión de la normalidad o de la anormalidad del asesinato y, por consiguiente, de los verdugos.
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Cuando reflexionamos en frío, cuando intervenimos en un debate académico, en todas las circunstancias en las que de lo que se trata es de ser inteligentes, es decir, cuando intentamos comprender el mundo sabiendo bien que hay que observar con un mínimo de distancia, siempre damos preferencia a Browning y comprendemos bien que convertir al pueblo alemán en «verdugos voluntarios» resulta una simplificación ultrajante de la historia, un sometimiento de la misma, no sin peligro, a imperativos memorialísticos o políticos. Sin embargo, me parece que en nuestro fuero interno, allí donde la repulsa hacia el nazismo se elabora y se perpetúa, en ese entorno oscuro y mal identificado en el que pensamos sin pensar en ello, en el que sentimos de manera confusa, predomina el esquema de Goldhagen. Sin ser capaces de formularlo, sin darnos siquiera cuenta, desearíamos profundamente que él tuviera razón, que el mal que se encarnó durante la Segunda Guerra Mundial siguiera modos no reproducibles que pusieran en valor todo lo que nos distingue de aquellos verdugos. Esos verdugos no tienen nada que ver con nosotros, nosotros somos su reverso exacto porque nosotros nos hemos construido contra ellos. Para volver sobre lo que constituye el objeto de esta investigación, todas estas razones explican que preferiríamos sin duda que los responsables nazis hubieran estado al tanto del asesinato de todos los judíos, que lo hubieran aceptado e incluso que se hubieran alegrado por ello. La presente obra, como iremos viendo, va en ocasiones a la contra de estas expectativas: no permite, por hablar de forma gráfica, marcar sistemáticamente estos tres casos en cada uno de los momentos. Pero, ¿qué cambiaría en realidad en lo que tiene que ver con el horror del crimen?