«Una narrativa envolvente… Tanto si los estadounidenses coinciden en cómo o por qué defender el país, Karp y Za miska lanzan un claro llamamiento a que la industria tecno lógica siga el camino de Palantir y se comprometa».
Washington Post
«En el complejo entorno geopolítico, tecnológico y económi co actual, la capacidad de los autores para ser elocuentes y a la vez combativos en La república tecnológica nos ayuda a entender cuestiones fundamentales sobre la prosperidad futu ra de EE. UU. y sus aliados. El libro es a veces provocador, a veces perspicaz, y la resiliencia, el patriotismo y la experien cia profunda de Karp en un mundo en rápida transformación ofrecen lecciones e ideas intelectuales para todos nosotros».
Jamie Dimon, presidente y CEO de JPMorgan Chase
«Un libro extremadamente importante. Alexander C. Karp es un visionario brillante que ha creado una de las empresas más trascendentes de América. Sus reflexiones sobre cómo lo hizo y sobre cómo asignar el gasto futuro en defensa y el rol que las principales empresas tecnológicas deben tener para defendernos de adversarios hostiles son tanto provoca doras como invaluables».
Stanley Druckenmiller, inversor, filántropo y presidente de Duquesne Capital
«El libro de Karp y Zamiska denuncia la arrogancia y la mez quindad de Silicon Valley y explica su compromiso apasio nado con la defensa de Occidente y sus valores culturales. Ambos llevan al lector por un recorrido intelectual desde la antropología hasta el arte, la historia y la filosofía para ex plicar lo que importa para nuestra supervivencia y éxito».
David Ignatius, columnista del Washington Post y autor best seller
«El grito de Karp y Zamiska por una ‘República Tecnológi ca’ plantea claramente qué debe ocurrir para que el mundo democrático conserve su predominio en la era de la inteli gencia artificial. Este libro es una llamada de atención para los emprendedores tecnológicos de Silicon Valley y más allá». Anders Fogh Rasmussen, fundador de Alliance of Democra cies Foundation y exsecretario general de la OTAN (2009‑2014)
La república tecnológica combina fascinantes revelaciones sobre el modo de operar de Palantir (influenciado por el en jambre de abejas, la improvisación teatral y el pensamiento de Isaiah Berlin) con la filosofía político nacional liberal sin concesiones de Karp. Es un manifiesto apasionante para un nuevo Proyecto Manhattan en la era de la IA».
Niall Ferguson, best seller de The New York Times
la república tecnológica
© del texto: Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, 2025
© de la traducción: Francesc Pedrosa, 2025
© de esta edición: Temet Nosce, S. L.
Primera edición: octubre de 2025
ISBN: 979 13 87936 02 0
Depósito legal: B 15641 2025
Maquetación: El Taller del Llibre
Impresión y encuadernación: CPI Black Print
Impreso en Sant Andreu de la Barca
Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más.
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Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
La r epública tecnológica
Poder duro,
p ensamiento déb i l, y el futuro de Occidente
A l exa n der C . K a r p y Ni c h olas W. Z a m isk a
Traducido por Francesc Pedrosa
A los que buscan conmover el corazón de los demás y conocer el propio.
«Nunca llegarás al corazón de los demás si no surge del tuyo».
(«Werdet ihr nie Herz zu Herzen schaffen, Wenn es euch nicht von Herzen geht»).1
johann wolfgang von goethe
«El poder de hacer daño es poder de negociación. Explotarlo es diplomacia; diplomacia cruel, pero diplomacia».2
thomas schelling
«Los fundamentalistas se precipitan hacia donde los liberales temen pisar».3
michael sandel
12. La desaprobación de la multitud 166
13. Construir un rifle mejor 176
14. Una nube o un reloj 196
parte iv. reconstruir la república tecnológica
15. Hacia el desierto 211
16. La piedad y su precio 220
17. Los próximos mil años 233
18. Un punto de vista estético 250
Este libro es el resultado de casi una década de diálogo en tre sus autores en torno a la tecnología, nuestro proyecto na‑ cional y los peligrosos desafíos políticos y culturales a los que nos enfrentamos colectivamente.
Ha llegado la hora de la verdad para Occidente. La pér dida de ambición nacional y de interés en el potencial de la ciencia y la tecnología y el consiguiente declive de la inno‑ vación gubernamental en todos los sectores, desde la medi cina a los viajes espaciales pasando por el software militar, han creado una brecha en la innovación. El Estado ha dejado de buscar el tipo de adelantos a gran escala que dieron lugar a la bomba atómica y a Internet, cediendo al sector privado el reto de desarrollar la próxima oleada de tecnologías revo lucionarias, una notable y casi total pérdida de fe en el mer cado. Mientras, Silicon Valley se ha replegado sobre sí mismo, centrando su energía en limitados productos de consumo en lugar de proyectos que aborden nuestra seguridad y bienestar a alto nivel.
La actual era digital ha estado dominada por la publici dad y las compras en línea, así como por las redes sociales y las plataformas para compartir vídeos. El ambicioso grito de PREFACIO
guerra de toda una generación de fundadores en Silicon Va lley era simplemente construir. Pocos se preguntaron qué ha bía que construir y por qué. Durante décadas, hemos dado por sentado que la industria tecnológica se centraba —y en muchos casos se obsesionaba— en la cultura de consumo, sin cuestionar apenas la orientación —y, creemos, desorien tación— del capital y el talento hacia lo trivial y efímero. Gran parte de lo que hoy se considera innovación, de aque‑ llo que atrae enormes cantidades de talento y financiación, caerá en el olvido antes de que acabe la década.
El mercado es un poderoso motor de destrucción, crea tiva y de otro tipo, pero con frecuencia es incapaz de ofrecer lo que más se necesita en el momento oportuno. Los gigan tes de Silicon Valley que dominan la economía estadounidense han cometido el error estratégico de considerar que existen esencialmente fuera del país en el que se crearon. En muchos casos, los fundadores que crearon estas empresas veían a Es tados Unidos como un imperio moribundo, cuyo lento decli ve no podía interponerse en su propio ascenso y en la fiebre del oro de la nueva era. Muchos de ellos abandonaron cual quier intento serio de hacer progresar la sociedad, de garan tizar que la civilización humana siguiera avanzando, centí metro a centímetro, colina arriba. El marco ético imperante en el Valley, una visión tecnoutópica según la cual la tecno‑ logía resolvería todos los problemas de la humanidad, se ha convertido en un estrecho enfoque utilitarista, que considera que los individuos no son más que meros átomos de un sis tema que hay que gestionar y contener. Las cuestiones vita les, aunque confusas, de lo que constituye una buena vida, qué esfuerzos colectivos debe promover la sociedad y qué puede hacer posible una identidad compartida y nacional se han dejado de lado como anacronismos de otra época. Podemos —debemos— hacerlo mejor. El argumento cen tral que proponemos en las páginas que siguen es que la in
dustria del software debería reconstruir su relación con el gobierno y reorientar su esfuerzo y atención a la construc ción de la tecnología y las capacidades de inteligencia artifi cial que abordarán los retos más acuciantes a los que nos en frentamos como colectivo. La élite de ingenieros de Silicon Valley tiene la obligación de participar en la defensa de la nación y en la articulación de un proyecto nacional —qué es este país, cuáles son nuestros valores y qué es lo que defen‑ demos— y, por extensión, de preservar la perdurable, aun que frágil, ventaja geopolítica que Estados Unidos y sus alia dos en Europa y otros lugares han mantenido sobre sus adversarios. Es, por supuesto, la protección de los derechos individuales frente a la usurpación estatal la que tomó su forma moderna en «Occidente» —un concepto que muchos, de una forma casi despreocupada, han rechazado—, sin el cual el vertiginoso ascenso de Silicon Valley nunca habría sido posible.
El auge de la inteligencia artificial, que por primera vez en la historia plantea un reto plausible a nuestra especie por la supremacía creativa en el mundo, no ha hecho sino acen tuar la urgencia de revisar cuestiones de identidad y finali dad nacionales que muchos habían pensado que podían de jarse de lado sin peligro. Podríamos haber salido del paso durante años, o incluso décadas, esquivando estas cuestio‑ nes más esenciales, si el avance de la IA, desde los grandes modelos de lenguaje hasta los futuros enjambres de robots autónomos, no hubiera amenazado con trastornar el orden mundial. Sin embargo, ahora es el momento de decidir quié nes somos y qué aspiramos a ser como sociedad y como ci‑ vilización.
Otros preferirían, o abogarían por, una división más cui dadosa y deliberada entre los ámbitos y las inquietudes de los sectores privado y público. La mezcla de fines empresa riales y nacionales, de la disciplina que puede proporcionar
el mercado con el interés por el bien colectivo, preocupa a muchos. Pero la pureza tiene un coste. Creemos que la re ticencia de muchos líderes empresariales a aventurarse, de manera significativa y al margen de incursiones ocasionales y teatrales, en los debates sociales y culturales más impor tantes de nuestro tiempo —incluidos los que tienen que ver con la relación entre el sector tecnológico y el Estado— de bería hacernos reflexionar. Las decisiones a las que nos en‑ frentamos colectivamente son demasiado trascendentales como para no cuestionarlas ni examinarlas. Quienes participan en la construcción de la tecnología que animará y hará posible casi todos los aspectos de nuestras vidas tienen la responsa bilidad de exponer y defender sus puntos de vista.
Nuestra mayor esperanza es que este libro suscite un de bate sobre el papel que Silicon Valley puede y debe desem peñar en el avance y la reinvención de un proyecto nacional —tanto en Estados Unidos como en el extranjero— de lo que, más allá de un compromiso firme e incontrovertible con el liberalismo y sus valores, incluido el progreso de los dere chos individuales y la equidad, constituye nuestra visión com partida de la comunidad a la que pertenecemos.
Reconocemos que un tratado político de esta naturale za es un proyecto inusual para aquellos que se encuentran en el sector privado. Pero es mucho lo que está en juego, y cada vez más. La actual reticencia de la industria tecnológi ca por abordar estas cuestiones fundamentales nos ha priva do de una visión positiva de lo que este país o cualquier otro puede y debe ser en una era de crecientes cambios y riesgos tecnológicos. Creemos también que los valores de la cultura de la ingeniería que dio origen a Silicon Valley, incluida su obsesiva atención por los resultados y su desinterés por el teatro y el postureo —aunque complejos e imperfectos— se‑ rán, en última instancia, vitales para nuestra capacidad de hacer avanzar nuestra seguridad y bienestar nacionales.
Son demasiados los líderes reacios a aventurarse en el debate, a articular creencias genuinas —en una idea, un con junto de valores o un proyecto político— por miedo a ser castigados en la esfera pública contemporánea. Un subcon junto significativo de nuestros líderes, electos o no, enseñan (y se les enseña) que la creencia en sí misma es el enemigo y que la falta de creencia en cualquier cosa, excepto quizás en uno mismo, es el camino más seguro hacia la recompensa. El resultado es una cultura en la que los responsables de to mar las decisiones más importantes —en todos los ámbitos públicos, incluidos el gobierno, la industria y el mundo aca démico— a menudo no están seguros de cuáles son sus pro pias creencias o, lo que es más importante, de si tienen algu na creencia firme o auténtica. Esperamos que este libro, incluso su propia existencia, sugiera que es posible —y, de hecho, imperativo— un dis‑ curso mucho más rico, una investigación más significativa y matizada, sobre nuestras creencias como sociedad, compar tidas o no. Quienes trabajan en el sector privado no debe rían ceder este terreno a otros en el mundo académico o en otros ámbitos por una supuesta falta de autoridad o expe riencia. La propia Palantir es un intento —imperfecto, en evolución e incompleto— de construir una empresa colecti va, cuyo resultado creativo combina teoría y acción. La im‑ plementación del software por parte de la empresa y su tra bajo en el mundo constituyen la acción. Este libro trata de ofrecer los inicios de una articulación de la teoría.
ack y nwz Noviembre de 2024
parte i el siglo del software
EL VALLE PERDIDO
Silicon Valley ha perdido el rumbo.
El auge inicial de la industria estadounidense del software fue posible, en la primera parte del siglo xx, gracias a lo que hoy parecería una alianza radical, pero tensa, entre las empre sas tecnológicas emergentes y el Gobierno de Estados Unidos. Las primeras innovaciones de Silicon Valley no fueron impul sadas por cerebros técnicos que buscaban elaborar productos de consumo triviales, sino por científicos e ingenieros que ansiaban ver implementada la tecnología más potente de la época para abordar retos significativos a nivel industrial y na‑ cional. Su objetivo no era satisfacer las necesidades pasajeras del momento, sino impulsar un proyecto mucho más impo nente, canalizando la resolución y la ambición colectivas de una nación. Esta temprana dependencia de Silicon Valley del Estado‑nación y, de hecho, del Ejército estadounidense, ha sido, en general, olvidada, borrada de la historia de la re gión como un hecho incómodo y disonante, que choca con la concepción que Silicon Valley tiene de sí mismo como deudor únicamente de su capacidad para innovar.1
En la década de 1940, el gobierno federal empezó a apo yar una serie de proyectos de investigación que culminarían
en el desarrollo de nuevos compuestos farmacéuticos,2 co hetes intercontinentales y satélites, así como de los precur sores de la inteligencia artificial. De hecho, Silicon Valley fue, en su día, el centro de la producción militar y de la seguri dad nacional estadounidenses.3 Fairchild Camera and Ins trument Corporation,4 cuya división de semiconductores se fundó en Mountain View, California, e hizo posibles los pri meros ordenadores personales, construyó equipos de reco‑ nocimiento para los satélites espía utilizados por la Agencia Central de Inteligencia a partir de finales de la década de 1950. Durante un tiempo,5 después de la Segunda Guerra Mundial, todos los misiles balísticos de la Armada estadounidense se fabricaron en el condado de Santa Clara, California. Empre sas como Lockheed Missile & Space, Westinghouse, Ford Aerospace y United Technologies tenían miles de empleados trabajando en Silicon Valley en la producción de armas du‑ rante las décadas de 1980 y 1990.6
Esta unión de la ciencia y el Estado a mediados del si glo xx surgió a la estela de la Segunda Guerra Mundial. En noviembre de 1944,7 mientras las fuerzas soviéticas se apro ximaban a Alemania desde el este y Adolf Hitler se prepara ba para abandonar la Guarida del Lobo, o Wolfsschanze, su cuartel general del frente oriental en el norte de la actual Po lonia, el presidente Franklin Roosevelt, en Washington, D. C., contemplaba ya una victoria estadounidense y el final del conflicto que había cambiado la configuración del mundo. Roosevelt envió una carta a Vannevar Bush, hijo de un pas tor que se había convertido en director de la Oficina de In vestigación y Desarrollo Científico de Estados Unidos. Bush había nacido en 1890 en Everett, Massachusetts, al norte de Boston. Tanto su padre como su abuelo habían crecido en Provincetown, en el extremo de Cape Cod.8 En la carta,9 Roosevelt describía «el excepcional experimento» que Esta dos Unidos había emprendido durante la guerra para poner
la ciencia al servicio de fines militares. Roosevelt anticipó con precisión la era por venir —y la colaboración entre el gobierno nacional y la industria privada—. Escribió que «no hay ninguna razón por la que las lecciones que aprendamos de este experimento» —es decir, dirigir los recursos de un sistema científico emergente para ayudar a librar la guerra más importante y violenta que el mundo hubiera conocido— «no puedan emplearse provechosamente en tiempos de paz». Su ambición era clara: Roosevelt pretendía que la maquina ria del Estado —su poder y prestigio, así como los recursos financieros de una nación victoriosa y una potencia emer gente— estimulase el avance de la comunidad científica al servicio, entre otras cosas, del progreso de la salud pública y del bienestar nacional. El reto consistía en garantizar que los ingenieros e investigadores que habían centrado su aten ción en la industria de la guerra —y en particular los físicos, que, como señalaba Bush, habían «perdido el rumbo de la forma más violenta»— pudieran reorientar sus esfuerzos ha cia los avances civiles en una era de paz relativa.10
La relación entre el Estado y la investigación científica, tanto antes como después de la guerra, se basaba a su vez en una historia aún más larga de conexión entre innovación y política. Muchos de los primeros líderes de la república estadounidense eran, de hecho, ingenieros,11 desde Thomas Jefferson, que diseñaba relojes de sol y estudiaba las máqui nas de escribir, hasta Benjamin Franklin, que experimentó y construyó de todo, desde pararrayos hasta gafas. Franklin no era un simple aficionado a la ciencia: era un ingeniero, uno de los más productivos del siglo, que se convirtió en po‑ lítico. Dudley Herschbach,12 profesor de Harvard y quími co, ha señalado que las investigaciones del fundador de la nación estadounidense sobre la electricidad «fueron recono‑ cidas como heraldos de una revolución científica compara ble a las llevadas a cabo por Newton en el siglo anterior o