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En VEnEcIa

Aquel día había empezado como cualquier otro: no sabía que cambiaría mi vida. Aún estaba oscuro; en el cielo, las gaviotas volaban en círculos, listas para abalanzarse sobre las barcazas llenas de pescado que regresaban a puerto y se dirigían al mercado. El olor salado de la laguna entraba por las ventanas apenas entreabiertas; los viejos muebles y la escalera de madera crujían cuando la casa empezaba a despertarse.

—¡Vamos, arriba! —me había gritado mi tía al amanecer.

Sabía que en la cocina me esperaban un tazón de leche y una tostada. Pero tenía que estar pendiente de no apoyar los codos en la mesa ni cruzar las piernas. ¡Qué lata! Y luego, a trabajar.

El sol asomaba tímidamente, difuminado entre la niebla espesa. Plazas, calles y puentes seguían envueltos en su velo blanco. Las personas eran como fantasmas y las góndolas de los canales parecían suspendidas en el aire, como nubes empujadas por el viento.

En la ciudad estábamos acostumbrados a ver llegar personajes extraños. Desembarcaban con sombreros de mil colores o con turbantes o con una especie de casquetes, con pantalones de formas extravagantes o con túnicas brillantes… Hablaban lenguas desconocidas, contaban historias peculiares y ofrecían comida que nunca habíamos probado. Sus barcos olían a nuez moscada, jengibre, cardamomo… Mis amigos y yo nos sentábamos en los bancos del puerto para mirar, y competíamos por ver quién detectaba al más original.

—¡Mira qué montón de piedras lleva ese en el gorro!

—¿Y aquel otro? Debe de ser un guerrero. No se separa de la espada. ¡Y qué rara es!

—Nunca había visto unos zapatos tan graciosos. ¿Tendrá los dedos así de puntiagudos también?

»—¿Y qué pasó después?

»—A cambio de esos regalos, a Melchor, Gaspar y Baltasar, que así se llamaban, les entregaron una caja de madera. En su viaje de regreso les picó la curiosidad, la abrieron y se encontraron dentro una piedra. Algo desconcertados, la tiraron a un pozo, pero de ahí brotó entonces un fuego mágico que no se ha apagado nunca y con el que el recién nacido demostró su poder inconmensurable.»

Se decía que los Reyes fueron enterrados al lado de aquella hoguera eterna y, mira por dónde, ahora yo me encontraba en aquel mismo lugar. Enseguida encontré las tumbas de Melchor, Gaspar y Baltasar. Eran extraordinarias. Y ellos también. Parecían de otro mundo…

—Si los miras, dirías que solo están durmiendo —murmuré sorprendido.

No puedo negar que salí de allí algo confundido. Pero con una idea cada vez más clara: aquel viaje no dejaría de sorprenderme.

Allí yo también tuve la tentación de decirle a mi padre: «Basta, detengámonos aquí. No vamos a poder cruzar». Pero sabía que los hermanos Polo no me harían ni caso. Años atrás ellos habían seguido otra ruta, que atravesaba la mítica ciudad de Samarcanda. Pero ahora querían probar un nuevo camino, así que seguimos adelante, eso sí, acompañados por guías del lugar que conocían muy bien su territorio.

El intenso frío azotaba nuestros rostros, los zapatos se hundían en la nieve, el implacable viento a veces empujaba hacia atrás, pero nuestra caravana seguía y seguía… Cruzamos salientes aterradores y desvencijados puentes que daban al abismo. Por fortuna, de vez en cuando aquellos valles alojaban también acogedoras aldeas.

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