

—¡Uala! ¿Te imaginas, poder quitarte la cabeza?
¡Y jugar con ella como con una pelota!
—En eso no había caído, la verdad…









—También podría separar mis huesos y usarlos como bastón. ¡O para tocar la batería! —De repente se calla—: Pero bueno, solo molaría mucho si hubiera más esqueletos para jugar…

















—¿Y si me disfrazara de fantasma?
Entonces sí que podría divertirme yo sola. ¡Iría de un lado a otro sin que nadie me viera!
—Y así darías muchos sustos a alguno, ¿verdad?
¿Estás pensando en eso?



—Bueno también es que… a veces… A veces, mamá, me gustaría ser invisible —confiesa la niña.
—Cariño, ¡y a mí también! Todos sentimos vergüenza alguna vez. No pasa nada.






