Marta Álvarez
con ilustraciones de Charles Deroo
Primera edición: noviembre de 2022
Diseño de la colección: Laura Zuccotti
Maquetación: Vanessa Fernández
Dirección editorial: Pema Maymó
© 2022, Marta Álvarez, por el texto
© 2022, Charles Deroo, por las ilustraciones
© 2022, La Galera SAU, por esta edición
La Galera es un sello de Grup Enciclopèdia
Josep Pla, 95
08019 Barcelona
www.lagaleraeditorial.com
Impreso en Egedsa
Depósito legal: B-18.422-2022
ISBN: 978-84-246-7018-4
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Definitivamente, hay un millón de cosas más glamurosas que Erin podría estar haciendo. Pero así es su vida ahora: un sábado por la tarde y ahí está ella, arrodillada en mitad de un dormitorio que apesta a vómito de gata.
El dormitorio en cuestión es el suyo, y la gata que lo ha potado entero, su pobrecita Gigi, que maúlla lastimera desde su regazo. Debe de compartir la inquietud científica de Erin; solo eso explica que, teniendo su comedero bien repleto, le haya apetecido pegarle un lametón al emplasto de amapola, polvo de cuarzo y sangre que Erin tenía macerando debajo de la cama.
«Emplasto no», se corrige. «Experimento.» «Emplasto» suena a algo que se mezcla a medianoche junto a una hoguera, después de bailar desnuda y montar en escoba. Y lo último que Erin necesita ahora mismo es sentirse como una friki que cree en pociones y conjuros.
«Dijo ella mientras hacía magia», piensa con fastidio, hundiendo más los dedos en el suave pelaje de Gigi, tan espeso que atenúa el resplandor rojo de la gema corporal.
Hay pocas cosas que despierten más su compasión que la imagen de su gatita lamentándose, así que la magia fluye casi sin pensarlo. Nota las finas costillas de Gigi contra las yemas de los dedos, contrayéndose y expandiéndose al ritmo de una respiración cada vez más acompasada.
Al cabo de un rato, el maullido se ha transformado en un ronroneo, y ya no es Erin quien aprieta las palmas contra la piel de su gatita, sino que es Gigi la que se refrota contra sus dedos, relajada y contenta, ajena al pestazo que su vómito ha dejado en la alfombra. Cuando Erin la ha encontrado bajo su cama, quieta junto al cuenco de la maldita mezcla, casi se le para el corazón. Al usar sus poderes sobre Gigi, lo primero que la gatita ha hecho ha sido expulsar el veneno como una fuente, y Erin ha estado a punto de echarse a llorar. Nunca había imaginado que algún día celebraría oler a vómito de gato, pero así son las cosas ahora: una mierda.
Le rasca entre las orejas, aliviada y, por qué no decirlo, orgullosa. Sus habilidades sanadoras han mejorado a pasos agigantados, aunque todavía le queda mucho por aprender. Echa un vistazo a su escritorio, empapelado con apuntes de biología y medicina sacados de Internet. Ha estado estudiando. Trata de leer un poco cada noche, por mucho que haya comprobado que, en lo referente a su magia, las claves son la compasión, el instinto y la práctica.
Y la rapidez, claro. En la Azucarera, por una vez, por una maldita vez, no fue lo suficientemente rápida.
Erin aprieta los dientes; crispando los dedos sobre la cabecita de Gigi. No se había dado cuenta, pero el olor agrio del vómito ha hecho que se le salten las lágrimas.
—¡Ya estoy, ya estoy!
Su padre entra como una tromba en el dormitorio, con las llaves del coche tintineando y el transportín de Gigi colgado del hombro. Erin esconde rápidamente la mano con la que se había secado el rabillo del ojo, haciendo desaparecer la gema corporal tras la espalda.
—Vaya, parece que ya está mucho mejor —dice su padre, examinando a Gigi con el ceño fruncido—. Pero ya que he llamado al veterinario, que le eche un vistazo de todas formas, por si acaso.
—Sí, mejor.
—Ha debido de comer algo en mal estado. Pobrecita. Lo raro es que Lily se encuentra bien...
—Lily siempre ha sido más mojigata con la comida. ¿Lo pillas? Mojigata... —Ríe Erin, acariciando a Gigi una última vez antes de meterla con cuidado en el transportín.
—Mejor sigue con la química, porque la comedia no es tu fuerte, cariño.
—¿Y me lo dices tú, que te ríes de todos los memes rancios que manda el tío? Sacadme de ese grupo, por favor os lo pido —comenta Erin, pescando su móvil de entre los apuntes revueltos.
—¿Has quedado?
—No. Ya te lo he dicho, tengo que estudiar. En cuarto seleccionan a los mejores alumnos de ciencias para una competición de Biología entre institutos, y quiero ganar —dice, echando
un vistazo a la vitrina de medallas que hay sobre su cama. No ha crecido mucho últimamente.
No hay competición, claro. Se lo ha inventado para justificar que está estudiando antes de que empiecen las clases, porque no tenía ganas de esconder sus apuntes, igual que esconde todo lo demás. Con cautela, echa un vistazo a los restos del empla... experimento que ha dejado Gigi, aún desperdigados bajo la cama, recordando lo que indicaba la receta de los papeluchos de la tía abuela de Leo: amapola para calmar, amapola y «sangre valerosa» para dormir, y todo ello mezclado con polvo de cuarzo para «crear un canal onírico de comunicación con el Caos».
Bueno, está claro que sirve para dormir a la gente, o, como mínimo, a los gatos. Quizás no ha añadido la cantidad exacta de polvo de cuarzo... O quizás, y más probablemente, esa receta no era más que otra fantasía supersticiosa, estúpida e inútil, como la mayoría de los rituales que han probado hasta ahora. ¿«Sangre valerosa»? ¿Qué clase de ingrediente es ese?
Pero no podía no intentarlo.
—¡Aprovecha, Erin! Quedan pocos días de vacaciones. No los pases estudiando, ¡si ya sacas muy buenas notas! Es verdad que el curso pasado fuiste un poco para abajo, pero sabemos que te esfuerzas, y, a tu edad, es normal... ¡Aprovecha!
Erin suelta una risita de suficiencia.
—Veo a mis amigas casi todos los días, papá. No hace falta que te preocupes por mi vida social —miente—. Venga, que llegas tarde al veterinario.
En cuanto su padre se marcha, Erin se arma de valor y con una bayeta y, conteniendo una arcada al pasar junto a su que-