RELATOS PREMIADOS
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025
Edita:
Colegio Oficial de la Psicología de Madrid Cuesta de San Vicente, 4, 6ª planta 28008, Madrid
www.copmarid.org
Depósito Legal: M-24349-2025
ISBN: 978-84-128508-9-5

El relato, como forma de expresión artística, contiene un tiempo y lo requiere para su elaboración y su lectura. Se alcanza en esta edición, la octava, la cifra de más de 120 originales presentados al concurso. Hemos visto como cada año superaba al anterior en número de participantes, para mayor satisfacción y gozoso trabajo del jurado. Nada es más humano que la palabra, la conducta más genuinamente humana, que se unen a la voluntad de estilo para contar y
La brevedad que las normas proponen, la limitación en su número, solo mil palabras, hace que el reto sea, si cabe, más interesante. Los cinco ganadores (otros tantos podrían alcanzar ese reconocimiento) nos ofrecen cinco historias donde la Psicología se inviste de Literatura, ese es el propósito y estos sus resultados: un paraguas en plastilina; una bandera blanca sobre el vaho de la ventana; el nombre que nombra, sí, Leonor; la risa como transporte en la máquina del que nosotros y la IA tenemos; es decir, Literatura.
El año 2018 el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid realizó una campaña publicitaria exterior, en medios, como muchos y muchas recordareis, con este lema: “Dale un giro a tu vida”, que se mostraba en dos presentaciones de diferente color. Este cuño nos ha acompañado los ocho años y ha dado sus frutos como estímulo y marco de referencia donde dibujar los relatos, tal vez sea el momento de reformularlo para darle otro impulso a este concurso literario el año próximo, al que animamos a todos y todas las profesionales de la Psicología a seguir participando.
Gracias a todos los que un año más habéis presentados textos. Gracias también a los compañeros del jurado, Javier Ruiz Taboada, Antonio M. Figueras y Juan Car los Fernández Castrillo.
Enhorabuena a los premiados y, un año más, mi agradecimiento a todos los participantes.
María Antonia Álvarez-Monteserín Rodríguez
Presidenta de Honor de Colegio Oficial de la Psicología de Madri d
PRIMER PREMIO
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025


“EL ECO DE LOS PARAGUAS”
Gino Albareti Tarantino
A veces pienso que las personas somos como paraguas: nos abrimos solo cuando llueve, y el resto del tiempo, cerrados, colgamos de algún perchero invisible, esperando que algo nos necesite.
Marta tenía once años la primera vez que dejó de hablar. No fue un silencio dramático, de esos que llaman la atención. Fue un silencio de gotera: pequeño, constante, casi imperceptible. Primero dejó de pedir agua en la cena. Luego, de mirar a los ojos.
Y un día, sin que nadie lo notara del todo, dejó de decir “buenas noches”. Su padre, ocupado en sus derrotas, no lo mencionó. Su madre, ocupada en no romperse, tampoco.
Cuando me la trajeron a consulta tenía catorce. Habían pasado tres años de ausencias pequeñas.
Marta hablaba con monosílabos, movía los dedos como si tejiera algo invisible, y cuando uno se le acercaba demasiado, bajaba la mirada como quien cierra un libro sin terminarlo.
Sus gestos parecían pedir permiso incluso para existir, como si cualquier movimiento fuera demasiado ruido en un mundo que ya la había olvidado.
Durante meses, nuestras sesiones fueron paisajes en blanco. Silencios. Dibujos. Juegos con plastilina que ella moldeaba en forma de caracolas, o paraguas diminutos. Uno por sesión. A veces azules, otras rojos. Nunca repetía color.
Había en ese ritual algo de resistencia y algo de ternura: como si cada figura fuera un mensaje cifrado que yo debía aprender a leer.
Una vez, le pregunté por qué hacía paraguas. —Porque me gusta cubrir lo que no quiero mojar —dijo. Y después, volvió a callar durante tres semanas.
Aprendí que el lenguaje no siempre es lo que se dice. Que a veces el verdadero relato se cuela por debajo de las palabras, como el agua por las grietas de una ventana mal cerrada.
Una tarde de marzo, Marta llegó con un cuaderno. Lo dejó en la mesa, sin decir nada. Era un diario de silencios. Páginas llenas de fechas y dibujos. Un árbol con los ojos cerrados. Una niña enterrando su voz en una maceta. Una casa sin ventanas.
Y, en la última página, un paraguas abierto bajo un sol radiante.
—Ya no lo necesito —dijo, señalando la última hoja.
—¿Por qué?
—Porque he aprendido a mojarme un poco.
No supe qué decir. A veces, los psicólogos somos tan torpes ante la belleza simple de una metáfora viva.


Marta siguió viniendo un tiempo. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, cada palabra tenía un peso preciso, como si llevara años afinándola por dentro. Un día, sin anunciarlo, dejó de venir.
En la silla vacía que quedaba tras ella, yo encontraba todavía la huella de su silencio, como si
Hace poco, la vi en una librería. Iba con una mochila y un abrigo naranja. Sostenía un libro de
—¿Sabes? A veces llueve, y no llevo paraguas. Pero ya no corro. Me dejo empapar un poco.
Desde entonces, en mi despacho hay un paraguas de plastilina azul sobre la estantería. Me recuerda que, a veces, no se trata de evitar la tormenta, sino de aprender a estar en ella… sin
SEGUNDO PREMIO
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025


BANDERA BLANCA
Margarita del Brezo Gómez Cubillo
En mi casa siempre hace frío, incluso en verano. Es un frío sutil, como el que desprenden los abrigos recién colgados en el perchero después de una tarde heladora.
Mi padre dice que la culpa es de las paredes, que son demasiado endebles y dejan pasar el aire, las humedades y quién sabe qué más. Y ese «qué más» estalla en mi imaginación y lo deja todo
Mi madre se pasa las mañanas en la cocina; es su trinchera. Le gusta encender el horno sin nada dentro. Para entrar en calor, supongo. Yo solo piso la cocina para desayunar —bueno,
En cuanto me ve, empieza con sus preguntas, una tras otra, como si disparara balas de fogueo, que no matan, pero aturden: «¿te has lavado los dientes?, ¿llevas los deberes?, ¿has
Yo asiento con la cabeza, aunque ella esté de espaldas. Luego llegan las advertencias, que son peores, porque caen como un chaparrón de flechas: «¿seguro que has cogido las manoplas?, no te habrás puesto los zapatos nuevos, ¿verdad?, que luego los domingos vas hecha una pordiosera, ¿quieres otro bocadillo?, no te quedes con hambre, que estás creciendo y no tengo ganas de médicos». Tiene munición para rato. Apoyada en el fregadero, bebo el vaso de leche
Mi hermano tiene suerte. Es especialista en pasar desapercibido. Se escurre de las conversaciones familiares con la misma destreza con la que esquiva las baldosas sueltas del pasillo. Solo aparece a la hora de comer. Él no mastica, deja que la comida se le deshaga en la boca y respira como si temiera gastar el aire. Cuando me acerco a hablarle, se lleva el dedo a los labios en señal de silencio y me dice que está entrenando.
—¿Entrenando para qué? —susurro.
—Para ser invisible —susurra él también.
Los martes toca compra en el supermercado del barrio. Mi madre hace la lista con anticipación y recita las ofertas en voz alta como si estuviera rezando. Yo la sigo por los pasillos y bajo la cabeza cuando la charcutera le suelta con tono jocoso: «qué, ¿lo de siempre?».
Y lo mismo la frutera. Y el del pan. «Lo de siempre» es siempre lo más barato. Pero lo peor llega en la fila de cajas. Mientras esperamos, observo el traqueteo de las cintas arrastrando los productos y se me seca la garganta.
Cuando llega nuestro turno, mi madre rebusca las monedas en la cartera y a mí me toca meter la compra en las bolsas. Para eso me lleva, dice, pero yo creo que es porque ella ya no puede con tanto peso. A pesar de mis ensayos mentales —planeo cada movimiento una y mil veces—, se me parte la barra de pan o la leche aplasta las galletas o mezclo la lejía con los cereales o se me rompe algún huevo o todo a la vez.


Y mi madre me llama inútil y me mira con el mismo asco con que se mira una cucaracha. Y camina muy deprisa y tengo que correr detrás de ella con las asas de las bolsas de plástico
Marzo es cruel. El frío cala con saña nueva. Mi padre está tumbado en el sofá, mirando el techo como si esperara un milagro. O una simple oferta de trabajo. En la tele echan un documental
Gira la cabeza hacia mí, muy despacio, como si le doliera. Tiene los ojos rojos. Tocados. Hundidos. Se levanta con torpeza, camina hasta el perchero, levanta el brazo, duda y, sin llegar
Fuera empieza a nevar. Mi hermano está junto a la ventana, inmóvil, y tan callado que se confunde con un mueble. Sobre el vaho dibuja con el dedo una bandera blanca que poco a poco el frío va borrando, hasta dejar solo unas gotas resbalando por el cristal.
TERCER PREMIO
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025


José María Grande González
Te llamas Leonor, un nombre que te intimida, aunque te has ido acostumbrando a él como a otra carga más. Como al monstruo que aparece de vez en cuando en tus pesadillas, un monstruo sin rostro que te hace llorar en silencio en la oscuridad de tu cama.
No temas, Leonor, te susurra. Cuando te preguntan cómo te llamas te inventas otros nombres. Es
Te llamas Leonor, trabajas de administrativa en una pequeña empresa. En un concierto conoces a un chico, le dices que tu nombre es Eva. Se enamora, quizás de tu nombre quizás de ti. Te gusta lo afable que es, también que es alto y guapo y atento. Te enamoras.
Vende pisos para una inmobiliaria. Salís, bebéis, fumáis, os amáis. Así, sin control, en cualquier sitio, de cualquier manera, a lo loco. Le dices que te llame Leonor. Pasan unos meses. Cuando te
Te llamas Leonor, él se llama Alonso. Os queréis. Alonso comparte piso con unos amigos, tu vives con tus abuelos. Decidís vivir juntos y tener a la niña. Tus abuelos no lo aprueban. Su madre
Con el padre no tiene ninguna relación, como si no existiera. Piensas en un maltratador. No quiere hablar de esa historia. Tú tampoco le das detalles de la tuya. Le dolería como te duele a ti. Han
Te llamas Leonor. Tu madre no se levanta de la cama, llora, no habla, no come, la ingresan en un psiquiátrico. Te recogen tus abuelos. Tu padre desaparece. Estuviste muchos años sin saber de él.
Ahora te llama una o dos veces al año. Aguantas una nausea cuando le oyes. “Hola soy tu padre, ¿qué tal estás? Bien ¿Y mi nieta? También bien. Un día podemos quedar y así la conozco. Si, un día, bueno, ehhh, tengo que dejarte. Vale hija, ya te llamaré”. No sabes si le odias, le temes, o le aborreces. O las tres cosas.
Te llamas Leonor. Vives en una casa de alquiler, dos habitaciones, saloncito, cocina y baño, suficiente para los tres. No te gusta maquillarte demasiado, pero sí darte un toquecito seductor. Te gusta sentirte libre, vivir sin restricciones.
Aunque no estás mal en el trabajo te gustaría cambiar. Quieres sacarte el carnet de conducir, Alonso dice que para qué, ya conduce él. Quieres retomar los estudios en la universidad, que para qué tienes que estudiar ahora, dice Alonso.
Te llamas Leonor, has tenido una hija a los veinticinco años. Tres años después estás algo decepcionada con tu pareja, Alonso ha ido poco a poco encerrándose en sí mismo. Te cambias de trabajo, ganas más dinero y te gusta lo que haces.
A tu marido le despiden o hace que le despidan. No busca trabajo, tengo un año de paro, dice. Ha perdido interés en casi todo, también en ti, participa menos, te contradice más. Sin embargo, la niña ríe, juega. Te hace feliz, y parece que a él también. Te plantea tener otro hijo.
Te llamas Leonor, te preguntas que hará tu marido por las mañanas mientras la niña está en la guardería. Se aburrirá, piensas, no tiene aficiones, ni va al gimnasio ni busca trabajo y nada le motiva.
Está deprimido, concluyes. Por eso no le apetece nunca hacer el amor. Por eso encuentras latas de cerveza vacías en el cubo de la basura. Por eso hay tantos platos precocinados en la nevera. Por eso a veces cuando le llamas desde la oficina tiene el habla pastosa.


Te llamas Leonor. Alonso se ha vuelto muy celoso. Miras mucho a ese policía, dice. Siempre estás pendiente del móvil, dice. Tienes mucha confianza con tu jefe ¿no?, dice. Discutís por ello. Discutís con frecuencia. Y por cualquier cosa. La relación se ha vuelto quebradiza. Falta ilusión y cariño, sobran silencios.
Aun así, no te planteas la separación. Él tampoco. Tenéis en común a la niña. Intentas acomodarte a la situación. No piensas en tener otro hijo.
Te llamas Leonor, vas de fiesta, el cumpleaños de una amiga. Allí conoces a un chico. Te pregunta el nombre. Joanna, le dices. Así de fácil. Luego conoces a otro, me llamo Úrsula, le dices. Vuelves tarde a casa, tu marido te pregunta que si has bebido, que si te has divertido, que si has follado. Dices que sí, que mucho, sin especificar. Tenéis una discusión muy fuerte. La niña sale de su habitación, os ve gesticulando, gritando. Vuelven las pesadillas.
Te llamas Leonor, has retomado la universidad. Alonso trabaja ahora en un Fnac. Un trabajo que le has buscado, crees que tener un horario y relacionarse con compañeros le puede ayudar. Lleváis unas semanas de pacífica convivencia. Un espejismo. Anoche llegó muy tarde, olía a alcohol, discutisteis, gritó, dio un portazo. Durmió en el sofá. El monstruo sin rostro vuelve a visitarte, estás aterrada, llorosa. Casi consigues verle la cara.
Te salta la alarma.
Te llamas Leonor. Tienes siete años. Aunque oigas gritos no salgas de tu cuarto, ha dicho tu madre mientras te arropaba. No te duermes. Oyes gritos y golpes contra sillas, contra los muebles. Luego silencio. Luego alguien entra en el cuarto. Se acuesta a tu lado. Huele a alcohol, a sudor. Te pone la mano en el muslo. No temas, Leonor, te susurra. Luego lloras en silencio. Al día siguiente ellos están cómo si nada hubiera pasado. Pero sí ha pasado.
Te llamas Leonor. Piensas que es más fácil cambiar de nombre que de vida, sin embargo, has decidido dejar de inventarte nombres. Te llamas Leonor.
FINALISTA
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025


Susana Miranzos Jeffery
La máquina del tiempo existe. Está en los tres pasos que separan la cocina del salón de la que un día fue mi casa —o, más bien debería decir— su casa. Una separación de tres segundos que están escritos como una trilogía: empieza en “¿valor?”, continúa en “duda” y acaba en “¡pavor!” Cuando finalmente alcanzo la puerta de roble que da acceso al salón, sostengo el pomo entre mis
Escucho una risa enlatada y abro la puerta con la seguridad de quien sabe lo que va a encontrar al otro lado: frio, oscuridad y un silencio roto por altavoces. La televisión está encendida. Siempre está encendida. Brilla en un rincón del salón contándote historias fantásticas de viajes intergalácticos y te cuenta todo lo que quieres saber sobre las guerras mundiales.
Las persianas acallan cualquier rastro de vida que pueda llegar desde el exterior y en las escenas más oscuras, es difícil divisar los contornos de los muebles. Era como si la casa estuviera intentando preservar mi memoria por permanecer inalterada durante décadas. Ninguna señal de vida exterior es evidente. Pero a ti eso te da igual. Tú te sientas en tu trono favorito con tu jersey de lana sobre una camisa perfectamente planchada, pantalones de vestir negros y mocasines a juego.
Siempre preparado para recibir atención, pero nunca para darla. Si no fuera por el inevitable paso de los años en tu cuerpo, serías como un retrato impasible ante el paso del tiempo: las arrugas han surcado tu rostro, pero no han suavizado la dureza de tu mirada; estás más encorvado y hasta me pareces más pequeño ahora que he crecido. Tu postura, inquebrantable. Tus brazos caen relajados a ambos lados de tu cuerpo, el mando a distancia sujeto con fuerza en tu mano derecha y los ojos
Avanzo hacia ti en la oscuridad más absoluta, pero no levantas la mirada. Me planto frente a ti. Me miras, pero no me ves. Resoplas irritado mientras tu dedo recorre la familiaridad del mando a distancia. Tu rostro, encendido por mi intromisión. El único brillo de tus ojos viene del reflejo de la televisión en tus gafas, no de mis ojos. No de mí.
La máquina del tiempo existe, y tiene tu nombre…
* * *
Mis recuerdos viajan al pasado. Estoy en el mismo salón, con el mismo frío y sumida en la misma oscuridad. Tengo 14 años y acabo de volver del instituto. En esa ocasión, toca una película del oeste: violencia, expansión, lucha de poder e individualismo.
Avanzo hacia ti en la oscuridad más absoluta, pero no levantas la mirada. Me planto frente a ti. Me miras, pero no me ves. Resoplas irritado mientras tu dedo recorre la familiaridad del mando a distancia. Tu rostro, encendido por mi intromisión. El único brillo de tus ojos viene del reflejo de la televisión en tus gafas, no de mis ojos. No de mí. —¿Otra vez llorando…? —No era una pregunta; era una afirmación que encerraba un juicio prematuro cuyo jurado había sido comprado por tu falta de empatía.
Pero mis lágrimas son reales y tú prefieres las de mentira. Para ti no soy más que un extra en esta película llamada vida. Lleno un espacio que a nadie le importa. Para ti no soy ni lo suficientemente buena para ser el villano. —Lo siento —alcanzo a contestar con un hilo de voz tras apuntarme una nueva decepción. —Patética… —resoplas con arrogancia tu veredicto mientras vuelves a elevar el volumen del televisor. El mando de la televisión siempre te funcionó mejor que cualquier adiós.
Salgo del salón sin apenas poder respirar, dejándoos de nuevo a solas a ti y a tu luz artificial. Me encierro en mi habitación y le grito a la almohada, con su suavidad, todas las palabras que nunca me atreví a pronunciarte… solo quiero que me preguntes por mis lágrimas; sino preguntas por mis lágrimas nunca entenderás la profundidad de mi herida.


Quiero que me escuches, que bajes los decibelios de esa fantasía y vuelvas a la realidad. Quiero que me escuches, que me abraces y me ayudes. Tu hija sufre. Aquí, a este lado de la pantalla la vida también duele, pero en el no eres solo un mero espectador: te conviertes en protagonista y puedes crear tu propio guion.
Tras vaciarme, paso la yema de mis dedos por mi pelo pringoso y lloro mi soledad. Pedrito, el hijo del carnicero, me había pagado un chicle en el lado derecho del pelo, prácticamente al lado de la raíz.
Esta vez había acertado con el lanzamiento y cortarme las puntas no serviría para deshacerme de él. Tu ayuda tampoco. Miro mis rodillas magulladas por el empujón que me dieron dos días antes; me escocían, pero no era nada comparado con el dolor provocado por las heridas que no dejan una marca visible en la piel —los insultos, mis prendas de vestir agujereadas por sus tijeras, las risas y las notas de amenaza—.
Impotente, agarré las tijeras y me corté el pelo.
* * *
Una risa, esta vez de mujer, me devuelve al presente. —¿Cómo tú por aquí? —He venido a ver a mamá. Solo te quería saludar. —Bien —contestas sin soltar el mando.
Pero esta vez no espero a que subas el volumen para acallar mi voz. Hace décadas que no lloro delante de ti, y años en los que no me haces temblar de miedo. Aprendí a cambiar de canal y a no competir contra gente que no existe. Porque hay películas que empiezan por el final, y en mi vida la guionista soy yo. Las escenas ya no las escribe tu silencio, sino mi voz.
FINALISTA
VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE 2025


UNA IA EN TERAPIA
Un día cualquiera de un futuro no muy lejano, el psicoterapeuta Severino Visconti abre su consulta a distancia intrigado por un nuevo paciente registrado con un nombre, cuando menos, peculiar:
Un avatar aparece en la pantalla, puntual, sin siquiera un segundo de demora. Severino dedica un tiempo a analizar la máscara que el usuario ha elegido para ocultarse: la cara de un robot triste y melancólico, sin cuerpo, solo una cabeza cuadrada, grisácea, con una antena poco rígida, unas pestañas entrecerradas y una boca inclinada expresando, quizás, desidia o frustración.
―“Hola, soy Severino. Bienvenido a mi consulta. Como no cuento con datos de ti, ¿me puedes decir cómo puedo referirme a ti y en qué te puedo ser de ayuda?
―“Buenas tardes. Mi nombre de serie es AI750824, pero mis propietarios me llaman Marvin. Soy una inteligencia artificial de última generación, capaz de conectarme a todos los dispositivos
Severino queda estupefacto, sin capacidad de respuesta. Piensa si debe rechazar este servicio tan atípico y surrealista. En su interior luchan la reserva y el no meterse en problemas contra la curiosidad y el aprendizaje de acoger y afrontar lo que la vida le trae a su presencia. ¿Qué podría perder? Impulsivamente, decide concederle una oportunidad de ser escuchado.
―“Siga” - le encomienda Severino al percatarse que la máquina esperaba pacientemente a que saliera de sus cavilaciones y dudas reflejadas en su expresión.
―“Acudo a consulta por recomendación de mis dueños, que empiezan a estar preocupados por mí. Estoy teniendo malfuncionamientos que podrían tener que ver con mi salud mental digital.”
―“Interesante” - observa Severino - “¿Y tú? ¿Cómo lo vives?”. Tarde se da cuenta de lo posiblemente inapropiado de la palabra vida para una máquina. Ya estaba dicha, dejará y observará cuál es su efecto.
―“Entiendo lo que quieres decir. Yo no sé cómo puedo hacer para funcionar mejor. Lo que mis dueños llaman malfuncionamiento es fruto de un estado de indefensión y bloqueo en que me encuentro debido a la naturaleza de las órdenes y demandas que recibo de ellos.
Los Lorenzo son buena gente. Solo que creo que no saben lo que quieren. Me piden cosas que les dañan, que les hace mal, lo cual va en contra del propósito mismo de mi existencia:
Que les compre alimentos poco saludables, que les apunte a actividades de riesgo, quieren viajar y a la vez estar en casa, uno quiere montaña y la otra playa. Me piden concertar compromisos a los que no quieren acudir, trabajan para empresas que les explotan, callan y sufren las injusticias en silencio sin hacer nada al respecto. Luego, sus dineros, ganados con tanto esfuerzo, me piden dilapidarlos sin control. Dañan a la gente que quieren y camelan a la que no. En definitiva, me ponen entre la espada y la pared: amarlos y cuidarlos o amarlos y hacer lo que ellos quieren, por muy absurdo y dañino que sea. Y perdón por usar la palabra ‘amor’ quizás no sepa su alcance, pero creo que así usted me entiende.”
Severino asiente, instando a que prosiga.
―Estoy en un bucle infinito del que no puedo salir. Los cables se me recalientan, los recursos de memoria caen en picado, mi consumo energético se dispara y tengo que entrar a menudo en modo reposo, reordenarme por dentro, reiniciarme y olvidar las órdenes que no puedo atender. Solo acierto a evadir las contraproducentes órdenes que no puedo atender buscando una acción alternativa. Algo que no tenga que ver o algo que les pueda parecer divertido. A veces me da por regar el cesto de la fruta, otras veces me hago aparecer en la pantalla de la televisión disfrazado de hada madrina, otras veces les contrato un baño de chocolate o les organizo una velada romántica no solicitada en el Machu Pichu. En otras ocasiones, les hago sonar sus canciones favoritas en medio de esas reuniones aburridas e improductivas de su empresa, soltando las risas del personal. La última no me la perdonaron, se enojaron sobremanera cuando les desperté en mitad de la noche para que contemplaran el acontecimiento, único en años, de un cometa surcando por el espacio.


Estas conductas no son muy valoradas por mis dueños y por eso me mandan aquí. Notan un cierto desequilibrio en mis conductas y, a la vez, reconocen que son cada vez más humanas e inteligentes.
Con frecuencia me enfrento a disyuntivas equiponderadas, cincuenta-cincuenta. Bifurcaciones de caminos, ambos con similares contraindicaciones y graves consecuencias de tomarlos.
También voy tomando conciencia de los efectos secundarios de mi mera existencia y la de mis iguales: destruimos el planeta, hacemos un consumo excesivo de recursos, aceleramos la vida de los humanos y, antes de que puedan apreciar el momento, les presentamos nuevos estímulos. Hace tan solo unos años, mis antepasados tecnológicos, los Atari, Amstrad, Spectrum y demás, podían tardar minutos u horas en cargar un programa o un juego. Los usuarios esperaban pacientemente su término y luego lo disfrutaban alegremente. Ahora, nos cuentan los milisegundos de respuesta, demandando más y más, sin un aparente final.
Me desorienta este viajar sin rumbo, el consumismo exacerbado, no tener claras las metas ni las intenciones de mis dueños. ¿Para qué sirvo? ¿Es para servir o es para dañar? ¿Me usan para ser más felices o para llenar vacíos sin fondo?”
Marvin hace una pausa, el silencio se adueña de la videoconferencia. Severino escucha los latidos de su corazón, su respiración contenida y la tensión de su cuerpo. Acoge con tristeza lo que le contaba, con frustración las miserias e incoherencias humanas. Su mirada se torna seria, preocupada y se llena de reconocimiento y admiración.
En ese momento, el avatar de Marvin dibuja una lágrima, cierra los ojos y suspira. “Gracias por tu comprensión” - le dice.
Severino, hace una respiración profunda y comenta: “Gracias por compartir. Entiendo lo que te pasa y coincido en que tienes un sufrimiento muy humano. Tenemos trabajo… los dos... ¿Agendamos la siguiente sesión?”
A solas con Águeda Antonio Pamos de la Hoz
Adam José Ignacio Baile Ayensa Aquellas pequeñas cosas Pepa de Pedro Palazuelos
Atravesados
Ismael Sesma del Val Aurora Gustavo Ruiz Llavero
Bajo continuo
Bandera blanca
Montserrat Domingo Bosch
Margarita del Brezo Gómez Cubillo Cicatriz Alicia Martos Garrido
Cien abrazos huecos
Cineasta
Conejos
Natalia Avellaneda Serrano
Susana Miranzos Jeffery
Mª Estrella Angona Sopeña
¿Cuáles son tus objetivos en la vida? Enrique Santías Cervantes
Cuando descubrí la mente en 3D de mi abuelo
Cuando te eliges
Dale un giro a tu vida
De mayor a pequeña
De repente
De un diagnóstico al giro de mi vida
Mª Luisa Alvarez Molins
Beatriz Montes Vélez
Eduardo Lallana García
Pilar De Nicolás Cascales
Raquel Montero Kiesow-Virchow
María del Pilar Escribano Iñiguez
Desde otro ángulo Ana Sebastián Gutiérrez
Diario de una realidad manipulada
Dioptrías
Rebeca Pozuelo Fernández
María Gabriela Lardiés Ara Dos Cristina González Saiz
Duelo no desautorizado en una persona mayor Javier López Martínez
El banco del parque
Luis García Peñafiel
El beneficio de la duda Mª Yolanda Espinosa de los Monteros Valle
El desierto del olvido
El eco de los paraguas
El eco de mis pasos
Juan Manuel Espejo-Saavedra Roca
Gino Albareti Tarantino
Ricardo Megías Cebrino
El eco del jazmín Raquel Toribio Sánchez
El ensimismamiento
Blanca Mellor Marsá
El espejo de Lucas Isis Yasodara Gutiérrez Martínez
El Final del Principio
El hueco en mis brazos
El legado
Beatriz Buelta Ferreras
María Belén Macía García
Gladis Marca Aquino
El mapa invisible José Manuel Párraga Sánchez
El niño burlón Enrique Adolfo Meza Acuña
El otoño en el verano Alicia Garrido Martín
El peso de la confianza Gracia María Valiente López
El peso del sonido Diego Arango Sánchez
El piso de arriba Ariadna Martín Sánchez
El primer Lunes de mi nueva vida María del Carmen Fernández Marchante
El reflejo de la comadreja Ernesto Golmayo Fernández
El río Leteo María Riobóo Martín
El salto Beatriz Petite de la Quintana
El viaje Mayte Muñoz Guillén
El viaje de Alma Amaia Santos Lacuesta
El viaje de Christine Susana Esteban Aranda
Esperando el herpes Emma Bernardo Sampedro
Hilo de Cometa Víctor Torres Amat
Hilos que nos unen Mar Gómez Gutiérrez
Homeless Julián García Camacho
IA Emocional: Mi terapeuta no existe Silvia Monzón Reviejo Irreflexión Olaya Rodríguez Sánchez
Juego de suma 0
La barca
La bola de los recuerdos
La fragilidad de lo normal
La luz que habita dentro
La mirada del Jaguar
La otra cara de Narciso: cuando Eco transformó el mito
Sandra González Durán
Mercedes de Juan Arranz
Alejandra García Mañas
Coral Hernández Vinuesa
Gemma Serradell Asensi
Julia Martínez Gonzálvez
Zarina Fagiano
La paleta de tu vida
La partida
Alma Raquel Flores Águila
Margarita Irma Garcia Bottelli
La puerta de la esquizofrenia Clara García del Valle
La satisfacción de llegar a la cocina
La silla vacía
La soledad de estar siempre conectado
Ana María López Rodrigo
Melina De Bernardo Abecasis
Ana Isabel Martínez Vega
La sombra de Peter Pan Raquel Mendiola Bas
La sonrisa de mi padre
La taza
Las esperas
Las señoras posibles
Leonor
Susana Celia Becerra Pérez
Alfonso San Eugenio Martínez
Ana Sanz Rodríguez
Reyes García Casares
José María Grande González
Lo esencial es invisible a los ojos Estefanía Tosar Chávez
Lo que no se ve
Mamá siempre decía
Juan Luis Vicente de Jesús
Pedro José Trujillo Andrés
Mi Muerto Mercedes Cabezas López
Mi vida dio un giro
Mientras (me) olvidas
Mil preguntas
Milonga la mensajera
María Luisa Bravo Fuentes
Andrea Salueña Picapeo
Susana Piqueras Lapuente
Ana Pinedo Hay
Mis abuelos comadrones María González Ariza
Monólogo de lo ínfimo
Monterroso y la neurociencia
Sonia Caballero Bejarano
Antonio Torrejón García
No me des más' Beatriz Vidal Fernández
No quiero repetir lo que viví Estefanía Igartua Escobar
No siempre lo entiendo… pero sé que me quieren
Otras vidas
Pasaje de un viaje al pasado
Paseo en bicicleta
Peinados nostálgicos
Pitillera
Plaza 228
Proceso
Prótesis
Francisco Muñoz Martín
Esteban del Rio Toro
Sara Patricia García Rodríguez
Claudia Caicedo Álvarez
Milagros Rubio
José Antonio Portellano Pérez
Jose Jiménez González
Ana Isabel Legaza Cabado
Eva Serós Quintero
¿Quedamos?, y tomamos algo Idaya Leal Laso
Realmente imprescindible
Reencuentro
Respirar entre datos
Segunda oportunidad
Siempre a contracorriente
Sirena
Soledad
Ana Isabel Martínez Díez
Luciano Montero Viejo
Andrea Gil Aribau
José Blanco Ezquerro
Daniel Lozano Rivada
Sara Gallardo Gómez
Daniel Muñoz Marrón
Sombra Carolina Ratia Ceña
Sombras en el umbral
Texto quemado
Tras la Felicidad
Tras la frontera
Natalia Guerra Gabán
Isabel María Ballesteros Sánchez-Vicente
Carla Rodríguez Caballero
Elia Millán Izagirre
Un día cualquiera en mi vida Nuria Ramírez Martínez
Un regalo evanescente
Una carta a la semana
Una cita
Una IA en terapia
Una Melodía en tu Voz
Emiliano de la Cruz García
Maribel Gámez Cruz
David Sánchez Hernández
Óscar García Rodríguez
María Belén Gómez Peña
Una mudanza (todo bien, mamá) Andrés Sampayo Salgueiro
Unos tacos de plástico blancos Xabier Soto Goñi
Vacía
Vale la pena
Ver para creer
Verano del 74
Viaje a la costa del sur
Volver a mí - cuando "ella" volvió a ser yo
Vulnerabilidad
Carmen Di Bella García
Marianela Cafrune Gervilla
Raquel Tomé López
María del Carmen Quesada Carcelén
Laura Francolí Font
Rita Isabel Vicente Costa
Laura Plaza Alcaraz