Menores viviendo una guerra. Guía para afrontar un paraguas de protección psicológica

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Colegio Oficial de la Psicología de Madrid

· Identifica tus emociones: ¿cómo se llama lo que sientes?; ¿para qué te sirve sentirte así? Por ejemplo, el miedo o la desconfianza aparecen ante una situación de peligro y nos ayudan a protegernos. Pero tal vez no te sea útil desconfiar de todo y de todos. · Permítete sentir así: muchas de las reacciones que ahora tendrás son parte de la experiencia que estás viviendo. Céntrate en si te están ayudando a gestionar la situación. · Mándate mensajes a ti mismo/a: “estoy haciendo todo lo que puedo”.

¿Cómo manejar mis propias creencias o expectativas como padres/madres o cuidadores/as? Cómo interpretamos lo que está sucediendo influye en cómo nos sentimos y en la respuesta que damos a lo que estamos viviendo. Por ejemplo, si estoy en un refugio y comienzo a pensar “vamos a morir todos, esto es horrible, ¿qué va a ser de mis hijos/as?” o, si he llegado a mi lugar de acogida y estoy junto con familiares o amigos y comienzo a pensar “Y si no me adapto a estar aquí, ¿qué va a ser de mis hijos/as?” probablemente comiences a sentir un alto nivel de ansiedad que y te hace más difícil sobrellevar la situación. Este tipo de pensamientos aparecen de forma automática y rápida. No es que queramos pensar así, simplemente, aparecen en nuestra cabeza y por ello les damos mucha credibilidad. Al fin y al cabo, cómo no vamos a creer lo que nos dice nuestra propia cabeza. Pensar tiene algunos matices poco afortunados como, por ejemplo, cuando anticipan información que realmente no sabemos, y pensamos “todos vamos a morir” cuando en realidad no lo sabemos. Sin embargo, pensar de este modo nos afecta negativamente a nuestra formar de actuar. En una situación de crisis como en una guerra cabe esperar que aparezcan muchos pensamientos relacionados con la percepción de peligro, el temor a lo que pueda seguir sucediendo y sus consecuencias para nuestros hijos/as, hasta tal punto que podemos sentirnos desbordados y que eso nos afecte de forma personal y a cómo nos relacionamos, lo que le comunicamos o el tiempo que pasamos con nuestros hijos/as. Por ello, si te sientes desbordado/a es importante que:

· Te preguntes ¿qué me estoy diciendo a mí mismo?, ¿qué se me está pasando por la cabeza? Por ejemplo, un posible pensamiento relacionado con mi vivencia puede ser “Y si no me adapto a estar aquí, ¿qué va a ser de mis hijos/as?”. Pero pueden aparecer pensamientos relacionados con cómo maneja emocionalmente la situación mi hijo/a, por ejemplo, “si mi hijo no me pregunta nada es porque no se ha enterado de lo que está pasando”, “si le cuento a mi hijo/a la verdad lo va a pasar peor”, “no debería llorar delante de mi hijo/a”, “si no llora es que no le pasa nada”, estos pensamientos seguramente me hagan sentir emociones muy intensas y me inmovilicen o también pueden hacer evite la realidad.


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