SHUNASHI
Portafolio 2025



“Mi arquitectura está hecha para las personas.
No diseño objetos, diseño para vivir.”
– Francis Kéré
“Mi arquitectura está hecha para las personas.
No diseño objetos, diseño para vivir.”
– Francis Kéré
A través de la intervención visual, estas fotografías no solo documentan: interpretan. Porque mirar no es suficiente. Hay que observar hasta que el instante diga algo. Aquí, los márgenes cobran sentido, y lo cotidiano se vuelve parte de una narrativa más íntima y honesta.
Hay momentos, espacios y detalles que no buscan ser vistos. Existen en pausa, en sombra, en el borde. Esta serie de imágenes captura lo que ocurre cuando nadie más mira, cuando la ciudad se relaja y muestra su verdad.
Los intervení con una estética inspirada en Monet, como un gesto contradictorio: aplicar la belleza del trazo impresionista a una escena que no debería ser bella. Porque a veces, la suavidad visual también puede doler.
Quise que el espectador dudara: ¿es un paisaje?, ¿es una pintura?, ¿es una advertencia?
Estas imágenes son un recordatorio de que no todo lo que florece en el campo está vivo. Y de que, a veces, el arte no busca consolar, sino sacudir.
En los campos donde crece la vida, también se oculta la muerte.
Estos sacos no solo cargan tierra o cosecha: cargan historias que nadie cuenta. Simbolizan cuerpos ausentes, trabajadores invisibilizados por el sistema y por el paisaje que los consume.
El color no solo se mira: se siente, se intuye, se recuerda.
En la arquitectura, el color no debe entenderse como un añadido estético, sino como una atmósfera que modifica el espacio, el tiempo y la experiencia.
Esta sección es una exploración sobre cómo el color influye en la percepción y en las emociones. Cada tono tiene peso, cada contraste genera ritmo, cada ausencia habla.
Aquí no se estudia el color como teoría aislada, sino como herramienta sensible. Como parte del lenguaje con el que los espacios se comunican con quienes los habitan.
Porque detrás de cada decisión cromática, hay una intención: provocar, calmar, guiar, transformar. Y entenderlo es acercarse más a lo invisible de la arquitectura.
Río Horizonte Pastaza nace desde la observación y el respeto profundo por el territorio.
Este proyecto busca reconectar a las personas con su entorno natural y cultural a través de un mirador, un parque, un centro cultural y un callejón gastronómico regenerado.
El diseño se tejió desde la experiencia del recorrido: desde mirar hacia afuera —el paisaje, el río, el horizonte— hasta mirar hacia adentro —la memoria local, el intercambio comunitario, la historia de los baños y su gente.
Cada corte y cada fachada revelan más que estructura; muestran cómo la arquitectura puede habitar sin imponerse, y cómo puede regenerar en lugar de desplazar.
Este lugar no se impone: aparece. Se asienta en lo existente y lo transforma con cuidado, con intención y con amor por el contexto.
Partí de fragmentos: imágenes encontradas, detalles sueltos, lugares que no eran míos.
A través de la edición, construí nuevos espacios. Les di escala, intención, atmósfera. Los manipulé hasta que dejaron de ser lo que eran, y empezaron a ser lo que imaginaba.
Este ejercicio no busca la precisión técnica, sino la potencia evocadora.
¿Se entiende que es un espacio? ¿Se intuye cómo se siente habitarlo? Eso es lo que importa.
Dos figuras flanquean una casa. Sus rostros no están completos; los ojos vacíos, la identidad suspendida. No son fantasmas, pero tampoco presencia plena.
Entre ellas, una vivienda dibujada en el mismo trazo: delicado, casi frágil. Detrás, un fondo arcoíris rompe con el blanco y negro y sugiere algo más. Una posibilidad, un deseo, un refugio.
Esta composición habla de la ausencia y la pertenencia. De lo que somos cuando nadie nos mira, y de los espacios que imaginamos cuando el mundo no nos nombra.