Libro Seminario: Cultura como bien público

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Directorio

Fundación Centro Cultural Palacio La Moneda

Javier Ibacache Villalobos, presidente

Camilo Yáñez Pavez, vicepresidente

Carmen Menares Armijo, secretaria

Alan Trampe Torrejón, tesorero

Eduardo Feuerhake Agüero, director

Rodrigo Hume Figueroa, director

Tatiana Gaviola Artigas, directora

Directora ejecutiva Centro Cultural La Moneda

Regina Rodríguez Covarrubias

Coordinación editorial

Céline Fercovic Cerda

Gabriel Hoecker Gil

Edición

Macarena Dolz Amor

Diseño

Yvonne Trigueros Blanco

Cristóbal Bahamondes Chaud

Raúl Moya Vásquez

ISBN: 978-956-8529-83-3

Primera edición: Octubre de 2025

Impreso en Serprint

Cultura como bien público

©Centro Cultural La Moneda, 2025 cclm.cl

Centro Cultural La Moneda recibe financiamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

Cultura como bien público

Convivencia, desarrollo, creatividad, tecnología

Presentación

Carolina Arredondo Marzán

Seguir pensando juntos

Javier Ibacache Villalobos

La cultura en el tejido social

Enrique Riobó Pezoa y Daniela Campos Berkhoff

Cultura y convivencia

Kathya Araujo Kakiuchi

El lugar crucial de la cultura para el desarrollo

Regina Rodríguez Covarrubias y Gabriel Hoecker Gil

Creatividad, cultura y formación inicial decolonizadora de profesoras/es de Artes Visuales

Patricia Raquimán Ortega

Vivir en flujo: ciudadanía y pensamiento crítico ante la cultura de la influencia

Tomás Balmaceda

Experiencias del programa

Puntos de Cultura Comunitaria (PCC)

Presentación

Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

El Seminario «Cultura como bien público» representó un hito tanto para el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio como para el programa Puntos de Cultura Comunitaria. Organizado por nuestra institución en octubre de 2024, el encuentro tuvo como objetivo reflexionar sobre la cultura como base indispensable para un desarrollo más sostenible y sobre las formas en las que se materializa su dimensión de bien público por medio de nuestro programa Puntos de Cultura Comunitaria.

Creada e institucionalizada el año 2023, esta iniciativa se inspiró en la experiencia de los Puntos de Cultura de Brasil, y su implementación responde a un compromiso del gobierno del presidente Gabriel Boric con las organizaciones de base comunitaria. Gracias a ella, las agrupaciones que forman parte del Registro Nacional de Puntos de Cultura Comunitaria acceden a financiamiento y acompañamiento para enriquecer su quehacer y gestión. En su primer año, el programa validó a 296 organizaciones, a las que se sumaron 241 en 2024 y

46 en lo que va de 2025. De esta forma, ya completamos 583 Puntos de Cultura Comunitaria, distribuidos en 196 comunas a lo largo de todo Chile.

La diversidad de experiencias artísticas y socioculturales que desarrollan los Puntos expresa la multiplicidad de ámbitos donde se desenvuelven e impactan. Entre ellas podemos mencionar la educación y formación artística y patrimonial, el desarrollo de públicos, la creación, interpretación o presentación de obras y bienes culturales, la participación cultural comunitaria, la organización de festivales o ferias, la promoción de actividades recreativas, ensayos y reuniones participativas, la difusión de actividades comunitarias y el desarrollo de emprendimientos productivos locales1. Igualmente diversos son los grupos humanos con los que estas organizaciones se vinculan: personas mayores; niñas, niños y jóvenes; estudiantes; profesionales; trabajadores; personas de pueblos originarios; personas migrantes; personas en situación de discapa-

1. Para conocer más detalles sobre los ámbitos de acción y comunidades implicadas, consultar el estudio Caracterización de las organizaciones del Programa Puntos de Cultura (2024), disponible en: https://observatorio.cultura.gob.cl/index.php/2025/07/07/caracterizacion-de-las-organizaciones-del-programa-puntos-de-cultura-comunitaria

cidad. Este trabajo e impacto transversal les ha permitido contribuir, por una parte, al ejercicio de los derechos culturales de personas y comunidades con menos oportunidades de acceso, y, por otra, al desarrollo y profundización de culturas e identidades locales que otorgan pertenencia, sentido y cohesión social. En palabras de uno de los expositores en el Seminario, «nos sentimos más seguros cuando nos conocemos», y es precisamente esto último lo que los Puntos propician.

Los Puntos de Cultura Comunitaria se inscriben dentro de una propuesta de política cultural con amplia historia a nivel continental, la que en el caso chileno apuesta por reconocer el trabajo que la sociedad civil organizada desarrolla en materia de participación cultural, sobre todo en ámbitos donde el Estado no ha estado tan presente. En efecto, la inmensa mayoría de las organizaciones pertenecientes al programa está conformada por personas de las propias comunidades beneficiadas y mantiene un diagnóstico de las necesidades de estas, generando actividades que incluyen también a otros públicos. Al reconocerlos como Puntos de Cultura Comunitaria, estamos entendiéndolos como espacios vivos que son valorados por sus comunidades y que representan un ejercicio concreto de derechos culturales por parte de la sociedad. En este sentido, como Gobierno y como Ministerio de las Culturas, las Artes y

el Patrimonio, creemos que el deber del Estado y de la institucionalidad cultural es acompañar ese ejercicio, no guiarlo, a fin de que sean las mismas comunidades quienes lo conduzcan y desarrollen. Es importante mencionar que los Puntos de Cultura Comunitaria no son la única política pública de nuestra institución que apoya organizaciones o proyectos comunitarios. Por ejemplo, el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras (PAOCC) y el Fondo de Fomento al Arte en la Educación (FAE) también financian este tipo de iniciativas, lo que demuestra la relevancia que el Ministerio de las Culturas otorga a las organizaciones comunitarias y el trabajo de priorización y articulación institucional que realiza para su fortalecimiento.

En suma, los Puntos de Cultura Comunitaria ofrecen una oportunidad para generar una relación de colaboración genuina entre el Estado y la sociedad civil. A través de ella, es posible construir flujos de trabajo y creatividad que no solo aporten al ejercicio y goce de los derechos culturales, sino que además favorezcan el bienestar general de la sociedad. Esta iniciativa nos regala la oportunidad de conocer y relacionarnos mejor con lo que somos y, sobre esa base, construir un horizonte para encontrarnos y convivir en el futuro.

Estoy segura de que este libro representa una invitación para continuar reflexionando sobre la importancia de entender la cultura y sus manifestaciones –entre ellas, las organizaciones culturales comunitarias– como un bien público indispensable para el desarrollo integral y sostenible de Chile.

Seguir pensando juntos

Presidente del directorio de la Fundación Centro Cultural

Palacio La Moneda

En octubre de 2024, el Centro Cultural La Moneda (CCLM) fue escenario del Seminario Internacional «Cultura como bien público», que reunió a destacados ponentes del ámbito de las humanidades, las políticas públicas y la gestión de organizaciones. El encuentro propuso una reflexión urgente sobre el lugar que ocupa la cultura en nuestras sociedades y sobre el rol que debe cumplir en el fortalecimiento de la vida democrática.

Su realización fue posible gracias a la colaboración entre los equipos del CCLM y del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio –este último a través del programa Puntos de Cultura Comunitaria y del Departamento de Estudios–. Proyectando ese espacio de diálogo, la presente publicación reúne las ponencias y reflexiones desplegadas durante las dos jornadas del encuentro, al que asistieron más de 200 personas.

Las intervenciones de los participantes –nacionales e internacionales– amplían la reflexión colectiva

sobre los vínculos entre creatividad, comunidad, derechos, transformación y futuro. Sus propuestas y experiencias reafirman que la cultura no es un accesorio del desarrollo humano, sino parte esencial de los marcos de sentido compartido, las memorias colectivas y los imaginarios que modelan nuestras formas de vida. El seminario tomó como punto de partida la declaración adoptada en la conferencia Mondiacult 2022, organizada por Unesco en Ciudad de México. En esa ocasión, más de 150 Estados –entre ellos Chile– reconocieron el carácter fundamental de la cultura como recurso compartido, un bien público mundial que fortalece la cohesión social, la identidad comunitaria y el desarrollo integral de las personas. Este principio se vio reforzado por la Declaración de Cáceres, firmada en 2023 por ministros de Cultura de la Unión Europea, que llama a incluir la cultura como Objetivo de Desarrollo Sostenible en las agendas internacionales. Ambos documentos han situado el debate sobre el papel de la cultura en un plano estratégico, invitando a trabajar de manera urgente en marcos institucionales más robustos, inversiones públicas consistentes y políticas culturales articuladas con otras dimensiones del Estado. Como lo demuestran los textos reunidos en estas páginas, durante las jornadas del encuentro se pusieron en circulación experiencias, conceptos y mira-

das que abordan la cultura desde distintos enfoques.

Participación ciudadana, políticas públicas, derechos culturales, prácticas comunitarias, mediación, innovación digital y transformación tecnológica fueron parte del horizonte de discusión, demostrando que la cultura como bien público no puede restringirse al ámbito sectorial. Por el contrario, debe pensarse en relación con la salud, la educación, el urbanismo y la justicia social, dado que es allí donde adquiere sentido y escala real.

El programa contempló cuatro conferencias internacionales más la presentación de experiencias situadas en distintos territorios de Chile a través del programa Puntos de Cultura Comunitaria. En la primera jornada, la investigadora Kathya Araujo abordó la relación entre cultura y convivencia. Su intervención ofreció claves para comprender cómo se construyen los vínculos que permiten habitar espacios comunes. Desde el Amazonas, Livia Silvano y Daniel Martínez compartieron la experiencia de Muyuna Fest, el primer festival de cine selvático flotante. Su testimonio mostró cómo las comunidades pueden crear y sostener prácticas culturales con sentido local y mirada global.

En la segunda jornada, Jazmín Beirak, directora general de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura de España, desarrolló una presentación sobre cultura, creatividad y ciudadanía. Sus ideas permitieron

pensar la cultura desde una perspectiva de derechos. Por su parte, el filósofo argentino Tomás Balmaceda propuso una reflexión crítica sobre el uso intensivo de pantallas, el impacto de la inteligencia artificial generativa y los nuevos desafíos de la cultura digital. Su ponencia interpeló a quienes desarrollamos iniciativas culturales en un entorno mediado por algoritmos, automatismos y transformaciones profundas en los modos de atención.

Las experiencias presentadas por el programa

Puntos de Cultura Comunitaria fueron otro eje del seminario. Estas iniciativas mostraron cómo las organizaciones culturales locales construyen vínculos, fortalecen identidades y expanden los derechos culturales en contextos desafiantes. Las presentaciones pusieron de relieve la urgencia de pensar políticas públicas que reconozcan la diversidad de lenguajes, actores y condiciones que atraviesan el campo cultural.

Desde el directorio del CCLM impulsamos este seminario como parte de un propósito mayor. Queremos que el Centro sea una plataforma de pensamiento, de análisis crítico y de conversación pública. Que no solo exhiba contenidos, sino que se proyecte como un lugar para el encuentro de ideas y perspectivas diversas. Esta publicación busca dejar registro de ese propósito. Esperamos que sus contenidos contribuyan a nutrir políticas,

programas e investigaciones, y que sean también punto de partida para futuras conversaciones.

El CCLM cumplirá veinte años en enero de 2026. Su historia ha estado marcada por un compromiso permanente con la creación artística, la mediación cultural, la vinculación con comunidades y la proyección pública.

A lo largo de este tiempo, el Centro ha articulado una programación exigente, ha abierto sus puertas a públicos diversos y ha contribuido a ampliar el acceso a las artes y la cultura. La experiencia nos enseña que una institución pública puede conjugar calidad artística, pertinencia social y una pluralidad de enfoques.

El escenario que enfrentamos hoy está cruzado por múltiples desafíos. La transformación digital redefine las prácticas culturales, los lenguajes expresivos y las formas de acceso. Los hábitos y prácticas culturales se fragmentan. Los públicos se reconfiguran. La participación se expresa de formas nuevas, que no siempre se ajustan a los marcos institucionales existentes. Las organizaciones culturales deben adaptar sus formas de gestión, revisar sus estrategias de mediación y abrirse a otros modos de relación. En tal contexto, el diálogo entre actores culturales, comunidades e instituciones es más necesario que nunca.

Este libro es una invitación a seguir pensando juntos. No entrega respuestas cerradas, pero propone preguntas necesarias. Proyecta el espíritu del seminario y aspira a ser una herramienta para el trabajo colaborativo, el pensamiento estratégico y la construcción de comunidad. Queremos que sea leído en espacios culturales, gobiernos locales, universidades, colectivos artísticos y organizaciones comunitarias, y que inspire nuevas políticas y conversaciones valientes. Porque cuando reconocemos el valor de la cultura como bien público, afirmamos también el compromiso con una sociedad más justa, diversa y consciente de sus vínculos.

La cultura en el tejido social

Enrique Riobó Pezoa

Jefe del Departamento de Estudios de la Subsecretaría de las Artes y las Culturas

Daniela Campos Berkhoff

Coordinadora Nacional de Puntos de Cultura Comunitaria en el Departamento de Ciudadanía

Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

En diciembre del 2023, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio desarrolló la Convención Nacional de Cultura, hito anual que busca reflexionar sobre la situación nacional en la materia. El tema en torno al cual giró el encuentro fue «Cultura como bien público para el desarrollo sostenible». Al respecto, el informe de la Convención estableció que la cultura «influye de manera transversal en la sociedad y sienta las bases para la conformación de comunidades resilientes capaces de enfrentar los desafíos del siglo XXI, promoviendo un mundo más equitativo y armonioso para las generaciones presentes y futuras» (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, 2023, p. 6).

Durante el 2024, esta reflexión continuó y se intensificó. El tema de la cultura como bien público se mantuvo como eje de la Convención Nacional de ese año, aunque ahora con una invitación a pensar en su impacto sobre la sociedad. Además, se adoptó como idea central para el marco conceptual de las Estrategias Quinquenales de Cultura1, que marcan el rumbo que se propone al país en este campo para los próximos años.

En dicho contexto, la Subsecretaría de las Culturas y las Artes proyectó la realización del Seminario «Cultura como bien público» como un espacio para pensar los vínculos entre la cultura y diversos ámbitos de la vida social, y, sobre todo, para visibilizar la manera en la que dichas conexiones ya están siendo tejidas socialmente. Más que mostrar un camino, el principal objetivo de este encuentro era reconocer que ese camino ya existe y que debemos seguir construyéndolo todos juntos.

Dado que el presente libro recoge las reflexiones que se desplegaron en el Seminario, nos parece fundamental explicitar algunas de las premisas y aspiraciones que lo motivaron, así como dar cuenta de los hitos que lo fueron modelando. Ello, especialmente porque 1. Para conocer la Estrategia Quinquenal Nacional y las Estrategias Quinquenales Regionales de Cultura, ver: https://www.cultura. gob.cl/estrategias/estrategias-quinquenales

las ideas que aquí cristalizan son el resultado de un camino de reflexión genuinamente colectiva, que esperamos pueda continuar desarrollándose en el tiempo.

Detrás de esta iniciativa se encuentra el compromiso de Chile con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) propuestos por las Naciones Unidas. Los ODS corresponden a un conjunto de 17 metas globales de cambio y mejora en materias fundamentales para el bienestar humano en el mundo contemporáneo2. La relación de la cultura con los ODS es un tema de amplio debate, pues, si bien ninguno se refiere específicamente a ella, se la considera como un elemento transversal a los 17 objetivos3. Resulta necesario, por tanto, abrir espacios para reflexionar acerca de la forma en que la cultura y los ODS se entrecruzan y, sobre todo, identificar el papel que puede tener aquella en el logro de estos, a fin de propiciar relaciones virtuosas y constructivas entre ambos.

Atendiendo a ello, la Subsecretaría de las Culturas y las Artes tomó dos decisiones fundamentales. En primer

2. Más detalles sobre los ODS, en: https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible

3. Para introducirse en este tema, ver: https://courier.unesco.org/ es/articles/la-cultura-elemento-central-de-los-objetivos-de-desarrollo-sostenible

lugar –haciendo eco del ODS 17, denominado «Alianzas para lograr los objetivos»–, se definió la necesidad de establecer vínculos de colaboración con otras entidades.

En particular, la alianza con el Consorcio de Universidades del Estado de Chile (Cuech) y con el Centro Cultural La Moneda dio origen a diversas reflexiones que culminaron, entre otras acciones, en la realización de un ciclo preliminar de conversatorios y, luego, del Seminario.

En segundo lugar, se hizo necesario establecer algunas prioridades o «puertas de entrada» al vasto universo de posibilidades para pensar la relación entre cultura y los ODS. Con este propósito, se seleccionaron seis objetivos en los cuales enfocar la discusión pública que tendría lugar tanto en el Seminario como en los conversatorios que lo precedieron. Los objetivos escogidos fueron los siguientes: educación de calidad; igualdad de género; crecimiento económico y trabajo decente; justicia e instituciones fuertes para la paz; reducción de las desigualdades; y ciudades y comunidades sostenibles.

En función de lo anterior se definieron los temas del ciclo «Hacia una concepción de la cultura como bien público. Conversaciones sobre cultura, universidad y sociedad», organizado colaborativamente entre la Red de Artes y Humanidades del Cuech y la Subsecretaría de las Culturas y las Artes. La iniciativa contempló cuatro jornadas:

1. «Participación cultural: reflexiones desde las políticas públicas y las prácticas comunitarias» (3 de junio de 2024). Expusieron Ana Rosas Mantecón y Rafael Chavarría Contreras, moderó Raíza Cavalcanti y organizó la Universidad de Santiago de Chile. Se llevó a cabo en Casa Palacio, en Santiago.

2. «Cultura y reducción de desigualdades, reflexiones desde el trabajo comunitario» (23 de julio de 2024).

Expusieron Laura Pizarro, Jorge Bozo y Macarena Guzmán, moderó Carla Ibacache y organizó la Universidad Tecnológica Metropolitana. Se llevó a cabo en el Salón de Honor de dicha casa de estudios, en Santiago.

3. «Cultura, instituciones y justicia» (29 de agosto de 2024). Expusieron Claudia Vicuña, María Fernanda García y Nury González, moderó Fernando Gaspar y organizó la Universidad de Chile. Se llevó a cabo en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago.

4. «Cultura y comunidades: reflexiones desde una ciudad patrimonial» (1 de octubre de 2024). Expusieron Daniela Campos, María Paz Undurraga y Camila Landon, moderó Christopher Ortega y organizó la Universidad de Valparaíso. Se llevó a cabo en el Parque El Litre, en Valparaíso.

Estos conversatorios permitieron un acercamiento más concreto a la noción de cultura como bien público, a partir del cual se identificaron formas en las que las

prácticas y experiencias culturales ya se están conectando con objetivos y necesidades sociales que las exceden. Además, los encuentros promovieron vínculos entre academia, sociedad y Estado, cuestión clave para proyectar alianzas más amplias que permitan seguir construyendo un horizonte donde la cultura sea central para pensar las problemáticas del país.

El Seminario ahondó en estas reflexiones académicas, políticas y sociales sobre los entramados existentes y potenciales de la cultura, estableciendo cruces con ideas clave para pensar el Chile actual, como son la convivencia, el desarrollo, la creatividad y la transformación tecnológica; estos cuatro conceptos guiaron los momentos del Seminario, estructura que se refleja también en los capítulos de este libro. Al mismo tiempo, la programación buscó dar especial importancia a los Puntos de Cultura Comunitaria (PCC), poniéndolos en el centro de la noción de cultura como bien público. Por ello, al final de esta publicación las y los lectores podrán encontrar cuatro caracterizaciones de ejemplos concretos en relación con la cultura comunitaria. De este modo, buscamos aportar en la identificación y visibilización de los PCC, de sus objetivos y de los saberes locales y situados que los animan.

Los PCC corresponden a un programa insignia de la actual gestión, que tiene como objetivo principal «au-

mentar el desarrollo de las prácticas socioculturales sostenidas por organizaciones de base comunitaria, reconociéndolas a través de su registro, y fortaleciendo su organización» mediante la entrega de «financiamiento y asistencia técnica, aportando en su gestión, crecimiento, sostenibilidad y desarrollo en redes» (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, s. f.).

El protagonismo que se quiso dar a los PCC en el Seminario obedece a que se trata de un programa que demuestra cómo la cultura puede contribuir al desarrollo sostenible. De hecho, las maneras concretas en las que los PCC ayudan a mejorar la vida social son diversas, según lo comprobó un estudio reciente (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, 2024). Por ejemplo, mediante bienes y experiencias culturales que visibilizan a poblaciones históricamente discriminadas y entregan oportunidades de reparación y memoria frente a la exclusión de las diversidades sexogenéricas. O a través de la puesta en valor de oficios artesanales, que impulsan el desarrollo local y la construcción de identidades territoriales que fomentan el bienestar subjetivo. También en el trabajo que entrecruza dimensiones culturales, ambientales, patrimoniales, educativas, sociales y de cuidados, y que potencia con ello la generación de confianzas e identidades dentro de una comunidad.

Las experiencias de los PCC presentadas en el Seminario mostraron que los vínculos potenciales que se busca construir entre cultura y sociedad muchas veces están presentes en esta de forma seminal. Por lo tanto, más que introducir soluciones desde el Estado, lo que se requiere es facilitar las herramientas y acompañar a las comunidades en la construcción propia de soluciones a sus problemas y necesidades.

En definitiva, el Seminario buscó combinar la reflexión académica con la experiencia práctica y la perspectiva institucional, para proyectar horizontes de sentido que contribuyan a ir de la casuística y la intuición hacia el esfuerzo sistemático y estructural. Así podremos organizar y fortalecer lo que ya existe, y construir con convicción una posibilidad de transformar y mejorar la realidad. El Seminario fue un grano de arena en esta inmensa tarea.

El camino para pensar la cultura como bien público sigue su curso. Agradecemos a todos quienes han participado de este viaje. El libro que tienen en sus manos es una invitación a continuarlo.

Referencias

Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. (s. f.). Puntos de Cultura. https://puntos.cultura.gob.cl/

Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. (2023).

Informe Convención Nacional 2023. https://www.cultura.gob. cl/publicaciones/informe-convencion-nacional-2023/

Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (2024).

Caracterización de las organizaciones del Programa Puntos de Cultura Comunitaria. https://observatorio.cultura.gob.cl/ index.php/2025/07/07/caracterizacion-de-las-organizaciones-del-programa-puntos-de-cultura-comunitaria/

Cultura y convivencia

Kathya Araujo Kakiuchi es licenciada en Psicología con mención en Psicología Clínica por la Pontificia Universidad Católica del Perú y doctora en Estudios Americanos por la Universidad de Santiago de Chile (Usach). Dirige el Núcleo Interuniversitario Individuos, Lazo Social y Asimetrías de Poder (Niumap) y es profesora e investigadora del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Usach. Sus investigaciones abordan los efectos de las transformaciones estructurales en la sociedad chilena, tema sobre el cual ha publicado más de 20 libros, entre ellos Hilos tensados. Para leer el octubre chileno (Editorial Usach, 2019). Ha sido profesora e investigadora invitada a universidades de Alemania, Francia y Brasil, entre otros países.

Para pensar sobre el tema de cultura y convivencia, quisiera abrir una conversación que viene desde las ciencias sociales. De partida, debiera explicitar lo que voy a entender por «cultura». Identifico que hay, al menos, tres niveles o dimensiones desde las cuales entender este concepto –que, por cierto, pertenece a varias disciplinas–.

Por un lado, la cultura ha sido pensada como una metáfora referida a algo así como el «cemento» de la vida social, el pegamento que permite que esta se desarrolle. Desde esta perspectiva, la cultura proporciona los materiales a través de los cuales la vida social se anuda y toma forma. En un segundo nivel, la cultura corresponde al conjunto de la producción simbólica de una o muchas sociedades. Los debates sobre esta cuestión en arte, literatura y psicoanálisis recalcan que, sin esa producción simbólica, las sociedades no sobreviven. Una tercera manera de entender la cultura es pensarla como todos aquellos trabajos, productos u obras que permiten la tarea de elaboración simbólica de las experiencias en una sociedad (por ejemplo, narraciones sobre sí misma, formas de elaboración del pasado o de

* Este texto nace de la conferencia «Cultura y convivencia», dictada por la autora durante la jornada del 10 de octubre de 2024.

KATHYA ARAUJO KAKIUCHI

los traumas, etc.), contribuyendo así a producir sentido y a darle continuidad. Recogiendo estas tres dimensiones, me gustaría subrayar que la cultura no es un ente que flota sobre las cabezas de todos nosotros: es el entramado que permite no solo la convivencia –que es una forma relativamente pacificada de vivir juntos, donde, con distintos grados de adhesión, estamos en la vida con los otros–, sino la vida social misma. Las tareas de la cultura son, por lo tanto, indispensables para la sociedad.

Ahora bien, cuando hablamos de las funciones de la cultura y tratamos de pensar qué deberíamos hacer para apuntalarlas, la primera y más básica de las preguntas que aparece es: ¿cultura para qué sociedad? Para responder a esto, voy a volver a mis terrenos, los de la investigación social.

Desde luego, vamos a hablar de la sociedad chilena. Por más de 25 años he investigado las consecuencias de los cambios estructurales que ha experimentado la sociedad chilena en los individuos, en el lazo social y, por tanto, en las formas de coexistencia o convivencia social. Lo que he encontrado es que la sociedad chilena se encuentra, en muchos sentidos, en un momento de reconfiguración o de transición, luego de haber sufrido grandes transformaciones asociadas, principalmente, a dos grandes empujes estructurales.

El primero fue el cambio de modelo económico, hace ya más de cuatro décadas. Esta no es una cuestión abstracta, porque cuando cambia el modelo económico, cambian las exigencias de cómo deben ser y qué deben hacer los individuos para poder mantenerse como sujetos económicos, para mantener a sus familias, para estar en el mundo y para sobrevivir en él. Todo lo que sabíamos de cómo había que hacer las cosas se nos rompió, y tuvimos que reestructurar nuestras maneras de existir, incluidas las habilidades y los recursos para enfrentar la vida social.

Pero para el caso de Chile hubo una segunda gran revolución, yo diría, estructural. Y fue que, especialmente a partir de los años 90, llegaron grandes impulsos para que democratizáramos nuestra vida social: exigencias de democratizar nuestra relación con los niños, las relaciones entre hombres y mujeres. Con el tiempo, estas exigencias fueron creciendo, obligándonos a cambiar las formas como nos tratábamos unos a otros a través de, por ejemplo, demandas de mayor respeto o dignidad. Desde los organismos internacionales, desde el gobierno, desde muchos lugares, se nos dijo que ahora éramos sujetos de derecho y que, además, estábamos en una sociedad igualitaria. O sea, se introdujo una cantidad de nuevas normativas.

Estos dos grandes cambios que menciono sitúan el marco donde se instala la posibilidad de responder a la pregunta: ¿en qué sociedad estamos?

Una primera cuestión que, me parece, habría que plantear, es que estamos en una sociedad con individuos que, en general, tienen una conciencia muy alta de haber experimentado mejoras en sus condiciones económicas y materiales. Esto salta a la vista cuando lo consideramos desde una perspectiva intergeneracional: a muchos de nosotros solo una generación nos aleja del piso de tierra o de la ausencia de escolaridad –incluso básica– de los abuelos o abuelas. Tan enormes cambios hacen que las personas, por un lado, tengan un sentimiento de que, efectivamente, ganaron algo. Pero, al mismo tiempo, sienten que, para lograr ese salto, hubo que sacrificar mucho. Y ese sacrificio conlleva un agobio muy grande.

Con este cambio llegaron también ciertas ideas que se han ido reforzando a lo largo del tiempo. Nuevos ideales que han puesto en el centro la idea del esfuerzo personal, de que uno tiene que lograrlo todo por uno mismo y que, hasta cierto punto, el no recibir apoyo de otros es dignificante. Es como un impulso, un ideal de rendimiento, de estar siempre trabajando. Recurro a una anécdota como ejemplo de esto último: «¿Aló, cómo estás?» «Reventada». Estar «reventada» es parte de la dignidad actual, porque quiere decir que una tiene

mucho trabajo. En este breve diálogo aparecen todos esos ideales de rendimiento, pero también una especie de sacrificio al mundo del trabajo.

Por otra parte, a lo largo de estas décadas –y esta es una discusión de los años 90– también se instaló la idea del consumo como signo de estatus. Hablando de la población en general, ¿cómo marcas tu presencia y tu lugar en el espacio social? El ideal dice que los marcas con consumo. Y podemos ver cómo ese ideal se instaló en diversos ámbitos, en las juventudes o en fenómenos que están aconteciendo en los sectores menos beneficiados o más marginales. Al mismo tiempo, también se instaló la promesa de educación. Y los niveles educativos de la población han subido.

Entonces, observamos a una población que tiene todos estos ideales, presiones y tensiones en la cabeza: junto a un aumento del nivel educativo y de la conciencia acerca de los valores de la igualdad, la autonomía, la libertad, etc., también experimenta la presión por lograr el ideal de rendimiento individual, así como por marcar su lugar social a través del consumo.

En este escenario, a veces ocurren cosas particulares. Por ejemplo, tenemos personas que están exigiendo mayor horizontalidad y que no soportan las formas autoritarias de trato –aquellas que reproducen las formas jerárquicas y verticalistas que teníamos

naturalizadas en el pasado–. Esto pone en evidencia que no hemos resuelto el problema de cómo desarrollar nuevas formas de relacionarnos a pesar de que hemos puesto en cuestión las antiguas formas de hacerlo. Por ejemplo, no sabemos cuáles reglas de cortesía son válidas y cuáles no.

A mí me encanta ilustrar esto con el dilema del último asiento del metro. Antes era obvio que el uso de ese asiento le correspondía a una persona mayor, a una embarazada, a alguien con dificultades físicas. Pero hoy aquello ya no resulta tan evidente, porque los jóvenes, como comprobé en una investigación que hice, te pueden decir que ellos no le van a dar el asiento a la persona mayor porque ellos también están cansados. Que mientras ellos han salido a las cinco de la mañana, ese señor probablemente acaba de salir de su casa para ir a un restaurante.

Aunque pueda sonar anecdótica, esta situación sirve para mostrar cómo se han desestabilizado las formas que nos permitían llevar adelante la vida ordinaria. Por ejemplo, las fórmulas de resolución de conflictos han dejado de ser conocidas y aceptadas por todos, de manera que muchas veces se piensa –en todos los niveles– que los conflictos solo van a resolverse con el uso de la fuerza. Esto, porque cuando tenemos incertidumbre relacional, aparece esa idea de que es la fuerza la que va

a dirimir la distribución de los bienes, la distribución de reconocimiento, etc. Entonces, en este mundo lleno de contradicciones y tensiones entre diferentes ideales, las reglas que nos daban cierta tranquilidad y nos permitían dar sentido y construir narrativas sobre nuestras experiencias se han vuelto inestables y endebles.

Además, como mencionamos antes, nos encontramos en una sociedad que tiene en el centro la esfera del trabajo, lo que resulta clave para poder pensar la cuestión de la convivencia y, por lo tanto, el papel de la cultura. La centralidad del trabajo está produciendo un problema esencial: no tenemos tiempo para dedicar ni a la familia ni a las actividades asociativas ni, sobre todo, a uno mismo. El trabajo ha monopolizado nuestras otras esferas temporales, dificultando el disfrute personal y el encuentro con aquellos elementos que permiten un desarrollo de la cultura. Recordemos que la cultura es lo que nos permite la elaboración simbólica de las experiencias; sin embargo, estos son procesos que requieren tiempo, algo de lo que la sociedad actual carece.

Entonces, recapitulando, la vida social está determinada por: exigencias desmesuradas para sostenernos, en términos de tiempo, de trabajo, de recursos, etc.; ideales que estructuran nuestra vida y nuestras instituciones a todo nivel en función de la competencia; y tensiones entre lo que quisiéramos ser moralmente y

lo que tenemos que hacer en la vida real, con todos los agobios que eso va produciendo. Lo anterior se traduce en dos aspectos que, quizás, son los más significativos para pensar la sociedad chilena hoy.

En primer lugar, las relaciones e interacciones interpersonales se han vuelto sumamente irritadas. Hablar de la sociedad chilena hoy es hablar de una sociedad irritada. Cuando hablamos de violencia hoy, normalmente estamos discutiendo sobre el crimen organizado o sobre la delincuencia por efecto de los medios de comunicación, pero, más allá de esto, la violencia –en distintos grados– recorre el tejido social. Está en las escuelas, está dentro de las familias, está en las calles y en las interacciones con los otros. También está presente en el mundo del trabajo (que es hoy el espacio relacional por excelencia, pues, dado que no se tiene tiempo para muchas cosas más, allí hay que hacer de todo). En este contexto social de irritación y temor, el otro no es necesariamente alguien en quien se pueda confiar o con quien se pueda tener una relación tranquila. Una de las características de nuestra sociedad es que uno no va por la calle con el presupuesto de las buenas intenciones de quien tiene al frente. Una segunda característica se refiere a que las personas mantienen una relación cada vez más desapegada con la sociedad. Frente a una existencia que les resulta

sumamente agobiante, desarrollan una manera específica de gestionar la vida social, que consiste en entrar y salir de ella discrecionalmente. Por ejemplo, personas que votan, pero que no les interesa la política. Que participan, pero solo porque existe otro fin que lo justifica. Este descreimiento respecto de la vida social ha terminado construyendo una suerte de «sociedad archipiélago», como he dicho en alguno de mis trabajos. Los archipiélagos son conjuntos de islas que se relacionan entre ellas de manera más o menos orgánica. La relación entre los archipiélagos, en cambio, es nula. Entonces, puede haber archipiélagos muy potentes y ligados, que dan la impresión de que la vida social está súper bien, porque en ellos hay adhesión y fortaleza. Pero ese archipiélago social no tiene nada que ver con los otros. Así pues, nos encontramos ante una sociedad irritada y desapegada, constituida a la manera de archipiélagos que penan en producirse como un mundo social.

Después de todo lo que he mencionado hasta ahora, creo que no debe quedar ninguna duda acerca de la importancia de la cultura. Necesitamos cemento: necesitamos estimular la producción de elementos simbólicos comunes, facilitar la elaboración colectiva de las experiencias para producir nuevos sentidos y nuevas narraciones en una sociedad que está en un momento de transición del cual no puede salir, porque la política

todavía no ha logrado conducir este proceso de transformación. Desde luego, no va a ser fácil, por cosas como las que mencioné previamente. La falta de tiempo libre es un gran problema para fortalecer la cultura. Hoy día tenemos profesionales que trabajan el fin de semana para terminar lo que no alcanzaron en la semana o que tienen dos trabajos para poder pagar algo. O el caso de un entrevistado reciente que, aparte de trabajar los cinco días de la semana, ejerce como guardia de seguridad los otros dos para costear el club de fútbol del hijo. No es fácil fortalecer la cultura en una sociedad donde el tiempo libre es algo estructuralmente ajeno. Tampoco cuando el estatus o el ideal del ciudadano o del miembro de la comunidad no tiene a la cultura en el centro como un elemento de valor. Esto se ve reflejado en la distancia entre lucir un par de zapatillas y el hecho de haber leído el último libro de cierto autor o de sentarse en la mesa para hablar de cine. ¿Qué entrega más reconocimiento o estatus hoy? (hablando de interacciones ordinarias). En esta pasada, que es la del consumo, la competitividad y todos los demás fenómenos que he mencionado, evidentemente es la cultura la que pierde, porque no sirve como elemento de reconocimiento o de dignificación social. Para sentir que estás en el mundo de poco vale haber leído el último libro, visto la última película o visitado la última exposición.

A esto se suma que en la sociedad chilena parece haber una valoración muy baja del placer. Ello dificulta el quehacer de la cultura, pues, al menos en dos de sus sentidos –el de producción simbólica y el de elaboración de experiencias–, requiere que se valore el placer y la satisfacción, pero ese lugar no es reconocido por el otro. Volviendo a la anécdota del «Aló, ¿cómo estás?» «Reventada», podríamos pensar en responder a ese «Aló, ¿cómo estás?» con la frase «Leyendo un libro para mi trabajo», pero difícilmente nos atreveríamos a decir algo como «Viendo una serie, en el cuarto capítulo seguido». Esto último parece más difícil de reconocer –y eso, sin que entremos siquiera en el problema específico de la cultura concebida solo como una forma de entretenimiento–. Para cerrar, solo quiero reiterar que la cultura es indispensable para la convivencia, y la convivencia es algo que en Chile necesitamos fortalecer. Al igual que otros países latinoamericanos, Chile tiene problemas en el tejido social. La respuesta a estos problemas debiera ser una fuerte apuesta por la cultura, porque es una condición para que la vida social ocurra. Pero, además, la cultura debería ayudarnos a seducir a aquellos que están instalados en el desapego, a que el mundo social deje de estar conformado por archipiélagos tan separados unos de otros y, por supuesto, a reincorporar el placer como una parte legítima y digna de nuestras vidas.

El lugar crucial de la cultura para el desarrollo

Regina Rodríguez Covarrubias es la directora ejecutiva del Centro Cultural La Moneda desde 2023. Periodista de la Universidad de Chile y licenciada en Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (España). Cuenta con más de 30 años de experiencia tanto en el sector público como en el privado. Dentro de su trayectoria, se ha desempeñado como coordinadora nacional de Artes Escénicas y Artes Visuales en el Departamento de Industrias Creativas, ProChile (2017-2019); como secretaria ejecutiva del Consejo Nacional del Libro (2014-2016); y como directora de Prochile en Italia (2008-2013).

Gabriel Hoecker Gil es investigador de arte contemporáneo y educación artística. Licenciado en Historia y profesor de Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, y magíster en Artes por la Pontifica Universidad Católica de Chile. Actualmente se desempeña como jefe del Área de Comunidades del Centro Cultural La Moneda. También es investigador del proyecto Fondecyt Regular «Prácticas artísticas de mediación con comunidades: desafíos para expandir el rol social de las artes en Chile», 2021-2024, de la Universidad de Los Lagos, y coordinador territorial del festival de arte contemporáneo «Periférica».

La cultura es todo lo que constituye nuestro ser y configura nuestra identidad. Hacer de la cultura un elemento central de las políticas de desarrollo es el único medio de garantizar que este se centre en el ser humano y sea inclusivo y equitativo.

Jyoti Hosagrahar (Unesco), 11 de mayo de 2017, §1

Las reflexiones que compartimos en estas líneas surgen más de la experiencia que de la academia. Aunque se trate solo de esbozos, esperamos que puedan contribuir al diálogo sobre la cultura como bien público, vale decir, como un recurso o servicio disponible para todas y todos, cuyo uso por parte de una persona no reduce su disponibilidad para otros.

Desde la década de 1980, el concepto de «desarrollo» emergió en los foros internacionales, sumándose al crecimiento económico, la equidad social y el equilibrio ambiental. Sin embargo, estas dimensiones ya no bastan para entender la sociedad del siglo XXI y sus

* Este texto nace del panel «Cultura y desarrollo», en el que también participaron Gonzalo Oyarzún (Universidad Tecnológica Metropolitana) y Francisca Ramírez Ibarra (Punto de Cultura Comunitaria Madereros de Tortel, Región de Aysén).

desafíos futuros. Existe evidencia consistente de que los modelos económicos predominantes en el mundo –es decir, aquellos de carácter capitalista de libre mercado– marginan a amplios sectores de la población, acentúan las crisis migratorias, profundizan la violencia en todas sus formas y ofrecen un panorama de incertidumbre (Wiktor-Mach, 2024). La desigual distribución de la riqueza, tanto entre naciones como al interior de cada país, sigue siendo un grave problema que se agudiza cada día, afectando a la población en su conjunto.

Como resultado de luchas históricas lideradas por movimientos sociales –los feminismos, los estudiantes, trabajadores y comunidades vulneradas–, en las últimas décadas se han logrado significativos avances en políticas públicas que fomentan el goce efectivo e igualitario de derechos humanos, tales como el reconocimiento cultural, la inclusión social, la participación política y la equidad económica (Olaya y Echavarría, 2024). Pese a esto, hoy somos testigos de la propagación, en distintas naciones del mundo, de discursos y fuerzas que tensionan los marcos democráticos, amenazando con un retroceso en los derechos adquiridos.

Un ejemplo es la ardua lucha contra el cambio climático a nivel de instituciones y gobiernos, que ha dado lugar a grandes acuerdos multilaterales, aunque los avances son todavía pequeños en comparación

con un daño ecológico que sigue aumentando, afectando a comunidades y territorios en todo el planeta. Además, en el contexto político actual, esos avances se ven continuamente frustrados por las decisiones de mandatarios que avalan el crecimiento desmedido de la industria a costa del medio ambiente e ignoran las advertencias sobre la gravedad del problema (Tamang, 2024). Aunque los esfuerzos de la sociedad civil por crear conciencia sobre el daño ambiental son reconocidos y celebrados, estos no han conseguido incidir de manera decisiva en las políticas de los Estados. En sintonía con aquellos procesos y discusiones, recientemente ha cobrado especial relevancia la reflexión sobre el papel que cumple la cultura en el desarrollo, dando pie a importantes debates en espacios internacionales, con resultados parciales plasmados en declaraciones y documentos. Unesco (2022), por ejemplo, reconoce el valor de la cultura como bien público global, así como su capacidad para fortalecer el desarrollo sostenible. No obstante, aún falta alcanzar una aprobación internacional sobre la centralidad de la cultura en estos aspectos, especialmente respecto del papel que cumple en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): pese a que hoy existe consenso acerca de la necesidad de incluirla en estos de manera transversal, siguen existiendo incongruencias en la aplicación.

Las formas de vida, el pensamiento, la naturaleza, la experiencia estética y cotidiana, y el respeto entre los seres humanos, al igual que la creación artística y las manifestaciones comunitarias, tienen un gran poder transformador de las relaciones entre las personas, organizaciones e instituciones. Así lo demuestran múltiples estudios que consignan los efectos positivos de la participación ciudadana y el trabajo situado con comunidades para mejorar las habilidades cognitivas y comprensivas, para aumentar la dignidad y la identidad comunitaria, para reducir la percepción de inseguridad y para fortalecer el comportamiento social, el estado de ánimo y la autoestima (Güell, Morales y Peters, 2011).

La cultura, entendida como un conjunto dinámico de expresiones, valores, prácticas y saberes que dan forma a las identidades colectivas e individuales, desempeña un papel fundamental en la configuración de sociedades más justas, inclusivas y sostenibles. En este sentido, promueve la formulación de políticas económicas que miran al bienestar integral de las personas, alejadas de lógicas meramente extractivistas centradas en el corto plazo y el beneficio de unos pocos. La cultura puede actuar como un motor de concientización sobre la urgencia de cuidar del medioambiente, respetar la diversidad y reconocer plenamente todas las formas de vida.

A través de sus múltiples manifestaciones, la cultura contribuye también a la reducción de la violencia, al fomento de la empatía y al fortalecimiento de espacios de diálogo, encuentro y resolución pacífica de conflictos. Su influencia atraviesa todos los ámbitos del desarrollo humano y social, actuando como el elemento transformador que permite articular los pilares del desarrollo contemporáneo. Bajo esta perspectiva, la cultura no solo dialoga con los ODS, sino que los potencia, al situar en el centro a las personas, sus derechos y su creatividad.

La cultura tiene, asimismo, la capacidad de fortalecer y profundizar la vida democrática, mejorar la convivencia ciudadana y consolidar la cohesión social. En este sentido, representa un componente esencial para avanzar hacia un modelo de desarrollo más equitativo, plural y sostenible económicamente.

Con todo, la historia nos demuestra también que si nuestros valores y objetivos están teñidos por la intolerancia, el miedo, la desconfianza del vecino y la falta de solidaridad, la cultura puede jugar un papel completamente distinto, intensificando los conflictos sociales. Si cada quien les habla solo a sus iguales, vive en su burbuja y no se interesa por conocer a los otros, el resultado es una atomización: individuos aislados, temerosos, prestos a reaccionar mal ante cualquier pequeña contrariedad. La realidad actual de nuestro

país es un ejemplo más de ello. Semejante escenario debe movernos a buscar cómo establecer puentes y conocernos entre mundos distintos que, sin embargo, forman parte de la misma sociedad: los militares y la sociedad civil, los empresarios y los artistas, los científicos y los poetas, los académicos, los gestores y activistas, las comunidades de barrios periféricos y las de sectores acomodados. Tal vez, en este ejercicio de conocernos –un ejercicio que es la vida– podamos construir esa cohesión social de la que tanto hablamos, aunque muchas veces con poco contenido. El concepto de «desarrollo sostenible» implica satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin poner en riesgo a las futuras. En este marco, los derechos culturales, el patrimonio, la diversidad y la creatividad son componentes fundamentales del desarrollo humano sostenible (Unesco, 2022), puesto que están estrechamente vinculados al ejercicio y goce de derechos tan básicos como la educación, la salud y la vivienda. Sin embargo, construir un desarrollo verdaderamente sustentado en la cultura no es tarea fácil en una sociedad de libre mercado, donde los valores que predominan son el individualismo, la competencia, el consumo y la ganancia monetaria como factores de éxito y realización personal. Felizmente, estos valores y prácticas no son estáticos ni inmutables, sino que están

constantemente sujetos a cambios, en la medida en que el intercambio de ideas y la necesidad de transformar su realidad mueve a las personas a cuestionarlos, adaptarlos y redefinirlos. Es precisamente en la cultura donde reside este potencial transformador, capaz de impulsar la construcción de una sociedad más democrática, equitativa e inclusiva. Por esta razón, debemos promoverla desde todos los ámbitos –las políticas públicas, el Estado, las organizaciones y las comunidades–, con especial énfasis en lo colectivo, lo público y lo privado, y el desarrollo de las personas a través de mayores oportunidades de participación y creación.

Potenciar una cultura que abrace y garantice estos términos implica entender la creatividad no como un capital exclusivo del sector artístico ni como una exigencia empresarial, sino como una fuerza inherente a todas las personas, que moviliza visiones del mundo y sentimientos. Así, resulta esencial reconocer las manifestaciones culturales de las comunidades, valorar las obras de los artistas y sus búsquedas, y estimular la lectura, el disfrute de la música y la asistencia a las salas de cine, de manera que la participación cultural reemplace el concepto de «consumo cultural» y que cada habitante de una comunidad o territorio reconozca su propia condición creativa. Esta tarea desafía tanto al sector público como al privado y a la sociedad civil.

REGINA RODRÍGUEZ COVARRUBIAS / GABRIEL HOECKER GIL

Este enfoque concuerda con la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de Unesco (2001), la cual afirma que la diversidad cultural, como fuente de intercambio, innovación y creatividad, es tan necesaria para la humanidad como la biodiversidad para la naturaleza. En este sentido, constituye un patrimonio común de la humanidad que debiera ser protegido y promovido, pero las políticas culturales actuales suelen privilegiar modelos de industria creativa centrados en el mercado, relegando iniciativas comunitarias y de derechos culturales. Frente a ello, la Convención de 2005 sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales –ratificada por Chile en 2007– propone un marco de políticas públicas que reconozca la cultura como factor de desarrollo social y económico, abogando por la participación activa de la ciudadanía en la definición y gestión de sus propios proyectos culturales (Unesco, 2016).

En lo que respecta a las políticas públicas y las instituciones culturales, la tarea de mediano y largo plazo es instalar la cultura como cuarto pilar del desarrollo, en diálogo permanente con la economía, el medioambiente y la equidad social, abriendo espacios de pensamiento y de conversación. Para lograr estos objetivos son necesarias políticas de Estado integrales y permanentes en el tiempo –es decir, que trasciendan los gobier-

nos de turno–, pues lograr la sostenibilidad del desarrollo es una tarea que nos compete a todos y todas.

Políticas de esta índole permitirían crear instrumentos que contemplen la inclusión de la cultura en todas las políticas sectoriales, pero también convocar y estimular al sector privado a involucrarse, reconociendo así el rol que a este le cabe en el desarrollo cultural del país. De momento, podemos avanzar propiciando un diálogo entre el mundo empresarial y el de la cultura acerca de las necesidades mutuas en tiempos de cambios tan acelerados y buscar puntos de encuentro ante un horizonte común, que es –o puede ser– el desarrollo sostenible en las próximas décadas.

El ámbito de la educación ofrece un terreno fértil para impulsar transformaciones culturales. Una medida de gran impacto en este sentido sería la de introducir nuevamente la educación cívica desde la primera infancia: junto con formar a adultos más respetuosos y aptos para vivir en sociedad, podría mejorar en el mediano plazo el clima en las escuelas. Conocidos son también los efectos positivos de potenciar la educación artística en las escuelas: el contacto temprano de una niña o un niño con cualquier expresión artística –sea la pintura, la música, la danza, el teatro o el cine– marcará su vida y puede cambiar su futuro. En Chile existen valiosas experiencias a este respecto, como las orquestas

infantiles y juveniles, las escuelas de cine, los coros y las semanas de educación artística, sin embargo, aún dependen de voluntades. Mientras tanto, nos enfrentamos con una enorme cantidad de estudiantes que desertan de la educación, salen al mundo sin un oficio y se convierten en presa fácil del narcotráfico. Es tarea de la educación, pero también de instancias ligadas al mundo del trabajo, ofrecer a estos jóvenes alternativas de educación técnica, aprendizaje de un oficio, becas y opciones laborales que les permitan reintegrarse a la sociedad.

En cuanto al sector privado, el desafío para los empresarios que buscan un crecimiento sostenido radica en comprender que potenciar la creatividad, el conocimiento y la belleza humaniza el desarrollo y genera sociedades más democráticas y pacíficas donde los negocios florecen. Hay preciados ejemplos de empresarios que han sabido reconocer esto. Al mismo tiempo, la incorporación democrática de tecnologías cada vez más sofisticadas obliga a innovar en los modelos de negocio y a establecer relaciones diferentes con muchos estamentos de la sociedad. Hoy se requieren profesionales sólidos, con amplia cultura, capaces de decodificar las señales cambiantes del entorno –no solo empresarial, sino también social, ambiental e institucional, nacional e internacional–, actualizados y con

talentos y capacidades propios del siglo XXI. Trabajar de esa manera exige comprender el rol de la cultura en el desarrollo.

En lo que concierne a las comunidades, artistas y organizaciones dedicados a la cultura, resulta evidente que requieren mayor apoyo público basado en la comprensión de sus realidades y en el reconocimiento de su contribución a la sociedad. Al mismo tiempo, se enfrentan al reto de buscar nuevos modelos de gestión de sus proyectos que permitan superar –al menos en parte– la actual dependencia de los fondos, en diálogo con otros actores de la sociedad, como investigadores, empresarios, educadores y responsables de políticas públicas.

En suma, el desarrollo sostenible lo construiremos entre todos y todas o no sucederá. Esa es la esperanza compartida.

Referencias

García, D. (2023). Editorial. Amenazas y oportunidades de la democracia en América Latina y el Caribe. Revista Estado y Políticas Públicas, 21, 13-19.

Güell, P., Morales, M. y Peters, T. (2011). Una canasta básica de consumo cultural para América Latina. Elementos metodológicos para el derecho a la participación cultural. CISOC, Ediciones Universidad Alberto Hurtado.

Hosagrahar, J. (11 de mayo de 2017). La cultura, elemento central de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El Correo de la Unesco. https://courier.unesco.org/es/articles/ la-cultura-elemento-central-de-los-objetivos-de-desarrollo-sostenible

Olaya, A. y Echavarría, A. (2022). Los objetivos y las metas en el diseño de políticas públicas. En S. Leyva y A. Olaya. (eds.), Modelo para el análisis y diseño de políticas públicas (pp. 69-90). Editorial EAFIT. https://doi. org/10.17230/9789587207743lr0

Tamang, B. B. (2024). Global climate change: Challenges, opportunities, and multilateral strategies for sustainable development. 1(4), 65-76. https://doi.org/10.3126/nprcjmr.v1i4.70947

Unesco. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2001). Universal Declaration on Cultural Diversity. https://www.unesco.org/en/legal-affairs /unesco-universal-declaration-cultural-diversity?

Unesco. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2016). The 2005 Convention on the Protection and Promotion of the Diversity of Cultural Expressions . https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/ pf0000246264?posInSet=1&queryId=85dde93e-9ef6-40 2b-bc9f-452e6a399382

Unesco. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2022). Re|shaping policies for creativity: Addressing culture as a global public good. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000380474

Wiktor-Mach, D. (2018). What role for culture in the age of sustainable development? UNESCO’s advocacy in the 2030 Agenda negotiations. International Journal of Cultural Policy, 26(3), 312-327. https://doi.org/10.1080/10286632.20 18.1534841

Creatividad, cultura y formación inicial decolonizadora de profesoras/es

de Artes Visuales

Patricia Raquimán Ortega es licenciada en Arte y magíster en Diseño Instruccional por la Pontificia Universidad Católica de Chile, doctora en Ciencias de la Educación por la misma casa de estudios en conjunto con L’Université de Rouen (Francia) y profesora de Artes Visuales. Desde 2011 trabaja en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Posee una vasta experiencia en la formación continua para profesores, tanto de nivel escolar como universitario. En paralelo a la docencia realiza proyectos de investigación en el área de didáctica de las artes visuales y desarrolla su propuesta artística ligada a la escultura, el dibujo y el witral (textil mapuche). Ha participado como expositora en congresos y seminarios en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, México, Francia y Marruecos.

La necesidad de una pedagogía decolonizadora

La creatividad es una capacidad humana, por ende, debe ser reconocida como un derecho y no como un privilegio. Desarrollarla y aplicarla representa un desafío que atraviesa los diferentes ámbitos de la vida, ya sea formativo, laboral, familiar o íntimo. Por ello, resulta fundamental incorporar la creatividad en los espacios de formación, a través de diversas propuestas que potencien su desarrollo. La capacidad de crear está estrechamente ligada a la experiencia personal: mientras más oportunidades tenga un individuo, mayores serán su flexibilidad y su habilidad para establecer asociaciones amplias frente a los desafíos de la vida. En este sentido, lo que busca el ejercicio creativo no es solo un determinado resultado, sino una vivencia que lo trasciende, enfocada en el proceso. Así pues, reflexionar sobre la creatividad es relevante para todos, no solo para quien quiera dedicarse a prácticas artísticas.

* Este texto nace del panel «Cultura y creatividad», que se desarrolló durante la jornada del 11 de octubre de 2024.

PATRICIA RAQUIMÁN ORTEGA

La selección cultural que transmiten los procesos formativos legitima inclusiones, exclusiones, privilegios, dominaciones y marginaciones. Si una persona no se identifica con la cultura dominante, se produce un desarraigo, lo que limita su acceso a oportunidades y, en muchas ocasiones, da origen a un ciclo de desigualdad. Ese desarraigo también se puede traducir en una invisibilización del propio origen cuando se trata de historias de vida distintas de la dominante, lo que lleva a perder la propia identidad.

Proponer una pedagogía decolonizadora conlleva nuevas implicancias y desafíos, pues supone aprender sobre diversas culturas, poniendo de relieve la voz de los protagonistas. La colonización ha operado por medio de la opresión y la degradación (Césaire, 2015), imponiendo prácticas universalistas en nombre de la civilización. La diversidad cultural existente ha sido invisibilizada históricamente, al invalidar a los pueblos originarios que la conforman.

Para abordar la problemática de la diversidad cultural y sus demandas de inclusión se han planteado distintos enfoques. Por una parte, el multiculturalismo admite la coexistencia entre culturas diversas y propone herramientas para acompañarla, con el objetivo de que los distintos grupos desarrollen una relación funcional sin salir de sus propios espacios culturales.

Esta forma de entender la diversidad cultural invisibiliza la conflictividad y la construcción de desigualdades históricas, buscando «promover el diálogo y la tolerancia sin tocar las causas de la asimetría social y cultural hoy vigentes» (Tubino, 2005, p. 3).

Por otra parte, la interculturalidad crítica plantea la necesidad de reflexionar sobre las formas culturales propias y ajenas, desnaturalizándolas y visibilizándolas como construcciones sociales e históricas cambiantes y relativas. Entender las relaciones sociales como «relaciones de poder, que se construyen, deconstruyen y reconstruyen históricamente» (Stefoni, Stang y Riedemann, 2016, p. 161), permitiría abrir un espacio de encuentro igualitario entre grupos diversos, donde fuera posible el diálogo y la diferencia como parte de ese encuentro. En definitiva, «el interculturalismo crítico busca suprimir [la asimetría social] por métodos políticos no violentos. La asimetría social y la discriminación cultural hacen inviable el diálogo intercultural auténtico» (Tubino, 2005, p. 3). Esta última forma de entender la convivencia de culturas diversas representa un enfoque más adecuado para repensar los espacios de formación, por cuanto complejiza las relaciones naturalizadas y estereotipadas, permitiendo reflexionar sobre la propia posición y acción para construir espacios de transformación con reconocimiento de la diferencia.

La didáctica, como orientadora de un saber hacer pedagógico, se construye desde y con la «reflexión y análisis del proceso de enseñanza-aprendizaje, profundizando en su naturaleza, y en la anticipación y mejora permanente» (Medina, 2002, p. 15). Si bien en ella intervienen la lógica de acción, las cosmovisiones y las creencias arraigadas en la cultura legitimada, las reglas, métodos y técnicas que contemple obedecerán al enfoque que se adopte. De aquí la importancia de un diálogo crítico que permita desarrollar posicionamientos del saber hacer pedagógico con enfoque decolonizador, que llamen a problematizar los modos dominantes de pensar, actuar y relacionarse a fin de orientar las prácticas pedagógicas hacia experiencias más creativas y humanas.

Decolonizar la creatividad: creando y tejiendo saberes

La didáctica crítica apunta a generar estrategias de enseñanza contextualizadas «mediante procesos tendencialmente simétricos de comunicación social, desde el horizonte de una racionalidad emancipadora» (Peleteiro, 2005, p. 53) que cuestiona la folclorización de las manifestaciones de los pueblos originarios. Recogiendo este enfoque, el proyecto de investigación

«Estrategias didácticas del witral desde una perspectiva decolonial para profesoras de Artes Visuales» (20202022)1 se planteó avanzar hacia una propuesta que permita el encuentro de lo creativo con la cultura de un pueblo originario como es el mapuche y con una didáctica decolonizadora. Su objetivo fue comprender cuáles son los factores que facilitan o dificultan el aprendizaje del witral (telar mapuche) y cómo influye este aprendizaje en la mantención o cambio de aquellas nociones centrales que contribuyen a la invisibilización de la cultura mapuche en profesoras de Artes Visuales, desde una perspectiva decolonial.

Participantes del proyecto Fondart N.o 543310. Fuente: Archivo de la autora.

1. Proyecto Fondart N.o 543310 Nacional, línea Artesanía, modalidad Investigación. Responsable: Patricia Raquimán Ortega.

La estrategia didáctica empleada se centró en el proceso de deconstrucción y reconstrucción de una identidad profesional pedagógica que valore el patrimonio y las culturas originarias –en este caso, la mapuche–, a partir de la experiencia creativa del witral. La metodología contempló un diálogo intercultural entre profesoras de Artes Visuales, lectura de textos especializados de la cultura mapuche, diálogo con expertas en textiles mapuches y visionados audiovisuales. En paralelo, las participantes –profesoras de Artes Visuales– y la investigadora principal aprendieron a tejer bajo la guía de tejedoras mapuches, identificando contextos, sentidos, procesos, cosmovisiones y técnicas asociadas al witral. Esta experiencia les permitió distinguir y problematizar nociones de invisibilización estructural de la cultura mapuche (por ejemplo, las nociones de tiempo, productividad, estética, entre otras).

Para que se produzca internalización de una cultura distinta a la propia, se requiere de tiempo, diálogo sistemático, habilidad y disposición de establecer puentes entre ambas culturas. Atendiendo a ello, la experiencia se realizó en el sur de Chile, específicamente en el sector de Molulco, comuna de Melipeuco, bajo el formato de residencia. En el curso de esta, las tejedoras compartieron con las participantes sus enseñanzas, sus historias de vida y las prácticas ancestrales propias de la labor

textil: lavado de lana, escarmenado, hilado, teñido y, por último, el tejido. De esta forma, se buscaba poner en diálogo el conocimiento cultural mapuche y el acto de tejer, lo cual facilitaría la reflexión sobre las formas culturales propias y las ancestrales, permitiendo avanzar en la deconstrucción del propio saber a través de una experiencia creativa.

Experiencia de teñido de lanas (arriba) y tejidos realizados durante la residencia de profesoras de Artes Visuales con tejedoras mapuches (izquierda).

Fuente: Archivo de la autora.

El desarrollo de un encuentro con las tejedoras fue de vital importancia, pues se buscaba que las participantes aprendieran las técnicas ancestrales directamente de sus protagonistas. Para ello, se estableció una relación horizontal de aprendizaje, a través de la cual pudieran compartir no solo conocimientos, sino también saberes (Tuhiwai, 2016). Compartir saberes requiere de un compromiso a largo plazo con las comunidades y las personas: ya no se es un visitante, sino que se comienza a participar en un proceso continuo de construcción compartida, a partir de experiencias, historias, relatos, modelamiento y, sobre todo, valoración de los conocimientos ancestrales (Tuhiwai, 2016).

Este principio se extendió también a las investigadoras, cuya responsabilidad no se limitaba a entregar información, sino que implicaba compartir también las teorías y los análisis que influyen en la estructura y representación de los saberes y conocimientos que circularon durante el proceso de la investigación. Acercarse a la práctica cultural del arte textil mapuche desde esta perspectiva permite, más allá de una mera transmisión de conocimientos técnicos, una auténtica integración de saberes.

Decolonizar la mirada:

una experiencia transformadora

El witral no es solo una técnica productiva para responder a la necesidad de abrigo. Se trata de una manifestación cultural que porta múltiples sentidos ligados a la cosmovisión y la organización social de los pueblos originarios del sur. Los pigmentos de los hilados y los símbolos del tejido aluden a territorios específicos, identifican a la tejedora y a su comunidad de origen, y transmiten creencias, ideas religiosas o marcas de estatus social o político.

La práctica del witral se desarrolla en un contexto vinculado con la vida, la procreación y la conexión que las tejedoras mantienen con la naturaleza y la tierra.

Participantes y contexto en el que se realizó la residencia.

Fuente: Archivo de la autora.

A través de sus creaciones textiles, ellas se transforman en portadoras de cultura.

El oficio se transmite en el ámbito íntimo de las relaciones familiares o de parentesco, donde es habitual que, desde muy pequeñas, las niñas trabajen con una tejedora experta que las acoge como aprendices. El aprendizaje está configurado en distintas etapas. Primero aprenden a hilar, conocer la fibra y su comportamiento. Luego, se trabaja la urdimbre. El diseño del tejido debe estar definido antes de comenzar a tejer –algunas tejedoras manifiestan que lo visualizan en sueños–.

Aprender el witral de las propias tejedoras permite comprender que «sus concepciones ontológicas sobre el ser y la vida son muy distintas del presentismo y del individualismo occidentales» (De Sousa Santos, 2013, p. 21). En este contexto, la experiencia se convierte en una oportunidad de aprendizaje conjunto, donde el ejercicio del tejido va entrelazando relaciones, historias y vidas.

Sin pretender simular de una manera ficticia la experiencia tradicional de transmisión de un oficio, la investigación permitió acercarse a la manera en la que se desarrollan las técnicas textiles en las comunidades mapuches, «como todas las actividades de su vida, en perfecta armonía con la naturaleza. Para todas sus tareas, entre ellas el tejido, debían necesariamente acompañar los ciclos de la vida y las estaciones del

año» (Mastandrea, 2008, p. 14). Las participantes descubrieron, además, que los tiempos del witral no son los del reloj: la inmersión en el desafío cognitivo y corporal que supone el aprendizaje y la práctica del tejido transportan a las tejedoras a otra dimensión temporal, marcada por un ritmo más humano y natural.

Por otra parte, la «descolonización de la mirada» (Rivera, 2018) ofrece una gran herramienta para liberarse de las ataduras impuestas por la cultura dominante. Este enfoque permite reconectarse con la experiencia de tejer desde la memoria, integrando los sentidos corporales y las operaciones mentales que intervienen en el acto creativo, y la relación con la naturaleza, aspectos muy lejanos a los ritmos occidentales.

Esta experiencia situada de aprendizaje del witral en un territorio en armonía con la naturaleza demuestra el potencial transformador de los procesos de creación. También recalca la importancia de incorporar la reflexión acerca de la cosmovisión, historias y contextos que expresa el arte textil mapuche, no solo sus elementos técnicos. Avanzar a una transformación decolonial del conocimiento resulta imprescindible para que se produzca un cambio en la sociedad. Conectarse con procesos creativos que consideren los contextos, historias, territorios y experiencias locales puede ser parte de esa transformación.

Referencias

Césaire, A. (2015). Discurso sobre el colonialismo. Akal.

De Sousa Santos, B. (2013). Descolonizar el saber, reinventar el poder. LOM.

Mastandrea, M. (2008). Telar mapuche de pie sobre la tierra (4.a ed.). Guadal.

Medina, A. (2002). Didáctica general. Prentice Hall.

Peleteiro, I. E. (2005). Pedagogía social y didáctica crítica: Consideraciones para una práctica educativa orientada a los sectores en situación de desventaja y exclusión social. Revista de Investigación, (58), 49-62.

Rivera, S. (2018). Sociología de la imagen: miradas ch’ixi desde la historia andina (2.a reimp.). Tinta Limón.

Stefoni, C., Stang, M. F. y Riedemann, A. (2016). Educación e interculturalidad en Chile: un marco para el análisis. Estudios Internacionales, 48 (185), 153-182.

Tubino, F. (2005). La praxis de la interculturalidad en los Estados nacionales latinoamericanos. Cuadernos Interculturales, 3 (5), 83-96.

Tuhiwai, L. (2016). A descolonizar las metodologías: investigación y pueblos indígenas. LOM.

Vivir en flujo: ciudadanía y pensamiento crítico ante la cultura de la influencia

Tomás Balmaceda es filósofo especializado en filosofía de la tecnología y de la inteligencia artificial. Es cofundador de GIFT (Grupo de Inteligencia Artificial Filosofía y Tecnología) e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas-Sadaf/Conicet. Se desempeña como docente de grado y posgrado en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de San Andrés. También es un destacado autor, columnista e influencer sobre temas referidos a inteligencia artificial y transformación digital. Su último libro es Volver a pensar. Filosofía para desobedientes (Galerna, 2024).

Introducción: el nuevo ecosistema cultural

El paisaje cultural contemporáneo experimenta una transformación profunda, marcada por la intersección entre tecnologías digitales, nuevas formas de concebir los entornos humanos y dinámicas algorítmicas invisibles. Hoy es posible entender la cultura no solo a partir de sus contenidos, instituciones o patrimonios, sino también de los patrones de interacción digital, las respuestas afectivas inmediatas y la arquitectura silenciosa de los algoritmos de recomendación que deciden qué vemos, qué creemos y cómo nos relacionamos.

Pero este no es un escenario inédito. La historia de la cultura ha estado siempre unida al desarrollo tecnológico: desde la invención de la imprenta hasta la irrupción de los smartphones, cada nuevo soporte ha redefinido los modos de producción, circulación y apropiación simbólica. Lo que diferencia al ecosistema actual es su velocidad, escala y ubicuidad. Sin ir más lejos, en los primeros seis años desde su lanzamiento se vendieron 1000 millones de iPhones, y hoy más de

* Este texto nace de la conferencia «Cultura y transformación digital», dictada por el autor durante la jornada del 11 de octubre de 2024.

3500 millones de personas utilizan smartphones –casi la mitad de la población mundial–. Estos dispositivos se han convertido en una metonimia de la vida contemporánea: cámaras, pantallas, micrófonos, GPS y plataformas de socialización integrados en una sola interfaz de un dispositivo portátil que nos acompaña a todos lados en nuestros bolsillos (Pedace et al., 2020).

Nunca antes una tecnología tan reciente había penetrado tan profundamente en la experiencia cotidiana (Balmaceda et al., 2021). Desde la segunda mitad de los años 90, y especialmente a partir del 2020 con la pandemia de COVID-19, se aceleró una digitalización de las relaciones humanas, del trabajo, del entretenimiento y de la subjetividad misma. La expansión de la conectividad, junto con las redes sociales y la inteligencia artificial, ha generado un nuevo entorno cultural regido por la lógica de la exposición, la atención y la predicción algorítmica.

En este contexto, las narrativas, ideas e imágenes que antaño habitaban bibliotecas, galerías o aulas hoy circulan como bits en pantallas retroiluminadas y servidores remotos. Internet se ha convertido en el repositorio simbólico central de nuestra época, y el acceso a la cultura ya no depende solo de la disponibilidad de objetos físicos, sino de la capacidad de navegar en entornos virtuales.

Este nuevo entorno también ha dado lugar a lo que el sociólogo estadounidense Bernard Harcourt (2015) denomina «sociedad de la exposición», donde la existencia digital comienza a ser indistinguible de la vida analógica. Vivimos en una realidad en la que mostrar(se) es condición de existencia y donde la vigilancia –antes vertical, estatal y coercitiva– se vuelve horizontal, distribuida y placentera. Corporaciones, gobiernos, medios y usuarios comunes participan de este entramado que transforma nuestras búsquedas, deseos y vínculos en datos observables y mercantilizables (Coeckelbergh, 2023).

En este sistema, la atención se ha convertido en la mercancía más codiciada. Nunca hubo tantas opciones para entretenerse, informarse o distraerse, y nunca fue tan difícil concentrarse, discernir o detenerse. La economía de la atención describe cómo nuestros recursos cognitivos, finitos y frágiles, se ven forzados a operar bajo presión constante. El miedo a quedarse afuera (lo que se conoce como «FOMO», por sus iniciales en inglés) y la lógica del scroll incesante estructuran nuestra vida cotidiana.

Las redes sociales, junto con la ubicuidad de los dispositivos móviles, han modificado profundamente las relaciones con el Estado y con las empresas, así como la propia privacidad. La descentralización de la producción

de contenido (gracias a que cualquiera puede fotografiar, filmar, comentar o compartir) democratiza el acceso a la expresión, pero también fragmenta los discursos, polariza las opiniones y erosiona los consensos.

Los algoritmos no solo median la experiencia cultural: la moldean activamente. Determinan qué contenidos se ven, cómo se ordenan, qué se vuelve visible y qué permanece oculto. La creatividad, lejos de desarrollarse libremente, se adapta a lógicas de repetición y reproducción de patrones exitosos, lo que deriva en una creciente homogeneización de la producción simbólica.

Así, emerge con fuerza la «cultura de la influencia», una matriz que atraviesa no solo la publicidad o el marketing, sino también la educación, los movimientos sociales, las dinámicas familiares y la comunicación institucional. Esta cultura reconfigura los modos de generar confianza, desplaza a la autoridad vertical por relaciones horizontales de afinidad y convierte el carisma, la autenticidad percibida y la emocionalidad en criterios de legitimidad (Balmaceda, De Paoli y Marenco, 2022).

De hecho, la confianza, tradicionalmente depositada en instituciones como los medios, las universidades o los partidos políticos, se encuentra hoy en crisis (Edelman Trust Institute, 2025). La pandemia acentuó este fenómeno, al producirse lo que la Organización Mundial de la Salud (2020) llamó una «infodemia»: una sobreabun-

dancia de información falsa, contradictoria y emocionalmente intensa.

Frente a este déficit de confianza, las personas comienzan a depositar su fe en desconocidos, figuras percibidas como pares, tales como los influencers (influenciadores digitales) o las comunidades informales que emergen en plataformas colaborativas. La autoridad tradicional, basada en la jerarquía y la experticia, cede paso a la influencia, que se ejerce a través del vínculo, la empatía y la resonancia emocional.

Este ecosistema también redefine el entretenimiento y el ocio. Como advierte el crítico musical estadounidense Ted Gioia (2024), hemos pasado de debatir la oposición entre arte y entretenimiento, propia de los estudios culturales de las décadas de 1980 y 1990, a vivir en una economía de la distracción. La búsqueda de la dopamina, más que la contemplación estética, se ha vuelto el motor cultural, mientras que el aburrimiento, necesario para la creatividad y la reflexión, es evitado a toda costa. Incluso el ocio se ha vuelto productivo: ahora debe generar contenido, acumular likes o ser capitalizable.

Así, este nuevo ecosistema cultural no solo altera las formas de producir y consumir cultura, sino que reconfigura las bases mismas de la experiencia social: qué significa saber, confiar, atender, crear, compartir

y ser. En las próximas secciones, exploraré cómo esta transformación da lugar a fenómenos como la «cultura fake» y por qué la emergencia de la Alfabetización

Mediática e Informacional (o «MIL», por sus siglas en inglés) puede ser una respuesta a los desafíos críticos que enfrentamos como ciudadanos digitales.

La cultura de la influencia

La cultura de la influencia es uno de los rasgos más característicos de la segunda década del siglo XXI. Su emergencia no puede entenderse de forma aislada, sino como resultado de una serie de transformaciones tecnológicas, sociales y culturales que han penetrado transversalmente tanto en la vida cotidiana como en el funcionamiento de empresas, medios y comunidades.

Más que un fenómeno puntual, se trata de una matriz interpretativa que permite comprender con mayor profundidad los cambios en los modos de producir sentido, construir confianza y ejercer poder simbólico en el ecosistema digital actual.

La influencia no es autoridad, ni manipulación, ni simple persuasión. A diferencia de la autoridad tradicional –que se ejerce desde una posición jerárquica reconocida, como lo es un cargo público, un título

académico o una investidura religiosa–, la influencia es una fuerza suave que opera por resonancia, identificación y confianza. No se impone: se adopta. Y no requiere obediencia: necesita atención. Quien influye no lo hace mediante órdenes o reglas, sino mediante la construcción de sentido compartido. Se trata de una forma de poder relacional y dialogal, que se sostiene en la percepción de autenticidad, cercanía y coherencia de quien la ejerce. En este punto, la influencia se aleja también de la manipulación –que traiciona la confianza– y de la persuasión –que convence apelando a razones explícitas–. La influencia, en cambio, se filtra en el vínculo y transforma el comportamiento sin que necesariamente se perciba una presión externa.

Este giro responde a la crisis estructural de confianza que mencionábamos anteriormente. Distintos estudios, como el Barómetro de la Confianza de Edelman (Edelman Trust Institute, 2025), muestran una sostenida desconfianza en actores tradicionales como políticos, periodistas y científicos desde hace un cuarto de siglo.

Lo mismo ocurre con las marcas: el 71 % de las personas declara tener poca fe en que cumplan sus promesas, y el 75 % afirma que muchas podrían desaparecer sin que nadie las extrañase (Edelman Trust Institute, 2025). Este déficit, sin embargo, no ha generado un escepticismo absoluto: las personas han empezado

a depositar su confianza en figuras percibidas como pares, pese a tratarse de «genuinos desconocidos». Plataformas de economía colaborativa como Uber o Airbnb y, sobre todo, los influencers, se han consolidado como nuevas autoridades simbólicas, que inspiran adhesión sin necesidad de legitimación formal.

Para comprender cómo se configura este nuevo tipo de liderazgo, puede resultar útil el modelo de las «4C» que desarrollamos con Miriam de Paoli y Juan Marenco (Balmaceda, De Paoli y Marenco, 2022), el cual sistematiza cuatro dimensiones esenciales del fenómeno de la influencia digital:

• Contenido y curaduría. Los influencers no solo producen contenido; lo seleccionan, lo interpretan y lo adaptan a las lógicas de cada plataforma. Este contenido puede adoptar múltiples formatos (textos, imágenes, videos, newsletters, podcasts, etc.) y rara vez circula en espacios propios. Su valor no radica tanto en la originalidad como en la relevancia y personalización, es decir, en su capacidad para captar la atención de públicos específicos en un entorno saturado de estímulos.

• Creatividad y constancia. La creatividad no se traduce únicamente en ideas nuevas, sino en la habilidad de presentar contenidos que resulten atractivos tanto para las personas como para los algoritmos. Como estos últimos tienden a premiar la repetición de patro-

nes exitosos, los creadores se ven empujados a sostener una frecuencia de publicación que puede tensionar la calidad del contenido. La constancia, en ese sentido, se vuelve tan importante como la inspiración.

• Comunidad y confianza. Un influencer sin comunidad no es más que un emisor solitario. La construcción de comunidad (un proceso lento, frágil y constantemente amenazado) es el núcleo de su poder simbólico. Esa comunidad se funda en la confianza, que, a su vez, depende de la percepción de autenticidad y transparencia. Pero la confianza puede quebrarse con facilidad: basta un error, una omisión o un patrocinio poco claro para activar procesos de «cancelación» que erosionan el vínculo.

• Coherencia y consistencia. La figura del influencer se sostiene sobre una narrativa personal y pública que debe ser coherente en el tiempo y consistente en sus manifestaciones. En la sociedad de la exposición, donde cada acción deja huella, la construcción de la propia imagen se vuelve una forma de trabajo constante. Son «celebridades DIY», es decir, hechas por sí mismas, que no dependen de la industria tradicional, sino de su habilidad para generar una performance creíble y continua.

Pero la cultura de la influencia no se limita al marketing o al entretenimiento: también ha transformado el

activismo, la representación identitaria y el liderazgo político. Movimientos como #NiUnaMenos, #MeToo o Black Lives Matter muestran cómo las plataformas digitales permiten articular luchas colectivas, amplificar voces minorizadas y desafiar estructuras hegemónicas. En estos espacios, lo que algunos definen como «frivolidad» (bailes en Tiktok, memes en Instagram, humor, cuentas sobre cuestiones estéticas) se convierte en un vehículo de subversión simbólica, donde lo íntimo y lo político se entrelazan. La construcción de marca personal, incluso cuando no está orientada al consumo, se vuelve una forma de inserción social. La exposición digital moldea la identidad, define trayectorias profesionales y condiciona la participación cívica. En este marco, incluso aparecen figuras que encarnan una suerte de «antipolítica de la acción directa», donde la transparencia, la eficacia y la cercanía emocional se presentan como alternativas a la lentitud y opacidad del Estado.

Este nuevo escenario tiene implicancias para el liderazgo, la educación y la democracia. En cuanto a la primera dimensión, las organizaciones, tanto públicas como privadas, ya no pueden controlar del todo su narrativa. En la era de la influencia, sus propios empleados pueden ser embajadores (o detractores) en tiempo real. Detectar y acompañar a los «influencers internos»

se vuelve clave para gestionar la comunicación y el clima organizacional.

La cultura de la influencia exige repensar, además, la educación. Educar ya no se trata solo de transmitir contenidos, sino de formar lectores críticos de los medios y de las plataformas. A ello apunta la Alfabetización Mediática e Informacional (MIL), que busca enseñar a identificar estrategias de persuasión, diferenciar publicidad de opinión, evaluar fuentes y comprender el impacto social de los contenidos digitales. Volveré a eso en el cierre del artículo.

En lo que respecta a la democracia, si bien las redes sociales abren espacios de participación inéditos, también pueden contribuir a la polarización, la desinformación y el debilitamiento del debate público. La lógica algorítmica privilegia el conflicto, la brevedad y el impacto emocional, en detrimento de la argumentación. Sin embargo, también habilita formas nuevas de deliberación, organización y acción colectiva.

Repensar la realidad a través del prisma de la influencia no es ni idealizar ni condenar el fenómeno, sino intentar entenderlo en su complejidad. Porque allí donde se juega la atención, también se juega el poder. Y, en esa disputa, el desafío no es solo interpretar el presente, sino participar activamente en su configuración.

«Cultura fake» y economía de la distracción

Uno de los rasgos más inquietantes del ecosistema digital contemporáneo es la erosión del valor epistémico de la verdad. En un entorno mediático marcado por la inmediatez, la saturación y la hiperconectividad, el prestigio de lo verificable ha sido desplazado por el poder de lo viral. La correspondencia con los hechos o la consistencia lógica ya no son condiciones necesarias para que un mensaje circule; lo que garantiza su éxito es su capacidad de provocar una reacción afectiva, de movilizar emociones y de insertarse, aunque sea brevemente, en el flujo vertiginoso de la atención colectiva. Es lo que muchas personas sienten al pasar tanto tiempo entre pantallas: que viven en flujo.

Este fenómeno no es azaroso ni periférico y tiene múltiples causas. Creo que una de las principales es el modelo económico que estructura las plataformas digitales. En este sistema, el objetivo principal no es informar ni formar, sino retener al usuario y capturar su atención por el mayor tiempo posible. Por eso, las plataformas no premian la profundidad ni la precisión, sino la repetición, la intensidad emocional y el diseño adictivo de los contenidos. La desinformación no aparece aquí como una falla del sistema, sino como un efecto colateral funcional a su lógica de monetiza-

ción. El actual auge de las fake news y de los contenidos generados por inteligencia artificial deja en evidencia que estamos inmersos en un entorno donde rige esta economía de la distracción, que sustituye el ideal ilustrado de conocimiento compartido por una lógica de estímulo y reacción.

Gioia (2024) ha formulado una lectura provocadora de este nuevo orden cultural: ya no vivimos, como en el siglo XX, en un mundo que se debate entre el arte y el entretenimiento. Hoy, la categoría dominante es la distracción. La música, las relaciones afectivas, las imágenes e, incluso, el conocimiento han sido reorganizados bajo el imperativo de lo efímero y lo adictivo.

El autor describe esta lógica como una suerte de cadena alimentaria donde el consumo cultural se fragmenta en dosis cada vez más pequeñas, rápidas y dopaminérgicas (Gioia, 2024). Del álbum musical pasamos a la canción suelta y de allí a los clips virales de TikTok. Del matrimonio como institución a los matches fugaces en Tinder. De la contemplación en un museo a la selfie instantánea en Instagram. La experiencia cultural ya no apunta a la inmersión ni a la elaboración simbólica, sino a la producción de estímulos que compitan por captar la atención en milésimas de segundo.

Pero, más que describir un estado de cosas, Gioia (2024) señala la intencionalidad de esta arquitectura:

«Las plataformas tecnológicas no son como los Medici […]. No buscan al próximo Miguel Ángel […]. Buscan crear un mundo de dependientes, porque ellos serán los dealers. La adicción es el objetivo». Bajo esta perspectiva, la «cultura fake» no es una distorsión del sistema, sino su forma dominante: lo que se valora no es la obra, sino su capacidad de generar involucramiento o engagement.

La plataforma china TikTok constituye el epítome de esta transformación. Diseñada para maximizar la retención del usuario, su lógica de funcionamiento (basada en videos breves, reproducción automática y algoritmos hiperpersonalizados) reconfigura radicalmente nuestra relación con el tiempo, la atención y el contenido. En TikTok, cada fragmento audiovisual no busca contar una historia, sino evitar ser ignorado. El criterio no es la calidad ni la relevancia, sino la capacidad de capturar la atención en los primeros tres segundos.

Este paradigma ha contaminado el resto del ecosistema digital: YouTube ha introducido los shorts, Instagram prioriza los reels, y Spotify experimenta con fragmentos audiovisuales. Así, el consumo cultural se vuelve cada vez más inmediato, sorpresivo y fragmentado, y la coherencia narrativa, la exploración estética o la construcción simbólica ceden ante el imperativo del «enganche». Lo preocupante no es únicamente la banalización del contenido, sino la forma en que esta

dinámica reconfigura nuestras prácticas cognitivas y afectivas. Hoy, el sector de mayor crecimiento en la economía cultural no es el arte ni el entretenimiento: es la distracción. Y su materia prima es nuestro tiempo de atención, convertido en mercancía. La irrupción de la inteligencia artificial generativa actúa como un acelerador de las tendencias existentes. Herramientas como ChatGPT, Midjourney, Sora o Veo permiten crear textos, imágenes, voces y videos con un nivel de realismo y velocidad antes inimaginable. Estas tecnologías democratizan la creación, pero también abaratan y expanden la producción de contenido falso, emocionalmente manipulador o, directamente, engañoso. Además de ser muy accesible, la IA generativa es multimodal y se está volviendo ubicua: su uso está promovido por la misma lógica algorítmica que premia lo viral por sobre lo verdadero. Las plataformas no sancionan el contenido falso; al contrario, lo impulsan si logra captar emociones. Y los usuarios no priorizan la veracidad, sino la intensidad de la experiencia. Así, las emociones, y no los hechos, se convierten en criterio principal de circulación.

Esto no significa que la inteligencia artificial sea, en sí misma, peligrosa. Pero sí nos obliga a repensar los marcos culturales, éticos y epistémicos a través de los cuales interpretamos la información y su legitimidad.

La pregunta no es solo cómo distinguir lo verdadero, sino por qué seguimos queriendo hacerlo en un mundo donde la distinción entre realidad y simulacro se vuelve cada vez más difusa.

Sociedad de la exposición y subjetividad algorítmica

En el corazón del ecosistema digital contemporáneo se encuentra una paradoja inquietante: al tiempo que reclamamos autonomía, libertad y autenticidad, nos entregamos de forma voluntaria a una exposición constante que redefine nuestra subjetividad. Esta nueva configuración, que podríamos denominar «subjetividad algorítmica», emerge de la confluencia entre la visibilidad compulsiva, la vigilancia distribuida y la delegación creciente de decisiones a sistemas automáticos. Vivimos en una sociedad de la exposición, donde mostrarse se vuelve imperativo y donde el sujeto deviene dato.

Para Harcourt (2015), creador del concepto de «sociedad de la exposición», este nuevo régimen escapa al modelo clásico de vigilancia vertical descrito por el filósofo francés Michel Foucault: ya no se trata de ser observados desde una torre, sino de ofrecernos espontáneamente al escrutinio de todos, a cambio de servicios,

validación social o una mera sensación de pertenencia.

En lugar del ciudadano vigilado, ahora emerge el usuario que se expone por su propia voluntad. Y esta exposición no es inocente ni gratuita: cada interacción, cada clic, cada fotografía o texto compartido alimenta una economía de datos personales que es procesada por plataformas privadas cuyo interés central no es el bienestar colectivo, sino el lucro y el control. El sujeto contemporáneo, en lugar de oponerse a esta lógica, la internaliza como parte de su vida cotidiana, hasta el punto de normalizar la idea de que «si no sos visible, no existís».

Las redes sociales, en este sentido, no son simples herramientas de comunicación, sino dispositivos antropotécnicos que modelan la conducta, las emociones y las relaciones, organizando la vida social según lógicas algorítmicas. La subjetividad ya no se construye únicamente en el contacto con los otros, sino también en el espejo de las métricas: vistas, likes, shares. El yo se vuelve cuantificable, comparable y, sobre todo, capitalizable por el sistema.

En este contexto, construir la identidad digital se convierte en una interminable tarea de curaduría personal, bajo el imperativo de «ser uno mismo», pero de forma visible, atractiva y performativa. La identidad se deriva de una narrativa iterativa, moldeada por la exposición continua y condicionada por los estándares

de la plataforma. Paradójicamente, el yo de las redes es poscosmético (porque celebra las imperfecciones como signo de autenticidad), a la vez que profundamente normativo (porque penaliza todo aquello que no se ajuste a lo aceptable). Este régimen genera una tensión estructural entre la pluralidad del yo y la exigencia de coherencia: se espera que seamos genuinos, pero también consistentes; espontáneos, pero legibles; singulares, pero comercializables. La identidad deja de ser una exploración para convertirse en una marca personal, donde cada decisión, desde una opinión política hasta una selfie, es una apuesta reputacional a la espera de aprobación.

El resultado de este sistema no es emancipación, sino ansiedad. La subjetividad algorítmica está marcada por la autoobservación constante, por el miedo a equivocarse públicamente, por la necesidad de actualizar el perfil como quien actualiza una versión de software. Lo íntimo se vuelve público, y lo público exige una exposición continua.

También el deseo es modelado por los algoritmos en esta sociedad de la exposición. Ya no deseamos libremente, sino según trayectorias sugeridas, predichas y reforzadas por plataformas que conocen nuestros hábitos mejor que nosotros mismos. La experiencia del deseo, que solía ser exploratoria y abierta, se

ha transformado en una rutina diseñada: el siguiente video, la siguiente cuenta, el siguiente producto. Esta lógica genera una suerte de depresión hedonista, una vida organizada en torno al placer inmediato, pero que carece de dirección, sentido o plenitud. La constante búsqueda de gratificación nos deja exhaustos, incapaces de sostener la atención o de tolerar el aburrimiento. La promesa de libertad ofrecida por la hiperconectividad deviene narcosis emocional, un scroll infinito que reemplaza la acción por la ilusión de estar siempre haciendo algo.

En este escenario, los influencers encarnan el ideal de visibilidad exitosamente alcanzada. Su popularidad se basa en una exposición controlada de lo íntimo, una domesticación del yo en clave estética y comercial. Sin ser figuras excepcionales, representan modelos a los que aspiran millones de jóvenes, para quienes la visibilidad es sinónimo de existencia. Pero esta dinámica plantea tensiones profundas, sobre todo en relación con la infancia y la adolescencia. Los niños crecen hoy en entornos hiperobservados, donde su privacidad es administrada por otros (padres, instituciones, plataformas) y su derecho a no ser vistos se diluye frente al mandato de exposición. En algunos casos, incluso la identidad digital se les impone antes de que puedan construirla conscientemente.

Esta situación exige una reflexión ética urgente.

¿Qué implica crecer en un entorno donde cada gesto puede ser grabado, etiquetado y viralizado? ¿Cómo se protege la formación de la subjetividad en un contexto donde lo visible es más importante que lo vivenciado? Frente a estas preguntas, el derecho a no ser observado, a mantener una zona de sombra, a equivocarse sin consecuencias públicas, a experimentar sin ser evaluado, se vuelve una reivindicación crítica.

La MIL como respuesta práctica al caos informacional

En el contexto actual, marcado por la sobreabundancia de datos, la desinformación emocional y la fragmentación algorítmica, la Alfabetización Mediática e Informacional o MIL emerge como una de las respuestas más urgentes y potentes para reconstruir el sentido, la autonomía y la ciudadanía crítica. Pero para que esté a la altura de este desafío, es necesario despojarla de su carácter meramente técnico y comprenderla como un marco epistémico y ético, que interroga profundamente nuestras formas de conocer, comunicar y vivir en sociedad. Reducir la MIL a un conjunto de habilidades prácticas –como verificar fuentes, identificar fake news

o «usar bien internet»– es insuficiente. La crisis que enfrentamos es más honda: es una crisis de sentido, de autoridad y de orientación frente al saber. En este escenario, la MIL no es una herramienta más del repertorio escolar o institucional, sino una práctica filosófica, una forma de resistencia cognitiva frente a un ecosistema que privilegia la velocidad, la espectacularidad y el sesgo. Desde esta perspectiva epistémica, representa una invitación a recuperar el pensamiento crítico, a contrastar versiones, identificar sesgos, preguntar por las fuentes y desconfiar de la comodidad de nuestras propias burbujas informativas. Pero también es una práctica ética. No basta con detectar información falsa o tendenciosa. Importa qué hacemos con ella, cómo la compartimos, cómo la discutimos y qué consecuencias tienen nuestras acciones para el ecosistema público.

La alfabetización informacional, en este sentido, no se limita a lo cognitivo. Es también una forma de actuar en el mundo, de asumir responsabilidades colectivas sobre la información que producimos, difundimos y consumimos. En la cultura de la influencia, los contenidos más exitosos no son los más rigurosos ni los más útiles, sino los que logran conmover, entretener o escandalizar en pocos segundos. En este entorno, la autoridad tradicional cede su lugar a la legitimidad emocional de figuras que conectan afectivamente con

sus audiencias, sin necesariamente sostener sus mensajes en argumentos sólidos o en evidencia verificable. Frente a esta dinámica, la MIL adquiere una dimensión liberadora. Se convierte en una estrategia para desenganchar la atención del dictado algorítmico, para restaurar la capacidad de detenerse, elegir, discernir. En lugar de ser arrastrados por un flujo continuo de estímulos diseñados para maximizar la dopamina, lo que se busca es cultivar la pausa, la distancia reflexiva y la pregunta incómoda. Ser alfabetizado mediáticamente hoy significa comprender la lógica de la persuasión digital, reconocer cuándo se nos está manipulando emocionalmente y aprender a diferenciar entre un mensaje genuino y una performance diseñada para viralizarse. Pero también implica preguntarse por la posición desde la que se habla: ¿quién habla? ¿Para quién? ¿Con qué intereses? El objetivo no es, claro, producir jóvenes escépticos ni ciudadanos paranoicos. Se busca formar personas conscientes de los medios que moldean su percepción del mundo y capaces de construir comunidad, empatía y criterio propio incluso en medio de la saturación. De hecho, uno de los aportes más necesarios de la MIL en este momento histórico es el desarrollo de una alfabetización algorítmica y emocional: dos dimensiones que, lejos de ser accesorias, se entrelazan en la experiencia digital cotidiana.

Por un lado, la alfabetización algorítmica permite comprender cómo operan las plataformas, cómo se recolectan y procesan nuestros datos, qué es un sistema de recomendación, por qué ciertos contenidos nos aparecen y otros no. No se trata de formar programadores, sino de recuperar agencia en un entorno donde buena parte de nuestras decisiones –lo que leemos, compramos, votamos o deseamos– está mediada por estructuras invisibles que no comprendemos ni controlamos.

Por otro lado, la alfabetización emocional enseña a reconocer que nuestros afectos y nuestra atención son bienes codiciados, explotados por un mercado que compite por nuestras reacciones. En una época donde los contenidos están diseñados para provocar indignación, ternura, miedo o deseo, aprender a identificar las emociones que un mensaje despierta y con qué propósito lo hace se vuelve una práctica de higiene mental y de resistencia cultural.

Ambas dimensiones deben enseñarse y practicarse en los espacios donde se construye la ciudadanía: escuelas, medios, plataformas, políticas públicas, comunidad. Pero, para eso, la MIL debe salir del aula y convertirse en parte del sentido común compartido, en una brújula para navegar un entorno donde el poder ya no es solo económico o político, sino también y centralmente informacional.

Ciudadanía crítica en la era de la influencia

El recorrido por la cultura digital contemporánea revela un ecosistema complejo, donde las lógicas de la influencia, la distracción y la exposición han reconfigurado las bases de la experiencia social. En este trabajo he intentado mostrar cómo el modelo de autoridad jerárquica tradicional ha dado paso en el siglo XXI a uno de influencia horizontal, donde la confianza se deposita en pares y la autenticidad percibida se convierte en capital. Simultáneamente, la emergencia de una economía de la atención enfocada en monetizar nuestros recursos cognitivos ha sido una de las causas de la cultura fake, que privilegia el estímulo dopaminérgico sobre la verdad. En la sociedad de la exposición, nuestra identidad se vuelve una marca personal bajo el escrutinio constante de un panóptico invertido, dando forma a una subjetividad algorítmica moldeada por métricas y sistemas de recomendación.

Frente a este escenario de caos informacional y fragmentación, la Alfabetización Mediática e Informacional emerge como una respuesta fundamental. Sin embargo, su potencial no reside en un conjunto de habilidades técnicas para verificar datos, sino en su concepción como una práctica filosófica, ética y

política. La MIL debe ser un marco para desenganchar la atención del dictado algorítmico, cultivar la pausa reflexiva y desarrollar una alfabetización tanto algorítmica como emocional. Formar ciudadanos críticos hoy implica enseñar a leer no solo los contenidos, sino las plataformas mismas, comprendiendo la arquitectura invisible que moldea nuestra percepción del mundo. En última instancia, el desafío no es simplemente adaptarnos a la tecnología, sino participar activamente en su configuración, asumiendo la responsabilidad colectiva de decidir cómo queremos saber, confiar y convivir en un mundo irrevocablemente digital.

Referencias

Balmaceda, T., De Paoli, M. y Marenco, J. (2022). Cultura de la influencia: la fuerza suave que está moldeando una nueva sociedad. Marea Editorial.

Balmaceda, T., Pedace, K., Lawler, D., Pérez, D. y Zeller, M. (2021). Pensar la tecnología digital con perspectiva de género. https://proyectoguia.lat/wp-content/uploads/2022/06/ perspectiva-generoV6.pdf

Coeckelbergh, M. (2023). La filosofía política de la inteligencia artificial: una introducción. Ediciones Cátedra. Edelman Trust Institute. (2025). Edelman Trust Barometer: 2012-2025. https://www.edelman.com/trust/2025/ trust-barometer

Gioia, T. (18 de febrero de 2024). The state of the culture. The Honest Broker. https://www.honest-broker.com/p/ the-state-of-the-culture-2024?hide_intro_popup=true

Harcourt, B. E. (2015). Exposed: Desire and disobedience in the digital age. Harvard University Press.

Organización Mundial de la Salud. (2020). Enfermedad por el coronavirus (COVID-19). https://www.who.int/es/ health-topics/coronavirus#tab=tab_1

Pedace, K., Balmaceda, T., Lawler, D., Pérez, D. y Zeller, M. (2020). Caja de Herramientas Humanísticas para IA. https://proyectoguia.lat/wp-content/uploads/2020/05/ Caja-de-herramientas-Humanistas.pdf

EXPERIENCIAS DEL PROGRAMA PUNTOS DE CULTURA

COMUNITARIA

Los Puntos de Cultura Comunitaria (PCC) son un programa del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio que aporta y potencia el desarrollo de las prácticas socioculturales sostenidas por organizaciones de base comunitaria. La iniciativa contempla el reconocimiento de estas agrupaciones a través de su registro y el fortalecimiento de su organización mediante la entrega de financiamiento y asistencia técnica para su gestión, crecimiento, sostenibilidad y desarrollo en redes. Las comunidades son productoras de conocimiento, economía y vida en común: son cultura viva y en transformación.

A continuación, presentamos cuatro casos que demuestran cómo la cultura puede contribuir, de forma concreta, al desarrollo sostenible1.

1. Las fichas fueron elaboradas a partir de la información consignada en el formulario de postulación al programa y en el Registro de Agentes Culturales.

I / Fundación Semillita Sagrada

«Somos un puente entre la ciudad y nuestra comunidad»

Datos de contexto

Región

Comuna

Localidad

Objetivo

Área o disciplina

Tipo de actividad que declara

Alcance de sus actividades

Participación comunitaria

Tarapacá

Iquique

Chanavayita

Rescatar la herencia cultural inmaterial de nuestro territorio y poner en valor el modo de vida de las mujeres y hombres del mar a través de talleres para niños, niñas, adolescentes y mujeres, principalmente en la caleta Chanavayita.

• Gestión cultural comunitaria

• Patrimonio cultural inmaterial

• Patrimonio arqueológico histórico

• Educación y formación artística, cultural o patrimonial

• Activación cultural comunitaria

• Revitalización cultural

• Local o barrial

• Comunal

La organización está conformada y gestionada por personas de la comunidad local, quienes mantienen un diagnóstico de sus necesidades.

La Fundación Semillita Sagrada nació el año 2018, cuando el matrimonio compuesto por Luis Araya, buzo oriundo de la caleta Caramucho (aledaña a Chanavayita), y Judith Seymour, ingeniera agrícola proveniente de Santiago, llegó a vivir a Chanavayita. Allí decidieron organizar actividades en la playa para los/as niños/as compañeros/as de curso de sus hijas y, de esa forma, contribuir en su educación. Ese impulso dio lugar a diversos talleres, que realizan en su propia casa o bien en la Junta de Vecinos de Chanavayita si la convocatoria sobrepasa las 50 personas.

El año 2020, durante la pandemia de COVID-19, se vincularon al Programa Red Cultura y, con ello, a la red de trabajo de las Organizaciones Culturales Comunitarias (OCC). Luego, en 2022 formalizaron su actividad constituyéndose en fundación, la que se validó como PCC el año siguiente. En 2024 se adjudicaron financiamiento para fortalecer su plan de trabajo, lo que les permitió realizar un estudio arqueológico en el que participó la comunidad de Chanavayita. El estudio tuvo como resultado lo que el Museo Regional de Iquique ha calificado como uno de los más importantes hallazgos en la zona en 60 años: el Complejo Arqueológico de Arte Rupestre Monumental Geoglifos de Alto Chanavayita.

A futuro quisieran gestionar un terreno para montar una escuela que funcione como after school donde educar sobre el valioso hallazgo recientemente efectuado y la necesidad de proteger el patrimonio cultural de la caleta.

Citas de interés:

«Nosotros queremos hacer un rescate patrimonial de esta cultura viva, porque, la verdad, somos chinchorros, somos kamanchacos modernos, vivimos de la misma manera, vivimos en la misma zona, nos alimentamos de lo mismo, buceamos de la misma manera. Entonces, la idea es recuperar todo ese tipo de cultura local».

«[Queremos] enseñar sobre patrimonio, sobre los cuidados del lugar, sobre talleres, y pensamos ocupar la iconografía que encontramos, que es muy hermosa, para que la gente pueda ocuparla también en algo turístico que sea como la marca de Chanavayita».

II / Aldea Intercultural Lawan

«Somos una cultura viva, no somos una cultura de museo»

Datos de contexto

Región

Comuna

Objetivo

Área o disciplina

Los Ríos

Mariquina

Dar a conocer la cultura mapuche williche mediante encuentros educativos, culturales y artísticos, traspasando la sabiduría ancestral a las nuevas generaciones, empoderando a la comunidad sobre el cuidado de la biodiversidad y fomentando un cruce entre las nuevas creaciones y las tradiciones.

• Gestión cultural

• Patrimonio cultural indígena

• Patrimonio natural

Tipo de actividad que declara

Alcance de sus actividades

Participación comunitaria

• Revitalización cultural

• Educación y formación artística, cultural o patrimonial

• Participación cultural comunitaria

• Comunal

• Regional

La organización está conformada por personas de la comunidad, mantiene un diagnóstico de las necesidades comunitarias, y su gestión es realizada entre las personas de la comunidad.

La Aldea Intercultural Lawan es una reserva biológica y cultural mapuche williche emplazada en el territorio ancestral de la familia Huaiquimilla. Su objetivo es dar a conocer la cultura mapuche y articular a los diferentes actores del territorio de una manera inclusiva. La Aldea se creó el año 2010, cuando don Víctor Huaiquimilla decidió volver a su tierra de origen, retomar el proyecto de su padre de preservar el patrimonio cultural y natural de su pueblo, y abrir el terreno para toda la comunidad. El año 2012, mismo año en que falleció el abuelo, realizaron la primera actividad artística con la comunidad a propósito del proyecto de título de la hija cineasta, Claudia Huaiquimilla. Así surgió «San Juan la noche más larga», cortometraje de ficción filmado en la Aldea con la participación de los y las vecinas de Mariquina. El cortometraje recibió varios premios en festivales nacionales.

Desde 2022 la Aldea participa de la Mesa Regional de Organizaciones Culturales Comunitarias de la Región de Los Ríos y, el año 2023, se validó como PCC, lo que le permitió obtener financiamiento para fortalecer su plan de trabajo.

Citas de interés:

«Muchos de los abuelos fueron maltratados, lo que hizo que se perdiera gran parte de la cultura, y la cultura está súper asociada al territorio. Se hizo un trabajo súper importante de revitalización de la cultura mapuche desde un impulso familiar, que luego fue congregando a la comunidad».

«Somos una cultura viva, no una cultura de museo. Eso se habla mucho en la aldea. No somos estáticos, estamos en crecimiento. Por ejemplo, hay un énfasis especial en trabajar con mujeres en este territorio. El año pasado se hizo el encuentro nacional de líderes mujeres de los pueblos originarios aquí en la aldea».

«Creo que ahora, como Punto de Cultura, hemos logrado establecer que uno de nuestros objetivos es la revitalización de nuestra cultura. Que esto que ha pasado de nuestro abuelo a mi padre y ahora a mí siga, que exista un proceso de continuidad en esto que está súper ligado, como decía mi mamá y mi papá, al territorio. Entonces, parte por resguardar este espacio, abrirlo y generar este orgullo de ser mapuche… creo que es lo que me transmitieron a mí».

III / Colectivo de Madereros de Puerto Tortel

«Rescatando la tradición maderera en la Patagonia»

Datos de contexto

Región Comuna

Objetivo

Área o disciplina

Tipo de actividad que declara

Alcance de sus actividades

Participación comunitaria

Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo

Tortel

Contribuir al reconocimiento y valoración de la identidad maderera de Tortel

• Artesanía

• Patrimonio cultural inmaterial

• Artes visuales

• Creación, interpretación o diseño de obras, bienes y servicios

• Educación y formación artística, cultural o patrimonial

• Puesta en valor

• Regional

• Comunal

La organización desarrolla actividades dirigidas a la comunidad, pudiendo estar dirigidas a uno o más tipos de públicos. La organización realiza diagnósticos y consultas para orientar sus actividades hacia los intereses de la comunidad.

El Colectivo de Madereros de Puerto Tortel surgió en el corazón de la Región de Aysén, un territorio conocido por su geografía aislada y su fuerte dependencia de la madera. Las raíces de esta organización se hunden en una tradición maderera que ha pasado de generación en generación. A lo largo de los años, el colectivo ha trabajado en estrecha colaboración con la comunidad para preservar y revitalizar el uso de la madera en la construcción, la escultura y la carpintería.

El origen del Colectivo se remonta al año 2001, cuando uno de los integrantes talló la primera escultura pública en Tortel. Este evento fue crucial para la comunidad, ya que transformó la percepción del uso de la madera en la localidad. En 2023, el Colectivo de Madereros de Puerto Tortel fue oficialmente reconocido como PCC, lo que le permitió acceder a financiamiento y consolidar su estructura organizativa. Este paso fue fundamental para formalizar las actividades que habían realizado de manera orgánica durante más de dos décadas.

Citas de interés:

«El año pasado, Lázaro hizo un taller de mueblería, y eso fue bien interesante porque fueron casi puras mujeres, lo que se da muy poco en este tipo de talleres acá en Tortel. Las chicas construyeron muebles para sus hijos, como para ordenar su casa, y una de ellas hizo unas tablas de madera porque tiene un negocio de comida. Entonces, en el fondo hizo las tablas pensando en que las iba a ocupar para potenciar su negocio».

«[Tortel] tiene mucha madera y de muy buena calidad. Por lo mismo, la gente lo ve como algo que está, como algo que no tiene mucho valor. Pero, al poder transformar una pieza que se ve vieja, cepillarla, trabajarla, hacer un mueble y que ese mueble quede bonito, con un acabado bonito, y darse cuenta de que no necesitan del retail y que lo pueden hacer con los materiales que están acá, creo que uno ataca varias cosas a la vez. Tal vez eso tiene que ver con la economía solidaria».

IV / Club Deportivo Las Vizcachas

«Nuestro objetivo es hacer comunidad»

Datos de contexto

Región Comuna

Objetivo

Área o disciplina

Arica y Parinacota

Tipo de actividad que declara

Alcance de sus actividades Participación comunitaria

Arica

Promover en el territorio espacios artísticos, culturales, recreativos y deportivos que contribuyan a la cohesión de los tejidos sociales.

• Artes circenses

• Teatro

• Música

• Educación y formación artística, cultural o patrimonial

• Activación social y comunitaria

• Local o barrial

• Comunal

La organización está conformada por personas de la comunidad, mantiene un diagnóstico de las necesidades comunitarias, y su gestión es realizada entre las personas de la comunidad.

El Club Deportivo Social y Cultural Las Vizcachas es una organización surgida en la población Las Vizcachas, a partir de la necesidad de la juventud de la comunidad de contar con espacios recreativos y deportivos. Desde su creación en 2018, el Deportivo ha buscado no solo fomentar la práctica del fútbol, sino también crear un entorno de inclusión y desarrollo social para niños/as, adolescentes, jóvenes y adultos/ as. A través de sus actividades, se promueve la participación comunitaria y el fortalecimiento de la identidad local.

El Deportivo Las Vizcachas ha crecido como un espacio autogestionado donde el fútbol y las artes se entrelazan, creando una comunidad unida y activa. Esta iniciativa, que comenzó en 2018, busca no solo fomentar la actividad física, sino también ofrecer alternativas artísticas a niños/as y jóvenes del barrio. A partir de 2019, la organización se amplió al crear la Escuela Popular de Arte, que, sin financiamiento inicial, comenzó a ofrecer talleres de circo y guitarra para niños y niñas que no jugaban fútbol, pero tenían las mismas necesidades de espacios para crear, jugar y compartir.

La búsqueda de financiamiento ha sido un proceso continuo. La validación como PCC y la postulación a fondos del Gobierno han permitido mantener y expandir las actividades de la escuela. La selección

de profesores se ha basado en su compromiso y experiencia en el trabajo comunitario, asegurando que compartan una visión común sobre el valor del arte en la cohesión social.

Citas de interés:

«Los chicos vieron que ellos, a través de la organización, podían llamar un poco más la atención de la autoridad, de la comunidad en general, y demostrar que con organización se puede lograr cosas».

«Estamos tratando de formar una especie de consejo consultivo para los niños, para generar diálogo con autoridades y mostrar un poquito la voz de los niños en el territorio, porque nosotros sentimos y vemos que están muy muy invisibilizados. De hecho, a nosotros nos da mucha pena cuando vemos las canchas de alrededor todas arrendadas con juegos inflables para cumpleaños, y los niños no tienen dónde jugar».

«Nosotros no estamos formando artistas. Ahora, si nace alguno (que ya tenemos tres jóvenes que aprendieron a tocar guitarra con nosotros, y hoy día están tratando de formar un grupo), bien, pero no es nuestro fin. Nuestro fin es que, a través del arte, a través del teatro y de la música, la gente salga de sus casas y forme comunidad. Yo creo que eso es lo relevante para nosotros».

Este libro se terminó de imprimir en octubre de 2025, en los talleres de Serprint, Santiago de Chile. La portada y el interior están impresos a 2 tintas, en papel estucado mate para las tapas y papel hilado para el interior.

Se utilizaron las tipografías Arche Grotesk y Nikola para portada e interior.

Esta publicación recoge el proceso y las voces del Seminario Internacional «Cultura como bien público», realizado en Santiago el 10 y 11 de octubre de 2024. El encuentro fue organizado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio –a través de su Departamento de Estudios y del programa Puntos de Cultura Comunitaria– junto al Centro Cultural La Moneda.

El programa contempló paneles y conferencias donde destacados invitados del ámbito de las humanidades, las políticas públicas y la gestión de organizaciones compartieron experiencias y reflexiones. Sus intervenciones reafirman que la cultura comunitaria constituye un bien público esencial, capaz de incidir en la vida social, fortalecer la cohesión y proyectar horizontes comunes.

Más que un registro, estas páginas son una invitación a reconocer el impacto de las prácticas culturales que nacen en los territorios, a reflexionar sobre sus vínculos con otros ámbitos de lo social y a situar la cultura como un pilar para el desarrollo sostenible.

Centro Cultural La Moneda recibe financiamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

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