
I.S.B.N.: 978-956-12-3722-3
1ª edición: agosto de 2023
2ª reimpresión: diciembre de 2023
©2023 del texto, por Bárbara Espejo Torrico.
©2023 de las ilustraciones, por Gabriela María Mercedes Germain Fonck.
Inscripción 2023-A-7924
©2023 de la presente edición por Empresa Editora Zig-Zag S.A.
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Impreso en China.

Para Aníbal, Manuel y Salvador, dragones de mi jardín.
B.E.

Le dio un abrazo, besos por todos lados y le dijo:
–Vuelvo en un rato, Salvador. Voy a trabajar.
Su cara iluminada de besos de pronto se volvió una sola sombra y pareció rodar cuesta abajo en un puchero.
Mientras Salvador veía a su mamá salir de la pieza, bajar la escalera y cerrar la puerta, se preguntó:
“¿Qué trabajo? ¿No soy yo su trabajo? Las mamás trabajan de mamás, ¿o no?”.


Caminó lento hasta el jardín y se sentó en un peldaño. Apoyó los codos en sus rodillas y dejó caer la cabeza entre sus manos. Entonces escuchó: “Cri cri… cri cri…”. Era un grillo. Su mamá le había dicho que daban buena suerte y que si veía uno le podía pedir un deseo. Lo buscó y le pidió que su mamá volviera pronto.


–Mi mamá también trabaja –le dijo el grillo.
–Si sé. Te cuida, te da comida, te hace dormir, te baña –contestó Salvador.

–¡Nooo! Mi mamá es cantante de ópera. En el teatro maquilla su cara oscurísima, como la noche cuando ya es muy tarde. Se estira las antenas, así, hasta apuntar muy lejos. Sale al escenario y canta y canta, y el público no para de aplaudir. Cuando vuelve a la casa entona canciones para mí con sus patitas hasta que me duermo y sueño que soy un arpa o un timbal.

Alguien más escuchaba la conversación del grillo con Salvador. Curiosas como son, sin pedir permiso, la chinita interrumpió:
–A todos les gusta mi vestido, ¿cierto? Yo sé que sí. Siempre me dicen: “ese rojo tan brillante y esos puntitos tan oscuros”. Algunos se fijan en el forro de tul que cruje debajo y que se infla como un paracaídas cuando aterrizo. Bueno, mi mamá me lo hizo. Mi mamá diseña los vestidos de todas las chinitas. Ninguno es igual a otro. No todos son rojos, claro que no, hay amarillos y naranjos. Incluso negros hay. Cada vez que se anuncia el nacimiento de una nueva chinita, mi mamá le hace un vestido a medida para que vaya creciendo junto con ella y no le incomode al volar.



–A propósito de volar –dijo un saltamontes que cayó de un brinco justo sobre la rodilla de Salvador–, las mamás tienen que entrenar antes de que sus crías nazcan. Todas tienen que correr. Rápido. Por si las moscas. Pero mejor si saltan también. Antes de que yo naciera mi mamá entrenó tanto que se convirtió en saltarina experta. Competía. Ganaba. A veces también perdía. Pero nunca dejó de saltar. Tiene una escuela de atletismo para saltamontes donde enseña salto largo, alto y con obstáculos. Yo no soy tan bueno como ella, pero después de cada entrenamiento me dice que llegaré lejos. No sé si se refiere a mis saltos o a qué.

–A tus saltos –precisó bostezando una luciérnaga–. Mi mamá se llama Nikolina, en honor a Nikola Tesla. Él era un señor con bigotes, que de tanto soñar con la luz terminó fabricándola. Mi mamá tiene un laboratorio donde guarda arcoíris y chispitas y reflejos y pedazos de relámpago, y hace unas mezclas increíbles para que las luciérnagas estemos toda la noche iluminadas.


–¡Sí que iluminan! –comentó la araña dando cuatro aplausos al mismo tiempo con sus ocho patas–. A veces incluso ayudan a mi mamá a hacer su espectáculo. Es trapecista, pende de sus hilos y cuando termina las piruetas, se deja caer en su propia red –explicó la araña con dramatismo.



Y la mariposa, que aleteaba sobre una flor, agregó:
–¡Es cierto! Y después aparece mi mamá con un plié, un promenade y, si está el matapiojos, también un pas de deux. Es bailarina, ¿sabías? –le aclaró la mariposa, con una vocecita suavemente presumida, parada en punta de pie sobre la nariz de Salvador.

La miró fijo mientras se preguntaba por qué nunca se había enterado de tan fantástico espectáculo, cuando un zumbido lo distrajo. Era un zancudo que aleteaba a toda velocidad mientras decía, con rapidez de trabalenguas:
–Mi mamá es enfermera, ustedes lo saben, claro que sí. Todos aquí conocen la suavidad de sus patas, ni se dan cuenta cuando ya están vacunados, deberías probar alguna vez –le sugirió a Salvador antes de desaparecer como un meteorito diminuto.


Mucho más abajo, arrastrándose por la terraza, venía un caracol muy chiquitito silbando una canción junto a una hormiga. La estela del caracol se iba borrando con el sol a medida que avanzaban.

–¿De qué hablan? –preguntó, siempre cansado, el caracol.
–De nuestras mamás –le aclaró Salvador–, que trabajan en otras cosas además de ser mamás, ¿sabías?
–¡¿Que si sabía?! Por supuesto que lo sé. Yo incluso ayudo a mi mamá a veces. Es artista, pinta pastelones, piedrecitas y jardines completos con su arrastrar tornasol.
También interviene hojas con diseños imposibles y cuando los demás las ven tan hermosamente agujereadas exclaman sorprendidos. Es amiga de la mamá de ella –dijo señalando a la hormiga con uno de sus cachitos.


–Sí, sí –dijo la hormiga, que era ronca y seria–. Se conocieron estudiando arquitectura. Mi mamá es la encargada de los subterráneos de nuestro hormiguero y también diseña nuestras despensas. Sin ella, ¿dónde guardaríamos lo que conseguimos en los pícnics olvidados?


La hormiga tenía razón. Salvador las había visto desfilar cargando migas de galletas y restos de fruta, y se había preguntado siempre hacia dónde irían. Ahora lo sabía. Lo que no sabía era lo que le contó la abeja que apareció de pronto lamiéndose las patas pegoteadas de miel.


–Mi mamá es reina.
–Mi mamá también –contestó Salvador.
–Pero mi mamá es reina de verdad –insistió la abeja.
–La mía también –siguió Salvador.
–Bueno, pero la mía tiene corona y séquitos. Todos, todos, todos salimos cada día de la colmena a trabajar, menos ella, porque es la reina. Su trabajo es liderar desde su trono. Nos ayuda y nos da ideas para que todo salga bien, pero no tiene que salir. Nunca. Y dice que eso es muy aburrido.
Ahora sí que Salvador tenía mucho en qué pensar.

Había pasado la tarde y ya casi se escondía el sol, cuando volvió su mamá. Salvador salió a buscarla corriendo, se colgó de ella y se llenaron de besos.

Entonces se dio cuenta de que ¡finalmente había entendido! Su mamá era una reina que salía a trabajar, porque lo que más le gustaba... era volver.
