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Un diamante que hiere por amor

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PLIEGO

Un diamante que hiere por amor n 1975, Vida Nueva (con Martín Descalzo a la cabeza) convocó su primer concurso de pliegos y premió el que titulé “Dar la palabra a los pobres. Don Milani, un profeta de nuestro tiempo”. Habían pasado sólo ocho años de la muerte del cura y maestro de Barbiana, Lorenzo Milani (1923-1967), a sus 44 de edad, por una rara leucemia. Acaban de cumplirse ya 40, y el cardenal arzobispo de Florencia, Antonelli, ha subido hasta Barbiana para decir que “la Iglesia florentina reconoce públicamente la grandeza y la autenticidad de este sacerdote suyo. Y da gracias a Dios por este diamante transparente y duro, como lo definió su confesor y padre espiritual: un diamante afilado con que herirse y herir; pero sólo por amor a Dios, a los pobres y a la Iglesia”. La prensa italiana que llamaba “el cura incómodo” a este sacerdote, desterrado por sus superiores a una diminuta aldea de montaña, atestigua que se ha convertido en un clásico, un punto de referencia en la sociedad y en la Iglesia para cuestiones hoy tan vivas, como la cultura de masas, la escuela, la obediencia, la paz, la pastoral de la Iglesia… Y, además, que no era tan irónica la broma de “un día le harán santo”. Aunque él, para evitarse una santidad póstuma, decía –con ironía toscana– que había que decir muchas palabrotas. Nuestro mejor homenaje, ahora que la Iglesia no se ha quedado atrás en su aniversario, es dar a conocer su profético artículo de 1959, lleno de amor a la Iglesia, que él no vio publicado. Salió en L’Espresso el 19.5.1968. Respondía a Nicola Pistelli, joven líder de la Acción Católica y director del semanario de la izquierda democristiana Politica.

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HONORES POSTUMOS DE LA IGLESIA

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El cardenal Piovanelli, distante –como casi todos– mientras vivía su antiguo compañero de seminario, no ha cesado últimamente de elogiar la hondura


cristiana y sacerdotal de su antiguo compañero: “Le teníamos por un exagerado, pero hay que serlo para ser un buen cristiano”. El cardenal Martini ya presidió en 1983 un congreso en Milán para estudiar su aportación pastoral. Y el que fuera secretario de Juan XXIII, monseñor Loris Capovilla, ha escrito recientemente: “Es un signo de los tiempos. Su breve estancia terrenal no se cierra en el arco biográfico de su nacimiento y su muerte; lo supera y obliga a contemporáneos y posteriores a revisarlo todo”. La revista jesuítica La Civiltà Cattolica, que congeló todas las alabanzas a su libro de Experiencias pastorales (1958), ha vuelto ahora sobre sus pasos (n. 3775, 2007): “Sacerdote profético y de larga visión, fue combatido por su afán de estar por encima de las divisiones políticas e ideológicas que dañaban la Italia de la segunda posguerra, mientras era incomprendido como un hombre deslumbrado por la utopía evangélica, que él quiso realizar en la Iglesia optando por los últimos”. Ya se sabe, el inconveniente de los profetas es tener razón antes de tiempo.

LOS SANTOS SON ELLOS Él, en cambio, subía literalmente a los altares a los pequeños y pobres alumnos de su escuela parroquial. Caso único en la historia de la pedagogía. No que los discípulos hagan santo al maestro, sino al revés. En el lateral derecho de la iglesita de Barbiana todavía se puede rezar a santo Scolaro; un luminoso monjecillo de vidrios de colores, cuyo rostro tapa su libro de estudio. Pequeños monjes a juzgar por la austeridad de su vida diaria. Sin más alternativa que trabajo y escuela. Una sirve de recreo al otro, y viceversa. Nadie se acuerda de estos chavales cuando come queso o se viste con la lana de sus ovejas. Erich Fromm quiso escribir la biografía de este “último obediente del siglo XX”, capaz de advertir a los jueces de que la obediencia ya no es una virtud, sino la más sutil de las tentaciones. Pero la vida que tiene interés –le respondió Milani– es la de mis alumnos. La conciencia y la dignidad de los pobres (y de todos) frente a la tiranía de cualquier poder político, económico,

hicieron Fioroni y el lingüista Tullio de Mauro. También del otro lado, la Moratti y la entonces presidenta del Congreso, I. Pivetti, adversarias de la reforma escolar de la izquierda de L. Berlinguer. También Veltroni, anterior alcalde de Roma, y Bertinotti, ex presidente de la Cámara de Diputados; peregrino a Barbiana tras su nombramiento, dijo: “Italia está en deuda con él”. Si la Carta a una maestra se ha traducido a todos los idiomas posibles, es porque todavía está pendiente. (En España se han hecho, al menos, 15 ediciones; las cinco últimas en PPC).

SIN DUALISMOS

‘Santo Scolaro’, el monjecillo de la iglesia de Barbiana

mediático, incluso religioso, fue el rompeolas profético de su lección vital. De ahí su cotización simultánea en dos mundos distintos, el laico y el religioso. Y, sin embargo, no hay dos facetas alternas en la misma persona, sino –como en el Evangelio– un mismo diamante estimable por todos: perfora las rocas y cautiva su brillo. Nadie ignora que era un cura; y nadie, que denunció el racismo oculto en una supuesta igualdad democrática sobre diferencias culturales abismales. Por eso la escuela –¡otra escuela!– era para él como un octavo sacramento, y no un vivero de selectividad al servicio del sálvese quien pueda, ni una cloaca de propaganda empresarial, que ofende a los fracasados y daña a Pierino, el hijo del doctor, un egoísta con buenas notas, al que nadie abre los ojos.

HONORES DE ESTADO Algunos homenajes de la clase política italiana con motivo de su aniversario resultan sospechosos; ni Berlusconi se abstuvo. Provienen, sobre todo, del Ministerio de Instrucción Pública. Si quieren arreglar sus escuelas enfermas –había dicho Milani divertido– tendrá que subir hasta Barbiana desde el primer bedel al último ministro. Y lo

El mayor error sería alabar ahora a Milani como el gran maestro y defensor de los pobres; sin asumir que su luz nos desenmascara a todos. Que no se trata de ejercer la caridad, sino de comprender nuestra implicación contra los pobres. Él no pretendía arreglar el mundo, sino salvar la coherencia de la Iglesia con el Evangelio, uncida, en cambio, al mismo carro con el vencedor. Le parecía una burla alimentar la parroquia con devociones populares y actividades recreativas. Se abusa de la inferioridad cultural de los pobres: ayer analfabetismo, hoy colonización de las conciencias por la industria mediática. Milani adelantó esa crítica a los años 50. No impresiona su entrega a los pobres por amor de Dios, sino su encuentro con Él entre ellos: os he querido más a vosotros que a Dios –escribió a sus chicos en el testamento–, pero espero que Él no esté atento a estas sutilezas y lo haya escrito todo a su cuenta.

EL PRETEXTO DE SU CARTA A LOS LAICOS CATOLICOS Lorenzo Milani, de rica y culta familia no practicante y madre judía, se convirtió a los 20 años y entró en el seminario florentino. Tras su ordenación en 1947, fue destinado como coadjutor a Calenzano, un pueblo cercano de la textil Prato y de Florencia, en plena transición agrícola-industrial. Los compromisos de la Iglesia italiana con el partido democristiano (mayoría absoluta en el 48) alejaban de la Iglesia

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PLIEGO a los pobres. Milani se entregó de lleno a la escuela parroquial nocturna para jóvenes obreros y campesinos: os diré la verdad, favorezca o no a mi Empresa, les dijo; y “dejaba hablar y discutir a los comunistas y a todos”. La ignorancia civil de sus parroquianos escandalizaba al joven sacerdote: como padre no puede permitir que sus hijos vivan en niveles humanos tan distantes y, a veces, inhumanos… y, como evangelizador, no puede quedarse indiferente frente al muro que la ignorancia humana interpone entre su predicación y los pobres. Pero el clero circundante no comprendió su postura y, al morir su párroco, fue destinado a Barbiana, una aldea perdida, casi sin habitantes. Al día siguiente de llegar, diciembre 1954, se fue al ayuntamiento a comprar su tumba en el mínimo cementerio de Barbiana y, por la tarde, a reunir a los zagales para iniciar su escuela. “Algo habrá hecho cuando nos le mandan”, decían los montañeses del contorno, sabedores de las carencias del sitio: ni agua corriente, ni luz, ni teléfono, ni carretera. No protestó. Sin esta premisa fundamental de estar en el lugar en el que nos han puesto las circunstancias y no en el que uno ha elegido –escribió a su madre– no es posible situar religiosamente nada. En Barbiana terminó el libro de las Experiencias pastorales que le costaron el exilio: un verdadero tratado de teología pastoral [BAC, Madrid 2004].

UN MURO DE PAPEL Y DE INCIENSO [APRISIONA A LOS OBISPOS]1 Barbiana, 8-8-1959

Querido Nicola: La opinión pública atribuye a los católicos de derechas el extraño privilegio de que parecen siempre los viajeros más seguros, firmemente asidos a la roca de la Iglesia. Vosotros, en cambio, los de zona peligrosa, al borde del precipicio. Las cosas no son tan simples. La senda que conduce a la Verdad es estrecha y con precipicios a ambos lados. Existen herejías de izquierdas y herejías de derechas. El hecho de que algún cardenal importante tienda hacia las herejías de derechas no le concede patente de ortodoxia. Estamos en la Iglesia precisamente para sentirnos encauzados por sus raíles, que nos impiden desviarnos hacia fuera y hacia dentro. Tales raíles no los forman las entrevistas del cardenal Ruffini2 al periódico de la Fiat3, sino que están en el Catecismo Diocesano, y para llevárselos a casa bastan 75 liras. Desde ahí ya sabes con precisión lo que puedes decir y lo que no. Todo lo que no está prohibido está permitido, y créeme que no es poco. Por lo demás, si te quedara algún escrúpulo, aún tienes en la Iglesia otro motivo de serenidad, que ella está viva y está ahí precisamente para requerirnos con sus decretos siempre que haga falta (he dicho con sus decretos, no con artículos de los cardenales periodistas). Si la Iglesia no pudiera darnos esta tranquilidad, realmente no merecería la pena estar con ella. Podríamos ir a tientas por lo oscuro de la libertad, como los alejados. Ante esto no me explico cómo vosotros, los católicos de izquierdas, sois todavía tan tímidos frente a los cardenales. Puede que os falte perspectiva teológica.

[Criticar es lícito] Por ejemplo: los otros se permiten miraros de arriba abajo porque usáis la crítica. Un arma que ellos consideran profana e indigna de católicos. Pero, si pruebas a decir en la confesión: “Padre, he discrepado del artículo del cardenal Ottaviani”, el confesor se ríe divertido en tu cara, como se reiría ante un niño que no se sabe la doctrina: “¿Y dónde has leído tú que haya que aceptar como buenas las opiniones de cada purpurado? ¡Donde no hay ley no puede haber violación de la ley, ni siquiera venial!”. Por lo demás, en este terreno vuestros acusadores no se andan con remilgos. Se lanzaban contra el cardenal de Florencia4 por ponerse a favor de los despedidos de la fábrica Galileo5. Y hasta los animaba otro cardenal con una frase que se hizo famosa por lo vulgar y qualunquista6 (cardenal Ottaviani: “comunistillos de sacristía”7). Con que, por lo menos, exigid un trato equivalente. Sois hijos devotos de la Iglesia vosotros y ellos, aunque discrepantes, ellos de un cardenal y vosotros de otro. Sois hijos devotos de la Iglesia porque la infalibilidad no se ha salido de los términos precisos del Concilio Vaticano [I], los que aprende mi Pierino en el catecismo diocesano (clase V, capítulo X, pregunta 17). Así que, por ahora, la infalibilidad no cubre con su manto a todos y cada uno de los 75 cardenales, a los 281 obispos italianos, a los 5 padres [jesuitas] del consejo de redacción de La Civiltà Cattolica, etc. ¡Venga! tomémoslo a risa, porque, si no, nos amargamos inútilmente. La austeridad del Dogma en que creemos y por el que, si Dios nos da su gracia, estamos dispuestos aun al martirio, les gustaría estirarla como una tripa para cubrir cuanto les conviene a ellos y, luego, arrojárnosla a la cara por sospechosos de herejía. El catecismo dice que el Papa es infalible. Hereje es quien lo niega y hereje es quien extiende a otros esta cualidad. Y ya no veo razón para atribuir más dignidad a la herejía por exceso que por defecto. Luego católico es quien recuerda que los cardenales y los obispos son criaturas falibles. Hereje, quien muestra hacia ellos un respeto que traspasa los límites de nuestro Credo. En todo caso, si hubiera que hacer alguna distinción, habría que decir que, entre las dos tendencias, igualmente heréticas, la herejía por exceso tiene el agravante de ser un obstáculo para el retorno de los alejados. Uno puede acercarse a la Iglesia si ella, con rigor dogmático, le pide al neófito sólo lo que tiene derecho a pedirle. No a una Iglesia en la que haya que someterse cada día a las opiniones personales y al humor de cada cardenal. Nosotros no dejaremos la Iglesia, porque no podemos vivir sin sus sacramentos ni su enseñanza. De ella aceptaremos cualquier humillación hasta, si fuere necesario, arrodillarnos ante Gedda8, caudillo de Italia, pero nos lo tendrá que decir el Papa con un acto solemne que nos comprometa en el Dogma. No el periódico de la Fiat. Y hasta aquel día viviremos alegres en nuestra libertad de cristianos. Criticaremos a obispos y a cardenales serenamente, ya que en las leyes de la Iglesia no está escrito que no se pueda hacer. Lo peor que puede pasarnos será el ataque de hermanos pequeños con armas pequeñas, de ésas que cortan la carrera. Pero no son armas que corten la Gracia ni la comunión con la Iglesia. El resto, mejor no contarlo.

[La crítica es un deber]

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Y ahora demos un paso más; ya hemos demostrado que la crítica a los cardenales y a los obispos es lícita; digamos ahora que es un deber: un preciso deber de piedad filial. Y hasta un noble deber, precisamente porque cumplirlo cuesta caro. Criticaremos a nuestros obispos porque queremos su bien. Queremos su bien, es decir, que se hagan mejores, más informados, más serios, más humildes. Ningún obispo puede vanagloriarse de no tener nada que aprender. Lo necesita como todos nosotros. Tal vez más que nosotros, por su mayor responsabilidad y por el aislamiento a que le obliga su propio cargo.


Y no es ninguna soberbia querer enseñar al obispo, porque cada uno tratará de hablarle de lo que tiene experiencia directa y él no. El último párroco de montaña conoce a su propio pueblo y el obispo ese pueblo no lo conoce. El último zagal de pastor podría aportar datos sobre la condición obrera como para estremecer, no ya a un obispo, sino a diez. El último lego de la Certosa [cartuja florentina] puede tener más relación con Dios que el ocupadísimo obispo. Y, a su vez, el obispo tiene un campo en el que puede tratarnos a todos como a escolares. El sacramento que lleva y los que puede dar. En este campo no podemos presentarnos a él más que de rodillas. En todos los demás nos presentaremos de pie. Alguna vez, hasta sentados y en cátedras más altas que la suya. Ésas en que Dios nos ha puesto a nosotros y no a él. El último de nosotros tiene, al menos, una de esas cátedras y, al obispo ante él, como un colegial. Y créeme, a veces ¡hay necesidad urgente de tratarle así! ¿Acaso no es como un niño un cardenal que nos pone de ejemplo edificante un régimen como el español? Ni siquiera hay que enfadarse con él, sino decirle buenamente que no se salga de su campo específico, que no trate de enseñarnos cosas sobre las que no tiene competencia alguna. No la tiene de hecho ni de derecho. Que vuelva a hablar de ello cuando haya estudiado mejor la historia, visto más cosas, meditado más a fondo; cuando Dios mismo le dé gracia de estado para ello. O mejor, que no vuelva a hablar de eso. No es de él de quien esperamos conocer el nivel de vida de los obreros españoles. Son datos que pedimos a los técnicos. A él no le apreciamos en este terreno. Más bien le hemos experimentado como hombre poco informado y poco serio. Leamos ahora otro episodio. Lo he encontrado en una revista seria, da detalles y está firmado, así que no tengo motivos para pensar que sea un invento: “En un compartimento de primera clase del rápido Roma-Ancona que sale de Roma a las 16:37, el 3 de octubre de 1958 iban sentados un obispo y otros dos religiosos con él. El asiento junto al obispo estaba ocupado por una cartera. Un viajero sin asiento ha preguntado correctamente, dos veces por lo menos, si el puesto estaba ocupado y los religiosos han respondido que sí. No era verdad. Era una ocupación abusiva con la única finalidad de dejar más cómodo al obispo. El revisor prefería hacer la denuncia, pero el viajero sin asiento, pro bono pacis, le ha rogado dejarlo estar y la cosa acabó ahí” (Il Ponte, 14, 1958, p. 1350). ¿Te parece inverosímil? A mí no. Estamos otra vez ante un muchacho. El otro pretendía enseñar cosas que todavía no conoce. Éste roba 3.450 liras, lo arregla con una mentira y, a pesar de todo, no se da cuenta de haber pecado. Al contrario, está convencido de que con una aureola de 50 centímetros de respeto a la derecha y a la izquierda de su trasero honra el Carácter Sagrado de su persona. Ha vivido medio siglo de historia y ya ha llegado a votar Democracia Cristiana, pero todavía no sabe que democracia es igualdad de derechos. Ha nacido cien años después de la Revolución Francesa y aún no se ha enterado de que aquella simiente ha florecido, que ha transformado a nuestras ex-ovejas, no sólo ya las ha convertido en no-ovejas, sino en ciudadanos: gente que quiere enterarse y quiere convencerse. Y, sin embargo, toda esta lección de la historia, que él no ha aprendido, es lección de Dios, porque es Dios quien dibuja la historia para nuestra corrección y mejora. Y lo han entendido hasta muchos laicos católicos. Los que, por ejemplo, han estado durante trece años en el poder en Italia y no se les ha pasado por la imaginación incluir en el reglamento ferroviario privilegios para los obispos. No lo han hecho, porque ya se han habituado a un sentimiento más elevado e interior de la dignidad episcopal. Tanto más elevada cuanto más próxima y, tanto más pequeña, cuanto más pretenda un pedestal que la historia ya le ha negado. ¿Y el de Bolonia, que pone de luto durante un mes a todas las iglesias de la diócesis? ¡Por un hecho como el de Prato!9 Y el mismo de Prato ¡compararse a sí mismo con los mártires chinos! ¿Acaso no son todos ellos hombres que han perdido el sentido de las proporciones? Pero ¿a quién le puede suceder esta inmensa desgracia, sino a quien ya no tiene al lado a la mamá que, llegado el momento, sepa darle un cachete; o bien, a quien le faltan cerca hijos valientes capaces de decirle a la cara lo que la gente dice de él? Pues ya ves que no es resquemor contra los obispos lo que se necesita, sino contra nosotros mismos, hijos cobardes y egoístas que amamos más nuestra paz que el bien de nuestro padre y el de nuestra Iglesia10.

[La desgracia de los obispos] Así que detengámonos un poco en examen de conciencia. ¿Cómo iban esos infelices a saber algo sobre el mundo que les rodea y sobre ellos mismos? ¿Hay alguien que les corrija? ¿Hemos intentado alguna vez hablarles francamente, como hablaríamos a nuestro hijo cogido en falta? Pues no, hay que confesarlo; ninguno de nosotros se ha preocupado de educar a su obispo. Y si tantos obispos se vuelven así como los vemos, se1. El texto no vio la luz hasta mayo de 1968 y le han dedicado estudios detallados, entre otros, el filólogo Giacomo Devoto, “La lettera” (La Nazione 13.6.1968) y el profesor de Historia de la Iglesia de la Facultad de Teología de Italia Meridional, S. Tanzarella (Gli anni difficili, Trapani 2007). De la reciente edición crítica en Segno 292 (2008) 117-127 tomo las entradillas. 2. Ernesto Ruffini (1888-1967) fue arzobispo de Palermo desde 1945. 3. Se refiere a una entrevista del periodista F. Rosso al Cardenal Ruffini en La Stampa de Turín el 22.5.59, en la que decía: “Los periodistas habláis poco de España; yo diría que tratáis de ignorarla a propósito. Y, sin embargo, tenerla como amiga podría sernos una ayuda valiosísima contra el comunismo… Durante mi viaje a España he pedido que me presentaran al general Franco para agradecerle cuanto ha hecho”. 4. Se trata del Cardenal Dalla Costa, cuya causa de beatificación está en curso. 5. La empresa anunció el despido de 988 obreros en noviembre de 1958, la fábrica fue ocupada e intervino duramente la policía el 27.1.1959. Se movilizó la entera ciudad de Florencia y hubo una comunicación de apoyo del Cardenal, hasta la reducción de los despidos en abril del 59.

N O T A S

6. Expresa el nombre de un partido populista surgido para las elecciones de la Constituyente en 1946: Fronte dell’Uomo Qualunque. 7. Alusión velada al famoso alcalde florentino Giorgio La Pira, también en proceso de beatificación, solidario con los obreros y la povera gente en un artículo de Ottaviani, “Videre Petrum”, Il Quotidiano 25.1.1959. 8. Luigi Gedda, con el apoyo de parte de la Jerarquía, influyó mucho en la política italiana desde la Acción Católica y sus comités cívicos, en contraste con De Gasperi y su partido democristiano, respetuosos de la laicidad constitucional. 9. Tuvo mucha resonancia en 1956 que el obispo de Prato, monseñor Fiordelli, fuera condenado por el Tribunal de Florencia a 40.000 liras de multa por difamación de dos esposos prateses a los que definió como “públicos concubinos”, porque se habían casado sólo por lo civil. En protesta contra la sentencia, el arzobispo de Bolonia, cardenal Lercaro, ordenó un mes de luto en su diócesis. 10. L’Espresso omitió esta frase clave en la primera publicación del texto en 1968. 11. En aquella época recorría así Italia la imagen de la Virgen de Fátima. 12. Revista mensual florentina de inspiración socialista.

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PLIEGO Cementerio de Barbiana

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Tengo la soberbia convicción de que la carga de explosivo que he amontonado en estos cinco años no dejarán de explotar bajo el trasero de mis vencedores, al menos durante 50 años. Ahora se cumple medio siglo exacto de su publicación en 1958, con el nihil obstat del santo cardenal Dalla Costa y un largo prefacio del arzobispo de Camerino, monseñor D’Avack. Pero el Santo Oficio lo retiró de las librerías “por inoportuno”. La soledad eclesial de Milani en Barbiana se acentuó. Jamás se rebeló. Nadie se atrevió a publicar su carta-artículo a Nicola Pistelli de 1959, recién convocado el Vaticano II. Después, cuando en 1965 unos curas castrenses ofendieron en la prensa a los objetores de conciencia llamándoles “cobardes y ajenos al mandamiento cristiano del amor”, don Milani reapareció de nuevo: si tenéis el derecho de dividir el mundo en italianos y extranjeros, os diré que en ese sentido yo no tengo patria y reclamo el derecho de dividir el mundo en desheredados y oprimidos de una parte, privilegiados y opresores, de la otra. Unos son mi patria, los otros, mis extranjeros. Le costó un proceso por “apología de delito” y su Carta a los jueces es muy famosa. El cardenal Florit le prohibió publicar ya nada sin su permiso.

guros de sí mismos, sabidillos, soberbios, ignorantes, enfants gâtés, ¿cómo vamos a querer su mal, nosotros, que no hemos hecho nada por tenderles una mano ni por devolverlos al mundo actual, a la humildad cristiana y a una justa jerarquía de valores? Y acaso su ser así ¿no es para la Iglesia un mal mucho mayor que la turbación que puedan causar las críticas a algún pusilánime? ¿Qué es preferible, mantener en alto el pedestal, con la ilusión de cubrir como se pueda la vaciedad de los obispos; o derribar el pedestal y obtener, mediante un poco de crítica, obispos capaces de no decir tonterías y, además, resplandecientes de humildad, virtud cristiana y, por lo tanto, que en absoluto desdice de un obispo? ¡La vida de un obispo! Yo sé poco de ella, pero puedo imaginármela porque conozco algún sacerdote importante, algún alto militar y algún director médico de hospital. Paralelo al aumento de importancia, el aumento de aislamiento. Ante él las opiniones se van haciendo cada vez más prudentes y cerradas. Por ejemplo, quien pensaba que el Papa iba a medias con la patronal [la Confindustria] se lo decía con escarnio impertinente al seminarista indefenso. Ya de una forma más atenuada e indirecta se lo decía al joven coadjutor. Sólo de lejos se lo decía al párroco del pueblo, todavía padre cercano, pero ya personaje de autoridad. No se lo decía ni por asomo al monseñor párroco de ciudad, amigo de un montón de personas influyentes y, hasta él mismo, más poderoso que el jefe de la oficina municipal de empleo. Jamás se lo dirá a su obispo, que viene de visita una vez cada cinco años y al que sólo se le puede ir a ver, tras mucha sala de espera, en un salón imponente e imponente él mismo por edad, cargo y Gracia. Entonces, cuando va ese obispo por la calle y ve las pintadas irrespetuosas contra el Papa (si las ve) no tiene elementos para juzgar si son obra de agitadores ajenos, sin eco en el corazón de los obreros, o si, al contrario, son la íntima convicción de muchos, alimentada por errores nuestros, que debemos corregir. El obispo que organiza un acto mariano con helicópteros, no tiene forma de valorar si esta clase de devoción irrita o conmueve11. Va de visita y no encuentra sino católicos o comunistas disfrazados de católicos. Siempre gente que no le critica ni se permite enseñarle nada. Lo digo sin rencor. Somos todos iguales. A mí me pasa igual nueve de cada diez veces. No te dan ganas de decir al obispo lo que uno piensa. Es más cómodo tratarle con los habituales dorados guantes de mentira, que nos permiten, a él y a nosotros, vivir sin disgustos. Y mientras tanto, él crece, madura, envejece, sin crecer ni madurar ni envejecer. Pasa por el mundo sin tocarlo. Ni lo bastante alto para ser iluminado desde el cielo. Ni lo bastante bajo para ensuciarse la ropa o aprender algo. Comete errores pueriles, entiende de todo, juzga la historia, la política, la economía, las luchas sindicales, el pueblo, con la beatífica inconsciencia de un niño, con la inocente arrogancia de un general de la armada o de un campesino de la sierra. Es, de hecho, como un general de la armada o un campesino de la sierra, un hombre al que nadie da clases. Un infeliz. Tanto más infeliz porque, mientras tanto, hasta los laicos católicos han abierto algo los ojos. A ellos el muro de incienso no los protegía de los mordiscos de la historia. ¡Qué trágico e injusto resulta que el Pastor se haya quedado detrás de las ovejas! ¿Cómo no vamos a reaccionar ante este hecho absurdo? ¿Por respeto? Callar no es respeto. Es encogerse de hombros al ver a unos infelices que no saben vivir, a gente en el mar que no sabe nadar. Desinteresarse del prójimo es egoísmo. Desinteresarse de la educación de los hermanos que tienen en su mano tanta parte en el bien de la Iglesia ¡es desinteresarse de la Iglesia! Mejor irrespetuosos, que indiferentes ante un hecho tan serio. Por lo tanto, aquel viajero hizo bien en provocar y publicar el incidente. Pobre apestado que difunde la peste del anticlericalismo, (cuando dice la verdad) sirve más a nuestra Iglesia que a la suya. Y habría que agradecérselo, o mejor, aventajarle y ser más capaces de examinar nuestra conciencia que él, que la examina con malicia. ¡Cuánto me gustaría saber darle a este artículo un tono tan dolorido que ningún malintencionado pudiera decir que sigo las huellas de los enemigos de la Iglesia! ¡Cómo me gustaría mostrar que la misma noticia idéntica y escrita con las misma palabras, cuando aparece en Il Ponte12, tiene una malicia destructiva y, cuando está en nuestros labios, es amor apasionado por la Iglesia en la que vivimos y de la que no nos hemos separado ni siquiera en pruebas durísimas; una Iglesia que deseamos mejor, no destruida. ¿Qué otro interés, sino el del cielo, nos va a poner de su parte, con los papeles que nos ha hecho representar? ¿Cómo sospechar de nuestros actos?

[Educar informando] Pero volvamos a la educación de los obispos. Tras la crítica, la mejor educación posible es informarles. ¿De dónde crees que le llegan a un obispo las informaciones? ¿Crees que tiene aposta un servicio de tele-redactores conectado con el Vaticano y del Vaticano con el mundo entero? No lo tiene. ¿Acaso un hilo de comunicación directa con el Espíritu Santo? No lo tiene ni el Papa. El Espíritu le asiste, pero no le informa. ¿Te imaginas al Espíritu haciendo la competencia a la agencia ANSA13? Así que los hechos de crónica y de historia el obispo los oye contar, los lee en los periódicos, los escucha por la radio. Son criaturas, criaturas falibles, a menudo criaturas maliciosas, las que día tras día tienen el honor de formar el pensamiento del obispo. ¡Qué horror! ¿Y nosotros tenemos que callarnos? Callar ¿por qué? ¿Son ellos más guapos que los demás? También por respeto. ¿Qué clase de respeto es ver el engaño de nuestro padre, día tras día traído y llevado por los amos de la prensa y del mundo, y seguir ahí en humilde silencio dejándolo correr? Cuando se oye al cardenal Ruffini alabar el régimen español, dan ganas de decirle que un dictador sanguinario o un gobernante incapaz hace más daño a la Iglesia cuando la protege que cuando la combate. Y, sin embargo, no hace falta decir estas cosas a un cardenal. Sabe los principios, conoce el Evangelio. No son buenas ideas lo que necesita. Las inventaría por sí mismo sin que nadie se las sugiriera, si hubiera visto ciertos he-


chos. O bien, si los hubiera sabido con tal precisión e insistencia que fuese como verlos. Ante la necesidad cualquier hombre resulta un inventor, como Robinson en la isla. Y la necesidad de una solución ideológica satisfactoria la crea el corazón cuando ve el sufrimiento. Un cardenal (mientras no se demuestre lo contrario) se supone en buena fe, honesto, bueno y horrorizado ante la sangre. Si su mente no busca cuáles son los errores de fondo del régimen español, es señal de que sus ojos no estaban presentes en ninguno de los hechos inhumanos que, vistos de cerca, bastan para que el corazón tome partido definitivamente. En el austero silencio de la biblioteca de un convento de dominicos, donde no entra ni el llanto de las esposas ni la alegría de los niños, bien se puede lucubrar sobre la licitud de la pena de muerte, los derechos del príncipe y la supremacía del bien común. Pero en el patio de una cárcel española, cuando el fuerte, el vencedor, mata al débil, al vencido; cuando, sólo con mirar su rostro, la víctima no se manifiesta como un delincuente común, sino como una creatura elevada que antepone el bien de su prójimo al suyo propio. O bien, fuera de las rejas, donde el griterío de madres, esposas e hijos transforma incluso al delincuente común en hijo, marido y padre, es decir, en quien quisiéramos que viva y no que muera, entonces nos gustaría que las conclusiones de la biblioteca acabaran de otra manera; entonces se regresa a los textos con un deseo distinto en el corazón y, al cabo de una hora, el mecanismo de los silogismos ha cocido la solución justa. Esto sabría hacerlo y hasta se apresuraría a hacerlo también el cardenal Ruffini; estoy seguro. Pero el cardenal, en el patio de la cárcel de Barcelona el día del Congreso Eucarístico, no estaba14. Ni tampoco estaba el corresponsal especial del muro de papel que le rodea. El corresponsal estaba unos pocos pasos más allá en la misma Barcelona ese mismo día. Estaba fotografiando al general Franco de rodillas en un reclinatorio de terciopelo rojo ante cien mil fieles súbditos, mientras leía la consagración de España al Sagrado Corazón15. La fotografía del pío rey-sacerdote de rodillas estaba allí, enorme, sobre el muro de papel que rodea al cardenal Ruffini. Y no estábamos ninguno de nosotros allí a su lado para rasgar el muro de papel para ver escrito tan grande, al menos, como la otra noticia: “El general Franco no ha escuchado siquiera el telegrama del Papa a favor de los once sindicalistas de Barcelona y se ha atrevido a ejecutarlos precisamente el mismo día del Congreso”16. Estoy suscrito al Giornale del Mattino. Estoy suscrito también a un semanario católico francés17. Sin el segundo no me habría enterado jamás de lo que hace la policía francesa. Y no es que la noticia no esté, sino que se da de pasada, sin relieve, en forma dubitativa y sin detalles. Lo justo para no enterarse. O bien para enterarse, pero sin concederle su lugar. Enterarse, sin tomar partido. En la revista católica francesa la misma noticia se remacha todas las semanas a toda página y a menudo se oye incluso el testimonio directo de los torturados. Y no sólo cosas dolorosas, sino también vulgares: “Enculer al torturado, mearle en la cara, hacerle probar la merde française, pasarle alta tensión por los cojones, etc.” (Témoignage Chrétien, 26-6-59, pp. 3 y 5)18. Cuatro frases que no leeremos nunca en un periódico católico italiano. Hay quien se alegra de ello porque las considera soeces. Yo, en cambio, siento una gran tristeza por pertenecer a una Iglesia cuyas publicaciones no dan jamás a las cosas su verdadero nombre. La urbanidad, ley mundana, se erige como ley moral en la Iglesia de Cristo. Quien dice cojones va al infierno. Pero quien no lo dice y les pone un electrodo, quien no lo dice y no persigue a los policías que se manchan con semejantes atrocidades y, sin embargo, persigue el libro que las relata (La Grangréne, Ed. de Minuit, 1959)19, viene de visita a Italia y la urbanidad quiere que se le reciba con una sonrisa20. El presidente [del Congreso] Leone ha amonestado a un diputado: “No me parece oportuno hablar mal de un Estado precisamente cuando su jefe se encuentra en esta misma ciudad” (sesión del 25-6-1959). A mí, en cambio, no me parece oportuno estrechar la mano a De Gaulle, sin decirle esto a la cara. Me daría miedo que el hijo de un torturado viera en los periódicos mi fotografía junto a De Gaulle, tal vez en el momento de darle la mano con la sonrisa estúpida y beatífica de las fotografías oficiales. Me aterraría que se grabara en sus ojos mi rostro para reconocerme el día en que, por casualidad, me viera en un púlpito de una iglesia misionera de África. La urbanidad de los periódicos católicos italianos en un artículo como éste suprimiría el nombre de los cardenales y de los obispos, suprimiría los datos precisos del tren Roma-Ancona, suprimiría los detalles sobre la tortura parisina, es decir, quitaría todo lo que convence y se graba. Y también nos escamotearía la frase de aquel musulmán torturado: “Había oído que esa tortura te deja impotente y la idea de ya tener un hijo me reconfortaba”. 13. Principal agencia italiana de información. 14. El Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona se había celebrado en 1952 (27 de mayo a 1 de junio). Tuvo enorme resonancia mundial y también en Italia por lo que supuso de nuevo espaldarazo de la Iglesia al franquismo. El Concordato con la Santa Sede se firmó un año después (27.8.1953). 15. Tal vez confunde la consagración de España al Sagrado Corazón, el 30 de mayo de 1919, con la leída por Franco el 1 de junio, a Jesús Sacramentado. Cf. “Del congreso eucarístico”, Sal Terrae, 40 (1952), 495-520. 16. En el Camp de la Bota de Barcelona sabemos del fusilamiento de cinco anarquistas dos meses antes del Congreso Eucarístico. El arzobispo de Toulouse, sede de muchos exiliados españoles, amenazó con no trasladarse a Barcelona si persistían las ejecuciones. También hubo un numeroso indulto, agradecido por el obispo de Barcelona, Modrego Casaus, en su pastoral posterior al Congreso; cf. Ecclesia 595 (6.12.1952) 623. 17. Impresiona el afán de don Milani por la información, sabiéndole en Barbiana lejos de alguna biblioteca y sin carretera ni luz ni teléfono ni un servicio postal plenamente regular. 18. “Conviene recordar los secuestros sufridos en aquella época, a cargo del ministro de Interior, M. Bourgès-Maunoury, por esa prensa francesa (Express, France-Observateur,

N O T A S

France Nouvelle, Témoignage Chrétien) libre y valiente en la denuncia de las atrocidades ejercidas en Argelia por la policía y el ejército francés”. S. Tanzarella, o.c. 266. 19. Publicado el 16.6.1959 y secuestrado dos días después, contiene denuncias de cinco argelinos torturados en París. 20. El general De Gaulle era presidente de Francia desde el 8.1.1959 y visitó Italia el 23 de junio de ese año. 21. De Gaulle presentó una nueva constitución francesa, aprobada por referéndum el 28.9.1958, contra la que J. P. Sartre escribió su artículo “La Constitución del desprecio” (L’Express de París y L’Espresso de Roma, 14.9.1958). 22. El cardenal Ruffini se refirió a ellas en más de una ocasión, a propósito de la ocupación soviética de 1956. 23. Imre Nagy era jefe del Gobierno húngaro cuando la invasión soviética y fue condenado a muerte; Lavrentij P. Beria fue el comisario responsable de sanguinarias persecuciones en los tiempos de Stalin. 24. El 2.7.1959 se casó Paola Rufo de Calabria con Alberto de Bélgica. 25. Sindicato de inspiración democristiana, a diferencia de la CGIL, de inspiración comunista. En abril de 1959 los conflictos sindicales fueron graves y violentos. 26. Bruno Storti fue secretario general de la CISL desde julio de 1958 hasta 1977.

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PLIEGO

¡Qué irresistible impulso de solidaridad total nace cuando se leen estas palabras! ¡Qué gran hombre ése! ¡Qué gran cultura, y cultura espiritual, debe tener tras de sí para poder expresar este pensamiento durante la tortura, en vez de pensamientos de odio! ¿Y cómo esa cultura no va a tener el derecho de autogobernarse? Qué pequeños resultan los otros. Pequeños y vulgares, además de feroces. Qué horror, si no son una excepción casual, sino el signo de una civilización que se desmorona. Da miedo pensar que no sean los únicos, dado que su gobierno “católico” rechaza investigar; dado que hasta ha abolido expresamente en su nueva Constitución ¡el límite de tiempo en el que la policía debe entregar un prisionero al juez!21. El corazón toma partido irresistiblemente.

[Secuestro de persona]

Todavía antes de morir animó la redacción colectiva de Carta a una maestra. Una obra de arte reconocida, junto a sus cartas personales, récord de ventas tras su muerte.

LOS TIEMPOS ALCANZAN A LOS PROFETAS

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Sobre sus Experiencias pastorales, Milani constató después: mucho ruido cuando salieron en el 58. Luego me ha adelantado un Papa ¡por la izquierda! ¡Qué humillación para un profeta! También el Código de Derecho Canónico (1983) le adelantó más tarde sobre el asunto central de este texto: la comunión activa con los obispos. Pero el buen lector debe verificar con el latín este párrafo 3º del canon 212. Alguna editorial se resiste con una errata a normalizar la opinión pública dentro de la Iglesia y lo traduce mal. Muchos anacronismos todavía necesitan su profeta. “Los fieles [laicos] tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”.

Eso es lo que puede hacer la prensa con sólo elegir las cosas que hay que contar, o bien, con sólo el modo de contarlas. Y ten en cuenta que no se trata de una toma de postura sentimental que, por fuerza, haya de concretarse en una opción política a favor de Argelia y contra Francia. No se trata de dar enseguida con la solución ni de ignorar algunas razones que también puedan tener los franceses en Argelia. Únicamente se trata de tener presente en el corazón la realidad concreta en toda su extensión. Ésta es la antesala necesaria de una opción racional honesta. Y esto es lo que nos hurtan nuestras publicaciones a nosotros y a nuestro obispo. El daño es inmenso, porque la mayoría de nosotros (comprendidos los obispos) estamos habituados, como las mujeres, a razonar más con el corazón que con la cabeza. Y las informaciones sí que van a la memoria, pero pasan por el corazón y, al pasar, lo forman si son equilibradas y lo deforman si son unilaterales, de mil maneras que ya la mente no sabe controlar. Pasan y vuelven a pasar por el canal del corazón del cardenal Ruffini las informaciones sobre las torturas en Hungría22 y el corazón late. El corazón del cardenal es generoso: late y se inclina de ese lado. Hasta un excomulgadísimo jefe comunista (Nagy, Beria, etc.)23, mediante una teleorden de la United Press se convierte de repente en un acelerador de palpitaciones de corazón episcopal. Y las noticias de Barcelona y de París no pasan. O mejor, unas pasan con detalles que conmueven y, otras, pasan volando y sin parar. Y, si en lugar de Barcelona y de París, hubiera tomado ejemplos del terreno sindical italiano, ¡qué poco me habría costado demostrar que los periódicos católicos ignoran ese mundo y lo relegan al último rincón o incluso falsean maliciosamente sus valores! Un vulgar matrimonio de príncipes ha salido a toda plana durante semanas24 (y sin críticas); las mismas semanas en que las publicaciones católicas, o ignoraban la gravedad de las luchas entabladas en ese momento, o peor aún, se unían inconscientes al coro de la prensa “independiente” para poner en evidencia sólo algunas molestias contingentes provocadas por tales huelgas, en lugar de profundizar en su sustancia. Sustancia de mucho peso, si había puesto en movimiento dos millones de trabajadores italianos, pertenecientes a todas las organizaciones sindicales, con la CISL25 a la cabeza. El hecho de que dos millones de trabajadores (comprendidos los católicos y no en último lugar) hayan sacrificado generosamente semanas de salarios y arriesgado y padecido represalias por ejercer un preciso derecho constitucional suyo ¿no es un hecho tan serio como para merecer la primera página en el periódico católico y, por consiguiente, en el corazón del obispo? Sin embargo, no la ha merecido y, si el obispo no va a buscarlo aposta, relegado en el rincón sindical, no encuentra la documentada respuesta de Storti26 a las banales acusaciones de la gran prensa contra la CISL. Le sucede lo mismo que le ha pasado con Barcelona y con París. En noticias lejanas frecuentemente nos engañan también a nosotros como a él. En noticias cercanas (estas últimas, por ejemplo), con frecuencia, con demasiada frecuencia, hemos visto lo que él no podía ver y nos hemos callado. Y ahora la culpa es nuestra si el corazón de nuestro obispo está guiado por los hilos de los periodistas. Periodistas, cuyo corazón, a su vez, lo guían los hilos ¿de quién? Lo sabemos, por desgracia, y nos estremece. Es una cadena de responsabilidades “irresponsables” que lo enreda todo y que, al final, nos deshonra a nosotros, a nuestra jerarquía, a nuestra Iglesia. Y ahí queda la figura patética de ese hombre, prisionero de una información reticente y de un servilismo cobarde. Da pena, no sólo por los cristianos y por los alejados que él injustamente ha desorientado, sino por él mismo. A un prisionero hay que ayudarle y liberarle y, tanto más, si el prisionero es nuestro padre. Si no rasgamos el muro de papel ni disipamos el muro de incienso, Dios no le pedirá cuentas a él, sino a nosotros. Nos tocará responderle por secuestro de persona. Después de todo lo que hemos padecido en este mundo, nos veremos en el Otro cornudos y apaleados. Lorenzo Milani

En 1965, Milani criticó la ofensiva actitud de algunos curas castrenses hacia los objetores de conciencia


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Un diamante que hiere por amor by Zinias Abel - Issuu