La experiencia opaca: literatura y desencanto de Florencia Garramuño: Un parpadeo de expansión y profundidad de la subjetividad por Yenyy Paalac
21 “He nacido tanto y doblemente sufrido en la memoria de aquí y de allá.” Alejandra Pizarnik- Árbol de Diana
La expansión es una línea horizontal que podría perderse de la visión de un punto central y quedar como un fragmento de explosión, es la sombra de la luz y del deseo. La profundidad, por el contario, es una línea vertical que perfora epitelios. El movimiento de la expansión y la profundidad es un parpadeo, un viaje que se hace con los ojos entre-abiertos, una probable ensoñación de los hechos. El encuentro con la Experiencia opaca es un parpadeo astigmático: la marginalidad del exilio permanente de la subjetividad, el perpetuo movimiento de la experiencia y el sujeto. La opacidad de la experiencia que vive la literatura “marginal” en Brasil y Argentina de los 6080s es la transformación del arte, del sujeto y de la forma en que éste se presenta y hace constancia de su paso por una sociedad “modernizada”. La explosión de la subjetividad, como lo llama Garramuño, es el reconocimiento de los vacíos del yo. La relación problemática entre la noción de obra y su exterioridad son la miopía del yo. El yo se bifurca y se cuenta, se libera y se expande para proliferar híbrido (realidad-ficción) sobre la literatura de la época; pero aquella literatura de grito mudo, que juega a esconderse falazmente, se profundiza en un aullido marginal: la recuperación de las sensaciones y su trayecto por la narrativa. Con los ojos nublados y hundidos reconocemos que la narración en aullido se pierde, la voz se expande y deja de oírse. Helio Oiticica concibe el texto como una biblioteca, pero la imagen de la biblioteca es también la presencia de un color que pierde rigor y forma, la escritura que pierde el hilo; una escritura que logra dar flote a una experiencia que necesita ser contada como surge:
fragmentada. La violencia histórica y las dictaduras militares de la época le otorgan un peso parcial al aullido, es la manera en que la misma literatura constituye experiencia (pero una que parece ser inaceptable, y en ocasiones, recordada). Aparecen personajes confusos que transitan sin fin, casi infinitos, por un mundo de “ilustrados”, modernizado y fragmentado. Son estos personajes confusos, casi irreales, que se levantan dentro de la opacidad de la “realidad” para abrir ventanas de sus múltiples formas de existir y desplazarse por el nuevo mundo moderno y “ameno”. El mundo moderno es un desencanto total, es la modernidad un alejamiento del sujeto con su existencia, de la escritura lineal y razonable; un alejamiento que brota de represiones convertidas en constantes búsquedas de manifestaciones de experiencias “abstractas”, marginales, opacas. Así, el desplazamiento del valor estético en la literatura es hacia un arte autónomo y fluido: un acercamiento a la experiencia y la aparición de nuevos regímenes de subjetividad que manifiestan directamente el desencanto de lo moderno. “Desde esa perspectiva, se podría entender el desencanto de lo moderno como el proceso por el cual el mismo programa de modernidad se revela a sí mismo como mito.” (59). Lo que nace autoritario se destruye artísticamente, y el artísticamente es el movimiento del exilio de la subjetividad, su instauración forzosa que al mismo tiempo la marginaliza. La cultura se ve invadida por movimientos, la presencia de los cuerpos: una performancia del aullido, el grito por el parpadeo opaco sobre lo que impone la modernidad. Se rechaza socialmente lo que un movimiento, una presencia corporal, ocasiona en el contexto; los fragmentos culturales, sus esquirlas. Es una especie de inmolación, pues lo “marginal” es un grito mudo que ensordece el contexto, toma la cicuta y la da a beber al resto; con su sola presencia distorsionada, rebelde, que busca la transformación de la presentación de la experiencia y su relación con el exterior y el interior (el juego de la “verdad social” y el yo que se encuentra con sus yoes). Este tipo de novedad en la forma de presentar un grito (el hecho artístico, la experiencia) es debido no solo a su subjetividad, sino también, al contacto directo con el pueblo. Es una exhibición de derrotas, de rupturas, de nudos. Los nudos de la modernidad, de la cultura, no permiten construir una noción de margen. Por el contrario, todo tiende a disolverse o perderse en una franja de ambigüedades, por un lado la necesidad de mostrar un aullido con forma subjetiva que rompa con lo impuesto y que de manera
inconsciente, aunque trate de verse como referente, es la simple expansión de la experiencia y la profundidad de lo que se expulsa del cuerpo. El marginal, el cuerpo, se somete a contar de manera novedosa la experiencia de la pérdida del yo en la modernidad y en sus necesidades absorbentes. El cuerpo es “un vector de desterritorializaciones diversas, que define el cuerpo mismo de la escritura como un sitio de orificios […]” (86). El arte se acerca a la vida y cuenta esa experiencia, transforma el modo de presentarlo y polemiza el enfrentamiento de la realidad con la negación de su existencia misma. Esto demarca un aullido o una muestra de escritura de esa experiencia opaca y marginal que vive el artista por su búsqueda interior y por escapar de la nebulosa asfixiante de la modernidad; una experiencia de difícil descripción. Y es por ello mismo que se olvida y se pierde, porque al mismo tiempo teme contarse y se cuenta con retazos, con secretos, con posibilidades, con mentiras y con imposiciones que se desenmascaran. La narración de la experiencia a retazos de posibilidades y mentiras, crea su propio espacio de contienda. Se escriben explosiones y esquirlas de la realidad, lo irrepresentable; son las posibilidades de la experiencia después de vivenciar o escribir una experiencia singular. Un hecho se desmenuza y se reconstruye de diferentes formas a partir del recuerdo. Esta reconstrucción es amorfa, con vacíos, pues el recuerdo también es un olvido, el constante devenir deleuzeano que marca los movimientos del desencanto de la modernidad. “La escritura no es un espejo infiel de una experiencia plena de sentido, sino que el espejo es fiel, su ausencia de espesor, a la levedad contenida en la propia existencia.” (117). La realidad se pone bajo sospecha y se reformula, casi todo el tiempo, la noción de la relación entre arte y experiencia. La experiencia posee un trauma, una fragmentación de la vivencia, el olvido del recuerdo y delinea la experiencia opaca.
Del shock y del olvido del recuerdo nace un nuevo lenguaje, la presentación de la experiencia, el cuerpo que se transforma para contar en el arte moderno la pobreza de la experiencia. “El arte moderno rechaza la sociedad, pero al mismo tiempo, compensa lo que en ella falta. El arte sublima y allí, recupera para el sujeto –autor, lector- lo que la sociedad moderna le niega.” (123). La escritura como combinación de experiencia y memoria sublima la confusa e incognoscible
experiencia. Es decir que todo el tiempo se mitifica la experiencia, aunque realmente no sea un mito sino una de sus múltiples formas de mostrarse. Garramuño recrea el contexto y describe la forma en que cada experiencia opaca es presentada: el movimiento del cuerpo, la “aparición” de un cadáver, el dibujo y la búsqueda de un cambio que realmente no se quiere sino que se presenta inconsciente. La revisión del sujeto en su pasión por explorar las posibilidades de la realidad, busca la forma de ponerle el cuerpo a la escritura, que de hecho lo pone y deja que se transforme en esa exposición. La escritura de ese momento marginaliza al sujeto, y este sujeto busca, de manera subjetiva y “egoísta” (intimismo), la deconstrucción de la modernidad: autonomía y heteronomía. Su cuerpo se expone a la transformación de este en la experiencia o de la experiencia sobre el cuerpo que cambia de posición. Esto es un acto performático que asusta. La sociedad siente miedo de las nuevas formas que puede tomar la presentación de la experiencia, la seria presentación de una realidad incómoda. Pero aquí no solo hay una desconfianza de la realidad y de la modernidad, sino también de lo que halla la experiencia: el yo-yoes. Hay una inestabilidad y al mismo tiempo una apertura a la infinitud de la escritura, como lo es el caso de Ana Cristina Cesar (que llega fragmentada y dibujada a la escenificación de la polémica marginal de ese momento). La modernización llega con intención de acallar al individuo, pero este individuo experimenta una necesidad de gritar y al mismo tiempo de dudar su grito y esto es lo que interesa en su forma corporal de mostrar, también
en
la
escritura,
todas
las
perforaciones
que
ocasiona
la
experiencia.
La imbricación que sufre esta experiencia entre la exterioridad e intimidad son la apertura a una constante posibilidad, es decir, el hecho no ocurre una vez sino que se repite y se transforma su olvido del recuerdo en puertas y ventanas, el movimiento zigzagueante de la voz que caracteriza la marginalidad. El sujeto es entonces un cadáver, la experiencia una posibilidad y su forma un grito mudo: marginal. Sin embargo es una experiencia opaca, un parpadeo de expansión y profundidad dudosas, pues algunos de nuestros ojos están completamente ciegos y otros simplemente, observan el devenir de la memoria, el movimiento de las posibilidades bajo la experiencia de la relación del sujeto en su contexto con el arte, en su necesidad de gritar o aullar (según se desee desde el intimismo).
Bibliograf铆a Garramu帽o, Florencia. La experiencia opaca: literatura y desencanto. Primera edici贸n. Buenos Aires: Fondo de cultura econ贸mica, 2009.