TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
El Día de Iglesia Diocesana nos brinda a los católicos la oportunidad de tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia diocesana, para sentirla y amarla como propia, y para sentirnos llamados a participar en su vida y en su misión. Nuestra Iglesia diocesana es la comunidad de los cristianos católicos que vivimos en el territorio de Segorbe-Castellón. Somos una porción del pueblo de Dios, elegida por Dios, para ser signo e instrumento de la unión con Dios y con los hombres. En la comunidad diocesana vive y se realiza la Iglesia de Cristo, en ella se ofrece el Evangelio y la salvación de Cristo a todos. En ella y por ella recibimos la fe en Cristo y nacemos a la vida de los hijos de Dios; ella es el ámbito necesario para vivir como cristianos, porque Dios no quiso santificar y salvar a los hombres aisladamente, sino constituyendo un pueblo, que lo confesara en verdad y le sirviera santamente (cf. LG 9) .
Por la fe y el bautismo, los bautizados hemos renacido a la vida nueva que brota de la muerte y resurrección de Cristo. Dios mismo nos ha hecho sus hijos amados en su Hijo, nos ha unido a Cristo y nos ha incorporado a su familia, a su Iglesia. Este es el mayor don que los cristianos hemos recibido de Dios, fruto de su amor totalmente gratuito. Y Dios desea, que viviendo el mandamiento nuevo del amor, con la ayuda de la gracia, lleguemos a la perfección del amor, a la santidad, a la vida eterna.
Todos los bautizados estamos llamados a la santidad. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), nos dice Jesús. Y el Concilio Vaticano II nos enseña que «todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre» (LG 11). La santidad no es cosa para unos pocos elegidos. «Cada uno por su camino» está llamado a la perfección del amor. Cada uno ha de discernir su propio camino y sacar a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él.
Para ser santos no es preciso realizar acciones extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Para ser santo es necesario acoger y vivir día a día la vida nueva que recibimos en nuestro bautismo, alimentarla en el encuentro personal con Cristo vivo, acoger su Palabra y los sacramentos, seguir a Jesús en el seno de su Iglesia y vivir en el día a día el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo, como Cristo nos ha amado, sin desalentarse ante la dificultad.
Toda forma de santidad pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo, de la ascesis y de la mortificación. Los santos han afrontado pruebas y sufrimientos, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, vienen de la gran tribulación y sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20,12); su morada eterna es el paraíso, la unión eterna y feliz con Dios.
La única causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Dios. La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios. Dios nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. Respondamos al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos. Acojamos su vida, su gracia y su amor con amor. Seamos santos.
† Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón
