SANTIDAD Y MISIÓN
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Jesús vive las palabras que pronuncia, es el primero y más grande evangelizador. Más aún, es el mismo Evangelio, la buena noticia en persona. Porque, con su vida, su predicación y sus signos, anunció e inauguró el reino de Dios, cuyo núcleo y centro es la salvación liberadora del hombre causada por su muerte y resurrección. El Maestro incorporó enseguida a sus discípulos a su propia misión. Al final de su vida, oró así al Padre: «Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo […] Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,18-21).
La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión.
La buena noticia debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio de vida y santidad de los cristianos en las comunidades humanas en las que viven: su modo de vivir y comportarse, su compromiso y solidaridad en todas las causas nobles, su acogida desinteresada a todos, su alegría, la paciencia para soportar las adversidades constituyen una primera proclamación del Evangelio, que interpela y anima a quienes conviven con ellos. Pero no se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo, el enviado. La primera motivación es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Su presencia consoladora en el corazón de cada creyente es el móvil del camino de la verdadera santidad. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su
entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer es lo que os vengo a anunciar» (Hch 17,23).
No olvidemos que esta espiritualidad se caracteriza, además, por su caridad apostólica. El cristiano se mueve a impulsos del «celo por las almas», que se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad…, es decir, viviendo la caridad: para poder anunciar que todas las personas son amadas por Dios y llamadas a amar, debemos dar testimonio de caridad gastando la vida por el prójimo.
La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. Cuando vivimos la mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien, ampliamos nuestro interior para recibir los mejores regalos de Dios. Como consecuencia, si queremos crecer en la vida espiritual, en la santidad, no podemos dejar de ser misioneros: la tarea misionera enriquece nuestro corazón y nuestra vida entera.
† Arturo Ros Murgadas
Obispo de Santander
