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Carta del Obispo. Diócesis de Santander

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NUESTRA IGLESIA / NOVIEMBRE 2025

SANTIDAD Y MISIÓN

E

l Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Jesús vive las palabras que pronuncia, es el primero y más grande evangelizador. Más aún, es el mismo Evangelio, la buena noticia en persona. Porque, con su vida, su predicación y sus signos, anunció e inauguró el reino de Dios, cuyo núcleo y centro es la salvación liberadora del hombre causada por su muerte y resurrección. El Maestro incorporó enseguida a sus discípulos a su propia misión. Al final de su vida, oró así al Padre: «Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo […] Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,18-21).

La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión.

La buena noticia debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio de vida y santidad de los cristianos en las comunidades humanas en las que viven: su modo de vivir y comportarse, su compromiso y solidaridad en todas las causas nobles, su acogida desinteresada a todos, su alegría, la paciencia para soportar las adversidades constituyen una primera proclamación del Evangelio, que interpela y anima a quienes conviven con ellos. Pero no se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo, el enviado. La primera motivación es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Su presencia consoladora en el corazón de cada creyente es el móvil del camino de la verdadera santidad. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su

II


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