TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
Queridos hermanos y hermanas de esta Iglesia de Plasencia. Lo primero, un afectuoso saludo a todos y a cada uno de vosotros. Celebramos un año más el Día de la Iglesia Diocesana, ocasión propicia para celebrar que somos Iglesia, familia. No somos islas.
Es un día especial para decir «gracias» y «gracias por tanto» a nuestra Iglesia, a nuestras comunidades cristianas y a tantas personas que han empeñado y empeñan en ellas tiempo, vida, ilusión y esfuerzo. Gracias por el don de la fe y ofrecernos el mejor regalo, Jesucristo. Gracias por formar parte de nuestra vida y de la vida de nuestra tierra, por poder vivir nuestra vida cristiana arropados por una comunidad de hermanos.
Este año el Día de la Iglesia Diocesana coincide con la fiesta de la dedicación de la basílica de Letrán, día establecido por el papa Francisco para conmemorar a los santos, beatos, venerables y siervos de Dios en las Iglesias particulares. De ahí el lema propuesto: «Tú también puedes ser santo».
Con la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, el papa Francisco quiso recordarnos de nuevo esa llamada universal a la santidad que enseñó ya el Vaticano II, recogiendo el mandato el Señor: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lev 11,44; 19,2; 1 Pe 1,16). Esta es nuestra gran vocación. Para eso, el Señor nos ha bendecido y elegido en Cristo (Ef 1,4). Destinados a ser sus hijos, no quiere que nos conformemos con una vida mediocre. Todos estamos llamados a hacer de nuestra vida un camino de santidad, a ser santos.
Es cierto que, en ocasiones, nos manejamos con ideas muy extrañas de la santidad. Ser santo es, sencillamente, intentar seguir a Jesús. Tiene mucho que ver con los pequeños detalles de cariño, de ternura, de entrega. Tiene que ver con la compasión, con la humildad, con la paciencia frente a la ansiedad y el juicio, con el salir al encuentro del otro, del que sufre, con la búsqueda de un mundo mejor y más humano. Se forja y se vive en intimidad con el Señor. El trato con el Señor, en la oración, en los sacramentos, en la escucha de su Palabra…, nos transforma y nos ayuda a discernir los caminos de santidad que quiere para
cada uno de nosotros. Lo primero es el don de Dios. Él es quien con su Espíritu nos sana, levanta y capacita para amar. La celebración de este día nos recuerda que las personas nos realizamos en comunidad. Nadie es santo al margen de los otros, sino hacia los otros. Quienes ya gozan de la presencia de Dios nos asisten, a su vez, con su ejemplo e intercesión. Muchos son anónimos, gente buena de verdad. Otros hermanos nuestros han destacado por su testimonio de fe y amor, y así los ha reconocido la Iglesia: madre Matilde, Aurora Calvo, el padre Eladio, nuestros mártires, así como nuestros santos hermanos patronos, Fulgencio y Florentina. Contamos con su ayuda y cuidado.
El papa León, haciendo alusión a esa santidad oculta de la Iglesia, nos ha recordado que ser santos es la mejor forma de servir a los demás. Nuestra Iglesia de Plasencia está llamada a ser santa y misionera, lo que nos implica y afecta a todos. Oremos y demos gracias a Dios por ella.
En nombre del Señor, agradezco la generosidad de tantos que ofrecéis día a día vuestra persona, tiempo o ayuda económica para la vitalidad y mantenimiento de nuestra diócesis. Gracias de verdad y de corazón.
Con mi afecto y bendición.
