UNA LLAMADA A LA SANTIDAD PERSONAL
Con el corazón agradecido me dirijo a cada uno de vosotros que, a pesar de las circunstancias tan complejas con las que nos sorprende cada día, seguís apostando por colaborar con las tareas pastorales y caritativo-asistenciales de la Iglesia católica. En muchas ocasiones os he recordado que la diócesis es como una gran familia compuesta por muchos hogares que son las distintas comunidades cristianas, especialmente las parroquias que se encuentran diseminadas por la geografía de gran parte de esta provincia.
Los creyentes, con la ayuda de la fe y de nuestras comunidades de referencia, somos capaces de descubrir que en esas actividades pequeñas, cotidianas, encontramos una oportunidad que nos ayuda a alcanzar la meta más importante de nuestra vida: la santidad personal. Es la vocación a la que estamos llamados desde el bautismo, y el Señor, a través de la Iglesia, nos recuerda la urgencia de esta tarea que forma parte de nuestra vocación. La santidad nos lleva a dotar la vida de su verdadero sentido porque nos permite estar en sintonía con Dios, origen y meta, y también con nuestros hermanos en donde reverbera la presencia del Resucitado.
Tenemos la certeza de que en la Iglesia existen vidas extraordinarias, que a través de su existencia heroica, e incluso martirial, nos muestran el rostro más hermoso de esta gran familia de fe. Por otra parte, en estos meses de verano hemos podido encontrar, una vez más, sobre todo con ocasión de los gravísimos incendios que «enlutaron» gran parte de nuestras tierras y causaron un gran dolor a nuestras buenas gentes del mundo rural, a muchos trabajadores forestales, a las unidades militares especiales y bomberos, a tantos voluntarios que se entregaron, a pesar del peligro, en la lucha por salvar la vida y defender la naturaleza, obra del Creador. Son el mejor ejemplo de la grandeza del alma humana en medio de un mundo que cada día parece más egoísta y centrado en un individualismo enfermizo que nos impide salir de nosotros mismos con actitud de un total altruismo y con la generosidad suficiente para ponernos al servicio de los demás.
En este caso, como en otras lamentables situaciones, la Iglesia diocesana se puso al servicio de aquellas personas más necesitadas y, a través de los muchos sacerdotes que desarrollan su ministerio en el mundo rural, seguimos estando abiertos a prestar los servicios necesarios para que la vida vuelva a resurgir con esperanza.
Una vez más, la Iglesia diocesana nos presenta datos, cifras y actividades que tuvieron como finalidad ayudar a los fieles y hacer realidad la presencia del reino en esta tierra.
A pesar de las dificultades con las que nos encontramos, yo os ruego que os convenzáis de que el rostro de la Iglesia somos todos y que, en la medida de nuestras posibilidades, si unimos nuestras pequeñas aportaciones a las de otras personas podemos estar seguros de que conseguiremos realizar nuestros deseos de auténtico progreso y de recuperación de tantas estructuras que acogen a nuestras comunidades, de manera especial las del mundo rural.
Con mi bendición y afecto os doy las gracias por vuestra generosidad.
Lemos Obispo de Ourense
