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Carta del Obispo. Diócesis de Menorca_castellano

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SANTIDAD Y ECONOMÍA

Para empezar, podríamos pensar que estas dos realidades no tienen nada que ver entre ellas, que estamos refiriéndonos a conceptos que pertenecen a ámbitos distintos. Sin embargo, no es así, porque desde una perspectiva cristiana, la fe debe influir en las actividades económicas, buscando la justicia social y el bien común.

La economía se convierte en un instrumento para el desarrollo humano integral, evitando toda forma de explotación y promoviendo iniciativas a favor de la dignidad humana.

La santidad no afecta simplemente a la vida religiosa, sino que debe manifestarse en el trabajo honesto y responsable, en la administración de los bienes con justicia y en la práctica de la caridad. De esta manera, la economía se convierte en un instrumento para el desarrollo humano integral, evitando toda forma de explotación y promoviendo iniciativas a favor de la dignidad humana.

Concretando más, podemos añadir que la vida y la fe no pueden separarse en la existencia cristiana, que exige coherencia. Cuando estaba en el seminario, leía una inscripción latina sobre la puerta de la capilla: «Domus tua, decet sanctitudo», que se puede traducir literalmente como: «A tu casa, Señor, le conviene la santidad». Posteriormente, encontré una versión literaria de este versículo de un salmo: «La santidad es el adorno de tu casa». Y la santidad no se refiere principalmente al templo material, sino a las piedras vivas que somos los bautizados, que formamos parte de la edificación de la Iglesia.

Cuando hablamos de los bienes eclesiásticos nos referimos a la finalidad que les damos: el culto divino, la sustentación del clero y las obras de caridad y de apostolado. La Iglesia no posee los bienes con un afán lucrativo, no busca acumular riquezas, sino que todas estas posesiones

están finalizadas, tienen un destino según las necesidades pastorales de las distintas comunidades eclesiales que ostentan legítimo título de propiedad sobre las mismas.

A los administradores se les exige transparencia y honradez en su gestión, contando siempre con los organismos colegiados (consejos), que los asisten. Los que gestionan dinero deben ser especialmente escrupulosos y considerar que la llamada a la santidad es universal, y que los dineros y su administración forman parte en sus vidas de esa vocación a la perfección cristiana. Por esta razón, deben formarse no solo en las materias económicas, sino también en la Doctrina Social de la Iglesia, que es un marco incomparable que les permite contemplar en sus vidas el horizonte de la santidad en cuanto contribuyen con su dedicación al bien común de la Iglesia con la administración.

Quiero felicitar y animar a los administradores de bienes eclesiásticos, especialmente a aquellos laicos que forman parte de los consejos de economía y a los tesoreros de las asociaciones de fieles que, de una manera callada, humilde y eficaz, llevan a cabo una labor altruista que va mucho más allá de su realización práctica, porque además de santificarse ellos, contribuyen en gran manera al bien común de la Iglesia.

† Gerardo Villalonga Hellín

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