TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
Queridos hermanos: La Iglesia es antes de nada una propuesta de vida para la persona, con la pretensión extraordinaria de abrirle el camino de la plenitud, de la verdad de la propia existencia, en relación con el mundo entero y con Dios mismo. Nos hace sistemáticamente esta propuesta, la hace siempre, en teoría y de palabra, pero sobre todo en la práctica.
Permanezcamos, pues, en nuestra Iglesia diocesana, cuidémosla, aportemos lo propio, lo más personal y lo más material, para mejorar y sostener su vida.
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En efecto, a pesar de todo el ruido mediático, la Iglesia hace presente constantemente el Evangelio, en el que resuena la verdad más luminosa sobre el ser humano. Y es también, al mismo tiempo, lugar en que recibimos un ejemplo vivo de humanidad, en tanta gente que nos ha precedido y en la que nos acompaña hoy, en nuestras familias, casas y parroquias.
En ella entramos en contacto con experiencias admirables de plenitud humana, santas y santos famosos o desconocidos, que de muchas maneras han dado cuerpo al amor más grande. Han despertado nuestra esperanza, nos han hablado de Dios, nos han devuelto la certeza de la dignidad de la persona humana.
Y también en la Iglesia hemos descubierto el lugar de la misericordia sin límites, que no imaginábamos que existiese; el abrazo del Señor Jesús, que sabe y puede perdonar, que lo ha entregado todo por nosotros y nos abre expectativas que superan nuestros propios límites.
Y nos alegramos de experimentar así la humanidad verdadera, la que permite el camino desde lo injusto a lo justo, la que hace posible a los pecadores vivir en fraternidad y llama a todos al esplendor de la santidad.
Pero nada de todo esto, ninguna paz y ninguna plenitud, sería posible sin Dios, sin poder conocerlo y acercarnos a él sencillamente, como Padre nuestro; sin reconocernos amados en su Hijo, nuestro Señor, que no nos abandona. Sin su presencia, real en los sacramentos, sin su aliento y su gracia, no se daría ninguna santidad.
Porque esta esperanza de humanidad verdadera, esta llamada a una vida buena y santa, es fruto de la caridad divina misma: para esto, por nosotros, entregó su vida el Señor Jesús. Y de esta caridad surgirán todos los bienes: la unidad profunda y la ayuda mutua, la inteligencia ante los retos de la vida, el deseo de vencer las injusticias y la mentira, la compasión y la solidaridad, la construcción de la paz.
Permanezcamos, pues, en nuestra Iglesia diocesana, cuidémosla, aportemos lo propio, lo más personal y lo más material, para mejorar y sostener su vida. Reconozcámonos como miembros suyos, hijos de Dios y hermanos; porque aquí radica nuestra vocación en la vida y se fundamenta nuestra esperanza, que no declina ni en las circunstancias más difíciles, y que el Señor nos envía a hacer brillar en medio del mundo.
Alfonso Carrasco Rouco Obispo de Lugo
