TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
Queridos amigos: os escribo estas líneas cuando hace muy poco tiempo que recibí la ordenación episcopal. Sucedió el pasado sábado 19 de julio, cuando empecé mi camino episcopal en la diócesis de Lleida, y desde entonces he vivido y vivo intensamente el conocimiento de diversas realidades diocesanas, como por ejemplo el testimonio de presbíteros que se mantienen fieles en la vivencia del Evangelio en los pueblos más pequeños de la diócesis y en la gran ciudad; los diversos carismas de la vida consagrada que matizan el territorio con acentos e intuiciones evangélicos que quieren ser a la vez proféticos y esperanzadores, y cómo no, la presencia numerosa de laicos que siguen a Jesucristo desde su realidad cotidiana.
Estas primeras impresiones son interpelaciones no solo de novedad, sino también de pequeñas llamadas para vivir claramente según el Espíritu Santo. Dios nos invita en cada instante de nuestra vida a crecer en la fe, esto es, en la confianza en Él. En nuestro camino de retorno al Padre hay una conjugación constante de sus invitaciones con nuestra libertad. No hay ningún camino vital hacia la santidad que sea igual. Cada cual recorre el suyo. Somos únicos, irrepetibles.
El lema de este año, «Tú también puedes ser santo», nos recuerda aquella santidad a la que todos somos invitados, pero también aquellos testimonios, hombres y mujeres, que viven el Evangelio radicalmente desde el anonimato de la vida cotidiana. La santidad tiene que ver con el Espíritu Santo, con dejarse guiar por Él. Permitidme relacionar esta invitación con el año jubilar. El hecho de aceptar la invitación a la santidad es un signo de esperanza. Aspiramos a una verdadera conversión de nuestra vida interior para aceptar con más rotundidad a Jesucristo, nuestra verdadera esperanza. Ser santo y tener esperanza vienen a ser conceptos sinónimos. Que nadie nos robe la esperanza, o dicho de otra manera, que todos creamos que podemos ser testimonios de santidad.
La Iglesia se encarna en realidades humanas muy diversas, muchas veces heridas por una tristeza permanente. La acción de la Iglesia desea
proponer espacios y proyectos que nos acerquen más unos a otros. La soledad se combate con la iniciativa de relaciones humanas renovadas por el Espíritu. Es muy importante volver a compartir lo que tenemos, y lo que somos. Este detalle no es menor en nuestro camino hacia la santidad. Lo que es propio tiene que poder ser combinado con naturalidad dentro de una nueva perspectiva, un «nosotros» generosos, verdaderamente signo de catolicidad. Vivir la santidad, esto es, el don del Espíritu Santo recibido, nos lleva hacia una pertenencia corresponsable.
Acabo con una reflexión de mi predecesor, el obispo Salvador Giménez, que nos recuerda que es necesario tener bien presente la libre disposición personal para «vivir aprovechando la caridad y la colaboración puntual con el resto de personas que conviven con nosotros para recorrer el camino de la preocupación por una sociedad más solidaria. Con esto se conseguirá mostrar al mundo de hoy la singular capacidad para ser santos, entregados al servicio de la comunidad y felices por seguir las huellas de Jesucristo».
Daniel Palau Valero Obispo de Lleida
