TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
En la consideración del tiempo actual podemos decir que gran parte de la población tiene la clara convicción de que la situación está marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético y espiritual que dificultan la confianza en las instituciones y en los modelos por los que nos gobernamos.
Esta situación, que todos vivimos, presenta signos que contradicen esencialmente el Evangelio y la verdad sobre el ser humano. Algunas de las más graves se extienden a todos los niveles del tejido social, incluyendo también a la familia. De este modo, contemplamos como:
– La comunión entre las personas es suplantada por una aparente armonía universal que pone de acuerdo a hombres y mujeres.
– El individualismo es un hoyo donde la relación con otros queda pervertida por la relación instrumental a la búsqueda de ventajas.
– La comunicación anónima y virtual está apagando la comunicación con las personas reales.
– Un laicismo reformulado es lanzado con fuerza hacia las convicciones profundas de la persona, invitándola a vivir como si Dios no existiera.
– El oscurecimiento de la verdad instaura el relativismo de las ideas, de las convicciones y de los principios en todos los ámbitos, especialmente en el político, en el que parece que esa falsa lógica del todo vale se esté imponiendo cada día con más fuerza.
No cabe duda de que esta falsa lógica se ha instalado también en muchas conciencias cristianas. Para remontar esta situación, debe descubrirse que esta falsa lógica es un cerco a la fe. Podemos tener la impresión de que el «mundo» nos vence. Por eso hay que colocar como telón de fondo las palabras de Jesús: «Tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Más aún, hay que actuar a la defensiva frente a este «mal» que nos rodea con nueva creatividad (cf. GS 58).
La respuesta a esta situación la encontramos en la fuerza del Evangelio. La Iglesia, movida por el Espíritu, es comunidad evangélica. La
fe en Jesucristo que nos acompaña todos los días nos impulsa a proclamarla en todos los ambientes mediante un anuncio entusiasta y un testimonio fiel para que llegue a todos, especialmente mediante una vida recta, honrada, cohrente y de valores.
El punto de partida debemos situarlo, por tanto, dentro de nosotros mismos y preguntarnos: ¿qué me está sucediendo? En la respuesta encontramos la vitalidad y la fuerza para hacer real esa nueva creatividad con la que hemos de hacer frente al mal.
En este empeño no vamos a estar solos. La misión de la Iglesia es hacer frente al mal, denunciando toda injusticia, toda contradicción de la verdad, todo el olvido del bien y todo desprecio al amor verdadero. Es lo que llamamos pecado, personal y social, que incluso más veces de las deseadas se encuentra en la misma Iglesia. Esta denuncia del pecado propio y ajeno nos sitúa en el mismo centro del Evangelio y su llamada a la conversión.
La Iglesia, que tiene que ser «de todos y para todos», facilita así la posibilidad para que toda persona pueda descubrir lo más hondo, verdadero y definitivo de la vida.
Presentar y anunciar a Jesucristo como único mediador entre el amor del Padre y las necesidades más profundas de los hombres y mujeres es la misión a la que estamos llamados para construir entre todos una sociedad cada día más justa, más respetuosa, más humana, más de todos, más de Dios.
† Vicente Ribas Prats
Obispo
de Ibiza y Formentera

