SANTIDAD COMUNITARIA
Cuando apareció en los años 70 del siglo pasado, el apócrifo Evangelio de Judas (de la secta agnóstica de los cainitas), se hizo un revuelo que aún colea por las redes, siendo declarado por National Geographic como «uno de los descubrimientos religiosos más importante de los últimos años», alegato que formaba parte de su campaña de lanzamiento, pues es la propietaria del manuscrito. En este caso, tranquilos, no ha aparecido un quinto evangelio que nos marque pautas nuevas de vida que nos lleve a la Santidad.
“ ”
Nos invitaban a ser santos a base de voluntarismos que se convertían en luchas cargadas de fracasos o de batallas perdidas, y nunca la concebíamos como un camino comunitario abierto al amor y a la gracia.
El papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate nos ha llamado a todos los cristianos a la Santidad. Incluso a algunos les puede extrañar, pues la misma palabra «santidad» parece que hace tiempo la habíamos relegado de nuestro vocabulario religioso. Hoy, en los corrillos de creyentes, se escucha más hablar de opción, compromiso, carisma, testimonio, militancia, discipulado, misión… Palabras, por otra parte, integradas en la de santidad, pero que, a veces, se elude como antigua, propia de otros momentos eclesiales. Quizás es porque nos han presentado una santidad inalcanzable, propia de personas heroicas y no de gente en zapatillas, de taller, de grupo parroquial y de vida familiar. Puede ser también que nos invitaban a ser santos a base de voluntarismos que se convertían en luchas cargadas de fracasos o de batallas perdidas, y nunca la concebíamos como un camino comunitario abierto al amor y a la gracia.
Nuestras santas y santos, casi todos tienen hábitos o han fundado algo, o han muerto mártires. La última canonización de Frassati y Acutis, y algunos seglares más en los últimos decenios, parece que inauguran tiempos nuevos (aunque no es verdad, los primeros siglos del cristianismo están plagados de santos seglares). Nuestros santos de la niñez eran héroes inalcanzables y los retablos de nuestras iglesias estaban plagados de religiosos y religiosas, excepto los apóstoles, claro, pero, como tenían «faldas», eran contabilizados en el mundo de los hábitos. ¡Qué poco pensamos en la mujer de san Pedro, que bien se merece una hornacina!
Volvamos a la espiritualidad de la vida diaria, la espiritualidad de la comunidad diocesana. Espiritualidad de comunión, de ser y sentirnos Cuerpo de Cristo. Así ha sido fraguada la santidad de tantas y tantas personas anónimas, de estos de andar por la calle, personas sencillas, los de la puerta de al lado, de parroquia, madres, padres, niños y jóvenes… que con sinceridad han buscado a Dios y lo han seguido en su vida cotidiana buscando hacer comunidad. Personas que han sido capaces de escribir el quinto evangelio con sus vidas, siguiendo a Jesús, el Señor, en la autenticidad de los pequeños actos, que son los que nos forjan para que un día, si las circunstancias lo exigen, podamos dar una respuesta heroica. ¡Ánimo y adelante!
† Antonio Gómez Cantero Obispo de Almería
