TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO
La vocación a la santidad es una llamada fundamental a todos los bautizados, que resuena en el corazón de cada creyente. No es un privilegio reservado a unos pocos, sino una invitación dirigida a todos los discípulos de Jesús a vivir una vida de plena comunión con Dios y de servicio al prójimo, haciendo memoria de lo que Jesús nos enseñó. Como el Concilio Vaticano II enfatizó en Lumen gentium, todos estamos llamados a la perfección de la caridad, lo que implica un esfuerzo constante por conformar nuestra vida a los valores del Evangelio, buscando la virtud, el bien, la oración, la entrega generosa, el apostolado y el vivir el mandamiento nuevo del amor.
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En definitiva, la vocación a la santidad se vive también en la generosidad y el compromiso con el sostenimiento de la Iglesia, que nos permite a todos seguir creciendo en la fe y sirviendo al mundo.
El lema de la campaña de este año, «Tú también puedes ser santo», nos interpela directamente. Estamos ante una vocación universal que se vive en el día a día, en las pequeñas acciones de amor y servicio a los demás. La santidad no es una meta inalcanzable, sino un camino dinámico de conversión y crecimiento espiritual, sostenido por la gracia y la participación en los sacramentos. Se trata de vivir con autenticidad el Evangelio, de responder a la llamada de Dios en nuestras vidas y de poner nuestros dones al servicio de los demás. Así, cuando apoyamos a nuestra Iglesia diocesana, estamos construyendo el reino de Dios aquí en la tierra y contribuyendo a que el mensaje de Cristo llegue a más personas, a que los más vulnerables encuentren consuelo y ayuda, y a que la fe siga siendo un faro de esperanza en nuestra sociedad. Nos sentimos parte de una misma familia, que es la Iglesia, que comparte una vocación común a la santidad. La misión propia de
la Iglesia, que es evangelizar, debe ser encarnada por cada generación de creyentes.
En ese contexto es bueno recordar que el mantenimiento económico de la Iglesia católica es un aspecto crucial para el desarrollo de su misión. La Iglesia, en sus diversas estructuras (parroquias, diócesis, órdenes religiosas), necesita recursos para sostener sus actividades pastorales, sociales y caritativas. Estos fondos provienen principalmente de vuestras aportaciones, como resumen estas páginas que os presentamos y que os agradecemos enormemente. Vuestro compromiso económico con la Iglesia es una gozosa expresión de la corresponsabilidad de los laicos en la misión de la misma. En definitiva, la vocación a la santidad se vive también en la generosidad y el compromiso con el sostenimiento de la Iglesia, que nos permite a todos seguir creciendo en la fe y sirviendo al mundo.
Tu aportación, por pequeña que te parezca, es inmensa a los ojos de Dios y te la agradecemos de corazón. Es un acto de fe, de amor y de compromiso con nuestra Iglesia diocesana. Tu generosidad no solo sostiene una estructura, sino que impulsa la misión de anunciar a Cristo y de servir a nuestros hermanos. ¡Tu sí a la Iglesia es un sí a la santidad!
Carlos Manuel Escribano Subías Arzobispo de Zaragoza
