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Carta del Arzobispo. Archidiócesis de Madrid

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TÚ TAMBIÉN PUEDES SER SANTO

Queridos hermanos y hermanas: el Día de la Iglesia Diocesana, que celebramos el domingo 9 de noviembre, coincide en este año jubilar con la festividad de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de Madrid, y con la fiesta de la dedicación de la basílica de Letrán, fecha establecida por el papa Francisco para conmemorar a quienes han sido oficialmente reconocidos como modelo de santidad para la vida cotidiana (santos y beatos) y a quienes están en proceso de serlo (venerables y siervos de Dios).

Nuestra realidad diocesana precisa de la santidad de todo el pueblo de Dios. El deseo de ser santos, cada uno desde su propia

vocación y estado de vida, constituye la mejor contribución a la Iglesia que camina en Madrid.

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Esta coincidencia nos invita a celebrar el Día de la Iglesia Diocesana desde la llamada universal a la santidad de todo bautizado siguiendo las huellas de quienes nos han precedido, con el convencimiento de que no caminamos solos: formamos parte de una familia –la archidiócesis de Madrid– que nos acompaña, sostiene y alienta para ser luz de Cristo en nuestra tierra, capaz de vivir con pasión la tarea evangelizadora en este momento de la historia.

Esta vocación a la santidad incluye todos los estados de vida cristiana, como recordaba Francisco en Gaudete et exsultate: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día», sabiendo que «la santidad, más que ser fruto del esfuerzo humano, es dar espacio a la acción de Dios».

San Isidro Labrador, patrón de Madrid, supo ser –como tantos otros– discípulo de Cristo en lo cotidiano. En este Día de la Iglesia Diocesana, os invito

a reconocer en vuestro itinerario personal a los santos que más os hayan marcado, también a aquellos «de la puerta de al lado»: esas personas cuyas vidas sencillas (unos padres, unos abuelos, un profesor, un catequista, un amigo, un sacerdote…) han sido modelos luminosos que nos remiten al corazón de Cristo.

El pasado verano, en la misa de clausura del Jubileo de los Jóvenes, el papa León XIV señaló que la plenitud no depende de lo que poseemos, sino de lo que se acoge y se comparte con alegría: «Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor», lejos «de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y de la mediocridad».

Nuestra realidad diocesana precisa de la santidad de todo el pueblo de Dios. El deseo de ser santos, cada uno desde su propia vocación y estado de vida, constituye la mejor contribución a la Iglesia que camina en Madrid. Que la Virgen de la Almudena nos ayude a vivir el Evangelio con plenitud y alegría. Gracias por vuestra generosa y fecunda entrega.

¡Feliz Día de la Iglesia Diocesana!

Con mi afecto y bendición.

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