

El hilo de Samsin
A todos los seres humanos al nacer se les otorga una historia única, la cual no puede modificarse ni alterarse. Los hilos del destino se pueden alargar o quedarse sin movimiento, hasta que Samsin descienda y corte al azar, el último aliento de vida.
O al menos eso es lo que se cuenta en las historias alrededor de la fogata.
Una araña desciende entre las sombras que producen las llamas de las velas
―Respira ―dice la partera hincada frente a ella mientras le mantiene las piernas abiertas ―, ya viene.
Las palabras de la anciana resuenan como truenos, es como si el mismo umbral de la vida reencarnara en ella.
La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz temblorosa de una vela. El aire olía a hierbas cocidas, sudor y sangre. La partera, con las mangas arremangadas y las manos firmes, se arrodillaba entre las piernas abiertas de la parturienta, que gemía con los ojos cerrados y los labios resecos.
Y como todo ritual, sus manos se movían amablemente y con suma precisión. Únicamente los silencios eran rotos por los jadeos de la madre y el rechinar de la madera al unísono de las pisadas de la partera.
Y entonces, un estertor.
Un último empuje.
Y el mundo se llenó de un nuevo llanto.
La partera tomó al recién nacido entre sus brazos y con sus manos bañadas en sangre lo alzó para agradecer por la nueva vida. Cuando la anciana estaba por cortar el cordón umbilical para entregárselo a su madre y lo comiera, la araña se abalanzó sobre él y lo envolvió en la telaraña para segundos después desaparecer.
La nueva vida, había llegado con la luna nueva y Samsin Halmoni tenía entre sus avejentadas manos el hilo que marcaba el inicio de un nuevo telar y de un destino inapelable.
En las noches de luna creciente, se llevaba a las niñas y niños que ya comenzaban a dar sus primeros pasos, para la anciana no había tiempo que perder. Se caminaban descalzas mientras que los rocíos del viento bañaban con perfumes las enseñanzas de vida.
Las enseñanzas de la anciana eran duras, pero los secretos antiguos eran también herencias que yacían reguladas por ojos envidiosos y labios sellados con cera. Mientras que la enseñanza dirigida hacia las madres primerizas era no amamantar en días de mucho frío o la leche se les secaría, no permitir que nadie las viera hacerlo, ya que los dioses son caprichosos.
Durante su niñez, ya debían saber escuchar: el crujido de las raíces, el lenguaje del viento, el pulso de la tierra bajo sus plantas. Ya tenían que saber los lenguajes del humo, dar voz a los silencios de las sombras, nombrar cada planta por su nombre y que espíritu regía sobre ellas.
Siempre se debía de estar con las manos unidas, ya fuera con las de las madres o las tías, en palabras de la anciana “eran lazos que no deben romperse por ningún motivo, ya que si se tiene algún secreto este debía ser confesado a una hoja y ser quemada jurando con la mano en el corazón que nunca sería dicho”.
Llegada la adolescencia, los gritos, los llantos y los miedos tenían que quedarse atrás, ya no era propio andar jugando aunque sus juegos siempre implicaban aprendizajes y nada de equivocaciones.
Mientras tanto Samsin observaba y al mismo tiempo tejía cada paso dado por los mortales. la matriarca estaba haciendo un buen trabajo, pero su hilo disminuía cada vez más en el telar.
Los mantos ondeaban de forma magistral con el viento. Más blanquecinos que la misma nieve y de una tela tan pulcra que al acomodarla en el telar, era como si los mismos hilos supieran que hacer sin intervención de manos humanas.
Sin embargo, cada reino poseía en su poder tres diferentes telares: telar triangular, telar tubular y el telar de bastidor cuadrado. Cada uno de ellos era hermoso y más en la forma de trabajar, aunque eso no era un impedimento para sacar a tema que telar era mejor que otro. Mientras las tres bruxas discutían entre ellas que telar se elegiría en esta ocasión para bordar en el telar, Samsin las observaba desde su trono celestial. Le causaba cierta gracia saber que su herencia en los hilos y su forma de tejer era tan valorada en dicho lugar, así que decidió hacerles un presente: el Telar de flor.
Su tamaño era el doble de sus telares y su peso era liviano a pesar de mostrar lo contrario. Las tres no perdieron tiempo y fueron por los mantos, tenían que apresurarse si los querían tener listos para la noche de la Barahúnda.
La más joven de ellas acomodó los hilos y los tenso de tal manera que fuera más sencillo maniobrarlos, comenzó a tejer. Se sentía orgullosa, ya que era la primera vez que le permitían iniciar el telar. Aunque no fue del agrado de la madre, ya que a su ver quedaba bastante flojo y sin forma así que dió un empujón a la doncella y meneando su cabeza en desaprobación deshizo el avance e inicio de nuevo. Samsin las seguía observando, en especial a la anciana, ya que ella había sido quien en sus enseñanzas les mostró cómo tratar los hilos y el telar.
La madre tejía por hebra de atrás hacia al derecho y por hebra de delante al revés. Mientras que la doncella lo hacía por la hebra delantera. La anciana ya cansada de ver tantos errores apartó a la madre, deshizo lo avanzado y empezó a tejer de la forma correcta: sostener el hilo con la mano no-dominante.
Las horas pasaron, llegó la noche anunciada por el ulular de las lechuzas. La anciana siente como el aire le trae un mensaje que sólo ella puede escuchar, observa a sus compañeras, observa a su hija y nieta sabiendo que están unidas más allá de los lazos de sangre.
Se pone de pie, sacude su falda y suspira profundamente y se acerca a la doncella.
—De esta manera se logra guardar los nombres más preciados —dice la vieja, conforme va trazando un símbolo familiar en la frente de la más pequeña —. Así es cómo se recuerda quién fuiste en vida, incluso cuando el mundo te exige que olvides.
La madre asiente, mientras que evita que las lágrimas broten de sus ojos cristalinos, ella ya ha pasado por ese sendero. Al igual que la anciana lleva cicatrices en el alma y en sus pechos, las huellas que en ocasiones logra vislumbrar en la arena le recuerdan lo que se le ha dado y lo que ha perdido. Hay días en que le canta a la niña, como si de una plegaria se tratase y otras veces, la anciana las acompaña y ríen como si la muerte nunca viniera a reclamarlas.
Pero no es así.
La muerte llega.
La anciana ha aceptado el llamado, no llora, ni teme. Pide que se avive el fuego una última vez y a pesar de sus huesos que le duelen, su corazón está lleno y está listo para danzar una última vez. Las otras brujas la rodean en silencio. La niña sostiene su mano y la aprieta con fuerza y la madre le acaricia su cabello cano.
—No deben de llorar —sentencia —. Algún día volveré a ustedes.
La madre se coloca frente a ella y le coloca Gnseng bajo la lengua y en sus labios, un beso de Mugunghwa (rosa de Sarón). El aquelarre se ha reunido, el callar de las lechuzas, los lobos y demás seres nocturnos se los ha hecho saber. El aquelarre comienza a cantar en una lengua suave y melancólica, es como si arrullarán a un recién nacido que duerme.
El viento se levanta y junto con él, el último suspiro de la anciana.
La doncella no entiende del todo lo que ocurre, sin embargo siente un peso en sus hombros, la herencia de la vieja comienza a tomar forma. La madre al fin llora, pero a su vez sonríe. Sabe que su momento ha llegado, ahora es ella quien deberá de enseñar a la niña que algún día tomará su lugar.
El vientre de la anciana comienza a moverse, es como si algo quisiera escapar de ella, Samsin observa silenciosa, la araña de la vieja ha dejado de producir hilo. Samsin sigue observando y observa como el vientre de la vieja comienza desprenderse y soltar un hilo, como si el vínculo con la muerte aun yaciera sujeta a la vida de la vieja.
Pasó el tiempo y el Aquelarre junto con él. La formación era más severa, más dura en cuestiones de memorización, no sólo debían memorizar los espíritus de las plantas, sino también sus nombres científicos. No había tiempo de descanso ni de juegos.
Y todo eso era observado por una diosa divertida, que en sus manos poseía hilos esperando a adornar el nuevo telar que comenzaba a tomar forma.
La niña no pudo evitar crecer entre reglas viejas y nuevas, con brazos cruzados y su espalda recta y sus palabras eran medidas en toda ocasión. La madre era firme como el tronco de los árboles longevos. Su voz eran ecos graves ya que su creencia era que el amor duele ya que es su forma más pura de cuidar y todo salga conforme a la herencia y que jamás se debe de olvidar.
Debido a ello la niña aprendió a callar sus emociones, a obedecer sin rechistar y a temer sin entender los motivos de tales temores. Aprendió a jugar en silencio y a escondidas, sus lágrimas tenían que ser ocultadas de la vista de cualquier adulto, ya que esas pequeñas gotas que fluían de sus ojos eran vistas como errores y vergüenzas.
A Samsin esto le provoca algunos sentimientos que estaban prohibidos para las divinidades, sin embargo el destino no puede cambiarse, los hilos son tajantes y certeros. Si algo cambia, se perderán las tradiciones y junto con ello los recuerdos de todo un aquelarre.
El verano llegó, el viento veraniego arrullaba a las bestias salvajes y el aquelarre se disponía a la recolecta de Lotus, ya que es la flor que la madre les hacía aprender y recordar. A pesar de que en primavera es cuando comenzaba a florecer, no era hasta la estación calurosa en la que dicha flor lograba alcanzar su esplendor. Su representación del ciclo es algo que Samsin conocía muy bien, ya que ella como esa flor representaban el ciclo de la muerte y renacimiento aunque en simbolismos diferentes pero igual de hermosos.
La adolescencia en el Aquelarre era un verdadero escenario de incendios, la niña, ahora como joven doncella, gritaba sin necesidad de las palabras que la madre se encargó de silenciar sin motivo alguno. La doncella respondía con miradas y eran bastantes desafiantes y de forma nostálgica o tal vez más tristes que nostálgicas, eran noches sin retorno a recuerdos maravillosos.
Madre apretaba cada vez más fuerte , se encargaba con sus reglas y enseñanzas de confundir el miedo con la disciplina, así como la anciana había hecho desde los inicios del tiempo. No había día en que la doncella y la madre chocarán, una y otra vez. Cada vez más desafiantes. Era como si ambas fueran olas queriendo reclamar el mismo espacio en las rocas y explotar.
Sin embargo, algo estaba cambiando en la madre, que conforme las manecillas de su reloj avanzaban se volvió en la nueva anciana de su Aquelarre, en la anciana que guiaba a la plenitud las enseñanzas milenarias.
Samsin tensaba sus hilos y su destino, la veía asombrada por el cambio que tuvo en los últimos veranos. La anciana —esa mujer de voz suave y amena y poseedora de unos ojos que todo lo saben— se encontraba sentada en la cocina de aquel milenario aquelarre. Las niñas iban corriendo cuando ya no podían aguantar más. Les ofrecía té y pan, en ocasiones galletas con mermelada, en ocasiones infusiones para calmar sus miedos y una que otra canción que hablaba de una diosa anciana que teje en telares el destino de la humanidad.
—Tu mi bella niña —le decía con voz dulce a una adolescente que pronto se volvería mujer —, tú no eres ese fuego que consume todo a su paso. Al contrario eres la chispa que a pesar de las adversidades del viento sobrevive.
La anciana acariciaba el cabello de la doncella mientras eran observadas por Samsin y por una araña que perdía su telaraña.
Al llegar el otoño y el día de cosecha, la jóven dejó de odiar su reflejo. Se empezó a amar y aceptar. Su adolescencia floreció algo tarde, pero no por eso era menos bella, libre y llena de plenitud. Ya no le importaba parecer débil y se permitía llorar cuando las lágrimas querían ser libres y no escondidas. Ya no callaba esos secretos que la herían,ya no ahogaba sus gritos en silencios y decía su pensar a la anciana ya sin temor alguno.
Llegó el invierno y la madre, como todo ser mortal aunque longevo, envejeció. Su voz que atravesaba murallas ahora temblaba ante dudas y temores de un futuro incierto. Veía ahora en su hija lo que a ella nunca se le permitió ser, y aceptó que ese reflejo le dolía y atravesaba su pecho. Quiso remendar el telar roto a pesar de no saber cómo.
—Perdón por hacerte sentir insegura —le decía a la doncella mientras se sentaban ambas frente al telar.
Era una tarde como cualquier otra y en sus ojos se veía la carga de algo más que simple cansancio. Al caer la noche y con el canto de la primera lechuza, dejó este mundo sin una gran ceremonia. Sólo fue acompañada con el canto intrínseco de quienes la amaron para bien y para mal y el roce de una hija que lo perdonó todo incluso de no haberla entendido en su final.
Y la doncella, ahora como una hermosa y fuerte mujer, encendió una vela aromática en la cual escribió el nombre de la madre anciana.
No por obligación o deber como nueva líder del Aquelarre, sino por elección propia llena de amor y respeto.
Mientras la llama de esa vela se apoderaba del cuerpo dormido de la madre, una araña brotaba de entre sus labios. Samsin la tomó con delicadeza y la besó.
El ciclo volvería a repetirse, pero sin preverlo se transformaba.
El llanto de un bebé despertó de su sueño a la diosa anciana.
La nueva madre, la nueva líder del Aquelarre no repite patrones. Ella aprendió a escuchar y a abrazar sin cuestionar. No impone los caminos para la enseñanza y el aprendizaje, permite que jueguen y descansen. Camina junto a ellas y ellos. Su forma de maternar no es más una jaula con la puerta abierta, al contrario era un bello manto tejido con hilos de paciencia, añoranza y perdón. Los errores al fin son nombrados y su amor es sin condiciones.
Es verdad que al igual que la anciana y la antigua madre creció envuelta en fuego. Sin embargo, eligió no quemar ni arrasar con todo, y menos sin motivo alguno.
A diferencia de las generaciones pasadas su juventud no fue rebelión. fue una ternura feroz y acogedora. Aprendió a ver el dolor de la adolescencia sin juzgarlo ni hacerlo menos, aprendió a sostener sin absorber y a decir “yo también” sin silenciar la voz del otro ser. Fue un puente que nadie esperaba para las generaciones rotas y no escuchadas. La nueva madre es una bruja que canta mientras a su paso va sanando lo que no sabía que necesitaba ser sanado.
Samsin y la nueva araña observan. La diosa sabe que algo ocurre, pero no sabe con exactitud que es diferente. El aquelarre brilla diferente y las tradiciones no compiten con los recuerdos del pasado.
Un nuevo hilo salía de las entrañas de la araña que nació tras la muerte de la madre y con ello un nuevo destino para el aquelarre.
La mitad del invierno llegó al Aquelarre, Samsin caminaba entre pasos firmes y seguros, la araña iba y venía entrelazando las historias que no deben ser olvidadas.
Y así, la madurez llegó como una ventisca de susurros, no fueron golpes sino palabras de respeto y aceptación. Ya no eran tragos amargos, sino raíces que se cernían sobre la tierra congelada que volvería a ser fértil.
Las brujas adultas acariciaban sus propias cicatrices y no se avergonzaban de ellas, las abrazaban con compasión, con aquella compasión con la que esperaban ser tratadas. La nueva madre sabía que el amor no era algo que se mendigaba, se creaba a base de comunicación y respeto. Sabía también que no todas las madres eran capaces de amar, y eso llevaba a que muchas hijas e hijos aprendieran de la misma forma.
Y al cerrar los ojos, aceptó.
Todo lo que no entendía.
Todo lo que lo que soltó.
Todo lo que aprendió.
Y todo lo que daba a las nuevas generaciones del aquelarre.
La niña que alguna vez temió, la adolsecente que aprendió a ser fuerte y la madre que la crió ardieron para formar a la mujer que ahora es.
La fogata ardía como nunca antes, y todo el Aquelarre se sentó en círculo y cada bruja, cada brujo le ofrecía flores de Camelia.
Samsin sonreía, por primera vez los mortales habían cambiado su destino sobre su telar y con un hilo que merecía ser apreciado por siglos.
Soltó a la araña y esta se adentro a las sombras cálidas de una vida llena de amor.
La primavera llega de nuevo, la diosa anciana luce feliz. Mira con cariño el telar tejido.
Telas oscuras y transparentes que llevan bordadas los nombres antiguos de aquellas que crearon la sabiduría y protegieron sus herencias con secretos revelados en el viento.
Cada generación lleva algo que heredó y algo que sano.
Danzan tejiendo para atrapar el tiempo.
La anciana alza la copa con el néctar más delicioso.
La madre trenza su cabello para pactar.
Y la doncella canta una nueva canción.
Samsin Hansin entra en el círculo, se arrodilla no por sometimiento, sino para honrar al ciclo que eligió no repetir los errores del pasado.
Alza con gracia y delicadeza sus tijeras doradas, sonríe por última vez y corta los hilos del telar que cobijan las estrellas y el destino cambiante de los mortales.
Los pastizales comienzan a secarse. Los frutos de los árboles tienen un sabor amargo y la luna se marchita entre las copas del árbol sagrado que yace dormido.
El ave mítica alza sus alas y desaparece en el silencio. Plumas de fuego danzan con el viento. Caen cerca del Aquelarre y algunas otras desaparecen en el mar.
El árbol, se ha fortalecido y sus ramas protegen el secreto más antiguo del aquelarre.
¿Acaso la espera de mil setecientos años ha llegado a su fin?


9 de Agosto, 2025 es una adaptación para celebrar con danza
