Memorias de sangre
William Campos Lizarzaburu
Memorias de sangre
Campos Lizarzaburu, William Memorias de sangre 2011
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú: Nº2011-03370 ISBN: CARÁTULA: “Esquizofrenia”, pintura de Billi Fresneda Diseño de Namila Pegnamo
William Campos Lizarzaburu Urb. Mercedes Cabello de Carbonera F – 22 Moquegua, Perú. wbclizarzaburu@gmail.com http://williamcamposlizarzaburu.blogspot.com/ http://es-la.facebook.com/.../William-Campos-Lizarzaburu/
Ă?NDICE
Sombra de odio
6
Cita en el infierno
22
El ojo del abismo
32
Deseo fatal
52
Los reyes de la nieve
81
Acoso
93
Tragedia de luna llena
128
VĂŠrtigo
140
Memorias de sangre
155
Cadenas del mal
167
… el mundo entero está bajo el maligno. PRIMERA EPÍSTOLA UNIVERSAL DE
SAN JUAN APÓSTOL.
Sombra de odio
Cita en el infierno
El ojo del abismo
Deseo fatal
Los reyes de la nieve
Acoso
Tragedia de luna llena
VĂŠrtigo
Memorias de sangre
E
ntre las sombras de mi recuerdo, confusas y misteriosas, veo aún las imágenes de mi precipitada juventud. Cada día que pasa, ese niño vuelve a presentarse delante de mí y me deja ver que ha crecido ya. La misma sonrisa cínica que produjo su muerte y el desprecio, la resignación que nacen en él al verme y recorda r que por mi culpa jamás habría de convertirse en hombre... Fueron mis ímpetus mozos los que me condujeron aquí, los que me arrojaron a las profundidades de este hoyo diabólico y perpetuo... No hay día que dejes de aparecer. También hoy te veré, estoy seguro. Y tendré que soportar tu repugnante presencia de niño pobre y mugriento, pidiendo y suplicando una limosna. Estoy harto de verte, con esa cara sucia y pringosa, enfurecido si no bajo del automóvil para darte una limosna... como si yo estuviera obli gado a dártela... Quisiera no verte más... La camioneta se deslizaba suavemente sobre la pista. Al llegar a la esquina, mi padre viró para tomar la primera paralela que llevaba a casa. A su lado, mi hermana, que se encontraba leyendo una revista para mujeres, volvió su rostro y me miró, anunciándom e la molesta presencia de todos los días. Miré a través de la ventanilla y, efectivamente, el repulsivo chiquillo apareció por allí, a un costado de la pista,
esperando, evidentemente, el diario pasar de la camioneta. Nadie habló. Quizá, fue mi indiferenc ia lo que hizo que mi padre no detuviera el vehículo y pasáramos de largo frente a las narices del visiblemente sorprendido muchacho. Tendría aproximadamente diez años, edad en apariencia inocente, aunque más que suficiente para conocer los oscuros lados de la vida. Y era evidente que vivir tantos años en un estado de abandono total, necesariamente había de formar en él un carácter agresivo y una personalidad difícil. No debí sorprenderme con lo que sucedió después. La razón me advirtió, cual si fuera el a visado consejo de un espíritu superior... Pero no pude evitarlo. No bien nos alejamos de su lado unos cinco metros, el chiquillo prorrumpió en gritos y voces ofensivas. Sus insultos, cual dardos de ira demoníaca, se lanzaron contra mi hermana, emponzoñando su virtud... Ni en un burdel se habría podido injuriar con tanta saña, con más perversidad a una mujer... Mi padre, visiblemente contrariado, detuvo el vehículo. Su mirada indignada y sufriente se cruzó con la mía en la pulcra superficie del retrovisor. H abía dolor en su corazón, afrenta contenida, que un hombre de su clase no podía vengar con sus propias manos. La edad agota y las fuerzas declinan... Mi hermana había soltado algunas lágrimas dolorosas. Y en sus ojos acuosos, cuando con timidez virginal s e levantaron hacia mí, descubrí una súplica escondida... Tácitamente, se me estaba encargando que silenciara al
exaltado muchacho y lo obligara a tragarse sus palabras. Bajé, iracundo. La rabia contenida en mí parecía querer escapar a torrentes, como si un río dormido repentinamente despertara y se lanzara contra los diques que reprimen su libertad para destrozarlos y acabar con ellos. Sentía que la sangre salía de mi corazón con violencia inusitada y recorría mi cuerpo en un viaje turbulento y peligroso. No sé por qué miré las calles. Tal vez, algún oculto deseo de no ser observado me hizo asegurarme que permanecían vacías todavía. Camino hacia el chiquillo, que sigue expulsando una retahíla de improperios. Al llegar a su lado, le pido que se calle. Seguro estoy de que no me hizo caso, pues, ofendido por su atrevimiento, lo amenacé con golpearlo. El chiquillo, delgado, sucio, miserable, desafió mi advertencia y continuó con su afrentosa empresa. Cuando la rabia volvió a hacer presa de mi atormentado ser, tuv e la certeza de que el descarado rapaz sonreía; pero no con una sonrisa propicia para la conciliación, sino con una mueca que era clara señal de que no se arrepentiría. Me di cuenta, entonces, de que ese monstruoso infante no tenía el menor deseo de humil larse. ¡Esas eran las consecuencias de haber sido caritativos con él! ¡No sabía que nadie, nadie, tenía la obligación de ayudarlo; que si lo deseábamos, él podía pasarse días enteros sin recibir una sola moneda! ¡Miserable! le grité, sujetándolo de los cabellos. ¿No te das cuenta de que no es mi obligación darte dinero?
¿No te fijas en que sólo tus padres tienen responsabilidad contigo? El chiquillo no respondía; sólo sonreía. Y como si el hecho de atraparlo no representara para él impedimento alguno al rápido fluir de su hiriente palabrería, se permitió continuar insultándome, aunque a media voz. ¡Desgraciado grité, exasperado, porquería! Nadie te debe nada. Si te damos algo, es porque queremos; es como arrojarle huesos al perro. ¡Entiéndelo, porque ría! Pero se empecinó en su propósito fatal, mientras mi ira crecía hasta límites insospechados. Escuché algunas de sus palabras si es que a esos gruñidos pudiera reconocérseles como tales y sólo reparé en que no habían cesado los insultos... las groserías... los denuestos... Cansado por su osadía, iracundo por su desafío, herido en mi orgullo, sujeté fuertemente sus cabellos y lo arrastré hacia mí. ¡Maldito, rapaz! ¡Miserable, he dicho que te calles! Tiré de él una vez y otra, hasta cansarme; pero el truhán no callaba. ¡He dicho que te calles! No me hizo caso. Violentamente, estrellé mi mano contra su rostro. Su cabeza se sacudió como débil hoja bajo la furia del viento. Lo abofeteé nuevamente, y su cabeza volvió a sacudirse. Sus ojos se anegaron en lágrimas, pero, aun así, me injurió otra vez. Tiré de sus grasientos cabellos con
titánica fuerza; algunos mechones se desprendieron de sus raíces y quedaron adheridos a mi mano, mientras su esquelético cuerpo escapaba de mi poder y caía rodando por el suelo. Quiso levantarse, pero ya yo me había situado junto a él y le pedía a gritos que no continuara. El niño soltó el llanto, desesperado, mientras yo igualmente desesperado le decía que nunca repitiera su denigrante desafío. No tenía yo responsabilidades c on él; que, en todo caso, buscara a sus padres. ¡Esta no es ninguna hazaña, muchacho de porquería! ¡Así vas a respetar a la gente decente! Golpeé nuevamente su cara, pero no sólo con una bofetada. Mis dedos se habían cerrado, y un puñetazo, poderoso, olímp ico, aplastó su nariz, provocando una explosión de sangre. ¡Ahora sí lloras, piojoso! ¿No te dije que callaras? ¡Llora maldito! El mocoso cayó. Me abalancé sobre él y estampé en su cara otro feroz puñetazo. Sujeté sus cabellos y arrastré su cabeza sobre la áspera superficie de la calzada. La sangre nubló mi razón. Sujeté su cabeza, la elevé y violentamente la dejé caer. El golpe no me satisfizo. Nuevamente, levanté su cabeza y con la plenitud de mis fuerzas la golpeé contra los salientes de la pista. La sujeté, la dejé caer, la golpeé, la estrellé, una vez, otra vez, más, más fuerte, cada vez más fuerte, sin piedad, sin escrúpulos, ¡así como había sido su comportamiento, sin lógica, sin razón! Volví a golpear, con más fuerza, con rabia... hasta que mis dedos palparon los huesos sueltos de su maltrecho cráneo... Miré mi obra: su rostro ensangrentado, el cráneo destruido, el charco de sangre, mis ropas contagiadas de
sanguinolencia, mis manos enrojecidas, las gotas escarlata que rodaban de mi frente, que escapa ban de mi cara, que brotaban de mis labios, que fluían entre mis ropas, sobre mi piel, como una masa viscosa, repugnante, diabólica, que cobrara vida propia y empezara a deslizarse sobre mí, hasta llegar a mi cuello para presionarlo, para ahogarme... para matarme. mí.
¡Lo has matado! gritó una voz alarmada detrás de
Un escalofrío cargado de satánica energía recorrió mi cuerpo y lo sacudió. Repentinamente, empecé a sentir miedo, un miedo indescriptible, irracional, quizá a ser observado, a que me descubrieran, a que me atraparan, a que me arrojaran para siempre en ese infierno de las cárceles..., a que el Señor Altísimo me condenara para toda la eternidad... Sentí miedo de Dios. Empecé a llorar... ¡Lo has matado! repitió la atribulada voz. Salí de mi estupor y quise ver quién me había hablado. Era una mujer. La miré: se me hacía conocida. Parecía mi hermana, aunque su rostro se me aparecía borroso, casi indefinible. Habló otra vez; pero su voz ya no era tan clara como antes. Me dijo algo que no pude de scifrar pero que, a medida que sus rasgos se hacían más evidentes para mí, se transformaba lentamente en palabras comprensibles. Por fin, pude percibir nítidamente sus facciones y, entonces, entendí lo que estaba tratando de decirme. ¡Despierta me dijo, en alta voz , es tarde!
La cortina de horror cayó de mis ojos y pude recorrer mi entorno con la mirada. Estaba en mi habitación. Todo se encontraba en orden. Mi hermana me saludó, me dijo nuevamente que era tarde, y salió, como si nada hubiera pasado. Pero dejó un punto de resquemor en mi mente: si ella había entrado, entonces yo había dormido con la puerta sin asegurar; algo inusual, porque siempre me cercioraba de enllavarla. Realmente, es extraño, pensé. De pronto, me asaltaron las imágenes que había vivido antes de ser despertado. ¡Dios, sólo fue un sueño! La camioneta se deslizaba suavemente sobre la pista. Al llegar a la esquina, mi padre viró para tomar la primera paralela que conducía a casa. Junto a él, en el asiento delantero, mi hermana, que s e encontraba leyendo una revista para mujeres, como todos los días, cuando salíamos a hacer compras, miró a través del cristal y tuvo un sobresalto, como nunca había padecido. Horrorizada, volvió su rostro y me miró, como ordenándome que observara la calle . Sin embargo, al verme, soltó un grito desgarrador y miró nuevamente hacia la calle. Su extraño proceder me asustó. Algo andaba mal. Yo sudaba. Sentí escalofríos, náuseas. Sentí que mi sudor se hacía pesado, como si al secarse empezara a resquebrajarse. Presa de furiosos temblores, apreté mis brazos contra el cuerpo y entrelacé mis manos. El roce de mis dedos me produjo una sensación áspera, como si me hubieran
cubierto de óxido. Terriblemente asustado, sentí que algo extraño, una especie de película espes a corría sobre mi piel. Es el sudor, me dije. Pero una fuerza desconocida me obligó a bajar la mirada y... ¡No...! ¡Por Dios! ¡Era sangre! Mi hermana me miraba. Su aterrada mirada me acusaba. ¡Lo has matado! me dijo, en tono acusador. Me miré. La sangre corría como si tuviera vida. Observé la calle. Ya habíamos pasado del lugar donde acostumbraba esperarnos el chiquillo. Lentamente, volví la mirada y lo vi... A la distancia, allí estaba... el cadáver nadando en la sangre. Miré otra vez mis ropas: la masa escarlata las devoraba. Un temor enfermizo se apoderó de mí. ¡Vámonos! le dije, perturbado, a mi padre. Vi que apretó el acelerador. Pero yo sentía, percibía que el vehículo no modificaba su movimiento. La lentitud de la camioneta me desespera. Le digo a mi padre que se apure, que me lleve a un lugar seguro. Veo que nada hace por apresurar la huida. Ya no presiona fuertemente el acelerador. Apenas posa el pie sobre la plataforma metálica. Le repetí que debía apresurarse. Pero él prosiguió con la fúnebre marcha, sin hacer caso de mis palabras. ¡El consultorio! ¡Llévame al consultorio...!
exclamé, esperanzado.
El vehículo no salía de su marasmo, continuaba con su lento avanzar. Volví a pedir al viejo, casi a gritos, que me
llevara al consultorio. ¡Padre, apresura la marcha! El consultorio es el único lugar donde puedo esconderme. La policía jamás me buscará... Sé que mi suegro me ayudará y me ocultará. Pienso en la extraordinaria fuerza fraternal que une a los miembros de la Logia. No me desampararán. ¡Padre, apúrate! El vehículo apenas se mueve. Muy lentamente, se aproxima a la última perpendicular que lleva a casa. ¡Por ahí no, padre alcanzo a gritar, a casa no! ¡Al consultorio! Mi padre no contesta, ni siquiera me mira. Conduce lentamente, como si nada ocurriera. ¡Padre, encamínate al consultorio! Mi hermana rompe en sollozos, sujeta del brazo al viejo, le dice que me haga caso, que me lleve al consultorio, que no siga con ese tormento. El viejo, inmutable, impasible, como si fuera el portaestand arte de la Justicia o de la Venganza, continúa conduciendo sin hacer caso de mis súplicas ni de las lamentaciones de mi hermana. Ella volvió a interceder en mi favor. Pero no consiguió respuesta. Súbitamente, la desesperación se interrumpe. El inconfundible ulular de una sirena corta el viento y penetra en mis oídos, como agujas que se clavan en mis carnes, como punzones que se ensañan con mis nervios. ¡Grito! Le pido a mi padre que acelere. Mi hermana también se lo pide. Pero él no escucha; permanece a una infinita distancia de nosotros, lejano, imperturbable. ¡La sirena...!
La sirena ya suena en una calle aledaña, quizá aquella que recientemente hemos dejado atrás. La música de la condenación se percibía cada vez más cercana. Padre, vamos al consultorio. Perdía ya las esperanzas. Sabía que, por mucha que fuera la velocidad con que pretendiéramos huir, la policía se encontraba tan cerca, que le sería muy fácil atraparme. ¡Si me atrapan chillé hacia mi padre , será sólo tu culpa! Observé el espejo retrov isor y mi mirada chocó con la de mi padre. Pero... no eran sus ojos... ¡Eran los míos! ¡Dios! Y sus labios sonreían, en una mueca inconfundiblemente cínica. ¡Su rostro era el mío, y la sonrisa era mía! Era la misma sonrisa cínica con que acostumbraba humil lar a quienes acudían a mí en busca de ayuda, de consuelo. Era mi sonrisa, la burla, la ironía, el desprecio, presentes, haciéndose evidentes para no dar lugar al perdón, a la misericordia, a la piedad... Esa sonrisa torcida fue mi perdición... Los disparos resonaron en mi alma como truenos apocalípticos. La camioneta se detuvo. Mi padre no volvió a mirarme; mi hermana tampoco lo hizo; fijaron sus miradas en el parabrisas. Los miré, rabioso, recriminando su felonía. Las puertas posteriores de la cami oneta se abrieron. Dos corpulentos policías aparecieron; uno de ellos me sujetó del brazo y me arrastró hacia fuera.
Miré a mi padre y a mi hermana, y los odié por siempre. El policía me retorció el brazo y me hizo girar sobre mis talones, me empujó hacia el costado de la camioneta, tiró de mis brazos hacia atrás y esposó mis muñecas. El otro policía se acercó; también me sujetó. Los dos me arrastraron hasta su vehículo. ...Cuando los barrotes de la celda se cerraron detrás de mí, comprendí que no... no había sido un sueño.
Cadenas del mal
Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. EL SANTO EVANGELIO SEGÚN
SAN JUAN