

ÓSCAR BARRIENTOS BRADASIC CUADERNO ANTÁRTICO
Fundaciones míticas y literarias del continente blanco
1ª edición: septiembre de 2022
© Óscar Barrientos, 2022
Diseño de la colección: Guillemot-Navares
Reservados todos los derechos de esta edición para © 2022, Editorial Planeta Chilena S.A.
Avda. Andrés Bello 2115, 8º piso, Providencia, Santiago de Chile
ISBN: 978-956-9961-30-4
RPI: 2022-A-5907
Impresión y encuadernación: CyC Impresores Ltda. Impreso en Chile
Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación total o parcial de esta obra sin el permiso escrito de los titulares de los derechos de explotación.
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27. Bautizo forzado de un tiranuelo sudamericano
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Resbalo por la meseta polar más allá del planeta desaparezco en el cosmos de traidor azul que es oscuridad Antártica se aleja como una flor de luz y escarcha siento terror
mientras describo en el vacío misteriosas geometrías bajo estricto control cierro los ojos inservibles la velocidad me inmoviliza solo se me salva la hebra de claridad polar que un día los hielos prendieron en mi retina la inmensidad me invade dulcemente y en el sueño comienzo a comprender.
Óscar Pinochet de la Barra
1. En la isla Rey Jorge
Comenzó durante el mes de enero, cuando me embarqué hacia el continente antártico desde el aeropuerto de Punta Arenas. El despegue se dio sin contratiempos y las alas del avión se entregaban a la poética del viaje, aunque hay quienes creemos que la tierra está animada por un espíritu del que nos desconectamos al separarnos de la pista, como si se cortase un cordón umbilical.
Vi por la ventanilla el estrecho de Magallanes, espada azul, rotunda, entre la ciudad y Tierra del Fuego. Luego de unas horas, mis ojos se posaron sobre el escudo de los hielos desplazándose sobre las duras aguas, cubiertas por una luz tenue y violenta.
Descendí a la isla Rey Jorge, la mayor del archipiélago de las Shetland del Sur. Avancé entre un puñado de tripulantes hasta la base Presidente Frei. Allí esperaríamos a que nos trasladaran en botes con motor fuera de borda al barco fondeado a la gira. Al lado había otra base local, la Faddéy Faddéyevich Bellinsgauzen: su nombre reverencia al marino súbdito del zar Alejandro I, considerado codescubridor de la Antártica junto con el británico Edward Bransfield y el estadounidense Nathaniel Palmer.

Iglesia ortodoxa de la Santísima Trinidad en la isla Rey Jorge (fotografía de Rafael Cheuquelaf).
Todo viaje entraña enigma, epifanía y encubre una revelación; un encriptado don divino que se vuelve amuleto. El mío estaba por manifestarse.
Miré hacia la izquierda, por sobre un yermo promontorio unido a una tosca escalera. La inclinación de los peldaños parecía señalar la dificultad de escalarlos. En lo alto se empinaban las decoradas cúpulas de una iglesia ortodoxa, remate de una ermita grisácea, piramidal, hecha de madera de Altái, remota república rusa, lecho de ríos siberianos que vierten en el Ártico. En dos palabras, Rusia, el apóstol Andrés, la Rus de Kiev, su historia de dones y cismas, se hacía presente aquí, al sur del globo terráqueo.
Una figura bajaba penosamente las escaleras haciendo el quite al viento, cada dos por tres más arremolinado, insinuante de finas dendritas estelares que al vuelo empezaban a espesarse. Resaltaba el sobretodo; la negra sotana cual lomo de caballo azabache; la cabeza coronada por un toca-
do con grabados; la larga y tupida barba: torrente canoso, crecido, disperso. Llevaba en las manos la cruz metálica de ocho brazos, el acetre para el agua bendita y su aspersorio. Casi estábamos cara a cara y el clérigo seguía caminando ajeno a mi sorpresa. Ráfagas caladoras de huesos cruzaban la meseta helada como si el mundo acabara de estrenarse.
De pronto un cormorán apareció marchando sobre el suelo rocoso. Sin apenas dudarlo, comenzó a picotear la flamante vestidura del religioso. El tiempo se detuvo. El instante preciso se estiró hacia el futuro: dos monjes alababan la ofrenda invernal. Justo cuando la ventisca desdibujaba la tela, desdoblaba las plumas del palmípedo, el sacerdote asperjó y bendijo al pájaro que levantaba el vuelo: parecido a un niño que siente su primer miedo, huyó del bautismo y se fundiría en los anchos torbellinos del viento polar.
—¿Qué quiere decir esto? —me pregunté. Probablemente nada, ya que la vocación habla sin palabras. Solo el sonido de la hélice entre las aguas frías y la visión del Ocean Nova, girando con su casco blanco y azul parecían romper el diccionario al nombrar las cosas. Ya a bordo, me enteraría de que aquel navío había sido construido en Dinamarca el año 1992 para navegar originalmente por las costas de Groenlandia, que el capitán era ruso y que la bandera que ondeaba en lo alto de su mástil era de Trinidad y Tobago. Hermosa coincidencia, que en el continente más distante del globo navegue esta suerte de Torre de Babel, atravesando tiempos y culturas, desgarrando la idea de un mundo literal.
En el camarote asignado guardé mis ropas, acomodé algunos libros que traje conmigo y mi cuaderno. Ese conjunto de hojas anilladas de tapas duras, hojas como témpanos alrededor del barco a la manera de un cinturón de asteroides blancos.
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Uno de los grandes peligros de un viaje hacia un mundo desconocido es que se realice para confirmar hipótesis ya preconcebidas. Viajaba con la expresión del vacío. ¿Qué pasaría si el color de la nieve fuesen páginas? ¿No sería la autoría una suerte de ironía ante esa superficie? Me cuesta creer que la industria de la creación fuese condenada siempre a naufragar.
O quizás sí. Quizás las grandes extensiones de nieve del continente austral son también el cuaderno donde la humanidad ha querido escribir una epopeya interminable y fundacional.
Llevo entre mis pertenencias una carpeta con recortes, notas de viajes, impresiones que llegan conmigo a ese barco. Son los libros que viajan en mí, las aventuras de navegantes solitarios sin más brújula que el desasosiego, el coro de náufragos clamando ante el tridente del vendaval, viajes literarios, sueños que la razón extravió en los baúles del delirio. Traigo también miedo, lo que sintieron todos quienes atravesaron los mares de la aventura polar.
También llevo un cuaderno. La angustia de quien parte de cero, argumento tan cursi que parece un dato real.
Un diario de viaje dispuesto a embalsamar en su pequeña dimensión aquellas imágenes que puedan ser traducidas en palabras. El lenguaje, en este contexto, parece infructuoso, insuficiente ante la geografía planetaria. Este espacio tan imaginado es mi laboratorio escritural: el cuaderno antártico.
2. Terra Australis Ignota
Antes de que Hernando de Magallanes, con su catalejo y sombrero tricornio, observara desde su nao las piras que encendían los selknam en la isla que le parecía un continente, convocando a los espíritus desde la primera noche de los tiempos.
Antes de que el corsario Francis Drake, quien había chamuscado las barbas de Felipe II en el siglo xvi, se encontrase sin más brújula que su temor primigenio en el proceloso mar austral y amainara en una isla que denominó Elizabeth en honor de su reina y que luego fue tragada por el mar como si se tratase de un espejismo que hasta los fantasmas olvidaron.
Antes de que los holandeses Jacob Le Maire y William Schouten zarparan en el Eendracht y el Hoorn desde el puerto de Texel en busca de una nueva ruta hacia las islas Molucas y fuesen los primeros europeos en bordear el extremo sur de Sudamérica.
Antes de que James Cook, el corajudo navegante británico que llevó la travesía tatuada en la frente, cruzara el círculo polar antártico y quedase atascado en un océano como un astronauta que aluniza en el corazón de la desolación.
Antes de que Dirck Gerritsz avistara desde el Blijde Boodschap aquella tierra montañosa que probablemente se trataba de las Shetland del Sur.
Antes de que James Weddell observara estupefacto cómo se hendían los témpanos, un mar azul y glacial que luego denominaría con el nombre de su rey, el monarca Jorge IV.
Antes de que Ross contemplara durante el primer día un volcán en erupción justo al medio de los hielos y otro apagado más al sur, que luego bautizaría respectivamente como Erebus y el Terror.
Antes de que Adrien de Gerlache de Gomery arribara a la Tierra de Graham y el navío Bélgica descubriese un paraíso blanco e inmarcesible.
Antes de que Borchgrevink construyera la primera base antártica en una colonia de pingüinos, a la que llamó Campamento de Ridley, en honor a su madre.
Antes de que la chalupa ballenera del Dragón de Liverpool obtuviese cinco mil pieles de lobo fino en la primavera austral y el capitán McFarlane diera cuenta de la costa occidental del helado continente.
Antes de que el noruego Roald Amundsen alcanzara el polo sur geográfico el 14 de diciembre de 1911, treinta y cuatro jornadas antes que el capitán inglés Robert Falcon Scott, que luego fuese hallado sin vida en su tienda de campaña junto a dos tripulantes, a seiscientos kilómetros de completar el regreso.
Antes de que Ernest Schackleton, oportunamente con veintidós hombres, quedase atrapado en el Endurance por la banquisa en un mar de hielo, tan duro como la piedra, siendo masticada su embarcación por esos dientes implacables como si fuese un monstruo, aquel fatídico octubre de 1915.
Antes de todo eso el Polo Sur, en la imaginación del Viejo Mundo, se llamaba Terra Australis Ignota1.
1. Fernando de Magallanes en 1520 pensó que la isla Grande de Tierra del Fuego era parte de esta Terra Australis Ignota. Nueva Zelanda,
3. El continente de los monstruos

Al igual que muchos de los pasajeros no puedo evitar quedarme en cubierta al momento del zarpe.
Las aguas gélidas y cristalinas parecían besar con su tímido oleaje el paisaje cuadrado de las bases antárticas, sus casas en los contenedores y sus improvisados senderos siempre dispuestos a ser cubiertos de nieve, sus achaparradas estructuras similares a cúpulas.
La tripulación ofreció un pequeño brindis al aire libre, mientras estábamos allí, algo hipnotizados por la majestuodescubierta por Abel Tasman en 1642, así como Australia, también se creyeron parte de esta mítica masa terrestre.
Planisferio de Mercator (1587).
sidad de un territorio sin fronteras. Al rato, las Shetland del Sur eran una cicatriz que el mar cerró.
Navegaba por la Terra Australis Ignota, el continente concebido en la geografía de la ensoñación. Convengamos que los viajes transoceánicos, antes de ser historia, fueron imaginados2. Lugares cuya geografía y existencia eran mitológicas: espacios construidos por extrañas culturas y desplegados en antiguos mapas. De esta forma se habla de lugares como “mar tenebroso”, “zona perusta” o “pulmón marino de Estrabón”.
Si bien existían algunas referencias geográficas, el discurso de la Antigüedad se vinculaba a suposiciones y lecturas muy ligadas a lo legendario, aunque en aquel tiempo se entendían como verdaderas.
En el mundo occidental, la Terra Australis Ignota era un continente imaginario cuyos orígenes y concepción se remiten a la Grecia clásica. De ahí que la representación de la Antártica, como un espacio remoto donde el mundo parecía terminar para luego reaparecer convertido en una nueva y colosal realidad, es un tópico que aparece en las primeras cosmogonías del pasado. Los griegos, grandes observadores de las estrellas, solían apuntar a la Osa Mayor y la Osa Menor como puntos cardinales en el oficio del navegante y también como una cosmovisión a la cual podían acceder los que vivían en la mitad superior de la Tierra. Atribuían el rol de Gran Osa a la ninfa Calisto, que representaba una cazadora al servicio de Artemisa, mientras que la Osa Pequeña sería su hijo Arcas, patrono de los arcadios3. Estas dos cons-
2. Por ello, hay quienes lo definen como un continente teorético, pues se planteó su existencia con antelación a su descubrimiento.
3. Arcadia: zona del Peloponeso, pueblo de pastores cuyos habitantes originales fueron los pelasgos. Recibe el nombre de su héroe mitoló-
telaciones significaban para los griegos el referente circumpolar, siendo la primera arktikos, “cerca de la Osa” y antarktikos “opuesto a ártico”. Más allá de la alegoría, estas consideraciones fueron fundamentales para entender la existencia de un lugar tan lejano, y dichas nociones no fueron ajenas a Aristóteles, quien en su Meteorológica afirma que la gran masa territorial del hemisferio norte debía necesariamente balancearse por una masa similar en el extremo sur. No obstante, la noción de antípoda aparece por primera vez en el Timeo de Platón para designar —en el marco de una noción esférica de la Tierra— lugares geométricamente opuestos en el globo.
Por ejemplo, Erastóstenes de Cirene4 en el siglo v a. C. calculó la longitud del meridiano terrestre en 39.500 km. Difícil determinar dónde culminaba la mitología y dónde comenzaba la geografía5.
Si nos fijamos con atención en el célebre mapamundi de Ptolomeo (siglo ii d. C.), vemos en la zona más meridional del planeta la proposición de un gigantesco continente. El connotado cosmógrafo, haciendo uso de la grilla y la cuadrícula, ya habla de la Terra Australis Ignota o tierra desconocida del sur; así el paradigma ptolemaico se vuelve fuente obligatoria de consulta para los cartógrafos del Renacimien-
gico, Arcas. Fue famosa por sus ritos a la fertilidad. Pasó a designar un país imaginario, descrito por artistas y poetas durante el Renacimiento y Romanticismo.
4. Hiparco y Seleuco reforzaban la idea de que el océano Índico era un mar interior.
5. Heródoto sostuvo que “las cosas más raras se producen en las regiones extremas de la Tierra, que rodean y encierran los pueblos conocidos”.
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to. Asimismo, sostenía que el océano Índico se encontraba cerrado por una masa de tierra ubicada al sur del globo.
Sin embargo, la tradición ptolemaica se fue perdiendo en Europa durante el Medioevo, cuando la investigación geográfica comenzó su decadencia. No obstante, mantuvo su vigencia en el mundo árabe y también en Constantinopla, siendo finalmente traducida al latín por el humanista Jacobus Angelus en los albores del siglo xv.
Curiosamente la existencia de un continente austral —a diferencia de las alimentadas por otros mitos geográficos, como son El Dorado o la isla celtoirlandesa de Brasil— parecía albergar más que una posibilidad, una certeza. El hecho de que la creencia permaneciese intacta durante la Edad Media y ya en la era de los descubrimientos, tuvo suficiente responsabilidad en el esfuerzo dirigido a explorar el sur del Pacífico.
El geógrafo latino Pomponio Mela cree que “debe existir una gran extensión de tierra en el hemisferio sur que contrarreste la masa constituida por el Viejo Mundo en el hemisferio norte”, llegando a sostener que sería tan enorme como para incluir Ceilán en su extremo septentrional6.
El francés Oronce Finé dibuja la Terra Autralis Ignota y a su vez, representa la península de Indochina apelando al subcontinente sumergido de Sunda. Por su parte, Gerard Kremer (1512-1594), padre de la cartografía moderna, conocido por el nombre latinizado de Gerardus Mercator y célebre inventor del sistema de proyección cartográfica, afirma con acento apocalíptico que si no existiera ese continente meridional, “nada impediría que la Tierra perdiera el equilibrio y saliera de su órbita entre las estrellas”.
En el año 350 a. C., el historiador griego Teopompo, dijo:
6. El Polychronicon de Ranulf Hidgen (1280-1353) sitúa como región monstruosa al centro de África, Etiopía y la India.
Existe un continente o superficie de tierra seca que es infinita e inconmensurable en sus dimensiones; dispone de pastos verdes, grandes y poderosas fieras, y hombres gigantes que nos exceden en estatura en al menos el doble; tiene muchas y diversas ciudades, con leyes y ordenanzas justas, al contrario que entre nosotros.
Pero volviendo a los mapas, hay ciertos quiebres del canon ptolemaico que se acercaron con gran similitud a lo que podría ser dicho continente. La cuestionada carta del almirante y cartógrafo otomano Piri Reis7, de 1513, pintada en cuero de gacela con un entramado de líneas que atraviesan la página en blanco del océano Atlántico, muestra Sudamérica, África Occidental y la Antártica. La proyección ofrece representaciones del estrecho de Magallanes y el archipiélago de las Malvinas, cuya isla principal Reis llama “de Sare”, el lugar donde la primavera llega antes.
Nuevamente la superstición y el sortilegio estarán presentes en las representaciones del lejano continente. Su remota ubicación en el extremo sur era asociada al reino de los muertos, al mundo de las pesadillas, a la metempsícosis de las almas errantes. Se llegó a pensar que sus habitantes dormían cuando en el otro extremo estaban despiertos. Dichas poblaciones fabulosas del extremo austral fueron reforzadas por los trabajos pretéritos de Plinio el Viejo8, hasta el punto
7. Ahmed Muhiddin Piri, más conocido como Piri Reis, fue un almirante y cartógrafo otomano que vivió entre 1465 y 1553. Forjó un mapa que según él había elaborado a partir de uno anterior hecho por un castellano que había acompañado a Colón en uno de sus viajes. El mapa fue presentado a Solimán el Magnífico.
8. Los límites entre la realidad y la mitología eran extraordinariamente sinuosos. Por ejemplo Plinio el Viejo, en su Historia natural, dice que
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de clasificarse como razas plinianas o seudoplinianas. Cito: “Por un lado se dice que los hombres son regados por toda la Tierra y que tienen los pies al revés y que el zenit es parecido por todos, y que en toda parte nos dirigimos al centro de la Tierra”. Huelga decir que en las cartas náuticas el extremo sur es habitado por escilas, serpientes marinas y monstruos como islas que cobraban vida.

Placa Munster de monstruos de mar y tierra realizada por Ortelius (1550).
En el Medioevo, con el auge del cristianismo y la expansión universal de la palabra de Cristo, fue un severo problema ajustar el precepto del origen común de todos los vivientes a la existencia de los hemisferios boreal y austral: la Iglesia planteaba serias dudas sobre la teoría de las zonas
durante el principado del emperador Claudio le llevaron a Roma el cuerpo de un centauro embalsamado en miel.
extremas. En ese trance, san Agustín aportó una salida que combinó geografía y aspectos teológicos. Aceptando la esfericidad de la Tierra, sostiene que en un continente inalcanzable no existen seres humanos, ya que hasta el confín meridional no llega la descendencia de Adán ni la buena nueva de la salvación.
Para personalidades como Isidoro de Sevilla y san Agustín, los monstruos no eran otra cosa que una expresión de un designio divino o más bien la manera como Dios nos muestra las formas en que se encarna el pecado: seres de una fealdad inconcebible9.
Se habló de hombres cinocéfalos (con cabeza de perro); cíclopes, gigantes con un solo ojo en el centro de la frente; hipópodos (con pezuñas de caballo) y seres con pies gigantescos o labios enormes que les servían de quitasol. El Beato de Burgo de Osma (1086) sostiene que la región meridional de la Tierra es derechamente inhabitable para los seres humanos y agrega que allí viven los esciápodos, seres que poseían un pie descomunal que les servía de sombrilla para soportar el calor.
En ambos polos abundaba una fauna grotesca y feroz que incluía peces lobo, perros marinos y elefantes peces, en una mixtura que conjugaba lo terrestre y lo marítimo. La franja central del globo se le llamaba “perusta”, mientras que la inferior y la superior se denominaba “frígida”. De acuerdo con aquella vieja creencia, la zona templada era propia de los europeos, mientras que los extremos eran inaccesibles para la intervención humana por lo excesivamente tórridas10.
9. El teólogo francés Alain de Lille dice: “Cada criatura del mundo es como un libro y una imagen para nosotros, y un espejo”.
10. Dicho razonamiento se le atribuye al escritor y gramático latino Macrobio (c. 395-436).
De hecho, el historiador griego Diodorus Siculus (siglo i a. C.) habla de seres híbridos en las zonas ecuatoriales, es decir, entre humanos y animales, mientras que en el extremo sur plantea un espacio donde hay sirenas11, serpientes marinas o también llamadas megofias, el Kraken de inmensos tentáculos.
En algunos momentos de las cartas náuticas, el vínculo ideológico de los territorios con lo animal y lo vegetal llegó a extremos delirantes, como el mapa del cartógrafo protestante alemán Heinrich Bünting de 1585, donde el mundo simula un trébol de tres hojas, o también el Leo Belgicus de 1611, que esboza la región de los Países Bajos con forma de león.

Detalle de un esciápodo o ser que hace sombrilla con sus pies, en el libro de Plinio el Viejo (año 79 d. C.).
El extremo sur, la Terra Australis Ignota era un paraje pavoroso, donde la travesía implicaba surcar mares atestados de demonios y leviatanes hasta arribar a un continente don-
11. La sirena Melusina, criatura de dos colas y mixtura entre lo céltico y lo cristiano, es recurrente en las antiguas cartas náuticas tanto en el extremo meridional como septentrional. Este ser mitológico es en la actualidad el símbolo de Starbucks.
de hallaríamos razas monstruosas, en que la animalidad desnudaría su rostro más salvaje.
Unos turistas japoneses se fotografiaban con los primeros témpanos que comenzaban a aparecer en el mar. En unas horas más se nos haría familiar la fauna antártica y, pensando en la zoología fantástica de estos mapas antiguos, por un instante imaginé que algo de esos animales quedaba en el ambiente. Tal vez los petreles, gaviotones, focas cangrejeras, cetáceos y elefantes marinos pasarían a ser parte de aquella ruta.
