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1
¿Quién habita la sombra
más oscura de tu cuarto?
Porque hay alguien ahí, lo sabes. O algo.
No pretendas no escuchar los ruidos. Son casi imperceptibles, es cierto, pero están.
Al cerrar los ojos, la penumbra se apodera de todo.
¿Sale, el que vive en la sombra, a mirarte dormir?
¿Va hasta la cocina? ¿Toca tus juguetes?
Domina como nadie el camuflaje. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Comerte? ¿Estudiarte? Solo él sabe.
2 Un día llegó.
Nunca sabrás cómo.
¿Por la ventana? ¿Por la cerradura? ¿Por la cañería?
En sus pupilas latía una inquietud: “¿Tienes sed?”
“No”, dijiste, y se marchó. Hoy vuelve y te repite: “¿Tienes sed?”
“¡No! ¡No!”, gritas.
Pero no te escucha porque no tiene oídos; sus ojos están llenos de preguntas, su lengua es seca y áspera. Trae vasos que rebalsan, copas llenas de agua,
cuencos, cacerolas, baldes,
hasta que dejas de decir “¡No!” porque tu boca está llena y tu cama y tu cuarto
de un mar que brota de ninguna parte. “¿Tienes sed? ¡¿Tienes sed?!” Un silencio acuoso
se extiende por toda la manzana.
3
En la calle las gotas forman charcos. Pequeños, medianos, grandes.
Charcos espejados que reflejan los paraguas
los sobretodos, los miedos.
Uno parece más grande que los otros y necesitas saltarlo.
Lo intentas, pero una mano sale de las profundidades,
toma tu tobillo y te sumerge.
Ahora miras todo desde abajo.
Una película de agua te separa del mundo y desesperas.
Cuando te das cuenta de que no hay salida, giras y te enfrentas
al dueño de la mano.
4
Una araña negra con un puntito rojo
teje hilos traslúcidos en la viga del techo. La luna se posa y dibuja minúsculos destellos en la tela que crece.
La familia vacaciona.
Desarma las valijas y pronto
las criaturas descansan en el cuarto a oscuras. La tejedora está entretenida durante muchas noches.
Los niños disfrutan afuera
y, cuando todo es silencio, descansan en sus camas arropados de sueños.
Finalmente la red está lista.
La araña se aburre y decide, colgándose del hilo sedoso,
arrojarse a la nariz pequeña, tostada y tentadora.
5
Una sanguijuela
del lago que elegiste
—curiosa, entrometida—, decidió habitarte.
No te diste cuenta,
fue solo un pinchazo.
“Una picadura, un pez”, te convenciste. Ahora navega, intrusa, por tu sangre. Se alimenta,
crece, parasita.
Vivirá, saciada y consentida,
hasta llegar a su último destino: tu tierno corazón.
6
Tan pronto te quedas dormido
apareces en un laberinto de paredes altas. Caminas sin pausa,
intentando encontrar la escapatoria. No la hay,
lo recorriste todo.
El gris de la piedra te devuelve una pregunta: “Y ahora, ¿qué?”
Una niebla densa te envuelve. El aire viciado, asfixia.
Se escucha un rechinar de dientes, cadenas que se rompen, gruñidos, garras que arañan las paredes. Se acercan. Olfatean. Gimen.
“¡Quiero despertar!”, les gritas. Pero no hay retorno
porque ya no hay sueño.
20 poemas de terror
y una cancion disparatada