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Victoria Leal
EL SANADOR DE LA SERPIENTE. PRIMERA PARTE—CAPÍTULO 3—
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3. Sobre la incomodidad de ser siempre tan correcto. Wilhelm continuaba con largas zancadas frunciendo el ceño, bajando ligeramente la cabeza a los sirvientes y guardias que se inclinaban en silencio para saludarle. Las anteriores palabras de Benedikt consiguieron concentrarle en su trabajo pero eso no significaba que, bajo la tiara de oro en su frente, se hubiesen disipado los deseos de libertad, de viajar más allá de Älmandur y conocer tierras y nuevas costumbres, otros idiomas o plantas, confirmar o descartar las historias en sus libros sobre Altos escondiéndose en villas sin nombre. Repasaba la lista de invitados en su palacio cuando su voz tomó la fuerza necesaria para hablar coherentemente. —He leído poco de la casa de Klotzbach. Infórmame, por favor. Benedikt enderezó la espalda, revolviendo en sus memorias todos los libros habidos y por haber. De vez en cuando, entre las letras y los árboles genealógicos, se mezclaban los discursos de Fritz y la sangre de distintas batallas pasadas. —La casa de Klotzbach es reciente. Ferdinand Klotzbach, padre de don Estuardo; fue quien inició la dinastía al unirse a la Academia de Caballeros, graduándose con grandes honores al conquistar las tierras del este. —El abuelo de Sebastian era un hombre bravío. Si no me equivoco, su excelente desempeño en la Guerra del Fuego le fue premiado con parte de las tierras conquistadas en el este. Una vez atravesado el largo corredor paralelo al que llevaba a la biblioteca, Wilhelm y Benedikt se internaron en los aposentos privados del heredero. —Está en lo correcto, Alteza. ¿Qué más necesita saber? —Sólo continúa. —Muy bien. Como ha dicho, el señor Ferdinand, entonces Caballero de la corona de Älmandur; fue premiado por su valentía y nombrado Barón, siendo las tierras del este su dominio. Tras ello, contrajo matrimonio con… Dos sirvientas procedieron a cambiar la camisa fina de Wilhelm y los pantalones marrones por unos de brillante azul. La camisa fue reemplazada por una túnica blanca, cubierta por otra túnica azul bordada con hilo de oro. —Con la Ilustre Dama, Agnes von Freiherr. —Correcto. —Y de esa unión, nació Estuardo, quien adquirió el título de Conde al contraer matrimonio con Catalina von Freiherr. Y ahora, Sebastian, tras participar en las tres batallas por la defensa de las tierras del este, se ha ganado el título de Marqués del Este…—La sirvienta posó en la cabeza del heredero una trenza de oro cuya forma recordaba a los halos de los ángeles— Actualmente se ha comprometido con la hija mayor de los Neuenthurm, quien en la actualidad vive en villa Orophël al servicio del señor de dicho sitio. De esta forma, reafirma su nobleza… ya nadie puede decir que son simples Caballeros. Interesante familia. —Alteza, si ya sabía todo esto, ¿por qué me lo ha preguntado? Wilhelm sintió cosquillas cuando la sirvienta amarró el cinturón en su cadera pero evitó la risa, mirando a Benedikt.
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—Para recordar a mis queridos invitados antes de cenar con ellos. Todo un deleite, ¿no crees? —Ciertamente, Alteza. Han ganado su nobleza a pulso. —De todas formas, Beni, ¿qué significa ser Noble sin las acciones de ayudar al prójimo? ¿Acaso nuestra sangre es de otro color, nacemos de los repollos en el campo, nuestra lengua es incomprensible o es por el hecho de venir de los Cielos? Los únicos “Nobles” de auténtica “alcurnia” somos los von Freiherr pues las demás familias son meros plebeyos que nos han facilitado la vida aquí, en Älmandur. Mas esas familias han hecho el bien de diferentes maneras, tanto para nosotros como para el supuesto vulgo… ¿qué nos aparta a nosotros, los Von Freiherr, de los demás hombres? Somos exactamente iguales. Un ciego podría tocar mi rostro, el de Helmut y el de Sebastian y jamás podría asegurar cual es el humano de este mundo y cual provino del Cielo. Dime Beni, ¿qué significa ser “Noble”? Las sirvientas hicieron una venia retirándose en silencio por una puerta secundaria escondida tras un cortinaje de brocatos verdes. Benedikt acomodaba la tiara en la cabeza de su amo, notando un brillo malicioso en los ojos del niño. —Esa pregunta le será respondida a su tiempo, Altecita. Todo lo que yo puedo decirle es… le pediré que no diga estas cosas frente al público, especialmente ante sus padres. Podría hacerles ver su escaso interés en la corona. —Pff, está bien. Pero no estoy hecho para esto, tal vez mi primo o Sebastian puedan hacerlo mejor, ambos saben sonreír en el momento exacto y nunca… —Nunca… —Jamás meten la pata. En cambio yo lo único que hago es darle vergüenzas a mi padre. Si fuera más estricto conmigo a me habría reventado el trasero con el cinturón. Menos mal que Fritz tiene esa alpargata, mi mejor entrenador de carácter. Uf, soy demasiado suave y lo peor es que es visible. Ya verás que, cuando sea rey, todo el mundo se mofará de mi. Cualquiera imitará a los arribistas Klotzbach y se llenarán de títulos a costa de los impuestos del pueblo. Ahora que recuerdo, los Neuenthurm son de la misma calaña. —Amigos de vuestro padre, Alteza. Le han salvado de envenenamientos y puñaladas. Para compensar la fidelidad, al señor Ritter Neuenthurm se le nombró Senescal. Cabe mencionar que pronto, será padre por segunda vez. El sanador observó la forma del vientre de la señora Näurie Neuenthurm, anunciando la llegada de un varón. Wilhelm se miraba en el espejo. Tras él, sobre un escritorio yacía el libro regalado por su madre. Miraba el reflejo del diario con brillantes ojos, hecho notado por Benedikt. —¿Se ha casado con alguna pariente mía? He notado que es la mejor forma de robarse los títulos. Ahora entiendo la prisa por mi boda con Frauke, seguramente algún petimetre Caballero anda tras ella, tal vez el Escudero de Helmut que parece mosca en la miel. ¿Cuál era su nombre?—Wilhelm rascó su barbilla titubeando un segundo, registrando en su memoria el rostro del mencionado hombre—¡Ah!, Nikola. Se rumorea que fue un mísero bandido antes de ingresar a la Academia, y ahora es Escudero. Que los Altos le alejen de Frauke, me da mala espina. —Altecita, debería ocuparse de Ritter Neuenthurm, no de un mísero Escudero. —Si tú lo dices…
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—Retomando los títulos de nobleza, el caso de don Ritter es diferente pues él se encontraba casado cuando se le cedió el nombramiento. —Qué terrible situación, estoy forzado a ser esposo de Frauke para evitar otro sinvergüenza en la familia. Y yo pensando en Lotus… ahora entiendo porqué Fritz suspira cada vez que le digo algo sobre ella. Soy ingenuo, pero con mayúsculas. —Si la señorita Lotus fuera su esposa, le estaría dando más poder a la casa de Klotzbach, Alteza. Ya poseen tres bastiones más el territorio en el este, considérelo. —Muy desfavorecedor, tienen el poder de ingresar bienes por la frontera. —Pero recuerde que lo más relevante es esto: la casa de Klotzbach es dueña de los territorios en el este. La casa von Freiherr no tiene mucha soberanía en ellos y, un matrimonio con Lotus Klotzbach propiciaría… Wilhelm giró la cabeza rápidamente, fijando sus ojos en Benedikt. —Las tierras del este son colindantes a territorio de Äingidh… de hecho, la actual fortaleza de Klotzbach eran los bastiones de tales criaturas. —Así es, Alteza. Mas la familia Klotzbach es salvajemente valiente. —Por favor, no continúes. Fritz tiene razón, las Majestades han escogido correctamente a mi esposa. Si mi matrimonio con Lotus fuera real, las tierras del este me pertenecerían y sería responsabilidad del reino ocuparse de los Äingidh en una guerra sin fin que nos llevaría la debacle económica. —Sí, tienes razón. Mejor me callo. —Sin embargo, Frauke es mi prima. Por todos los Altos, no me termina de convencer la idea. Wilhelm arrojó todo el aire en su interior, ensayando la sonrisa que debía lucir en la cena. Imitaba la mueca que Fritz usaba en las ceremonias, gesto aprendido desde juventud. —¿Cómo hace Fritz para que sea vea natural? —Mi buen amigo nació fingiendo sonreír, Altecita. Lo conozco desde que tengo siete años y ya entonces se miraba al espejo practicando la sonrisita que tiene hoy. Todo un caramelo.. pero tuvo tiempos felices en los que… olvídelo. —Necesito su secreto, seguro que Sebastian ya lo maneja al dedillo. —Ya lo creo, ni se esmere en preguntarle al joven Ritter porque ese es tan pesado como Fritz. Perdón, el amo Ritter es difícil de llevar. —Pero Ritter sólo tiene veinte años, ¿en verdad puede ser tan pesado como Fritz? —No sonrió ni para el día de su boda. —¿Quién sonríe el día de la boda? Ni que fuera una fiesta. Es decir, ni que fuera sinónimo de gozo. —Alteza… El príncipe avanzaba hacia el corredor cuando fue alcanzado por Benedikt quien le acercó el diario de tapas verdes junto a una pluma entintada. —Alteza, ya que es oficialmente una pertenencia suya, le rogaría firmarlo. —No firmaré una página en blanco tras escuchar tamañas historias de los Klotzbach y los Neuenthurm. Benedikt soltó una risotada que le constipó las costillas. Apenas retomó el aire, se arrodilló para ofrecer su espalda como escritorio.
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—En todo caso, Alteza, le aseguro que Ritter es alguien digno de su confianza. Él le aprecia muchísimo y hará lo que sea para cuidarle. —Ni amarrado confiaría en alguien así. —Olvide nuestra charla, Altecita, sólo ponga en la primera página que el libro es de su pertenencia, de esa manera nadie podrá embaucarlo. Vamos, ¡hágalo! Wilhelm tomó el diario, afirmándolo en la espalda de Benedikt, quien sintió la fina mano del príncipe escribir sobre el viejo papel amarillento y crujiente. —¿Pongo mi nombre completo? —Con títulos y todo, Alteza. Y añada el dibujo de una hoja para finalizar, recuerde que ese es el símbolo de su linaje. —Buf, terminaré mañana. Espero no sufras de tus rodillas. —Hoy se han portado bien las muchachas. El sanador me dio un ungüento que parece obra de los Bailarines de Trébol, Alteza. Hasta me dio el coraje de subir escaleras, ¡me siento de su edad! Estoy listo para volver a buscar esposa, tantos años de luto me están matando. —¿No estamos muy tarde? Dicho esto, Wilhelm sintió una sombra en su espalda. Levantó la pluma del papel, entregándola junto al diario, volteando para notar la imagen de un hombre ataviado de plata. —Alteza. —Hola, Fritz. Lindo traje, combina con tus ganas de sonreírle a la vida. Benedikt tapó su boca con la mano al ponerse de pie y voltear. Carraspeó para tapar su risa, enderezándose. Fritz permanecía calmo e inexpresivo, sosteniendo un pergamino sellado con una cinta roja. —Agradezco su elogio, Alteza. —Uno debe reconocer cuando se hacen bien las cosas. No Fritz, en serio, ¿por qué la cara tan agria? Se supone que es una fiesta pero parece que vas a un funeral. —Es hora de unirnos a las bebidas previas a la Fiesta de Bienvenida, Alteza. Le recomiendo un tono mesurado de conversación y un especial interés en el invitado, el Embajador del Milenario Reino de Siam. —De veras, tenemos un invitado diferente ¿cuál es el nombre de nuestro Celeste Invitado? Los tres hombres iniciaron marcha por el corredor alfrombrado de borgoña y oro, atravesando cuadros de paisajes cercanos. Algunos exhibían nombres como Aldea de Hoja Verde o Villa de las Cascadas mas otros sólo tenían un marco desnudo y era difícil adivinar el sitio retratado ya que la espesura del bosque era similar en todas direcciones y las villas se alzaban allí. Benedikt era el último en la fila, su andar era pesado mas alegre. Leía pacientemente el pergamino entregado por Fritz, quien respondió la pregunta de su amo con tono grave. —Jade Oceánico, Alteza. Real Comandante de la Marina. —He leído que en el Milenario Reino de Siam se bautiza a los niños cuando ya son conocedores de su carácter.
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—Así es, Alteza. En este caso, Jade Oceánico fue bautizado por su instructor de escuela a la edad de ocho años. Antes de eso, sus padres le llamaban Luz, puesto que le engendraron en épocas tardías de la vida. Wilhelm bajó la mirada involuntariamente, cavilando sobre la escasa información disponible sobre el Embajador del lejano reino. Sin palabra alguna, el grupo atravesó el último corredor hacia el salón donde se esperaba la presencia del niño quien suspiraba tratando de mitigar la inseguridad en su pecho y las mariposas en su tripa. Masajeaba su vientre repasando nombres, sus ubicaciones en la mesa, lo que tenía permitido beber y lo que estaría fuera de su alcance. El niño respiraba hondo y tranquilo cuando arribaron al pórtico custodiado por cuatro guardias en cota de malla. Fritz y Benedikt notaron el nerviosismo en su pequeño amo, siendo el hombre de gris el encargado de animarle aunque con escaso resultado. —Jade Oceánico es el segundo en la línea de sucesión al trono de Siam, Alteza. Actualmente es el Comandante de la flota naviera del reino. Al pertenecer a la familia real, su cabello es un tanto peculiar. —¿Tan asombroso es que necesitas mencionarlo? —Alteza, ¿ha leído sobre Siam? —Así es. La gente de esos lares tiene el cabello como el petróleo y sus ojos como corteza de arboleda añeja. Sus pieles son pálidas y sus ojos rasgados y la realeza es de mayor altura. —Los cabellos de Jade Oceánico son pálidos como la luna llena, Alteza. Sus ojos como perlas del amanecer resaltados con tinta negra y roja. —Todo un ejemplar, me gustaría tener mi libreta para ilustrarle. —Alteza, no es un espécimen. Modere sus comentarios. —Ay Fritz, vaya forma de ayudar al amo. Wilhelm sonrió palmeando el brazo de Fritz, asintiéndole a Benedikt quien comprendió el mensaje dicho en secreto, un “está bien” que el príncipe regalaba a menudo para evitar discusiones. —Supongo que tendrán su forma de explicar el fenómeno tal y como explicamos aquí el origen de mi familia. —Ya recordará lo que hemos estudiado al respecto, Alteza. Hora de ingresar a la fiesta. Wilhelm exhaló profundamente, acomodando sus brazos a los costados mientras Benedikt peinaba los blondos cabellos levantados en la nuca. —Bien, abre la puerta. —Un momento, Alteza—Fritz posó su mano en el hombro del muchacho—Aguarde a las Majestades. Debe ingresar con ellos o se robará toda la atención. —¿Es acaso posible robarle la atención al rey? Wilhelm deslizó su mirada al corredor, allí vio a cuatro lacayos acompañando a los reyes ataviados de rojo quienes avanzaron lentamente hacia el pórtico custodiado, sonriendo al ver a su niño. Ambos sintieron que veían al pequeño por primera vez mas no se atrevieron a comentarlo, simplemente se tomaron de las manos sonriendo. La reina mesuraba su gesto, acomodando el velo en sus hombros cayendo desde la corona
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de ramas doradas pero el rey no tenía mucho reparo, aceleró la marcha para agarrar a su heredero como si se tratara de un bulto, cargándolo sobre su hombro derecho y dando vueltas en círculos. —¡Cómo está mi futuro rey! —¡Majestad, por favor, hace que pierda el sentido de orientación! Albert bajó al niño, quien sujetaba su cabeza con ambas manos tratando de enfocar los ojos de su padre. —Mírate, todo un hombre ante mis ojos. Creciste tan rápido que no me lo creo. ¡Si antes corrías por los pasillos tironeando las mangas de Benedikt! —Ejem, Majestad—Benedikt sujetaba al príncipe por los hombros, notando el evidente mareo—Su Alteza sigue jugando a jalar de mi manga. Sin ir más lejos, hoy hicimos tropezar al sucesor de los Klotzbach. Discúlpele si enseña un corte en la frente, ha sido nuestro descuido. —Ah, ese jovencito siempre oportuno—El rey meneó la mano en el aire—No hablemos de él, ¡admiremos a mi hijo! —Padre… —Hijo—Albert abrió los brazos enérgicamente— ¡Te quiero todo esto! —Ay, papá… no empieces, por favor… —Y tú, ¿cuánto me quieres? Wilhelm miraba los brazos de quien le repasaba con ojos vivaces. Tras un momento de duda, el niño abrió los brazos intensamente como si en cualquier segundo estos fueran a dejarle e irse por su cuenta. Fritz y Benedikt sonrieron al ver las mejillas sonrojadas del pequeño, quien sentía que su nariz se hallaba próxima al sangrado. —Todo esto… —Oh, eso es mucho, mucho, ¡muchísimo! Pero, ¿sabes una cosa? —¿Qué cosa? —Tenemos los brazos abiertos y eso significa ¡un abrazo! —¡NOOOOO! ¡VOLVÍ A CAEEERR! El rey apretó a su hijo hasta sacarle el último aire en sus entrañas. Le liberó para reacomodar la trenza de oro en su frente. —¡NO NIEGUES QUE ME AMAS, WILHELM, NO LO NIEGUES! El niño sonreía feliz pero avergonzado de admitir que le gustaban las asfixiantes muestras de cariño de su padre a quien miraba de reojo tras la manga de su túnica. La nariz de Wilhelm sangraba, hecho que se repetía siempre que el bochorno le tomaba como víctima. —Majestad—La reina mimó la mano del rey al tiempo que acariciaba la mejilla de Wilhelm— No hagamos esperar a nuestros invitados. —Bah, tienes razón. Entremos a comer que ya me desvanezco. ¡Abran la puerta! Los soldados chocaron sus talones metálicos coordinando la apertura del pórtico en madera barnizada de miel. Simultáneamente tomaron las asas para mecer las maderas, encegueciendo al joven príncipe con inmensidad de la luz dorada que abrazaba todo. El niño avanzó sin saber qué hacer por unos instantes, sonriendo al relajar su espalda pues su madre le sostenía del hombro.
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—¡Ante nuestras mortales existencias, sus Majestades el Rey Albert Johann Luther Wilhelm von Älmandur-Freiherr y la reina Heidei Adalgisa Jenell Viveka von Älmandur-Freiherr y el Príncipe Heredero, su Alteza Real Dagmar Wilhelm Heinrich Burke von Älmandur-Freiherr! Wilhelm tragó aire al sentir el peso de las palabras pronunciadas por Otto, el edecán de su padre, el rey Albert. ¿Mortales existencias? El muchacho recordó que los Altos tienen una vida tan larga que eran considerados inmortales ¿serían parientes de los reyes de Siam y por ello Jade Oceánico era parte de una festividad propia del reino de Älmandur? Entonces, ¿era verdad que vería morir a seis generaciones de súbditos antes de comenzar a verse adulto? Aplausos les recibieron, para fortuna del príncipe el ruido opacó sus inquietudes. Los músicos del otro lado del salón marcaban un ritmo pausado que calmaba el corazón intenso del heredero quien se detuvo en un bordado de hoja en la alfombra al tiempo que sus padres saludaban entre risas. Los nobles presentes eran caras conocidas a través de pinturas y chismes. Unos eran familiares otros que ni en pintura fueron presentados. “Esos de allá han de ser los Ackermann y junto a ellos han de estar los… ¿cómo se llamaban? ¡Ah! Los Wolfen pero esos que están a su lado, ¿de dónde salieron? ¿Acaso me salté un libro entero? Tampoco sé quienes están allá y acá… necesito a Fritz AHORA” Wilhelm saludaba con un suave gesto de su mano sin entender lo que hacía a pesar de que toda su vida estudió para situaciones como esa. Los reyes fueron acomodados en la cabecera de la mesa por Otto quien hacía muecas discretas a sus colegas Benedikt y Fritz ofreciendo una venia a Wilhelm. El pequeño siguió el protocolo, acomoándose a la derecha del rey. Barbilla en alto, mirada clara, el rey alzó la copa del más dulce mosto. —Quiero ofrecer esta cena en honor a los Altos mas este brindis es para conmemorar la delicia de sus presencias en estas humildes tierras. Alcen sus copas— Las manos de los asistentes siguieron la petición, aquel que no bebía estaba pronto a hacerlo— Beban con nosotros, ¡sean bienvenidos a Älmandur! Las copas fueron chocadas con la energía propia del reino, en el juego el mosto se arrojaba de una copa a otra entre risas y vítores al rey. —Juajaja, así me gusta, mis queridos. No perdonen la fruta ni la carne, hagan suyo todo manjar frente a sus ojos y si no encuentran lo que desean, pídanlo para saciar su deseo. Wilhelm bebía el primer sorbo de su copa cuando notó que, justo frente a si, se hallaba el Senescal Ritter zum Neuenthurm. ¿A mano izquierda de la reina? Como si fuera un segundo heredero, el Senescal sonreía bebiendo, mirando al príncipe con claridad. Sus ojos pálidos rezaban palabras en un idioma aprendido a pulso por el pequeño pues nadie lo hablaba fluido salvo Fritz y Benedikt pero jamás lo usaban. Wilhelm creyó escuchar susurros en su mente, como si Ritter fuera capaz de mirar su alma y desnudarle sin consentimiento. El niño cortó el lazo visual para abandonar su copa en la mesa, susurrándole a Fritz.
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—¿Por qué no está Frauke frente a mí? Sería un alivio compartir puesto. —Alteza—Fritz se inclinó para hablar directamente al oído de su amo—El Senescal se toma la valentía de supervisar los alimentos. Si está en un lugar tan importante en la mesa es para probar los manjares que nuestras Majestades y usted comerán. Cálmese, sólo estará allí por unos diez minutos. Tras ello, su lugar será ocupado por su prometida. —¿Ritter come y bebe antes que nosotros? —Probablemente ya ha probado las comidas antes de que fueran traídas al salón pero una último intento nunca sobra. Wilhelm notó que el Senescal le ofrecía un pequeño brindis silente desde su puesto. El príncipe sonrió, brindando en secreto con el hombre de afilada expresión fría. —Pues si se arriesga así, es de fiar. —Alteza, en el mundo nada es blanco o negro. Sonría, enseñe un amable desplante pero nunca, nunca abandone el puñal escondido entre sus ropas. El heredero al trono mantenía una sonrisa dulce e ingenua bebiendo el mosto mientras reflexionaba sobre las últimas palabras pronunciadas por su amigo de plata. Cuando Wilhelm pidió una repetición del mosto a su querido sirviente, el rey dejó su copa en la mesa para levantar las manos en dirección al invitado de larga cabellera plateada y ropajes naranja. —Mi estimado Jade Oceánico, no sé si tengo palabras para describir mi sorpresa pues tu visita estaba programada para la boda de mi queridísimo primogénito. —Espero no ofenderle con mi presencia anticipada, Majestad—El Embajador afirmaba su mano en el pecho, inclinándose ligeramente para enseñar su respeto—Los vientos de Siam han favorecido mi navío, por ello nuestro presto arribo. —¡Pero qué cosas dices! ¿Ofendido? ¡Si es un placer tenerle! Espero nuestra comida sea de tu gusto y, por supuesto—El rey Albert enseñó su copa ante los comensales atentos—del gusto de todos. ¡Salud y buen provecho! Benedikt y Fritz se acomodaron tras Wilhelm, observando la cena mientras una mucama llenaba sus copas con cerveza y mosto tibio, respectivamente. El hombre de rojo se acercó risueño a su colega, susurrante y burlesco. —Fritz, ese tal Jade tiene un acento gracioso. —No seas mal educado. Si le es costoso pronunciar la “erre” se debe a que su idioma utiliza “eles”. Apostaría a que si tú fueras a Siam serías incapaz de pronunciar bien tanta “ele” junta… —Ay, pero qué tenso estás. Si ya todos están comiendo, relájate un poco y bebe. El rey ya dijo que podíamos comer hasta reventar. —Beni, eso lo haces todos los días. —Qué malo eres conmigo. —¿Es verdad que necesitas la ayuda de dos personas para salir de la cama y volver a ella por la noche? Fritz empinó la copa cuando su amigo procedió a inclinar un jarrón ofrecido. —Tal vez me estoy poniendo un poco gordito. —¿Tal vez? Si yo tuviera un gemelo podría aspirar a llenar tu ropa. —¡Sólo disfruto mi vida!
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Benedikt se apartó para conversar con una doncella sosteniendo panes dulces rellenos de fruta, momento en que un muchacho de cabello ondulado abandonó la mesa para codiciar la misma golosina. —Oh, joven von Freiherr, ¿gusta de los klose? Porque para mí son la vida, espero no se los coma todos. Helmut sonrió un poco tímido, escudando sus labios tras el pan vaporoso. —Pierda cuidado, me baztará con uno. —¡Vaya alegría que me ha dado! —Benedikt, quiero pedirle un favor… algo zimple. —¿De qué se trata? —Me conoze de pequeño, ¿porqué tanta formalidad? Llámeme Helmut, como lo ha hecho dezde mi infanzia. Benedikt devoraba el tercer pan dulce pero Helmut no tenía el valor de morder el que estaba en sus manos, envuelto en un fino papel decorado. —Te llamaba así cuando eras un niño, ahora serás el cuñado de mi queridísimo amo. Creo que un poco de respeto vendría bien. —Ezo zuena como a un conzejo de Fritz. El hombre de rojo emitió una carcajada robusta que distendió los ánimos de los comensales en la mesa, quienes aún permanecían en sus puestos y bien compuestos. —¡Ja, ja, ja! Ay, ese viejo amargo. Todo el mundo sabe como es. La verdad es que me pidió que lo hiciera. Estoy seguro de que ahora le está pidiendo cosas a Wilhelm, nada más mírale, si parece que guiara la conversación entre Ritter y mi amo. —Hablando de Wilhelm—Helmut devolvió el pan dulce a la bandeja sin haber siquiera reparado en él—Me encantaría tratar con mi primo. Ayer converzamos pero noz quedaron pendientez y, bueno, zupongo que no ze le ha dado tiempo libre. Además, busco una revancha por el duelo que tuvimoz en la tarde. —Oh, es verdad—Benedikt tragaba la cerveza que cayó en sus manos—Los Äingidh buscan recuperar sus bastiones perdidos y a su familia se le encargó la defensa del bastión sur. Ya lo creo, usted tiene mucho de qué conversar con mi niño. —Fueron trez batallaz por dezgazte, noz zuperaban de tal forma que parezía ridículo un enfrentamiento. Maz hoy, todo eztá a nueztro favor. Le pido no hable de aquello como una gran hazaña, sólo fue táctica bázica. —¡Espero que la ceremonia de congratulaciones haya estado a la altura, querido Capitán! —Traz todo ezo, zólo queríamoz un mullido catre, ze lo juro. Cazi noz dormimos en medio del dizcurzo del rey. Menos mal que Nikola eztaba a mi lado, zu bofetón me mantuvo alerta. —Oh, sí, me lo imagino. En sus hombros recae el honor de la familia pero discúlpame, voy a solicitarle al Senescal zum Neuenthurm que no acapare a Wilhelm. —Ritter tiene eze problema, cuando le daz confianza no te zuelta. Muchas graziaz por tu amabilidad, Beni. Benedikt realizó una venia discreta al joven de finos atavíos borgoña y dorado. Sus botas eran completamente planas y aún así le era sencillo resaltar entre los invitados sin mencionar que, no obstante su defectuoso incisivo montado sobre su compañero;
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su favorecido rostro era imán de cuanta mujer intentara ignorarle. Su hermana menor, la prometida de Wilhelm, solía sentir celos de la belleza de su hermano pues jamás podía dirigirle la palabra ya que, si no eran las doncellas, otros Caballeros se le agolpaban a llenarle de elogios o era solicitado por el mismo rey quien le palmeaba el hombro entre risas y cerveza que compartían a menudo. Lamentablemente, cuando conseguía atraparle era rechazada con desprecio y sin razón aparente. Cabe decir que al joven le gustaba ese trato especial pero lo disimulaba, o al menos lo intentaba. Sin embargo, ser elogiado e invitado a diversas manifestaciones con o sin motivo le subía el ánimo y las ganas de charlar mas en aquella fiesta de recepción el joven era atacado por la apatía y se escondió tras un cortinaje donde aguardaba su amigo filtrado en la fiesta, vistiendo pulcros ropajes prestados. El vilipendiado Escudero también buscaba desaparecer para irse al catre mas permanecía en la celebración única y exclusivamente porque su amo así lo pedía. Allí, bastante apartados en un rincón sin velas, el Caballero y su fiel hombre compartían un momento de paz entre sonrisas y susurros cómplices. ¿Planeaban escaparse al primer descuido, llevándose consigo parte de la cena y un barril de licor o recordaban travesuras hechas a diestra y siniestra sin ser detectados? Benedikt deseaba cumplir la petición de su amo, recorrió el salón hasta el lugar donde el heredero y el Senescal compartían una charla liviana sobre las decoraciones e iluminación. El hombre de rojo se acercó al los varones, inclinándose respetuosamente. —Senescal, un honor saludarle. —El honrado soy yo, Benedikt von Orophël. Si he conocido hombre fiel, ese es usted. —Hoy he recibido tantos saludos de este tipo que ya ni sé cómo responder. Wilhelm enseñó una dulzura propia de su corazón, sintiendo que la aparición de su sirviente no era al azar. —Beni, ¿quieres unirte a nuestra plática sobre la desafinación de los músicos? Están un cuarto de tono abajo, me encantaría corregirles pero mi querido Ritter a sugerido no hacerlo, ahorrándonos posibles ofensas. —Oh no, qué más quisiera yo. Mi talento en música termina donde comienza mi habilidad de bordar. —Beni, tú no sabes bordar. El Senescal ahogó su risa en un jarro de cerveza. —Fue un agrado compartir con ustedes, espero tengamos una nueva oportunidad dentro de poco. —El agrado es nuestro, Ritter. Wilhelm liberó un suspiro al quedar a solas con Benedikt, bebiendo un sorbo de mosto antes de voltear. —Por todos los Altos, Beni. Ritter sólo habla de frivolidades. Quería saber un poco de sus viajes, su familia o lo que piensa de mi compromiso—Wilhelm suspiró desganado, mirando al viejo Benedikt— Sólo conseguí saber que le gusta el azul y que compuso una pieza nueva para zanfona. Ni siquiera mencionó a su esposa encinta y eso que la tenemos sentada en la mesa. Ay, me habría encantado oír de Tëithriel a quien no
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vemos desde hace un año. Siento que, a pesar de haber compartido infancia, no le conozco. —Creo que ni Ritter sabe quién es, no pregunte tonterías. —Tonterías son las que él conversa, ¿a quién le importa si el mantel es mostaza en vez de dorado? ¡Es un mantel y cumple su trabajo de proteger la madera, qué más da! Ya ni sé lo que estoy diciendo de todas formas, dejaré de beber este mosto engañoso. —Tal vez suene vacía la conversación con Ritter pero tenga en cuenta que esa es tu táctica para conquistar a la gente. —¿Es una táctica? —Claro. Cuando alguien no habla de si mismo y sólo te escucha es atractivo, se siente bien que alguien te escuche. —En verdad, fue muy atento con lo que dije pero no respondía mis preguntas. —Quieres saber más y le buscas charla para intentar averiguar algo. Tenga cuidado. —Tal vez tengas razón… —Ah, se me olvidaba—Benedikt dirigió la mirada del príncipe hacia el lugar donde Helmut aguardaba, acompañado de una copa de mosto y una cortina que le apartaba del grupo—Helmut quiere verle. Yo creo que con él estará más a gusto. —Helmut, mi querido primo. Pensar que seremos más cercanos en un futuro próximo. —Considérelo su hermano, Alteza. —¡No seas asqueroso! —¿Perdón? —Entonces, Frauke también lo sería. —Uy, verdad. —Mejor voy a que me hable más de su campaña en el sur. He notado que tiene mucho cuidado con su costado izquierdo. —Es fácil andar con cuidado después de recibir un golpe con una espada de madera justo donde un hacha fue anteriormente hundida, Altecita. La herida de Helmut fue suturada con habilidad por Äweldüile pero eso no le hace invencible. — ¿Sutura de hachazo?¡Quiero ver esa herida! —Em… Wilhelm, no creas que es algo bonito de ver. El amo Helmut estuvo en cama por un mes completo y debería reposar aún. Aquella hacha rompió los huesos del joven y… —¡¿Los Äingidh usan HACHAS?! —Emm… sí, terribles y afiladas hachas tan altas como Fritz. —¡QUIERO VER! Benedikt suspiró, mimando el hombro de su amo. —Me quedaré en este lugar, Alteza. Si necesita de mi o de Fritz, sólo indíquelo. —Lo haré de ser necesario, Beni. Gracias. Wilhelm dejó su copa vacía en una bandeja ofrecida por un sirviente de negro, quien inclinó su cabeza, desapareciendo tras una puerta una vez completada su jornada de labores. El príncipe se las arregló para esquivar al mar de gente tratando de captar su atención con elogios, sugerencias y regalos improvisados, enfocando su mirada en la conversación que Helmut mantenía con su amigo de cejas tan arqueadas que nadie
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podría imaginarle de buen ánimo pues le hacían ver furibundo o malvado. Wilhelm notó que el joven tenía una relación cercana con Helmut ya que alcanzó a escuchar un trato al mismo nivel que su primo no se molestaba en corregir y hasta carcajeaban sin tapujo alguno, bebiendo como si el mundo terminara al día siguiente. Tímidamente Wilhelm se acercó a los amigos, momento en que Nikola, el Escudero, regaló una venia silente, inmiscuyéndose entre adornos y oscuridades en busca de pasar desapercibido. El niño saludó con un apretado abrazo a su adolorido primo, quien sonreía a gusto palmeando el frágil hombro de un heredero acomodado. —Em, perdón si he interrumpido tu diversión, querido primo—Wilhelm rascó su nuca, enseñando vergüenza por su descortesía—Parecían divertirse y yo sólo vengo a retenerte un poco antes de que partas de viaje nuevamente. —Qué va, Willie—Helmut rellenaba su jarro con más cerveza, ensuciando sus labios con giste tras beber el primer sorbo—Aunque zólo hubiezez pazado zin quedarte, Nikola ze habría ezfumado. Ez un poco tímido. —¿Tímido? No lo parece sino todo lo contrario. Tiene el rostro endurecido y una buena postura, la mirada clara, la voz profunda. Si fuéramos a buscar a alguien tímido no sería él, con toda certeza. —Zí, ez un tipo pezado pero todo lo que necezitaz para llevarte bien con él—Helmut usó sus palmas, creando una longitud similar al de una regla de escritorio—Ez tenerla AZÍ de grande. Wilhelm levantó una ceja sin comprender el chiste de su primo, cuya boca fue cerrada por la mano del furioso Nikola. —¿Qué es eso tan largo que necesito para llevarme bien con usted? —Nada, Alteza—Helmut se liberó de la pesada mano de su sirviente, mirándole con picardía— Algo sencillo. Una… buena voluntad, es todo. —Oh, eso es sencillo… —¡JA, VOLUNTAD! Buen nombre, le llamaremos azí a partir de hoy… —Compórtate, por favor. Si no lo haces te arrastro a la cama, so inútil. —Ay si, Nikolita, vete ya, que me conporto bien, te lo prometo. —Estás tan borracho… no hagas tonterías que avergüencen a nuestro príncipe, por favor. —Ay, no zeaz tan ominozo. A mí me lo perdonan todo. Nikola meneó la cabeza, negando mientras regresaba a su escondite en el rincón oscuro, dejando en incógnita al pequeño Wilhelm. —Em… Helmut, hablemos de asuntos más emocionantes, ¡cuéntame más sobre tu batalla en el sur! El muchacho recorrió a su primo, notando cierto cambio en relación al día anterior. Wilhelm llevaba la espalda recta y los hombros cuadrados para verse más alto e intentar llegar al hombro de Helmut quien estaba encorvado y usando la pared de refugio. De pronto el desánimo del joven se esfumó, afirmó sus pesadas y duras manos en los hombros de Wilhelm quien abrió grandes ojos al notarse escudriñado. —Primo, cómo no me dí cuenta antez, ¡me desaparezco unoz mezez y te hazez adulto!—El muchacho de cabello ondulado hasta los hombros zamarreaba a Wilhelm
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de los brazos—Me pregunto qué ocurrirá la próxima vez que deje de verte por un tiempo. Estáz máz alto y no zon laz botaz. —Y, ¿qué puedo confesarte? Un día entrenas cómo empuñar una espada y, al otro, regresas con honores y nuevos territorios. Yo he crecido por un milagro porque no hago más que leer y leer. Helmut rodeaba el cuello de su primo con el brazo, mirándole con admiración. —Todo por la familia, Willie. —Hace tiempo que no te escuchaba llamarme así, la verdad es que tanta formalidad me pone ansioso. —Yo también lo extrañaba pero menoz curzileríaz, ¿vale? —Ji, ji… Me parece bien. —¡Quiero proponerte algo! No te azuztez, nada zerio. —Muy bien, ¡haz tu petición! Wilhelm notó que el mosto se le subía a la cabeza a pesar de su escasa graduación alcohólica. De no ser por el firme brazo de Helmut, seguro que el príncipe se desbarrancaba en la alfombra. —Primo, extraño ezaz mañanaz de entrenamiento junto a tu ezpada, ¿te pareze zi aprovechamoz la mañana de mañana, ¡quiero una revancha! Ademáz, despuéz tendremoz la Fiezta de loz Altoz y no podremoz ni converzar con tanta actividad y ruido. —¡Me siento honrado con tu sugerencia, querido Helmut! Diré a Fritz que coordine todo. El área de entrenamiento ha estado algo desierta estos días pero tu llegada encendió los ánimos de todo el mundo. El muchacho de firme cuerpo notó que los párpados de Wilhelm lucían algo pesados. Le ofreció silla para que repose, aprovechando de servir unos cuantos manjares en un plato a la deriva. El príncipe se acomodó en la mesa, frente a distintas comidas humeantes observando la expresión dura de un primo con ligeras cicatrices en manos y rostro. —Willie, come algo. Te haz dedicado a converzar y beber, ezo no ez bueno para tu imagen. Ten, cómelo antes que ze enfríe. —Sí… tienes razón. Parece que le han puesto algo a la bebida y Ritter no lo pudo detectar. —¡La bebida no tiene nada, primo! Ez zólo que no bebez nunca y tu eztómago no tiene nada—Helmut se sirvió de un trago la cerveza en su mano, ofreciendo una bandeja de patatas y chucrut—Anda, come y ze te va a pazar el mareo. No dejez que nadie note tu ligera embriaguez o zu Majeztad no parará de moleztarte hazta el día en que mueraz. —Mi padre siempre encuentra asidero para molestarme… ahora se agarra de mi peso y me levanta como si fuera un costal de… nubes. —Ez zu forma de demoztrar zu afecto. En tu lugar, yo daría laz graziaz y le pediría que me aviente… no zé. Cualquier coza. Tu padre ez lo máximo, nunca te exige lo que no puedez dar.
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Wilhelm notó cierto desaire en el tono de voz de su primo quien miraba a un costado cada vez que se refería a su progenitor. Obviando el gesto, el muchacho comió de lo ofrecido, analizando la mesura en los movimientos del Embajador. —Helmut… —¿Zí? —¿Por qué los varones de Siam parecen mujeres? —Esto… ni idea. No le había mirado bien, tienez razón. Pero no puede zer mujer, y zi lo fuera sería una muy fea y eza voz tan grave pareze que manara de un barril… y tú no deberíaz dezir ezo porque tampoco erez muy rezio… ¿sabíaz que ze rumorea en Älmandur que el reino tiene princeza y no prínzipe? —Eso no me ofende pero es raro, ¿parezco princesa? —Quítate el flequillo. Ez ridículo,Wilhelmine. —No es mi decisión… pero le diré a Fritz que quiero que mi pelo sea salvaje. —Sólo déjalo crezer normal, no le hagas cortes de princeza. —Pero a mí me gustaría llevar el cabello de Älmandur. —¿Una trenza, azí como Zebaztian? —¡No, no! A mi me gusta el cabello del abuelo Älmandur, largo y con pequeñas trenzas engarzadas con joyas y… —Ezo ez aún peor, dime que quieres un vestido y te lo conzigo. —Helmut, te haz puesto muy antipático de repente. Deja la cerveza que ya te estás emborrachando. —No primo, por favor, no lo hagaz—Helmut no usaba su jarro para beber sino que se apoderó de una jarra repleta hasta el borde, bebiendo directamente de ella e ignorando a su primo— Hazta ez mejor idea imitar la media cabeza rapada de los Fiadhaish en la montaña y pintarte tatuajes… —Oye, primo—Wilhelm sujetó la muñeca de Helmut, quien giró la cabeza para mirar a los ojos al príncipe—¿Cuándo podré hablar con mi futura esposa? Es que no me dejan ni darle los buenos días. —Bueno, ahora zerá tu mujer, ya no ez máz la primita Frau. —Con más razón debo hablar con ella. —¡Claro que no! —¡No entiendo la lógica! —¡Ez para rezguardarte de la TENTAZIÓN, Willie! —¡Cuál tentación, sólo quiero HABLAR! Los comensales de la fiesta hicieron una pausa para mirar al príncipe, quien saludó con una sonrisa incómoda. El silencio se mantuvo hasta que el rey golpeó el hombro de Jade Oceánico. —Mi querido Embajador, ¿nos puede relatar cómo son los mares del oriente? Se nos ha dicho que son salvajes pero los marinos de Siam han de ser mucho más bravíos que aquellas aguas, ¿no es así? —Sin duda, estimado. Verá, la única forma de atravesar el mar de… Helmut dio una palmazo en la nuca de su primo. —¡Te dije que no te comportaraz como borracho y ez lo primero que hacez! —No me dijiste eso…
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—¡Te lo dije de forma educada! Pero pareze que no funzionó, erez un mal borracho, de loz porfiadoz. —¡Yo no soy porfiado! —Ay no, por loz Altoz en los zieloz— Helmut intentó agarrar su primo para tomarle en brazos— ¡Que te llevo a la cama! —¡Tú no me llevaz a ningún zitio! —¡NO ME IMITEZ! Las bocas de los jóvenes fueron tapadas por las frías manos de Fritz y Nikola, respectivamente. A ellos se les unió Benedikt como un guía hacia el cuarto contiguo. Fritz y Nikola levantaron a los muchachos arrastrándoles al siguiente salón entre tirones y empujones, siempre cubriéndoles la boca. Benedikt los sentó en una butaca mientras Fritz permanecía de pie frente a ambos. Nikola meneó la cabeza desilusionado de su amo, acercándose para susurrarle al oído y acomodarle el cuello de la camisa. —Que no tenga un minuto de paz siquiera en una puta fiesta. Mi espalda llora por no volver arrastrarte, pesas más que diez corceles. —Ay, zi tanto te jodo, ándate, me cuido zolo. —Sí claro, la última vez que me dijiste eso y te obedecí, conseguiste clavarte un azadón en la frente. —¡El azadón se me cruzó! —Claro, y el árbol del otro lado también, ¿verdad? Los Altos están poniendo a prueba mi paciencia. Enseñándole un gesto de desaprobación, Nikola entregó sus respetos a Fritz, Benedikt y al príncipe, desapareciendo por una puerta secundaria. Fritz fue quien tomó el control de la situación, acorralando a los muchachos arrojados a su suerte en la butaca al centro del salón. El hombre dio un paso firme al frente, manos atrás y entrecejo convertido en mil nudos de árbol añoso. —No les doy de correazos por el trasero únicamente porque estamos en una fiesta. —Pero Fritz, ¡él empezó! —¡Wilhelm! —Wilhelm ez un ebrio antipático. ¿Por qué tanto ezcándalo? No hicimos nada malo zalvo hablar un poquito fuerte. —Silencio, Helmut, tú también estás borracho. —¡Que no lo eztoy! Bueno zí pero un tantito, sólo Nikola me ha vizto completamente borracho y no lo recomienda. —Te tomaste toda la cerveza del barril, jovencito. —Un poquito de zervezita no le haze mal a nadie. Está zuave, hay que beber máz para zentirze mareado siquiera. —¡Y tú llamándome ebrio! —¡ESTÁS COMO UNA CUBA! ¡Yo puedo mantener la ezpalda recta aún! ¡Tú parezez un churro! Benedikt levantó una ceja cuando Helmut se puso de pie a discutir con Wilhelm, quien trataba de enfocar la mirada en su primo poniéndose en puntillas.
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Fritz arqueó las cejas hasta reunirlas en el centro con más fuerza, tomando su cinturón de cuero y azotándolo en la espalda de Helmut. —¡Suficiente! El muchacho acarició su adolorida piel, volteando para mirar al hombre de plata. —Tienez la mano pezada pero ya eztoy acoztumbrado. Manda a ezte otro a dormir. —Vete a dormir tú también si no quieres que ordene tu cabeza en una bandeja. Helmut afirmó ambas manos en la cintura, desafiando al príncipe en la butaca. —No zeríaz capaz de lidiar con ezo, niñito ¿haz vizto a alguien decapitado en tu vida? Benedikt tomó a Helmut de los hombros, arrastrándole por la alfombra hacia un pórtico. —¡Buenas noches dicen los pastores a las ovejas! —¡No zoy oveja, zoy un Caballero! —Buenas noches, Benedikt. Muchas gracias. A regañadientes, el muchacho fue llevado por el corredor hacia el ala de huéspedes donde Nikola le pateó las canillas, arrastrándole al dormitorio. Wilhelm empuñó las manos al verse a solas con Fritz, quien aún sostenía el cinturón con firmeza. —Alteza. Le sugiero un descanso. Wilhelm miró los ojos opacos de Fritz, buscando un reflejo inexistente. Aquella mirada fría también la tenía Ritter ¿compartían la misma ira o era tristeza camuflada de molestia constante? —Sí, tienes razón. Me disculparé frente a los comensales, descansaré y luego, regresaré a la celebración. —Bien pensado, Alteza. Fritz acomodó el cinturón en su cadera, retomando la esbeltez escondida por la túnica. Wilhelm avanzó lentamente hacia el pórtico que daba a la fiesta, cabizbajo, manteniendo duros puños mientras Fritz sujetaba el postigo. —A su tiempo, Alteza. —Abre la puerta.
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