

Contenido
Moda
La importancia de la moda en el cine
Pag. 5 - 6
Film Talk
HAMNET: el duelo como obra de arte
Pag. 3 - 4
Mujercitas: cuatro formas de ser mujer Pag. 23 - 24
Book Club
Rojo, Blanco y Sangre Azul: enamorarse aunque el mundo este mirando
Pag. 19 - 20

On Repeat Plan VELISSE
¡Qué rico es ser latino! Bad Bunny y el halftime show que abrazó al mundo entero
Pag. 21 - 24
Joyeria
Reporte de joyeria usada en la sesión de portada Pag. 27 - 28
En Portada
Isabella Aceves: Florecer sin pedir permiso
Pag. 9 - 18
TELL ME LIES: Amor, obsesión y las verdades que preferimos no enfrentar
Pag. 7 -8
Love Story: El príncipe de América y la mujer que no quería ser princesa Pag. 29 - 30
Carta de la EDITORA

En Portada
La actriz y estudiante de psicología, nos habla sobre lo que implica aprender a florecer, dejando que el mundo piense lo que quiera.

Marzo Es un mes que habla de mujeres, de voz, de fuerza, de historia. Pero también es un mes que invita a mirarnos hacia adentro con más honestidad. No desde el ruido, sino desde la conciencia. Esta edición nace desde esa idea: florecer no como espectáculo, sino como proceso. Después de febrero, que nos invitó a hablar del amor desde lo cotidiano, marzo me llevó inevitablemente a pensar en el crecimiento. Ese crecimiento que no siempre se nota en fotos, que no siempre es celebrable, que muchas veces es silencioso. Crecer implica cambiar, implica incomodarse, implica dejar atrás versiones de nosotras mismas que ya no nos sostienen. Y eso da miedo. En esta edición, nuestra portada nos recuerda que florecer no es convertirse en alguien distinto, sino atreverse a habitar lo que ya somos. Que crecer no siempre significa subir, sino expandirse hacia todos lados. Que poner límites, cuestionarse, aprender a soltar y reconstruirse también son formas de amor propio. Velisse sigue siendo un proyecto joven, pero cada número me confirma algo que siento desde el principio: crear también es una forma de resistencia. Crear es decir “esto es lo que veo, esto es lo que siento, esto es lo que quiero compartir”, incluso cuando no todo está claro. No pretendo que estas páginas tengan respuestas definitivas. Me interesa más que generen preguntas. Que te acompañen. Que te incomoden un poquito. Que te hagan sentir vista. Marzo no es solo un mes para celebrar lo que ya somos. Es un mes para reconocer lo que todavía estamos aprendiendo a ser. Gracias por crecer con este proyecto.


ANA SOFÍA GOYTORTÚA
Instagram: @anasofiagoytortua

HAMNET: el duelo como obra
de
arte
Escrito por Ana Sofía Goytortúa
Hay películas que no “cuentan” una historia: la sostienen con las dos manos, como se sostiene algo frágil. Hamnet hace eso. No se siente como una biopic tradicional, ni como un “Shakespeare movie” de museo. Es, más bien, una reimaginación de lo que suele quedar fuera de los grandes nombres: la pérdida, la madre, la casa, los rituales cotidianos que siguen existiendo aunque el mundo se haya roto. La película está basada en la novela Hamnet de Maggie O’Farrell, publicada en 2020 y ganadora del Women’s Prize for Fiction. En cine, la dirige Chloé Zhao, y O’Farrell coescribe el guión junto a ella.
Tuvo estreno en cines en 2025 y llegó en streaming el 3 de febrero de 2026. En el centro está Agnes (la esposa de Shakespeare) interpretada por Jessie Buckley, con esa sensibilidad rara que no se fuerza: su duelo no “actúa”, respira. Frente a ella, Paul Mescal interpreta a William, y la película guarda, hasta muy al final, la confirmación explícita de quién es él para el mundo. Ese detalle narrativo me parece precioso: primero conoces al hombre, después al mito. El resto del elenco sostiene el tono sin pelear por la atención: Joe Alwyn y Emily Watson también forman parte del reparto principal. La película ha tenido un recorrido fuerte en temporada de premios, algo que se siente merecido para una historia tan contenida.
Lo que Hamnet hace con elegancia es retroceder. Antes de la obra y del genio literario, hubo un niño. Hubo fiebre. Hubo una mesa. Hubo una madre intentando entender por qué el cuerpo se apaga. Y esa cotidianidad es lo que más duele: la muerte no llega con música dramática, llega en medio de lo ordinario. La película toma el duelo como punto de partida emocional. Cada personaje se mueve distinto alrededor de la pérdida, y eso es lo que la vuelve tan humana: nadie vive el dolor igual, pero todos quedan marcados por el mismo vacío. El silencio entre escenas pesa tanto como los diálogos. Y en medio de todo está Agnes, una mujer que el pueblo mira con ese miedo antiguo con el que se mira a las mujeres
que saben. No “bruja” en el sentido fantástico; bruja en el sentido histórico: curandera, observadora, alguien con conocimiento práctico del cuerpo, las plantas, la vida y la muerte. La película muestra esa injusticia sin subrayarla con discursos modernos; simplemente la coloca ahí, como era. Y duele.
Visualmente, la película también habla. La fotografía se siente orgánica, casi táctil. El vestuario no está ahí para “recrear época”, sino para construir carácter: telas naturales, colores terrosos, capas que protegen y que pesan. Todo tiene textura. Todo tiene intención. Hay películas que explotan la muerte como impacto. Hamnet no. Hamnet entiende la muerte como lo que es en la vida real: repetitiva (porque el pensamiento regresa), absurda (porque no “explica”), íntima (porque te pasa adentro aunque afuera siga siendo martes). Para mí, el corazón de la película está aquí: el teatro como máquina de conservar lo que no se puede conservar. Cuando por fin la película revela, con toda claridad, quién es William, (y lo hace tarde, como si te dijera: “primero conoce al hombre; luego te digo su nombre”) el gesto final cae con otra fuerza: Hamlet no nace del genio; nace del duelo. Nace de esa necesidad imposible de volver a ver a alguien, aunque sea como sombra, aunque sea como palabra. Ahí es donde la película se vuelve casi una carta de amor al arte. Como ese truco humano de decir: si no puedo detener la muerte, al menos puedo impedir el olvido.
La película no intenta ser “inteligente” para impresionarte. Es inteligente porque está hecha con cuidado. Porque entiende a las mujeres como centro emocional sin volverlas símbolo vacío. Porque su estética (vestuario incluido) no es decoración: es lenguaje. Y porque al final, no sales pensando en Shakespeare. Sales pensando en lo que nadie puede evitar: que amar también es aceptar que algún día vas a perder. Y que aun así, la gente escribe. Actúa. Canta. Porque a veces, eso es lo único que se puede hacer con el dolor: darle forma para que no te devore.






La importancia de la moda en el cine
Escrito por Ana Sofía
Goytortúa
Hay películas que recordamos por sus diálogos. Otras por sus escenas icónicas. Pero muchas veces, lo que realmente se nos queda grabado es algo más silencioso: lo que los personajes llevan puesto. El vestuario en el cine no es decoración. No es un añadido estético. Es lenguaje Es psicología visual. Es narrativa. Antes de que un personaje diga una sola palabra, ya sabemos algo de él. Y eso no es casualidad.

El rosa como identidad: Wicked
En la adaptación cinematográfica de Wicked, uno de los mayores aciertos fue respetar la esencia teatral de Glinda sin convertirla en una copia literal del escenario de Broadway. Glinda siempre ha sido rosa. Pero en el cine, ese rosa evoluciona. No es solo un color bonito; es una herramienta narrativa. El vestuario mantiene la identidad que el público ya conoce, ligereza, brillo, presencia casi etérea, pero lo traduce a un lenguaje más cinematográfico: texturas más complejas, siluetas más estructuradas, detalles más sutiles. El rosa deja de ser un disfraz de comedia musical y se convierte en símbolo de estatus, ingenuidad estratégica y poder social. Ahí está la diferencia entre vestuario y moda: la moda sigue tendencias. El vestuario construye carácter.
El exceso como crítica: Marie Antoinette
En Marie Antoinette, dirigida por Sofia Coppola, el vestuario no solo recrea una época: la interpreta. Los tonos pastel, los encajes, los vestidos imposibles no están ahí únicamente por fidelidad histórica. Funcionan como metáfora de una burbuja. María Antonieta vive envuelta en dulzura visual mientras el mundo afuera se desmorona. Su ropa es tan delicada y excesiva que casi parece una prisión de azúcar. El vestuario nos dice algo antes de que la historia lo confirme: está aislada. Está protegida. Está desconectada. La moda aquí no es superficialidad. Es ironía.

El minimalismo como amenaza: Gone Girl
En Gone Girl, el vestuario de Amy Dunne es una clase magistral de contención. No hay exageraciones. No hay dramatismo evidente. Hay líneas limpias, colores neutros, siluetas sobrias. Y precisamente por eso funciona. Amy no necesita vestir poder; lo encarna desde la precisión. Su ropa comunica control, cálculo y frialdad emocional. Es minimalismo convertido en arma. El vestuario nos prepara para algo que todavía no entendemos del todo. Nos advierte, incluso cuando no sabemos que debemos estar alerta.
Romanticismo oscuro y feminidad trágica: Frankenstein
En la adaptación de Guillermo del Toro, Frankenstein, Mia Goth interpreta a Elizabeth Lavenza y a la madre de Victor, y su presencia estética es fundamental dentro del universo visual de la película. En el caso de Elizabeth, el vestuario no es accesorio. Es contraste. Dentro de la estética gótica y sombría característica de del Toro, los vestidos de Elizabeth funcionan como un punto de tensión visual: delicadeza frente a monstruosidad, luz frente a obsesión, humanidad frente a ambición desmedida. Sus siluetas evocan romanticismo clásico, pero nunca son ingenuas; están diseñadas para coexistir con un mundo que se está descomponiendo. Y eso es importante. Porque en historias como Frankenstein, donde el foco suele estar en el creador y en la criatura, el vestuario de los personajes femeninos puede convertirse en una herramienta silenciosa para reforzar lo que está en juego emocionalmente. Elizabeth no es solo “la prometida”. Su presencia estética ayuda a subrayar lo que Victor está perdiendo en su obsesión: la conexión, la ternura, lo humano.





Hablar de moda en el cine no es hablar de tendencias. Es hablar de trabajo invisible. De diseñadores, costureras, asistentes, investigadores históricos, pruebas de cámara, decisiones milimétricas de color que duran segundos en pantalla. Son detalles que muchas veces el espectador no registra conscientemente… pero si no estuvieran ahí, algo se sentiría vacío. El vestuario es una de esas artes que, cuando está bien hecho, no distrae. Construye. Y creo que reconocerlo es importante. Porque detrás de cada vestido icónico, cada abrigo estructurado, cada textura pensada para un personaje, hay equipos enteros contando una historia en silencio. La próxima vez que veamos una película, tal vez valga la pena preguntarnos no solo qué dijeron los personajes, sino qué estaban usando mientras lo decían. Ahí también está el cine.
TELL ME LIES: Amor, obsesión y las verdades que preferimos no enfrentar.
Escrito por Estefanía González
Hay series que ves para entretenerte. Otras que ves para evadirte. Y después está Tell Me Lies, una de esas historias que te sacuden por dentro, te hace cuestionar lo que creías sobre el amor, y aún así no puedes dejar de mirar.
A primera vista podría parecer uno de esos romances universitarios más con tensión constante. Pero no te dejes engañar: lo que Tell Me Lies trae a la pantalla es mucho más profundo y real de lo que esperas. Esta es una serie que te confronta con tus propios sentimientos, tus inseguridades y los patrones que muchas veces repetimos sin darnos cuenta.
Lucy y Stephen no son personajes planos ni perfectos. Son complejos, contradictorios y profundamente humanos. Lucy, en particular, me atrapó desde el primer segundo porque no es la mujer “ideal” que siempre toma buenas decisiones. Toma decisiones que duelen, que confunden y que te hacen querer traspasar la pantalla. Pero es precisamente eso lo que la hace tan real. Porque a todos nos ha pasado: queremos a alguien con intensidad, incluso cuando sabemos que no es sano. Queremos sentirnos deseados aunque eso signifique ignorar señales de alerta. Y Tell Me Lies lo retrata sin filtros.
Stephen es el claro ejemplo de un personaje irresistible que sabe exactamente qué fibras tocar para mantenerte atrapado incluso cuando te está haciendo daño. Esa ambigüedad emocional, atracción y peligro, es lo que te deja pensando días después de ver un episodio.
Lo más valiente de Tell Me Lies no es solo el romance intenso, sino la forma en que explora temas como codependencia, ansiedad, heridas emocionales y autoestima sin caer en clichés. No romantiza lo que duele, aquí no hay “amor verdadero” ni finales felices de cuentos de hadas. Hay personas lidiando con su
pasado, con sus miedos, con decisiones que los lastiman y al mismo tiempo las enseñan.
Ver esta serie es como mirar un espejo emocional que te obliga a preguntarte: ¿Por qué me atraen ciertas personas? ¿Qué patrones repito? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por amor? Y esas preguntas no son ligeras. Son preguntas que tocan lugares sensibles, especialmente si te has encontrado en una relación que te consume más de lo que te nutre.
Cada episodio está construido de una manera que no solo avanza la historia, sino que también te va revelando capas de los personajes. Nada es superficial, lo que parecen decisiones impulsivas muchas veces tienen raíces profundas en traumas pasados, en inseguridades que nadie se ha tomado el tiempo de sanar. Y esa complejidad hace que la serie no se quede en lo típico porque te desafía a pensar, sentir y analizar.
Además, no hay capítulos aburridos, no hay relleno. Cada escena, cada diálogo y cada silencio cuenta. Te ríes, te desesperas, te enamoras de ciertos personajes y odias a varios. Lo mejor (o peor): te atrapa de una forma casi adictiva.
Esta serie no es solo entretenimiento, es conversación. Es algo para ver con tus amigas y debatir durante días. Es una serie que te hace sentir TODO, desde frustración hasta una extraña empatía por personajes que no la merecen o podrían ser planos y predecibles.
Tell Me Lies no es ligera y no intenta serlo. Pero sí es honesta, visceral y provocadora. Es la clase de serie que te deja pensando “¿qué haría yo en esa situación?” Te arrastra hacia temas de salud mental, de cómo nuestras heridas impactan nuestra relaciones y de cómo a veces el verdadero conflicto no está en la otra persona, sino en lo que cargamos dentro.


FLORECER SIN PEDIR PERDÓN

Goytortúa
Isabella Aceves no se presenta como “perfecta”. Nos habla sobre un crecimiento real: soltar, aceptar que la vida no es lineal, poner límites y cuidar la salud mental. En un mundo donde todo el mundo quiere parecer “resuelto”, Isabella nos recuerda algo más honesto: crecer no es llegar, es volverte.
Escrito por Ana Sofía

HHay personas que llegan a una conversación como si abrieran una ventana. Entran con humor, con una honestidad que no pide permiso y
con esa inteligencia que no presume: observa, conecta, pregunta. Isabella Aceves tiene 21 años, es Libra, estudia Teatro Musical y Psicología, y habla como piensa: rápido y sin fingir solemnidad. “Me gusta mucho leer,” me dice, “pero me cuesta trabajo mantener mi lectura.” Prefiere series cortas, no es de ver películas populares; de hecho, confiesa que ha visto las mismas cinco películas toda su vida. Y aun así, o quizá por eso, tiene una forma muy particular de mirar el mundo: con una mezcla de crudeza, ternura y un sentido de análisis que se nota incluso cuando se está burlando de sí misma. En esta edición, Isabela no vino a dar respuestas perfectas. Vino a decir la verdad: la que se contradice, la que se reformula, la que aprende. Y eso, en un mundo donde todos quieren llegar “ya”, se siente como un acto de valentía. Cuando le pregunto qué significa florecer, Isabela no se va por lo fácil. No lo confunde con éxito, no lo viste de logro, no lo reduce a tener “más”. Lo dice como si le molestara que el mundo lo haya simplificado: Para ella, florecer es crecimiento personal, y el resto llega después. “No siempre tener más significa ser mejor…
Siento que si el crecimiento personal viene primero, todo lo demás es consecuencia.” Y su frase se queda vibrando en el aire: “Florecer es crecer hacia todos lados, no únicamente hacia arriba.” Como si el progreso no fuera una escalera, sino un mapa. Como si también contará aprender a descansar, aprender a pedir ayuda, aprender a dejar de pelear contigo. Isabela ubica su verdadero crecimiento en 2025, después de un año complicado que la obligó a hacer cosas sola… pero también a descubrir algo todavía más incómodo: que no estaba tan sola como se había convencido. Lo dice con una claridad hermosa: aprender a dejar que otras personas entraran en su vida fue un reto. Porque cuando te acostumbras a sobrevivir sola, recibir amor se siente raro. “Me tocó cambiar mi rutina, cambiar mi manera de pensar, cambiar mis amistades… y siento que el cambio siempre es incómodo.” Luego remata con algo que debería estar impreso en una pared: “Si un cambio es muy cómodo, no es cambio.” Isabella piensa en imágenes. Le gusta explicarse con analogías porque, en el fondo, así procesa: convirtiendo ideas en escenas. Cuando habla de soltar, recuerda una metáfora que le dijeron en un mochilazo: tú ya cargas tu propia mochila; si encima decides cargar la de alguien más, tarde o temprano te quiebras.


Y ahí pone el límite con cariño, pero con firmeza: hay cosas que no son necesarias, que ya no sirven, que no funcionan, y por eso mismo se sueltan. Lo más fuerte, sin embargo, no es lo que suelta afuera. Es lo que suelta adentro: “Creo que algo que a mí me costó mucho trabajo soltar fue… soltarme a mí. Yo tenía una idea muy formada de lo que yo era.” Esa frase dice mucho. Porque a veces el peso no es una persona. Es una versión antigua de ti, una identidad que ya no te queda, un personaje que te inventaste para sobrevivir una etapa… y que un día deja de ser útil. Isabela no cree que los finales lleguen con un anuncio. No siempre hay un cierre cinematográfico. A veces solo… un día miras hacia atrás y notas que ya no duele igual. Lo compara con The Office (sí, esa “serie súper underground”), con ese deseo humano de saber cuándo estamos en “los buenos tiempos” antes de que se terminen. Y lo lleva a lo difícil: también pasa con lo malo. Durante mucho tiempo piensas “todo está mal” hasta que un día te sorprendes: volteas al pasado, volteas al presente… y te das cuenta de que ya no está igual. Imperfecto. No eterno. Pero mejor. Hay una parte de la entrevista donde Isabella se vuelve especialmente honesta: habla de cuando salió de secundaria y era “una persona muy enojada con la vida”. Enojada


con su familia, con sus amigos, con el lugar en el que estaba. Como si todo fuera cuesta abajo. Después, cuenta que al cambiarse de escuela en prepa tuvo una idea casi absurda (y preciosa): “Para terminar el año me voy a saber los cumpleaños de mi generación.” Eran 300. Obvio no lo logró. Pero sí aprendió los nombres, habló con todos, se abrió camino. Lo importante no es el objetivo literal. Es lo que revela: quería transformarse. Quería dejar de vivir desde el enojo. Y sí: cuando sueltas ese enojo, “la vida comienza a sonreírte de una manera distinta”. Isabella lleva menos de un año en teatro cuando hace esta entrevista. Todavía está con esa mezcla de asombro y miedo de quien está comenzando una vida nueva. Y dice algo que muchos piensan pero pocos admiten: “Yo decía: soy pésima mintiendo… ¿cómo voy a fingir ser alguien que no soy?” Ahí está la trampa: creer que actuar es mentir. Isabella, sin decirlo así, empieza a descubrir otra cosa: actuar es habitar una verdad distinta sin perder tu centro. Y cuenta algo que me encantó porque lo dijo sin poesía forzada, pero con una precisión emocional muy fuerte: el teatro se volvió un refugio. “Es un mundo donde puedes vivir tranquilo, sabiendo que siempre vas a salir.”
Le pregunto por el miedo a no ser suficiente y se ríe como si la pregunta fuera obvia: “Sí. Obvio. Siempre. Todos los días.” Lo que sigue no es tragedia, sino una reflexión muy sensata: entrar al mundo del entretenimiento le ha enseñado humildad. No desde “me odio”, sino desde una idea básica: nadie tiene la obligación de aplaudirte. Y ahí confiesa algo que es muy común al empezar: ella no se va por “soy lo máximo”. Se va por el otro extremo: “me van a odiar”. Se compara, se asusta, se mira alrededor y ve talento. Y le pesa. Pero también entiende algo: el rechazo es parte del camino. En teatro. En la vida. En graduarte. En pedir trabajo. En querer lo que quieres. Esa aceptación es una forma de madurez. Cuando hablamos de psicología y actuación, Isabela cuenta una anécdota brutalmente honesta: audicionó para un papel de asesina, y no se lo dieron. El director le dijo que en su audición traía “cara de botox”: tiesa, sin emoción. ¿Su lógica? Totalmente psicológica: ella pensó “asesina = antisocial = no muestra emoción”. Y ahí se da cuenta de algo importante: no puedes construir a un personaje solo desde un diagnóstico. “Como que me fui por una idea muy irreal… no es agarrar el DSM-5 y buscar sus trastornos mentales para crear un personaje.”



Cuando le pregunto por diferenciar lo que es suyo de lo que absorbe de los personajes, Isabela se va directo a lo que casi nadie dice: el burnout existe, la industria exige, la gente se rompe, y se habla poco. Menciona ejemplos de artistas consumidos por personajes y lo dice con respeto, sin morbo: para ella, el punto es claro. En una industria tan exigente (teatro, cine, baile) hay una tentación constante de sacrificar bienestar por “lograrlo”. Y ella lo ve como una de las peores decisiones posibles. Su conclusión es poderosa y práctica: la clave está en el autoconocimiento, en sentirte lo suficientemente segura como para no perderte, y en recordar que cuidarte es esencial. Le pregunto cómo sabe cuando alguien ya no crece contigo, cuando más bien te está jalando hacia abajo. Y ella vuelve a las metáforas, como quien ya encontró su lenguaje: Una amiga le dijo: “Cuando plantas una semilla puede caber en cualquier lado, pero conforme la flor va creciendo, la tienes que cambiar de maceta.” Así de simple. Así de verdadero. A veces alguien te queda perfecto en una etapa, y luego ya no. No por odio. No por drama. Porque la vida cambia. Isabella dice algo que me gustaría normalizar en voz alta: “Está bien dejar gente atrás… está bien soltar personas y lugares y espacios que ya no te están dejando florecer.” Y sí: es obvio cuando pasa. Muchas veces no lo aceptas porque no quieres. Esta parte de la entrevista se siente como una mini clase de psicología en el mejor sentido: Isabela cuestiona algo que todos repetimos sin pensar “busca tu paz” y lo llama por su nombre: Para ella, la paz es efímera, casi utópica. No porque no sea bonita, sino porque el ser humano vive por el conflicto. El conflicto enseña herramientas. Te obliga a adaptarte. Te hace sobrevivir. Te mueve. “No es ideal actuar en caliente… pero pasa.” Y su postura es humana: reaccionas porque eres humano. Después reflexionas. Te sientas a pensar por qué reaccionaste, si lastimaste, si te lastimaste, qué haces con esa emoción. Y remata con algo que amo: si todo lo piensas al 100% antes de vivirlo, te vuelves un robot. La belleza de estar vivo también es sentir. Isabela habla de límites con un enfoque importante: para una mujer, poner límites es poder. Y lo dice sin usar palabras vacías. Lo dice como experiencia. “Es muy complicado vivir en una sociedad en donde los límites son vistos como grosería.” Y sí: todavía siente culpa. Cada vez menos. Pero todavía. Aprender límites también cambió su entorno: cuando pones límites, atraes gente que los respeta. Cuando te dejas pisotear, atraes energías feas. Y aquí se nota lo que estudia y lo que vive: Isabela entiende que crecer también implica decepcionar expectativas. Las de otros… y las tuyas. Le pregunto por una palabra que defina su etapa y
dice: fugaz. Piensa en las estrellas fugaces: duran nada, pasan rápido, y aun así la gente se reúne a verlas como si fuera un milagro. Y esa idea le sirve para decir algo que se siente íntimo y verdadero: si no te detienes cinco minutos a mirar tu vida, se te va. La obsesión por capturar momentos (fotos, recuerdos, pantallas) a veces es solo un intento de detener lo que no se puede detener. Pero hay momentos que, aunque no puedas guardar, viven en tu memoria para siempre. Y esa es, para ella, la belleza de lo efímero. Antes de terminar, Isabela comparte una frase que se quedó con ella: “Soy la versión de mí que ya lo logró.” No como mantra vacío, sino como postura: vivir como si lo que quieres ya es posible, porque el esfuerzo ya está, la intención ya está, la disciplina ya está. Solo falta ese empujoncito final. Y algo más: Isabela cree en metas realistas. En el mes. En el semestre. En lo alcanzable. No en “mañana voy a ser todo”. Porque también hay belleza en ir paso por paso. Isabella Aceves no se presenta como “perfecta”, ella representa una idea de crecimiento que no se vende, se vive. Florecer, para ella, no es una foto bonita. Es aprender a soltar. Es cambiar de maceta. Es reconocer que la vida no es lineal. Es aceptar que el conflicto existe y aun así construir herramientas. Es poner límites con culpa… y ponerlos de todos modos. Es cuidar la salud mental en una industria que a veces celebra el desgaste. Es ser sensible y entender que eso también es fuerza. En un mundo donde todo el mundo quiere parecer “resuelto”, Isabella nos recuerda algo más honesto: crecer no es llegar, es volverte.




Circe: florecer lejos de los dioses
Escrito por H. A. Silva
Circe, de Madeline Miller, es una historia que se siente como el comienzo de la primavera: no irrumpe, no hace ruido, pero transforma todo a su paso. Es una novela que avanza con calma, como una mañana tibia después de un invierno largo, recordándonos que el crecimiento verdadero casi siempre ocurre en silencio.
Circe es una protagonista marcada por el rechazo y la soledad, pero también por una sensibilidad profunda. A lo largo de la historia, aprende a mirarse sin el reflejo de los dioses, a construirse lejos de las expectativas ajenas. Sus sentimientos no son grandilocuentes, sino honestos: el amor que duele, la pérdida que deja huella, el deseo de pertenecer y, poco a poco, la decisión de elegirse a sí misma. Todo en ella es proceso, como una flor que no se abre de golpe, sino pétalo por pétalo.


La novela está impregnada de una magia íntima y terrenal. No es el poder espectacular de los mitos, sino el de las manos que trabajan la tierra, el de las hierbas que curan, el del mar que acompaña sin juzgar. Hay una melancolía constante, pero nunca pesada; es una tristeza suave, atravesada por la esperanza, como cuando el aire aún es frío, pero ya huele a vida nueva.
Circe es una historia sobre convertirse, sobre aprender a habitar el propio nombre y el propio cuerpo. No habla del poder que domina, sino del poder que nace de la paciencia, del cuidado y del amor propio. Es un libro que abraza con calma y deja una sensación de luz tranquila al cerrar la última página.
Porque a veces la primavera no llega de golpe: nace despacio, cuando por fin decides quedarte contigo.
¡Qué rico es ser latino! Bad Bunny y el halftime show que abrazó al mundo entero
Escrito por Mariano Athiel
El halftime show es, desde hace décadas, uno de los escaparates más influyentes de la cultura pop global. No se trata únicamente de un intermedio deportivo: es un escenario que concentra atención internacional, conversación digital inmediata y una exigencia artística que pocos pueden sostener. En 2025, ese espacio tuvo como protagonista a Bad Bunny, quien convirtió su presentación en un momento cultural que trascendió lo musical. Más que un espectáculo de diez o quince minutos, su show funcionó como una declaración de identidad. Fue la confirmación de que la música latina y particularmente el urbano ya no es una tendencia pasajera dentro del mercado global, sino una fuerza consolidada con narrativa propia.


Un espectáculo sin traducciones
Desde el primer segundo, el mensaje fue claro: autenticidad absoluta. El show se desarrolló completamente en español, sin concesiones ni adaptaciones estratégicas para audiencias angloparlantes. Esa decisión, lejos de limitar el alcance, reforzó su impacto. La apertura apostó por una producción visual potente pero equilibrada. Pantallas monumentales, iluminación dinámica y una coreografía multitudinaria acompañaron cada transición sin saturar la escena. La dirección artística optó por una estética urbana con referencias caribeñas sutiles, reforzando la identidad cultural del artista. El vestuario, los colores y el diseño escenográfico dialogaron con la idea de comunidad y pertenencia. No fue un show diseñado únicamente para impresionar, sino para representar.

Estética e identidad como eje central
Uno de los aspectos más comentados fue la construcción visual del espectáculo. Lejos de replicar fórmulas tradicionales del pop anglosajón, la propuesta apostó por símbolos culturales propios. El halftime se convirtió en un espacio donde lo latino no fue accesorio, sino protagonista. La coreografía colectiva reforzó la idea de comunidad, mientras que la dirección de cámaras cuidó cada ángulo para transmitir intensidad tanto al público presente como a millones de espectadores frente a sus pantallas. Esa doble dimensión estadio y transmisión global fue manejada con precisión. El resultado fue un espectáculo que no solo buscó entretener, sino posicionar un discurso cultural claro.
Un repertorio pensado para el momento
La selección musical combinó éxitos globales con temas que conectan profundamente con su trayectoria artística. El ritmo fue ascendente, manteniendo la energía sin pausas innecesarias. Cada canción parecía elegida estratégicamente para sostener tensión y expectativa. Hubo momentos de euforia absoluta, donde el estadio vibró con coros masivos, y otros más introspectivos que recordaron la versatilidad del artista. El equilibrio entre reguetón, trap y fusiones latinas demostró amplitud sonora sin perder coherencia. Las posibles apariciones sorpresa breves pero significativas añadieron dinamismo sin desviar el foco central. El protagonismo permaneció en él, en su presencia escénica y en su capacidad de dominar el espacio con naturalidad.

Más que entretenimiento
El halftime de Bad Bunny no se limitó a un despliegue técnico. Fue una síntesis de una década de crecimiento cultural. El urbano pasó de ser subgénero regional a dominar listas globales, y esta presentación funcionó como símbolo de esa transformación. El espectáculo equilibró producción, identidad y conexión emocional. Cada elemento desde la iluminación hasta la selección musical estuvo alineado con una narrativa clara: celebrar la cultura latina sin pedir validación externa.


Conversación global inmediata
Minutos después de finalizar el show, las redes sociales se inundaron de análisis, celebraciones y convirtió en tendencia mundial y abrió representación, industria musical y el debates. El halftime se conversaciones sobre alcance global del español. Más allá de cifras de audiencia o reproducciones digitales, el impacto fue simbólico. Ver a un artista latino urbano liderar uno de los escenarios más vistos del planeta sin modificar su esencia marcó un hito. No fue una excepción exótica dentro del espectáculo, sino una confirmación del presente musical. Críticos destacaron la cohesión del show, la narrativa visual y la seguridad escénica. Fans celebraron la autenticidad. Y la industria reconoció, una vez más, el peso del mercado latino en el panorama internacional.
La música como conector social
Al final, lo más relevante no fue solo el despliegue visual, sino la experiencia compartida. Durante esos minutos, millones de personas alrededor del mundo vivieron el mismo ritmo al mismo tiempo. La música volvió a demostrar su capacidad para unir audiencias diversas bajo un mismo pulso. El halftime se convirtió en un punto de encuentro cultural donde idioma y fronteras quedaron en segundo plano.
En un contexto global marcado por la fragmentación digital, el show ofreció un instante colectivo auténtico. Y ahí radica su fuerza: no solo fue un espectáculo memorable, sino una confirmación de que la música latina ocupa, con naturalidad y legitimidad, el centro del escenario global.

Mujercitas: cuatro formas de ser mujer
Escrito por Ana Sofía Goytortúa
Hay historias que vuelven cada cierto tiempo porque el mundo necesita recordarlas. Mujercitas, dirigida por Greta Gerwig, es una de esas historias. La película se estrenó en 2019, basada en la novela clásica de Louisa May Alcott publicada en 1868. Y aunque no es la primera adaptación (ni será la última), sí es una de las más interesantes, porque no intenta modernizar el texto: lo reestructura emocionalmente. La película reúne a un elenco que, sinceramente, parece hecho a la medida: Saoirse Ronan como Jo March, Florence Pugh como Amy March, Emma Watson como Meg March, Eliza Scanlen como Beth March, Timothée Chalamet como Laurie, Meryl Streep como la tía March
Lo más brillante de esta versión no es solo el guion, sino la decisión de contar la historia tal y como la autora original la plantea, en dos líneas temporales que se entrelazan. No seguimos la infancia y luego la adultez de forma lineal. Las vemos contrastadas. El pasado está bañado en tonos cálidos: dorados, amarillos, luz suave. El presente tiene una paleta más fría, más azulada, más contenida. No es un capricho estético. Es una forma visual de hablar sobre la nostalgia. Sobre cómo recordamos lo que fuimos. Sobre cómo crecer implica perder algo.
Gerwig no convierte a Jo en un símbolo feminista plano. La deja ser contradictoria, orgullosa, brillante, egoísta a veces, sensible otras. Y eso es lo que la hace real. Algo que siempre me ha fascinado de Mujercitas es que no hay una sola forma correcta de ser mujer. Jo quiere escribir, quiere independencia, quiere que su talento tenga peso propio. Meg quiere amor, familia, estabilidad. Amy quiere belleza, arte, pero también entiende la realidad económica del mundo en el que vive. Beth representa la ternura, la bondad silenciosa, esa luz que no compite. Y aunque muchas veces el público se identifica más con una, la película deja claro algo importantísimo: ninguna está equivocada.
Todas las decisiones son válidas dentro de su contexto. Todas sus historias importan. Ninguna es secundaria.
Si hay algo que esta versión logra hacer diferente es el tratamiento de Amy. En adaptaciones anteriores, Amy era la hermana “caprichosa”. Aquí, gracias a Florence Pugh, es compleja, estratégica, consciente de las limitaciones que tiene como mujer en esa época. Su monólogo sobre el matrimonio como transacción económica no solo es poderoso, es brutalmente honesto. Amy no es menos romántica; es más realista. Y eso redefine por completo el conflicto amoroso.
El diseño de vestuario es una obra de arte silenciosa. Cada hermana tiene su identidad cromática y textural: Jo con telas más sueltas, tonos terrosos, practicidad. Amy más estructurada, más refinada, más consciente de su imagen. Meg más clásica, más femenina en el sentido tradicional. Beth con suavidad y colores delicados. Nada está puesto al azar. La ropa habla antes de que ellas lo hagan. Al final, Mujercitas no es solo una historia sobre hermanas. Es una historia sobre el arte. Jo escribe. Amy pinta. Incluso el simple acto de contar historias alrededor de la chimenea se vuelve resistencia. Y ahí está uno de los gestos más hermosos de la película: el cierre ambiguo.
Gerwig juega con la idea de si Jo realmente se casa o si ese final es parte de una negociación editorial dentro del libro que publica. Manteniendo el final que la autora deseaba publicar y el final que la hicieron elegir. La película nos recuerda algo esencial: a veces el arte es la única forma que tenemos de controlar nuestro propio final. La película sigue siendo relevante porque habla de independencia sin despreciar el amor. Porque habla de matrimonio sin idealizar. Porque habla de ambición femenina sin pedir disculpas. Y porque nos recuerda que crecer no significa dejar atrás a quienes crecieron contigo. Mujercitas vuelve cada generación porque cada generación necesita volver a preguntarse: ¿qué quiero yo? ¿qué estoy dispuesta a negociar? ¿y quién soy fuera de lo que esperan de mí? Y tal vez por eso, cada vez que la vemos, no se siente vieja. Se siente vigente.





Love Story: El príncipe de América y la mujer que no quería ser princesa
Escrito por Ana Sofía Goytortúa
Hay historias que no necesitan presentación, pero sí contexto. Love Story, la nueva serie que se está estrenando semanalmente en Disney+ en México, toma una de esas historias que el mundo cree conocer, la relación entre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette-Kennedy, y la vuelve a contar desde un ángulo más íntimo, más humano y, sobre todo, más femenino. Sí, es una historia de amor. Pero también es una historia sobre identidad, sobre prensa, sobre estilo, sobre lo que significa amar a alguien que pertenece al imaginario colectivo. La serie nos lleva desde el momento en que se conocen, ella trabajando en moda, él cargando el peso del apellido Kennedy, hasta su trágico fallecimiento en 1999.
Lo interesante no es solo el romance. Es la tensión constante entre lo privado y lo público. Carolyn no era una celebridad buscando reflectores; era una mujer extremadamente reservada que terminó convertida en un fenómeno mediático. Y la serie no la pinta como “la esposa de”. La muestra como alguien con carácter, con opinión, con límites. Pero también está él. Porque hablar de John sin entender lo que significaba ser John F. Kennedy Jr. es quedarse a la mitad. Era el hijo del presidente más icónico de Estados Unidos, el niño que saludó el ataúd de su padre en el funeral televisado al mundo entero. Creció bajo una narrativa casi mítica. Y con ella, el peso. Fue nombrado el “Sexiest Man Alive” por People en los noventa (un título que hoy tiene Jonathan Bailey, por ejemplo), salió con actrices, modelos, mujeres poderosas. Era carismático, educado, fotogénico. Literalmente lo llamaban el príncipe de América. Pero la serie deja ver algo más interesante: su deseo constante de ser alguien más que “el hijo de”. De construir una identidad propia, como abogado, como editor de la revista George, como hombre independiente, aun cuando el apellido Kennedy nunca dejaba de precederlo. Y ahí entra otro elemento inevitable: el mito de la “maldición Kennedy”. La cadena de tragedias que persiguió a la familia; asesinatos, accidentes, muertes prematuras, y que convirtió su apellido en algo casi legendario, casi trágico por
destino. La serie no explota ese mito, pero lo deja flotando en el aire, como una sombra que siempre estuvo ahí.
Después de ver los primeros capítulos, lo primero que hice fue investigar más sobre ella. Y algo que la serie sí está haciendo muy bien es capturar su estilo. Ese minimalismo noventero limpio, estructurado. Nada gritaba, pero todo decía algo. Vestidos lenceros, abrigos rectos, colores neutros, líneas puras. Carolyn no necesitaba excesos para volverse icónica. La actriz que la interpreta, Sarah Pidgeon, tal vez no es una copia física exacta, pero tiene algo más importante: la energía. Esa calma elegante. Esa contención que no es frialdad, sino autocontrol. Y en contraste, el actor que interpreta a John sí logra una similitud física sorprendente, lo que ayuda a que la fantasía visual funcione. Pero lo que realmente sostiene la serie no es el parecido. Es la actitud. Porque al final, aunque él era el hombre más deseado de América, algo de Carolyn lo atrapó. Tal vez fue su discreción. Tal vez fue su firmeza. Tal vez fue que ella no parecía impresionada por el mito. Hay una parte que me parece especialmente relevante hoy: la persecución mediática.
Estamos acostumbrados a ver paparazzi como algo “normal” dentro del mundo celebrity. Pero Love Story te recuerda que detrás de cada foto hay una persona intentando salir a cenar, caminar por la calle, existir. Carolyn no buscó ser un símbolo. La convirtieron en uno. Y eso es algo que la serie trata con bastante sensibilidad: el costo emocional de amar a alguien que nunca va a ser solo tuyo, porque también pertenece al público. Recomiendo verla aunque ya sepas la historia, porque no es solo una historia trágica conocida. Es un retrato sobre cómo el amor cambia cuando entra la presión externa. Sobre cómo el estilo puede volverse identidad. Sobre cómo un hombre intenta escapar de su propio apellido. Y sobre cómo una mujer puede mantener su esencia incluso cuando todo alrededor intenta definirla. Y sí, admito algo: yo tampoco tenía tan presente a Carolyn BessetteKennedy hasta ver la serie. Pero ahora entiendo por qué su imagen sigue siendo referencia estética 25 años después.

