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Febrero 2026 - NO 002

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Contenido

Moda

¿Qué son las Fashion Weeks y por qué siguen siendo el alma de la moda?

Pag. 3 - 4

Book Club

Rojo, Blanco y Sangre Azul: enamorarse aunque el mundo este mirando

Pag. 17 - 18

Film Talk

People we meet on vacation: una conexión más alla de la amistad

Pag. 5 - 6

Materialists: amor verdadero vs estabilidad

Pag. 25 - 26

On Repeat

Eras, estética y comunidad: la revolución de la promoción musical

Pag. 19 - 20

En Portada

Estefanía Gonzáles: por amor propio, por amor al arte

Pag. 7 - 16

Reporte de Joyería

Una mirada a la joyería utilizada en nuestra sesión de portada y donde conseguirla

Pag. 23 - 24

En Portada

Carta de la EDITORA

La actriz Estefanía González nos habla sobre la importancia del amor propio en el ambito artístico

Llegar a una segunda edición de Velisse es algo que todavía me sorprende. El primer número nació desde la ilusión, las ganas y muchas preguntas; este segundo llega desde un lugar distinto: el agradecimiento de saber que aquello que comenzó como una idea pequeña encontró compañía. Febrero nos invitó naturalmente a hablar de amor, pero no desde lo romántico ni lo idealizado. Este número piensa el amor como algo más cotidiano y silencioso: el amor propio que se construye con paciencia, el amor al proceso creativo, el amor que implica quedarse incluso cuando no todo es claro o cómodo. Velisse sigue siendo un espacio en construcción. No pretende tener respuestas definitivas, sino abrir conversaciones honestas sobre lo que significa crear, sentir y habitar el presente. En estas páginas hay reflexión, vulnerabilidad y muchas ganas de aprender a mirar con más atención. Nuestra portada, Estefanía González, encarna de manera muy sincera ese equilibrio entre disciplina y sensibilidad. A través de su relación con el teatro y consigo misma, nos recuerda que el arte también es una forma de cuidado, y que el amor propio no siempre se ve como seguridad absoluta, sino como constancia, entrega y escucha interna. Este segundo número también representa un pequeño acto de confianza: seguir apostando por un proyecto hecho con tiempo, intención y corazón. Velisse es aún un proyecto joven, construido paso a paso, con errores, aprendizajes y mucha ilusión. No busca ser perfecto, sino real. Gracias por estar aquí, por leer, por acompañarnos en este segundo intento. Ojalá estas páginas te inviten a pausar, a reflexionar y a recordar que no todo crecimiento tiene que ser ruidoso para ser valioso.

ANA SOFÍA GOYTORTÚA Instagram: @anasofiagoytortua

¿Qué son las Fashion Weeks y por qué siguen siendo el alma de la moda?

Escrito por Farid

¿Qué son las Fashion Weeks y por qué siguen siendo el alma de la moda?

Dos veces al año, la industria de la moda pone su mirada en cuatro ciudades clave del mundo. Diseñadores, editores, celebridades, creadores de contenido y los mayores amantes de la moda se reúnen en un evento que combina creatividad, poder económico y narrativa cultural: las Fashion Weeks. Lejos de ser solo pasarelas, las semanas de la moda funcionan como un termómetro de la industria. En ellas se define que se va a vender, que se va a copiar, que estará en tendencia y sobre todo, que se va a desear.

¿Qué es una Fashion Week?

Las Semanas de la Moda son eventos, organizados generalmente por consejos de moda oficiales, en las que las marcas y diseñadores presentan sus colecciones futuras a través de desfiles, presentaciones, pasarelas y experiencias privadas. Es importante entender que aquí no se muestra lo que ya está en las tiendas, sino que se presentan aquellas piezas y tendencias que llegarán meses después. Primavera/Verano (SS): Presentada en septiembreoctubre.

Otoño/Invierno (FW): Presentada en febrero-marzo. Por eso, las Fashion Weeks funcionan como un adelanto del futuro de la moda.

¿Qué es una Fashion Week?

Aunque recientemente han comenzado a brotar semanas de la moda en decenas de países, hay cuatro que dominan la conversación global. Se les conoce como “The Big Four” New York Fashion Week (NYFW)

Ubicación: Nueva York, Estados Unidos.

Es la mas comercial de las cuatro. Aqui la moda se piensa desde la funcionalidad, el mercado y el estilo de vida.

London Fashion Week (LFW)

Ubicación: Londres, Reino Unido.

Es la más experimental y arriesgada. Aquí es donde nacen nuevos talentos y donde la moda se cruza con arte, política e identidad.

Milan Fashion Week (MFW)

Ubicación: Milán, Italia.

Predomina el lujo tradicional, la artesanía y la sensualidad. Aquí mandan las casas históricas como Gucci, Prada, Versace y Dolce & Gabbana.

Paris Fashion Week (PFW)

Ubicación: Paris, Francia.

La más importante y prestigiosa. París cierra la temporada de las semanas de la moda y concentra las marcas más influyentes del mundo: Chanel, Dior, Louis Vuitton y Saint Laurent.

Pero… ¿Qué se ve realmente en una Fashion Week?

Aunque el desfile y las pasarelas son el centro de atención, una Fashion Week es mucho más que una exhibición de ropa. Aquí podrás encontrar presentaciones privadas, street style, casting, música y escenografía, negocio y narrativa cultural.

Además, actualmente las Fashion Weeks también existen en redes sociales, donde clips de 10 segundos o fotografías pueden tener mayor impacto que un desfile entero.

No te pierdas las próximas Fashion Weeks:

New York Fashion Week (NYFW): 11 - 16 de Febrero de 2026.

London Fashion Week (LFW): 19 - 23 de Febrero de 2026.

Milan Fashion Week (MFW): 24 de febrero - 2 de marzo de 2026.

Paris Fashion Week (PFW): 2 - 10 Marzo de 2026.

Las Semanas de la Moda no son solo pasarelas: son escenarios donde se negocia el futuro de lo que usamos día a día. Aquí nacen las tendencias y definen que usaremos el resto del año.

People We Meet on Vacation: una conexión más alla de la amistad

Hay historias que no tratan sobre enamorarse, sino sobre darse cuenta de que ya lo estás. People We Meet on Vacation, estrenada en enero de 2026 en Netflix, es una de ellas. Basada en la novela homónima de People We Meet on Vacation, la película no intenta reinventar la comedia romántica: la toma de la mano y la devuelve a un lugar íntimo, honesto y profundamente humano. Desde el inicio, la película nos presenta a Poppy Wright (Emily Bader) y Alex Nilsen (Tom Blyth) como dos personas que, en teoría, nunca habrían sido amigas. Se conocen en un road trip improvisado: ambos vienen del mismo pueblo, pero eligieron vidas opuestas. Poppy es ruido, movimiento, impulso; Alex es estructura, rutina, silencio. Ella siempre quiso salir; él nunca sintió la urgencia de irse. Y, sin embargo, algo encaja. Ese primer viaje no es romántico. Es incómodo, torpe, lleno de conversaciones largas y silencios raros. Pero ahí se planta la semilla más importante de la película: una amistad genuina entre un hombre y una mujer, algo que el cine suele romantizar de inmediato o invalidar por completo. Un año después, Alex termina con su novia Sara. Poppy, fiel a su manera de amar (acción antes que palabras), lo lleva de campamento para distraerlo. Ese viaje es fundamental porque introduce uno de los conceptos más bellos de la película: el Alex de vacaciones. En ese campamento vemos a Alex relajarse, reír más, soltarse. Y es ahí donde hacen el pacto que define toda la historia: viajar juntos una vez cada verano. Ese acuerdo convierte a las vacaciones en algo más que un descanso: las vuelve un espacio seguro donde pueden ser versiones distintas de sí mismos. Versiones que, poco a poco, empiezan a parecerse más a quienes realmente son. A lo largo de la historia vemos varios de esos veranos: Nueva Orleans es el juego. Fingen ser una pareja recién casada para conseguir bebidas gratis. En la película hay una escena de baile muy divertida e interesante, en la que al final ella le dice “amo cuando eres raro” y él le contesta “solo lo soy cuando estoy contigo” Para Noruega, Poppy se enferma. Le dice a Alex que se vaya solo. Él no lo hace. En lugar de cumplir el itinerario, va a Nueva York para cuidarla. Es un gesto pequeño,

pero deja algo muy en claro: cuando no hay vacaciones, cuando no hay paisaje, Alex sigue eligiendo a Poppy. En Italia, ya no están solos. Van con sus respectivas parejas. En el libro, este viaje está marcado por el miedo, Poppy tiene un susto de embarazo que los descoloca a ambos; en la película, el conflicto se transforma. Aquí, además del susto de embarazo, Alex le propone matrimonio a Sara. No porque esté enamorado de ella como debería, sino porque representa lo que se supone que debe querer: estabilidad, seguridad, una vida correcta. Ese viaje es el último que hacen juntos en la película. Algo muy importante del personaje de Poppy a lo largo de la película es que ella escribe blogs de viajes. Viajar es su trabajo. Su identidad. Su excusa para no quedarse. Pero tiempo después algo cambia. Los hoteles ya no le emocionan. Los vuelos ya no la liberan. Cada vez que regresa a casa, sus plantas están muertas. Es un símbolo simple, pero claro: no hay raíces. No hay cuidado. No hay permanencia. Esta historia entiende algo que muchas rom-coms evitan: el sueño también puede agotarse. Lo que antes era aventura, ahora es rutina. Y Poppy, que siempre pensó que moverse era sinónimo de vivir, empieza a preguntarse si quedarse también puede ser una forma de valentía. En el libro, el reencuentro clave ocurre en Palm Springs. La película lo traslada a Barcelona, es allí donde, por fin, se besan. Donde dicen en voz alta lo que llevan años evitando. Pero la película no termina ahí. Porque amar no resuelve la vida. Ambos tienen que mirarse de frente y preguntarse si pueden elegir al otro fuera de las vacaciones. Si pueden amarse cuando no hay itinerarios, cuando no hay escapatoria. Aunque la película tiene bastantes cambios comparada con el libro People We Meet on Vacation no grita que el amor lo puede todo. Dice algo más cierto: que el amor requiere quedarse. Que no siempre se trata de elegir la aventura, ni la estabilidad, sino de entender que ambas pueden coexistir si eliges a la persona correcta. Al final, Poppy elige a Alex. No porque sea seguro. No porque sea cómodo. Sino porque es hogar. Y quizá esa sea la verdadera pregunta que deja la película: ¿alguna vez has confundido huir con vivir?

POR AMOR PROPIO, POR AMOR AL ARTE

Escrito por Ana Sofía Goytortúa

Estefanía González se detiene a reflexionar sobre lo que implica amar el arte sin perderse a sí misma, y sobre cómo el amor propio también se aprende dentro del proceso creativo.

Febrero siempre llega con una pre sión diferente: la idea de que el amor es una fecha, que debes tener una pareja, una mesa reservada, un regalo que confirma

que alguien te eligió. Pero hay otros amores más urgentes que casi nunca entran en el guión. El amor de amistad, el amor familiar, el amor por el arte. Y, quizá el más difícil de sostener: el amor propio. Estefanía González tiene una manera particular de hablar de todo esto. No desde la frase bonita, sino desde el lugar donde las cosas pesan de verdad. La escuchas y se nota: es una mujer que se ha visto de frente, que ha vivido preguntas incómodas, y que está aprendiendo a responderlas con una calma que ha logrado desarrollar.

Tiene diecinueve años, nació una mañana de noviembre y su mundo está hecho de contrastes: le gusta el rosa, pero también el negro, el rojo, el azul; canta, actúa, baila; cocina, lee, maneja con música a todo volumen. Es introvertida y extrovertida dependiendo del lugar y el día. Vive con su papá, es hija única por su parte y tiene dos hermanas por parte de su mamá. Y, más allá de cualquier dato biográfico, hay algo que se siente desde el primer minuto: Estefanía no está intentando parecer algo. Está intentando entenderse. Cuando le pregunto en qué punto de su vida se encuentra ahora, emocional y creativamente, no responde con dramatismo. Responde que en este momento su vida es tranquila. Y, sin embargo, llegar a ese lugar no fue sencillo.

Este último año, admite, fue complicado. En lo personal tuvo que aprender a separar lo íntimo de lo artístico, porque una mente llena pesa especialmente cuando subes a un escenario. A veces el cuerpo actúa, pero el corazón y la mente se quedan resolviendo cosas que cargamos. Aun así, en lo creativo reconoce avances: ha mejorado, ha crecido, y ha encontrado herramientas para sostenerse. Esa palabra, sostener, aparece de muchas formas durante nuestra conversación, aunque nunca la nombremos de manera literal. Porque febrero, para ella, no se trata de “enamorarse”, sino de sostenerse. Durante mucho tiempo, Estefanía vivió como muchas personas viven sin darse cuenta: poniendo a los demás primero, adaptándose, acomodándose, cargando cosas que ni siquiera le correspondían. Hasta que llegó un punto en el que se cansó de estar lejos de sí misma. Y después, casi como si lo dijera para recordárselo: ahora está volviendo. Volver a una misma es una decisión rarísima. No se nota desde afuera como un gran cambio, pero por dentro es una revolución. Y para Estefanía, ese proceso tiene un gesto claro: escucharse. “Estoy en un momento en el que me estoy dando la oportunidad por primera vez en mi vida de ponerme a mí primero y de escucharme a mí.” La frase se queda en el aire como una verdad sencilla, pero enorme. Porque en esa decisión cabe todo: cuerpo, mente, límites, descanso, hambre, intuición, terapia, silencio. Escucharse es un acto de amor que no se puede fingir. Y quizá por eso, cuando pasamos al tema del teatro, todo cobra sentido. Porque el arte, cuando es real, también es una forma de escucharte.

Estefanía no creció “destinada” al teatro. De hecho, su primer acercamiento fue casi accidental. A los quince, una amiga se enteró de que cantaba y la empujó a audicionar para el musical de la escuela. Quedó en ensamble, conoció gente, disfrutó el ambiente… pero no fue ahí donde ocurrió el clic definitivo. Ese llegó después. En el último tramo de la prepa, cuando ya tenía beca para estudiar psicología y el plan estaba decidido, llegó el tipo de momento que divide la vida en dos: una conversación breve, una despedida, un abrazo que se vuelve un parteaguas. En su última función, su director musical, alguien que la vio de cerca, que la escuchó crecer, la abrazó, la felicitó y le dijo algo que todavía carga en su mente: que no dejara de hacer eso. Y entonces, de pronto, ella entendió lo que muchas personas tardan años en aceptar: no tienes por qué elegir una vida que no quieres solo para cumplir expectativas. “No tengo por qué hacer cosas que no quiero simplemente por agradar o por quedar bien con otras personas.” Hay algo muy adulto en esa frase. Y también algo muy doloroso: porque elegir el arte casi siempre implica decepcionar a alguien antes de aprender a sostener tu propia elección. En la conversación, Estefanía regresa una y otra vez a un término al que mucha gente le teme: la comunicación. Para ella, el teatro no es solo escenario. Es lenguaje. Habla de las palabras como si fueran materia viva. Dice que una palabra lo cambia todo en un segundo, que el mundo se mueve con palabras, que sin ellas no seríamos nada. Y luego explica lo que, para muchas personas, es la magia secreta del teatro musical: que cuando hablar ya no alcanza, aparece la música; y cuando incluso la música se queda corta, aparece el cuerpo. Ese orden: voz, canto, corporalidad, es una filosofía completa. Como si el arte fuera una escalera para decir lo que, de otro modo, no sabrías expresar. Y ahí es donde comienza a entenderse su relación con el teatro: Estefanía no lo ama porque sea bonito. Lo ama porque le permite expresarse cuando la vida, a veces, no sabe cómo. Hay un punto de la entrevista donde la voz se vuelve más cruda. Más real. Le pregunto cómo se construye el amor propio dentro de una carrera tan vulnerable como la actuación, donde el cuerpo es herramienta y el juicio externo parece inevitable. No lo endulza. “Creo que lo más difícil cuando decides que te quieres dedicar al mundo artístico es amarte.” Y dice algo que no se escucha lo suficiente: que la comparación constante se vuelve un acto de odio. Que desgasta. Que te rompe de forma lenta. Que incluso cuando “te va bien”, tu mente encuentra otra cosa con qué castigarte. En su caso, el camino hacia el amor propio se parece más a una conversación interna que a una frase motivacional: recordarse que su proceso es suyo, que siempre habrá alguien mejor o peor, y que mirar al lado no le sirve más que para perderse. “Este es mi proceso, no tengo por qué ver al de al lado.”

Es una idea simple, pero el reto está en vivirla. Lo que más me impresionó de Estefanía no fue solo lo que dijo, sino cómo se sostiene. Tiene estrategias claras. Cuando le pregunto cómo separa sus emociones de las de un personaje, responde de forma rápida y certera: escribiendo. Para ella, pasar las cosas a papel es una forma de orden mental. De decir: esto es mío, esto no. Esto lo siento yo, esto lo siente el personaje. “Mi cerebro tiene que ser mío”, dice. Y esa frase también es amor propio. Porque en el teatro, si no sabes separar, te puedes perder. En un mundo donde solo importa el aplauso final, Estefanía se enamora del proceso por otra razón: porque el proceso te enseña a ver. Dice que le gusta observar, no solo ver. Analizar a los demás, aprender de ellos, encontrar algo en cada persona. Y, sobre todo, habla de algo que casi nadie menciona cuando idealiza el teatro: la conexión humana como sostén. Un montaje no se levanta solo con talento. Se levanta con confianza. Con equipo. Con una especie de familia temporal que te sostiene mientras te vuelves vulnerable frente a otros. Ahí, el amor propio también aparece de manera indirecta: en la capacidad de crear espacios seguros. En rodearte de gente que no te rompa. Y aunque admite ser autoexigente y frustrarse cuando no le salen las cosas lo dice con honestidad, sin disfrazarlo de “disciplina”. Reconoce que a veces confunde la disciplina con exigirle demasiado al cuerpo. Y ese nivel de

conciencia, incluso cuando todavía no es solución, ya es crecimiento. Le pregunto si la Estefanía que está conmigo es la misma que se sube al escenario. Ella evidentemente responde que no. En escena, no piensa en ella. Piensa en el personaje, en lo que requiere la historia. Pero antes de salir… antes de salir existe una batalla interna: los nervios, la expectativa, la duda, esa voz que intenta sabotear. Habla de ese momento como un cruce de mundos: la Estefi “normal” y la Estefi artista encontrándose en un punto frágil. Y lo dice con algo que se siente muy humano: lo ha mejorado, sí, pero sigue siendo complejo. La vulnerabilidad, al final, no desaparece. Solo aprendes a caminar con ella. Si tuviera que describir su relación con el teatro en una sola palabra, Estefanía elige una que sorprende por su honestidad: “Conflicto.” Y lo explica con una claridad que se queda contigo: no porque sea algo malo, sino porque su proceso de aceptarlo, entenderlo y elegirlo ha sido pesado. Porque pensar en el futuro artístico, qué sigue, qué va a pasar, si serás suficiente, se mete en las horas del día como un ruido constante. En ese conflicto vive también su verdad más grande: la falta de confianza. Dice que lo más duro es cuestionarte diario si eres lo suficientemente buena. No por falta de amor, ni por falta de pasión, sino por ese hueco que a veces se abre cuando el mundo exige “certeza” y tú sigues siendo humana.

Hay algo particularmente íntimo en el momento en que hablamos del cuerpo. Estefanía lo nombra como lo que es: exposición. Intimidad. Vulnerabilidad. Dice que mostrar tu cuerpo, que escuchen tu voz, que vean tu rostro… se siente íntimo. No es solo “presentarte”, es quedarte abierta ante otros. Y entonces llega uno de los fragmentos más dolorosos de la entrevista: cuando habla de que su conflicto con el cuerpo no empezó en ella. Empezó en comentarios ajenos. En terceras voces que se te meten en la cabeza y se vuelven una sombra. Lo dice con mucha claridad: esa voz no es la suya… pero aparece igual. Y aun así, en lugar de quedarse ahí, Estefanía hace algo que es, otra vez, amor propio: lo nombra como proceso. Como algo que quiere superar. Como algo que no define su valor. Cuando le pregunto qué tipo de amor se necesita para dedicarte al teatro, no habla de “pasión” primero. Habla de familia. Dice que si no tuviera el apoyo de sus papás, no podría hacerlo. Que el amor familiar le evita ese peso de culpa, ese miedo de estar fallando por no vivir la vida que alguien más esperaba. “Si yo no tuviera el amor y el apoyo de mis papás, no podría estar haciendo lo que hago.” Y hay algo bellísimo en eso: reconocer que el arte también se sostiene con raíces. Con un lugar seguro. Con alguien que te diga “sí” cuando el mundo todavía no te aplaude.

Cuando hablamos de referentes, Estefanía responde como alguien que consume arte con hambre real, no por estética. En música, menciona a Taylor Swift sin vergüenza, porque para ella conectar con la forma de pensar de un artista es raro y valioso. En literatura, menciona a Annie Ernaux con admiración profunda: una mujer que escribe de su vida con valentía, sin miedo al juicio. Y luego nombra a Dostoyevski, con esa idea fuerte de que hace falta volver a leer a quienes pensaban el amor y la vida con profundidad. En teatro, menciona Spring Awakening y explica por qué: historias que hablan de sexualidad, adolescencia, educación, temas incómodos que hacen falta. No lo dice como “fan”, lo dice como alguien que entiende que el arte también es responsabilidad. Le pregunto qué deja atrás este año. Y Estefanía responde con una frase que define lo que febrero debería significar: deja atrás a una versión de ella que permitía que la lastimaran. Dice que aprendió a la mala que dejarte pisotear no es falta de inteligencia: es falta de amor

propio. Y que esa falta de amor propio es lo peor que se ha hecho, porque abre la puerta para que otros te traten como quieran. Lo dice con una honestidad brutal: quiere soltar la frustración, el rencor, las presiones, lo negativo que te frena. Y luego habla del futuro como actriz: quiere retos, quiere salirse de su zona de confort, quiere que no la encasillen siempre en lo “tierno” o lo “lindo”. Quiere crecer. Y entiende que crecer a veces implica que te incomode lo que haces. Porque si siempre haces lo mismo, no aprendes. En la parte final de la entrevista, Estefanía dice algo que me parece de los gestos más tiernos y verdaderos de todo lo que hablamos: el amor propio es procurarte como si no fueras tú. Habla de abrazar a tu niña interior, de cuidarla como la cuidaron sus papás. Y luego aterriza el amor propio en cosas muy concretas: tomar agua, comer bien, tener buena relación con la comida, ir a terapia aunque “no estés mal”, darte tiempo contigo, retomar actividades que amabas de niña, construir hábitos de higiene, arreglarte, oler rico, salir limpia. No lo dice desde vanidad. Lo dice desde la dignidad. Porque, como ella misma menciona, “se nota” cuando alguien se cuida. Y ese cuidado es una forma de amor. Le pregunto qué imagen le viene cuando piensa en el amor. Y Estefanía responde con una escena que parece sacada de una película: un campo precioso, flores, movimiento, un atardecer divino, abejitas y pajaritos, mucho color. Amarillo, rosita, naranja. Y esa imagen, simple, cálida, viva se siente como su esencia: una sensibilidad enorme intentando encontrar un lugar seguro donde existir. Antes de terminar, Estefanía me regala un último comentario del que no se habal mucho, pero que resume todo el espíritu de esta edición. Dice que estamos obsesionados con el amor romántico, con el “ya tienes novio”, con el 14 de febrero como prueba de valor. Y que eso es un error: porque el amor en pareja no te salva. Lo que te salva es tu relación contigo. “Tu relación contigo jamás se va a acabar”, dice. Y quizá por eso cuando escribí este artículo no lo sentí como una entrevista común. Lo sentí como una conversación que te recuerda algo esencial: que el amor propio no es una idea bonita, es un trabajo diario. Y que amar el arte también es una forma de amor propio, porque implica elegirte, incluso cuando todavía estás aprendiendo a confiar en ti.

ROJO, BLANCO Y SANGRE AZUL: enamorarse aunque el mundo este mirando

Escrito por H. A. Silva

Rojo, Blanco y Sangre Azul es ese tipo de historia que te agarra sin pedir permiso y te recuerda que el amor puede aparecer incluso en los lugares más rígidos, más observados, más llenos de reglas que nadie cuestiona. Casey McQuiston toma la política, la realeza y la imagen pública, y las convierte en el escenario perfecto para algo mucho más simple y humano: dos personas intentando entender quiénes son cuando nadie los está viendo.

Alex Claremont-Díaz y el príncipe Henry no empiezan como un gran romance, sino como una incomodidad constante. Se soportan a medias, se hablan con sarcasmo, se miden. Pero poco a poco, entre mensajes secretos, silencios largos y risas que llegan sin aviso, el vínculo cambia. Lo que nace entre ellos no es solo atracción, es refugio. Con el otro pueden bajar la guardia, dejar de ser “el hijo de” o “el príncipe de”, y simplemente existir.

Para Henry, amar no es sencillo. Creció aprendiendo a esconderse, a reducirse, a cumplir un papel antes que escucharse a sí mismo. Su amor ocurre en voz baja, en gestos pequeños y miradas que no pueden durar demasiado. La presión de la corona lo obliga a vivir el cariño como algo clandestino, y aun así, ama con una ternura contenida que duele, como si cada

momento compartido fuera frágil y precioso. La novela tiene una vibra ligera, cálida, casi como leer una conversación que no debería ser pública. Hay humor, hay torpeza emocional, hay momentos donde el corazón late más rápido porque alguien dijo justo lo que no debía decir, y aunque dolía algunas veces lo dijo con verdad. El romance se siente cercano, joven, real. No es perfecto,nada lo es, pero es honesto, y ahí está su encanto.

Lo bonito de esta historia es que no convierte el amor en un drama exagerado, sino en un acto de valentía silenciosa. Amar, aquí, significa mostrarse tal cual eres aunque el mundo tenga expectativas sobre ti. Significa elegir a alguien incluso cuando eso implica romper un molde, incomodar a otros o replantearte quién quieres ser, y la fuerza de ambos en hacerlo es incomparable y digna de admirar.

Rojo, Blanco y Sangre Azul no promete cambiar la historia, pero sí te deja con la sensación de que el amor puede suavizarla. Es una historia que se siente como una carta escrita de madrugada: sincera, un poco temblorosa, pero llena de esperanza.

Porque a veces enamorarse no es un escándalo, es simplemente encontrar a alguien con quien por fin puedes ser tú.

Eras, estética y comunidad: la revolución de la promoción musical

Escrito por Mariano Athiel

Durante décadas, la promoción musical siguió una fórmula relativamente estable: sencillos enviados a la radio, entrevistas en televisión, giras promocionales y portadas en revistas. Sin embargo, en la última década y de forma acelerada con las redes sociales las campañas de promoción entre los artistas han cambiado de manera radical. Hoy, lanzar un disco no es solo publicar canciones: es construir un universo narrativo, una identidad estética y una conversación constante con el público. Artistas como Harry Styles, Charli XCX o Taylor Swift son ejemplos claros de cómo la promoción se ha convertido en una extensión creativa del proyecto artístico. Uno de los cambios más evidentes es el paso de una promoción pasiva a una estrategia profundamente participativa. Antes, el público recibía el contenido; ahora, lo vive y lo replica. Las campañas actuales buscan generar comunidad, memes, debates y teorías. El artista ya no solo vende música, sino una experiencia cultural compartida. Harry Styles lo ha entendido

especialmente bien. En su etapa más reciente, vinculada a la idea de “We Belong Together” como mensaje central, la promoción no se limitó a sencillos o videoclips. Styles apostó por una imagen pública coherente con valores de inclusión, nostalgia y cercanía emocional. Sus conciertos, estilismos, entrevistas y presencia en redes reforzaron la sensación de pertenencia colectiva: no se trataba solo de escuchar sus canciones, sino de formar parte de un “nosotros”. Esta estrategia conecta especialmente con una generación que valora la autenticidad y la identidad emocional por encima del marketing tradicional. En el extremo opuesto, pero igual de eficaz, se encuentra Charli XCX con Brat. Su campaña fue un ejemplo perfecto de cómo el caos puede ser una estrategia. Con una estética deliberadamente cruda, tipografías simples y una actitud provocadora, Brat se promocionó como un manifiesto cultural más que como un álbum. Charli utilizó TikTok, X (antes Twitter) e Instagram no para embellecer el proyecto, sino para amplificar su carácter irreverente. La promoción no buscaba agradar a todos,

sino reforzar una identidad clara, casi confrontacional. El resultado fue una viralidad orgánica, impulsada por fans que entendieron el álbum como un estado de ánimo generacional. Este tipo de campañas muestran otro cambio clave: la estética como lenguaje. Hoy, un color, una fuente o una actitud pueden ser tan reconocibles como una melodía. En un mercado saturado de lanzamientos, la coherencia visual se ha convertido en una herramienta fundamental para destacar. Ya no basta con tener buenas canciones; es necesario que el proyecto sea inmediatamente identificable en un feed de redes sociales.

Taylor Swift, por su parte, representa la evolución más sofisticada de la

promoción narrativa. Con proyectos como The Life of a Showgirl, Swift consolida una estrategia basada en el storytelling a largo plazo. Cada era musical está cuidadosamente planificada: pistas ocultas, referencias cruzadas, cambios estéticos y una comunicación constante con su base de fans.

La promoción no empieza con el anuncio del álbum, sino meses o incluso años antes, creando una expectativa casi literaria. El público no solo escucha el disco, lo interpreta. La importancia de estas nuevas campañas radica en que reflejan un cambio profundo en la relación entre artistas y audiencia. En la era digital, la música compite con miles de estímulos diarios. Las campañas

de promoción actuales no buscan solo atención, sino conexión. Quieren que el oyente sienta que entiende al artista y que el artista, a su vez, lo entiende a él. Además, estas estrategias permiten a los músicos tener mayor control sobre su narrativa. En lugar de depender exclusivamente de medios tradicionales, los artistas pueden comunicarse directamente con su público, corregir interpretaciones y experimentar sin intermediarios. Esto ha democratizado la promoción, pero también la ha vuelto más exigente: cada decisión es observada, analizada y amplificada. En conclusión, las campañas de promoción musical han pasado de ser un complemento comercial a convertirse en una parte esencial del arte. Casos como Harry Styles, Charli XCX y Taylor Swift demuestran que promocionar un proyecto hoy implica crear un mundo, una identidad y una conversación cultural. En un entorno donde la música ya no se consume de forma aislada, sino integrada en la vida digital y emocional de las personas, la promoción se ha transformado en una herramienta creativa tan poderosa como la propia canción.

MATERIALISTS: amor verdadero vs estabilidad

¿Qué tan romántico es enamorarte de alguien… si en realidad te enamoraste de lo que representa? ¿Y qué tan “correcto” es elegir a la persona que te ofrece seguridad, estatus y una vida impecable, cuando tu cuerpo y tu historia siguen mirando hacia otro lado? Eso es lo que Materialists pone sobre la mesa con una calma peligrosa: la clase de película que parece una romcom elegante en Manhattan, pero que por debajo está diseccionando el amor como contrato, como aspiración social y como espejo. Dirigida y escrita por Celine Song, la misma mente detrás de Past Lives, la cinta se estrenó en cines el 13 de junio de 2025 y está protagonizada por Dakota Johnson, Pedro Pascal y Chris Evans. La premisa es deliciosa por lo simple: Lucy (Dakota Johnson) es matchmaker profesional, brillante, acostumbrada a medir la compatibilidad como si fuera un algoritmo emocional y su mundo se parte en dos cuando reaparece John (Chris Evans), su ex, un actor con más corazón que estabilidad, justo cuando entra en escena Harry (Pedro Pascal), un hombre que parece diseñado para ganar: carisma, dinero, control, promesa. Y ahí nace el debate que se volvió inevitable: ¿se elige al amor

verdadero o a la vida correcta?

Porque

Materialists no te pregunta “¿a quién ama?”… te pregunta “¿qué está dispuesta a sacrificar para dejar de tener miedo?” Lo más interesante de Lucy es que no está perdida. Eso sería más fácil. Lucy es una mujer que entiende perfectamente el mercado emocional en el que vive: sabe qué se “vende”, qué se presume, qué se considera éxito romántico. Y lo más fuerte es que incluso con todo ese conocimiento, incluso con toda su inteligencia hay una parte de ella que sigue siendo humana: contradictoria, sensible, y cansada de performar seguridad. Ella trabaja con historias ajenas todo el tiempo, pero en cuanto la historia es suya, la teoría deja de servir. Lucy es el tipo de personaje que no grita. Materialists no la convierte en mártir ni en villana. Solo la deja existir en esa zona gris donde viven las mujeres que sostienen todo… y aún así se preguntan si merecen ser sostenidas. La conversación alrededor de la película fue intensa por una razón: mucha gente no discutía personajes, discutía su propia filosofía de vida. Equipo Harry: La idea de que el amor también se aprende. Que no todo tiene que doler para ser real. Que hay decisiones prácticas que también

son amor. Que elegir al hombre “perfecto en papel” puede ser una forma de dejar atrás el caos. Equipo John: La creencia de que lo auténtico no se negocia. Que si con alguien te sientes tú, sin estrategia, sin máscara eso vale más que cualquier seguridad externa. Que el amor no debería sentirse como una transacción. Y lo brillante es que la película no se burla de ninguna postura. Solo te muestra el precio de cada elección. De hecho, Celine Song sabía que el final iba a dividir a la gente: lo dijo abiertamente, casi como un “sí, esto va a incomodar”. Porque incomoda ver a alguien elegir algo que tú no elegirías… especialmente cuando el “algo” representa estabilidad y estatus. El título es una provocación. Materialists no está diciendo “ser materialista está mal” y ya. Lo que hace es más incómodo: te muestra cómo el materialismo muchas veces nace del miedo. Miedo a repetir una historia. Miedo a sufrir. Miedo a no “subir de nivel” en la vida. Miedo a que el amor no alcance. Y al mismo tiempo, te enseña que el romanticismo tampoco siempre es puro: a veces es dependencia, nostalgia, necesidad de sentir algo familiar. La película no te entrega un sermón. Te entrega un espejo. Algo muy A24: la estética no está “bonita” por capricho. Está bonita porque el mundo que retrata es así: pulido, costoso, aspiracional. Y justo por eso duele más cuando se quiebra. Nueva York se siente como un escenario de catálogo, pero la historia te recuerda constantemente lo que hay debajo: clases sociales, expectativas, el peso de “ser elegible”, la ansiedad moderna de salir con alguien como si fueras un currículum. Y sí: el vestuario de Lucy es parte del storytelling. Hay algo en su forma de presentarse precisa, controlada, elegante que te dice quién es antes de que hable. No es solo “look”: es armadura. Porque Materialists no te da el placer fácil de “ganó el mejor hombre”. Te deja con preguntas. Te obliga a pensar en lo que tú harías si tuvieras que elegir entre: la vida que se ve perfecta desde afuera, y la vida que se siente honesta por dentro. Y encima lo hace sin gritar, sin dramatismos exagerados, sin villanos. Solo con personas reales y decisiones que no son perfectas. Era sobre nosotras. Sobre lo que hoy significa amar en un mundo donde el amor también se mide en posibilidades: estabilidad, estética, estilo de vida, “quién te conviene”, “quién te eleva”. Y por eso la película se queda. Porque aunque el triángulo amoroso sea el gancho, lo que realmente te persigue después es lo que no se ve: la pregunta silenciosa de si alguna vez elegiste a alguien por amor… o por miedo.

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