
Sobre la autora
Valentina Rodríguez Venegas nació en Morelia, Michoacán, y ahora vive en Monterrey, NL. Es estudiante de tercer semestre de Mercadotecnia en el Tecnológico de Monterrey.
Este es su debut como escritora con una colección de cuentos que exploran los aspectos más oscuros de la humanidad.
A través de su narrativa, Valentina expone sin filtros las realidades más crudas que muchos prefieren ignorar, invitando a la reflexión sobre los rincones más sombríos de la experiencia humana.

Título Original: Y se hizo oscuro
Del texto: Valentina Venegas
Diseño de portada: Valentina Venegas
Derechos reservados conforme a la ley
© 2024, Editorial Pluma Negra, S.A. de C.V.
En Monterrey N.L
Primera edición, Monterrey: septiembre de 2024
ISBN: 978 199461
Queda prohibida la reproducción sin antes
solicitar autorización del editor.
A mí misma y a quienes han sentido la necesidad de callar.
A quienes no pudieron hablar porque fueron silenciados o ya no están
Índice manos invisibles. 11
aroma limón y menta. 18
el carrusel. 27
tu y tú diario. 41


Desperté de golpe, con los ojos aún pegados por el sueño, y un frío que me calaba hasta los huesos. Mi cuerpo estaba encogido, atrapado bajo el peso de la oscuridad que llenaba la habitación.
No sabía qué hora era, solo sentía el latido acelerado de mi corazón martillando en mi pecho, empujando mi respiración a un ritmo frenético. Algo no estaba bien. No podía moverme, como si estuviera atrapada en un sueño que no era mío, una pesadilla de la que no podía escapar.
Intenté incorporarme, pero mis músculos no respondían. Estaba paralizada, no por el sueño, sino por algo más profundo, más visceral. Una sensación de alerta se extendía por todo mi cuerpo, como si mis nervios estuvieran en llamas. Cada segundo que pasaba, la incomodidad crecía, invadiendo cada rincón de mi mente, oscureciendo cada pensamiento con una neblina de confusión y miedo.
Poco a poco, empecé a notar detalles. Una mano que se movía lentamente sobre mi piel, acariciando mi abdomen, subiendo por mi costado con una familiaridad que no debía existir. Mis ojos aún cerrados, mi mente negándose a aceptar lo que mi cuerpo ya sabía. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral cuando sentí la mano desplazarse hacia mi pecho, apretándolo con una firmeza que me hizo contener la respiración.
¿Esto es real? No podía ser. Debía ser un sueño, uno de esos sueños extraños y perturbadores que a veces se sienten demasiado reales. Pero no era un sueño, y lo supe en el 12
momento en que intenté gritar y mi voz quedó atrapada en mi garganta. Quise moverme, golpear esa mano que no tenía derecho a estar ahí, pero mi cuerpo no me obedecía, congelado en una postura de vulnerabilidad absoluta.
El silencio de la habitación era ensordecedor, roto solo por mi respiración entrecortada y el ruido sordo de mi corazón. Mis pensamientos eran un caos, fragmentos rotos de lógica que intentaban encontrar sentido en la oscuridad que me envolvía.
Sentí cómo una segunda mano se deslizaba por debajo de la colcha, y la náusea se apoderó de mí. Estaba atrapada, atrapada en una situación que nunca imaginé posible, una situación que no podía detener.
Entonces, sentí su cuerpo moverse detrás de mí, acercándose, invadiendo mi espacio personal con una cercanía que nunca fue bienvenida. Una presión familiar y grotesca en mi espalda me hizo abrir los ojos de golpe. La realidad se estrelló contra mí como un tren desbocado, dejando mi mente en blanco, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
Quería salir de allí, huir de esa cama que ahora era una prisión. Pero el miedo me paralizaba, me mantenía atada a un presente que no podía cambiar, que no podía detener. Sentía que mi cuerpo se estremecía involuntariamente, y en ese temblor, él se detuvo por un momento. El pánico se apoderó de mí cuando lo sentí levantarse de la cama, sus movimientos cuidadosos, meticulosos, como si no quisiera que me diera cuenta. Caminó
hacia el lado izquierdo de la cama, hacia el armario, y escuché el sonido sordo de un cajón deslizándose.
Mi mente corría, buscando una explicación, cualquier cosa que no fuera lo que temía. Quería creer que todo esto era un malentendido, que no podía ser real. Pero entonces volvió a la cama, y sentí el peso de su cuerpo junto al mío, el sonido de su respiración pesada llenando el aire. La realidad era ineludible.
Esto estaba pasando, y yo estaba allí, atrapada en mi propia piel, sin poder escapar.
Finalmente, algo en mí rompió el hechizo de la parálisis. Conté hasta cien, una vez, dos veces, tres veces. Y entonces, con todo el coraje que pude reunir, me levanté. Me fui al baño, cerré la puerta con cuidado, y me senté en el borde de la bañera, tratando de comprender lo incomprensible. Eran las 4:31 de la mañana del 29 de diciembre, y acababa de escapar de una pesadilla que no debía haber existido.
Mi cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino por el shock, por la repulsión que sentía hacia mí misma, como si hubiera sido cómplice de algo innombrable. El espejo reflejaba a una persona que no reconocía, alguien que quería olvidar, borrar. Pero sabía que no podía, sabía que este momento me perseguiría, que quedaría grabado en mi piel, en mi mente, como una cicatriz que nunca desaparecería.
Me cambié de ropa, tratando de deshacerme de la sensación de suciedad que se adhería a mí. Pero no importaba cuántas capas de ropa nueva me pusiera, la sensación seguía ahí, incrustada en mi ser. Me sentía sola, desesperada por un consuelo que sabía que no llegaría. Mandé un mensaje a un amigo, uno de esos mensajes que no esperas que alguien responda a esa hora, pero necesitaba a alguien, a cualquiera, que me ayudara a pasar las horas restantes de la noche sin perder la cordura.
Finalmente, cuando el sol empezaba a teñir el horizonte, me permití cerrar los ojos, sabiendo que el día que se avecinaba traería consigo la carga de lo que había sucedido. Sabía que tendría que enfrentar la realidad, que tendría que hablar, contar mi historia, y lo más aterrador de todo, aceptar que esto era real.
Pero por ahora, solo quería olvidar.


La esponja hacía su recorrido habitual, trazando círculos perfectos sobre la encimera de mármol, eliminando cualquier traza de polvo o suciedad. El limpiador con aroma a limón y menta llenaba el aire con una fragancia refrescante, otorgándole un sentido de orden y pureza que él necesitaba como un ancla en medio del caos. No había espacio para la imperfección en su hogar, no bajo su vigilancia. Todo debía estar en su lugar. Todo.
Alzó la vista y notó una pequeña mancha en la puerta del refrigerador, apenas perceptible, pero ahí estaba, desafiando su paz mental. Tomó un paño limpio y se acercó rápidamente. “No puedo dejar que las cosas se acumulen”, murmuró para sí mismo, su voz baja pero urgente. “La limpieza es lo que mantiene todo en orden… lo que mantiene todo bajo control”.
El paño pasó una y otra vez sobre la superficie metálica, hasta que la mancha se desvaneció por completo. Respiró con alivio, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza. El deslumbre plateado lo reconfortaba, como comida para alguien hambriento, e inmediatamente buscó el siguiente lugar que limpiaría y le traería paz mental.
Caminó hacia el centro de la sala, sus pasos medidos y calculados, dirigiéndose a la alfombra. Esa alfombra era su mayor desafío, su mayor enemigo en la batalla contra el desorden. Colocó la aspiradora en su posición habitual y
comenzó a pasarla sobre la tela tiesa, moviéndose de un lado a otro con una precisión única.
Pero ahí estaba de nuevo, ese abultamiento, esa imperfección bajo las fibras que lo perturbaba profundamente. No debería estar ahí. Se agachó, pasando sus manos por la alfombra, tratando de aplanarla, de hacerla desaparecer. “Tiene que estar perfecto”, se dijo en voz baja, casi como una súplica. “Tiene que estar perfecto… para que todo vuelva a estar bien”.
Intentó concentrarse en otra cosa, en alguna tarea que pudiera desviar su atención de la molestia creciente en su pecho. El baño, por ejemplo, necesitaba una limpieza a fondo. Las baldosas del baño eran su orgullo; brillaban como si fueran nuevas. Dirigió sus pies hacia la puerta, pero al llegar, algo en su mente lo hizo detenerse y mirar hacia atrás, hacia la sala.
No podía dejar la alfombra así. No podía. Regreso al lugar donde la aspiradora se había atascado y se arrodilló con las manos temblorosas, sintiendo la necesidad urgente de raspar la superficie, de remover aquello que perturbaba la perfección de su hogar.
Mientras sus dedos levantaban con delicadeza una esquina de la alfombra, el sonido de sirenas en la distancia rompió el trance al que se había sometido. Su mente lo registró, pero lo ignoró; estaba demasiado concentrado en su tarea. Los sonidos parecían amplificarse, acercándose poco a poco, pero él no levantó la vista. Sus ojos estaban fijos en el suelo, donde ahora podía ver una sombra oscura, una mancha que no recordaba haber visto antes.
El tiempo pareció detenerse mientras él observaba esa marca.
¿Cómo era posible? ¿Cómo había llegado ahí? Una sensación de pánico comenzó a crecer en su pecho, mezclándose con la ira y la frustración. Se supone que debía estar limpio. Todo debía estar bajo control.
La puerta sonó con golpes insistentes. “¡Abra! ¡Policía!” El eco de las voces atravesó el espacio, pero él seguía arrodillado, observando la mancha que parecía expandirse en su mente, oscureciendo sus pensamientos.
“Debo arreglarlo… debo…” Sus palabras eran apenas un murmullo, casi inaudibles, mientras la puerta se abría de golpe.
La habitación se llenó de hombres uniformados, sus figuras proyectando sombras que danzaban por las paredes a medida que las luces rojas y azules invadían la estancia. Uno de los oficiales, con voz firme, gritó su nombre: “¡Rolando Malvera
Nogales! ¡Levántese!”
Rolando alzó la vista lentamente, sus ojos desenfocados. En su mente, lo único que importaba era la mancha, la imperfección.
Nada de esto importaba; todo estaba a punto de desmoronarse.
“¡Arriba! ¡Ahora!”, repitió el oficial, con una mezcla de autoridad y urgencia.
Pero Rolando no podía moverse. Sus manos estaban manchadas de algo que no podía limpiar, algo que ninguna cantidad de químicos y sprays cítricos podían borrar. Los agentes lo rodearon, sus armas listas, pero todo lo que él veía era esa mancha bajo la alfombra, esa evidencia que lo condenaba, que le recordaba lo que había hecho. Que nunca podría arreglar.
El oficial lo levantó de un tirón, y en ese momento, la verdad lo golpeó con la fuerza de un tren en marcha. La imagen de la
mujer, de sus ojos apagándose mientras él apretaba con más fuerza, se superpuso a la realidad, y por primera vez, la claridad lo atravesó como un cuchillo.
No había logrado limpiar su alfombra a tiempo, registro en el fondo de su mente. Ya no importaba que lo había intentado, era demasiado tarde. Las luces parpadeantes se reflejaban en el suelo, y su mirada se fijó en las sombras de los oficiales bailando en su piso de madera reluciente.
“Rolando Malvera Nogales,” repitió el oficial, “queda usted arrestado por el asesinato de Lorenza Ramírez Vargas.”
Las palabras cayeron como un yunque sobre él, pesadas e inevitables. Mientras lo esposaban y lo arrastraban hacia el exterior, su mirada volvió a la mancha en el suelo, esa que nunca desaparecería. Y en ese momento, todo lo que había hecho, la limpieza reveló su verdadera naturaleza: no era una lucha contra el desorden, sino una lucha inútil contra la culpa, contra lo que no se podía lavar ni borrar.
Mientras las luces rojas y azules iluminaban la calle, la fragancia de limón y menta se desvanecía lentamente, opacada por el olor metálico y penetrante que emanaba de la mancha en la alfombra. El rojo vivo se extendía como un río oscuro, sus bordes irregulares sugiriendo una violencia reciente. El líquido espeso y viscoso había empapado las fibras, dejando un rastro imborrable que no solo manchaba la tela, sino también el aire a su alrededor, cargado de un hedor agrio y ferroso. En ese espacio, donde el limpiador ya no podía ocultar la verdad, quedó un vacío que ninguna cantidad de limpieza podría llenar.

No era la primera vez que merodeaba por una feria, perdiéndome entre la multitud, observando las sonrisas despreocupadas de los niños, escuchando las risas que resonaban entre las luces parpadeantes. Me movía con la calma que solo los expertos conocen, sin prisas, sin levantar sospechas. Pasé desapercibido, como siempre lo hacía. Nadie nota a un hombre común, vestido con ropas ordinarias, que parece estar ahí por la misma razón que todos: disfrutar de la noche
Pero yo no estaba ahí para disfrutar.
Había un propósito en mí caminar, en la forma en que mis ojos recorrían el lugar, analizando cada detalle. Sabía lo que buscaba y, tarde o temprano, lo encontraría. Solo era cuestión de tiempo. Entonces lo vi. Gabriel Montés. Un niño pequeño, con cabello oscuro y grandes ojos curiosos que brillaban bajo las luces del carrusel. Estaba sentado solo, girando en un caballo de madera, aferrado al poste dorado, mientras sus pies colgaban sin tocar el suelo. Observé cómo su madre, distraída por su teléfono, se alejaba unos metros para buscar algo en su bolso. En ese 24
instante, su mundo seguía siendo seguro, aún no sabía que las sombras podían tener dientes, que la oscuridad podía devorar la luz sin previo aviso.
Mi oportunidad estaba ahí, frente a mí, y no iba a dejarla pasar.
Informe Especial
Buenas noches, les saluda Carolina Ramírez, trayéndoles un informe especial que ha conmocionado a la comunidad en las últimas horas. Un caso desgarrador que expone una vez más la cruel realidad de los secuestros infantiles en nuestro país.
Hace apenas unas horas, se confirmó la desaparición de Gabriel Montés, un niño de tan solo 7 años, quien fue secuestrado anoche en una feria local, mientras disfrutaba de una noche que se suponía sería llena de diversión y alegría. Gabriel estaba acompañado por su madre en la feria, un evento que reúne a familias de toda la comunidad. Pero lo que comenzó como una noche de risas y juegos se convirtió rápidamente en una pesadilla.
El Secuestro
Caminé hacia él con una tranquilidad perturbadora. Mis pasos eran firmes, pero mi corazón latía a un ritmo constante. Había perfeccionado este arte. No había lugar para la duda, ni para el remordimiento. La feria estaba llena de ruidos y risas, de vida y de luz, pero para Gabriel, todo eso estaba a punto de desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos.
Me acerqué al carrusel justo cuando se detenía, y los niños comenzaron a bajar, corriendo hacia sus padres, hacia la seguridad que creían inquebrantable. Le extendí la mano a Gabriel, con una sonrisa suave y engañosa. Él me miró, y por un segundo, vi la duda en sus ojos, pero luego su inocencia tomó el control. Él aún creía que los adultos eran buenos, que el mundo estaba lleno de personas que solo querían ayudar.
“Tu mamá me pidió que te llevara con ella,” le dije, con una voz suave, tranquilizadora.
Dudó por un momento, mirando a su alrededor, pero luego, como una presa confiada, puso su pequeña mano en la mía. La seguridad con la que lo hice lo desarmó por completo. Esa es la clave; hay que actuar con total convicción. Si tú crees la mentira, ellos también lo harán.
Nos alejamos del carrusel, y mientras nos mezclábamos entre la multitud, me aseguré de mantener mi cuerpo entre él y el resto del mundo. Nadie lo notó, nadie se dio cuenta de que Gabriel ya no estaba donde debería estar. Su madre seguía ocupada con su teléfono, su mente ajena a la pesadilla que estaba a punto de vivir.
Informe: El secuestro de Gabriel Montés
El montaje de cámaras de seguridad reveló que Gabriel estaba montado en el carrusel del centro de la feria, su madre se veía distraída en lo que creemos ser una llamada telefónica. Se alejó brevemente, dejando a su hijo Gabriel solo en el carrusel. Fue en ese instante, en medio de las luces brillantes y la música
alegre, cuando un hombre, cuya identidad aún se desconoce, se acercó al niño. Los informes preliminares sugieren que este individuo se ganó la confianza de Gabriel con palabras tranquilizadoras y una apariencia inofensiva, llevándolo a creer que estaba siendo llevado a su madre.
En los videos que les estamos presentando se puede ver como el hombre, con una calma perturbadora, guio a Gabriel hacia la salida, mezclándose entre la multitud, sin levantar ninguna sospecha. Otras cámaras de seguridad captaron imágenes del hombre y del niño caminando juntos, pero se revela que para cuando la madre notó la ausencia de Gabriel, ya era demasiado tarde.
El Traslado
La caminata hacia la salida de la feria fue breve, demasiado breve. Mis pensamientos estaban enfocados en lo que vendría después, en lo que tenía que hacer. Sabía que el tiempo era limitado; en cualquier momento, su ausencia sería notada, y
entonces la feria estallaría en caos. Pero para entonces, nosotros ya estaríamos lejos.
Lo llevé hasta mi coche, un vehículo oscuro y sin distintivos, uno que nunca llamaría la atención. Cuando abrió la puerta, dudó por un instante, pero para entonces, ya estaba atrapado en mi red. Lo animé con un gesto amable, como si esto fuera lo más normal del mundo. “No te preocupes”, le dije. “Tu mamá estará aquí pronto.”
Se subió al coche, y yo lo seguí, cerrando la puerta detrás de mí con un clic seco. El sonido de la cerradura fue definitivo, y sentí una ligera resistencia en su cuerpo, un breve instante en el que quizás entendió que algo estaba mal. Pero ya era demasiado tarde.
Informe: Revelaciones del caso Gabriel Montés
Las autoridades fueron alertadas de inmediato, y se lanzó una búsqueda desesperada. Sin embargo, el secuestrador había
planeado todo con meticulosa precisión. Gabriel fue llevado a un lugar desconocido, donde su pesadilla solo empeoró.
Fuentes cercanas a la investigación han revelado detalles estremecedores sobre lo que le sucedió a Gabriel después de su secuestro. Al parecer, el hombre que lo raptó es parte de una red criminal dedicada al tráfico de órganos, un negocio macabro que se nutre de la vida de los más vulnerables. Gabriel, un niño lleno de vida e inocencia, fue reducido a una mercancía en este sórdido comercio.
La Oscuridad
Lo llevé a un lugar que ya tenía preparado, un sótano en las afueras de la ciudad, lejos de cualquier mirada curiosa. El lugar estaba frío, húmedo, pero no me importaba. No era la primera vez que lo usaba. Gabriel me siguió con pasos inseguros, su confianza desmoronándose con cada segundo que pasaba.
“¿Dónde está mi mamá?”, preguntó finalmente, su voz temblando, rota por el miedo.
Lo miré y, por un breve momento, vi al niño que era, vi la inocencia que aún intentaba aferrarse a la esperanza. Pero no respondí. No había necesidad de hacerlo. En su interior, ya sabía que su madre no estaba aquí, que estaba solo en este mundo extraño y aterrador.
Lo senté en una vieja silla de madera, amarrándole las manos con una cuerda que había usado muchas veces antes. No fue fácil; Gabriel se resistió, el miedo había despertado algo en él, una chispa de lucha, pero fue inútil. Su cuerpo pequeño no tenía la fuerza para desafiarme, y pronto se quedó quieto, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas.
“¿Por qué me haces esto?”, me preguntó, su voz rota por el llanto.
No respondí. No había nada que decir. ¿Cómo podría explicarle que él era solo una mercancía, un medio para un fin? Sus órganos valían más que su vida, y yo no era más que el transportista, el que se aseguraba de que llegaran a donde debían estar. Había un mercado para todo, y en este mundo, su pureza, su inocencia, se convertirían en monedas de cambio.
Informe Final: El desenlace del caso Montés
El sótano en el que Gabriel fue mantenido, lejos de la humanidad, es un lugar que se sospecha que ya había sido utilizado para otros crímenes similares. Allí, el niño fue atado y mantenido en la oscuridad, mientras sus captores preparaban su cuerpo para el tráfico de órganos. Es difícil imaginar el terror y la confusión que sintió durante esas últimas horas. A medida que la droga lo adormecía, su cuerpo dejó de pertenecerle,
convirtiéndose en un objeto más en la cadena de suministro de esta red criminal.
Esta tarde, las autoridades confirmaron que el cuerpo de Gabriel Montés fue encontrado en un estado que no podemos describir con palabras, en el mismo sótano donde fue llevado tras su secuestro. Su vida fue arrebatada de la manera más cruel e inhumana, dejando una herida profunda en su familia y en nuestra comunidad.
El Silencio
Lo dejé allí, en la oscuridad del sótano, mientras subía las escaleras para hacer las llamadas necesarias. Sabía que, en cuestión de horas, vendrían a buscarlo. El proceso sería rápido, eficiente. La droga lo adormecería, su cuerpo dejaría de pertenecerle, y yo cumpliría mi parte del trato. El precio sería alto, y mi cuenta bancaria lo reflejaría.
Mientras hablaba por teléfono, podía oír sus sollozos desde el sótano, sus ruegos desesperados. Pero no me afectaron. Había aprendido a desconectar esas emociones, a ver a los demás como simples piezas en un juego.
Después de colgar, bajé de nuevo, mirando al niño que alguna vez había sido feliz, lleno de vida. Ahora solo era un espectro de lo que había sido, perdido en un mundo que no entendía, un mundo que lo había traicionado de la manera más cruel. Lo miré a los ojos, viendo la desesperación en su mirada. Pero no sentí nada. No podía.
Cuando finalmente llegaron, fue rápido. Los hombres que vinieron por él no eran diferentes a mí; también eran profesionales, expertos en su campo. Lo sacaron del sótano sin hacer ruido, sin levantar sospechas. Nadie nunca sabría lo que le había sucedido a Gabriel Montés. Para el mundo exterior, simplemente había desaparecido, tragado por la oscuridad de la noche.
Me quedé en el sótano un momento más después de que se lo llevaron, escuchando el silencio que había dejado. El vacío en el lugar era palpable, pero no me afectó. Para mí, era solo otro trabajo, otro día más en una vida que había elegido hace mucho tiempo.
Subí las escaleras, cerré la puerta tras de mí, y salí al aire fresco de la noche. La feria ya había terminado, las luces se apagaban una a una, y la música se desvanecía en la distancia. Pero para Gabriel Montés, y para muchos otros como él, la oscuridad nunca se desvanecería.
Mientras caminaba hacia mi coche, me pregunté si alguna vez sentiría algo más que este frío y vacío control que gobernaba mi 34
vida. Pero deseché el pensamiento rápidamente. No había lugar para esos sentimientos en mi mundo, y yo ya había enterrado cualquier rastro de humanidad tan profundamente que, incluso si quisiera, no podría encontrarlo de nuevo.
El motor rugió cuando encendí el coche, y mientras me alejaba, no miré atrás. El pasado no me importaba. Solo el próximo trabajo, el próximo niño, el próximo juego que jugaría. Y así, la noche se tragó el recuerdo de Gabriel Montés, igual que lo había hecho con todos los demás antes que él.
Final del Informe
El secuestrador, cuya identidad sigue siendo un misterio, ha logrado evadir la captura hasta el momento. Las autoridades han lanzado una operación a gran escala para dar con su paradero, pero el tiempo es un enemigo cruel en casos como este. Mientras tanto, la feria, ahora, está marcada por el dolor y la tragedia.
Este caso no solo resalta la vulnerabilidad de nuestros niños, sino también la alarmante realidad del tráfico de órganos en nuestro país. Es un recordatorio brutal de que la inocencia puede ser destruida en un instante, y de que debemos ser más vigilantes, no solo como padres, sino como sociedad.
Les recordamos a todos los padres que mantengan una vigilancia constante sobre sus hijos, especialmente en lugares públicos. Los depredadores como el hombre que secuestró a Gabriel Montés están siempre al acecho, buscando cualquier oportunidad para convertir la alegría en tragedia.
Desde aquí, nuestras más profundas condolencias a la familia de Gabriel Montés. Ningún padre debería tener que enfrentar la realidad de perder a un hijo de esta manera. Seguiremos informando sobre cualquier avance en esta investigación y esperamos, con todo el corazón, que la justicia prevalezca.
Soy Carolina Ramírez, y este ha sido un informe especial de Noticiero Nocturno. Buenas noches.



El sol seguía brillando, indiferente, como si el mundo no hubiera cambiado. Pero para mí, todo estaba totalmente oscuro. Regresaba del funeral de mi hija, con las palabras vacías de consuelo todavía resonando en mi mente. Ninguna pudo penetrar la barrera de dolor que me envolvía, ese muro invisible que hacía que todo pareciera distante, ajeno. Entré en la casa donde entraba todos los días, donde antes había risas, caos y vida. Ahora era un mausoleo, frío, silencioso, solo, lleno de recuerdos que me aplastaban como un manto de cenizas que cubre todo, sofocante y pesado, imposible de sacudir.
Subí las escaleras lentamente, casi como si mis pies no pudieran soportar el peso de la culpa, el dolor y la desesperación. Era como si fuera un zombie, mis pies sin fuerza sabían a dónde me llevarían, y yo no tenía fuerzas para negar. Era automático. Su habitación. El único lugar donde todavía podía sentir algo de ella. Desde que se fue, no he podido dormir en mi cama. Me paso las noches en su cuarto, envuelta en las sábanas que dejo sin tender, rodeada de sus cosas, aferrándome
a lo poco que me queda de ella. Me aferro, pero no muevo
absolutamente nada. Su ropa sigue mal doblada en sus cajones, sus bolsas apiladas en la esquina, todo en su sitio. Como si en cualquier momento fuera a regresar.
Me senté en su cama, la misma que aún guarda la forma de su cuerpo en las sábanas, y mis ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en un rincón donde vi algo que nunca había notado antes. Un cuaderno. Su diario. Mi corazón paró de latir. ¿Debería de leerlo? ¿Puedo soportarlo? Mis manos, temblorosas, lo agarraron y antes de que pudiera detenerme. Lo abrí.




Lágrimas comenzaron a caer, pero seguí leyendo. Cada palabra me arrancaba algo de dentro, pero necesitaba saberlo todo.
Había fallado como madre, cómo no me di cuenta de nada.
Tenía que leer lo que no vi.


Leí las palabras de Alicia con el corazón en la mano. ¿Cómo no vi ni una señal? Me repito todo este tiempo en mi cabeza y 43
vienen ciertos momentos como película, cuando dejo de usar esa falda que tanto le gustaba, cuando regreso de la escuela y tenía moretones en las rodillas. Cuando me decía que estaba enferma y que quería quedarse en casa. Me repetía una y otra vez que era una buena madre, pero ahora cada línea me mostraba lo equivocada que estaba. Seguí leyendo, aunque sentía que me desgarraba.



El diario cayó de mis manos. Me desplomé en el suelo, rota, destrozada. Mi hija, mi pequeña, había estado sufriendo tanto, y yo no lo vi. El trabajo de una madre es saber, es cuidar, es proteger. No hice nada, ¿para qué soy mamá entonces? Como algo como un instinto maternal, tan “de mujer”, no ayudó. Fui, mamá. Ya no soy.

Cada palabra era un grito de ayuda que yo nunca escuché. Las paredes de su cuarto, que antes me abrazaban, ahora me sofocan.
Grité, lloré, hasta que no me quedaron fuerzas.
Solo podía pensar en todo lo que no hice, en todo lo que no vi.
Viviría con ese peso el resto de mi vida.
Viviría con la culpa de no haber salvado a mi niña.
Este libro se terminó de editar el 4 de septiembre de 2024.
En Monterrey, N.L. para la
Unidad de Formación Escritura Creativa

Hay algo que debes saber antes de continuar: no todas las historias tienen finales felices. Algunas, como las que leerás aquí, son oscuras, incómodas, y reflejan el lado más crudo de la humanidad. Abuso, asesinato, secuestro, suicidio. Son realidades que a menudo ignoramos, pero que están ahí, siempre acechando.

"Se hizo oscuro" explora los rincones más oscuros de la humanidad, donde el dolor y la desesperación se entrelazan con el miedo y el silencio. Los personajes de estos relatos se enfrentan a situaciones ineludibles, atrapados en una realidad cruel que muchos prefieren no ver. Cada historia es un espejo que nos obliga a mirar de frente, recordándonos la fragilidad de la vida y la brutalidad del mundo.
