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Conoce cómo aportamos a la solución de los grandes desafíos planetarios.
Medellín, Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación. Las universidades: claves en su expansión.
Diálogo de saberes.

¿Quién tiene las llaves?
Esta es nuestra nueva Política CTeI. Historias de cómo aportamos a la transformación social.
¿Por qué una llave inspira
Para nosotros, en EAFIT, la Ciencia, la Tecnología y la Innovación no son dominios reservados a unos pocos. Son llaves compartidas. Cada persona que se atreve a pensar distinto, a preguntar, a imaginar, a crear y a transformar sostiene una parte de ese manojo común que abre el futuro. Así que no hay acto más transformador que compartir esas llaves… Es aquello que nos convierte en una co munidad de conocimientos y saberes. ¡Lo que nos hace profundamente humanos!
Te damos la bienvenida a esta edición.
Toma tu llave y abramos esas puertas juntos.


5 Editorial: Cómo encontrar las llaves en un bosque
6 La definición menos definitiva 10 Ojalá amemos la Ciencia, la Tecnología y la Innovación como amamos la música
Entender más implica conectar: dejar de ver la Ciencia, la Tecnología y la Innovación —la CTeI— como un territorio aislado.
Aunque las visiones maniqueas del mundo ya no son útiles, muchos aún observan los desafíos contemporáneos desde dos extremos: el miedo o la ingenuidad. Y de esas dos miradas surge una tercera, más peligrosa aún: la indiferencia, la tentación de mirar hacia otro lado, ya sea porque el dolor abruma o porque nada parece importar.
Pero las universidades no existimos para apartar la mirada. Todo lo contrario: estamos preparadas para hacerlo, para mirar de frente —encarnizadamente, si se quiere— la complejidad en la que vivimos, con el fin de comprenderla y actuar sobre ella. Ese es nuestro propósito: congregarnos en comunidad para entender los problemas de nuestro tiempo y contribuir a resolverlos. Porque el conocimiento que no se vincula, que no se conecta, corre el riesgo de volverse irrelevante. A eso nos invitó Marie Curie cuando afirmó: “Nada en la vida debe ser temido, solo entendido. Ahora es el momento de entender más, para temer menos”.
Entender más implica conectar: dejar de ver la Ciencia, la Tecnología y la Innovación —la CTeI— como un territorio aislado, y reconocerla como un ecosistema que une la investigación con la sociedad, la ciencia con la vida y el pensamiento con la acción. Y conectar también es volver a las preguntas básicas, escuchar lo diminuto, abrazar la duda como territorio fértil. Es por ello que en EAFIT estamos convencidos de que la CTeI no nace solo de grandes proyectos ni de sofisticados laboratorios —aunque estos sean esenciales—, sino también de las pequeñas dudas: las que se formulan en un aula, en una conversación o en la mente curiosa de un niño.
Ahí, Lewis Carroll nos regaló una lección sobre la curiosidad y el conocimiento. Para entrar al jardín del asombro, necesitamos encontrar una pequeña llave dorada. Comprendemos entonces que para usarla debemos hacernos pequeños, ajustar nuestro tamaño al de la puerta que nos separa de lo imposible. Y ese gesto, paradójicamente, ES UNA FORMA DE GRANDEZA: reconocer que la realidad es vasta, tener la humildad epistémica para acercarnos al detalle, a las preguntas grandes y a las mínimas y a los saberes invisibilizados que también sostienen la vida. Porque solo quien es capaz de ajustar la mirada, comprende en profundidad. Abogamos por una CTeI que escuche las preguntas de los niños tanto como las hipótesis de los expertos que le han dado forma a inmensos proyectos que hoy impactan a la sociedad.
Esta edición del Somos es precisamente eso: un ejercicio de abrazar en su totalidad la Política institucional de Ciencia, Tecnología e Innovación. Queremos expandir no solo sus conceptos clave —principios, objetivos, atributos y procesos estratégicos—, sino también mostrar cómo esos conceptos cobran vida a través de las historias, los proyectos y las alianzas que conectan a la Universidad con la sociedad desde los retos y las soluciones.
En esta publicación nos propusimos, además, destacar el papel que cumple el Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, una iniciativa colectiva que define buena parte del presente y del futuro de Medellín. Para nosotros, ser parte activa de este proyecto no es solo un compromiso institucional: es una convicción profunda sobre el papel que debemos desempeñar en la transformación de la ciudad. Desde EAFIT, representamos a las universidades privadas en su Organismo Asesor y hemos alineado nuestro propósito con los de este ecosistema. Consideramos que el Distrito de CTeI es esencial para fortalecer a una Medellín que aprende de sí misma, innova desde sus territorios y se proyecta al mundo como un laboratorio vivo de futuro.
Entre las propuestas que elevamos está la de consolidar una segunda Zona de Tratamiento Especial en el suroriente de Medellín. Con ella, buscamos articular el trabajo colaborativo entre universidades, empresas e instituciones que ponemos nuestras capacidades al servicio del conocimiento, entendido como un motor de bienestar, competitividad y desarrollo sostenible.
Porque, al final, la CTeI es precisamente eso: una trama viva de saberes interconectados, un tejido que enlaza la razón con la sensibilidad, la idea con la acción, el pensamiento con el planeta. Y si el bosque representa la complejidad de ese entrama-
do, la ciencia, la tecnología y la innovación son las llaves que nos permiten recorrerlo y comprenderlo.
Porque abrir puertas es un acto de responsabilidad. Significa decidir qué tipo de conocimiento cultivamos y al servicio de quién. La CTeI le pertenece a toda una comunidad que pregunta, experimenta, aprende y transforma. Las llaves del conocimiento son colectivas, y el llavero del futuro es compartido. Está hecho de preguntas, hallazgos, errores y aprendizajes que se entrelazan para construir un mundo.
Y quizá ahí resida la tarea esencial de las universidades en este tiempo: seguir abriendo puertas —con ciencia, con humanismo, con ética— para que el conocimiento no solo explique el mundo, sino que lo acompañe y lo transforme.
Porque la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, en su mejor expresión, son una ética del entendimiento y de la acción. No somos guardianes de puertas cerradas, sino arquitectos de los umbrales del futuro.
Claudia Restrepo Montoya Rectora de EAFIT


En esta publicación conoceremos la historia de una polilla que escapó de un supercomputador, del cacao que en EAFIT se convierte en vehículo, del inesperado vínculo entre Rafael Uribe Uribe y un niño que encontró en nuestra biblioteca un refugio para expandir su mundo, de la ciencia que se revela como epifanía en las montañas del Suroeste antioqueño y de una extraña secuencia que termina convertida en una mancha solar.
¿Todo esto es Ciencia, Tecnología e Innovación? Sí, sí lo es.
Porque en EAFIT entendemos la CTeI como el conjunto de actividades intelectuales, experimentales y creativas orientadas a generar, transferir y apropiar conocimiento en todas sus formas: científicas, tecnológicas, artísticas, humanísticas y sociales.
Esta visión reconoce el valor de todos los saberes como motores de transformación social, de expansión de las fronteras del conocimiento y, sobre todo, como actos de esperanza activa frente al mundo.


Y partiendo de esa definición, hicimos un ejercicio: aventurarnos a expandir esa idea a partir de máximas disruptivas, creativas y profundamente humanas.
¿Alguna te suena?

Y, a propósito, le pedimos a algunos eafitenses que nos contaran qué significa para ellos Ciencia, Tecnología e Innovación.
Esto fue lo que nos dijeron: Escanea el código QR y descúbrelo.
| Diana Vélez

El documento —vivo, en constante evolución y movimiento — establece que la CTeI en nuestra universidad es un espacio de encuentro entre disciplinas, lenguajes y formas de comprensión. La iniciativa se conecta con nuestras declaraciones institucionales y con el PEI (Proyecto Educativo Institucional) y en ella convergen la investigación científica, la creación artística, la innovación tecnológica y la reflexión humanística. Hablamos con el vicerrector Antonio Copete, quien nos explicó el espíritu de la nueva Política, sus alcances y arquitectura.
Me dispuse a desgrabar la entrevista que ayer tuve con Antonio Copete y, de inmediato, saltaron de mi libreta tres de sus frases. Las escribí con una letra que solo yo entiendo, pero brincaron con un ímpetu único en medio del caos grafológico que siempre me invade.
Tengo la responsabilidad de escribir un artículo de más de 900 palabras sobre ese encuentro que sostuve con él, y no es que no quiera hacerlo (porque me encanta escribir). Es que, de verdad, creo que bastaría con poner esas tres frases — solo tres frases— y dejar el resto del artículo en blanco. Presiento que en ellas se condensan universos. Tienen el poder de lo mínimo que resuelve lo superior:
1.
2.
3.
“CTeI es construir un futuro que aún no existe".
“Ojalá Colombia apreciara la Ciencia, la Tecnología y la Innovación como aprecia la música".
“Si el conocimiento no se conecta con la vida real, la promesa queda incompleta".
Bueno, se quedó una frase que vi más adelante:
4.
“La nueva Política no es una receta de cocina. Tampoco es un manual de instrucciones".
Antes de hablar, Antonio observa. Tiene la paciencia de quienes han mirado el cielo hasta entender que el universo no se apura. Físico formado en el MIT y doctor en Harvard, trabajó estudiando las explosiones de rayos gamma (Gamma-Ray Bursts o GRBs en inglés), cuya luz viaja por miles de millones de años solo para contarnos que algo nació o algo murió allá afuera.
Fue integrante de la Misión Internacional de Sabios de 2019, el grupo de 47 expertos convocado por el Gobierno nacional para definir el rumbo del país en educación, ciencia, tecnología e innovación con un horizonte de 25 años. Ahí se reafirmó en su pensamiento: la ciencia no es un lujo, sino una forma de futuro colectivo.
Ahora, desde la Vicerrectoría de Ciencia, Tecnología e Innovación de EAFIT y con todo el equipo que la conforma, trabaja para traducir esa visión en acción.
“Uno no necesita ser músico para disfrutar la música, para promover la música. De la misma manera, uno no necesita ser científico para apreciar la investigación, para entender y valorar la importancia que tiene en nuestra sociedad".
Ahí está su clave: no se trata solo de conocimiento, sino de una sensibilidad compartida. La CTeI, para él, no ocurre solo en los laboratorios, sino en las preguntas que despierta una sociedad cuando aprende a mirar el mundo con curiosidad.
En abril de 2025, EAFIT aprobó su Política de Ciencia, Tecnología e Innovación, un documento que el Vice describe no como una norma, sino como un organismo vivo.
“Es una política que busca ser un documento muy práctico… que establece unos principios y una manera de pensar toda la arquitectura del Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad".
Esa arquitectura —explica— parte de tres dimensiones de capacidades: las de conocimiento, alojadas en las escuelas y grupos de investigación; las de soporte, concentradas en la Vicerrectoría, otras áreas administrativas, así como órganos de gobierno institucional; y las de conexión, que vinculan a la universidad con el entorno, a través de centros de impacto y otras áreas especializadas.
El Modelo a su vez, agrega, funciona a través de procesos estratégicos: los habilitadores, que permiten la existencia del Sistema; los dinamizadores, que lo hacen más eficiente; los potenciadores, que amplifican sus resultados; y los de retroalimentación, que garantizan su aprendizaje continuo.
“Sin esos procesos —dice— simplemente el Sistema no podría existir ni funcionar".
El Vicerrector habla con la claridad de quien mide el mundo en probabilidades y patrones.
Toda actividad económica, recuerda, fue ciencia alguna vez. “Las prácticas fundamentales de la ciencia, la tecnología y la innovación están detrás de toda actividad económica. Toda actividad económica en algún momento fue Ciencia, Tecnología e Innovación".
Por eso, cuando compara países, lo hace desde el lenguaje de la complejidad.
“Cuando nosotros comparamos a los países por la sofisticación, la complejidad de su canasta exportadora, observamos que Colombia tiene un grado muy significativo de estancamiento, mientras que Vietnam, que fue un país devastado en los setentas, ha venido escalando de manera sostenida".
Y agrega: “El progreso tecnológico sí es posible basado en Ciencia, Tecnología e Innovación. Pero eso no sucede por inercia. Sucede con unos esfuerzos concertados por parte de todos los actores de la sociedad".

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Política CTeI aquí
El mayor desafío, según argumenta, no solo está en los presupuestos, sino en la cultura.
“La construcción de cultura de ciencia, tecnología e innovación es uno de los retos más importantes. Una sociedad que reconoce, valora y cultiva la ciencia es una sociedad que no tiene límites".
Cita como ejemplo a la Universidad de los Niños: “Uno de nuestros indicadores de impacto más importantes no es cuántos participantes eventualmente se convierten en investigadores, sino cómo la ciencia y la tecnología le dan a ese niño herramientas para pensar el mundo de manera diferente".
Antes de despedirnos, Copete se detiene un momento. Habla más despacio, como si buscara la palabra precisa para un misterio que no cabe del todo en el lenguaje.
Cuenta que los físicos han aprendido a sentirse cómodos en la incertidumbre. Que la mecánica cuántica les enseñó que el mundo no se comporta con exactitud, sino con probabilidades. Y que, de algún modo, la ciencia, la tecnología y la innovación también habitan ese mismo terreno movedizo: el de la posibilidad, no el de la certeza.
Dice que en su campo no se trata de saber con exactitud dónde está una partícula o qué hará, sino de comprender las probabilidades de su existencia. Que algo similar ocurre cuando una sociedad pone en el centro la CTeI: se siembran condiciones, se trazan rutas, se abren preguntas. Nadie puede garantizar el resultado, pero sí el movimiento.
En esa comparación entre la física cuántica y la creación del conocimiento, el vice encuentra una verdad que lo acompaña desde siempre: aprender a moverse en la posibilidad y encontrar belleza en lo que no tiene certeza absoluta.
Y tal vez esa sea, en el fondo, la esencia de la Política CTeI que presenta EAFIT: atreverse a construir futuro dentro de un universo que ofrece infinitas posibilidades.
Te proponemos un camino para seguir la lectura de este
En adelante, encontrarás los elementos constitutivos de nuestra Política de Ciencia, Tecnología e Innovación. Desde aquí, esta revista se despliega en grandes secciones que te explicarán los aspectos técnicos que debes conocer y, después, las historias que expanden esos conceptos y los llevan a la vida.
Partimos de una idea: la CTeI no es un listado de proyectos —como a veces creemos—, sino un ecosistema vivo que nos congrega a todos. No buscamos ver solo los árboles, sino comprender el bosque completo, con todas sus conexiones, sendas y luces.
Porque en este número queremos eso: encontrar las llaves de todos.
Las llaves que abren el conocimiento, la curiosidad, la colaboración y el futuro.
• Generar, transferir y apropiar conocimiento de excelencia y enfoque transdisciplinar, mediante la creación de soluciones conectadas con realidades sociales, culturales, ambientales y organizacionales, fortaleciendo la relevancia institucional en el entorno local, nacional e internacional.
• Fortalecer el talento creador, innovador y emprendedor de profesores y estudiantes, promoviendo una cultura de innovación basada en conocimiento que contribuya al desarrollo económico, social y cultural, y a la consolidación de una sociedad del conocimiento.
• Asegurar la sostenibilidad y proyección institucional, mediante la formulación y ejecución de proyectos de CTeI en articulación con ecosistemas de conexión (organizaciones consolidadas, sistemas públicos y emprendimientos), potenciando la capacidad de transformación frente a los desafíos contemporáneos.



| Jonathan Montoya Correa
Uno de los propósitos de la nueva Política de Ciencia, Tecnología e Innovación de EAFIT es evidenciar que el conocimiento científico, cuando se construye en diálogo con otros saberes, trasciende los anaqueles y las revistas científicas. Esta es, justamente, la historia de dos caminos diferentes que, con el mar como telón de fondo, se cruzan para enfrentar un reto ambiental real: la erosión costera. Graciela Serna y Juan Felipe Paniagua, los protagonistas de esta, conectan la experiencia empírica con la investigación académica, generando conocimiento y soluciones sostenibles con impacto social y territorial.


A 472 kilómetros de Medellín, ubicado en el Golfo de Urabá, y con una altitud de unos 50 metros sobre el nivel de mar, el municipio de Arboletes es como un “balconcito frente al mar”. Pero ¿qué pasa cuando ese “balconcito” se va haciendo poco a poco más pequeño? Esa fue la pregunta que se hizo Graciela Serna Urrea, hace más de 30 años cuando, sentada frente a mar, comenzó a observar que este le estaba quitando su terreno.
Según las escrituras de la propiedad, era la dueña de tres hectáreas de tierra. Sin embargo, al medirla con la ayuda de topógrafos, encontró que solo había una hectárea y media. ¿Dónde habían ido a parar más de 15.000 metros cuadrados? En un periodo de tres meses, Graciela observó como las olas al golpear contra el acantilado de cuatro metros que delimitaba el terreno, iban generando cuevas, grietas y depresiones hasta que la tierra finalmente cedía.
No tenía conocimiento de geología o de ingeniería, pero como una de las primeras mujeres de Antioquia formada en aviación (en la década de los cincuenta) sabía que las leyes de la aerodinámica podrían ayudarla. “Los aviones tienen bordes curvos para que fluya el aire y no se genere resistencia. De ahí surgió una primera idea: perfilar el terreno, con bulldozers para cortar la fuerza del viento”.
Pero el agua seguía golpeando la parte más baja del acantilado. Entonces llegaron el resto de iniciativas: primero una barrera de sacos de arena a un metro de distancia, y luego una segunda barrera, más alta y ancha, cinco metros dentro del agua. La característica en común es que Graciela, de manera empírica, encontró que, al poner las barreras de manera curva, le restaba fuerza al agua y permitía que se generara una nueva playa.
¡Le estaba ganando terreno al mar! “Pero el océano trabaja los 365 días del año, las 24 horas, no se detiene”, sostiene Graciela. Y es ahí cuando su camino se cruzó con EAFIT. Primero a través del profesor Iván Darío Correa, quien en sus trabajos de campo en este sector la introdujo a términos como la erosión costera o la morfología litoral. Y, recientemente, con Juan Felipe Paniagua Arroyave, doctor en Geomorfología y Procesos Costeros y profesor de la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería, quien llegó a ella a través de Erosión costera: memorias ilustradas, el libro que publicó contando sus experiencias.


Conoce más sobre las investigaciones de Juan Felipe Paniagua aquí

Desactivar acantilados, bailar con el mar, dialogar entre saberes… hacer la ciencia que necesita el país.
En Arboletes, el trabajo de Juan Felipe encontró un espejo en la experiencia de Graciela Serna. Lo que ella había hecho de manera empírica (observar, medir, probar, corregir) era, en esencia, el mismo proceso de la investigación científica. “Ella ‘desactivó’ los acantilados sin saber que estaba aplicando principios de morfodinámica costera. Mientras muchos proyectos multimillonarios buscan contener el mar con muros o espolones, Graciela lo hizo con observación, intuición y una lógica que el propio océano validó”, explica el profesor.
La colaboración entre ambos se ha convertido en un ejemplo de cómo la ciencia académica y el conocimiento local pueden encontrarse. Hoy trabajan juntos en la segunda edición del libro Erosión costera: memorias ilustradas, donde la experiencia de Graciela se entrelaza con los hallazgos de la investigación universitaria, especialmente con un nuevo elemento que entra en juego: el río.
Una de las más recientes líneas de investigación de Juan Felipe es analizar cómo los deltas, esas franjas donde el agua dulce y salada se encuentran, moldean las costas. De ese trabajo nació un método cuantitativo para clasificar desembocaduras, basado en imágenes satelitales, mediciones de oleaje, mareas astronómicas y carga de sedimentos. El modelo fue publicado en la Journal of Geophysical Research, una de las revistas más reconocidas en ciencias de la Tierra, y abrió nuevas posibilidades para estudiar el litoral colombiano, un trabajo que espera enriquecer con la experiencia de Graciela.
Así mismo, en sus clases de dinámica fluvial y costera, el profesor suele invitar a Graciela a conversar con sus estudiantes. En esos encuentros, ella narra cómo perfilaba el terreno con palas o cómo ubicaba los sacos de arena para que las olas perdieran fuerza. Él, a su vez, traduce esas prácticas en términos técnicos: disipación de energía, estabilización de taludes, transporte de sedimentos.
Juntos muestran que el conocimiento puede surgir tanto desde la observación cotidiana como desde la ciencia formal. “Esta alianza encarna el tipo de ingeniería y de ciencia que el país necesita: una que escuche al territorio antes de imponer soluciones”, concluye.
| Felipe Sosa
Aunque cursaba su pregrado en otra universidad, Andrés Felipe Zapata comenzó en EAFIT un recorrido que lo llevó de auxiliar de investigación a investigador, magíster, profesor, emprendedor y empresario.

La historia de Andrés Felipe Zapata González es una evidencia del objetivo del Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación ligado al talento emprendedor: ha sido estudiante, auxiliar de investigación e investigador, profesor, emprendedor y empresario.
Nació en Yarumal, en el norte antioqueño, el 19 de septiembre de 1992. Se formó como investigador en EAFIT, pero su pregrado lo estudió en la Universidad de Antioquia. En 2011 ingresó a Ingeniería de Materiales, y en el sexto semestre, mientras cursaba la asignatura laboratorio de mineralurgia, fue invitado a desempeñarse como auxiliar de investigación para realizar pruebas de laboratorio en un proyecto de EAFIT. “Llegué a hacer una caracterización de unas caprolactonas. Se estaba desarrollando un material y necesitaban hacerle unas mediciones”, explica.
Somos CTeI

Eso sucedió en 2015. La profesora e investigadora Mónica Álvarez Láinez, jefe del grupo de investigación que trabajaba en materiales, necesitaba un perfil específico como auxiliar y el elegido fue Andrés Felipe.
La vida le dio esa gran oportunidad: estudiante en una universidad y auxiliar de investigación en otra. “Me fui formando como investigador, fui tomando las herramientas al empezar como auxiliar y luego empecé a tener control de investigaciones”. Su trabajo de grado lo desarrolló también con la profesora Mónica, en un proyecto basado en el desarrollo de una nanofibra de carbono. Por los resultados obtenidos, surgió la opción de estudiar la maestría en Ingeniería en EAFIT, con énfasis en el desarrollo de nanofibras para aplicaciones en almacenamiento de energía, y ese conocimiento adquirido los llevó a emprender con la spin-off Bottom.
Bottom empezó a formularse en 2019, y en junio de 2025 ya fue registrada con personería jurídica en la Cámara de Comercio. La profesora Mónica Álvarez es la gerente y representante legal; Andrés Felipe es el director técnico. Quisieron llegar con sus innovaciones al mercado, y eso necesitaba un alistamiento técnico, comercial y un escalonamiento de las tecnologías. Con recursos de diferentes convocatorias, especialmente del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (Minciencias), dieron forma a su sueño.
La principal solución que ofrecen está relacionada con el desarrollo de sistemas de filtración basados en el desarrollo de bobinas de nanofibras. Sus clientes son las empresas que confeccionan filtros de aire de alta eficiencia, que pueden ser aplicados en ambientes hospitalarios, industrias de alimentos, farmacéuticas y sector automotriz, todos con alto control de los contaminantes a través de los aires acondicionados.
| Jonathan Montoya
En EAFIT tendemos puentes entre la investigación y los desafíos del entorno, y hacemos posible que las ideas los crucen para encontrarse con los sistemas públicos, las empresas y los emprendimientos. Nuestra investigación cobra valor cuando dialoga con otros sectores, se enriquece con nuevos saberes y se traduce en soluciones reales. Desde el desarrollo de sistemas de alerta junto al sector público, hasta alianzas con la industria y proyectos con comunidades y emprendedores, trabajamos para conectar el conocimiento con la acción y construir futuros posibles. En esta nota podemos conocer tres iniciativas que ejemplifican este propósito:

¿Cómo se convierte el cacao en piezas para un vehículo?
Sí, el cacao, ese mismo que da origen al chocolate, también puede transformarse en parte de un automóvil. La idea suena improbable, pero la alianza entre EAFIT y Renault-Sofasa encontró un camino: aprovechar la cascarilla del grano, un residuo agrícola, como materia prima para fabricar componentes del Renault Kwid.
Así nació el Choco Project, una iniciativa que unió ciencia, sostenibilidad e ingenio. Con la participación de la Nacional de Chocolates, Essentia e ICIPC, el proyecto logró convertir esa fibra natural en un material resistente, funcional y ambientalmente responsable, cumpliendo los exigentes estándares de la industria automotriz.
Todo esto apoyado en una relación que, desde 2019, ha consolidado un modelo de colaboración universidad–empresa que integra ingeniería, innovación y formación de talento. Con cerca de 30 ingenieros eafitenses vinculados a la planta de Envigado, esta cooperación es hoy un referente de transferencia tecnológica y, por supuesto, de cómo se materializa la relación de la Universidad con el ecosistema de empresas consolidadas.
Para Samuel Alberto Gómez Soto, gerente de Proyectos Kwid en Renault, la clave de esta alianza ha estado en la flexibilidad y la capacidad de trabajar en conjunto. “Contar con el convenio nos permite a ambas organizaciones complementarnos, ya que Renault-Sofasa entrega casos reales de la Industria y la Universidad nos aporta desde lo académico y creativo a resolverlos y a proponer soluciones con el apoyo no solo de los ingenieros que trabajan en el convenio, sino también de profesores y diferentes grupos de investigación presentes en la Universidad”.
La proyección de esta alianza no se limita a mantener los logros alcanzados, sino que busca convertirse en la base de nuevos proyectos que conecten conocimiento con los grandes desafíos del sector productivo.

¿Cómo se transforma una ciudad desde sus ideas?
En Montería, en el departamento de Córdoba, la respuesta comenzó con 205 emprendedores que decidieron fortalecer sus negocios y, con ellos, su territorio. A comienzos de este año, una alianza entre entre On.going, el centro de emprendimiento de impacto de EAFIT, y la Alcaldía de esta ciudad sabanera, acompañó a un grupo diverso de creadores, productores y soñadores en un proceso de formación y crecimiento que combinó diagnóstico, tecnología y conocimiento aplicado.
El programa ofreció una ruta de aprendizaje flexible con sesiones virtuales y presenciales, charlas inspiracionales y consultorías especializadas, diseñada a partir de un mapeo del ecosistema emprendedor de la ciudad. Ese estudio, liderado por el equipo de EAFIT, identificó más de 2.100 emprendimientos locales, en su mayoría liderados por mujeres, y permitió entender las brechas y oportunidades del territorio.
Con esa información se construyó una metodología adaptada al contexto cordobés, enfocada en fortalecer capacidades, conectar actores y generar impacto sostenible. Más allá de la formación, el proyecto dejó algo más valioso: una red más consciente, articulada y preparada para continuar creciendo.
“Este proceso nos permitió sentar las bases para una nueva etapa del emprendimiento local, donde la articulación y el conocimiento son el motor del desarrollo para nuestra ciudad y departamento”, concluyó Ana María López Martínez, gerente de Emprendimiento y Competitividad de la Secretaría de Desarrollo Económico de Montería.

¿Qué sucede cuando los saberes comunitarios y los datos científicos hablan el mismo idioma?
En 2015 las crecientes de la quebrada Doña María empezaron a amenazar al barrio de Santa Rita, en corregimiento de San Antonio de Prado, y la comunidad decidió actuar: pintaron señales junto a las piedras del cauce, definieron rutas de evacuación y establecieron un sistema de aviso en el que un celador, con un pito, alertaba a los vecinos de acuerdo con el nivel del agua.
Marcela Mesa Osorio, lideresa social del sector, participó en estas acciones. “Nos tocó aprender y cuidarnos entre todos”, dice al recordar esos primeros pasos que marcaron el inicio de una forma distinta de convivir con la quebrada, un sistema comunitario de alertas tempranas que, este año, está cumpliendo su primera década de existencia.
Y cinco años de existencia tenía el Sistema de Alertas Tempranas de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA) cuando integró a la iniciativa de Santa Rita a su gestión. Desde entonces, la relación entre la comunidad y el SIATA se ha construido sobre la confianza y el intercambio de saberes.
El Sistema, creado por el Área Metropolitana del Valle de Aburrá y operado por la Universidad EAFIT, llegó a fortalecer la experiencia de Santa Rita con herramientas tecnológicas, sensores y capacitación, pero no a reemplazarlo. “Por el contrario, reconocimos el valor del conocimiento local. Así, el trabajo comunitario se articuló con la ciencia y la tecnología para anticipar riesgos y proteger la vida”, explica Natalia Buriticá Diosa, coordinadora del componente de Apropiación Social del Conocimiento de SIATA.

Hoy, el Sistema de Alerta Temprana del Valle de Aburrá cuenta con más de 60 sistemas comunitarios articulados en todo el territorio metropolitano. Detrás de cada uno hay equipos técnicos, sensores y estaciones que registran en tiempo real variables como lluvia, caudal, calidad del aire o temperatura, entre otros aspectos; pero también hay líderes, vecinos y voluntarios que mantienen vivo el propósito inicial: cuidar la vida.
Es decir, es una red de monitoreo y gestión del riesgo que combina ciencia, tecnología y participación ciudadana. “Detrás de cada dato y alerta del SIATA hay un equipo interdisciplinario que trabaja día y noche para traducir la información en decisiones útiles, y comunidades como la de Santa Rita que, con su observación cotidiana, complementan la mirada científica. Juntos hacen del sistema una red viva construida entre muchos para cuidar a todos”, explica Natalia Buriticá.

Democratización y sostenibilidad del conocimiento.
Focos estratégicos para conectar la CTeI con los retos de la sociedad.
Investigación y conocimiento que permean las experiencias de aprendizaje.
CTeI aliadas del emprendimiento.
El diálogo constructivo como pilar del desarrollo.
Articulación de la investigación fundamental y aplicada como una sola ciencia en movimiento.
Integración de saberes para la generación de conocimiento transformador.



| Silvia Luz Gutiérrez Sánchez
Hacer accesible a gran parte de la sociedad algo que no lo era: eso es democratizar. Y una de las maneras de conjugar este verbo es a través de las conexiones que surgen en el Centro Cultural biblioteca Luis Echavarría Villegas con quienes desean acceder a algún pedacito del conocimiento que resguardan sus 6.500 metros cuadrados. La historia que sigue es, en realidad, tres microhistorias que revelan la fuerza de ese verbo.
Está claro que la biblioteca custodia y facilita, pero estas acciones tienen un trasfondo: fortalecen la formación de los estudiantes y la producción científica de los investigadores. Entre el millón de usuarios que orbitan este lugar cada año, surgen historias que muestran sus múltiples vínculos con la ciudad.
Dos estructuras vecinas simbolizan mundos distintos: la Biblioteca de EAFIT y la caseta Papitas Juli, al lado de la portería de Las Vegas. Ambas, sin embargo, se unieron gracias a Samuel Urrea, hijo del dueño del puesto.
Un día cualquiera, con el objetivo de encontrar un mejor sitio para hacer los deberes de la escuela, traspasó la frontera que separa el afuera y el adentro de la Universidad. “Yo hacía las tareas en la biblioteca y después encontraba libros y me ponía a leer ahí”. Los ejemplares de la saga de Harry Potter fueron repasados por los ojos de este joven de 14 años, en ese entonces niño.
Pero Samuel regresaba a casa con las tareas listas, pero con las manos vacías, pues la posibilidad de prestar material era exclusiva de personas con algún tipo de vínculo formal con la Universidad.
Luego de analizar el caso, las directivas de la biblioteca decidieron poner en práctica el verbo democratizar, “porque cuando hablamos de democratizar el conocimiento y que sea para todos, es porque esta biblioteca está abierta a cualquier persona de la ciudad. Puede entrar al campus, usar los espacios de la biblioteca, y no solamente usar el libro, sino que también hacemos préstamos externos. Y la mejor carta de presentación es hacer buen uso de la biblioteca”, comenta Patricia Ospina Ospina, su jefa.

El 3 de abril de 1909, el general Rafael Uribe Uribe golpeaba las teclas de su máquina de escribir para comunicarse con su estimado amigo, el médico Tito Simón de Rojas, “correspondo con el mayor placer el atento saludo que ha tenido la bondad de enviarme en su carta del mes pasado y deseo que usted y su familia gocen de cumplido bienestar”.
El periplo de esta comunicación no finalizó con la lectura del destinatario, pues además de viajar de Bogotá a Chiquinquirá, en Boyacá, hizo lo propio en el tiempo hasta que llegó a Medellín. Conjuntos de cartas, discursos, telegramas, proclamas manifiestos e informes de batallas escritos por el general, fueron a parar a manos de su nieto, Rafal Uribe.
Desde hace poco más de un año, lo que era un tesoro familiar pasó a convertirse en un bien común, pues desde 2024 estos documentos son custodiados por la Sala de Patrimonio documental de EAFIT, que comenzó su historia en 2002 con dos pequeñas colecciones. Tanto ha crecido este acervo histórico que el 40 % del material impreso de la biblioteca corresponde a esta colección, por eso se entiende que haya colonizado las dos alas del cuatro piso de la biblioteca, además de una bóveda segura que garantiza las condiciones ambientales para la conservación en el tiempo de los tesoros incunables o los ejemplares más vulnerables, que suman alrededor de mil seiscientos.
El profesor Juan Carlos Díaz accede, desde la biblioteca, a casos de estudio de Harvard Business Publishing, usados en los programas de Administración y Negocios Internacionales. Estas bases de datos globales permiten aprender con situaciones reales y poner a los estudiantes al nivel de universidades de todo el mundo.
La profesora María Helena Franco, del área de Derecho, utiliza las bibliometrías para analizar miles de referencias académicas de manera rápida y rigurosa. Lo que antes era una tarea artesanal hoy se hace con algoritmos que optimizan la investigación.
Gracias a 82 bases de datos pagas y 56 de acceso abierto, la biblioteca de EAFIT conecta a sus usuarios con el conocimiento global. Aunque no puede contener todo el saber del mundo, pertenece a esa red planetaria que lo acerca a todos. Y eso, también, es democratizar.
| Felipe Sosa
Medellín es el único Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia. Esa condición no es un título honorífico, sino una decisión profunda de pensarse como territorio del conocimiento. En ese propósito, EAFIT cumple un rol clave: hace parte del Organismo Asesor del Distrito, liderado por la Alcaldía de Medellín, y representa a todas las universidades privadas de la ciudad en este espacio de concertación y acción. En ese trabajo, la Universidad ya elevó una propuesta significativa: que, además de Carabobo Norte, la ciudad cuente con una segunda Zona de Tratamiento Especial en el suroriente de Medellín, justo donde se encuentra nuestro campus.

El Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación es, en esencia, un laboratorio de futuro. Significa reconocernos como una ciudad que decide aprender de sí misma, convertir sus desafíos en oportunidades y asumir la CTeI como una forma de transformación social.
Una ciudad del conocimiento —como la que Medellín busca consolidar— requiere que sus universidades sean puentes entre la investigación y la vida cotidiana, entre la reflexión y la acción, entre la curiosidad y la solución. En este trabajo conjunto, EAFIT asume el rol de representar a las universidades privadas en el Organismo Asesor del Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación Distrital. Y, más allá de eso, entiende que su nueva Política de CTeI es una expresión concreta de su compromiso institucional con esta agenda.
Antonio Copete, vicerrector de Ciencia, Tecnología e Innovación de EAFIT, explica que esta nos permite cubrir todo el espectro de actividades relacionadas con la CTeI —investigación, innovación y desarrollo tecnológico, apropiación social del conocimiento y procesos de formación— y proyectarlas dentro y fuera de la Universidad”. Y agrega: “Queremos crear un ecosistema cada vez más complejo, en el que las empresas realicen más operaciones de investigación y desarrollo, trabajen con las universidades, las instituciones públicas fomenten la innovación y la ciudadanía se apropie de todo esto. Ese es el gran reto”.
Medellín ostenta la calidad de Distrito Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación desde el 14 de julio de 2021, mediante el Acto Legislativo 01, y la Ley 2286 del 12 de enero de 2023 le otorga competencias, facultades, instrumentos y recursos legales para establecer su régimen político, administrativo y fiscal. Esta ley también creó el Organismo Asesor del Sistema de CTeI Distrital, conformado por al menos 12 miembros, incluida la academia. Lo preside la Alcaldía de Medellín, a través de la Secretaría de Desarrollo Económico, y participan el Concejo, Ruta N, la Universidad de Antioquia — en representación de las universidades públicas—, así como entidades como la ANDI y Proantioquia.
Según María Fernanda Galeano, secretaria de Desarrollo Económico de la Alcaldía de Medellín, “las universidades son muy importantes en este trabajo porque concentran el movimiento y tienen la capacidad de llegar a sus comunidades universitarias”. Añade que son esenciales en la orientación de los planes y proyectos que ejecuta el Distrito a través del Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación, con una inversión anual cercana a 130 mil millones de pesos.
Entre las acciones que hacen parte del Distrito se encuentra FutuMed, un laboratorio a cielo abierto que busca financiar y testear nuevas tecnologías con impacto directo en la ciudad. No es una iniciativa abstracta: tendrá un lugar geográfico definido en Carabobo Norte, el polígono que comprende espacios como el Parque Explora y el Jardín Botánico.
EAFIT, sin embargo, ha propuesto que no exista una, sino dos Zonas de Tratamiento Especial. Es decir, que además de Carabobo Norte, la ciudad cuente con un segundo nodo de desarrollo de actividades de CTeI, ubicado en el suroriente de Medellín, donde se encuentra el campus EAFIT, la llamada Milla de Oro y diversas empresas e instituciones públicas y privadas que ya participan activamente en la articulación entre universidad, empresa y Estado.
Desde la Universidad creemos que existe allí una masa crítica capaz de crear un entorno virtuoso que, junto con Carabobo Norte, consolide los polos de desarrollo en innovación y tecnología de la ciudad. “Sería muy valioso —concluye el vicerrector Copete— que esta segunda zona tuviera un liderazgo desde las instituciones privadas; el sur cuenta con una densidad empresarial y académica única, capaz de convertirse en un verdadero polo de desarrollo para Medellín”.
Somos CTeI
Para la Alcaldía de Medellín, la CTeI debe ser de toda la ciudad. “Es un eje de transformación, un medio para generar más bienestar y crecimiento económico”, afirma la secretaria María Fernanda Galeano, quien destaca que la declaratoria del Distrito ha impulsado una transformación interna en la propia administración. Ejemplo de ello es la presencia de gestores de CTeI en todas las dependencias de la Alcaldía, con el propósito de transformar proyectos y cumplir las promesas de valor al ciudadano.
Además, para ampliar el alcance de los impactos, On.going, el Centro de Emprendimiento de Impacto de EAFIT, acompaña ideas y proyectos, reforzando así la visión de que la innovación es una tarea compartida.
Estas acciones se alinean con la meta de consolidar y posicionar a Medellín como un distrito competitivo y global, que promueve el talento, los negocios, el desarrollo empresarial y el emprendimiento. Todo esto apunta a la estrategia “Medellín emprende, talentos y negocios”, un eje transversal que busca, durante este cuatrienio, acompañar a 50.000 empresas con acceso a mercados y eventos, y formar a 50.000 personas en habilidades digitales y audiovisuales.
El objetivo final es que este trabajo conjunto se traduzca en más actividad empresarial, generación de empleo, crecimiento económico y bienestar social. Las universidades, por su parte, seguirán siendo anclas de la vocación innovadora, del emprendimiento y de la creación de empresas, así como del desarrollo de una ciudadanía que reconoce en la Ciencia, la Tecnología y la Innovación una forma de construir futuro.
| Paulina Vélez
En EAFIT, la CTeI se vuelve empresa, diálogo y propósito. Ocho spin-offs surgidas de la Universidad demuestran que la investigación también puede transformarse en emprendimiento, innovación y esperanza. Desde la medicina personalizada hasta la inteligencia artificial, desde el mar hasta las montañas, estas iniciativas nacen del conocimiento y regresan a la sociedad convertidas en soluciones. Son la prueba de que cuando la CTeI se abre al mundo, el futuro deja de ser promesa y empieza a respirarse. Acá, por supuesto, nos conectamos con el atributo de nuestra Política ligado al emprendimiento.
Nanotecnología aplicada a filtración y funcionalización de materiales
Los investigadores Mónica Álvarez y Andrés Felipe Zapata fundaron esta spin-off que crea soluciones basadas en nanotecnología que transforman la industria, a partir del conocimiento aplicado en productos innovadores de clase mundial. Se especializan en membranas de nanofiltración, membranas de separación de agua-aceite y en el proceso de dispersión de nanopartículas.
Ingeniería digital al servicio de la medicina personalizada.
Fundada por la investigadora Catalina Isaza, Innmetec utiliza tecnologías digitales para crear dispositivos médicos personalizados, mejorando la precisión y efectividad de los tratamientos, y permitiendo una atención más eficiente y adaptada a cada paciente, mejorando su calidad de vida.

Servicios diagnósticos de medicina y nutrición personalizada basados en la microbiota.
Las investigadoras Laura Sierra, Laura Gómez, María Clara Arrieta y Sara Londoño fundaron Astrolab Bio, una spin-off que ofrece servicios diagnósticos personalizados en medicina y nutrición, utilizando tecnologías de nueva generación y basadas en el análisis de la microbiota. Actualmente están creando la primera base de datos del microbioma de colombianos para Latinoamérica.
Juegos y herramientas para la innovación.
Liderada por el investigador Jorge Hernán Mesa, Innverso es una spin-off que fortalece las capacidades de imaginación, innovación y emprendimiento a través de juegos educativos, dirigidos a universidades, empresas y al público general, que mejoran la creatividad y facilitan la adquisición de nuevas habilidades.
Biotecnología celular para una industria más limpia y precisa.
Fundada por el profesor Diego Villanueva y su socio Sergio Urrego, Vitra desarrolla tecnologías de agricultura celular y biotecnología para crear ingredientes bioactivos de alta pureza, destinados a la industria farmacéutica, cosmética y alimentaria. Usan biofábricas celulares para producir compuestos naturales sin depender de la agricultura tradicional.

Planificación avanzada y analítica prescriptiva para sectores industriales y de servicios.
Fundada por el investigador Mario César Vélez y su socio Rodrigo Restrepo, Planify Analytics facilita la planificación y programación de la producción con herramientas avanzadas y analítica prescriptiva, ayudando a las empresas a mejorar la eficiencia y reducir costos operativos.
Soluciones avanzadas de IA para la gestión del riesgo y la evolución estratégica.
Bajo la dirección de la investigadora Olga Lucía Quintero, Humath desarrolla e implementa plataformas avanzadas que proporcionan a las empresas herramientas de inteligencia artificial para optimizar la gestión del riesgo, como el lavado de activos y la financiación del terrorismo. Además, ayudan a cumplir con las normativas para facilitar su evolución estratégica y mejorar su competitividad.
Diseño de interfaces gráficas de usuario basadas en ciencia de datos.
Liderada por el investigador Andrés Ramírez Hassan, Be Smarter aplica analítica de datos para diseñar interfaces gráficas de usuario (GUIs) que optimizan su interacción y experiencia. Utilizando metodologías avanzadas, ayudan a las organizaciones a reducir la incertidumbre en la toma de decisiones a través de la inteligencia de negocios.
| Texto:
Daniela Cepeda Zúñiga
Ana María Jaramillo Escobar Fotografías: Robinson Henao.
Te invitamos a visitar este QR con el fotorreportaje completo
En la provincia Cartama, grupos de niños y niñas se han dedicado a estudiar el suelo en 40 sedes educativas rurales de 10 municipios del suroeste antioqueño. Con ayuda de seis jóvenes talleristas y el apoyo de investigadores, cerca de 1500 niños han caracterizado los tipos de suelo de sus municipios como parte del proyecto Ciencia Entre Montañas.
Este es un proyecto de Apropiación Social de la Ciencia, Tecnología e Innovación liderado por la Universidad EAFIT, desde el programa Universidad de los Niños en alianza con Comfama y la Fundación Fomento a la Educación JCH, y financiado con recursos de la asignación para la inversión en CTeI del Sistema General de Regalías.
La ciencia, tecnología e innovación ha viajado por 10 municipios de la provincia Cartama. A través de cartas, experimentos, juegos, conversaciones y exploraciones del territorio, los niños y niñas de primaria de las 40 sedes educativas rurales que integran el proyecto se han acercado a investigadores de universidades y centros de ciencia de Antioquia para fortalecer sus competencias científicas.
Entre 2022 y 2025, las preguntas sobre el territorio y sus ecosistemas han acompañado los viajes de jóvenes talleristas de la región que han realizado 960 encuentros en los que el agro y la biodiversidad de este territorio han sido los temas centrales.















| Diana Vélez
Como ya sabemos, el diálogo constructivo es uno de los pilares de nuestro Sistema CTeI. Lo que verás a continuación es un artículo tejido a dos voces: la que late en el texto y la que vibra en video. Primero, desmontaremos algunos mitos sobre lo que significa la investigación- creación de la Escuela de Artes y Humanidades y, luego, conoceremos una de las que hemos desarrollado en la Universidad en un QR. Pero hay una sorpresa: no te diremos desde ya cuál es porque el asombro hace parte del proceso. Así que, si quieres saber de qué se trata, abre el enlace y déjate llevar por la curiosidad.
Durante mucho tiempo se creyó que el conocimiento pertenecía solo a los laboratorios y a las cifras. Pero la verdad es que la CTeI, cuando se expande, habla muchos lenguajes: el código y la palabra, la fórmula y el trazo, el dato y la experiencia.
En esa frontera viva habita la investigación-creación: una práctica que combina la rigurosidad con la potencia expresiva de la cultura y la reflexión humanista. Es otra forma de generar conocimiento. Con ella, se diseñan protocolos, se registran procesos, se valida con pares, se devuelve resultados a las comunidades. Trabaja con datos, pero también con símbolos, memorias y afectos. En su centro late una convicción: que el conocimiento se construye con otros, no sobre otros.
La investigación-creación amplía la CTeI. Permite que las preguntas se
formulen desde distintos lugares del mundo y de la vida. Esta práctica desmonta el viejo prejuicio de que la ciencia es lo opuesto al arte o a las humanidades. Al contrario: las necesita. Sin ética, la tecnología es ciega; sin la historia, se repite el daño; sin narrativa, el conocimiento no circula.
Esta es la historia de una investigacióncreación llamada Q'ij Tikal. Se trata de una narrativa multimodal interactiva que se conecta tanto con el Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, como la intención de fortalecer la vocación de Medellín desde las industrias creativas y culturales.
El profesor Alejandro Guzmán de la Escuela de Artes y Humanidades, nos habla de esta iniciativa que ahora está en proceso de alistamiento tecnológico en la Universidad y que tiene como aliado al reconocido estudio de animación Bombillo Amarillo.
Q'ij Tikal
Ahora sí, abre el enlace y conoce la iniciativa sorpresa.
Somos CTeI
Astrometría, espectroscopía planetaria y astrofotografía. Esas son solo tres de las palabras que describen el quehacer de Quasar, uno de los semilleros más antiguos de EAFIT. Todas las escuelas de la Universidad tienen semilleros que buscan, entre otros, cultivar las vocaciones científicas entre los estudiantes. El sol, corazón de nuestro sistema solar, es parte del interés que hoy moviliza a los eafitenses que hacen parte de este colectivo.
¡Atención, terrícolas! Esta es la información:
result = Fido.search(a.Time('2019/03/22T23:00:00', '2019/03/22T23:59:00'), a.Instrument('hmi'), a.Sample(720*u.s), a.vso.Physobs('VECTOR_MAGNETIC_FIELD'))
Yo les confieso que me asusté cuando vi todo esto. Y no es para menos. No sé nada de astronomía, y todos estos números y letras son, para mí, un lenguaje desconocido. Pero para quienes hacen parte de Quasar, toda esta secuencia es pan comido. Nada del “otro mundo”. Yo sí me siento como una extraterrestre intentando descifrar instrucciones cósmicas.
Quien me explica qué es todo esto es René Restrepo Gómez, coordinador del semillero y profesor de la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería. Ingeniero mecánico de EAFIT, máster en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Valencia y doctor en Física de la Universidad Complutense de Madrid, René participó en proyectos de la Agencia Espacial Europea como investigador del Instituto Nacional de Técnica Ae-
roespacial (Ministerio de Defensa de España) y fue parte del equipo de ingeniería del Instituto de Astrofísica de Canarias para proyectos internacionales de exploración del cosmos.
Aunque la astronomía siempre lo dejará sin aliento, hoy no se dedica a mirar lo majestuoso del universo, sino lo diminuto del mundo microscópico. De las estrellas a los microorganismos. Y puede saltar del cosmos a la estrechez de un microscopio, porque lo suyo es la investigación óptica. ¡Tan bella que es la ciencia —pienso—, que permite viajar por ambos mundos con un mismo conocimiento!
Todo ese recorrido le permite acompañar a los estudiantes que integran Quasar, un semillero que, según las pesquisas, puede tener cerca de 25 o 26 años de existencia. Yo los he visto —con profunda intriga— en algún rincón del campus con un telescopio, mirando el infinito, y los vi también brillar como protagonistas durante el Simposio de la Unión Astronómica Internacional IAUS400, del que fuimos anfitriones.
Pausa.
¿Intrigados con la secuencia que les mostré arriba? Ja, ja, ja. Sí, lo sé. Pero los dejaré un par de líneas más en suspenso antes de revelar su misterio.
Los semilleros de investigación son esos grupos de estudiantes que, con la guía de un profesor, buscan fomentar la vocación científica, desarrollar competencias, generar conocimiento y fortalecer el trabajo colaborativo.
Les confieso que me parece hermoso el nombre Quasar. Siempre he pensado que los astrónomos tienen algo de poetas, o que la astronomía, en sí misma, es una forma de poesía.
¿Qué
es un Quasar y por qué es el origen?
En el principio, cuando el universo nació, hubo destellos que viajaron durante miles de millones de años hasta llegar a nosotros. Esos destellos, que hoy llamamos quásares, son los faros más antiguos del cosmos: núcleos de galaxias jóvenes en los que un agujero negro supermasivo devora materia con tal voracidad que la convierte en pura radiación.
Un quásar es, al mismo tiempo, creación y destrucción. En su centro, la gravedad engulle estrellas y gas; en sus bordes, la energía se desborda en forma de luz, como un incendio que atraviesa el vacío. Es la paradoja de la oscuridad que ilumina.
Los astrónomos los descubrieron a mediados del siglo XX, confundidos por su apariencia de estrella. De ahí su nombre: quasi-stellar radio source. Pero no eran estrellas: eran portales al pasado. Cada quásar que observamos es una ventana a un universo primitivo, cuando las primeras galaxias apenas se organizaban en el tejido del espacio-tiempo. Por eso mirar uno es mirar el origen.
Todo esto inspiró el nombre de ese semillero que busca respuestas ahí afuera, en la belleza aún intrigante del cosmos.
¿Siguen pensando en la secuencia inicial? Ya casi les cuento qué significa. ¡Un poquito de paciencia, querido lector!
El semillero está alojado en el grupo de investigación Sophia. Surgió hace más de dos décadas, con la compra de algunos telescopios —bastante buenos, por cierto—. Al comienzo, los estudiantes se reunían para contemplar las estrellas; pero con la llegada de René algo cambió. Él notó que los jóvenes querían ir más allá: no solo observar, sino comprender. Ampliar sus conocimientos en astrometría, radiotelescopios e instrumentación. Así, el grupo abrió un nuevo camino: analizar datos abiertos provenientes de satélites internacionales y concentrar su mirada en el sol.
De nuevo: sé que quieres llegar hasta el final para descubrir el misterio de la secuencia. Ya, ya casi. No te adelantes con la mirada. Los viajes nunca se afanan.
Procesar datos para conocer las manchas del sol
Los estudiantes de Quasar ingresan a servidores de instituciones que dejan disponibles los datos de sus telescopios para quien quiera analizarlos. Suelen descargar información sobre el sol del satélite SDO (Solar Dynamics Observatory), alojada en Stanford.
Así que la secuencia inicial no es un código misterioso: es el comando que ejecutan para descargar esos datos. Ahí están las coordenadas del tiempo, los segundos a analizar, la muestra de estudio.
A través de ese código, los estudiantes reconstruyen —miren esto tan hermoso— el magnetograma del sol, y con él analizan sus manchas, esas fulguraciones que nos recuerdan que hasta la calma estelar tiene sus tormentas.
Bellísimo cómo la complejidad puede volverse claridad.

Se convierte en esto

result = Fido.search(a.Time('2019/03/22T23:00:00', '2019/03/22T23:59:00'), a.Instrument('hmi'), a.Sample(720*u.s), a.vso.Physobs('VECTOR_MAGNETIC_FIELD')
Además de procesar datos, Quasar también realiza observaciones con telescopio. Han estado en La Tatacoa, en el Oriente antioqueño, y con frecuencia sacan el telescopio al campus para que cualquiera pueda mirar al sol en todo su esplendor (claro, con el filtro adecuado).
El sol, ese astro al que debemos la vida, algún día será también quien nos consuma. Cuando agote su combustible, se expandirá hasta abrazar su propio sistema, envolviendo a la Tierra en un último resplandor.
Saberlo no debería asustarnos. Al contrario: nos recuerda que toda existencia arde un tiempo breve y luminoso. Los miembros de Quasar —con sus códigos y telescopios— son parte de esa misma combustión: la del conocimiento que ilumina. Porque estudiar el sol no es solo entender una estrella; es también aprender a mirar con reverencia aquello que un día nos devolverá al polvo del que venimos.
Otras unidades administrativas
Unidades y programas de conexión
Organiza y articula las capacidades académicas, institucionales y sociales para generar, aplicar y apropiar conocimiento de manera ética, interdisciplinaria y situada. A través de este sistema, la Universidad estructura su quehacer investigativo y creativo como una red flexible y adaptativa, orientada al diálogo entre saberes, la transformación del entorno y la consolidación de una cultura académica crítica, abierta y con vocación pública.
Estructura y dinámica del Sistema de CTeI
El Sistema de CTeI se basa en una arquitectura dinámica y relacional, que integra funciones, actores y saberes diversos. Está estructurado en tres dimensiones de capacidades interdependientes:
Investigadores
Áreas
Grupos de investigación
Semilleros de investigación
Comunidades fomento ciencia y creación
| Agustín Patiño
La CTeI no es un laboratorio cerrado: es un acto de encuentro. De saber y de sentir, de descubrir y de reconocernos. En sus preguntas caben los átomos y las personas, los datos y las decisiones. Es una forma colectiva de conocer(nos) para transformar y construir futuros más justos, sostenibles y humanos.

Somos CTeI
Conocimiento, soporte y conexión. Estas son tres dimensiones de las capacidades en ciencia, tecnología e innovación (CTeI) de la Universidad EAFIT. La ciencia nos sirve para saber, y saber, para actuar. La acción científica nos cambia, y por eso debe ser deliberada, política.
Ya no basta “la ciencia”: conocer para saber. Es necesario actuar. Juntos.
Es decir, conocer(nos).
La acción en ciencia, tecnología e innovación es ahondar en las preguntas fundamentales y empujar la frontera del conocimiento. También es deliberar y tomar mejores decisiones, con evidencia y sentido crítico. Es tender puentes y socavar murallas. Es escuchar más: estar dispuesto a aprender del otro.
Una política del saber debe servir para conocernos. Actuar con ciencia es permitir que el otro aprenda de mí. Como iguales, unidos por la vida y una larga serie de improbabilidades en este preciso tiempo y lugar.
Acción también es cambiar de dirección y volver a empezar. Cuantas veces sea necesario. Conocer(nos) requiere apoyo —soporte— y contacto —conexión—. Esas capacidades, como el saber, también se desarrollan, se pueden aprender y enseñar, se pueden fortalecer.

La acción científica es deliberada, es política. La ciencia es inseparable de la cultura, de nuestra existencia en comunidad, del poder.
Con la mismísima presencia británica y nonagenaria de Jane Goodall al frente, Agatha Montoya Gil, participante de la Universidad de los Niños, se atrevió a decir: “queremos una ciencia horizontal. Queremos hacer partícipes en la ciencia a todos los grupos sociales y minorías del mundo. Que la ciencia sea empática, inclusiva y culturalmente diversa para que todos tengamos un rol en la construcción de la sociedad”.
Tan importante como el conocimiento revolucionario es esa pregunta “ingenua”, el “pequeño” pálpito que le da origen. Sin las cosas pequeñas, íntimas, situadas, quizás no haya verdadero conocimiento.
Una metáfora: en el núcleo de una sola de tus células, en un espacio invisible a simple vista, se empaquetan cadenas de proteínas que, si fueran desplegadas en una línea recta, podrían ser más altas que tú.
De lo pequeño surge lo grande, de lo simple emerge lo complejo.
Una Universidad aspira a lo cósmico. Y si se quiere, también a lo microcósmico: o sea, a lo particular y a lo emergente. Aspira a la comunidad, a ser un sistema vivo que cambia, que muta, que no se explica como la suma de sus partes.
Conocimiento y poder
La política científica de EAFIT declara que el sistema de CTeI universitario busca ser un escenario de encuentro entre disciplinas, lenguajes y formas de saber diversas, donde “convergen la investigación científica, la creación artística, la innovación tecnológica y la reflexión humanística”.

Para conocer(nos) en comunidad conviene “recordar la sensibilidad a los contextos y las subjetividades, la afinación de las capacidades de percepción, la multiplicación de los imaginarios y la crítica a los paradigmas interpretativos dominantes”, como expresa Juan Pablo Pino, investigador de la Escuela de Artes y Humanidades a propósito de las prácticas de CTeI en EAFIT.
Las capacidades de conocimiento, soporte y conexión de la Universidad —como auténtico sistema vivo—, integran su potencial académico, técnico y relacional. De allí emerge una comunidad de saberes aplicados capaz de imaginar y construir futuros posibles. Pero, ¿podemos siquiera imaginar un futuro para todos?
Fortalecer, dinamizar y poner al servicio de otros todo nuestro potencial es lo que nos conduce hacia las transformaciones culturales, ambientales y productivas que definirán el rumbo de nuestra sociedad, de la vida juntos.
Siguiendo a Maria Eugenia Puerta, investigadora de la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería, “los investigadores tenemos que reconocer que somos gestores del cambio: entender el entorno a partir de una visión disciplinar, pero también de una manera más completa, trabajando en conjunto con otros que tienen otras visiones. No lo podemos hacer todo solos”.
Por eso la acción en ciencia es más que saber: es saber y actuar en comunidad. Eso, de nuevo, debe ser deliberado, debe ser político.
En suma, la actual política de CTeI de EAFIT establece el marco estratégico que orienta nuestras acciones para la generación de conocimiento, pero también para su gestión, transferencia, divulgación y apropiación social. Nuestra política científica aspira al cambio cultural y tecnológico, a una ciencia “capaz de imaginar y construir futuros más justos, sostenibles y humanos”.
Habilitadores
El Modelo de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTeI) de la Universidad EAFIT se estructura a partir de un núcleo compuesto por tres dimensiones fundamentales —conocimiento, soporte y conexión— que integran las capacidades académicas, técnicas y relacionales de la Universidad. Estas dimensiones se articulan y fortalecen mediante procesos estratégicos de habilitación, dinamización, potenciación y retroalimentación continuas, configurando un sistema dinámico, interconectado y en evolución permanente, orientado a la generación de nuevo conocimiento, la innovación con impacto y la transformación del entorno.

Sistema de CTeI
Conocimiento
Dinamizadores
Modelo de CTeI EAFIT Retroalmientación
Potenciadores

Somos CTeI
| Silvia Luz Gutiérrez Sánchez
En un rincón silencioso del bloque 19 habita un cerebro que nunca duerme. Se llama Apolo, pero no adivina el futuro: lo calcula. Allí, entre cables y algoritmos, una polilla guatemalteca encontró su lugar en la historia de la evolución. Ciencia y mito se cruzan en esta historia en la que la curiosidad humana le gana, por segundosluz, al tiempo. Esta historia nos narra una iniciativa que reúne lo que es para nosotros el Modelo de CTeI: Habilitadores (la súper máquina), Dinamizadores (el talento humano que hay detrás de ella), Potenciadores (la IA) y la Retroalimentación (la equivocación de la que aprendemos todo el tiempo). Miren nada más, un pequeño animalito se escapó de la máquina.
En aires y tierras centroamericanas habita una polilla a la que le gusta la papa. Tanto, que sus larvas se sacian con el contenido de los tubérculos, dejando una serie de laberintos que anulan toda posibilidad de consumo para los humanos. Tecia solarinova es el nombre científico de esta polilla de hábitos nocturnos.
Según la mitología griega, Apolo es un dios que, entre otros poderes, tenía la facultad de predecir el futuro. Apolo se llamaba la misión que llevó al hombre a la Luna. Ambas cosas inspiraron el nombre del Centro de supercomputación de EAFIT.
Ahora, ¿Cuál es la relación entre un lepidóptero que devora papa y un supercomputador con nombre de dios griego? Mucho más de lo que podamos imaginar. Si en este punto estás haciendo conexiones neuronales para tratar de descifrar cómo una polilla guatemalteca llegó al cuarto piso del bloque 19 de EAFIT, pierdes tu tiempo. Aunque no hubo insecto alguno de cuerpo presente, sí revoloteó por los laberintos del Apolo toda la información genética de la Tecia solarinova.
Esta historia comenzó un día de 2013, cuando el profesor Javier Correa Álvarez de la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería, quien colaboraba en el proyecto del genoma de la mitocondria del insecto en cuestión, quería ir más allá. Pero, si ya se tiene la secuencia total del ADN de un organismo ¿cómo se puede profundizar más? “Queríamos realizar un análisis filogenético de este grupo de insectos”, es decir: ver en qué lugar de la historia evolutiva de los insectos encajaba la polilla.
Semejante proeza requería de una capacidad de cómputo descomunal y por eso la solución fue aprovechar las bondades del recién llegado supercomputador Apolo que, en lugar de usar el oráculo de Delfos atribuido al dios griego, resolvió el enigma de la escala evolutiva de Tecia solarinova con cálculos computacionales, en unos pocos meses.
Dicho así no se entiende la dimensión. Pero juzga tú mismo luego de lo siguiente: “calculamos que sin el Apolo de aquella época, nos habríamos demorado alrededor de 100 años haciendo ese análisis, porque el reto era coger cientos de pequeños genomas de insectos y compararlos entre todos.

"Eso es una matriz gigante”, recuerda el profe Javier mientras presenta una tabla dividida en franjas de colores donde se aprecia el resultado: en un tono aguamarina el punto de la etapa evolutiva donde se presume está Tecia solarinova. Fue la primera vez que el mundo tuvo la posibilidad de conocer esta información científica; también fue uno de los primeros cálculos que realizó este supercomputador sobre datos biológicos.

Afirmar que lo hecho en semanas habría tardado decenas de años no es hipérbole. Es más, hay un nombre para eso: en el universo de las supermáquinas ese ahorro de tiempo se entiende como años cómputo. ¿Cómo así? Comencemos con otra pregunta más elaborada ¿Cuánto tarda un computador convencional en realizar cálculos complejos? Para que entiendas mejor te propongo el siguiente ejercicio:
Imagínate que debes realizar una serie de tareas que te tomarían equis cantidad de tiempo. Pero resulta que tienes la opción de dividir ese trabajo con nueve de tus colegas más eficientes, lo que significa que hay diez personas dedicadas, de manera simultánea, a diferentes aspectos de un mismo entregable. No hay que hacer muchas cuentas para deducir que el tiempo se reduce considerablemente.
Trasladando esta analogía al Centro de Supercomputación Científica Apolo: cada una de las versiones de los supercomputadores (porque ya vamos en Apolo 3), se compone a su vez de otros más pequeños, pero también super potentes computadores conocidos como nodos. Es así como un nodo puede estar trabajando en uno o varios proyectos a la vez; todo dependerá de qué tanto cómputo requiera la tarea. Eso sí, una vez recibida la instrucción comienzan a trabajar a toda máquina, 24/7, para entregar el mejor resultado en el menor tiempo posible.
Solo para que te hagas una idea, “si esa cantidad de trabajos que nosotros ejecutamos durante 2024 hubieran sido realizados en un solo computador normal, se habrían necesitado 261 años cómputo”, precisa Laura Sánchez Córdoba, coordinadora técnica. Según esto, ni una vida entera alcanzaría para procesar este volumen de datos.

La travesía de Apolo
Aunque la mitología griega solo tiene un dios Apolo, puede decirse que EAFIT posee tres, no deidades, pero sí supermáquinas con este nombre. El Centro de Computación Científica se inauguró en 2012 con le llegada de Apolo 1, como una donación de la Universidad Purdue, en Estados Unidos. En 2018 se materializó la compra de Apolo 2, compuesto de 14 nodos; y entre noviembre de 2024 y marzo de 2025 fueron llegando las cajas que componían el rompecabezas de Apolo 3, compuesto de 6 nodos, además de “tarjetas gráficas aceleradoras usadas para entrenar modelos de inteligencia artificial como ChatGPT. Son las Top del mercado actual”, afirma Sebastián Uribe Ruiz, auxiliar de investigación.
Si la proporción de algunas semanas en Apolo 1 vs un siglo en un computador convencional para realizar el análisis filogenético de la polilla guatemalteca te dejó con la boca abierta, prepárate para lo que viene: en el Apolo 3 esta misma operación puede realizarse en cuestión de horas.
Por razones como esta hay quienes sintieron, como Santiago Rodríguez, auxiliar de investigación, “amor a primera vista. Yo de verdad quedé enganchado desde la primera vez que lo vi”. Mauricio Carrillo Carvajal, practicant, dice que: “Fue como cuando un niño chiquito ve un juguete nuevo. Me pareció muy bonito. Siempre lo veía a
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través del vidrio”. Sí, un vidrio, porque el Centro de Computación Científica, aunque debe ser protegido con ciertas condiciones ambientales, está tras una vitrina, para que todo el que quiera pueda conocerlo.
Parece una estructura inmóvil, pero lo cierto es que se trata de un cerebro que no se detiene, porque mientras la vida de todos transcurre, por los laberintos de circuitos que integran el Centro de Supercomputación Científica Apolo puede estar pasando la información genética de la Tecia solarinova, el genoma de unos microorganismos antárticos conocidos como poliquetos, así como el ADN de personas centenarias. Por mencionar algunas de las preguntas o conjeturas que ha resuelto esta máquina.
“Casi el 90 % de mis investigaciones han pasado por el Apolo. Imagínate tu siendo un agricultor y no tener tierra donde poder sembrar. Sin esta herramienta no hubiera aprendido tanto de biología computacional”, reflexiona el profesor Javier.
En este centro de cómputo los proyectos de investigadores de diversas disciplinas, dentro y fuera de EAFIT, encuentran tierra fértil para cosechar frutos, o mejor: para generar nuevo conocimiento en un tiempo récord. Porque mucho más que una máquina, Apolo es un lugar que propicia la formación y la investigación. Es un sitio de encuentro alrededor de la computación.
En nuestra universidad imaginamos el futuro cuando conectamos el saber con los desafíos humanos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales que tenemos como sociedad. Somos una universidad viva y activa, capaz de anticiparse y contribuir a los retos del mundo. Así, seguimos inspirando vidas, creando conocimiento y transformando la sociedad.
Maria Alejandra Gonzalez-Perez. Profesora distinguida y jefa de la Maestría en Sostenibilidad. Obtuvo el reconocimiento Una vida dedicada a la investigación en los Premios Medellín Investiga 2025. Es referente internacional en sostenibilidad corporativa y ha liderado organismos como la Academy of International Business y el consejo global del ODS 1 del World Government Summit.

| Alejandro Gómez Valencia
Cuando hablamos de diversidad e inclusión no hablamos solo de equidad de género. La diversidad reconoce múltiples dimensiones humanas: orígenes étnicos y raciales, territorios, condiciones socioeconómicas, edades, personas con discapacidad, orientaciones sexuales, identidades de género, trayectorias educativas y experiencias de vida. Y la inclusión implica crear condiciones reales de participación, toma de decisión y aporte, de manera que todas estas diferencias puedan expresarse sin barreras, sesgos ni silenciamientos.
En ciencia, estas dimensiones no son un anexo: son una condición para producir conocimiento más amplio, más preciso y más conectado con la realidad. Reconocerlo permite entender que la presencia de las mujeres en la ciencia hace parte de un proyecto mayor: construir sistemas en los que todas las voces —en su pluralidad— tengan lugar, agencia e impacto. Este artículo se detiene en la experiencia de las mujeres, sin perder de vista que su aporte solo puede comprenderse plenamente dentro de esta visión amplia de la diversidad.
Cuando Catalina López Otálvaro, jefa de Apropiación Social del Conocimiento y Divulgación de EAFIT, observa los procesos de los semilleros de investigación, identifica una transformación profunda: la presencia femenina no solo cambia las cifras, sino los modos de pensar la ciencia. “La participación de las mujeres amplía las preguntas,
los métodos y los propósitos de la investigación”, dice. Para ella, el aporte no se limita a la representatividad; tiene que ver con la capacidad de introducir sensibilidades y experiencias históricamente ausentes de la ciencia y la tecnología.
Más que hablar de una “mirada femenina” en singular, aclara Catalina, lo que se amplía es el conjunto de miradas cuando las mujeres participan en igualdad de condiciones. Surgen nuevas preguntas, se visibilizan otras problemáticas y se cuestionan los sesgos que han limitado la investigación y la innovación. Esa afirmación encuentra eco en Gloria Gallego García, profesora e investigadora de la Escuela de Derecho, quien recuerda que, durante siglos, las mujeres fueron excluidas de la vida universitaria con la idea de que su inteligencia debía destinarse al hogar y al cuidado. “Cuando las mujeres entramos a la ciencia, aportamos una nueva mirada. Nos ocupamos de problemas que los varones no veían, como, por ejemplo, cómo construir instituciones justas en las que quepamos todos por igual”.
Desde su trabajo en memoria histórica y justicia transicional, la profesora Gloria señala que ese ingreso de las mujeres ha permitido abrir campos de investigación antes invisibles: el estudio de las violencias diferenciales, el papel de las mujeres como activistas de paz y la creación de marcos teóricos para la defensa de los derechos humanos. “El ingreso de las mujeres cambió el terreno de la investigación”, afirma, convencida de que esa transformación no es solo académica, sino civilizatoria.
Esa amplitud de temas y enfoques también se percibe en los laboratorios. Manuela Montoya Rivera, investigadora del Grupo de Ingeniería de Diseño y reconocida recientemente como Mujer Joven Talento en la Gran Noche de las Mujeres de la Alcaldía de Medellín, considera que la ciencia debe ser un tema de todos, y que cada persona imprime su propia manera de hacerla.
“Yo sí creo que nosotras, las mujeres, le damos una mirada distinta porque, tal vez, tenemos la oportunidad de centrarnos en temas que quizás para los hombres no han sido de interés”, explica. Esa diversidad de intereses, agrega, hace que la ciencia sea más completa y representativa.
Para Manuela, la clave está en la participación equilibrada. “Necesitamos que toda la población esté involucrada en la ciencia. Solo así podemos garantizar

que todos los actores sociales estén representados y que los temas de interés común sean abordados con equidad”, sostiene. En esa misma línea, Catalina López insiste en que el cambio debe gestarse desde la infancia: “Desde los entornos educativos más tempranos necesitamos cultivar la curiosidad científica en las niñas, derribar estereotipos y ofrecerles referentes que las inspiren a verse como creadoras de conocimiento”.
La profesora e investigadora Mónica Hernández Flórez, de la Escuela de Finanzas, Economía y Gobierno, complementa esa mirada al afirmar que la presencia femenina en la ciencia es crucial por razones temáticas, administrativas y simbólicas.
“Una mujer tiende a pensar en problemas que afecten a las mujeres y a las minorías, y eso amplía la agenda científica”, dice. Además, su participación en la gestión de la ciencia contribuye a reducir los sesgos inconscientes que aún persisten en la selección de proyectos o en la valoración del mérito. Una mujer, considera, puede ser más consciente de esos sesgos y ayudar a mitigarlos, pero, sobre todo, resalta el poder de los referentes: “Mujeres traen mujeres. Cuando las científicas ven a otras liderar, se sienten más seguras para participar y expresar sus ideas”.

Ese efecto multiplicador también lo identifica María Auxiliadora González Malabet, investigadora del Centro de Valor Público, especialmente en proyectos de igualdad de género y consolidación de la paz, para quien la presencia femenina es una cuestión de equidad y de coherencia con la realidad demográfica: “Las mujeres somos más del 50 % de la población, y si ese porcentaje no se refleja en la investigación, significa que existen barreras estructurales que impiden nuestro acceso”.
Además de las cifras, insiste en que está lo sustantivo; los temas que las mujeres incorporan a la ciencia. “Entre más mujeres ingresan a la investigación, aparecen asuntos que antes no se exploraban, porque no eran preguntas de interés para los hombres. En biología, por ejemplo, se ha estudiado más la sexualidad femenina; en las ciencias sociales, la violencia política. Llegamos con una mirada más comunitaria y colectiva, y eso enriquece las agendas de investigación”, explica.
Catalina López, además, llama la atención sobre que no basta con estar representadas. “El reto
está en profundizar en la deliberación y en la cualificación de esa participación”, sostiene. María Auxiliadora agrega que tener mujeres visibles en la ciencia genera un efecto simbólico poderoso: crea imaginarios en las niñas y jóvenes sobre la posibilidad real de elegir la investigación como proyecto de vida. Ambas coinciden en que no se trata solo de sumar nombres femeninos a las estadísticas, sino de construir condiciones que permitan ejercer liderazgo y decisión.
En ese panorama de avances y desafíos, Ricardo Mejía Gutiérrez, director de Investigación de EAFIT, reconoce que los progresos son evidentes, pero aún insuficientes. “Si hace unas décadas las mujeres eran una excepción, hoy representan cerca del 40 % de investigadores registrados en MinCiencias”, señala, aludiendo a los datos más recientes. Sin embargo, advierte que las brechas persisten, sobre todo en las disciplinas STEM, donde aún predomina la participación masculina.
Ricardo destaca que EAFIT no ha sido ajena a esta transformación. “Muchas profesoras han sido re-

conocidas por su trabajo, y la spin-off Astrolab, liderada por la profesora Laura Sierra, es un referente no solo en ciencia, sino también en innovación y transferencia tecnológica”, dice. Casos como el de Astrolab, agrega, muestran que las mujeres están conquistando espacios clave en la creación de conocimiento aplicado y que su papel en la ciencia va más allá de la investigación básica: contribuyen a transformar la relación entre universidad, empresa y sociedad.
Estas voces coinciden en que la equidad en la ciencia no se reduce a la cantidad de mujeres que partici-

pan, sino al tipo de transformaciones que su presencia impulsa. Se trata de cambiar las preguntas, los enfoques y las estructuras. En ese sentido está la voz de Manuela Ramos Ospina, una de las representantes estudiantiles de posgrado del Comité de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad, quien considera que “aunque las barreras socioculturales que antes limitaban la experiencia de ser mujer se han ido desdibujando y que nos hemos ido haciendo espacio en los procesos CTeI, persisten tradiciones y patrones heredados que configuran la mirada femenina”. La mirada femenina, expresa, más que reemplazar, “complementa y enriquece la paleta de tonos de la CTeI”.
Esa ampliación también debe ser ética y social. Porque cuando la ciencia se construye desde múltiples perspectivas es más justa, más rigurosa y cercana a la realidad. Por eso el reto ahora es amplificar la voz, para que la ciencia sea más plural y las decisiones sobre el conocimiento reflejen todas las miradas.

| Salomé Herrera
Desde la Dirección de Innovación y Desarrollo Tecnológico, Juliana Ortiz destaca el papel decisivo de casi cuarenta mujeres que conectan saberes, gestionan alianzas y hacen posible que la investigación se transforme en impacto real. Su liderazgo revela un componente esencial, profundo y poco contado del Sistema CTeI.
Para Juliana Ortiz, directora de Innovación y Desarrollo Tecnológico de EAFIT, la Ciencia, la Tecnología y la Innovación (CTeI) no ocurre solo en laboratorios ni en manos exclusivas de investigadores o científicos. También es posible gracias a quienes conectan, traducen, gestionan y sostienen los procesos que permiten que el conocimiento se transforme en impacto. Ese trabajo, mayoritariamente femenino, es hoy una pieza vital del sistema de ciencia, tecnología e innovación de la Universidad.
“En un reloj, el calibre es su alma: el mecanismo que, aunque no se ve, mantiene todo en marcha. Así somos nosotras en la Dirección. Tejemos conexiones, equilibramos piezas, impulsamos decisiones y acompañamos cada avance del sistema CTeI de EAFIT; el corazón y el motor que impulsa la Ciencia, la Tecnología y la Innovación de la Universidad”. Juliana sostiene que su aporte es también, ante todo, la capacidad de leer oportunidades, articular capacidades institucionales y encontrar la mejor combinación de saberes.

Ella destaca habilidades que suelen pasar desapercibidas, pero que son esenciales para que la ciencia llegue a la sociedad: la empatía para gestionar conflictos, la escucha activa, la comunicación cercana, la construcción colaborativa, el enfoque estratégico y la atención al detalle. También, la resiliencia para adaptarse a un entorno cambiante donde las tecnologías, los desafíos y los actores evolucionan constantemente.
Su trayectoria de liderazgo, construida entre la empresa y la academia, le enseñó que la CTeI necesita múltiples voces: “La innovación ocurre cuando muchas miradas se encuentran”, afirma.
A las mujeres que trabajan tras bambalinas, Juliana les envía un mensaje claro: su fuerza transforma. Detrás de cada proyecto, patente, alianza o convocatoria hay manos que sostienen, ordenan y abren caminos, estas son el motor que mantiene el latido de la CTeI en EAFIT.
En EAFIT, hablar de ciencia, tecnología e innovación es hablar de alianzas, publicaciones y experiencias que transforman. Cada dato enmarca una historia de conexión, descubrimiento y aprendizaje compartido. Detrás de cada cifra hay conocimiento que genera impacto, jóvenes que despiertan su vocación científica y una comunidad que proyecta a la Universidad hacia los territorios y los retos del futuro.
Proyectos de CTeI
Todos los departamentos del país se benefician de los proyectos de CTeI ejecutados en los últimos cuatro años y presencia en América Latina, Norteamérica, Europa, África y Asia.
240 aliados en 2025
$370 mil millones en portafolio 2025
$125 mil millones ejecutados
Promedio anual:
$235 mil millones gestionados
Cada año nos vinculamos con 175 organizaciones para para poner en marcha proyectos de ciencia, tecnología e innovación
$84 mil millones ejecutados

5.400 niños, niñas y adolescentes participaron en 2024 en la Universidad de los Niños
1.600 estudiantes de pregrado integraron semilleros de investigación, el 15 % del total estudiantil
6% de los doctorandos del país estudian en EAFIT 10 veces más que su proporción en pregrado nacional (0,6 %)
y divulgación científica
+265 mil visualizaciones en contenidos divulgativos entre 2024 y 2025

1.721 asistentes participaron en eventos, talleres y experiencias de apropiación del conocimiento
65 puntos en reputación de investigación QS 2026, crecimiento del 31 % frente a 2019
21 mil citaciones
SCOPUS (2017–2024), aumento del 93 % respecto al periodo 2009–2016
Impacto ponderado:
0.74 un 30 % más que en el periodo anterior

Transferencia tecnológica
8 Spin-offs (7 independientes y 1 vinculada) generaron $3.000 millones en ingresos (2021–2024)
19 acuerdos de licenciamiento fortalecen la transferencia hacia el sector productivo y social
$400 mil millones ahorrados por el Metro de Medellín gracias a soluciones tecnológicas desarrolladas con EAFIT
Si todas las puertas tienen llaves que las abren…
¿Quién tiene las llaves de la entrada deLas Vegas?
La respuesta es simple: (pero profunda a la vez)


Este llavero de ardilla que ves aquí es muy especial. Más que un objeto, es la posibilidad de apoyar el talento de los jóvenes con acciones decididas.
Lo puedes adquirir en la Tienda EAFIT y sus ganancias van directamente a apoyar el fondo de becas de la Universidad.
En Las Vegas no tenemos llaves, pero sí queremos que más jóvenes tengan el carné de estudiantes de EAFIT.
¿No es maravilloso ver cómo una ardilla puede abrir una puerta?
Rectora
Claudia Restrepo Montoya
Vicerrectora de Aprendizaje
Paola Podestá Correa
Vicerrector de Ciencia, Tecnología e Innovación
Antonio Julio Copete Villa
Contenidos
Silvia Luz Gutiérrez Sánchez
Jonathan Montoya Correa
Paulina Vélez Jaramillo
Alejandro Gómez Valencia
Manuela Mejía Piedrahita
Felipe Sosa Vargas
Mariana Areiza Espinosa
Agustín Patiño Orozco
Camila Betancur Hurtado
Daniela Cepeda Zúñiga
Ana María Jaramillo Escobar
Salomé Herrera Isaza
Diana Vélez
Fotografías
Robinson Henao Cañón
Acompañamiento temático
Juliana Ortiz Marín
Elizabeth Suárez Londoño
Melissa Londoño Ávila
Catalina López Otálvaro
Patricia Ospina Ospina
Ricardo Mejía Gutiérrez
Germán Tabares Pozos
Lina Cuartas Villa
Ana González Cotes
Coordinación
Diana Vélez
Edición
Diana Vélez
Catalina Suárez Restrepo
Diseño y diagramación
Ana María Builes Correa
Lina María Botero Goméz



