SUPERFICIES QUE SE AUTODESINFECTAN: UNA INNOVACIÓN UDEA PARA DISMINUIR INFECCIONES HOSPITALARIAS
PP. 2-3
DE DESECHO A YOGUR: LA SEGUNDA VIDA DEL MUCÍLAGO DE CAFÉ
PP. 4-5
UNA BIBLIOTECA DIGITAL PARA CONOCER LOS PECES DE LA CUENCA DEL MAGDALENA
PP. 12-13
¿A DÓNDE VAN LOS MEDICAMENTOS QUE TOMAS?
INVESTIGACIÓN DE LA UDEA DA PISTAS PARA EVITAR QUE RESIDUOS LLEGUEN AL AGUA
PP. 18-19
pasado
Los secretos prehispánicos que descubrió la UdeA con el estudio de urnas cinerarias del
Un estudio interdisciplinario en la UdeA a las urnas cinerarias del estilo Marrón Inciso, custodiadas por el Museo Universitario — Muaa—, reveló que las sociedades antiguas de Antioquia poseían un dominio avanzado del fuego. Los investigadores descubrieron que los cuerpos eran sometidos a complejas técnicas de cremación y que los recipientes fueron diseñados, con precisión técnica y alta temperatura, exclusivamente para rituales funerarios.
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Los desechos plásticos abundan en las aguas marinas y en el Golfo de Urabá su presencia es más alta que en otras zonas costeras del país, pero una investigación científica de la UdeA revela que estos pequeños crustáceos pueden fragmentar estos residuos mediante procesos biológicos que son más rápidos que la acción del sol, la arena o las olas. Este hallazgo aporta nuevas claves para comprender cómo se transforma el material en la naturaleza.
ANDREA CAROLINA VARGAS M. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA acarolina.vargas@udea.edu.co
Superficies que se autodesinfectan: una innovación UdeA para disminuir infecciones hospitalarias
Hablar de Infecciones Asociadas a la Atención en Salud — IAAS— hace referencia a lo que comúnmente se conoce como infecciones intrahospitalarias. Son aquellas que un paciente adquiere durante su estancia en un hospital o centro de salud y que no estaban presentes ni en periodo de incubación al momento de su ingreso. Incluso pueden manifestarse después del alta médica, según la Organización Mundial de la Salud.
De acuerdo con la misma entidad, en los países de ingreso alto, 7 de cada 100 pacientes hospitalizados en unidades de cuidados intensivos contraen al menos una IAAS durante su estancia, cifra que asciende a 15 de cada 100 en países de ingreso bajo o medio. En Colombia, estas infecciones representan un evento prioritario de vigilancia epidemiológica debido a su impacto en el sistema hospitalario.
Según el Instituto Nacional de Salud —INS—, entre 2017 y mayo de 2025 se han notificado 844 brotes asociados a IAAS, con 3018 casos registrados, lo que da cuenta de su persistencia en el país, especialmente en servicios de hospitalización y en unidades de cuidado intensivo, tanto de adultos como neonatales, donde los pacientes son más vulnerables debido a su condición clínica.
Es aquí donde el desarrollo tecnológico del Grupo de Investigación en Remediación Ambiental y Biocatálisis del Instituto de Química —Girab—, adscrito a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Antioquia, cobra relevancia al proponer un prototipo de superficies hospitalarias elaboradas sobre materiales poliméricos —similares al plástico y adaptados para uso técnico— capaces de eliminar microorganismos mediante procesos activados por la luz.
De acuerdo con Yenny Patricia Ávila Torres, doctora en Ciencia e Ingeniería de Materiales e investigadora del grupo Girab, en los hospitales existe una exposición constante a bacterias, entre ellas E. coli, una bacteria intestinal asociada a la contaminación de alimentos y superficies que puede estar presente en distintos lugares; y Staphylococcus aureus, que podría circular a
Rector Hector Iván García García
Comité Editorial David Hernández García | Secretario General en funciones de Vicerrector General
través de sistemas de aire acondicionado, facilitando su dispersión y contaminación de diferentes áreas dentro del hospital.
«Desarrollamos materiales basados en óxidos metálicos y nitruros de carbono que, al interactuar con la luz, generan especies reactivas de oxígeno capaces de atacar y degradar bacterias directamente sobre las superficies poliméricas. Con estos sistemas logramos desinfecciones completas de E. coli, especialmente con materiales de nitruro de carbono dopados con cobre. Sin embargo, en bacterias como Staphylococcus aureus aún persisten retos debido a sus diferencias biológicas», explicó Ávila Torres.
Los nitruros de carbono son materiales semiconductores formados principalmente por carbono y nitrógeno, capaces de absorber luz y activar reacciones químicas en su superficie. Cuando se incorporan pequeñas cantidades de cobre en su estructura, se modifican sus propiedades electrónicas y se potencia su capacidad antimicrobiana, lo que mejora su eficacia para inactivar bacterias en distintos entornos.
Las especies reactivas de oxígeno no son organismos vivos, sino especies derivadas del oxígeno que reaccionan fácilmente con otros compuestos, como los componentes de las bacterias, afectando su estructura y provocando su eliminación.
Este desarrollo tecnológico, con sello UdeA, se proyecta como un recubrimiento aplicable a superficies de uso frecuente en entornos hospitalarios, donde el contacto constante favorece la acumulación de microorganismos.
«La idea es aprovechar la luz que ya se utiliza en los entornos hospitalarios para activar estos materiales en superficies —como mesones, telas o catéteres—. Cuando se irradian, interactúan con la humedad y el oxígeno del ambiente generando especies reactivas de oxígeno que atacan la pared celular de las bacterias. De esta manera, cuando una bacteria entra en contacto con la superficie, puede ser eliminada, lo que ayuda a prevenir infecciones intrahospitalarias», explicó Ricardo Antonio Torres Palma, doctor en Química y coordinador del grupo Girab.
De acuerdo con ambos investigadores, a diferencia de los métodos tradicionales de limpieza, que actúan en momentos específicos, estas superficies mantendrían una acción desinfectante continua bajo interacción con la luz, lo que permitiría reducir la carga bacteriana entre cada protocolo de desinfección y dis-
César Alzate Vargas | profesor Facultad de Comunicaciones y Lengua y Literatura
Teresita Betancur Vargas | profesora Facultad de Ingeniería
Luisa Fernanda Cano Blandón | profesora Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
Teresita Alzate Yepes | profesora Escuela de Nutrición y Dietética
Natalia Restrepo Saldarriaga Directora de Comunicaciones
Gimena Ruiz Pérez Pedro León Correa Ochoa Coordinación de edición
Carolina Gomes Gaviria Diseño y diagramación
Portada Proceso de separación manual de elementos para el estudio de cada urna. Foto: cortesía.
Nota del editor
La presente edición fue publicada exclusivamente en formato digital. Las opiniones expresadas por las fuentes y autores de los artículos publicados en Alma Mater son responsabilidad de estos y no representan una postura institucional de la Universidad de Antioquia.
minuir el riesgo de transmisión en estos espacios.
El análisis del funcionamiento de los materiales permitió comprender con mayor precisión qué ocurre durante el proceso de desinfección activado por la luz. En esa búsqueda por identificar el mecanismo responsable de la eliminación de microorganismos, los investigadores encontraron que una especie en particular tiene un papel predominante en el desempeño del recubrimiento, lo que ayuda a explicar su eficiencia y estabilidad.
«Logramos identificar que el oxígeno singlete era la especie reactiva predominante en los nitruros de carbono y la más activa en la desinfección. Esto es importante porque, a diferencia de otras especies reactivas más agresivas, este permite eliminar las bacterias sin deteriorar el material, lo que se traduce en una mayor estabilidad y una vida útil más prolongada del recubrimiento», señaló Ávila Torres.
El oxígeno singlete, a diferencia del oxígeno que respiramos, es una forma más reactiva e inestable que se genera al activarse la superficie con la luz y puede dañar componentes esenciales de las bacterias —como sus membranas y estructuras internas—, provocando su inactivación en la superficie donde se produce.
La selección de las bacterias evaluadas para la elaboración de este prototipo de superficies autodesinfectantes no fue arbitraria, sino que respondió a su presencia frecuente en entornos hospitalarios y a las distintas formas en que pueden propagarse y persistir en estos espacios. Según los investigadores, es importante comprender esas diferencias para así diseñar estrategias de desinfección efectivas, capaces de actuar frente a microorganismos con comportamientos diversos y mecanismos de transmisión distintos.
Vale la pena señalar que, aunque estas bacterias fueron empleadas como modelo de estudio por su relevancia en estos entornos y su facilidad de análisis en condiciones controladas, Torres Palma afirmó que el alcance de la tecnología no se limita a
ellas, sino que apunta a una aplicación más amplia frente a distintos tipos de microorganismos.
Retos en el desarrollo del prototipo tecnológico El desarrollo de este prototipo es resultado de más de 15 años de trabajo del Grupo de Investigación en Remediación Ambiental y Biocatálisis en la búsqueda de sistemas más eficientes para el tratamiento de aguas contaminadas con sustancias químicas y microorganismos. Esta trayectoria ha permitido consolidar un conocimiento que hoy se proyecta en nuevas aplicaciones dentro del ámbito de la desinfección.
«Durante años hemos desarrollado tratamientos de agua a partir de métodos electroquímicos, fotoquímicos y sonoquímicos, así como el uso de ozono y materiales carbonosos, que no solo funcionan como absorbentes, sino también como
catalizadores. Al combinar estos sistemas hemos logrado mejorar la eliminación de contaminantes en el agua. A partir de ese trabajo entendimos que el mismo principio podía aplicarse en superficies, porque las especies químicas que intervienen en el proceso son las mismas y también pueden actuar sobre ellas», comentó Torres Palma.
Trasladar este conocimiento a un prototipo funcional implicó enfrentar retos tanto en la comprensión del proceso como en su aplicación. Más allá de comprobar la eliminación de bacterias, el trabajo se centró en identificar, con precisión, los mecanismos responsables de ese efecto, como punto de partida para optimizar los materiales y llevarlos a condiciones reales de uso.
«Uno de los grandes retos —como pasa en muchas investigaciones— es cómo pasar de esa parte conceptual, que en nuestro caso nos tomó mucho tiempo entender, a algo aplicado. Porque no es solo saber que el material funciona, sino comprender cómo actúa, cuál es la especie responsable de atacar a los microorganismos y, a partir de ahí, poder llevar ese conocimiento a un prototipo real», explicó Torres Palma
A esto se sumaron desafíos asociados a la estabilidad del recubrimiento, un aspecto fundamental para su implementación en entornos hospitalarios, donde factores como la humedad, la limpieza constante y el uso continuo pueden afectar su desempeño.
«No era solo hacer un material funcional, sino asegurarnos de que fuera estable. Porque si ese recubrimiento se desprende con el tiempo —por ejemplo, con la limpieza o la humedad— podríamos terminar generando otro problema, como contaminación por metales, por ejemplo. Entonces tuvimos que evaluar aspectos como la lixiviación —es decir, la liberación de sustancias del material—, el envejecimiento y la desactivación del componente en distintas condiciones», señaló Ávila Torres.
El desarrollo de este prototipo fue financiado con recursos del Sistema General de Regalías, lo que permitió avanzar en la validación de una tecnología que ya superó la etapa de laboratorio y se encuentra en un nivel intermedio de madurez tecnológica.
«En este momento estamos en un TRL 5, lo que significa que ya tenemos una validación del prototipo, pero el siguiente paso es avanzar a un TRL 6, es decir, llevarlo a un ambiente real. Eso implica salir del laboratorio y probarlo en condiciones intrahospitalarias, donde todo es más variable y exigente. En esa línea, ya hemos tenido acercamientos con el hospital de San Andrés de Tumaco, donde esperamos desarrollar un primer piloto en condiciones reales y seguir avanzando en la validación de la tecnología y trabajar en todo lo que implica llevarla a la práctica: regulación, producción y modelo de negocio», explicó Ávila Torres.
La necesidad de soluciones como esta se enmarca en un escenario en el que las Infecciones Asociadas a la Atención en Salud y la resistencia microbiana continúan siendo un desafío para los sistemas hospitalarios, al aumentar la complejidad de los tratamientos y el riesgo para los pacientes.
«Este es un problema mundial. No ocurre solo en el Valle de Aburrá o en Colombia, sino en todas partes. Desarrollos como este, muestran que el país tiene el potencial de generar soluciones innovadoras y conocimiento de punta con posibilidades reales de convertirse en tecnología exportable», concluyó Torres Palma.
Superficies activadas por luz podrían ayudar a eliminar bacterias al entrar en contacto con ellas, reduciendo el riesgo de infecciones intrahospitalarias. Foto: Cortesía Yenny Patricia Ávila Torres.
Lo que durante años ha sido considerado un residuo contaminante del procesamiento del grano de café podría convertirse en un aliado para la salud y una nueva fuente de ingresos para el caficultor colombiano. Un proyecto liderado por la Universidad de Antioquia y financiado por el programa Orquídeas: Mujeres en la ciencia de MinCiencias 2024, logró transformar este subproducto en materia prima con potencial saludable para la industria alimentaria y la bioeconomía del país.
SERGIO ALEJANDRO RUIZ S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA salejandro.ruiz@udea.edu.co
De desecho a yogur: la segunda vida del mucílago de café
En una vereda del municipio de Pisba, en Boyacá, mujeres caficultoras aprendieron el verdadero sentido de conceptos como «probiótico» y «prebiótico». No fue un capricho pedagógico o una imposición académica, fue el resultado de meses de talleres, de ciencia traducida a un lenguaje cotidiano. Todo esto gracias a una investigación que transformó lo que antes consideraban un desecho y un problema ambiental, en materia prima para la elaboración de un yogur funcional.
Detrás de esa historia hay una mujer científica que viajó desde la región Andina hasta Medellín, hay un laboratorio de nutrición humana con tecnología de punta
Alimentación y Nutrición Humana —GIANH— de la Escuela de Nutrición y Dietética de la UdeA. La pregunta que orientó el trabajo fue otra: ¿y si ese residuo pudiera convertirse en materia prima?
De melaza a polvo, de polvo a ingrediente Lo primero que hay que entender sobre el mucílago es que no es solo un desecho: es una sustancia altamente beneficiosa con propiedades saludables. «Lo que nosotros hicimos fue darle una alternativa sostenible a este subproducto», precisó Otálora Rodríguez, agregando que se le dio el calificativo de materia prima al considerar que «es rica en polifenoles con capacidad antioxidante, actividad prebiótica y fuente de fibra dietaría, lo que ha permitido llevarlo a desarrollar alimentos funcionales».
y una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿qué pasa con todo lo que sobra cuando se procesa el grano de café?
Cuando el grano recorre el camino desde la mata hasta la taza, más del 50 % del fruto no llega al producto final. Entre esos subproductos está el mucílago: una sustancia viscosa, gelatinosa, que se desprende del grano durante el despulpado.
Y si se habla de café Colombia es protagonista. Según cifras de la Federación Nacional de Cafeteros, con corte a enero del 2026, el país produce 13,5 millones de sacos, lo que equivale 810 000 toneladas de café y cuenta con 833 059 hectáreas sembradas del grano; sin embargo, la industria genera cerca de 924 gramos de residuo por cada kilo procesado. El mucílago constituye aproximadamente el 14 % del peso del fruto fresco y se estima que los cultivos colombianos producen alrededor de 768 kilogramos por hectárea al año.
«Se ha convertido en un problema ambiental porque lo más fácil para los caficultores es desecharlo o verterlo a las cuencas hídricas», explicó María Carolina Otálora Rodríguez, doctora en Ciencia y Tecnología de Alimentos y beneficiaria de la convocatoria Orquídeas 2024 del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación —MinCiencias—, programa exclusivo para mujeres investigadoras.
Esa situación cotidiana, que cualquier caficultor del país conoce bien, fue el punto de partida de su pasantía posdoctoral en el Grupo de Investigación
El mucílago, se caracteriza por un alto contenido de compuestos bioactivos como polifenoles que ayudan a regular la inflamación y la protección de celular; los prebióticos —carbohidratos que no son digeridos ni absorbidos por el intestino delgado— y fibra dietética, moléculas que contribuyen a la salud intestinal, estimulan el sistema inmunitario, ayudan en el tratamiento del cáncer y mucho más.
El proceso comenzó con algo que parece casi artesanal: recoger el mucílago, una sustancia traslúcida viscosa, y transformarlo en polvo mediante la técnica de secado por atomización o spray-drying. El resultante del proceso es un hidrocoloide, componente capaz de formar geles en contacto con el agua, con el que se fabricaron microcápsulas para proteger microorganismos probióticos.
Los microorganismos probióticos son bacterias vivas beneficiosas que, para cumplir su función en el organismo, deben resistir las condiciones del tracto gastrointestinal y llegar vivos al colon. El reto está en superar obstáculos en ese recorrido como: pH ácido del estómago, sales biliares, enzimas pancreáticas. Para el caso de la investigación, el proceso de microencapsulación con el mucílago actuó como escudo protector.
«Con la encapsulación de los probióticos asegurábamos que llegaran vivos a través de todas las condiciones gastrointestinales», explicó la investigadora. El resultado fue un sistema que la ciencia denomina simbiótico: la combinación de un prebiótico (el mucílago de café) con un probiótico (Saccharomyces boulardii), que juntos generan en el colon ácidos grasos de cadena corta, asociados a beneficios en la salud inmunológica y digestiva.
Un yogur como ensayo
El siguiente paso fue incorporar estas microcápsulas en un alimento. La elección final: el yogur. «Es uno de los alimentos más consumidos y es la matriz alimentaria más idónea para
Foto 1: Por cada millón de sacos de 60 kg de café almendra que Colombia exporta se generan unas 55 500 toneladas de mucílago fresco, un subproducto con alto riesgo contaminante si no se aprovecha adecuadamente.
Foto: Dirección de Comunicaciones UdeA / David Patiño.
mantener estables estos microorganismos probióticos», señaló Otálora Rodríguez. El pH, la acidez y la temperatura de almacenamiento del yogur crean condiciones favorables para preservar la viabilidad de los microorganismos hasta el momento de su consumo.
El producto resultante fue sometido a caracterización fisicoquímica y tecno-funcional, así como sensorial por paneles entrenados. También se realizó una digestión in vitro —simulación de las condiciones del sistema digestivo— para verificar que las microcápsulas protegían los probióticos y que estos podían liberar sus beneficios en el colon. Los resultados fueron, según los investigadores, muy novedosos y atractivos.
mucílago de manera autónoma. «Necesitaríamos que nos enseñaran cómo sacarlo desde la cosecha, para poderlo vender a quien tenga la tecnología para transformarlo, o aprender a hacerlo nosotras mismas», afirmó.
Según Otálora Rodríguez, el hecho de trabajar con caficultoras enriqueció la productividad de este proyecto. «Llegar significa golpear la puerta de la casa y decirle: venga, yo le vengo a mostrar algo que usted puede hacer con un problema que tiene», describió la investigadora.
«El reto es hablar en un idioma sencillo, que sea fácil de entender y permita trans-
Para el trabajo en campo, el equipo de investigación contó con el apoyo del Centro Regional de Gestión para la Productividad y la Innovación de Boyacá —Crepib—, de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, que acompañó el proceso de sensibilización y transferencia tecnológica durante seis meses, con talleres diseñados en un lenguaje accesible y actividades prácticas adaptadas al contexto rural.
Para Julián Martínez Galán, profesor de la Escuela de Nutrición y Dietética y coordinador del Laboratorio Alimentación y Nutrición Humana ubicado en la Sede de Investigación Universitaria —SIU— de la Alma Máter, el potencial del mucílago va más allá de este primer desarrollo.
«No solo sirve como material tecnológico para alimentos funcionales, sino que también podría adicionarse en preparaciones culinarias cotidianas: si se seca el mucílago, ese polvo puede incorporarse en otras matrices alimentarias», señaló Martínez Galán, quien también mencionó que desde el GIANH no descartan la posibilidad de solicitar una protección legal sobre el procedimiento desarrollado, dado su carácter innovador.
El grupo ya conoce este camino desde otras líneas de trabajo, entre ellas, aceites de semillas de residuos cítricos, fibras alimentarias a partir de sobrantes de madera, aceites de aguacate en polvo para incorporar en galletas y productos de panadería. El mucílago de café es la más reciente pieza de un rompecabezas más amplio orientado a la economía circular en la industria alimentaria.
Pisba: el laboratorio de campo para la investigación Pero la investigación no se quedó en el laboratorio de la SIU. Una de las apuestas más distintivas del proyecto fue llevar estos hallazgos hasta las comunidades caficultoras de la provincia de La Libertad, en el departamento de Boyacá, específicamente en el municipio de Pisba, donde opera la Asociación Agroecológica de Mujeres Emprendedoras de Pisba —Agromujerespisba—, la primera asociación legalmente constituida por mujeres de las 12 veredas de la localidad, entre campesinas, madres cabeza de hogar, víctimas del conflicto, adultas mayores y jóvenes.
Para Claudia Isabel León Durán, representante legal de Agromujerespisba, el proceso fue, ante todo, un encuentro entre saberes. «No fueron personas que vinieran a imponernos algo que ellos descubrieron. Fue un intercambio: ustedes nos cuentan y nosotros les contamos», recordó. Lo que más llamó la atención entre las asociadas fue la transformación del mucílago en polvo: cuando lo incorporaron en gelatina durante los talleres, el sabor las sorprendió.
Sin embargo, la representante legal también planteó el obstáculo que frena la proyección económica del hallazgo: sin maquinaria para transformar la miel del café en polvo, las caficultoras de Pisba no pueden aún aprovechar el
mitir la información. Nosotros hablamos un idioma científico, pero a la población en general hay que llegar de forma más cercana», reconoció la investigadora. El resultado de ese esfuerzo hizo que al final del proceso las mujeres de Pisba hablaran con propiedad de conceptos como probióticos y prebióticos, elaboraran yogur casero, gelatina y masato con el mucílago encapsulado, y participaran en la feria ExpoBoyacá 2025, donde presentaron sus productos derivados del café, entre ellos, el yogur con encapsulado de mucílago.
Lo que sigue: del piloto a la industria La investigación que logró este recorrido entre los cafetales de Pisba hasta el laboratorio y de regreso a esta provincia, deja como resultados dos artículos científicos, uno ya publicado en la revista indexada Food Bioscience y el segundo en proceso de revisión en una publicación del mismo nivel; estos productos de investigación recogen los hallazgos sobre las propiedades del mucílago y el desarrollo del sistema simbiótico.
A esto se suma la formación de una joven investigadora que se vinculó al proyecto desde sus primeras etapas y representó al equipo con una ponencia tipo póster en un evento académico sobre biotecnología organizado por la UdeA.
La etapa siguiente, explicó Martínez Galán, es escalar el proceso a planta piloto para evaluar las operaciones unitarias, los rendimientos y la factibilidad económica y tecnológica de una producción a nivel industrial. Para llegar al mercado, se requerirían además ensayos clínicos en humanos —las llamadas pruebas in vivo— que confirmen en organismos reales los efectos que ya se midieron en laboratorio.
«Alpina es una de las empresas que hasta ahora está ingresando a este mercado de alimentos funcionales, específicamente trabajando con probióticos y prebióticos en una misma matriz. Lo mismo Colanta», ilustró Otálora Rodríguez para situar el momento en que se encuentra la industria colombiana frente a este tipo de desarrollos.
Para la investigadora, lo que el mucílago de café debería evocar, en quienes lo escuchen desde ahora, es: «Alimento saludable. Bioeconomía. Y una segunda oportunidad». Por su parte, el profesor Martínez Galán, pensando en quienes cultivan el café, cree que este «desecho» hoy puede ser una fuente de ingresos económicos adicionales en el país.
Programa Orquídeas: Mujeres en la Ciencia
Ciencia, Tecnología e Innovación por el fortalecimiento de vocaciones científicas en mujeres jóvenes investigadoras, además la formación de alto nivel de mujeres, aportando a la reducción de brechas sociales, académicas y económicas con enfoque de género. El programa espera consolidar las trayectorias académicas y profesionales del talento femenino colombiano.
En las fincas de Pisba, donde el mucílago solía terminar en el río, algunas mujeres ya saben que ese líquido viscoso tiene una segunda oportunidad, otro destino posible que, en un futuro cercano, el mercado podrá reconocer como alternativa económica, social, alimentaría y de salud.
N.º 751 May-Jun de 2026 · Universidad de Antioquia Durante décadas, frenar la transmisión del VIH —e incluso encontrar una estrategia efectiva para eliminar el virus— ha sido un desafío global. Aunque la infección se ha convertido en una enfermedad crónica controlable, se mantiene como un problema de salud pública que trasciende fronteras y sistemas de salud, y Colombia no es la excepción. Ante este panorama, la Universidad de Antioquia aporta, a través de la investigación, al estudio del virus desde distintos enfoques científicos para comprender mejor su comportamiento, explorar nuevas alternativas terapéuticas y contribuir, desde el conocimiento, a enfrentar una problemática que sigue vigente.
El compromiso de la UdeA para enfrentar el VIH desde la ciencia
El virus de inmunodeficiencia humana —VIH— continúa siendo uno de los mayores retos para la salud pública a nivel mundial. Según la Organización Mundial de la Salud —OMS—, en las últimas cuatro décadas más de 44,1 millones de personas han muerto por causas relacionadas con el virus, que sigue transmitiéndose en todos los países. Aunque en los últimos años se han logrado avances significativos en el tratamiento y la prevención, el control de la infección aún enfrenta barreras persistentes que dificultan frenar su expansión, como el diagnóstico tardío, el acceso desigual a los servicios de salud y la estigmatización.
En Colombia, el comportamiento de la epidemia refleja esas mismas tensiones. Según la Cuenta de Alto Costo —entidad del sistema de salud que gestiona y analiza información para mejorar la atención de personas con enfermedades como el VIH—, hasta el 31 de octubre de 2025 se habían reportado 211 431 personas diagnosticadas en el país, con mayor concentración de casos
95-95-95: la meta global para controlar el VIH
La estrategia 95-95-95, promovida por organismos internacionales, como la OMS, plantea que el 95 % de las personas que viven con VIH conozcan su diagnóstico, que el 95 % de quienes han sido diagnosticadas accedan a tratamiento antirretroviral y que el 95 % de estas logren una carga viral indetectable. Alcanzar estas metas es clave para reducir la transmisión del virus y avanzar en el control de la epidemia como problema de salud pública.
en hombres —78,8 %— y en el grupo de edad entre los 25 y 39 años. Aunque existen estrategias a nivel global para controlar la infección, su implementación continúa enfrentando diversos desafíos.
«A pesar de que tenemos herramientas muy efectivas, no hemos logrado controlar la epidemia ni en el mundo ni en Colombia. Aunque ha habido avances importantes en tratamiento, prevención y calidad de vida, el número de nuevas infecciones se mantiene estable a nivel global, en gran parte por el desconocimiento y, sobre todo, por la estigmatización y la discriminación alrededor de las personas que viven con VIH y de todo lo que implica el diagnóstico. Eso no nos deja avanzar», expresó Juan Carlos Alzate Ángel, doctor en Epidemiología y docente del Instituto de Investigaciones Médicas de la Facultad de Medicina de la UdeA.
Aquí cabe recordar que el VIH es el virus que ataca el sistema inmunitario, mientras que el sida es la fase más avanzada de la infección, cuando el organismo presenta un deterioro severo de sus defensas.
ANDREA CAROLINA VARGAS M. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA acarolina.vargas@udea.edu.co
Ante esta realidad, la Universidad de Antioquia ha consolidado una apuesta de investigación que aborda el VIH desde distintos frentes —que van desde la comprensión de los mecanismos inmunológicos de la infección hasta el análisis de su transmisión en contextos sociales específicos y el desarrollo de alternativas terapéuticas—. En la actualidad, la institución avanza en varias investigaciones que buscan responder a estos desafíos de manera complementaria.
¿Por qué algunas personas, pese a la exposición, adquieren la infección y otras no? Las células NK del sistema inmune podrían ser parte de la respuesta De acuerdo con el profesor Wbeimar Aguilar Jiménez, doctor en Ciencias Básicas Biomédicas y coordinador del Grupo de Investigación Inmunovirología, adscrito a la Facultad de Medicina de la Alma Máter, una de las poblaciones que se enfrentan a una mayor exposición al VIH es la de las mujeres transgénero, debido a la convergencia de factores sociales y estructurales como barreras de acceso a servicios de salud, discriminación y prácticas sexuales con mayor nivel de exposición. En algunos casos, también inciden el consumo de sustancias psicoactivas o el uso de terapias hormonales sin acompañamiento médico, limitando las posibilidades de diagnóstico y tratamiento oportuno.
«Aunque las mujeres transgénero parecen representar un porcentaje pequeño en las cifras globales, esto podría deberse a subregistro. Es una población estigmatizada sobre la que no se han realizado suficientes estudios. En los pocos que existen, particularmente en Colombia, se han encontrado cifras muy altas: en 2019, en Bogotá, se reportó una prevalencia del 29 %, es decir, 29 de cada 100 mujeres trans vivían con VIH. Son datos alarmantes que evidencian la necesidad de dirigir recursos y atención a esta comunidad», afirmó Aguilar Jiménez.
Es precisamente en este grupo poblacional donde se centra el estudio liderado por los doctores Wbeimar Aguilar Jiménez de la UdeA y Wildeman Zapata, del Grupo Infettare de la Universidad Cooperativa de Colombia, orientado a evaluar las características fenotípicas y funcionales de las células inmunes llamadas «NK» en mujeres transgénero con distintos niveles de exposición al VIH. Notablemente, estas mujeres transgénero pese a estar en contacto recurrente con el virus, no desarrollan la infección, por lo que el estudio continuado de esta población podría facilitar identificar posibles mecanismos asociados a resistencia natural a la infección por este virus.
De acuerdo con Aguilar Jiménez, el enfoque de este estudio —que inició en el 2023 y cuyos primeros resultados se obtuvieron a finales de 2025— es analizar si las células NK presentan diferencias en su actividad funcional según el nivel de exposición al VIH, evaluando tanto sus características fenotípicas —es decir rasgos físicos observables como el color, la forma o el tamaño— como su capacidad de respuesta antiviral.
Las células NK —del inglés natural killer— son una subpoblación del sistema inmune innato encargada de responder de manera rápida frente a infecciones. A diferencia de otras del sistema inmunológico, no requieren reconocer un patógeno específico para activarse, permitiéndoles actuar de forma inmediata. Su función principal es identificar y eliminar células infectadas o alteradas —como aquellas que albergan virus o presentan procesos tumorales—, lo que las convierte en un elemento clave en la defensa del organismo frente a infecciones virales como el VIH.
«Al iniciar la investigación, nuestra hipótesis era que las mujeres transgénero con mayor exposición al virus podrían tener células NK más activadas o “entrenadas”. Es decir, que, al estar en contacto repetido con el virus, estas aumentarían la producción de moléculas antivirales como la perforina y el rantes—proteínas que ayudan a destruir células infectadas y a bloquear la replicación del virus—, contribuyendo a una respuesta antiviral más eficiente que podría limitar la replicación viral durante las etapas tempranas de la exposición y evitar que la infección se establezca en el organismo», explicó Aguilar Jiménez.
Para Evaluar esta hipótesis, el estudio comparó dos gruos de mujeres trans-
género clasificados según su nivel de exposición al virus. Mientras que el de alto riesgo incluía personas con más de 100 parejas sexuales en los últimos tres meses, el de menor riesgo estaba conformado por quienes reportaban menos de 13 en ese mismo periodo. Aunque la diferencia entre ambos es significativa, el investigador advierte que, incluso en el de menor riesgo, los niveles de exposición siguen siendo altos frente al promedio de la población general.
En el laboratorio, las células NK extraídas de las participantes se pusieron en contacto con células infectadas con VIH para evaluar su capacidad de respuesta. «Observamos una menor cantidad de p24 —una proteína del virus que indica su nivel de replicación—, sugiriendo que las células NK pueden contribuir a reducir la replicación viral en este modelo experimental», explicó Aguilar Jiménez.
Según Aguilar Jiménez, aunque estos resultados evidencian una capacidad importante de las células NK para suprimir la replicación del virus, no se encontraron diferencias significativas en su comportamiento general entre los grupos de alto y bajo riesgo. Sin embargo, en las mujeres transgénero con mayor exposición se observó un aumento en la producción de moléculas asociadas a la actividad antiviral, indicando una respuesta inmune más activa como resultado del reto viral más frecuente en ellas y que podría repercutir en una mejor respuesta inmune y protección frente al virus.
De cara a estos hallazgos, el investigador advirtió que, si bien aportan información sobre posibles diferencias inmunológicas asociadas a la exposición al VIH y posiblemente a la protección frente al virus, se trata de resultados preliminares y el estudio continúa en curso con el objetivo de ampliar la muestra y profundizar en el análisis.
A lo anterior se suma otro factor que pudo influir en los resultados obtenidos: el uso de terapias de reemplazo hormonal. De acuerdo con Aguilar Jiménez, distintos estudios han mostrado que este tipo de tratamientos puede modificar la expresión de ciertas moléculas en las células, como el receptor CCR5 —una de las principales puertas de entrada del VIH—, incidiendo en la susceptibilidad a la infección y en la respuesta del sistema inmune. Esta variable, señaló, debe ser considerada para comprender de manera más precisa el comportamiento de las células NK en las mujeres transgénero, dado que las diferencias en el uso, tipo y seguimiento de las terapias hormonales podrían influir en la respuesta inmune observada.
Otras líneas de investigación para entender y enfrentar el VIH En esa misma línea de comprender cómo se comporta el virus en distintos contextos, el Grupo de Inmunovirología —con más de 25 años de investigación en VIH— adelanta un proyecto sobre la dinámica de transmisión del virus en Colombia, con énfasis en la relación entre población local y migrante. A partir de datos clínicos, sociodemográficos y genéticos, el estudio busca comprender cómo circula entre ambos grupos, considerando las barreras de acceso a servicios de salud y al tratamiento antirretroviral asociadas al fenómeno migratorio.
La población migrante objeto de estudio corresponde a la venezolana , por ser
la de mayor presencia en el país. Según datos de Migración Colombia, del total de 7,8 millones de personas que han salido de Venezuela, cerca de 2,83 millones residen en Colombia. El mayor flujo se registró en 2018, cuando ingresaron más de 769 000 personas al territorio nacional, lo que representó un incremento superior al 300 % frente al año anterior.
«Mediante el secuenciamiento de genomas virales y análisis de sus relaciones evolutivas buscamos identificar posibles cadenas de transmisión compartidas entre locales y migrantes. Nuestra hipótesis es que las dificultades en la continuidad del tratamiento podrían reducir la supresión viral y favorecer la propagación del VIH. Aunque los análisis evolutivos y filogenéticos se encuentran en etapas iniciales, ya logramos estandarizar, en conjunto con el Grupo One Health de la Universidad Nacional de Colombia y la Alianza genómica de Medellín, una metodología para el secuenciamiento del genoma completo del VIH y obtener los primeros 40 genomas virales de pacientes en Colombia, lo que representa un avance importante para este tipo de estudios en el país», explicó Aguilar Jiménez.
De acuerdo con el investigador, esta capacidad técnica no solo permitirá comprender mejor cómo la migración puede influir en la dinámica de transmisión del VIH, sino que también podría fortalecer en el futuro estrategias de vigilancia genómica similares a las implementadas durante la pandemia de SARS-CoV-2 y el brote de Mpox. Además, una vez validada, esta metodología podría contribuir a reducir costos y ampliar el acceso a pruebas de genotipificación para la detección de mutaciones de resistencia a antirretrovirales, facilitando decisiones terapéuticas más precisas y oportunas.
A estos esfuerzos se suma una línea orientada al acceso y tratamiento, liderada por la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias —a través de su Planta de Producción de Medicamentos Esenciales—. Gracias a un convenio firmado en 2024 entre la Universidad de Antioquia y los ministerios de Ciencia, Tecnología e Innovación, y de Salud y Protección Social, esta unidad académica avanza en el proceso de investigación, desarrollo, producción, registro y comercialización de dolutegravir triconjugado. Un medicamento antirretroviral que, por primera vez en Colombia, podrá producirse a bajo costo para el tratamiento del VIH y contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de las personas que viven con este virus.
«La misionalidad de la Universidad de Antioquia, enfocada en investigación, docencia y extensión, sigue vigente y, con este medicamento, abrimos la posibilidad de llevarlo a Latinoamérica y otras regiones del mundo, donde los pacientes con VIH no tienen acceso a tratamientos», señaló el decano de la Facultad, Wber Ríos Ortiz.
Tal como lo señaló Juan Carlos Alzate Ángel, además de fortalecer la investigación científica para avanzar en la comprensión del virus y en el desarrollo de nuevas estrategias de prevención y tratamiento, el reto sigue estando en lograr que estos avances lleguen de manera efectiva a las personas. Esto implica no solo ampliar el acceso a los servicios de salud, sino también promover entornos informados que favorezcan el cuidado, la prevención y la toma de decisiones oportunas frente al VIH.
«Mientras persistan el estigma y la discriminación alrededor del VIH, muchas personas evitarán hacerse la prueba o iniciar tratamiento. Por eso, además de los avances científicos, es fundamental fortalecer la educación en salud y garantizar el acceso oportuno a los servicios», concluyó Alzate Ángel.
Hasta el 31 de octubre de 2025 se habían reportado 211 431 personas diagnosticadas con VIH en el país.
Foto: Dirección de Comunicaciones de la UdeA / Alejandra Uribe F.
OLIMPO RESTREPO S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA olimpo.restrepo@udea.edu.co
N.º 751 May-Jun de 2026 · Universidad de Antioquia Dos investigaciones adelantadas en la Universidad de Antioquia, la primera por una antropóloga y la otra por una magister en Física, encontraron que, comunidades prehispánicas de Antioquia, vinculadas al estilo cerámico Marrón Inciso, dominaban técnicas avanzadas de cremación de cadáveres y de fabricación de cerámica, las cuales exigen un control preciso del fuego y de las altas temperaturas. El análisis interdisciplinario de urnas cinerarias y restos óseos, custodiados por el Museo Universitario — Muua—, permitió establecer que estos recipientes fueron elaborados exclusivamente para rituales funerarios complejos, en los que se combinaban conocimientos técnicos, prácticas simbólicas y una cuidadosa preparación de los cuerpos.
Urnas estudiadas en la UdeA evidencian dominio avanzado del fuego en sociedades prehispánicas
La costumbre de incinerar los cuerpos de personas fallecidas no es nueva y está muy extendida en el mundo, pero que antiguos habitantes del país dominaran la técnica de la cremación sin contar con hornos modernos y un combustible fósil o electricidad, para alcanzar las temperaturas necesarias y reducir un cuerpo a cenizas en cuestión de días, es algo poco conocido.
Pero hoy, gracias a estudios de elementos funerarios que custodia el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia —Muua—, se conoce que, sociedades prehispánicas del occidente colombiano, posiblemente relacionadas con la cultura Quimbaya, empleaban, desde hace más de dos mil años, métodos avanzados para la disposición de cenizas y restos óseos en urnas de cerámica.
De esto dan cuenta las investigaciones de Laura Valentina Toro Buitrago, graduada de Antropología, y de Elizabeth Jiménez Gómez, de la Maestría en Física, quienes, desde sus disciplinas, analizaron fragmentos de urnas cinerarias —para cenizas— y
CARLOS
De los 657 elementos asociados al Marrón Inciso que hay en el Muua, 547 son procedentes de varios municipios de Antioquia. A partir de estas piezas se realizaron las dos investigaciones sobre el proceso de cremación y fabricación de cerámica. Foto: cortesía.
restos óseos que estaban dentro de ellas, correspondientes al estilo Marrón Inciso, con un rango cronológico que va del año 500 a. C. al 700 d. C. Se trata de una tradición alfarera prehispánica de la región andina, en la que se destacan, sobre todo, piezas que reflejan costumbres ceremoniales de sociedades del Cauca Medio.
Aunque ambos trabajos provienen de disciplinas y perspectivas diferentes, fueron realizados de forma paralela y con intercambio de información constante entre las entonces estudiantes. En el caso de Laura Valentina, el hallazgo principal fue establecer que las ceremonias fúnebres eran complejas y la práctica de la cremación era un ritual social y simbólico, no improvisado. Elizabeth evidenció, a partir de los conocimientos de las tecnologías de producción, que las urnas usadas para la disposición de los restos eran elaboradas exclusivamente para esos rituales.
El acceso al contenido de los recipientes
Para su investigación, la antropóloga Toro Buitrago analizó dos de las 25 urnas cinerarias, con restos óseos que hay en el Muua, procedentes de los municipios antioqueños de El Santuario y Segovia, y que fueron seleccionadas por tratarse de objetos completos, en buen estado de conservación y ser representativos del estilo Marrón Inciso, lo cual permitía analizar, mejor que en otras piezas, los procesos de manufactura y cremación. El recipiente de El Santuario tiene una altura de 17,1 centímetros y un diámetro de 20,7 cm, mientras la de Segovia mide 11 cm de alto por 17,1 cm en su parte más ancha.
En primer lugar, mediante técnicas como la microexcavación y el análisis tafonómico — estudio de las alteraciones en los restos desde la muerte hasta su hallazgo—, la investigadora pudo mirar el contenido de estas vasijas, sin alterar su estructura. Allí encontró restos humanos cremados y fragmentados, con elementos anatómicos identificables.
Los patrones de alteración térmica reflejan una quema arqueológica típica: prolongada, intermitente y sin el control térmico de un horno moderno. «La evidencia mostró una acción diferencial del fuego sobre las distintas partes del cuerpo, lo cual es esperable en contextos donde la cremación no ocurre bajo condiciones de combustión controlada», dijo Laura Valentina Toro.
«Aunque la cremación era una práctica común, se realizaba de forma rudimentaria. La falta de estructuras cerradas para controlar la temperatura y aislar el cuerpo dificultaba una combustión completa, impidiendo que los restos se redujeran a cenizas», agregó Elizabeth Jiménez Gómez.
Los patrones de alteración térmica y las estructuras preservadas permitieron inferir que los individuos fueron incinerados en posición de decúbito supino —boca arriba—, expuestos a temperaturas de entre 700 y 800 grados Celsius durante varias horas o días.
«La representatividad de falanges —huesos de los dedos— nos indicó que las manos estaban protegidas del fuego directo, revelando un cuidadoso ritual en la disposición del cuerpo», anotó la investigadora Jiménez Gómez.
Además, identificó restos de fauna y tejidos, lo que sugiere la presencia de textiles dentro de las urnas. Estos elementos permiten reconstruir el contexto del ritual como un evento complejo, en el que
Recipiente con restos humanos y textiles encontrado en el municipio de El Santuario, Oriente antioqueño. Foto: cortesía.
el cuerpo no era depositado de manera aislada, sino acompañado y preparado.
«No solo son urnas, son cápsulas de tiempo que incluso protegieron delicados filamentos trenzados y restos de animales, lo cual nos revela que, para esta cultura, el tránsito a la muerte era un evento de alta complejidad simbólica», señaló la antropóloga Toro Buitrago.
Hernán Pimienta Buriticá, asesor de este trabajo de grado y jefe de la División de Cultura y Patrimonio de la UdeA, precisó que «no son objetos reutilizados, son piezas concebidas desde su origen exclusivamente para el contexto funerario. Su elaboración hacía parte del mismo proceso ritual, que incluía la cremación —posiblemente prolongada—, la preparación del cuerpo y su depósito en espacios especialmente seleccionados».
Además, la investigación de Toro Buitrago identificó una relación directa entre los procesos térmicos del yacimiento: tanto la cremación de los cuerpos como la cocción de la arcilla para fabricar las urnas exhiben rangos de temperatura similares. «Esta coincidencia sugiere un conocimiento técnico consolidado y un manejo deliberado del fuego, vinculando ambos procesos bajo una misma complejidad técnica y una clara finalidad ritual», dijo la antropóloga.
La Colección de Antropología del Muua custodia cerca de 35 000 piezas del patrimonio cultural de Colombia. Entre ellas hay 657 elementos asociados al Marrón Inciso, procedentes de Antioquia, Caldas, Quindío y Risaralda. 107 son urnas cinerarias y 19 de ellas contienen restos humanos. Estos objetos reflejan tradiciones ancestrales únicas.
Dos investigaciones adelantadas en la Universidad de Antioquia, la primera por una antropóloga y la otra por una magister en Física, encontraron que, comunidades prehispánicas de Antioquia, vinculadas al estilo cerámico Marrón Inciso, dominaban técnicas avanzadas de cremación de cadáveres y de fabricación de cerámica, las cuales exigen un control preciso del fuego y de las altas temperaturas. El análisis interdisciplinario de urnas cinerarias y restos óseos, custodiados por el Museo Universitario — Muua—, permitió establecer que estos recipientes fueron elaborados exclusivamente para rituales funerarios complejos, en los que se combinaban conocimientos técnicos, prácticas simbólicas y una cuidadosa preparación de los cuerpos.
Análisis de la cerámica
La antropóloga también aplicó un método de petrografía, que consiste en observar secciones delgadas de cerámica en microscopio óptico, lo que permitió estudiar la composición y técnicas de fabricación de las urnas.
Es en esta parte donde su trabajo se encuentra con el de Elizabeth Jiménez Gómez, quien analizó 13 fragmentos de urnas cinerarias, también custodiadas por el Muua y del periodo Marrón Inciso, mediante técnicas complementarias que permiten ir más allá de lo que se ve a simple vista.
La magister en Física explicó que «la examinación macroscópica de las piezas ha dado grandes avances en la investigación cerámica. Pero como nuestros ojos, como cualquier herramienta, tienen sus limitaciones, las técnicas utilizadas aquí tienen una mayor resolución, lo que nos permite ver cosas invisibles a simple vista», en referencia al uso de Fluorescencia de Rayos-X, Difracción de Rayos-X y Microscopia Electrónica de Barrido, para tener una imagen más integral de cada una de las piezas analizadas.
Proceso de separación manual de elementos para el estudio de cada urna. Foto: cortesía.
CARLOS OLIMPO RESTREPO S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA olimpo.restrepo@udea.edu.co
La fluorescencia se usó para identificar cuáles elementos químicos componen la cerámica — hierro, calcio, sílice y otros—; la difracción permitió reconocer los minerales específicos presentes en las urnas —como cuarzo, feldespatos o minerales arcillosos—, ya que cada uno de estos produce un patrón característico al interactuar con esa radiación, y la microscopía permitió observar, con gran aumento, la morfología interna de los fragmentos, hasta identificar cómo están distribuidos los granos, la porosidad y posibles inclusiones de materiales diferentes a los predominantes.
Además de ratificar que las urnas se hicieron exclusivamente para rituales funerarios, esta investigación también estableció que las temperaturas máximas alcanzadas para la cocción de las cerámicas —entre 600 y 900 grados Celsius— son comparables a las utilizadas en la cremación de los individuos en esa época, lo cual sugiere un dominio técnico del fuego, que incluía control de temperatura y manejo del tiempo de cocción.
El estudio de la composición mineralógica mostró que las arcillas utilizadas eran probablemente locales, pero no elegidas al azar, con lo cual se determinó una intención clara de los integrantes de estas sociedades de trabajar con materiales de calidad, seleccionados y preparados para cumplir una función específica.
Incluso fue posible, fechar los eventos de cremación mediante el análisis de carbón vegetal hallado en el interior de las urnas, una alternativa clave cuando los restos humanos no conservan las condiciones necesarias para ser datados. Alrededor del año 1530 antes del presente —AP— para la urna de Segovia y del año 1210 AP para la de El Santuario. Esta precisión se alcanzó gracias a pruebas realizadas en el laboratorio Beta Analytic, de Miami, Estados Unidos, con amplia experiencia en datación mediante diferentes métodos.
En conjunto, estos hallazgos no solo afinan la comprensión sobre el estilo cerámico prehispánico, sino que abren preguntas más amplias sobre la organización social, los rituales y las concepciones de la muerte en las comunidades de donde proceden las urnas.
«Lo que logramos con este trabajo es entender, desde un punto de vista físico y químico, cómo están hechas estas cerámicas, cuáles son los minerales que las componen y a qué condiciones fueron sometidas durante su fabricación, utilizando técnicas experimentales de alta precisión que nos permiten ir más allá de la descripción cualitativa tradicional y aportar información mucho más detallada acerca del manejo y procesamiento de materias primas, las temperaturas y posibles técnicas de cocción de estas urnas», aseguró Oscar Luis Arnache Olmos, docente del Instituto de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.
Este investigador, quien fue director de la tesis de Elizabeth Jiménez Gómez, agregó que «el aporte desde la física es justamente poder entregar información que antes no se tenía, porque los arqueólogos, en general, trabajan mucho desde la descripción cualitativa, mientras que nosotros, con estas técnicas, podemos determinar con precisión la composición, las
propiedades y el comportamiento de los materiales, y la combinación de ambas perspectivas nos permite interpretar mejor estos objetos». Con las dos investigaciones, se ratifica que, cuando disciplinas científicas diferentes intercambian información, el resultado no es solo una suma mecánica de saberes, sino que se obtiene una lectura más completa: en este caso, las urnas dejan de ser únicamente piezas arqueológicas y se convierten en evidencia simultánea de tecnología, cultura y pensamiento.
Métodos empleados en otros contextos
Diversas investigaciones desarrolladas en América Latina muestran que el uso de técnicas provenientes de la física y la química para estudiar cerámicas funerarias y prácticas de cremación prehispánica es hoy una línea consolidada en la arqueología. En países como México, Brasil y Perú se han realizado estudios interdisciplinarios sobre urnas cinerarias, ritualidad y tecnologías del fuego mediante herramientas como Fluorescencia de Rayos-X, Microscopía Electrónica, análisis mineralógicos y reconstrucciones tridimensionales.
Algunas investigaciones en la Amazonia brasileña, por ejemplo, han encontrado urnas con restos humanos, fauna y materiales rituales asociados, en contextos comparables a los analizados por las investigadoras de la Universidad de Antioquia en piezas del estilo Marrón Inciso.
En ese panorama regional, el principal aporte de las investigaciones adelantadas en la UdeA radica en la integración simultánea de múltiples niveles de análisis sobre un mismo conjunto funerario: microexcavación controlada de urnas, estudio tafonómico —proceso
Además de ceniza, en las urnas cinerarias estudiadas se encontraron fragmentos de huesos humanos. Foto: cortesía.
de fosilización— de restos humanos cremados, petrografía, física de materiales y análisis arqueométricos complementarios, articulados con la interpretación ritual y simbólica de los contextos funerarios.
Esa combinación interdisciplinaria, aplicada específicamente al estilo Marrón Inciso, permite entender las urnas no solo como objetos cerámicos o contenedores de restos humanos, sino como evidencia de conocimientos técnicos avanzados, prácticas rituales complejas y formas de pensamiento de las sociedades prehispánicas del occidente colombiano.
Además de ceniza, en las urnas cinerarias estudiadas se encontraron
Se trata de un proyecto científico que ha permitido rastrear el ADN de 183 especies de peces y conocer más a fondo su dinámica y el estado de los entornos que habitan. El conocimiento recopilado se encuentra en la Colección de Ictiología de la UdeA, centro de referencia para investigadores de todo el mundo, fruto de distintos convenios entre la Universidad de Antioquia y Empresas Públicas de Medellín. Gracias a este trabajo, se creó un catálogo molecular con datos de 1270 especímenes y se fortaleció este acervo biológico, patrimonio de la Nación.
CARLOS OLIMPO RESTREPO S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA olimpo.restrepo@udea.edu.co
Los caminos para construir la biblioteca genética digital de los peces de la cuenca del Magdalena
Atrapar un pez de la cuenca del río Magdalena puede resultar fácil y rápido para un pescador, pero capturar especímenes para identificarlos genéticamente es un trabajo minucioso, en el que científicos de la Universidad de Antioquia y de Empresas Públicas de Medellín —EPM— llevan casi dos décadas trabajando, gracias a lo cual cuentan hoy con una de las mayores bases de datos sobre estos animales de agua dulce en Colombia.
En un artículo publicado en Scientific Data, del portafolio de la revista Nature, el equipo de investigadores, liderados por la profesora Luz Fernanda Jiménez Segura, coordinadora del Grupo de Ictiología —Giua—, adscrito al Instituto de Biología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, reportó los datos de 1270 especímenes, que conforman un catálogo molecular, es decir, un registro ordenado que identifica la huella de ADN de cada individuo.
Este inventario funciona como una biblioteca genética de referencia, cuyo valor radica en que permite a los científicos identificar con precisión las especies de la cuenca. «Lograr esta distinción es clave para comprender sus hábitos de vida, estrategias reproductivas y desafíos de supervivencia. En última instancia, este conocimiento es el insumo fundamental para diseñar mejores estrategias de conservación; después de todo, primero debemos conocer bien para poder cuidar bien», señaló Andrés Felipe Galeano Moreno, profesional ambiental de EPM.
En este repositorio se almacena la información del ácido desoxirribonucleico de las especies, a partir de una técnica llamada DNA barcoding —código de barras de ADN—, y se clasifica de una manera ordenada, con el fin de que los interesados puedan consultar el material. Para ello, deben solicitar autorización en el correo grupoictiofauna@udea.edu.co.
La docente Jiménez Segura precisó que, durante más de 20 años, el grupo ha acompañado los monitoreos a la fauna que EPM debe hacer por licenciamiento ambiental en sus diferentes embalses, en especial en los de las subregiones del Norte y Nordeste de Antioquia, donde se destacan Porce II y III, y, más recientemente, Riogrande.
«En 2017 empezamos a plantearnos preguntas más profundas, por ejemplo, qué estaba pasando con las poblaciones de algunas especies en el sistema Porce, que venían disminuyendo en abundancia. Nos dimos cuenta de que para responder necesitábamos ampliar la investigación, buscar por fuera de esa cuenca», recordó la docente Jiménez Segura.
Esas y otras inquietudes sentaron las bases para que el Giua y EPM firmaran un nuevo convenio. Entendieron que para comprender lo que pasaba en Antioquia debían mirar el mapa
completo, ya que el río Porce y los embalses locales son ramificaciones de una red mucho mayor. El objetivo pasó a ser el rastreo de la mayor cantidad de peces del Magdalena —una macrocuenca que interactúa con más de 500 ríos y miles de quebradas, conectando alrededor de 272 000 kilómetros cuadrados, es decir, casi el 24 % del territorio nacional— y a partir de este crear la biblioteca genética, que hoy es una realidad.»
Daniel Valencia Rodríguez, quien se vinculó al Giua en el 2016 como estudiante del pregrado en Biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, agregó que, además, «vimos todo el potencial que tenía la colección de ictiología de la UdeA y empezamos a plantearnos preguntas en torno a la distribución geográfica de cada especie, a conocer con que otras especies habitan y cuáles son las condiciones ambientales en las que viven».
Para construir este inventario, el equipo emprendió un rastreo histórico de las «localidades tipo», es decir, los puntos exactos donde los exploradores del pasado describieron cada especie por primera vez. Inicialmente, los investigadores elaboraron un listado de los sitios que visitó el ictiólogo germano-estadounidense Carl Eigenmann en 1912 y recorrieron ríos como Magdalena, Cauca, además de otros por fuera de esa cuenca, como el Catatumbo.
Uno de los mayores desafíos de esa exploración de años recientes fue la dificultad para ingresar a algunos lugares, tanto por razones físicas —terrenos quebrados, selvas— como de seguridad, a raíz del conflicto armado, pero para los científicos era necesario hacerlo, porque tenían claro que había un vacío en la información ictiológica de muchas zonas en esa macrocuenca articulada. Pero tras el acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y las Farc, a partir de 2017, pudieron empezar a acceder a gran parte de esos territorios.
Trabajo científico a detalle
En estas expediciones, los científicos «no solo recolectaron ejemplares físicos, sino que también tomaban muestras de tejido de ellos para poder extraer ADN y secuenciar algunos genes», relató la docente Luz Fernanda Jiménez Segura.
Los investigadores recorrieron amplias zonas del país durante casi dos décadas y producto de esto se creó la gran biblioteca digital de peces de la cuenca del río Magdalena. Foto: José Luis Londoño, Grupo de Ictiología de la UdeA.
En el laboratorio del Grupo de Ictiología, los investigadores estandarizaron el uso de marcadores genéticos, que son fragmentos de ADN que funcionan como una "huella digital" para identificar especies. Esto permite diferenciar organismos que son morfológicamente muy similares, identificar larvas cuya apariencia cambia durante el desarrollo e, incluso, reconocer especies a partir de ADN ambiental —eDNA—, es decir, del material genético que los organismos liberan de forma natural al agua.
Combinados con técnicas de secuenciación masiva de nueva generación y análisis de metabarcoding, estos marcadores hacen posible detectar simultáneamente decenas o cientos de especies presentes en una única muestra de agua, sin necesidad de capturar los organismos. Esta aproximación representa una herramienta innovadora para el monitoreo de la biodiversidad, ya que permite evaluar de manera rápida, precisa y no invasiva la composición de las comunidades de peces.
Las secuencias genéticas obtenidas se integraron con fotografías de alta resolución tomadas mediante el sistema Photafish, diseñado especialmente para registrar las características físicas de los peces. Posteriormente, toda la información se almacenó en la plataforma CavFish Colombia, donde la unión entre el ADN y las imágenes permitió confirmar la identidad exacta de cada pez. Este proceso fue la base para crear una biblioteca virtual de «códigos de barras de ADN», la cual reúne información de 1270 individuos pertenecientes a 183 especies, 90 géneros y 36 familias de peces de la cuenca del río Magdalena.
Andrés Felipe Galeano Moreno, profesional ambiental de EPM, enfatizó en que el objetivo inicial no era solo saber cuántas especies había, sino comprender cómo las actividades humanas afectan los ecosistemas acuáticos. «Conocer qué peces existen, cómo viven y cómo cambian sus poblaciones, nos permite diseñar medidas para prevenir, corregir o compensar impactos», aseguró.
Por eso, en el proyecto también se analizó la salud de peces nativos y se hallaron altos niveles de estrés fisiológico, asociados a contaminantes, parásitos, introducción de especies no nativas y alteraciones ambientales. Galeano no dudó al afirmar que «tenemos peces enfermos y tenemos cuencas muy enfermas».
Pero este descubrimiento permitió desarrollar, de manera paralela al proyecto científico, una estrategia de conservación para la sabaleta —Brycon henni— un pez endémico de
Colombia, tras estudiar en profundidad su genética, los movimientos por las diferentes corrientes, su reproducción y su hábitat, para entender cómo respondía al aislamiento de sus poblaciones.
Otro logro que destacaron la profesora Jiménez Segura y Galeano Moreno fue el redescubrimiento en 2023 del capitán de Medellín —Astroblepus dux— en la quebrada Santa Elena, del que solo existía la descripción realizada en 1909 por el médico Andrés Posada, pero del que no se tenía un ejemplar tipo, es decir, un espécimen físico que sirve de referencia como modelo o patrón para los científicos.
Todos estos datos y los individuos capturados están en la Colección de Ictiología de la UdeA. Al comparar el estado de este repositorio antes y después de la investigación, la profesora Jiménez Segura sostuvo que «se duplicó el número de especies y el de ejemplares, lo cual ha servido para posicionarlo, en años recientes, como un centro de referencia para investigadores de todo el mundo. Constantemente tenemos visitas de especialistas brasileños, estadounidenses, colombianos y de otras nacionalidades y, hacemos colaboraciones con otras instituciones; una de ellas con el Escuela Politécnica Federal de Zúrich —ETH-Zurich— en un proyecto global —WildinSync— que usa nuestra biblioteca de
La Colección de Ictiología de la Universidad de Antioquia almacena información de 208 especies de peces del río Magdalena, identificadas en 815 sitios diferentes, es decir, el 87 % de las especies descritas para la cuenca. También se encuentran datos de los ríos Atrato, Catatumbo y Dagua, entre otros.
genes para determinar, a partir del ADN contenido en muestras de agua de ríos y océanos, las especies que los habitan».
Esta base de datos molecular representa un hito crítico, ya que la velocidad de la degradación ambiental, con la consecuente y acelerada pérdida de especies, supera la capacidad de los métodos tradicionales de estudio. «Nuestra comprensión de la diversidad y distribución de las especies de peces no progresa tan rápidamente como las transformaciones antropogénicas que ocurren en estos ambientes
acuáticos», aseguraron los investigadores en el artículo científico.
Por esto, contar con herramientas genéticas avanzadas no es solo un logro académico, sino una necesidad urgente para la toma de decisiones ecológicas. La falta de este conocimiento debilita la toma de decisiones en proyectos de desarrollo, lo que puede poner en grave riesgo la biodiversidad si no se implementan medidas de manejo adecuadas, advirtieron los investigadores.
Más allá de la investigación y de los logros científicos, el trabajo de campo llevó a los académicos de la UdeA y de EPM a conocer de cerca las poblaciones rurales. El éxito del proyecto dependió, en gran medida, de los habitantes de esas zonas, quienes los apoyaron para alojarse e ingresar a lugares difíciles. «Mientras caminábamos, hablábamos, compartíamos experiencias (…) fue muy enriquecedor darnos cuenta de otras realidades de las cuales muchas veces somos ajenos en la Universidad», recordó Daniel Valencia Rodríguez.
Para el científico —quien actualmente realiza su doctorado en el Instituto de Ecología de Xalapa, México—, las dos décadas de datos acumulados se tradujeron en una herramienta real de protección. Al consolidar el esfuerzo de muestreo más grande realizado sobre la cuenca del río Magdalena, desde el altiplano hasta su desembocadura, esta biblioteca de genes no solo revela qué hay en el agua, sino que entrega la base científica definitiva para frenar el deterioro de los ríos y asegurar la conservación de la fauna dulceacuícola en Colombia.
Este trabajo forma parte de un esfuerzo científico global, con el que se busca establecer bibliotecas de ADN de peces marinos y de agua dulce. Existen proyectos idénticos en metodología y objetivos en diversas regiones del mundo, como el bajo Paraná, en Argentina; en el río Yuanhjiang, en China, o en el Misisipi, en Estados Unidos, por citar solo algunos.
Además de la UdeA, en Colombia, el Instituto Humboldt, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas y las universidades Nacional, del Valle, de Los Andes, entre otras, han adelantado proyectos similares en regiones como la Amazonia, la Orinoquia, la del Pacífico o las de las cuencas de las montañas que proveen de agua a los embalses en Antioquia.
El reciente nombramiento de Medellín como Capital Mundial del Libro para 2027 pone en el radar el robusto ecosistema de lectura de la ciudad. Detrás del éxito de sus redes de bibliotecas públicas y comunitarias se encuentra un motor académico fundamental: la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la UdeA, que a lo largo de siete décadas no solo ha teorizado desde las aulas, sino que además ha configurado el territorio a través de la formación de líderes comunitarios, el acompañamiento técnico a bibliotecas populares en los años más complejos de la violencia urbana y la cocreación de políticas públicas.
CARLOS OLIMPO RESTREPO S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA olimpo.restrepo@udea.edu.co
El motor que impulsa las bibliotecas de Medellín está en la UdeA
En la Medellín de los años noventa del siglo XX ser bibliotecario o promotor de lectura era un oficio difícil. Luis Bernardo Yepes Osorio lo aprendió cuando se convirtió en uno de los primeros profesionales contratados por la Fundación Ratón de Biblioteca, para trabajar en salones, casas u otros espacios de la zona nororiental de la ciudad, adaptados por sus habitantes como depósitos de libros y centros de lectura, sin mayor conocimiento sobre cómo clasificar y disponer el material con que contaban.
Aunque ese era un reto profesional grande, la mayor dificultad era ganarse la confianza en comunidades afectadas por bandas asociadas al narcotráfico o por milicias de grupos guerrilleros, que impusieron límites violentos en cuadras y calles, donde la llegada de alguien ajeno generaba sospechas y acciones inmediatas, y ponía en riesgo la vida del visitante y de quienes lo acogían.
El docente e investigador Didier Álvarez Zapata también vivió experiencias similares. En la década de los años 80, cuando tenía 15 años, se acercó a un proyecto de biblioteca en Manrique, su barrio. «Yo tenía solo dos opciones: o me sumaba a iniciativas de trabajo comunitario o me tragaba la alcantarilla que en ese momento estaba devorando esos sectores, por la emergencia de las economías ilícitas y por las culturas violentas», recordó.
En esas condiciones, Luis Bernardo y Didier encontraron en la Escuela Interamericana de Bibliotecología —EIB— de la UdeA una «línea de vida», esa cuerda que además de sostenerlos con seguridad, les permitió moverse con decisión en unos entornos donde, poco a poco, contribuyeron, junto con otros compañeros de profesión y con ciudadanos del común, a la formación de redes de bibliotecas en Medellín, que hoy son referente para otras ciudades de Colombia y el mundo.
Este vínculo entre la academia y las iniciativas comunitarias nació desde la base misma del sector social. Sandra Zuluaga, directora de la Fundación Ratón de Biblioteca, recordó que, desde 1981, cuando se creó esa organización, buscaron a la EIB para realizar un censo conjunto y mapear las bibliotecas que las madres y los sacerdotes organizaban en los templos de los barrios populares.
«Esto ocurrió en un año en que era muy difícil encontrar textos de calidad en Medellín, tanto por sus altos precios como por las malas condiciones de los espacios», relató Zuluaga, quien destacó que, desde entonces, la Escuela mantiene una formación de profesionales con un liderazgo comunitario muy significativo, capaces de transformar los libros en espacios de encuentro y amistad para escapar de las pantallas.
En la actualidad, el ecosistema de lectura y acceso a la información en la capital antioqueña está configurado por dos grandes grupos. Por un lado, se encuentra el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín —SBPM—, que agrupa a 26 instituciones oficiales, reguladas por la Ley 1379 de 2010 y financiadas con recursos estatales, en su mayoría del Distrito.
Por el otro, existe una red conformada por entre 30 y 40 centros, creados y sostenidos por los propios habitantes de los barrios, en ocasiones con apoyo de organizaciones sociales, quienes se encuentran agrupados en diferentes colectivos de carácter comunitario o popular. La mayoría de ellas hacen parte de la Red de Bibliotecas Populares de Antioquia, organización que facilita procesos,
Biblioteca popular en la zona noroccidental de Medellín en la segunda década de este siglo, tomada para la investigación Barrio y Biblioteca, publicada en 2016. Foto: cortesía Escuela Interamericana de Bibliotecología UdeA.
gestiona proyecto y apoya la formación y cualificación de quienes gestionan esos lugares.
Un camino paralelo en torno a los libros y la lectura Para entender el crecimiento y la consolidación de las redes de bibliotecas de Medellín, es necesario repasar la historia de la EIB. En la década de los años 50 Colombia tenía pocos profesionales en la clasificación y administración de colecciones de libros y la mayoría de este trabajo se dejaba en manos de tecnólogos y de conocedores empíricos de esta labor.
En Bogotá existían dos centros de formación, pero con la creación de la Biblioteca Pública Piloto, en 1952, Medellín y Antioquia sintieron la necesidad de suministrar educación avanzada en esta disciplina y en 1956, con el apoyo de directivos universitarios y de funcionarios de la Organización de Estados Americanos y de la Fundación Rockefeller, se estructuró la EIB como una nueva unidad académica de la Universidad de Antioquia, la cual empezó a recibir estudiantes al año siguiente.
Con el paso de las décadas, la Escuela, más que ser un lugar de formación limitado a las aulas, expandió sus actividades hacia afuera de la ciudad universitaria, hasta convertirse en un pilar fundamental para el crecimiento y mantenimiento de los espacios de lectura para los habitantes de Medellín, donde docentes y estudiantes, junto con las personas de los barrios, aportaron a la construcción de un tejido social diferente al que proponían las economías ilícitas.
En este sentido, es necesario destacar que la EIB es pionera en la creación de una cátedra específica sobre bibliotecas públicas, orientada hacia la promoción del trabajo comunitario entre los profesores y los estudiantes.
El caso de la profesora Orlanda Jaramillo, y muchos de sus alumnos, es una muestra de esto. «Ir a barrios como Santo Domingo Savio o el Popular era una cita obligatoria. Ese trabajo comunitario empezó desde 1982, al incursionar con el acompañamiento a bibliotecas populares», recuerda la docente jubilada, quien veía en esos espacios no solo estanterías o libros arrumados, sino refugios contra la violencia urbana.
Para ella, la Escuela y en general la universidad «siempre buscan llegar a las comunidades y no hacer teoría aislada, es una filosofía institucional que se traduce en un compromiso ético y práctico, en el cual las comunidades locales son el eje central del quehacer académico».
Elaboración de políticas para el sector Este no es el único aporte de la EIB a la consolidación de las diferentes redes de centros bibliográficos en la capital de Antioquia. Representantes de la Escuela y de sus egresados, junto con profesionales de la Biblioteca Pública Piloto, de la Secretaría de Cultura y de Comfenalco construyeron, en 2004, el Plan Maestro para los Servicios Bibliotecarios Públicos de Medellín.
Para esto se hizo un diagnóstico del sistema, en el que se analizaron variables demográficas, urbanísticas y de cobertura educativa, que permitió identificar sitios para construir nuevas infraestructuras, y además se sentaron las bases para unificar catálogos y otros procesos de toda la red.
«La Escuela coordinó las conversaciones y de ahí surgió la iniciativa para la construcción de nueve parques biblioteca, los cuales se volvieron el núcleo dinamizador de la cultura y de la educación en los barrios», destaca la docente Jaramillo, quien participó en ese proceso.
No solo las entidades oficiales se incluyeron en esta política. Las bibliotecas populares también fueron escuchadas e incluidas en la construcción de esa política pública, en buena medida gracias al trabajo de egresados de la Escuela.
«Estuvimos ayudando en asesoría, en acompañamiento, en todo lo que fuera necesario y posteriormente en la puesta en marcha del Plan», expresó Luis Bernardo Yepes Osorio, ya para 2004 un experimentado egresado de la EIB, con trayectoria en el sector público y en las bibliotecas barriales comunitarias y populares.
Este trabajo de proyección universitaria sigue vigente hoy, con la Juntanza Bibliotecaria, que desde 2015 reúne a profesionales y líderes del sector para compartir ideas sobre cómo fortalecer la articulación entre bibliotecas públicas, escolares, comunitarias, universitarias, académicas, especializadas y centros de documentación de Medellín.
Como explica la profesora Sandra Patricia Bedoya, la meta es «que todas estas bibliotecas se articulen y tengan una mirada conjunta de las necesidades de la ciudad en términos de servicios bibliotecarios y que, mediante la investigación académica, se generen productos de apropiación para la comunidad, con beneficios reales para los territorios».
Por todo lo anterior, la docente Bedoya consideró que el impacto de la EIB en estos 70 años de formación académica, así como en labores de extensión e investigación se puede sentir en las calles y diversos escenarios culturales y sociales de la ciudad. «La Escuela ha trabajado históricamente con líderes de zonas tanto urbanas como rurales de Medellín, donde ha contribuido al desarrollo de proyectos de lectura, procesos de acceso a la información y de recolección de memoria. Todo esto ha beneficiado tanto a las bibliotecas populares y comunitarias como a las públicas», aseguró.
En este sentido, el docente Didier Álvarez consideró que «la Escuela Interamericana de Bibliotecología tiene un compromiso del orden científico y profesional, esencialmente dirigido a estudiar y a intervenir, a mediar en todo lo que son los procesos de la información documental en la vida social».
Álvarez recordó que esos datos que se recogen en los territorios cumplen dos funciones en la sociedad: «La primera es el registro de la cultura en todos sus aspectos (...) y la otra es la conservación del documento como elemento probatorio de los hechos humanos». Así, al proteger el pasado y formar nuevos lectores, la EIB y sus egresados sientan las bases para aportar a la construcción de una ciudadanía cada vez más consciente.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura —Unesco— designó a Medellín como Capital Mundial del Libro para 2027. Según la entidad, la ciudad encabeza el índice nacional de lectura y se destaca por su compromiso con la movilización cultural.
Los retos que plantea el presente Más allá de los logros cosechados por la EIB en estas siete décadas, la evolución de la sociedad en general obliga a la Escuela a pensar en nuevos caminos para acompañar a las comunidades y no ser superadas por una era digital cada vez más vertiginosa.
Para responder a estas demandas, la preparación desde las aulas es fundamental. Como docente de cursos en gerencia, gestión de proyectos y usuarios de la información, la profesora Bedoya explicó que el enfoque actual de las materias busca consolidar un perfil en los estudiantes para que estos «puedan afrontar los retos que nos exige el contexto informacional».
En este sentido, la formación promueve el desarrollo de competencias que trascienden el manejo técnico de la información e incorporan capacidades para la gestión del conocimiento, el liderazgo de proyectos, el análisis de datos, la toma de decisiones, la innovación y el uso estratégico de las tecnologías digitales. Este enfoque responde a las transformaciones que viven las bibliotecas y demás instituciones de información y documentación, las cuales demandan profesionales con capacidad de adaptación, pensamiento estratégico y compromiso con la generación de conocimiento y el desarrollo social.
Esta necesidad de renovación también se siente con fuerza en los barrios. Sandra Zuluaga, directora de la Fundación Ratón de Biblioteca, advirtió que el gran desafío está en conectar las herramientas tecnológicas con las necesidades básicas de aprendizaje. «Hoy tenemos unas carencias inmensas en niños para aprender a leer. La biblioteca escolar es un lugar muy importante que la Escuela de Bibliotecología podría ayudar a potenciar», sostuvo.
Las bibliotecas comunitarias de Medellín han contado con el apoyo de estudiantes y profesores de la EIB desde su fundación. Foto: cortesía Escuela Interamericana de Bibliotecología UdeA.
Investigadoras de la Universidad de Antioquia de los campus Carepa —en Urabá— y Medellín desarrollaron un bioinsumo a partir de un hongo nativo del Urabá como alternativa sostenible a los fungicidas químicos usados para combatir la sigatoka negra, una de las enfermedades más devastadoras para los cultivos de banano y plátano en el mundo y responsable de millonarias pérdidas económicas, además de afectaciones ambientales asociadas al uso intensivo de agroquímicos.
Un hongo nativo del Urabá, alternativa sostenible contra la sigatoka negra
Durante un año de investigación, Carolina Montoya Vallejo, doctora en Ingeniería Química, y la joven investigadora e ingeniera bioquímica Yennifer Adriana Hinestroza Durango, bajo la asesoría de las doctoras Natalia Gómez y Marcela Escobar, trabajaron en el desarrollo de un bioinsumo para controlar la sigatoka negra en cultivos de banano y plátano en el Urabá antioqueño. La propuesta utiliza compuestos naturales producidos por el hongo Trichoderma sp., una especie autóctona reconocida por su capacidad para controlar patógenos, encapsulados en quitosano, un biopolímero —material de origen biológico— obtenido de residuos de crustáceos.
La sigatoka negra, causada por el hongo Pseudocercospora fijiensis —antes Mycosphaerella fijiensis—, es uno de los principales problemas que afectan los cultivos de banano y plátano en el mundo. En Colombia, la subregión de Urabá —mayor productora y exportadora de banano del país— es especialmente vulnerable. El control de esta enfermedad se realiza, en su mayor parte, mediante la aplicación masiva de fungicidas químicos que, además de ser costosos, generan impactos ambientales y sobre la salud humana, y enfrentan restricciones cada vez más severas en los mercados internacionales de exportación.
«Esta enfermedad usualmente la controlan de forma química, por eso este proyecto ofrece como alternativa el control biológico usando los metabolitos que produce Trichoderma sp., sin tener que recurrir al uso intensivo de agroquímicos que ya sabemos que causan problemas ambientales, afectaciones a la salud y elevados costos de producción», como afirma Hinestroza Durango.
N.º 751 May-Jun de 2026 · Universidad de Antioquia
ANDREA CAROLINA VARGAS M. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA acarolina.vargas@udea.edu.co
De acuerdo con datos de la Asociación de Bananeros de Colombia —Augura—, durante 2025 el país exportó más de 133 millones de cajas de banano, de las cuales 82 millones salieron del Urabá antioqueño. La importancia económica de este cultivo hace que la búsqueda de alternativas para controlar la sigatoka negra sea una prioridad para la región.
De un hongo nativo a un bioinsumo
El proceso comenzó con el aislamiento tanto del hongo causante de la sigatoka negra —obtenido a partir de hojas de banano y plátano con infecciones avanzadas— como de cepas de Trichoderma sp., recolectadas en muestras de suelo de Urabá. Después, ambos hongos fueron cultivados en condiciones controladas de laboratorio para favorecer su crecimiento.
A partir de allí, las investigadoras realizaron un proceso de fermentación para obtener los metabolitos —sustancias químicas producidas por los organismos durante su metabolismo y que cumplen funciones como defender, alimentar o regular procesos biológicos— producidos por Trichoderma sp., los cuales fueron extraídos y evaluados en pruebas in vitro para determinar su capacidad de inhibir el crecimiento de Pseudocercospora fijiensis. Posteriormente, estos compuestos fueron encapsulados en quitosano con el propósito de protegerlos de las condiciones ambientales y permitir una liberación controlada de las sustancias antifúngicas. Los resultados mostraron que el bioinsumo logró frenar el desarrollo del patógeno en laboratorio.
Bioinsumo encapsulado para proteger y facilitar la aplicación de microorganismos con potencial de control biológico contra la sigatoka negra. Foto: cortesía.
«Las cepas que utilizamos del hongo son autóctonas de la región. Eso también brinda un plus, porque están adaptadas al entorno y, según la literatura científica, eso favorece los resultados. Con esos extractos se inhibía más del 50 % del crecimiento del patógeno», explicó Montoya Vallejo.
Según las investigadoras, la encapsulación con quitosano mejoró significativamente la efectividad del desarrollo, pues este biopolímero potencia el efecto antifúngico. Los ensayos de laboratorio mostraron que los compuestos encapsulados lograron inhibir entre el 80 % y el 90 % del crecimiento de Pseudocercospora fijiensis, en condiciones comparables a las de un fungicida comercial. Además de incrementar su eficacia, este proceso permitió proteger las sustancias activas frente a las condiciones ambientales.
«Con este bioinsumo le estamos apuntando a un enfoque más ambiental, donde podamos tener una agroindustria más sana, menos tóxica y contaminante. Aquí hay un impacto no solo económico y social, sino también ambiental, algo que difícilmente se logra con los métodos tradicionales», agregó Diana Marcela Escobar Sierra, doctora en Ciencias Químicas y coordinadora del grupo de investigación en Biomateriales de la Facultad de Ingeniería de la UdeA.
El conocimiento como puente entre los campus de la UdeA Si bien el desarrollo del proyecto «Evaluación de la efectividad de un bioinsumo a partir de metabolitos de Trichoderma sp. encapsulado en quitosano, para el control de la sigatoka negra en cultivos de musáceas en la subregión de Urabá» fue posible gracias al financiamiento otorgado por Minciencias tras su selección en la convocatoria del programa «Orquídea: mujeres en la Ciencia 2024», también resultó determinante la articulación entre el programa de Ingeniería Bioquímica del Campus Carepa y los grupos de investigación Bioprocesos y Biomateriales de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Antioquia en el Campus Medellín. «La investigación universitaria no puede
Crecimiento de Trichoderma sp. y Pseudocercospora fijiensis en cultivo dual. De izquierda a derecha se observa cómo Trichoderma sp. coloniza progresivamente el medio de cultivo y limita el crecimiento de Pseudocercospora fijiensis, agente causal de la sigatoka negra. Fotos: cortesía.
quedarse únicamente dentro de los laboratorios de la Universidad en la ciudad. También debe tener la capacidad de llegar a las regiones, dialogar con las necesidades de los territorios y compartir el conocimiento que se produce en esos espacios. Esa es una de las misiones que tenemos como investigadores», afirmó la profesora Marcela Escobar Sierra.
Por su parte, Natalia Andrea Gómez Vanegas, coordinadora del programa de Ingeniería Bioquímica en el Campus Carepa, señaló que este tipo de articulación es benéfico para los campus regionales, en tanto los grupos consolidados en Medellín aportan la infraestructura, la trayectoria y los métodos; mientras que, los equipos en las regiones aportan el conocimiento del territorio, la pertinencia de las preguntas y, en este caso, hasta las cepas autóctonas con las que se trabajó.
Cabe mencionar que el proyecto dejó también otros frutos más allá de los resultados científicos: dos estudiantes de pregrado realizaron sus trabajos de grado en el marco de esta investigación, los laboratorios del Campus Carepa fueron dotados con algunos equipos y reactivos, y se produjeron materiales de divulgación —taller, folletos y videos— dirigidos a las comunidades productoras de la región. Además, dos publicaciones académicas, un artículo en revista y un capítulo de libro, se encuentran actualmente en proceso de publicación.
Aunque los resultados obtenidos hasta ahora corresponden a pruebas realizadas en laboratorio, el trabajo continuará en una nueva fase financiada por el Comité para el Desarrollo de la Investigación —CODI—, en la que Hinestroza Durango desarrollará su trabajo de maestría.
El objetivo de este nuevo proyecto será evaluar el comportamiento del bioinsumo directamente en plantas y ampliar su aplicación a otros cultivos emergentes de la región, como paso previo a futuras pruebas en campo.
Aunque aún queda camino por recorrer antes de que esta alternativa pueda ser utilizada por los productores, la investigación demuestra el potencial que tienen los recursos biológicos presentes en los territorios para responder a problemas locales. En este caso, un hongo nativo de los suelos de Urabá podría convertirse en una herramienta para reducir el uso de fungicidas químicos y contribuir a una producción de banano y plátano más sostenible.
Una trayectoria de investigación frente a la sigatoka negra
Desde hace años, diversos investigadores de la Universidad de Antioquia han buscado alternativas para enfrentar la sigatoka negra sin depender exclusivamente de fumigaciones químicas. Uno de ellos ha sido Winston Quiñones Fletcher, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, quien participó en estudios pioneros sobre moléculas naturales con actividad contra el hongo Pseudocercospora fijiensis.
Ese trabajo científico derivó en desarrollos patentados impulsados por la UdeA junto al sector bananero colombiano, orientados a proteger los cultivos mediante métodos biológicos y no biocidas. La apuesta consiste en activar mecanismos naturales de defensa de la planta y reducir la dependencia de fungicidas sintéticos.
Entre esos avances se encuentra una patente internacional otorgada en Estados Unidos a la Universidad de Antioquia por un método de control biológico basado en sustancias derivadas del hongo Ganoderma lucidum. El desarrollo —realizado en alianza con Augura— utiliza tecnología LED para estimular la producción de moléculas bioactivas con capacidad antifúngica frente a la sigatoka negra, abriendo la puerta a cultivos más sostenibles y con menor carga química.
Restos de medicamentos ampliamente consumidos en Colombia, como acetaminofén, losartán y levofloxacina, terminan con frecuencia en las aguas residuales y pueden llegar a ríos, suelos y cultivos. Ante este problema ambiental, investigadores de la Universidad de Antioquia prueban sonido, catálisis o electricidad para degradar los residuos de fármacos que las plantas de tratamiento actuales no logran eliminar antes de que lleguen a las corrientes hídricas.
CARLOS OLIMPO RESTREPO S. Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA olimpo.restrepo@udea.edu.co
¿A dónde van los medicamentos que tomas? Investigación de la UdeA da pistas para evitar que residuos lleguen al agua
Medicamentos como el acetaminofén, el losartán y la levofloxacina son fundamentales en el tratamiento de patologías como el dolor crónico, la hipertensión y las infecciones bacterianas, enfermedades frecuentes en la población colombiana. Sin embargo, tras cumplir su función terapéutica, una parte significativa de ellos sale inalterada del cuerpo a través de la orina. Estos residuos llegan a los sistemas de alcantarillado, luego a las plantas de tratamiento y, finalmente, a corrientes hídricas en apariencia limpias.
Pero Yudy Martínez Mena, estudiante del Doctorado en Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la UdeA, tenía claro que había un problema de fondo para atacar. «El cuerpo humano no asimila la totalidad de lo que ingiere. Una vez que un medicamento cumple su función, o incluso antes de hacerlo, los riñones lo filtran. Dependiendo de la estructura química del mismo y del metabolismo particular de cada paciente, los porcentajes de excreción varían: el organismo expulsa entre un 2,5 % y un 95 % del principio activo del fármaco a través de la orina», explicó.
Esos residuos se descargan en los sanitarios y van al alcantarillado y de ahí, en teoría, deben llegar a sistemas o plantas de tratamiento de aguas residuales, infraestructuras que remueven arena, materia orgánica, plásticos, grasas e, incluso, agentes patógenos —virus, bacterias y otros—, pero no cuentan con una tecnología capaz de eliminar esos compuestos o principios activos de los medicamentos, por tratarse de elementos moleculares muy pequeños y resistentes.
«La orina es una fuente primaria de contaminación. Muchos de los fármacos que están llegando al medio ambiente salen por la orina que luego pasa por plantas de tratamiento, pero los procesos convencionales no son capaces de eliminarlos», explicó Efraím Serna Galvis, investigador y director de la tesis doctoral de Martínez Mena.
Y ahí empieza el problema, pues esos residuos químicos van a los cuerpos de agua, en apariencia descontaminados, donde permanecen en el tiempo o pasan a los suelos y al aire, alteran la cadena alimenticia humana y animal, con lo cual pueden afectar comportamientos o la reproducción de algunas especies, o generar resistencia bacteriana a los antibióticos, entre otros efectos ya evidenciados por investigadores en el mundo. Por eso, el objetivo del estudio de Yudy Martínez Mena, quien lo adelantó con el Grupo de Investigación en Remediación
Ambiental y Biocatálisis —Girab — del Instituto de Química de la UdeA, fue «evaluar el potencial de los procesos de oxidación avanzada para la degradación de contaminantes farmacéuticos presentes en la orina», es decir, establecer si algunos procesos o métodos alternativos podían descomponer y eliminar esos residuos desde la fuente.
«Trabajar directamente con la orina nos permite enfrentar el contaminante en su estado más concentrado. Es técnicamente más viable tratar un residuo en unos pocos litros que intentar cazar moléculas dispersas en millones de metros cúbicos de un río», precisó la investigadora.
Esta visión la comparte Ricardo Torres Palma, director de Girab, quien por más de 20 años ha estudiado procesos para descontaminar diferentes efluentes con ultrasonido. Para él, el escalado de esta tecnología tiene un límite físico: «No veo este método trabajando grandes volúmenes de agua, porque eso requiere mucha energía. Por eso nos interesamos en la orina en lugares como los hospitales: allí podemos atacar lo más peligroso, lo que realmente queremos eliminar de manera selectiva, cosa que no hacen otros sistemas avanzados de tratamiento de aguas».
La investigación de Yudy Liceth Martínez Mena para la eliminación de fármacos en orina mediante el ultrasonido es de ciencia pura y sienta las bases para que otras disciplinas académicas se interesen en desarrollos posteriores. Foto: Yudy Martínez Mena.
Los resultados de la investigación se encuentran en Journal of Environmental Chemical Engineering, revista científica internacional que publica avances investigativos relacionados con el desarrollo de tecnologías ambientales sostenibles.
Una «sopa química» para descomponer Limpiar la orina no es como filtrar agua de la canilla. Yudy Martínez Mena, y otros investigadores del Girab, se enfrentaron a lo que la ciencia se denomina matriz compleja, pues buscaban eliminar los principios activos de los tres medicamentos —acetaminofén, losartán y levofloxacina—, sin alterar o desaparecer los componentes naturales del líquido que expulsa el cuerpo, para conservar su potencial como recurso natural.
«Tuvimos en cuenta que la orina es una matriz complicada y es cambiante. Lo que funciona en agua destilada —la descomposición de los fármacos— falla con la orina, pues la urea y las sales de esta compiten por atrapar agentes químicos que deberían destruir el medicamento y terminan descompuestas también», explicó la investigadora.
Por eso, lo primero que hicieron fue crear una base acuosa con urea, sales, glucosa y otras sustancias básicas, a la cual agregaban los principios activos de los medicamentos ya mencionados, para simular la orina de un paciente en tratamiento, que luego era sometida a tres procesos diferentes para eliminar los compuestos ajenos a la excreta: sonoquímico, catalítico y electroquímico.
Para el procedimiento sonoquímico, también llamado ultrasonido, el equipo científico trabajó con varios lotes de 200 mL de orina sintética —que simula una micción humana normal—, con una concentración promedio de los tres fármacos estudiados, similar a la que el organismo expulsa. En este caso, se utilizó un equipo que emitía ondas sonoras hacia un recipiente de vidrio, las cuales generan microburbujas que, al colapsar, producen una energía capaz de producir agentes degradantes y romper las moléculas de los medicamentos problemáticos, como cristales golpeados por un martillo, y las convierten en sustancias menos tóxicas.
«El ultrasonido es muy selectivo: dentro de todo ese montón de componentes que hay en la orina, nos permite enfocarnos casi exclusivamente en atacar los fármacos objeto del estudio», afirmó Efraím Serna Galvis.
En este sentido, Martínez Mena explicó que «el ultrasonido tiene una selectividad principal hacia compuestos con una estructura química más hidrofóbica —repelente al agua—, que suele ser la de los principios activos de los medicamentos».
En el proceso catalítico o Fenton se usaron muestras de 50 mL de orina, también con concentraciones controladas de los fármacos. Este sistema consiste en mezclar agua oxigenada y sales de hierro, las cuales se ponen en un recipiente bajo agitación constante durante un tiempo determinado, donde se forman agentes oxidantes que atacan los residuos de los medicamentos. Su limitación es que reacciona también con sustancias propias de la orina, lo que disminuye su eficiencia y, en consecuencia, no es tan selectivo como el proceso ultrasónico.
Para el experimento, realizado en el laboratorio del Girab, la investigadora y sus asesores crearon una orina sintética a la que agregaron los principios activos de tres fármacos, para simular la micción de un paciente en tratamiento. Foto: Yudy Martínez Mena.
En el método electroquímico se empleó un reactor con placas metálicas especiales —celda electrolítica— sumergidas en 150 mL de líquido. Cuando la electricidad entra en contacto con el compuesto preparado para el estudio, aprovecha la sal de la orina para crear un desinfectante similar al cloro de las piscinas, que ayuda a tratar el líquido con los fármacos. Al igual que en el proceso catalítico, el sistema también interactúa con los componentes orgánicos de la excreta, antes de que este pueda llegar a los medicamentos. De esta manera, tampoco es tan selectivo como la técnica con ultrasonido.
Por lo anterior, los científicos de la UdeA concluyeron que el proceso sonoquímico es el más eficiente y selectivo, aunque el alto consumo de energía y la falta de reactores comerciales en Colombia dificulta su implementación.
«Lo más novedoso fue demostrar que el ultrasonido permite tratar la orina y eliminar los contaminantes peligrosos sin afectar significativamente sus beneficios como fertilizante Esto abre la posibilidad de valorizar este líquido dentro de esquemas de economía circular, es decir, no verla como un desecho, sino como un recurso que puede reutilizarse», aseguró el profesor Ricardo Torres Palma.
Agregó que «no podemos garantizar una eliminación del 100 % de todos los principios activos de los fármacos en la orina, porque siempre estamos limitados por el nivel de detección de los equipos de análisis de medicamentos. Por eso combinamos análisis químicos con pruebas biológicas: sembramos semillas y observamos cómo crecen con agua tratada y sin tratar, y también hacemos pruebas toxicológicas para verificar si todavía hay actividad antimicrobiana, los resultados obtenidos son muy prometedores».
Yudy Martínez Mena, por su parte, concluyó que «si logramos retirar los fármacos, estamos recuperando un recurso valiosísimo. La orina tratada es, en esencia, un fertilizante líquido que puede ingresar al ciclo agrícola y así podemos pasar de un problema ambiental a una solución de soberanía alimentaria».
«Con la excreción no podemos hacer nada, es un proceso natural. Pero sí podemos evitar la automedicación y dejar de descartar fármacos por el sanitario. En la universidad existen estrategias, como el Servicio de Orientación Farmacéutica y Alimentaria — Sofya—, para disponer correctamente los que ya no usamos».
Yudy Martínez Mena, estudiante del Doctorado en Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la UdeA.
¿Por qué coleccionamos objetos? Coleccionar no es acumular, es elegir con cuidado, otorgar sentido a lo que se guarda y construir historias que permitan transmitir conocimientos a quienes vienen después. Con esta premisa el Museo Universitario —Muaa— de la UdeA acoge hasta el 25 de agosto la exposición «Motivos de colección», que explora el coleccionismo como una práctica que despierta la curiosidad y propicia nuevos aprendizajes.
«Motivos de colección», una exposición que invita a hacer un viaje por la curiosidad y el conocimiento
La exposición resalta el papel de los museos y las colecciones académicas en la protección del patrimonio material y natural de Colombia, reuniendo tesoros del Muua y del Herbario de la UdeA que hablan de la riqueza del territorio nacional desde la tradición popular y la ciencia, como la cerámica de Ráquira en Boyacá, el barniz de Pasto en Nariño, la filatelia de las estampillas y una colección entomológica que cuenta con más de 530 ejemplares de insectos de diferentes especies.
PAULA VILLA ARTEAGA Periodista Dirección de Comunicaciones UdeA paula.villa1@udea.edu.co