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Agenda Cultural Alma Máter 335

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Editorial Arte-Fútbol-Cuerpo-Piedra

Estadio Al-Janoub, ubicado en la ciudad de Al Wakrah en Catar

A mediados de los 90, en la Universidad

de Antioquia empezamos a investigar el sentido de la masculinidad y la feminidad en el juego de fútbol porque mientras el espacio público de Medellín era arrasado por la violencia, simultáneamente el fútbol permitía encontrar un alivio. En las celebraciones callejeras los triunfos de la Selección se contabilizaban como encuentro, amistad, belleza del gesto y un gran nosotros. Si la brutalidad rompía el tejido social, el juego revelaba formas sensibles de la vida y alimentaba la esperanza. Sin embargo, tal esperanza reparadora dejaba fuera de juego ciertas corporalidades; entre ellas, las de las mujeres deseosas de jugar, justo por eso, frecuentemente descalificadas y agredidas en hechos y palabras. La asociación de masculinidad y fútbol reinante, interpelada por tales futbolistas,

ayudaron a nutrir nuestras investigaciones sobre el significado del poder de género, imperante en el fútbol. El propósito de comprender las percepciones sensoriales del juego encarnado por hombres se enriquecía con nuevos referentes derivados del juego marginal de las mujeres. Así, con el tiempo fuimos comprendiendo que el fútbol reglamentado y técnico-táctico, supuraba ante todo el juego de la carne. En el imaginario del fútbol, las proezas corporales que conducen el partido son asociadas a una misa cuyo templo, el estadio, es igualmente el locus o morada de la filiación futbolera padre-hijo. Un conjunto de significados que des-territorializan el poder materno y el poder de la hija en las lides de la confrontación futbolera. 2026 | N.° 335 | Julio

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Aurelio Pardo. Equipo Atlético Deportivo Independiente de las Hermanitas de la Caridad. Óleo sobre lienzo. 35 x 100 cm

El juego y el fuera de lugar de las mujeres: sentidos posibles

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Poco a poco descubrimos una paleta de sentidos del fútbol como puesta en escena de los cuerpos gender-izados y de la movilización de las formas sensibles de la carnalidad. El juego, como expresión de la corporalidad en movimiento y del espectro de fantasmagorías de la carne, toca nuestra profunda condición de animales bípedos, manuales e imaginativos. Esta interpretación del fútbol, en tanto carnalidad que habla, desvela y enriquece la vida humana de formas sensibles y de imaginación material, se vio llamada a entrar en la conversación sobre el fútbol del mundo en 2022. La primera Copa del Mundo en el Medio-Oriente abrió la puerta grande al encuentro sensible del arte de la piedra y de la carne, enriqueciendo con hechos concretos nuestra perspectiva nacida en el Medellín de los 90. En Catar 2022, la arquitectura y el lenguaje corporal del fútbol parecieron converger de una manera insospechable. En el seno de una sociedad donde la corporalidad, particularmente femenina es expresamente es condenada al ostracismo del espacio público, vimos a la imaginería corporal-sexual, Julio | N.° 335 | 2026

que el fútbol murmura, desplegar en grande sus alas. Por la vía del hecho concreto del Estadio Al Janoub, concebido por la arquitecta Zaha Hadid, la carnalidad accedió a un estatuto de nobleza que debemos seguir explorando. El Estadio Al Janoub, primera construcción de una mujer en noventa y dos años de copas del mundo, insinúa el lenguaje carnal y erótico sexual propio del fútbol como legado cultural.

Cuando la piedra encuentra la carne El arte de Zaha Hadid realzó un punto clave en el universo del juego que ya habíamos encontrado: la vida humana se nutre de la renovación de las formas que tocan la sensibilidad. Materias como la piedra y la carne dan vida a las ceremonias donde las y los feligreses del fútbol agencian sus referentes de identidad nacional e individual (corporal-sexual). Todos y todas en disposición carnal se dan a una comunicación con el más allá, desde un aquí y ahora vital y colectivo. Via el arte de la arquitecta Zaha Hadid en la construcción del estadio Al-Janoub, más concretamente en el techo del estadio se ha desvelado la proximidad a la forma de una


vagina gigante. Interpretación que instala una conversación pública sobre un órgano de la anatomía femenina muy problemático para la psiquis humana, en tanto lugar de origen y de goce con la otredad al mismo tiempo. Bien que el llamado a una vagina en el fútbol es tema ordinario de conversación tanto en la calle como en el estadio, en Catar 2022, ligado a una obra mayor del arte y bajo los proyectores del mundo, adquirió un peso hiper relevante. El erotismo, por el hilo de la carnalidad que sostiene el juego, desborda, como todo material corporal, fantasmagorías sin límites. El arte expresivo de la corporeidad en movimiento, motor de emociones en ese juego inagotable, asociado a la materialidad de un estadio debe integrarse a la conversación colectiva, tanto en el seno de la Federación Internacional del Fútbol Asociado como en la arquitectura y en la vida común, pues en noventa y dos años de existencia de la Copa del Mundo es la primera vez que se enarbola ese mensaje insospechable.

Un estadio, una arquitecta, un arquero, un gesto El fútbol evoca un templo que acoge un ballet plástico jugado en crampones o descalzo el cual, al decir de Eduardo Galeano desvela una relación amorosa entre la pelota y el cuerpo, los pies, particularmente. Las manifestaciones de tan profundo amor son acechadas compulsivamente por el público ansioso de revelaciones de lo nunca visto. Poco durables en el tiempo cronológico, tales revelaciones perduran en la memoria hasta poder salvar vidas. Ellas cortan el aliento, la respiración y las barreras a la expresión de alegría, canto, insulto, desnudamiento o mímesis de actos carnales y sexuados.

El acto insolente del arquero del equipo campeón del torneo en Catar, imitando con su trofeo como mejor atajador de gol, una erección, vino a sumarse a la cadena de manifestaciones sensibles de la corporalidad carnal en el fútbol y la evocación de la corporeidad masculino-sexuada exhibida en toda su potencia. Beatriz Vélez

Investigadora independiente en temas de corporalidades sexuadas y de género en el fútbol. Asociada al Instituto de Investigación y Estudios Feministas de la Universidad de Québec en Montreal, Canadá. (IREF-QAM)

Ya en sus fechas finales de juego, el Mundial de fútbol 2026 es tema ineludible y necesario para la Agenda Cultural del mes de julio. Pensado, no desde el obvio y redundante ángulo noticioso sino desde la pregunta por la relación del fútbol con la literatura, desde la pregunta por las letras con las que se escribe el fútbol. De ahí que en nuestro número diversas perspectivas y géneros de escritura se aborden e incluyan: el análisis, la crítica, la crónica y el relato. Los textos que hablan de esa relación y también los que la encarnan con los aportes de Carlos Andrés Arboleda Gómez, Juan Carlos Rodas Montoya, Andrés Bedoya, Laura Gibelly Agudelo Higuita, Juan Carlos Orrego Arismendi, Natalia Maya, Juan Felipe Mejía García, Juan José Tobón Gallo, Juan Guillermo Romero, Gonzalo Medina Pérez y Beatriz Vélez. Por destacar y agradecer en el guión gráfico la presencia de los artistas Aurelio Pardo y Jorge Alonso Zapata y dos obras de la Colección de Artes Visuales del MUUA de los artistas Fredy Serna y Werner Naranjo.

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Fervor en las gradas, tinta en el papel: relatos de un juego eterno entre el fútbol y la literatura Carlos Andrés Arboleda Gómez

1. El balón y la tinta

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aminar por la tribuna vacía de una cancha de barrio en Medellín a las seis de la tarde tiene la misma mística que abrir un libro viejo. Hay un silencio espeso que resuena, un aire cargado de polvo suspendido que la luz del atardecer tiñe de un naranja casi irreal. En la tierra batida o en el césped sintético desgastado quedan registradas, de forma invisible, las historias de la jornada: el grito contenido, la finta que pareció poesía, el llanto de un niño que descubrió que el mundo también es injusto en pantalón corto. Siempre nos han dicho que el fútbol se juega con los pies, pero quienes lo habitamos —no solo como espectadores, sino como cronistas, como padres que arrastran los pies por el frío de la mañana en las canchas de la Liga, y como tenaces investigadores de sus dinámicas— sabemos que el fútbol se escribe, ante todo, con el cuerpo. No es gratuito que la literatura se haya mudado tantas veces a la cancha. Lo que ocurre en ese rectángulo verde no es un simple juego de once contra once: es un drama en noventa minutos donde se condensan la épica, la tragedia y la comedia del arte. Es, en esencia, un espejo de la condición humana. El escritor argelino Albert Camus, quien antes de convertirse en el filósofo del absurdo y ganar el Premio Nobel fue un apasionado guardameta en el Racing Universitario de Julio | N.° 335 | 2026

Argel, dejó grabada una verdad que retumba con fuerza en las aulas universitarias y en los camerinos: “Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol” (citado por Eduardo Galeano).1 Para Camus, la cancha era el único lugar donde el ser humano se desnudaba de hipocresías, donde la lealtad, el esfuerzo compartido y la inevitabilidad del destino se manifestaban sin filtros. Al igual que frente a una página en blanco, en la portería no había lugar para el engaño: el balón venía directo hacia uno y la decisión —el acierto o el error— era un acto de existencia pura.

2. Las voces en la tribuna: El fútbol formativo como primer borrador En las canchas del fútbol formativo —ese universo de categorías menores donde se forjan los sueños antes de que los ensucie el mercado— el juego es un lenguaje en plena construcción. Cada pase es una palabra; cada gambeta, una metáfora; cada atajada, un punto de giro dramático. Allí, el niño no solo aprende a controlar una pelota: ensaya sus primeras lecturas de la realidad. La frustración de la derrota es un punto seguido, el gol, un signo de exclamación que truena en la tribuna y rompe la monotonía del barrio. Sin embargo, habitar este espacio implica una duplicidad compleja, una tensión


invisible pero palpable para quien observa. Es difícil separar el rol de padre —que siente el corazón en la garganta, que quiere gritar de aliento, que sufre el frío de la madrugada y el roce del alambrado— del rol de investigador o escritor que intenta descifrar las mediaciones sociales, los hilos invisibles que amarran el juego a la vida cotidiana. La tribuna de una cancha infantil es un hervidero de narrativas cruzadas: las expectativas de los adultos, las ilusiones de los chicos, la belleza de la espontaneidad y, a veces, la asfixia de la presión. Esta misma mística desbordante, esta pasión indomable que nace en el barro del barrio, es la que luego se traslada a los grandes templos del fútbol profesional. Cuando las graderías se inundan de miles de almas, el juego adquiere una dimensión mitológica, pero la vibración humana de la tribuna sigue respondiendo al mismo anhelo primitivo de fiesta y pertenencia. Es una corriente eléctrica que une al niño que patea por diversión con el ídolo que juega bajo los reflectores de un estadio repleto. Eduardo Galeano, ese gran cronista de las venas de América Latina, entendió como pocos esa cualidad casi religiosa de la pasión profesional y la profunda melancolía que sobreviene cuando el espectáculo termina. En las primeras páginas de su obra cumbre sobre el tema, El fútbol a sol y sombra, describe con precisión quirúrgica ese eco sagrado que queda flotando en el cemento: El partido ha terminado, el estadio se queda vacío. El sol se va, el cemento se enfría. En las tribunas de piedra flotan, perdidos, algunos copos de humo de los fuegos que la pasión encendió y apagó, mientras la noche va cayendo sobre la cancha que ya nadie pisa.1

Esa transición del estruendo al vacío absoluto nos recuerda que, tanto en el torneo infantil como en la final del campeonato profesional, la pasión es un fuego que consume el tiempo. Quienes habitamos esta ciudad sabemos que esa pasión tiene colores y herencias específicas. En mi caso, esa marea de emociones se tiñe inevitablemente de azul y rojo, se vive desde el orgullo contenido y la hermosa resistencia que significa ser hincha del Deportivo Independiente Medellín. Ser del DIM es una escuela de la paciencia y del afecto, es saber que el sufrimiento y la alegría caminan de la mano en cada noventa minutos. Cuando uno se sienta en la tribuna del Atanasio, bajo el peso de la llovizna de la tarde, es imposible congelar el alma en el rol de investigador o de académico. Ahí, el grito es uno solo, la piel se eriza igual y la memoria se activa para evocar a los viejos que nos heredaron ese amor por la camiseta. Es la pasión en su estado más puro y comunitario. Pero cuando ese entorno protector de la identidad se radicaliza, cuando el fanatismo desplaza la belleza lúdica, esa misma intensidad se distorsiona. El propio Galeano nos advertía sobre el peligro de que la fiesta fuera devorada por la intolerancia, una reflexión que hoy cobra una vigencia desgarradora en nuestras ciudades: El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de denigrar al rival, que identifica al fanático, termina por devorar al propio juego. El fanático viaja en barra brava, y el viaje es una expedición punitiva. El fútbol, que se vive como una fiesta de la identidad, se convierte en una guerra de religión.1 Cuando Galeano escribe esto, nos obliga a mirar el reverso de la medalla. El fútbol, en todas sus escalas, debería ser el refugio de 2026 | N.° 335 | Julio

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Umberto Boccioni. Dinamismo de un jugador de fútbol. Óleo sobre lienzo. 193 x 201 cm. 1913. MoMA

la paideía —el juego en su estado puro, libre y espontáneo, como lo conceptualizaba Johan Huizinga (2012) en su célebre estudio Homo Ludens—.2 Pero cuando el entorno se radicaliza y el rival deja de ser un par para transformarse en un enemigo existencial, el lienzo literario se mancha. Escribir hoy sobre el balón, desde la crónica cultural, es un intento de rescatar la poesía original del juego frente a la hostilidad que a veces pretende colonizarlo. Julio | N.° 335 | 2026

3. El mapa de los escritores: puentes entre la pelota y la palabra La literatura ha encontrado en el balompié una mina inagotable de ficciones y ensayos para entender la identidad de nuestros pueblos. No se trata de narrar la táctica de un tablero, sino de capturar la vibración del alma humana alrededor del balón. Sin embargo, esta relación no siempre ha sido idílica. El argentino Jorge Luis Borges encarnó la resis-


tencia intelectual más radical contra el juego. Fiel a su ironía, Borges llegó a sostener que el fútbol despierta pasiones bajas y fanatismos ciegos, reprochándole al deporte de masas una supuesta fealdad estética y la capacidad de alimentar nacionalismos peligrosos.3 Pero frente a la sospecha borgeana, la realidad literaria de nuestro continente ha respondido con una producción desbordante que encuentra poesía donde la élite intelectual a veces solo veía veintiún hombres corriendo detrás de una pelota. Pensemos en Osvaldo Soriano, quien convirtió el fútbol de los pueblos perdidos de la Patagonia en una epopeya de perdedores hermosos, demostrando en El penal más largo del mundo que el fútbol es una construcción narrativa del tiempo: un espacio donde los minutos se dilatan y toda una vida puede juzgarse por la trayectoria de una esfera de cuero. O en Roberto Fontanarrosa, “El Negro”, quien elevó la tertulia futbolera de café a la categoría de alta literatura con relatos como “19 de diciembre de 1971”,4 enseñándonos que el fútbol es una mitología urbana con sus propios dioses y demonios. En Colombia, este puente entre las letras y la cancha tiene sus propios hitos sagrados. Pocos recuerdan que un joven Gabriel García Márquez, mucho antes de Macondo, firmó en el periódico El Heraldo de Barranquilla una de las crónicas más entrañables de nuestra literatura deportiva: “El juramento”. Tras asistir a un partido entre el Junior y el Millonarios del “Dorado”, Gabo confesó haber perdido el sentido del ridículo para convertirse en un hincha ferviente. Con su genialidad habitual, escribió: “No creo haber perdido nada con este nuevo vicio. Lo único que me interesa ahora es que el Junior conserve el campeonato”.5 Para García Márquez, el fútbol profesional de la época no era

una masa alienada, sino un espectáculo de una plasticidad y un ritmo narrativo arrolladores, casi una danza caribeña. Para entender cómo esa fiesta descrita por Gabo se cruza con las letras en nuestra propia casa, es indispensable acudir a la obra de Gonzalo Medina Pérez. En su texto fundamental, Sueños a la redonda o el fútbol en la literatura y las artes, editado por Hombre Nuevo Editores,6 Medina realiza una cartografía de cómo el balón ha colonizado el imaginario creativo. Frente al desprecio borgeano, nos recuerda que el fútbol es una inagotable fábrica de ficciones y una de las pocas estéticas contemporáneas capaces de conmover por igual a un académico y a un obrero. En sus páginas, Medina rescata cómo el balompié en Colombia pasó de ser un juego importado a convertirse en un espejo de nuestras alegrías colectivas, pero también en un catalizador de los dramas nacionales, argumentando que el fútbol, más que un deporte, es una urdimbre de representaciones simbólicas donde las sociedades ensayan sus mitos, canalizan sus tragedias y sedimentan su memoria cultural. Sin embargo, el mismo autor nos advierte sobre el reverso de estos sueños cuando la espectacularización y el lenguaje de los medios terminan exacerbando el conflicto en las tribunas, transformando la pasión creadora en un detonante de exclusiones. Es en este punto de convergencia donde se sitúan mis propias investigaciones sobre las tensiones y la radiografía de la violencia en el balompié: un fenómeno crítico en el que la cancha de juego termina mimetizándose con un campo de batalla. Cuando el periodismo, las lógicas del entorno o el lenguaje cotidiano adoptan una jerga estrictamente bélica —ignorando la 2026 | N.° 335 | Julio

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advertencia de Medina y la poesía de Gabo— prefiguran el espacio del partido como una zona de guerra en lugar de un escenario sagrado para el encuentro lúdico. Es lo que Jesús Martín-Barbero7 nos enseñaba sobre las mediaciones: los discursos y los medios no son meros canales neutrales, sino potentes constructores de realidades colectivas y sentidos populares.

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Es urgente, por tanto, trazar un límite ético y estético a esa narrativa bélica. El fútbol y la literatura se parecen, en su nivel más profundo, no por su capacidad de generar bandos, sino porque ambos constituyen formas puras de expresión humana. Escribir y jugar son actos de creación, gestos de libertad donde el individuo ensaya su propia voz y dialoga con el otro. Mientras la guerra impone el silencio, la obediencia ciega y la destrucción del rival, el juego y la palabra escrita necesitan de la existencia de un par para cobrar sentido; exige reglas compartidas, respeto por el lienzo o la cancha, y la búsqueda de una belleza que trascienda el resultado. El balón y la pluma son herramientas de manifestación vital, extensiones del alma que se resisten a la deshumanización que propone el conflicto.

Al final, la literatura y el fútbol comparten exactamente la misma búsqueda esencial: ambas son formas de ganarle, aunque sea por un instante, el partido al olvido. El gol se evapora en el segundo en que ocurre; el silbato final decreta la muerte del partido. Pero cuando la palabra escrita interviene, cuando el cronista fija el instante, esa tarde de sol, ese sudor en la frente del hijo, esa atajada imposible en la cancha de arenilla o ese grito compartido se vuelven eternos. La página de la cancha de barrio y la página en blanco del escritor exigen el mismo compromiso: honestidad, pasión y la certeza de que, pase lo que pase en el próximo minuto, jugar siempre habrá valido la pena. Devolvamos al fútbol su esencia lírica, su tejido comunitario y su capacidad de asombro, permitamos que siga siendo ese espacio sagrado para el juego y la expresión, y nunca más un territorio para la guerra.

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4. La última jugada: ganarle el partido al olvido Escribir sobre fútbol en una revista cultural universitaria es un acto de resistencia lúdica. Es recordar que, a pesar de las sombras, del mercantilismo y de los brotes de agresividad que a veces asustan en las gradas, el fútbol sigue siendo un territorio de asombro. Es el espacio donde un niño, tras controlar un balón difícil, sonríe porque ha descubierto una nueva forma de dialogar con la gravedad y con sus propios límites. Julio | N.° 335 | 2026

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Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI Editores, pp. 152, 11 y 15. Huizinga, J. (2012). Homo Ludens, Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1938). Soriano, O. (1998). Arqueros, ilusionistas y goleadores, Editorial Norma. Fontanarrosa, R. (2000). Puro fútbol: Cuentos de fútbol, Ediciones de la Flor. García Márquez, G. (1950). El juramento, periódico El Heraldo, 20 de abril, p. 4. Medina Pérez, G. (2011). Sueños a la redonda: el fútbol en la literatura y las artes, Hombre Nuevo Editores. Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía, Gustavo Gili.

Carlos Andrés Arboleda Gómez es Comunicador Social-Periodista, magister en comunicaciones. Docente universitario, es el Coordinador Académico del Centro Integrado de Laboratorios 10/12 L@B de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia.


Fútbol literaturizado Juan Carlos Rodas Montoya

Laurence Stephen Lowry. Camino al partido. Óleo sobre lienzo. 43.4 x 53.5 cm. 1928.

Nacional, aunque en polvo convertido, y en polvo siempre amante, no olvidaré un instante lo mucho que te he querido. Adiós para siempre. Abdón Porte

Abdón Porte fue un destacado jugador de

fútbol uruguayo al que apodaron “El indio” por sus facciones. Era un titular inamovible del equipo Nacional de Uruguay y, cuando llegó a sus 27 años, comenzó a decaer en su excelente fútbol y ya lo dejaban, de cuando en cuando, en la banca. No lo soportaba, no lo aceptaba porque se sabía “dueño” del medio campo del equipo de sus amores. En uno de estos partidos

fue sustituido y, como casi todos los jugadores que son reemplazados, entró en una especie de depresión que lo llevó a tomar una decisión límite. Escribió dos cartas y, en una de ellas, se lee este epígrafe inicial. Se fue para el estadio que lo acogió y vio sus glorias y triunfos, se sentó en el círculo en el que el árbitro da comienzo al partido, sacó un revólver y se pegó un tiro en el centro del corazón. En la mitad de la cancha y en la mitad del corazón, Abdón Porte se fue de este mundo sin chistar, únicamente quería la titularidad, su vida, su razón de ser. “El indio” se fue en silencio en marzo de 1918 y, paradójicamente, en junio de 1930, en este mismo estadio del suicidio se da origen al primer partido de un Mundial de Fútbol. Triste y bella historia. Ese mismo año, un escritor suicida escribe el primer cuento en América Latina dedicado al fútbol: Horacio Quiroga, quien recrea la noticia de Abdón Porte en el cuento titulado “Juan Polti, half-back” Después de tantos años hoy se lee en una tribuna del estadio de Nacional: “Abdón Porte, por tu sangre”. El fútbol y la literatura son hipertextuales y, por ello, Eduardo Galeano leyó a Horacio Quiroga y, en Fútbol a sol y sombra, le hace un homenaje a este futbolista uruguayo en un apartado que tituló “Muerte en la cancha”. Posteriormente, el 31 de mayo de 2008 Enrique Vila-Matas escribe en el periódico El País una columna que llamó “Corazón tan tricolor”, en la que hace un homenaje hipertextual a Eduardo Galeano, a Horacio Quiroga y, por supuesto, a Abdón Porte. La vida es hipertextual porque recoge noticias de aquí y de allá, las 2026 | N.° 335 | Julio

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vuelve color, imagen, sentido, sinestesia y nos arrincona hasta los profundos abismos de la humanidad. La noticia de un suicidio se convirtió en arte poética, en canción de soledad, en mito, en hito, en alegoría, en reflexión acerca de la muerte pero, sobre todo, acerca de la vida efímera, pasajera y esplendorosamente enigmática. La vida es hipertextual porque articula miedos, decisiones y sensaciones y las pone a rodar en un balón de fútbol, en la escritura y en quienes, como yo, piensan que leer prodiga y unta felicidad, a pesar de las dificultades humanas. La vida es tan hipertextual que, en 2009, se publicó en Madrid un folleto que se llama Morir de fútbol, que compila estos tres textos para reconocer que sí se muere de fútbol. Un texto es un hipertexto para leer el contexto.

10 Febrero 19. Quizás Horacio Quiroga hubiera contado así su propia muerte: Hoy me morí. En el año 1937, supe que tenía un cáncer incurable. Y supe que la muerte, que me perseguía desde siempre, me había encontrado. Y enfrenté a la muerte, cara a cara, y le dije: —Esta guerra acabó. Y le dije: —La victoria es tuya. Y le dije: —Pero el cuándo es mío. Y antes de que la muerte me matara, me maté. Eduardo Galeano

A propósito de esta alusión al suicidio de Abdón Porte y de Horacio Quiroga, es dable inferir que se trata de un tema recurrente entre poetas, escritores y artistas de todos los tiempos, pero, paradójicamente, en el fútbol hay historias similares que podrán convertirse en tema para cuentos, poemas y novelas sobre fútbol y vida. Uno de los casos más conocido es el del jugador de fútbol suizo Hans-Max Gamper Haessig, mejor conocido como Joan Gamper, fundador del Barcelona Fútbol Club, el Julio | N.° 335 | 2026

29 de noviembre de 1899. Además de fundar al equipo, jugó en él y, posteriormente, fue su presidente durante varios periodos. Una curiosidad: los colores del Barcelona los escogió este hombre, pero fueron traídos del Fútbol Club Basilea, equipo suizo. Se supone que era un barcelonés más por su apoyo al nacionalismo catalán y porque sus discursos los escribía en este idioma, pero, este fue el motivo de su exilio por parte de la dictadura de Primo Rivera, en 1925. Posteriormente, en 1929, llegó la llamada Gran Depresión y le permitieron regresar a Barcelona, pero con la condición de que no podía tener conversaciones con el equipo que fundó. Estas circunstancias lo llevaron a tomar la decisión de matarse de un disparo el 30 de julio de 1930, el mismo día en el que la selección uruguaya levantaba por primera vez la Copa del Mundo. Esta coincidencia no es un dato menor porque se trata de uno de los mejores jugadores de fútbol, del fundador del Barcelona y del presidente del mismo equipo. Un suicidio tan sonoro, como el de Abdón Porte, en Uruguay, deja más preguntas que respuestas y nos permite seguir haciendo estos vínculos entre el fútbol, la vida y la literatura que nos narra estas vidas paralelas y, por lo menos, hacer mejores comprensiones de lo humano en el deporte y el deporte en lo humano. Este hombre fue enterrado en el cementerio de Montjuic de Barcelona, en una zona reservada para entierros no católicos, debido a su fe protestante. Como escribe Eduardo Galeano en este segundo epígrafe: tal vez Quiroga le dijo a la muerte que la victoria era de ella, la inevitable, la pelona, la que no pierde, pero el cuándo es de los seres humanos que han decidido salir de un mundo que consideran sin sentido para entrar en otra instancia sagrada en la que, sugieren, hay solaz y sosiego. El cuándo nos pertenece, lo


decidimos nosotros. La parca se queda con la mitad del triunfo.

Me gustaría un poema —dice Teresa— y, durante un segundo que dura una eternidad, la casa queda en silencio. Robert Enke mira incrédulo a su esposa, sin estar seguro de si hablaba en serio. ¿Le está pidiendo que le regale un poema para su cumpleaños? —Bueno, sería bonito —añade Teresa— sin darle demasiada importancia, y ya no vuelve a pensar en ello. Ronald Reng

De esta manera comienza la obra titulada Una vida demasiado corta, escrita por Ronald Reng como un homenaje a su amigo Robert Enke, quien después de una severa depresión por la muerte de su hija Lara, de dos años de edad, se suicida. El texto cuenta la historia de una promesa mundial en el arco de la Selección de Alemania. Teresa, su esposa, quería un poema escrito por Enke y él, inmerso en una situación difícilmente comprendida por el resto del mundo, toma la decisión de tirársele a un tren, a la manera de Ana Karenina, ese clásico de la literatura escrito por León Tolstoi. Otro que se suicida, como Horacio Quiroga, es decir, con una toma de cianuro de mercurio, es el jugador brasileño Maneca, apodo que le pusieron al delantero Manuel Marinho Alves. Fue jugador de la Selección de fútbol de Brasil en seis ocasiones y marcó dos goles. Además, hizo parte de la selección subcampeona de la Copa del Mundo de 1950 (Maracanazo). Tomó esta decisión en la casa de su novia, quien lo llevó al Hospital Miguel Cuoto, pero no pudieron hacer nada por su vida. Tenía 35 años. Una curiosidad: su novia se llamaba Pena. Asuntos propios de las discasuali-

dades humanas. Uno más en esta lista es Tommy McLaren, jugador escocés, quien fue una verdadera leyenda en un equipo llamado Port Vale, de Inglaterra, porque “se hizo amigo de todos”. La salida de este equipo le arruinó la salud mental y se suicidó dentro de su propio carro, un mes después de concluido el Mundial de Argentina 78. Otro caso similar sucedió con el jugador húngaro Sándor Kocsis Péter, integrante de la Selección de Hungría a la que le dieron el epíteto de Los magiares mágicos. Una vida gloriosa, repleta de goles, de triunfos que termina con un salto del séptimo piso de un hospital en el que era tratado de un cáncer. Militó en el Barcelona, hizo parte de un equipo de exilados de Hungría y fue compañero de equipo de jugadores como Kubala y Puskás. Ante estas situaciones nos quedan más preguntas, más silencios y más pretextos para auscultar en la mente del jugador de fútbol que decide saltar al vacío antes que enfrentar una muerte lenta, dolorosa y penosa. No hay que juzgar sino, por el contrario, leer sus rostros de alegría por los triunfos y los de la tristeza por su soledad en el mundo. Parece ser que jugar fútbol es sinónimo de subidas rápidas y de caídas lentas y estrepitosas. Caer es el destino de los seres humanos que viven en el mundo futbolístico. Teresa quería un poema…nada más.

Que piensen lo que quieran, pero no pretendía ahogarme. Tenía intención de nadar hasta hundirme –pero no es lo mismo. Joseph Conrad

Para continuar con este tema de futbolistas que deciden terminar sus vidas de manera “prematura y voluntariamente”, es preciso 2026 | N.° 335 | Julio

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citar a Dave Clement, jugador inglés que, como otros de los jugadores ya citados, ganó, triunfó, se llenó de la gloria de los campeones pero, de nuevo, hacen presencia las crisis, las preguntas existenciales, las que marcan el derrotero personal, y las caídas. Dave decide tomar un herbicida y se hace daño con un cuchillo, que lo condujeron a una muerte inmediata. Además, sospechaba que padecía de cáncer. Uno de sus hijos jugó fútbol profesional y el otro, Paul, fue un gran entrenador, quien trabajó con Carlo Ancelotti en Chelsea, París Saint-Germain, Real Madrid y Bayern Múnich. Otro futbolista desaparecido de esta misma forma fue John Lyons, galés que se especializó en hacer goles de tiro libre. Este hombre se suicidó en su casa de Layer de la Haye, el 11 de noviembre de 1982, pocas horas más tarde de jugar un partido de fútbol con el Colchester United, en Layer Road, cuatro meses después de terminado el Mundial de España 82. Como Robert Enke, este jugador se le tiró a un tren en movimiento para dejar de padecer una depresión severa que lo acompañó por varios años. En esta misma línea, aparece el jugador rumano, de etnia tártara, Surian Borali, defensa de equipos como Farul Constanta y Galati Steel. Este defensa fue encontrado por su compañero Gelu Popescu, en el estudio que el equipo le había asignado. ¿Las causas del ahorcamiento? Se enamoró de una mujer rumana, pero sus padres no le permitieron casarse con ella. He aquí un tema escabroso que bien puede leerse en un cuento de Hoffmann, Poe, Quiroga, Maupassant o Lovecraft. Tal vez estos escritores recrean sus historias con elementos de la vida real porque están dadas todas las piezas para un cuento de terror: envenenados, ahorcados, se le tiran al tren o desde un piso alto de un hospital. Amores truncados, prohibidos o Julio | N.° 335 | 2026

imposibles y la presencia de unos héroes que logran gloria y fama en un deporte apasionante como el fútbol. Estos cuentos macabros nacen o tienen origen en el mundo real y concreto, pero se recrean en la literatura para minimizar el dolor de una muerte trágica como la de estos jugadores que caminan por el mundo con nudos, desasosiegos e incertidumbres que creen resolver con una salida digna, a la manera del harakiri japonés. No estoy en sus guayos, ni en sus camisetas para saber qué estaba pasando por sus cabezas, pero de algo estoy seguro: vieron aquello que no he visto en mis años de existencia. Eso que vieron les permitió pensar en una salida y por ahí metieron su corazón porque se trata de un gran dilema ético que supieron resolver a través del sacrificio de sus propias vidas. Bueno, no se suicidaron, resolvieron salirse de la fila y buscar otra cancha para seguir jugando al fútbol porque “cancha es cancha”, decían en mi cuadra. La muerte, esta muerte en particular, llega de múltiples maneras para revelar que somos frágiles, rotos y quebradizos. Esta muerte no sabe de género, fronteras, ideologías, únicamente de tristezas, rupturas y deslealtades. Salir así, en soledad y en silencio, como he dicho, deja más preguntas que respuestas y, por ello, no hay juicios de valor. Nos quedan los recuerdos, las voladoras, las gambetas, los golazos y todos los malabares de estos jóvenes que decidieron ir a pintar en otro lugar, el elegido, no el que les tocó. La vida es un suicidio en diferido, dice algún suicida poeta. Juan Carlos Rodas Montoya es licenciado en filosofía y letras y magister en educación. Autor de los libros El fútbol, esa metáfora y La vida en un balón.


La pelota también escribe Andrés Bedoya Mena

Los grandes partidos son como muescas en la vida del hincha. Galder Reguera

Es domingo 14 de junio de 2026. Se juega

el Mundial número veintitrés de la historia, una Copa del Mundo organizada por Estados Unidos, México y Canadá, una trinidad que poco tiene de santa y mucho de espectáculo, negocio y política. Alemania enfrenta a Curazao. Corre el minuto 21 del partido cuando Livano Comenencia, el número 8 de la selección caribeña, marca el primer gol de Curazao en la historia de los Mundiales. Las tribunas explotan de emoción. No importa que el tanto no cambie el destino de un partido que, como anticiparon todos los pronósticos y las apuestas, terminará con una amplia victoria alemana por 7-1. No importa que aquel gol no acerque a Curazao al título, ni siquiera a una victoria. En ese instante, para quienes están allí, para quienes observan desde una pequeña isla del Caribe y para quienes sienten que ese balón también los representa, acaba de ocurrir algo mucho más grande que un resultado deportivo. Los videos que circulan en redes sociales muestran una escena conmovedora: un pueblo celebrando un único gol como si acabara de consagrarse campeón del mundo. Porque hay momentos en el fútbol en los que la emoción supera la estadística, en

los que un instante aparentemente pequeño alcanza una dimensión estética y poética. Ese gol de Curazao no cambia la historia del Mundial, pero sí modifica, aunque sea por unos minutos, la manera en que una comunidad se mira a sí misma. Ahí aparece una de las formas más profundas en las que el fútbol se convierte en literatura: cuando deja de ser únicamente un juego y se transforma en un relato de identidad, memoria y esperanza. Ariel Scher expresó, de una manera que parece sencilla, pero que abre una grieta enorme en la manera de entender este deporte, que “el fútbol es una realidad que nos inventamos. Existe como algunas otras cosas, para que detrás de la vida dura nos espere un rincón de esperanza y de fascinación”.1 Esa invención no es un engaño, es una necesidad humana. El fútbol existe porque nos hace falta inventar lugares donde la vida pueda ser contada con emoción, con tensión, con dramatismo, con belleza, con derrota y con posibilidad de revancha. Este deporte existe porque nos hace falta un espacio donde el dolor, la alegría y el deseo puedan reunirse en una misma escena. Por eso, el balón no es solo un objeto, es un cofre que almacena historias. Galder Reguera lo entiende con precisión cuando afirma que “el balón contiene potencialmente todas las historias. Solo hay que ponerlo en movimiento. Jugar y esperar a que acontezcan”.2 2026 | N.° 335 | Julio

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Esa frase resume algo que el fútbol sabe desde hace mucho tiempo y que la literatura también ha sabido por otras vías: el sentido no está quieto, no está encerrado en las cosas, sino que aparece cuando algo se mueve, cuando alguien entra en relación con algo, cuando el tiempo se pone a andar. Un balón en reposo no cuenta nada; un balón en juego convoca héroes, fracasos, promesas, mentiras, milagros, caídas y venganzas.

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El gol de Curazao vale justamente por eso, no porque cambie la cordura del torneo, sino porque altera, por un momento, la lógica simbólica de una comunidad. Un país que casi nunca aparece en los grandes relatos del fútbol entra, aunque sea por unos segundos, en la narración principal. El gol no es solo una anotación, es una aparición, es un nombre que se pronuncia sobre la cancha y que de pronto deja de ser pequeño. Es una isla del Caribe que, gracias a una pelota empujada hacia la red, se vuelve continente emocional. Johan Huizinga habría comprendido muy bien esa escena. En Homo ludens no habla del juego como si fuera una actividad menor ni como un pasatiempo que interrumpe la seriedad de la vida, por el contrario, afirma que “todo juego significa algo”3 y en esa afirmación está contenida una parte decisiva de nuestra manera de habitar el mundo. El juego no es un vacío entre cosas importantes, es una de las formas en que lo importante ocurre. La vida humana no se suspende cuando jugamos: se revela. La cultura, de hecho, nace en ese espacio donde el hombre decide crear reglas, aceptar límites, inventar rituales, celebrar victorias, soportar derrotas y volver a empezar. El juego es ese espacio intermedio donde nos permitimos suspender la lógica implacable Julio | N.° 335 | 2026

del mundo productivo para ensayar otras formas de ser y de comprender. Jugar no es evadir la realidad, es fundar otra. Huizinga también recuerda que “la cultura surge en forma de juego, la cultura, al principio, se juega”.3 El fútbol pertenece a esa zona en la que el ser humano no solo compite, sino que imagina, simboliza, dramatiza. Una camiseta no es una prenda cualquiera. Un escudo no es un adorno. Una bandera no es solo tela. Una tribuna no es un lugar donde se mira, se trata de una comunidad escribiéndose a sí misma en voz alta. Por eso en el fútbol los gestos importan tanto como los goles. La famosa ola del estadio es una de las imágenes más bellas del fútbol porque parece confirmar que el lenguaje no siempre pasa por las palabras. Miles de cuerpos distintos se levantan, se sientan, avanzan y retroceden como si obedecieran a una misma respiración. Nadie explica la ola, nadie la traduce, simplemente ocurre y todos entienden. Hay algo profundamente literario en esa sincronía, no porque la ola sea una metáfora adornada, sino porque funciona como una escritura colectiva. El estadio se vuelve una página viva donde los cuerpos trazan una frase sin letra. Allí el fútbol deja de ser solamente una competencia y se convierte en un modo de comunicación, un idioma que no necesita diccionario. Juan Villoro ha insistido en que el fútbol constituye uno de los últimos espacios donde la emoción puede expresarse con una intensidad difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida contemporánea. Esto captura una verdad muy profunda: en el fútbol se permite una intensidad que en otros espacios la vida cotidiana reprime. No es igual habitar un espacio como ciudadano


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Jorge Alonso Zapata. Futuros cracks. Acrílico sobre lámina difusora de tv. 29 x 39 cm. 2026

que hacerlo como hincha; bajo esta segunda condición se puede llorar, gritar, abrazar a desconocidos, insultar al árbitro, besar un escudo, discutir con el vecino, creer durante noventa minutos (a partir de este Mundial ya siempre serán más de 100) que todo depende de un centro al área, de una pelota parada, de un rebote, de un mal despeje. En la tribuna la emoción no es un exceso gratuito, es una forma de conocimiento. El hincha no solo siente: interpreta y traduce el juego a la lengua de su propia vida. Cada gol lleva algo de biografía, cada derrota se configura como una herida, cada triunfo, aunque sea modesto, adquiere la dignidad de una reparación.

El fútbol también es literatura porque no renuncia a la intensidad, pero tampoco pierde del todo la razón, puesto que no se deja reducir al puro impulso. Construye metáforas, produce analogías, ordena el caos de la experiencia y le da forma narrativa a lo que parece mero accidente. Juan Tallón (2014)4 desarrolla la idea que analiza al fútbol como algo más complejo de lo que realmente es y que supera toda expectativa. Permitiendo entender que eso que parece una paradoja es, en verdad, una definición. El fútbol promete un partido, pero entrega memoria; promete un resultado, pero deja una imagen; promete cien minutos, pero produce historias que duran 2026 | N.° 335 | Julio


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años. Lo que vemos en la cancha es apenas la superficie, debajo hay una corriente de símbolos, de deseos y de interpretaciones que nunca terminan de agotarse.

el acontecimiento desde su propia geografía afectiva. No hay un significado fijo en el 7-1, el sentido lo funda quien lo padece y quien lo celebra.

Por eso la celebración de Curazao no puede ser leída como ingenuidad ni como una desproporción sentimental; se trata, en realidad, de una forma legítima de leer el acontecimiento. Para una selección pequeña, para una isla que entra en la conversación mundial con un gol, ese instante puede valer más que muchas victorias de las grandes potencias. Esto no significa que el trofeo deje de importar, lo que acontece aquí es que el sentido no se distribuye de la misma manera para todos. Lo que para un gigante es un detalle, para un país pequeño puede ser una fundación; lo que para una selección poderosa es una anécdota, para otra puede ser una marca, un antes y un después.

Por eso resulta tan importante no perder de vista que el fútbol es también una cuestión de relato. No solo se juega con los pies, de igual manera se hace con el lenguaje. Cuando hablamos de un país pequeño que empata con una potencia o de una selección que marca un gol histórico, no estamos describiendo simplemente un hecho, estamos narrando una historia en la que decidimos quién será el protagonista, quién será el rival, quién quedará como héroe, quién será gigante, quién parecerá haber vencido, aunque el marcador diga otra cosa. El fútbol se narra como la vida: desde una posición, desde una memoria, desde una afectación.

Aquí el lenguaje se vuelve fundamental. A menudo se habla de estas selecciones como “la sorpresa”, “la cenicienta”, “el pequeño que desafió al gigante”, “la hazaña imposible”. Y aunque esas expresiones parecen elogiosas, también pueden ser condescendientes. Nombran el logro desde una jerarquía previa, presuponen que la normalidad pertenece a los grandes y que los pequeños solo aparecen cuando rompen el guion. Sin embargo, el fútbol no pertenece solo a las potencias; este deporte es una posibilidad abierta en la cual el empate, el gol, la resistencia, el orden táctico, la eficacia, el contraataque, también forman parte del juego. La épica no nace únicamente de lo inesperado; muchas veces surge de la manera en que decidimos contar lo esperado. El gol de Curazao es un acto de interpretación situada: el marcador oficial dice que perdieron, pero la comunidad lee Julio | N.° 335 | 2026

Eduardo Galeano (1995)5 entendía esa dimensión simbólica al equiparar el culto a las camisetas, a las banderas y a los escudos como una pasión que ni siquiera se vive en las iglesias. Ahí está la religión laica del fútbol, esa liturgia que no necesita templo porque el estadio la contiene. Las camisetas no se usan solo para jugar, se visten como una declaración de pertenencia. Las banderas no se agitan solo para celebrar, se levantan como una afirmación de identidad. Los escudos no representan únicamente a un club o a una selección, simbolizan una memoria compartida, una comunidad imaginada y un nosotros que se vuelve visible cuando rueda el balón. Curazao celebra su gol como si hubiera levantado la Copa del Mundo porque durante ese instante el mundo también le concede un lugar. No importa que el partido termine 7-1 y que la lógica del torneo siga intacta; algo se ha roto en el orden habitual


de los símbolos: un equipo pequeño ha convertido un momento deportivo en una escena de dignidad colectiva y eso, en el fondo, es profundamente literario porque la literatura sabe hacer eso: tomar lo aparentemente pequeño y darle una densidad capaz de modificar nuestra mirada sobre el mundo. Un gesto, una palabra, una escena, una derrota, un encuentro, un silencio, y de pronto el sentido cambia. Pensar el fútbol como literatura no significa adornarlo ni volverlo elegante a la fuerza, se trata de reconocer que el juego produce narrativas reales en la vida de las personas. Un niño que ve ganar a su selección por primera vez no está presenciando solo un resultado, está guardando una forma de entender la alegría. Un hincha que ve caer a su equipo en una final no está registrando solo una derrota, está aprendiendo a convivir con la pérdida. Una multitud que celebra un gol aislado de una selección pequeña no está exagerando, ha convertido un instante deportivo en una memoria común. Tal vez por eso el fútbol se parece tanto a la vida; no porque la copie, sino porque la ordena, la fragmenta y la vuelve interpretable. Galder Reguera dice que “no hay mucha diferencia entre el fútbol y la vida”.2 La frase puede parecer demasiado amplia, pero encierra una verdad que todos reconocemos cuando vemos a alguien llorar frente a un televisor, cuando una tribuna se derrumba con un penal errado, cuando una isla entera celebra un gol como si hubiera derrotado al mundo. El fútbol nos enseña que la existencia está hecha de momentos que parecen pequeños y terminan siendo decisivos. Este juego también nos enseña que la grandeza no siempre está en el título, a veces está en un gol, en un empate, en resistir o en hacer

visible por un segundo lo que parecía condenado a la sombra. Curazao, entonces, no anota solo un gol, escribe una frase en la historia del Mundial y la redacta, no porque la FIFA la haya previsto, ni porque el calendario la necesitara, sino porque el fútbol todavía conserva, a pesar de tanta tecnología, modernismos y cooling breaks, esa capacidad de producir acontecimientos que desbordan la existencia. Allí donde se esperaba una goleada sin memoria, surge un instante que se guardará para siempre. Aquel momento en donde parecía que solo habría una derrota, nace un relato. El marcador dijo 7-1, la emoción de un pueblo dirá otra cosa: orgullo, identidad. El fútbol continúa tocando comunidades, llegando hasta los últimos rincones para dejar de ser un simple marcador y parecerse mucho a la literatura: una forma de contar la vida para no dejarla pasar en el silencio de las derrotas.

Referencias 1 Scher, A. (2018). Todo mientras Diego y otros cuentos mundialistas, Grupo Editorial Sur, p. 69. 2 Reguera, G. (2017). Hijos del fútbol, Seix Barral, pp. 79 y 176. 3 Huizinga, J. (2012). Homo ludens: El juego y la cultura, Alianza Editorial, pp. 13 y 80. 4 Tallón, J. (2014). Manual de fútbol: Un libro fuera de juego, Edhasa. 5 Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI Editores.

Andrés Bedoya Mena es Comunicador Social-Periodista y magister en literatura. Se desempeña en proyectos de mediación cultural, docencia y diseño de procesos de investigación y escritura.

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Amarilla Laura Gibelly Agudelo Higuita

Nací para ser una cosa. Soy amarilla como la abundancia que nuestra bandera nos prometió. Amarilla como el sol que nos levanta temprano, con el olor a café recién tostado. Amarilla como las mariposas de Macondo. Amarilla como el maíz que viaja por los campos y llega a todas las mesas. Soy amarilla, pero no solo amarilla, también soy azul como el mar que muchos de los que me usan no han visto aún y roja como la sangre que retumba en el corazón de todo un país.

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En mi espalda llevo un número. A veces el diez, el cinco, el uno, o cualquiera que nombre a quien me porta. En mi pecho, sobre el corazón, un escudo bordado donde guardo la pasión de mi gente. Nací para ser una cosa. Me han sudado por dentro y por fuera, en gran parte de esta tierra el calor no distingue horarios o espacios. He olido a estadio y a tienda de barrio, a sala de apartamento y a cerveza derramada en el grito de gol. He olido a lágrimas, que tienen su propio olor según si son de alegría o de esa otra cosa. Sé cómo huele la ansiedad, la conozco íntimamente, porque he aprendido a vivir junto a ella. He conocido bolsos, maletas de viaje y cajones de todos los tamaños. Viajo mucho, he estado en todos los lugares posibles y he visto estadios que no son los nuestros, ciudades donde nadie nos esperaba y de todas Julio | N.° 335 | 2026

formas fuimos. He sido regalo, herencia y compra. Y a veces viene el olvido, que también es una forma de querer. Meses largos en que nadie me saca del cajón ni me lleva de viaje, porque hay otras urgencias, otras tristezas más inmediatas que atender. El país tiene demasiado de qué ocuparse y yo lo entiendo, siempre lo he entendido. Pero espero, porque sé que siempre vuelvo. Aparezco en los amistosos y en las copas. Estoy en todos los cuerpos al mismo tiempo. Reaparezco en los que nos representan dentro de la cancha, en los que saltan en un bar de Medellín con la cerveza en la mano, en el que mira solo desde un apartamento de Bogotá, en el que se compró una versión pirata en cualquier semáforo porque la original costaba lo que no tenía y aun así quería estar. Entiendo por qué existo. Nací para ser una cosa. No ganamos nuestro primer mundial. Tampoco el siguiente, ni el siguiente, pero nunca nos dejamos caer del todo. He estado en ese dolor que tienen las derrotas que se sienten injustas, aunque quizás no lo sean del todo, aunque quizás la justicia no tenga nada que ver con el fútbol ni el fútbol con la justicia. Pero hay algo raro que no termino de entender del todo sobre cómo dolemos en este país y es que también en el duelo me ponen. El luto en Colombia tiene camiseta y la camiseta soy yo. Este país no me necesita solo para ganar, también para sostenerse.


encima que no reconozco, o con palabras donde debería ir un número, o con colores que se parecen a los míos, pero no son los míos. Me miro, me reconozco y no me reconozco. Nací para ser una cosa.

Collage digital elaborado con IA

Mi punto máximo de felicidad es el Mundial. Lo digo y siento algo que ni quienes me usan pueden describir del todo. Noventa minutos en que se van a poner todos al mismo tiempo, los de una orilla y los de la otra, los que votaron de un lado y los que votaron del otro, los que se conocen y los que nunca se van a conocer. Van a gritar el mismo gol, van a vivir con la misma esperanza. Van a abrazar al vecino sin saber lo que ese vecino piensa ni lo que ese vecino hace ni lo que ese vecino es y por ese momento no va a importar. Por noventa minutos voy a ser, otra vez, una sola cosa.

El problema aparece cuando alguien descubre eso que sostengo y decide que puede sostenerlo a él también. Me ponen sobre un cuerpo que no suda por mí sino por algo que no tiene nada que ver con ningún partido. Siento algo que no sé nombrar bien, no es incomodidad, no es vergüenza, no sé qué es.

No sé si eso alcanza para llamarlo unidad, tampoco sé si importa ponerle nombre. Lo que sé es que voy a estar ahí, amarilla, con olor a nueva o a lavadora según quién me ponga y desde cuándo me tenga guardada. Y cuando suene el pitazo inicial, este país va a respirar junto una vez más.

Y no solo esos cuerpos nuevos. Hubo otros en que me volví pública y política y cargada de todo lo que este país lleva arrastrando desde antes de que yo existiera. Yo solo quiero representar, yo solo quiero que me pongan a jugar. En cambio, me convierto en opinión, entiendo que no puedo evitarlo, pero lo digo igual.

Soy amarilla sobre amarilla. Soy tela amarilla, bordada, estampada, con diferentes versiones, con número en la espalda o sin él. El escudo pequeño, bordado sobre el corazón izquierdo.

Nací para ser una cosa. La situación empeora cuando me venden en semáforos con elementos estampados

Nací para ser una sola cosa. Laura Gibelly Agudelo Higuita es estudiante de Periodismo en la Universidad de Antioquia, con experiencia en medios digitales deportivos y entornos culturales.

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El mejor partido de los Mundiales Juan Carlos Orrego Arismendi

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¿ uál ha sido el mejor partido de los Mundiales? Hay preguntas que, aunque trilladas, no suelen encontrar respuestas convincentes. De hecho, en algunos casos, la solución es imposible: hasta donde se sabe, ningún humano ha visto todos los partidos de la Copa de la FIFA jugados a lo largo de casi cien años, y, si existiera esa persona —supongámoslo por un momento—, no podría recordarlos como para compararlos rigurosamente y llegar a una conclusión justificada. La única persona que podría hacerlo, además de que murió en 1889 a causa de una congestión pulmonar, no era más real que don Quijote o el insecto de Kafka: Funes, el Memorioso. Además de difícil, la pregunta es taimada. ¿Qué hace que un partido sea mejor que otro? ¿La perfección técnica o el dramatismo? Un partido impecable entre dos equipos con defensas inexpugnables sería, a la postre, un hueso digno de una siesta; y, mientras tanto, un juego con muchos goles y situaciones peligrosas de lado y lado implicaría, muy seguramente, muchos errores en la cancha. De modo que no queda otra cosa que recurrir al criterio personal, lo cual, de paso, limita la ventana de tiempo: el mejor partido de los Mundiales sólo puede ser el que a cada quién le parezca más meritorio entre los que haya visto completos. Pero ahí no acaba todo: ¿y si nos quitan el sueño varios encuentros? ¿Y si un partido se nos hace inolvidable por bien jugado, otro por muy pródigo en goles y otro más por hazañoso? Que el diablo cargue con aquel a quien se le ocurrió que era necesario elegir Julio | N.° 335 | 2026

la mejor cosa entre las demás de su especie. Para no ir muy lejos: ¿es mejor Borges o Kafka? ¿Ficciones o La metamorfosis? La gente es arribista y suele decir que lo mejor que ha visto en un Mundial es una final. Los nostálgicos de la Brasil de Pelé —esa gente para la cual el fútbol murió hace más de medio siglo— apelan a la final de México 70: a ese 4-1 de Brasil contra Italia que, me temo, fue tan previsible y monótono como el 4-2 entre Francia y Croacia en Rusia 2018: tigre contra burro amarrado, como reza el dicho. Es verdad que la final de Catar 2022, entre Argentina y Francia, bien puede pasar por una de las más emocionantes de las últimas décadas; sin embargo, si se la pondera con fría matemática, se descubrirá que lo propiamente cautivante empezó apenas en el minuto 80, cuando Mbappé sacó a Francia del letargo en el que, hasta entonces, vivía —o padecía— el partido. Sobra decir que la primera final que vi, muy significativa para mí, es la menos memorable: tenía cuatro años y medio, y, más que al partido que mostraba nuestro viejo televisor Sanyo a blanco y negro, mi recuerdo está anclado al redondel de sillas que mi padre instaló en la sala de casa para sentar a sus primos con sus familias, todos ellos simpatizantes (arribistas) de la Naranja Mecánica. No puedo decir, tampoco, que un partido de Colombia sea lo mejor que he presenciado. Por razones que hasta ahora no logro entender, el primer juego mundialista de la tricolor que tuve ante mis narices, el 2-0


contra Emiratos Árabes Unidos en 1990, no me emocionó de manera particular. Quizá, entonces, alumbraba en mí lo que, andando el tiempo, acabó por convertirse en un sentimiento más apátrida que patriótico (el mismo que me hizo pronosticar, para este Mundial norteamericano, un 1-1 contra Uzbekistán que, ojalá, se haya dado). Aquel 9 de junio italiano, después de ver el partido con dos compañeros del décimo grado, llegué a casa y vi que mi hermana y mi hermano, inexplicablemente —al menos para mí—, daban saltos de canguro y corrían a abrazarme. En el 1-1 contra Alemania sufrí demasiado como para analizar el juego, aunque sospecho que no fue cosa del otro mundo: habrá que decir, de una vez por todas, que una cosa es el drama y otra la calidad del fútbol, y que Colombia se defendió en exceso o, incluso, con descaro. Grecia y Polonia, en los 3-0 de 2014 y 2018, respectivamente, fueron rivales mediocres en partidos que, a lo sumo, nos sirvieron de oportuno pretexto para tomar cerveza. El mejor partido —sea lo que sea eso— ha de ser como el mejor libro: algo que exprese la exclusividad del gusto personal, o, como quiera que sea, algo no demasiado popular. Preferir la final de México 70 o el 3-3 entre Argentina y Francia es como elegir, para llevar a la isla desierta, los poemas de Mario Benedetti o El perfume de Patrick Süskind. Se me antoja más significativo apostar por algún libro ignoto de Wenceslao Fernández Flórez o por Los adioses de Juan Carlos Onetti, y con esa misma lógica, en cuanto a los juegos mundialistas, me quedo con uno muy vibrante y no suficientemente recordado: el empate a tres goles entre Uruguay y Senegal, disputado en Suwon, Corea, en la madrugada del 11 de junio de 2002. Los charrúas, obligados a ganar para pasar a los octavos de final, debían remontar un lapi-

dario 0-3 con el que se fueron al camerino tras los primeros 45 minutos. Sin embargo, decirlo así, de golpe, no deja apreciar todo lo que hizo de aquel partido el mejor que yo vi hasta ahora (para decirlo con el pretérito perfecto de los rioplatenses). Para empezar, es necesario aclarar lo especial que era mi circunstancia antes del juego. Yo, por aquellos días, me estrenaba como padre: mi primera hija había nacido dos meses atrás. Y el alumbramiento, además de su evidente gracia ontológica, implicaba el beneficio de que, durante el Mundial de Corea-Japón, Laura fue mi mejor despertador. A la una y cuarto de la madrugada, invariablemente, se despertaba para pedir comida, de manera que, mientras yo me levantaba y preparaba el tetero —incluido el complejo arte de reducirlo a la temperatura adecuada—, se llegaba la hora de inicio del primer partido de la jornada. Luego, juntos, nos sentábamos a ver el match, ella con sus grandes ojos cafés puestos sobre la pantalla, mientras, con toda la serenidad del mundo, succionaba la mamila. Nancy, la madre, dormía con justicia, desentendida de los ritos de la FIFA. En cuanto al partido entre uruguayos y senegaleses, se sumaba un sentimiento adicional, no importa que se tratara de uno mucho más banal que el de la flamante paternidad: era mi odio transitorio contra los uruguayos, con quienes, en la eliminatoria, habíamos perdido el cupo de repechaje sólo por un gol. Para colmo, su clasificación debía algo al último partido contra Argentina, en el que hubo más negocio que disputa deportiva (o al menos eso dijimos en Colombia para justificar la eliminación; como se sabe, tenemos más de héroes trágicos que de filósofos estoicos). Senegal se fue arriba cuando, a los 20 minutos, Khalilou Fadiga embocó un penal, 2026 | N.° 335 | Julio

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quien se había parado mal, recostado al otro palo. A los 38, gracias a que el VAR no existía en los primeros años del siglo, el mismo Diop se lucró de un adelanto de diez centímetros y tocó un balón que bañó al arquero sudamericano y entró de picabarra. De no mediar el milagro de hacer cuatro goles en 50 minutos, Uruguay estaba liquidado. No lo salvaba, ni siquiera, una de esas plegarias lacrimosas que Benedetti hizo pasar por poemas.

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Luis Bueno. De la serie Pelé Beijoqueiro. Collage / arte callejero creado para la Filbo 2024. Instituto Ibraco en Bogotá

nacido de una falta inobjetable cometida por el arquero charrúa, Fabián Carini. El negro disparó hacia la mitad geométrica del flanco derecho del arco, mientras que Carini, desorientado, se lanzó hacia su izquierda. Seis minutos más tarde, cuando Uruguay no salía todavía del shock, uno de los leones africanos se escapó por la banda izquierda y cruzó el balón al centro del área, por completo desguarnecido, justo por donde entraba Bouba Diop. El remate, dirigido al ángulo superior izquierdo, era biológicamente inalcanzable para Carini, Julio | N.° 335 | 2026

El segundo tiempo fue, sin embargo, un libro distinto. Apenas a los 15 segundos, Richard Morales logró el descuento con el que, acaso, sea el gol más precoz de una segunda mitad mundialista. Darío Silva —a quien le amputaron la pierna derecha cuatro años más tarde, tras accidentarse en su camioneta— había tirado a puerta un balón tibio que Tony Sylva no pudo controlar, y que le quedó servido al Chengue para conseguir la primera diana uruguaya. Los orientales se llenaron de valor y se fueron con todo contra el arco senegalés. En el minuto 69, aprovechando un rebote fuera del área, Diego Forlán encajó un derechazo magnífico al mismo ángulo por el que había entrado el segundo gol africano. Esa anotación de Forlán, aunque nadie pudiera sospecharlo, anunció la faena que el mismo jugador habría de protagonizar ocho años más tarde, cuando, en el Mundial de Sudáfrica, fue el único que entendió los caprichos del esquivo balón Jabulani. No obstante, después de haber marcado desde larga distancia, el mismo Forlán perdió un mano a mano frente a Sylva, en compensación de otro que, en el otro extremo de la cancha, había dilapidado Ferdinand Coly. A los 88, Uruguay cobró por ventanilla el gol en fuera de lugar de Diop: el Chengue Morales, con total cinismo, simuló ser víctima de una zancadilla y confundió a Jan Wegereef,


el árbitro holandés, quien de inmediato concedió el penalti. Un minuto después, como cabía prever, Álvaro Recoba, el Chino, logró el empate con un zurdazo firme al palo derecho. La odisea uruguaya estuvo a muy poco de ocurrir: al 92, Gustavo Varela sacó un disparo desde 40 metros que, con un cabezazo mediocre, quiso despejar Lamine Diatta, quien lo único que hizo fue dejársela servida al Chengue. Este, sobre la raya del área chica, con el arquero en el suelo, se levantó para empujarla de cabeza, pero, entonces, ocurrió lo impensado: dueño de una puntería insólita, mandó el balón afuera, a dos metros del palo izquierdo. El yerro se cuenta entre los más burdos de la historia mundialista. Con el empate, Senegal clasificó como segundo en su grupo, detrás de Dinamarca. Laura se durmió cuando los senegaleses ganaban 2-0, pero yo debí despertarla al rato, cuando, hasta su cuna, llegó el grito con el que celebré el golazo de Forlán. Porque, si no se dio el milagro en el marcador, sí se dio en mi corazón: en el segundo tiempo, sólo con ver la enjundia uruguaya —la decisión con la que trataron de vencer al oráculo—, el odio nacido con las eliminatorias se fue diluyendo. Un equipo, con más de medio cuerpo sumido en la tumba, hacía lo posible por salir de ella y cambiar de lugar con su rival, quien, de la suficiencia, pasó al miedo cerval. No pude evitar ponerme del lado de Carini, Lembo, Montero, Varela, Recoba, Forlán, Morales, Benedetti, Onetti, Horacio Quiroga y Juana de Ibarbourou, cuyo primer poemario, Las lenguas de diamante, prometí leer si los uruguayos clasificaban. Pero el final fue más realista que prodigioso: el equipo goleado en el primer tiempo quedó, a la postre, eliminado. Sin embargo, quizá era preferible que ocurriera de ese modo: ese final no redondo resultaba

más convincente como aventura humana, y tanta conformidad me dejó que, cuando cayó el telón, fui a buscar el calor de las cobijas y dormí en paz, ajeno a lo que, en el partido siguiente, ocurrió entre cameruneses y alemanes. La conclusión es clara. El mejor partido de los Mundiales es la convergencia de muchas cosas: en la cancha, de un juego dramático de principio a fin, muchos goles y méritos que correspondan a sendos errores —nunca hubo héroes sin villanos—; en la conciencia de quien lo ve, deben coincidir un momento especial de la biografía personal y una alquimia moral que convierta un sentimiento sucio en anhelo sublime. Y si todo ocurre a la media noche, cuando salen a vagar los espíritus y el mundo intenta no salirse de ruta, tanto mejor. Es forzoso concluir que, a diferencia de lo que ocurre con la Copa de la FIFA, las circunstancias del partido óptimo no se repiten cada cuatro años, y, quizá, tampoco lo hacen a lo largo de toda una vida humana. Todo ocurre como en las revelaciones que nos deparan los mejores libros: cuando menos se piensa, la experiencia está ocurriendo, y, antes de que desaparezca del todo, uno adivina que, como toda comunión misteriosa, jamás volverá.

Juan Carlos Orrego Arismendi. Antropólogo y doctor en literatura, está vinculado como profesor a la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Algunos de sus libros publicados son: Cuentos que he que querido escribir, Viaje al Perú, La isla del Gallo, Tumba de indio. Viajes por Ecuador y Colombia y Antropólogo de poltrona.

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Rarito Natalia Maya

Siempre he pensado que mi hermano Juan

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ha sido como rarito. De niño coleccionaba costras de cada una de sus caídas: llegó a contar con más de cuatrocientas, incluidas algunas mías y otras tantas de mis hermanos. Ya de grande sabíamos que le gustaba buscarse trabajos variopintos. A principios de los ochenta, por ejemplo, fue decorador de casas de mafiosos y cuando las cosas se pusieron tensas, se fue para Estados Unidos y allí consiguió un trabajo como vendedor de turbinas de avión; después trabajó como catador de sustancias psicoactivas en una universidad de Colorado. Me enteré, por mi papá, que alguna vez vendió una bandada considerable de colibríes para un zoológico importante de los del Norte; también, contaba mi papá, que antes de devolverse para Colombia trabajó como domador de leones para un circo itinerante en México: lo echaron, según él, porque lo pillaron suministrando pequeñas dosis de sustancias a los animales, horas antes de salir a la escena. Esa última, aunque mi hermano alguna vez me la corroboró, no se la creo a ninguno de los dos. Mi papá también fue un gran ilusionista, iluso y mentiroso. Entre todas las rarezas de Juan, no obstante, había una que generaba un particular malestar entre nosotros cuando éramos niños: su afición por el equipo Millonarios. Nunca pudimos entender por qué, siendo de Medellín, Juan tuvo la mala idea de asumir esa decisión. Él es hijo único del primer matrimonio de mi papá. Su mamá era rola, tal vez fue por eso, aunque nunca, que supiéramos, tuvo alguna casa en esa ciudad. Julio | N.° 335 | 2026

La única vez que coincidimos en Bogotá, nos invitó a Paula y a mí al Campín para ir a ver un clásico entre Santa Fe y Millonarios. Paula vive en la capital hace un montón de años, yo estaba de visita y Juan estaba haciendo ya ni sé cuál de todos sus negocios. Era un domingo, lo recuerdo nítidamente. Tarde fría bogotana. Ansiedad de todo y de nada, que es lo que se siente cuando se visita la capital. Qué tan bueno esto, pero solo a ratos. —Lateral Sur, fue lo único que pude conseguir, —nos dijo a Paula y a mí. —Raro es que hubieras conseguido en Oriental Alta, —le respondió Paula. Yo asentí como si fuera un hecho cumplido que no soportaba extrañeza. Cuando llegamos, no tardamos en percibir que, justo a un costado de nosotros, había un grupo de personajes extraños, así como esos con los que mi hermano trabajaba por allá a principios de los ochenta. Paula hizo mala cara, mi hermano los saludó efusivo, aunque no los conocía, siempre tuvo un sexto sentido para reconocer a los malandros, a los torcidos, a los pillos: era como un imán para atraerlos. Yo no recuerdo si les levanté la ceja, es posible que no. No me gustan los mafiosos. Me molestan de manera muy personal, pero esa es otra historia que, desde luego, también tiene que ver con Juan. El partido empezó con algunos minutos de retraso, mi hermano, convidado por los de al lado, ya se había tomado varios aguardientes.


Oswaldo Vigas. Tigre con pelota. Óleo sobre papel pegado sobre madera. 52 x 77 cm. 1950

—¿A las niñas no se les antoja alguito?, —nos preguntó uno de los vecinos. “Nada señor, muchas gracias”, le respondimos mi hermana y yo al unísono. “Tan generosos ellos. Hijos de puta”, dijo mi hermana entre dientes. Yo asentí, también entre dientes. El partido empezó. Como estábamos diagonal y muy cerca al arco, al primer jugador que vimos entrar fue a Navarro Montoya, arquero del Santa Fe. Argentino, que nació en Medellín porque su padre (Ricardo Jorge Navarro), por allá en la década del sesenta vivió en la capital antioqueña, donde jugó como arquero para los dos equipos paisas. El Mono, como le decían a su hijo, esa tarde entró a la cancha con una indumentaria que llamó la atención de algunos. Especialmente la de mi

hermano y la de sus ahora nuevos mejores amigos. Llevaba puesto un saco de color rosa. Normal. No normal. Un insulto a su masculinidad. Una traición. Un deicidio. El Dios de los traquetos no se viste de rosado ni por el hijue... El Mono era reconocido por sus excentricidades y provocaciones en el campo de juego. Además, decían, era engreído. He de admitir que esa tarde, ante estos ojos, se veía como un adonis rosadito. Entró a la cancha pisando duro. Daba gusto verle. —¡Ay, pero si llegó doña Flor!, Monaaa, ¿dónde compraste ese saco tan hermoso?, —gritó mi hermano, una vez Navarro dio la vuelta para encarar su arco.

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—Jua, jua, jua— respondieron con carcajadas estruendosas los de al lado. Y no pasó mucho tiempo antes de que se unieran, a su manera, al matoneo que había comenzado mi hermano. “Maricón, loca, cacorra..., ¡payaso!”, le gritaban a Navarro Montoya, pero con un dejo de odio y asco que no era tan acentuado en Juan, y no lo digo por defenderlo. Al principio el arquero pareció no darse cuenta de lo que estaba pasando, pero conforme fue corriendo el juego y mi hermano y los de al lado fueron profundizando las chanzas, a El Mono algo empezó a mosqueársele. A cada tanto y de manera casi imperceptible, yo notaba que miraba por el rabillo del ojo a los que lo molestaban atrás.

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Pobre hombre, recuerdo que pensaba justo antes de tenerme que llevar precipitadamente las manos al rostro, cuando llegó aquel gol. Diez segundos después, qué digo, dos segundos después, ya no pensaba lo mismo. “¡Goooooool, malpaaaaaridos, hijueputas. Goooool!”, nos gritaba un hombre que se acercaba energúmeno desde el terreno de juego, hasta llegar a escasos dos metros de donde nos encontrábamos en la tribuna. Gol del Santa Fe. Mi hermano apenas contemplaba, aturdido, los brazos en alto en señal de victoria y las gesticulaciones exacerbadas de emoción que dejaba ver el arquero. “A ver quién es el maricón”, seguro que pensaba el ahora en júbilo Navarro. A nuestro lado, tres rostros de desconcierto, humillación e ira. Una de las manos al cinto.

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Seguro el arquero no alcanzó a percatarse del sutil movimiento. Entonces fuimos testigos de cómo el primer árbitro, aireado, se le dejó llegar por la izquierda; un instante después, el segundo, a pasos agigantados, lo rodeó por la derecha. No recuerdo cuál de ellos sacó la tarjeta por irrespeto a los hinchas. Roja, digamos, aunque puede que fuera amarilla o pudo ser que no le sacó nada. El partido se suspendió por unos minutos, de eso sí me acuerdo. Navarro Montoya iba escoltado. Apenas volteó a mirar a la tribuna, vociferaba y maldecía. Escupió en nuestra dirección, tal vez. Los mafiosos reían. Carcajadas rimbombantes y maledicentes. Uno de ellos hasta optó por sentarse, para terminar de reír más cómodo. Los otros dos, que seguían en pie, señalaban al arquero mientras le gritaban: “Mariconaa, loca. Yuju”... Desde atrás, un tercero, lanzó un pequeño objeto contundente, tal vez una moneda o una pequeña piedrecilla, que con tino acertó justo en la cabeza de uno de los árbitros. “Juaaaaaa”... una carcajada multitudinaria se escuchó en la tribuna. Paula y yo nos miramos. Juan miraba al cielo. No sonreía. Ninguno de los tres se despidió de los de al lado. Juan se levantó primero, nosotras dos lo seguimos. Salimos cabizbajos, en silencio, acongojados. Esa tarde no ganó el equipo de mi hermano, tampoco perdió. Nosotros sí. Esa fue la última vez que lo vi. En la casa no sabemos si está vivo o muerto. Desde el 13 de abril de 1986 no tenemos noticias de Juan. Natalia Maya es escritora, periodista y editora. Sus libros publicados son Los otros siempre tienen la razón y Humanista.


Recuerdos mundiales Juan Felipe Mejía García

Mis primeros recuerdos mundialistas se

remontan a México 1986. Sin embargo, tengo la certeza de haber observado el Mundial Argentina 1978, aunque mi acta de nacimiento exprese con claridad que vine a este mundo recién en 1979. También, estoy seguro, presencié con detalle España 1982. Es más, estoy en capacidad de afirmar que grité los tres goles de Paolo Rossi a Brasil con la misma emoción inusitada que Marco Tardelli gritó el suyo en la final contra Alemania, cuando caía la tarde del 11 de julio de 1982 en un irreconocible Estadio Santiago Bernabéu. Por supuesto, soy consciente de que semejantes afirmaciones precisan una aclaración que, con cierta desilusión, lo admito, resulta más simple que fantasiosa. Esta capacidad de caminar en todas direcciones por las calles del tiempo persiguiendo una pelota, empezó en 1986 cuando aprendí a leer. Hecho contradictorio, de acuerdo con las expectativas de mi profesora de primer año en la Escuela Policarpa Salavarrieta: quien no tenía paciencia para soportar niños que desarrollaban sus primeros trazos con la mano izquierda, vivían pateando cualquier elemento que rodara imaginando que era una pelota de fútbol y, para rematar, eran distraídos con los números al momento de contarlos, sumarlos o restarlos. Como el Estado colombiano certificaba mi competencia lectora: “es capaz de leer de corrido” (se leía en el boletín de calificaciones), mi familia decidió comprarme la

colección completa de Plaza Sésamo que la diligente Anabel, vendedora asignada del Círculo de Lectores para el Barrio Antioquia, nos ofrecía cada quince días en su revista catálogo. Mi papá, al saber que su hijo menor ya no era un analfabeto, tomó una decisión aún más arriesgada: desempolvar las revistas y álbumes de fútbol que atesoraba bajo llave en el escaparate donde todos teníamos nuestra ropa: en el cajoncito donde mamá le guardaba sus camisas limpias y planchadas en estricto orden cronológico. Y sí, yo presencié los Mundiales de Argentina y España porque, entre revistas y álbumes, estaban las entretenidas Todo sobre Argentina 78, Todo sobre España 82 y la recientemente adquirida Todo sobre México 86. Acercarme a ellas se convirtió en todo un ritual nocturno que, supongo, surgió de la preocupación de mi padre, enfermo por el Medellín, la lectura y el fútbol, de tener un hijo apático al DIM, a las letras y la pelota. Valga la aclaración: dichas publicaciones eran elaboradas en vísperas mundialistas por el ya desaparecido periódico El Mundo. Mi papá, que no era suscriptor de ningún diario, estaba atento para adquirir las revistas. Leerlas, significaba estar informado en un mundo donde la información no circulaba a la velocidad y en el volumen que la tecnología lo permite hoy. Su estructura era simple: una nota editorial donde se le comunicaba al hipotético lector que después de leerla estaría bien informado y listo para disfrutar de la mejor manera 2026 | N.° 335 | Julio

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el Mundial en cuestión. Se mencionaba, además, el ingente esfuerzo de los involucrados en la publicación para entregar la mejor información, acompañada por una impecable calidad gráfica.

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Leerla, implicaba volver a Mundiales pasados enfatizando los matices políticos en los que se desarrollaron (Mussolini y la Italia campeona de 1934 y 1938); revivir los momentos históricos acaecidos en cada cita mundialista, y que fueron aportando su granito de arena a la narrativa heroica que hoy caracteriza al fútbol y los Mundiales (el Milagro de Berna, el Maracanazo). Ojearla, era visitar la infraestructura que albergaría los encuentros; dar un breve paseo por la geografía de los países y, obvio, las ciudades sedes. En sus páginas, estaba la certeza de jugadores convocados y ausentes; de fortalezas y debilidades en los seleccionados nacionales; de ideas de juego como una declaración no negociable de la identidad nacional: “jogo bonito” brasilero, “disciplina táctica” alemana, “potrero” argentino, “garra charrúa” uruguaya, “catenaccio” italiano, “juego aéreo” inglés. En sus páginas, abundaban los datos curiosos sobre los equipos y sus principales figuras. Conocerlos, memorizarlos y luego comunicarlos, yo lo hacía, me permitieron ganar prestigio entre mis compañeritos de clase, aunque fuese para las matemáticas, en palabras de Daniel Pennac, un verdadero zoquete. Y es que todo mi aprendizaje futbolero ocurría en la noche, después de comer y de escuchar en completo silencio La cabalgata deportiva Gillette —en Radio Súper— y El punto 55 —por Todelar—. Luego, nos sentábamos a leer: él, las Selecciones del Reader’s Digest o El Gráfico (que cambiaba cada quince días en los puestos de revista callejeros del centro de Medellín) y yo, las Todo sobre los Mundiales 1978, 1982 y 1986. Julio | N.° 335 | 2026

—Lea usted, también, me decía. Y yo leía, porque me parecía más divertido saber que un tipo llamado Paul Breitner: “cerebro de la selección de la República Federal Alemana, ausente en la cita mundialista de 1978”, había aceptado afeitar su abundante barba y espeso bigote con la nueva Prestobarba de Gillette, por ciento cincuenta mil marcos alemanes (una fortuna para 1982), que leer la aleccionadora fábula La zorra y las uvas, para luego escribir una decente y coherente moraleja que, casi seguro, una profesora imposibilitada para querer a niños que escribían con la mano izquierda y gambeteaban pupitres con frutas de mango simulando ser una pelota, creyéndose Maradona, no iba a leer. —¿Quién es este?, preguntaba mi papá. —Paul Breitner, respondía yo, luego de leer el píe de foto. —¿Con qué selección juega? Insistía. —RFA Alemania, replicaba. —¡Ese es un volante enorme! ¡Un jugadorazo! Lea para que sepa que dicen de él. Ese examen de comprensión lectora elaborado por Jaimito, mi padre, me sigue pareciendo, cuarenta años después, mucho más divertido que los exámenes de la profesora María Eugenia. Otra noche, otra página, otro rostro. Esta vez, un joven tiene una raqueta empuñada entre sus manos y está a punto de devolver la pelota, que no aparece en la imagen, con el tradicional golpe de revés. El inmenso dedo índice de papá me señala esos cabellos largos, negros y rizados. Parece ser


Felix Reidenbach. +10â€. (Michael Ballack, David Beckham, Zinédine Zidane, Raúl, Kaka, Nakamura, Lukas Podolski, Lionel Messi, Juan Román Riquelme y Djibril Cissé). Instalación temporal. 40 m x 20 m. Estación Central de Colonia, Alemania. Campaña publicitaria Mundial de Fútbol de 2006 TBWA / Adidas

el líder de una banda de Glam rock, pero no. El tipo lleva la camiseta marcada con el número 10, y según la nota, se llama Kevin Keegan y es “la esperanza de Inglaterra”, una selección que para 1982 y 1986, ya sin Keegan, agregaría un par de derrotas más a su extenso palmarés. Abajo, en un recuadro, en plano medio, aparece el portero Peter Shilton: “El heredero del gran Gordon Banks”. En retrospectiva, ambos porteros son recordados por haber enfrentado a los considerados más grandes futbolistas de su tiempo. Banks, haciendo una atajada imposible a Pelé cuando este cabeceó en soledad, contra el piso, a la raíz del palo de su mano derecha, en México 70; y aunque Inglaterra perdió ese juego 1 a 0, esa atajada se recuerda más que el resultado mismo del partido disputado

en Guadalajara. Peter Shilton, en cambio, sufrió “La mano de Dios” y fue testigo impotente (quedó sentado ante la gambeta de Maradona) del “gol más lindo de todos los Mundiales”: un gol que todo niño, de esas épocas, soñó con anotar. Siguiente página, Brasil. Era un artículo verdaderamente esperanzador y lleno de positivismo; en él, se enunciaban las mil y una maravillas capaces de llevar a cabo, entre otros, por Zico, Serginho, Cerezo, Falcão, Junior, Dirceu, Roberto Dinamite y el inigualable Doctor Sócrates (¡oh, sorpresa! Para la publicación, no era llamativo que el mejor jugador de Brasil entre 1980 y 1988 fuese médico), dirigidos por Telê Santana. Cuatro años después, en la revista de 1986, había otro artículo sobre ese Brasil, que era casi el mismo que estaría en México. Era 2026 | N.° 335 | Julio

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igual de esperanzador, pero recordaban que el futbol necesita una pequeña dosis de suerte que no estuvo presente el 5 de julio de 1982 en el estadio de Sarría para el lado del Scratch, sino en las piernas del joven “totonero” (anexo mío) Paolo Rossi.

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Siguiente noche. Esta vez, papá me explica el gráfico a todo color del “Gol que no fue”: una secuencia debidamente ordenada en la cual Pelé engaña al portero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz con el cuerpo y sin siquiera tocar la pelota, dibujando en la entrada al área chica un 8 de fantasía para, inmediatamente después, girar con la sutileza de un bailarín de ballet, decidido a buscar la pelota que parece se va de la cancha; la alcanza y chuta al arco, ya sin ángulo de tiro. La pelota roza el palo. La conclusión de papá, mientras mis ojos volvían una y otra vez sobre ese dibujo y esas fotos que, lo juro, se movía cuadro a cuadro, como por arte de magia, era: —Donde haga ese gol, tienen que tumbar el Estadio de Jalisco. Creo, es evidente que de 1978 a 1982 y de allí a 1986, saltábamos con solo cambiar de página. Los jugadores y las camisetas se iban modificando, las estrellas de antes se perdían en la inmensidad del universo futbolero, pero, de la infinitud de ese mismo universo también aparecían nuevas y fulgurantes estrellas: “Le Petit” Alain Giresse, Gary Lineker, Jan Ceulemans, Careca… …Y de esa infinitud llegaba para posar ante el lente de la cámara: parado contra un palo, luciendo un conjunto de sudadera y buzo Le Coq Sportif (marca sinónimo de fútbol en los años 80); con los brazos cruzados y luciendo, no solo una amplia sonrisa, sino unos guantes de arquero, “la joven figura Julio | N.° 335 | 2026

uruguaya Enzo Francescoli, quien jugará su primer Mundial de mayores”. —Esa foto no es cierta. Él es goleador, no portero. Además, fijate que el buzo y la sudadera están limpias y la cancha está embarrada, dijo mi hermano que, de vez en cuando, se unía al club de lectura. Un par de páginas adelante, tropezamos con un sonriente Diego Armando Maradona abrazado a Daniel Passarella. Ambos, lucían sombreros de charros mexicanos inmensos. En el texto, se describía “el tortuoso camino eliminatorio de una Argentina cuestionada” cuyo juego no tenía gracia, ni picardía, ni gambetas, ni potrero. “Bilardo ha demostrado ser la antítesis del otrora glorioso fútbol de la margen occidental del Río de la Plata”. El pesimista artículo contrastaba con un Maradona feliz, pletórico e invencible. Un Maradona dueño de una seguridad y un amor propio inquebrantable. Mi hermano señaló a Diego Armando Maradona y hasta que no estuvo plenamente seguro que le seguía con atención, dijo: —Este, es el mejor de todos. Cuando empezó ese Mundial, mi primer Mundial, las letras empezaron a mezclarse con imágenes en vivo y en directo y mi viaje por las calles del tiempo persiguiendo una pelota tomó otros rumbos, pero esa, esa es otra historia. Juan Felipe Mejía García. Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia y magister de la Universidad Pontificia Bolivariana, es docente y conduce junto con Juan Ignacio García y Ronald Villa el programa radial “El esférico” en la Emisora de la Universidad Nacional de Medellín.


Una fiesta sin gente Juan José Tobón Gallo

Este podría ser el inicio de un texto simpáti-

co y alegre que busque relacionar literatura y fútbol ─dos temas quizá tan amplios y tan profundos, como dos mundos─, pero es difícil moldear anécdotas de modo elocuente y adoptar una actitud festiva con las palabras para festejar el inicio de otro Mundial ─que definitivamente no será cualquier Mundial─, cuando en las calles y en los aeropuertos del principal país anfitrión al pueblo se le perfila, se le segrega y se le quita tal vez la única fortuna que aún ostenta: su alegría. O al menos la posibilidad de ejercerla libremente en torno al fútbol y a esa fiesta mundial que solo ocurre cada cuatro años. Para empezar, no sería un ejercicio revelador decir que desde que empezó su segundo mandato, la política migratoria de Trump no ha dejado de ser un tema de bárbaros. Tampoco es revelador decir que a través del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE (siglas en inglés para U.S. Immigration and Customs Enforcement), su gobierno ha perseguido de manera brutal a todo el que piense, luzca o sea diferente. Resulta contradictorio que en una patria que se ha hecho grande gracias a la diversidad y al trabajo de miles de migrantes a lo largo de su historia, estos deban esconderse para preservar sus derechos. Y es que el resultado de tal brutalidad estatal quizás encontró su momento más crítico a principios de este año con el asesinato de Renée Good, quien, por cierto, no era migrante. Renée Nicole Good fue asesinada el 7 de enero de 2026 en Minneapolis a manos de

Jonathan Ross, agente del ICE. Un día antes, el 6 de enero, más de dos mil agentes habían sido enviados al área metropolitana de Minneapolis en lo que el Departamento de Seguridad de Estados Unidos calificó como “la mayor operación de control migratorio jamás realizada”. Ante una medida que se anunciaba con tanto bombo había que estar pendiente, así que Good quiso ser testigo de que la fuerza no se sobrepasara con su comunidad, más al tratarse de una zona escolar. Allí, al ser rodeada de forma intimidante por los agentes, Renée quiso huir en su auto y, durante tal intento, recibió tres disparos letales. Aunque algunos medios de la cuerda de la Administración Trump han querido desvirtuar los hechos alegando defensa propia por parte del agente, y aunque el mismo líder republicano la catalogó a ella como una “agitadora profesional”, nada de esto, sin embargo, ha podido comprobarse. Se sabe, eso sí, que Renée Good era ciudadana norteamericana, licenciada en inglés y autora de un poema titulado “On Learning to Dissect Fetal Pigs”, pieza que en 2020 fue merecedora de un galardón por parte de la Academia de Poetas Americanos. También se sabe que tenía treinta y siete años y era madre de dos adolescentes varones y una niña de seis años. Es en este marco intimidatorio y poco garantista en donde se pretende realizar la mayoría de juegos del Mundial de Fútbol 2026, un evento deportivo que, desde que se impulsó la primera vez ─por allá, antes de 1930, gracias a Jules Rimet, primer presidente honorario de la FIFA y tal vez el 2026 | N.° 335 | Julio

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único decente─ , ha buscado la unión de los pueblos a través de la celebración de un juego que une a las masas. Desafortunadamente, no todas las masas han sido bienvenidas este verano en Norte América.

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Es conocido el video en el que agentes de migración requisan, cachean e intimidan como delincuentes a cada uno de los integrantes de la delegación de Senegal y Uzbekistán, en su arribo a Texas y Nueva York, respectivamente. Aunque se dice que las normas de migración son para todas las personas, resulta llamativo que este procedimiento hubiera sido exclusivo para pocas selecciones. No menos injusto ha sido el trato que ha recibido la selección de Irán. Dado el conflicto entre Irán con Estados Unidos e Israel, a la selección del Golfo Pérsico se le permitió disputar los partidos en suelo gringo, con la condición de no pernoctar allí. Es decir que antes de cada juego, los futbolistas iraníes están cargando con el cansancio acumulado del viaje de ese día, y al finalizar cada partido deben otra vez abandonar el país hasta el siguiente juego, lo que los pone en una clara desventaja con sus rivales. Así también, a todos los hinchas iraníes se les prohibió la entrada al país. Después del primer encuentro frente a Nueva Zelanda, cuando Gianni Infantino buscaba alivianar la situación asistiendo al vestuario de los iraníes, Amir Ghalenoei, director técnico de Irán, le respondió que ellos eran la selección más oprimida del Mundial. El presidente de la FIFA se quedó en silencio. A lo anterior se le suma el hecho de que Aymen Hussein, figura rutilante de la selección de Irak, fue interrogado durante siete horas al arribar con su delegación al aeropuerto de Chicago por ser considerado “sospechoso”. Pero quizá la principal ola de indignación que ha impulsado los Julio | N.° 335 | 2026

cuestionamientos a la organización de este Mundial surgió cuando al árbitro somalí, Omar Artan, mejor árbitro de África, según la FIFA, se le negó la entrada a Estados Unidos solamente por su nacionalidad. Artan se iba a convertir en el primer ciudadano somalí en participar en un Mundial de Fútbol. En su regreso a su país fue recibido como un héroe. No es la primera vez que ocurren controversias en torno a la organización de un Mundial de fútbol, pues todos los mundiales, o al menos los últimos celebrados, han tenido cierta dosis de vergüenza. Ciertos hechos injustos, controversiales, que nos han interpelado y que han incomodado nuestro status de espectador ávido de espectáculo. En el Mundial de Brasil 2014 fue el excesivo gasto público, en un país tan desigual que según miles de protestantes, tenía problemas más apremiantes que la organización de un Mundial. En Rusia 2018 fue el racismo, la discriminación contra colectivos LGBT+ así como el conflicto con Ucrania. En Catar 2022 las controversias se enmarcaron dentro de las violaciones a los derechos humanos, sobre todo el trato de un régimen autoritario hacia los trabajadores migrantes, mujeres y personas LGBT+. Pero este Mundial del 2026 tal vez sea el primero en que tanta injusticia y tantos atropellos se están transmitiendo por televisión y por redes sociales y, por el contrario, al anfitrión esto le parece motivo de orgullo. Conviene entonces preguntarse por cuál ha sido la reacción de la FIFA como mayor ente regulador del fútbol en el mundo. No diríamos nada nuevo si agregamos que a la FIFA poco le ha importado el contexto actual. “¿Te parecería normal que la FIFA le dictara al gobierno británico a quién dejar entrar


al país y a quién no?” fue la respuesta de Gianni Infantino a los cuestionamientos que un reportero de la BBC le hizo sobre la organización de este Mundial. “Quizás a ti te parezca normal. Pero la realidad es que en todos los países hay gobiernos” agregó el dirigente suizoitaliano. Resulta llamativo que ese mismo respeto por las decisiones de los gobiernos de cada país la FIFA no lo tuvo cuando se le quitó la sede de la Copa Mundial Sub-20 en 2023 a Indonesia. En aquella oportunidad, solamente una solicitud del gobernador de la isla de Bali al Ministerio de Deportes de ese país para evitar que la selección de Israel jugase en la isla ─ solicitud que por cierto, fue rechazada─ bastó para que el máximo órgano del fútbol mundial retirara la sede al país del sudeste asiático, a pocos días del evento. Al mirar en retrospectiva, también podría hacernos ruido que desde el comienzo de la invasión rusa en Ucrania, al fútbol ruso, incluyendo a su selección, se le haya apartado de todas las competencias internacionales y que la FIFA, al considerarse neutral y apolítica, no hubiese hecho lo mismo con Israel frente al genocidio en Gaza, aun cuando la ONU ya hubiese declarado que lo ocurrido en la Franja de Gaza es un genocidio. No se puede entender entonces tanta laxitud con algunos países y tanta dureza con otros, sino es por un tema de conveniencia. Conveniencia económica ─sobre todo─ , política e incluso judicial. Periodistas, como el español Juan Corellano, señalan que es imposible destapar el manto de dudas que nos deja la evidente complicidad de la FIFA con Estados Unidos y sus países aliados, sin tener en cuenta el escándalo del FIFA Gate en 2015. Recordemos que en mayo de ese año, tras una investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos, se hizo pública una extensa red de sobornos,

fraude y lavado de dinero que involucró a los altos mandos de la FIFA. El caso fue a los tribunales estadounidenses y se llevó la cabeza de Blatter ─presidente desde 1998 y quien hasta ese momento parecía inamovible del cargo─ , Michel Platini ─ presidente de la UEFA desde 2007─ y la mitad de la cúpula de la FIFA, quienes aún enfrentan cargos por el escándalo. El FIFA Gate fue un golpe bajo para los intereses de la entidad. Se cree que la instalación del caso pudo ocurrir en represalia a que, en 2010, cuando se debía elegir la sede para el Mundial del 2022, Estados Unidos era amplia favorita, pero a cambios de dinero, tráfico de influencias y un proceso que no fue del todo transparente la FIFA terminó dándole la sede a Catar, un país con tres millones de habitantes y escasa tradición futbolística, pero, eso sí, con mucho petróleo. Así pues, desde que Infantino asumió el liderazgo de la FIFA en 2016, ha buscado enfriar los juicios en los tribunales gringos a través de una constante relación con Estados Unidos y Trump. Esta operación ha sido tan fructífera, que sin miedo a nuevos juicios, en un proceso quizás tan sospechoso como el de la elección de Catar, la FIFA ya anunció el otorgamiento de la sede del Mundial de 2034 a Arabia Saudita. Pero volviendo a los cuestionamientos a la organización de este Mundial, parece un hecho remarcable que ese aislamiento o segregación de las masas que pueden entrar o se quedan en la puerta de la fiesta que organiza la FIFA, no solo se da por la fuerza, sino también por el levantamiento de barreras económicas o monetarias. Usando un tono despreocupado, en una entrevista difundida por la plataforma X días antes del partido inaugural en Ciudad de México, el cineasta Alejandro González Iñarritu 2026 | N.° 335 | Julio

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Fredy Serna. Bajo la cancha. Mixta: grafito y acrílico sobre lienzo. 30 x 30. Colección de Artes Visuales MUUA

hizo una crítica tenaz de la organización del Mundial de Estados Unidos, Canadá y México 2026. Además, adujo no sentir completamente un ambiente “mundialero” en su país ─en parte por los pocos encuentros que se disputarán allí─ y debido al costo exagerado de las entradas para los partidos que no bajan de los 10 mil pesos mexicanos ─casi 2 millones de pesos colombianos─ . Para ello rememoró un momento del Mundial de México 86: “Mi padre no tenía dinero. Recuerdo que en el partido famoso del gol de Maradona, de la Mano de Dios, yo Julio | N.° 335 | 2026

fui a ese partido. Y para que mi papá me hubiera invitado quiere decir que él podía pagar ese boleto”, señaló para argumentar la dificultad que hoy tendría un padre de familia de clase media mexicana que quiera llevar a sus hijos a un partido del Mundial. Como si esas barreras monetarias hubiesen tomado una forma material, pasados algunos días de la entrevista, en la tarde anterior a la inauguración del Mundial de Estados Unidos, Canadá y México 2026, los cientos de vallas que cubrían el Fan Fest de la FIFA


instalada en el Centro Histórico de Guadalajara excluían a miles de ciudadanos tapatíos que en esa tarde se desplazaban por el Centro de la ciudad. Adentro, solo algunos individuos, la mayoría extranjeros, podían disfrutar de los encantos del evento de la FIFA cuyo aforo era limitado. En esa suerte de apartheid turístico que trajo la instalación de las vallas también se perjudicó a comerciantes de restaurantes de la zona que esperaban verse beneficiados con la estructura montada, lo que trajo una serie de reclamos contra el Ayuntamiento de Guadalajara y la FIFA. Hoy el sentimiento de miles de mexicanos parece resumirse en que han sido designados como anfitriones de una fiesta a la que no han sido plenamente invitados. Pero del pozo de injusticias que rodea desde hace años a los señores del fútbol, quizá convenga hacer justicia y sacar en limpio al deporte. Si a lo largo de la historia algunos intelectuales han señalado al fútbol como una dinámica de bárbaros, conviene decir también que alguna vez Antonio Gramsci lo definió como “el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”. Es conocida la frase de agradecimiento de Albert Camus que resume todo lo que aprendió del fútbol cuando lo practicó en la Universidad de Argel en 1940: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol…”. La cita es de un texto publicado en 1957 por la revista France Football, titulado precisamente “Lo que debo al fútbol”. En este punto parece inevitable no volver a las conocidas palabras mencionadas por otro pensador de nuestro tiempo, pero oriundo de este sur global ─sin querer desconocer las raíces de Camus─ : “La pelota no se man-

cha”. Con la camiseta de Boca puesta, unas manos que arropaban sus brazos, como si sintiera frío, pero no sentía frío sino algo más profundo y un micrófono a la altura de una voz que por momentos parecía estar a punto de romperse, la frase la soltó el Diego el día en que se dirigió a una Bombonera repleta y a millones de personas que observaban su partido de despedida por televisión. Con sus palabras, que luego se volvieron eslogan contra el fútbol negocio, quiso dejar claro que el culpable de todos sus errores y sus excesos había sido él y nadie más que él y que el fútbol era un deporte noble y sano, una fiesta a la que le debía todo. Como buen héroe popular, Maradona entendió que esa fuente de alegría masiva no era suya, o al menos no le pertenecía solo a él. Sin embargo, hoy parece que esa pelota que nos dejó nos la hubieran quitado y que el fútbol ahora se disputa con un balón salpicado de inmundicia y sangre derramada por los atropellos de los poderosos; esos que, como la FIFA, no han dudado en patentar nuestra alegría. Aunque en la televisión estamos viendo estadios llenos, es difícil decir que es una fiesta de la gente si no todo el mundo está invitado. Y aunque también vemos estadios relucientes y campos impecables, por momentos el juego nos transmite cierta apariencia de suciedad, de un fútbol cada vez menos popular y romántico y más industrializado y mezquino. No ha dejado de ser espectáculo, aún nos seduce, pero parece una fiesta que cada vez le pertenece menos a la gente, a toda la gente, y ¿qué gracia tiene asistir a una fiesta sin gente? Juan José Tobón Gallo. Periodista de la Universidad de Antioquía. Su tesis de grado es un ensayo sobre el cronista Luis Tejada titulado Luis Tejada. Cuando el caracol sale de su concha a mirar el mundo.

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Un abrazo torcido JuanGui Romero

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o recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de microfútbol más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, a armar este Mundial con 48 selecciones. Está claro que este calvo y su nuevo mejor amigo, Donald Trump, se sienten capaces de cargar el planeta, como lo hacen las dos figuritas que salen repujadas en el trofeo que levantan los campeones del Mundial cada cuatro años. A los dos les obsesiona perseguir cualquier récord que duerma lejos de sus vitrinas, y seguro por eso Infantino se antojó al ver los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia un tal Miguel Valencia (q.e.p.d.), cuando seguía un campeonato de futbolito perdido en una ciudad suramericana llamada Medellín. Sí, como ojalá se recuerde por mucho tiempo, ese tal Miguel Valencia fue un señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de la U. de A., se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado. Lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro o de otras marcas de cigarrillos. Julio | N.° 335 | 2026

Y tal como ocurre en los mundiales —y por fortuna en todos los campeonatos por ínfimos que estos sean— este también era un torneo repleto de pequeñas y grandes historias que desbordaban lo que sucedía en esa cancha de cemento. Recuerdo, por ejemplo, que nuestro arquero, estudiante de sociología y mesero de La Sorpresa (ese restaurante ya desaparecido que estaba ubicado cerca del Museo de Antioquia), se sindicalizó únicamente para que no lo molestaran cuando empezó a llegar tarde por cuenta de estos partidos. También vienen a mi mente los jugadores de los equipos de artes quienes, habituados por formación a experimentar la soledad en público, varias veces se robaron el show al celebrar sus goles con tremendas coreografías metidos en las aguas de la fuente de la plazoleta central. Es más, su arquero tapó algunos encuentros vestido con una ruana. Por eso, no podía ser de otro modo: la final también tenía que cargar con el peso de una historia mínima. Ese hilo invisible que esa vez me eligió justo a mí — y para comerme la cabeza, como dicen los argentinos—, es decir, para sacarme mentalmente del partido. Lo peor es que el artífice de mi desgracia resultó ser el más impensado de todos. Todavía recuerdo que ese día llegué muy temprano a la universidad, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante tan importante partido, proyectado para el mediodía. Así que lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, caminándola con los ojos


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Henri Rousseau. Jugadores de fútbol. Óleo sobre lienzo. 100.5 x 80.3 cm. 1908. Museo Guggenheim

para volver a decirme cuáles eran sus zonas más irregulares y los mejores ángulos para pegarle al balón y sorprender al arquero contrario. Esperaba, además, que mis compañeros de equipo aparecieran también

muy pronto —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa! el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría 2026 | N.° 335 | Julio


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dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, me lo dedica, por favor… Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para resolver cualquier tarea que involucrara hacer un seguimiento de prensa o analizar alguna noticia. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: ¡Claaaaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel! Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4 – 1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos, y tal vez el periodista más leído de la U. de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera Julio | N.° 335 | 2026

logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando luego junto a él como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no podía creer semejante traición. ¡Vamos, vamos!, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3 – 2, y sobra decir que yo no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores que tenía al frente. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de WhatsApp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles, como le decían últimamente. Juan Guillermo Romero Toro es Comunicador Social – Periodista de la Universidad de Antioquia, con una especialización en audiovisuales. Vidas de feria es su libro de crónicas ganador de una beca de creación y publicado en 2014.


Los últimos 10 días de Andrés Escobar A 30 años de su absurdo sacrificio Gonzalo Medina Pérez “El balón entró lento y angustioso, mientras el Calidoso sentía un cuchillo castigando con la impotencia su pierna izquierda, la mágica, misma que en esta ocasión intervino para su desgracia y la de su país. Silencio en medio de la celebración en el estadio Rose Bowl de Pasadena. Una voz infantil alcanzó a escucharse muy cerca de su hermana: “Mamá, a Andrés lo van a matar”.1 ¿En qué batalla o conciliábulo de nuestra historia, o en qué acuerdo interpartidista secreto cobró vida ese lastre cultural colombiano que es capaz de llevarnos en segundos del éxtasis de sentirnos invencibles al infierno de seres infames y despreciables? A los 52 minutos del partido ColombiaEstados Unidos el 22 de junio de 1994, un defensa central llamado Andrés Escobar Saldarriaga —honesto hasta la ingenuidad— metió el balón en su propia portería y reactivó el estigma: la cita con el destino estaba en marcha. El 3-1 adverso frente a Rumania el 18 de junio y luego el 2-1 en contra ante el anfitrión del Mundial, derrumbaban el entusiasmo nacional de favoritismo que el propio Pelé ayudó a despertar. Esa primera caída evidenció la fragilidad de país cautivo de la derrota cuando a Pacho Maturana lo amenazan y le ordenan excluir a Gabriel Jaime “Barrabás” Gómez del grupo que jugaría contra Estados Unidos.

En el mismo estado de California, y un día antes del encuentro contra Rumania, las fuerzas de policía desarrollaron la persecución de película —literal— contra el jugador de fútbol americano y actor O. J. Simpson, en una autopista de Los Ángeles que fue transmitida en directo por televisión y seguida por millones de espectadores. Luego de recorrer 60 millas, el deportista es capturado bajo sospecha de asesinar a su exesposa Nicole Brown y a Ronald Goldman, amigo de esta. Para cientos de miles de colombianos, una vez más, defraudados, el autogol de Andrés no fue una jugada del azar, de lo posible, sino una conspiración para impedir que su selección avanzara hacia la final. La rabia y la frustración invadieron todos los rostros y rincones del país: “¿Por qué nos es tan esquiva la alegría? ¿por qué Dios nos niega esta pausa tan parecida a la felicidad?”, se preguntaban entre tristes y rabiosos miles de hinchas de toda condición, aún sin creer que su equipo estaba por fuera del Mundial.

¡Pedir lo imposible! Mientras para los argentinos el 5-0 del 5 de septiembre de 1993 frente a Colombia fue su noche más oscura, para nuestro país fue una gesta que levantó durante meses el ego nacional al costo de un aterrizaje de barrigazo del que aún no nos reponemos. La seguidilla de partidos invictos, el despliegue 2026 | N.° 335 | Julio

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de lucha para capturar o dar de baja a Pablo Escobar Gaviria, objetivo este último que lograron tres meses después. Mientras llegaba el partido de la despedida pálida contra Suiza, Andrés tuvo cuatro días para pensarse y para pensar sobre todo, para escuchar a sus técnicos y compañeros sobre lo inesperado y sobre lo que estaba por venir; y para palpar y tratar de entender los estados de ánimo de un país frustrado más que nunca y el de una selección que se dejó superar por el entusiasmo, hijo de la carencia, a tal punto que ella nunca estuvo concentrada sino cercada por periodistas, hinchas, directivos, empresarios, espías, ilustres desconocidos, cada uno mitigando tras una bandera sus emociones frustradas.

40 Su Hanchen. Cien niños en la larga primavera. Tinta sobre seda. Entre 1130 y 1160

inusitado de técnica y goles y las odas embriagadoras de narradores y comentaristas cantándole al “fútbol extragaláctico” de la selección, inundaron de triunfalismo nuestros campos áridos de victorias. En medio de gestos, gritos y sentimientos incrédulos frente a la goleada colombiana en el Monumental, Hernán Darío Gómez tuvo la sensatez necesaria para preguntarle a Maturana: “Pacho, ¿qué vamos a hacer? Ahora van a querer que ganemos el Mundial”. Y fieles a la impronta cultural, los colombianos celebramos la “epopeya” de Buenos Aires como tenía que ser: 85 muertos y 900 heridos. Para ese momento, la DEA, los *PEPES* y los cuerpos de seguridad ampliaban sin control legal sus formas Julio | N.° 335 | 2026

El 26 de junio, Andrés y compañeros regresan al Rose Bowl, el malhadado estadio del autogol, para enfrentar a Suiza. Con el peso de la vergüenza de cuando se juega por protocolo, Colombia gana 2-0 con goles de Herman “Carepa” Gaviria a los 44 minutos y Harold Lozano, a los 90. Al concluir la gris actuación mundialista, y sin poder borrar de su mente la escena del autogol —él, estirado impotente en la grama y viendo el balón adentro del arco, y con Óscar Córdoba tirado al lado contrario—, la pregunta de Andrés no podía ser otra: “¿y ahora qué les digo a los hinchas en Colombia?”.

“La calle está dura” La frustración y el desengaño y la rabia por la eliminación temprana de la selección invadieron los espíritus del común de los colombianos. Y esa sed de reconocimiento no satisfecha en un pueblo, que por un instante se sintió realizado, encontró en los jugadores y técnicos la excusa fácil y los señaló de


responsables del “fracaso”, como ya lo habían hecho algunos narradores y comentaristas deportivos en Colombia y en Estados Unidos. Mientras alistaban todo para el regreso, Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez reunieron a los jugadores. Y recordando las palabras sabias de la canción de Héctor Lavoe, “Pacho” preparó a sus muchachos para lo que les esperaba: —Tienen que guardarse en sus casas, porque la calle está dura y la gente está muy dolida. Y por desgracia, la cuerda siempre se rompe por lo más delgadito. Andrés, el muchacho juicioso, obediente, disciplinado, respetuoso de sus superiores, asintió con la cabeza y miró a Faustino Asprilla, el referente de la irreverencia y la desobediencia, amigo de escaparse de las concentraciones gracias a la complacencia de sus jefes: —Ya escuchaste, Fausto, no te pongás a dar lora por ahí. “El Tino” apenas se sonrió y desvió la mirada. Mientras, Andrés, hablando consigo mismo, levantó la que sería su consigna definitiva: “¡dar la cara!”. Esa convicción moral, de paso, le reafirmaba el sentimiento declarado hacia su novia Pamela Cascardo, odontóloga, y la decisión de ambos de casarse, formar su hogar y tener muchos hijos. Entre tanto, y a pesar del autogol y la eliminación, el nombre de Andrés Escobar estaba en los planes del Milan de Italia para reemplazar al zaguero Franco Baressi. Y el 29 de junio, el joven defensor publicó una columna autocrítica en el diario El Tiempo: “Nos faltó verraquera”. Reconociendo su responsabilidad en el desempeño flojo de la selección y en el autogol, y como

temiendo a la vez que sucediera lo que al final ocurrió, Andrés invitó a los colombianos a la comprensión y a la serenidad: “Por favor, que el respeto se mantenga... Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.2 Fiel a su compromiso, Andrés rechazó la invitación de su familia para irse a pasear por Estados Unidos. “Mi deber es llegar a Medellín y dar la cara”, fue su explicación. Ya en su ciudad, el técnico Hernán Darío Gómez le propone viajar a Santa Marta y relajarse un poco, pero él se reafirma en su deber moral de permanecer fiel a su palabra. Sin embargo, la soledad comienza a hacer mella en el espíritu del defensor. Y acude al celular para exorcizarla: uno de sus objetivos es el Andino, Juan Jairo Galeano, goleador del Atlético Nacional y amigo personal y de su familia. El otrora delantero del Atlético Nacional le responde y de inmediato adivina la angustia del zaguero y el deseo de escuchar una voz como compañía, por lo cual acuerdan reunirse pronto. Las llamadas se repiten una y otra vez, pero Juan Jairo ignora que algo similar ocurre con otros amigos de Andrés, un ser humano transparente y ansioso por encarar sin temor a quienes entonces fungían como jueces de aquellos que, según los pontífices del periodismo, defraudaron su confianza. El viernes primero de julio se proyectaba luminoso sobre Medellín, muy en especial en la avenida Las Palmas, una suerte de piso alto de la ciudad ocupado por discotecas, estaderos, restaurantes, licoreras y apartamentos de lujo. En horas de la tarde, Andrés estaba reunido en el estadero El Indio con Juan Jairo Galeano, Eduardo Rojo y su esposa y con una 2026 | N.° 335 | Julio

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Werner Naranjo. Futbolista. Xilografía. 35 x 50. 1995. Colección de Artes Visuales MUUA

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amiga suya. La noche anterior, el Calidoso, siempre ansioso de compañía, invitó a su novia Pamela, pero esta no tenía deseos de salir. En otro extremo del estadero se hallaba el grupo de los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, de rumba desde el día anterior en Sabaneta. Mientras en el parqueadero, el escolta y chofer Humberto Muñoz Castro pasaba las horas escuchando radio y atento a lo que ordenaran sus patrones. Tan pronto advirtieron la presencia de Andrés, los Gallón y compañeros rompieron en burlas contra aquel, diciéndole “qué autogolazo”, “calzoncillos Leo” y toda clase de Julio | N.° 335 | 2026

mofas que apuntaban a poner en ridículo al futbolista. Si bien al inicio, este les siguió el libreto, pronto les pidió respeto y comprensión porque el autogol lo tenía afectado y apenado con todo el país. Con el paso de las horas, del licor y de la agresividad verbal de los Gallón y amigos, Andrés se quedó solo con su amiga. Hasta su amigo Juan Jairo Galeano, que tenía viaje temprano a su pueblo, Andes, le mintió diciéndole que iba al baño y regresaba, pero nunca volvió: 30 años después, “el Andino de oro” sigue sin reponerse de la pena.


A eso de las 4.30 a. m. del sábado 2 de julio, sin poder conciliar el sueño, encendí la radio. Y escuché la voz lenta y grave del locutor Osvaldo “Speedy” González: “el futbolista Andrés Escobar Saldarriaga fue baleado en el parqueadero del estadero El Indio, en la vía a Las Palmas. Su cuerpo, aún con vida, fue llevado a la Clínica Medellín, en donde falleció”. Los Gallón Henao y amigos rodearon el automóvil de Andrés y su amiga para impedirle salir, a pesar de la insistencia de este. Los ánimos alicorados llegaron a los hijueputazos, hasta cuando apareció en escena el escolta Humberto Muñoz Castro, quien, armado de una pistola, llegó hasta donde Andrés y luego de decirle “este marica qué es lo que quiere”, le propinó seis balazos. Mientras seguía escuchando a “Speedy”, recordé en detalle lo que Andrés nos dijo en entrevista en 1991 en la sede de concentración de Atlético Nacional en Llanogrande en Rionegro, cuando le preguntamos por qué le gustaba el fútbol: “¡a mí me gusta el fútbol porque, a diferencia de los toros, en el fútbol no matan a nadie!”.3 Investigaciones judiciales posteriores demostraron que los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao estaban vinculados al narcotráfico y al paramilitarismo y por ello fueron condenados y uno de ellos extraditado a Estados Unidos. El asesino de Andrés, Humberto Muñoz Castro, un hombre con antecedentes de homicida, me dijo en la cárcel que no conocía a Andrés Escobar y que nunca había ido a un estadio porque no tenía tiempo para divertirse: salió en libertad en 2005. Y el 4 de febrero de 2026 fue asesinado, cerca de Ciudad de México, Santiago Gallón Henao, cuyos posibles responsables son integrantes de la organización

narcotraficante La Nueva Familia Michoacana —LNFM. Hoy cuando el fútbol colombiano vuelve a ser protagonista del Mundial de Fútbol, esta vez el de 2026 en México, Estados Unidos y Canadá, y cuando de nuevo emerge el espíritu nacionalista, la pregunta es obvia: ¿qué hemos aprendido como país en estos 32 años, cuando sobre nuestros espíritus ansiosos de reconocimiento pesan la vida y el sacrificio de un muchacho honesto que quiso dar la cara porque cometió un error llamado autogol? Solo aprendiendo de su propio quehacer, las culturas pueden rehacerse y engrandecerse. ¿O acaso tendrá razón nuestro Nobel Gabriel García Márquez y su sentencia categórica como final de su obra cumbre, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”?

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Referencias 1 Medina Pérez, G. (2004). Andrés Escobar. La sonrisa que partió de madrugada, Le Monde diplomatique, p. 29. 2 Escobar Saldarriaga, A. (1994). Nos faltó berraquera, periódico El Tiempo, miércoles 29 de junio. 3 Medina Pérez, G. (1994). Una gambeta a la muerte o como el espíritu de resistir en Medellín también corre tras un balón, Fondo Editorial Cooperativo U. de A.

Gonzalo Medina Pérez. Periodista, magister en ciencia política y doctor en literatura es profesor jubilado de la Universidad de Antioquia. Algunos de sus libros publicados son: La agonía del ahorcado: Teatro, música y censura en Calabar: El elogio de la traición de Chico Buarque y Ruy Guerra, Las voces de lo imposible. Los protagonistas silenciosos de la Operación Jaque y Las barras, entre gambetas y zancadillas. Contar y cantar el fútbol. Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico El Colombiano el 2 de julio de 2024.

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PROGRAMACIÓN ACTIVIDADES CULTURALES

J U L I O / 2026 Exposiciones Colección de Antropología”Graciliano Arcila Vélez” Sala de larga duración de la colección de Antropología Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA) Invita: Museo Universitario Más información: https://tinyurl.com/543weh95

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Colección de Ciencias Naturales”Francisco Antonio Uribe Mejía” Sala de larga duración de la colección de Ciencias Naturales Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA) Invita: Museo Universitario Más información: https://tinyurl.com/543weh95

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Talleres MUUALab. Elemental Taller y Exposición Conmemorativa Altares, Jaime Arango Día: 10 de julio Hora: 2:00 p. m. Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), Aula MUUALab, primer piso Invita: División de Cultura y Patrimonio Mas información e inscripción en: https://share.udea.edu. co/?q=ev:130 Tallernautas: ¡Retrato roto! Día: 11 de julio Hora: 10:30 a. m.

Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), entrada principal Invita: División de Cultura y Patrimonio Mas información e inscripción en: https://tinyurl.com/4ecep6pr Tallernautas El tesoro escondido del mangle: ¡un cangrejo pinzudo! Día: 25 de julio Hora: 10:30 a. m. Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), entrada principal Invita: División de Cultura y Patrimonio Mas información en: https://tinyurl.com/4ecep6pr

Visitas guiadas y recorridos Conoce lo que necesitas saber para programar tu visita presencial al MUUA. En compañía de nuestros mediadores, dialogaremos alrededor de nuestras colecciones. ¡Te esperamos! Información completa: https://tinyurl.com/VisitasMUUA

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Conoce la información y orientaciones para programar tu visita por el Campus Medellín, Ciudad Universitaria Información completa: https://tinyurl.com/VisitaCampusPGC

Recorrido comentado Exposición Conmemorativa Altares de Jaime Arango Día: 18 de julio Hora: 03:00 p. m. Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), salas de exhibición Invita: División de Cultura y Patrimonio Más información en: https://share.udea.edu.co/?q=ev:131

Música

Teatro

Sábados con mi familia con mi familia en la UdeA Red de Músicas de Medellín Día: 18 de julio Hora: 11:00 a. m. Lugar: Teatro Universitario Invita: División de Cultura y Patrimonio

Títeres en escena: Colorín colorado, ¿quién te ha creado? Día: 18 de julio Hora: 11:30 a. m. Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), entrada principal Invita: División de Cultura y Patrimonio Mas información en: https://tinyurl.com/3m9jd9kk

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Cine “La misión”, Roland Joffé, Reino Unido, 1986, 125’ Ciclo: Culpa y redención Día: 01 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “La ley del monte”, Alberto Mariscal, México, 1976, 100’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 02 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El culpable”, Gustav Moller, Dinamarca, 2018, 85’ Ciclo: Culpa y redención Día: 03 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “West Side Story”, Robert Wise y Jerome Robbins, Estados Unidos, 1961, 153’ Ciclo: “Cuatro Géneros, Cuatro experiencias para Amar el CINE” Día: 07 de julio Hora: 6:00 p. m.// Cineclub Martes de cine Lugar: Centro Cultural Facultad de Artes UdeA Organiza: CinEncuadre Colectivo Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El arracadas”, Raúl de Anda Jr., México, 1978, 92’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 07 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “La mujer que cantaba”, Denis Villeneuve, Canadá, 2010, 131’ Ciclo: Culpa y redención Día: 08 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El tahúr”, Rogelio A. González, México, 1979, 118’ Ciclo: De músicos y artistas

Día: 09 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Tesis”, Alejandro Amenábar, España, 1996, 125’ Ciclo: Historias que suceden cuando el mundo duerme Día: 10 de julio Hora: 04:00 p. m.// Ciclo de cine Ver y leer Lugar: Auditorio planta baja Biblioteca Carlos Gaviria Díaz Organiza: Sistema de Bibliotecas y Vicerrectoría de Docencia Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “La ciénaga”, Lucrecia Martel, Argentina, 2001, 103’ Ciclo: Culpa y redención Día: 10 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Yo vi tres luces negras”, Santiago Lozano Álvarez, 2024, 87’ Ciclo: “La vida es una muerte que viene” Día: 13 de julio Hora: 4:00 p. m. // Estudios Fílmicos Lugar: Auditorio Planta Biblioteca Central Organiza: Grupo de Estudios Fílmicos (GEFI) Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El peñón de las ánimas”, Miguel Zacarías, México, 1943, 121’ Ciclo: “María Félix: su primera y su última película” Día: 13 de julio Hora: 5:00 p. m. // Cineclub by Kxvrx Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: KXVRX colectivo (Diego Buitrago, Jason Castrillón, Manuel Zuluaga) Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “In the Name of the Father”, Jim Sheridan, Irlanda, Reino Unido, Estados Unidos, 1993, 133’ Ciclo: “Cuatro géneros, cuatro experiencias para amar el cine” Día: 14 de julio Hora: 6:00 p. m.// Cineclub Martes de cine Lugar: Centro Cultural Facultad de Artes UdeA Organiza: CinEncuadre Colectivo Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El cuatrero”, Rafael Villaseñor Kuri, México, 1989, 92’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 14 de julio 2026 | N.° 335 | Julio

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Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El reverendo”, Paul Schrader, Estados Unidos, 2017, 113’ Ciclo: Culpa y redención Día: 15 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Nosotros los pobres”, Ismael Rodríguez, México, 1948, 108’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 16 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA

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“Réquiem por un sueño”, Darren Aronofsky, Estados Unidos, 2000, 102’ Ciclo: Historias que suceden cuando el mundo duerme. Día: 17 de julio Hora: 04:00 p. m.// Ciclo de cine Ver y leer Lugar: Auditorio planta baja Biblioteca Carlos Gaviria Díaz Organiza: Sistema de Bibliotecas y Vicerrectoría de Docencia Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Mea culpa”, Fred Cavayé, Francia, 2014, 90’ Ciclo: Culpa y redención Día: 17 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Some Like It Hot”, Billy Wilder, Estados Unidos, 1959, 121’ Ciclo: “Cuatro géneros, cuatro experiencias para amar el cine” Día: 21 de julio Hora: 6:00 p. m.// Cineclub Martes de cine Lugar: Centro Cultural Facultad de Artes UdeA Organiza: CinEncuadre Colectivo Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “A toda máquina”, Ismael Rodríguez, México, 1951, 87’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 21 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio

Julio | N.° 335 | 2026

Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Manchester junto al mar”, Kenneth Lonergan, Estados Unidos, 2016, 137’ Ciclo: Culpa y redención Día: 22 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Viva las Vegas”, George Sidney, Estados Unidos, 1964, 85’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 23 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “American Psycho”, Mary Harron, Estados Unidos, 2000, 102’ Ciclo: Historias que suceden cuando el mundo duerme Día: 24 de julio Hora: 04:00 p. m.// Ciclo de cine Ver y leer Lugar: Auditorio planta baja Biblioteca Carlos Gaviria Díaz Organiza: Sistema de Bibliotecas y Vicerrectoría de Docencia Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Pig”, Michael Sarnoski, Estados Unidos, 2021, 92’ Ciclo: Culpa y redención Día: 24 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Yo vi tres luces negras”, Santiago Lozano Álvarez, 2024, 87’ Ciclo: “La vida es una muerte que viene” Día: 27 de julio Hora: 4:00 p. m. // Estudios Fílmicos Lugar: Auditorio planta baja Biblioteca Carlos Gaviria Díaz, Ciudad Universitaria Organiza: Grupo de Estudios Fílmicos (GEFI) Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “La generala”, Juan Ibáñez, México, 1970, 100’ Ciclo: “María Félix: su primera y su última película” Día: 27 de julio Hora: 5:00 p. m. // Cineclub by Kxvrx Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: KXVRX colectivo (Diego Buitrago, Jason Castrillón, Manuel Zuluaga) Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA


“High Society”, Charles Walters, Estados Unidos, 1956, 107’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 28 de julio Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “El sabor de las cerezas”, Abbas Kiarostami, Irán, 1997, 95’ Ciclo: Culpa y redención Día: 29 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Frida”, Julie Taymor, Estados Unidos, Argentina, 2002, 123’ Ciclo: De músicos y artistas Día: 28 de julio

Hora: 06:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “La chica del tren”, Tate Taylor, Estados Unidos, 2006, 112’ Ciclo: Historias que suceden cuando el mundo duerme Día: 31 de julio Hora: 04:00 p. m.// Ciclo de cine Ver y leer Lugar: Auditorio planta baja Biblioteca Carlos Gaviria Díaz Organiza: Sistema de Bibliotecas y Vicerrectoría de Docencia Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA “Paris, Texas”, Wim Wenders, Alemania, 1984, 147’ Ciclo: Culpa y redención Día: 31 de julio Hora: 04:00 p. m.// Tardes de cine en el Paraninfo Lugar: Sala de Cine Edificio San Ignacio Organiza: Administración Edificio San Ignacio Más información en: https://tinyurl.com/CineclubesUdeA

Otras Alternativas

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La Canasta de la U, Mercado Agroecológico Día: 10 de julio Hora: 8:00 a. m. a 2:30 p. m. Lugar: Campus Medellín. Ciudad Universitaria Invita: Corporación Académica Ambiental Mas información en: https://bit.ly/4h6iUR4 La Canasta de la U, Mercado Agroecológico Día: 24 de julio Hora: 8:00 a. m. a 2:30 p. m. Lugar: Campus Medellín. Ciudad Universitaria Invita: Corporación Académica Ambiental Mas información en: https://bit.ly/4h6iUR4 Cuentos de Colección. Perdido y encontrado de Oliver Jeffers Día: 18 de julio Hora: 10:30 a. m. Lugar: Bloque 15, Museo Universitario Universidad de Antioquia (MUUA), entrada principal Invita: División de Cultura y Patrimonio Mas información en: https://tinyurl.com/yx23aj7n

2026 | N.° 335 | Julio


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