Agenda Cultural Alma Máter. Edición especial 30 años
30 años
Agenda Cultural • Universidad de Antioquia • Mayo 2026 • ISSN: 0124-0854
Publicación cultural e informativa de la Universidad de Antioquia, fundada en 1995
Presidente del Consejo Superior: Andrés Julián Rendón Cardona
Rector: Héctor Iván García García
Vicerrector de Extensión: Leonardo Alberto Ríos Osorio
Comité Editorial: Hernán Alberto Pimienta Buriticá (Director), Marta Alicia Pérez Gómez, Simón Puerta Domínguez y Doris Elena Aguirre Grisales (Editora)
Diseño y diagramación: Luisa Fernanda Bernal Bernal
La información y las opiniones incluidas en los artículos de esta publicación son responsabilidad de sus autores, no representan posiciones institucionales de la Revista o de la Universidad de Antioquia. No está permitida la reproducción total, o parcial, de los textos o de las imágenes, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de los propietarios de los derechos Agenda Cultural Alma Máter Universidad de Antioquia
Medios de comunicación y patrimonio cultural, algo más que mitos
Rafael Rubiano Muñoz
n.° 58, julio de 2000 40
Historias de un parque
Ramiro Henao Vélez
n.° 58, julio de 2000 .............................................................................. 44
Breve apunte sobre la paz
Adrián Restrepo Parra
n.° 60, septiembre de 2000 ................................................................... 51
¿Es la naturaleza un patrimonio del hombre o de la sociedad?
Sandra Turbay Ceballos
n.° 60, septiembre de 2000 53
En el nombre de Dios
Fabio Giraldo Jiménez
n.° 162, febrero de 2010 57
Rasgos mafiosos en la cultura política colombiana
Deicy Hurtado Galeano
Catalina Tabares
n.° 162, febrero de 2010 ....................................................................... 59
Un domingo con Andrés
Eliana Castro Gaviria
n.° 189, julio de 2012 ............................................................................ 63
Recuperando la memoria con Manuel Mejía Vallejo
Félix Gallego Duque
n.° 197, abril de 2013 ............................................................................ 68
Una “oidora” en el Museo
Beatriz Aguirre Gaviria
n.° 198, mayo de 2013 72
La columna de opinión: ¿otra manera de narrar el país?
Gonzalo Medina Pérez
n.° 207, marzo de 2014 75
El verdadero nombre de La Sonora
Darío Jaramillo Agudelo
n.° 325, noviembre de 2024 82
Los cien años de La Sonora Matancera
Luis Javier Estrada Arango
n.° 325, noviembre de 2024 .................................................................. 85
Siete apuntes sobre el oficio de hacer revistas
Camilo Jiménez Estrada
n.° 280, octubre de 2020 ....................................................................... 90
Seleccionar una muestra de los contenidos publicados en la Agenda Cultural Alma Máter durante los treinta años de existencia es una labor inevitablemente destinada a ser tildada de insuficiente, arbitraria y sesgada. Sólo cabe mencionar los criterios que guiaron esta muestra con la que queremos celebrar los 30 años de la Agenda Cultural de nuestra Universidad de Antioquia: ilustrar el inacabable panorama temático de la revista, también la pluralidad de sus voces y, cómo no, invocar con respeto y afecto a un pequeño número de nuestros autores, patrimonio de la Universidad.
Editorial
Agenda Cultural Alma Máter, 30 años
Nos complace tener de vuelta la revista Agenda Cultural Alma Máter. Luego de una breve pausa, regresa con una propuesta conmemorativa que reúne una serie de artículos destacados sobre literatura, ciencia, historia, arte y patrimonio cultural. En su larga trayectoria de tres décadas, la Agenda Cultural ha sido un espacio esencial para la discusión, el intercambio de ideas y la reflexión social. Su presencia ha sido fundamental para reconocer la diversidad artística y cultural y la memoria colectiva de las comunidades, destacando el sentido y el respeto por las diferencias. En ese camino, ha logrado impulsar programas y proyectos que fomentan la participación ciudadana en la gestión cultural y la inclusión de múltiples actores que aportan valor a la transformación, la identidad y el desarrollo económico y social de la región.
Luego de este retorno y en números sucesivos, la Agenda Cultural integrará la programación completa con las actividades académicas y culturales, como charlas, conciertos, cine y eventos pensados para la familia y el encuentro social, los cuales son imprescindibles para renovar el encuentro con la vida universitaria. Esta iniciativa busca recuperar el diálogo, la reflexión y la intervención ciudadana, permitiendo el disfrute de las prácticas y los hábitos en toda su dimensión. Esperamos que este reencuentro con la Agenda Cultural sea valioso para continuar trabajando de manera conjunta en la construcción de espacios que alimenten la vida cultural de la Universidad de Antioquia.
Hernán Alberto Pimienta Buriticá Director División Patrimonio y Cultura Universidad de Antioquia
[A propósito de León de Greiff]
Fernando González
El estilo
Llamo estilo a la manera de manifestarse. Hay estilo para montar a caballo, para comer, para caminar, para escribir. El verdadero estilo consiste en manifestarse naturalmente.
De suerte que cada hombre debe usar y perfeccionar su estilo, aquél para el cual nació. Todo hombre debe cultivar su jardín.
En Colombia nadie tiene estilo porque desde la colonia se ha enseñado a escribir por modelo; ha habido imitadores de los clásicos, de los románticos, de los modernistas, etc.
El pedagogo ayuda al hombre a encontrarse a sí mismo. En retórica, le enseña a cuidar y embellecer sus maneras propias.
Sócrates no se cansaba de repetir que era dirigido por “su demonio”, por lo cual quería enseñar que cada uno debe atender a su propio espíritu y obedecerle, o no dará nadie sino un disfrazado.
Con las ideas anteriores hemos llegado al problema de León de Greiff.
León de Greiff
Uno de los pocos poetas entre los que hoy versifican en Colombia es León de Greiff, pero solo en los poemas que ha publicado en Bogotá desde que se fue en Medellín en 1931.
Es nuestro concepto, sus producciones anteriores valen muy poco. En ellas era el joven amigo de novedades verbales; carecía de “espíritu”.
En Bogotá apareció en él un “demonio” de onda melancólica rumiador de anhelos fra-
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 1, mayo de 1995
casados. Sí; la sugestión que tienen algunos poemas suyos publicados en Bogotá proviene del fracaso del poeta en sus íntimos fundamentales: primero quiso desde niño viajar y no ha viajado sino al puente de Bolombolo, sobre el río Cauca, es decir, al solar de la casa, y también a la inmunda Bogotá. Segundo, quiso ser amado por “mujeres raras y nórdicas” y sólo el aguardiente le daba la ilusión de que ellas son la negra pesetera, sifilítica y alcohólica de Bolombolo. Así llegó a los 40 años, comenzó a echar barriga y compuso sus versos en que habla de marineros que embarcan y parten. León se queja así: “No quedó un mal leño para el viaje.”
¡Bello grito!
En algunos de sus poemas llamados “relatos” tiene intimidad con la conciencia humana. Desde ese punto de vista es quizá el primer poeta que aparece por aquí.
Hace poco le enviamos a un amigo francés un libro de versos de un colombiano y nos contestó que era ilegible.
Casi lo mismo puede afirmarse de la obra de León anterior a 1930. Respecto a los poemas que ha publicado en El tiempo y en algunas revistas, en Bogotá, son tan perdurables como puede serlo la obra literaria. En ellos hay un espíritu que a todos nos hace niños.
El León de hoy es simbólico, nos despierta ciertas quejas, nos aviva ciertas heridas que todos llevamos ocultas.
Nos deleita este poema porque comprueba una tesis que nos ha sido cara: que la verdadera poesía nace del sufrimiento; que los buenos poemas son quejas que lanza en nombre de todos un ser barbón y ebrio
cuyos anhelos no se realizaron. León amó desde la niñez a la “gloria”, al “amor”, a los “viajes”, a la “singularidad”, y nada de eso tuvo… ahora va a tener la “gloria”, la cual es sino mierda, y tendrá también viajes y amores, pero cuando su vientre tiene ya cuatro arrugas de grasa, como cuatro alforjones y cuando el olfato —sentido de la vejez— le impide amar.
Fernando González Ochoa (Envigado, 24 de abril de 1895-Envigado, 16 de febrero de 1964). Algunas de sus obras son: Viaje a pie, El maestro de escuela, Mi Simón Bolívar, Santander, El remordimiento y Libro de los viajes o de las presencias. El fragmento aquí publicado fue tomado de la Revista Antioquia, n.° 5, 1936, Medellín. Texto tomado de la Revista Antioquia, n.° 5, 1936, Medellín.
Carnavales, mascaradas y jornadas estudiantiles
Édgar Bolívar Rojas
Nunca es más transparente el armazón de una sociedad que cuando esta se divierte en masa, transformando los usos y rutinas mediante la adopción de un comportamiento ritual y colectivo para entregarse a la diversión, la fantasía y el desenfreno. Las profundas raíces de lo festivo anclan en experiencias de carácter religioso y cuando el escenario es la aldea o la ciudad, las calles,
las plazas y lugares públicos adquieren un toque singular de irrealidad que parece detener el tiempo, subrayado por la algarabía de las comparsas, el enigma de las máscaras y la vistosidad de atuendos que despliegan la imaginación de los participantes. Dicho de otro modo, cuando el carnaval se apropia de la ciudad, el orden social se altera, ingresa en otra dimensión, activa otra normatividad, paradójicamente permisiva y controlada.
No es frecuente que se asocie a la ciudad de Medellín con un espíritu carnavalesco. Imbuida en la moral del trabajo, la productividad y el rendimiento, Medellín se ha gratificado a sí misma con la imagen de emporio industrial, sometida a la disciplina de la fábrica, a los ritmos de los engranajes y del paisaje de las humeantes chimeneas. Sólo de cuando en cuando, una procesión, un desfile cívico, alteraban el dócil acontecer ciudadano. Rupturas radicales de este transcurrir acontecían únicamente en el ambiente de las fiestas de las flores o en las fiestas estudiantiles, conformadas ambas en tradición en la atmósfera lúdica y desenfrenada de aquellos locos años veinte que, constreñida a los recintos de los clubes de la ciudad o a los archipiélagos universitarios, indicaba la transición hacia un estilo de vida
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 28, octubre de 1997
imaginado como propio de la modernidad y la civilización.
Que no ha sido fácil la conquista de la noche para la diversión, es una constante que aún prevalece. Un comentario en la prensa local exhibe el lenguaje y la moral de la época al aplaudir la “acertada” elevación del impuesto sobre bailes, pues de este modo, “ciertos bailes nocturnos, donde la luz y las flores y el licor abundan, desaparecerán por obra y gracia del Concejo” (El Colombiano, 15-09-1921, p. 2).
Pocos meses antes, la ciudad se había convulsionado por los episodios ocurridos en el Paraninfo, respecto a la entronización de un óleo de Fidel Cano que “destronaba” la imagen del Sagrado Corazón. Procesiones y actos de desagravio revelan la temperatura política y religiosa a la vez que la agitación proveniente de los claustros del Alma Máter, allá en la plazuela de San Francisco. Medellín cuenta apenas con unos cien mil habitantes, treinta automóviles de lujo y quince “chivas” Ford, y poco a poco se integra urbanísticamente con la inauguración, ese mismo año, de la línea del tranvía en el trayecto Parque Berrío-La América: ocho mil trescientos metros, cuarenta y cinco minutos de recorrido y diez centavos el pasaje. Las fiestas estudiantiles, vale decir universitarias, revestían el carácter de mascaradas y se desenvolvían como un pequeño carnaval que conmovía a la ciudad, aunque sus protagonistas fuesen los “díscolos” muchachos del Alma Máter. El permiso para tales jolgorios provenía directamente del alcalde. Coincidiendo con el centenario de la Universidad, los alegres y coloridos festejos de octubre de 1922 repercutieron en la ciudad:
Medellín todo contribuyó a ella: de medio día para abajo, todo el mundo estaba enrolado, el que menos como observador, y los demás disfrazados por fuera o por dentro, con máscara de cartón o máscara líquida; es decir, “más cara” A la oración nadie conocía a nadie. Verdaderamente había tipos inconocibles: buenos vecinos que no quiebran un vidrio echaron su cana al aire a cuento del descubrimiento de América y del decreto del general Santander (El Colombiano, 17-10-1922, p. 1).
Auténtica dramaturgia social, el libreto da pie a numerosos juegos e interacciones callejeras que comenzaban con una inocente y picaresca interpelación de los enmascarados: “adivine quién soy...”. Ni una pelea, ni un solo accidente exaltaban el sano balance de la diversión.
Como una réplica juvenil de las fiestas de las flores del selecto Club Unión, las fiestas estudiantiles desplegaban su tinte democrático.
Concebidas a cielo abierto, las celebraciones del 21 y el 22 de septiembre, coincidiendo con el equinoccio de otoño; es decir, el anverso de las fiestas de la primavera y de su versión floral en mayo, son un híbrido de lo sagrado y lo profano en su programación: misa campal, desfile cívico, fútbol, proclamación de reina, dramatización, “homenaje a la ciencia” (versión arcaica de la Expouniversidad), concursos de pintura, literatura, música, cine y violín. Los eventos culminaban con la entrega de la bandera de los estudiantes a la facultad que, por sorteo, le correspondiera el honor de guardarla y resguardarla, durante un año. En 1923 la recibió la Facultad de Medicina y Ciencias Naturales. En medio de los concursos de
“cupidos” y “coquetas”, la galantería de los cortejos oficializó noviazgos y compromisos matrimoniales, en la candorosa y no consumista versión de “Amor y Amistad” de estos locos años. María Cano emergerá también con su cautivante y fervoroso discurso como reina de los estudiantes y como “Flor del trabajo”. Los tiempos traen nuevos aires y la fiesta es una conquista de las asambleas estudiantiles. El cronista A. García V., en su artículo titulado “21 de septiembre”, reconoce que
la juventud estudiosa de Colombia abandona el duro laborar y dedica este día, nuevo jalón en su vida, a celebrar dignamente su fiesta, todo sin que sea obstáculo para que mañana reanude con mayores bríos la tarea empezada en bien de la Patria y de la familia. Con regocijo vemos estos festivales juveniles. Por todos los barrios deambulan alegremente los estudiantes, vivando a su reina, entusiasmando a los transeúntes. Parece que se sintieran las febriles y fecundas pulsaciones del enorme corazón de la juventud colombiana (El Colombiano, 21-09-1923, p. 1).
El clímax de estos episodios tuvo su origen en el Decreto 1902 del 14 de septiembre de 1921, promulgado por el presidente Marco Fidel Suárez y el Ministro de Instrucción Pública, Miguel Abadía Méndez, concediendo asueto —es decir, día cívico— el Día de la Fiesta del Estudiante, como un reconocimiento al hecho de que la Asamblea de Estudiantes “estableció la fiesta del gremio y señaló el día 21 de septiembre de cada año para celebrarla”. El asueto, destinado a la equinoccial diversión, era extensivo a todas las facultades, colegios y escuelas oficiales de la República. Pocas instituciones preservan hoy en día esta tradición, o se ha transformado en eventos institucionalizados como ferias de la ciencia y similares.
Por su parte, las reinas estudiantiles Lucía I (Cock Quevedo) e Inés I (Greiffenstein), convertidas en voceras del gremio, mediaban ante el gobernador para que este ampliara el asueto al otorgar permiso, un día más, para un “concurso de disfraces”. La resolución del despacho, con fecha de 21 de septiembre de 1923, argumentaba “que no se trata de regocijos públicos ni de fiestas populares, sino de un festival de cultura especial del gremio de los educandos; que este despacho en vista de que los actores en el festival son los estudiantes, ellos sabrán mantenerse en el puesto de decencia y de cultura que un acto semejante requiere”, y concedía el permiso con la prescripción de que cada participante “recibirá en la Alcaldía un ficho especial con el nombre del estudiante y el número que tenga en el registro que se formará en tal oficina; este ficho debe conservarlo y exhibirlo en cualquier momento que se le exija por los agentes de la autoridad...”. Carnetizada la fiesta y con el salvoconducto para el disfraz, las reinas de los estudiantes obtuvieron que, de las dos de la tarde a las diez de la noche de ese día, la ciudad se transfigurara con las ocurrencias y disparates de los estudiantes de la “bella villa”.
Tal vez por algunos desafueros del año 23, el alcalde Nicanor Restrepo Giraldo restringió la creatividad dramatúrgica de los estudiantes al año siguiente: prohibió los disfraces “que en cualquier forma traten de ridiculizar el Culto Católico y a sus Ministros”; prohibió “arrojar cohetes, petardos y demás materias inflamables, especialmente en las calles centrales y comerciales de la ciudad”, bajo pena de veinticuatro a cuarenta y ocho horas de cárcel; del mismo modo, “el disfrazado que valiéndose de la careta ofenda a otra persona en su honor o trate de
ridiculizarla o molestarla, será despojado de aquella y conducido a la cárcel” y, finalmente, “cualquier desorden que se ocasione con el Carnaval, será razón suficiente para suspenderlo” (El Colombiano, 9-10-1924, p. 1).
Gradualmente, el carnaval estudiantil, cuyo ciclo iniciaba en septiembre y culminaba en octubre con las efemérides de la Universidad y con el “Día de la Raza”, se amplió a la ciudad. Con la participación de la Sociedad de Mejoras Públicas, “conciencia cívica de la ciudad”, involucrada desde 1925 y en un ambiente de “revuelta democrática” (no olvidemos que en 1928 María Cano pasa a ser reconocida como “Flor Revolucionaria del’ Trabajo”) la prensa recoge episodios que ayudan a recrear la atmósfera social:
antier fue fijado un cartel suscrito por una Junta del Pueblo, en que se dice que el Decreto del Señor Gobernador está vigente, que el pueblo sí quiere carnaval y que la SMP debe continuar en su empeño para ayudar al torneo Cívico. Añade la Junta que los regocijos son para el pueblo y no para los indiferentes que niegan su concurso en estos casos (El Colombiano, 6-10-1928, p. 2).
El alcalde reafirma al día siguiente las normas anteriormente mencionadas, especialmente el registro ante la alcaldía y ya no exclusivamente para los estudiantes, colocándole un precio de treinta centavos a cada ficho.
Una curiosa estadística de la cobertura de la celebración de octubre de 1928 dice que durante los tres días del carnaval —de viernes a domingo— el primer día hubo 2.500 disfrazados, el sábado 5.000 y el domingo 4.000, respecto a tan sólo 1.900 registrados.
La crónica describe también el nicho ecológico y social de la diversión:
gran número de mayores y menores, bien por economizar el valor de la inscripción, bien por el afán de entrar en la corriente multicolor, se calaron su disfraz sin número. A pesar del extraordinario movimiento de autos y camiones y de la enorme congestión de gentes entre el Parque de Bolívar y el Puente de Junín, calle de Boyacá, carrera de Carabobo, calles de Caracas, Perú y la Argentina, calles de Maturín y Ricaurte, los choques ocurridos fueron pocos...
Y añade que
seguramente por no haber estimulado el buen gusto que para disfraces tiene nuestro pueblo, pues no se votó premio alguno ni se organizó un desfile, todo el mundo se disfrazó de «barato», y, como se presumía, en el corazón del Carnaval no se encendía odio para las autoridades, ni hubo amenazas contra ella, ni nada que hiciera temer por el orden público... (El Colombiano, 23-10-1928, p. 2).
Luego de muchos avatares, entre los cuales está la guerra con el Perú, la ciudad careció de regocijos públicos por muchos años. Las fiestas estudiantiles, situadas en una zona intermedia entre la solemnidad y la parodia del carnaval, protocolizadas como fiesta cívica nacional bajo la presión de unas asambleas que propugnaban así su reconocimiento como gremio y en medio de un ambiente político agitado, proporcionaron a la ciudad un modelo democrático, no excluyente y público de la diversión ciudadana, ampliando el impacto de las fiestas y mascaradas de recinto, como se acostumbraba en el Club Unión.
Las semanas culturales universitarias son reanudadas en 1941, institucionalizado el 9 de octubre como fecha clásica conmemo-
rativa del decreto de fundación del Colegio de Antioquia.
Para 1942 se inaugura la estatua del general Santander en la Plazuela de San Ignacio, complementada la celebración con revistas de educación física y un baile en la Facultad de Derecho. Reaparecen las misas solemnes, los conciertos y exposiciones de arte, además del tradicional desfile universitario con todo su cuerpo de dignatarios a la cabeza y al compás de la banda de guerra de la institución. El reinado y el acto de coronación a cargo de un poeta local vuelven a ocupar el interés de la población universitaria y, en cierto modo, de toda la ciudad. Los egresados, como entidad, se hacen presentes desde 1961, especialmente con el baile de remate.
En los últimos años, las Jornadas Universitarias han fortalecido el ambiente de integración de todos sus estamentos y, además de las actividades de esparcimiento, sigue siendo importante la difusión de la producción científica, artística, cultural y deportiva de la institución, ocasión en la cual se rinde homenaje al talento universitario y a sus más destacados servidores.
Las Jornadas preservan hoy en día un ambiente de fiesta en el ámbito de su principal recinto, la Ciudad Universitaria, y su proyección, aunque involucra menos a la globalidad de la ciudad, trasciende el espacio académico para proclamar los logros de sus miembros y afirmar la presencia institucional en la región, la nación.
Fuentes
• Archivo Histórico de la Universidad de Antioquia
• Base de datos de la Investigación “Imágenes de la ciudad de Medellín” (1997), dirigida por el autor de este artículo.
• Fotos tomadas de libro Historia de Antioquia.
Édgar Bolívar Rojas. Antropólogo por la Universidad Nacional de Colombia y especialista en Gerencia y Gestión Cultural de la Universidad del Rosario, fue profesor de tiempo completo del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia. Docente e investigador independiente en temas de patrimonio y políticas culturales.
Sobre Bertolt Brecht
Mario Yepes Londoño
El 10 de febrero [1998] se cumplieron cien años del nacimiento de Bertolt Brecht (Ausburgo 1898- Berlín 1956), y el hecho sirvió para que cualquier observador avisado cayera en cuenta de las contradicciones y las paradojas que el poeta sigue suscitando. Nuestro principal periódico local, que hace unos años —veinte, treinta, para no hablar del pasado más remoto— no se distinguía precisamente por el apoyo al teatro de iz-
quierda, y que ahora es ejemplo de tolerancia, le hizo un cálido homenaje en su página editorial, y en otra interior, en ésta con fotos y poema desconocido recién descubierto. En cambio, el movimiento local y nacional de teatro, incluso nuestra escuela universitaria de teatro, que surgieron en buena medida al calor de la influencia ideológica, estética, y del ejemplo vital de Brecht, tan fuertes influencias que sobrevivieron a las con frecuencia pésimas mediaciones y a las deformaciones de su obra, esas instituciones y personas se quedaron convenientemente calladas. ¡Ah, es que ya Bertolt Brecht no está de moda! Quizá recordarlo podría evocar otros peligrosos fantasmas: el marxismo, los furiosos discursos de tres décadas contra el fascismo (el auténtico, primigenio y también el aún más ordinario —¿se acuerdan?— de estos países del subdesarrollo), el teatro universitario y el independiente, contestatarios, de fines de los años cincuenta hasta el comienzo de la década del 80. Y menos está de moda, como algunos entonces, reducir a fórmulas culinarias su enseñanza de la función y de la práctica del arte en un mundo en el cual, dicen, ya no existe la lucha de clases y se acabaron aquellas confrontaciones globales porque, dicen, cayó El Muro. Curioso que esos tales no se dan cuenta (¿se dieron cuenta entonces?) de que aquí todo sigue, no igual sino peor. Aquí y allá y acullá: caído el muro (?), se vio
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 32, marzo de 1998
aún más claro que antes cuán caído estaba el socialismo deformado, pero también se vio cómo ya habían entrado en aquellos países y seguían invadiéndolos el capitalismo salvaje y las mafias de todas las procedencias, brincando sobre los escombros del muro (vendidos luego como souvenir, como era previsible). Pero cuánto se parecen la ceguera de esta época y la ceguera de la época de Brecht, la de 1918 a 1933 por ejemplo, cuando su “Alemania, pálida madre” surgía sucesivamente de las cenizas de la Primera Guerra Mundial, de la humillación de los tratados y de la crisis económica global y, con tal de superar todo eso y recuperar el color de las mejillas, se hacía de la vista gorda ante Hitler (Brecht lo llamaba por el nombre de su primera profesión: “el pintor de brocha gorda”), que hacía de las suyas. Fueron vanas las advertencias del poeta (En el momento de marchar muchos no saben/ que su enemigo marcha al frente de ellos./ La voz que les manda/ es la voz de su enemigo./ Quien habla del enemigo/ él mismo es enemigo.)
Ni entonces ni ahora, con muy notables excepciones, se comprendió entre nosotros que la enseñanza de Brecht, como la enseñanza de cualquier clásico verdadero, no es cuestión de moda ni se deja reducir a la simpleza con la que en nuestros festivales y en nuestras escuelas de teatro y por parte de los burócratas de la cultura se exalta cualquier “minimalismo” de pacotilla, ni se comprendió que su estética derivaba de su profunda ética, expresada por medio de su escéptica enseñanza, su cínica enseñanza de descreído de todo menos de lo que más pro-
fundamente anhelaba: la solidaridad entre los seres humanos; y porque tanto la anhelaba más la ponía en solfa, más nos señalaba las dificultades para alcanzarla y los innumerables atentados que sufre, y con más ahínco la señalaba donde existía. Aunque casi siempre uno pudiera pensar que ese lugar a donde señalaba Brecht no era otro que el lugar de la utopía. Por eso no está de moda entre nosotros.
Para quienes han visto disminuido a Brecht como el poeta obsedido por la política (una de sus grandes virtudes como creador, que él nunca se preocupó de ocultar), vale la pena observar cómo era esta dialéctica del arte y la política en su obra. Un poema de 1938, ya iniciado el exilio en Finlandia de donde también, a la corta, tendría que salir corriendo, nos lo muestra:
Primavera de 1938
Hoy domingo de Resurrección, muy de mañana una nevasca azotó de repente la isla. Había nieve entre los setos verdes. Mi hijo me llevó hasta un albaricoquero pegado a la tapia de la casa
apartándome de una poesía en la que denunciaba a quienes preparaban una guerra que al continente, a la isla, a mi pueblo, a mi familia y a mí se nos puede tragar. En silencio, cubrimos con un saco el árbol a punto de helarse.
Mario Yepes Londoño es dramaturgo, director de teatro y profesor de la Universidad de Antioquia.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 33, abril de 1998
El hombre que no quiere morir nunca
El 14 de abril de 1998 se rindió en el Aula Máxima del Paraninfo Universitario un homenaje al escritor, periodista y artista Héctor Rojas Herazo “por su dedicada labor en la literatura, la escritura periodística y las artes plásticas”.
Héctor Rojas Herazo (Tolú, 1921)1, ha desarrollado una amplia obra narrativa, poética, pictórica y periodística; esta última en los principales diarios del país. Sus poesías han sido editadas en cinco libros: Rostro en la soledad, Tránsito de Caín, Desde la luz preguntan por nosotros, Agresión de las formas contra el ángel y Las úlceras de Adán. Es autor de tres novelas:
Respirando el verano, 1962 (reeditada en 1993 por la Editorial Universidad de Antioquia); En noviembre llega el arzobispo, 1967, y Celia se pudre, 1986. Suyo es también el libro de ensayos Señales y garabatos del habitante, publicado en 1976. […]. Como pintor ha expuesto desde hace cuarenta y cinco años en España, Estados Unidos, Alemania y Colombia.
Carnet de un escritor
[Fragmento]
Héctor Rojas Herazo
Soy un híbrido de furia, ignorancia, cobardía, esperanza, inconsecuencia, Ternura y desesperación. Un hombre totalmente normal como puede verse.
Por qué escribo
Escribo novelas porque es una larga tarea en la cual necesitamos emplear a fondo nuestra lucidez, nuestra eficacia testimonial y nuestra compasión.
La vida, sobre todo
Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún ideal, ningún objetivo puede justificar un cadáver.
Mis fracasos
Confieso que me he cansado —por sucesivos fracasos— de intentar cualquier conocimiento por correspondencia o de ejercitarme en alguna actividad comercial o dolosa.
Lo que más detesto
Detesto a los hombres y a las conversaciones apresuradas, el café sintético, el toreo bufo, los objetos de plástico, las conferencias y las películas cómicas. La falsedad, en suma, convertida en profesión o en objeto.
Las cosas que más amo
- Un pedazo de papel arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío.
- El dinero bien ganado.
- La serenidad de una cometa en una tarde de agosto frente, al mar.
- Una mujer madura, en silencio, sentada en mecedor bajo unos árboles de naranjo.
- Un amigo aproximándose a mi casa, en mi búsqueda, a la hora del crepúsculo.
- Las páginas que el uso ha vuelto amarillas en un libro entrañable.
- Mirar mi rostro en los ojos de una mujer desnuda que, desde hace mucho, sabe de qué color tengo los míos.
- La hermosura (y el familiar enigma) de las conversaciones corrientes.
- Escuchar el susurro del viento entre los árboles de un patio.
El cuadro más bello
El cuadro viviente más puro que he contemplado: un caballo jineteado por un niño, saliendo de las olas. Sobre ambos ardía un lucero temprano.
Un deseo
Mi único deseo, mi más hondo, mi más pueril deseo: no morir nunca.
Nota
1 El escritor Héctor Rojas Herazo falleció en Bogotá el 11 de abril de 2002.
Música y cultura, una sola realidad
María Eugenia Londoño Fernández
Geografía, región, paisaje, historia, marco de acontecimientos, época, relaciones de los hombres entre sí y con su entorno, sociedades diversas..., marco maravilloso donde nace la cultura como realidad humana esencial, universal, particular diferenciada.
Si entendemos la cultura como el modo de vida de una sociedad o de sectores bien diferenciados de esta, podremos comprender
por qué la música es parte indisoluble de la cotidianidad de cada comunidad.
En todas las culturas del mundo, desde las más antiguas hasta las contemporáneas y más tecnificadas, encontramos la presencia de la música, hecho que llama la atención, especialmente por la variedad de lenguajes musicales existentes y por los peculiares medios de expresión que elige cada pueblo para comunicarse a través del hecho sonoro, dando origen a las más diversas culturas musicales.
Afirma un prestigioso etnomusicólogo norteamericano: “un pueblo no hace música para otro”, a menos que se encuentre en una grave crisis de identidad cultural y política. Se convierte así el arte musical en expresión simbólica de las más diversas realidades humanas, en medio de expresión universal, lenguaje propio de cada cultura.
La práctica social a través del tiempo va haciendo de la música de cada región un lenguaje comunicacional de profundo contenido emocional y estético. Patrimonio social, síntesis de historia y de vida cotidiana.
Descubrimos, entonces, cómo la música es mucho más que un simple entretenimiento, más que un pasatiempo, más que un artículo de consumo, como nos hemos acostum-
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 40, noviembre de 1998
brado a verla; ella se convierte a través de los años en espacio afectivo común, cargado de inconsciente colectivo, lugar de identidad social, de reconocimiento de sí mismo y del entorno; lugar de todos, desde el cual el individuo y el grupo se apropian y recrean una experiencia particular, un paisaje y unos valores que dimensionan la dignidad personal y colectiva y enmarcan vivencias comunes plenas de significado, de afectos, de vida y de belleza.
Volvamos nuestra mirada hacia América
Latina, espacio nuevo, territorio privilegiado donde se dan cita las más diversas culturas. Raíces asiáticas y oceánicas, aún vivas en cientos de culturas precolombinas, con muy diversos niveles de desarrollo; pueblos nómadas y altas civilizaciones de incas, mayas y aztecas; culturas europeas, en particular la hispánica, enriquecida con el aporte de los pueblos árabes y la herencia de numerosas culturas del centro y sur de África negra.
Quinientos años de hibridación, frutos que van madurando, pueblos que van creando nuevas maneras de vivir. La ciudad que emerge impregnada de mensajes, de propuestas, de innovaciones. El siglo xx con sus hallazgos, revoluciones, guerras, avances científico-técnicos, globalización de la economía y las comunicaciones... y la música atravesando todas estas realidades.
Porque hacer música es expresarse por medio de sonidos y silencios, es imaginar y contar historias... Es jugar y llenar de significado esos dibujos sonoros que van murmurando en nuestro interior. Es crear ritmos, melodías, conjuntos armónicos, espacios
tímbricos llenos de colores y de sombras. Es ordenar con inteligencia los elementos sonoros comunicándoles vida, sentimientos, experiencia humana... Hacer música es disfrute y habilidad, es encuentro con otros, es destreza y manejo de las formas en ese fugaz lienzo del tiempo.
La producción sonora invade hoy los mercados y penetra nuestra vida cotidiana sin que seamos conscientes de ello: la música moviliza energías muy particulares en el interior de cada ser humano y en la sociedad misma.
¿Hemos pensado qué música alimenta nuestra sensibilidad, nuestro inconsciente y nuestros sueños? ¿Con qué clase de material musical nutrimos nuestra mente, nuestro espíritu? ¿Qué hace la música? ¿Qué va transformando en nosotros cuando estamos de paseo o en la oficina, en la fiesta, en la sala de espera, cuando vamos en el carro o nos hallamos en la intimidad del hogar, frente a la televisión, cuando nos encontramos en el hospital o en el avión?
¿Por qué no preguntarnos qué música nutre la sensibilidad humana, social y estética de nuestros niños, de nuestros jóvenes, de nuestros hijos?
María Eugenia Londoño Fernández es música, docente, etnomusicóloga e investigadora. Creó, junto con el profesor Alejandro Tobón, el Grupo de Investigación y Documentación de Músicas Regionales de la Facultad de Artes (inscrito inicialmente al INER) de la Universidad de Antioquia.
Cultural Alma Máter, n.° 44, abril de 1999
Las auroras de sangre
José Manuel Arango
A firmar que las Elegías de varones ilustres de Indias “es el libro más importante que se escribió en Colombia antes de Cien años de soledad”; comparar a Juan de Castellanos con Walt Whitman, “ese hijo de la otra mitad del continente”, al que nuestro poeta precedió en “la mística celebración de América y la apasionada enumeración de las infinitas cosas de su mundo”: se necesita coraje para intentar deshacer cuatro
siglos de crítica y plantear una valoración nueva de una obra.
William Ospina, en Las auroras de sangre, acumula argumentos para apuntalar sus aseveraciones, que ya algunos han tildado de, cuando menos, exageradas y nos contagia su entusiasmo, nos abre las ganas de leer, con otros ojos, ese mamotreto, “el poema más largo de la lengua castellana”, y “uno de los más extensos del mundo, superado apenas por algunas epopeyas hindúes escritas, sin duda, por los dioses”.
En una prosa fluida y transparente, cada vez más suya, y que ha merecido los elogios de otros dos estupendos prosistas nuestros, Vargas Llosa y García Márquez, William Ospina se deleita con los endecasílabos de las octavas reales de Castellanos, y nos hace advertir su tono y su ritmo. Nos recuerda que el poeta Tunja escribía en un verso que acababan de aclimatar en la lengua Boscán y Garcilaso, y esto mucho antes Quevedo y de Góngora y por la misma época de Luis de León y San Juan de la Cruz. De modo que —se atreve también uno a pensar— nuestra poesía no irrumpió en el español sólo con Silva y Rubén Darío, sino ya los orígenes del Siglo de Oro.
Dámaso Alonso nos enseñó a detenernos, para saborearlos, en ciertos versos de Quevedo y de Machado, de Garcilaso y de Gón-
Agenda
gora. Es también delicioso degustar, aquí y allá, los de las Elegías:
La gente natural es bien dispuesta Y pura desnudez su vestidura.
“Este último verso es bello por su oxímoron y rima interna, pero también por el destello de nobleza humana que pone en él el adjetivo ‘pura’ que, en un orden mental que proscribe la desnudez como pecado, logra servir incluso de atenuante moral”.
Pero más allá de la letra, este ensayo que sobrepasa las cuatrocientas páginas y, sin embargo, más que dejarse leer se hace devorar, nos muestra el espíritu de Castellanos, un hombre cuya visión del mundo era la del Renacimiento. Nacido en un pueblecito que, aunque pequeño, estaba en la encrucijada por donde pasaron culturas como la romana y la árabe, vino adolescente a América como soldado y aventurero. Pero a diferencia de, por ejemplo, los Pizarros, no estaba cegado por oro sino deslumbrado por la novedad y la diversidad casi infinita de esta “tierra buena”.
Y se empeña en nombrar, esto es, en crear. Porque, como se nos recuerda con una cita de Borges, “nombrar en el comienzo de una literatura, equivale a crear”. Nombra y describe, con esa amplitud de mente renacentista, las aves, las bestias, los árboles, las costumbres y creencias y rituales del nuevo mundo. Y como la lengua no tiene palabras para tal diferencia, usa los nombres indígenas. Nuestro complejo de colonizados —de hijos de puta, dijo Fernando González— no nos ha dejado nombrar las cosas nuestras con sus propios nombres. Pero Castellanos —antes de De Greiff, digamos, quien no se avergüenza de cantarle a Bolombolo— incorporó a la lengua
esos nombres musicales. Y los puso a rimar con las viejas palabras, latinas o árabes, iniciando así el mestizaje, otro de los mestizajes del español, que en este caso es el nuestro y fundaría la gran literatura que puede enorgullecerse de obras como las de Rulfo, José María Arguedas y César Vallejo. En algún punto el autor se pregunta cómo es posible que con tales inicios hayamos llegado a la mentalidad cerrada que nos ha gobernado durante casi un siglo, la misma de don Miguel Antonio Caro y que, precisamente, rebajó siempre a Castellanos.
William Ospina ha escrito, en Las auroras de sangre, uno de sus más bellos libros.
José Manuel Arango. Poeta, traductor y ensayista, fue profesor de la Universidad de Antioquia. Algunos de sus libros son: Este lugar de la noche, Signos, Cantiga, Montañas y La sombra de la mano en el muro.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 49, septiembre de 1999
Grau: compañero del siglo
Diego León Arango Gómez
Enrique Grau (Cartagena, 1920-)1 creció con el siglo y viene acompañando a Colombia en su proceso de renovación cultural como uno de los testigos más destacados, por su condición de pionero y partícipe de los procesos de transformación de las artes plásticas, de mentor de múltiples instituciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, y por su labor docente, como formador de nuevas generaciones de artistas.
La exposición de algunas de sus esculturas en el Museo Universitario y la exhibición de varios dibujos al carboncillo en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia nos ofrecen, además del deleite, una magnífica oportunidad para acercamos al universo estético del artista, reconocer la alta calidad de su producción creativa, su dominio de las técnicas, de la composición, del tratamiento de sus motivos, y de la manera como articula los temas de su pintura, de su escultura y de su vida.
Grau es un punto de referencia del arte colombiano. Su obra es patrimonio de nuestra historia y su valor ha trascendido el difuso marco de nuestras fronteras culturales. Hay en ella un estilo que nos resulta familiar, por la persistencia de algunos motivos y por su virtuosismo formal; una producción centrada en la figura humana, con un tratamiento característico de su tamaño y proporción, que se aleja de los cánones clásicos, y que se asocia con motivos, muchas veces cotidianos, de su entorno y de sus circunstancias: figuras que aparecen rodeadas de objetos comunes pero de relativa antigüedad; composiciones que aluden a puestas en escena teatral o que captan el instante en una sucesión de circunstancias; volúmenes netos de texturas definidas que invitan al tacto e imprimen placer a la vista; pinturas, dibujos y grabados que evidencian el rigor, la fluidez
y la precisión de los trazos y, cómo no decirlo, la impecable y lúcida factura en todas sus producciones.
Las esculturas tuvieron su punto de partida en pinturas realizadas por el artista entre 1980 y 1981. Los conjuntos escultóricos desarrollan las características plásticas, volumétricas y espaciales, presentes y latentes en sus pinturas. Como gran conocedor de las tradiciones escultóricas y de los principios que las rigen, Grau modela sus esculturas con el afán de conquistar la verosimilitud y la realidad espacial, aunque la reducción de la escala y la transformación de la proporción nos sorprenden por su resultado final. Las texturas de adornos, encajes, vestidos y objetos acentúan los rasgos sensoriales y táctiles que invitan a ser tocadas y a un recorrido visual detallado y placentero.
Los personajes de Grau ganan, en la vitalidad de sus gestos, el sello de una identidad propia que enriquece su circunstancia y concreta su historia en la disposición, los ropajes y los objetos que los acompañan. Sus peculiaridades conforman un particular mundo del artista, como el mundo macondiano de García Márquez, que nos revela su capacidad de ingenio e inventiva. La mayoría son personajes femeninos, sin ninguna trascendencia religiosa, política o social, captados en el instante de una acción cotidiana, sin pretensión de aleccionar o denunciar sino tan sólo mostrar la dignidad del proceder humano ordinario, y exaltar en el arte la “trascendencia” de la condición efímera del instante. El carácter narrativo de la escena se desarrolla con libertad en un espacio escenográfico que acentúa su teatralidad, matizado por un discreto tono burlesco. Rasgos muy propios del estilo de
Grau y que provienen de su entusiasmo e interés por el teatro, el carnaval, la fiesta y los disfraces.
Esculturas como La adivina, Tango azul, El vals, Niña bien, Niña con peinetón español y Rita, ponen en escena episodios de historias que nacen de la realidad y de las tradiciones. Grau toma los motivos de su arte de las circunstancias, de los rituales y procesos que se viven en la cultura popular y los elabora artísticamente con una retórica mesurada de los gestos y de los vestuarios. Produce obras que nos sorprenden, por las formalizaciones imprevistas y novedosas, dotadas de una juvenil picardía o de un agrio sarcasmo, frente a otras propuestas en el terreno de las artes plásticas nacionales. Los dibujos hacen parte de la “Serie Galápagos”, una de sus más recientes producciones. En ellos podemos percibir una mutación en las preocupaciones estéticas del artista, notable desde cuando abordó el tema de las Mariamulatas, pájaros negros que pueblan El Caribe colombiano con sus revoloteos y algarabías.
Grau nos tenía acostumbrados a presenciar obras que nos ofrecían la visión particular de su mundo y de sus circunstancias en un lenguaje fastidioso, festivo, a veces de trágica ironía, o de sarcasmo sutil. Pero, con las Mariamulatas y con los seres que pueblan a Galápagos, nos descubre la vida secreta de seres que siempre han estado como telón de fondo de nuestra vida diaria, con una existencia anónima y una presencia casi inadvertida. Un Grau maduro, compañero del siglo, ya casi imperturbable y despojado de todos los artificios de la vida social, de sus gustos y refinamientos, de sus juegos y disfraces, devela en esos seres inadvertidos
“un mundo vital con su propio ritmo, lánguido y mágico” (Grau, 1994).
Las Mariamulatas siempre estuvieron ahí, resonando en el eco de sus chillidos, en el paisaje que le fue familiar toda la vida. Las iguanas, por las que profesa un afecto especial, adormecidas en el desván de sus recuerdos, ahora despiertan de su letargo con la carga de su memoria ancestral, con una omnipresencia que rebasa la efímera temporalidad de nuestra propia vida. Grau visita la dimensión oculta de esos seres anodinos para traerlos a una presencia que se torna ineludible.
En el tratamiento de las figuras y de los motivos, el maestro sigue la línea de toda su producción. Muestra, en el dominio de la técnica y en sus habilidades de dibujante,
la aguda penetración de la realidad, y, en la composición, una caracterización expresiva de sus motivos. Y, como es característico de su estilo, el mundo creado por Grau se aleja de los grandes temas de la pintura, del grabado y de la escultura tradicionales, para centrarse en motivos que nacen de su propia vida, de sus intereses y motivaciones muy personales, y de sus propias circunstancias.
Nota
1 El artista Enrique Grau murió en Bogotá en 2004.
Diego León Arango Gómez. Doctor en Artes, profesor jubilado de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia.
El documental, espejo de la realidad
Santiago Herrera Gómez
La realidad no se desvanece como se desvanecen los sueños [ …]
No hay escapatoria, la realidad nos acompaña en cada huida.
Wislawa Szymborska
Cada vez menos gente ve los noticieros en Colombia. Esta aseveración gratuita y sin datos estadísticos que la respalden, nos
sirve sin embargo como disculpa para preguntamos: ¿es que no queremos ver nuestra realidad, queremos huirle? ¿O es que la forma como la noticia presenta la realidad ha llegado a saturar aun esos instintos más primarios? La probable respuesta sería positiva en ambos casos. La queja famosa de nuestra mala imagen tiene que ver con una y otra cosa. Se considera que la noticia periodística, tanto la que se hace en el país como las que trascienden las fronteras, restringe, limita y reduce nuestra realidad a aspectos negativos: sangre, violencia, droga. En esto la queja parece tener razón. Sin embargo, quienes la respaldan no se quejan cuando lo que se ve es otra forma de la reducción: flores, moda, progreso, caras lindas, cuerpos bailando sobre las azoteas de los centros comerciales, collares de arepas, ponchos y carrieles. Son estas las imágenes manidas de quienes quieren reivindicar y “limpiar” nuestra imagen y la reproducen en libros de fotos coloridas, comerciales de propaganda oficial y costosas campañas de imagen.
Entre uno y otro extremo está la realidad nuestra, la de cada día, la que se nos atraviesa en los parabrisas de los carros, en la cara de una niña de seis años que ofrece limpiarlo, la realidad de quienes se montan a los buses a ofrecernos costureritos por mil pesos, la de los árboles que talan con el
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 56, mayo de 2000
hacha de los mayores o la libertad que ya no perfuma las montañas de mi tierra.
Y esto que menciono no es volver a los aspectos “negativos”, pues lo negativo del mendigo no es él mismo o la imagen que se haga de él, sino la realidad que lo genera, esa realidad que nos toca y nos duele, esa que debería ponemos a reflexionar, por lo menos a tratar de entenderla.
Es esta una de las razones de ser del documental en nuestro medio o, inclusive, en cualquier otro medio: si al cine se le considera el espejo que nos devuelve la imagen, aun la de la ficción, ese espejo se hace mucho más importante y valedero cuando hablamos de la imagen documental. Llevemos la analogía a su caso más simple. Si es importante que la actriz, tras ser vestida y maquillada, se reconozca ante el espejo para interpretar su papel, es aun más importante esa confrontación diaria que hacemos cada uno frente al espejo, como una forma de reconocernos, de ir viendo nuestra transformación, de tomar medidas frente a lo que no nos guste de nosotros. Pensemos por un momento que hiciéramos verdad ese verso de Joan Manuel Serrat sobre su padre, quien “se hizo viejo sin mirarse al espejo”. Cuál no sería nuestro impacto al volvernos a ver al cabo de muchos años y ser otros diferentes de aquellos que creíamos ser.
Ese es el peligro que corremos hoy cuando, huyéndole a la realidad y a las formas morbosas de representarla, le pedimos al espejo que nos devuelva lo que no somos, tal y como lo hace la madrastra en el famoso cuento de La bella durmiente: “Espejito, espejito, dime que yo soy la más bella”. Por esta vía corremos el riesgo de morir final-
mente envenenados por nuestra propia manzana.
Nos movemos entre dos formas del lenguaje audiovisual: la noticia y la propaganda, extremos viciosos de representación de la realidad. Una alternativa frente a ellas es el documental. Importa entonces desentrañar las diferencias entre el documental y la noticia. Puede suceder que uno y otra lleguen a abordar un mismo tema, la diferencia radica en el tratamiento. Mientras la noticia se centra en la información, y para ello la rigen principios de inmediatez, en este proceso se privilegia con bastante frecuencia aquella parte de la información que más llama la atención, la que rompe con lo cotidiano y se hace extraordinario, es aquel principio periodístico del que tanto se habla en las facultades de comunicación: Si un perro muerde a un hombre, eso no es noticia; si un hombre muerde a un perro, eso sí es noticia.
Lo que sucede entonces frente a una realidad como la nuestra es que cuando los hechos violentos se vuelven cotidianos, entonces la noticia entra en la escalada de esa violencia, así la noticia pasa a ser ya no el asesinato individual -mientras no sea un “magnicidio”- sino la masacre, y es más noticia si la crueldad o alevosía fue mayor. Ese hecho extraordinario se sitúa por el principio de la pirámide invertida, en la primera frase de la noticia, de tal forma que otras informaciones aparentemente insignificantes, pero que podrían tener más que ver con la médula del problema, se quedan para los últimos renglones, con el riesgo de ser cortados a la hora de limitar el tiempo total de la nota.
La cuestión no es un problema de si informar o no sobre los hechos, pues entraríamos
en la difícil discusión de la libertad de prensa y el derecho a la información. Se trata más bien, como decía arriba, del tratamiento que se le dé, y ese tratamiento está ligado al género. Un buen periodista puede lograr salirse de la camisa de fuerza de la noticia y hacer que trascienda y nos haga avanzar. El documental, por su parte, abordaría el mismo hecho violento de manera distinta. Dependiendo del enfoque que el realizador quiera darle, el documental puede constituirse en una denuncia o en una investigación tras la pista de las causas, buscaría preguntarse por esa violencia y su razón de ser, podría conducir al espectador a situarlo frente a la sinrazón. Más que las imágenes directas de los hechos mismos, la cámara estaría tras la pista de imágenes que signifiquen, que se erijan como símbolos y, de esta manera, lleven a la reflexión: las imágenes de Ovejas, Sucre, de hombres mayores gritando alrededor de una riña de gallos, y las de niños que elevan cometas, podrían tener un mayor efecto reeducador que la imagen escueta, el primer plano de las manos atadas y sangrientas. Los sonidos no tendrían que ser las palabras que narren los hechos, ni los llantos desconsolados que sólo llevan a la compasión; los sonidos podrían reconstruir la paz del poblado, desde sus sonidos cotidianos y cómo ella es interrumpida por los fogonazos de la metralla. Como narración, el documental debe tener un concepto, una idea, aquello que alguien tiene para decir sobre esa realidad, los sentimientos que lo unen con ella, todo como la expresión de un punto de vista serio, profundo y ético.
No obstante, está claro que el género de por sí no garantiza ni obliga a una cosa u otra. Podríamos decir más bien que marca tendencias. Entre otras cosas por el tiempo
disponible para elaborar el mensaje. Mientras tras una noticia hay unas pocas horas de trabajo, tras un documental hay meses, a veces años. Y una realidad tan compleja como la nuestra exige tiempo, pide que nos detengamos a mirarla y no que andemos en una carrera desenfrenada, que muchas veces nos lleva, aun con las mejores intenciones, a privilegiar los estereotipos, producto de la ignorancia.
Así como los estudios de sociólogos y antropólogos son importantes y aportan razones para la reflexión sobre nuestra realidad, el documental aporta también la mirada de la emoción que, sin desbocarse, puede trasmitir, a públicos más amplios, visiones sobre nuestra realidad.
Así, el documental, esa narración audiovisual que nos devuelve nuestra imagen y nos confronta con ella, puede constituirse en una forma sana, constructiva, poética, reflexiva de mirarnos. Son muchas y muy diversas las formas y subgéneros dentro del documental, pero lo que deben tener en común todas estas formas, para poderlas abarcar dentro de este término, es que ofrezcan una mirada profunda y ética sobre la realidad, esa realidad que no se desvanece, aunque nos tapemos los ojos, esa que no se embellece porque nos encerremos en jardines de flores, esa sólo susceptible de ser mejorada si la buscamos y nos preguntamos por sus razones y causas.
Santiago
Herrera Gómez es director y realizador documental y profesor en la Facultad de Comunicaciones de la Uni-
versidad de Antioquia.
Medios de comunicación y patrimonio cultural, algo más que mitos...
Rafael Rubiano Muñoz
Para nadie es un secreto la incidencia que los medios de comunicación tienen en la sociedad actual. Ellos organizan nuestra experiencia de la realidad, como también nos ayudan a comprender los procesos históricos y sociales que nos determinan. De igual manera se puede situar en la influencia que los medios tienen socialmente, la labor que
ellos cumplen en la consolidación de los estilos de vida, las costumbres, los hábitos y las creencias que reproducen los individuos y grupos sociales para conformar las mentalidades. En fin, los medios colaboran en el progresivo desenvolvimiento del ser humano tanto en el espacio como en el tiempo socialmente vivido. Sin embargo, al establecer el tema de la relación entre medios de comunicación y patrimonio cultural, el lente se transforma inadvertidamente. A pesar de la vitalidad insuperable de los medios en la construcción de nuestras sociedades, ellos también generan e impulsan actividades que pueden parecer no solamente insostenibles sino también intolerantes e irracionales.
Dos de esos argumentos que nos permiten pensar los elementos adversos de los medios al tratar la noción de “patrimonio cultural” son la forma en que esa expresión se usa con el ideal divulgativo de la identidad y con la versión “saturada” del mito. Sin sospecharlo, los medios de comunicación han elaborado una imagen del patrimonio cultural según esos dos contextos sociales; es decir, se entiende que patrimonio cultural es todo aquello que remite estrictamente a la consolidación de las identidades, un concepto manipulado y manoseado absurdamente, por medio de diferentes escenarios, como
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 58, julio de 2000
también se lo ubica según el hecho social del mito como una forma de mantener con vida ciertos valores, creencias, opiniones y hasta actitudes que se han perdido. El problema es que la comprensión de lo que se llama patrimonio cultural en esa doble perspectiva conduce a fatales criterios, cuando no a insalvables extremismos en la vida social.
Ante todo, porque el patrimonio cultural no se entiende como una experiencia social que los ciudadanos de una nación, de una región y de una localidad reinventan y reconstruyen diariamente bajo la perspectiva de ser proyectos colectivos para discutir y para debatir según los procesos de racionalización que demanda, sino como artificio, ornamento y hasta superchería.
No es difícil adivinar en el anterior presupuesto a qué nos referimos, sobre todo para el caso de nuestro país, donde el patrimonio cultural se hace por la fuerza y por la seducción morbosa de los regionalismos racistas. Con todo, es menester explicarlo. En una sociedad como la nuestra, atravesada por fuertes procesos de modernización, de masificación e inclusive de globalización, es una exigencia generar entre sus ciudadanos unas identidades que les permitan compartir en conjunto la formas de representarse simbólica, semántica, narrativa y estéticamente sus sociedades. Pero tan compleja responsabilidad es asumida con la desfachatez de generar la violencia, la intolerancia y la irracionalidad entre los grupos e individuos sociales.
Los medios de comunicación alientan la “homogeneización cultural” donde se impulsan relaciones de exclusión, de discriminación y de marginación social. El patri-
monio cultural no sería más que una nueva forma de agresividad social, el cual se manifiesta en la relación de ‘quien no comparte conmigo los gustos, los deseos, las expectativas y los anhelos que yo tengo, está contra mí’, esa vieja fórmula del catecismo. De esta manera el “patrimonio cultural” como una de las formas de agresividad no puede constituirse en una sorpresa más, ya que en nada se diferenciaría, en el sentido moral, del estado de postración y de barbarie que se alimenta en nuestro país por medio de diferentes acontecimientos.
Lo anterior en un doble sentido: el patrimonio cultural, como una identidad que se defiende desde la agresividad, no deja de canalizar justamente la “frustración social” porque intenta recuperar de manera inmoderada valores, actitudes o creencias que han sido superadas por muchas circunstancias; pero, por otro lado, el mayor peligro de convertir “los patrimonios culturales” en mitos es aquel según el cual la acción más eficaz para defenderlos se traduce en la obligatoria subordinación al medio social en que se vive, donde por “miedo al aislamiento” o por “el silencio forzoso”, no se pueden poner en cuestión ciertas tradiciones y algunas leyendas ya eternizadas.
No es extraño entonces que “el patrimonio cultural” construido artificiosamente por los medios de comunicación en esas versiones peculiares de los mitos y de las identidades, termina traicionando propiamente la responsabilidad social y ética que deberían cumplir ellos, especialmente en la conformación de espacios de participación, de decisión y de discusión ciudadanos sobre las especificidades que guardan las manifestaciones culturales. Es perceptible
entonces cómo adquieren rasgos de agresividad las actitudes que los ciudadanos, las élites, el Estado y los gobiernos municipales asumen cuando de defender su ciudad se trata; a su vez, la manera en que se destacan ciertos personajes y se hacen públicos para alimentar ese “narcisismo telúrico” que invade permanentemente la opinión corriente cuando se busca ejemplificar la grandeza de una raza; inclusive, no es de asombrase que en ciertas manifestaciones estéticas y literarias, sin saber por qué, se hace alarde de la universalidad de las creaciones cuando ni siquiera se las conoce en sus propias regiones; así, pasamos al deporte, con esa facilidad de considerar en los efímeros triunfos de un equipo de fútbol, en los logros invaluables de un ciclista, en el emotivismo de la velocidad de los automóviles de carreras, la imperecedera llama del patrimonio cultural.
Además, la cruel desventura de la astucia, concebida como malicia “indígena”, que no es más que la excusa al fomento colectivo de la irresponsabilidad, las mentiras, la corrupción, el resentimiento, el odio desmedido, la sed de venganza se hallan en los puestos de honor de la concebida “idiosincrasia colombiana”. Ahora, no puede inclinarse la balanza hacia los extremos y, con el candor que induce a la ignorancia, pensar que el camino más propicio para reelaborar y reconstruir lo que hemos concebido como patrimonio cultural sea una vuelta romántica a la herencia precolombina como lo aducen algunos, o la nostalgia enfermiza como se anclan algunos otros que esperan en esa Colombia “folklórica”, por ejemplo, rescatar lo más auténtico de nuestro ser y quién sabe, en la era de las nuevas tecnologías y de los procesos de globalización, asumir una in-
diferencia neolímpica donde sencillamente “todo es bien” y “nada te compromete”, ese letargo mental llamado postmodernidad que más bien es indolencia y apatía.
Y en este sentido, ¿qué relaciona a la Universidad con el debate del patrimonio cultural?
De esta manera el “patrimonio cultural” como una de las formas de agresividad no puede constituirse en una sorpresa más, ya que en nada se diferenciaría, en el sentido moral, del estado de postración y de barbarie que se alimenta en nuestro país por medio de diferentes acontecimientos.
No sería insensato aducir que el significado de la Universidad como “patrimonio cultural” debe trascender el contexto general geográfico, espacial, arquitectónico; esto es, el inmediato uso identificatorio con el cuerpo físico, y aunque los cambios sólo son la certeza de la temporalidad, pese a las ruinas que produce el tiempo, es la palabra la que devuelve a la Universidad su carácter de infinitud, de elevada conciencia histórica y social. Aunque una ya exagerada expresión nostálgica hace arrancar de manera aguda algunas voces, el recuerdo inconsolable, la desprevenida reminiscencia de lo que fue y de lo que no podrá ser. La Universidad puede ser objeto de “mitos” nostálgicos como el que intentamos clarificar, el del “patrimonio cultural”, pero su actual significado, siguiendo las palabras de Alfonso Reyes, estima el esfuerzo “del escribir y del pensar”1 como los más valiosos patrimonios que esta institución fomenta y deberá seguir fomentando para que de este modo no sea atacada por la mayor de las pestes “la maleza y el desierto”, en la actualidad, “la mediocridad y la violencia”.
La universidad no se hace por sí misma, es una institución en permanente construcción, es un proyecto histórico de larga duración, es un centro donde los sujetos hacen que se convierta en el lugar de intercambio de experiencias individuales y colectivas. Lo que preocupa de las versiones mistificadas de la universidad es que esos mitos no racionalizados se apoyan en el uso de la fuerza y la violencia, pues del peor mito que puede vivir la sociedad colombiana, y parece que seguirá así, es la “violencia”, medio y fin único de nuestras formas de socialización, es nuestra única forma de reconocimiento en el contexto mundial, ese mito nos signará por mucho más tiempo, y de él no parece sustraerse la Universidad de Antioquia. La Universidad seguirá siendo objeto de mitos para la sociedad y, a su vez, la Universidad ahondará en esos mitos, mientras ellos no sean racionalizados; si en el acaso la Universidad se limita a la producción de sólo valores cuyos fines en sí mismos son el consumo y la reproducción para la cultura de masas, la encarnación de los ideales del “Alma Máter” como centro del saber, de la razón, de la crítica y de la justicia serán sólo eso, “abstracciones” de otros tiempos, palabras necias para estos acelerados y nuevos tiempos. Por ello, para lograrlo, debemos recordar los esfuerzos de quienes construyeron la utopía de América, y ojalá que la velocidad con que siguen creciendo la maleza y el desierto en la Universidad de Antioquia pueda detenerse en ese esfuerzo más real que mito, del pensar y del escribir como formas del bien social, esto es, el ansia de perfección.
Nota
1 Reyes, A. (1940). Prólogo en Justo Sierra, La evolución política del pueblo mexicano, La Casa de España en México.
Rafael Rubiano Muñoz. Sociólogo y magíster en Ciencia Política de la Universidad de Antioquia, doctor en Ciencias Sociales de Flacso-Argentina, es profesor en la Universidad de Antioquia.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 58, julio de 2000
Historias de un parque
Ramiro Henao Vélez
El espacio
¿Qué es un parque?, me pregunto. Podría responder, como urbanista, que un espacio ordenador alrededor del cual se construye una ciudad, pero yo sé que es algo más: la memoria donde leer cómo nos fuimos encontrando y alejando, el escenario donde lo cotidiano nos fue marcando, haciendo. Somos el producto de un proceso y la respuesta a un ser urbano.
Este parque fue un espacio de conquista, de avanzada, construido según las leyes de Indias, trazado y trasladado, perseguido por los fenómenos naturales, como inundaciones, pestes y, sobre todo, ausencia de vida. Era una plaza para asentar los tres poderes: La religión, el Estado y la burguesía. Para fundar y no para crear. No tuvo la importancia de ser construido sobre una antigua cultura. Sólo era un punto más de avanzada hacia la búsqueda de una quimera: El Dorado.
Los actores
La iglesia, en la esquina nororiental, férrea guardiana de la fe, de una fe de carbonero que, como estas montañas, nos ha abrigado. Fue el sitio de la prédica y del regaño, de los grandes entierros, de las festividades de Semana Santa, de la guerra santa entre liberales de la ciudad y campesinos terratenientes conservadores. La iglesia ocupó la plaza y sus calles en los grandes eventos, acentuó las diferencias entre aquellos que habían llegado a este “valle de lágrimas”, y los ricos que se constituyeron en guardianes de la fe.
Las campanas
Estas campanas tienen nombre, se llaman “las pascacias”, porque las donó don Pas-
cacio Uribe, un terrateniente conservador, para que la iglesia se volviera la dueña del tiempo. Las campanas son el rezago de la tradición, ellas controlaron el tiempo de esta ciudad hasta la década del cuarenta. Los liberales siempre odiaron ese tiempo conservador, que sólo la sirena de la industria rompió en los años cuarenta. Las campanas ordenaban la vida cotidiana. Tocaban al alba y la gente tomaba los “tragos”. Tocaban a las diez de la mañana y la gente tomaba la “mediamañana”. A las doce en punto, y la ciudad se paralizaba, los hombres se quitaban el sombrero y las mujeres rezaban el ángelus. La imagen de Millet no era extraña en los alrededores de esta pequeña ciudad. A las cinco de la tarde, misa, y a las ocho de la noche, la ciudad, por orden de las campanas, se dormía. Pero estas campanas también contaban cuando alguien se moría y cuando la guerra de los mil días nos visitaba. A veces las campanas servían al gobierno para anunciar la ejecución, en el “garrote vil”, de algún alma descarriada, o para citar a los vecinos y luchar contra alguno de los incendios. Solamente una vez tocaron para la libertad: el día en que los esclavos fueron liberados.
Son las doce. Las campanas repican, pero la ciudad no se da cuenta. La lucha de las campanas se perdió ante el timbre del Metro que se alista para cerrar sus puertas. El tiempo ya no es controlado por las campanas sino por los horarios del Metro, esta nueva catedral de la modernidad, que trata de organizar una ciudad que se mueve con tiempos tan diferentes. A este parque lo atraviesan muchos tiempos en una lucha por disolverlo. El tiempo cada día ordena menos esta ciudad. Cada día la prisa es diferente, como un traje que cada cual se pone para navegar
en este parque que se disuelve como espacio significativo para ser un espacio de paso, la antesala de una estación de Metro, casi invisible para aquellos que lo usan.
Hoy un reloj acompaña las campanas. Inútil y solo, nada puede hacer contra el tiempo de los relojes japoneses.
Los ciegos. Los vendedores de lotería
Cierro los ojos. El parque ya sólo es un andén amplio para el Metro. Una estación donde la gente corre para llegar al trabajo asustando las palomas, únicos actores permanentes que, con la estatua de Pedro Justo Berrío, ven lo que pasa por este espacio.
Trato de identificar olores, pero sólo siento una agridulce sensación de gasolina. Hace calor, esta ciudad comienza a ser caliente, en sesenta años el concreto y la ausencia de verde nos han hecho pasar de una ciudad que en la primera guía de Medellín se vanagloriaba de gozar de un clima primaveral con una temperatura entre los dieciséis y los veintidós grados, a una ciudad de treinta a treinta y dos grados. La ciudad ha perdido sus olores, disfrazándolos con los olores de una asepsia que más bien parece esterilizar nuestro recuerdo y llevarnos a olvidar el olfato para identificarnos.
Los sonidos son más identificables. En el fondo el ruido sordo y parejo de la ciudad sirve de telón para los ruidos cercanos: el Metro que se aleja, los buses que no olvidan su manía de pitar, los vendedores que ágiles pasan con su mercancía portátil atentos a aquellos perseguidores que los consideran
indeseables. Las campanas de la catedral que recuerdan un tiempo que ellas manejaban: el de la tradición. Es extraño cómo ha cambiado este parque.
Los ciegos. Se fueron, se los llevaron. Un domingo de 1995 fue su último día en este parque. Se los llevaron para una calle fea, peatonal, por donde no pasa nadie, los escondieron, les dio pena que estuvieran ahí desde 1956 esperando sentados, con la suerte en sus papelitos ordenados, a que las señoras y biatos salieran de misa, y a que los banqueros cerraran con doble llave sus cajas fuertes, esperando a los jubilados con sus ojos cansados de mirar colegialas, a los abarroteros, libreros, almacenistas, confeccionistas, abogados y toda la pelambre que sentía que la lotería era la única forma para salir de pobres. Pero más tarde llegó la mafia y extrañamente comenzó a ganarse la lotería. Pablo Escobar se ganó veinte veces, en un año, la lotería; mentira… era la forma de lavar el dinero de la coca. Era tan bueno el negocio que montó una oficina para comprar los billetes ganadores. Pobres ciegos, hasta ellos, sin saberlo, trabajaron para la mafia.
Esta acera estratégica entre la iglesia y la usura era el espacio de la suerte, de la ilusión, la vía menos dolorosa para salir de pobres. En esa acera nació la primera Bolsa, el atrio sirvió para especular, para comprar o vender oro. Fue el espacio para amasar fortunas o para caer en la desgracia de la pobreza. Sí, allí estaban los ciegos, en esa acera amplia y generosa, desorganizados en un principio y luego, por la superpoblación, ubicados en espacios mínimos con sus tablas de 0,80 por 1,5 metros y sus papelitos de colores con números de buena o mala
suerte, como si todos no tuvieran la misma oportunidad de ganar. En la Beneficencia de Antioquía nació la idea de darles trabajo a los ciegos. Para muchos fue esta la manera de reivindicarse ante una sociedad que consideraba la ceguera como el peor de los males, una limitación para una ciudad que nunca ha pensado en sus limitados. Aún hoy lo vemos. El Metro, construido treinta años después, con sus atemorizantes escaleras de dos pisos de altura, continúa con la discriminación.
La calle que ocupan actualmente no lleva a ninguna parte, fruto de un proyecto inconcluso de los años setenta, de peatonalizar el centro, a sólo tres cuadras de distancia del parque. Un espacio que nunca ha podido ser comercial. A las autoridades de esta ciudad se les olvidó que las calles buscan un objetivo: llevar a la gente de un punto a otro, generar recorridos que se graban en la memoria, crear sus mapas personales de ciudad. Se les olvidó que en casi ninguno de estos recorridos existía esta calle. Por eso la primera parte se llenó de informalidad, de apuestas de caballos y, la última, de un fallido centro de venta de libros de segunda donde, además, llevaron a morirse de hambre a los “hippies”, tremendo nombre para unos humildes artesanos que sobrevivían de las pulseras y las aretas que vendían a los jóvenes. A esta tierra de nadie trajeron a don Hernán Marulanda y a doña Sofía Rivera. Ella con restos visuales y él con epilepsia, se cuidan y complementan. Sus setenta y dos y sesenta y ocho años, respectivamente, han dejado marca en dos rostros con aire campesino que llegaron huyendo de la violencia, no de esta, sino de la otra, la de los liberales y conservadores. Extrañan su pueblo, pero aceptan que esta ciudad les dio la posibili-
dad de levantar a sus cinco hijos: dos mujeres, una casada y otra que tiene tres hijos, los acompañan. Uno de los hombres es taxista y a otros dos los mató la violencia de ahora, que en nada se diferencia de la otra, que los hizo dejar su pueblo. Esta violencia que se trepa por las comunas, donde se mata por un territorio, por vivir en un barrio y no en otro, por mirar una mujer ajena, o simplemente porque lo único que hay para hacer es matarse.
En este “no espacio” se lucha por ser visible, se lucha por los dos metros cuadrados que todos los días construyen, con un paraguas y dos tablas, donde colocan los billetes de lotería. Llegan a las siete u ocho de la mañana y se van a las cuatro de la tarde, pero no para su casa. A esta hora el peligro acecha: los despistados transeúntes aceleran el paso y este territorio no es seguro por dos razones: una, la ausencia de comercio sobre la calle (sólo un edificio de oficinas y un almacén ofrecen sus culatas para conformar este callejón) y la otra, que a pesar de que la calle tiene nomenclatura, por allí no pasa la autoridad, como dice doña Sofía Rivera, ni siquiera esa policía paralela y de civil que se llama Espacio Público. Ellos (los de Espacio Público) viven en guerra, de seis de la mañana a siete de la noche, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, contra los vendedores ambulantes, contra todo lo que huela a supervivencia; es más importante que el centro se parezca a Estocolmo, que el trabajo de catorce mil familias. Es una extraña danza. Los unos corren y los otros los persiguen, pero ninguno claudica. Al menor descuido, el vendedor terminaría en la “jaula”, donde la mercancía es decomisada. Esta danza de la supervivencia no la va ganando nadie, los venteros cada día son más ágiles
y se ingenian nuevas estrategias para sobrevivir. Los puestos móviles son una, ellos mismos cargan la mercancía de manera tal que puedan correr cuando aparece el peligro. Existe todo un sistema de alarmas humanas colocado en las calles, todos tienen tenis. Hoy se debe tener buen estado físico para ser ventero, o capital para montar en locales tradicionales, “los agáchese”, todo a quinientos y mil pesos, pues allí no llega la mano de Espacio Público. Hoy el centro se está llenando de este tipo de ventas y se ha llegado al extremo de montar, en una esquina del Parque Bolívar, un minicentro comercial donde todo cuesta menos de cinco mil pesos. Pero si este es el común denominador en todo el centro, no sucede lo mismo en el mal llamado pasaje La Bastilla. Pequeños revendedores y consumidores de droga compiten con los loteros. Al finalizar la tarde el ambiente se vuelve pesado, todos los vendedores de lotería huyen, y los otros se apoderan del pasaje. Los infamemente llamados desechables llegan con sus botellas de pegamento a soñar sus ciudades donde el hambre y la exclusión no existen. Por eso a las cuatro, don Hernán y doña Sofía se van a “ganchear” a su parque, al de Berrío, donde alguna vez fueron habitantes permanentes y ahora son, como tantos, unos seres que llevan no sólo sus limitaciones, sino también el miedo de ser constantemente perseguidos. Ya su puesto se limita a un gancho con los quintos de lotería que esperan vender a la gente que corre para llegar al Metro.
Pero existen normas de convivencia entre los loteros, se respetan y se ayudan entre ellos, aunque el miedo a la legalidad los persigue. Cada alcalde llega con una nueva teoría, el actual quiere, al igual que en su administración anterior, en la que constru-
yó el centro comercial de los vendedores de libros viejos y los artesanos, construir otros centros para que los pobres venteros terminen muriéndose de hambre; para ello escogió lotes que nunca se construyeron porque son recortes de proyectos viales o antiguas casas de donde huyó la vida. A don Hernán Marulanda Valencia le prometieron un puesto en uno de estos centros, pero todavía no sabe en cuál; lo que sí le llega cumplidamente es una cuenta por cuatro mil pesos mensuales que más que una cuenta es una ilusión. Don Hernán y doña Sofía nunca han pertenecido al Sindicato de Loteros por falta de recursos, sólo son amigos y, a pesar de no pertenecer al sindicato, fueron ubicados en el pasaje, no en un módulo como a los socios, sino al final de la fila, sin caseta y con paraguas; el sindicato no les ha hecho falta. Lo que sí sienten es que cada día la Beneficencia de Antioquia se acuerda menos de ellos y sólo en los años en que hay elecciones se preocupan por visitarlos.
Todo ha cambiado. Antes eran los únicos poseedores de la suerte, hoy compiten con el chance y eso ha dañado el negocio. No es lo mismo cuando se pueden escoger todos los números, muchas veces los clientes sólo buscan un número en especial, a veces hasta las cuatro cifras y la serie; antes, la gente preguntaba por los números que no habían caído, hoy hasta venden libros, y hay programas de radio que divulgan los números que no han caído.
Los ricos
El Parque de Berrío ha servido como cuna de todos los antioqueños: hasta la década de los sesenta todos habían nacido en el marco
del parque, y los más humildes a una cuadra del parque. Esta era una forma de validar su ascendencia, de denotar la importancia de un parque que fue la génesis de la ciudad donde se asentó una clase social de negociantes y usureros. El Parque albergó a fines del siglo pasado una burguesía de terratenientes que poseían en las laderas de este valle sus grandes haciendas; estos dieron paso a una burguesía de comerciantes y mineros que poseían grandes minas de oro y comerciaban con todo el mundo.
Luego llegaron los banqueros y empezó la privatización de los espacios del primer piso, puertas de vidrio con atemorizantes guardianes privados llegaron al parque, comenzando la competencia por el edificio más alto, por el más ostentoso. Los habitantes que vivían en las casas del parque fueron emigrando, y este espacio adquirió una vocación comercial, las migraciones internas comenzaron.
Hoy ya a nadie le interesa nacer en el Parque Berrío; de hecho, los jóvenes ni siquiera conocen el parque y su historia; para ellos, el Parque Berrío es sólo una estación más del Metro.
El mercado
Un cambio interesante ha sufrido el piso del parque, que pasó de ser un rastrojo a una plaza empedrada, a finales del siglo pasado; allí se institucionalizó el mercado en pequeños toldos, donde los campesinos del valle vendían sus productos. Luego se vio la necesidad de trasladar el mercado y, para ello, los ricos que habían comenzado a viajar a Europa trajeron la idea de construir un mer-
cado cubierto en las afueras y convertir la plaza en un parque de estilo francés donde pasearse por las tardes.
El parque siempre ha estado rodeado de vías que dieron nacimiento al desarrollo vial de la ciudad; por él pasaron, hasta los sesenta, todas las rutas de buses y se convirtió en lugar de transbordo de diferentes rutas.
Esto caracterizó a Medellín como una ciudad concéntrica, en contra de la forma misma del valle que plantea una ciudad lineal.
Los otros ciegos
Pero llegaron los otros ciegos, los que no quieren ver, los planificadores que comenzaron por desmontar el centro, en funciones: el comercio para esta zona, los bancos para esta otra, los ricos a vivir en Laureles, y así y todo pensaron que, como el niño que desbarata el juguete, es posible volver a armar todo. Sin embargo, sólo lograron que les quedara una ciudad desarticulada, cada día más especializada en sus funciones y menos integrada en la vida urbana. Hoy los ciegos han triunfado, al parque pocos lo ven aplastado por esa mole que es el Metro
y que será, si lo permiten los planificadores, el inicio de otra ciudad donde la nostalgia no sea más que eso: nostalgia.
Ramiro Henao Vélez. Fundó en 1983, junto con el también arquitecto Juan Guillermo Gómez, el Taller de Arquitectura.
Breve apunte sobre la paz
Adrián Restrepo Parra
Las maneras de obtener la paz no necesariamente pasan por las vías de la civilidad, entendida esta como la ausencia del uso de formas de violencia pues, en oposición a ella, la pacificación ha sido y es un método histórico de resolver las situaciones de guerra por medio del aniquilamiento del enemigo. Por tanto, la paz puede ser el resultado de la desaparición de una de las partes de la confrontación.
Del uso, y en ocasiones del abuso, de la fuerza no siempre surge la paz porque, simplemente, lo que se puede lograr es la aparición de situaciones de opresión e iniquidad que contribuyen, nuevamente, a la configuración de la guerra; de ahí la necesidad de pensar alternativas para resolver la confrontación armada, diferentes del incremento de la fuerza o la llamada mano dura.
La senda que privilegia toda sociedad, con un prurito de civilidad, para dar salida a la guerra es el diálogo, pero este no significa necesariamente el cese del fuego ni la desactivación de los problemas que causan la confrontación; el actual proceso de paz colombiano así lo evidencia.
Fuego y diálogo son dos elementos perfectamente compatibles en la guerra; sin embargo, entre los dos, a la población civil le corresponde la tarea de hacer necesario y preponderante el diálogo, pues este es el medio favorable para que los inermes, expuestos a las acciones militares de las partes en disputa, mantengan, en primera instancia, su estatus de civiles, lo que significa ganar el respeto por su opción de la no violencia ante los armados y, en segunda instancia, persuadir a los actores en confrontación para que cesen las acciones bélicas e incorporen, de manera decidida, el diálogo como
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mecanismo para avanzar en la solución de las diferencias políticas.
Avanzar en el ejercicio del diálogo es abonar el terreno de la paz, y esto indudablemente es comprometer esfuerzos para que la cotidianidad de una sociedad sin guerra sea la democracia.
Pero, ¿por qué la democracia tiene que ser la cotidianidad de una sociedad sin guerra? A continuación, y de manera concisa, se presentan dos motivos que contribuyen a responder este interrogante.
Primero, una paz sin confrontación armada es compatible con una dictadura bien instaurada, donde la omnipresencia del terror paraliza toda acción que exprese la diferencia y, a la vez, crea otros mecanismos, no siempre civilizados, para dar salida a la inconformidad. Este planteamiento para el caso colombiano permite, lastimosamente, colegir que la guerra ha sido una de las maneras de expresar las diferencias en el país. Una sociedad democrática, en cambio, se caracteriza por resolver sus problemas y conflictos por medio de los argumentos, que no son otra cosa que la utilización de la razón y de su mecanismo más expedito, la palabra.
La relevancia otorgada al uso de la palabra está dada porque la paz, en términos democráticos, reconoce y posibilita el debate, el conocimiento de las ideas y la manera en
que los otros comprenden el mundo, es acción comunicativa que se contrapone a las situaciones de terror caracterizadas —aunque no exclusivamente— por el silencio obligado de quienes, teniendo que decir algo, han quedado sin palabra.
En segundo lugar, la cotidianidad de la democracia es favorable para la paz en cuanto consolida prácticas políticas y sociales entre los habitantes, de manera que los logros y los fracasos de una sociedad se vuelven el resultado de la coparticipación, con sus respectivos grados de responsabilidad, de electores, elegidos y clases dirigentes. En la medida en que aumente la corresponsabilidad política y social de los habitantes sobre las decisiones que afectan sus vidas, aumentarán las posibilidades de una paz duradera.
La palabra y la corresponsabilidad implican abrirse a la verdad de lo que no se es, y es este uno de los aportes más importantes para que una sociedad aprenda a convivir, ya que corresponde a cada uno de los actores que la conforman la tarea de empezar a construir sus certezas, las nuevas o distintas verdades donde el otro cuenta y es un igual en la condición que nos une: humanos.
Adrián Restrepo Parra. Trabajador social, magíster en Ciencia Política y doctor en Ciencias Sociales, es profesor en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
¿Es la naturaleza un patrimonio del hombre o de la sociedad?
Sandra Turbay Ceballos
El resurgimiento del interés por la ecología tiene varias causas. Existe una conciencia internacional más aguda de los graves problemas ambientales del planeta como el calentamiento global, la destrucción de la capa de ozono, la falta de agua, la disminución de la biodiversidad, la deforestación de los últimos bosques tropicales, etc. Los gobiernos y las organizaciones ecologistas deman-
dan de los antropólogos alternativas para la explotación sostenible de los recursos, derivadas del conocimiento que estos últimos tienen sobre sociedades indígenas que han logrado vivir durante siglos en ecosistemas frágiles sin provocar su destrucción. Se trata de buscar fórmulas de desarrollo sostenible, pero también de dar a conocer aquellas éticas que gobiernan en los pueblos indígenas la relación con los seres no humanos.
Hay ahora, además, un reconocimiento de la necesidad de abordar los problemas ambientales en una perspectiva integral, que incluya los aspectos biofísicos, económicos y socioculturales. Las creencias y las costumbres de un pueblo deben ser consideradas seriamente en la promoción de programas de gestión ambiental, si se quiere evitar su fracaso. La participación de los ciudadanos y las comunidades organizadas es definitiva en el diseño de planes, programas y proyectos, rompiendo con una tradición de investigación que concedía un papel pasivo a los “beneficiarios” de las acciones.
De otro lado, los avances en biotecnología y en general en las ciencias naturales, han mostrado que la distinción entre naturaleza y cultura es arbitraria. Una revisión urgente de nuestra propia epistemología es necesa-
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ria para comprender nuestra propia realidad y la de otros pueblos. Las divisiones entre ciencias naturales y ciencias sociales tienden a removerse; igualmente toma fuerza un enfoque unitario del ser humano, al mismo tiempo biológico y social.
Existen múltiples maneras de concebir nuestra relación, como seres humanos, con el paisaje y con los demás seres vivos. El pensamiento occidental presupone una distinción radical entre naturaleza y cultura, entre naturaleza y sociedad, entre cuerpo y mente, que condiciona nuestras actitudes hacia el medio ambiente. El hombre se ve a sí mismo por fuera de la naturaleza, en posición de dominio o de protección. En el primer caso, constatamos una reciprocidad negativa en las relaciones entre el hombre y su ambiente. Las personas se pueden ver a sí mismas como amos de la naturaleza, como domesticadores, conquistadores o exploradores de su entorno, con fines de producción, consumo, deporte o recreación. En esta perspectiva el hombre es un “administrador” de la naturaleza por medio de una aplicación racional de la ciencia y de la técnica, dejando de lado las consideraciones éticas.
En el segundo caso, el del enfoque proteccionista, se considera que los seres humanos tenemos una gran responsabilidad frente a otras especies animales y vegetales, y frente al ecosistema global. El bienestar y la reproducción de una amplia gama de seres no humanos estarían bajo la tutela del hombre. Esos lazos de dependencia pueden tener beneficios anexos para el hombre, ya sea de carácter utilitario, emocional o religioso. En este caso, a pesar de las buenas intenciones y del servicio que pueda prestar tal teoría
como ideología de respaldo a los movimientos ambientalistas, se está objetivando la naturaleza y colocándola aparte del mundo de los hombres; asistimos a una transferencia del dualismo cartesiano y del sentido de “propiedad” de la naturaleza a otro plano, aunque la dominación se transmuta aquí en un patrocinio de la conservación de las especies.
Un tercer paradigma, que podríamos llamar contextual, monista o comunal, rechaza las separaciones entre naturaleza y sociedad, promueve una reciprocidad generalizada entre el hombre y el ambiente, deriva de metáforas que acuden a las figuras del parentesco y las relaciones interpersonales. La mayor parte de las sociedades de cazadores y de horticultores de los bosques tropicales suponen, por ejemplo, fronteras fluidas entre los hombres, las plantas y los animales; los chamanes son capaces de comunicarse con los espíritus o los dueños de cada especie animal; los mitos aseguran que al principio de la humanidad los animales eran personas, y que en sus guaridas subterráneas o celestes se despojan de su apariencia animal para recuperar su forma original; la horticultura y, especialmente la cacería, son objetos rituales por medio de los cuales se hacen transacciones y dones recíprocos entre los seres humanos y los no humanos. Muchos científicos postestructuralistas están desarrollando esta perspectiva contextual, tratando de integrar la ecología humana y la teoría social, de analizar conjuntamente variables como la población, el saber indígena y el ambiente, de reconocer la unidad del discurso y de la práctica, de respetar la voz de la población local en la definición de estrategias óptimas en el manejo de los recursos y de recurrir a metáforas que, gracias
a su poder afectivo, activan conocimientos prácticos basados en una larga experiencia sobre las condiciones locales. Nos presentamos, si es posible, desde esta perspectiva, al considerar a la naturaleza como patrimonio del hombre y de la sociedad. En caso negativo, tenemos larga tarea por delante, pues ante el vacío que puede dejar la crítica de la noción de naturaleza, sólo queda el camino de la reflexión y de la creatividad, para construir una ética y una epistemología que replanteen nuestro lugar como seres humanos
en el mundo y permitan afrontar los graves problemas ambientales del momento.
Sandra Turbay Ceballos es antropóloga de la Universidad de Antioquia y doctora en Ciencias Sociales de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias
Sociales, de París. Profesora jubilada de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia.
En el nombre de Dios
Fabio Giraldo Jiménez
En alguna parte de sus escrituras dijo Dostoievski que, si Dios no existiera, todo estaría permitido. Creo entender que se refería a que la más elemental y mínima moralia se basa en el temor a Dios; es decir, en el temor a un poder absolutamente superior e inefable porque puede sobre la vida y la muerte y por tanto sobre el destino y el tiempo de antes y de después. Además, creo que aludía al hecho de que esa moralidad elemental basada en el temor a Dios no incluía ninguna prohibición y ningún castigo y a que las
religiones, todas sin excepción, han convertido ese temor en máximas preceptivas de conductas y en catecismos que se basan en el dilema entre el bien y el mal.
Hobbes, previo el conocimiento de Maquiavelo, resulta ser el más paradójico de los filósofos políticos porque fue, y sigue siendo en sus libros, un iconoclasta religioso y al mismo tiempo el que convirtió la religión y la moral en un asunto de Estado: convirtió la moral en una técnica basada en la eficiencia del temor a Dios y al Estado: lo que es eficiente es bueno y lo que es ineficiente es malo y políticamente incorrecto. Y Dios dejó de ser un principio para convertirse en medio, en instrumento.
Ese temor primigenio convertido en pragmática ha permitido que se construya la arquitectura legal y física de las iglesias con sus administraciones clericales y con derecho propio —el derecho canónico— para administrar ese temor y ese dilema en almas y cuerpos. Lo que hizo el cristianismo, por ejemplo, fue convertir en preceptiva y en códice esas prohibiciones a partir del mito real de su inscripción en las tablas de Moisés que contiene los siete pecados capitales y que es, además, el primer y más elemental código penal. De esta manera el temor a Dios se convierte en miedo ya no sólo al castigo de Dios, sino también a la retaliación de los hombres.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 162, febrero de 2010
No sólo al castigo del infierno administrado por la otredad de Dios que es Satanás, sino también al castigo de la cárcel administrado por sus infernales representantes. Es por eso por lo que Dios tiene muchos usos.
Dios, como instrumento para la expiación, es asediado por los políticos y los traquetos para tratar de pasar por el hueco de la aguja que es la puerta para el cielo. En su infinita sabiduría maliciosa han hecho frente al temor de Dios una gambeta, un esguince y una “vuelta” muy especial: el arrepentimiento, la contrición de corazón y el propósito de enmienda, que son fuertes detergentes para dejar sin mácula después de pecar y delinquir. Y a fe histórica que los políticos y los traquetos han usado a discreción esa posibilidad que brinda el hecho de que las religiones y las iglesias permiten expiar las culpas. Y en ese afán convierten a Dios en un trompo puchaletas. Lo invocan tanto para celebrar una buena tarde en la Bolsa de Valores como para afilar la motosierra: Dios termina sirviendo para ganar un partido de fútbol, para celebrar un buen negocio, un buen envío, o para celebrar un cumpleaños con mariachi, cabalgata y pólvora y, aun, inclusive, a la hora de la muerte. No porque él lo permita, sino porque la religión absuelve y perdona en los confesionarios. Y, además, la pólvora y la limosna limpian el escarnio público, lo compran.
Y entonces empieza uno a notar que existen moralidades especiales. Es decir, códigos morales exclusivos. Una especie de supermercado de la moralidad en el cual el que paga pone las condiciones: paga la misa y la pólvora para celebrar el triunfo de la ley fabricada a la medida y de la moralidad publicitada. Se exorcizan el pecado y el delito. Se limpia la culpa adormilándola con se-
dantes morales, jurídicos y mediáticos. Por eso no es casual que el comisionado de paz haya sido un psiquiatra cuya terapia es la ternura.
Pero no falta quien recuerde que todas las riquezas son mal habidas; tanto las de ahora, que se deben al narcotráfico y a sus negocios adláteres y que andan buscando cobija moral y jurídica, como las de antes, que ya están legitimadas y legalizadas. Para las dos se invoca a Dios, la religión lo permite y los medios le hacen propaganda. La diferencia entre las riquezas es que una ya está instalada y la otra está en proceso. Pero viven de lo mismo: de la pobreza de los muchos.
Fabio Giraldo Jiménez es profesor jubilado del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia. Dirige la Revista Universidad de Antioquia.
Rasgos mafiosos en la cultura política colombiana
Deicy Hurtado Galeano Catalina Tabares
Parece ser ya un rasgo normal del sistema político colombiano que sus actores protagónicos —gobernantes, congresistas, miembros de partidos políticos y élites económicas— tejan imbricadas relaciones con las distintas mafias, entre ellas las contra estatales y las paraestatales, que controlan no sólo el negocio de las drogas y las armas,
sino el de las mercancías que inundan los mercados formales e informales de nuestras ciudades, los juegos de azar y los contratos de prestación de servicios de muy diversa índole, entre los cuales el del transporte es el más evidente, pero no el único. Tanto se han normalizado este tipo de relaciones, que gran parte de los colombianos ha asumido que “así funciona la política”, aunque otros se sienten hastiados con las innumerables piezas periodísticas sobre las visitas indebidas de emisarios de la mafia al Palacio de Nariño, sobre las relaciones de un jefe seccional de fiscalía con la mafia, sobre los dineros de Agro Ingreso Seguro para financiar proyectos de personajes procesados por su vinculación con negocios ilícitos, sobre los crípticos sistemas de contratación entre Estado y empresas privadas. Y se sienten hastiados, no precisamente porque lo consideren repugnante o inmoral; bien lo expresó una vez un ciudadano de a pie cuando dijo: “hasta la sopa del almuerzo los noticieros nos condimentan con una historia que sabemos hace tiempo: que los gobernantes y los políticos están untados hasta el tuétano con los negocios de la mafia”, y agregaba: “¿y nos van a seguir martillando con el asunto?”.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 162, febrero de 2010
Sin embargo, recientemente en Colombia se asiste a una fascinación por el mundo mafioso recreado por piezas telenovelescas y afirmado por el rating que las series de los canales privados han obtenido: parece que en este país preocupara menos cómo la mafia ha terminado insertándose en el Estado, transformando la institucionalidad y dirigiendo los destinos colectivos, que ver la opulencia y las excentricidades de los capos, los lugartenientes y sus mujeres que atrapan la atención de todos los televidentes, dejando de lado los excesos y sevicia con que han cometido sus crímenes, así como la relación con periodistas, políticos y altos funcionarios públicos. Y es que, como diría Roberto Saviano, autor de Gomorra, “La mafia parece moda, mientras el Estado es obsoleto”.1
Podríamos preguntarnos si estas series de televisión, así como las numerosas películas que han abordado este tema, contribuyen a esa necesaria mirada en el espejo para asumir una conciencia crítica sobre la realidad vivida. Ello bien podría ser objeto de otro artículo, pero la pregunta que nos asalta es si en Colombia no sólo se asiste a la configuración de una “cultura mafiosa”, sino también a una cultura política que, a la manera de caja de herramientas, se va cargando cada vez más de insumos, instrumentos, prácticas, símbolos y costumbres legados por los mafiosos y su mundo, que parecieran ser más fáciles de aprender que los tan anhelados republicanos valores cívicos.
Por supuesto, se trata de una cultura política mafiosa que no sólo se construye, aprende y expresa en las altas instancias de lo político (elecciones, congreso, leyes), sino en los históricos arreglos de élite y en la institucionalidad formal con los “jefes” de la mafia,
tan denunciados hoy día en los noticieros y ambientados en las series de televisión. Una cultura política mafiosa que también se construye, aprende y expresa en la vida cotidiana, que anida en la subjetividad de los ciudadanos comunes y corrientes, y que ha logrado hacer parte de las “representaciones simbólicas” con las que se siente, se vive y se actúa en la política. Se trata de una dimensión casi imperceptible y difícil de asir, pero contundente a la hora de explicar el comportamiento político de los “protagonistas” de la política (gobernantes, representantes, funcionarios) y del ciudadano común que, en algunas ocasiones, participa activamente en la esfera pública y en otras es un receptor pasivo de las implicaciones que tiene la toma de decisiones de otros.
Cuando hablamos de cultura mafiosa nos referimos a prácticas como sacar ventaja con el mínimo esfuerzo, otorgar al dinero y al poder una supremacía que pone en jaque las virtudes ciudadanas e incurrir en negocios y transacciones ilegales; en suma, nos referimos a procedimientos que promueven el facilismo, la trampa, el chantaje para el ascenso económico, social y político. Y en las que, además, se acude al aniquilamiento del otro para acceder al poder, con una sevicia que genera miedo paralizante en muchos y fascinación por el lujo y el derroche en otros.
En el sistema político son espantosamente comunes la financiación de campañas políticas con dineros provenientes del narcotráfico, la corrupción que implica la compra de votos, el desvío de los recursos, el enriquecimiento personal de quienes ocupan cargos públicos, el clientelismo expresado en intercambio de favores, la asignación de puestos por nominación personal directa y,
aún más grave, la conversión de los derechos ciudadanos en prebendas. Pero los ciudadanos tendemos a ver estos rasgos como ajenos. Apenas sí nos atrevemos a preguntar: ¿cómo han operado en nosotros? ¿Cómo los reproducimos? ¿Cómo afectan nuestras prácticas, comportamientos y procederes? Porque, aunque por momentos consideremos esta realidad como ajena, cierto es que permea nuestras rutinas y, aunque nos cueste reconocerlo, transitamos a menudo por esa delgada línea que hace difícil discernir entre lo legal y lo ilegal. Sin darnos cuenta, todas estas prácticas se van incrustando en el fuero interno de los sujetos, hasta normalizarse y reproducirse en la vida cotidiana.
La invitación, entonces, es a virar la mirada, dejando de lado, por un momento, al capo o al político corrupto, y ubicando en el centro al ciudadano común, aquél que, con
sus prácticas cotidianas, representaciones e imaginarios forma cultura política y quien con prácticas tramposas también reproduce los rasgos mafiosos en la cultura política.
Referencia
1 Saviano, R. (2009). “En la crisis la mafia puede salvar a muchos empresarios”, entrevista, Revista Semana, abril 3. Disponible en línea: https://www.semana.com/en-crisis-mafiapuede-salvar-muchos-crisis-mafia-puede-salvar-muchos-empresarios/101748-3/
Deicy Patricia Hurtado Galeano y Catalina Tabares Ochoa son sociólogas con maestría en Filosofía y doctorado en Sociología, respectivamente, ambas profesoras del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
Un domingo con Andrés
Eliana Castro Gaviria
Es domingo, día de perdición. Los domingos uno tiene adentro todo el bloque de su melancolía, de su perpendicular agobio y soledad. Pero eso no lo digo yo, lo dicen las cartas que Andrés escribía los domingos en las tardes. Andrés odiaba los días —las horas— perdidos; el único analgésico que aliviaba su dolor de domingo era la escritura: quizás escribir un cuento, un guion, algo que no estuviera ligado a él.
Hace treinta y cinco años Andrés no está. Andrés se fue: fiel a sí mismo. La única fi-
delidad posible y necesaria. La última vez que hablé sobre él, un amigo me dijo: “A Andrés Caicedo no se le entiende si no se lo leyó como comiéndose un cerebro de mango maduro en una pesadilla. O un mango muy biche, pero baboso y con sal”. Como si por fin acabara de entender el misterio, respondí: “Claro, ahora entiendo: o te lo devorás, o mejor no probás. Como diría Solano Patiño, un observador que esté en uno de los extremos no ve el centro. Es demasiado oscuro”. Porque quien se acerca a Andrés, debe adentrarse sincera y completamente a esa tristeza y desesperación que hay en toda su obra.
La última vez que lo vi, sí, a Andrés, fue hace un mes y medio en la Biblioteca Luis Ángel Arango: sonriente, daba la entrada a la exposición que preparó Luis Ospina sobre su vida y obra. Como ante un tesoro, con la misma emoción y delicadeza, me acerqué a sus cartas, a esa letra suya, tan sutil a veces, tan desesperada otras; a su máquina de escribir, a sus poemas, a sus guiones de obras de teatro, a sus afiches de la época: “Porque no se trata de ‘sufrir me tocó a mí en esta vida’, sino de ‘agúzate que te están velando’”. Fue una última vez íntima. Andrés no dejó de sonreír en aquella fotografía que el Matacandelas hizo célebre. Andrés estaba tan joven como lo puede estar un muchachito de veinticinco años y seis meses.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 189, julio de 2012
El primer encuentro
La primera vez que supe de Andrés Caicedo, yo tenía diecisiete años y estaba en el primer semestre de la universidad. En cualquier almuerzo, un compañero de clase contó la historia de un primo suicida, voraz lector del caleño. En la historia, el primo se había hecho profundas heridas en las muñecas con un cuchillo después de leer ¡Que viva la música! Pero, como Andrés en su primer intento de suicidio, el tipo no murió ahí, por lo que utilizó sus últimas fuerzas para lanzarse desde la ventana de su habitación. Un cuarto piso, valga decir.
La temible historia despertó en mí gran curiosidad que ni las bibliotecarias, ni la biblioteca de mi pueblo pudieron satisfacer, porque solo había dos libros del caleño y ninguno estaba disponible. El primero era Angelitos empantanados, que aparecía en préstamo desde hacía un año; el segundo, Destinitos fatales, una recopilación de Sandro Romero que nadie encontró en ninguna sección, aunque aparecía como disponible. Otros libros de, o sobre Caicedo, estaban desperdigados por todos los colegios públicos de Rionegro, pero no en la Biblioteca Municipal.
En medio del desánimo, la historia de búsqueda se quedó quieta por un par de años. Ese mismo día encontré cualquier otro libro, ese seguramente me llevó a otros y yo me olvidé de la historia del suicida. Hasta la tarde de abril en que el profesor de periodismo llevó uno de los mejores cuentos del caleño, “Infección”, para leer en clase. Para ese entonces, yo ya tenía diecinueve años y, como cualquier estudiante de periodismo, estaba maravillada con la forma, con experimentar, con escribir de todo, de lo pro-
pio y lo ajeno, y Andrés lo hacía perfecto: “Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha”.
Durante las siguientes clases, una especie de amistad se afianzó con el profesor y eso me permitió al fin comenzar a leer cuentos como “Patricialinda”, “Infección”, “Calibanismo”, “Maternidad” y “Noche sin fortuna”. El último día de clase, y como una especie de agradecimiento por el interés en las lecturas, ese mismo profesor me regaló Angelitos empantanados en la edición Cara y Cruz de Norma. En esa portada que siempre me ha parecido demasiado tierna para la historia —un jovencito con alas y un corazón en sus manos—, aparece una de las frases que mejor describen a Andrés y que es dicha por el personaje que más me gusta del libro, el pretendiente: “Terror… tal palabra significa para mí un lugar común”.
Esa misma noche leí los tres relatos que componen el libro: “El pretendiente”, “Angelita y Miguel Ángel” y “El tiempo de la ciénaga”. Lo primero que me sorprendió fue la capacidad para definir tan bien a cada personaje: desde Angelita Rodante y su belleza en los buses, hasta Solano Patiño, el más hablador y saludador. Pero, sobre todo, “El pretendiente”; algo en ese personaje me caló en el alma: tal vez fue su agonía, su soledad, su desequilibrio luego de una pérdida. Valga decir que después, cuando vi la obra del Teatro Matacandelas, adoré más al personaje por la inolvidable y excelente interpretación de Diego Sánchez, uno de los actores más reconocidos de la ciudad.
Con la distancia que dan los años, también debo contar que el comienzo de estos Ange-
litos me sigue alterando todos los sentidos, como la primera vez que lo leí. Sobre todo, porque permite encontrarse de entrada con un personaje agitado y agobiado por desordenados y dolorosos recuerdos, un hombre que se impone la tarea de encontrarles una sucesión, una armonía, no para justificar el estado en que comienza a narrar la historia, sino para neutralizar tanta capacidad para herirse. Tanta tristeza hay en ese primer párrafo y tanta desesperación, que urge leer la historia. Una necesidad apremiante por escribir como mecanismo de liberación.
Andrés escribió, a los diecinueve años, esos tres relatos. A la misma edad, yo tuve el libro en mi biblioteca y me impresioné por la forma como alguien había logrado dominar tan bien las palabras a sus escasos diecinueve años, que son una época de pocas responsabilidades y entusiasmo desbordante: el tiempo de la ciénaga. El mejor de los relatos es precisamente ese, el último: el tiempo en el que Angelita y Miguel Ángel salen del burgués norte de Cali a recorrer el sombrío sur, a encontrar la muerte. Después de ahí vino todo: cuentos, cartas, ¡Que viva la música! —a la cual sobreviví porque se debe pecar por inocencia para pensar que por un libro alguien se quita la vida—, recopilaciones y un poco de amor para las crónicas de Sandro Romero, ferviente admirador de Andrés y de ahí vino más, porque por medio de Andrés uno llega a la literatura de Poe y Lovecraft, al cine de Buñuel, Bergman y Polanski, a la salsa de Richie Ray y al rock de los Rolling.
Un par de compinches en la ciudad
Los mejores libros de mi vida los recuerdo como tales, porque me han dejado las me-
jores amistades de mi vida. Ya sea porque en alguna esquina coincidimos hablando de un mismo libro o porque decidimos emprender con alguien más el descubrimiento de un autor.
Mi amiga Yésica —tan mona como la rubia, rubísima de María del Carmen Huerta— hace parte de mi historia con Caicedo: con ella leí fragmentos de Angelitos empantanados, con ella vi hace un año el ciclo que preparó el cineclub de Kinetoskopio sobre el cinéfago, que culminó con el corto adorable de Los amantes de Suzie Bloom (Historia para western). Con ella leí las mejores cartas de Andrés en Mi cuerpo es una celda, la autobiografía preparada por el chileno Fuguet. Al tiempo, ella en su casa y yo en la mía, vimos Unos pocos buenos amigos, el documental de Luis Ospina. Ella leyó “El atravesado”, mientras yo encontré en una biblioteca lejana de pueblo la primera edición de Colcultura de ¡Que viva la música! Al tiempo nos enamoramos y a ninguna nos ha traicionado.
Con Yésica me adentré en la vida de un muchachito que desde los trece años tenía una carrera contra el tiempo, a quien apodaban Pepito Metralla y que no soltaba su máquina de escribir ni en las mejores fiestas. Un tipito comprometido con el cine y la literatura, amante de las historias de vampiros, que primero quiso ser actor y luego se hizo director, a quien solo escribir lo mantenía vivo. Un hombre al que la ausencia lo hacía escribir, enamorado de Patricia superdivina, que intentó dos veces su suicidio, hasta que ingirió las sesenta pastillas de Seconal.
El último de nuestros planes es viajar a Cali a finales de año. Ya tenemos veintiún años,
edad en la que Andrés comenzó a sentirse un anacronismo, así que es justo cumplir con el compromiso de pisar las calles que él maldijo y escuchar allí la salsa que tanto bien le hizo. Hace un año planeamos el viaje, pero la rubia partió para Brasil sin tiempo para cumplir con otros viajes. Cada que comentamos nuestras intenciones, nos preguntan si pretendemos cerrar un ciclo o algo parecido. Quien haya leído y quiera como se quiere a Andrés Caicedo, sabe que nunca se cierra ningún ciclo, que la decepción de sus días permanece en uno. Se mezcla con la de uno.
Por ahora, es domingo, noche de perdición. He soportado un domingo más, gracias a Andrés y al analgésico que produce leer y releer sus cartas de domingo. Andrés se fue, pero quedó el mito que él siempre procuró: “Mi sufrimiento amainará mientras me dure la fuerza que me haga seguir escribiendo”.
Eliana Castro Gaviria es Comunicadora Social- Periodista, editora y correctora de textos. Fundó, en compañía de tres amigos la editorial Arbitraria.
Recuperando la memoria con Manuel Mejía Vallejo
Félix Gallego Duque
Las efemérides van mucho más allá de simples datos para tener en cuenta en un calendario; algunas fechas nos recuerdan cuándo se debe resaltar un acontecimiento que está relacionado con el inicio o la terminación de una vida. Tradicionalmente asociamos el 23 de abril con el Día del Idioma e internacionalmente se tiene instaurado por la Unesco que en una fecha como esta se celebra el Día Internacional del Libro.
Desde la educación básica se nos ha hecho énfasis que en este día se conmemora cada año el fallecimiento de grandes maestros de la literatura universal como Miguel de Cervantes Saavedra o William Shakespeare, obviando algunas imprecisiones históricas para justificar la coincidencia de estos hechos; incluso se recuerda el nacimiento de Marco Fidel Suárez, una figura con una contribución más política que literaria en el ámbito nacional. Sin embargo, pocas veces se menciona que la meritoria fecha también tiene un natalicio célebre para las letras nacionales, correspondiente a uno de los escritores más emblemáticos para el país y la región: hacemos referencia a Manuel Mejía Vallejo.
La vida de Manuel Mejía Vallejo inicia el 23 de abril de 1923 en Jericó y se suspende el 23 de julio de 1998 en El Retiro; mas no se puede decir que su existencia terminó porque su legado sigue vivo “en sus libros, en sus hijos, en la gente que lo amaba y lo sigue amando, en los árboles que crecen sobre sus cenizas a unos metros de la vieja casona de Ziruma. Y hasta en su voz”, como bien lo expresa su discípulo Juan José Hoyos.
En la novela El día señalado (1964), don Manuel anota frente a la referencia de los datos
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 197, abril de 2013
del nacimiento y la muerte de un personaje cómo “entre esas dos fechas hubo una vida sin importancia”, tal vez por la conciencia que tuvo el escritor sobre la inminencia de la muerte y lo efímero de la existencia, asuntos que plasmó con singular intensidad en varias de sus obras; sin embargo, esta misma frase no podría aplicarse a la figura de este autor antioqueño, quien nos deja para conmemorar [en 2013] los siguientes aniversarios: noventa años de su nacimiento y tres lustros de su fallecimiento, así como sus novelas más reconocidas coinciden en alcanzar una antigüedad de publicación considerable: cincuenta años del premio Eugenio Nadal (1963) a El día señalado, cuarenta años de publicación de Aire de Tango y veinticinco años de publicación de la obra galardonada con el Premio Rómulo Gallegos, La casa de las dos palmas. En suma, el legado de su experiencia vital y de su producción literaria es tan significativo que corresponde a una vida verdaderamente importante.
Aunque en el transcurso de su existencia fue un hombre sencillo, buen conversador y nada propenso a envanecerse con la fama literaria, Mejía Vallejo nos legó en el lapso de sus setenta y cinco años de vida una amplia obra compuesta por once novelas, doscientos nueve cuentos y relatos, cuatro libros de poemas con quinientas setenta y cinco producciones líricas entre décimas, coplas y poemas, más otro material de tipo crítico y ensayístico,1 que representa un legado literario invaluable, no solo para las letras colombianas sino para la literatura universal. El autor fue un hombre comprometido con la recuperación de la memoria colectiva de la región antioqueña y la nación colombiana, logrando trascender el esquema de una literatura regional, planteando en sus obras
y a través de sus personajes temas universales de gran sentido para comprender la existencia del individuo como la búsqueda de sus orígenes históricos y personales, las pasiones desmedidas, la fuerza de voluntad que en ocasiones inclinaba sus personajes a la terquedad, y los rasgos de hombres y mujeres en su constante lucha en contra de la adversidad.
En el caso de Manuel Mejía Vallejo, este compromiso con la recuperación de la memoria se evidencia desde su primera novela La tierra éramos nosotros (1945), con la cual se empieza a formar un proyecto literario que comprende más de medio siglo de producción escrita, asunto que a lo largo de su obra implica en el autor el proyecto de evocación de su historia a partir de las anécdotas de sus ancestros como colonizadores antioqueños y sobre la conciencia de sí mismo, instaurándose como un sujeto que debe rescatar las experiencias de construcción de una región y de una nación.
No se puede desconocer que en sus obras se encuentra condensada toda el alma de su región del suroeste antioqueño, pero sus alcances son tan universales que trascienden las fronteras locales y alcanza a plantear a través de sus historias y sus personajes acontecimientos que buscan recobrar sus orígenes para tratar de descifrar dónde radica ese carácter de individuo alucinado y míticoque se ha atribuido al individuo colombiano. 2
En la trayectoria literaria del escritor, que abarca diversos problemas de diferentes épocas en la literatura nacional, como la relación campo-ciudad, la narrativa de la Violencia y la experimentación formal en cuentos o en novelas como Aire de tango (1973),
se consolida una propuesta estética que se interroga sobre el mundo heredado de los antepasados y la responsabilidad de sus descendientes en darle continuidad a través de la creación de un espacio literario definido y único, con características asimiladas a toda la región del suroeste antioqueño, particularizadas en la creación de un espacio de ficción, un típico pueblo denominado Balandú.
Alrededor de Balandú y otros pueblos aledaños que constituyen ese espacio de ficción como Santa María de los Robles, Tambo, entre otros, se ubican las novelas que consagraron la figura de don Manuel en un escritor fundamental para la literatura colombiana. Obras como Tarde de verano (1981), La casa de las dos palmas (1988), Los invocados (1997) e incluso Aire de tango, tienen a Balandú, bien sea como ubicación espacial, una evocación o el referente de procedencia de un personaje, como ese lugar desde el cual el destino de los personajes está marcado por las acciones de sus antepasados.
Manuel Mejía Vallejo nos presenta a esos personajes como seres reales que tras una fortaleza física y de carácter, con una templanza ante las dificultades y con una sensibilidad artística ante lo bello, se muestran tan humanos y con tantas debilidades que sus luchas internas y personales son tan grandes como su labor colonizadora. Lejos de toda alegoría a estos forjadores de una nueva sociedad como héroes míticos de la antigüedad, el autor nos devuelve su humanidad para evidenciar que personajes de sus obras como El día señalado, Tarde de verano, o La casa de las dos palmas heredaron la forta-
leza y las normas patriarcales, pero no desconocen el valor de la justicia legal o divina, la generosidad de sus corazones o una alta valoración del arte.
Don Manuel nos dejó como herencia para la literatura colombiana una riqueza poética, narrativa y ensayística que debemos conocer como legado de nuestra cultura; por eso, hoy, más que conmemorar una fecha, celebramos el acceso a un universo literario que permite a sus cuentos, novelas, poesías o ensayos tomar vida propia en las manos de un lector contemporáneo que no escapa a la seducción literaria de sus obras imperecederas.
Notas
1 Datos referenciados en el estudio del profesor Augusto Escobar Mesa sobre la obra de Manuel Mejía Vallejo.
2 García Márquez acude a este concepto a partir del encuentro de dos mundos desde la irrupción violenta de los españoles en América, especificando esta postura en su discurso “La soledad de América Latina” (1982).
Bibliografía
Escobar Mesa, A. (1997). Estudio biobibliográfico de Manuel Mejía Vallejo, Biblioteca Pública Piloto. Hoyos, J. J. (2011). El libro de la vida, Sílaba Editores - Alcaldía de Medellín.
Mejía Vallejo, M. (1964). El día señalado, Ediciones Destino.
Félix Gallego Duque. Doctor en Literatura, es profesor en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 198, mayo de 2013
Una “oidora” en el Museo
Beatriz Aguirre Gaviria
Desde que era una estudiante de pregrado, he sido muy amiga del Museo. Me sentaba en las escalas a hacer fotosíntesis: me sentaba como la negra que está ahí, pero más decentemente y cuando entraba, lo que más me llamaba la atención era la parte arqueológica y decía: “¡Ay, dios mío, qué belleza!”. Además, una amiga mía, Vicky Paz, trabajaba en el sótano sacando los dibujos de los rodillos esos. Entonces, me enamoré del Museo.
Iba todos los días a mirar las piezas de cerámica o, si estaba muy acelerada, iba a ver
árboles. Un día, cuando ya estaba trabajando aquí, en la Universidad, entré al Museo a relajarme cuando de pronto vi una columnita, me arrimé y vi una mujercita ahí sentada, metida en un pedestal, como orando. Me fijé en ella por la serenidad. Estaba ahí, pendiente, invitaba a que uno le hablara. Por lo menos, me lo imaginé así. ¡Qué preciosidad! Empecé a hablarle todos los días; le contaba mis cuitas: “Mirá querida, hoy voy a hacer esto”. “Mirá querida, quiero que me ayudés con esto, hoy mi día está muy triste”. Le contaba mis cuitas, tristes y alegres, aunque creo que cuita es necesariamente algo triste, que todas lo son.
Es divina, toda de cerámica. Está sentada en un banquito, con una serenidad que se le pasa a uno, tiene unos ojitos como si fueran unos caracolitos, mirando al infinito. Tiene una coquita. Los senitos, apenas dibujándose y los oídos abiertos de un lado a otro, un roto. Debe ser la representación de una mujercita a quien querían mucho, debió ser una gran belleza en la comunidad a la que perteneció.
Una vez, saliendo del Museo, me encontré con un profesor de Filosofía, Jorge Antonio Mejía, y me dijo: “¿Vos por qué venís tanto al Museo?” Le conté, y me dijo: “Eso lo hacen en Bogotá, en el Cementerio Central, en la tumba de Leo Sigfried Kopp, quien fundó
a Cervecería Bavaria, porque allá hay una escultura muy parecida al pensador de Rodin, entonces a la gente le quedaba perfecto hablarle al oído, y hubo una señora que le pidió una vez: “¡Yo quiero un bus para mí!”, y se lo dio. Entonces ahí empezó a ser el ‘señor de los milagros’. La gente iba y le pedía milagros, y lo llamaba el oidor”. Entonces yo le puse a la mía la oidora.
En la historia humana se ha visto que se toman objetos como talismanes, pero la oidora no era mi talismán, era mi compañera, mi amiga. Siempre pensaba en mi oidora:
“Tengo que ir hoy”. Le contaba las cosas buenas, las regulares y las malas. Favores nunca le pedí, pero antes de la operación, de mi cirugía, le dije: “¡Ay, querida, cuidame!”. Y me cuidó, porque es muy linda, es una belleza.
Beatriz Eugenia Aguirre Gaviria. Doctora en Literatura Comparada de la Universidad de Nueva York, fue profesora del pregrado de Filología Hispánica de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.
La columna de opinión: ¿otra
manera de narrar el país?
Gonzalo Medina Pérez
Con todo y la amenaza que, cual espada de Damocles, vienen ejerciendo la injuria y la calumnia entre los periodistas colombianos, puedo afirmar que la columna de opinión se ha constituido en una suerte de género alternativo —incluso noticioso— que pone al descubierto las llagas del ejercicio del poder por parte de funcionarios y grupos económicos y políticos.
No es de vieja data, por ejemplo, esa especie de consenso orquestado desde el gobierno en el sentido de que la misión más responsable que podrían asumir ciudadanos, medios, periodistas y sectores productivos en general, era apoyar desde la información el nuevo modelo de gobierno, caracterizado por la opción guerrerista para devolverle la paz al país. Se estaba, pues, ante el unanimismo como única opción para consolidar la democracia en Colombia. Visiones positivas y demasiado amables de nuestra realidad, dejando en claro que ese era el factor predominante frente a intenciones torcidas de sectores contrarios al logro de la armonía, empezaron a hacer carrera en los medios.
No obstante, en dicho entorno, y como ya ha sucedido, comenzaron a surgir voces y plumas que se atrevieron a plantear puntos de vista discordantes con el pensamiento gubernamental; me refiero, en particular, a quienes reivindicaron el derecho al disenso desde los medios, lo que, a su vez, provocó el señalamiento oficial y forzó a un ejercicio periodístico en condiciones de riesgo por la presencia de grupos armados de extrema derecha, dispuestos a liderar la amenaza contra los opositores.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 207, marzo de 2014
Entraron así, en la escena, periódicos y revistas que rápidamente se convirtieron en el blanco de amenazas impresas, telefónicas o virtuales por parte de dichas organizaciones. En algunos casos no pasaban de la intimidación, pero en otros la trascendieron y la materializaron a través del asesinato, la desaparición o el exilio.1 Al mismo tiempo, comenzaron las sofisticadas y múltiples interceptaciones de directores de medios, analistas, reporteros, columnistas e incluso de miembros de corporaciones como la Corte Suprema de Justicia, con algunos de cuyos integrantes el presidente mantenía una abierta polémica, motivada, entre otras cosas, por la manera de concebir el manejo de la institucionalidad.
Yo te nombro libertad...
Son ya muchos los períodos de nuestra historia tocados por el choque entre el autoritarismo y la libertad: al ya citado, puede agregarse el período de aplicación del siniestro Estatuto de Seguridad —1978 a 1982— con el que se prohibió a periodistas y columnistas de radio y televisión informar y analizar casos de secuestros y de atentados de la guerrilla. Claro que, a diferencia de esta etapa, el expresidente Uribe Vélez fue capaz de generar, con la figura del denominado terrorismo, una amplia identificación en diversos círculos sociales, económicos y mediáticos con su plan de gobierno, desplazando la percepción de la otrora insurgencia, cuya causa se caracterizaba por la loable búsqueda de objetivos revolucionarios. De la posible percepción de un combate armado entre iguales se pasó a la exaltación de un discurso que puso de relieve el asesinato aleve de indefensos soldados de la patria, el mismo discurso
que poco a poco caló en algunos medios y periodistas y que, tal cual, se mantiene a la fecha, en pleno proceso de paz.
Pero los hechos son persistentes y se imponen sobre cualquier intención de manipular a reporteros y líderes de opinión. Las denuncias que acaba de divulgar la revista Semana, acerca de operaciones de control de las comunicaciones de la comisión negociadora del gobierno con la de las FARC, por parte de los servicios de inteligencia del Ejército, demuestra que no solo siguen vigentes las prácticas del supuestamente desaparecido DAS, sino que existe una marcada influencia de sectores contrarios a la negociación política con la insurgencia.
En ese contexto de horror, surge el relato valiente de reporteros y columnistas que con su trabajo nos hicieron ver que no todo era armonía en un régimen que todos los días cabalgaba sobre altos índices de popularidad. Comenzamos a identificar nombres que cada vez más se nos hacen familiares porque asumen una vocería necesaria para romper, desde la libertad de expresión y la independencia periodística, con ese pernicioso unanimismo que veníamos padeciendo.
En el campo específico que nos interesa, identificamos columnistas como Daniel Coronell, cuyo trabajo periodístico en la revista Semana comenzó a plantear una suerte de oposición periodística al régimen y al gobernante que pretendía coparlo todo con su imagen impoluta, con su discurso infalible y con sus hechos incuestionables.
En la columna del 6 de octubre de 2007, titulada “Los de las gafas”, Coronell habló de
la relación de amistad de Uribe Vélez con Pablo Escobar, para lo cual se basó en una información del periódico El Mundo, del 15 de junio de 1983, en la cual se indica que él se movilizó en un helicóptero de propiedad del narcotraficante para llegar al sitio en donde horas antes había sido asesinado su padre, Alberto Uribe. En otra columna, el mismo Daniel Coronell acusó al hoy expresidente de haber hecho varias visitas a la cárcel La Modelo de Bogotá, al condenado por el proceso 8.000, César Villegas, conocido como El Bandi: “hay amplios registros de sus visitas a las casas fiscales de la cárcel La Modelo cuando ya César Villegas estaba preso...”, afirmó Coronell en su columna de la revista Semana.
En esas circunstancias de denuncias y contradenuncias, aparece un instrumento legal del que ambas partes echaron mano para tratar de sentirse con la razón en medio del forcejeo originado por la aplicación del género periodístico llamado columna, en este caso específico la del periodista Daniel Coronell: la denuncia por injuria y calumnia, basada en el mandato legal respectivo.
En este contexto nacional del ejercicio periodístico y del manejo del género de opinión, Mario Morales2 escribió el artículo titulado “Libertad de prensa en Colombia: y el fantasma ahí” en el cual destaca cómo, según el concepto de Reporteros sin Fronteras3 , la libertad de expresión ha vivido un período de represión entre 2011 y 2012: en Colombia se documentaron 18 casos de agresión física, y que en la clasificación mundial de la libertad de prensa Colombia ocupa el puesto 143, entre 179 países. Ecuador y Venezuela se encuentran en las posiciones 120 y 104, respectivamente.
Pero a la par de la sofisticación de las organizaciones para defender la libertad de expresión en Colombia, se han implementado diversos mecanismos de constreñimiento de esa misma libertad en nuestro país. Veamos algunos de ellos:
• Estigmatización
• Interceptaciones ilegales por parte de organismos estatales (como el DAS), contra unos dieciocho comunicadores
• Obstrucción en el acceso a la información pública
• Hostigamiento judicial
Estas reflexiones, surgidas en un país pleno de conflictos y de manejo soterrado de intereses particulares, pueden y deben estar a cargo del periodismo y, en especial, de la columna de opinión. Me refiero ahora al caso de otro reconocido e influyente columnista vinculado al diario El Espectador, Alfredo Molano Bravo.
La ley, ¿para quién, para qué?
El 24 de febrero de 2007, bajo el título “Araújos et al”, el columnista se ocupó de la familia vallenata de los Araújos y comenzó afirmando que estos “no tienen sangre próxima común con los de Cartagena”; y luego agrega que “el asunto no es de consanguinidad, sino de identidad en el modo de hacer negocios, aunque no sean socios [...]. Los notables de Valledupar nacieron todos en la misma cuadra y se conocen los trapos íntimos desde niños. Han vivido del contrabando de café y ganado con Venezuela por Puerto López —el de Tite Socarrás—; después, sin duda, contrabandearon maracachafa por Bahía Portete”.
Cuatro parientes de la familia Araújo, la de Valledupar, allegados a su vez a varias personas que son investigadas por posibles vínculos con grupos paramilitares, demandaron a Molano Bravo ante la Fiscalía General de la Nación por injuria y calumnia. Se repite la situación anterior: ante la denuncia y la confrontación pública desde la columna de opinión, espacio para el debate público y el cuestionamiento a quienes ejercen el poder, la respuesta es primaria porque se busca acallar una posición distinta a la propia. La consigna es clara: defender un concepto arbitrario de buena imagen, construido muchas veces con base en prejuicios, es más importante que someter al escrutinio público los comportamientos de los mismos personajes públicos. Dicho en otras palabras, la intención que subyace es manipular o domesticar una opinión pública, someterla a los caprichos de los dueños del poder. De allí a un régimen autoritario, refractario a la libertad de pensamiento, no hay más que un paso.
Remitiéndome a la sesión final del proceso que duró cerca de dos años, es interesante señalar que mientras para el Ministerio Público la columna de opinión escrita por Alfredo Molano sobre la familia de los Araújo “no cumplía con los requisitos establecidos por la ley, para poder llegar a constituir un delito de injuria y calumnia, por cuanto no era posible identificar una persona determinada sobre quien recaería una imputación deshonrosa”, la Fiscalía que demandaba un fallo condenatorio porque a su juicio las víctimas vieron deteriorado su buen nombre, lo que repercutió en posibilidades laborales presuntamente frustradas. Ya en sus intervenciones, la defensa había planteado que si bien los demandantes o querellantes habían
hecho todo lo posible por demostrar que se trataba de un texto redactado con ánimo dañino, no había tal delito sino el ejercicio de la libre expresión. El propio juez reconoció que de parte de la fiscalía no se aportó siquiera un indicio que reflejara el agravio constitutivo del delito de injuria y calumnia de parte del columnista Alfredo Molano contra los miembros de la familia vallenata Araújo.
Pero así como he señalado casos de columnistas que, en ejercicio de su derecho a la libre expresión, no sólo le han dado realce al género sino en general al oficio periodístico contando para ello con el respaldo necesario de sus medios de comunicación, también debo referirme a las situaciones en las cuales son los medios los que han dejado solos a sus columnistas. Incluso, no sólo los han abandonado a su suerte, sino que se han deshecho de ellos aprovechando cualquier pretexto. Me refiero, por ejemplo, a la conducta del diario El Colombiano, de Medellín cuando excluyó de su nómina de columnistas a un paradigma de la ética periodística como es Javier Darío Restrepo, vinculado durante diecisiete años al periódico de las familias Gómez Martínez y Hernández Restrepo.
Un fragmento de la que Javier Darío tituló “Última columna”, divulgada en el propio medio conservador el 14 de mayo de 2009, dice lo siguiente: “Estas directivas, los lectores y yo, sabemos que es un derecho del periódico escoger su nómina de columnistas y que después de tantos años de ocupar el mismo espacio puede suceder, o que el inquilino llegue a ser de la casa, y hablar, pensar y actuar como los de casa. O que resulte un huésped incómodo, de esos cuya
salida se contempla periódicamente. Fue mi caso y por eso veo innecesaria la mentira piadosa y protocolaria de ‘la reorganización de nuestras páginas’. Todos sabemos que mi visión de los hechos políticos no fue la de casa y por eso se suspende esta columna”.
El Tiempo no se detiene
Otro diario que tomó decisiones del mismo estilo con sus columnistas fue El Tiempo, que despidió el 13 de octubre de 2009, de manera instantánea, a Claudia López cuando descalificó tanto el trabajo periodístico como la independencia editorial de la familia Santos y del grupo editorial español Planeta al apoyar a un socio-candidato como era Juan Manuel Santos Calderón. Los directivos del medio calificaron de “falsas, malintencionadas y calumniosas las afirmaciones de Claudia López”. La Fundación para la Libertad de Prensa —FLIP—, declaró que “en este caso se está sancionando a un periodista, y más exactamente a un columnista, por su modo de pensar: La columna de López no era un ataque de odio contra el periódico sino un análisis en que alguien no sale bien librado”.
Hace algunos meses, el Tribunal Superior de Cundinamarca falló en segunda instancia contra el periodista Luis Agustín González, director del diario Cundinamarca Democrática, por delito de injuria y calumnia, a raíz de una columna titulada “No más”, acerca de la exgobernadora y excongresista Leonor Serrano de Camargo, esposa del empresario Gabriel Camargo. El periodista fue condenado a pagar año y medio de cárcel y diez millones de pesos de multa.
Tratando de llegar a algunas conclusiones, y no obstante la presencia de la injuria y la calumnia, podemos señalar que se presenta una tendencia orientada a generar noticia desde la columna de opinión, recurriendo a un trabajo investigativo y documentado que, como lo hemos observado, no se detiene en potenciales amenazas provenientes de ciertas fuentes informativas o incluso de los propios medios. En otras palabras, el género de la columna de opinión juega, si se quiere, un papel similar al que deben cumplir los medios y los reporteros que normalmente trabajan en la búsqueda de la noticia.
En ese contexto se producen prácticas editoriales que van desde el respeto del medio a la necesaria independencia del columnista, hasta la censura abierta en uso del ejercicio del poder, pasando por manejos de doble moral de algunos medios que no tienen la valentía para promover y defender la libertad de expresión, aunque en el discurso dicen estar comprometidos con ella.
Y, al igual que ha sucedido en las investigaciones por parapolítica, por interceptaciones telefónicas ilegales coordinadas por el DAS y por el manejo arbitrario de dineros públicos para beneficiar a copartidarios y para favorecerse electoralmente, ha sucedido, como ocurrió en el caso del colega Alfredo Molano Bravo, que en el juzgamiento de procesos surgidos de la publicación de una columna, ha sido la justicia la que no sólo ha reivindicado el Estado social de derecho, sino que además ha defendido el derecho a la libre expresión, manifestada en un género vital, hoy en Colombia, como es la columna de opinión. Porque de la columna a la calumnia hay un paso abismal que nunca darán quienes en nuestro país le han dado
lustre a esta manera de fiscalizar al poder establecido.
Notas
1 El balance más reciente de la Fundación para la Libertad de Prensa —FLIP—, señala que desde 1977 hasta lo que va de 2014, han sido asesinados en Colombia 142 periodistas, entre corresponsales, directores de medios, humoristas y columnistas.
2 www.razonpublica.com.
3 Reporteros Sin Fronteras es una organización mundial que defiende a los periodistas y colaboradores de los medios de comunicación encarcelados o perseguidos por su actividad profesional, y denuncia los malos tratos y la tortura que sufren en muchos Estados.
Gonzalo Medina Pérez es profesor jubilado de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.
El verdadero nombre de La Sonora
Darío Jaramillo Agudelo
Nadie sabe si es casualidad o azar. Todos ignoramos si se trata de una treta o de un trato del trote del destino. Treta o trato o trote, en todo lo sagrado hay unos niveles de revelación que solo aparecen cuando nadie los espera, que son escasos, que no se alcanzan si se buscan, que sólo se llega a ellos sin merecerlos.
En todos los textos iniciáticos se presentan secretos implícitos que permanecen como
tales para siempre, o que se vuelven visibles porque la forma de abordarlos es acertada. Pero esos aciertos son casualidad: de repente, una letra se troca con otra y aparecen las revelaciones. Para llegar a ellas, como en este caso, es necesario que también, y antes, haya un texto que sirva de guía para llegar a la revelación.
En este caso, y sin desviarme, doy una curva por el siglo xix y por Alemania. Fue una frase de un niño que se llamaba Federico Nietzsche: “cuando tenía doce años, imaginé por mi cuenta una maravillosa trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Demonio”. Como quien dice, que para que exista el bien, debe existir el mal. Y que el bien tiene una parte de mal y viceversa. Así de simple. Ese mismo niño, más tarde iba a descubrir su verdad suprema mientras leía a Schopenhauer: que “la música es el único arte capaz de revelar la verdad sobre la naturaleza del ser”. Con estos dos supuestos, ya era posible el resto, y llego a mi punto: que naciera La Sonora.
Que naciera La Sonora en representación de esa tercera persona divina, Satán, el bueno y malo, mejor, el bueno y perverso. Por eso su verdadero nombre, apréndanselo, pongan una inicial en reemplazo de la otra, y entonces lo hallarán. No es La Sonora Matancera. Es La Monora Satancera.
Agenda Cultural Alma Máter, n.° 325, noviembre de 2024
En nombre de la Tercera Persona, dios-Satán, que administra todo el más allá, en el más acá se vuelve sagrado, es decir música, el único arte capaz de trasmitir la naturaleza del ser, su trasfondo, su sonido; se convierte en sonido, en ritmo, en hechizo, en embriaguez, en embeleso. Se convierte, en sonido, en sonora, en Monora Satancera.
Ahora recen conmigo: “bongo le dio sorondondo, sorondongo le dio a mernabé, mernabé le pegó a buchilanga, le echó murun-
danga, le pinchan los jies”. En todo caso, Abambelé, practica el amor, defiende a tu hermano porque entre hermanos se vive mejor. ¡Murundangaaaa!
Darío Jaramillo Agudelo. Poeta, narrador y ensayista. Algunos de sus libros publicados son: Poemas de amor, El cuerpo y otra cosa, La muerte de Alec, Cartas cruzadas, Memorias de un hombre feliz, La voz interior y Diccionadario
Una lista con La Sonora Matancera
Amor de cobre. Solista: Leo Marini. https://www.youtube.com/ watch?v=O67BuyVx2BY
Amor sin esperanza. Solista: Celio González. https://youtu.be/_8T5y2ARk1s
Aunque me cueste la vida. Solista: Alberto Beltrán. https://youtu.be/Xtq001HoUEs
Besito de coco. Solista: Celio González. https://youtu.be/vsg0LSkivfk
Momposina. Solista: Nelson Pinedo. https://youtu.be/obRmbLH0rKw
Piel canela. Solista: Bobby Capó. https://youtu.be/Eqt5xVZE3X0
¿Quién será? Solista: Nelson Pinedo. https://youtu.be/W9mq_O4nCmA
Sólo contigo. Solista: Bienvenido Granda. https://youtu.be/YnExutb-xUo
Sopa en botella. Solista: Celia Cruz. https://youtu.be/ils_y6vs_0Y
Tu voz. Solista: Celia Cruz. https://youtu.be/Ww05EXFStuY
Yo vivo mi vida. Solista: Leo Marini. https://youtu.be/Sfon5KjzqpI
Cultural Alma Máter, n.° 325, noviembre de 2024
Los cien años de La Sonora Matancera
Luis Javier Estrada Arango
En el momento en que fallece Rogelio Martínez (13 de mayo del 2001), su edad promediaba los noventa y tres años. Ya habían transcurrido muchísimos desde su ingreso a la agrupación a la cual dedicó setenta y cuatro años de trabajo: La Sonora Matancera. Con la ausencia de este músico, el futuro de la agrupación, como es normal, generó interrogantes acerca de su continuidad, pero no, La Sonora cumplió los cien años de existencia, una cifra envidiable.
La Cuba de principios del siglo xx es un hervidero político y social, pues recordemos que la isla es el último bastión de España en América Latina. “El grito de Baire”, en 1895, marca el inicio del fin del colonialismo español.
Pero todo no termina ahí, ya que la situación política y social sigue inestable, sumada al intervencionismo norteamericano que buscaba pescar en rio revuelto e imponer sus reglas de juego a una Cuba huérfana del colonialismo sufrido durante tantos siglos.
Este era el escenario en el cual nacieron los primeros músicos de La Sonora Matancera, fundada en Matanzas en 1924 con el nombre de La Tuna Liberal. Sus primeros integrantes fueron: Valentín Cané, director y tresero; Manuel Valera, guitarra y voz segunda; Manuel Sánchez (Jimagua), timbal; Ismael Governa, cornetín; Pablo Vázquez Govín (Bubú), contrabajo; Domingo Medina, guitarra; Julio Govín, guitarra; José Manuel Valera, guitarra y Juan Bautista Llopis, guitarra.
Todos los músicos de la naciente agrupación eran de origen humilde, en su mayoría pescadores; Ismael Governa era sastre. Recordemos que, en ese momento, Cuba era una nación básicamente agrícola (azúcar, tabaco y otras manufacturas) y que, según los datos de la época, una de las economías
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fuertes en el Caribe, a pesar de la inestabilidad política.
Ahora, el origen de La Tuna Liberal tiene un motivo diferente: acompañar los eventos del Partido Liberal en Matanzas, los guateques y eventos privados. Sin embargo, la agrupación cambiaria de objetivos muy pronto al decidir su viaje a La Habana en el año de 1927.
La época victoriana, que abarcó el periodo de 1837 a 1901 en Inglaterra alcanza a Norteamérica reconfigurando la vida social, cultural, política y económica del mundo occidental. La industria, con la invención de la máquina de vapor, los textiles, el ferrocarril y la abolición de la esclavitud verán el amanecer del siglo XX a Estados Unidos en un desarrollo sin precedentes en la historia.
La sociedad norteamericana crece sin límites y el mundo del placer no le es ajeno. El negocio de la diversión desencadena una serie de eventos que cambiarán el devenir de Occidente, pues desde el siglo xix, varias organizaciones cívicas, religiosas y privadas y estados como Michigan, que lideran la ley seca con la que abogaban por la prohibición de la producción y venta de licor.
En los años veinte, los norteamericanos ven en La Habana el lugar donde pueden desinhibirse de su estricta moral victoriana develando todas sus vergüenzas reprimidas en la isla. La ley seca en los Estados Unidos convierte a La Habana en un atractivo para el juego, el licor, la prostitución y el espectáculo.
La mafia norteamericana hace presencia con el negocio “sucio” y es caldo de cultivo para el impulso de la cultura popular. Los juegos de casinos, los caballos, el boxeo, la prosti-
tución, los licores y la droga, hacen que La Habana sea provocativamente dionisiaca.
La tecnología de grabación, el disco de 78 rpm y el micrófono comienzan a popularizarse en los años veinte y, como consecuencia, nace la radio. Así, entonces, el son, la guaracha, la rumba y el danzón encuentran los vasos comunicantes en su desarrollo comercial como géneros musicales. Igual fenómeno sucede con el jazz en Chicago y Nueva York. Ese es el escenario en el que surgen las primeras agrupaciones del son: El Sexteto Habanero, El Sexteto Boloña, El Sexteto de Occidente y La Tuna Liberal, entre muchas de la época.
En sus primeros años, el conjunto La Sonora Matancera no pasa de ser una agrupación normal, frente a las agrupaciones que lideraron la edad de oro del son. En 1926 pasan a llamarse Sexteto Soprano; luego, en 1927, Estudiantina La Sonora Matancera, con el ingreso de “Caíto” y Rogelio Martínez.
En el año de 1928 son contactados por la compañía Victor Records. Sus primeras grabaciones para esta casa, entre enero y febrero de 1928 fueron: “El porqué de tus ojos”, “A mi Cuba”, “No te equivoques conmigo”, “De Oriente a Occidente” y “Matanzas, tierra del fuego” de Valentín Cané; “Fuera, fuera chino” y “Cotorrita” de José Manuel Valera y “Eres bella como el sol” de Ismael Governa. Para febrero de 1930 graban “Linda Esther” de Ismael Governa y “El picadillo” de H. Rodríguez discográfica.
En la década que va de 1930 a 1940 ocurren cambios determinantes que encaminarán el rumbo de la banda en otra dirección. Se decide finalmente que la agrupación se llamará La Sonora Matancera.
La Habana vive por estos años un ambiente de diversión y negocios oscuros que, como todo fenómeno, tendrá fin en la década del 50. “Verdad que había putas, había drogas y había mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acababa nunca (…). En una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho (…), irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, (…) con la (Orquesta) Casino de la Playa, con La Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros…”. Lo relata el libro Neblina del ayer (Tusquets, 2016), del escritor Leonardo Padura, citado por Donovan Kremer.1
Es en el año de 1935 que ingresa como trompetista Calixto Leicea, un músico arreglista y compositor que venía del Sexteto de Occidente y del Sexteto Nacional.
En la década del 30, La Sonora Matancera comienza a hacer sus presentaciones en vivo en Radio Progreso, compartiendo con Antonio María Romeu y Barbarito Díez, entre otros y haciendo presentaciones en centros de ocio como el Habana Sport y el Edén Concert, donde filmaron un corto titulado Tam-Tam, el nacimiento de la rumba, en 1938.
Para 1940 ingresa Severino Ramos como pianista, pero no será por mucho tiempo ya que Ramos no era amigo de la noche y finalmente se decide que Severino pasa a hacer los arreglos, ensayos, preparación de repertorio y contrataciones, etc.
Es a partir de ese momento que ocurre el punto de inflexión en la historia de La Sonora Matancera, sumado al ingreso del trompetista Pedro Knight, el pianista Lino frías que venía del conjunto de Arsenio Rodríguez y Bienvenido Granda que había pa-
sado por El Septeto Nacional. Corría el año de 1944. Para ese año, La Sonora Matancera consolida el sonido que la identificará en adelante y nacerá la época de oro que va hasta 1957-58.
A finales de la década del 40, sucede el fenómeno muy particular, el de los vocalistas que integran la agrupación, todos ellos de gran nivel en la música popular: Myrta Silva (1949), Daniel Santos (1948), Celia Cruz (1950), Miguelito Valdés (1951) Nelson Pinedo (1954), Celio Gonzales (1956) y Carlos Argentino Torres (1955), Leo Marini (1951), Vicentico Valdés (1953), Alberto Beltrán (1954), Laíto (1953) y Carmen Delia Dipiní.
Luego desfilarán por la agrupación un número grande de artistas. Era la época en que muchos vocalistas desearon pertenecer a la ya famosa La Sonora Matancera. Ya para los años 60’s ingresaron Elliot Romero, Yayo “el indio”, Willy “El baby” y Welfo. El elenco era estelar, grandes intérpretes del bolero, la guaracha, la rumba y el son.
La agrupación grabó gran parte de su discografía para los sellos Panart, Stinson, Cafamo, RCA Victor, Ansonia, Orfeón y Seeco entre otros. En los años 40 y 50, La Sonora compartió escenario en Cuba con Arsenio Rodríguez que luego partirá para Nueva York, con El Conjunto Casino de Roberto Espí, Los Hermanos Castro, Ninon Mondéjar, El Conjunto Colonial de Nelo Sosa, El Kubavana, con Cheo Marqueti, Senén Suárez y Enrique Jorrín por mencionar unos pocos.
El 15 de junio de 1960, salieron de Cuba para cumplir con presentaciones que tenía La Sonora Matancera en la Ciudad de México. El grupo ignoraba las veladas intenciones de
su director, de jamás volver a su país; posteriormente, por declaraciones que hiciera Celia Cruz, el director del grupo Rogelio Martínez era el único que sabía que era un viaje de no regreso a la isla. La Sonora se fue de Cuba para nunca más volver.
La Sonora Matancera fue la agrupación que popularizó la música tropical en América Latina e influyó en muchas agrupaciones que se fundaron posteriormente en el continente, como La Sonora Santanera, La Sonora Dinamita, etc.
Y, finalmente, es el maestro Johnny Pacheco quien inicia el proceso de la matancerización de la salsa en New York, influenciando así cualquier cantidad de agrupaciones con su sonido y su legado musical.
La Sonora Matancera cumplió cien años de existencia el 12 de enero del 2024, sobreviviendo como institución a sus fundadores y hoy es dirigida por el octogenario maestro
Javier Vázquez, hijo de Pablo Vázquez Gobín (“Bubú”) y hermano de Elpidio Vázquez, también músico de la famosa agrupación.
Nota
1 Tomado del artículo de Donovan Kremer, “Ahí viene La Sonora Matancera con su centenario: la orquesta que meció los aretes de la luna” publicado en el Confabulario de El Universal de México; disponible en línea: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/ahi-viene-la-LaSonora-matancera-con-su-centenariola-orquesta-que-mecio-los-aretes-de-la-luna/
Luis Javier Estrada Arango. Contador
Público egresado de la Universidad de Antioquia en cuya Emisora Cultural (101.9 FM / y 1410 AM) codirige con Manuel Sisquiarco, Santiago Villa y Álex Otálvaro, los programas “La red 5/7”, los viernes de 5 de la tarde a 7 de la noche, y “Las noches sabatinas del horario triple A”, los sábados de 6 a 9 de la noche.
Cultural Alma Máter, n.° 280, octubre de 2020
Siete apuntes sobre el oficio de hacer revistas
Camilo Jiménez Estrada
Desde hace más de dieciocho años vengo trabajando con regularidad en revistas. He pasado por diferentes posiciones en publicaciones periódicas masivas, de nicho, privadas, grandes, medianas, impresas, digitales, exitosas y moribundas. Periodísticas, culturales, institucionales y científicas.
Habría que agregar que empecé a leer por gusto cuando era un niño gracias a las revistas. Billiken, Kalimán, Arandú, Tamakún, Memín, Archie y La Pequeña Lulú hicieron parte
de mi vida cotidiana entre los ocho y los doce o trece años en el barrio Calasanz, de Medellín. A casa o a casas cercanas llegaban también Vanidades, Buenhogar, Life, Selecciones... y con ellas me acostumbré a evadirme un rato de lo que pasaba en el mundo para entrar en el de las historias e imágenes que proponían. Pocas herramientas tan efectivas como las revistas para formar lectores.
A partir de entonces he leído, hojeado, comprado, estudiado, coleccionado y revisado una variedad obscena de revistas, que va desde las exquisitas Fantastic Man o Monocle hasta las no menos exquisitas Vea en sus dos etapas o Tv y Novelas
Una vez presentadas las credenciales, entremos en materia.
Primero. Las revistas no están muriendo ni se están acabando. Están cambiando.
A comienzos de este siglo, la Editorial Televisa comercializaba 60 títulos de revistas impresas, solo en Colombia; hoy esa empresa ni siquiera existe en el país. Hace menos de diez años cada edición de la revista SoHo superaba el millón de lectores y vendía más de mil millones de pesos en publicidad; hoy, después de una agonía miserable de varios años, de esa revista queda apenas un recuerdo borroso.
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En nuestro medio estamos viendo cerrar revistas por todas partes cada cierto tiempo, y eso nos hace creer que las revistas están muriendo. Pero no: las revistas no están muriendo. Están cambiando. Ahora las revistas son distintas, y llegan de diferentes maneras a sus lectores: impresas, sí, pero también a través de los teléfonos, tabletas, lectores, portátiles y hasta relojes y pantallas de tv.
Eso plantea la necesidad de una estrategia digamos atomizada de publicación, en diferentes plataformas, medios, formatos y momentos. Hay que hacer contenidos de diferente dimensión, inversión, tiempo, énfasis y profundidad. Hoy una revista tiene que hacer múltiples contenidos, para formatos, plataformas e incluso segmentos de público también múltiples y diversos. Además, una revista tiene que hacer mucho más que una revista: tiene que hacer libros, cursos, clubes de lectura, videos, concursos, análisis de datos, eventos, aplicaciones, programas de radio o podcasts: lo que pueda o sepa hacer para obtener dinero en un entorno donde los ingresos ya no llegan de donde llegaban hasta hace pocos años: pauta y venta de ejemplares o suscripciones.
Segundo. El personaje más importante de una revista es el lector.
Las mejores revistas mueven toda su estrategia alrededor del lector. Si el lector está contento, es más posible que algunas empresas quieran asociarse con la publicación. Si a esas empresas les va bien van a llegar más empresas, y la empresa editora va a estar contenta. Si la empresa editora está contenta, la revista puede tener una aceptable salud financiera, y quienes la hacen trabajan un tris más cómodos.
Ahora bien, ¿quién es el lector? Hoy podemos identificar mejor a nuestros públicos digitales gracias a los datos que arrojan las páginas de analítica. Todo clic queda registrado y enmarca una manera de ser y de estar en el mundo digital. Pero, por más estudios de mercado que se hagan, en muchas ocasiones los lectores terminan siendo otros, diferentes a quienes se dirigía la revista en sus orígenes. En otras palabras, en no pocos casos las revistas llegan a públicos no contemplados en la estrategia inicial o en los planes generales de sus editores. A esos lectores también hay que identificarlos para hacerles señas, para proponerles contenidos.
Porque a los lectores de revistas hay que darles lo que quieren leer, pero también lo que no saben que quieren leer. Lo primero es posible identificarlo con los estudios de mercado, los perfiles de públicos, la analítica. Lo segundo es lo que aporta el editor: nada menos. Su visión del mundo, lo que él selecciona gracias a su criterio y a su curiosidad. Un editor que no sea curioso es tan extravagante como un cocinero bulímico.
Tercero. Cada edición de una revista tiene la obligación de sorprender sin salirse de un marco establecido previamente. Una revista se mueve entre lo fijo y lo variable. Tiene secciones, temas y enfoques establecidos, pero debe variar en el acercamiento a los temas, en su tratamiento textual y gráfico. Una revista tiene una hoja de estilo, una paleta de colores, un particular tratamiento gráfico de la información. Pero estos elementos fijos deben ser lo suficientemente dinámicos como para que permitan generar
cierta sensación de sorpresa cada vez que la revista llega al buzón —físico o digital— de sus lectores. Uno sabe más o menos qué va a encontrar en una revista, pero no sabe cómo lo va a encontrar, o dicho por quién y presentado de qué manera. Ahí radica el encanto de las revistas y buena parte de su poder como instrumento de comunicación.
Allí se encuentra también la condena para sus responsables. Para quienes hacen una revista, cada edición tiene que parecerse a una aventura. Cómo vamos a innovar dentro de nuestras secciones y formatos; qué vamos a hacer para que nuestros lectores le dediquen un par de horas de su vida a nuestra propuesta de contenidos son preguntas que se hace todos los días un editor de revistas responsable. Si la publicación no plantea un reto y una aventura para quien la hace, tampoco plantea un reto ni una aventura para quien la recibe. Si quienes la hacen se apegan más a los aspectos fijos que a los variables, los ha conquistado la rutina, y la revista caerá en la terrible intrascendencia.
Cuarto. La escritura intachable.
Ni un solo error, ni una sola frase que haya que leer dos veces. La claridad es la cortesía del escritor —y del editor—. Sin malabares formales ni mucha experimentación, mejor la prosa fluida, diáfana. Poca jerga o mejor ninguna en las revistas culturales o de interés general. Pero eso sí: escritura estimulante, inteligente. Todos los datos chequeados, todos los nombres bien escritos.
Y muchos datos y poca paja. Una revista tiene que ser pura sustancia. Hasta la más humilde viñeta tiene poder comunicativo y significación. Incluso los anuncios comuni-
can una manera de ver la vida, como el resto de la revista. Por eso una revista bien hecha condensa el espíritu de una época. O de varias, si permanece lo suficiente en el radar del interés de los lectores.
Quinto. Hay que tratar a los colaboradores con respeto.
Hay que editar sus textos con inteligencia, confirmar sus datos, hacerles buenas preguntas para que refuercen sus puntos de vista, sus argumentos. Enviarles la última versión de su escrito siempre antes de publicar, no después. Decirles que no cuando toque. Pagarles, aunque sea poco y dentro de un plazo de tiempo razonable. A los colaboradores permanentes hay que brindarles las mejores condiciones laborales que sean posibles, no las peores. La sala de redacción tiene que ser un espacio amable, estimulante. Quienes hacemos revistas pasamos mucho tiempo en la sala de redacción.
Sexto. Aprender de los errores.
Una mañana recibí en mi correo de la revista El Malpensante un cuento con una carta breve de presentación. Era una escritora joven, de fuera de Bogotá. Cuando volvió a escribir, ocho o quince días después, yo no había leído el relato. Lo abrí, leí las tres o cuatro primeras líneas, como por cumplir, y contesté que no nos interesaba el cuento, que muchas gracias. En el siguiente correo me felicitó por haber rechazado un cuento de Gógol, o de no recuerdo qué otro maestro ruso, y me reclamaba con elegancia, aunque con rabia, la falta de interés y de atención.
Lección aprendida, respetada señorita. Desde entonces leo con juicio todo lo que me envían. A veces me tardo un montón de
tiempo para contestar los correos con propuestas, pero es porque para leer cualquier cosa necesito tiempo y concentración. Y para contestar, más.
Las revistas se fortalecen con las propuestas, las críticas y las recomendaciones de un grupo amplio de personas con intereses diversos e incluso contrapuestos que se juntan en el espacio físico o mental de la publicación. Las revistas vivas recogen siempre los puntos de vista de un grupo muy amplio de personas, están siempre dispuestas a escuchar y a crear al lado de los colaboradores fijos y de los esporádicos. Una revista es una permanente lluvia de ideas y de proyectos, algunos de los cuales se materializan en la publicación.
Séptimo. Las revistas son necesarias. Las revistas son necesarias porque recogen, seleccionan, proponen, conectan, acercan. Las revistas son necesarias porque son hermosas: siempre incluyen fotos, ilustraciones y gráficos iluminadores y estimulantes. Las revistas son necesarias porque nos muestran partes de un mundo que, aunque está hiperconectado, se hace todos los días más extraño y retador. Las revistas son importantes porque son documentos de su época. En este sentido, considero que todas las revistas son culturales en el más amplio sentido del término.
Camilo Jiménez Estrada. Licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia (1998). Actualmente es docente y editor independiente.