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Y toda esa cosa enorme se cayó

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Ricardo Jiménez Beteta

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Y toda esa cosa enorme, se cayó.

Y TODA ESA COSA ENORME, SE CAYÓ.

Y toda esa cosa enorme, se cayó. Hacia abajo, como la cosa enorme más condenadamente grande y negra que se halla puesto en un escenario, como si no soportara estar durante más tiempo allí, se derrumbó. Era domingo. Mis ojos estaban cansados, mis piernas estaban cansadas, mis pies estaban cansados, mi estómago estaba cansado, mis uñas estaban cansadas, mis manos estaban cansadas, mis rodillas estaban cansadas, mis neuronas estaban cansadas, todo mi ser estaba destrozado, pero todavía quedaba un día más, y además… era el mejor. Se levantó medio nublado. Estabamos en un camping acampados, lejos de la civilización, pero dentro de ella. Quiero decir que estabamos lejos de la puta televisión, por lo que el tiempo de los telediarios, posiblemente lo más absurdo de todo ese espacio, no los habíamos visto en una semana. El tiempo que llevábamos acampados. Ya nos había llovido el primer día de estar allí. Y no pasó nada grave, por lo que tampoco me asusté. Sólo eran unas cuantas nubes sin importancia. Un poco grises, pero sin importancia. El día anterior había sido el día que más había dormido de toda la semana, y es que el cansancio pasa factura sin remisión y además, cuando menos te lo esperas. Los primeros tres días habíamos estado de cachondeo… es lógico eran nuestras vacaciones. Lo que pasa es que el cachondeo que nos trajimos fue mucho cachondeo… algo así como una fiesta ininterrumpida. Estuvo bien, muy bien. Lo malo que yo me había quedado completamente afónico por tanta bebida fría, tanto grito, y posiblemente, por haberme bañado en pelotas en la playa por la noche… sin toalla, sin bañador, sin ningún prejuicio, con mucho alcohol, con mis mejores amigos. Fue gracioso. Es algo que debería hacer todo el mundo. Pero como digo, ese tuvo que ser uno de los principales motivos por lo que mis cuerdas vocales se resintieran una barbaridad, y eso siempre es una jodienda. Y más si hablas como lo hago yo. En mi caso no sé que sería peor, si quedarme ciego o quedarme mudo. Era el tercer año que se celebraba ese Festival de música… independiente ponía en la entrada. Era la música que me gustaba, pero eso de independiente, creo que ya no era la mejor manera de


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denominar al Festival, cuando alguno de los grupos que iban a tocar, habían vendido tantos o más discos que cualquier patético grupo radio–formula, esos que ganan tantos premios de música, premios que como es normal son todos una basura. Pero bueno, algunos de los grupos estaban bien. Demasiado bien diría yo. El caso es que ese domingo se presumía interesante… iba a ser la bomba, una tormenta de ruido y luces, tocaban los Pavement y eso era suficiente para que estallara la III Guerra Mundial… ¡Los Pavement nada más y nada menos! Nos levantamos sobre las diez o las once, ya no me acuerdo con precisión… ¡pero que más da! Eso no es lo más importante. Nos duchamos, nos pusimos el bañador, miramos al cielo y rezamos para que las nubes se quedaran en donde estaban… no mejor dicho QUE SE FUERAN DE ALLÍ A TOMAR POR CULO. Pero parecía que no entendían el español, pues no sólo no se fueron, sino que además vinieron más… las muy putas. Fuimos a buscar al señor dormido. Si no le íbamos a despertar, se podría quedar lo quedaba de Festival dormido. Y ante todo, era nuestro amigo. Con algún otro, le hubieran dado mucho por donde amargan los pepinos, pero a él no se le podía hacer eso. Cuando se despertó, le obligamos a levantarse. Después de fumarse el primer cigarro del primer paquete de los cuatro que iban a caer ese día, pareció que se despejó. Así que cogimos su coche y nos fuimos a la playa a ver donde podíamos comer. No sé cómo ocurrió, pero de los cuatro que habíamos ido, nos pusimos a comer un güevo de personas… los menos nueve. En fin, cuantos más fuéramos mejor, y más si delante de mi se había sentado una mujer de esas que no pueden pasar desapercibidas. No porque fuera espectacularmente guapa, sino porque sólo era Espectacular, de esas que piensas que como se te suba encima y te eche un polvo, no se te olvida para el resto de los días. Yo no hable mucho con ella. El que dormía en la tienda conmigo sí, es más, no se separó de ella, en los dos día que estuvimos juntos. Yo sólo la miraba, me imponía demasiado respeto. Comimos, hablamos, nos reímos, pagamos y nos fuimos. Eso es algo que siempre esta bien. A las cinco nos fuimos a donde se realizaba el Festival. Ya había gente, y eso que los conciertos aun no habían comenzado.


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Y se pudo a llover. – ¿Tienes un trippy? –Me preguntó uno con cara de estar más pallá que paquí. – No, pero tengo un amigo que sí los vende. – ¿Y DÓNDE ESTÁ? –Me preguntó como un poseído, como si llevase al devil ese que dicen los ingleses dentro. – Pues todavía no ha venido, si le veo, puedo decirle que te busque a una hora en algún sitio… – Sísísísí… ¿en dónde? – Pues… ¡qué sé yo! A ver, en el puesto de Coca–cola del escenario grande a las… ocho. ¿Te parece bien? – Sísísísí. Extupendo. Empezó a tocar Laika, sí como la perra esa que mandaron a la luna. Era uno de los grupos que yo quería ver. Menos mal que estaban tocando debajo de una carpa y la lluvia no nos mojaba, porque estuvo de la hostia. Lo mejor que he escuchado en directo en mucho tiempo. Como buenos ingleses, no se habían cambiado e iban igual que cuando los vimos a las tres de la tarde en la playa. Y es que las costumbres son las costumbres. Algo se les estropeó. Porque dejaron de tocar. Ignoro si fue por la lluvia, pero por lo menos volvieron a los cinco minutos. La lluvia cada vez caía con más fuerza. Temí por los Pavement. El viento empezó a dejar de ser viento. Una especie de huracán se desató al final del concierto. Algunos de los que estaban allí, se fueron sin esperar a que terminara el chaparrón. Deberían de estar en el camping de la Organización, apilados como sardinas en lata con las tiendas mal puestas, por lo que temieron por sus pertenencias, pues aunque no fueran muy importantes, siempre son las pertenencias de uno, y perderlas siempre jode. Yo estaba en un camping privado, con la tienda bien colocada… eso me costó. Por lo que no temí por nuestra ropa ni nada por el estilo. Y paró. Y descampó. Y me alegré. Los Pavement, debían de tocar… TENÍAN que tocar. De pronto vi a una tía que conocí el primer o segundo día de estar allí. Se había cortado el pelo, y apenas la conocí. Fue ella la que se acordó de mí y vino a saludarme. – ¡Hombre qué tal! – ¿Elena? –Pude decir yo, intentando disimular mi afonía. – La misma.


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– No te había conocido. – Bueno, es que me lo corté ayer. – Algún desengaño. – ¿Cómo? – No, nada. Pensaba en voz alta. Se hizo una pausa. Eso es normal cuando no sabes que decir y se han acabado los temas que siempre se sacan para hablar con alguien. – ¿Estáis en el Camping de la Organización o…? – En uno de pago. Bueno, ya nos llovió el martes y no pasó nada. Así que tampoco me preocupa. – Es que he escuchado que el Camping de la Organización es como si fuera una piscina. – Pues no me extraña nada. Es un suelo super duro y el agua no se filtra con facilidad. Alguno seguro que se ha encontrado su tienda flotando veinte metros más abajo. Seguro. – ¿Y hasta cuando estáis? – No lo sé. Queríamos ir a la fiesta de la playa de mañana por la noche… pero veremos cómo se pone el cielo. – ¡Oye! Luego nos podíamos ver en el otro escenario, en el grande y vemos los conciertos juntos. – Muy bien –La dije–. Puede estar bien. – Es que hemos quedado ahora con unos amigos… pero luego podemos vernos. – Estupendo. Entonces, aquella chica que no quiso hablar conmigo el martes y que tan habladora y encantadora se había comportado, se fue con la amiga que estaba al lado de ella, que no habló ni un solo segundo, y que era un poco fea para que la destinara una sonrisa. Y se empezó a poner negro el cielo. Como los barrotes del escenario. Como la tela que hacía de fondo para que se pudieran ver mejor el juego de luces. Y empezó otra vez hacer mucho viento, como antes. Las vallas cubiertas de plástico negro se empezaron a ir, a volar por el recinto. Los encargados de la Organización parecían estar más pendientes de volver a poner los plásticos para que nadie pudiera ver los conciertos gratis, que preocuparse por la seguridad de toda esa masa de gente. Y empezaron lo Yatsura. Super fuertes. Ruidosos. Muy buenos. Pero empezó a llover. Al principio poco, pero como todo, fue incrementando su intensidad. Un amigo se asustó y se fue a la carpa. Yo me quedé. Me gustaba el grupo.


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Y el cielo, se pudo negro. Y Blanco por los relámpagos. Y negro por las nubes. Y blanco, completamente blanco. Y empezó a dejar de llover, pues se puso a diluviar, y los Yatsura descargando su música entre aquel enorme hueco negro repleto de barrotes y altavoces. Dejó de diluviar, para empezar a llover como nunca había visto antes. El cielo se iluminaba por momentos. El huracán estaba encima de nosotros. Y los Yatsura no dejaban de tocar Y la gente alucinada. Pegando botes. Y yo con ellos. Como si fuera la última vez que fuera a botar. Y el viento dejó de soplar. Una ventisca le sustituyó. El fondo del escenario lo quitaron, pues podía actuar de vela y llevarse el escenario. La gente estaba como loca. Yo estaba loco. Gritaba y gritaba como un poseído. Estaba poseído, por la música, por la adrenalina que saturaba mis venas. Y la ventisca dejó paso al vendaval. Dos huracanes juntos. La lluvia golpeaba con dureza nuestras cabezas. Y no se iban los cabrones. Dijeron algo así como que su concierto iba a ser el último de Benicàssim. Y no se equivocaron. De pronto, la parte de arriba del escenario no aguantó el huracán que estaba encima de nuestras cabezas. Se venció. Primero hacia delante. Hacia el público. Pero se paró. Unos instantes, pero se paró. Después, toda esa condenada cosa negra, cayó como si fuera de plomo encima da las cabezas de los Yatsura. El batería no lo vio venir. Lo primero que pensé fue que la había palmado. Después que tenía que irme de allí. La gente se puso como histérica. Empezaron a volar hacia las puertas de la salida. Yo hice lo contrario. Me fui en sentido contrario a toda la peña. No quería que me pisaran, pues la gente casos como esos, ante todo no mira dónde pisa. Salté una valla. Me encontré con una amiga que había venido con nosotros. De alguna manera, los dos nos alegramos. En un caos como el que se formó, una cara conocida siempre cae como un chorro de agua a una maceta. Siempre cae bien. Nos guarecimos en unos servicios. Allí había más gente. Pero poca. Alguien nos dijo que debíamos irnos. Pero no lo hicimos hasta que paró de diluviar. Empezamos a preocuparnos por nuestros amigos, por lo que tampoco teníamos pensado estar mucho tiempo allí. Cuando lo hizo, los fuimos a buscar. A la media hora estabamos todos juntos. Le di gracias a Dios, aunque no creo en él. Al menos en el Dios que cree toda la gente. Los Pavement al final… no tocaron. Una verdadera putada.


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