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Mauritshuis & Thyssen-Bornemisza Una historia de amor entre dos museos

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mauritshuis & thyssen-bornemisza Una historia de amor entre dos museos


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PRÓLOGO 8

Martine Gosselink y Guillermo Solana

CATÁLOGO 117 176 234

HISTORIAS 18 24 29 33 38 43 48 53 58 62 66 71 75 80

Karin Amatmoekrim / Lucas Cranach el Viejo Hanna Bervoets / Palma el Viejo Gershwin Bonevacia / El Greco Sacha Bronwasser / Jan van Eyck Rob van Essen / Agnolo Bronzino Radna Fabias / Petrus Christus Laura Ferrero / Pieter de Hooch Espido Freire / Gerard ter Borch Lieke Knijnenburg / Michiel Sweerts Tobi Lakmaker / Piero della Francesca Sara Mesa / Pieter Claesz Lara Moreno / Gerrit Dou Antonio Muñoz Molina / Johannes Vermeer Bert Natter / Sebastiano del Piombo

Colección ThyssenBornemisza Colección Mauritshuis Biografías de los autores


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el encuentro con esta obra en 1902 fue tan abrumador que decidió hacer morir a un personaje de su novela ante este paisaje urbano, que él consideraba “el cuadro más bello del mundo”.

Las mejores ideas suelen destacar por su sencillez. Pensemos, por ejemplo, en el clip para sujetar papel o en la maleta de ruedas. Esta no se inventó hasta los años setenta y ahora cuesta imaginar que en el pasado pudiésemos prescindir de ella. Aunque es cierto que muchos habitantes que viven en el centro de las ciudades estarían más que dispuestos a desprenderse de ese ruido ensordecedor.

El amor abraza las diferencias y te abre los ojos a lo que tienes en común con el otro. Tanto la Mauritshuis como el Thyssen-Bornemisza son relativamente pequeños, pero cuentan con colecciones de primera categoría. Conservan obras de arte que representan lo mejor que ha ofrecido Europa. Y lo que uno ama, quiere compartirlo. Espero que ambos museos y sus visitantes sientan chispas al ver estas obras, en nombre del arte y del amor.

Esa atractiva sencillez también caracteriza el concepto de la exposición basada en el intercambio; el intercambio simultáneo de obras maestras de las colecciones de dos fantásticos museos. Es una primicia a nivel mundial. 25 obras maestras de España llegan a los Países Bajos, mientras que 25 obras maestras de la colección nacional neerlandesa permanecerán en Madrid durante el mismo periodo. Se trata de una idea que surgió cuando ambos museos se miraron profundamente a los ojos. Los directores Guillermo Solana y Martine Gosselink lo describen como si saltase una chispa entre ellos. De ahí el acertado nombre de la exposición: Mauritshuis ♥ Thyssen-Bornemisza. Se trata, sin duda, de una historia de amor.

Rianne Letschert Ministra de Educación, Cultura y Ciencia de los Países Bajos

Lo bonito del amor es que no se agota al compartirlo, sino que, por el contrario, se multiplica. Todos los visitantes de La Haya y Madrid se hacen partícipes de ese amor. En la Mauritshuis, será frente a obras maestras de artistas como Alberto Durero, Agnolo Bronzino y Piero della Francesca, entre otros. Solo con oír estos nombres, el corazón ya te late más rápido. ¿Y qué sentirá el visitante que, en Madrid, contemple la Vista de Delft de Johannes Vermeer? Para Marcel Proust,

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El diálogo entre museos nos provee siempre de frutos únicos y relevantes, como el proyecto expositivo que ahora presentamos en Madrid, resultado de la colaboración entre el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Mauritshuis de La Haya. La muestra se ha planteado como un intercambio simultáneo de 25 obras entre ambas instituciones que traerá a las Salas Clásicas de la sede madrileña una selección de altísima calidad de obras maestras de los Países Bajos. La colección de pintura holandesa del siglo XVII es uno de los grandes atractivos del Museo Thyssen, un reclamo que se ve complementado ahora con los préstamos procedentes de las colecciones de La Haya. Se ha elegido una presentación temática que incluye cuatro grandes géneros de la pintura como son las naturalezas muertas, interiores, paisajes o retratos, y artistas como Ambrosius Bosschaert, Frans Hals, Pieter Claesz, Rembrandt, Jan Steen o Jacob van Ruisdael. Cabe mencionar una obra excepcional, incluida en esta exposición: se trata de la Vista de Delft de Johannes Vermeer, fechada a principios de la década de 1660, un lienzo que ha salido en contadas ocasiones de las salas de la Mauritshuis. Desde estas líneas quiero dar las gracias a los directores de los dos museos implicados, Martine Gosselink y Guillermo Solana, por consolidar su compromiso con la difusión del patrimonio, y por la colaboración desplegada, siempre en beneficio del público. Mi gratitud es también para todo el personal del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y de la Mauritshuis por su esfuerzo constante, entrega y profesionalidad. Ernest Urtasun Domènech Ministro de Cultura de España

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ideal para vivir. Heinrich se instaló en Scheveningen, en una preciosa casa de tres plantas con pista de tenis y muchos árboles. Allí fue donde en 1921 nació su cuarto y último hijo, Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, “Heini”. Aquel mismo año, su padre, Heinrich, se registró en La Haya como “coleccionista de arte”. Su pasión por la pintura creció gracias a sus frecuentes visitas a la Mauritshuis, que le llevaron a realizar sus primeras adquisiciones en las galerías de arte y antigüedades Mulder y Hageraats & Zoon. Cuando se celebró la primera exposición de la colección Thyssen-Bornemisza en 1930 en la Neue Pinakothek de Múnich, más de un tercio de las 428 pinturas expuestas eran obras de pintores flamencos y neerlandeses, muy por delante de la pintura italiana y alemana. Casi treinta años después, en 1959, una parte importante de la colección Thyssen-Bornemisza se exhibió en los Países Bajos cuando el Museo Boymans (ahora Museo Boijmans Van Beuningen) en Róterdam acogió

GUILLERMO SOLANA: Todo comenzó con una llamada tuya, querida Martine, proponiendo organizar una doble exposición: de obras maestras del Museo Thyssen en La Haya y de la Mauritshuis en Madrid. MARTINE GOSSELINK: Y me dijiste que sí en el acto, sin pensarlo más. Fue un comienzo fácil para una colaboración tan ambiciosa... En mis primeras visitas a Madrid y luego en las conversaciones online, sentí desde el principio una gran confianza basada en la admiración mutua de nuestros museos. GS: Cuando me propusiste la idea, recordé que la colección Thyssen nació en La Haya. En 1919, el barón Heinrich Thyssen-Bornemisza y su mujer escaparon de Hungría, en plena revolución entonces, y se fueron a vivir a los Países Bajos. El barón iba a hacerse cargo de las empresas Thyssen en aquel país, localizadas especialmente en Róterdam, pero La Haya, como sede de la casa real y del Gobierno, era la ciudad

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1 — Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

que, desde hace mucho tiempo, a veces incluso desde hace siglos, custodian y protegen, atesoran y estudian, conservan, restauran y reparan estas obras maestras. Por eso os propusimos la idea de pedir a diez autores de los Países Bajos y a otros diez de España que acompañaran nuestras pinturas con sus historias de amor. Son historias muy variadas, de amores correspondidos y rechazados, con toda la gama de sentimientos. No solo de relaciones sentimentales; también de amor a los padres, a los amigos... Y de amor a los animales. O incluso de amor por las cosas materiales: por un vestido, una casa o, por supuesto, por una pintura. Y los veinte escritores han cumplido con creces el encargo. El resultado es una rica colección de textos sobre el amor.

una exposición que mostraba 110 obras maestras europeas del núcleo de la colección principal, que entonces se encontraba en el Castillo Rohoncz, en Rechnitz. MG: Si vienes a La Haya, podemos ir a ver la antigua casa de los Thyssen. Y sí, hay que celebrar el amor de los Thyssen por los maestros holandeses y flamencos, que son precisamente lo que exponemos en nuestro museo. Al intercambiar nuestras listas de deseos, sucedió algo especial. Nos concedisteis todo lo que la Mauritshuis solicitaba y nosotros hicimos lo mismo con el Thyssen. Estábamos tan encantados como vosotros y por eso se nos ocurrió vincular el tema del amor a este proyecto. Amor por las instituciones

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2 — Mauritshuis, La Haya

MG: Me alegro mucho por España y Madrid, pero es una pena que nuestro gobierno en La Haya no ofreciera entonces un poco más. Desde un punto de vista histórico, la elección de los Países Bajos habría sido bastante lógica, aunque solo fuera por Scheveningen, el lugar de nacimiento de Heini, y por el hecho de que los Thyssen fueron los banqueros de la reina Guillermina de los Países Bajos, que era clienta de su Banco de Comercio y Navegación en Róterdam. Durante mucho tiempo, el Grupo Thyssen-Bornemisza tuvo una sede en los Países Bajos (Amstelveen).

GS: Nuestros museos se parecen en muchas cosas: somos dos museos relativamente pequeños con dos colecciones de talla mundial, fruto de la pasión por la pintura de dos coleccionistas de arte. Vosotros tenéis a vuestro estatúder Guillermo V en La Haya y nosotros a nuestro Heini Thyssen en Madrid, creadores de dos grandes colecciones privadas que se convirtieron en públicas. Tú sabes que cuando el segundo barón Thyssen-Bornemisza, Heini, buscaba en los años ochenta del siglo pasado un lugar definitivo para su colección privada, los Países Bajos fue un candidato serio. Pero España presentó una oferta mejor y finalmente fue el Estado español quien en 1993 adquirió las 775 obras que hoy forman el núcleo del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

GS: Es cierto que la colección habría encajado a la perfección en los Países Bajos, ya que incluye muchas obras de artistas que no están representados en

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3 — Willem van Haecht, Apeles pintando a Campaspe, hacia 1630. Óleo sobre tabla, 104,9 × 148,7 cm. Mauritshuis, La Haya

MG: Los vamos a exponer juntos. Quería preguntarte otra cosa: ¿sabías que el barón Thyssen contribuyó de manera significativa a la adquisición de dos de nuestros cuadros, un bodegón con flores de Jan Davidszoon de Heem y un paisaje boscoso de Meindert Hobbema? Encontramos en nuestro archivo una fotografía del barón delante del cuadro de De Heem que se encuentra en la Sala Dorada. Y otro dato curioso, el barón Thyssen fue presidente de honor de la Fundación de Amigos de la Mauritshuis. Nuestro conservador jefe me envió el siguiente texto extraído de nuestra revista Mauritshuis Magazine de 1995:

museos neerlandeses. Esto confiere un significado especial a este intercambio simultáneo entre nuestros museos. Hay dos cuadros de nuestras colecciones con una profunda conexión. Me refiero a nuestro Sebastiano del Piombo, que aparece en vuestro cuadro de Willem van Haecht, quien no solo fue pintor, sino también conservador de la colección de arte de Cornelis van der Geest. El cuadro de Sebastiano estuvo en una colección privada en Amberes, pero en realidad no formaba parte de la colección de Van der Geest. En cualquier caso, es fantástico que nuestro cuadro se pueda ver junto al vuestro.

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4 — Apeles pintando a Campaspe, detalle

5 — Sebastiano del Piombo, Retrato de Ferry Carondelet con sus secretarios (cat. 20)

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6 — Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, sala 9

7 — Mauritshuis, sala 15

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GS: No sorprenderé a nadie si digo que es la Vista de Delft de Vermeer. No hay palabras para comunicar la experiencia de estar ante esa pintura y la alegría de que venga a Madrid. Pero si puedo elegir una segunda favorita, sería El Jardín del Edén y la caída de Adán y Eva de Jan Brueghel y Rubens, un caso raro de cómo dos grandes artistas pueden crear juntos una obra maestra. Estoy deseando que lleguen estos cuadros a nuestro museo...

“El pasado 31 de marzo, Hans Heinrich, barón Thyssen-Bornemisza, recibió de manos del embajador neerlandés en Madrid, el barón Bentinck van Schoon­ heten, la insignia de comendador de la Orden de Orange-Nassau por sus ‘numerosos méritos para los Países Bajos en los ámbitos del comercio y el arte’. Así, este año el Ayuntamiento de Róterdam tuvo la oportunidad de reconstruir la Puerta de Delft con fondos procedentes del barón. La Mauritshuis también recibió importantes contribuciones para la adquisición de Paisaje boscoso con granjas de Hobbema y Jarrón con flores de De Heem”. GS: Pues mira, eso no lo sabía. La relación entre nuestros museos va mucho más allá de lo que pensábamos... ¿Cuál es, por cierto, tu obra favorita de nuestra colección? MG: Es difícil elegir una sola. Jesús entre los doctores de Durero, Santa Casilda de Francisco de Zurbarán (que, por desgracia, no puede venir a la Mauritshuis porque ya se había comprometido a otro museo), el Retrato de un niño de Piero della Francesca y el Muchacho con turbante y un ramillete de flores de Michiel Sweerts. Hace tiempo que tengo ganas de ver esta obra expuesta algún día junto a La joven de la perla de Vermeer. GS: ¿Pero no me dijiste que en la exposición no las ibais a exponer una junto a la otra? MG: Es verdad, es una pena, pero no podemos exponer La joven de la perla en la misma sala, porque nuestro edificio no tiene capacidad suficiente para asumir el flujo de visitantes. ¿Y cuál es tu obra favorita de la Mauritshuis?

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historias

El amor es incomprensible, pero al mismo tiempo universalmente reconocible. Aporta alegría a través de la conexión, el reconocimiento y la intimidad, pero también es contradictorio: una ausencia que duele, la tristeza por la pérdida o el deseo prohibido. Con motivo de esta exposición especial de intercambio de obras, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Mauritshuis han invitado a diez autores a escribir, partiendo del tema del amor, una historia sobre uno de los cuadros seleccionados. Cada uno de los autores neerlandeses eligió una obra de Madrid, mientras que los escritores españoles se inspiraron en un cuadro de la Mauritshuis. El resultado: veinte relatos sobre el amor, partiendo desde el amor por el arte hasta el amor en todas sus formas.


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lucas cranach el viejo la ninfa de la fuente

una vida plena karin amatmoekrim

fontis nympha sacri somnum / ne rumpe quiesco. “Yo, ninfa de esta sagrada fuente, estoy descansando, no perturbes mi sueño”. Una mañana en la que el sol parecía demorarse más de lo habitual en salir por el horizonte, Anna se despertó de un sueño que, por algún motivo indefinido, le resultaba molesto. Se quedó tumbada un rato más con los ojos cerrados, explorando mentalmente el origen de esa sensación, como quien palpa con la lengua el interior de la boca en busca de alguna irregularidad que la perturbe. No encontró nada, y por ello esa sensación no la abandonaba. Se levantó, se estiró y, mientras se dirigía tranquilamente al baño, era consciente (como siempre) de su cuerpo desnudo. Se miró en el espejo el rostro ligeramente hinchado por el sueño, cuyos bordes presentaban manchas grisáceas debido al aire salino que se colaba por las rendijas de la casa, se pasó los dedos por el pelo y se metió en la ducha. Anna, según se decía en el pueblecito costero donde había nacido y donde aún vivía, era una mujer con la que había que andar con cuidado. Tenía unos ojos grandes y almendrados y el pelo largo y negro. Durante el día, su piel parecía estar hecha de un material cobrizo, pero a horas más tardías, cuando se ponía el sol, era negra y oscura como la noche. Ejercía un encanto místico sobre hombres y mujeres, pero no sobre los niños. Estos se escabullían asustados al verla, como si estuvieran poseídos por un miedo primigenio que los adultos habían olvidado. Los aldeanos no tenían mucho que hacer en su día a día, aparte de mantener una larga tradición pesquera y un turismo algo más reciente y tranquilo, de gente que acudía en busca de la paz y la tranquilidad, el clima cálido y húmedo de los trópicos y las relajantes vistas al mar. Las ociosas tardes en el pueblo eran para los chismes y las habladurías, y Anna era uno de los temas favoritos para los aldeanos. Su nombre botaba de boca en boca, mientras tomaban su copa de ron en la pesada barra de madera del viejo bar,

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historias

como si fuera un juego de pelota para participantes perezosos. Había que tener cuidado con ella, se susurraban unos a otros. Aquel que se le acercara demasiado corría el riesgo de quemarse. O, peor aún, de perderse. ¿Quién podría olvidar jamás lo que le sucedió al pobre hijo del barquero? El joven, apenas mayor de edad, había perdido la cabeza tras pasar una noche con ella (según decían los románticos entre los chismosos), o había sucumbido a la personalidad tóxica de Anna (según los pesimistas), o bien era el típico ingenuo que perdía la cabeza ante la primera chica que se le ponía por delante (también había cínicos en el pueblo). En cualquier caso, el hijo del barquero seguía dando vueltas alrededor de la mujer como un pájaro que ya no podía acceder a su nido, con la esperanza de ver brillar una vez más el deseo o, al menos, algún atisbo de afecto en sus ojos almendrados. Pero tras aquella única noche, ella se había alejado de él con desdén, diciendo que no le interesaba, y después había afirmado que le resultaba molesto y tal vez poco interesante. Cuando vio que aquellas palabras no le afectaban y él seguía apareciendo a diario por su casa con sus súplicas, con el rostro desfigurado por la desesperación —lo cual, seamos sinceros, nunca es una imagen atractiva—, ella lo ignoró, y lo hizo con tal maestría que el pobre chico llegó a creer de verdad que era invisible, y que si no existía para la única persona que le importaba en este mundo, tal vez no existiera en absoluto. Se convirtió en una sombra de sí mismo, una figura que murmuraba entre dientes, que se movía tímidamente pegado a las paredes de las casas. Se refugió en las sombras y, finalmente, desapareció por completo. Es decir, quizá siguiera allí, pero como ya nadie lo veía, había dejado de existir, salvo para servir como la advertencia que los aldeanos se repetían una y otra vez: que había que mantener una distancia adecuada al tratar con Anna. Tras ducharse, Anna se puso el sencillo vestido de lino que estaba sobre la silla de su dormitorio. Se recogió el pelo en una coleta y se untó el rostro con una mezcla de aceite y ungüento de aroma suave. Salió de su casa y se dirigió a la playa. Aún no había conseguido deshacerse de esa sensación de confusión que la había envuelto desde que se despertó, y esperaba que un paseo junto a las olas le ayudara. Después de caminar media hora hacia el norte, dio media vuelta y siguió sus propios pasos de regreso. Justo antes de que el camino se alejara de las olas y la llevara de vuelta a su casa, situada detrás de la playa, se dejó caer sobre la arena para descansar un momento y analizar el sueño, que en ese momento aún no la había abandonado (pero que tampoco se había manifestado más allá de una sensación residual). Sentada en la arena, con las rodillas recogidas, disfrutaba de la suave brisa que le acariciaba el rostro. Siguió con la mirada a un pájaro que volaba sobre ella y que, revoloteando en la luz de la mañana, buscaba comida o a un compañero.

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