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Boletín UISG 190/2026

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LA MISIÓN, UNA CUESTIÓN DE AMOR

Número 190 - 2026


LA MISIÓN, UNA CUESTIÓN DE AMOR Boletín UISG

Número 190, 2026

Presentación

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La misión, una cuestión de amor P. David Glenday, MCCJ

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Un sueño que interpela nuestra misión... nuestra manera de ser y estar en medio del pueblo (Gn 28) Hna. Mariana Zossi, OP ¿Qué buscas? Hermano Matthew, Priore de Taizé Una nueva frontera para la misión de la vida religiosa: Habitar la cultura digital con una intención evangélica y carismática Hna. Thérèse Raad, SDC

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La Vida Religiosa y los horizontes transformadores de la Misionología Hna. Rosalia Meza Moreno, VDMF

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La misión: un elemento fundamental de la Vida Consagrada Hna. Anthonia Bolanle Ojo, SSMA

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La Vida de la UISG

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Consejo Directivo de la UISG (2022-2025)

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Staff de la UISG

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PRESENTACIÓN

La misión, una cuestión de amor

La misión cristiana, hoy más que nunca, se revela en su esencia más profunda: una cuestión de amor. Las reflexiones recogidas en este número surgen de la experiencia concreta de hombres y mujeres consagrados, inmersos en los retos del mundo contemporáneo, y encuentran un hilo conductor en la intuición compartida por el magisterio reciente: el amor de Cristo es el origen, la forma y el fin de toda misión auténtica. De la experiencia misionera se desprende con claridad que el anuncio del Evangelio no es, ante todo, una transmisión de contenidos, sino el testimonio de un encuentro que transforma la vida. La misión se convierte así en una participación viva en el amor de Dios por la humanidad, especialmente por los pobres y los olvidados.

UISG - Boletín n. 190, 2026

En un mundo marcado por las crisis, las migraciones, la violencia y las profundas desigualdades, la vida consagrada está llamada a replantearse a sí misma desde una perspectiva profética. La imagen de las «Mujeres del amanecer» y el sueño de Jacob ofrecen imágenes poderosas para comprender una presencia que no se basa en la seguridad, sino en compartir la vulnerabilidad y la esperanza de los pueblos. Es precisamente «en el corazón de la noche» donde se abre el espacio para reconocer la presencia de Dios y renovar la confianza en la vida. Las preguntas que se ciernen sobre el corazón de la humanidad —«¿Qué buscas?», «¿Cuál es mi lugar?»— resuenan con especial urgencia entre los jóvenes y en los entornos marcados por la guerra, la injusticia y la precariedad. Tras estas inquietudes se esconde una auténtica búsqueda de sentido, a la que la misión está llamada a responder no con soluciones inmediatas, sino con cercanía, escucha y solidaridad concreta. También se abren nuevas fronteras en el mundo digital, que hoy en día es un espacio real de relación y búsqueda espiritual. Habitarlo con profundidad evangélica significa hacer visible una presencia discreta pero significativa, capaz de acompañar y crear comunión.

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Presentación

Por último, la reflexión misiológica contemporánea invita a vivir la misión como un diálogo profético: un encuentro respetuoso y transformador con las culturas y las realidades humanas, iluminado por una fe que se convierte en conciencia crítica y compromiso con la justicia. En este contexto, la vida consagrada redescubre la misión no como una actividad más entre otras, sino como expresión de su identidad más auténtica: ser un signo vivo del amor de Dios en el mundo.

La misión, una cuestión de amor P. David Glenday, MCCJ La misión es amor: sí, esta es la realidad más estupenda y espléndida que sirve de puente entre las dos cartas de los Papas, y que también nos da la clave para empezar a leer, rezar y vivir Dilexi te. Y lo queremos hacer, no para recopilar algunas de sus ideas más interesantes, sino para crecer como misioneros, cada uno de nosotros en sus propias circunstancias.

Un sueño que interpela nuestra misión... nuestra manera de ser y estar en medio del pueblo (Gn 28) Hna. Mariana Zossi, OP Propongo analizar el sueño de Jacob de Gn 28,10-22 como un relato que nos permita descubrir otra manera de ser parte del pueblo. Quizás, no ya desde la seguridad, sino desde la intemperie que implica compartir la suerte con ellos. Un sueño en la noche caracterizado por la vulnerabilidad que implica el estar en medio del camino, como las Mujeres del Alba, en el centro del viaje desde Beersheva a Harán.

¿Qué buscas? Hermano Matthew, Priore de Taizé Tantas personas están buscando un sentido para sus vidas. Buscan algo mayor que las fáciles promesas que tan a menudo llenan nuestras pantallas. ¿No han sido los humanos creados con algún verdadero propósito? ¿Qué nos permitiría descubrirlo?

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Una nueva frontera para la misión de la vida religiosa: Habitar la cultura digital con una intención evangélica y carismática Hna. Thérèse Raad, SDC La misión digital de la vida religiosa no es una moda pasajera ni una simple estrategia de visibilidad. Es la continuación de su vocación: ser signo de proximidad, comunión y servicio en el corazón del mundo contemporáneo. No se trata simplemente de difundir contenidos religiosos, sino de hacer perceptible en los entornos digitales una forma evangélica de habitar el mundo: sencilla, fraterna, atenta y profundamente humana.

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Presentación

La Vida Religiosa y los horizontes transformadores de la Misionología Hna. Rosalia Meza Moreno, VDMF La vida religiosa, vista desde la perspectiva de la misionología, se perfila como un diálogo vivo entre la tradición y el contexto, la contemplación y la acción, la fidelidad y la innovación. Su identidad no es estática, sino dinámica, y se ve moldeada por la llamada constante a encarnar el Evangelio de formas que respondan a las realidades contemporáneas.

La misión: un elemento fundamental de la vida consagrada Hna. Anthonia Bolanle Ojo, SSMA

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Con el mandato divino de “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio” (Mc 16:15), la Iglesia es misionera por naturaleza. La misión es, por tanto, un deber fundamental de todo cristiano bautizado y, de forma especial, de las personas consagradas, porque su especial vocación implica continuar la misión de Jesús.

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LA MISIÓN, UNA CUESTIÓN DE AMOR

P. David Glenday, MCCJ El P. David Glenday es misionero comboniano, fue Superior General de su congregación de 1991 a 1997. El P. Glenday estuvo destinado once años en Filipinas y otros muchos en Uganda. También fue el Secretario General de la Unión de Superiores Generales (USG). Esta reflexión se ha publicado con el permiso del padre David. Se publicó parcialmente en italiano en la revista «SettimanaNews». Los números entre paréntesis se refieren a los números de las secciones de Dilexi Te.

1. La misión, una cuestión de amor

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Una buena pregunta En mi vida como misionero comboniano he sido muy afortunado al poder estar once años sirviendo en Filipinas. Recuerdo que un día, allí, un joven laico comprometido me hizo está pregunta: “Padre David, ustedes los combonianos hablan con entusiasmo de su vocación y su fundador, san Daniel Comboni; comparten sus sueños, sus motivaciones, sus viajes, sus esperanzas y sus decepciones, su herencia y su memoria, y esto es muy bonito e inspirador. Pero ahora, lo que me gustaría saber es, ¿cuál es el núcleo, el centro, el motor de la misión de san Daniel y de su misión hoy?”

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P. David Glenday, MCCJ - La misión, una cuestión de amor

Realmente es una muy buena pregunta; y una pregunta que casi en los cincuenta años que ahora llevo como misionero a menudo me he intentado responder, buscar las palabras adecuadas e, incluso más, las acciones adecuadas. Si mi joven amigo me hiciera esta misma pregunta hoy, no dudaría en recorrer en ayuda de no uno, sino dos Papas: el papa Francisco y el papa León. De hecho, resulta sorprendente que la última gran carta del papa Francisco titulada Dilexit Nos tratara sobre el amor: “el amor humano y divino del corazón de Jesucristo”, y la primera carta del papa León a toda la Iglesia, Dilexi Te, trate sobre… el amor: “el amor por los pobres”. Queda claro que, como el Papa Francisco dice: “la misión se convierte en una cuestión de amor”, y los misioneros son gente “enamorada, cautivada por Cristo; que se siente obligada a compartir este amor que ha transformado sus vidas”. La misión es amor: sí, esta es la realidad más estupenda y espléndida que sirve de puente entre las dos cartas de los Papas, y que también nos da la clave para empezar a leer, rezar y vivir Dilexi te. Y lo queremos hacer, no para recopilar algunas de sus ideas más interesantes, sino para crecer como misioneros, cada uno de nosotros en sus propias circunstancias. ¿Qué profundos descubrimientos sobre la misión podemos esperar hacer en este camino, con la carta del Papa León como nuestra guía? Nuestro Dios es un Dios misionero La misión es una cuestión de amor y, al final, esto es así porque la misión nace de Dios, la Trinidad del amor. Todo lo que Jesús dice y hace en los Evangelios, por el poder del Espíritu, lo realiza claramente: nuestro Dios no es distante, indiferente, ajeno a nosotros. No, nuestro Dios está en camino, es entregado, comprometido, interesado, cercano, apasionado.

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Y somos bautizados en el nombre de este Dios misionero. Por nuestro bautismo, los Tres se instalan en lo más profundo de nuestros corazones y se dedican a formarnos como misionarios, ¡como ellos! Este tema, esta realidad de la Trinidad misionera, ha estado muy presente en las enseñanzas y el testimonio del papa Francisco (por ejemplo, pienso en su primera carta Evangelii Gaudium) y ha sido retomado con energía por el papa León. Ambos exhortan a la Iglesia a estar donde ya están los Tres: en los márgenes, en las periferias, con los que son considerados lejanos. En Dilexit Nos el papa Francisco insiste en que nuestros corazones deben transformarse en el Corazón de Jesús, un corazón que se abre a los heridos y a los débiles, y el papa León profundiza y consolida la llamada misionera. Así pues, la misión es una cuestión de amor, porque Dios es amor, y el amor de Dios es un amor misionero, un amor que se entrega. El encuentro con Dios en la misión De este modo la Trinidad de Amor nos impulsa a la misión, pero también nos espera allí. Durante mis años en Filipinas, donde ejercí mi misión en un pequeño rincón de la

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P. David Glenday, MCCJ - La misión, una cuestión de amor UISG - Boletín n. 190, 2026

megaciudad de Manila, tuve la gracia de aprender su lengua nacional, el tagalo, y de este modo poder acompañar especialmente a una pequeña comunidad en los barrios marginales de la ciudad. Con ellos descubrí algo que me conmovió profundamente, el tesoro de la vida de tantos misioneros, que el Dios que es amor nos precede en nuestro camino misionero y que nosotros volvemos a conocer a este Dios en la vida y especialmente en los corazones de los pobres a quienes hemos sido enviados. Con su ejemplo, sus vidas, la misión se convierte en una cuestión de aprendizaje sobre el amor, donde el amor se manifiesta en la solidaridad, la gratitud, la valentía, el gozo, la perseverancia, el sentido común, la tolerancia. En misión con y para los pobres, los misioneros aprendemos a amar.

Trabajar con Dios en la misión Porque la misión es una cuestión de amor, es también una cuestión de hechos, de trabajo, de acción. Como Jesús dice en Juan 5, 17, “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo”, y completa en Juan 15 ofreciéndonos una rica imagen del Padre como viñador. El Padre se alegra de nuestros abundantes frutos, Jesús nos dice, y san Juan subraya esta misma visión cuando nos anima a amar en la práctica y no en teoría.

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P. David Glenday, MCCJ - La misión, una cuestión de amor

Por el amor, somos colaboradores de Dios, como insiste san Pablo, lo cual es al mismo tiempo un gozo y un desafío. Es un gran gozo saber que el Señor quiere que nos unamos a Él en el amor a los pobres, que él desea nuestra compañía y solidaridad: es una nueva forma de apreciar nuestra gran dignidad y potencial por medio de la gracia del bautismo. Y también es un desafío, porque esto significa que primero necesitamos discernir cómo Dios ama a los pobres aquí y ahora, para poder responder a esta iniciativa divina. Dios ama primero a los pobres. Transformados por el amor Cuando entendemos y vivimos la misión como amor de forma diferente, sucede algo bonito y extraordinario: cambiamos, somos transformados. Poco a poco nos damos cuenta de que realmente es importante en nuestro servicio a los pobres, sobre todo, para quiénes somos y descubrimos que nos convertimos en signo, un sacramento de la presencia del amor de Dios. Sí, somos transformados, pero también por la gracia de Dios, a quienes somos enviados, al ser conducidos a una nueva conciencia de su infinito valor y dignidad, y de su potencial como seres humanos, hijos e hijas del Padre que los ama, de una forma muy especial. Mientras nos preparamos para orar y estudiar Dilexi Te, nos conviene reflexionar sobre las palabras finales del Papa León XIII: El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy. 2. Encuentro con Dios

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La cruz de la señora Kikilai: tocando la carne sufriente de Jesús (49) Durante la etapa de formación misionera conocida como noviciado, tenía muchas ganas de experimentar lo que se siente cuando uno mismo se gana la vida con el trabajo manual, y mis superiores y mis compañeros me animaron a ello. Así que me encontré trabajando como obrero en una obra en la región central de Inglaterra. Ciertamente, mi compañero y yo necesitábamos encontrar alojamiento, y fuimos muy afortunados de alquilar una habitación a una señora húngara cuyo memorable nombre era el de señora Kikilai. Era una de los cientos de miles de húngaros forzados a huir de su país cuando los tanques soviéticos invadieron la nación e impusieron un régimen opresivo a mediados de la década de 1950. La señora Kikilai era una cocinera espléndida y generosa, las cenas que preparaba eran siempre uno de los momentos especiales del día, pero por lo demás era muy tranquila

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y discreta. Cuando llegó el día de volver al noviciado, sin embargo, me sorprendió muy gratamente al entregarme en silencio un pequeño crucifijo de bronce, sin duda, traído por ella de su hogar en Hungría: sus rasgos se habían desgastado por el paso de quién sabe cuántas generaciones, suponemos, de su familia y amigos. Este pequeño crucifijo, que todavía conservo conmigo y que me acompañó en las misiones en Uganda y en Filipinas, habla de muchos hombres, mujeres y niños que se acercaron a tocar la carne de Jesús Crucificado, esperanza y consuelo de los pobres a lo largo de esos años. “Tocar la carne sufriente de Jesús” es una imagen del amor de la Iglesia por los pobres que se repite varias veces en Dilexi Te: Para nosotros cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, «es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante, el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas». La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. «Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil». (110). Pollo asado en la noche: cuando los pobres viven el Evangelio (102) A finales de enero de 1986, Yoweri Museveni tomó el poder en Uganda (África Oriental), donde en ese mismo tiempo yo estaba sirviendo como misionero, y se inició un periodo de renovado conflicto civil y militar. Junto con cinco de mis hermanos, me vi envuelto en esta situación, y por seguridad tuvimos que abandonar nuestra misión y buscar refugio con la gente amiga que vivía en lo más intrincado de la selva, lejos de la carretera principal.

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Una noche, cuando la situación se hizo más peligrosa, nos adentramos en tierras de cultivo menos habitadas y, finalmente, decidimos parar para descansar con una familia de granjeros que nos ofreció su hospitalidad. A la mañana siguiente, al amanecer, ya habíamos empezado a caminar, cuando la señora de la casa salió tras nuestro, llamándonos, hasta alcanzar y entregar un paquete a uno del grupo. El día siguiente fue providencial y, finalmente, descansamos en buenas manos… Fue entonces que recordamos que ¡teníamos hambre! Abrimos el paquete de la señora que contenía el pollo asado que había estado preparando para nosotros la noche antes: «Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. [...] Día a día, los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente

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a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos». (100) “Mi mejor amigo”: un encuentro entre iguales (79) Justo acababa de celebrar una “Misa en la calle” en uno de los barrios más desfavorecidos de Quezon City en Filipinas y estaba rodeado como siempre, y como es costumbre, de niños vivaces que quieren ser bendecidos personalmente, cuando empecé a sentir un golpeteo insistente en mi estómago. Allí estaba el pequeño “JP” (¡abreviatura de Juan Pablo!), que desde hacía algún tiempo había declarado a todos los que lo que lo querían oír que él era el mejor amigo del Padre David. “Sí, JP, ¿qué pasa?” “Padre David, masaya po kami dahil nandidito po kayo. Estamos contentos porque usted está aquí”. Pensé para mí mismo: JP, quizás eres pequeño, pero a tu modo, eres un gran teólogo; has entendido lo esencial de la Iglesia, lo esencial de la misión. La misión de la Iglesia gira entorno a “estar aquí”, a una presencia que trae gozo y crea comunidad. Tú has verbalizado para mí, el sentido de mi vocación misionera: ¡gracias! Como dice el Papa León, los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros del Evangelio. No se trata de “llevarlos a Dios”, sino de encontrar a Dios entre ellos. Todos estos ejemplos enseñan que servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado. (79)

3. Un camino del corazón

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Jartum (Khartoum), Sudán, 10 de octubre de 1996: Junto a miles de cristianos sudaneses exultantes, tuve la gracia de participar en una gran, colorida y profundamente emotiva celebración de la Eucaristía. Bajo un brillante cielo azul, y con no poco calor y humedad, celebrábamos por primera vez el día de la fiesta de la santidad del obispo misionero san Daniel Comboni, padre de la Iglesia en el Sudán, que había sido beatificado en Roma por el Papa san Juan Pablo II unos pocos meses antes. El ambiente, por decirlo de alguna manera, se sentía electrizante. Como entonces superior general de los Misioneros Combonianos, me correspondió llevar en procesión ante el arzobispo de Jartum, Gabriel Zubeir, la reliquia de Comboni. Al acercarme al altar, pude leer las palabras brillantes escritas allí: «Bienvenido de nuevo, Comboni, al lugar donde está tu corazón». Estas palabras resonaron conmovedoras y muy apropiadas, pues Daniel Comboni, dedicado a la misión y, por tanto, a la opción por los pobres, había vivido un largo y arduo camino, y este día de celebración representaba su regreso especial: el de un hombre que había viajado con extraordinario heroísmo por mandato de su Maestro.

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Sí, como el papa León afirma en Dilexi Te, Dios elige a los pobres; y la vida de mujeres y de hombres como san Daniel Comboni ilustran cómo nuestra implicación en la opción de Dios nos envía también a nosotros, en nuestro propio camino y aventura personal con las Tres Personas de la Trinidad como compañeras de peregrinaje.

Cuando el corazón decide emprender el camino

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Así que, ¿dónde comienza, entonces, este camino de amor por los pobres? Sobre esta cuestión, el papa León se empeña en ser claro: tres veces en tantas otras páginas habla de forma conmovedora del corazón de Dios “lleno de amor” (16), “que tiene un sitio preferencial para los pobres… para quienes son discriminados y oprimidos” (16, 17). Poco antes, en su carta había escrito: “escuchando el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios… Permaneciendo, por el contrario, indiferentes a este grito… alejándonos del corazón mismo de Dios” (8). Y este movimiento del propio corazón de Dios genera un camino que es una elección: el «descenso y venida de Dios entre nosotros» (16) atrae a la Trinidad hacia los más pobres y débiles, en una decisión que se conoce como la opción preferencial de Dios por los pobres, su especial cuidado por aquellos por quienes nadie se preocupa. La consecuencia de todo esto para quienes son hijos de este Dios que camina es evidente: «Dios nos pide, a su Iglesia, que hagamos una opción radical y decisiva a favor de los más débiles» (16). De hecho, el papa León XIII expresa con franqueza su

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Jesús es Dios con nosotros, esto lo sabemos, pero quizás lo que el Papa ha estado diciendo es una invitación a añadir algo más importante: Jesús es la presencia con nosotros del Dios que elige a los pobres. Y esto se hace muy evidente cuando consideramos la pobreza de Jesús, «el Mesías pobre», como lo llama el papa León XIII. Jesús vive pobremente a muchos niveles: nace en una familia de recursos muy modestos y aprende a ganarse la vida con el trabajo de sus manos; experimenta diversas formas de exclusión desde el primer día de su vida en esta tierra; en su ministerio activo depende de la hospitalidad y el apoyo de sus amigos y seguidores; sabe lo que es estar cansado, triste y ansioso; tiene que vivir con el rechazo y la desconfianza. Muere en una cruz fuera de las murallas de la ciudad, entre las burlas y el escarnio de quienes se han congregado para ver el espectáculo, abandonado por casi todos sus discípulos. Sin embargo, esta no es toda la historia del camino de Jesús con los pobres; la cuestión es mucho más profunda. Respondiendo con generosidad ilimitada a la invitación de amor y misericordia de su Padre hacia la humanidad descarriada, Jesús se despoja de su esplendor y gloria celestial y toma la forma de siervo. El profundo significado de todo esto se expresa claramente en las propias palabras de Jesús: “En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo” (Jn 5, 19). Jesús aprendió del Padre a amar a los pobres y a ser pobre.

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sorpresa: “Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones” (23).

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Caminando con Jesús Para quienes deseamos emprender este camino con Jesús, ¿cuál será nuestra guía? El papa León XIII ofrece algunas sugerencias: primero, dice que tomemos en nuestras manos las Sagradas Escrituras, y especialmente aquellas que recogen la vida y la práctica de las primeras comunidades cristianas; después, que prestemos mucha atención a cómo estos hermanos y hermanas en la fe se unieron a Jesús Resucitado en su camino hacia los más pobres; acojamos todo esto “como ejemplo a imitar y como testimonio de la fe que obra por medio de la caridad, y que continúa como exhortación permanente para las generaciones venideras” (34). En este punto de su reflexión, el papa León recuerda repetidamente al papa Francisco y su significativa carta Evangelii Gaudium: “La Palabra de Dios es tan clara y directa, tan sencilla y elocuente, que ninguna interpretación eclesial tiene derecho a relativizarla… ¿Por qué complicar algo tan simple?” (31). Esto era sencillo, pero tenía un gran poder: la Buena Noticia de que los cristianos del Sudán celebraban aquella lejana tarde de octubre, la Buena Noticia encarnada en la vida y la misión de un hombre extraordinario, su Padre en la fe. Por la gracia de Dios, él había elegido a los pobres y, así, había descubierto el camino hacia la alegría duradera: ¿haremos también nosotros esta opción y emprenderemos ese camino hacia la alegría?

4. Cuando yo escucho, es cuando veo Palabras que marcan una diferencia Todavía conservo esta Biblia, cincuenta años después de haberla regalado a mis padres el día de mi ordenación como diácono. En aquel tiempo, imaginé que, como mucho, ocuparía un lugar de honor en la estantería familiar, pero lo que sucedió fue mucho mejor.

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En los meses y años siguientes, una de las veces que visitaba la casa familiar, descubrí que la Biblia ocupaba un lugar junto al sillón favorito de mi padre. De hecho, nunca lo había visto leyéndola, pero un día que mi padre no estaba por allí, me puse a echar un vistazo; fue entonces que encontré señales de que, ciertamente, esta Biblia era leída con cierta regularidad, sin duda, por las mañanas, cuando papá se levantaba temprano para desayunar avena y café, a solas, y sin que nadie lo observara. Mi padre no era católico: era escocés y presbiterano, y en tiempos de esta historia, llevaba casado felizmente con mi madre católica irlandesa más de treinta años. Fue entonces que, una tarde de un tranquilo domingo, nos sorprendió a todos con una sencilla declaración: “He decidido hacerme católico”. Y así fue como, un mes antes de partir a mi primera misión en Uganda, tuve el gozo de concelebrar en la misa de la Primera Comunión de mi padre, a los 71 años. Yo no dudo que la gracia de aquellas mañanas tranquilas, a solas con la Palabra de Dios, fueron un momento clave para el inesperado y valiente paso de mi padre, que abrió a nuestra familia a una profunda nueva comunión y a un gozo lleno de gratitud.

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La Biblia, esas palabras, esa Palabra, había marcado una diferencia. Escuchar nos había llevado a ver, o como dijo Jesús: «Según oigo, así juzgo» (Jn 10,30). ¿Quieres ver? Pues entonces, ¡Escucha! “Unas pocas palabras esenciales”: es el título que el papa León ha puesto al primer capítulo de su “Dilexi Te” que nos sitúa firmemente en esta misma dirección. Hay una insistencia inquebrantable en que, si la Iglesia, si nosotros, queremos realmente ver y amar a los pobres, entonces tenemos que comenzar por una escucha atenta. El Papa nos lleva de vuelta a la zarza ardiente donde Dios dice a Moisés: “He visto la miseria de mi pueblo… y he oído su clamor», y Dios no deja que Moisés dude ni un momento de que este es el camino que él también está llamado a recorrer, si quiere «entrar en el corazón de Dios» y así cumplir la ardua misión que se le ha encomendado. Hacia el final del capítulo, el papa León nos desafía en este mismo sentido, llamando a una relectura del Evangelio para reconectar con ese amor por los pobres que, dice, es “el corazón ardiente” (15) de la misión de la Iglesia. Subraya este punto al recordar la experiencia de San Francisco de Asís, convertido por el contacto directo con los pobres y marginados de la sociedad (7).

Ver con ojos nuevos Como hemos observado al comenzar esta sencilla reflexión, al escuchar la Palabra, pueden ocurrir cosas nuevas. Recordando la homilía de san Pablo VI al final del Concilio

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Vaticano II, el papa León XIII expresa esta convicción: que al escuchar el clamor de los pobres y encontrar al Señor en ellos, tanto la Iglesia como la sociedad se abrirán a nuevas energías y posibilidades, a una “renovación extraordinaria” (7). Sin embargo, el Papa deja muy claro que esta renovación no es sin dolor, una fórmula fácil: verlo de esta nueva manera implica una profunda purificación, un «cambio de mentalidad» (11) y, sobre todo, la disposición a ver las cosas como realmente son, y como son para todos. Las estadísticas, ciertamente, ocupan su lugar, pero hay ocasiones en que no reflejan la realidad cotidiana de las personas, y es a su clamor al que estamos llamados a responder. Una vez más, ver la pobreza hoy implica aceptar el hecho de que «en general, somos testigos de un incremento de diferentes tipos de pobreza, que ya no es una realidad única y uniforme, sino que ahora abarca múltiples formas de empobrecimiento económico y social, reflejando la propagación de la desigualdad incluso en contextos mayoritariamente prósperos» (12). En este contexto, el papa León XIII llama concretamente a una nueva sensibilidad y respuesta a la pobreza de las mujeres, «ya que con frecuencia tienen menos capacidad para defender sus derechos» (12). Sí, escuchar y ver exige purificación y sanación de la «ceguera y crueldad» (14) que culpan a los pobres de su propia situación, incluso por parte de algunos cristianos “se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas” (15). Escuchando al Señor

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Mi padre, escuchando en silencio, con humildad, incluso en secreto, descubrió a Jesús de una manera nueva y vivificante, y dio un valiente paso hacia delante. Subrayando el mismo vínculo dinámico entre escuchar y ver, el papa León XIII está convencido de que, si hoy la Iglesia, verdaderamente, escucha a los pobres, será signo de un nuevo encuentro y un nuevo descubrimiento de su Señor. El afecto por el Señor se une al afecto por los pobres. Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estaré siempre con ustedes» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos vienen a la mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos. (5) Para la oración, para reflexionar y compartir: ¿Ha habido en mi vida “algunas palabras esenciales” que hayan inspirado mi amor por los pobres?

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