
Socioeconomic and situational conditions associated with stress at the start of the COVID-19 pandemic
Condiciones psicosociales y situacionales asociadas
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Socioeconomic and situational conditions associated with stress at the start of the COVID-19 pandemic
Condiciones psicosociales y situacionales asociadas
Por:
RESUMEN
La pandemia por COVID-19 tiene efectos en diversos planos, incluyendo el psicosocial. El estrés debe entenderse en la relación entre el individuo y su medio, y puede repercutir en la salud y las relaciones sociales incluso cuando ha desaparecido el estresor. Es importante exponer los impactos observados y esperados del estrés, la importancia de evaluarlo sistemáticamente a nivel poblacional, y detonar la reflexión colectiva sobre otros efectos, quizá a largo plazo. Después de definir ciertos conceptos y diferenciarlos de otros asociados, este trabajo busca presentar la situación con respecto al nivel de estrés percibido y la interacción con algunas variables psicosociales en población mexicana en el contexto de la pandemia global por la enfermedad COVID-19. Además de indicar el proceso metodológico seguido, y las garantías científicas que puede ofrecer, se muestra gráficamente las variaciones que se encontraron por género, escolaridad, ocupación, estado de confinamiento y afectaciones percibidas en la vida personal.
PALABRAS CLAVE
Estrés percibido · Evaluación psicosocial · Encuesta internacional COVIDiStress · México · COVID-19
ABSTRACT
The COVID-19 pandemic has effects on many levels, including the psychosocial dimension. Stress must be understood within the relationship between the individual and his environment, considering its potential impact on health and social relationships even when the stressor has disappeared. It is important to disseminate the observed and expected impacts of stress, while highlighting the relevance of evaluating it systematically at the population level. After defining certain concepts of stress and clarifying the main theoretical and experimental approaches to this phenomenon, this work aims to present the situation regarding perceived stress level and its interaction with some psychosocial variables in the Mexican population in the context of the global pandemic due to the COVID-19 disease. After outlining the methodology, its strengths and limitations, we report and graphically show the variations found by gender, education level, occupation, state of confinement, and perceived effects on personal life. Overall, we hope to trigger collective reflection on these other, perhaps longer-term consequences of the current sanitary crisis in the Mexican population.
KEYWORDS
Perceived stress · psychosocial evaluation · COVIDiStress Survey · Mexico · COVID-19
INTRODUCCIÓN
La pandemia de la COVID-19 es uno de los retos más importantes para la sociedad globalizada. A diferencia de catástrofes pasadas, un rasgo distintivo de ésta es que afecta potencialmente a todos los seres humanos porque no tenemos inmunidad frente al nuevo virus que la provoca, el SARS-CoV-2 (World Health Organization [OMS], 2020). La mayoría de la población mundial ya hizo o está haciendo frente a la pandemia, y en algunos países se encuentran en espera del embate. La pandemia trae consigo una disrupción masiva de la vida personal, familiar, laboral y comunitaria; y se esperan efectos negativos a mediano y largo plazo en ámbitos como el cuidado de la salud, la economía y lo social y cultural (Haleem et al., en prensa); con lo que se genera preocupación e incertidumbre por el bienestar propio y de otros cercanos, aunado a la preocupación del contagio. Esta situación permite prever que el estrés se eleve significativamente, y que se agudicen los efectos nocivos, e inclusive crónicos, en poblaciones como México, con déficits en la atención a la salud mental previos a la pandemia (Instituto de Estudios Superiores en Medicina [IESM] y OMS, 2011; Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2018).
Así, se espera que aumente la ocurrencia de enfermedades mentales detonadas por el estrés o que se hagan más severas las ya existentes (Mucci et al., 2020). En este sentido es necesario contar con información sobre la incidencia del estrés, en particular en la población mexicana.
El presente trabajo tiene como objetivo describir la situación con respecto al nivel de estrés percibido y la interacción con algunas variables psicosociales en población mexicana durante el periodo del 30 de marzo al 27 de abril de 2020 en el contexto de la pandemia global por la enfermedad COVID-19.
Como preámbulo a la descripción de los resultados del proyecto COVIDiSTRESS (Lieberoth et al., 2020), obtenidos en la población mexicana, se presentarán algunos conceptos fundamentales sobre estrés.
El estrés y sus consecuencias: Tradiciones para comprenderlo En la década de los veintes del siglo pasado el estudio del estrés se centró en los factores que
alteraban fisiológicamente al organismo, una perspectiva que acentuaba su impacto individual (Marks, et al., 2008). Antes de esa época, el estrés no tenía las connotaciones psicológicas o humanas actuales; era un término de ciencia de los materiales (Viner, 1999). Es a partir del trabajo del fisiólogo Walter B. Canon (1923) sobre las emociones y el trauma estudiado en soldados heridos, que el término estrés cobra su sentido de rompimiento de un estado de homeostasis, o equilibrio interno indispensable para la vida. Algunos autores conceptualizan al estrés como aquellos eventos o estímulos que rompen el estado de homeostasis y exigen que el individuo se adapte a una situación que puede ser difícil. Tal es el caso de Holmes y Rahe (1967) quienes desarrollaron una escala para evaluar la magnitud de estrés que ha experimentado una persona en un periodo, indagando la presencia de eventos de vida estresantes (Escala de Reajuste Social o SRRS por sus siglas del inglés, Social Readjustment Rating Scale; Holmes y Rahe, 1967).
Si bien desde otras tradiciones no se define al estrés como el conjunto de eventos que causan tensión, cabe señalar que en general en el estudio del estrés se acepta que los estímulos que evocan una respuesta, que requiere modificaciones de parte del organismo, son un factor fundamental del proceso. Estos estímulos son denominados estresores y según Everly y Lating (2019) hay dos formas primarias, los estresores psicosociales y los estresores biogénicos. Los estresores psicosociales son eventos que se convierten en estresores gracias a la interpretación cognitiva que una persona realiza de un evento. En este sentido, por ejemplo, el confinamiento que se vive como consecuencia de la COVID-19 podría ser interpretado como un evento altamente estresante por una persona acostumbrada a salir de casa y tener contacto con muchas personas fuera de su grupo cercano; mientras que esta misma condición podría interpretarse como poco estresante o inclusive neutra, por una persona acostumbrada a estar sola o rodeada sólo de su grupo cercano (familia) y que no esté acostumbrada a salir de casa frecuentemente. Por otro lado, los estresores biogénicos causan en automático una activación fisiológica, sin que se requiera una valoración cognitiva. Algunos ejemplos de este tipo de estresores son sustancias que se encuentran
en el café, té, entre otras, así como exponerse a temperaturas extremas o la actividad física extenuante (Everly y Lating, 2019).
Otra forma de definir el estrés parte del trabajo de Hans Selye, quien definió estrés como un síndrome general de adaptación que es la suma de cambios no específicos en un organismo que son causados por la función o el daño (Everly y Lating, 2019). El trabajo de Selye refleja una visión del estrés a través de sus procesos. Específicamente, la respuesta al estrés tendría tres fases: una de alerta, de carácter inmediato, principalmente fisiológico y conductual, que puede asociarse a estímulos tanto negativos como positivos; una etapa posterior de adaptación/resistencia que puede transcurrir por mucho tiempo y que contiene ya factores tanto orgánicos como de interacción y mutua modulación con el ambiente; y la última fase, de agotamiento y colapso. El modelo de Selye (1956; 1976) incluye por un lado el eustrés (un estrés que activa, moviliza y orienta las conductas adaptativas), y por el otro el distrés (el estrés que resulta en hábitos, pensamientos y reacciones mal adaptativos), esto depende del tiempo que dure la exposición al estresor y del éxito de los comportamientos para lidiar con él. Cuando la severidad de los estresores excede los recursos de la persona para afrontarlos, se producen como consecuencia trastornos fisiológicos (cardiopatías, hipertensión, trastornos gástricos, respiratorios, etcétera.) y alteraciones psicológicas (trastornos del sueño, la alimentación, desinterés en actividades, miedo, ansiedad, enojo, agotamiento, baja productividad, dificultad para concentrarse, entre otros). Desde esta perspectiva el estrés se evalúa observando sus efectos adversos. Como el interés está puesto principalmente en la respuesta, que implica un alto grado de subjetividad, se dificulta comparar entre individuos en condiciones similares, y por tanto entraña un problema para generar buenas teorías científicas de cómo, cuándo y por qué sucede el estrés (Marks et al., 2008).
Estrés como proceso transaccional Finalmente, desde la perspectiva interaccional del estrés, asociada a los trabajos de Richard Lazarus y Susan Folkman, se enfatiza la relación entre el organismo y su medio, sin dejar de reconocer que hay causalidad de ambos lados.
Además, se agrega un proceso de mediación interno. Esta aproximación se decanta por enfatizar los efectos de las emociones y la cognición, con lo que se aleja del conductismo psicológico (estímulo-respuesta). En este acercamiento al estrés, el afrontamiento (coping) se origina primero en una valoración inmediata, muchas veces inconsciente o automática (appraisal primario), de la amenaza que representa el estresor, y posteriormente se realiza a una estimación de las capacidades para hacerle frente (valoración o appraisal secundaria). En este sentido, lo que detonaría el estrés no es sólo el estímulo, sino la percepción que tiene la persona de ella misma y su situación (Lazarus y Folkman, 1984). El afrontamiento se divide en uno orientado a la emoción (al "medio interno"; emotion-focused coping), y otro dirigido a cambiar la situación (problem-focused coping); estas etapas no son necesariamente secuenciales ni dependen una de la otra, ya que una persona puede sentirse de una forma y actuar de otra, al mismo tiempo. La implicación de esto es que los procesos fisiológicos y neurológicos no bastan para entender al estrés, sino que Lazarus reivindica un espacio autónomo para la cognición y las creencias (en las cuales se refleja el entorno social), en la respuesta al estrés, que puede ser tanto de naturaleza emocional, como fisiológica y psicológica (cognitiva, conductual) (Cox, 1987). Por esto, esta tradición se denomina la perspectiva transaccional del estrés.
El estrés, en este marco, sería un desajuste percibido entre las exigencias o amenazas del medio, y los recursos o capacidades para enfrentarlo; una sobrecarga del sistema. Para una persona, en algunas circunstancias el estresor es un factor positivo y deseado, mientras que en otras es abrumador y amenazante. Por ello, puede decirse que algunas personas viven con menor estrés en la medida en que perciben tener recursos suficientes para enfrentar distintas exigencias, mientras que otras sienten que la situación les sobrepasa, todo ello dependiente de los recursos a la mano (Marks et al. 2008). En esa línea, la investigación epidemiológica ha demostrado que existe en nuestras sociedades una distribución inequitativa del estrés, más asociado a la pobreza, a las mujeres, a las minorías étnicas y culturales, y a ciertos grupos etarios (Avison y Cairney, 2003; Turner et al., 1995). Dados los efectos perniciosos del estrés, esto
LA PANDEMIA TRAE CONSIGO UNA DISRUPCIÓN MASIVA DE LA VIDA PERSONAL, FAMILIAR, LABORAL Y COMUNITARIA.
implicaría una fuerte condicionante socioeconómica y cultural para la salud mental de personas y grupos específicos, lo que ha llevado a interesantes comparaciones entre países, regiones y regímenes institucionales (McDaid et al., 2017), con énfasis en el estrés laboral, el cual se sabe hace tiempo que impacta indicadores fisiológicos como la tensión arterial (Gutiérrez et al., 2002).
Desde la perspectiva transaccional del estrés no se puede soslayar el estado de la persona y sus percepciones sobre sí mismo y sobre el entorno, lo que posee al momento de encontrarse con el estresor. En particular, se sabe que el estrés se reduce o maneja mejor cuando se poseen altos niveles de confianza en las propias capacidades, es decir la autoeficacia, (Bandura, 1977), del valor que se da uno mismo (la autoestima, Orth et al., 2009), y a través de otras creencias sobre control, esperanza, optimismo, dominio de las situaciones y empoderamiento (Avison y Cairney, 2003). Por su parte, diversos estudios y metaanálisis han dejado claro que el apoyo social es uno de los principales recursos con los que cuenta una persona cuando se enfrenta a un estresor, si no es que el principal (Barrón, 1998; Piper, 2006; Viswesvaran et al., 1999; Wang et al., 2003).
En esta aproximación al estrés, la mirada está puesta en el autoreporte y la introspección de las personas frente a situaciones concebiblemente estresantes, lo que se ve reflejado en su definición, evaluación y tratamiento. Dentro de este modelo, se utilizan escalas de estrés percibido, como la escala de Cohen et al. (1983).
Los efectos del estrés
Para entender más ampliamente los efectos del estrés, señalaremos de forma breve que tiene un efecto en el eje neuroendocrino (hipotálamo-hipófisis-adrenocorteza) de los mamíferos y otros animales. En particular, el estrés gene-
Los efectos del estrés, aumento de producción de:
ra un aumento de producción de las catecolaminas humanas (dopamina, epinefrina y norepinefrina, estos últimos también conocidos por sus nombres norteamericanos como adrenalina y noradrenalina) y el cortisol, hormonas y neurotransmisores cuya función, entre otras, es disparar y modular una respuesta inmediata de pelea-o-huida. Frente a un estresor agudo, las concentraciones en el organismo de estas sustancias se elevan durante minutos a horas (Baum y Grunberg, 1995; Lundberg, 2005), por lo que estos indicadores, medidos en sangre y saliva (entre otros fluidos) suelen utilizarse como un atajo técnico para estudiar antecedentes, moderadores y consecuencias del estrés (fisiológico). Sin embargo, se trata de elementos difíciles de incluir en un estudio poblacional en condiciones naturales.
Todo el tiempo estamos expuestos a ambientes cambiantes, en los que diversas condiciones físicas y psicosociales nos mantienen alerta y en muchos sentidos, listos para actuar. El estrés es una respuesta de nuestro organismo que nos ayuda a navegar y contener de forma adecuada a las demandas de nuestro entorno, un medio de comunicación entre el exterior y nuestro organismo, que, en atención a los cambios en el medio, se prepara para actuar (Rohleder, 2019). El estrés agudo es aquel que se da en atención a eventos extremos, como un accidente grave, ser víctima de violencia, desastres naturales, etcétera. (Friedman, 2015), mientras que el estrés crónico es causado por eventos discretos que persisten continua o intermitentemente por periodos largos de tiempo, como tener un trabajo sumamente demandante, ser el cuidador principal de un enfermo grave, no tener recursos económicos para resolver los gastos del día a día, etcétera (Lazarus y Folkman, 1984).
Si bien el estrés es algo normal en nuestra vida, la exposición constante a estrés agudo o
crónico genera diversos daños a la salud física y mental. El estrés excesivo, tanto crónico como agudo está asociado con la aparición y el agravamiento de enfermedades físicas y mentales, tales como trastornos gastrointestinales, enfermedades cardiovasculares, respiratorias, de la piel, trastornos del sistema inmune, trastornos del estado de ánimo (depresión y manía), ansiedad, algunos tipos de esquizofrenia, episodios breves de psicosis reactiva, trastornos de adaptación, trastornos de estrés postraumáticos (Everly y Lating, 2019) y también se ha asociado con el consumo de drogas y la adicción (Wand, 2008).
Segerstrom y Miller (2004) realizaron un metaanálisis de 30 años de resultados y 300 artículos primarios, donde encuentran que el estrés agudo está asociado con la regulación positiva (upregulation) de ciertos parámetros de la inmunidad natural o innata, mientras que ese mismo estresor provoca la regulación negativa (downregulation) de la inmunidad específica o adquirida por la experiencia. Los autores ponen el ejemplo de que un examen escolar tiende a suprimir la inmunidad celular mientras que preserva la inmunidad humoral. Por su parte, los estresores crónicos se encontraron asociados con la supresión de ambos tipos de inmunidad, la humoral y celular. Por último, encuentran que se pueden distinguir efectos del estrés derivado de un trauma (enfermedad, accidente) de aquellos derivados de una pérdida (psicológica, subjetiva). Críticamente, en ese estudio los autores encuentran que en general los indicadores fisiológicos y los reportes subjetivos de estrés, se correlacionan muy poco. Los resultados anteriores, tomados en conjunto, explican "por ejemplo" por qué estar bajo estrés crónico y tener poco apoyo social (la soledad) se encuentra asociado con mayores posibilidades de enfermar de gripe, influenza y otras enfermedades infecciosas (Cohen et al., 1997), mientras
que tanto el estrés crónico como el agudo se asocian a accidentes cardiovasculares, incluidos los infartos cerebrales (Wittstein, 2008). En buena medida, estar estresado de forma crónica provoca una respuesta inflamatoria (Miller et al., 2002) persistente, que a su vez está asociada a desbalances y trastornos como la diabetes, obesidad, hipertensión, hiperglucemia y al síndrome metabólico en general (Aschbacher et al., 2014).
El trastorno por estrés postraumático es un tema de especial preocupación en la situación que estamos viviendo. Este trastorno es una condición clínica derivada de trastornos en la respuesta de lucha-o-huida y un trastocamiento en los procesos cognitivos y emocionales "normales", con efectos que incluyen la depresión, los flashes de memoria del evento o situación, y las conductas obsesivas, persistentes por más de seis meses (Bisson, 2007). Se prevé que aumente la prevalencia de este trastorno como consecuencia de la situación límite que están viviendo miles de personas (Liu et al., 2020). Como tal, el trastorno por estrés postraumático se asocia con el ejercicio de la violencia, en especial, la violencia de pareja (Barrett et al., 2014; Sullivan et al., 2018). En este sentido, detectar el estrés y sus efectos en toda la población y en sectores específicos y estratégicos es crucial para contender colectivamente con la adversidad.
Sobre la prevención, manejo y reducción del estrés.
Evidentemente, la manera más efectiva de reducir el estrés es anular al estresor y acompañar a la persona en el proceso de recuperación para que adquiera aprendizajes y descubra recursos a partir de esa experiencia. Mientras eso sucede, claramente tendremos que elaborar estrategias para convivir con los estresores e impedir que se generalicen, o que generen otras
Cortisol, hormonas y neurotransmisores cuya función, entre otras, es disparar y modular una respuesta inmediata de pelea-o-huida
conductas, hábitos y estructuras cognitivas que dañen o impidan la adaptación. Desde hace tiempo se sabe en psicología que el apoyo social reduce la sensación de estar estresado (tener ansiedad, preocupación, efecto túnel cognitivo) y potencia la respuesta adaptativa positiva, es decir transforma el distrés en eustrés (Uchino et al., 1996). En general, y en especial en relación con el trastorno de estrés postraumático, en las últimas décadas se ha investigado el caso de aquellas personas que, habiendo vivido circunstancias extremas de niños, adolescentes o ya mayores, aparentemente salen fortalecidos de ellas: es el fenómeno de la resiliencia, originalmente entendida como la capacidad humana individual para sobreponerse y crecer frente a la adversidad (Werner, 2013). Actualmente, este concepto se aplica también a grupos y comunidades (Norris y Stevens, 2007), que les permite prevalecer y florecer ante eventos adversos, como las catástrofes. Se sabe que en ese complejo proceso concurren los recursos individuales (como el optimismo, por ejemplo), el apego seguro a al menos una persona, el apoyo social, la compasión y el empoderamiento; recursos todos que pueden facilitarse con intervenciones psicosociales bien diseñadas (Ong, et al., 2006). La discusión a fondo de este fenómeno excede los límites de este trabajo, pero consideramos que uno de los resultados potenciales de esta crisis podría ser un crecimiento humano de la sociedad mexicana, si los tomadores de decisiones políticas logran entender y operar los procesos que la facilitan.
Cómo medir el estrés
En el habla y sentido común, se suele decir que cuando alguien está preocupado o ansioso, está estresado, por lo que para medir el estrés bastaría preguntarle sobre ello. Aquí cabe distinguir a la ansiedad (ese estado subjetivo de intranquilidad interna y generalizado, orientado a la expectativa de un evento futuro dañino), del estrés que genera la situación de encuentro con la amenaza real o percibida como presente, y frente a la que se evalúa no poder resolverla o manejarla. Conforme a lo discutido previamente, debemos distinguir los rasgos de personalidad que mantienen a una persona constantemente alerta, aprehensiva o saturada de pensamientos ominosos, del estrés propiamente dicho. Para que exista, debe haber un factor externo, ame-
PERCIBIDO 5,007 PERSONAS RESIDENTES EN MÉXICO MUESTRA:
nazante, percibido como presente y actuante; el hecho de que alguien imagine esa amenaza cuando no hay tal podría provocar reacciones de activación fisiológica y emocional, pero no se considerarían como estrés sino como una condición intrínseca, idiosincrática al sujeto. El estrés, recordemos, es una interacción entre el organismo y su medio, no un atributo del primero. De cualquier manera, es importante considerar esa sensación como parte de los indicadores del estrés por su aportación al proceso de tomar conciencia y de adaptación, y de hecho muchas de las mediciones de estrés existentes incluyen ese elemento, derivado de la segunda de las tradiciones que discutimos antes. Pero más importante, debe haber una evaluación de los recursos con los que cuenta la persona. Cuando se considera que estos no son suficientes para enfrentar la situación o situaciones, esto causa una sensación de malestar. Por ejemplo, una infección derivada de una lesión leve en la piel provocará una reacción de la piel y del organismo que probablemente no genere una preocupación mayor y a los pocos minutos hayamos olvidado que sucedió. Sin embargo, los mecanismos fisiológicos de defensa inmunitaria se echarían a andar. Si decidiéramos medir el estrés como resultado de cualquier pérdida de balance orgánico, en este ejemplo cotidiano encontraríamos varios indicadores del mismo, aun si la persona no es consciente, no ha evaluado la amenaza ni está midiendo sus recursos para enfrentarla. Frente a un estresor colectivo como la posible infección viral y los efectos sociales de la enfermedad y su atención, resulta difícil, si no imposible, evaluar masivamente a las personas y descartar otras causas del estrés fisiológico, como es la obesidad, la hipertensión y otras condiciones crónicas que por sí mismas alteran los niveles hormonales humanos.
Material y métodos
Se diseñó una encuesta para aplicación en línea que se difundió a través de correos electrónicos, redes sociales, y medios de comunicación abiertos e institucionales. Este instrumento fue diseñado por una red internacional de investigadores encabezada por Andreas Lieberoth, de la Universidad de Aarhus, y traducido a 52 idiomas (Lieberoth et al., 2020). La recolección de datos se realizó de forma continua desde el 30 de marzo de 2020 a través de la colaboración in-
ternacional COVIDiStress (2020). Los datos que se presentan se refieren al acumulado de casos hasta el 27 de abril. El cuestionario considera la estimación de trece constructos, de los cuales, el principal es la escala de estrés percibido en su versión de 10 ítems (Cohen, Kamarck, y Mermelstein, 1983). La versión utilizada pregunta a los participantes qué tan a menudo han experimentado sentimientos o situaciones estresantes durante la semana pasada, y cada ítem se evalúa del 0, nunca, al 4, casi siempre. La escala por lo tanto tiene un rango de puntuación final que va del 0 al 40, y está organizada teóricamente en dos factores: desesperanza y autoeficacia. Además de la escala de estrés percibido, validada para la población mexicana por González-Ramírez et al. (2013) el presente trabajo considera los siguientes datos sociodemográficos: género, edad, escolaridad, escolaridad de la madre, condición laboral, estado civil, grupo de riesgo, y condición de aislamiento. La descripción de estas variables sociodemográficas puede apreciarse en la tabla 1. Los datos que se reportan corresponden a 5,007 personas residentes en México, que contestaron la encuesta en su versión en español de México, y cuyas respuestas se realizaron en más de 5 minutos y menos de 1 hora. En esta muestra, las respuestas se concentraron en las entidades de Ciudad de México (1,366 casos), Veracruz (1,031), Estado de México (480) y Jalisco (268). Los estados menos representados, con menos de 30 casos fueron Campeche, Chiapas, Guerrero, Nayarit, Tlaxcala y Zacatecas.
VARIABLE
Género: identidad del participante
Se realizaron análisis bivariados para comparar el estrés percibido en cada una de las categorías de las variables sociodemográficas. Finalmente, a través de un modelo de regresión lineal, se propone que el estrés observado se explica parcialmente mediante la interacción de las variables sociodemográficas.
Los niveles de estrés percibido en México, al inicio de la pandemia
Como puede observarse en la tabla 2, los porcentajes observados más altos de cada reactivo corresponden a las categorías centrales, un atributo deseable en mediciones poblacionales.
El comportamiento en la muestra total del estrés percibido se puede observar en la figura 1, un histograma donde las barras verticales representan el número de casos que cayó en cada puntaje.
El promedio del estrés en México, según nuestros datos, corresponde a 17.1 con una desviación estándar de 7.4, que está debajo del punto intermedio (20 puntos) para los 5,003 casos recopilados. El puntaje observado más frecuente, la moda estadística, es de 16 puntos.
Pese a la apariencia de la distribución, la prueba estadística de normalidad Kolmogorov-Smirnov refuta la existencia de normalidad (D = .4, p < .000).
A la respuesta del género de quien respondió la encuesta, 1,352 dijeron ser varones, 3,607 fueron mujeres y 26 casos indicaron otro/prefiere no decirlo, que corresponden a 27%, 72% y 1% respectivamente, redondeando los decimales.
EVALUACIÓN O CATEGORÍAS
1. Hombre, 2. Mujer, 3. Otro/prefiere no decir
Edad del participante Edad cumplida en años
Escolaridad: nivel educativo superior completo del participante
Escolaridad de la madre: nivel educativo superior completo de la madre
Condición laboral: estatus laboral del participante
Estado civil: del participante
Pertenencia a grupo de riesgo para el desarrollo de complicaciones severas por COVID19
Condición: se encuentra en aislamiento, respetando la cuarentena
Tabla 1. Variables sociodemográficas de la encuesta COVIDiStress.
1. Ninguna, 2. Primaria, 3. Secundaria, 4. Bachillerato, 5. Carrera trunca, 6. Licenciatura, 7. Posgrado
1. Ninguna, 2. Primaria, 3. Secundaria, 4. Bachillerato, 5. Carrera trunca, 6. Licenciatura, 7. Posgrado
1. Desempleado, 2. Empleo de tiempo parcial, 3. Auto-empleo, 4. Empleo de tiempo completo, 5. Estudiante, 6. Retirado/jubilado
1. Casada(o)/en unión libre, 2. Divorciada(o)/viuda(o), 3. Soltera(o), 4. Prefiere no decir
1. Sí, 2. No, 3. No está segura(o)
1. En aislamiento, 2. En aislamiento en unidad médica o similar, 3. La vida sigue con cambios menores, 4. La vida sigue sin cambios
Se ha sentido afectado/a por algo que ocurrió inesperadamente?
Se ha sentido incapaz de controlar las cosas importantes de su vida?
Se ha sentido nervioso/a o estresado/a?
Ha estado seguro/a de su capacidad para manejar sus problemas personales?
Ha sentido que las cosas le van bien?
Ha sentido que no podía afrontar todas las cosas que tenía que hacer?
Ha podido controlar las dificultades de su vida?
Ha sentido que tiene el control de todo?
Se ha sentido enfadado/a porque las cosas que le ocurrieron estaban fuera de su control?
Ha sentido que las dificultades se acumulan tanto que no puede superarlas?


desigualdad previa de nuestra sociedad en esas dimensiones.
La edad más frecuente de quienes respondieron a la encuesta fue de 34 años, (M=37.5, D.E. =13.65), donde la persona con el mínimo de años cumplidos fue de 18 y la mayor de 83. En la tabla 3 se presentan las frecuencias y porcentajes de participantes por décadas, donde se observa que el grupo más numeroso fue el de veinteañeros, seguido por quienes tenían entre 31 y 40 años, siendo el grupo menor (de 18-20) el de menor proporción.
Al último grupo, como es menor a 30 casos, no lo analizaremos estadísticamente en lo que sigue. Las mujeres reportaron un mayor estrés (M=17.75) que los varones (M=15.37), tal como se observa en la figura 2, es decir más de dos puntos de estrés que su contraparte y la diferencia es significativa estadísticamente (t=10.01, gl=4,954, p<.001). Una posible explicación para esta diferencia es que, en estas circunstancias de pandemia, las mujeres están padeciendo más efectos emocionales, muy posiblemente asociados a la triple y cuádruple jornada, y a preocupaciones económicas, explicables por la
La presente se trata de una muestra de personas adultas, ciertamente mayores al promedio nacional que es de 24 años. En cuanto a la relación entre edad y estrés, ello queda representado en la figura 3, donde se despliega cada persona que respondió como un punto cuya localización describe tanto su puntaje de estrés como su edad. La correlación entre ambas variables es inversamente proporcional, según el coeficiente de Pearson negativo, de r=-.38 (p<.001) lo que indica que sí hay una relación sistemática y confiable, donde a mayor edad, menor estrés se percibe. De hecho, la cantidad de estrés se explica en casi 15% por la etapa de la vida donde uno se encuentra, observado bajo las restricciones de un análisis no multivariado (es decir, una R cuadrada ajustada de .146).
LAS MUJERES REPORTARON UN MAYOR ESTRÉS QUE LOS VARONES, EN ESTAS CIRCUNSTANCIAS DE PANDEMIA ESTÁN PADECIENDO MÁS EFECTOS EMOCIONALES.

El nivel educativo máximo reportado por quienes respondieron a esta encuesta es alto. 1,622 personas (32%) dicen tener un posgrado; 2,658 tienen licenciatura completa (53%) y otros 445, incompleta (9%); cuenta con bachillerato el 4.5% del total, o 226 personas, y quienes tienen secundaria (0.5%), primaria (0.1%) o ningún nivel educativo completo (.2%) son una proporción muy baja que apenas rebasa el 6% del total muestral. Por ello, realmente por debajo de bachillerato las comparaciones entre estrés son dudosas, según los casos observados en este estudio.
Con esa advertencia, la relación entre la escolaridad y el estrés es interesante, como se ve en la figura 4. Quienes cuentan con posgrado son quienes menor estrés perciben (M=15, D.E.=6.9), bastante menos de quienes tienen licenciatura completa (M=17.9, D.E.=7.3),
o incompleta (M=18.8, d.e.=7.5), que a su vez sienten menos estrés que los de bachillerato (M=18.9, D.E.= 8.1), y estas diferencias son estadísticamente significativas (F=35.6, g.l.= 6, 4,982, p<.001). En general, la tendencia es que, a mayor escolaridad, menor estrés se percibe, tendencia confiable al menos por encima de bachillerato (r de Spear-Man = -.193, p<.001). Por el lado de la escolaridad de la madre, que es un indicador del nivel socioeconómico de quien responde, de nuevo esta muestra es particular, con la mayoría (32.5%, 1,377 casos) reportando que sus madres tienen licenciatura completa, seguidos por los que tienen bachillerato (22%, 935 casos), secundaria (16.5%, 697 casos), primaria (14.5%, 631 casos), posgrado (5.6%, 363 casos) y finalmente los 241 casos cuya madre no completó ni un nivel escolar (5.5%).



La figura 5 muestra las diferencias en promedios de estrés para cada condición. Al revés de lo encontrado con la propia escolaridad, mientras más estudió la madre, más estrés se percibe, en una relación casi lineal, destacando el salto entre primaria (M=15.7, D.E.= 7.3) y secundaria (M=17.4, D.E. = 7.3), que luego desciende ligeramente hacia las madres que cuentan con bachillerato (M=17.2, D.E.=7.4) para continuar ascendiendo y observarse el estrés percibido más fuerte en quienes su madre obtuvo un posgrado (M=17.7, d.e.=7.3). Estas diferencias son significativas (F=9.21, g.l.=5, 4,235, p<.001), y las pruebas post hoc (Scheffè con corrección T2 de Tamhane por desigualdad de varianzas)
indican que se forman tres grupos claramente diferenciados con grados progresivos de estrés: 1) quienes tienen madres con ninguna o escolaridad primaria, 2) quienes tienen bachillerato y secundaria, y 3) quienes tienen licenciatura y posgrado. La correlación entre variables es baja, sin embargo, aunque significativa estadísticamente (r Spearman = .085, p<.001).
Por el lado de la condición de empleo al momento de levantarse la encuesta, en la muestra predominaron empleados de tiempo completo (2,073 casos, o 41.5% del total válido), seguidos por quienes tenían un autoempleo (20%, 985 casos), estudiantes (16%, 784 casos), quienes no tenían empleo (10%, 505 casos), em-


pleoados a tiempo parcial (8.5%, 436 casos), y los retirados o jubilados (4%, 202 casos).
Como se observa en la figura 6, la población más estresada es el grupo de estudiantes, que tuvo un promedio de 20 puntos (D.E.=7.1), seguida por las personas sin empleo (M= 19.5, D.E.=7.5), y en tercer lugar quienes eran empleados a tiempo parcial (M=17.4, D.E. = 6.9). Llama la atención el muy bajo nivel de estrés que reportan las personas jubiladas o retiradas (M=11.8, d.e.=7.4). Estas diferencias entre grupos son estadísticamente significativas (F=67.2, g.l.=5, 4,976, p<.001). Las pruebas post hoc (Scheffè con corrección T2 de Tamhane por desigualdad de varianzas) señalan la existencia de tres grupos nuevamente: los jubilados, los empleados, y los desempleados junto con los estudiantes. La tendencia a la asociación entre variables es significativa, pero baja (r Spearman = .108).
El estado civil o estar en una relación tuvo un efecto interesante sobre el estrés, ilustrado en la figura 7. Diremos primero, que la mayor parte de la muestra declaró estar soltero (50%, 2,505 casos), seguidos por los casados o unidos (40.5%, 2,025 casos), y por los divorciados o viudos (7.5%, 369 casos), para terminar con el 2% (96 casos) que prefirió no declarar algo sobre esta pregunta y su estado relacional. Hay diferencias significativas entre estas condiciones con relación al estrés percibido (F=102.2, g.l.= 3, 4,989, p<.001). Como se esperaba, quienes están unidos o casados reportan uno de los niveles más bajos (M=15.3, D.E.= 6.9) pero quienes realmente están menos estresados son los divorciados o viudos, con una media de 14.9 puntos (D.E.= 6.9). Por otro lado, quienes no quisieron reportar su estado civil y los solteros tienen los niveles más altos de estrés (M=19.4, d.e.= 7.4, y M=18.8, d.e.= 7.4,
respectivamente). Como se dijo y lo sustenta la prueba estadística post hoc de Scheffè (con corrección T2 de Tamhane por desigualdad de varianzas), se encuentran los grupos de bajo estrés y alto estrés ya señalados y claramente visibles en la figura 7. La correlación de Spearman fue de r=.224 (p<.001). Al preguntar si ellos o sus personas más cercanas consideraban estar en riesgo de contagiarse de COVID-19, 3,904 casos (78%) respondieron que se creían en riesgo frente a un 17% que no se veían en riesgo (843 casos), y un porcentaje pequeño (5%, 241 casos) que no estaba seguro. Son justo los inseguros de su condición quienes presentaron más estrés al momento de responder la encuesta (M=19.2, D.E.=7.3) como se esperaba teóricamente, seguidos de quienes sí se perciben en riesgo a ellos o sus familiares (M=17.3, D.E.=7.4), y al final quienes no (M=15.5, D.E.=7.3), tal como se muestra en la figura 8.
La diferencia es significativa (F=32.8, g.l.=2, 4,983, p<.01), y cada categoría se distingue de la otra, no se forman grupos según las pruebas post hoc de Scheffè. Evidentemente, no hay una correlación lineal entre las variables (r de Spearman de .066).
Finalmente, en cuanto a pasar la contingencia con distancias social o no, la mayoría de los encuestados reportó que sí estaba aislado (67%, 3,332 casos), mientras que el 31% dice que su vida siguió igual con cambios menores (n=1,534 casos), y muy pocos en esta muestra reportaron que su vida continuó sin cambio alguno (2%, 105 casos); aunque no es un grupo numeroso, vale decir que 11 casos (.2%) se encontraban en aislamiento médico o similar y
que aquí se muestran como una forma de validación de información.
Las personas que reportaron tener más estrés fueron, de manera esperable, quienes se encontraban en unidades médicas (M=18.6, d.e.=7.1) aunque llama la atención que de todas formas no muestran niveles demasiado altos, quizá por el momento de la encuesta y la no saturación de los servicios, u otras causas. Igualmente esperado, el segundo grupo con más estrés fueron quienes reportaban haberse aislado (M=17.6, d.e.=7.4), en una asociación de variables seguramente bidireccional: más preocupación lleva a encerrarse, y esta conlleva más estrés. Con la misma lógica se puede entender el dato de que quienes habían seguido su vida sin cambio alguno mostraron el nivel más bajo de estrés (M=14.6, d.e.=8.3), por el fenómeno de reducción de disonancia, que en este caso podríamos llamar negación. Las diferencias entre estos cuatro grupos son significativas (F=15.6, g.l.=3, 4,976, p<.001), y no se distinguen subgrupos estadísticamente distintos entre ellos (ver figura 9).
De interés meramente metodológico para quienes están ahora aplicando otros instrumentos y encuestas en línea, diremos aquí que encontramos una pequeña relación negativa lineal entre el estrés percibido y el tiempo en que tarda una persona en responder a los instrumentos (r Pearson = -.157, p<.001). Es decir, que los participantes más estresados son quienes menos tardan en contestar las encuestas.
Finalmente, se realizó el ejercicio de construir un modelo de regresión para ver cuáles de todas las condiciones, y sus combinaciones,

ES IMPORTANTE ENTENDER AL ESTRÉS COMO PARTE DE UN PROCESO DE ADAPTACIÓN.
afectaban (bajaban) el estrés, para lo cual se recodificaron las siete variables anteriores que son categóricas siempre en orden descendente con aquella categoría que indicó más estrés como línea base (cero), y así sucesivamente hasta la categoría que indicó el grupo con menos estrés. Esto permitirá comprender qué factores reducen esta percepción personal. Para darle más certidumbre a los resultados, se efectuó un procedimiento de remuestreo (bootstraping), con 1,000 iteraciones, por el cual todas las medias de las variables, con excepción de edad, tuvieron un estimador de error estándar indistinguible de cero. En otras palabras, se logró una estimación poblacional robusta.
Con las 8 variables que entraron al modelo de forma directa (método Enter) se logra explicar casi el 18% de la varianza del estrés (R2aj=.178) y el modelo es estable y predictivo (F=111.6, g.l.=8, 4,097, p<.001). La tabla 4 muestra la importancia relativa de cada condición en la reducción del estrés.
Como puede verse, la variable más importante para reducir el estrés fue la edad avanzada, y en seguida en orden decreciente identificarse con el género masculino, seguido por la menor intensidad de distanciamiento social, menor escolaridad, menor riesgo percibido, tener un empleo estable o estar jubila-
do, estar casado o unido (o divorciado/ viudo) y por último tener una madre con escolaridad avanzada.
El estrés ha sido llamado de diferentes maneras, incluso un asesino silencioso y fuente de diversos malestares contemporáneos. En definitiva, está asociado culturalmente a una imagen de entidad exclusivamente dañina. Sin embargo, en este trabajo se expuso por qué es importante entenderlo como parte de un proceso de adaptación y por qué estudiarlo empíricamente permite entenderlo, sí en sus dimensiones perjudiciales para las personas y las sociedades, pero también como una oportunidad científica por describir y comprender este proceso histórico que nos toca atestiguar, y del que podremos aprender mucho, no sólo para estar preparados institucionalmente para la siguiente adversidad o catástrofe, sino porque el estrés representa la convergencia de niveles fisiológicos, personalísticos, y psicosociales, lo que nos reintegra una imagen de nosotros como entidades biopsicosociales, modelo que ha sido dejado de lado en años recientes por diferentes razones, entre ellas el aparente dominio total de la naturaleza por la tecnología.
En este trabajo mostramos que el estrés promedio que experimentaba al 27 de abril de 2020 una muestra muy amplia de nuestra población fue de 17.1, que es superior al promedio mundial (M= 16.1, D.E.=7.3), por lo que en muestras equivalentes a la que obtuvimos, México sería uno de los países con altos niveles de estrés, con una amplia posibilidad de elevarse todavía más, pues está por debajo del punto medio de la escala total. Cabe mencionar que la recolección de datos se ha seguido llevando a cabo hasta el 30 de mayo, por lo que futuros análisis pueden mostrar cambios de este nivel de estrés en la población que respondió la encuesta en momentos posteriores de la pandemia. Estos datos sirven para entender cómo es que nuestra población en su conjunto es impactada por la contingencia sanitaria, pero además cómo son afectados distintos sectores poblacionales (especialmente los jóvenes, las mujeres, los aislados y quienes no tenían o perdieron su trabajo), que son quienes más riesgo presentan de experimentar afectaciones derivadas tanto del estrés crónico como del agudo, en forma de síndrome del quemado (burn-out), o de estrés postraumático, incluyendo depresión, trastornos de ansiedad, del ciclo del sueño, la presentación de conductas violentas o autodestructivas y de salud mental en general. Tomando en cuenta estos datos, los tomadores de decisiones políticas deberían mostrar capacidad para organizar una respuesta institucional y focalizar los esfuerzos para evitar el recrudecimiento y cronificación de los efectos dañinos del estrés a lo largo de los meses y años por venir, incluyendo la toma de decisiones que está realizando la población sin información real sobre el estrés y sus consecuencias, pues ello sólo menguaría aún más la calidad de una ciudadanía útil para la democracia, y desmoronaría la confianza en las instituciones si se insiste en que los recursos existentes en familias, comunidades y localidades son suficientes. En esta situación de crisis sanitaria, hacen falta no sólo intervenciones mediáticas de higiene pública para evitar el contagio biológico, sino una gran movilización social con énfasis en una actuación psicosocial que empodere a las comunidades y procure la educación en salud mental para anticipar, prevenir y tratar los ataques al bienestar y a la esperanza que está sufriendo la población de nuestro país, con el fin de que, como colectividad, el país logre salir delante de esta contingencia en el mediano y largo plazo.

Carlos C. Contreras-Ibáñez
autOr De COrrespOnDenCIa Es doctor en psicología por la Facultad de Psicología de la UNAM y profesor-investigador del Departamento de Sociología de la UAM-Iztapalapa desde 1997, con líneas de investigación en cognición social, cooperación intergrupal, análisis de redes sociales y métodos cuantitativos. psicosociologica@gmail.com

Rubén Flores González Es doctor en Psicología por la Universidad de Guanajuato y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) en nivel «candidato». Actualmente es coordinador de la especialización en Estudios de Opinión de la Universidad Veracruzana y cuenta con una investigación enfocada en actitudes políticas y opinión pública.

Vicenta Reynoso-Alcántara Es doctora por la Facultad de Psicología de la UNAM y académica de tiempo completo de la Facultad de Psicología de la Universidad Veracruzana y académica por asignatura de la licenciatura en línea del SUAyED, UNAM Es candidata a doctor en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Trabaja la línea de psicología de la salud, desarrollo y educación.

Fernanda Pérez-Gay Juárez Es médica por la UNAM y doctora en neurociencias por la Universidad de McGill, donde actualmente realiza una estancia posdoctoral en los departamentos de Filosofía y Psiquiatría. Su trabajo de investigación en neurociencia cognitiva estudia las bases cerebrales de la categorización, el lenguaje y la cognición social. Ha dirigido y participado en diversos proyectos transdisciplinarios que buscan hacer un puente entre ciencia y sociedad.


Claudio Castro López
Es coordinador general del Centro de Estudios de Opinión y Análisis de la Universidad Veracruzana. Dirige y participa en proyectos de investigación con entidades locales, nacionales y de otros países (BID, OPLE Veracruz, ONU HABITAT INFOACES Unión Europea, PROFLEX Unión Europea, OEA, Encuesta Global COVIDiStress equipo México, entre otros importantes proyectos).
Liz Martínez Licenciada en Psicología con concentración en Ciencias Cognitivas. Actualmente está certificada en psicología clínica y emplea métodos del análisis conductual aplicado para aumentar la calidad de vida de niño/as de entre 18 meses y 16 años.
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