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Entorno 10. Evidencias y mitos sobre variables de riesgo en tiradores escolares

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Evidence and myths about risk variables in school shooters

EVIDENCIAS Y MITOS SOBRE VARIABLES DE RIESGO EN TIRAD RES ESC LARES

RESUMEN

Con el objetivo de dilucidar la vinculación entre variables psicosociales y tiroteos escolares, en el presente estudio se revisan las evidencias que existen en torno a tales variables. Para ello, se examina la literatura en relación con el entorno familiar y social del atacante, hipotéticos rasgos psicológicos, posibles tendencias suicidas, su relación con las armas y su afición a los videojuegos. Las evidencias más claras se vinculan con el gusto por las armas y el acceso a éstas. Otras variables como las tendencias suicidas y el enojo no pueden considerarse como causales, pero tienen alta prevalencia. Por otro lado, la evidencia científica a la fecha no indica que los videojuegos y ser víctima de hostigamiento escolar tengan algún efecto directo para que el tirador escolar realice sus acciones criminales. Finalmente se presentan algunos protocolos de acción recomendados para la prevención y actuación en el caso de tiroteos escolares.

PALABRAS CLAVE:

Acceso a armas · Violencia · Suicidio · Bullying · Tiroteos escolares

Por: Julio C. Penagos-Corzo · A. Lorena Flores · Gabriela Díaz · Jacqueline L. Ornelas · Jorge Guerrero

LA VIOLENCIA ES UNA DESVIACIÓN DE LA CONDUCTA (NATARAJAN Y CARAMASCHI, 2010).

ABSTRACT

With the aim of elucidating the link between psycho-social variables and school shootings, this study reviews the evidence that exists around such variables. To this end, the literature is examined in relation to the attacker’s family and social environment, hypothetical psychological traits, possible suicidal tendencies, his relationship with weapons, and his fondness for video games. The clearest evidences are linked to the appeal for weapons and access to them. Other variables such as suicidal tendencies and anger cannot be considered as causal but are highly prevalent. On the other hand, the scientific evidence to date does not indicate that video games and being a victim of bullying have any direct effect on the school shooter’s criminal actions. Finally, some recommended action protocols for prevention and action in the case of school shootings are presented.

KEYWORDS:

Access to weapons · Violence · Suicide · Bullying · School shootings

INTRODUCCIÓN

Toda violencia tiene como fin el daño de la víctima (Anderson y Bushman, 2002; Anderson y Huesmann, 2003). Si bien todos los humanos pueden hacer actos de violencia, la violencia extrema es ejercida sólo por unos cuantos (Pinker, 2011). Por ello, a pesar de que pueda parecer un proceso adaptativo, la violencia es una desviación de la conducta (Natarajan y Caramaschi, 2010).

La violencia puede ser de diferentes tipos, por ejemplo, reactiva y predatoria. La violencia reactiva, también conocida como impulsiva u hostil, se considera que surge como una reacción ante una frustración o provocación (Madan, 2014). Por otro lado, la violencia predatoria se caracteriza por patrones de comportamiento criminal o antisocial, que tiene el fin de utilizar la violencia de manera premeditada, a sangre fría y con un propósito (Declerq et al., 2012; Ellickson y McGuigan, 2000) y es especialmente grave por el daño social que puede causar.

Tipos de violencia

1

REACTIVA

Conocida como impulsiva u hostil, surge como una reacción ante una frustración o provocación.

2

PREDATORIA

Se caracteriza por patrones de comportamiento criminal o antisocial que tiene el fin de utilizar la violencia de manera premeditada, a sangre fría y con un propósito.

Por sus características, las acciones violentas de los tiradores de masas o de los tiradores escolares son una forma de violencia predatoria, debido a que son planeadas y ejecutadas sin un despliegue emocional (Declerq y Audenaert, 2011). Sin embargo, en la mayoría de los casos no se conocen los motivos de los perpetradores (Sommer, Leuschner y Scheithauer, 2014). A pesar de que se han esbozado posibles causas, e incluso tratado de establecer algunos perfiles psicológicos de los tiradores escolares, no hay evidencia concluyente al respecto (Capellan y Gomez, 2018; Daskalopoulou, Igoumenou y Alevizopoulos, 2017). A esto hay que agregar que una dificultad para obtener información de primera mano es el frecuente suicidio del atacante (Ferguson, Coulson y Barnett, 2011). Empero, existen evidencias aisladas que, en su conjunto, pueden ayudar a dar un panorama de factores facilitadores o al menos relacionados. Por ello, el objetivo del presente estudio es contribuir a dilucidar estos factores con base en la evidencia científica. Además, se presentarán las recomendaciones que los expertos hacen sobre qué hacer en caso de un tiroteo escolar, así como algunas guías que los medios noticiosos pudieran implementar para la comunicación de estos eventos.

Entorno familiar

Al ocurrir un tiroteo escolar es probable que los medios de comunicación y la población quieran conocer características personales del tirador. Por ejemplo, su historia familiar, para ver si esto pudiera ser un origen. No es extraña esta

SE HA REPORTADO QUE LA AUSENCIA PARENTAL PROVOCA QUE LOS NIÑOS DESARROLLEN CONDUCTAS AGRESIVAS COMO UNA NECESIDAD DE PROTECCIÓN (MCADAMS III ET AL., 2009).

búsqueda, pues la conducta violenta puede tener orígenes vinculados con la interacción familiar, por el impacto que ésta tiene sobre el individuo (Windham, Hooper y Hudson, 2005).

En este sentido se ha señalado que el monitoreo parental puede ser un factor de protección para evitar que los adolescentes externen actitudes violentas y agresivas (Fredland, 2008). En apoyo a lo anterior, se ha reportado que la ausencia parental provoca que los niños desarrollen conductas agresivas como una necesidad de protección (McAdams III et al., 2009). Sin embargo, parece existir poca relación entre el ambiente familiar y el origen de un tiroteo escolar. En este sentido, un estudio de diez casos de tiroteos encontró que únicamente tres de los perpetradores, además de sufrir abuso físi-

En una revisión sistemática que incorpora

casos de los perpetuadores

co y sexual, mostraron antecedentes de problemas significativos en el hogar (Langman, 2009). De la misma manera, en otro estudio realizado con quince casos en los Estados Unidos, se encontró poca evidencia de problemas familiares significativos (Leary et al., 2003).

Se encontró algún nivel de marginación social en el

De los perpetuadores se consideran como aislados

Aún más concluyente resulta una revisión sistemática de 126 casos, en donde los factores familiares no aparecen como posibles causas de un tiroteo escolar (Sommer et al., 2014).

Aunque también es importante precisar que otros trabajos no descartan que el ambiente familiar puede influir en un tiroteo, e incluso se ha señalado que en algunos tiradores existe evidencia de historias de problemas de salud mental en su familia (Flannery, Modzeleski y Kretschmar, 2013; Leary et al., 2003). En este sentido, se han relacionado aspectos de la autoimagen vinculados a la vida familiar de tiradores escolares. Por ejemplo, la propia virilidad por no poder acceder al ejército, la competencia académica puesta en duda, o la rivalidad entre hermanos (Langman, 2017). A pesar de lo razonable que pueden parecer los argumentos anteriores, no parece existir evidencia que los confirmen.

Interacción social del atacante

De los tiradores no tienen amigos

ESTOS FACTORES NO GENERAN UN TIROTEO, SINO QUE SUELEN ESTAR ACOMPAÑADOS DE LA FASCINACIÓN POR LAS ARMAS, LA MUERTE O PROBLEMAS PSICOLÓGICOS.

La marginación social y el rechazo han sido señalados como factores relevantes para llevar a cabo un tiroteo escolar (Bushman et al., 2018; Langman, 2013; Sommer et al., 2014). En una revisión sistemática, que incorpora a 67 casos, se encontró algún nivel de marginación social en el 85.1% de los perpetradores, aunque sólo existe evidencia de que el perpetrador se consideraba a él mismo como aislado en el 55.2% de los casos, además de que en sólo el 4.5% se encontró que el tirador no tenía ningún amigo (Sommer et al., 2014). Sin embargo, estos factores por sí solos no generan un tiroteo, sino que suelen estar acompañados de fascinación por las armas (Borum et al., 2010; Leary et al., 2003; Sommer et al., 2014) y la muerte, o por problemas psicológicos (Leary et al., 2003; Sommer et al., 2014). En cuanto al acoso escolar o bullying, sólo en el 29.9% existe evidencia de bullying físico, y hay más prevalencia de otras formas de rechazo, tal como el rechazo romántico y ataques a la masculinidad (53.7%)

(Sommer et al., 2014). De hecho, en un estudio de quince tiroteos –mencionado anteriormente– se encontró que doce de quince perpetradores sufrieron algún tipo de rechazo, y en la mitad de los casos el evento de rechazo fue cercano al tiroteo (Leary et al., 2003). Consistente con lo anterior, en un estudio con 41 tiradores, se encontró que en el 73% de los casos, los perpetradores se sentían aislados, atacados o lastimados (Vossekuil et al., 2004).

Rasgos psicológicos y personales del atacante

En general, hay bastante consenso sobre la ausencia de un perfil psicológico del tirador escolar (Bushman et al., 2018). A pesar de esto, se ha especulado que la necesidad de exhibir una masculinidad que ha sido puesta en duda, podría ser una característica del atacante (Kimmel y Mahler, 2003). En este sentido, se sugiere que ser victimizado por no cumplir con las normas de masculinidad puede ser un detonador de ira llevando a un individuo a cometer tiroteo escolar (Farr, 2018). Incluso se ha afirmado que el suicidio posterior al homicidio de compañeros o maestros es realizado con la finalidad de demostrar poder, el cual está relacionado con la virilidad (Kalish y Kimmel, 2010). También se ha afirmado que los tiradores, al imitar a otros atacantes consumen los mismos productos cul turales que refuerzan un estereotipo de mas culinidad (Kiilakoski y Oksanen, 2011). Ellos siguen un guion que satisface a la cultura me diática occidental del espectáculo, en donde copian soluciones masculinas provenientes de películas, de la literatura y de aficio nes o formas de comportamiento de otros tiradores (Kiilakoski y Oksa nen, 2011). Es decir, creen resol ver sus problemas de masculi nidad a partir de un guion que emula a tiroteos anteriores o a

A pesar de los señalamientos en torno a que el tirador pudo haber sufrido acoso escolar o bullying, esto ha sido cuestionado por falta de evidencia empírica o problemas de control en las variables estudiadas (Langman, 2014; Mears, Moon y Thielo, 2017). Además, los datos indican que, claramente, el acoso no tiene una relación causal (Mears, Moon y Thielo, 2017), e incluso en un estudio con pares y con profesores de siete tiradores escolares alemanes, se encontró que éstos no sufrieron formas de bullying exclusión o rechazo social (Bondü y Scheithauer, 2014). Sin embargo, éste último podría jugar un papel más relevante (Leary et al., 2003; Thompson y Kyle, 2005), pues el rechazo social se ha vinculado con conductas violentas y agresivas (Blair et al., 2016; Ma et al., 2017) y lo contrario, la inclusión social, atenúa la agresión (Konrath, Bushman y Campbell, 2006). Además, es probable que las personas que cometen actos violentos sean particularmente sensibles al rechazo (Leary, Twenge y Quinlivan, 2006). La evidencia apunta a variables de orden biológico en la sensibilidad al rechazo en relación con la violencia. Por ejemplo, se ha expuesto que la presencia del gen maoa-l modula las respuestas a este rechazo (Sebastian et al., 2010). Los datos indican que el polimorfismo del gen maoa puede mediar la sensibilidad al rechazo, los eventos traumáticos de la infancia y la posibilidad de involucrarse en eventos altamente violentos (McDermott et al., 2009).

SE HA AFIRMADO QUE EL SUICIDIO POSTERIOR AL HOMICIDIO DE COMPAÑEROS O MAESTROS ES REALIZADO CON LA FINALIDAD DE DEMOSTRAR PODER, EL CUAL ESTÁ RELACIONADO CON LA VIRILIDAD (KALISH Y KIMMEL, 2010).

héroes machistas, incluido el consumo de música, libros o películas que refuerzan el ideal que ellos quieren alcanzar. Sin embargo, a la fecha no parece haber datos o evidencias que confirmen objetivamente estas suposiciones.

Otras aproximaciones han sugerido que los tiradores escolares tendrían una personalidad narcisista (Bonnano y Levenson, 2014). En este sentido, existen algunos modelos teóricos que refieren a las conductas y rasgos narcisistas como factores de riesgo de conductas violentas (De Venanzi, 2012; Lambe et al., 2018), por lo que es posible que tiradores escolares tuvieran estos rasgos (Bushman, 2018). Aunque es posible que una alta pero inestable autoestima esté involucrada, estudios recientes contradicen la premisa anterior (Bondü y Scheithauer, 2015). A esto habría que agregar que los perpetradores de ataques escolares no matan a personas que los hirieron directamente ya que frecuentemente atacan personas al azar (Newman, 2007).

También se ha especulado en torno a la salud mental de los tiradores. Un estudio comparó 22 tiroteos escolares del siglo xx contra 13 tiroteos del siglo xxi (Katsiyannis, Whitford y Ennis, 2018). Se encontró que en los casos del siglo xx, el 36% (n = 9) sufría de alguna enfermedad mental al momento del tiroteo, mientras que en los del siglo xxi, el 46% (n = 6) la sufría (Katsiyannis et al., 2018). Pero estos hallazgos están lejos de ser concluyentes. Como muestra, se ha reportado que los tiroteos de masas cometidos por personas con enfermedades mentales graves representan menos del 1% de todos los homicidios anuales relacionados con armas de fuego (Knoll y Annas, 2016). De hecho, se considera que la relación entre enfermedades mentales y tiroteos de masas no sólo es débil, sino que refleja estereotipos y contribuye a estigmatizar a las personas con enfermedades mentales (Daniel, 2018; Metzl y MacLeish, 2015).

UN ESTUDIO COMPARÓ

22 TIROTEOS ESCOLARES DE LOS SIGLOS XX Y XXI

El 36% sufría de alguna enfermedad mental al momento del tiroteo.

El 46% sufría de alguna enfermedad mental al momento del tiroteo.

ESTOS HALLAZGOS ESTÁN LEJOS DE SER CONCLUYENTES. COMO MUESTRA, SE HA REPORTADO QUE LOS TIROTEOS DE MASAS COMETIDOS POR PERSONAS CON ENFERMEDADES MENTALES GRAVES REPRESENTAN MENOS DEL 1% DE TODOS LOS HOMICIDIOS ANUALES RELACIONADOS CON ARMAS DE FUEGO (KNOLL Y ANNAS, 2016).

EL SUICIDIO ES UN FENÓMENO MULTIFACTORIAL. EN ÉSTE, PARTICIPAN TANTO FACTORES BIOLÓGICOS, COMO FACTORES AMBIENTALES Y CULTURALES.

Con base en lo anterior, es posible señalar que la personalidad del atacante o su salud mental no parecen ser variables que sean uniformes o causales de su comportamiento. Quizá la única característica personal claramente uniforme es el género, pues la gran mayoría de los perpetradores de tiroteos escolares o de masas son hombres (Blair y Schweit, 2014; Silver, Simons y Craun, 2018). Sin embargo, otras variables pueden estar latentes y por ello no son fácilmente explorables. Por ejemplo, el que la mayoría de atacantes anuncien sus planes (Vossekuil et al., 2004) y que sean actos cuidadosamente planeados con protagonistas que no optan por esconderse, puede indicar que detrás de tales acciones hay un enojo contenido y un deseo reinvindicativo de tomar la justicia por propia mano (Penagos-Corzo et al., 2019). En este sentido se ha afirmado que el sentimiento de vulnerabilidad y el enojo de los atacantes escolares pueden crear una necesidad de venganza y de justicia pública (Böckler et al., 2018). De manera equiparable, los denominados «lobos solitarios» –tiradores de masas o terroristas que preparan y realizan sus ataques de forma individual, sin apoyo directo de grupos u organizaciones– también comparten similitudes en torno a las motivaciones psicológicas del acto predatorio. En este caso, se ha indicado que la violencia predatoria ejercida por «lobos solitarios» puede estar motivada por la búsqueda de venganza y, por tanto, de hacer justicia por las propias manos (McCauley y Moskalenko, 2014). Esto no parece haber sido estudiado en profundidad en tiradores escolares. Sin embargo, en la violencia predatoria a

pesar de ser calculada y fría, se ha reportado la existencia de sentimientos previos de agravio (McCauley y Moskalenko, 2017). De hecho, de acuerdo con evidencias experimentales, la motivación de venganza tiene un papel relevante en la conducta agresiva (Anderson y Murphy, 2003). Así, los sentimientos de agravio, ira, rencor o enojo preceden la consumación de la violencia predatoria y este acto puede significar para el atacante la liberación de ese malestar (Declercq y Audenaert, 2011).

Tendencias suicidas

Se ha afirmado que el fenómeno homicidio-suicidio (murder-suicide o homicide-suicide) es algo muy común en situaciones de tiroteos escolares (Farr, 2018; O´Neill, Miller y Waters, 2016). Este fenómeno ocurre cuando otra u otras personas son asesinadas y posteriormente el homicida comete suicidio (Liem, 2010). Un estudio acerca de 28 tiradores escolares encontró que más del 90% de atacantes menores de 18 años habían sufrido depresión (Gerard et al., 2016); por lo que no resulta extraño que muchos de los atacantes escolares hayan cometido suicidio (Pollack, Modzeleski y Rooney, 2008).

El suicidio es un fenómeno multifactorial. En éste, participan tanto factores biológicos, como factores ambientales y culturales, por ejemplo, relaciones interpersonales y creencia sobre el uso de armas (Oliffe et al., 2015). Por esta razón no puede afirmarse que las tendencias suicidas sean una variable causal de los tiroteos escolares. Sin embargo, si bien no es causa, la alta prevalencia del suicidio en los tiroteos escolares (Elsass, Schildkraut y Stafford, 2016; Meloy

et al., 2001; Wike y Fraser, 2009) sugiere que es un factor de riesgo cuando se vincula con otras variables. Asimismo, se ha reportado que las tendencias suicidas en adolescentes con historial de violencia peligrosa son significativamente más altas en comparación con adolescentes no violentos (Flannery, Singer y Wester, 2001). En el caso de los tiradores de masas, si se suma una motivación ideológica, entonces el deseo suicida puede verse como un acto de martirio para su causa, lo que proporcionará al perpetrador una valentía positiva para impulsarlo hacia la realización del ataque (Erlandsson y Meloy, 2018). Sin embargo, también se ha reportado que los tiradores escolares suicidas, al igual que los terroristas suicidas, son suicidas en el sentido convencional y presentan los mismos factores de riesgo comunes a otras personas que han cometido suicidio (Lankford, 2013).

Relación entre el acceso a armas y lo tiroteos

En un análisis de 37 incidentes de violencia escolar, se observó que el 46% de los atacantes llevaban consigo más de un arma durante el ataque (Bonanno y Levenson, 2014). El fácil acceso a armas es uno de los factores de riesgo más importantes y probablemente es el más relevante para que una persona llegue a convertirse en tirador (O`Toole, 1999). En una investigación de 206 casos de tiroteos masivos públicos (Capellan y Gomez, 2018), se observó que al menos el 92% de los perpetradores tenía fácil acceso a armas previo al ataque, y alrededor del 37% adquirió nuevas armas con el propósito de llevar a cabo el tiroteo. En otro estudio, reflejado en el análisis de quince casos, se encontró que seis de los tiradores tenían un gran gusto por las armas y bombas, y al menos cuatro de ellos mostraron interés en la creación de explosivos (Leary et al., 2003).

Sin embargo, también se ha encontrado que no existe relación estadística entre las leyes de prevención de acceso infantil (Child Access Prevention Laws) y una disminución en las muertes provocadas por tiroteos escolares (Anderson y Sabia, 2016). No obstante, los datos ya comentados contradicen a dicho señalamiento. Además, los países caracterizados por el fácil acceso a armas son más susceptibles a este

tipo de masacres (Capellan y Gomez, 2018). Por otro lado, el acceso a armas, específicamente a pistolas, es la única característica constante en los tiroteos escolares y lo único que asegura el ataque es la disponibilidad de armas (Muschert, 2007).

La relación entre acceso a armas y tiroteo de masas o masacres escolares puede ser facilitado por la familia, ya sea por la sola posesión de armas, la familiarización con éstas o actitudes relacionadas con la intimidación derivadas de su posesión (O’Toole, 1999). Otros trabajos indican que los perpetradores de ataques escolares consiguieron el arma en su hogar o en el de algún familiar, y que al menos en el 43% de estos hogares, el arma se encontraba en algún lugar no seguro (Anderson y Sabia 2016). Otro estudio reporta que en sólo uno de 27 ataques, el tirador no obtuvo el arma por sus parientes o amigos (Burgess, Garbarino y Carlson, 2006). Sin embargo, cuando las armas para perpetrar el ataque no se obtuvieron en la familia, éstas fueron adquiridas fácilmente en una tienda o por robo (Kleck, 2009).

Sin embargo, la combinación con otros factores puede resultar en mecanismos que potencian la relación entre acceso a armas y tiroteos escolares. Por ejemplo, se ha reportado que la combinación de problemas psicológicos con la fascinación por armas, explosivos, temas que glorifican la muerte, y el sufrimiento por maltrato escolar, puede terminar en conductas violentas por parte de quien presenta estas características (Leary et al., 2003). Aún así, los esfuerzos por encontrar factores de riesgo específicos que pudieran predecir que un alumno tenga posesión de un arma, han sido infructuosos a la fecha (Borum et al., 2010).

La relación entre la sensación de desacreditación de la masculinidad y violencia (Farr, 2018; Kalish y Kimmel, 2010; Kimmel y Mahler, 2003), ya comentada líneas arriba, podría ayu-

dar a explicar la motivación por las armas. Las armas tienen una gran carga simbólica de masculinidad y las pistolas se han convertido en un arma imprescindible para demostrarla (Celis, 2015). Los tiroteos pueden ser un reclamo de masculinidad por parte de los atacantes que puede estar motivado por sentimientos de venganza, poder y miedo (Kennedy-Kollar y Charles, 2012). En combinación con esto, la búsqueda de fama y reconocimiento puede motivar a tiradores escolares debido a la expectativa de un sentido de dominio sobre sus compañeros y su comunidad (Evans, 2016). Por último, es importante destacar que la evidencia sobre la relación entre acceso a armas y violencia es abundante. Han pasado muchas décadas desde un estudio seminal en donde se observó que la sola exposición a armas facilita la conducta violenta (Berkowitz y Lepage, 1967). Sin embargo, también hay evidencia reciente (Spano, Pridemore y Bolland, 2012), tal es el caso de un estudio con casi dos mil adolescentes que encontró que aquellos cuyas familias tenían armas en casa, en comparación con quienes no las tenían, puntuaban más alto en medidas tales como intentos de suicidio, índice de peleas, suspensiones escolares y actitudes favorables a la violencia (Lian, Abiero y Kamara, 2017). De la misma manera, otro trabajo realizado con cien reclusos violentos encontró que en conflictos en donde el atacante poseía un arma, el 69% de las veces, éste terminaba violentamente, mientras que si el atacante no portaba un arma sólo el 33% terminaba de tal forma (Philips y Maume, 2007). Así, las armas pueden incrementar los crímenes pues éstas animan o dan poder al atacante (Altheimer, 2008). El portar armas puede tener diferentes fines. Por ejemplo, las mujeres suelen estar más incli-

LOS TIROTEOS

PUEDEN SER UN RECLAMO DE MASCULINIDAD POR PARTE DE LOS ATACANTES

QUE PUEDE ESTAR MOTIVADO POR SENTIMIENTOS DE VENGANZA, PODER Y MIEDO (KENNEDY -KOLLAR Y CHARLES, 2012).

nadas a adquirirlas o portarlas por razones de defensa, mientras que los adolescentes masculinos tienden a portarlas con fines violentos o agresivos (Brennan y Moore, 2009). Además, el acceso a las armas, específicamente pistolas, facilitan el cometer daños letales a uno mismo o a otros y esto puede tener dimensiones aún más trágicas en momentos de crisis (Lewiecki y Miller, 2013).

Videojuegos

Los videojuegos violentos pueden ser un primer acercamiento a una conducta agresiva, pues se presenta una deshumanización de los enemigos o distanciamiento moral (Bandura, 2002; Chittaro y Sioni, 2012). En este sentido, se ha planteado que, en los videojuegos, la violencia se vuelve moralmente aceptable (Gabbiadini, Andrighetto y Volpato 2012; Hartmann, Krakowiak y Tsay-Vogel, 2014), y se deshumaniza al contrincante con eufemismos, con una trama blanco-negra, o con pocos detalles de la cara de la víctima (Greitemeyer y McLatchie, 2011; Hartmann, Krakowiak y Tsay-Vogel, 2014). Además, los videojuegos pueden impactar negativamente las competencias afectivas interpersonales (Kimming, Andringa y Derntl, 2018) y moldear a través de condicionamiento operante la conducta violenta (Bushman, 2019). Esto es observable en un estudio en el que jugadores que participaban en disparar a la cabeza de un enemigo en un videojuego, posteriormente aquellos, al usar un arma realista para disparar a un maniquí, apuntaban más a la cabeza que al torso, a pesar de que éste era un blanco más fácil y letal (Bushman, 2019). Además, en un estudio con meta-análisis se encontró que la exposición a videojuegos violentos tiene una relación significativa con un incremento de los comportamientos, las cogniciones y afectos agresivos; resultados que son coincidentes con otros trabajos meta-analíticos previos (Calvert et al., 2017). Sin embargo, estudios insuficientes sobre comportamiento criminal y videojuegos impidieron al estudio en mención examinar la relación entre estas variables. Por ello, destaca

A LA FECHA NO EXISTE EVIDENCIA QUE INDIQUE QUE LA VIOLENCIA LETAL ES UNA CONSECUENCIA DE VIDEOJUEGOS VIOLENTOS (AMERICAN PSYCHOLOGICAL ASSOCIATION, [APA] 2015)

un estudio relativamente reciente en donde se analiza la relación entre videojuegos y disposición a comportamientos hostiles. Los resultados de dicho trabajo (Kimmig, Andringa y Derntl, 2018) indican que existe una relación entre la exposición a videojuegos violentos y rasgos psicopáticos relacionados con déficits afectivos interpersonales y desinhibición. De hecho, la exposición reciente a un videojuego resultó en un predictor fuerte de los rasgos estudiados. Sin embargo, en el estudio también se apunta que otros factores relacionados con el estrés parecieron tener un mayor poder predictivo que la exposición violenta a los videojuegos. Por ello, parece ser poco probable que los jugadores de videojuegos violentos se conviertan en tiradores de la vida real. Además, a la fecha no existe evidencia que indique que la violencia letal es una consecuencia de videojuegos violentos (American Psychological Association, [apa] 2015). Por último, sobre este punto es importante señalar que a pesar de que los videojuegos puedan vincularse con agresión, no toda agresión es violencia y no toda violencia es letal.

Prevención y protocolos de actuación

La probabilidad de que un alumno en una escuela sea víctima de un homicidio en un ataque escolar es de uno en un millón (Vossekuil et al., 2004). Sin embargo, por un sesgo cognoscitivo, se puede amplificar el impacto psicológico, haciendo que un evento que se consideraba imposible se perciba en una realidad clara (Bonanno y Levenson, 2014). Por esta razón, una persona puede pasar de pensar que un tiroteo no pasará en absoluto en el tipo de escuela a la que va, a pensar que podría ocurrir en cualquier momento.

A pesar de que las posibilidades son escasas, las consecuencias de un episodio de tiroteo escolar pueden resultar trágicas e irreparables. Para reducir las probabilidades de desenlaces trágicos, las escuelas deben estar preparadas para detectar un posible caso, o tener un protocolo de acción en caso de que llegue a ocurrir. Aunque no exista un sistema de prevención de violencia ideal ya que todas las escuelas y los estudiantes son distintos, la administración educativa debe centrarse en reducir la posibilidad de que los ataques sucedan (Duplechain y Morris, 2014). Se ha comentado que si bien no hay un perfil único de los atacantes escolares, sí hay factores que, en su conjunto, pueden significar un alerta. Adicionalmente es importante recordar una característica significativamente compartida: los perpetradores hablan sobre matar antes de cualquier ataque (Vossekuil et al., 2004).

Las autoridades escolares pueden ayudar en la prevención, si ayudan a estudiantes que muestren signos de sufrimiento, formas de exclusión o rechazo (Bushman et al., 2016; Sommer et al., 2014), y en donde existan reportes de estados de depresión o de tendencias suicidas (Gerard et al., 2016). Igualmente, deben estar alertas a los intereses en armas o interés en la violencia (Capellan y Gomez, 2018; O’Toole, 1999). Puede haber otros signos como historial de maltrato a animales (Lockwood y Arkow, 2016), conductas de riesgo o sentimientos de falta de respeto, así como comentarios de deseos de herir a otros (apa, 2019a). La función de la

atención psicológica aquí es fundamental para apoyar a las personas y reducir los riesgos, no para excluirlas o estigmatizarlas. Para esto, se puede poner esfuerzo para generar ambientes seguros, de confianza, respeto y comunicación, así como establecer medidas en contra del hostigamiento escolar (National Association of School Psychologists, 2015).

Además de trabajar en la detección de signos de violencia, otra forma de prevención son protocolos adecuados en caso de un ataque. En este sentido, se han implementado diversos métodos en las escuelas de los Estados Unidos tanto para la identificación de posibles amenazas como para preparar a los estudiantes para que sepan enfrentar el tiroteo (Peterson, Sackrison y Polland, 2015).

Un método de entrenamiento es el modelo de bloqueo o cierre (lockdown) que consiste en dos respuestas básicas al ocurrir el ataque, que en general son: 1) cubrir las ventanas, apagar las luces, guardar silencio y esperar instrucciones de la autoridad, 2) esconderse debajo de las mesas (Jonson, Moon y Hendry, 2018). El procedimiento de bloqueo busca que al llegar las autoridades puedan entrar inmediatamente a neutralizar al tirador, sin considerar otros posibles escenarios, por ejemplo, una toma de rehenes (Agnich, 2015). A pesar de esto, se ha reportado que aproximadamente la mitad de los tiroteos duran quince minutos o menos, lo que provoca que en la mayoría de estos casos los tiradores no sean detenidos por las autoridades competentes (Bonanno y Levenson, 2014; Doherty, 2016).

Por otro lado, una opción denominada multi-respuesta consiste en que los presentes en el tiroteo tomen un rol más activo poniendo barreras en las entradas, distrayendo al tirador o escapando de la escena (Jonson, Moon y Hendry, 2018). Todavía más activa es una técnica invasiva de entrenamiento que consiste en crear la situación de tiroteo en la vida real, a través de actores y armas falsas (Peterson, Sackrison y Polland, 2015), sin el conocimiento de los participantes de que lo que están viviendo es un simulacro.

método de entrenamiento

es el modelo de bloqueo o cierre (lockdown) que consiste en dos respuestas básicas al ocurrir el ataque:

Al comparar los dos primeros métodos o modelos en trece escuelas se encontró que los tiroteos simulados que ocurrían en salones que seguían el tradicional modelo de bloqueo terminaban en cuanto el tirador se quedaba sin municiones (después de alrededor de tres minutos), mientras que los que utilizaban el modelo de multi-respuesta lograron terminar con el tiroteo en aproximadamente 16 segundos (Jonson, Moon y Hendry, 2018).

Cubrir las ventanas, apagar las luces, guardar silencio y esperar instrucciones de la autoridad.

Es probable que este tipo de procedimientos logren un mayor éxito si se usan a la par de entrenamientos virtuales1 sobre qué hacer en tales situaciones. En general: 1) escapar, 2) esconderse y si ya no hay más qué hacer 3) defenderse/atacar. Esta secuencia de huir-esconderse-atacar es la sugerida por el Departamento de Seguridad Interior de los Estados Unidos (Agnich, 2015; Doherty, 2016). Estudios experimentales sobre este tipo de intervenciones indican que los estudiantes se sienten más en control ante hipotéticos casos de tiroteo, a la vez que aumenta su autoeficacia y percepción de seguridad (Ford y Frei, 2016), pero también aumenta el miedo, principalmente en mujeres (Peterson et al., 2015). Sin embargo, para maximizar el índice de supervivencia, es necesario integrar un sistema que cumpla múltiples objetivos al mismo tiempo. Se recomienda, además de cuidadosas medidas de seguridad, dar cursos básicos de primeros auxilios y resucitación a estudiantes, profesores y personal (Bonanno y Levenson, 2014).

Acciones posteriores a un ataque

Esconderse debajo de las mesas.

El procedimiento de bloqueo busca que al llegar las autoridades puedan entrar inmediatamente a neutralizar al tirador, sin considerar otros posibles escenarios, por ejemplo, una toma de rehenes (Agnich, 2015).

Después de estar expuesto a un evento traumático como lo es un tiroteo escolar, las víctimas y testigos pueden presentar secuelas de estrés postraumático (ept) (Novotney, 2018). Algunos factores que pueden influir en el ept son la cercanía social, el nivel de riesgo, lesiones físicas y cantidad de veces a las que se ha expuesto, sin embargo, el nivel de exposición no predice la presencia de ept (Wilson, 2014). Además, los tiroteos escolares pueden conducir a una serie de problemas de salud mental en los sobrevivientes y miembros de las comunidades afectadas (Lowe y Galea, 2017). Por ello, es indispensable recurrir a profesionales de la psicología expertos en manejo de estrés postraumático, así como en intervención en crisis o primeros auxilios psicológicos. Estos expertos por lo general son psicólogos clínicos que

dominan herramientas psicológicas de orientación cognitivo-conductual.

Los padres de familia que tienen hijos que fueron testigos de un ataque escolar pueden seguir las recomendaciones de los psicólogos: utilizar el evento del ataque como una oportunidad para hablar con honestidad y escuchar a sus hijos. Se debe reconocer que cosas malas suceden, pero se debe tranquilizarlos con información de que muchas personas están trabajando para mantener a sus hijos seguros, a la vez que se recomienda limitar la exposición a noticias sobre el evento (apa, 2019b).

Finalmente, los medios o al menos las personas que se encarguen de comunicar los eventos deberían tener en cuenta lo siguiente: la manera en la que se reporta un suceso violento puede influenciar y causar un impacto en otras personas. Debe evitarse el uso del nombre y fotografías del agresor con el fin de prevenir que se produzca un efecto CopyCat (Lankford y Madfis, 2018). Esto se refiere a que será replicado por imitación, ya que podría ser un modelo para adolescentes influenciables (Meindl e Ivy, 2019). Adicionalmente, el efecto CopyCat se hace más presente cuando se detalla la vida de la persona (Stack, 2003). Además del efecto CopyCat, la difusión del nombre y foto del tirador por parte de los medios lo vuelven famoso e incentiva a futuros atacantes. Con esto le dan quizá lo que buscaba el atacante: fama. Y ésta hará que otros atacantes traten de competir para maximizar el número de fallecimientos (Lankford y Madfis, 2018).

CONCLUSIONES

Son diversas las variables que se han vinculado al atacante escolar para que éste se convierta en perpetrador de homicidios en su escuela. Sin embargo, son pocas las variables sobre las que se ha reportado evidencia que sugiera un papel relevante: acceso y gusto por las ar-

mas y tendencias suicidas. Algunos otros factores tienen un papel incierto o existen datos contradictorios, por ejemplo, el rechazo social, el enojo o malestar emocional. Otras, como los videojuegos violentos aún con su vinculación con conductas agresivas (Anderson y Bushman, 2001) o el papel que le asignan los medios, a la fecha no existe evidencia que pueda confirmar alguna relación y menos una condición causal. A pesar de no existir predisponentes únicos, la combinación de factores los puede convertir en detonantes letales. Por ejemplo, no existe evidencia de estudios bien controlados sobre el papel del acoso escolar. Sin embargo, es posible que un proceso depresivo surja en un adolescente que es hostigado frecuentemente y no puede hacer nada para escapar de esto. Lo anterior no conducirá a un tirador escolar, pero puede ser grave si este adolescente además tiene gusto por las armas y acceso a éstas. También se puede sumar a la ecuación la sensibilidad al rechazo que se convierta con el tiempo en sentimientos de agravio. Lo anterior sirve para ejemplificar que no hay un perfil, sino que es la combinación de variables, sumadas a un proceso psicológico individual en un entorno particular lo que puede contribuir a que la violencia predatoria ocurra. Algunos rasgos pueden ser identificados por medio de instrumentos como el PPVI, especialmente diseñado para evaluar la violencia predatoria potencial en jóvenes escolares (Penagos-Corzo et al., 2019), pero nunca será suficiente. A la fecha no se puede predecir un acto de violencia de este tipo, pero sí se puede estar alerta de los indicadores aquí abordados. Aún con la ausencia de una predicción absoluta, la prevención es fundamental. Esta será más eficaz con el trabajo de grupos interdisciplinarios a la par de psicólogos expertos que sean capaces de evaluar riesgos potenciales y orientar en el acompañamiento individual y en la procuración de ambientes más seguros.

Penagos-Corzo

Julio C. Penagos-Corzo

autor de correspondencia

Profesor de tiempo completo del Departamento de Psicología de la udlap Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Es vicepresidente para la región México, Centroamérica y El Caribe de la Interamerican Society of Psychology. Miembro fundador de la Red Latinoamericana de Ciencias del Comportamiento. Ha sido coordinador del Grupo de Trabajo de Psicología Experimental y Comparada de la Sociedad Interamericana de Psicología. Cuenta con diversas publicaciones en revistas científicas, capítulos de libros y posee una patente por la invención de un dispositivo de evaluación de comportamiento de roedores. julioc.penagos@udlap.mx

A. Lorena Flores

Estudia las licenciaturas en Psicología Clínica y Psicología Organizacional en la udlap Es miembro del Programa de Honores en el proyecto de investigación titulado Evaluación de la conducta violenta y agresiva. ana.floresco@udlap.mx

Gabriela Díaz Sáyago

Estudia la Licenciatura en Psicología Organizacional en la udlap Es miembro del Programa de Honores en el proyecto de investigacióń titulado Evaluación de la conducta violenta y agresiva. gabriela.diazso@udlap.mx

Jacqueline L. Ornelas

Estudiante de las licenciaturas en Psicología Clínica y Psicología Organizacional en la udlap. Es miembro del Programa de Honores en el proyecto de investigación titulado Evaluación de la conducta violenta y agresiva. jacqueline.lopezos@udlap.mx

Jorge Guerrero Miranda

Estudiante de la Licenciatura en Psicología Clínica en la udlap. Es miembro del Programa de Honores en el proyecto de investigación titulado Evaluación de la conducta violenta y agresiva. jorge.guerreroma@udlap.mx

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Penagos-Corzo J.

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