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Leyendas trujillanas

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LEYENDAS TRUJILLANAS Por José Antonio Redondo Rodríguez


DE AQUELLAS COSAS QUE ACONTECIERON ACÁ DONDE LAS PIEDRAS TIENEN NOMBRE Y LOS HOMBRES HISTORIA Y ASÍ, JUNTOS, FRAGUARON LEYENDAS.

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Índice I.II.III.IV.V.VI.VII.VIII.IX.X.XI.XII.XIII.XIV.XV.-

El caballero y la culebra tragacabras. El bandolero Quesada. Inés Sánchez de Tapia “la rabiosa” Luis de Ansúrez “el ermitaño. La viuda de la calle de Garciaz. Luis de Arias y Castro, “el cumbreño”. El otro Sansón Trujillano. El espino de las ánimas. El becerro de oro. La princesa mora. El sacristán jorobado. La cueva del osario. Los garroteros de Belén. Fernán Ruiz Altamirano. El bujarrón galano

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I.- El caballero y la culebra tragacabras La primera de estas leyendas que supuestamente encontré en el cartapacio de mi abuelo, debió ocurrir no mucho más allá de los mediados del siglo XIX, pues aún se conservan referencias orales en la comarca. Éstas, por lo general, se refieren a los hechos como algo que sucedió no mucho tiempo atrás, de cuando los abuelos, o poco más; por eso la fecha ofertada, y no por otra razón, pues ya hemos dicho que data no hay ni en la tradición oral, ni el documento. La historia del caballero y la culebra Tragacabras, como es preceptivo en estos casos, ha recibido la pátina del tiempo y así, poco a poco, se ha ido convirtiendo en leyenda, y como tal la escuché, uno de esos interminables veranos de la infancia, de los propios labios de mi abuelo, en Ibahernando; para entonces, sólo se hablaba de un caballero trujillano y una gran culebra, el resto se había perdido entre los recuerdos, si es que en algún momento los hubo. Esta leyenda cuenta la famosa hazaña de un valiente y temerario mozo trujillano, de nombre Santiago Alvar, o Alvarado, o quizás Álvarez, pues ahí, sobre el mismo apellido, dio bocado algún malévolo y hambriento roedor. El tal Santiago, del que sólo conocemos su nombre y su hazaña, dio muerte con

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sus manos a una enorme serpiente que tuvo atemorizada a toda la comarca trujillana durante algún tiempo. A la susodicha culebra, como suele suceder en estas ocasiones de renombre, todo el paisanaje de la comarca la había visto, pues nadie quería ser menos, por aquello de en el campanario y en la procesión. Pero, si se apretaba un poco, a la hora de la verdad, nadie sabía dónde estaba, y como mucho se reconocía que el miedo, o la precaución que en estos casos es lo mismo, les había hecho perder la memoria del lugar de tal encuentro; y todo ello por ese afán del ser humano de mentir por el puro placer de hacerlo, y no ser menos que el vecino. A fin de cuentas, que, si fulanito la ha visto, yo también y mucho más cerca. Se contaba en todos los mentideros comarcanos que la enorme culebra se tragaba enteras a ovejas y cabras, y marranos si hiciera falta, y alguno, incluso afirmaba que había oído de no se quién, que también se había tragado a un mendigo en no sé qué sitio, de no sé dónde. La verdad es que el miedo siempre ha sido libre, y por motivos irracionales que no vienen al caso, a las culebras se las teme aún más. Lo que sí es cierto, es que era tal el temor a la bicha Tragacabras que por aquel entonces nadie se atrevía a salir al campo si no iba en buena compaña, y por más seguridad con algún arma en la mano. Eran varios los paisanos a los que se les vio por entonces más encariñados que nunca de sus hoces, herramientas y otros aperos de labranza; incluso aquellos que no lo habían hecho en su vida, quizás por lo del mal del espinazo. Esa ósea maldición divina, por otra parte, la mejor excusa del gandul, siempre la han tenido aquellos que no quieren ver de cerca el suelo, a no ser para estar echados, pues el doblarse para trabajar, además de fatigoso, es riesgo de quebradura, y no es cuestión de verse en tal trance, que luego pasa lo que pasa. La fama de la enorme serpiente corrió rápidamente por toda la comarca, como todas las malas noticias que vuelan y al mismo tiempo se agigantan en cuestión de minutos. La nombradía de la Tragacabras atrajo a un valiente joven que quiso hacer suya la hazaña de la muerte de la culebra. Éste se presentó en la plaza de Ibahernando, una mañana de mercado, montado sobre una hermosa jaca, enjaezada lujosamente, como no se había visto otra en el pueblo; el jinete preguntó a unos paisanos que medio sesteaban la del burro, si alguien sabía donde estaba el ofidio. El personal que por aquel entonces no andaba precisamente sobrado de letras, ni estaba para tales finuras, aprestó el oído, pero no las entendederas; al poco se miraron unos a otros, y luego al mozo de la jaca, como barruntándose que aquello del ofidio, o lo que fuese, no debía ser cristiano. Uno de los parroquianos que era un poco más atrevido, que siempre los hay, le dijo por fin al mozo que no conocían al tal vecino, y que, en todo caso, porqué le buscaba que no era asunto contestar sin antes saber el motivo.

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El buen mozo pidió disculpas por no haberse expresado correctamente que también hay letras que no precisan de intérprete y no son tan escogidas. Se quitó el sombrero y se presentó, diciendo que se llamaba Santiago, y que era de Trujillo, y que no venía en cata de ningún vecino del pueblo, sino de una enorme serpiente a la que quería dar caza para matarla. La cosa ya se aclaró y la parroquia dio por fin en que el joven jinete preguntaba por la culebra Tragacabras. El que antes había hablado, le contestó que en el pueblo habían oído hablar de la susodicha culebra, pero que por allí no la habían visto, aunque todos andaban con tiento por si las moscas, pues al parecer no estaba muy lejos, ya que, según se decía, podría esconderse entre las sierras de Robledillo, a unos ocho kilómetros del pueblo, donde había mucha maleza para el cobijo de la bicha. El tal Santiago llegó finalmente a la finca de Los Alijares, junto a las mismas faldas del cerro del Castillejo, en Robledillo de Trujillo, donde le habían dado señas de que pudiera estar. Allí un cabrero que tenía alquilado algunos pastos de la sierra, le dijo que a la bicha no la había visto, pero que la había sentido. Contaba que hacía tan sólo unos días que le había desaparecido una cabra que era, como siempre en estos casos, la mejor que tenía; la vio por última vez junto a la vaguada de la fuente Pizarra y por eso fue a buscarla allí con los dos perros de majar, por si hubiera parido y anduviera escondida en aquel paraje. El buen hombre se fue en busca de su animal, pero, nada más llegar a la entrada de la vaguada, los dos mastines salieron huyendo, como almas que llevan el diablo, en busca del cortijo, y que él, temiéndose lo peor, los siguió como pudo que no es poco, teniendo en cuenta las circunstancias. El cabrero estaba convencido de que sólo la culebra Tragacabras podría haber atemorizado de esa manera a sus dos perros de majar y prueba de ello es que, desde aquel día, ni siquiera se alejaban dos cuartas del cortijo, ni, aunque los apalease. El mozo trujillano, después de escuchar al cabrero le dijo que si no le importaba acompañarle hasta esa vaguada porque quería matar a la culebra; pero el hombre tenía metido el miedo en el cuerpo y nada el mundo le hubiera hecho alejarse del cortijo, y menos aún acercarse a la guarida de la serpiente. Santiago le prometió pagarle el importe no sólo de la cabra perdida, sino de dos, pero ni así cambió de opinión el medroso cabrero, que seguía en las suyas, que no eran otras que las de seguir en el cortijo; y que fuera lo que Dios quisiera cuando salieran sus cabras de pastoría, pues él no pensaba acompañarlas. Pero la oferta no cayó en baldío porque un zagal, el mayor de los hijos del cabrero, dijo que por las dos cabras iría. El padre al principio se opuso, pero la codicia pudo más que la prudencia, y finalmente no puso reparos al ofrecimiento; se conoce que para él la recompensa cubría sobradamente el riesgo que por otra parte tampoco corría de su parte, sino de un zagal de poco más de diez años. 5


Y así fue la cosa y el trato. El muchachuelo montó a la grupa de la jaca con Santiago, y al trote marcharon para la sierra del Castillejo que por aquel entonces estaba muy poblada de jaras, retamas y encinas, además de zarzas, helechos y espinos floridos en los partes más umbrías y húmedas. Después de más de una hora transitando por estrechos vericuetos de cabras, llegaron por fin a la vaguada de la fuente Pizarra. Sin duda era un lugar de una gran belleza, pero al mismo tiempo un tanto sobrecogedor; aún hoy en día sigue siéndolo. En la vaguada se abre un pequeño prado de poco más de una hectárea que tiene una sola entrada y muy estrecha, apenas una vereda entre una roca que parece partida de un tajo; el resto es todo escarpe, peña y maleza. En un lado, el nortizo, junto a unas pizarras, brota un pequeño manantío de agua que cae sobre un antiguo sepulcro de granito que hace las veces de pila; de allí nace un regatillo que serpentea el prado y nutre de agua a unas cuantas higueras, dos o tres acebuches, un buen puñado de zarzas y algún que otro aguapero. Aún estaba el buen mozo admirando la belleza del paraje cuando la jaca dio un respingo tan fuerte que dio con el zagal en el suelo, y poco faltó para que también lo hiciera Santiago; pero éste era un buen jinete y se hizo con el animal que, entre cabriolas y pinotes, y sin más reparos, quería escapar al galope del extraño paraje. Estaba muy claro que algo atemorizaba poderosamente la jaca, como antes a los mastines del cabrero; el mozo pensó que sólo podía ser la serpiente, pues el noble bruto había dado ya sobradas muestras de valentía en los lances peligrosos de caza, incluso ante los temidos jabalís. Santiago, una vez medio tranquilizada el animal, le dijo al zagal que se retirara hasta la entrada de la vaguada con la jaca de cabestro y que aguardara allí. Y que no corriera ningún riesgo, oyera lo que oyera y pasara lo que pasara, pues el asunto que les había traído allí era entre la Tragacabras y él. Y que si, pasado algún tiempo, no volvía que diera cuenta en el cuartelillo de los civiles que ellos sabrían lo que hacer. Santiago sacó de las alforjas que colgaban de la montura, un puñal que más bien parecía un medio espada de dos filos, y así, sin más, se echó en busca de la serpiente, azuzando las zarzas con un palo. Llevaba más de media hora intentando localizar el cubil de la bicha, cuando de pronto, sin hacer el más insignificante ruido, la serpiente se abalanzó sobre el joven trujillano por la espalda; tan fuerte fue el golpe que dio con él en el suelo, y allí, aprovechándose de su aturdimiento, empezó a enroscarse sobre él. El valiente mozo en la caída había perdido la daga y no tenía más defensas que sus manos; el zagal que no le había hecho caso del todo, pues después de dejar bien amarrada a la jaca, había vuelto a la vaguada, le quiso ayudar, pero Santiago le gritaba que no ser acercara por nada del mundo. El joven pudo echar mano a la cabeza del ofidio antes de que todos los anillos se hubieran cerrado, quiso destrozar las mandíbulas a la bicha como había hecho 6


con otros animales a los que se había enfrentado, pero a las serpientes de poco vale la treta. Ya se daba por perdido cuando por segunda vez pudo hacerse con la cabeza del animal; esta vez no lo pensó dos veces, era su última oportunidad y no podía fallar. Con un movimiento rápido y certero le ensartó los dedos en los ojos, y con sus últimas fuerzas destrozó el diminuto cerebro de la bicha. Ambos cayeron al suelo, la culebra muerta y Santiago exhausto y medio asfixiado; ni siquiera tenía fuerzas para desembarazarse del mortal abrazo, pues la Tragacabras aún muerta no quería soltar a la presa que se había convertido en su matador. El muchacho no esperó ya más, y salió a la carrera para ayudar al mozo que daba claras muestras de haber perdido el conocimiento, o quizás algo peor. El zagal que era pequeño y enjuto, pero fuerte, consiguió con mucho trabajo desenroscar a la culebra del cuerpo del joven trujillano al que asistió como pudo, llevándole un poco de agua de la fuente para refrescarle y que volviera a su ser. Por fin el temerario joven recuperó primero la respiración y luego el sentido, y pudo ponerse de rodillas y luego erguirse orgullosamente ante la enorme bicha. El trujillano y el zagal del cabrero de los Alijares que aún tenía lágrimas en los ojos, se fundieron en un abrazo y empezaron a reírse con esas carcajadas que sólo puede entender el que ha pasado por un gran peligro y ha salido de él. Entre los dos cargaron la serpiente sobre la jaca que ni muerta la había perdido el respeto; pero al final el noble animal tuvo que sucumbir a los requerimientos de su amo que en modo alguno podría querer mal alguno para su grupa. La serpiente era enorme, gorda como un tejón y tan larga que colgaba por ambos lados de la jaca, y aún tuvieron que atarla un buen cacho de modo que no arrastrase la cabeza y la cola por el suelo. Llegaron de vuelta al cortijo de los Alijares cerca de la atardecida. Allí Santiago pagó al muchacho el valor de dos cabras, aunque éste no quiso coger la recompensa, y tuvo mucho que insistir el valiente joven para que finalmente se cumpliera lo prometido, y eso que el cabrero estaba que trinaba, pues veía peligrar sus dos cabras. Luego el joven jinete tomó el camino de Trujillo y se perdió en el viso del horizonte con la culebra colgando de la jaca. Es curioso como corren las noticias en el campo, parece como si las llevara el aire, pues de todas partes salían lugareños al paso del jinete para darle las gracias y al mismo tiempo admirar el tremendo cuerpo de la serpiente. El final trágico de la historia vino a los pocos días, cuando llegó la noticia de que el joven trujillano había muerto, pues la culebra en su abrazo fatal le había reventado algo por dentro. Fueron muchos los que acudieron de todas partes a su entierro, entre otros el zagal de los Alijares que recibió de la madre del muerto, según promesa de éste, la pequeña espada que de poco le había servido con la serpiente. Por mucho tiempo se recordó el tremendo valor de aquel joven trujillano, cuyo nombre sólo sabemos que fue Santiago Alvar,

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Alvarado o Álvarez, por causa, como ya he dicho, de la roedura de un hambriento ratón. Las culebras siempre han ocupado un lugar importante en lo más profundo y misterioso de la tradición popular; quién no ha oído que las culebras mamaban de las ubres de las cabras y de las vacas hasta dejarlas vacías, incluso de los pechos de algunas mujeres mientras dormían. Yo mismo he sido testigo de cómo un pastor que teníamos en la Debrada hizo guardia varias noches por ver si pescaba a la culebra que estaba dejando sin leche a su mujer. Pero leyendas como ésta, donde las culebras no sobrepasan el metro y son poco más gordas que el cuello de una botella, parecen a todas luces simples invenciones, productos de la imaginación popular. No obstante, en la mente de un niño, allá cuando me lo contaron, todo lo prodigioso podía convertirse por arte de magia en real, y así lo fue para mí, y por eso busqué la vaguada de la fuente Pizarra. Y la encontré; tal y como os la he descrito, con su agua azulona sobre el viejo sepulcro de granito. Luego con el paso del tiempo lo olvidé, como otros tantos cuentos de la infancia, hasta que un día, cuando los libros me entreabrieron la ventana del mundo, me topé con una lámina coloreada de una enorme serpiente pitón; entonces me vino de nuevo a la memoria la historia del valiente joven trujillano y la culebra Tragacabras. Algunos años después, llegó al pueblo un pequeño grupo de saltimbanquis que tenía entre sus atracciones a una enorme anaconda del Amazonas; eso me hizo pensar que a lo mejor la Tragacabras había llegado hasta nuestra tierra de mano de algún circo del que se escapó. ¿Y por qué no?

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II.- El bandolero Quesada La segunda de las leyendas cuenta lo que le pasó a un joven hidalgo trujillano, de nombre Francisco de Quesada. Este particular bandolero debió nacer allá por el año de gracia de 1735, pues cuando fue ajusticiado, se decía que debía rondar los treinta años; y su sentencia, al parecer, aunque hay dudas al respecto, se mandó escriturar en Trujillo en 1766. Esta ciudad en aquellos entonces era cabeza de corregimiento, reinaba en la Corte su Católica Majestad Don Carlos III, y se levantó el pueblo español por aquello del hambre, aunque se dijo que fue por cortar capas y alas de sombreros que poco o nada tienen que ver con lo primero, pues, aunque ambas son costumbres, la de comer es más necesaria. Según se cuenta, Francisco de Quesada era un joven de buen porte y compostura, aunque también un tanto bullicioso, lo cual unas veces es malo y otras no tanto, dependiendo de la edad y fortuna. Ya desde muy joven destacaba entre los de su tiempo; sobresalía sin esfuerzo en todas aquellas habilidades que exigen de la fuerza y de no poco entendimiento, pero siempre se comportó con nobleza ante aquellos que, de una u otra forma, quisieron competir con él por ese puesto de reconocimiento que tenía entre los trujillanos. No tenía rival echando las barras en la plazuela de Santiago, ni tampoco en los lances taurinos que el día del Corpus se celebraban en la plaza Mayor trujillana, ni siquiera en las carreras de caballos que se daban en el lugar que hoy conocemos como “Campo de San Juan”. A fin de cuentas, Francisco de Quesada parecía estar tocado por las gracias de los dioses, aunque no de todos, como veremos. Por lo demás, para las letras ni mucho, ni poco; sólo algunas estrofillas para las damas a las que tenía en gran afición y estima, y al parecer de igual

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guisa era correspondido, pues mucho y largo se habló sobre sus conquistas y barraganías, antes y después de que se hiciera bandolero que a veces es también un título, y de más alcurnia que algunos condes, duques y marqueses. El joven hidalgo había nacido en la familia de los Quesada, de la estirpe de los Hinojosa, de aquella que tuvo como miembro más ilustre a un tal Luis de Alvarado. Éste fue hombre de fuerza descomunal y también con gran disposición para el cortejo de todas las mujeres ajenas a su matrimonio, pues, como se suele decir, le gustaban todas, menos la suya. Quizá de este afamado antepasado heredó Francisco de Quesada las habilidades de cuerpo y alma, pero no el porte; pues al Alvarado, aparte de su compostura rechoncha, le faltaba una cuarta larga para ser un buen mozo en lo que a la estatura se refiere, y el Quesada sobrepasaba a casi todos en un buen trecho. Tenía su familia en Trujillo casa solariega, muy cerca de donde hoy está la plaza de los Moritos, aunque realmente deberíamos decir de los moriscos; pero a buen cierto que la mayor parte del tiempo lo pasaba en las Huertas del camino de Coria que hoy se llaman de la Magdalena, donde tenían su heredad principal, el Torruco. Esas tierras del berrocal eran buenas de pastos para carneros y también para grano si el año pintaba de aguas, pues eras terreno sano y oreado. Pues bien, la desdicha del joven se fraguó un jueves de mercado franco en la Plaza Mayor. Había traído de madrugada el Quesada, desde su heredad del Torruco, unos carneros al degolladero que tenía el Ayuntamiento de Trujillo, junto a la cuesta que da a San Andrés, para que el asentador diera trámite al pequeño atajo para el mercado de carniceros. Se estaban pasando años de carestía, y el gobierno de Madrid, para evitar la hambruna y el abuso de precios, intentaba controlar mediante unos oficiales reales, llamados asentadores, el comercio de la carne y el cereal. La carne se supervisaba por los susodichos oficiales en el mismo matadero, o degolladero, y el grano había que entregarlo forzosamente en el pósito del corregimiento, que estaba en el edificio que hoy es el Ayuntamiento. Una vez que se terminó la faena y se ajustaron los pesos y los precios, el buen mozo se acercó al mercado de la plaza Mayor para curiosear entre los puestos y platicar con los vecinos y amigos; como era y sigue siendo la costumbre en estas tierras, baste para ello recordar la ya más que centenaria frase de “hasta el jueves en Trujillo”. No llevaba mucho tiempo en el mercadillo, cuando se percató de que a una anciana la despojaba de su puesto el regidor de abastos, y atraído por lo que allí se cocía y viendo la desdicha de la pobre mujer, preguntó al municipal el porqué del desahucio; a lo cual sólo obtuvo como respuesta una afrenta verbal en la que no quedaba bien parada su poca edad y su hombría. Pero lo que no quiso dar el regidor, lo dio la anciana, diciéndole al buen mozo y a todo el que quiso escucharla, que ella ya había pagado por el puesto lo estipulado en las tasas municipales, pero que el regidor le exigía otra parte para su propio 10


apaño y bolsa. Y que por eso la echaba, porque ella ya no tenía nada más con lo que pagarle, hasta que no vendiera alguna mercadería. La cosa no era de extrañar, pues bien, se sabía que, debido a las penurias del gobierno municipal que había tenido que enajenar una gran parte de sus propios, los cargos de regidores, aunque teóricamente eran electos, lo cierto es que se vendían al mejor postor. Atendiendo a la lógica parda que suele ser también gramática, como sueldo no había, los regidores se resarcían de su inversión abusando del poder que les daba el cargo; pero todo tiene un límite y se conoce que el susodicho ladrón, con título de regidor, no sólo quería recuperar, sino doblar o triplicar la fortuna invertida a costa de los que menos tenían que además son los que no suelen tener quien los defienda. Como el Quesada no andaba precisamente sobrado de paciencia y le había amoscado el regidor con la chocarrería de la edad, tomó partido por la pobre anciana que a la postre también tenía razón. Ni corto, ni perezoso, el buen mozo dio tal empellón al munícipe que le hizo rodar por el suelo como un guiñapo; luego le alzó por la pechera hasta crecerle la estatura, pues se le espetó a la misma altura de su cara y eso que el munícipe era dos cuartas más bajo. El regidor se conoce que no precisó de más demostraciones por parte del Quesada, pues solícito y balbuceando le dijo a la anciana agraviada que podía disponer del puesto sin que tuviera que hacer pago alguno. Oído el pregón, el Quesada le soltó, y el regidor, al que no le sostenían las piernas, fue de nuevo al suelo, como si hubiera cogido gusto al asunto; pero cuando se recuperó le dio por gritar como un cochino, y al cobarde vocerío del regidor acudieron los dos alguaciles de plaza que, al ver de tal guisa al superior, se vinieron a las manos contra el buen mozo que de dos puñadas les templó las quijadas, y por tal favor midieron sus costillas en el duro suelo. Se conoce que el saludo les supo a poco a los municipales, y echaron mano de sables, y el Quesada, al verlos de tal trapío, tiró de la daga que llevaba prendida al cinto. En tres lances se decidió la suerte, y casi todas fueron para el mismo sitio; el mozo quedó levemente herido, y los alguaciles uno destripado y el otro pidiendo confesión. El regidor, del cual sólo se conoce el apellido, López, pues donde había más seña fue presa de alguna polilla que no hizo ascos al papel tintado, puso tierra por medio. Se escurrió entre la concurrencia, aprovechando la confusión; al parecer, no le gustaba el cariz que estaban tomando los acontecimientos, pues afilada sólo tenía la lengua y no el temple que seguramente nunca supo lo que era, ni al parecer tampoco la vergüenza. Los amigos del Quesada que también acudieron al revuelo, le aconsejaron que huyera de Trujillo, y que ya le avisarían cuando las aguas estuvieran más calmas, pues el cobarde regidor estaba muy allegado al alcalde que era pariente suyo por parte de su mujer, y al pronto no se podría esperar nada bueno. Y así lo hizo el Quesada, pero nada pudieron hacer los amigos y las buenas voluntades por el joven trujillano, pues cuando se supo lo de la 11


muerte de los alguaciles, la cosa ya no tuvo remedio y la justicia puso precio a su cabeza, y no poco. Por tal fortuna que no es otra que la casualidad, se hizo bandolero Francisco de Quesada; tal oficio viene de bando pues con ellos se les proscribía y se autorizaba a cualquiera a darles muerte. Tal ocupación y cargo que hoy cuenta con ilustres adeptos, fue también en otro tiempo propia no sólo de proscritos, sino también de nobles y curas trabucaires. El ascendido a bandolero estuvo varios años robando a los ricos para dárselo a los pobres, y de él se contaron muchas hazañas de las que la fuerza de las veces se escapó por suerte, pero sobre todo por la ligereza de sus piernas y el natural empuje de su valiente carácter. Son varias las que menciona el documento, pero por no ser lugar lo dejaremos para más adelante, si tiempo hay. Sólo quiero mencionar una por estar relacionada con el personal que aquí se cita, y porque además nos muestra el carácter socarrón del bandolero Quesada. Una tarde se coló disfrazado en la parroquia de San Martín, no con intención de asistir a los oficios vespertinos, sino de tener unas palabras, y quizás algo más, con el curato que iba a oficiar la misa de esa noche. Sea como fuere, el caso es que se acordó entre ambos que, a la hora de citar a las almas difuntas, se nombrara también la del corregidor López que, como todas las noches, solía acudir a la misa de dicha parroquia; se conoce que para purgar penas que debían ser muchas. Al susodicho, nada más oír su nombre entre los difuntos, le vino algo al cuerpo que lo descompuso; el muy ladino se venteo el peligro y al mismo tiempo se le soltó el vientre, por lo que arreó lo que pudo para llegar a la puerta de las Limas que era la que más cerca le pillaba. Allí, sobre el mismo atrio, para no malograr la ropa y sí la vergüenza, si es que la tenía, el regidor se bajó la pantalona y aligeró las tripas con gran estruendo y peor compostura. Finalmente, la justicia se hizo un flaco honor y tomó partido por la injusticia, como tantas y tantas veces sucede. Francisco de Quesada fue hecho preso una noche, mientras dormía acompañado de una joven linajuda; fue denunciado por un tal Pedro Pérez, precisamente uno de los que más había favorecido con el producto de sus robos. El mendicante se vendió, como Judas, por la prometida recompensa. Se hizo juicio que tuvo que ser a puerta cerrada y con refuerzo de guardias, para evitar que el pueblo se alborotase, pues la cosa estaba para eso y más; la cosa fue rápida, sólo hubo testigos de la acusación, y se le condenó a la pena capital. Ese mismo día le colgaron del rollo de justicia que entonces estaba en la plazuela de Sofraga, y allí estuvo expuesto como escarmiento para que todo el mundo lo viera, bajo la protección, día y noche, de varios alguaciles armados.

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Pero un buen día alguien dijo que el colgado no era Quesada, que se le parecía, pero que no era ése; luego fue otro, y otro, y al final todo el pueblo. Trujillo negó de esa forma la muerte de su bandolero que se convirtió con su muerte en leyenda, ya que se puede matar a un hombre, pero no a las ideas, y el Quesada fue y seguirá siendo en nuestra tierra el paladín de los pobres. A los pocos días de la muerte del buen bandolero aparecieron colgados en un olivar cercano a las Huertas del camino del Coria, hoy de la Magdalena, los cadáveres del regidor y del denunciante, y nunca se supo quienes fueron, y eso que fueron muchas las pesquisas que se hicieron y muy altas las recompensas, pero tal como estaban las cosas, no era momento para más delaciones. Al regidor le habían cortado la mano derecha, como se hacía con los ladrones, pues otra cosa no fue el tal López; y al segundo le sacaron de cuajo la lengua, por Judas, y pusieron a sus pies las monedas que le habían pagado por denunciar al Quesada. Hoy en día todavía subsiste la leyenda de Francisco de Quesada en la memoria de los trujillanos como aquel bandolero que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres. Además, hay una cueva en la huerta Perdida, al lado mismo de la Canchera, que se llama de Quesada; la imaginación popular considera que allí se guarecía el famoso bandolero cuando huía de la justicia, o la injusticia ¡vete tú a saber. Yo, como casi todos los de mi generación, conozco y he entrado en dicha cueva; es un pequeño abrigo a unos pocos metros del regatillo que da lugar a la charca de Valhondo. La oquedad apenas da para refugiarse un hombre, cuánto más un caballo, pero que más da, si fue, o no fue el refugio de Quesada, o si sólo fue una vez que en algún grave aprieto allí se escondió; lo que verdaderamente importa de la cueva es que sirve para mantener vivo el recuerdo de aquel buen mozo. Hoy se encuentra cubierta de maleza y zarzas, y no se puede acceder a ella. Esta cueva y su recuerdo es lo que nos queda de aquel hombre, valiente y generoso, que fue ajusticiado injustamente.

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III. Inés Sánchez de Tapia, la Rabiosa. La tercera de las leyendas que le vino en la susodicha heredad a mi abuelo de una tía suya que vivía en la calle Romanos de Trujillo contaba una extraña historia que le pasó a una dueña trujillana, allá por los últimos estertores del siglo catorce, cuando aún campeaban los sarracenos por las afamadas tierras del Guadalquivir. La tal dueña se llamaba Inés Sánchez de Tapia y tenía una sola hija, de esas cuyas virtudes encandilan las almas de algunos poetas. Estos soñadores con pluma, en medio de su transigido encantamiento, loan y trovan las cualidades de algunas féminas incomparables, por ser a su sazón de tez albina, nariz graciosa, barbilla decidida, frente altiva, cuello de cisne, dientes marfileños, ojos profundos y de mirada clara, grácil y elegante talle, y por demás hacendosa, honrada y virginal, entre otras glorias, lisonjas y lindezas de tal galanura y composición. Por el hambre y el bocado de algún distraído ratón se ha perdido la gracia de tal beldad, pues donde se compuso con tinta sepia su nombre, hizo méritos la glotonería de un vil roedor ¡cruel destino! Igual firmó el ratoncillo con tal afrenta la muerte más honrosa del enamorado, envenenado con la tinta de las cartas de su amada. Encontrara la muerte, o no, el susodicho roedor, lo cierto es que el daño ya estaba hecho cuando llegó a mis manos el raído manuscrito, y la hermosa trujillana para siempre quedó privada de gracia que no es la de su apostura de la que por lo visto andaba sobrada, sino de nombre bautismal al uso de aquel entonces. Después de tan fatal destrozo, la hermosa trujillana pudiera ser tanto María, como Lucía, o Mencía, o cualquier otro de tal composición final, pues

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sólo los dos trazos de las dos últimas vocales quedaron en el papel, y huecos para tres o cuatro letras delante. De la tal virtuosa damisela, a razón de sus muchos merecimientos, seguro que se debieron prendar más de una docena de aprestos galanes, pero por aquello del destino que nadie sabe lo que es, ni por qué actúa, sólo le hubo correspondencia a Martín Alfonso de Hinojosa, de la linajuda y trujillana estirpe de los Chaves. El buen mozo se había enamoriscado de la damisela de desconocido nombre, y estaba prendado de ella, lo cual no es malo ni bueno, según se mire; pero Martín Alfonso, si bien era donoso y galán, también andaba escaso de posibles, como era muy propio de la época entre los que nacían segundones y no tomaban hábito de iglesia, o plaza en el ejército para hacer fortuna. A éstos de postreras nacencias sólo les quedaban las rentas del hambre y la hidalguía, y con eso, ni ahora ni entonces, se anda más allá del berrocal sin que las tripas se quejen y retuerzan, pues la andorga les niega el sosiego, sin dar cuenta del porqué. El galanteo con el apuesto bizarro se había principiado por el siempre misterioso ensalmo de la mirada seductora y a la vez furtiva. Éstas se habían cruzado por primera vez en el breve tranco que había entre la casa de la dama, que a partir de ahora llamaremos Mencía por ponerla algún nombre, y la iglesia de San Andrés, junto a la alberca, donde tenía la costumbre de oír misa en compañía de una sirviente que se hizo natural cómplice del furtivo devaneo de los dos jóvenes. El porqué de la connivencia de la sirvienta con la hija, cuando la que le mantenía era la madre, se nos escapa de las manos y del entendimiento, como siempre suele suceder en estos casos; no sabemos si fue por la consabida alcahuetería propia del oficio en el que se andaba, o porque guardaba fe a su joven ama, que también pudo ser, o por cualquier otra cosa, que también. El cortejo se fue confirmando, como era al uso de aquellos tiempos y situaciones, entre susurros y requiebros de enamorados junto a la reja de la casa solariega que Inés Sánchez tenía en la calle que llamamos de los Naranjos y que aún hoy en día se puede contemplar. Sobre el testigo frío y mudo de la reja se juraron los enamorados promesa eterna de casamiento. Sobre esa misma ventana, no mucho tiempo después, la Mencía derramaría las lágrimas más amargas de su vida, cuando su enamorado faltó a la última cita, aquella que había de desmentir lo que a su oído habían traído los rumores de correveidiles y alcahuetas, que en el barrio de los dos gremios había; incluso en el ejercicio de ambos, por aquello del amor al trabajo de darle a la lengua y entrometerse aviesamente en vida ajena, que al fin y a la postre es la que más enjundia tiene, y si no ¡a cuento de qué!. El rumor no era otro que a su madre, Inés Sánchez, de tanto rondar el mozo por la casa creyó que era por ella, pues en las cosas de amoríos ya se sabe que no hay quien las entienda. Al parecer le había caído en gracia el 15


apuesto galán, y por tal capricho le había mandado recado de casamiento, en el que sumaba, a la oferta de sus muchos años, los dineros y heredades que había en su patrimonio que sin duda restaron décadas y sumaron ánimos en las intenciones de trocar novia a Martín Alfonso. En el entretanto le llegó noticia a la Rabiosa, por medio de la criada que trocó fidelidades por si acaso, que la ronda del apuesto bizarro era por la hija y no por ella, y que si eso se lo contaba, es porque ella misma lo había visto, y que todo había sido, a pesar de sus muchas cautelas, a sus espaldas. Al mismo tiempo, la voluble criada pedía disculpas al ama de no haberse dado cuenta antes de lo que pasaba entre Mencía y Martín Alfonso, que la muchacha bien se la había jugado. La noticia no pudo más que caer como una losa sobre la Inés Sánchez que hizo honor a su posterior apodo de la Rabiosa, y se propuso tomar venganza por un agravio que sólo ella misma se había infringido por suponer que a sus años aquel buen mozo le rondara, cuando entremedias no hubo más que algún que otro saludo de Martín Alfonso a la que veía y quería como futura suegra. Como la primera misiva de casamiento ya debería haber llegado al pretendido novio, consideró Inés que la cosa no podía quedar así para que su nombre fuera motivo de chanzas y chuflas que al final todo se sabe; y mucho menos quería ser testigo de cómo su hija disfrutara de lo que ella había considerado suyo, a fin de cuantas, las carnes y amores del joven Martín Alfonso. La buena madre decidió mandar un segundo recado por si el primero no hubiera convencido al susodicho enamorado. Ahora, al tener ya conocimiento de lo pretendido por el galán, para evitar pujas, malos entendidos y falsas esperanzas, añadió, a las primeras promesas, otras de más enjundia, referentes a que más vale gozar de anciana rica que de joven pobre, y que para lo último tiempo habría si obraba libremente la naturaleza. Pero que, si escogía a la hija, no habría herencia para que la disfrutaran ambos, y no por despecho, pues las heredades, al no haber tenido ella en su matrimonio hijo varón, volvería al mayorazgo. Al fin y al cabo, algo tendría que decir la mujer para merecer el nombre con el que pasó a la historia, la Rabiosa. Y las cosas son como son, y no siempre las dicta el corazón, porque éste y el estómago siempre se han llevado malamente; y las más de las veces se hace caso al segundo, porque el primero duele, pero el segundo mata si no se le pone remedio. Y así fue, ¡pobreza obliga ¡. El Hinojosa rompió la promesa que le había hecho a su enamorada sobre aquella fría reja de la calle de los Naranjos y cumplió casamiento con la madre que tiempo atrás había dejado los cincuenta o ¡sabe Dios cuantos! La pobre Mencía no quería dar crédito a lo que estaba sucediendo, pues por una parte el amor a Martín Alfonso y por otro su amor filial le impedían ver la traición de su enamorado y la doble felonía de su madre; pero, por esas 16


cosas que pasan y nadie sabe por qué, tuvo noticia y luego conocimiento cierto de las dos misivas que su progenitora había enviado amigablemente a su enamorado. La pobre damisela que se sentía despechada y humillada por los que más quería, no quiso cobijarse bajo el mismo techo donde su madre habría de holgar con su enamorado, y buscó refugio en la familia de su padre, menos linajuda, pero de seguro que con más nobleza. Pero sus pesares eran muchos y al poco decidió entregar su vida al servicio de Dios, por no querer estar más entre hombres; se fue lejos, a un convento castellano, y ahí se pierde su historia. Pero la felonía y la traición a su amada no le se supo a mucho a Martín Alfonso, pues al poco pasó de rico y reconocido, a criar malvas en el camposanto por culpa de una apoplejía que se le llevó en medio de amargos dolores. Se enterró con no poco boato y no menos desconsuelo de la viuda, que ya lo era por dos veces. Al parecer, la Rabiosa le había tomado mucho afecto al buen mozo, no sabemos si porque el Martín Alfonso era de natural cariñoso; o por merecimientos de alcoba que parece que no, pero cuentan, pues la viuda, según se dice, había cogido gusto al asunto; o por ese amor insano, tan propio de lo que nace contra natura, esa querencia que decimos de lo prohibido, y ¿acaso hay algo más vetado que la suegra? Pero antes de ello, quiero decir de cerrar el pasapán y todo lo que lleva tras sí que no es poca cosa, parece que el buen mozo preñó a la vieja, lo cual no parecía tarea fácil, y no sólo por la edad que ya hemos dicho que era mucha, sino también por la percha que no estaba para muchos miramientos, ni cuando, como se dice, todos los gatos son pardos; o sea por la noche y a oscuras. La noticia de la preñez supo a engaño a la fuerza de todos, y razón sobrada había para ello pues la moza pasaba largo de los cincuenta y no parece tiempo para tales menesteres. Pero los más amoscados sin duda eran la familia de primer marido y la suya propia, pues parecía ardid para evitar repartos de herencias, sobre todo una vez que su hija Mencía había renunciado a los bienes materiales al ingresar en convento de clausura. Los primos hacía ya tiempo que estaban reclamando lo que retenía con avaricia la vieja, pues al no haber herederos, una parte tenía que volver al mayorazgo, no fuera ser que lo hiciera dineros ¡y a ésos no hay quien los controle!. El asunto se torció y retorció, pues no hay herencias sin discusiones, y lo de la tan traída y llevada preñez fue a mayores. En el caramelo anduvieron los parientes de uno y otro lado, la justicia por si las moscas, y la Iglesia por si algo le tocaba, pues en el arte de recoger no ha habido nunca otra como ella. Pero no hubieron cuenta de que Inés Sánchez de Tapia no era una mujer como otra cualquiera, como había demostrado ya con el asunto del desafecto a su única hija. La parturienta mandó instalar a sus sirvientes, al saber que se aproximaba el parto, una tienda fuera de las murallas de la ciudad para que sirviera de paritorio y para que todo aquel que quisiera verla parir, lo hiciera a 17


su antojo. Y así fue; allí en presencia y admiración de muchos, sobre una lancha que aún se conserva en una huerta suya a la que tenía mucho aprecio, cerca de Valfermoso, vino al mundo un hijo al que le pusieron Álvaro de Hinojosa que fue varón de mucha condición y buen trato, y que tuvo la suerte de no heredar el carácter de su madre a la que apodaron la Rabiosa. Pero en su defensa hay que decir que Inés Sánchez de Tapia supo defender a su hijo, a pesar de sus muchos años y cada vez peor salud, de las ambiciones de familiares y deudos que quisieron hacer suya la herencia del muchacho. Esta misma leyenda me la encontré muchos años después en el libro Crónicas trujillanas del siglo XVI de Miguel Muñoz de San Pedro, aunque las cosas no se cuentan igual, pero las leyendas viajan con el viento y a su capricho trocan sentimientos y mudan personajes y razones. Pero, ¿Acaso importa, si fue así, o de otra manera?

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IV.- Luis de Ansúrez el ermitaño. La cuarta leyenda que encontré entre los papeles del doblado del abuelo, contaba la extraordinaria historia de una conversión que no envidiaría ni a la propia de San Pablo cuando a los pies de su caballo abrazó la fe cristiana. El protagonista de dicha leyenda fue un hidalgo de nombre Luis de Ansúrez que, según todos los pareceres, era natural de la ciudad de Trujillo; más concretamente de la barriada de Santo Domingo que entonces era así como se conocía a las casas que median entre la calle Afuera y la iglesia de dicho santo. Fuera de las murallas, sólo la de San Martín y la de Guadalupe eran más populosas que ésta; la de Ansúrez tenía hasta iglesia propia que aún hoy se conserva, aunque en no muy buen estado. Allí mismo, a las traseras de dicha parroquia, su familia tenía una heredad que hoy, como entonces, conocemos como las cercas de Loreto quizás por una ermita que hubo en otro tiempo en dicho predio y que estuvo dedicada a dicha Virgen, o por otra cualquier razón que desconocemos y quizás algún día sepamos. Hoy día, las cercas de Loreto están tan sumamente fraccionadas que es imposible reconocer la forma y extensión original de la susodicha heredad berrocaleña de los Ansúrez; ni siquiera podemos asegurar si era grande o pequeña, feraz o baldía. En el documento que llegó a mis manos, no se habla de fechas concretas, pero es de sospechar, por lo que allí se dice, que el tal Luis Ansúrez debió venir al mundo en Trujillo, allá por los primeros años del siglo XVI. Algunas crónicas peruanas sitúan al joven trujillano entre los valientes soldados que acompañaron a Juan Pizarro en la famosa carga de caballería contra Sacsahuamán, baluarte defendido por el terrible guerrero Cahuide, y desde el que los incas controlaban las salidas y entradas del Cuzco, tras la sublevación

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general de los peruanos en 1536. Por tanto, si partió joven no podía tener por aquellas fechas más de veinte años. En la susodicha refriega murió, descalabrado, Juan Pizarro que ese día iba destocado, debido a unas heridas en la cabeza que le hacían insufrible la puesta del casco; Gonzalo, quizás el más osado de todos los hermanos, tomó el mando y encabezó una carga suicida que a la postre les dio la victoria, y quien sabe si el Tahuantinsuyo, nombre que los nativos daban al Perú. Lo más probable es que Luis de Ansúrez fuera uno de los muchos trujillanos que se enroló para el Perú, tras oír las maravillas que de aquellas tierras dijo Francisco Pizarro junto a la puerta de la iglesia de San Andrés, una vez recibidas las capitulaciones de los reyes. En el Perú, en los oídos y la imaginación de todos, manaban las riquezas por doquier, y el oro era tan abundante que los palacios y los templos estaban recubiertos de ese valioso metal. Trujillo no podía permanecer ajeno a lo que de ese exótico país se contaba y ofrecía, y más aún cuando uno de sus hijos había sido nombrado principal para esa empresa de la Corona española. Seguramente allí, al frescor de la Alberca, debió prestarse voluntario el joven Ansúrez, con apenas quince o dieciséis años, para surcar océanos, salvar cordilleras y cruzar intrincadas selvas, y nada más y nada menos que por la búsqueda de lo ignoto, de la gloria imperecedera, o simplemente de la muerte y el olvido. Su espíritu aventurero le llevó a formar parte de la expedición que Gonzalo Pizarro organizó en pos de El Dorado que para la historia sólo trajo consigo la catequización del río Marañón en el Amazonas por parte de otro trujillano, Francisco de Orellana “el tuerto”; lo demás fueron miserias, muerte y desolación. También acompañó al intrépido Gonzalo en la marcha contra Lima para recuperar lo que a los Pizarro les pertenecía por conquista y que la avarienta Corona española pretendía arrebatárselo por miedo a lo que, tarde o temprano, iba a suceder por su propia incompetencia. Pues bien, Luis de Ansúrez recibió por sus servicios una encomienda con sus indios y labores junto al río Rimac, cerca ya de las estribaciones andinas, donde se convirtió en hacendado y rico. Pero no paró mucho en aquellos lares, quizás por su espíritu aventurero, poco dado a los asuntos del campo, o porque vio que pintaban calvas para los que habían estado con los Pizarro, tras el asunto de la rebelión de Gonzalo contra la Corona. El caso es que se deshizo de su hacienda y se vino para su Extremadura natal con cierta fortuna, en una fecha que desconocemos, pero que sin duda fue antes de la ejecución de Gonzalo Pizarro en 1548; por entonces nuestro protagonista debía tener alrededor de 50 años. No ha sido nunca fácil la adaptación de los guerreros a los tiempos de paz, y menos aún si éstos anduvieron más de veinte años por aquellos mundos de Dios destripando indios, y destripándose ellos entre sí por “un quítame esas

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pajas”; y Luis de Ansúrez no podía ser una excepción, pues, entre otras cosas, era un superviviente de aquella gran hazaña y tragedia. Cuando volvió a Trujillo se enteró de que su padre ya había muerto hacía más de dos años, y que su hermano había tomado el mayorazgo como le correspondía por edad, por lo que, como dineros no le faltaban, se fue a vivir por su cuenta. Compró una casa en la cuesta de San Andrés, en la parte que da al gremio de los olleros, muy cerca de la cilla de Guadalupe, y con él se fue una tía suya, hermana de su madre, que estaba moza, aunque no mocita como dice la canción, para ocuparse de las faenas de la casa y de aquel viejo soldado. No tenía ocupación, ni interés en tenerla, pues dineros le sobraban para lo que, por naturaleza y edad, le restaba de vida; tampoco tenía herederos directos, tan sólo algunos sobrinos que se tendrían que conformar con lo que dejase, si es que algo dejaba. Por tanto, si no hay opinión contraria, el tal Ansúrez se dedicó en cuerpo y alma a disfrutar en Trujillo de los vicios que le ocuparon en tierras andinas, menos lógicamente el de destripar indios, o en su falta extremeños, por razones más que sobradas que huelga enumerar. Luis de Ansúrez seguía siendo, a pesar de sus años, un buen mozo, ya que, a su natural bien parecido y buen porte, había que sumar su fuerte naturaleza a la que no habían mermado ni las miasmas selváticas, ni las travesías oceánicas; incluso conservaba, cosa rara en aquellos tiempos, entera la dentadura, pues la mayor parte de los que habían pasado el océano, de una u otra forma, habían sufrido el terrible escorbuto que se había cobrado la fuerza de las dentaduras de aquellos arriesgados aventureros. Además, gustaba de engalanarse con buenos paños y lucir algunos aderezos de oro y plata que se había traído de aquellas tierras andinas. Era frecuente verle pavonearse delante de las damas, y también de las que no lo eran, que al poco caían prestas a su porte de noble de rancio abolengo y a sus fantásticas historias peruanas; no le fue difícil, con tales armas, encandilar a más de una, fuera soltera o casada, pues eso ya se sabe que sólo es problema de honra de padre, o cuerno de marido. Cuando no andaba en esos menesteres, se aposentaba en otros de apuesta y porfía, pues no le hacía ascos a los retos de barras en la plazuela de Santiago, u otras demostraciones de fuerza y habilidad; y eso que doblaba en edad a la mayoría de los contendientes. Y cuando no estaba haciendo ni lo uno, ni lo otro, gustaba también de acercarse a la poco recomendable taberna del Burro Cojón, o Cojúo”, pues ahí al autor del manuscrito se le fue un borrón que como sabemos “hasta el mejor escribano...”. Al parecer el susodicho tugurio se emplazaba en una calle que había entre el convento de San Pedro y la Corralada que se conocía con el nombre de callejón del Mal Paso, aunque seguro que tuvo otro oficial; pero éste se debió perder, como tanto otros, porque el pueblo que a fin de cuentas es el que cuenta, tomó el del Mal Paso como suyo, y así quedó. Al menos eso es lo que

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dice el documento, aunque no dice por qué tuvo tal nombre, si por los andares que aconseja el vino, o por otros peores. Allí pasaba las horas y los días completos a fuerza de vino que lo había muy bueno y tinto, del Pago de los Lagares, contando las aventuras de acá y acullá. De las andinas, refriegas, heridas, violaciones y conquistas; de las trujillanas, de otras conquistas que no precisaban de arrojo ni espada, como mucho consentimiento de la otra parte. De los curas, decía que había tendido bastante con de La Gasca y su insana afición por cortar las cabezas de los que habían estado con los hermanos Pizarro; por ello, y por otras cuitas que no aclara, no había vuelto a pisar lugar santo, por la desconfianza en los curatos de aquí abajo y en el que los mandaba desde arriba, si es que alguien podía mandar las matanzas que a él le había tocado vivir. Pues bien, galán, bravucón, jugador y bebedor impenitente era nuestro valiente soldado, hasta que un buen día, sin encomendarse a nadie, dejó esa vida de libertinaje y depravación, y se recluyó en una cueva que había en su heredad de Loreto que hoy se conoce como cueva de los Frailes. Allí se pasó el resto de su vida sin ver, ni hablar con nadie, y allí se entregó a Dios como el más fiel y humilde ermitaño que hubo por estos parajes. Parece ser, según cuentan las malas lenguas, que en la extraña y repentina conversión tuvo que ver una sobrina de una hermana suya, por parte de padre, que tuvo preñez milagrosa y que ingresó por entonces en un convento de clausura; pero de cierto sólo es que se dice, y ¡nada más! Yo, hace ya muchos años, ¡tantos que ni me acuerdo!, busqué las huellas de Ansúrez en la cueva, y di en una de las oquedades que mira al castillo con un sentón y una cama de piedra, pero por más que busqué nunca encontré su osamenta que de seguro aún permanece en alguno de los muchos escondrijos que tiene la cueva. Quizás algún día alguien la descubra y con ella esté el secreto de la conversión de este conquistador de tierras y mujeres.

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V.- La viuda de la calle Garciáz La quinta de las leyendas que encontré entre aquellos añejos papeles, contaba la fatal desdicha de una viuda que perdió a su único hijo, y que por su sentido del honor y de la hospitalidad encubrió y perdonó al matador. Este peculiar manuscrito es, sin duda, uno de los más deteriorados de la serie, pues en él se dieron cita con particular saña todos los males habituales de los papeles viejos; así a la contumaz hambruna de los ratones que no sé que encuentran de apetitoso en el papel, se sumó la deshonesta miseria de las polillas, y a esos padecimientos, por si no hubiera bastante, se aunaron con especial encono las humedades que habían resquebrajado el texto y decolorado la tinta. Tal es el estado del manuscrito que es muy poco lo que se puede salvar de la redacción original; no obstante, la sencillez narrativa del mismo, y la suerte que todo hay que decirlo, me han permitido reconstruir de forma, yo creo que bastante fiable, lo que acaeció un día de mercado franco en la ciudad de Trujillo a mediados del siglo XVI. La heroína, pues se necesita valor para lo que esta mujer hizo, la viuda de la calle Garciáz, al parecer se llamaba Marineda de Moñino, y digo así porque el apellido no era suyo de nacencia, sino de su marido. El motivo de la adopción del susodicho Moñino se nos escapa, como tantas y tantas cosas en la historia, y por ello habrá que recurrir a otras comparanzas y lógicas pardas para adivinar lo que pudo pasar en el trueque. Lo más probable, ya digo por lo que otros casos aconsejan, es que la adopción de apellido ajeno, aunque en este caso fuera el del marido, se debiera a que la desdichada madre no tuviera otro linaje que el de su origen humilde, y para protegerse y proteger a su hijo hiciera uso del Moñino que algo significaba en aquellos tiempos.

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No sabemos su razón familiar, quizás no podía hacer uso de ella, y es probable que ni la tuviera; pero como tantas veces pasa en la historia, los que no poseen alcurnia y oropeles, normalmente suelen dar pruebas sobradas de la mayor de las noblezas, pues ésta es patrimonio del corazón y del alma, y ésos no tienen apellidos familiares, ni otras zarandajas. De su marido no es mucho lo que sabemos, ni siquiera el nombre, pues si acaso estuvo en el manuscrito, bien ratones, bien polillas, bien humedades hicieron pasto de él, y pasó al olvido. Su apellido, ya hemos dicho fue Moñino, como lo prueba el hecho de que su infortunado hijo también se llamara así, pero poco más; ni sabemos sobre la posición que ocupaba en su linaje, ni en la ciudad, ni si tenía heredades u otro tipo de posesiones, ni nada. El hecho de ser Moñino le acredita como hidalgo trujillano, como los Botes, Briceños, Escobares, Murieles, Sandovales, Solanos, Tapia, Torres, Valverdes ... aunque, a todas luces, de una rama de segundones por lo escaso de su hacienda, si es que ésta la había. Además, es posible, aunque no seguro, que este individuo, u otro de similar traza y gentilicio, cruzase el atlántico en pos de la fama y riquezas, encontrando allí anónimamente, como tantos otros, la muerte al lado de los Pizarro en las guerras del Perú. Si esto fuera cierto, tendríamos que pensar que esta historia debió acaecer en la ciudad de Trujillo allá por los años de la década de 1540. Al parecer que para eso hay gustos varios, la belleza de la joven Marineda había sido renombrada en toda la comarca trujillana, a pesar de que nada tenía de hacienda que pudiera tapar las faltas de la compostura, pues las más de las veces los atuendos y las joyas tapan, como ya sabemos, lo que la naturaleza no puso, y así las feas y ricas, a veces resultan guapas, o al menos no tan feas como las que nada tienen. Por lo que se cuenta Marineda tuvo en su juventud varios pretendientes de buenas intenciones y posibles, incluso luego, cuando llegaron noticias de su viudez, pero la ceguera del amor que tantos estragos ha causado en la historia, le llevó al Moñino, y con él vinieron las desgracias a la afamada damisela. De este matrimonio sólo le quedaron a Marineda algunos buenos recuerdos, al parecer los menos, y un montón de disgustos por un marido poco aficionado a ganarse el sustento que le negaba su inexistente hacienda. Éste con el cuento de la hidalguía, le echaba cuento al asunto, pero para tal menester no hay cuento que valga, pues la hidalguía ni se guisa, ni se come, ni hay puchero, ni marmita, que aguante su impertinencia. Pero al menos, a la buena mujer le había quedado, para consuelo suyo, un hijo que, aún siendo provechoso, también había heredado una parte de las picardías del padre que, según parece, fueron muchas y contrarias, para variar, aunque la verdad es que el muchacho no había dado muestras de malicias mayores. En estas circunstancias, el Moñino hijo era, al fin y al cabo, toda su hacienda y la única razón de ser y vivir de una mujer que todo lo había entregado en un matrimonio ciego y desgraciado. 24


En aquellos entonces, allá por el año de gracia de 1540, la plaza de Santiago se había quedado pequeña para el mercado que, todos los jueves, se celebraba en Trujillo. En vista de la situación, el Consistorio municipal, con permiso de la autoridad real, pues no se daba un paso sin que la Corona no sacara tajada del asunto, tuvo que tomar el acuerdo de que se trasladase dicho mercadeo con todas sus actividades de lonja, feria, pesos, medidas y cambio de moneda a lo que en otro tiempo fue arrabal de San Martín; en otras palabras a la que hoy es plaza Mayor de la ciudad que ya por aquel tiempo y gracias a las riquezas que llegaban allende los mares, se había convertido en el lugar más importante de la ciudad. Poco después, el 14 de julio de 1465 el rey Enrique IV de Castilla concedió a esta ciudad el privilegio de mercado franco todos los jueves del año, para que todas las mercancías estuvieran exentas de pagar alcabalas y portazgos. Allí acudían buhoneros, mercachifles, campesinos y tratantes de todas partes, pues no en vano era uno de los centros de venta y cambio más importantes que había entre los ríos Tajo y Guadiana. Eran famosas las frutas que se traían de la Vera, los quesos de las Sierras de Guadalupe y de los Ibores, las alubias de Berzocana, los garbanzos de La Cumbre, las pieles de Brozas, las verduras del Pizarroso, las telas de la propia Corte, las forjas y espadas trujillanas, los aderezos de los orfebres judíos, las especias y la seda del lejano oriente. En esa plaza se trataba de la venta de un caballo, o de un gallo de pelea, o de un manojo de acelgas como sólo se hace en estos zocos tradicionales; tanto da discutir por lo uno que por lo otro, lo importante es el trato, sea verdura, carne o moneda. Pues bien, el hijo de Marineda, al que llamaban Juanillo, gustaba de hacer en dicho mercado algunas trastadas y otras villanías, pues sobrada faena, y campo abierto había para ello, y para algo más. Él, como otros rapaces de su tiempo y afición, ese día del jueves, en su particular feria, hacían del descuido un arte. Mientras algunos berreaban y otros brincaban y se entopetaban con la clientela para llamar la atención y distraer al personal; los más hábiles, entre los que se encontraba el susodicho muchacho, pasaban el género del mercachifle burlado, normalmente fruta o dulcería, a la propia faltriquera, sin que mediara trato o pago alguno por ella, pues ahí estaba la maña y el arte, y no en tirar de bolsa que eso lo hace cualquiera, que la tenga ¡por supuesto! Luego la caterva de rapazuelos aficionados a lo ajeno se reunía en un lugar acordado, lejos de las miradas de los curiosos, donde se repartían el botín, según sus propias reglas de descuideros, y luego sin más miramientos el producto del latrocinio pasaba la andorga, algunos por necesidad y otros por puro vicio, Se conoce que el día de marras la cuadrilla del Juanillo le tomó demasiada afición al carromato de un verato, un tanto cetrino y malcarado, que traía unas cerezas muy apetitosas. La asociación de descuideros montó su particular teatro e hicieron suyas unas cuantas almorzás de cerezas, pero tanto

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les debió gustar el dulce manjar que repitieron con vicio, cuando eso no es nada aconsejable en ese noble oficio; y fue tanto el ir y el venir a los cestos de cerezas que al final el verato se dio cuenta de la treta. Tanto fue así que el frutero perdió la paciencia que a lo visto tenía poca, y se aprestó a darles un buen escarmiento, si volvían a la faena. El asunto no tuvo desperdicio; el verato estaba más que avisado, y cuando vio de nuevo la repetida farsa, puso los ojos como platos en la mercancía, y allí vio la mano del zagal, haciendo presa de sus cerezas. Le quiso echar mano, pero el muchacho estuvo presto y escurrió el abrazo del frutero que de cariñoso tenía poco, y puso tierra por medio para evitar dar las explicaciones que no vienen al caso, por obvias; pero no fue muy lejos, el vil verato le tiró con todas sus ansias una de las pesas de la romana, con la mala suerte de que le acertó en toda la testera y por allí se le escaparon los sesos y la vida al infortunado rapaz, delante mismo de las escaleras del atrio de la iglesia de San Martín. El verato al ver el descalabro que no merecían unas cerezas, le volvió la sensatez y se dio cuenta de su infortunio. Muchos se habían reunido ante el desdichado rapazuelo, y ya algunos le habían reconocido como el hijo de Marineda Moñino; otros, alarmados, empezaron a llamar a la justicia, pero los más pedían venganza, allí mismo. El frutero para evitar el desquite de los trujillanos que ya andaban hablando de linchamiento, no se anduvo con más, y escapó a la uña por el sitio por donde había venido a la plaza Mayor, pues no conocía más de Trujillo, por ser la primera vez que venía al mercado. Cuando ya creía que le daban caza, en la misma calle de Garciáz, pidió asilo en la primera puerta que encontró entornada, sin saber que era la de la madre del chico, y ésta se lo dio. Al poco la Marineda se enteró de la causa del desasosiego del verato, pero esta briosa mujer no faltó a su palabra de hospitalidad y mantuvo su secreto por más que se le corroyera el alma; y cuando llegó la noche, le contó quién era al sorprendido verato y le dejó franca la puerta para que escapara, diciéndole que, si le volvía a ver, ella misma le arrancaría con sus manos las entrañas. No es fácil encontrar mujeres de ese temple en la Historia, ni siquiera entre aquellas romanas que, por amor a la patria y al honor de sus antepasados, cerraron las puertas de las murallas a sus maridos, a sus hijos y a sus hermanos cuando, después de rendirse indignamente en las Horcas Caudinas antes las tropas samnitas, pretendieron volver a Roma, pero sólo encontraron el olvido y el camino del exilio. Tuvo la venganza en su mano, más cerca y más fácil que nadie, pero no hizo uso de ella; ya nada tenía, pero nunca perdió su dignidad. Pocas mujeres hubo tan nobles en Trujillo como aquella Marineda que ni apellido tenía.

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VI.- Luis de Arias y Castro, el Cumbreño La sexta de las leyendas que encontré en el cartapacio que le vino en heredad a mi abuelo de una tía suya que vivía en la calle Romanos de Trujillo, contaba una de esas pequeñas historias que, a pesar de la paradoja, hacen grandes a los hombres y con ellas dignifican al ser humano. Lo cual no es poco, si se tiene en cuenta las muchas proezas que hacemos en el sentido contrario. Ya decían los antiguos griegos, aquellos a los que ensalzó el mítico Homero, que no hay animal con menos raciocinio que el ser humano que desde su nacencia no ha hecho otra cosa que destruirse, moral y carnalmente. Desgraciadamente, el añado pergamino en el que se escribió esta leyenda, debió recibir un mal cuido, y cuando llegó junto a los otros compañeros de cartapacio, ya tenía perdido gran parte de la lozanía que en otro tiempo tuvo. Apenas se puede entrever el contenido; casi todo es una sombra de tinta sepia, diluida por las humedades. Sólo unos cuantos rasgos de letras y nombres, y algún que otro parrafillo han llegado en condiciones de ser transcritos; por tal razón no me ha quedado más remedio que renunciar a lo secundario que suele ser a veces lo más florido de una narración, entre otras cosas que para todo hay opinión. De este autor, según se desprende del tipo letra y estilo narrativo, sólo conservamos en la serie este escrito; por esta infausta casualidad no podemos contrastar el documento con otros mejor conservados, renunciando con ello a la aclaración de algunas palabras, incluso frases, que podrían haber resultado de 27


cierto interés. Y, por supuesto, el contenido que sin duda apunta más enjundia de la que aquí se propone. Además, su estilo no es precisamente exquisito, ni tienen nada que lo relacione, ni corto ni largo, con el arte literario. Más bien parece la recopilación, casi literal, de una de esas leyendas, tan propias de la tradición oral que se ajustan a unos tiempos y a unos modelos que, por pura lógica, no siempre están bien definidos. Éstos, las más de las veces, guardan más sintonía con la audiencia a la que va destinada, que con la destreza en las artes oratorias del rapsoda y del cuento. Es como aquellas fábulas y leyendas que se contaban, al abrigo de una lumbre, las largas noches de invierno, cuando el aprendiz de orador sólo intentaba captar la atención del oyente, sin que importara mucho lo que se decía y cómo se decía, fuera real o ficticio. El joven protagonista de esta historia es un rapazuelo, natural de La Cumbre, que llevaba por nombre Luis de Arias y Castro. Los sucesos que aquí se cuentan, debieron acaecer algún tiempo después de la batalla de Bailén, en 1808, en la que el general español Castaños derrotó sorpresivamente en campo abierto a las experimentadas tropas del mariscal francés Murat. Quizás todo pasó sólo unos meses después de aquella proeza bélica, quizás algunos años ¡quién sabe! Pero al menos tuvo que ser el tiempo suficiente para que de las tropas invasoras, acosadas por los patriotas españoles, desertaran un importante número de soldados. Estos desertores, bien porque sus unidades habían sido aniquiladas, bien porque simplemente las abandonaron antes de que fueran exterminados en su largo camino de vuelta a Francia, deambulaban sin rumbo fijo por España. Fuera ya de la disciplina militar, estos fugitivos tomaron por afición el cometer a su paso todo tipo de tropelías, robos, asesinatos y violaciones. Todo estaba permitido para esta gentuza sin honor, ni bandera, como desgraciadamente pasa en todas las guerras, y la de los españoles con los franceses no iba a ser una historia distinta. Pues bien, el rapaz que tenía apenas doce años, se encontraba cuidando un pequeño atajo de ovejas y algunas cabras que bien venían para el apaño de leche y queso, por los aledaños de la dehesa de Roda, donde al parecer su familia tenía algunas tierras de pastos y encinas El jovenzuelo era ya, a su corta edad, el hombre de la casa, pues otro no había. Su padre partió una mañana para Trujillo con un grupo de voluntarios cumbreños que se ofrecieron para luchar contra el francés; muchos fueron los que partieron, como consta el archivo municipal trujillano, pero muy pocos los que volvieron. La mayor parte encontró la muerte en algún lugar de Andalucía durante un enfrentamiento con las tropas napoleónicas. Muchas veces, en medio de aquellas soledades, se acordaba el rapazuelo de la promesa que le había hecho a su padre cuando se despidió de él a la puerta de su casa. Éste al marcharse le dijo que ahora él era el hombre de la casa, y que cuidara de su madre y de su hermana; y así lo juró para sus adentros 28


el valiente muchacho. Ahora su padre ya no volvería y él, a su corta edad, tenía una madre viuda, y una hermana tres años mayor que él; y de esta corta familia, él era el único sustento. A eso del mediodía, su hermana le acercaba desde el pueblo que distaba poco más de una legua, el almuerzo en una pequeña cesta. Los dos hermanos comían juntos, pues la hermana no quería que el muchacho comiese solo. Entre bocado y bocado, charlaban de esas cosas suyas de la edad que si bien les suele faltar sustancia, al menos ayudan a pasar el tiempo que en el campo siempre se hace largo, sobre todo cuando la calor aprieta. Mientras Luis daba cuenta de la fiambrera, una de corcho que había sido de su padre, se acercó la moza al pozo para coger un poco de agua fresca para que el rapaz aguara la sed del comer en seco. Apenas había sacado la caldereta del brocal, cuando resoplaron unos caballos, y con ellos aparecieron por allí unos facinerosos que a la vista del uniforme y la traza que traían, eran desertores del ejército francés. Éstos al ver sola a la moza junto al pozo, pensaron sin duda que tenían un buen y fácil botín para satisfacer sus bajos instintos carnales, y azuzaron sus monturas con la infame intención de hacerse con la muchacha y forzarla allí mismo. Pero los facinerosos no contaban con la presencia de aquel valiente rapaz que dándose rápidamente cuenta del peligro que corría su hermana, se interpuso entre los desertores y el pozo, blandiendo como únicas armas, su valor y el cayado de las ovejas. Los criminales continuaron al galope, sólo tenían ojos para la moza y no les importaba arrollar al muchacho y patear su diminuta figura con los cascos de sus caballos. Luis, mientras le gritaba a su hermana que huyera, agarró una piedra y la lanzó con tal fuerza y tino que le acertó en un ojo al primero de ellos, y allí terminaron sus días, no se sabe de cierto si de la pedrada, o de la posterior caída del caballo. Al segundo jinete lo descabalgó, trabando su cayado entre las manos del animal; cuando aún se encontraba el desertor de hinojos y un tanto aturdido por la caída, el muchacho le asestó con el cayado tal mamporrazo en la nuca, como se dice por aquí “a la revolandera”, que le colocó, evidentemente sin permiso del propietario, el occipucio a la altura de las orejas, y el alma en tratos con el infierno. Pero Luis tan sólo era un niño, aunque había demostrado más valor que muchos hombres bravíos, y aún quedaban otros cinco desertores que dándose cuenta de lo que había, descabalgaron, ya pasada la calentura de la moza que tiempo habría después para ella, y desenvainaron sus dagas. El muchacho sólo quería ganar tiempo para que su hermana huyera; sabía que poco más podía hacer, pero, olvidándose de su vida, pues aún podía huir a la carrera, les siguió haciendo frente entre unas carrasqueras. Aún tuvo tiempo el valiente rapaz de quebrar a otro la rodilla, mientras esquivaba las cuchilladas de los desertores al cobijo de los pequeños troncos de encina; pero finalmente pasó lo que tenía

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que pasar y cuando ya estaba rodeado, uno de los desertores le atrapó por la espalda y le atravesó con su enorme cuchillo de parte a parte. Su hermana, mientras tanto, había conseguido llegar hasta una era que había a mitad de camino entre la Cumbre y Roda, donde faenaban en las duras labores de la trilla unos cuantos mozos del pueblo que avisados de lo que sucedía, tomaron, sin esperarse a más miramientos, horcas, hoces, y, el que nada tenía, palos y piedras. Ese mañana corrieron como nunca, con la esperanza de poder socorrer al valiente muchacho. La suerte del zagal estuvo en que los desertores, antes de degollarle como era su intención, se entretuvieron un tiempo pateando e insultado al muchacho, que sólo había hecho lo que le prometió a su padre y le dictaba su conciencia de hermano. Ese tiempo fue el justo para que los mozos llegaran a la carrasquera donde los franceses se estaban ensañando con el pobre rapazuelo; sin mediar palabra, pues no había tiempo para charlas, los segadores se abalanzaron sobre los franceses, como gente brava que eran, de la mucha que hay por estas tierras, y allí mismo quedaron siete cadáveres para pasto de alimañas, pues hombres de tal porte no precisan de sepultura cristiana, ni merecen ser llamados con ese nombre. Todos se acercaron a la pareja; la hermana lloraba a ver como a Luis se le escapaba la vida a borbotones por el costado, y éste sonreía al ver sana y salva a su hermana; los mozos, hace unos segundos bravíos y despiadados en la venganza, no podían escapar tampoco al embargo de la emoción de ver el cariño que se profesaban ambos huérfanos. La hermana no quiso que nadie le ayudara, por mucho que algunos mozos se lo suplicaran; taponó las heridas con su propia ropa y le cargó entre su hombro y su regazo, y así anduvo las más de una legua que les separaba del pueblo. Nadie pudo explicarse como una jovenzuela pudiera cargar con el hermano una distancia tan larga, y sin exclamar una sola queja, sólo lágrimas, un montón de lágrimas. El valiente pastorcillo parecía condenado, pero alguien, en algún sitio, creyó que no era su hora, y el muchacho sanó, cuando la calentura le puso muchas veces a las puertas de la muerte. Y así fue, y se convirtió con el tiempo en un hombre de bien, muy respetado en toda la comarca para orgullo de su familia y de sus paisanos. De esta leyenda no es mucho lo que he podido encontrar, aparte de lo que dice el pergamino. Sólo en el archivo municipal de Trujillo consta la partida de voluntarios de La Cumbre para la guerra contra el invasor francés, sin que se especifiquen más datos. En el pueblo, cuando lo visité hace ya muchos años, ya nadie recuerda al valiente Luis de Arias y Castro, y eso que de éstos apellidos hay sobradas muestras en el pueblo; es muy posible que algunos incluso serán descendientes de aquel ilustre cumbreño que no le importó el entregar su vida para defender la honra de su querida hermana, haciendo honor a la palabra que había dado a su padre.

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VII.- El otro Sansón trujillano La séptima leyenda que encontré entre los papeles de mi abuelo cuenta las portentosas hazañas de un tal Luis de Alvarado, al que he rebautizado como el otro Sansón trujillano. Los dos manuscritos que se refieren a este curioso personaje son, sin duda, los mejor conservados de toda la serie del susodicho cartapacio, por ello incluso he podido reproducir frases y párrafos enteros que he entrecomillado para el lector, si lo hubiere, pueda distinguir a su antojo lo que me vino del algún lado y lo que yo he puesto. Por lo que en el documento se refiere, no podemos saber con exactitud la fecha de nacimiento de nuestro personaje. No obstante, un nieto suyo, llamado Pedro Alonso de Hinojosa, acompañó a Francisco Pizarro en las guerras del Perú, por lo que Luis de Alvarado pudo venir al mundo en la ciudad de Trujillo en torno a 1480; entonces, nuestro sansón particular debería tener algo más de cincuenta años cuando los españoles, y entre ellos su nieto, apresaron al Inca Atahualpa en la llacta de Cajamarca, por ser esa edad muy natural para la condición de abuelo en aquellos tiempos. Se decía de este personaje que “era hombre de mediana estatura, blanco y colorado de rostro; era calvo. Y fue tan recio e de carnes, tan tiesas e nervosas, torosas, que si tendía la pierna o el brazo, con unas tenazas de hierro no era posible asille más que si fuera un madero liso. Aún grueso, fue de tan grandes fuerzas y ligerezas...”. Como vemos, la descripción que se hace en el documento del tal Luis de Alvarado no es precisamente la de un Adonis, como suele suceder en estos casos; prueba de ello son las descripciones o representaciones que han llegado hasta

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nuestros días de aquellos que destacaron por su descomunal fuerza y valor, desde el mítico Gilgamets mesopotámico, hasta el más contemporáneo de los hércules habidos y por haber en toda la faz de la tierra. Quizás la excepción sea el Goliat de Dalila, pero seguro que en la fealdad de dicho personaje tuvo mucho que ver el que los vencedores contaran la historia a su manera que para eso ganaron, y el que la Iglesia anduviera metida de por medio que para eso siempre se las ha pintado sola. Luis de Alvarado por tanto no era un hércules tradicional, pues éste tenía que ser fuerte, hermoso, ágil, con irresistible atractivo para las mujeres y que prácticamente hubiera bebido de las mismas aguas de la fuente de la juventud. Y nuestro sansón no lo era; tan sólo era un hombre de muchas fuerzas y de una rara habilidad para sostenerse en el aire y escalar muros utilizando únicamente su rapidez y sus piernas. No obstante, hay que romper una lanza a favor de este particular personaje que, si bien no fue un heracles al uso de la literatura y de la historia, al menos fue un personaje con unas extrañas habilidades y fuerzas sobrenaturales que le distinguieron muy por encima de los de su época. Acerca de su extremada fuerza, pruebas hay sobradas de ella en el manuscrito que hace referencia a un encuentro armado que se produjo entre castellanos y portugueses por unas “quitas y dames” de herencias, derechos de tierras y disputas de fronteras; así cuando se hallaba “En Alcuéscar, en tierra de Montánchez, había un labrador puesto unas puertas en su bodega, nuevas, de tablones de roble. Allí dijo uno que una espingarda no las pasaría. Él dijo: ¿Qué apostaréis, compadre, que las paso con una piedra? El otro dijo que su hacienda toda. No sea tanto –dijo Alvarado-; mas una arroba de vino, para la compaña que nos atiende. Y apostaron. Tomó una piedra como de una libra, y rodeó el brazo con fuerza espantosa y como si la piedra fuese un rayo del cielo despedazó las puertas, haciendo mil rejas y pasando de la otra parte, con admiración y espanto de la gente que allí estaba y de toda la comarca, desde que se supo tal cosa”. También debió ser hábil en la batalla, cosa que no es de extrañar, pues no sería cosa baladí aguantar los mamporros del susodicho, que probablemente no precisaba de espada y de otras habilidades de esgrima, pues de seguro que era más temible con una buena maza para saludar debidamente al enemigo. Pero la verdad sea dicha, es que de nuestro personaje se cuentan más apuestas y lances de presuntuoso y fanfarrón que de auténticas luchas, como las que hicieron famoso al otro hércules trujillano, Diego García de Paredes. Y así se cuenta de él “... si se encerraba con tres hombres, los más fuertes y recios que se hallasen, en una cámara, los echaba fuera, como si fueran muchachos. Más donde llegaba con su mano era como tenaza de hierro, moliéndole los güesos si no se dejaba vencer”. A veces también Luis Alvarado nos aparece como un forzudo que no sabe, o no quiere, controlar sus fuerzas, como si actuara con desprecio ante todo aquel que le pusiesen delante como rival. Cuando se hallaba en los reinos de Portugal fue requerido por un hombre del rey para que luchasen y “le metió los dedos por los ijares, para asirse bien de él, de que le mató en presencia del rey, de que hubo el rey

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gran enojo. Y si no se salvara por sus propios pies, dicen que el rey le mandara matar”. En otro de sus muchos desafíos, le dijo un caballero que se tenía por recio en esta ciudad y que se llamaba Hernando de Orellana, “Señor, tiénenme en Trujillo por recio, ¿qué le parece a vuestra merced? Llegóse a él el Alvarado y asióle con la mano del brazo izquierdo, por bajo del sobaco del dicho brazo, y tiró con el dicho Orellana, haciéndole dar una vuelta alrededor, por cima de su cabeza del Alvarado; y tornóle a poner donde estaba primero, siendo el Hernando de Orellana hombre alto y de más pecho.” Nuestro Luis de Alvarado era sin duda un forzudo, presuntuoso y fanfarrón, pero al fin y a la postre un hércules de su tiempo. Pero si algo nos sorprende de este personaje, grueso y de mediana estatura, es las cosas que se cuentan sobre su ligereza y velocidad. No cabe duda de que en el documento se nos describe a un hombre que muestra unas extrañas habilidades y una desacostumbrada velocidad; por supuesto que lo que aquí se dice, poco o nada tiene que ver con la rapidez que otrora tuvieron otros míticos sansones, como el Heracles griego que era capaz de correr detrás de una flecha y cogerla en pleno vuelo, o la de cualquier otro héroe de similares características. Aquí se nos muestran habilidades humanas, raras pero posibles, que nos hace pensar que lo descrito es cierto, o casi cierto, que alguna exageración no viene mal de vez en cuando. En esa línea el autor del documento nos dice “que cuando estaba en tierra de Montánchez se iba al campo con un palo para matar caza, como corzas, y las alcanzaba, corriendo por sus pies”. Y “Lo que se contaba de su correr e saltar e de sus desmedidas fuerzas, aliende de esto, es más de maravillar, que, estando de pie, si viniesen muy fuertes hombres e apretasen con él, no le podían hacer mudar los pies de cómo los tenía, mas si fuera un grande mármol de piedra”. También era verdaderamente curiosa su habilidad para mantenerse en el aire y trepar a pie por las paredes: “Era tan desenvuelto, que le acaeció sacar por una ventana de una torre afuera una tabla e ponerse en ella, al cabo, teniéndola muchos hombres de dentro. E desque al cabo de ella, daba una voz, diciendo: ¡Soltad! E como que fuera un ave; se deshurtaba en el aire, guardándose de la tabla, e se tornaba al pretil de la torre o ventana, que parece cosa increible, más es cierto. Lo hizo en lo alto del castillo de Montánchez. Otras veces hacía que quería saltar de una torre afuera, en el aire, y se tornaba atrás a meter. Aguardaba a un toro que arremetiese con él. Y Por cualquier mármol o pared que hallaba se subía, e se entraba por cualquier ventana”. En cuanto al éxito que pudo tener entre damas y damiselas, requisito indispensable para ser un buen hércules, no es mucho lo que sabemos, pero, en cualquier caso, todo apunta a que no debió ser ni mucho menos proverbial. Su físico, en principio, no parece acompañarle para ser un don Juan, ya que era más bien un tanto bajo, grueso, calvo y de piel colorada, cualidades que, por muy benevolente que se sea, no se ajustan al modelo clásico de un adonis. Tan sólo hay una pequeña noticia, por cierto, muy confusa, en la que se pudiera entrever sus artes amatorias: “acaeció, estando Luis de Alvarado ante el Rey de Portugal, en un patio, 34


preguntándole el rey de sus desenvolturas, que una dama dende unos corredores le hizo señas con un anillo. Oyendo decir sus barraganías, apartóse disimuladamente al rey. Corriendo presto por un mármol arriba, arrebató a la dama el anillo, quedándose ella espavorida de miedo, por lo cual el rey le recibió por suyo e le prometió muchas mercedes. Por tanto, parece claro que su figura en principio estaba reñida con la prestancia y donosura requeridas para lances amorosos, y con ello sus posibilidades con el sexo opuesto, sin duda no eran tantas como las que, en honor a su carácter bravucón, hubiera deseado. No obstante, en su descargo hay que decir, para no faltar a la verdad que el susodicho éxito ante las féminas es algo a lo que todo varón aspira, si no hay por medio unte de bujarronería que también pudiera ser el caso. De nuestro susodicho matasiete sólo conocemos su escalada por un muro para arrebatar un anillo a una dama ante el estupor de los presentes, aunque no sabemos con seguridad si el lance estaba preparado sólo para el rey, actuando entonces el Alvarado como un extraño bufón celestino; o si por el contrario intentó hacer suya la conquista, utilizando su rara habilidad para escalar sin manos por las paredes. Sea cual fuere el caso, si celestino o don Juan; lo que si parece claro es que el Alvarado, dado su carácter vanidoso y fanfarrón y a falta de otras dotes físicas, debió utilizar sus raras habilidades a la hora de ganarse el corazón de alguna dama, lo cual en principio no nos extraña, pues siempre hay un roto para un descosido. También parece que se enfrentó a toros, como nos dice escuetamente el manuscrito, pero habría que verle presumiendo ante toda la parroquia los días del Corpus, cuando se lanceaban toros en la plaza Mayor de Trujillo. Seguro que nuestro personaje derribó a más de un cornúpeta, además de esquivar, sortear y patear, si fuera el caso, en cualquiera de las suertes taurinas de la época; y sin menoscabo de su habilidad para correr, trepar por paredes, parapetos y dar saltos más altos que el mejor de los saltimbanquis. También sobre la eterna juventud de estos héroes hercúleos, otra de las condiciones necesarias para ganarse la fama de héroe inmortal, poco puede argumentarse a favor en este caso que nos ocupa del sansón trujillano. Todos los héroes de esta condición y trapío mantuvieron su físico intacto hasta su muerte, y éste no es el caso del Alvarado, al que en el propio texto se le describe como viejo aunque no con sus míticas fuerzas perdidas. “... le conocí muy anciano y dado a la hipocresía. Un día, estando echando barra unos mancebos de esta ciudad a la plazuela de Santiago, que es el lado de las casas del mayorazgo de los Chaves, pidierónle por merced algunos caballeros -que allí se hallaron, al baluarte de dicha iglesia- que tomase la barra en la mano, no mas para ver el aire con que en otro tiempo solía echar. A tan gran importunación, se hubo de bajar e tomó la barra en la mano. Cogiendo primero las faldas de un tabardo con mangas, que entonces se usaba, alzó el brazo con la barra, amagando a tirarla. Preguntáronle, diciendo: ¿Dónde pusiera vuestra merced esa barra en su tiempo? Dijo Luis de Alvarado: Por cierto, yo la pusiera encima de aquel baluarte. Y diciendo y haciendo, arrojó tan fuertemente e con tan buena maña la barra, que dio, dos tercios en alto del baluarte, un tal golpe, que pareció que estremecía la iglesia. Dieron toda una voz de admiración, porque, según la distancia donde tiraban, de dos tiros no llegara allí otro 35


que tirara mucho. El Alvarado quedó de sí descontento y, remeciendo la cabeza, dijo: -¡Ya no soy nada!- quejándose de su enfermedad y vejez, que , averiguadamente, cuando dijo que en otro tiempo la echara sobre el baluarte, que entonces también lo pensó hacer. Yo tengo creído que en su tiempo la echaría por cima de toda la iglesia. Testigo es Dios que no miento, que le vi hacer lo que he dicho y allí quedó la señal de a barra en el baluarte”. La fuerza y agilidad de este peculiar personaje parece que se transmitió en parte a su prole. Al parecer con su mujer sólo tuvo hijas, de otros afanes nada sabemos, y se cuenta de éstas que mostraban tal agilidad que “... cogidas de las faldas, jugando, saltaban de una parte a la otra sobre una mula, y sobre un caballo”. Uno de sus nietos, Pedro Alonso de Hinojosa, destacó desde mozo por su fuerza y ligereza. Luego cobró fama en Indias “. por ser muy valiente hombre en las guerras del Pirú del Rey, de los Pizarros.”. Se cuenta, como hecho memorable, el que estando en Panamá se negó a los requerimientos de La Gasca, por entonces gobernador de aquellas tierras; el desplante no debió sentar muy bien a los representantes del rey, y unos cuantos capitanes se conjuraron para darle muerte, pero el tal Pedro Alonso fue avisado del complot que se tramaba sobre su persona y “ciñóse una espada corta, vieja y un puñal. Y él sólo esperóles en una pieza de una casa en Panamá...” Parece ser que nadie le quiso medir ese día, ni sólo, ni acompañado, pues a fuerza y fiereza nadie le aventajaba, o al menos para los que allí se habían conjurado. También tenemos noticias ciertas de otro nieto suyo, de nombre Francisco de Alvarado que, en Valverde de Mérida, por asunto de unas varas el día del Corpus, dio muerte a un convecino, por lo que tuvo que huir a Portugal para escapar de la venganza de los familiares del difunto. Cierta vez que se acercó a Valverde para ver a su mujer, le tendieron una celada; el susodicho nieto que debió heredar algo de las fuerzas del abuelo, logró herir a seis de los atacantes, pero finalmente sucumbió ante las pedradas y saetas que le lanzaron los emboscados. Cayó muerto junto a un arroyo, pero sin heridas de arma blanca, sino descalabrado por las manos que no osaron acercársele. Luis de Alvarado fue un personaje histórico sobresaliente del Trujillo de principios del siglo XVI. Fue sin duda un hombre forzudo y con grandes y raras habilidades, aunque, como ya hemos dicho, nuestro personaje no se ajusta, ni por asomo, a la descripción del hércules clásico; no cumplía los requisitos de la belleza corporal y del atractivo entre el sexo opuesto, amén de la eterna juventud. El porqué de estas máculas que deslucen su imagen postrera, sin duda se deben a que los hechos son narrados por hombres que le conocieron, lo cual da más valor a esta historia, y no se podía mentir sobre aquello que todos estaban viendo con sus propios ojos; es decir, un físico no muy afortunado -blanco, colorado y rechoncho-, y un carácter bravucón que debió causar mella y humillación en más de uno, por no decir en muchos. Echamos sin duda en falta sus hazañas bélicas, pues tan sólo se mencionan algunas escaramuzas con los vecinos portugueses de escasa monta. Sin duda cualquier hércules las tendría, pero éste no. La diosa Fortuna no solamente no fue generosa con su físico, sino que tampoco le dio oportunidad para lucir sus fuerzas y 36


arrojos en grandes contiendas, pues apenas debió contar con doce o trece años cuando los reyes católicos acabaron con la presencia musulmana en la Península, y para cuando llegó la guerra del Perú donde pudo acompañar a los Pizarro, ya era demasiado viejo. La mala suerte, o quizás la buena pues eso nunca se sabe, se cebó con este personaje que no tuvo la oportunidad de demostrar su valía en reputadas contiendas militares que le hubieran dada fama universal, como a otros trujillanos; pero así es la vida, y el tal Luis de Alvarado por el caprichoso destino no pasó de ser un personaje fanfarrón y en su vejez algo dado a la hipocresía, y nunca sabremos lo que hubiera podido ser si otro gallo hubiera cantado.

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VIII.- El espino de las ánimas. La octava de estas leyendas nos cuenta una entrañable y simpática historia que debió acontecer allá por los finales del siglo XIX, el llamado siglo de Europa. La verdad se dicha, es que lo que se dice fechas en el texto no hay, entre otras cosas porque no se precisan; sin embargo, los hechos narrados y la propia composición del relato, me inducen a pensar que, como mucho, habría que remontarse a esos tiempos tan propios del romanticismo. Evidentemente, si los sucesos fueran algo más cercanos a nuestros días, tendríamos por fuerza que conocer a sus protagonistas, o al menos haber oído hablar algo de ellos, pues la cosa, hay que reconocer justamente, que daba para ello. Y, ni lo uno, ni lo otro. También pudiera ser que este breve relato fuera una simple y llana invención que vino a dar al cartapacio, por el sempiterno motivo de la casualidad y que, al mezclarse aleatoriamente con los otros relatos, tomó sin permiso lo añejo de la historia que éstos otros tenían, al compartir lugar de hallazgo. No sería la primera vez que cosas y asuntos, mezclados al albur, generaran a su vez errores anacrónicos de bulto. Pero en lo que a nosotros se refiere, poco importa al caso, pues con estos presentes este relato perdió la simpleza del cuento, y ganó, quizás merecidamente, la aureola de misterio que tiñe a las leyendas. Pero bueno, esto es lo que hay. Y como la veleidosa diosa de la fortuna no nos alumbre con otro descubrimiento de tal guisa y preparo, harto difícil será el que podamos asegurar con el rigor historiográfico necesario para estos casos, la fiabilidad de los hechos; lo cual es más que dudoso. Por tanto, en tal asunto, como en tantos otros, tendremos que seguir in albis que es uno de esos latinajos que, aunque no venga del todo a cuento para este cuento, al menos a mí me lo parece.

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Pues bien, al parecer un matrimonio que vivía allá por la calle Alférez, o quizás por la plazoleta de Quiroga, llevaba ya largo tiempo en el siempre destemplado empeño de tener descendencia, pero no había forma de que la preñez viniera a premiar a esta humilde y sencilla pareja. Los nombres de los enamorados no aparecen en el texto, y no porque el hambre de ratón o la pasión de la traidora polilla se hubieran cebado en el manuscrito, como en otros relatos anteriores, sino porque simplemente no aparecen; pues el texto, es más bien escaso en datas y nombres, pero no hay duda de que está completo. En cualquier caso, el asunto ya era para preocuparse, pues ya iba para diez años la fatigosa espera de la preñez que se les antojaba, después de tanto esfuerzo, que no tendría fin. Al marido ya no le llegaba la camisa al cuerpo y la angustia poco a poco iba apoderándose de él, pues a la faena del día, había que sumar la de la noche, y las mas de las veces doblar de madrugada, como si se tratase de maitines conyugales. Está visto que ante tal empeño sobran consejos y no valen buenos alimentos por mucho que se diga; y si no aplíquese el remedio, y ya hablaremos más adelante. En ambos había hecho mella la desesperación, pues ya habían recurrido a toda clase de sortilegios y visitado a todo tipo de magos, curanderos y curatos, pues al caso son lo mismo; todos ellos poseen remedios y tarifas que nunca hay que olvidarlo. También habían hecho sociedad, por tal afición, con otra gente de mal vivir que nunca falta quien preste una mano a cambio de algo; pues el que vive del cuento y en tal coyuntura se ha puesto por falta de honradez y poco apego al trabajo, sabe olisquear donde puede sacar tajada. También es cierto que al final todo se sabe, y por buenos réditos que haya, más de un emplumado daba buena cuenta de gallo cebón y vino añejo el día antes de que le hicieran pájaro. El pobre hombre de luces no debía andar muy sobrado, al menos en lo que se refiriera al fastidioso asunto de la preñez; tanto es así que algunas bromas de sus habituales, como es la del relato, las tomaba por ciertas, o al menos por hacederas, aunque en su favor correría su propia desesperación. Las chanzas sobre su posible celibato, por no decir bujarronería, se sumaban a otras consejas milagrosas como la tan habitual trujillana del pase del calzón con olor a macho y ¡sabe Dios cuántas más! Pues bien, un buen día a uno de sus contertulios vespertinos, de los de pistola de tinto y duelo de rana, se le ocurrió la idea de contarle, con cierto misterio y entre susurros, como si nadie más pudiera compartir el secreto, algo que había oído de muy buena tinta. El asunto no era otro que había un espino florido cerca del zahurdón de las Ánimas que tenía la virtud de facilitar la preñez a toda mujer que lo tocara, y que por eso las mozas evitaban rozarlo porque no quedara en evidencia su virtud. Lo que no sabemos es si las susodichas mozas sospechaban aviesamente que habían mantenido comercio carnal con varón, pues la ignorancia es mucha, pero ¡de no haberlo para qué evitarlo! Pero, en fin, ¡ellas tendrían sus razones y barruntos! El buen jorro, pues así se llamaba y se sigue llamando en estas tierras a los que no poseen descendencia genética, aunque aparentemente no tomaba en serio las intencionadas recomendaciones de sus amigos, sin embargo, como ya creo que he dicho, no cejaba en el intento de las probaturas, por si acaso. Sin duda lo hacía por su pobre mujer que no tenía otra razón de vivir que el ser madre; y seguro que también 39


por él, pues en el deseo de su mujer se le estaba escapando la salud, porque el abuso no es bueno, ni en el vino, aunque sobre eso seguro que muchos tendrán algo que decir en contra. Pues bien, una tarde, ni corto ni perezoso, salió a pasear con su mujer por el descansadero de San Lázaro. Allí tomaron, como el que no quiere la cosa, la calleja que va a la Molineta, uno de los dos molinos de viento que en otro tiempo tuvo Trujillo. Desde esa atalaya el marido oteó el horizonte, por ver si les seguían, pues no las tenía todas con sus camaradas, ya que le daba que la conseja era chanza, y una cosa es hacer el ridículo solo, y otra acompañado. Como al parecer no había moros en la costa, cambiaron el rumbo hacia la colada de las Ánimas en pos de añorado sueño de la fertilidad milagrosa de su mujer. No tardaron en dar con el supuestamente afamado espino que entre dos rocas se alzaba grandioso y florido; y a él se acercó la pareja con la devoción misma de un penitente, a tocarlo y besarlo, si fuera preciso. Durante varias semanas repitieron la misma operación con fervor casi religioso, y por fin se obró el milagro: su mujer estaba preñada. La chanza se convirtió por obra de algún encantamiento en una hermosa y oronda preñez. La pareja que no cabía en sí de gozo, contó finalmente lo del mágico espino a todo aquel que quisiera escucharles; el árbol, en sus palabras, era una santo milagrero. El espino de la fecundidad. Lo cierto fue que el espino florido de las Ánimas cobró fama, y aquel paraje, antes perdido y abandonado, se convirtió en uno de los más visitados de la época, sin duda por el siempre dudoso motivo del por si acaso. Historias parecidas hay en otros pueblos de la comarca, como la del almendro florido del castro celta, de la estirpe de los vetones, de Aldeacentenera; por lo que muy bien pudiera ser lo que en historia se llama lugar común, o lo que es lo mismo leyenda adaptable a cualquier lugar y situación, donde obre la necesidad. Baste para ello consultar los martirologios, y veremos que el fatal trance de un mártir sirio o macedonio, vale también para un franco o un númida, o para cualquier otro, sólo cambia el nombre, y poco más. Yo, hace ya algunos años, me acerqué por la colada de las Ánimas, no por lo de la preñez, pues de familia ya andaba sobrado, sino por comprobar, aunque tenía pocas esperanzas, si quedaba algo de aquel seductor espino, si es que alguna vez existió. No encontré rastro de él, sólo zarzas, carrascos y alguna que otra encina, aunque más abajo, en la huerta Perdida, justo en la ladera este de la Canchera, encontré dos pequeños espinos floridos que a lo mejor son vástagos de aquel otro, pues las semillas siempre encuentran vehículo para viajar sin peaje. Y ¿por qué no? Pero mi sorpresa fue el propio zahurdón que se ubica en la solana de la colada que a todas luces no fue ideado para cochiquera, sino para otros propósitos más elevados. En poco se diferencia de los hipogeos micénicos que pululan en el sur de la península balcánica, al menos en lo que se refiere a la cámara abovedada por aproximación de hileras. Es una obra impresionante que me recuerda a otra, aunque esta más sencilla, que encontré junto al arroyo del Oro, en Puerto de Santa Cruz. Bajo esa bóveda de granito me vino a la memoria un artículo de un ilustre extremeño, Mario Roso de Luna, que a principios del siglo XX creyó ver antas 40


micénicas junto al río Búrdalo, cerca de Miajadas. Pero eso es otra historia que quizás algún día contemos.

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IX. El becerro de oro. Otra de las leyendas que encontré entre los papeles del cartapacio, hacía referencia a un mítico tesoro que si duda excitó la fantasía de muchos lugareños de los pueblos de la comarca. Algunos, seguramente, azada en mano, no escatimaron esfuerzos en busca de ese animal de ensueño, con la esperanza de encontrarlo en las profundidades de alguna ruina histórica. Esta historia no es como las otras, pues no hay relato como tal, sino unas cuantas opiniones recogidas, al parecer acá y acullá, sin que en principio haya algún orden aparente. En cualquier caso, ni se mencionan nombres, ni lugares, ni más datos que los del puro interés por el tesoro; pero seguro que todo era “de muy buena tinta”, como el tiempo vino a confirmármelo, cuando recorrí la comarca en pos de la cultura vetona y escuché, de la misma boca de los paisanos, opiniones sustancialmente relacionadas con las del pergamino. Entre los diversos pareceres recogidos en el susodicho legajo quizás había, a mi juicio, dos variantes de la misma leyenda. Las coincidencias expositivas y argumentales son tantas que nos hacen sospechar que, de una primigenia leyenda, surgieron otras dos muy parecidas, aunque en sustancia diferentes, por razones que pasaremos a exponer. Una de ellas reseñaba que, en los tiempos de la Reconquista, cuando las mesnadas cristianas de don Fernando III, el Santo, se presentaron ante las propias puertas de la medina de Taryala, después Trujillo, un jeque moro, en su precipitada huída, tuvo que esconder su más preciado tesoro; éste no era otro que la susodicha escultura de oro. Al parecer lo escondió en las abruptas riberas del río Almonte, muy cerca de donde tenía un castillo. La leyenda, en uno de esos resabios románticos tan de gusto de su propio carácter narrativo, además de rodearse de una aureola de misterio, nos ofrece unas de las claves para poder localizar el mencionado tesoro; así se nos dice que cuando las aguas del río Almonte se desbordan, el mítico becerro de oro bebía directamente de

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ellas. No hay leyenda que se precie que no tenga una clave, y ésta no lo iba a ser menos. La otra corriente de opinión entre los lugareños de la comarca trujillana defendía que el supuesto ídolo, caso de que lo fuese, no era un becerro, sino un verraco; además, dicho tesoro era de mucho antes de los moros, allá cuando los romanos, o quizás de antes, de unos tales framontanos celtíberos de los que en la historia no hay más huellas que la cita de autor que se nos antoja poco fiable en estas lides. Aunque, la verdad sea dicha, había también en esta segunda variante quien no se olvidaba de los moros, quizás simplemente porque para éstos moro y antiguo es lo mismo; es simplemente una referencia temporal que no tiene por qué identificarse con cultura alguna. El porqué de esta divergencia de opiniones, en torno a si el mítico tesoro era becerro o verraco, entra del campo de lo puramente hipotético y por más subjetivo, ya que no hay más información en el documento que lo ya mencionado que, como habrán podido comprobar, nos sabe a poco. Por otra parte, mis indagaciones posteriores tampoco aclararon gran cosa sobre este asunto, pues unos y otros se mantenían en sus versiones, sin más argumentos que el de “así me lo han contado. Y así es”. Yo por aquel entonces era ya un entusiasta alumno de historia Antigua y mi desaforada imaginación juvenil no podía pasar por alto una leyenda de tal enjundia, por quimérica que pudiera ser su interpretación. Así, con lo poco que había aprendido de los métodos historiográficos y aquello que de pasional intuición pudiera agregar al guiso, llegué a varias conclusiones que entonces se me antojaron de cierto mérito, aunque luego pude comprobar que éste fue más bien escaso. A fin de cuentas, que la historia pudo vagar por sendas muy distintas a las que yo había tomado con tanta vehemencia. En primer lugar, entendía, como a todas luces parece lógico, que sólo era una leyenda, y no dos. Y todo ello, a pesar de que el protagonista principal mutase de forma, bien becerro, bien verraco, y que su cultura vacilase, según las opiniones, entre mora, romana o vetona; en ningún caso celtíbera, por razones que no voy a explicar, pues basta cualquier manual de historia Antigua para salir del paso. La pretendida metamorfosis del ídolo tampoco es algo excepcional, ya que la transmisión oral siempre ha producidos equívocos de esta índole y condición, y algunos más dispares, como sobradas muestras hay en la historia. Y si no, hay está el Minotauro, ser demoníaco, mitad hombre y mitad toro, cuando en realidad Minos fue un gran gobernante y legislador de la isla de Creta. Como segunda conclusión, me parecía también evidente que los autores no podrían haber sido musulmanes, pues bien, sabida es su prohibición religiosa respecto a las representaciones. Además, por si fuera poco, el verraco, o sea el cerdo, es un animal contaminado y prohibido en su credo religioso. Por tanto, un cerdo de oro no tendría cabida entre los sarracenos; pero también podría ser un becerro. En principio tampoco muchas posibilidades porque hay que tener en cuenta que estas tierras de la comarca de Trujillo son, en términos generales, más propias de ovejas y cabras que de vacas, a la sazón también más del gusto de los sarracenos; y en segundo lugar, lo ya dicho sobre las prohibiciones religiosas acerca 43


de las representaciones figuradas de animales y seres humanos. También hay que decir que dichas reglas no siempre se cumplen, debido fundamentalmente a la relajación de las costumbres en ciertos momentos de su historia. Para aceptar la hipótesis musulmana sólo cabría la posibilidad de que la transmisión oral hubiera cambiado totalmente la definición del tesoro; éste pasaría de ser un acopio de objetos preciosos a un verraco, o un becerro, lo cual tampoco tendría mucho sentido, pues se perdería el carácter sacral de la escultura. Es decir, el tesoro es principalmente un ídolo del pueblo que lo construyó y poseyó. La segunda hipótesis, la del verraco, me parecía mucho más verosímil porque este animal había sido objeto de culto apotropaico entre los vetones de este territorio. Conocemos la existencia de otros verracos ¡claro está de granito! en Botija y Madrigalejo aunque, la verdad sea dicha, es que estas figuras ya no responden tanto al culto apotropaico o de fertilidad, como al eminentemente funerario, pero al caso poco importa. Este pueblo de estirpe celta, durante varios siglos, fue dueño de estas tierras trujillanas hasta que las legiones romanas convirtieron el territorio en la provincia de Lusitania. El asesinato de Viriato, el último gran caudillo de vetones y lusitanos, significó prácticamente el fin de la independencia de estos pueblos celtas, cuyos castros se asientan, en la comarca de Trujillo, entre las riberas más fragosas del río Almonte. Antes de Viriato también hubo otros líderes militares, casi olvidados por la historia, que no sólo ofrecieron una tenaz resistencia al invasor, sino que también llegaron a humillar a dos ejércitos pretoriales, como Púnico y Caesaros, cuyas correrías llegaron hasta la costa onubense y gaditana. La romanización hizo el resto, y a la pérdida de la independencia se sumó la pérdida de su identidad cultural, y la vetona Turaca se convierte en prefectura emeritense, primero como Turacalium, luego Turgalium, y finalmente alcanza el privilegio de municipio, con toda probabilidad bajo los emperadores Flavios. Luego la evolución fonética tradicional la convierte en Trujillo que es como hoy se conoce esta ciudad berrocaleña. Por tanto, llegué a la conclusión de que la leyenda originaria se refería a un verraco de oro, y que los vetones habían sido los autores del mítico ídolo. Pero por qué se insiste en algunos lugares de la comarca en que el tesoro era becerro de oro. La verdad es que para ello sólo me cabe la explicación de que, en el proceso de transmisión oral de esta leyenda, se deformó el contenido. Las causas pueden ser diversas; el destino que para las cosas también lo hay, seguro que ha jugado su papel, como sobradas muestras hay desde los tiempos de Homero. A mi juicio, me refiero al que entonces tenía, era muy posible que la trasmisión oral hubiera cambiado el verraco por becerro por varios motivos. Quizás solamente por el deseo de engrandecer y magnificar los relatos, convirtiendo al verraco en toro que por razones obvias es más deseable, pues más oro hay en el envite; también pudo jugar algún papel aquello que habíamos oído en las charlas parroquiales sobre aquel becerro de oro, al que rindieron culto idolátrico los israelitas junto al monte Sinaí, y más tarde en tiempos de Jeroboan, y que tanta desgracia acarreó al pueblo de Israel; o quizás, si intervino en la transmisión algún erudito que quiso dejar su huella personal, los afamados toros de Habis y Gárgoris pudieron 44


influir de alguna manera en el relato, pues no hay mito más cercano a nuestra tierra que ése, además del de las yeguas lusitanas. Tampoco hay que descartar el hecho de que el pueblo vetón, más al norte, esculpiera otrora toros roqueños como los de Guisando, a los que debía rendir culto apotropaico, como a los verracos del Almonte. Pero el trabajo sobre una mesa de despacho y sobre supuestos teóricos poco, o nada, tiene que ver muchas veces con lo que pasa fuera de él, y mucho menos aún, si por medio se cruza la tradición oral que suele ser muy mentirosa. Y ésta, al fin y a la postre, fue la configuró, y sigue configurando, dicha leyenda. Pasaron algunos años y aquello quedó en el olvido, hasta que, a principios de los ochenta, cuando estaba realizando mi tesis doctoral, me topé de nuevo con esta leyenda en Logrosán, después en Aldea de Trujillo, hoy del Obispo, también en Aldeacentenera y en Torrecillas de la Tiesa, y en Berzocana.... Pero mi sorpresa fue que desde aquellos años que habían pasado entre la redacción del escrito de mi abuelo Eliseo, seguramente en torno a una centuria, el relato había asumido nuevos ingredientes que aumentaban aún más la confusión. Ahora la leyenda del mencionado tesoro, sea verraco, becerro, o zorro, como en el caso de Aldeacentenera, se había descubierto a raíz de la guerra civil, cuando un soldado moro de las tropas de Franco había llegado al pueblo preguntando por el Castillejo, la Villeta de Azuquén, La Coraja , La Burra, El Pardal... que son los nombres actuales de los antiguos castros vetones. El susodicho moro, había estado excavando durante mucho tiempo en busca del mítico tesoro, pues en África aún quedaba el recuerdo de aquel jeque árabe que huyó cuando la Reconquista y dejó atrás su preciado tesoro. Incluso el mencionado moro daba cuenta de detalles que no podía conocer sino por una descripción muy detallada de algún pergamino escrito en torno a 1232, o poco después, cuando finalmente Fernando III el Santo reconquistó Trujillo y puso fin a la presencia sarracena en la comarca. Al final triunfó la versión mora, la menos plausible, pero así son la cosas, y como tal hay que tomarlas. A fin de cuentas no deja de ser una leyenda de esas que animaban las frías noches al calor del fuego, pero no por ello cuando me acerco a los riberos del río Almonte, dejo de escudriñar cualquier sospechosa oquedad ¡ por si las moscas!

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X. La princesa mora La siguiente leyenda trataba la trágica historia de una joven mora que se enamoró de un mozárabe cristiano, allá cuando lo de la Reconquista de estas bravas tierras trujillanas. El relato, tal y como aparece en el manuscrito, se me antoja muy elaborado y con algún que otro anacronismo histórico; sin duda porque en él se alean, al parecer sin mucho miramiento, varias leyendas y cantares que aún haciendo referencia al lugar común de la historia, sin embargo, difieren en las fechas y en parte del contenido, aunque no en la esencia de éste, un amor imposible. Al parecer, cuando el rey católico don Fernando III, apodado El Santo, decide marchar con sus mesnadas cristianas, desde las tierras de León, en pos de la ansiada reconquista de Extremadura, se encontró, al vadear el río Tajo, con el inexpugnable baluarte del castillo de Monfragüe, al que ya los romanos denominaron Mons Fragosus por su inaccesibilidad. El monarca cristiano, por razones estratégicas, no quería en modo alguno dejar a su retaguardia esta arisca fortaleza sarracena que dependía de la importante medina de Taryala (Trujillo), pero tampoco podía perder tiempo en tomar aquel inhóspito farallón porque la reconquista de la fortaleza de Trujillo apremiaba. En esta nueva campaña don Fernando sabía de sobra, por los informes que le habían llegado, que el tiempo era vital, ya que en Sevilla se preparaban importantes refuerzos militares parea venir en ayuda de los moros extremeños; allí, se sabía muy bien que, si Trujillo pasaba a manos cristianas, también lo harían todas las demás tierras comprendidas entre los ríos Tajo y Guadiana.

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Por ello decidió encargar a uno de sus más experimentados capitanes el que tomara al asalto la susodicha fortaleza, mientras él continuaba sobre Trujillo que no distaba un día de marcha, con el resto de las tropas; además, que apremiara, pues necesitaba de todos sus soldados para la importante conquista de esta ciudad. El capitán se acercó hasta los mismos pies de las murallas para parlamentar con el alcaide moro de la fortaleza de Monfragüe. El soldado cristiano, sin muchos preámbulos, pues siempre había sido un hombre de acción y no de palabras, le dijo al moro que se rindiera, pues era inútil toda resistencia. El alcaide de Monfragüe, que era un bravo y veterano guerrero, le contestó que había dado palabra al cadí de la medina Taryala de no entregar el alcázar; y que, si lo querían, que lo tomaran por la fuerza, si podían, y sobre su mismo cadáver, pues de otra forma no lo tendrían. A las tropas cristianas, ante la actitud de los defensores del fortín, no les quedó más remedio que preparar escalas y otros artilugios de asalto, pues no había tiempo para cercar la fortaleza y sitiarla por hambre, ya que el rey cristiano Don Fernando necesitaría de todos sus hombres, una vez que se iniciara el asalto de las murallas de la medina de Taryala. La lucha fue encarnizada, pues si bravos eran los cristianos, los moros no le iban a la zaga. Así estuvieron diez días completos de toma y daca, hasta que murió en una de las escaladas el capitán cristiano, atravesado de parte a parte por una alabarda que encontró hueco a través del coselete de su armadura. Las tropas cristianas se retiraron abatidas con el cadáver de su bravo capitán al improvisado campamento. Parecía que la toma de la fortaleza era ya imposible, habían sido muchas las pérdidas humanas, y prendía entre todos la opinión de que lo mejor era fijar la posición y mandar un correo a Don Fernando, reconociendo la situación, para que éste dictaminara mando y estrategia. Pero entre todos surgió la voz de un joven alférez mozárabe, de nombre Ibán Hernando, que pidió a sus compañeros que aguardaran al menos hasta el día siguiente, pues él estaba decidido a escalar el pétreo farallón, protegiéndose en las sombras, y abrir las puertas de la fortaleza, si la suerte le acompañaba. Los soldados animados por la valentía y el arrojo de aquel joven mozárabe, decidieron continuar con el asalto, y eligieron a Ibán Hernando como su jefe, hasta que don Fernando decidiera otra cosa. Esa misma noche estalló una gran tormenta que, más que amilanar al joven alférez, le animó; pues si más peligrosa sería la escalada, también era verdad que más confiados estarían los defensores. Después de hincarse de hinojos y pedir la protección de santa María, se dispuso a escalar, en compañía de otros cuatro soldados voluntarios, el escarpe más abrupto de la fortaleza de Monfragüe, y por tanto el más desprotegido. Y así fue; los cinco soldados cristianos se desembarazaron de las armaduras, llevando tan sólo como defensa una pequeña daga que de poco les valdría si eran descubiertos, y comenzaron la inexplicable escalada, pasada la media noche, cuando más arreciaba la tormenta. Pero la historia es también imprevisible, y a veces las locuras se convierten por mor del destino en las mejores y más brillantes hazañas, y la empresa milagrosamente tuvo éxito. Uno de los cristianos se despeñó en el intento, pero en su mortal caída no profirió un solo grito, para no delatar a sus compañeros de escalada y descubrir la treta. Los otros cuatro, antes del alba, llegaron a las murallas del primer recinto, y una vez 47


eliminados los confiados guardias, tras la señal convenida, el ulular de una lechuza, abrieron las puertas de la fortaleza. Con las primeras luces de la mañana, sin apenas resistencia, el inexpugnable baluarte de Monfragüe estaba tomado, con la excepción de su torre principal, la llamada del homenaje. El joven alférez, de nuevo, como antes había hecho su capitán, ofreció una honrosa rendición al moro, pero el valiente alcaide de Monfragüe no estaba dispuesto a faltar a su palabra, y si bien deseaba la rendición para que sus leales soldados no fueran sacrificados inútilmente, en cambio él no podía salir vivo de la empresa, para no faltar a su honor. El moro decidió salir solo de la torre y retar a la vieja usanza a todos los cristianos, uno por uno, o como quisieran, y que cuando le mataran podían tomar el baluarte sin resistencia, pues esa era la orden que había dado a sus defensores. El joven Alférez tomó el guante que había lanzado a sus pies el alcaide sarraceno, y se adelantó entre todos para entablar noble y singular combate delante del mismo torreón que duró, según se cuenta, más de dos largas horas, pues si bravo era el moro, león era el cristiano. Al final un mandoble del Hernando acabó con la vida del alcaide que en un último suspiro le dijo a su matador que velara por su hija, y que se la entregara sin ultraje al rey Don Fernando, pues era dama principal y cristiana por su madre. El alférez ante ese lecho de piedra lo juró por su honor, y cumplió su palabra. Al cesar el rumor de la enconada lucha, salió la joven princesa al frente de los pocos defensores que aún quedaban en la fortaleza. Ésta avanzó orgullosamente hasta el cadáver de su padre, sin derramar una sola lágrima antes las huestes cristianas; sólo pidió, con la cabeza alta y sin dirigirse a nadie, que le dejaran un tiempo para adecentar el cuerpo de su padre y darle honrosa sepultura, a lo que le contestó Ibán Hernando que el que necesitase, y que dispusiera el lugar donde excavar su tumba que de presto se haría. El alférez cristiano, desde ese mismo momento, quedó prendado de la prestancia y hermosura de la princesa mora que resumía en su porte la mejor herencia de lo árabe y lo cristiano, pues a su larga y negra cabellera africana se unía el esplendor de su mirada de luceros de esmeralda, y su talle de junco y escarcha. Una vez consumado el sencillo sepelio, tomaron inmediatamente el camino de la medina de Taryala, para ayudar al rey cristiano don Fernando que tampoco encontraba la forma de reconquistar esta ciudad tan arisca y densamente poblada, por mozárabes, muladíes y beréberes. Tan segura la tenían los moros, por sus poderosas murallas y sus temerarios defensores, que el cronista árabe al-Hinyari decía de ella que “Es un hisn inexpugnable, con una muralla y mercados activos. Sus caballeros e infantes pasan su vida emprendiendo correrías contra el país de los cristianos, se dedican a ejercer el bandolerismo y el fraude”. Las mesnadas del rey don Fernando, el Santo, que probablemente acampaban en lo que hoy llamamos campo de san Juan, pues era el lugar idóneo para cortar cualquier intento de retirada y acuerdo con las tierras moras del sur, tenían sitiada la fortaleza trujillana, pero no acababan de expugnar sus murallas, a pesar de los numerosos esfuerzos y del coste de muchas vidas cristianas. La campaña trujillana a punto estuvo de hacer desesperar al rey cristiano que pensaba ya seriamente en la retirada de sus huestes, hasta que, según cuenta la leyenda, la virgen María se apareció como un fulgor sobre las almenas de las torres albarranas 48


que hoy flanquean la puerta que llamamos del Triunfo. Esa aparición milagrosa dio fuerzas a los cristianos de afuera y animó a la rebelión a los mozárabes de la medina. Éstos últimos, bajo la dirección del caballero Fernán Ruiz Altamirano, consiguieron abrir las puertas de la ciudadela un 25 de enero del año de 1232 del nacimiento de nuestro Señor. En ese mismo día mozárabes y cristianos se hicieron con el control de la ciudad, y Fernán Ruiz fue su primer alcaide. Al cadí Muhammad bn Yüsuf bn Hüd que, a marchas forzadas, intentaba acudir en ayuda de Taryala, le llegó la noticia de que la fortaleza había caído ya en manos de los cristianos, por lo que decidió volverse a Sevilla, y dar por perdida tan importante plaza. El rey Don Fernando premió al joven alférez por su valor en Monfragüe y en la toma de Trujillo, donde también fue uno de los más destacados, con el uso y disfrute de unas tierras de labrantío y de una pequeña aldea que aún hoy sigue llevando su nombre, Ibahernando. El joven Ibán había conseguido fama, honra y lugar, pero no era dichoso, pues se había enamoriscado de la bella Sâra, que así se llamaba la princesa mora, a cuyo padre había vencido en buena y noble lid el alférez. El joven no se atrevía a cortejarla por temor a que supiera lo del duelo, pero tampoco podía evitar el estar prendado de la princesa. Poco a poco, sin quererlo, pero sin esquivarlo, entre huidizas miradas y sonrisas misteriosas, como eran todos estos romances, los jóvenes se enamoraron; pero el Hernando no quiso dar palabras de matrimonio sin confesar a la joven lo que le estaba atormentando, que él había sido el matador de su padre. El honrado caballero, al mismo tiempo que le suplicaba ardorosamente clemencia por lo que sólo el honor y el destino tenían la culpa, le confesó su desdicha con la esperanza de obtener el perdón de su amada, pero éste no llegó; al menos en esta vida. El caballero, atormentado por el cruel destino que le tocaba vivir sin esperanza, lo abandonó todo y marchó con don Fernando a la reconquista de Córdoba, pero no antes de que rebautizara a la ermita mozárabe de la aldea que había recibido por la herencia de la espada, con el nombre de Santa María de la Jara, en honor de su amor imposible, pues Sâra en árabe es Jara en castellano. En las almenas de la todopoderosa Córdoba, según las crónicas en 1236, encontró por fin el joven Ibán Hernando lo que estaba buscando, la muerte, que le llegó por el aire de manos de una traidora saeta que le partió su maltrecho corazón. La noticia llegó pronto a sus tierras de Ibahernando, y de allí a Trujillo, donde también llegó a oídos de la hermosa Sâra que así supo del fatal destino de su enamorado que no pudo tener por callado aquello que a su honor importunaba, aún a costa de perder la mano de su amada. La bella Sâra que no pudo casar, también por honor, con el matador de su padre, juró ese día amor eterno al recuerdo de su amado alférez que no tuvo recompensa en vida a sus afanes, pero sí en la muerte. Y así cuentan que todos los días la hermosa princesa subía a la torre de Santa María, a la que fue su minarete y que hoy llamamos torre Julia, para esperar a su valiente alférez, aún a sabiendas de que nunca volvería. Se cuenta en Trujillo que todavía hoy se puede observar, algunas noches de luna, una misteriosa sombra entre las ventanas de la torre que las consejas populares

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dicen que es el alma de la princesa mora que aún sigue esperando el amor y el perdón de su amado. Yo no sé si será esta la historia, pero así se la conté cientos de veces a mi hija que como la de esta leyenda también se llama Jara.

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XI.- El sacristán jorobado. Cuenta esta pícara leyenda las venturas y desventuras de un sacristán gibado que tuvo oficio y disposición en la parroquia de Santiago de la ciudad Trujillo, quizás allá por los inicios del siglo XVIII. La verdad sea dicha, es que también pudo ser en cualquier otro momento, pues no hay más huella de data en el manuscrito que la devoción por una talla de un cristo crucificado del siglo XIV que aún hoy se conserva en dicha iglesia. Parece ser que, sin que nadie por aquel entonces pudiera precisar cuando, un mozo jorobado, aderezado de cojera y coronado con napias morrudas y hocico prominente, llegó a esta ilustre ciudad, tomando asiento y plaza en la de Santiago; allí anduvo un tiempo en el oficio de mendicante cierto que nada tiene que ver con la orden religiosa, sino con los que mendigan para pasar la hambruna y satisfacer la andorga, entre otras necesidades que no tienen los de la susodicha Hermandad. En esa plazuela trabó relación, y luego amistad, con el curato de la parroquia de Santiago que se apiadó del desgraciado y le trató con cierto miramiento; y en el trato vino el conocimiento, y en éste averiguó el párroco que el jorobado tenía educación, incluso sabía algo de latín y no tenía mala letra, por lo que le tomó como ayudante, pues de lo primero sabía más que él y para lo segundo mostraba mejor arte. El párroco de Santiago le hizo monago y al poco, por su buen oficio y recato, sacristán. Con este último y honroso cargo le vino también al jorobado el derecho de posada en la misma iglesia, en un altillo que todavía hoy se conserva encima mismo de la sacristía.

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La suerte le había cambiado al jorobado, pues al catre había que sumar la corta, pero segura, soldada que a buenas componendas se nutría de la décima parte de las limosnas de las misas, incluidas las de ánimas, además del quinto de los otros menesteres del oficio, y lo que pudiera sacar de provecho en bodas, bautizos y entierros ¡que siempre cae algo! Pero la historia es como es, y no hay dicha que cien años dure, y menos entre los pobres. Así al sacristán jorobeta la diosa fortuna le puso casa y hacienda, aunque una y otra fueran poca cosa, pero cubrían sobradamente sus pocas necesidades, para luego ponerle miel donde después hiel, y ésta por arrobas. El asunto se principio porque tuvo que empezar de alguna forma, como todo, excepto aquello que atañe a la fe que, como todos sabemos, es cosa que se nos escapa del entendimiento. En este caso, la fortuna y desgracia del sacristán le vino, sin que en principio mediara interés, por la devoción popular que se tenía en Trujillo por la susodicha imagen del Cristo crucificado que tenía fama de milagrera. Fue, y sigue siendo, Cristo de la Aguas, y no hace tanto tiempo que muchos pudieron comprobar cómo, en medio de una gran sequía, se le sacó en procesión con no poco fervor, pues muchos cuartos iban en el asunto del agua, y al poco arrancó a llover para regocijo de todos. Se puede observar como la parte superior de esta imagen no parece guardar relación de proporcionalidad con la inferior que es sensiblemente más voluminosa. Se pudiera pensar que se ha construido con dos mitades descompensadas entre sí; pero también es muy posible que el artista la idease para que se viera desde abajo, y al revés, como la crucifixión de San Pedro. Seguramente así guardará, por efecto visual, la debida proporción. Pues bien, esta talla, no se sabe muy bien por qué, pero alguna razón habría, fue también milagrera y abogada de imposibles. A ella se recurría para muchas mercedes, entre otras, aunque no sin reparos, para tratos relativos con la preñez; digo con reparos, pues parece oficio más propio de vírgenes y santas que de Cristos crucificados, pero ¡doctores tiene la madre Iglesia! Pues bien, por aquel tiempo en que el jorobeta oficiaba de sacristán, varias mujeres casadas acudían con cierta frecuencia porque no quedaban preñadas del marido y querían que el Cristo les concediese la dicha de tener prole de la que ocuparse y satisfacer la necesidad de ser madre, además del siempre egoísta deseo de dejar heredad, cuando la hubiera, en la propia sangre. Y por otra parte a nadie le gusta que le llamen burro capón o machorra que, si lo primero no es del gusto de varones, lo segundo tampoco es del de las hembras. Por tanto, el principio de la desventura del jorobado fue la solución milagrera de la preñez; y la perdición la llegada a la iglesia de Santiago de una portentosa hembra, oronda de carnes y prietas. Era una de esas mujeres con las que hay que tener reaños y otros argumentos que no viene a cuento mencionar, para entrar en batalla carnal sin armadura; pues con dos tortas y un pescozón la buena moza podía poner al más pintado mirando para Toledo. Y ¡cuidado! esa posición no es buena para el que quiera guardar la integridad del cuerpo, y sobre todo del ano, si por atrás pintan nones. 52


La jaquetona de marras frisaba ya la treintena y las nueve arrobas de carne magra y tocino; estaba casada, desde hacía un mundo, con un talabartero de aquellos que llamamos de quince libras, pues en el platillo de la romana hacía poco juego y menos peso, y aún menos espíritu. A la vista de tan mísero diseño, no es extraño que la buena mujer no encontrase reposo para su satisfacción de alma y cuerpo ¡y que cada uno lo entienda como quiera! Lo cierto es que la oronda matrona, viendo que se le pasaba el arroz y las lentejas, si insistía sólo en el aderezo varonil de su marido, recurrió finalmente a la imagen del Cristo; pero tampoco valieron ruegos, rezos y limosnas, y eso que el cepillo se llevó sus buenos dineros y varias velas de cera, y algún que otro cirio de sebo. Es más, para desgracia, su marido había caído en cama por el mal de querer llegar donde no se puede, y el pobre hombre a los requerimientos de su mujer no llegaba, ni de lejos. Pero de pronto todo cambió, pues al fin llegó la tan esperada preñez de su mujer que le vino de perillas al pobre talabartero, que, tras un merecido descanso, recuperó algo de salud y de ánimo, pues bien, se había visto el buen hombre en las últimas. La cosa, según cuentan, fue así, aunque pudo ser también de otra manera. La Tomasa, que así era la gracia nominal de la buena mujer, cuando ya estaba al borde de la desesperación, arrodillada ante la milagrera imagen del Cristo que en este caso no lo fue, pasó junto a ella balanceándose en su cojera el recatado sacristán. De pronto, mientras observaba al cojuelo, le vino la inspiración del desenlace de su desventura; alguna mediación, pensó la buena mujer, tuvo que haber para que el susodicho apareciera oportunamente en ese lugar. Y así lo creyó, o al menos eso dijo. La cosa es que allí mismo, mientras estaba postrada de rodillas, acordó que el remedio no era otro que el de solazarse con el sacristán. Y dicho y hecho, pues no había tiempo para más probaturas; la brava hembra se fue decidida en pos del mozo, dándole alcance en el altillo que le servía de habitación. Allí le hecho mano a la pechera, le llevó en volandas hasta el catre, donde si mediar palabra, le bajo la pantalona y le forzó. Así fue durante varios días, aunque ya con el consentimiento del sacristán jorobado que jamás se había visto en otra, hasta que quedó preñada la matrona que, como hemos dicho, tenía cuerpo para siete maridos, y reaños para otros siete. La noticia del milagro corrió en Trujillo y su comarca como la pólvora, y como las mujeres no dan nada por callado, al final la Tomasa se fue de la lengua, y todas las que ansiaban la preñez y habían casi perdido las esperanzas, de una u otra forma se enteraban de lo del gibado. Y si para una valía, por qué no para otras, pues en eso no hay clases ni cunas. A fin de cuentas ¡estaría de Dios! Durante algún tiempo el sacristán cojuelo y jorobeta de Santiago fue el caballero de hembras mejor servido de todo Trujillo y sus alrededores, y también de manjares, pues éstos no faltaban de sus amantes para que pudiera ejercer su nuevo oficio en el que, al parecer, celebraba con mucha entrega y tino. 53


El jorobado que había alcanzado el puesto de sacristán por su recato, ahora era sin duda el más catado y recatado de todos los trujillanos. Pero tanto fue el cántaro a la fuente que vinieron a nacer, de padres cetrinos, chicuelos de ojos azules y rubios, como el afortunado sacristán, y por más alguno con hermosa giba. Al final se descubrió el engaño y los burlados maridos hicieron comandita forzada y se fueron para la iglesia de Santiago para ajustar con sangre lo de los cuernos, pues si una cosa dolía, la otra ni te cuento. En el mismo atrio de la puerta principal de la iglesia consiguió sujetarles el párroco, advirtiéndoles que la iglesia era lugar sagrado y que, bajo pena de anatema, no podían entrar para violentar al sacristán, aunque reconocía su pecado, pues a la vista estaba el escándalo. El jorobado que se había olido ya la tostada, pues a la vista estaba la compaña que le demandaba, no pensaba salir de su cubil por nada del mundo, si es que alguien le ofrecía algo que no fuera enderezar su maltrecho cuerpo a base de puñadas, capones, patadas y algún que otro sopapo, y eso si no había arma blanca de por medio, que le dejara sin ganas de gozar de hembra propia, o ajena. Los astados que los había a docenas, no querían dejar escapar a su presa, y ya que no podían entrar a por el semental, juraron rendirle por hambre. Vigilaron por turnos las dos puertas y el campanario, por si al sacristán se le ocurría descolgarse por la torre; incluso patrullaban el tejado, día y noche. Los cornudos juraban y perjuraban ante las mismas puertas de la iglesia, para que lo oyera el interesado, que, además de caparle, operación en la que todos coincidían si necesidad de consejo médico, le iban a rajar en canal, cortar el galguero, meterle una caña rajada por donde no cupiera, y otras lindezas por el estilo. Por tales razones el jorobado que seguro que pensaba que no sólo era cosa de oratoria, ni salía, ni pensaba hacerlo; ni siquiera al cobijo de los alguaciles, pues también andaba uno metido en el tan traído asunto de la cornamenta. Una noche, a la hora de la misa, se presentó imprevistamente una auténtica procesión de mujeres, entre las que se encontraban las que gozaron de los favores del aterrorizado sacristán; unas y otras tomaron por sorpresa la iglesia, no dejando lugar para los maridos burlados que querían entrar, pues se temían alguna treta. Al parecer de todos los cornúpetas, el jorobado se escondió bajo las faldamentas de las mujeres que acarradas entraron en la sacristía y salieron apresuradamente, apretando contra todo el que se le puso por delante. Al final llegaron a una calle estrecha que daba al campo; en la entrada se hicieron fuertes algunas, mientras otras habría paso para que el sacristán huyera. Los maridos burlados consintieron un tanto el alboroto por no llegar a las manos con sus propias esposas, pues sabían que una vez en el campo, el cojo y jorobado sería presa fácil, por muy de noche que fuera, pues apenas les aventajaba en doscientos pasos. Pero de nuevo los burlados fueron ellos, ya que todo había sido un engaño, para que el sacristán, una vez que todos hubieran corrido tras el remolino de mujeres, saliera de la iglesia libremente y escapara con toda impunidad.

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Los vigilantes de su honra tardaron horas en darse cuenta del embeleco; para entonces el garañón gibado se había escapado y aunque algunos no cejaron en su empeño, nunca pudieron dar su pita. Así fue como las mujeres agradecieron al que les hizo madres, y si los hijos no eran del marido ¡que espabilaran!

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XII.- La cueva del osario La verdad es que esta curiosa y difícil leyenda que como tal se documentaba en el cartapacio del abuelo, más que un solo relato, es sin duda el amasijo de otras del mismo ciclo literario, y también de las que no lo son, aunque la imaginación popular es capaz de matrimoniar lo imposible, como creo que es el caso que nos ocupa. Tras leerla y releerla varias veces, sin que aparentemente haya más razón que la casualidad, me vino a la memoria otra más arcana pero también con muy difíciles casamientos históricos y literarios. Ese recuerdo me llevaba a la leyenda del cruel Minotauro que se alea en el mismo relato con otra que recoge los amores de Dionisio no correspondidos por Ariadna, cuando no con la del valeroso Teseo y la susodicha mujer del ovillo de lana que huyó con el ateniense y aparece por arte de magia con el dios en una isla. El porqué de todas estas cosas, si no hay interés político o religioso al medio que todo pudiera ser, quizás encuentre explicación en el paso del tiempo que todo lo puede confundir, hasta incluso lograr que del relato original sólo queden unos cuantos eslabones perdidos que se amasan con otros de distinta procedencia. Por tanto, esta leyenda, a mi juicio que no tiene por qué ser juicioso, es el resultado de una particular fusión de al menos tres tradiciones literarias, pero que curiosamente, cosa rara en estas situaciones, pueden pertenecer al mismo ciclo legendario; algo así como momentos procesales de una misma historia, pero también con distintas interpretaciones. El primero de estos breves retazos literarios hace referencia clara al lugar de la dehesa de Valhondo, en el término municipal de Puerto de Santa Cruz. En ese escondido valle, junto a la actual ermita de san Marcos, hubo en otro tiempo

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una pequeña aldea de la que aún se conservan sus humildes ruinas, apenas unos cuantos cimientos de piedra seca. Este pequeño descampado, al igual que otros predios de la Corona, estaba abandonado a su propia suerte y a la de sus vecinos, pues los reyes andaban, como siempre, en otros asuntos de mayor enjundia y provecho. Eran tiempos difíciles para los aldeanos, pues poco podían hacer para defenderse de la codicia de los nobles que, una vez aventado el moro de la Península, sólo les quedaba como oficio digno el destripar campesinos para así entretenerse del hastío de no tener que trabajar, pues ya se sabe que es castigo divino. Por tal entretenimiento y beneficio, sobre este pequeño lugar, pusieron sus ojos los nobles Golfines de Cáceres. Estos caballeros de origen francés eran, sin más preámbulos y ornamentas, simple y llanamente bandoleros desalmados que gozaban de atropellos, latrocinios y de todo aquello que fuera ajeno; igual les daba la vida que la hacienda. Su osadía les llevó incluso a rivalizar con algún linaje de Trujillo por cuenta de unas heredades en Santa Marta de Magasca, pero los trujillanos no son de los que se arredran, pruebas hay sobradas en la historia; y allí los bandidos cacereños volvieron grupas, pues al parecer preferían que los adversarios blandieran horcas, palos y hoces, y no espadas bien templadas como las que se forjaban en las fraguas de esta ciudad berrocaleña. Pero eso es otra historia, y tiempo habrá para ella, si viene al caso. La que aquí nos ocupa, tuvo lugar, como ya hemos dicho, en el poblado de Valhondo, donde estos nobles bandoleros, un buen día que les vino en gana, se aplicaron con saña al noble oficio del matojo encendido y el degüello del campesino indefenso. Tal fue su encono con los lugareños de Valhondo, pues se conoce que hicieron alguna resistencia y eso les molestó, que nunca más se volvió a repoblar ese pequeño valle rodeado de jaras y encinas; y bien cierto que era lugar bueno y antiguo, pues ya hay datos de su ocupación en el siglo I d.C. por algunos veteranos de las legiones romanas que se asentaron en Augusta Emérita, tras su licenciamiento, como rezan algunas inscripciones latinas de la época. Los pocos que lograron huir de la vergonzosa matanza, se refugiaron en el vecino pueblo del Puerto, hoy llamado de Santa Cruz. Entre las que al parecer se salvó de la brutal e injustificada carnicería estaba una joven, famosa por su belleza, de nombre Solegracia que, si bien escapó a la muerte, no pudo evitar que en su cuerpo se cebaran los facinerosos que la sometieron a la más vil de las humillaciones. Un paisano del Puerto de Santa Cruz la encontró entre unas peñas, unos días después de la degollina, desnuda y medio muerta, pues sólo la salvaje brutalidad de los agresores pudo con su tenaz resistencia; aún sin fuerzas no se daba por rendida, y cuando renunció a la lucha, desistió también de la vida. En el Puerto la sanaron el cuerpo, pero nada pudieron hacer por las heridas de su alma, hasta que un buen día desapareció, sin dejar señas, ni explicaciones. De estos hechos narrados en el pergamino, he encontrado algunas referencias literarias con ciertos visos de fiabilidad histórica. En dichas partidas parece probado que el villorrio de Valhondo fue destruido por esos nobles

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bandoleros de origen francés, con lo cual, si bien no se justifica la realidad de la historia, al menos si el origen de la leyenda. El segundo documento del cartapacio, tan sólo unas breves líneas, cuenta que hubo en el término de Trujillo una afamada y feroz bandolera de gran belleza que mostraba buenas maneras en el arte de aligerar bolsas y en el degüello de hijosdalgos y otras noblezas de mayor alcurnia. Al parecer mostraba tal debilidad por rebanar pescuezos varoniles y aristocráticos porque en otro tiempo fue forzada y humillada por unos principales que se entretuvieron un día en arrasar su pueblo y degollar a su familia y vecinos. Nada se dice acerca de si esta afamada matahombres era la tal Solegracia, pero sin duda lo uno lleva a lo otro, y no puede haber más parecido que no sea semejanza, por mucho que se mire para otra parte. El tercer documento cuenta, también brevemente, la historia de una bestia con artes y apariencia de mujer que acechaba a los hombres, y tras seducirlos y gozar de ellos, les devoraba, llevando el horrendo trofeo de sus huesos hasta una recóndita cueva que tenía en la Sierra de Santa Cruz. La lectura de estas tres variantes literarias, a mi juicio, de la misma leyenda, me remontó muchos años atrás, hasta una cálida tarde de otoño en la que me encontraba en la compañía de don Jacinto Moreno Delgado, sacerdote natural de dicho pueblo, en busca de los afamados espárragos trigueros de la zona. A eso de la media falda de la sierra, dimos con una cueva, medio tapada con unas zarzas, a la que los más antiguos portenchos llamaban del Osario; y la verdad es que el lugar hacía honor a su nombre, pues los huesos pululaban por doquier, aunque mi desconocimiento en materia osteológica me impidió saber su titularidad. Después nunca más fui capaz de dar con la misteriosa cueva, ni quien me diera señas de ella, pero quizás sea mejor así; también es bueno que la leyenda venza de vez en cuando a la historia, y esta de Solegracia sin duda lo merece. Pues bien, estoy convencido de que los tres documentos hacen relación a la misma leyenda; a saber, una bella mujer, de nombre Solegracia, que fue violada y escarnecida por los Golfines de Cáceres, y que, en venganza, se echó al monte, pues, al fin y al cabo, si los nobles ejercían con impunidad tal oficio ¿porqué no ella? La bestia con artes seductoras de mujer que gozaba de los hombres y les devoraba, llevando después su óseo trofeo hasta una cueva, es sin duda un variante producto de la calenturienta imaginación popular que, con el tiempo y al calor de muchas hogueras, puede llegar a transformar a una bella bandolera en una cruel amantis religiosa. Los tres documentos del cartapacio del abuelo y tradición sobre la cueva del Osario giran en torno a un conocido ciclo de leyendas al que pertenecen la Serrana de la Vera y a otras de similar talante y contenido que varias hay por esta vieja piel de toro.

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Espero no encontrar ya nunca la cueva del osario, pues prefiero la leyenda tal como está, sin que algún vulgar osario pueda agriar las hazañas de nuestra hermosa bandolera Solegracia.

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XIII.- Los garroteros de Belén Entre la heredad literaria del abuelo me encontré también con algunos asientos de cierto interés acerca de las artes de la caza y la pesca. Estas faenas y lances fueron siempre muy del gusto y afición de los trujillanos, de los de antes y de los de ahora; seguramente no habrá muchos lugares en nuestra vieja piel de toro, donde se haya alcanzado la destreza de las gentes de este berrocal, pues, entre otras cosas, fue el sustento de muchas familias en aquellos difíciles años que ya casi se han borrado de nuestra memoria, tan presta por otra parte al olvido de lo que no nos interesa. Lo que me extraña de este asunto en concreto, no es precisamente las mañas y astucias de estos trujillanos de antaño, por razones ya mencionadas, sino el es que estuvieran entre los legajos de mi abuelo, pues éste no gustaba de practicar dichas artes en el campo; aunque sí en el plato, ya que nunca rechazó una buena presa, siempre que no fuera pesca, pues era hombre de poca paciencia, y las espinas no son para muchas prisas. Quizá algún día recopile esos lances venatorios que me encontré entre los papeles del cartapacio. Es muy probable que algunos de ellos estén ya perdidos en el recuerdo, seguramente víctimas del progreso; pero la verdad es que tengo poca confianza en que estos suceda, pues mi afición a tales artes es poca, por no decir ninguna, y siendo así es muy posible que confíe en que algún día haré, lo que seguramente nunca haga. No obstante, entre las exquisiteces de este noble arte, como siempre se ha dicho, me llamó la atención el caso quizás menos aristocrático, la caza con garrote. Ésta es sin duda un buen exponente de la necesidad que obliga al individuo a aguzar el ingenio en pos de alguna vianda para que el yantar no sea en vacío que eso sólo conduce a que la andorga se lamente larga y amargamente, sino para placer y regocijo de ésta. El caso fue que allí, entre esos viejos papeles, apareció una escueta nota sobre la rara habilidad de unos trujillanos que habitan el lugar de Belén, en otro tiempo Papalvas. Estos belereños, según se cuenta, eran extremadamente habilidosos a la hora

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de cazar conejos con garrote, y la cosa no es baladí, pues se ha de tener fuerza, destreza y maña, además de saber dar con la pista del esquivo y veloz roedor. Así, a lo pronto, se nos puede antojar un bulo, como tantos otros; lo cual no sería nada extraño, pues entre los que gozan con contar las hazañas más fantaseadas, están por derecho propio y tronío los cazadores y pescadores, tanto da de llano o monte, de charca o río. Pero eso, al fin y al cabo, tampoco es malo, pues soñar despiertos siempre aguza el ingenio y entretiene ratos perdidos, aunque la verdad es que los susodichos depredadores no tienen fácil el convencer a los tertulianos. Éstos sufridos oyentes, en la mayoría de los casos, han sido cocineros y frailes; y además, por mucho que oratoria que se tenga, las pardillas de a kilo y las liebres de arroba no caben en caletre sano, ni en puchero al uso. Leyendo estos papeles, incluso me vino a la memoria uno de esos bulos que se te entretienen en la mente durante mucho tiempo, y un buen día te vuelven sin saber por qué, si es que tiene que haberlo. El referido camelo es uno de los primeros que tenemos noticias en nuestras tierras extremeñas. A. García y Bellido nos cuenta en su libro, Veinticinco estampas de la España Antigua que acá, hace ya casi dos mil años, en estas duras tierras extremeñas o en su entorno más inmediato, el hispano Atilio, hombre a la sazón tan digno de crédito como instruido en multitud de cosas, decía que en la Hispania Ulterior, más concretamente en la Lusitania, fue cazada una cerda de proporciones pasmosas; al parecer de la mencionada gorrina enviaron al senador Lucio Volumnio un trozo de la carne y dos costillas, con un peso de veintitrés libras, y que desde la piel hasta el hueso había un pie y tres dedos, es decir unos 33 cm. La tal marrana no era cosa de tomársela a broma, y seguro que desde entonces para acá no se han visto hojas de tocino como con tal hermosura, ni costillas tampoco; este cuento sin duda queda un tanto en entredicho al afamado Atilio, pero así son las cosas, y la guarra lusitana pasó de bulo a historia, como otros miles de casos a lo largo del devenir del ser humano. Pero bueno, la habilidad de los belereños para la caza con garrote se desmarca claramente del bulo, como años después pude comprobar, cuando pasé de los papeles de mi abuelo Eliseo a las pesquisas personales en el mismo Belén, donde pude confirmar que aquello fue cierto, y que tuvo su puesto y lugar entre los hijos de ese bello rincón del berrocal trujillano. Para la faena del garroteo se precisaba de jaetos, o sea perros de poca alzada a los que hoy aquí, en el entorno del berrocal, les llamamos bicheros. Éstos pequeños sabuesos no hacen ascos a zarzas y espinos, ni tiene miedo a meter lo hocicos en las madrigueras donde se refugian las piezas de caza, fundamentalmente los conejos, aunque también hacen frente a otros animales peligrosos, como los meloncillos, las zorras y los tejones. Estos perros jaetos trasegaban las malezas zarzas y espinos, hasta obligar a los conejos a abandonarlas, momento en el que los cazadores que rodeaban la guarida, con enorme rapidez debían lanzar sus garrotes en cata de la pieza. La otra parte de la precaria táctica venatoria eran los garrotes; poco más que un bastón, de cualquier madera, con una pequeña protuberancia en un extremo del palo, la porra, para ajustar el equilibrado del lanzamiento. 61


Algunos, al arrojarlos, les hacían girar como una hélice, paralelos al suelo, segando prácticamente la hierba; para ello era preciso que la porra guardara cierta relación de peso con la vara, pues si estaba descompensada, difícilmente podría mantener el impulso giratorio, perdiendo por tanto una parte importante de su eficacia. Otros garroteros, los menos, lo lanzaban sobre la pieza, casi al golpe directo para ganar fuerza, pero sacrificando puntería, pues el bastón barría menos campo. La caza del garrote, como ya he dicho, no es fácil, pues cuando sale huyendo la pieza, siempre a velocidad vertiginosa, apenas hay uno o dos segundos para lanzar y dar con el conejo en el suelo, ya que el berrocal trujillano no permite más tiempo sin que haya otros escondrijos donde refugiarse. La habilidad de estos garroteros llegó a ser tan afamada que hasta se dice que un rey, que de paso estaba por estas tierras trujillanas, se acercó al lugar para comprobar lo que de esos belereños se decía. Al parecer quedó tan maravillado de lo que vio entre estas gentes que aflojó generosamente la bolsa para los artistas del garrote. Éstos sin duda dieron gracias al cielo por esos dineros que debían venir de ahí, pues condes, barones, marqueses y reyes no se han distinguido por dar, sino por pedir, cuando no por coger sin permiso y fianza, por aquello del gusto de tomar lo ajeno que entre otras cosas suele salir siempre algo más barato. De los agraciados con la donación real no hay noticias, ni nadie sospecha quiénes pudieron ser, por lo que el curioso suceso hubo de tener lugar hace mucho tiempo, tanto que se ha perdido ya en la memoria oral que a veces dura, como sabemos, siglos y milenios. Tampoco sabemos mucho sobre la identidad del supuesto rey, pues dados al arte de la caza han sido casi todos y, por tanto, por ese camino difícil está la cosa. El primer sospechoso, por no cejar en el empeño, llegó a estos lares no mucho después de la reconquista de Trujillo, Alfonso XI; éste escribió - ¡o mandó escribir! que todo pudiera ser- el afamado Libro de la Montería, por su desmedida afición a tal arte aunque hay quien supone que fue obra de su bisabuelo Alfonso X el Sabio. En dicho libro se habla elogiosamente de las tierras de Trogiello que al parecer eran buenas para el oso y el puerco, aunque éstos últimos no serían como la mencionada marrana de Atilio. También anduvo por estos predios Fernando el Católico, y no es que le faltaran méritos y ganas de cazar, pues era aficionado a ello, pero entregó su alma a Dios en Madrigalejo, y también el cuerpo, aunque éste con boleto para el camposanto. Además, estuvo en Trujillo en otras ocasiones; pues no nos cabe duda de que tuvo que acompañar a su mujer, la católica Isabel, que tenía en alta estima a esta ciudad por la fidelidad que siempre le guardó. El tercero de los candidatos, quizá el más probable por la cercanía en el tiempo, es Alfonso XIII que anduvo también por estas tierras en el mismo oficio, y aquí quedó en varias ocasiones; incluso llegó a dormir en el Hotel Cubano de Trujillo. Pero la verdad es que pudiera ser cualquier otro, pues pistas sólo hay la de la afición a la caza que al parecer es algo congénito en la monarquía. Sea cual fuere el rey, si es que lo hubo, lo cierto es que esta leyenda confirma la existencia entre los belereños de una de las artes venatorias más antiguas de la Humanidad. Siempre ha sido propio de pastores y cabreros la caza con el cayado que por su mayor tamaño es de peor manejo, y más vale para cazar liebres en la cama que 62


conejos; pero la caza del garrote practicada en el berrocal es sin duda herencia de aquella que practicaron los primeros grupos de cazadores en los tiempos en los que la historia ya pierde su nombre.

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XIV.- Fernán Ruiz Altamirano Otra de las leyendas que me encontré entre los papeles del cartapacio fue la que protagonizó, entre otros ilustres personajes, don Fernán Ruiz, del linaje de los Altamiranos. En esta ocasión, el viejo camino de las leyendas se entronca más que nunca en su lindero, el de la historia, a cuya sombra se cobija cuando no queda más remedio. Veamos lo que se cuenta. Las mesnadas del rey Don Fernando III, llamado el Santo, con la ayuda del obispo de Plasencia y de las órdenes militares, había reunido un importante ejército, cerca de mil caballeros y diez mil infantes, para iniciar las reconquistas de las tierras que estaban al sur del río Tajo, y que se encontraban bajo la protección de la medina de Taryala, hoy Trujillo. Las mesnadas cristianas habían conseguido sitiar esta estratégica fortaleza, pero no conseguían tomarla, a pesar de la mucha sangre que se había vertido a los pies mismos de la muralla; pero una y otra vez los sarracenos rechazaban a los cristianos, causándose entre unos y otros numerosísimas bajas. Y aquí precisamente, en medio de la desesperación de los sitiadores, es donde comienza esta historia con aureola de leyenda. Según se cuenta, la Virgen María se apareció sobre almenas del castillo, ante las atónitas miradas del ejército cristiano que encontró en ese milagro el valor que les estaba empezando a faltar; al mismo tiempo el caballero Fernán Ruiz Altamirano consiguió abrir las puertas de la ciudad por el sitio que hoy se conoce como arco de la Victoria en recuerdo de aquella esforzada gesta. Ahora bien, lo que no está claro, es el cómo consiguió el valiente caballero abrir las puertas de la arisca fortaleza de la medina de Taryala; en eso las crónicas no se han puesto de acuerdo. Al menos hay dos versiones, a tal efecto y consideración, narradas por aquellos que se han ocupado de aquellos tiempos en los que moros y cristianos se 64


destripaban sin más reparos que la posterior limpieza de la espada, y más que otra cosa porque no se oxidase. La disputa es la de siempre; es decir, esto es mío porque lo fue cuando fuera, y no del que vino después, de más allá de las columnas de Hércules, o del Peñón de las monas, que al caso es lo mismo para una discusión de tal naturaleza. El extraordinario suceso, nada mas y nada menos que la reconquista de la ciudad de Trujillo, sin duda fue de los más afamados del momento; tanto es así que al parecer se premió al valeroso caballero con el título y cargo de alcaide de la nueva y poderosa ciudad cristiana. Pero a pesar de la más que segura nombradía del caso, lo cierto es que la versión original no ha llegado hasta nosotros; tan sólo tenemos referencias, las más de las veces muy tardías, de lo que allí pasó, o de lo que el narrador interpretó que allí pudo pasar. Y todo ello en medio de la milagrosa aparición de Santa María sobre las murallas del castillo, suceso muy común, por otra parte, en la narrativa de la reconquista. A menos hay dos planteamientos de cómo pudo conseguir don Fernán Ruiz Altamirano la renombrada hazaña; uno fruto de la artimaña y la astucia, y otro del valor, el compromiso y la decisión. El artero, apelativo que Homero daba al mítico Ulises, se basa en una ingeniosa artimaña en la que Fernán Ruiz y un pequeño grupo de cristianos consiguieron acercarse a las murallas, cuando las sombras de la atardecida confunden las miradas, disfrazados con unas pieles de ovejas o de cabras, en esto al parecer tampoco hay acuerdo; al parecer, dicha operación pastoril, portentosamente, no alertó a los centinelas sarracenos. Después, al abrigo de la noche, consiguieron entrar por una cloaca que evacuaba las aguas de la ciudadela, y, suponemos que después de eliminar a los centinelas, abrieron las puertas al ejército cristiano. La cosa no es baladí, y se necesita de algo más que fervor para dar crédito a tal suceso, pues una población sitiada durante largo tiempo, no puede tener unos custodios tan mentecatos que desprecien tan rico bocado en horas de hambruna, y que viendo tan extraña piara no pensasen en hacer presa de ella, o sospechar que allí había gato encerrado como en el caballo de Troya. A la vista de los acontecimientos, parece claro que el relato de la reconquista de Trujillo se fundió en manos de la imaginación popular con aquellos otros que antaño habían dado gloria y fama a sus urdidores en otras hazañas gloriosas. Aquí no hubo caballo de madera, pero hubo carneros rellenos de mesnaderos, como en otros lugares fueron otros animales, incluso bellas e insinuantes bailarinas que otrora fueron barbudos soldados de la Cristiandad. La segunda versión nos parece mucho más acertada desde el punto de vista historiográfico; ésta se fundamenta, a mi parecer, en distintos datos que por sí solos no conducirían a nada serio, pero todos juntos nos pueden ayudar a clarificar lo que aquel veinticinco de enero de 1232 pudo pasar en la ciudadela. En primer lugar, hay que tener en cuenta que a Fernán Ruiz se le considera mozárabe; es decir era un cristiano al que el Islam le había permitido vivir en territorio musulmán, por multitud de motivos que no vienen en este momento al caso, por razones obvias de espacio y ocasión. En segundo lugar, porque el cronista árabe al-Hinyari nos dice que Taryala es una medina arisca, poblada por mozárabes, muladíes y beréberes; además en ese 65


orden. Y que además sus caballeros e infantes pasan su vida emprendiendo correrías contra el país de los cristianos, ejerciendo el bandolerismo y el fraude. Esto último no debe en modo alguno extrañarnos, pues los nobles de aquella época no entendían mucho de religión a la hora de hacerse con un buen botín, a costa también de quien fuese. En tercer lugar, porque una operación militar de estas características necesita de una organización y un tiempo que no podía estar al alcance de un puñado de infiltrados; eso es más propio de una película de aventuras que de un hecho histórico. En otras palabras, cuando las tropas cristianas sitian la ciudad, Fernán Ruiz estaba dentro. Las familias nobiliarias, excepto en casos extremos, al final siempre han llegado a un acuerdo, compartiendo tierras y el mando, si fuera preciso, por aquello de perpetuarse en el poder que ahora me tocará a mí, pero luego puede tocarte a tí. Para ello sólo hay que recordar la famosa hospitio que reguló durante más de mil años las relaciones entre griegos, etruscos y romanos, sobre todo entre éstos últimos que consiguieron dominar a medio mundo, atrayéndose a la nobleza indígena e integrándola en sus modos y formas de vida. También convienen tener presente que el hecho de que moros, mozárabes y muladíes convivieran, no quiere decir, en modo alguno, que se fiasen. Y mucho menos que se permitiese, en momentos de tal peligrosidad como el que nos ocupa, circular libremente a los mozárabes, incluso a los muladíes, pues al fin y al cabo los conversos no son de fiar, y menos aún con armas en la mano. Los más probable, es que Fernán Ruiz consiguiera reclutar secretamente adictos entre los mozárabes de la ciudadela, y que una vez hizo saber a los sitiadores cristianos sus intenciones, lideró un golpe de mano, tomando aquella parte de la muralla que llamamos del triunfo, donde se hizo fuerte y avisó con la señal acordada al ejército del rey Don Fernando. Allí seguramente se vertió mucha sangre mozárabe y debió encontrar la muerte una gran parte de su linaje, pues tuvo que defender el paso el tiempo suficiente para que el ejército cristiano llegara al lugar que, para no levantar sospechas, no debería estar precisamente muy cerca. Fernán Ruiz y su linaje seguro que pagaron un alto precio por su hazaña. Tanto debió ser su coraje y tanta la sangre vertida de su linaje que desde entonces no sólo fue su alcaide, sino que también su familia tuvo el derecho a ocupar la mitad de los asientos del concejo. Además, según las crónicas, nunca hubo protestas por tan desacostumbrado privilegio, por lo que hemos de sospechar que el reconocimiento al valor y la decisión de este personaje fue muy alto en la ciudad de Trujillo desde entonces.

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XV. El bujarrón galano. Se cuenta que había en otro tiempo, allá por los mediados del siglo XVI, en la muy noble y leal ciudad de Trujillo un apuesto galán de la familia de los Jiménez, emparentada con los Vargas que, como bien se sabe por estos lares, pertenecían al poderoso linaje de los Bejarano. El susodicho Jiménez fue durante mucho tiempo el orgullo varonil de sus parientes, y no faltaban razones para ello, pues el tal Lisardo que así se llamaba el buen mozo, en verdad tenía una buena planta y una donairosa testa, de ésas que los clásicos apellidan patricias por su nobleza de rasgos y compostura. A la sazón, cuello luengo, quijada rotunda y decidida, nariz aguileña, ojos claros y de mirada profunda, y frente altiva; coronándose por fin todas estas mercedes con unos cabellos ensortijados entre castaños y rubios que era la admiración de todos, calvos y velludos. Sólo le faltaban a ese adonis trujillano el bigote y la barba para gozar sobradamente de todos los dones masculinos añorados en su época. Pero todo no se puede tener en esta vida y quizás tampoco en la otra, como más adelante veremos. El apuesto Lisardo tenía la tez blanca y suave, y era por más barbilampiño; hombres con tal gracia, o carencia ¡vete tú a saber!, siempre se ha dicho que no son de fiar, como los pelirrojos. Lisardo Jiménez lucía con exquisita arrogancia todo su esplendor doquiera estuviese, pues a los motivos de su excelsa y varonil figura, había que sumar otras habilidades poco frecuentes entre los hombres de aquellos tiempos, como su afición a la música, a las conversaciones fatuas, o, lo que es peor, a la poesía. Todas estas artes se consideraban entonces más propias de los corros mujeriles que de los osados trujillanos de la época, pero el Lisardo las cultivaba con no poca afición y alguna fortuna. No había fiesta en Trujillo que se preciara, si a ésta faltaba Lisardo que al poco atraía con tan sólo su presencia, como la miel a las moscas, a todas las mujeres de la celebración, independientemente de la edad y condición, pues tanto daba si fueran casadas o casaderas, o ¡sabe Dios qué! Y lo último viene porque lo de casadera no 67


siempre es un estado consentido por razones de edad, a veces no hay voluntad propia, y entonces estamos ante solteronas y vistesantos. Y eso, a todas luces, es otra cosa. En cualquier caso, continuemos con el relato de nuestro de nuestro célebre Lisardo Jiménez, diciendo que sería injusto el que todas las gracias recayeran en un solo mortal, más bien parece eso una prerrogativa de los dioses que otrora moraron en el Olimpo, y no de los hombres nacidos del pecado y la desobediencia. Por tanto, algo le tenía que faltar al Jiménez para alcanzar la perfección, pues los dioses ya sabemos que no gustan de rivales, y menos aún entre los míseros mortales que brotamos de unos humildes barros y tenemos que ganarnos el pan con el sudor de la frente, me refiero lógicamente a la propia, pues hasta ahora, por mucho que se diga, nadie ha sudado en testuz ajena. Y lo que son las cosas, no eran la barba y el mostacho las ausencias más significativas del varón, pues en modo alguno son imprescindibles para la hombría, casos renombrados hay en la historia, sino el poco interés en el cumplimiento con lo mandado por la iglesia en el asunto del pecado de la carne y la reproducción de la especie; o sea, que nuestro adonis era simple y llanamente un bujarrón, no sabemos si de nacencia o de vocación. Lisardito Jiménez pertenecía a una familia de origen noble, pero en aquellos tiempos los mayorazgos se quedaban con casi todo el patrimonio familiar y los segundones apenas recibían lo justo para ir tirando. Lo de nuestro protagonista era aún peor, pues en la parte de la familia que a él le tocaba más de cerca, nunca tuvieron un maravedí que no fuera prestado; de herencia sólo había una casa, si es que esta no había pasado ya a ser bocado de algún prestamista que siempre ha habido amigos de lo ajeno, llámense como se llamen. A Lisardo le habían llegado ya los veinte años y en aquel tiempo era edad más que sobrada para casarse; pero no había hacienda para ello, ni perspectivas de heredar, por lo que no sería fácil que algún padre entregara a su hija, y la dote lo que es peor, a un paria como él. Por tanto, si quería vivir con cierta holgura y sin ella también, no le quedaba más remedio que hacer uso de sus artes de galán con alguna incauta que tuviera posibles para mantener a los dos. Para ello, evidentemente, tenía que escogerla entre las mozas casaderas más feas y viejas, pues éstas quizás convencieran a su parentela de que no había otro camino que el de Lisardo Jiménez para lo del casamiento y la felicidad conyugal. Pero su voluntarioso esfuerzo, teniendo en cuenta las circunstancias, fue baldío pues el ser humano es egoísta por naturaleza, y el mozo no encontró padres o hermanos que consintieran que sus hijas y hermanas, por muy simias que fueran, desposaran con él; pues, además de quitas y sospechas, con el casamiento iba también la dote, y no parece que los parientes estuvieran por la labor de aflojar bolsa y herencia para casar a la parienta, y mantener al Lisardo. En otras palabras, como la consabida canción, ¡a monjita me quieren meter! Lisardo ya desesperaba cuando acaeció en Trujillo un suceso que podría cambiar su vida. Una viuda, Leocadia de Rongil, del linaje de los Añasco, había ganado un pleito a su parentela por las posesiones que había heredado de su marido y de su propia dote, pues al no tener descendencia, los parientes podían reclamar el patrimonio de la viuda. La disputa había durado muchos años y se había llevado muchos dineros, pero 68


finalmente la valerosa viuda obtuvo su recompensa y el pleno dominio de lo que era suyo. Se conoce que la disputa no le había hecho gracia alguna a la viuda y, visto el resultado, tampoco debió serlo para su parentela. Doña Leocadia, para que su linaje no pudiera heredar lo suyo a su fallecimiento, adoptó a una sobrina suya que había tomado los hábitos por causa de la pobreza, y la hizo su heredera con todos los parabienes legales; incluso precisó, por lo complicado del caso, el permiso de la Corona. La viuda contaba con todos los parabienes legales, pero para que el mayorazgo y la herencia se hiciera realmente efectivas, según las leyes del momento, la sobrina habría de tener herederos de su propia natura. Por tanto, debería abandonar el convento y casarse lo antes posible, pues ya se acercaba a la cuarentena. Doña Leocadia mandató a un secretario para que le hiciera las gestiones oportunas para obtener los permisos episcopales y convencer a la religiosa para que dejara los hábitos y tomara posesión de la herencia, aunque advirtió que no le dijera nada del casorio, pues ya se encargaría ella de comunicárselo, no fuera a ser que se arrepintiera con tantos cambios; pero no hubo caso, como ya veremos, pues la sobrina desde el primer momento estuvo presta al sacrificio. A los pocos días llegó una calesa con el mandatario y la deseada sobrina, cuya presencia y porte causaron cierto desasosiego en la viuda, pues la susodicha más parecía retal de jarramanta que moza. A saber, cetrina, más bien vellosa y berrugosa, de nariz prominente, labios leporinos, desdentada, barbilla hundida, y destartalada del resto de cuerpo; además de otras gracias de similar enjundia y profundidad a las ya descritas que no merece la pena relatar sin caer en la saña. La viuda pensó que emparejar a la tortoliña no iba a ser cosa fácil, ni siquiera por los muchos dineros que había en el casorio, pues entre otras cosas la moza tenía que desposar con gente de alcurnia para que el matrimonio fuera efectivo, al menos en lo que a la herencia y mayorazgo se refiere. Tras varios intentos de noviazgo fallidos, la de Rongil ya había perdido las esperanzas; incluso había recurrido al párroco de Santa María para que mediara en el asunto, por supuesto a cambio de ciertos donativos para el cepillo de alguna santa de los imposibles que en cualquier caso siempre terminaban en la misma faldriquera. El interés de la viuda y las gracias de la moza eran ya sobradamente conocidos en todo Trujillo y su comarca, pero no había varones con arrestos para desposar a la paisana, hasta que se presentó nuestro buen Lisardo con la inesperada petición de la mano de la sobrina. El galán no conocía a la novia, aunque había oído hablar de sus lindezas que a todas luces creía un tanto exageradas; no dudaba de su fealdad, pues pretendientes no habían salido, pero confiaba en que mucho de lo que se decía fuera tan sólo producto de la imaginación popular que siempre tiende a abultatar lo oído. Además, el contaba con la ventaja de ser bujarrón y por tanto, lo mismo le daba una que otra, pues gustarle no le habrían de gustar ninguna; tan sólo era un buen negocio, y el resto ya se iría arreglando como se pudiera. Una mañana de otoño Lisardo Jiménez envió una misiva a Leocadia del Rongil, y en menos de una hora le llegó contestación de que a las cuatro de la tarde le esperaba la viuda para tratar del asunto referido. Puntual estuvo nuestro buen galán ante la 69


misma puerta de la casa solariega de los Rongil; allí tras abrirle la puerta un lacayo un tanto envarado le condujo hasta una sala donde le estaba esperando la rica viuda. Ésta había oído hablar de las lindezas del buen mozo, pero al verle se le hicieron pocas, y de pronto, sin quererlo echó de menos el ser ella misma la sobrina, pero el asunto ya no tenía remedio. Enseguida le dio relación pormenorizada de todos los bienes que disfrutaría con el matrimonio y lo que heredaría de ella cuando muriera por hacer honor a la justicia, no fuera a ser que al conocer a la pretendida, no supiera de todos sus dones. A Lisardo, ante un patrimonio que ni siquiera se hubiera atrevido a soñar, se le pusieron los ojos como platos, pero más se le pusieron cuando vio a su media naranja. No podía dar crédito a lo que estaba viendo, tanto como la monja al hermoso mancebo que le estaban prometiendo. Una vez pasada la angustia inicial, nuestro Jiménez decidió apechugar con la susodicha penca, que por lo demás babeaba cuando miraba a nuestro hermoso galán. En un santiamén se hicieron las amonestaciones, y luego la boda en privado, pues así lo quisieron todos los protagonistas por distintas razones que son fáciles de adivinar. La rendición del buen mozo, pues otra cosa no cabe, fue por la noche y en la sacristía, para evitar curiosos; después hubo cena de postín a la que sólo asistieron la pareja de tórtolos, la viuda y el curato que les había matrimoniado. Después de los postres vino lo peor para nuestro buen Lisardo, pues la viuda despidió al cura y dijo a la pareja, sin más reparos, que fueran a cumplir con sus recién adquiridas obligaciones matrimoniales. A nuestro buen Lisardo se le hizo un nudo en el estómago y otro aún más angustioso en la garganta, pues hasta ahora, la que fue monja, sólo se había limitado a mirarle con lascivia y darle algún que otro pellizco cuando estaba a su alcance, cosa de la que se había guardado, pero no siempre había podido evitarlo. Pero ahora llegaba el momento en el que había que dar el do de pecho, por no nombrar otra parte más indecorosa del cuerpo; y todo por no tener que mendigar u oficiar de bujarrón, poniendo en servicio público su delicado trasero. Esa noche no fue del todo mal, porque nuestro buen Lisardo se quejó de que algo de la cena le había sentado mal y que no podía cumplimentar, de momento, con su deber por mucho que lo deseara, y que si más adelante estaba dispuesto que ya se lo diría. Pasó toda la noche en vela, fingiendo dormir, para que la de clausura, que a la postre se llamaba Petronila, no fuera a más de los sobos y refriegas que le estaba dando. Pero, lógicamente hubo una segunda noche y luego otras más, y el galán siempre encontraba alguna disculpa para no cumplir. Pero la Petronila no estaba dispuesta a esperar más, y una noche le descamisó y le descalzonó, enjarretándose sobre él sin más ropa que una especie de cofia que llevaba en la cabeza; pero ni así despertó el deseo en nuestro Jiménez. A la viuda le habían llegado noticias de la falta del yerno, y una tarde decidió hablar con su sobrina que por adopción ahora era hija; no hizo falta un interrogatorio sutil, pues la Petronila enseguida cantó lo que le estaba pasando. Esa misma noche, después, de la cena doña Leocadia le dijo a Lisardo que se demorara un tanto en ir con su mujer, pues quería mediar unas palabras con él. La charla fue corta y el Jiménez 70


quedó advertido de que, si no preñaba a la sobrina, se anularía el matrimonio, y él tendría que volver a la calle, pues hasta su casa se había vendido ya para saldar alguna de las muchas deudas que había dejado su padre. Al pobre hombre no le llegaba la camisa al cuello, pues no veía más salida que la de cumplir con el débito conyugal. Esa misma noche se armó de valor, doblándose un par de cuartillos de aguardiente para pasar con el trago el mal paso del cumplimiento; pero no había manera, pues tal asunto no es cuando se quiere, sino cuando se puede, y el hombre tenía equivocada la pareja. Probó una y otra vez; hasta de madrugada no cejó en su empeño, pero el asunto no era cosa de horas, sino de testosterona. Tras su nuevo fracaso, se echó de la cama y salió al poco de la alcoba como alma que lleva el diablo; ni siquiera se paró a desayunar, tomó la puerta y salió a la calle en busca de una solución desesperada. El ya tenía por seguro que no encelaba con hembra, por muchos dineros que hubiera, y por tanto no le quedaba más remedio que buscar quien lo hiciera en su lugar sin levantar la liebre. A sus amigos no podía recurrir, pues el Ambrosio era flauta y el Venancio flauta y silfo, o sea bujarrones como él; tampoco podía solicitar ayuda entre su linaje, pues todo el asunto se destaparía y con él la vergüenza y la deshonra. Lisardo estaba plenamente convencido de que no había más solución que tratar una salida honrosa. Esa mañana sus pasos le habían llevado hasta las cercas del Espolón, donde faenaba entre unos cuantos marranos Celedonio, un gañán que había estado al servicio de su padre, antes de que les llegara la ruina. Lisardo, sin pararse a más, llamó a su antiguo criado y le puso en antecedentes; le dijo que, si pasaba por él algunas noches, no le faltarían dineros para vivir holgadamente. El porquero no tenía beneficio ni desperdicio; se conoce que de tanto estar entre cerdos, se había convertido en uno de ellos, pero era más peludo, como un jabalí. Desde luego no iba a ser fácil hacerle pasar por el donoso Lisardo, pero el galán estaba desesperado, y decidió continuar con la treta, pues al fin y al cabo sólo había ésa. Estuvo toda la tarde intentando adecentarle, pero poco pudo hacer, fuera de afeitarle y perfumarle; no había más solución que taparte lo más posible con un camisón de gruesa lana para que la mujer no notara las diferencias, y por supuesto de palabras, ninguna. Esa misma noche acordaron iniciar el plan. Lisardo a la hora de acostarse se enfundó un basto camisón de lana, lo que llamó la atención de su casta mujer que le preguntó como se ponía tal prenda. El le comentó que era milagrera y que le habían asegurado de que, si no se la quitaba, cumpliría con ella, pero para ello era preciso que primero durmieran, que luego habría tiempo sobrado para solazarse. La que fue monja no podía pegar ojo, esperando el milagro, pero Lisardo le recordaba que mientras no se durmiera, no habría cumplimiento. Varias veces simuló la Petronila el sueño, pero no se la dio a Lisardo que aguardó pacientemente. Ya era cerca de la madrugada cuando los ronquidos de la monja fueron naturales; entonces el marido abandonó la habitación, entrando al poco el sustituto con el mismo camisón. Éste, nada más entrar en la cama, metió mano sin reparo alguno a la Petronila y cumplió con la mandado, disfrutando él que no había conocido hembra de dos patas, y

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ella, cuyos gritos resonaban por toda la casa; luego cuando la monja cayó rendida, salió del tálamo para que volviera el Lisardo. Así fue una y otra vez, hasta que una noche la viuda que tenía la mosca detrás de la oreja, acechó la habitación de los esposos, y se dio cuenta del engaño. Esa misma noche se vieron las caras los cuatro, la viuda, la monja, el porquero y el galán; la viuda quería denunciar a la justicia lo que allí estaba pasando, pero la monja puso paz en el cuarteto, pues a todos convenía, ya que por fin ella gozaba de su matrimonio y de la preñez, Lisardo consentía, el porquero disfrutaba, y la tía podría vengarse de sus parientes. ¡Qué más querían, si hasta perdices tenían!

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