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revista literaria

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XIII Concurso Literario VIII Concurso Fotogrรกfico

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Coeducaciรณn Bibliorquer

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XII EDICIÓN DE PREMIOS LITERARIOS VIII CONCURSO DE FOTOGRAFÍA IES Rafael Reyes Curso 2018-2019 Cartaya

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FALLO DE LA XIΙI EDICIÓN DE PREMIOS LITERARIOS Y VIΙ CONCURSO DE FOTOGRAFÍA Reunido el Jurado de la XIΙI Edición de Premios Literarios y VΙII Concurso de Fotografía organizados por el Grupo de Biblioteca del IES Rafael Reyes con la colaboración de Coeducación y tras la valoración de las obras presentadas a concurso acuerda: PRIMERO.- Otorgar los siguientes premios Literarios: 

Modalidad de Poesía: 1ª categoría:  1er. Premio a Cristina Brebu de 1º ESO E por ” La liebre”  Accésit a Mónica Stoyanova de 1º ESO E por “ Más allá de lo que veo en ti”. 2ª categoría:  1er. Premio a Ionut Paun Dumitru de 2º BACH A por “En medio de la contienda de lo absurdo”.  Accésit a Jonás Gómez Pérez de 4º ESO B por “Mi diosa griega”.

Modalidad de Relato Breve: 1ª categoría:  1er. Premio a Zaida García Barreiro de 3ºESO D por “Miedo”.  Accésit a Alexander Terrazas Bolaños de 3º ESO B por “Lo que calla el silencio”. 2ª categoría:  1er. Premio a Andrea Díaz Rguez de 2 ª BACH B por “ A d a g i o ”. 3ª categoría:  1er. Premio a Virginia Jiménez Delgado por Libertad.

 Coeducación: 1ª categoría:  1er. Premio a Ana Mª Hachero de 2º BACH A por “30 de marzo de 2019”. SEGUNDO.- Declarar desiertos el resto de los premios de esta edición. TERCERO.- Otorgar el premio fotográfico: “¿Qué protagonista de libro soy?: 1er. Premioa Jose A. Navea Escudero de 2ªBACH C po r “ C o m o a r e n a entre tus dedos”. CUARTO.- Otorgar mención especial a Rocío Marini Romero y a Lucía González Abreu por su trayectoria creativa. 3


FotografĂ­a: Primer Premio JosĂŠ Navea Escudero Como arena entre tus dedos 4


Poesía

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Cristina Brebu La liebre 1º ESO E

1ª categoría Primer premio

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¡CORRE, LIEBRE , CORRE! ¡Corre, liebre, corre! A la distancia te están persiguiendo. ¡Corre liebre, corre! Distante está tu sufrimiento. Dos galgos se avecinan en el horizonte, acercándose fugazmente.

Nadie sabe de dónde son ni de dónde vienen. Otra liebre escapando, hacia su madriguera, esperando a su familia entera. Conejos y zorros, también huyendo. Es un desastre esta caza ya que nadie se escapa. Entre sufrimientos de animales, yace el silencio y solamente se escucha el bracear de los árboles y el viento.

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Mónica Stoyanova 1º ESO E “ Más allá de lo que veo en ti” 1ª categoría Accésit


MÁS ALLÁ DE LO QUE VEO EN TI Él es mi chico perfecto. Alto como Rudy Gobert, e inteligente como Albert Einstein, simpático como un delfín, amable como el sombrero con su Alicia, y cariñoso como una madre con sus hijos. Pelo castaño color miel, y ojos marrones como la canela, sonrisa perfecta y sincera, como la Bella a los ojos de la Bestia. Futbolista y boxeador, creativo y soñador. Mi arena de playa, el azúcar de mi sal, y la alegría de mis días malos. El viento que acaricia mi cara. Cuando me miras me pongo sonrojada. La risa de mi chiste, la sonrisa de mi tristeza, y sus mejillas color cereza. Cuando me besa, me siento marinera en el mar de sus labios. Mi media naranja, y felicidad por siempre.


Ionut Paun Dumitru 2º Bachillerato A En medio de la contienda 2ªcategoría Primer Premio


EN MEDIO DE LA CONTIENDA El dolor y su insignia colman los prados, la libertad ansiada, los ríos de narcisos, habían sido mutilados y condenados al fútil olvido.

Donde los ojos frívolos de la lánguida eternidad que trasnocha tras la guerra; los cantos alegres, se desarticularon en compases de mortandad y solitud. Se erguían los montes en la madrugada, sobre la siniestra ciénaga de los caídos, la neblinosa tez del agua enmudecida por la llaga clavada en las miradas de sus nietos en las voces de sus hijos en la mente del sopor humano.


Jonás Gómez Pérez Mi diosa griega 4º ESO B 1ª categoría Accésit


MI DIOSA GRIEGA Ella es más bella, que cualquier estrella, más hermosa que todas las musas. Más brillante, que el sol deslumbrante. Y más lista que don Carlos en las guerras carlistas. Tú eres mi mar y yo tu marinero, tú, mi guerra, yo, tu guerrero, eres la diosa de mi iglesia más gloriosa. Cuánto más paso contemplándote, más voy enamorándome. Tu belleza me supera, y por eso eres mi diosa griega. Yo soy Herácles, y tú, mis doce trabajos. Cada uno que completo, mas cerca de ti, diosa, me deja. ¿Seguro que no eres Afrodita? Porque de tu presencia, hablar se me complica. Si amarte fuera como estar pecando, en el Hades te estaría esperando. Y si Zeus me brindase la gloria, quisiera que conmigo pasaras a la historia. Al igual que Heracles o Teseo, tú mereces todo aquello que sea tu deseo.


MENCIÓN ESPECIAL: trayectoria creativa

Lucía González Abreu Campanilla


MENCIÓN ESPECIAL: trayectoria creativa

Ricío Mariani Romero El chico de las estrellas

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Prosa Narrativa breve


Zaida García Barriro Miedo 3º ESO D !ª categoría

Primer Premio


MIEDO Sentí miedo. Miedo de sentir miedo. Miedo a la soledad, por si ya no estaban. Me habló al oído, sentí su voz, pero no tardé demasiado en averiguar que eras un espejismo. Eras fruto de la presencia de ausencia, y querías hacerte notar. Y aprovechaste para hablar. Me constaste cosas que me hicieron darme cuenta de que desconozco muchas otras. Eras como un ramo lleno de espinas, parecías indefenso pero hacías daño. Sentía tu esencia y era fría y escarnecedora, pero al menos estabas a mi lado. Pero volviste a hablarme. Me dijiste que me aferrara a la realidad, pero no supe a qué te referías exactamente. Entonces me preguntaste: -¿Sigues ahí? Me percaté de que seguía teniendo miedo. Supongo que lo notaste, pues sostuviste mi mano. Seguía allí, se hizo más grande y no tenía ninguna intención de irse. En cierto modo por algún motivo difícil de reconocer, yo tampoco quería que se fuera. Y ahí estábamos. Ahí estaba ya. Ninguna otra realidad se hizo presente. Comprendí lo que quisiste decirme. Entonces casi sin pensar, respondí a tu pregunta: -No. Dejé de estarlo hace tiempo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no debías estar allí. Traté de echarte. Aunque necesitaba compañía, supe que sería lo correcto. No eras lo que necesitaba, porque creía que podrías protegerme y me arañabas el alma. Pero te resistías. Tú eras el miedo, y creciste súbitamente. La impotencia, la rabia, el dolor. Te alimentabas de mí, mientras yo mantenía mi lucha contra la inevitable realidad. Pero volviste a intentarlo. Parecía que quisieras que acabara contigo. -¿Sigues ahí?- volviste a preguntar.

Pensé mi respuesta. Acabaría siendo decisiva para poder abandonarte. -Sí, sigo aquí. Y lo seguiré estando. Porque puedes debilitarme, pero, créeme, que no lograrás vencerme.

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J. Alexander Terrazas Bolaños Lo que calla el silencio 3º ESO B

1ª categoría Accésit

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LO QUE CALLA EL SILENCIO Ya han pasado varios días, creo que escribirlo me ayudará a sopesar la situación en la que me encuentro. Desde la pasada feria muchas cosas han cambiado. Un nuevo grupo se formó, todo por culpa de una discusión. Una casta de la pero calaña y solitarios ingenuos se juntaron para un objetivo que solo el primer bando conocía: Marginar e intentar independizarse de su gente. Pero con el tiempo el nuevo grupo empezó a formar lazos de amistad entre sus componentes, la amistad se volvió apego y el apego dio paso a un supuesto “amor”. Todo eso ocurrió al margen, sin poder hacer nada, ignorando los hechos que hundirían todo lazo de amistad forjado con el mazo del tiempo en el yunque de la vida. Cuando llegué solo pude observar el preludio de una gran sombra, la cual se cernía sobre todos. No pasó mucho tiempo hasta que aquella abominación diera sus primeros pasos hacia la vida. No tuve más remedio que resignarme y ver toda esa pesadilla, mientras la fusión de aquellas gentes y errantes solitarios se volvía cada vez más y más fuerte. Todo esto me sobrepasaba cuando veía que todas mis amistades caían en el pozo del olvido para no volver a sacar agua del recuerdo. Sus expresiones de felicidad suscitan en lo más profundo de mi ser un sentimiento inagotable de venganza. Aquel fuego arderá y arderá incinerando todo a su paso. Este fuego seguirá hasta que se vea apagado por la satisfacción de verles a cada uno por su lado, sin siquiera mirarse sus egoístas caras aunque crucen el mismo camino. Hablé el otro día con la gente del grupo Omega. Su rencor es más que perceptible, reduciendo al mío en una gota de rabia al lado de un océano de furia. Sé que es solo cuestión de tiempo que ese grupo se disuelva, más no hallo ni diviso el ansiado momento en una nube de preocupaciones a la que un día llamé “mente”. Mientras ellos disfrutan en un barco de alegrías y jolgorios, hay otros que tan solo intentamos respirar un poco algo de ese aire de felicidad, que es soñado desde las profundidades de la ira. Aunque cada vez resulta más difícil nadar, siempre queda la esperanza de que la brisa que respiran los traidores, la puedan sentir los traicionados. Pese a que nuestros pulmones se queden sin aire, pese a que el cansancio cada vez sea mayor, pese a que el rayo de esperanza eclipsado por la oscuridad de la resignación, siempre nos quedará la determinación de hundir el barco de los que osan ser más felices que nosotros, los que descarrilaron nuestras amistades y nos dejaron de lado sin mirar atrás. Y cuando eso ocurra todos sucumbiremos a nuestros pérfidos ideales arrastrando a los demás con nosotros a un destino que se lo tenían merecido, aun sacrificando nuestra propia vida.


Andrea Díaz Rodríguez Adagio 2º Bachillerato B

2ª categoría Primer premio


ADAGIO No estás aquí. El océano de tus ojos se ha desbordado. ¿Podré volver a verte? Siento que el tiempo se ha ralentizado, tus manos ya no sostienen las mías. Tengo tanto miedo. Con puños apretados intento mirar el cielo. La lluvia que, sobre mi rostro, cae como una melodía. No puedo pararla, evitarla, el sabor de tus lágrimas es demasiado amargo. Ve despacio, es un baile lento. Llena de soledad, estoy floreciendo, llena de espinas. No hay una bonita yo en el cristal, se está rompiendo, la estoy destrozando. Pedazo a pedazo. El jardín marchito de mi corazón te está esperando. La nota final de la canción más bonita del mundo resuena en mis oídos, tu último latido. Tengo tanto miedo. El tiempo es tan cruel, tan despacio. Viajando a través de mis sueños no puedo encontrarte, todo se vuelve más claro. ¿Cuál es mi nombre? Te estás desvaneciendo. Una vez más, bajo las lágrimas, bailemos esta lenta canción; la luna será nuestro foco, las estrellas sollozarán al vernos. La casa de cartas se ha derrumbado sobre nosotros, pero incluso si es una mentira, toma mi mano. Solo un poco más. Quédate. Solo un poco más, solo nosotros, en el eterno efímero.

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Ana Mª Hachero 30 de marzo de 2019 2º Bachillerato A Coeducación Primer premio

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30 DE MARZO DE 2019 30 de marzo de 2019 Hoy me pareció ver “Alicia en el País de las Maravillas”. Concretamente ese fragmento de la historia en que miles de ojos brillantes en la oscuridad se clavaban la protagonista perdida en un mundo al que no pertenecía. Avergonzado y retraído, “Alicia” declaró ante sus espectadores no ser Alicia sino Alex. 1 de abril de 2019 Me quedé admirándole sin abrir los ojos porque así me lo pidió. Alex quiso confiarme un secreto y era su voz suave y anestesiante. Nunca antes imaginé que de un nombre incoherente y desconocido al principio, surgieran unas alas tan majestuosas. ¡Qué placer hablar así con las personas! 2 de abril de 2019 Al salir del bullicio, mis pensamientos aún seguían retumbando. ¿Por qué no vi coherencia en ese chico y ahora no veo más que armonía? Con razón me arrepiento de no haber aprendido a tocar el piano. Quisiera que la música volase al igual que hace Alex cuando canta, cuando se libera de las miradas y no tiene miedo a adentrarse en ningún bosque por ser como es. 3 de abril de 2019 Alex ya no teme cantar y yo me he apuntado a clases de piano.


Virginia Jiménez Delgado Libertad Profesora de Lengua Castellana y Literatura 3ª categoría Primer premio

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LIBERTAD Por Pétalo Parado en mitad de la calle, mirando aquella pistola encañonándome, mis pensamientos se resumían en una palabra: libertad. Algo que me daba una extraña tranquilidad que hacía demasiado tiempo que no tenía. Mi lógica, o lo que fuese que habitara en mi interior, había dictaminado que mi existencia, definitivamente, no tenía razón de ser y que debía terminar. Creo que nunca en mi vida había estado tan lúcido como en ese momento, mientras esperaba que la bala atravesara mi pecho. Durante toda mi vida había sido un niñato, un buscapleitos sin remedio que no servía para más que para crear problemas« Así es como me han criado», me solía decir a mí mismo, y por un tiempo me creí esa excusa vacía y sin sentido, pero ya no más. Esa necesidad de jugar a ser el malo se había apagado hacía mucho tiempo, y ya no me quedaba nada. Había sacrificado lo poco que me quedaba de humanidad por algo que jamás tendría. Había jugado mis cartas y había perdido. Se acabó. Fin del juego. Tenía que aceptarlo: ni mis sueños de grandeza iban a cumplirse ni vendría un ángel redentor a darme la mano mientras me convencía de que estaba a tiempo de cambiar y buscar un futuro. Y lo sabía porque ese ángel había estado a mi lado en innumerables ocasiones y yo me había encargado de echarlo a patadas mientras contaba los billetes manchados de cocaína que ganaba a costa de joderle la vida a algún desgraciado. Me había buscado mi propio final, y ya no había vuelta de hoja; yo las había arrancado todas. Me miré las manos, manchadas de sangre, y pensé en todas las veces que ella me había pedido que dejara el negocio. Recordé cada una de las lágrimas que había derramado cuandoyo tocaba la puerta de su casa drogado y llorando como un crío mientras me abrazaba a su cintura con fuerza.. Ella era la única que estaba a mi lado en todos aquellos horribles instantes, pero por más que me suplicaba, que me pedía a gritos que lo dejara, yo no podía hacerlo… porque ya no era yo. Me había convertido en una sombra, un espectro ambulante. Había terminado siendo un esclavo; un esclavo que estaba muerto en vida.


Es por eso que aquella tarde lluviosa aquella palabra resonó más fuerte que nunca en mi cabeza, y la droga dio el tirón final a los hilos que movían mi cuerpo. Un hombre yacía tumbado a mis pies sobre un gran charco de sangre. Lo había matado a navajazos sin saber muy bien cuándo o por qué. La sangre nos rodeaba y manchaba las suelas de mis zapatos. Entonces hubo gritos, luces amarillas y rojas que me señalaron, y al fin la pistola apuntando directamente a mi corazón. Pensé en la libertad; y no solo en la mía, sino también en la de ella, cuyos sentimientos la habían atado irremediablemente a un tipo que no la merecía y que jamás podría darle una buena vida. La había intentado apartar de mi lado cada vez que contaba aquellos billetes manchados. Se los tiraba a la cara entre gritos de furia, pero ella los hacía trizas, me abofeteaba y dejaba claro que «solo la muerte la separaría de mí». Y ¿qué podía hacer yo, si la había tenido a mi lado desde pequeño? ¿Qué podía hacer, si adoraba todo lo que ella era y todo lo que representaba? Siempre lo había hecho. En mis sueños aparecían sus ojos castaños de mirada decidida; las sábanas retenían el olor a vainilla que desprendía su piel. Adoraba todo de ella, especialmente su tenacidad, su valor y la justicia que siempre terminaba reflejándose en esas pupilas castañas. Y es que, en algún momento del camino, me había dado cuenta de lo mucho que la había necesitado siempre para equilibrar mi maldad, y sin embargo, había intentado escabullirme de su vida, como solía hacerlo en los callejones. Porque, ¿qué podría ofrecerle un paria, un oscuro adicto a las drogas y al dinero? Alguien que seguía el camino de un padre alcohólico asqueroso, que propinaba horribles palizas a su madre cada vez que se le venía en gana. Mi colegio era la calle: me había educado e instruido en el arte del robo y de la violencia; continuamente me metía en peleas de las que salía realmente mal parado. Pegaba, insultaba, robaba, maldecía, gritaba…, pero la tenía a ella, y eso hacía que las balanzas del universo quedaran perfectamente equilibradas para mí. Aquella chica que me hacía frente cuando otros no se atrevían era la misma que me daba una de cal y otra de arena, propinándome sonoros bofetones para exorcizar mis demonios o besándome como si fuera la persona más valiosa de su mundo; la misma que, de mayor, soñaba con ser policía y cuidar de todos aquellos que necesitaran su ayuda.


Resultaba irónico que teniendo tan grandes ideales se hubiera ido a juntar con la peor escoria de la ciudad. Sonreí en mis adentros. Ella era maravillosa, todo lo que yo no podría ser jamás. Cuando se fue a cumplir su sueño, mi mundo se descolocó, porque ya no había nadie que hiciera justicia, no había quien pusiera orden donde yo creaba destrucción. Me había dado cuenta de que ella no era solo la que me daba guerra, también era la que estabilizaba el caos que yo provocaba y creaba un mundo mejor en el que poder vivir; un mundo en el que personas como yo no deberían existir. Durante sus años de ausencia, me fui soportando cada vez menos. El no tener las balanzas del universo equilibradas había hecho que la situación se me fuera de las manos y que me odiara a mí mismo, porque empecé a ver lo que no había visto antes. Me reflejaba en el sufrimiento de la gente a la que yo hacía daño, hacía mía la impotencia dibujada en el rostro de las madres que intentaban sacar a sus hijos la droga que yo les había metido en el cuerpo. Y yo... yo no podía cambiar mi naturaleza ni mi forma de vida. No sabía cómo y ya no tenía a nadie a mi lado que me indicara el camino. Aquella tarde, el teléfono había sonado hasta que saltó el contestador. Su voz me había sacado del letargo en el que me encontraba. Al escuchar su mensaje, mi corazón se encogió de alegría y miedo; volvía a casa, y sus palabras, rebosantes de justicia y bondad, me revelaban que se había convertido en una persona aún mejor de lo que había sido y de lo que yo podría imaginar. Sentí miedo. Por fin se daría cuenta de que un miserable como yo no era bueno para ella y buscaría su felicidad con alguien mejor, un hombre que hubiera estudiado en una buena universidad, con un trabajo de oficina y que la llevara al cine los fines de semana; alguien que tuviera ojeras en la cara por trabajar duro y no por una mortal dependencia; una persona a la que se le dilataran las pupilas al ver su pelo bailar con el viento y no por haber consumido estupefacientes un rato antes. Aun así, quise enfrentarme a mis temores, por lo que levanté el teléfono y lo puse en mi oreja. «Libertad», fue la única palabra que se escuchó al otro lado


de la línea. Era una voz áspera, fría, que me puso los vellos de punta. No era ella, no, era una sombra que me había estado acechando tras las esquinas desde hacía muchos años, y que había decidido que por fin había llegado la hora de venir a por mí. Colgué el teléfono y de forma mecánica me puse los zapatos para salir a la calle. El resto, ya lo sabéis. No sé cómo llegué a este punto. No sé de dónde saqué la navaja, si la llevaba conmigo desde el principio o se la había quitado a alguien. No sé qué mierda me había dicho o hecho ese tío que en ese momento se encontraba fiambre a mis pies para cabrearme tanto. Pero sobre todo, no sé en qué estaba pensando al asestarle las veinte puñaladas. Solo sé que unos minutos después miraba el cadáver, la sangre y el cuchillo entre mis dedos como si esa mano no fuera mía. Y como ese idiota no era yo, ni siquiera pensé en huir, así que me quedé allí sentado hasta que llegó la policía. La voz femenina de una de las agentes me pidió que tirara el cuchillo y me levantara con las manos en alto mientras me apuntaba con una pistola. Así lo hice, y entonces le vi la cara y ella me la vio a mí. Estaba tan guapa como la recordaba. Enfundada en su nuevo traje de superheroína, me dio la sensación de que se encontraba en un escalafón tan alto que apenas podía mirarla a los ojos. Le sonreí. A ella, sin embargo, se le desencajó la cara. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas, y las manos, que sujetaban el arma, comenzaron a temblarle. Con sus labios articuló mi nombre y yo no pude hacer más que asentir, uniéndome a su llanto. Otros policías se unieron a ella para pedirme que me diera la vuelta y me pusiera contra la pared, pero yo no podía dejar de mirarla. Hacía demasiado tiempo que no la veía, y sabía que aquella sería la última vez que podría admirarla. Lo único bueno que tenía en mi vida había vuelto una vez más para tenderme su mano, y yo la había apartado una vez más y para siempre. Miré la navaja que se encontraba junto a mi pie y me agaché para cogerla. Los policías gritaron que la tirara al suelo. Me acerqué a ellos lentamente. Uno de los agentes disparó al aire como aviso, y al ver que no conseguía amedrentarme, apuntó a mi rodilla. La detonación sonó como un trueno y caí al


suelo con un grito de dolor. Una vez más, me advirtieron que tirara la navaja, y una vez más, me levanté y caminé. Otro policía me disparó en el brazo. Oí sus sollozos y me odié por haberla hecho llorar prácticamente cada día de mi vana existencia. Arrodillado, la miré suplicante y, con una sonrisa le dije cuánto la quería. «Yo también te quiero» leí en sus labios antes de que me disparara al corazón. Tendido en el suelo, ella tomó mi cuerpo y lo abrazó con fuerza durante los últimos instantes de mi vida. Puede que mi muerte no fuera la que hubiera deseado, pero me fui con una sonrisa. Ella, mi ángel, había llegado para salvarme por última vez y concederme la libertad.


Mil gracias a todos los que nos apoyáis y hacéis posible nuestro trabajo en

Bibliorquer, alumnado, profesorado, equipo directivo , Ampa… y en

especial a los alumnos que han participado este año.

Imágenes tomadas de Pixabay


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