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La reina de los piratas

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LA REINA DE LOS PIRATAS


LA REINA DE LOS PIRATAS Edna Iturralde


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ara finales del siglo XVI, tanto los cimarrones, es decir, los negros rebeldes que huían de la esclavitud, como los piratas ingleses, que arrasaban las costas del Pacífico, llegaron hacer amistad. Ambos grupos se apoyaron mutuamente porque estaban al margen de la ley y luchaban contra los reyes de España. Uno de los piratas más famosos fue el inglés Sir Francis Drake, también llamado el Draque, terror de la Mar Océano. Alrededor de 1579, Drake navegó a través del Estrecho de Magallanes, por Tierra del Fuego, en Chile, y subió bordeando las costas del Perú hasta llegar a Las Esmeraldas, en Ecuador, en busca de una alianza con los valientes cimarrones que vivían en palenques, lugares de refugio fuertemente protegidos. Los piratas venían a proponer un trato: si los cimarrones les daban agua y alimentos, 2


ellos a cambio les proporcionarían armas, pólvora y herramientas; además de ropa, joyas y adornos que habían robado de las carabelas españolas. En una mañana gris y nublada, un barco salió de entre la niebla y echó ancla frente a las playas de Atacames. Era una galera inglesa, la Cierva Dorada, barco pirata que pertenecía a Drake. Una vez amarradas las velas, el barco se quedó meciéndose en el mismo lugar como un pelícano haciendo la siesta. Los cimarrones que habían estado observando desde la playa, se dirigieron inmediatamente a alertar al palenque. Como aún no habían tenido contacto con piratas, no tenían confianza en ellos. Desde el barco pirata lanzaron una chalupa, cuatro hombres la abordaron y se dirigieron hacia la playa. Cuando la pequeña embarcación llegó a la orilla, tres de los hombres saltaron y la empujaron lejos del lugar donde rompían las 3


olas. El otro, que había permanecido sentado, se puso de pie, sujetó con una mano la capa negra que llevaba y desembarcó. Era Sir Francis Drake, un hombre alto y distinguido con el cabello rojo, de ojos astutos como los de un zorro y nariz de pico de águila. Oculta detrás de unos cocoteros, una niña negra no se había perdido ni un solo detalle de la llegada del pirata. Los piratas miraron a un lado y a otro, buscando algo. Drake parecía molesto. Dos hombres se quedaron cuidando la chalupa y Drake caminó por la playa acompañado por un pirata viejo que llevaba un pañuelo a rayas en la cabeza. La niña vio con preocupación que los piratas se dirigían hacia donde ella estaba escondida. El pirata extendió su capa sobre la arena y se sentó a la sombra de los cocoteros. Se quitó el cinturón que sostenía su espada de empuñadura de plata y la puso al alcance de su mano. El otro pirata se mantuvo respetuosamente de pie. 4


Drake se desabrochó su camisa blanca con cuello y puños de encaje, y se limpió el sudor en un pañuelo de seda, luego se quitó su sombrero adornado por largas plumas de avestruz y se abanicó con él. Sentía calor y estaba enojado porque los cimarrones no lo habían esperado, a pesar de los mensajes que enviara con anterioridad. Al darse cuenta del mal humor de su jefe, el otro pirata no decía palabra y se entretenía en hacer figuras sobre la arena con su espada. La niña, curiosa, quiso ver qué dibujaba el pirata y estiró su cuello. Drake, que estaba acostumbrado a estar siempre alerta, alcanzó a ver, con el rabillo de un ojo, el pequeño rostro. –¡Alto!, ¿quién está aquí? –En pocos segundos se puso de pie, con la espada en alto. La niña salió de su escondite. –¿Quién eres? ¿Hablas inglés? –preguntó Drake en tono amable. Como la niña no le contestó. Drake pidió al pirata que tradujera. La pregunta fue realizada otra vez en castella5


no. –Mi nombre es Juana Sebastiana –contestó sin titubeos. Con la ayuda del pirata viejo. Drake pudo obtener el resto de la información: que la niña vivía en el palenque de Arobe, del famoso y también temido cimarrón Francisco de Arobe que quedaba a un día y medio de allí; que los centinelas se habían marchado porque no querían tratos con piratas, pero que ella se había quedado porque tenía curiosidad de ver cómo eran y, además, añadió que no les tenía miedo. A Drake le hizo gracia la osadía de la niña, y sonriendo le preguntó: –¿No le tienes miedo a Francisco Drake? a mí el temido Francis Drake. La niña puso las manos en su cintura y dijo: –No, porque yo soy una cimarrona, y las cimarronas no tenemos miedo a nadie. Drake se rió. Le gustaba la forma de hablar de la niña. 6


–Pregunta si ella cree que nos pueden dar agua y comida, –pidió al pirata que traducía. Juana Sebastiana contestó que por lo que había escuchado hablar a los mayores, lo dudaba mucho. Drake, que necesitaba urgentemente conseguir agua y víveres para sus hombres, se preocupó. ¿Qué iba pasar ahora si los cimarrones se negaban a entablar amistad con él...? Y continuó la conversación traducida. –¿Puedes llevamos al palenque? –No, porque es un lugar secreto. –Si alguien pudiera ir a avisarles que tenemos ropa, pólvora y armas para intercambiar... para que puedan defenderse y seguir libres. Los ojos de Juana brillaron. –Dice que ella puede ir a explicarlo todo en el palenque, pero que jures que no les harás daño. –¡Lo juro en nombre de mi reina! –y Drake sacó de entre sus ropas un medallón de plata 7


que tenía pintado el rostro de una mujer en un lado y un espejo por el otro. Lo besó con reverencia y lo guardó otra vez. Juana miró el medallón con interés y aceptó ir a hablar con su gente, mientras los piratas esperarían en la playa. Juana Sebastiana caminó un largo trecho por los manglares hasta llegar al río Atacames. Allí, escondida entre las malezas de la orilla, estaba una canoa larga, construida con la madera de un solo árbol. Colocó dos troncos debajo de la canoa y la hizo rodar hasta echarla al agua. Tomó un remo largo y plano, y de pie se fue remando río arriba. Luego de varias horas de navegar, los gritos de los pericos le anunciaron que el sol planeaba ocultarse. Juana Sebastiana conocía muy bien el río, y evitaba las corrientes peligrosas con una asombrosa habilidad. Anocheció rápidamente, y a pesar de la oscuridad continuó navegando hasta que llegar a un recodo del río, donde se 8


bajó y pasó la noche subida a un árbol sobre un armazón de ramas. A media mañana del otro día, llegó a una playa de arena fina rodeada por chiperos y guadaripos. Pero su viaje no había terminado aún: continuó a pie durante algunas horas más por el interior de la comarca. Ya entrada la tarde, divisó en medio del monte las grandes empalizadas hechas de caña guadua que protegían el palenque. Estaban puestas en ristre, o sea en filas, acostadas una tras otra, como lanzas de seis a siete metros, de tal manera que nadie pudiera entrar. Juana se introdujo por una abertura secreta, oculta entre las cañas. El palenque estaba formado por grupos de chozas o bohíos distantes unos de otros y ocultos en la vegetación. Cerca de allí, en los claros del bosque, había huertos con toda clase de hortalizas y frutas. La niña fue directamente al bohío más grande


donde habitaba el Palanquero o Cimarrón Mayor, Francisco de Arobe. Tenía que cumplir con la delicada misión de convencerlo para que hablara con los piratas y sabía exactamente lo que iba a decir para lograrlo. Al día siguiente, los cimarrones cargados con víveres y barriles con agua se dirigieron hacia la playa para realizar los intercambios. Iban navegando en grandes balsas y canoas. En la delantera se encontraba Francisco de Arobe. Esa tarde, Drake puesto capa y sombrero y ceñida la espada a su cintura, esperaba con curiosidad que apareciera tan importante personaje. Varios negros con machetes en mano surgieron de la maleza poniéndose en dos filas para formar un camino por donde caminaría el cimarrón mayor. La imponente figura de Francisco de Arobe, vestido a la moda española, en terciopelo escarlata, con aretes y nariguera de oro, apareció en medio de ellos. Caminaba con la agilidad de un


guerrero y la elegancia de un rey. Drake se adelantó a recibirlo. –Don Francisco... –saludó el pirata haciendo una reverencia. –Don Francisco... –contestó altivo el cimarrón. Luego, ambos Franciscos se dispusieron a hablar sobre los términos de las negociaciones. Un día más tarde los piratas estaban listos para marcharse. Habían llenado sus barriles con agua dulce, y sus bodegas con fréjoles, yuca y pescado seco; los cimarrones tenían ropa, adornos y suficiente provisión de pólvora para sus mosquetes. Drake buscó a Juana Sebastiana, para despedirse. La encontró sentada entre los cocoteros donde la había visto por primera vez. El pirata viejo se acercó a traducir. –Dile que quiero hacerle un regalo antes de irme, como agradecimiento por su ayuda, –solicitó Drake al pirata. El pirata viejo tradujo el ofrecimiento y la respuesta. –Dice que quiere un espejo.


–¿Un espejo...? –Sí, un espejo. Y que no importa si es pequeño. –Mmmmm... –pensó Drake. Entre las cosas para intercambiar con los cimarrones no había un espejo, es más, el único espejo era el que estaba en el otro lado del medallón de plata que le había regalado la reina. –¿Por qué quiere un espejo? –quiso saber Drake. –Dice que para mirarse, –contestó el pirata traductor. –Dile que es muy bonita, que no necesita un espejo para saberlo, y que el único espejo que tengo está en este medallón que me obsequió su majestad la Reina de Inglaterra, y no puedo dárselo. –La niña pregunta si te parece que ella es más bonita que la Reina de Inglaterra, –tradujo el pirata un poco nervioso. –Dile que sí, que es más bonita, pero que nuestra reina es poderosa, –contestó Drake, recal-


cando la palabra 'poderosa'. –Dile que acepte este medallón de una reina para otra reina, porque desde hoy en adelante ella será la Reina de los Piratas y Emperatriz de la Mar Océano. Al escuchar esto, la niña también sonrió y se puso de pie con un donaire que hubiera sido envidiado en cualquier corte europea. Francisco Drake, el temible pirata, se inclinó respetuosamente delante de ella, rozando el piso con las plumas de su sombrero. –Majestad... a vuestros pies. –Dijo, se dio media vuelta y caminó hacia la chalupa que lo estaba esperando en la orilla. Juana Sebastiana, la valiente cimarrona, y recién nombrada Reina de los Piratas y Emperatriz de la Mar Océano, lo miró partir en el reflejo de su medallón de plata. –Dice que tu reina puede ser poderosa pero que te acuerdes quién te ayudó a conseguir agua y comida para tus piratas.


Drake se quedó pensativo. Una sonrisa apareció en sus labios finos. Limpió el medallón frotándolo en la manga de su camisa, y se lo entregó a la niña. Del libro: y su corazón escapó para convertirse en pájaro.


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La reina de los piratas by Fabián Navas - Issuu